Zaragoza. Rezar era el camino

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En 1920 se trasladó al Seminario de Zaragoza para completar sus estudios. Tres años después, con permiso de sus superiores, inició la carrera de Derecho como alumno libre. Era un seminarista con afanes intelectuales, amante de la literatura, de carácter abierto y hondo trato con Dios; un trato que lo iba llevando, como a San Juan de la Cruz y a tantos místicos cristianos, hacia intimidades divinas de altura insospechada: Volé tan alto, tan alto… “Desde joven —afirma Ambrogio Eszer, relator General de la Congregación para las Causas de los Santos— el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían sentir en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”.

En 1922 le nombraron inspector del Seminario. Desempeñó ese encargo con solicitud y caridad hacia los seminaristas. Me hicieron un gran bien —evocaba años más tarde—, yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (…) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma… tantas veces

Seguía pidiendo luces a Dios: Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y –mientras– decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: (…) que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino.

El 27 de noviembre de 1924, de improviso, falleció su padre. Murió agotado, con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Otro cambio, doloroso e inesperado, en su vida: cuando sólo faltaban cuatro meses para su ordenación sacerdotal, se convirtió, de repente, en cabeza de familia. Los Escrivá estaban en una coyuntura económica difícil y a partir de aquel momento dependían de él, su madre, su hermana Carmen y su hermano Santiago, nacido en 1919.

Aceptó la voluntad divina uniéndose al dolor de Jesús, que también sufrió por cumplir la Voluntad del Padre. No fue una simple resignación: esa palabra no le parecía del todo cristiana: ¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios —enseñaba— trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

El 28 de marzo de 1925 recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos. Había rezado allí durante noches enteras, en sus años de seminarista. Nunca olvidó la emoción de aquellos momentos: Aquí, en este altar —recordaba, años después—, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre.

Al día siguiente, dejó el Seminario. El día 30 celebró su primera Misa solemne en la Capilla del Pilar. El 31 partió hacia Perdiguera, su primer encargo pastoral.

Madrid

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El Patronato de Enfermos ocupaba parte de una manzana de casas en la calle de Santa Engracia, entre la de José de Marañón y la de Nicasio Gallego. Era un edificio noble, de estilo morisco, con una fachada de ladrillos vistos y adornada con mosaicos. A uno de sus lados se alzaba una iglesia. Don Josemaría Escrivá celebraba la Santa Misa allí todos los días, para que pudieran oírla los pobres y los enfermos, así como las religiosas que se ocupaban de ellos y otras personas del barrio.

Nada más llegar a Madrid, don Josemaría había ido a visitar al obispo, don Leopoldo Eijo y Garay, quien había leído la carta de presentación del obispo de Zaragoza. Inmediatamente, había autorizado al joven sacerdote para que pudiera confesar en la diócesis de Madrid-Alcalá, dándole las licencias oportunas.

Como todo sacerdote debía contar con un medio de subsistencia, don Josemaría fue nombrado en seguida capellán de esta fundación benéfica conocida como “Patronato de Enfermos”. La congregación que la dirigía -Damas Apostólicas del Sagrado Corazón- había sido fundada, unos años antes, por una aristócrata asturiana, doña Luz Rodríguez Casanova.

Don Josemaría se instaló en una residencia para sacerdotes fundada también por las Damas Apostólicas, en la calle de Larra. Era uno de los más jóvenes entre los diez o doce sacerdotes que vivían allí, lo cual hizo que tuviera que acompañar a veces a los mayores y hacerles pequeños favores. Desayunaba en la residencia, pero el resto del día lo pasaba fuera, absorbido por una serie de ocupaciones que no le dejaban un minuto de descanso.

Una actividad incansable

Pronto, en efecto, se echó sobre sus hombros una serie de responsabilidades que iban más allá de la misión concreta que se le había asignado en el Patronato: celebrar la Santa Misa, llevar la Comunión a las religiosas enfermas, presidir la Bendición con el Santísimo Sacramento… Se ocupaba también de los enfermos, charlaba con ellos, les animaba, se esforzaba por avivar su fe.

Había aprendido mucho de ellos, así como de los pobres que iba a visitar, con muchísima frecuencia, en los suburbios o en barrios abandonados, donde había palpado la miseria: la de los pobres reconocidos como tales y la de los pobres vergonzantes, que ocultaban su necesidad en casas de apariencia burguesa. ¡Qué escuela había sido para él!

La riqueza no siempre está donde se piensa. Estos pobres para el mundo eran, a veces, testimonio viviente del espíritu de las Bienaventuranzas.

Como en Zaragoza, explicaba también el catecismo a las niños de las “escuelas gratuitas” de los arrabales de Madrid, los confesaba y los preparaba para la Primera Comunión.

Al mismo tiempo, preparaba su doctorado en Derecho Civil. Daba también clases de Derecho Romano y de Derecho Canónico en la Academia Cicuéndez -institución privada similar al Instituto Amado de Zaragoza-, con lo cual obtenía unos ingresos suplementarios y, al mismo tiempo, tenía ocasión de hacer apostolado entre los estudiantes.

A finales de 1927, su madre y sus hermanos se instalaron en Madrid, en la calle de Fernando el Católico, no lejos del Patronato de Enfermos, y él había ido a vivir con ellos.

En medio de esta vida de desbordante actividad, la oración seguía ocupando el primer lugar; continuaba repitiendo constantemente: Domine, ut videam! Señor, ¡que vea!

Había vislumbrado, a veces, algunos destellos en medio de aquella persistente penumbra, pero no constituían por sí solos la esperada respuesta…

El 2 de octubre de 1928

¿Por qué se había hecho la luz precisamente en estos días de retiro, en un momento de su vida en el que todo parecía encajar o, al menos, ordenarse de manera más estable? ¿Por qué ahora y no antes o después? ¿Por qué en estas jornadas de relativa paz y no en momentos de tensión?

Es incapaz de dar una respuesta. Dios sabe más. La Providencia divina, a través de los acontecimientos más insignificantes, incluso más desconcertantes, se abre camino en el corazón de los hombres para llevarles como Él quiere, a ese ritmo, ni lenta ni rápido, que es el Suyo y que él se esforzará en mantener fielmente en adelante, pues ha visto claramente que ha sido llamado a caminar al paso de Dios.

“Ecce ego, quia vocasti me!”

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

9. El Pan y la Palabra

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Una expresión típica del Fundador, la Misa, centro y raíz de la vida interior, fue utilizada por el Concilio Vaticano II para expresar la unidad de vida que todo sacerdote debe empeñarse en alcanzar: “El sacrificio Eucarístico resulta, pues, el centro y la raíz de toda la vida del presbítero” (cfr. decreto Presbyterorum ordinis, num.14). Bastaría esto para manifestar la intensidad con que su alma sacerdotal se entregaba en la celebración eucarística, pero desearía conocer algún ejemplo o detalle significativo.

–La Santa Misa era incluso el centro físico de su jornada. Como ya he señalado, la dividía en dos partes: hasta el mediodía vivía la presencia de Dios centrándola en la acción de gracias por la Misa celebrada y, tras el rezo del Angelus, comenzaba a prepararse para la Misa del día siguiente.

Muchas veces me confió que, desde su ordenación sacerdotal, se preparaba cada día para celebrar el Santo Sacrificio como si fuese la última vez: el pensamiento de que el Señor podía llamarle a Sí inmediatamente después, le animaba a volcar en la Misa toda la fe y el amor de que era capaz. Así, hasta llegar al 26 de junio de 1975, en que celebró su última Misa con extraordinario fervor.

Contaba que, cuando se trasladó a Zaragoza en 1920, una vez que pasaba delante de un bar llamado “Gambrinus”, vio que dentro del local estaba un famoso torero. Algunos niños se acercaron a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: “¡lo he tocado!” Al Padre le impresionó aquella escena, y la evocó con frecuencia para exhortarnos a reflexionar sobre el hecho de que cada día tocamos a Jesús en la Eucaristía.

Tenía la costumbre de adorar a la Eucaristía metiéndose al menos con la imaginación en las iglesias que veía a lo lejos o, simplemente, le venían a la memoria; y no dejaba de reparar cuando le llegaba noticia de algún robo sacrílego o de profanaciones.

Una vez, durante el viaje al Perú en 1974, le mostraron las fotografías de un lugar donde se había producido un gigantesco huaico, un tremendo corrimiento de tierra, piedra y fango. Todo un pueblo había quedado sepultado, y sólo sobresalía el remate del campanario de la iglesia. En la fotografía podían verse animales que pastaban en el lugar de la catástrofe, encima de la iglesia enterrada. Al pensar en que Jesús Sacramentado había quedado sepultado bajo la tierra, el Padre pasó la noche entera en oración y en adoración.

Sería muy largo describir cómo vivía el Padre cada parte de la Santa Misa. Sólo referiré dos detalles de los que me habló en muchas ocasiones. Al elevar el Pan Eucarístico y la Sangre de Nuestro Señor, repetía siempre algunas oraciones –no en voz alta, porque las rúbricas no lo permiten, sino con la mente y el corazón–, con una perseverancia heroica que duró decenas de años.

Concretamente, mientras tenía la Hostia consagrada entre las manos, decía: Señor mío y Díos mío, el acto de fe de Santo Tomás Apóstol. Después, inspirándose en una invocación evangélica, repetía lentamente: Adauge nobis fidem, spem et charitatem; pedía al Señor para toda la Obra la gracia de crecer en la fe, la esperanza y la caridad. Inmediatamente después, repetía una plegaria dirigida al Amor Misericordioso, que había aprendido y meditado desde joven, pero que no utilizaba nunca en su predicación, y que durante muchos años sólo muy de tarde en tarde nos dijo que la recitaba: Padre Santo, por el Corazón Inmaculado de María, os ofrezco a Jesús, Vuestro Hijo muy amado, y me ofrezco a mí mismo en Él, por Él, y con Él, a todas sus intenciones, y en nombre de todas las criaturas. Después añadía la invocación: Señor, danos la pureza y el gaudium cum pace, a mí y a todos, pensando, como es natural, en sus hijos del Opus Dei. Por último, mientras hacía la genuflexión, después de haber elevado la Hostia o el Cáliz, recitaba la primera estrofa del himno eucarístico Adoro te devote, latens deitas, y decía al Señor: ¡Bienvenido al altar!

Todo esto, repito, no lo hacía de vez en cuando, sino a diario, y nunca mecánicamente, sino con todo su amor y vibración interior. Lo sé porque nos lo contó, a don Javier Echevarría y a mí. Nos lo confió un día de 1970, en México, mientras hacía su oración en voz alta en el Santuario de Guadalupe, a donde había ido para hacer una novena a la Virgen, en compañía de otros hijos suyos.

¿Cómo acogió el Padre la reforma litúrgica dispuesta por el Concilio?

–Como siempre, aplicó con obediencia y fortaleza todas las disposiciones sobre esta materia. Gracias a la solicitud de su Fundador, el Opus Dei ha sido, también en lo que se refiere a la praxis litúrgica, ejemplo de fidelidad.

Nuestro Padre encargó a algunos sacerdotes de la Obra la tarea de examinar las diversas posibilidades previstas por la reforma, y determinar y explicar cómo se aplicaban. Orientó personalmente este trabajo y aprobó sus resultados. De esta forma, todos los sacerdotes de la Obra comenzaron a aprender las nuevas rúbricas, siguiendo el deseo del Santo Padre de que “la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia sea puesta en práctica en su plenitud y con todo cuidado” (Carta enviada en nombre del Papa a todos los obispos y otros superiores eclesiásticos, junto con el libro Jubilate Deo, el 14 de abril de 1974).

Fue el primero en obedecer a las nuevas disposiciones litúrgicas y se esforzó en aprender el nuevo rito de la Misa. Desde hacía muchos años le ayudaba habitualmente en la celebración otro sacerdote: a partir de los años cincuenta solíamos hacerlo don Javier Echevarría o yo. Cuando se introdujeron los cambios litúrgicos, nos rogó que no dejáramos de hacerle todas las observaciones que nos pareciesen oportunas para ayudarle a aprender bien el nuevo rito. A pesar de su buena voluntad, nos dábamos cuenta de que le suponía un notable esfuerzo, porque debía cambiar hábitos de devoción litúrgica adquiridos durante muchos años de lucha perseverante llena de amor de Dios.

Yo me planteaba cómo ahorrar al Padre esas dificultades, y en su presencia aludí a que a otros sacerdotes más jóvenes se les había concedido permiso para seguir el rito de San Pío V y celebrar la Misa como habían hecho hasta entonces. El Padre me interrumpió inmediatamente: afirmó que no quería ningún privilegio, y me prohibió hacer esa propuesta. Sabía que yo trataba a las personas que estaban elaborando las nuevas disposiciones litúrgicas.

Algún tiempo después me encontré con Mons. Annibale Bugnini, que era el máximo responsable en este campo, y un buen amigo mío, tanto que nos tuteábamos. Hablamos de las dificultades que experimentaban algunos sacerdotes ancianos para adaptarse al nuevo rito, después de haber celebrado la Santa Misa con el antiguo durante tantos años. Era una situación conocida. De pasada, aludí al caso de nuestro Fundador, que obedecía de modo ejemplar y con profunda alegría. Bugnini me dijo que el Fundador del Opus Dei no tenía por qué hacer un esfuerzo semejante, ya que muchos otros sacerdotes tenían permiso para celebrar con el rito anterior, y él mismo había accedido a peticiones similares de parte de personas que estaban en esas circunstancias. Aunque yo le había dicho ya que nuestro Fundador no quería otro privilegio que el de obedecer siempre a la Santa Sede, y que incluso me había prohibido pedir nada, él se empeñó en concederme el permiso para nuestro Fundador, y me insistió en que le refiriese cómo se había desarrollado nuestra conversación.

La delicadeza con que el Fundador cuidaba el decoro de la liturgia y de los objetos de culto se expresa en el punto 527 de Camino: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.

–Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.

–Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “opus enim bonum operata est in me” –una buena obra ha hecho conmigo.

–Recuerdo que en 1959 o en 1960, estando en Londres, vio por televisión una ceremonia de la Corte Real. Inmediatamente después observó, como había hecho en otras ocasiones, que una ceremonia de este estilo requiere una preparación muy cuidadosa y que, cuando es a Dios Nuestro Señor a quien se dirige un acto de culto, debemos prepararlo con un amor y un empeño mucho más grande que el que ponen los maestros de ceremonias de la Reina de Inglaterra.

El desprendimiento y la pobreza no le impedían amar la belleza y el decoro artístico en la liturgia y en el culto divino. Es una prueba palpable de su fe y de su generosidad con el Señor.

Quería que los objetos destinados al culto fuesen lo más preciosos posible; enseñó que, en este campo, la pobreza está en la cantidad y no en la calidad. Para los Centros del Opus Dei estableció esta norma: los objetos litúrgicos deben ser decorosos y bellos, pero en el número estrictamente indispensable.

En 1940, movido por su ardiente amor al Señor, a pesar de las estrecheces que pasábamos, comenzó a llevar a un taller de arte religioso, muy famoso en España y en el extranjero, las joyas que algunos amigos le regalaban: las iba dejando allí, porque deseaba ofrecer al Señor una custodia muy rica, con campanillas de plata. Se trataba de Talleres de Arte Granda, dirigidos por un sacerdote muy piadoso, don Félix, y su hermana, Cándida Granda. Nuestro Fundador, en cuanto recibía alguna piedra preciosa o un anillo, de los que se desprendía alguno de sus conocidos, lo llevaba enseguida al taller; a veces le acompañaba yo. Doña Cándida extendía sobre una mesa un paño de terciopelo negro y ponía encima todo lo que íbamos reuniendo; después decía: “Ahora necesitamos encontrar tal cosa; falta tal otra”… Con este motivo, el Padre trató mucho con los hermanos Granda, y les dio abundantes consejos sobre el diseño de sagrarios y vasos sagrados. Don Félix y doña Cándida los acogían con agradecimiento, porque eran sugerencias muy prácticas para enriquecer los objetos de culto: ambos me han contado que aprendieron mucho de nuestro Fundador. Por eso, cuando dejaron la dirección de Talleres de Arte Granda, la confiaron a unos miembros de la Obra. El Fundador les animó a mejorar constantemente su trabajo llevando a la práctica las palabras de la Escritura: zelus domus tuae comedit me (Ps. 79, 10).

A nuestro Padre no le fue posible, en muchas ocasiones, ofrecer al Señor todo lo que hubiera querido. Recuerdo que en 1935 lamentaba no haber podido instalar un sagrario más rico en el oratorio de la residencia de Ferraz; era un tabernáculo muy pobre, que le había prestado la M. Muratori. Le apenaba oficiar la exposición solemne con una custodia de poco valor, de hierro: sólo era de plata el viril que sostenía la Hostia consagrada. Desde entonces le oí decir que deseaba destinar al Señor objetos de culto ricos, aun a costa de quedarse sin comer.

Siempre, y en especial durante los últimos años de su vida, le he escuchado repetir: Ahora la gente ahorra todo a Nuestro Señor; yo no lo entiendo. Aunque, cuando un enamorado le regale a la mujer que quiere un trozo de hierro o de cemento, como regalo, ni siquiera entonces yo regalaré al Señor un poco de hierro o de cemento, sino lo mejor que pueda.

Durante toda su vida procuró dedicar al servicio del Señor lo mejor que tenía. Sé que poco después de 1928 deseaba encargar un cáliz que tuviese un piedra preciosa engastada en la base, de modo que nadie la pudiese admirar; quería que fuese como un sacrificio escondido, únicamente para el Señor. Sólo al cabo de los años, cuando vivía en Roma, pudo realizar este deseo suyo, cuando una señora le regaló una esmeralda de grandes dimensiones.

Hacía que todas las semanas se renovasen las formas consagradas reservadas en el sagrario, y estableció esta norma para todos los Centros de la Obra, exhortando a prever con prudencia cualquier dificultad. En 1940 ó 1941 pudo ver realizado al fin su antiguo deseo de que las formas se preparasen en nuestras casas. Quería que, con el tiempo, sus hijos llegasen a cultivar el grano y las vides necesarias para confeccionar las especies eucarísticas. El 15 de enero de 1965, explicaba una vez más este viejo proyecto: Se trata de acariciar a Dios que nace en nuestras manos, preparando las especies para que Él descienda. Se lo oí decir también, ante un grupo de hijas suyas, el 28 de marzo de 1975, pocos meses antes de morir.

Cuando era el único sacerdote del Opus Dei, se ocupaba personalmente de limpiar por dentro los sagrarios de nuestros Centros. Solía hacerlo cada quince días, con ocasión de sus viajes fuera de Madrid. Mientras los limpiaba, hablaba ininterrumpidamente con Jesús Sacramentado, repitiéndole que todas aquellas delicadezas eran para Él. Nos exhortaba: ¡Que tratéis con cariño cuidadoso los sagrarios! Cuando dejó de ocuparse de estos deberes personalmente, enseñó a sus hijos sacerdotes a cumplir esta obligación con el mayor cuidado, y a recitar en estos momentos muchas jaculatorias y comuniones espirituales.

Ya desde el principio estableció que los amitos, purificadores y manutergios se lavasen y planchasen cada vez que se usaban. Es una norma que se ha vivido siempre en nuestros Centros, en señal de amor de Dios y respeto hacia el Santo Sacrificio. Un cardenal que estuvo en la Clínica Universitaria de Navarra, promovida y dirigida por miembros del Opus Dei, me contó, admirado, que durante una visita por distintos departamentos, vio en una habitación un montón de lienzos blancos cuidadosamente dispuestos en cestas. Preguntó qué era aquello; le respondieron que eran los lienzos sagrados que se habían utilizado aquella mañana, y que iban a lavar y planchar para usarlos al día siguiente.

Su amor a la Eucaristía se reflejaba en muchos detalles, hasta en el modo de poner unas flores junto al tabernáculo. Nos decía: Cuando pongáis una flor junto al Sagrario, dadle un beso y decidle al Señor que queréis que ese beso se consuma, como se consumirá la flor, como se consume la lamparilla del Sagrario, alumbrando, señalando dónde está el Señor.

En las películas que recogen reuniones que el Fundador tuvo en varias ciudades de Europa y América con diversos grupos de personas –a veces, varios miles–, sobre todo en los últimos años de su vida, no falta nunca una referencia al sacramento de la confesión. Es conmovedora su catequesis sobre el que llamaba sacramento de la alegría.

–Sí, hablaba muchísimo de la Confesión y la llamaba el sacramento de la alegría, porque asegura nuestro retorno a Dios: nos devuelve la amistad divina, perdida por el pecado. Exhortó a sus hijos sacerdotes a hacer de la administración de la Penitencia una pasión dominante de su vida sacerdotal; y espoleaba a sus hijos laicos a llevar a muchas almas a la confesión: matad a vuestros hermanos sacerdotes, a fuerza de darles mucho trabajo, para que puedan llevar muchas almas a reconciliarse con Dios.

Tuvo una auténtica pasión por administrar el sacramento de la Penitencia. Tras su ordenación, durante su estancia en Perdiguera, logró que se confesaran prácticamente todos los habitantes del pueblo. De regreso a Zaragoza, continuó administrando la Confesión con mucha constancia. Recuerdo haber presenciado, en 1970, una conversación entre nuestro Fundador y uno de sus amigos de aquella ciudad, que había hecho una brillante carrera pública. Éste le recordó: “yo me confesé contigo –como eran viejos amigos, se trataban de tú– antes de que nos casases a mi mujer y a mí. Recuerdo que mientras me iba acusando de los pecados estabas callado. Pero cuando te dije que me había batido en duelo, exclamaste: ¡Estás loco!” Después comentó que nadie le había corregido tan claramente, pero que al mismo tiempo había agradecido que lo hiciese con tanta caridad, de modo que no se sintió ofendido, y en cambio, acabó muy contrito por su pecado. Durante el relato, nuestro Fundador permaneció en silencio; no añadió ni una palabra, porque, aunque fuese el mismo penitente quien hablaba, se sabía ligado por el secreto de la confesión.

Ya en Madrid, recorría la ciudad de un lado a otro para confesar al mayor número posible de enfermos, y llevarles la Comunión: fue una actividad desarrollada con una generosidad heroica, un empeño llevado a cabo con todas sus fuerzas, cuando no tenía dinero ni para pagarse el tranvía ni para comer.

Recordaba con alegría los años en que dedicó tantas horas de su tiempo a preparar para la confesión y la primera comunión a miles de niños. Afirmaba que había obtenido grandes enseñanzas para su propia vida espiritual de la devoción de aquellos pequeños.

Tras el 2 de octubre de 1928, continuó prestando su ministerio sacerdotal en el Patronato de Enfermos, y después en el Real Patronato de Santa Isabel. En la iglesia de este último, atendía un confesonario bastante frecuentado. Al mismo tiempo, dirigía espiritualmente a muchos estudiantes universitarios.

Durante la guerra civil española, escuchó confesiones por la calle, o pasando de una casa a otra; no se arredraba ante el peligro de muerte que corría si alguien le descubría, le identificaba como sacerdote y le denunciaba.

En los últimos años de su vida, nuestro Fundador no pudo ejercitar directamente el apostolado de la confesión, porque se debía a la labor de gobierno de la Obra. Esto no quiere decir que no desarrollase intensamente su ministerio sacerdotal, especialmente a través de la predicación a sus hijos, o a muchas otras personas que venían a verle para recibir su orientación espiritual; pero sólo me confesaba a mí. Me parece oportuno explicar que, como trataba sobre todo a miembros de la Obra, para evitar encontrarse atado por el sigilo sacramental, prefería no escuchar sus confesiones, para asegurarse una mayor libertad de acción. La única excepción fui yo: nuestro Fundador se confesaba conmigo y yo con él.

Predicó incesantemente sobre este sacramento. En los últimos años sufrió muchísimo viendo que los fieles abandonaban cada vez más la práctica de la confesión frecuente. Por eso emprendió una catequesis aún más intensa sobre la grandeza de la misericordia divina. Rechazaba con energía la afirmación de que es preferible retrasar la confesión de los niños para evitarles una experiencia traumática: contaba que había confesado a miles de niños y que, lejos de sufrir un shock, habían experimentado con agradecimiento la bondad de Dios Nuestro Señor. Aconsejaba a las madres: Mamás, llevad a vuestros hijos a confesar, como hizo mi madre conmigo. Así se acostumbrarán vuestros hijos a recibir el Sacramento de la Penitencia y a reconciliarse con Dios: por medio de este Sacramento bien recibido con todas las condiciones que se requieren para una buena Confesión, los niños irán teniendo cada vez mayor delicadeza de conciencia y serán más felices.

Enseñó a sus hijos sacerdotes a administrar este sacramento con tanta pasión, que el Santo Padre Juan Pablo II ha afirmado que los sacerdotes del Opus Dei tienen “el carisma de la Confesión”: he sentido el gozo de oírselo decir personalmente, y es fácil imaginar mi alegría ante un reconocimiento, tan autorizado, de los esfuerzos de los miembros de la Obra por imitar a su Fundador.

El Beato Josemaría decía que el mejor modo de vivir la virtud de la penitencia era acercarse contrito al Sacramento de la Confesión. Sentía el deber de compensar con la propia compunción tantas faltas de amor de las que era testigo cada día.

–El afán de reparación es uno de los modos en que se expresa la Comunión de los Santos. En una ocasión, se hablaba públicamente de la vida pecaminosa de una persona, y uno de nosotros exclamó: “¡Pobre hombre!” Nuestro Fundador replicó inmediatamente: ¡pobre Dios! No era una falta de caridad hacia aquel pecador, sino una prueba de su amor de Dios, y de la fuerza con que aborrecía cualquier pecado, aun el más pequeño que se pueda pensar. ¡Pobre Dios!, porque era un Padre ofendido por uno de sus hijos. No hace falta decir que el Padre se puso a rezar inmediatamente por aquel pobrecillo.

El temor de Dios y el odio al pecado le movían a repetir frecuentísimamente: Cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies! (Ps. 50, 19), y añadía, con fuerza y con vivo arrepentimiento de sus culpas: Contritum et humiliatum valde! Se lo he oído decir personalmente desde que le conocí hasta el día de su muerte.

La familiaridad del Fundador con la Sagrada Escritura se comprueba en las homilías publicadas, y especialmente, en su libro Santo Rosario, donde se ejemplifica gráficamente aquel consejo suyo de meterse en las escenas evangélicas como un personaje más. ¿Tiene sobre esto algún recuerdo especial?

–El Padre dio pruebas constantes de un respeto extraordinario hacia la Sagrada Escritura que, junto con la Tradición de la Iglesia, es la fuente de la que se nutría ininterrumpidamente para su oración personal y para su predicación.

Leía a diario algunas páginas –un capítulo– de la Escritura, en particular del Nuevo Testamento, y hacía la lectura espiritual preferentemente con obras de los Padres y Doctores de la Iglesia. Era raro el día en que no se detuviese al terminar para anotar expresiones o ideas que le habían impresionado: signo no sólo de la atención con que hacía esta práctica de piedad, sino sobre todo de la importancia que le concedía.

En 1944 predicó un curso de retiro a los agustinos del Monasterio de El Escorial, aunque se encontraba muy mal de salud. Uno de los participantes, el Padre Licinio González, después de haber anotado que sólo al final de los ejercicios se había dado cuenta de que nuestro Fundador estaba enfermo, ha testimoniado: “Sus meditaciones se caracterizaban por el uso continuo de textos y pasajes evangélicos, que a través de su voz, cobraban una vida sugestiva y llena de inspiración (…).

Están aún vivos en mí los pensamientos y las ideas de Mons. Escrivá sobre la vocación, la gratuidad de la vocación, la respuesta gozosa de San Andrés y el doloroso rechazo del joven rico.

También las meditaciones sobre la Virgen y sobre San José estaban llenas de vibración espiritual (…); junto a la meditación eucarística sobre la Última Cena, me dejaron una impresión tan profunda que no se ha borrado con el paso de los años”.

El Padre meditó asiduamente los versículos del Nuevo Testamento y puso de relieve aspectos nuevos, a veces inadvertidos durante siglos. No consideraba la Sagrada Escritura como un depósito inerte, sino como instrumento vital del que el Señor se sirve para infundir vida sobrenatural a quienes la leen con humildad y deseos de aprender. Lo comprobé desde que le conocí, pero sobre todo tras mi ordenación sacerdotal, en 1944, comprendí plenamente la profundidad con la que había meditado la Palabra de Dios.

Una prueba elocuente es la originalidad de sus comentarios a los textos sagrados: resultan siempre particularmente incisivos e inmediatos; no son conclusiones prácticas derivadas de una reflexión sobre el texto sagrado con el fin de introducirlas luego en una espiritualidad prefabricada, ni simples ejemplificaciones que ilustran conceptos de un sistema de pensamiento predefinido. Nuestro Padre deja que el Evangelio hable directamente con toda su fuerza; su espiritualidad es la vida de Cristo y de los primeros cristianos, que expresan su perenne actualidad sin necesidad de adaptación, glosa o añadido.

A la muerte de nuestro Fundador, el Cardenal Parente, que había leído algunas de sus homilías y otros escritos suyos, me dijo que en sus comentarios a la Sagrada Escritura había descubierto una densidad espiritual con una profundidad e inmediatez muchas veces superiores incluso a las obras de los Santos Padres.

Su predicación fue siempre muy práctica; movía a las almas a la conversión. Tenía el don de aplicar los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento a las situaciones concretas de los que le escuchaban. No trató nunca de ser original, porque estaba convencido de que la Palabra de Dios es siempre nueva, y conserva intacta su irresistible fuerza de atracción si se la proclama con fe. En sus labios, el Evangelio no era jamás un texto erudito o una fuente de meras citas o lugares comunes. Hablaba de la Sagrada Escritura con un amor tierno. Valgan como ejemplo estas palabras suyas que anoté en 1954: Vivía en Nazaret una Virgen de nombre María. ¡Qué bonito, qué divino y qué humano es el Evangelio!: Desciende hasta los detalles más mínimos, para que veamos la predilección de Dios hacia las criaturas. La quiere, la busca, como un detalle de cariño, la llama por su nombre de familia: María.

Me admiraba la facilidad con que citaba de memoria y con exactitud frases de la Sagrada Escritura. Hasta en sus conversaciones familiares traía a colación textos sagrados para mover a los presentes a una oración más honda. Vivía de la palabra de Dios. Como prueba de veneración hacia la Sagrada Escritura, a menudo introducía sus citas con las palabras: Dice el Espíritu Santo… No era un simple modo de decir, sino un auténtico acto de fe, que ayudaba a sopesar el valor eterno, y toda la verdad que contienen palabras a las que podemos acabar por acostumbrarnos.

Recuerdo que, cuando nos preparábamos para recibir la ordenación los tres primeros sacerdotes de la Obra, el Padre nos aconsejó a José María Hernández de Garnica, a José Luis Múzquiz y a mí, que dedicarámos más tiempo que antes –la lectura meditada de la Sagrada Escritura es una práctica de piedad vivida por todos los miembros de la Obra– a leer y meditar atentamente la Escritura; nos recomendaba con insistencia que nos acercásemos a ella con mucha fe, porque sólo así, sólo llevando el alma al dulce encuentro con Cristo, podríamos contagiar a los demás el amor y el deseo de identificarse con Él.

En los últimos años de su vida, con el deseo de contribuir a una mayor difusión de la lectura de la Biblia, y de facilitar al máximo su meditación, animó a algunos hijos suyos, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, a que preparasen una edición popular: deseaba que las notas fuesen sencillas, prácticas y asequibles a todos; que tuviesen un carácter doctrinal y ascético, no erudito, y fuesen acompañadas de abundantes citas de los Santos Padres y de los Concilios. El resultado ha sido un trabajo, todavía en curso, muy apreciado desde el punto de vista científico y, sobre todo, muy valioso desde el punto de vista espiritual. Los especialistas que lo comenzaron y lo están llevando a cabo, me han confirmado que haber puesto en las notas muchas citas de textos de nuestro Fundador ha contribuido decisivamente a la gran utilidad pastoral de esta obra.

6. Familia y milicia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría, que llamaba al cuarto mandamiento el dulcísimo precepto, ha enseñado con su ejemplo a amar a los padres y a la familia con ternura, pero también con el desprendimiento de quien se entregó por entero a Dios. Su hogar respiró un clima profundamente cristiano, lleno de dignidad y señorío incluso en medio de estrecheces económicas, y aprendió algunas costumbres que trasladó con naturalidad a los Centros de la Obra. Don José Escrivá murió repentinamente cuando sólo tenía cincuenta y siete años, el 27 de noviembre de 1924. ¿Cómo se comportó el Padre en aquellas circunstancias?

–Fue un golpe muy duro, tanto más porque nada hacía presagiar ese desenlace. Aquel 27 de noviembre, don José Escrivá se levantó a la hora de siempre, sin sentir ningún malestar; o si lo tuvo, no dijo nada. Después del desayuno, rezó un rato de rodillas ante la imagen peregrina de la Virgen Milagrosa, que se llevaba por devoción popular de casa en casa, y que esos días estaba en la suya. Antes de salir hacia su trabajo, se entretuvo también jugando con su hijo pequeño, Santiago, que entonces tenía cinco años. De pronto, ya en la entrada de la casa, se encontró indispuesto, se apoyó en la jamba de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento.

Al oír el ruido, acudieron rápidamente doña Dolores y su hija Carmen. Avisaron inmediatamente al párroco y al médico, y trasladaron su cuerpo inerte a una habitación. El doctor diagnosticó que no se podía hacer nada; dos horas después moría, sin volver en sí, pero habiendo recibido los últimos Sacramentos.

Se envió un telegrama al Padre –que estaba en el Seminario de Zaragoza–, para que viniese urgentemente, pues su padre no se encontraba bien. En realidad, nuestro Fundador comprendió desde el primer momento la verdad, porque –como nos confió años después– Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza y Presidente del Seminario, le comunicó inmediatamente la noticia.

Con el permiso del Rector, tomó el primer tren para Logroño. Salió a esperarlo a la estación Manuel Ceniceros, empleado del negocio de tejidos La Gran Ciudad de Londres donde don José trabajaba después del cierre de su empresa de Barbastro. Manuel Ceniceros –que era quien había puesto el telegrama– le confirmó enseguida la muerte de don José. Años más tarde, el Padre me contó que se había dirigido rápidamente hacia su casa, abrumado por el dolor, y que durante el trayecto continuó rezando por el alma de su padre, se puso en las manos de Dios y comenzó a pensar también cómo podría sostener a la familia. Se ocupó del funeral y de todo lo necesario para el entierro.

Un sacerdote amigo, don Daniel Alfaro, le prestó el dinero para las exequias. En cuanto le fue posible, se lo devolvió con profunda gratitud, y el Padre no olvidó nunca la generosidad de aquel amigo: rezó por su persona e intenciones todos los días de su vida, en el memento de la Misa, y más tarde, cuando supo que había muerto, encomendó su alma al Señor en la Santa Misa, hasta el 26 de junio de 1975. He podido comprobar cómo se conmovía el Padre recordando la caridad desinteresada de aquel hermano en el sacerdocio.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. El cementerio de Logroño se encontraba en la otra orilla del río, en la carretera de Mendavia. Al volver a casa, sumido en el dolor y en el pensamiento de que ahora el peso de la familia recaía completamente sobre sus espaldas, llegó al puente sobre el río Ebro. En ese momento se acordó de que se había guardado en el bolsillo la llave del féretro, que le había entregado el sepulturero. Entonces pensó: ¿Qué hago con esta llave, que puede ser, para mí, una ligadura?, y con gesto rápido la tiró al río, y ofreció a Dios la separación de su padre, el amigo más querido.

Este gesto, lleno de serenidad y paz interior, le unió todavía más a la Voluntad del Señor: Dios había decidido llevarse a su padre y él aceptaba sin reservas quedarse sin ese sólido punto de apoyo sobre la tierra. Había aprendido definitivamente a desprenderse incluso de lo que es y parece imprescindible.

El Padre vio la mano del Señor también en el hecho de haber recibido ya el subdiaconado el 14 de junio de ese año: ese hecho lo ligaba para siempre a Dios y, por tanto, se confiaba totalmente a la Voluntad divina, también ahora que le correspondía todo el peso de sacar adelante a la familia, como hijo primogénito.

Retornó a Zaragoza enseguida, después de confortar a los suyos, para proseguir sus estudios sacerdotales. Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre de 1924, recibió el diaconado en la capital aragonesa.

El Fundador aprendió de su padre una profunda honradez en el trabajo, y la práctica de la caridad, que supera los límites rigurosos de la justicia; y he pensado siempre que su profunda devoción hacia San José tomó cuerpo a través de la meditación de las virtudes paternas. Doña Dolores, su madre –a la que en el Opus Dei se llama familiarmente Abuela–, también tendría la oportunidad de colaborar directamente con la Obra.

–La entrega sacerdotal de nuestro Fundador no podía dejar de repercutir de alguna manera en su familia. Un pequeño detalle: entre 1927 y 1936, doña Dolores tenía un aspecto joven. Por eso, cuando iban a visitar a una familia amiga, nuestro Fundador le decía: Mamá, no podemos ir juntos por la calle, porque yo no tengo escrito en la frente que soy hijo tuyo, y no quiero exponerme a escandalizar a nadie: ve tú por tu cuenta, que ya nos encontraremos en la casa de esa familia.

Doña Dolores, desde joven, se teñía el pelo para disimular algunas canas prematuras; después de la guerra civil española, el Padre le sugirió delicadamente que dejara de hacerlo, y ella accedió sin dificultades, aunque, por su modo de ser, muy femenino, ciertamente constituyó un sacrificio para ella.

Pero la Abuela supo hacer sacrificios aún mayores por su hijo y por la Obra. Como ya he mencionado, nuestro Fundador habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Durante la guerra civil española, cuando nuestro Fundador se vio obligado a pasarse a la zona nacional, doña Dolores se quedó en Madrid con sus otros dos hijos, y custodió, aun a costa de su vida, el archivo y todos los documentos de la Obra. Los había escondido dentro de un colchón y cuando los milicianos iban a hacer un registro, ella se metía en la cama, como si se encontrase mal (y era cierto): así logró salvar los papeles de su hijo, entre los que había verdaderos tesoros, como los apuntes en que el Padre había anotado sus experiencias interiores, las gracias recibidas de Dios, las reflexiones y primeros proyectos sobre el desarrollo de la Obra, y tantos otros valiosísimos textos.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: “¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención”. Su hijo replicó: Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya! Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: “Y continuaré haciéndolo con mucho gusto”. Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

La Abuela y tía Carmen se ocuparon de la administración doméstica de los Centros de la Obra hasta que pudieron hacerse cargo de estos trabajos las mujeres del Opus Dei.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican –es lo más importante– una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue sólo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz.

La muerte de su madre le sorprendió en un momento muy concreto, mientras estaba predicando un curso de retiro para sacerdotes.

–Fue el 22 de abril de 1941. Desde el fin de la guerra, el Fundador del Opus Dei desarrollaba un extensísimo apostolado en Madrid y en los lugares más diversos de España; entre otras ocupaciones, predicó muchas tandas de ejercicios espirituales para sacerdotes. En abril de 1941 había aceptado la invitación para dirigir unos ejercicios al obispo y al clero de la diócesis de Lleida.

Algunos días antes del viaje de nuestro Fundador a Lleida, su madre había hecho una excursión a El Escorial con algunos de nosotros, y notó luego una leve afección bronquial. Al día siguiente guardó cama por esa indisposición, pero no parecía nada serio. El Padre, prudentemente, preguntó al médico si podía marcharse con tranquilidad, y el doctor le dijo que no se preocupase. Por esto, al despedirse de su madre, le pidió que ofreciese al Señor sus molestias por los sacerdotes que iban a participar en el curso de retiro. Doña Dolores, que tal vez era la única que presentía la gravedad de su dolencia, asintió, pero mientras nuestro Fundador salía de la habitación musitó en voz baja: “¡Este hijo!”

La enfermedad parecía seguir su curso normal; sin embargo, la tarde del 21 de abril se agravó, degenerando en una pulmonía traumática muy grave. Le fueron administrados los últimos sacramentos y el día 22, en las primeras horas de la mañana, expiró. Traté de telefonear inmediatamente a nuestro Fundador. En aquel tiempo podían pasar horas antes de conseguir una comunicación interurbana; por eso, cuando por fin se logró la conexión, me dijeron que nuestro Fundador estaba predicando y hablé primero con el obispo.

Tiempo más tarde supe que el obispo se acercó al Padre con el rostro demudado, pálido, y le dijo que yo le llamaba. Le di la noticia en pocas palabras: “La Abuela ha muerto”. Después me enteré de que, precisamente cuando le llamé por teléfono, nuestro Fundador estaba predicando sobre el papel imprescindible de la madre en la vida del sacerdote: entre otras cosas, había dicho que para un sacerdote su madre es como un Ángel Custodio, y debería morir un día después que su hijo.

Nuestro Fundador se postró inmediatamente a los pies del Sagrario para rezar: Señor, Tú lo has dispuesto así, y yo me había equivocado. Es mejor lo que Tú quieres: acepto de todo corazón tu voluntad, habiéndote llevado a mi madre. Regresó lo antes posible a Madrid. Lloró y rezó ante su cuerpo, con palabras de apenado desahogo filial: Señor, ¿por qué me haces esto? ¡Cómo me tratas! Recuerdo también que me tomó aparte y me dijo: Hijo mío, ayúdame a rezar un Te Deum, y así lo hicimos. Asistió al entierro con una gran serenidad, y consoló a su hermana Carmen y a su hermano Santiago.

¿Cómo se decidió el Fundador a pedir a su madre y a su hermana que colaborasen para lograr el buen funcionamiento de los primeros Centros de la Obra?

–Recuerdo muy bien que un día, a finales de 1938, cuando nuestro Fundador estaba en el hotel Sabadell de Burgos, me propuso como otras veces que le acompañara a dar un paseo por la orilla del río Arlanzón; mientras caminábamos, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros Centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares.

Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. Jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.

El 2 de abril de 1948 el Padre, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Roma, fue a Madrid, y pocos días después, el 15, también Carmen se trasladó a la Ciudad Eterna. Su hermano le había pedido que echara una mano a las empleadas del hogar que desarrollaban el servicio doméstico y a quienes lo dirigían. Ella aceptó con alegría, como siempre que se trataba de sacrificarse por la Obra.

Después Carmen regresó a España y, a comienzos de los años cincuenta, alquiló con su hermano Santiago un apartamento en la calle Zurbano de Madrid. Al fin, después de tantos años, tenía casa propia y podía llevar una vida independiente, y según sus gustos. Pero el descanso duró pocos meses. Antes de que hubiera terminado la decoración de la casa, nuestro Fundador le preguntó si podía dirigir la administración doméstica de una finca que se había comprado en Salto di Fondi, cerca de Terracina. Carmen aceptó inmediatamente, y volvió a Roma en julio de 1952.

Se quedó en Salto di Fondi hasta el verano de 1953: el tiempo necesario para que se terminasen los trabajos de reforma de la casa y las mujeres de la Obra pudieran ir a vivir allí. En lugar de regresar a España, Carmen se estableció en Roma con Santiago en un chalet situado en Via degli Scipioni. Allí pasó los últimos cuatro años de su vida. Tomó esta decisión por el deseo de estar más disponible, más pronta a hacer lo que el Señor le pidiese a través de su hermano. En las peticiones de nuestro Fundador, ella veía realmente la Voluntad de Dios.

Dicho sea de paso, a Carmen no le faltaron ocasiones de formar su propia familia. Es más, podría haberse casado muy bien; de hecho, tenía un pretendiente, un hombre con un título nobiliario que le había pedido la mano formalmente. El Padre me contó la conversación que tuvo entonces con su hermana. Carmen dijo: “Josemaría, por ahora no siento nada por él; pero si le trato llegaré a quererle. Prefiero quedarme contigo y ayudarte todo lo que pueda”.

En efecto, nuestro Fundador tuvo en su hermana una ayuda extraordinaria, sobre todo para la formación en tareas domésticas de algunas entre las primeras vocaciones de mujeres del Opus Dei. Su ayuda consistió en cumplir lo que su hermano le pedía de vez en cuando, pero sin entrometerse nunca en las cuestiones fundacionales, porque comprendía que era una misión confiada por el Señor exclusivamente al Fundador.

Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Padre, ¿podría evocar algún detalle de la muerte de tía Carmen?

–En los primeros meses de 1957 notamos que el estado de salud de Carmen, siempre llena de vitalidad y de energía, se deterioraba. El 4 de marzo los médicos le diagnosticaron un cáncer, y hacia el 20 de abril le anunciaron que sólo le quedaban dos meses de vida.

Apenas lo supo el Padre, quiso que yo se lo comunicase, con toda claridad y con mucha caridad. Quería que aquellos dos meses fueran para su hermana ocasión de unirse aún más con el Señor. El 23 de abril, fiesta de San Jorge, hablé con ella de su enfermedad. Le dije que sólo un milagro podría curarla y que, según el parecer de los médicos, le quedaban dos meses de vida; añadí que, si el tratamiento tenía éxito, quizá podría sobrevivir algo más, pero no mucho. Acogió la noticia con tranquilidad, con serenidad, sin lágrimas, como una persona santa. Y luego dijo: “Alvaro me ha dado ya la sentencia”.

Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche.

Fueron dos meses de oración y recogimiento. En mayo, aprovechando un viaje a Francia, nuestro Fundador se acercó a Lourdes para pedir el milagro de la curación de su hermana, aceptando siempre la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese.

El 18 de junio se agravó la situación de Carmen, y pidió la Unción de los Enfermos. Al día siguiente recibió el Viático, rodeada por el cariño de nuestro Fundador y de todos nosotros.

El 20 de junio, fiesta del Corpus, pasé mucho tiempo a su cabecera; le hablaba y ella me respondía con toda naturalidad, como si estuviese hablando de otra persona. Yo le preguntaba: “Carmen, ¿quieres ir al Cielo?” Y ella me contestaba con decisión: “¡Claro que sí!” Y en un momento me dijo: “Alvaro, quiero ver…”. Al principio pensé que había perdido la vista y le dije: “¿Pero no nos ves? Estamos aquí…”. Ella replicó: “Sí, eso ya lo sé”. Añadí: “Te parecemos poco. Lo que tú quieres es contemplar a la Virgen”. Respondió: “Sí, ¡eso!”

Durante la agonía no podía casi hablar. Repetía balbuceando las jaculatorias que nuestro Fundador, ayudado por algunos de nosotros, le musitaba al oído. Sólo respondía a los estímulos sobrenaturales.

Apenas unos minutos antes de morir, cuando casi había perdido el pulso, el Padre le dijo: ¿Verdad que cuando llegues al Cielo nos encomendarás mucho? Su hermana contestó: “¡Sí!” Fue una de las últimas palabras que pronunció. Poco después moría.

Poco antes de la muerte de Carmen, su confesor, el Padre Fernández, me comentó: “Tiene una paz interior enorme. Se ve que esta docilidad a la Voluntad divina es un milagro de Dios: no he visto nunca un enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí para edificarme, más que para ayudarla”.

Al día siguiente del fallecimiento de Carmen, nuestro Fundador contó a un grupo de hijos suyos: se acabaron las lágrimas en el momento en que murió; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Y al leer en sus rostros la tristeza por la muerte de su hermana, añadió: sí, hijos, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen, y a los Angeles… Ahora continúa encomendándonos.

Enseguida que murió, bajé al oratorio, para celebrar la primera Misa en sufragio por su alma… Encomendadla, ofreced oraciones por ella, pero yo estoy seguro de que ya goza de Dios; ma propio certo: completamente seguro.

El propio Padre me confió el motivo de esta seguridad. No sabía que también había dejado una relación escrita sobre lo sucedido, en un sobre con esta anotación: Para abrir cuando yo muera. Cuando nuestro Fundador se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma de su hermana, le vino a la cabeza la idea de pedir una prueba de que Carmen se encontraba ya en el Cielo. Desechó enseguida ese pensamiento, porque le parecía que era tentar a Dios. Sin embargo, me contó que, tanto en el memento de vivos como en el de difuntos, se olvidó de aplicar la intención de la Misa por su hermana, a pesar de las condiciones espirituales y psíquicas en que se encontraba: estaba muy apenado, nunca había celebrado en aquel oratorio, etc. Apenas se dio cuenta de que se había olvidado de ofrecer la Misa por Carmen, le invadió la certeza de que tal olvido, humanamente inexplicable, era la respuesta de Dios: comprendió que el Señor le quería hacer entender de esa manera que su hermana no necesitaba sufragios.

El Padre advirtió de modo inefable la intervención del Señor, que penetra en lo más íntimo del alma. Por eso tuvo la persuasión de que su hermana “había dado el salto”, como ella misma había deseado y merecido con su vida de entrega a la Voluntad divina.

Padre, me gustaría oírle contar algo más sobre el papel del Fundador como cabeza de familia, sobre todo en su relación con su hermano Santiago, cuando era pequeño.

–Cuando nuestro Padre decidió en 1918 entrar en el Seminario de Logroño –donde fue admitido como alumno externo–, no se olvidó de sus deberes familiares. Aunque sus padres, con mucha delicadeza, para dejarle la más completa libertad de decisión, no le pusieron la más mínima dificultad, se dio cuenta de que su elección desbarataba los planes, humanamente lógicos, lícitos y honestos, que ellos se habían hecho para rehacer el patrimonio familiar con su ayuda. Era consciente de que, al aceptar con generosidad la Voluntad divina, debieron cambiar sus proyectos y resignarse, al menos durante unos años, a la ausencia del único hijo varón.

Entonces, nuestro Fundador, con gran sencillez y confianza, empezó a pedir al Señor que enviase a sus padres otro hijo varón. No era poco pedir, porque sus padres eran ya mayores, y habían pasado casi diez años desde el nacimiento de la última hermana, Rosario, muerta a los nueve meses de edad, en 1910. Transcurrieron algunos meses, y ni Carmen ni Josemaría se dieron cuenta de que su madre estaba embarazada, aunque ya era patente. Su alegría fue enorme, y aún más su agradecimiento al Señor, cuando su madre, algún tiempo después, llamó a los dos hermanos y les comunicó que estaba esperando un niño. Santiago Escrivá de Balaguer nació el 29 de febrero de 1919.

Sobre todo a partir de la muerte de su padre, nuestro Fundador se prodigó en la atención y educación de Santiago. Le dedicó todo el tiempo que pudo, para formarlo bien. Fue para él más que un hermano mayor: casi un padre, un amigo, y un maestro. Le enseñó el catecismo, le introdujo en la vida de piedad, le siguió en los estudios, etc.

He escuchado al Padre que a veces tenía que defenderse de la “colaboración” de su hermano pequeño, que imitaba en todo a su hermano mayor. Como Santiago se había dado cuenta de que nuestro Fundador recortaba artículos de los periódicos y los pegaba en fichas, en una ocasión le llenó el fichero con recortes de revistas tomados al azar. Entonces el Padre se hizo con dos calaveras: a una le llamaba en broma “doña Pelada”; la otra era de un caballero templario, y le puso el nombre de “don Alonso”. Colocó las dos calaveras sobre el fichero y, desde entonces, cesaron las “colaboraciones” del pequeño Santiago.

El Padre recordaba a veces otra anécdota. Un día fue a dar un paseo con su hermano. El niño le pedía siempre que le comprase caramelos. Le gustaban especialmente unos que vendía un viejecito en la esquina de una calle cercana a la casa donde vivían; se llamaban chupetes o chupones. Aquel día, mientras se acercaban al puesto en que el hombre vendía su mercancía, una ráfaga de viento levantó una gran polvareda y ensució los caramelos. Sin pensarlo dos veces, el viejecito los tomó, uno a uno, y los fue limpiando a lametones. Desde ese día, Santiago renunció para siempre a esos caramelos. Nuestro Fundador, que sabía sacar de todo suceso una referencia sobrenatural, se divirtió mucho con la reacción de su hermano y le hizo considerar a veces que las cosas del mundo son como caramelos: después de desearlas tanto, acaban por perder su atractivo, y terminan por repugnarnos.

Incluso cuando Santiago alcanzó la mayoría de edad, el Padre continuó ocupándose de él como un buen hermano y cumplió sus obligaciones fraternas. En 1958, en su calidad de cabeza de familia, acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos.

El Fundador llevó este vivo sentido de la paternidad, aprendido y vivido en su familia, a la gran familia sobrenatural de la Obra.

–El Padre repetía a menudo que sólo tenía un corazón, el mismo corazón con el que amaba a Dios y a sus hijos. No era un cariño abstracto: como buen padre, vibraba al unísono con las alegrías y las penas de sus hijos, y estaba muy pendiente de su salud.

Dos casos concretos. En una época, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, los alumnos perdían horas de clase durante la semana, porque debían ocuparse personalmente de otras muchas cosas, ligadas sobre todo a la necesidad de seguir de cerca las obras (los trabajos de la construcción de nuestra sede central estaban en pleno apogeo). Se decidió entonces recuperar esas clases los domingos. Cuando el Padre se enteró, lo prohibió tajantemente; es más, si hasta entonces había animado siempre a los alumnos a aprovechar los días de fiesta para visitar los monumentos de Roma –que constituyen una maravillosa apología de la fe–, a partir de ese momento sus invitaciones se hicieron mucho más insistentes. De modo análogo, otra vez se enteró, a través de una carta, de que en una determinada nación sus hijos se veían obligados a privarse de horas de sueño, por las exigencias apostólicas. El Padre intervino y señaló, entre los deberes graves de los directores, el de asegurar que todos los miembros de la Obra estuvieran en la cama habitualmente siete horas y media cada noche.

Eran continuas sus delicadezas. Recuerdo que en 1961, después de haber pasado el verano en Inglaterra, había decidido salir de Londres hacia Roma, el 4 de septiembre. Habíamos comprado ya los billetes para el viaje, cuando nos enteramos de que justamente el día previsto para la salida era el santo de una Numeraria auxiliar que se había ocupado de las tareas domésticas de la casa en que habíamos estado. Al Padre le pareció un deber de caridad retrasar un día el regreso, para poder felicitar a aquella hija suya: otra cosa le hubiera parecido una descortesía. Sus atenciones se hacían aún más solícitas si alguno de sus hijos enfermaba. Cuando en 1943 efectué mi primer viaje a Roma, se había propagado por España una epidemia de tifus esantemático, una enfermedad muy contagiosa que en aquella época era llamada popularmente el “piojo verde”. En el mes de marzo el entonces director de la Residencia universitaria de la Calle Jenner, Juan Antonio Galarraga, tuvo mucha fiebre. Se pensó que era tifus, pero en realidad lo que tenía era la viruela. El Padre se ocupó personalmente de él, lo arropó con unas mantas, y se lo llevó en taxi al hospital de enfermedades infecciosas. Lo trató como un padre a su hijo. Después, durante la convalecencia de Juan Antonio, fue muchas veces a verle, y luego pidió a su hermana Carmen que fuese también a visitarle, para que estuviese atendido con gran solicitud y cariño.

La muerte de una hija o de un hijo suyo le producía un dolor inmenso: le he visto llorar muchas veces. Es lógico que sufra, hijos míos –comentaba–, el Señor me ha dado para vosotros corazón de padre y de madre. Cuando se trataba de una persona joven, protestaba filialmente al Señor: no comprendía humanamente por qué Dios había decidido llamarle a Sí cuando podría haberle servido tantos años aún. Pero después se sometía inmediatamente, en un dolido acto de aceptación de la Voluntad divina: Fiat, adimpleatur…

El 18 de diciembre de 1972, el Padre fue a visitar a una joven Numeraria de origen siciliano, Sofía Varvaro, ingresada en una clínica de Roma. Tenía un cáncer de hígado y estaba desahuciada por los médicos. El Padre la consoló y la animó hablándole del Cielo. El diálogo tuvo momentos de gran emoción.

–”Padre –le confió Sofía–, a veces tengo miedo de no saber llegar al final, porque soy muy poca cosa”.

El Padre le replicó inmediatamente: ¡Hija, no tengas miedo!: ¡que te espera Jesús! Yo le estoy pidiendo que te cures, pero que se haga su Voluntad. Cuesta a veces aceptar esa Voluntad divina, que no entendemos, pero el Señor se debe reír un poco de nosotros, porque nos quiere y nos cuida como un padrazo, con corazón de madre, ¿comprendes? Yo, mañana, con la Hostia santa, te pondré en la patena para ofrecerte al Señor. Y tú, aquí o en el Cielo, siempre muy unida al Padre, a las intenciones del Padre, porque os necesito a todos bien metidos en mi petición.

Sofía le dijo que había rezado mucho por los frutos de su reciente viaje a España y Portugal.

¡Hija mía, me habéis ayudado tanto! No me he encontrado nunca solo. Ahora, después de verte, sé que tú me ayudarás en el Cielo, y también en la tierra, si el Señor te deja aquí. Pide intensamente por esta Iglesia, que a mí me hace padecer tanto, para que termine esta situación. Me apoyo en vosotros, y me siento acompañado por vuestra oración y por vuestro cariño.

–”Padre, gracias por su ayuda, y por la ayuda de todos los de la Obra”.

¡No puede ser de otra manera! Estamos muy unidos, y yo me siento responsable de cada uno de vosotros. Sufro, cuando no estáis bien de salud: me cuesta mucho, pero amo la Voluntad del Señor. Como somos una familia de verdad, yo me encuentro feliz con vuestro cariño, y pienso que también a vosotros os tiene que dar alegría que el Padre os quiera tanto.

–”Padre, quiero llegar al final, pero a veces tengo muchos dolores, y me canso”.

Sí, hija mía, te entiendo muy bien. Acude a la Virgen, y dile: monstra te esse Matrem!, o con sólo que le digas ¡Madre!, es suficiente. Ella no nos puede dejar. Además, nunca estaremos solos, tú nos sostienes a los demás, y los demás están bien unidos a ti. Pide tu curación, aceptando la Voluntad de Dios, y estáte contenta con lo que Él disponga: la Iglesia necesita nuestra vida. Reza por los sacerdotes de toda la Iglesia y especialmente por los de la Obra, no porque debamos ser más santos que los demás, sino para que nos hagamos cargo de esta bendita responsabilidad de que hemos de gastarnos de verdad. Fuerza al Señor. Dile: ¡Jesús mío, por tu Iglesia!, y ofrécele todo. Por la Obra, para que podamos servirte siempre más. Tu unión con el Señor, hija mía, ha de ser cada día más grande.

–”Padre, hace mucho tiempo que no puedo asistir a la Santa Misa”.

Hija mía, ahora tu día entero es una Misa, consumiéndote bien unida al Señor. No te preocupes. El Señor está dentro de ti, no le dejes. Hay que rezar mucho. Dirígete a la Santísima Virgen y a San José. Acude con confianza a nuestro Padre y Señor San José, para que nos lleve por el camino de intimidad que él tuvo con su Hijo.

Al salir de la habitación de la clínica, sin esconder el propio dolor, el Padre repitió lentamente la jaculatoria: Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen!

He reconstruido todo este diálogo sirviéndome de los testimonios y recuerdos de algunas personas que estuvieron presentes, porque cada frase constituye un extraordinario ejemplo práctico de cómo en el Padre el cariño humano y la visión sobrenatural iban siempre íntimamente unidos.

El cariño del Fundador hacia sus hijos se manifestaba en la generosa entrega a su formación, sin dejarse vencer por el cansancio.

–En el plano personal, nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas.

Puso un cuidado especialísimo en la formación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, y lo explicaba con cinco razones:

Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.

Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.

Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.

Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran –todos éstos también– la seriedad y la solidez de nuestra labor.

Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios.

De otra parte, el Beato Josemaría era muy exigente, porque exigente es la lucha por la santidad. Afirmó siempre que la Obra es familia, pero también milicia, en el sentido de que los miembros de la Obra reciben una formación adecuada a su tarea sobrenatural de cristianos apostólicamente movilizados para despertar en todos los bautizados la conciencia de la llamada universal a la santidad.

–Proponía metas muy ambiciosas, de acuerdo con un principio que formulaba así: De ordinario, al que pueda hacer siete, le pido catorce, y me hace quince. Y refiriéndose en concreto al trabajo apostólico, decía que, si uno puede hacer diez, hay que pedirle veinte, para que dé dieciocho. En definitiva, los números podían variar, pero el concepto estaba clarísimo.

¿Y cuando debía corregir?

–Cuando debía reprender a alguno, tenía siempre presente la mayor o menor frecuencia de sus relaciones con el interesado. Corregía con inmensa dulzura a aquellos que veía de tarde en tarde y, en cambio, se mostraba más severo con los que tenía cerca. Eran dos modos diferentes de ayudarnos, en función de las diversas circunstancias.

Acabo de explicar cómo el Padre elegía la línea de conducta más adecuada en cada momento para mantener el justo equilibrio entre la necesaria severidad y el cariño. En los primeros años, cuando veía que algo se había hecho mal pensaba: no lo puedo decir inmediatamente porque estaré enfadado, y conviene que lo diga en tono frío, para no herir, ser más eficaz, y no ofender a Dios; dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea. Pero en los últimos años hacía la corrección cuanto antes. Se decía: Si no la hago inmediatamente, pensaré que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío, y corro el peligro de no decirlo. Y por eso intervenía inmediatamente sin pasar nada por alto, porque quería mucho a sus hijos y los quería santos.

¿Y no se equivocaba nunca?

–Las raras veces en que sucedía, rectificaba inmediatamente, y si era el caso, pedía perdón. Recuerdo que en enero de 1955, al regresar a casa a mediodía y pasar por delante del oratorio de San Gabriel, en nuestra Sede Central, me encontré con el Padre, que estaba con algunos alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, entre ellos Fernando Acaso. Después de saludar al Padre, aproveché la ocasión para decir a Fernando que podía ir a recoger unos muebles que nos hacían falta, porque al fin teníamos dinero en el banco. Al oír esto, nuestro Fundador comenzó a excusarse con aquel hijo suyo. Había sucedido lo siguiente: poco antes de que yo llegara, le había preguntado por los muebles. Fernando le había empezado a explicar que no había ido a recogerlos, pero el Padre, sin dejarle seguir, le preguntó de nuevo si los había recogido. Entonces Fernando respondió sencillamente que no, y nuestro Fundador le dijo que no le gustaba que nos excusásemos. Pero al oírme, comprendió inmediatamente lo que había pasado y se apresuró a pedirle perdón, delante de nosotros, porque no le había dejado exponer sus razones. Como si no bastase, luego, en la sala de estar, delante de todos los alumnos del Colegio Romano, le pidió otra vez perdón a Fernando y alabó su humildad. Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar.

Me gustaría ahora hacerle una pregunta tal vez indiscreta. Usted ha estado cuarenta años junto al Fundador, en estrechísima colaboración: ¿podría hablar ahora de su propio vínculo de filiación con el Padre?

Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra.

Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida.

Nuestro Fundador tenía constantes manifestaciones de afecto hacia todos, y personalmente puedo atestiguar que fui objeto continuo de su cariño paterno. Cuando me veía un poco cansado se volcaba conmigo. Parecerá una cosa sin importancia, pero me conmuevo al recordar que, cuando iba a trabajar al Vaticano con mi sotana más nueva, el Padre le decía a don Javier Echevarría poco antes de mi regreso: Vamos a bajar a tu hermano Alvaro la ropa, para que se cambie, porque vendrá cansado. Se esforzaba en conocer los gustos de cada uno, y los recordaba bien; por ejemplo cada vez que me ponía enfermo y tenía que guardar cama o estar a dieta, procuraba que, dentro de las prescripciones médicas, me preparasen platos que me gustaban.

En febrero de 1950 se me agudizaron las molestias que sufría desde algunos años atrás en el hígado y el apéndice. Nuestro Fundador hizo llamar al profesor Faelli, que le trataba la diabetes. El médico dijo que tenían que operarme urgentemente de apendicitis. El Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores. Después de la operación, vino a verme a la Clínica muchas veces, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo; en aquellos ratos, que fueron muchos y prolongados, fui objeto de la inmensa caridad con la que trataba a sus hijos enfermos. No lo olvidaré jamás.

¿Menudencias? Lo considerarán así los que no sepan qué significa querer. Hasta donde era posible, evitaba a sus hijos los disgustos. El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. El Padre lo leyó y, como era ya de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiese dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses, y por tanto he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar los dos la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena.

En la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, para evitar que el interesado se sintiera incómodo. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.

Pero no deseo alargar las citas indefinidamente. Considero un privilegio y una gran responsabilidad haber sido testigo, durante cuarenta años, de su empeño por alcanzar la santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda aunque sólo sea una milésima parte del amor que veía en su corazón. Se suele decir que ningún hombre es grande para su mayordomo; yo no he sido mayordomo del Padre, sino un hijo que, con la ayuda del Señor, ha tratado de serle siempre muy fiel; y debo decir que, desde 1936, cuando comencé a tratarlo con mayor intimidad, hasta aquel 26 de junio de 1975, en que el Señor lo llamó a Sí, mi admiración por su extraordinaria caridad hacia Dios y el prójimo, ha crecido de día en día. Delante del Padre, repito, me siento deudor, deudor insolvente.

Con un siglo de anticipación

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A mediados de junio de 1946, llega a Madrid una carta de don Alvaro del Portillo para el Fundador del Opus Dei. En sus líneas, esperanzadas pero realistas, le anuncia al Padre el desenlace de los esfuerzos llevados a cabo durante estos meses para conseguir el Decretum laudis. Los organismos competentes de la Santa Sede han llegado al convencimiento de que tal concesión es, de momento, imposible. La Obra no encaja en ninguna de las formas asociativas reconocidas por el Derecho de la Iglesia. Un alto personaje de la Curia ha dicho a don Alvaro: «Ustedes han llegado con un siglo de anticipación»(3). Está claro que para salvar esta dificultad es necesaria la presencia del Padre. Sólo él, con su autoridad de Fundador, podrá conseguir lo que, visto con ojos humanos, parece una empresa imposible.

Cuando el Fundador recibe la carta está sometido a intensa vigilancia médica: ha sido diagnosticado de diabetes mellitus. El enorme despliegue de actividad que lleva a cabo le fatiga; las condiciones en que desenvuelve sus jornadas descompensan la enfermedad continuamente.

El desplazamiento no puede realizarse por avión ni por tierra. Sólo queda el mar como ruta abierta hacia Roma. Es un viaje largo -de cinco días- que ha de resultarle agotador. El médico afirma -de modo rotundo- que no responde de su vida en caso de que decida realizarlo.

Pero el Padre no duda un instante: si el desarrollo de la Obra exige su traslado, no habrá conveniencia personal alguna que lo impida. Antes, reúne a los miembros que forman el Consejo General de la Obra en Madrid, les lee la carta de don Alvaro y pide su opinión. Ellos refrendan la decisión del Fundador, aunque se queden desolados por el riesgo evidente que supone este esfuerzo.

Se cumplen todos los trámites en cuarenta y ocho horas, y el miércoles 19 de junio, sobre las tres y media, sale el Padre de la casa de Diego de León en un coche conducido por Miguel Chorniqué(4). La primera etapa es Zaragoza. Y, después, Montserrat y Barcelona. En la Ciudad Condal se aloja en un piso que los miembros de la Obra llaman familiarmente La Clínica, en la calle Muntaner. Aquí tienen su consulta médica Juan Jiménez Vargas y Alfonso Balcells. En este piso hay instalado un pequeño oratorio, con un frontal de madera y crucifijo presidiendo. Un cuadro de la Inmaculada ocupa una pared lateral. En la mañana del viernes 21 de junio, el Padre dirigirá a sus hijos, en este oratorio, una meditación que ninguno va a olvidar jamás. Se centra en una frase del Evangelio de San Mateo:

Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis”? He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros?(5)

Estas palabras de Pedro al Señor reflejan fielmente sus sentimientos en esta hora, cuando se mezclan la ansiedad de hallarse ante un horizonte cerrado y la confianza entera en Jesucristo por quien tantos en la Obra han dejado su vida entera. Si el Opus Dei no puede abrirse camino jurídico en la Iglesia quedarían defraudados, habría sido como un engaño. Por eso, vuelto hacia el sagrario, le dice a Jesús presente en la Eucaristía:

«¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación? (…). No he tenido más voluntad que la de servirte»(6).

En la mañana de este día, el Padre se acercará a la Basílica de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de la ciudad. Cerca del paseo de Colón, junto a los caminos del mar y al abrigo del puerto, está enclavada la iglesia. Presidiendo el altar mayor, la talla de madera policromada que Pedro Moragas dibujó con sus gubias en el siglo XIV. Tiene la Virgen de la Merced los atributos que la acreditan como Señora de la ciudad de Barcelona. Pero al margen del cetro y la corona, atrae su figura especialmente por una alegre serenidad que se escapa a través de los ojos, por su afectuoso gesto que sugiere confianza.

De rodillas ante la imagen, el Padre pone, cada vez con mayor fe, su vida y esfuerzo a la entera disposición del Cielo. Y apoya en esta advocación, liberadora de cautivos y sembradora de esperanzas, la finalidad de su viaje.

Actualmente, en un oratorio dedicado a San Miguel, en la Sede Central del Opus Dei en Roma, hay una pintura que recuerda esta primera navegación del Padre. Está representada Nuestra Señora de la Merced y las palabras del Evangelio que comentara el Fundador en Barcelona: “Ecce nos reliquimus omnia”…, y las fechas 21 de junio y 21 de octubre de 1946. Esta última marca la visita a la Virgen, después del retorno, para agradecer su amor, su protección a la Obra de Dios.

Años más tarde, el Fundador del Opus Dei recordaba que, en 1946, decían en Roma que el cauce jurídico de la Obra rompía todos los moldes del Derecho Canónico. Y añadía:

«La Obra aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero, hijas e hijos míos, no podía esperar a que las cosas fueran posibles. Ustedes han llegado -dijo un alto personaje de la Curia Romana- con un siglo de anticipación. Y, no obstante, había que tentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo»(7).

«Vine a Roma, con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima y con una fe encendida en Dios Nuestro Señor, a quien confiadamente invocaba, diciéndole: “ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis”? (Mt XIX, 27). ¿Qué será de nosotros, Padre mío?: habíamos dejado todo: la honra -con tanta calumnia encima-, la vida entera, haciendo cada uno en su sitio lo que el Señor pedía. Dios nos escuchó, y escribió en estos años romanos, otra página maravillosa de la historia de la Obra»(8).

Final de una etapa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de mayo de 1925, Josemaría regresa a Zaragoza. Poco después se examina en la Facultad de Derecho. En esta primera convocatoria se presenta a la asignatura de Derecho Civil, del segundo curso. Posteriormente podrá, con el permiso del Arzobispo, permanecer en la ciudad, en el piso de la calle de Rufas que ocupa su familia, para dar un avance definitivo a sus estudios de Licenciatura. Doña Dolores tiene la alegría, por fin, de poder disfrutar de su presencia aunque sea en cortos intervalos. Porque su actividad es incesante. Dará clases en el Instituto Amado, una academia especializada en la preparación para el ingreso en la Academia General Militar y otros estudios; actuará como capellán en la iglesia de San Pedro Nolasco; estudiará intensamente y aún conseguirá tiempo para ejercer un apostolado de catequesis entre los niños del barrio de Casablanca.. Le acompañará siempre un pequeño grupo de universitarios con los que ya ha establecido contacto.

Son momentos de renovada alegría familiar. Santiago está feliz con el hermano mayor en casa. Juega con él, le zarandea, leen juntos. Es posible verlos, a los dos, paseando en alguna tarde soleada por el Cabezo, junto a la colosal estatua de Alfonso I el Batallador. El mayor aprovecha la mole del basamento para divertir a Santiago: se esconde hasta que la soledad empieza a inquietar al pequeño, y le vuelve a proporcionar la alegría del encuentro.

Josemaría sigue repitiendo la frase que le hiciera enfrentarse, un día, con la llamada de Dios:

Ignem ven¡ mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur”!?: Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?(18) No sólo la reza, sino que la canta. Y responde, como un eco, la alegría permanente de su entrega: “Ecce ego, quia vocasti me”: Aquí estoy, porque me has llamado.

Entre junio y septiembre de este año se examinará de ocho asignaturas de Derecho. Y le quedará pendiente sólo una, que concluirá en enero de 1927. Dentro de algunos años, con un largo intervalo que le impondrán las circunstancias, escribirá su Tesis Doctoral.

Tampoco abandona su labor pastoral. Don Agustín Callejas, cura párroco de un pueblecito de la provincia de Zaragoza y compañero de Josemaría en el Seminario, le recuerda un día de primavera, del año 1927, a bordo de un autobús; esta vez, acomodado en la baca del vehículo. Desde allá arriba le saluda jovialmente, y le comunica que va al pueblecito de Fombuena, para ayudar durante la Semana Santa a don Leandro Bertrán, párroco de Badules, que atiende también a los habitantes de aquella demarcación.

Algunos veranos acude a Fonz para hacer una corta visita a Mosén Teodoro Escrivá, hermano de su padre. Aquí ejerce sus funciones y celebra la Santa Misa en la parroquia o en la capilla de la Casa Moner que había sido del Obispo Cebruna, fundador de la Universidad de Zaragoza y de la que Mosén Teodoro era capellán.

Sin embargo, este primer itinerario sacerdotal de Josemaría toca a su fin. Lleva unos meses madurando el proyecto de establecer su residencia en Madrid. Sigue así las inspiraciones que Dios le dicta en su oración.

Doña Dolores siente otra vez la separación. Pero ha aprendido a respetar profundamente las decisiones de su hijo. Una secreta y honda confianza la hace abandonarse a este destino que también la envuelve. Desmonta su casa y sus enseres, empaqueta lo que va quedando de entrañable, y toma, con Carmen y Santiago, el camino de Fonz. Allí, en casa de Mosén Teodoro, permanecerá varios meses, hasta que Josemaría encuentre el modo de llevarlos a Madrid a compartir su vida.

Muchos años más tarde, Santiago contará que, desde el granero del Mosén, soñaba que el hermano mayor venía a llevárselos definitivamente del pequeño pueblo.

El Seminario de San Carlos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al filo de la llamada de Dios, Josemaría llega a Zaragoza el 28 de septiembre de 1920. Ha respondido afirmativamente, aunque desconoce los horizontes a que habrá de llevarle tal entrega. Sigue pensando que el sacerdocio le dispondrá mejor para el destino de amor que late inquieto dentro de su alma y, fiel a la Voluntad divina, dice una vez más: «Aquí estoy, porque me has llamado».

Le espera un tiempo de sacrificio y de gozo: una etapa llena de contradicciones, de generosidad, de lucha consigo mismo. Pero también le aguarda Dios, en una oferta de amor que le saldrá al encuentro cada vez que su luz interior parezca amortiguarse o que el entorno se vuelva trabajoso.

Hay una secuencia casi paralela entre su desplazamiento geográfico y las sendas interiores por donde habrá de caminar su alma hasta alcanzar lo que Dios ha previsto en su destino. Así como los ríos de su tierra pirenaica se despeñan en la roca para llegar hasta el volumen único del Ebro, así también su carácter habrá de encauzarse para dar lugar a la forma que se adapte a los planes divinos.

Todo su ser va a continuar forjándose en esta ciudad que vive al abrigo de devociones seculares, bajo el manto de la Virgen; aquí va a abrir su propio surco para dar cobijo a la semilla de un árbol gigantesco: un espíritu «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»(1).

En 1920 hay en Zaragoza dos Seminarios para la formación de futuros sacerdotes: el de San Valero y San Braulio -llamado también Seminario Conciliar- y el de San Francisco de Paula. Todos los seminaristas tienen las clases comunes en el edificio del Conciliar, en la Plaza de la Seo. Aquí acuden diariamente los del San Francisco, cuya Sede se encuentra en las plantas superiores del caserón de San Carlos, un edificio que perteneció a los jesuitas y que les fue expropiado por Carlos III, para después pasar a la diócesis como propiedad. En las plantas inferiores tenía entonces su sede el Real Seminario Sacerdotal de San Carlos, una residencia de sacerdotes doctos que prestaban servicios especiales a la diócesis.

La espléndida iglesia del Seminario de San Carlos es del plateresco aragonés avanzado y conserva, como es típico en el arte de este tiempo, el sistema de bóvedas góticas con crucería, muy recargadas de nervios y adornadas con grandes florones de madera dorada.

Primitivamente decorada por un alto zócalo de azulejos, transformó su interior a partir de 1692, pasando a constituirse en uno de los más representativos monumentos barrocos de todo Aragón. El retablo se comenzó en 1725 y está concebido de un modo monumental y suntuoso, con un dorado deslumbrante que solamente se alivia en la policromía de las tallas. El centro está ocupado por un relieve que representa a María Inmaculada; en los intercolumnios sucesivos encontramos figuras, casi de tamaño natural: Santiago, San Miguel, San Joaquín, Santa Ana, el Angel Custodio y San Juan Evangelista. En el ático se entronizan las figuras de la Santísima Trinidad, custodiadas a ambos lados por dos majestuosas imágenes de San Pedro y San Pablo.

Sobre la mesa del altar se encuentra el tabernáculo que es, al mismo tiempo, manifestador. Se trata de un óvalo de grandes proporciones, de talla dorada, cubierto por un relieve que reproduce las figuras de la Sagrada Cena. Haciéndolo ascender, deja al descubierto un hueco con espléndido ostensorio de plata, al que rodean los ángeles en una bella gloria cincelada.

Hay que señalar especialmente la capilla de San José en el lado de la Epístola. El retablo, churrigueresco pero de realización estilizada, reúne varias tallas de escuela andaluza, entre las que destaca el San José que da nombre a la capilla. El movimiento y la gracia de esta policromía son extraordinarios.

En esta iglesia va a continuar Josemaría un diálogo de excepción con quienes permanecerán fielmente en su corazón a lo largo de su vida: la Santísima Trinidad, Jesucristo en la Eucaristía, la Virgen, San José y los Angeles Custodios. También varios Arcángeles y Santos mayores de la Iglesia serán sus aliados incondicionales durante este tiempo, para proteger y conducir su alma hacia la Obra a que Dios le tiene destinado: San Miguel, San Pedro, San Pablo, San Juan están representados en la iglesia de su Seminario.

No es de extrañar que algunos compañeros recuerden aún a Josemaría de rodillas, en la penumbra de la tarde, hablando largamente con Dios, en el silencio de la oración. Sin ostentación, sin alardes, con la íntima sinceridad de quien entrega su vida por entero. Inadvertido para todos, menos para quienes han detectado ya sus cualidades humanas y sobrenaturales(2) .

Agustín Callejas Tello, compañero y amigo, tiene presente todavía su actitud cuando, desde el oratorio del San Francisco de Paula, se trasladan los seminaristas hasta la iglesia del San Carlos; su devoción al comulgar y su porte erguido y digno.

Tiene el Seminario de San Francisco de Paula un reglamento editado en el año 1887 y que fue dispuesto por el Cardenal Benavides, Arzobispo de Zaragoza. En los setenta y tres artículos que lo integran se dan normas que hoy parecerían de extrema rigidez. Puede comprenderse si se contempla en el contexto de su tiempo.

Muchos de estos títulos reglamentarios existen cuando Josemaría llega a Zaragoza para cursar sus estudios eclesiásticos. Y su espíritu, fuerte, se pliega a una normativa que está poco de acuerdo con su talante, pero que le servirá para rendir su persona y su sensibilidad ante la Voluntad de Dios que le ha llamado.

Una gran parte de los alumnos del Seminario provienen de familias campesinas. Sus buenas cualidades interiores no impiden el que su aspecto y sus maneras adolezcan de la incuria en que, frecuentemente, se han desenvuelto en sus lugares de origen. Es lógico que el reducido grupo de alumnos de condicionamiento social mejor dotado destaque del conjunto.

Josemaría se comporta con todos de un modo cordial, abierto a la amistad connatural a su carácter. Muestra ante las más diversas circunstancias una actitud alegre y un agudo sentido del humor. No olvida nunca a su familia, que sigue allá, en Logroño, y el sacrificio que supone su presencia en Zaragoza. Resuelve las situaciones sonriendo, como en broma. Tiene el don de no agobiar a sus amigos y de alegrar su compañía con una tranquila serenidad. Todo ello infunde respeto y admiración.

Supera los estudios de este curso, su segundo año de Teología, sin gran dificultad, con brillantez. Es asiduo incansable de la biblioteca, donde se le encuentra muchas veces con un autor clásico en la mano: tomando notas, recogiendo bibliografía o ensayando el propio pensamiento en escritos y comentarios breves y certeros. Llega a conocer algunos escritores del Siglo de Oro español de memoria y empieza a forjar una sólida cultura.

Hay en él una distinción que se manifesta en el trato habitual con sus compañeros y con las familias de sus amigos. Es elegante en el vestir y en el quehacer cotidiano, sin perder la naturalidad. Desconoce por completo la envidia y la animadversión.

Ese modo de ser le granjea, involuntariamente, la incomprensión de ciertos seminaristas menos cultos y educados. Nunca le hacen mella las frases de doble sentido que alguno puede dejar caer inoportunamente.

-«No creo que la suciedad sea virtud»(3), responde, con tono amable, a un comentario acerca de la corrección habitual de su aspecto.

En este año, los Directores anotan en su expediente: «Parece tener vocación». Sin embargo, no se atreven a dar una opinión definitiva. Ellos mismos, en cursos sucesivos, declaran la rotunda y fiel seguridad que les inspira su entrega al sacerdocio.

El primer arco que abre el triforio sobre la nave de la iglesia de San Carlos forma una tribuna desde la que se domina el Altar Mayor. Aquí se arrodilla horas enteras, en la intimidad y el silencio, para dejarse llevar de la mano por Dios, como un niño. Como si la Sabiduría infinita jugara con él y le condujera, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la luz con que vería años más tarde. En la oración, empieza a encontrar la dulce exigencia de una vocación divina de sacrificio, de abnegación.

Muy pronto podrá decir a los seminaristas confiados a su cuidado -y a los sacerdotes, unos pocos años más tarde- que la entrega a Dios está anegada de Amor. Que ellos son los enamorados del Hacedor del Amor. Y que se equivocan quienes dicen que los sacerdotes están solos: están más acompañados que nadie, porque cuentan con la amistad del Señor, a quien tratan ininterrumpidamente.

Sus compañeros del Seminario llegan a comentar, alguna vez, las mortificaciones físicas y morales de Josemaría. Incluso abandonará la costumbre de fumar. Nada más llegar a Zaragoza, regala el tabaco y las pipas al portero del San Carlos. Pero en este terreno no tolera la broma ni traída de la mano de sus amigos: eso pertenece al terreno de Dios y no a la palabrería de los hombres. El dolor y el amor de los verdaderos enamorados no se ventilan en concurso público. No descartará nunca la penitencia para dominar su cuerpo y su carácter; pero dará preeminencia al esfuerzo de sonreír, cuando cuesta, por encima de otras mortificaciones.

A lo largo de tres años establece lazos de amistad que van a perdurar toda la vida. Aquellos que le han abierto las puertas de su confianza saben de la lealtad de Josemaría.

Comparte con sus compañeros el tiempo libre que le dejan los estudios. En los días de fiesta es habitual salir del Seminario después de oír la Santa Misa, y hasta media tarde. En ocasiones, alguno de sus amigos le invita a participar de su vida familiar, y pasará alegremente las veladas en su compañía.

Durante dos veranos, viaja con uno de los más allegados hasta un pueblecito de Teruel donde el padre de ese compañero de Seminario había ejercido como médico. Todos recuerdan aquellas semanas deliciosas en las que recorren de punta a cabo los contornos: pasan horas en el río espiando la captura de truchas o cangrejos. Forman parte de un grupo bullicioso., conocido en los lugares próximos, a los que se acercan tras largas y frecuentes caminatas.

Admira a sus amigos la coherencia en la vida de Josemaría. Jamás participa de un chiste poco limpio: corta esas conversaciones con ingenio y sabe dar un giro al tema. Vive con naturalidad la pureza. Nunca hace una concesión.

La familia de estos dos buenos amigos, Paco y Antonio, saluda la llegada anual de Josemaría con alegría. En esta casa es como un hijo más. Le insisten para que se quede más tiempo y, algunas veces, consigue marcharse sólo a cambio de llevar con él hasta Logroño a uno de los dos hermanos. El matrimonio Escrivá se vuelca con estos muchachos amigos de su hijo. Paco, el más asiduo, piensa que ha conocido pocas familias tan unidas. Todos los días va en busca de don José, al concluir la jornada de trabajo, y vuelve con él, por Portales y Sagasta, hasta su casa. Le encanta hablar con este hombre, tan lleno de señorío y afabilidad. Cuando llegan, juegan con Santiago. El pequeño ya corretea entre los muebles y sigue a su madre a todas partes, mientras ella, con el cuidado de costumbre, atiende a las tareas de la casa.

En el Seminario, encontrará también la amistad de otros muchos compañeros. Porque Josemaría no se limita a un grupo reducido. Más bien se empeña en buscar y aceptar la compañía de todos; su corazón tiene, desde el principio, una actitud abierta de par en par.

Los años de Zaragoza

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Pasó el tiempo, y sucedieron muchas cosas duras, tremen­das, que no os digo porque a mí no me causan pena, pero a vosotros sí que os entristecerían. Eran hachazos de Dios Nuestro Señor, con el fin de preparar ‑de ese árbol‑ la viga que iba a servir, a pesar de su debilidad, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam!, Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder plenamente a la bondad de Dios, esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad… Fueron los años de Zaragoza.

Josemaría comenzó en esta ciudad una vida muy diferente de la que había llevado hasta entonces, y que transcurriría entre el Seminario de San Carlos y la Universidad Pontificia de San Palero y San Braulio.

La Universidad Pontificia estaba en la plaza de la Seo, junto al Palacio Arzobispal. Allí se podían obtener la Licenciatura y el Doctorado en Filosofía, en Teología y en Derecho Canónico. Los seminaristas iban a clase a esta Universidad Pontificia, mientras que el resto de la formación sacerdotal ‑estudio, piedad, dis­ciplina‑ la recibían en los Seminarios en que se alojaban.

A finales de septiembre de 1920, Josemaría se incorporó al Seminario de san Paulo, que ocupaba un par de plantas en el edificio del Seminario Sacerdotal de San Carlos, pero tenía oratorio y comedor independientes. Los seminaristas vestían una túnica negra, sin mangas, y llevaban beca roja con escudo metálico: un sol y la palabra charitas. Desde San Carlos iban por el Coso a clase hasta la plaza de la Seo en dos filas, acompañados por un inspector. Antes de desayunar, hacían en San Carlos media hora dé meditación y asistían a la Santa Misa. A1 acabar las clases =ordinariamente tres‑ volvían al Seminario para la comida. Y por la tarde, de nuevo a la Universidad. Cuando regresaban, tenían recreo, estudio y rosario; cenaban y, antes de acostarse, rezaban unas preces y recibían una breve plá­tica, con los puntos para la meditación del día siguiente. Los jue­ves por la tarde iban de paseo, en filas, por lugares poco fre­cuentados, o por el campo. Los domingos podían salir los que tenían parientes en Zaragoza.

Una de las razones por las que Josemaría se trasladó desde Logroño fue la de poder estudiar también la carrera de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. Como hemos visto poco antes, así lo comentaba su padre en Fonz durante el verano de 1919. Mien­tras Josemaría esperaba ver con claridad lo que Dios quería de él, pensaba que estaría en lo humano mejor dispuesto para cumplir la voluntad divina si tenía también un título civil. Don José, por su parte, le aconsejaba que hiciera la carrera de Derecho, a pesar de los sacrificios económicos que suponía el traslado del hijo.

En Zaragoza vivían varios parientes próximos y amigos ínti­mos de la familia. Entre ellos estaba un tío suyo, don Carlos Albás, que era Canónigo Arcediano en la Seo. Amigos de Jose­maría de aquella época hacen notar, sin embargo, que las rela­ciones entre don Carlos y la familia del sobrino no fueron espe­cialmente continuas, no por causa de los Escrivá. A1 parecer, el Arcediano de la Seo no apreciaba mucho a su cuñado, al que venía a acusar de ser responsable de su revés económico: “Era una tremenda injusticia ‑observa un testigo de aquella época, refiriéndose a la postura intransigente del Canónigo hacia el padre de Josemaría‑ no darse cuenta de la recta y honrada actuación que tuvo aquel hombre durante toda su vida, hasta el extremo de liquidar su negocio, pensando más en su limpia con­ciencia cristiana que en los intereses personales materiales”. Lo cierto es que don Carlos no fue a Logroño, en 1924, cuando murió don José, ni asistió luego a la primera Misa de Josemaría, en 1925.

No era fácil para Josemaría la vida en el Seminario. Debió ser dura su incorporación a aquella casa de San Carlos, pues había estado hasta entonces apartado de los cauces normales de la formación eclesiástica. El ambiente del Instituto o del Colegio de San Antonio en Logroño era muy distinto al que encontraba ahora entre los seminaristas de Zaragoza.

Un compañero de estudios en aquel Seminario, hoy notario en una ciudad española, ha descrito en términos precisos el clima que allí se respiraba. No lo hubiera hecho, si no se le hubiera preguntado expresamente. Y al volver sobre aquellos años, le duele pensar que se puedan interpretar mal sus palabras. Sólo quiere ‑notario es‑ remitirse a los hechos, muy justificables y razonables, con la conciencia clara que del Seminario salían hombres muy santos.

Buena parte de los alumnos llegaban a San Carlos con las tra­dicionales virtudes de los ambientes rurales aragoneses, pero también con algunos defectos notorios en aquella época: cultura demasiado elemental, cierto desprecio de las formas por una sinceridad mal entendida, descuido en el aseo personal, etc. Las virtudes cristianas suplían mucho. De hecho, el Fundador del Opus Dei, siempre que aludió a sus tiempos en el Seminario, expresaba que de y deseos de servir a la Iglesia sus compañeros no recordaba más que virtudes.

Desde el primer momento, algunos no entendieron el porte, el talante y los modales de Josemaría. Cuando fue nombrado superior del Seminario, tuvo como fámulo a José María Román Cuar­tero, que le veía siempre muy correcto, y más refinado que los otros seminaristas: refiere, por ejemplo, que todos los días se lavaba de pies a cabeza, cosa que no hacían los demás. Estos y otros detalles hicieron pensar a este muchacho que Josemaría no llegaría a ser sacerdote, porque le consideraba con posibilidades humanas para hacer carreras mejores. Otro condiscípulo, don Francisco Artal Luesma, glosa ese contraste de manera más posi­tiva: su estancia en el Seminario era manifestación clara de su correspondencia a la voluntad de Dios; su limpieza exterior y su corrección en el vestir, muestra de amor a la dignidad sacerdotal, reflejo de la finura de su alma y de su vida interior.

Lógicamente no todos enjuiciaban así las cosas. Algunos las interpretaron en términos bien contrarios. Pero las incomprensiones no le hicieron mella, como certifica otro compañero, que le oyó alguna vez: No creo que la suciedad sea virtud. Argumentaba “con gracia, sin acritud, con su característico sentido del humor”. Don Agustín Callejas Tello, párroco hoy de Magallón, se detiene en consideraciones semejantes: Josemaría era suma­mente humano y tenía gran sentido del humor; sacaba punta de todo, veía el lado divertido de las cosas; sabía muchos chistes y los contaba con gracia: “Nos producía gran admiración a sus amigos la agudeza de los comentarios que en epigramas, con una gran carga festiva o satírica, ponía por escrito. Estos epigramas nos sorprendían mucho, porque suponían un buen manejo de la lengua castellana, como consecuencia de su familiaridad con los autores clásicos”.

Por otra parte, las motivaciones que habían llevado a Josema­ría al Seminario eran, en cierta medida, distintas a las habituales en muchos: no quería hacer carrera y, por eso, el marco eclesiás­tico ‑tema frecuente de conversaciones‑ no era su única preo­cupación. Además ‑especialmente desde que fue nombrado superior‑ tenía facilidad para salir del Seminario, aunque ‑como sintetiza un condiscípulo‑ “salía poco y, cuando lo hacía, regresaba pronto, porque siempre le urgía hacer alguna cosa”. Pero esto dio pie a algún malentendido, a pesar de que Josemaría era atento con todos y buscaba la amistad de todos. Don Agustín Callejas lo califica “como un pionero y un adelan­tado, por la independencia y la libertad de espíritu que manifes­taba, que, en ocasiones, algunos, por deformación, no entendían e injustamente interpretaban como altivez”.

Incluso, un profesor se dejó llevar de esa impresión. Se con­servan unas notas escritas suyas, en que, con referencia al curso 1920‑21, define el carácter de Josemaría como “inconstante y altivo, pero educado y atento”. Este profesor observa que su piedad es buena, pero regular su aplicación y disciplina. A1 curso siguiente, anota ya un bien en estos dos conceptos. (De hecho, en el curso 1920‑21, Josemaría obtiene calificación de meritissimus en cuatro asignaturas y benemeritus, en otra; en los cursos si­guientes, consigue meritissimus en todas las asignaturas). Pero no cambia la calificación que le merece su carácter, aunque no concuerda con los resultados objetivos: no encaja la inconstancia con el máximo de puntuación en todas las asignaturas.

En ese manuscrito figura también una anotación marginal, desgraciadamente sin fecha. Refleja el momento que debió ser de máxima tensión. La nota dice literalmente: “Tuvo una reyerta con don Julio Cortés, y se le impuso el correspondiente castigo, tuya aceptación y cumplimiento fue una gloria para él, por haber sido a mi juicio su adversario quien primero y más le pegó, y profirió contra él ‑contra don Josemaría‑ palabras groseras e impropias de un clérigo, y en mi presencia le insultó en la Cate­dral de la Seo”. Nada más he podido averiguar con certeza acerca de este incidente. Sólo que mucho tiempo después, el 8 de octubre de 1952, de un modo que le honra, don Julio Cortés escribe al Fundador del Opus Dei desde Jaén ‑donde murió siendo capellán del Sanatorio antituberculoso “El Neveral”‑ pi­diéndole perdón, “arrepentido y de la manera más sumisa e in­condicional, ¡mea culpa…!”

Pudo ser el disgusto más importante, pero ni mucho menos el único. El alma de Josemaría se iba forjando para afrontar las contradicciones, bastante más graves, que sufriría a lo largo de su vida.

De lo que nadie dudó nunca fue de su vida de piedad intensa, simpática, alegre y atrayente, que no sólo era compatible, sino que fundamentaba su constante sentido del humor y su visión positiva de las cosas. No daba, sin embargo, importancia a lo que hacía, ni alardeaba de nada: con naturalidad, hacía lo posible para pasar inadvertido. Un día, un compañero encontró en su habitación un cilicio, y lo dijo a otros. Josemaría se puso esta vez serio, y les hizo ver que no era de buen gusto, ni prudente, con­vertir en habladurías la piedad de los demás.

Don Agustín Callejas admiraba su actitud durante la medita­ción diaria en el Seminario: recogimiento, concentración, oración intensa. Y la devoción con que comulgaba, sin hacer nada raro, “con las manos juntas sobre el pecho, el cuerpo erguido y el paso firme”.

En el curso 1922‑23, las relaciones con los compañeros adqui­rieron un tono distinto, pues fue nombrado Superior del Semi­nario. Algunos se acuerdan de que el Cardenal Soldevila ‑en­tonces Arzobispo de Zaragoza‑ le distinguía mucho. Cuando se encontraba con ellos en el Seminario, en la Catedral o en cualquier otro lugar, solía dirigirse a él delante de los demás y le preguntaba cómo se encontraba, cómo le iban los estudios. Alguna vez le indicaba: ‑Ven a verme cuando tengas un rato.

Don José López Sierra, que fue Rector del Seminario en aquel período, afirmó que el Cardenal había nombrado a Josemaría Superior de los seminaristas, “en atención a su ejemplar con­ducta, no menos que a su aplicación”. A juicio del Rector, se distinguía entre los demás seminaristas “por su esmerada educa­ción, afable y sencillo trato, notoria modestia”. Era ‑insiste­-“respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, muy estimado de los primeros y admirado de los segundos”.

Para ser Superior o Inspector ‑ambos términos se usan indis­tintamente en documentos oficiales‑ del Seminario, era preciso ser clérigo, haber recibido la tonsura. Por esta razón, el Cardenal Soldevila tonsuró a Josemaría el 28 de septiembre de 1922, a él sólo, en una capilla del Palacio Arzobispal de Zaragoza, hoy desaparecida.

Los directores ‑ o inspectores ‑ se elegían entre los alumnos más aventajados y piadosos. Su misión consistía en dirigir los estudios, cuidar la observancia de la disciplina y de los reglamen­tos, acompañar a los alumnos en sus salidas a clase o de pa­seo, etc. Aunque eran seminaristas, en el Reglamento se les con­sideraba superiores, y se les debía obediencia y respeto. Tenían también algunas distinciones externas: habitación individual algo mayor que los demás y un fámulo a su servicio. (Los fámulos eran seminaristas que tenían matrícula gratuita y se encargaban del aseo de las habitaciones de los superiores y de servir la mesa de todos: algo análogo a lo que se sigue haciendo en modernas Universidades de gran prestigio, como las americanas de Harvard y de Princeton). En San Carlos había dos inspectores: uno para humanistas y filósofos, y otro para teólogos. Su cometido ‑espe­cifica un antiguo seminarista‑ “resultaba difícil, porque los chicos menores solían armar el jaleo propio de la edad. Josemaría nunca se alteraba ni perdía la compostura; siempre se compor­taba con caridad, prudencia y educación”.

José María Román Cuartero, el fámulo que asignaron a Jose­maría al ser nombrado Inspector, rememora aquellos tiempos en que, entre otros servicios, le hacía la cama por las mañanas y atendía la mesa separada en que, en el comedor general, se sen­taban los superiores: siempre le impresionó “su bondad y su pa­ciencia en el trato”. Cuando Josemaría le veía enfadado, procuraba animarle con alguna frase cariñosa o gastándole bromas. Y compartía con él la comida, pues la de los directores era es­pecial. “Me doy cuenta ahora de que hacía estas mortificaciones sin que se notase, de manera natural”.

El Rector del Seminario, don José López Sierra, alabó siem­pre ‑hasta su muerte‑ el afán apostólico de Josemaría como di­rector de seminaristas: quería ganarlos a todos para Cristo, que todos fueran uno en Cristo, y lo conseguía con su recto proceder. No era partidario de castigos. Formaba a los jóvenes seminaristas con una “sencillez y suavidad encantadora”: “su mera presencia, siempre atrayente y simpática, contenía a los más indisciplina­dos; una sencilla sonrisa, acogedora, asomaba por sus labios cuando observaba en sus seminaristas algún acto edificante; una mirada discreta, penetrante, triste a veces, y muy compasiva, reprimía a los más díscolos”.

Así fueron discurriendo los años de Seminario. Sabemos tam­bién que pasaba muchas horas haciendo oración en la tribuna de la derecha (del lado de la epístola) arriba, en la iglesia de San Carlos.

Los períodos de vacaciones los pasaba en Logroño y segura­mente, como cuando era pequeño, iría por Fonz, donde vivía su tío, Mosén Teodoro. Algún verano estuvo una temporada en Villel (Teruel), con la familia de don Antonio Moreno, entonces vicepresidente del Seminario sacerdotal de San Carlos. Lo reseña Carmen Noailles, viuda de otro Antonio Moreno, sobrino del an­terior, más o menos de la edad de Josemaría, que estudiaba Medicina en la Universidad de Zaragoza. Su vida en ese pueblo era completamente normal: charlaban, paseaban, iban a pescar o a coger cangrejos, salían alguna vez de excursión. Carmen Noailles cita detalles diversos que expresan la finura con que Josema­ría practicaba la virtud de la pureza y el pudor.

Nunca salió allí con chicas. Sus maneras elegantes, el aspecto esbelto de su persona, su apariencia agradable en el trato, atraían a las chicas. Cuando Antonio o algún otro amigo le hacían llegar comentarios en este sentido, los cortaba, excla­mando algo así como: ‑Si me conocieran bien, por dentro, tal como soy… Y si alguien contaba chistes de mal gusto o cosas poco limpias, con afecto, pero con vigor, les dejaba cortados con contestaciones muy oportunas. “Nunca le vi hacer la más mínima concesión, y no admitía bromas o comentarios ligeros al res­pecto”.

Todos en aquella casa le apreciaban mucho, porque Josema­ría se hacía querer: “era muy comedido, discreto y prudente, pero afectuoso, y aparecía constantemente su natural y maravi­lloso sentido del humor”. Lo consideraban como un hijo más de la familia.

Estos recuerdos de Carmen Noailles corresponden a los ve­ranos de 1921 o de 1922. Quizá a ambos. Porque fue en el verano de 1923 cuando Josemaría comenzó a estudiar Derecho, para examinarse en septiembre de las primeras asignaturas. Era ya clérigo ‑por la simple tonsura‑ al matricularse en la Facultad para el curso 1922‑23. En octubre de 1922 comenzó cuarta de Teología. El 17 de diciembre recibió las órdenes menores del ostiariado y lectorado, y el 21 ‑también en el Palacio Arzobis­pal‑ el exorcistado y el acolitado, de manos del Cardenal Sol­devila, que moriría el 4 de junio de 1923, asesinado por un grupo anarquista.

Entretanto, Josemaría seguía sin vislumbrar esa otra cosa que atisbaba del amor de Dios. Estudiaba, rezaba, y se ponía en manos de la Virgen, en sus visitas diarias a Nuestra Señora del Pilar: La sigo tratando con amor filial ‑escribiría el 11 de oc­tubre de 1970 en El Noticiero de Zaragoza‑. Con la misma fe con que la invocaba por aquellos tiempos, en torno a los años veinte, cuando el Señor me hacía barruntar lo que esperaba de mí.

En sus manos ponía la solución de lo que se gestaba en su alma, sintiéndose ‑como aseguraba en otra ocasión‑ medio ciego, siempre esperando el porqué: ¿por qué me hago sacer­dote? El Señor quiere algo, ¿qué es? Y en un latín de baja latinidad, cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro.

Su oración de años se materializó en una imagen de la Vir­gen, que alguien encontró tiempo después:

Pasaron los años, muchos años, y una vez, estando ya en Roma, vino la Secretaria Central, y me dijo: Padre, ha llegado aquí una imagen de la Virgen del Pilar, que tenía usted en Za­ragoza. Le respondí: no, no me acuerdo. Y ella: sí, mírela; hay una cosa escrita por usted. Era una imagen tan horrible, que no me pareció posible que hubiese sido mía. Me la mostró y, debajo de la imagen, con un clavo, estaba escrito sobre el yeso: Domina, ut sit!, con una admiración, como suelo poner siempre las jacu­latorias que escribo en latín. ;Señora, que sea! Y una fecha: 24‑9‑924.

En junio de 1924 había terminado el quinto curso de Teolo­gía. El día 14 de aquel mes recibió el subdiaconado en la Iglesia del Seminario de San Carlos, de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, que le apreciaba mucho. Don Miguel era Presidente del Seminario de San Carlos, y solía escoger a Jose­maría para que le acompañara a actos que tenía que presidir, o a celebraciones litúrgicas con motivo de la administración de Sa­cramentos.

Durante el verano de 1924 estudió mucho, y en septiembre se examinó en la Facultad de Derecho de siete asignaturas. En junio anterior sólo se había presentado a Historia de España, asig­natura que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y por sus abundantes lecturas: siempre fue un apasionado, un ver­dadero erudito de la Historia. Aunque durante el curso estuvo centrado en su preparación sacerdotal ‑sólo en los meses de ve­rano se ocupaba de su carrera civil‑, se presentó a examen en junio, porque tenía una excelente formación histórica, a pesar, de que el catedrático le había hecho saber, por medio de amigos comunes, que no se presentara, pues le suspendería, porque no había asistido nunca a su clase, lo que consideraba el profesor como una afrenta personal. Josemaría se quedó admirado, pero, como tenía un alto sentido de la justicia y, siendo alumno libre, no tenía obligación de asistir a las clases y, además, conocía ma­ravillosamente la asignatura, se presentó. Y fue suspendido, sin dejarle hacer el examen.

En septiembre, el profesor reconoció noblemente la injusticia v, antes de los exámenes, le aseguró ‑a través de esos amigos ‑comunes‑ que estaba aprobado, con sólo ir al examen. También en esa convocatoria de septiembre Josemaría obtuvo Matrícula de Honor en Derecho Romano y Derecho Canónico; sobresaliente en Economía Política; notable en Derecho Natural y aprobado en Historia del Derecho y Derecho Civil I.

El curso académico siguiente, 1924‑25, fue prácticamente un año en blanco para los estudios civiles. Aunque se matriculó en cuatro asignaturas y aplicó a dos las matrículas de honor obtenidas en el curso precedente, sólo pudo presentarse al examen de Derecho Civil II. En ésta consiguió notable, pero no se examinó de más, ni en junio ni en septiembre.

No es extraño que fuese así, pues en ese curso 1924‑25 pasa­ron muchas cosas decisivas. El 27 de noviembre de’ 1924, murió en Logroño don José Escrivá. El 20 de diciembre Josemaría recibió el diaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la Iglesia del Seminario de San Carlos. El 28 de marzo de 1925, el propio don Miguel de los Santos, que había sido obispo auxiliar del Cardenal Soldevila, le confirió la ordena­ción sacerdotal. La primera Misa se celebró en el Pilar, en la Capilla de la Virgen, el día 30. Asistieron pocas personas ‑unas doce‑ a esta Misa, que el nuevo sacerdote ofreció en sufragio del alma de su padre. Era lunes de la Semana de Pasión, y al día siguiente don Josemaría estaba ya en un pueblecito ‑Perdi­guera‑, cuyo párroco se encontraba enfermo. Lo sustituyó hasta el 18 de mayo.

En el curso 1925‑26, aunque se había matriculado como alumno no oficial, frecuentó las clases de la Facultad de De­recho. En junio de 1926 se presentó a Derecho Internacional Público (Matrícula de Honor), Derecho Mercantil (notable), De­recho Político (notable) y Derecho Administrativo (aprobado). En la convocatoria de septiembre aprobó Derecho Penal, Hacienda Pública, y Procedimientos judiciales, y consiguió notable en De­recho internacional privado. Le quedaba sólo, para terminar la carrera, una asignatura, Práctica forense y redacción de instru­mentos públicos. Acogiéndose a la R.O. de 22 de diciembre de 1926, sobre exámenes extraordinarios para alumnos a quienes no faltasen más de dos asignaturas para acabar sus estudios, la aprobó en la convocatoria extraordinaria de enero de 1927. Obtuvo así el título de Licenciado en Derecho, pues entonces estaba vigente un R.D. de 10 de marzo de 1917, que había suprimido las reválidas y ejercicios para la obtención de títulos. Bastaba pagar los derechos ‑37,50 Ptas.‑, cosa que hizo el 15 de marzo de 1927, al mismo tiempo que solicitaba el traslado de expediente a Madrid, para cursar allí el doctorado.

David Mainar Pérez se acuerda bien de aquellos años, espe­cialmente del curso 1925‑26, en que don Josemaría, ya sacerdote, iba asiduamente a la Facultad. No se le ha olvidado el banco del patio de la Universidad en que pasaron tantos ratos entre clase y clase. Era “muy abierto en el trato con los demás”. Llegó a tener verdadera amistad incluso con alumnos que tenían muchas dudas de fe. Sabía acomodarse con gracia a las conversaciones de los estudiantes, que podían haber dado lugar a situaciones violentas para un sacerdote por los temas o el lenguaje. Pero ‑continúa Da­vid Mainar‑ “tenía un algo especial para salir airoso‑ con su per­sonal sentido del humor‑ de momentos embarazosos, sin perder la dignidad y haciéndose respetar delicadamente, sin violencia”.

Otro compañero, Juan Antonio Iranzo Torres, alude también a que, al principio, se le miraba con cierto reparo, pero la con­fianza y la llaneza con que se mostraba, hizo que todos le tra­tasen enseguida como uno más. Elogia su carácter llano y sencillo, nada engolado, ni que pudiese pensarse vanidoso. Do­mingo Fumanal remacha esta idea: “Alguien ha dicho que era vanidoso, y esto es absolutamente mentira: era todo lo contra­rio”; “era un hombre íntegro que, sonriendo, sabía mantener Sus principios”. Y agrega que ponía especial cuidado en el trato con mujeres.

Un día mencionó a Domingo Fumanal su posible marcha a Madrid. Le pareció lógico, porque “en Zaragoza no tenía campo, ni le ayudaban como merecía”, pensó Fumanal. Don Josemaría apuntó la posibilidad de colocarse como preceptor, y Fumanal le dio algunos consejos, con lenguaje vivo de estudiante, para que tratase a las mujeres de una manera distinta a como venía haciéndolo: por la delicadeza con que el joven sacerdote vivía la castidad, su amigo temía que no pudiera prosperar en ese tipo de trabajo.

Don Josemaría se había planteado salir de Zaragoza, porque, con su corazón dispuesto a secundar el querer divino, pensaba que eso que Dios le pedía ‑pero aún ignoraba‑ podría cum­plirlo más fácilmente en una ciudad como Madrid. No obstante, mientras esperaba nuevas luces de Dios, continuó su trabajo sacerdotal en la diócesis de Zaragoza.

A1 día siguiente de su primera Misa en la capilla del Pilar, había salido para Perdiguera, a 24 kilómetros de Zaragoza, en el extremo occidental de la comarca de los Monegros, entre la sierra de Alcubierre y el valle inferior del río Gállego. Durante e? tiempo que estuvo en ese pueblo, vivió con una familia de cam­pesinos, todos fallecidos ya: Saturnino Arruga; su mujer, Pru­dencia Escanero, y un hijo. En los dos meses que pasó allí, no ce­saron las inquietudes de su alma:

Me hospedé en casa de un campesino muy bueno. Tenía un hijo que todas las mañanas salía con sus cabras, y me daba pena ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comu­nión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.

Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimi­lando las lecciones:

‑Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

‑¿Qué es ser rico?, me contestó.

‑Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

‑Y… ¿qué es un banco?

Se lo expliqué de un modo simple, y continué:

‑Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:

‑Me comería ;cada plato de sopas con vino!…

Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es cu­rioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.

Esto lo hizo la Sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa.

En Perdiguera trabajó ‑hasta el 18 de mayo de 1925‑ como un sacerdote ejemplar, según estima el entonces monaguillo, hoy sacristán de la parroquia, don Teodoro Murillo Escuer: tiempo de confesionario, Santa Misa, rosario por la tarde, hora santa los jueves, catequesis y primeras comuniones, preocupación especial por los enfermos. Los visitaba con frecuencia y, si les pedían sa­cramentos, siempre los facilitaba: “Por aquella época sólo se solía llevar la Sagrada Comunión a los enfermos graves, y en pro­cesión; él la llevaba a todos los enfermos que la pidiesen y en pri­vado”.

Teodoro Murillo sintió de veras su marcha. En tan poco tiem­po le había tomado gran afecto, porque era “alegre, con un humor excelente, muy educado, sencillo y cariñoso”.

Don Josemaría volvió a Zaragoza. Dedicó más horas que antes a terminar sus estudios civiles. Su madre y sus hermanos vivían con él en una casa de la calle de San Miguel ‑derribada años después‑, poco más allá del cruce con la de Santa Cata­lina. Dio clases de Derecho Romano y Canónico en el Instituto Amado, quizá para atenderlos económicamente.

Dirigía aquel centro, situado en la calle de Don Jaime 1, número 44, don Santiago Amado Lóriga, capitán de Infantería, Licenciado en Ciencias. Era una academia, como las que existían en las ciudades más importantes del país, en la que se podían estudiar el Bachillerato y los cursos preparatorios de algunas Fa­cultades. También se preparaban allí alumnos para el ingreso en las Escuelas de Ingenieros y en las Academias Militares, o para las conocidas oposiciones a Abogados del Estado, Judicatura, Notarías y Registros, o para otros muchos concursos a cuerpos del Estado. En el Instituto Amado se formaban además estu­diantes de Derecho, Letras, Ciencias, Comercio y Magisterio.

Debió ser un centro de prestigio ‑no pura academia prepa­ratoria de oposiciones‑, pues en 1927 comenzó a publicar una, revista mensual, en la que, junto a informaciones generales, se incluían ensayos especializados sobre Derecho, temas militares, o Ingeniería y Ciencias. Entre sus profesores figuraron personas que serían antes o después catedráticos de Universidad, o figuras conocidas en la vida española. En el número 3 de la revista, co­rrespondiente a marzo de 1927, aparece, por ejemplo, una nota de don Santiago Amado, director del Instituto, que explica la ausencia de la colaboración de un profesor del centro, don Luis Sancho Seral, porque acaba de ganar sus oposiciones a la cátedra de Derecho Civil en Zaragoza. Se publica también en ese número un artículo de don Josemaría Escrivá, sobre La forma del ma­trimonio en la actual legislación española: es el primer texto im­preso que se conoce del Fundador del Opus Dei.

En Zaragoza celebraba Misa por lo general en la iglesia de San Pedro Nolasco, de los PP. Jesuitas, que residían en las torres de San Ildefonso, pero iban a San Pedro para el culto (todos los Padres y Hermanos de aquella comunidad han fallecido). Acu­día, con gente joven, a varias catequesis, una en el barrio de Casablanca. En la Semana Santa de 1927 fue destinado a Fom­buena. En el archivo de la Notaría Mayor del Arzobispado de Zaragoza consta su nombramiento como regente auxiliar del señor párroco de Perdiguera (30 marzo de 1925), pero su nombre no vuelve a aparecer en ese archivo, hasta el 17 de marzo de 1927, en que se le concede permiso por dos años, para marchar a Madrid, con motivo de estudios.

Mientras esperaba confiadamente la definitiva luz de Dios, don Josemaría fue ‑como será toda su vida‑ un sacerdote cien por cien, entregado a su ministerio.

Primeros obstáculos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá confiaba en que las inspiraciones y luces que recibió de Dios antes del 2 de octubre continuarían y le mostrarían cómo encarnar y poner en práctica lo que acababa de ver. Pero sucedió lo contrario; tras la visión del 2 de octubre, las inspiraciones cesaron y no se reanudaron hasta noviembre de 1929. Tanto para difundir el mensaje de la llamada universal a la santidad como para desarrollar el Opus Dei, Escrivá tenía que hacer frente a dos grandes obstáculos: una completa falta de recursos y la novedad de lo que predicaba.

El único recurso de Escrivá estaba en la oración. Era un sacerdote muy joven y recién llegado a Madrid. Conocía a pocas personas en la ciudad y no tenía una posición que le facilitara la tarea. Tampoco tenía dinero. Años después diría que, al principio, sus únicos recursos eran sus “veintiséis años, la gracia de Dios y el buen humor”[1]. Dos puntos de “Camino” reflejan su situación y actitud: “Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!”[2].

“Que eres… nadie. -Que otros han levantado y levantan ahora maravillas de organización, de prensa, de propaganda. -¿Que tienen todos los medios, mientras tú no tienes ninguno?… Bien: acuérdate de Ignacio: Ignorante, entre los doctores de Alcalá. -Pobre, pobrísimo, entre los estudiantes de París. -Perseguido, calumniado… Es el camino: ama y cree y ¡sufre!: tu Amor y tu Fe y tu Cruz son los medios infalibles para poner por obra y para eternizar las ansias de apostolado que llevas en tu corazón”[3].

La novedad del mensaje era un obstáculo mucho más importante que la falta de recursos. Cierto que, como diría más adelante, el mensaje era “viejo como el Evangelio”[4]. El mismo Cristo había dicho a sus seguidores “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat. 5:48) y san Pablo había dicho a los primeros cristianos de Tesalónica: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Tes. 4.3). Al menos desde la publicación de la “Introducción a la vida devota”, de San Francisco de Sales, la teología católica había reconocido que, en teoría, los laicos, hombres y mujeres, pueden tener una intensa vida espiritual que les lleve a la plenitud del amor de Dios y del prójimo que es la santidad.

Y sin embargo el mensaje era, también en palabras de Escrivá, “como el Evangelio nuevo”[5]. Pocos habrían negado que era teóricamente posible para los laicos alcanzar la santidad, pero menos aún propondrían la santidad en medio del mundo como un ideal alcanzable. Que un joven o una joven tuviera una vida espiritual más intensa, o incluso el deseo de servir a Dios seriamente, se solía considerar como señal inequívoca de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La mayoría de los sacerdotes nunca animaban a los laicos a esforzase seriamente por alcanzar la santidad en sus vidas de trabajo ordinario, como reflejo del convencimiento práctico de que lo más que se podía esperar de los laicos era el cumplimiento de sus deberes religiosos básicos. La santidad en medio del mundo podría ser un tema interesante para la especulación teológica, pero raramente era predicado ni propuesto como una meta alcanzable.

Dos sacerdotes que conocieron a Escrivá en los primeros años del Opus Dei, con el tiempo los dos serían obispos, dan testimonio de la novedad de su mensaje. Monseñor Laureano Castán Lacoma recuerda que en las primeras décadas del siglo XX “se hablaba poco de la llamada universal a la santidad”[6]. Incluso entre quienes habían estudiado Teología el tema era virtualmente desconocido. Monseñor Pedro Cantero Cuadrado, futuro arzobispo de Zaragoza, dice que al conocer a Escrivá en 1930 y 1931 “fue la primera vez que oí hablar de la santificación a través del trabajo ordinario”[7]. Si la idea de una dedicación personal y completa a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo era extraña a los sacerdotes, lo era todavía más entre los laicos.

Así pues, era difícil que la gente entendiera a Escrivá cuando decía que “la santidad no es cosa para privilegiados (…); a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad”[8]. Aunque las palabras eran sencillas, la gente que oía hablar a Escrivá de un compromiso serio a la santidad y al apostolado pensaba instintivamente en hacerse sacerdote o en entrar en alguna orden religiosa. Apenas podían creer que lo que les sugería era que vivieran ese compromiso sin dejar su tarea o profesión ni el resto de su vida ordinaria.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 308

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. CAMINO. Ediciones Rialp. Madrid 2001. n. 473

[3] Ibid. n. 474

[4] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 61

[5] Ibid. p. 61

[6] Testimonio de Laureano Castán Lacoma. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 103-104

[7] Testimonio de Pedro Cantero Cuadrado. Ibid. p. 63

[8] Pedro Rodríguez, Fernando Ocáriz, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 30

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En 1920 Zaragoza era una gran diócesis sin escasez de clero. A los sacerdotes recién ordenados se les asignaba, ordinariamente, a parroquias grandes de la ciudad, donde podrían aprender de sacerdotes con experiencia. Tal encargo habría permitido a Escrivá permanecer con su familia y sacarla adelante dando clases particulares a estudiantes.

El día de su Primera Misa, sin embargo, Escrivá recibió el encargo de trasladarse a Perdiguera, un pueblo agrícola con menos de mil habitantes, situado en una de las zonas más atrasadas del norte de España. Perdiguera estaba a 20 kilómetros de Zaragoza, pero sólo se podía llegar allí en coche de línea tirado por mulas, así que Escrivá quedó apartado de su familia. El pueblo era tan pequeño que no tuvo oportunidad de obtener ningún ingreso fuera de los estipendios que recibiría por la celebración de sacramentos.

El párroco titular había caído enfermo y había dejado el pueblo, así que Escrivá se encontró solo en ese lugar donde no conocía a nadie. A pesar de que la parroquia tenía una rectoría, todavía estaba llena de los muebles del párroco titular y de sus pertenencias. Escrivá se alojó con una familia del pueblo. Su primera tarea fue limpiar la iglesia, que estaba muy sucia. Después, con ayuda del sacristán y de su hijo, emprendió la tarea de conocer a sus nuevos parroquianos. En el transcurso de las siguientes semanas visitó a casi todas las doscientas familias que formaban la parroquia, especialmente aquéllas donde había alguien enfermo y guardando cama.

A pesar de que había pocos asistentes, Escrivá cantaba Misa todos los días y oficiaba la Bendición con el Santísimo Sacramento cada tarde. Los jueves dirigía la Hora Santa. Cada tarde permanecía horas en el confesionario, leyendo su breviario y esperando a los penitentes. Sus horas de oración delante del Santísimo Sacramento y su negativa a pasar las tardes jugando a las cartas con “las fuerzas vivas” del pueblo pronto hicieron que algunos le llamaran “el místico” o “la rosa mística”, como alguno de sus compañeros de seminario había hecho.

Escrivá organizó las catequesis de primera comunión. Uno de los niños de la familia con la que se alojaba no podía asistir a las clases porque pasaba todo el día pastoreando las cabras de la familia. Escrivá le daba clases particulares por la tarde. Un día Escrivá le preguntó qué haría si fuera rico. “¿Qué es ser rico?”, dijo el chico. Cuando Escrivá le explicó que ser rico significaba tener mucho dinero, montones de ropa, vacas gordas y cabras de piel reluciente, los ojos del chico se encendieron y respondió: “Me comería ¡cada plato de sopas con vino (…) Al oír la respuesta, concluyó pensando para sus adentros: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Porque todas las ambiciones de este mundo, por grandes que sean, no pasan de ser un prosaico plato de sopas, nada que valga realmente la pena”[1].

Escrivá permaneció algo menos de dos meses en Perdiguera, y volvió a Zaragoza el 18 de mayo de 1925. A su regreso, sin embargo, encontró que no tenía nuevo destino. A pesar de sus repetidas peticiones de un nuevo encargo pastoral, los funcionarios de la diócesis no le hicieron caso. Si el cardenal Soldevilla, que le había nombrado prefecto del seminario, estuviera vivo, Escrivá no habría tenido problemas. Sin embargo, el cardenal había sido asesinado por un pistolero anarquista, en medio del clima de violencia política reinante en Zaragoza. Escrivá no pudo acercarse al sucesor de Soldevila, el obispo Doménech, y sus tíos usaron de su influencia en las oficinas diocesanas para impedir que le asignaran un nuevo encargo pastoral.

Para mantener a su familia, Escrivá comenzó a dar clases particulares a estudiantes. Si esto apenas era suficiente para mantenerse él mismo, cuánto menos para mantener a los suyos. Finalmente, en mayo de 1925, encontró un puesto a tiempo parcial como capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco, que atendía la Compañía de Jesús y era conocida popularmente como iglesia del Sagrado Corazón. Esto le dio muchas oportunidades de ejercer su ministerio sacerdotal, pero no resolvió su problema económico. Las cinco pesetas que ganaba cada día en la iglesia no le alcanzaban a Escrivá para mantener a su familia. Además, su madre temía que le enviaran de vuelta a un pueblo distante. Armándose de valor, decidió pedir ayuda a su hermano, Carlos Albás. Éste no sólo se negó a ayudarla, sino que la echó de su casa. Evidentemente no había futuro para los Escrivá en Zaragoza.

Durante su primer año de sacerdocio, Escrivá se dedicó con todas sus fuerzas a la oración personal y a las tareas sacerdotales de la iglesia del Sagrado Corazón: oír confesiones, celebrar la Misa y enseñar el catecismo. Para conseguir llegar a fin de mes, daba clases particulares a tantos estudiantes que una vez se describió a sí mismo como un “profesor condenado a galeras”. Además, se dedicó seriamente a la carrera de Derecho. Durante el año académico 1924-1925, la muerte de su padre y su propia ordenación no le dejaron apenas tiempo para seguir esos estudios, y sólo logró matricularse en una asignatura. En el año 1925-26, sin embargo, se matriculó de ocho asignaturas, de forma que a finales de los exámenes de otoño sólo le quedaba una para completar su licenciatura.

Aunque Escrivá continuaba siendo un estudiante “no oficial”, que no estaba obligado a asistir a clases, pasaba tiempo en la universidad. Allí, los intereses culturales y cualidades personales que años atrás habían molestado a algunos seminaristas le hicieron un estudiante popular e incluso un líder. El hecho de que fuera sacerdote y acudiera con sotana a clase le podría haber separado de los demás estudiantes, pero su talante seguro, su carácter abiero y comunicativo, su sentido del humor y su optimismo le permitieron hacer buenos amigos entre sus compañeros de curso, algunos de los cuáles no eran creyentes. Solía quedar con otros alumnos para estudiar, preparar resúmenes o simplemente para charlar. También animó a algunos a acompañarle los domingos por la mañana a dar catequesis a los niños de los arrabales. Años más tarde, un universitario relató que Escrivá era un “romántico de Cristo: alguien enamorado de Él, un hombre con una fe completa en el Evangelio”. Estas cualidades le permitían establecer amistades estrechas no sólo con otros compañeros estudiantes, sino también con profesores mucho mayores que él.

En el otoño de 1925 sólo le quedaba una asignatura para terminar la carrera. En octubre empezó a enseñar Derecho Romano y Canónico en una academia privada, el Instituto Amado, que preparaba para oposiciones a recién licenciados y ofrecía clases de repaso a estudiantes de la Facultad. En enero de 1927 se presentó al último examen y recibió su título.

Escrivá todavía no tenía un puesto estable en la diócesis y había sido rechazado para varios. Fue entonces cuando su antiguo profesor de Derecho Romano, don José Pou de Foxá, que estaba bien relacionado en la diócesis de Zaragoza y comprendía los enredos de la política clerical, le advirtió de que no había sitio para él en la ciudad y que debía trasladarse a Madrid.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 206


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