Corazón universal

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Testimonio de Juan Hervás, Obispo dimisionario de Ciudad Real
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Sería por el año 1934 cuando conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei estaba aún en sus comienzos, y su fundador, rodeado de gente de toda edad y condición. buscaba la fortaleza en los barrios más pobres de Madrid.

Fui a visitarle a la academia–residencia DYA, que acababa de abrir en la calle de Ferraz. La acogida cordial que me dispensó esta­bleció de inmediato una corriente sincera de amistad humana y sacerdotal. Fui varias veces después por la academia para conversar con ese sacerdote que tanta paz me transmitió.

Al entrar en aquella casa desaparecía la sensación de insegu­ridad que se respiraba entonces en la calle. Allí se trabajaba con seriedad, con serenidad, con intensidad; en la certeza de que la ancha y fecunda labor de servicio a la Iglesia que el Opus Dei habría de realizar, se llevaría a efecto porque Dios estaba empe­ñado en que se realizara. No había que detenerse por las cosas que entonces pasaban y que llegaban a paralizar tantos ánimos:

Dios y audacia –DYA– había sido ya el lema de la primera obra apostólica del Opus Dei, y había que seguir adelante sin miedo, con los ojos puestos en Dios. Allí conocí de qué modo Monseñor Escrivá de Balaguer trataba con los estudiantes, los medios apos­tólicos que empleaba, el aire que imprimía a aquel centro: orden y profundidad en el trabajo y alegría en la convivencia. En fin que ya por entonces me hice una idea cabal de la naturaleza del Opus Dei.

Durante la Guerra Civil Española estuve en Friburgo, como alumno de la Universidad Católica. Volví a Valencia en 1939. Allí tuve mucho trabajo, y uno de los ministerios pastorales que me asig­naron me permitió seguir en contacto con el fundador del Opus Dei: como director del Colegio Mayor Burjasot, pude seguirla labor que don Josemaría impulsaba en el ambiente universitario de Valencia. En este centro residían – o de él procedían - algunos de los estudiantes que pronto solicitaron la admisión en la Obra.

No todo les fue fácil. Ya en aquellos años fueron objeto de muchas contradicciones. Se difundieron sin fundamento alguno toda clase de sospechas, acusaciones y falsedades. El sentido común me decía –y así lo hacía yo constar a los detractores– que las acu­saciones de aquella campaña no cuadraban con los socios de la obra que yo trataba, ni con mi conocimiento personal de su fundador. ni con el Opus Dei. No podía olvidar el criterio evangélico de dis­cernimiento de la bondad o maldad de una obra de apostolado. conocer el árbol por sus frutos; y éstos eran manifiestamente sanos.

Hacia 1945, durante uno de mis viajes a Madrid, fui a visitar a don Josemaría a su casa, en la calle de Diego de León. Me acogió con el afecto de siempre y quiso que me hospedar a allí. Estuve algu­nas semanas y siempre recordaré aquella temporada como unos días gratísimos. Todos – en primer lugar don Josemaría– me tra­taron con plena confianza, en familia. Yo trabajaba durante el día en mis cosas, con total independencia. y al regresar a la casa me encontraba en un verdadero hogar. Allí pude conocer la persona­lidad del fundador del Opus Dei bajo una luz nueva para mí.

Daba toda clase de facilidades para que se vieran las cosas direc­tamente, de forma que cada uno pudiera hacerse cargo por sí mismo de la realidad santa de lo que era y hacía el Opus Dei. Así lo hizo conmigo y con otros muchos obispos. Este modo de proceder era lógico en Monseñor Escrivá de Balaguer. En primer lugar, porque él mismo era siempre objetivo: tenía una repugnancia natural hacia el misterio y lo que tuviera apariencia de secreto. Le gustaban por su carácter las puertas abiertas y que los hechos cantasen; en ello no cabía ni engaño, ni vanidad, ni jactancia.

También estuve en varias ocasiones en el Colegio Mayor Mon­cloa. La estancia en estos centros universitarios del Opus Dei pro­dujo en mi otros beneficios conocí el espíritu de la Obra hecho realidad en Monseñor Escrivá de Balaguer, y pude ver cómo iba forjando el temple apostólico de muchos estudiantes. Ese contacto rejuveneció mi propio espíritu y al mismo tiempo, fue una aproxi­mación al campo del apostolado laical, que me permitió conocer muchas de las soluciones que el Opus Dei ha dado –no sin una especial providencia de Dios– a muchos problemas que lleva con­sigo este apostolado. Monseñor Escrivá de Balaguer, al invitarme en centros de la obra, me hizo participar de los tesoros que Dios mismo había puesto en sus manos, para que con entera libertad tomara aquello que me interesara para orientar mi labor en el campo del apostolado de los laicos Sin pretender que sus soluciones eran las únicas posibles, nunca dejó de darlas a conocer a todos los que estuvieran sinceramente interesados en ellas. Desde el momento en que pude conocer a fondo su espíritu, su modo de formar a los laicos y de dirigir la asociación por él fundada, he tenido a Monseñor Escrivá de Balaguer por un hombre elegido por Dios para ser maestro de los nuevos caminos del laicado católico.

El nervio central de todo su apostolado con laicos y con sacer­dotes– ha sido hacer llegar al corazón de cada persona la llamada divina a la santidad; promover la santidad en medio del mundo entre personas de todas las condiciones. Una doctrina que seria proclamada solemnemente por el Concilio Vaticano II, muchos años más tarde.

En las conversaciones que pude mantener con don Josemaría por aquel entonces, pude comprobar su visión universal, amplia, católica, del Opus Dei. La ilusión por extender su labor a los cinco continentes estaba presente desde el principio, porque la Obra la había querido Dios universal. No había nacido para solucionar, los problemas de un determinado país. Me habló entonces de como se estaban preparando los que habrían de llevar a cabo la expansión a otros países. Comprendí ––por lo que decía y, sobre todo, por cómo lo decía– que era algo que le quemaba por dentro desde hacia tiempo: para don Josemaría sacar adelante el Opus Dei, extenderlo por todo cl mundo, era como un fuego de celo que le abrasaba. Era cumplir la voluntad de Dios.

Había una decidida determinación y mucha audacia en sus planes; pero, a la vez, prudencia y dedicación paciente para hacerlos posibles, preparando los instrumentos y rezando; sobre todo rezan­do y haciendo rezar por esa intención. Luego todo saldría: como solía decirme, cuando Dios quiera, al paso de Dios.

Después de mi designación como obispo de Mallorca en octubre de 1946–primero como coadjutor y después como residencial–, mi trato con el fundador del Opus Dei tuvo otro carácter debido a las circunstancias. Mis deberes pastorales no me permitieron, como hasta entonces, los frecuentes desplazamientos a Madrid, y, por otra parte, Monseñor Escrivá de Balaguer había fijado su resi­dencia en Roma desde ese mismo año. Sin embargo, a partir de entonces, cada vez que be viajado a Roma no dejé de visitarle y a menudo me invitaba a comer en la sede central del Opus Dei.

El desarrollo de las actividades del Opus Dei en las diócesis de las que he sido obispo me ha permitido un contacto habitual con la Obra durante muchos años.

Hacia 1950 comenzaron a darse en Mallorca retiros espirituales para hombres, para mujeres y para sacerdotes, dirigidos por sacer­dotes del Opus Dei. De ahí surgió una labor muy extensa de apos­tolado personal, pues muy pronto hubo en la isla socios de la Obra. Estaba al corriente de esas tareas, por lo que comentaban sus direc­tores de la labor y los sacerdotes que colaboraban en ellas: por mi parte, procuré dar todas las facilidades, como ha sido mi costumbre en todo tipo de labor apostólica hecha con rectitud; y comprendía perfectamente el gran bien que el Opus Dei hacía en mi diócesis.

Desde 1955 a 1977 residí en Ciudad Real como obispo prior de las órdenes militares. La presencia del Opus Dei en esta diócesis fue para mí una fuente de alegría y de consuelos. Por referirme, en concreto, a la labor realizada entre mis sacerdotes, ya pertene­cían a la Obra muchos de ellos cuando llegué allí, y después se han ido multiplicando las vocaciones. Los he considerado siempre como fermento de unidad, por su obediencia pronta y alegre a su ordi­nario; por su fidelidad a la doctrina de la Iglesia; por su vibración apostólica contagiosa, esperanzada y optimista; por su espíritu de comprensión, pasando por alto, con buen humor, aquellas peque­ñeces que surgen en la convivencia; por su ilusionada dedicación a los ministerios que sus obispos les encomiendan. Ponen un empe­ño constante por santificarse en y desde su ministerio. Son sacer­dotes que quieren y procuran ser sólo sacerdotes: su ejemplo firme y humilde –con las flaquezas personales, como tenemos todos, que no empañan la rectitud de intención– hace mucho bien dondequie­ra que son destinados.

Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó a todos sus hijos –se­glares y sacerdotes– a tener un gran amor a la Iglesia, un amor personalizado en la jerarquía de todos los lugares, y materializado en atenciones delicadas hacia los obispos, sin gravarlos nunca con problemas y cargas innecesarias. Recuerdo que las visitas que los socios del Opus Dei me han hecho como ordinario del lugar donde trabajaban, siempre se han caracterizado por el respeto, la alegría y el optimismo: me hacían pasar un buen rato, tanto que, cuando mis ocupaciones lo permitían, alargaba gustosamente la con­versación.

Quiero terminar con un recuerdo muy personal, quizá el más entrañable de los que guardo de mi amistad con Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo había «cometido» la «grave» audacia de levantar una bandera de renovación de espiritualidad y de apostolado seglar; me refiero a los cursillos de cristiandad. Este empeño surgió durante mi estancia en Mallorca y, después de trasladarme a Ciudad Real, tuvo un gran arraigo entre los fieles, incluso saltando las fronteras de España. Desde sus comienzos fui bendecido y alentado por el Santo Padre, y ha sido la fuente de donde han brotado las más ínti­mas alegrías pastorales de mi vida. Pero el Señor quiso probarme y probar también a este movimiento, desde sus comienzos, con la contradicción. Se desató en torno a mi persona una dolorosa tempestad.

En aquel mar revuelto de insidias tuve que ir a Roma, ya que había sido denunciado ante el Santo Oficio. Quise visitar a Mon­señor Escrivá de Balaguer: el recuerdo de la imperturbable alegría con la que había llevado las contradicciones que arreciaron contra cl Opus Dei, me impulsaron a buscar su consejo, persuadido de que de esa charla me vendría la paz para mi ánimo atribulado. Y no me engañé.

Me escuchó atentamente y llegó al fondo de la cuestión ense­guida: no perdió el tiempo en estériles lamentaciones. En sus pala­bras, breves y certeras, volcaba en mí su propia alma: «No te preo­cupes. Son bienhechores, porque nos ayudan a purificarnos. Hay que quererles y pedir por ellos». Me insistió en la necesidad de que­rer a los que no nos comprenden, de rezar por los que juzgan sin conocimiento suficiente de causa, y en el deber de prestar atención tan sólo a la voz de la Iglesia–no a los rumores de la calle– y de mantener el corazón limpio de resentimientos y amarguras. Aque­llos consejos, que tanto bien hicieron a mi alma, tenían la enorme autenticidad de quien los había vivido y seguía viviendo entonces.

Monseñor Escrivá de Balaguer me alentó constantemente en una empresa que no era la suya, y volcó la caridad y comprensión sobre un apostolado que iba por caminos distintos al suyo. Sólo Dios sabe en qué medida pudo contribuir a despejar los caminos de la Providencia.

Un trabajador de Dios

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Testimonio de Juan de Contreras y López de Ayala, Marqués de Lozoya
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Con la juventud de su alma, ya para siempre enamorada de Dios, Monseñor Escrivá de Balaguer vive ahora en la Casa del Cie­lo. Y en su tumba romana, la ciudad que amó con ternura por ser la sede de Pedro, se abren a diario rosas rojas como un canto de fe, de amor y de esperanza cierta. Hoy hace un año, al filo del medio­día, el Señor quiso acariciar su corazón. Fue la última de las lla­madas divinas –la definitiva– en aquel diálogo de fidelidad a la gracia que fue la vida toda de Monseñor Escrivá de Balaguer. Se marchó, pero no se ha ido, porque así es la paradoja de los que duermen en el Señor. Desde el corazón de Dios, la luz, el amor y la mirada de los santos están más presentes que nunca en nuestras almas de caminantes.

Dios quiso elegir al fundador del Opus Dei para hacer con proyección de siglos– una siembra de santidad, de paz y de alegría en medio del mundo. Le envió como un juglar de Dios– para gritar a los hombres que la santidad no es cosa de privilegiados, sino la vocación y el destino común de todos los cristianos. En la oficina o en la fábrica; en la universidad o en el campo; todos –sanos o enfermos, pobres y ricos, jóvenes y personas maduras–, sin aban­donar el mundo, ni todo lo humano noble y limpio, han de luchar por ser santos. Y este querer de Dios se ha hecho realidad con sen­cillez, sin espectáculo, en todos los rincones de la tierra, por la entrega sin condiciones, por el heroísmo cristiano de Monseñor Escrivá de Balaguer, que –lo escribo con emoción porque mi mote pre­ferido es serviam– sólo vivió para servir.

Una de sus fundamentales enseñanzas es que todo trabajo humano honesto, la obra bien hecha, a la que nunca faltan ni el esfuerzo ni el cansancio ni la fatiga, puede convertirse en oración, en una posibilidad de encuentro con Dios, es un medio de santi­ficación y de apostolado en todos los ambientes. Tanto da en este punto que el trabajo sea intelectual o manual. Para Monseñor Escrivá de Balaguer no tiene sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. Delante de Dios –y este era el plano sobrenatural en el que siempre se movía– no hay nunca oficios de poca categoría. Cualquier tarea –por humilde que pueda parecernos-, si se hace bien y por un motivo sobrenatural se llena de la trascendencia divi­na. « En el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer ––re­cordaba hace unos días en la Universidad de Navarra don Alvaro del portillo, actual presidente general del Opus Dei– el trabajo humano–esa noble actividad que el materialismo trata de convertir en barro que ciega a los hombres y les impide mirar al Cielo– se ha hecho colirio para mirar a Dios, para hablar y amar al Señor en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas».

Movido por la fuerza del Espíritu Santo, que había grabado en su alma la convicción del valor divino del trabajo, Monseñor Escrivá de Balaguer quemó su vida trabajando, sin conocer un descanso. Confesaba con sencillez que no sabía estar sin hacer nada. Traba­jaba y trabajaba, exprimía los minutos y los segundos no por una quemazón de activismo, sino persuadido de que el tiempo de amar a Dios en esta vida es siempre breve. «Los que andan en negocios humanos dicen –escribió en Camino– que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria». Entiendo muy bien –porque lo he vivido– que este modo de hablar apareciera –en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta– – como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar –por un arrastre de siglos– que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres. Y entien­do también que en aquellas tertulias con miles de personas, que

Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes o intelectuales o dejara en las manos enca­llecidas de los trabajadores manuales un par de besos, esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes.

El ser y sentirse trabajador, la experiencia del valor redentor del trabajo, daba a Monseñor Escrivá de Balaguer aquel señorío propio de las almas grandes. Trataba de igual modo, con el mismo corazón, con idéntico cariño y delicadeza, a un eminente hombre de ciencia que a una mujer de la limpieza o a un campesino de cortas letras. Su mirada amabilísima para todas las profesiones honestas estuvo siempre unida al fuego que nacía de su alma sacer­dotal. Le gustaba repetir que un sacerdote ha de tener, como Cristo, los brazos abiertos para que en ellos tengan cobijo todos los hom­bres, sin discriminación alguna. Y Monseñor Escrivá de Balaguer fue fuego que encendió en la paz, en la alegría interior, a millares de personas, con la humildad y el trabajo de un borrico de noria.

Carmen Escrivá de Balaguer

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El verano de Roma estalla en los balcones cubiertos de flores. Es el 20 de junio de 1957. Faltan unas horas para el amanecer, y en un hotelito del barrio Prati, a la orilla derecha del Tíber, agoniza Carmen Escrivá de Balaguer. Están junto a ella el Fundador del Opus Dei, su hermano Santiago, don Alvaro del Portillo y don Javier Echevarría. También algunas mujeres de la Obra, que atienden sus últimos días en la tierra.

Hace cuatro años que Carmen y Santiago, los hermanos del Padre, llegaron a Roma. Se acababa de poner en marcha un Centro a unos cien kilómetros de la Ciudad Eterna, en Salto di Fondi, en el que habrían de organizarse cursos de retiro, convivencias, estudios de verano y otras muchas actividades. El Padre llama a su hermana Carmen, que pondrá su trabajo, su experiencia y cariño en la atención doméstica de este nuevo Centro. Carmen, que no ha recibido de Dios la vocación al Opus Dei, no vacilará jamás en la disponibilidad absoluta. Tiene la convicción de que la Obra es de Dios y se sabe instrumento suyo para cooperar en que se realice.

Ahora pone todo su empeño y su trabajo en Salto di Fondi. Hasta el último detalle estará moldeado por su afecto, su visión práctica, su exquisita manera de convertir en hogar los rincones de una casa.

Más adelante, cuando las mujeres del Opus Dei se hagan cargo de la Administración en Salto di Fondi, Carmen y Santiago se instalarán en un hotelito de Via degli Scipioni, 276. Santiago viajará con frecuencia a España en función de su trabajo. A pesar de tanta ausencia, Carmen nunca está sola, porque ha volcado su grande y recia capacidad de ternura sobre una familia numerosa que es el Opus Dei.

Hace algo más de dos meses, en abril de 1957, el médico ha diagnosticado la enfermedad incurable. El Padre se lo comunica a los miembros de las dos Secciones porque, por gracia de Dios, Carmen ha dado su cariño interminable e idéntico a todos.

En la Administración de Villa Tevere se reúne unos minutos con sus hijas para darles algunas noticias. Una, pregunta:

-¿Buenas, Padre?

-Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena.

Luego les informa de que su hermana Carmen tiene un cáncer hepático y el médico le pronostica dos meses de vida.

Lo ha expresado con firmeza, aunque su gesto transparenta el dolor de la situación. Y les ruega que pidan al Señor su curación si ésa es su Voluntad (15)

Al día siguiente hablará brevemente con quienes forman parte del Gobierno Central de la Sección de mujeres de la Obra. Todas desean atender a Carmen durante su enfermedad, pero el Padre afirma con energía que no puede abandonarse por ningún acontecimiento la dedicación de cada una a su trabajo. Una vez más domina los impulsos de su corazón para poner aquello que el Cielo le ha exigido y a lo que Carmen -de hecho- ha dedicado su vida, por encima de cualquier otra situación familiar o personal.

Es don Álvaro quien comunica el carácter y estado de su enfermedad a Carmen Escrivá de Balaguer. De esta conversación los miembros de la Obra conocen solamente las conclusiones:

«Le dije que, sin un milagro, no se curaría; que a juicio de los médicos le quedaban dos meses de vida, aunque, si el cuerpo respondía, podría sobrevivir algo más, pero no mucho».

Recibió la noticia con tranquilidad, serena, sin lágrimas, como una persona santa de la Obra. Después, comentó llena de paz y de buen humor a Encarnita Ortega: «Álvaro me ha comunicado ya la sentencia»(16).

Efectivamente. Su aceptación tendrá las mismas características que su vida entera. Sencillez, espontaneidad y un heroísmo silencioso que se esconde tras el humor y la sonrisa.

El médico que la atiende comentará que es una de las personas más inteligentes y con mayor riqueza espiritual que ha conocido. Hasta el último día, la enferma agradecerá su cariño, sus cuidados. Envía unos caramelos para los niños, unas plantas de la terraza para su mujer. Cualquier detalle de afecto. Un religioso Agustino Recoleto que le atiende en confesión, está asombrado de su temple e indestructible confianza en Dios.

-«Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme»(17).

La vida en la Sede Central de Roma continúa aparentemente igual. El Fundador no prodiga las visitas a su hermana, a pesar del enorme cariño que siente por ella. Da ejemplo de serenidad y desprendimiento a la hora de entregarle a Dios su tiempo, su actividad y sus amores en la tierra.

Durante dos días, Carmen agonizará en Roma. El Padre, de rodillas a los pies de la cama y con los ojos fijos en el tríptico que cuelga sobre la cabecera, repetirá una oración que han rezado mil veces de niños, allá en el hogar de Barbastro: «mírala con compasión, no la dejes Madre mía… ».

La enferma sufre y su respiración se hace cada vez más difícil. Pero no le oirán una queja.

-«¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?», le pregunta don Alvaro.

-«Tengo una paz interior muy grande, ¡qué paz!».

El 18 de junio don Alvaro le da la Extremaunción, y el 19 su hermano le administra el Viático. El Padre le dice:

«Pídele al Señor perdón por tus pecados; yo le pido perdón por los míos»(18).

Y, despacio, como quien se siente invitada al heroísmo final de una gran empresa, va ofreciendo sus dolores y molestias por la Iglesia, por el Romano Pontífice, por la Obra y por todas las almas.

A las 3,25 de la madrugada muere. Ha sido una inolvidable lección para cuantos la han conocido. Los ojos de Carmen Escrivá de Balaguer se abren a la luz de la eternidad. Se cierran hoy, bajo el gesto afectuoso de toda la Obra, a los cuidados de la tierra.

La Cripta de Santa María de la Paz, en Villa Tevere, está todavía en construcción, pero se acaba la sepultura con toda la rapidez posible. Con los necesarios permisos de las autoridades eclesiásticas y civiles italianas, Carmen es sepultada en la Sede Central del Opus Dei. Han rodeado su cuerpo las flores que cuidó durante estos años romanos. Los miembros de la Obra velan, en pie de cariño, a esta mujer de 57 años que acaba de partir.

El Padre preside el duelo. El Acta de defunción se encabeza con estas palabras:

«Aquí yacen los restos mortales de Carmen Escrivá de Balaguer, que después de ayudarnos con heroico espíritu de sacrificio desde los comienzos del Opus Dei, descansó santamente en el Señor, el día 20 de junio de 1957»(19).

Muchas personas que mantienen contacto habitual con la Obra sabrán la noticia y enviarán al Padre el testimonio de su recuerdo emocionado. El Cardenal Tedeschini, escribirá al Fundador una extensa carta en la que concluye:

«Con el más vivo afecto pediré por ella, aunque no necesite de mis oraciones; y con ella tendré en mi corazón a usted, que ha ofrecido a Roma la suerte de que Carmen Escrivá de Balaguer se haya hecho romana»(20).

Un año después, el Padre hablaría así de los últimos momentos de Carmen:

«Llevó la enfermedad como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir, le dije que la enterraríamos aquí, en la sottocripta. Y se le ocurrió comentar: oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.

Estaban a su lado, conmigo, don Álvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso. También estaban presentes Numerarias y Numerarias Auxiliares. Bien se había merecido esa compañía. Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón»(21).

En salud y enfermedad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer está diagnosticado de diabetes mellitus. Probablemente la enfermedad existe con anterioridad a esta fecha, ya que han sido muchas las jornadas en las que ha acudido a cumplir sus compromisos de trabajo con infecciones que tardan en curar, fiebre y malestar intenso. Pero se manifiesta la causa con toda certeza a raíz de unos ejercicios espirituales que debe impartir a la Comunidad de frailes Agustinos de El Escorial. Es el mes de septiembre de 1944. El Padre amanece con treinta y nueve grados de fiebre. A pesar de todo, piensa en los cien religiosos que le están esperando y emprende el camino. Siempre el fuego del amor de Dios arrastrará su cuerpo, muchas veces vencido por la inclemencia de la enfermedad, del cansancio, y, por ello, habla durante estos días con el mismo ímpetu de siempre. Muchos de aquellos religiosos que le escuchan recordarán, treinta años después, la fe, la convicción y la entrega de aquel sacerdote. Predica en el coro de la iglesia y tiene que forzar la voz para que resulte audible a todos. Lo consigue: llega hasta cada uno con claridad, con exigencia amable. A los pocos días de estancia en el Monasterio es preciso practicar un análisis que objetiva la elevada cifra de glucosa en sangre.

Desde ese día ha de ponerse en tratamiento. Controla su enfermedad el doctor Pardo Urdapilleta, que prescribe un régimen dietético difícil de llevar, y también insulina.

Es precisamente en una etapa de difícil control de su enfermedad, en 1946, cuando don Álvaro le llama desde Roma. Resulta imprescindible que el Padre vaya para abrir el horizonte jurídico de la Obra. Desde que llega a Italia se pondrá en manos del doctor Faelli, que ha de ser médico y amigo durante ocho años de tratamiento. Cada quince días se somete a pruebas analíticas. Va con don Álvaro a la Via Nazionale, hacia las once de la mañana, para cumplir estrictamente los postulados del doctor. Pero la glucemia sube, y la cantidad de insulina que ha de inyectarse varias veces al día va en aumento. Llega a precisar más de cien unidades diarias.

Uno de los días en que va a practicarse los análisis, en ayunas como de ordinario, don Álvaro le lleva a la Piazza Esedra a desayunar. Piden un «capuccino» y un bollo. En Italia llaman «capuccino» a un café muy cargado al que se añade un poco de crema. Cuando el Padre se dispone a beberlo, se acerca una mujer pobre pidiendo limosna. Sin dudarlo un momento, le contesta:

-«Dinero no tengo; lo único de que dispongo, porque me lo dan es esto: tómeselo usted, y que Dios la bendiga».

Don Álvaro se apresura a ofrecer su desayuno al Padre. Pero él, vuelve a intervenir:

-«No, no, ya está bien, ya he desayunado».

Y repite la misma afirmación a la encargada del bar, que quiere regalarle un café en sustitución del que ha dado a la mujer. -«No, no, quédese usted tranquila, que yo ya he desayunado»”.

Quedarse sin comer no supone una novedad para el Padre, porque desde muy joven está acostumbrado a buscar también ahí la penitencia. La realidad es que durante toda su vida muchas veces ha pasado hambre. Primero, por exigencias de su trabajo sacerdotal y porque no tenía dinero, se alimentaba poco aunque continuara trabajando sin tregua de un lado a otro. Después, en la época de la guerra española, el hambre será general y sobreañadida a la persecución. A partir de 1940, la Obra comienza su crecimiento y las necesidades se multiplican. Y tras la guerra mundial, que ha empobrecido las posibilidades de todos los países de Europa, le diagnostican de diabetes mellitus. La terapéutica en esta época es drástica: se emplean regímenes de hambre, con exclusión de los carbohidratos. Desde 1966, padecerá además una secuela ligada al síndrome diabético: la insuficiencia renal, que va a condicionar extremadamente el tipo de alimentos que debe ingerir en cantidad y calidad.

En Roma, el doctor Faelli sabe que es un paciente disciplinado y cumplidor. Pero no puede impedir que se exponga al cansancio constante. No duerme lo necesario. El Fundador sonríe ante la enfermedad y sigue brindando su cuerpo a la insulina, que don Álvaro se encarga de inyectar habitualmente.

En 1949 sufre una grave infección en la boca. En un solo día se remueven todas las piezas dentarias y han de extraérselas. El encargado de esta operación será el doctor Hruska. Es un hombre fuerte, con grandes manos. Mientras actúa sobre el paciente, habla con una sintaxis muy particular que traiciona su origen extranjero y que al Padre le hace mucha gracia. Nunca oirá una queja de Monseñor Escrivá de Balaguer. Tampoco sus hijos podrán detectar, a lo largo de la jornada, un gesto de desaliento, algo que denote el mal estado en que se encuentra.

Sin embargo, la evolución de la diabetes es tan grave que piensa que puede morir en cualquier momento.

«Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo» (45) El día 27 de abril de 1954, diez minutos antes de la una de la tarde, don Álvaro inyecta una nueva marca de insulina retardada que ha recetado el médico. Inmediatamente después, bajan al comedor para almorzar. Están los dos solos, frente a frente, en la mesa. Y, de pronto, el Padre dice:

-Álvaro, dame la absolución.

-Pero, Padre, ¿qué dice?

-¡La absolución!

Y el Padre comienza a recitar en voz alta la fórmula ego te absolvo… Instantes después, pierde el conocimiento y cae sobre un lado. El color se le ha mudado: pasa del rojo intenso a la palidez terrosa; la respiración se hace imperceptible y el pulso desaparece…

Don Álvaro, después de administrar la absolución, intenta darle azúcar, recordando la posibilidad de una hipoglucemia grave y avisa con toda rapidez a un médico. El Padre permanece de diez a doce minutos sin que su estado se modifique y, luego, lentamente, empieza a recobrarse. Cuando llega el doctor diagnostica un shock anafiláctico y se sorprende ante la regresión espontánea de todo el cuadro. Todavía, durante varias horas, el Padre permanecerá ciego. Luego, también recuperará la vista por completo. Cuando se, puede levantar de la cama ve su rostro reflejado en un espejo y comenta:

-Álvaro, hijo mío, ya sé qué aspecto tendré cuando me muera.

-No, Padre, necesitaría haberse visto hace cinco o seis horas. En comparación a como estaba antes, ahora se encuentra usted como un clavel…

Después recordará Monseñor Escrivá:

-«Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, en cosa de pocos segundos, el Señor me hizo ver mi vida como si fuera una película; me llené de vergüenza por tantos errores, y pedí perdón al Señor. Más no se puede pasar. Es como si me hubiera muerto » (46)

Ese mismo día hablará también con sus hijas, que se han asustado ante el accidente, para devolverles la serenidad.

-«Estaba muy tranquilo, aunque me daba pena irme de vosotras. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, El os ha oído y me concede una nueva etapa fecunda (47).

Y haciendo una demostración de bienestar, comienza a hablar de nuevos planes de trabajo para los que pide colaboración. Salpica los proyectos de seguridad y alegría. Su confianza es una lección más de abandono en manos de Dios que sus hijos no podrán olvidar.

A partir de ese día, fiesta de Nuestra Señora de Montserrat, los análisis se reiteran completamente normales. Los doctores suspenden la medicación, incluida la insulina, y nunca más vuelve a precisar de tratamiento alguno de la diabetes. El mismo nota la desaparición de los síntomas clínicos. Desde hace años sufría intensas cefaleas, que cesan hoy de un modo súbito.

-«Llevaba tantos años con dolor de cabeza, que el hecho de no tenerlo me resulta extraño: estoy como si hubiese salido de una cárcel»(48).

Pero nadie aprecia la diferencia entre salud y enfermedad. Ha desplegado una actividad intensísima con un estado físico precario, pero con un gran deseo de aceptar la cruz en su propio cuerpo y nadie, a excepción de los más próximos, se han dado cuenta de la gravedad.

Veinte años más tarde, un hijo suyo venezolano le aborda durante uno de sus viajes al Nuevo Continente:

-Padre… Estudio en la Universidad de Zulia, en Maracaibo. Desde niño tengo diabetes y me han dicho que usted también la tuvo.

-Yo la tuve durante diez años. Una diabetes morrocotuda.

-Quería darle las gracias a usted y a la Obra porque la enfermedad se ha convertido para mí en un medio de santificación, y no me ha hecho perder la alegría.

-De eso tienes que dar las gracias a Dios, no a mí ni a la Obra (…). Es justo que quieras al Padre y a tus hermanos, pero nuestro agradecimiento va todo derecho a Dios, Señor Nuestro, que nos concede todas estas alegrías y todos estos medios, para que no nos entristezcan las contradicciones de la vida (49)

Es su modo de poner sencillez a lo heroico, naturalidad a las actitudes sobrenaturales. Conoce el dolor. Ha experimentado la oscuridad. Por eso puede alumbrar a sus hijos con la exigencia y la paz de su entrega a la Voluntad de Dios.

En la inmensa Argentina

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos a 11 de marzo de 1950. Un avión procedente de Madrid toma tierra en Buenos Aires. Por la escalerilla descienden don Ricardo Fernández Vallespín, que ya es sacerdote, Ismael Sánchez Bella y Francisco Ponz, Catedráticos de Universidad. Serán los primeros en lanzar la semilla de la Obra -por medio de su trabajo profesional- en esta tierra fértil, inmensa, que ahora se abre ante sus ojos.

El 24 de junio de 1950 se instalarán en la ciudad de Rosario, en un piso alquilado. Es un inmueble pequeño de la calle de San Juan, número 865, y que recibirá el nombre de Centro Universitario Litoral. Este espacio les permitirá reunir y hablar a los amigos argentinos del fuego de Dios que han traído desde el otro lado del mar.

Muy pronto escriben al Padre: «Aún no ha transcurrido el primer mes en Rosario y ya tenemos “casita” (…). De momento, aquí podemos acomodar a unos pocos residentes. El propietario es muy amigo nuestro (…). La preocupación inmediata es la instalación de la casa»(21).

Poco a poco, irán dejando todo a punto. Contestan al Padre para compartir la feliz noticia de la Aprobación definitiva que la Santa Sede ha concedido al Opus Dei y que el Fundador ha comunicado a todos sus hijos repartidos por el mundo. Escribe don Ricardo:

«Está muy próximo el 2 de octubre, ese día celebraré la Misa de medianoche, y los tres nos sentiremos muy acompañados de todos vosotros. Acabamos de recibir cartas de México. Anima mucho»(22).

Mientras tanto, realizan viajes a varias ciudades en las que es preciso abrir Centros de la Obra. Buenos Aires ocupa el primer lugar. A los pies de Nuestra Señora de Luján acuden con frecuencia para solicitar ayuda a la Señora. Esta Virgen demostró, allá por el siglo XVI, una manifiesta predilección por Buenos Aires; porque, según la tradición, fue transportada por todo el país sobre una carreta de bueyes y, al llegar a lo que hoy es Luján-entonces un pequeño ranchito- los animales se pararon y no hubo fuerza humana capaz de obligarles a dar un paso más. Hasta que no bajaron la imagen no volvieron a moverse. La Señora quería quedarse allí. Hoy, esta Virgen menuda se venera en una gran basílica. Es santuario, y las almas, miles de almas criollas, forman su mejor relicario.

Encuentran pronto un piso reducido en la capital argentina. Es tan chico, que don Ricardo no tiene más remedio que excusarse ante el Nuncio un día que ha ido a visitarle. Le explica que tienen un piso tan pequeño en Buenos Aires, que más que haber puesto el pie en Argentina, parece que han puesto la punta del pie… Por eso no le han invitado todavía a visitarles(23).

El Eminentísimo Cardenal Antonio Caggiano, Obispo de Rosario y Arzobispo de Buenos Aires desde 1959, conoce al Padre hace tiempo: ha tenido ocasión de hablar con él en Roma y quiere y admira al Opus Dei. Años más tarde, desde la casa de Olivos, donde vive retirado, comentará que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía su vida identificada por completo con la Obra de Dios. Le describirá como hombre de gran corazón dispuesto al sacrificio, al perdón, a la comprensión. Y subrayará la importancia de su espíritu como precursor de la llamada universal a la plenitud cristiana proclamada por el Concilio Vaticano II.

El pequeño Centro con que la Obra empieza en Buenos Aires se llama El Cerrito.

Después de 1959, el Cardenal Caggiano pedirá a don Ricardo que acuda a dirigir cursos de retiro para sacerdotes a las diócesis de Rosario, Catamarca, Córdoba, Misiones, Paraná, Corrientes, San Martín… En poco tiempo, conocerán el país al ritmo de su actividad profesional y apostólica. Y habrán aprendido a querer hondamente las soledades de esta inmensa Pampa, la paz de este río Paraná que se remansa y se extiende sin prisa, pero sin pausa, en su camino hacia el Atlántico.

Los primeros que piden la admisión en la Obra son Alfonso Isoardi y Ernesto García. Años más tarde, llegarán otros muchos. Uno de ellos escribirá:

«Cuando pienso en aquellos primeros tiempos -años enteros- desde la perspectiva del presente, con la magnitud que ha adquirido la labor en Argentina, calibro mejor algo de lo que, entonces, casi no alcanzaba a darme cuenta: la pequeñez, la dureza de los comienzos. Una dureza sin ruido, sin estridencias. Sólo la sensación, prolongada, de sembrar sobre piedra o arar en el agua (…). Nos transmitían a los que, muy de a poco, íbamos llegando: vivir de fe, de esperanza, de amor, trabajando con la alegría de saber que se está haciendo la voluntad de Dios. Íbamos creciendo en la identificación con el espíritu de la Obra, aprendiéndolo todo (…).

Y también, desde el principio, fue echando raíces en nosotros -fuerte, entrañable-, el cariño al Padre. Un cariño que crecía, como todo amor, cultivado delicada y asiduamente a través de la oración y la mortificación diarias, de las cartas, de la lectura de sus palabras, de las cosas que nos contaban los que le conocían y habían vivido con él»(24).

En estas palabras de uno de los primeros argentinos, se expresa el modo de formarse en el espíritu de la Obra. La transmisión fiel de las virtudes que el Padre les había enseñado a practicar; la entrega total a la Voluntad de Dios, que les ha llamado por su nombre; la filiación y la fraternidad…

Y, junto a la vertiente sobrenatural, la dedicación seria y profunda al trabajo profesional, quicio sobre el que se mueve la búsqueda de la santidad y el apostolado de la Obra.

Todo ello estructurado en forma de clases, charlas y conversaciones personales. Y, desde el primer día, el conocimiento profundo de la doctrina de la Iglesia en estudios de Filosofía y Teología que se hacen compatibles con toda otra actividad laboral, tanto manual como intelectual.

Hasta el 7 de diciembre de 1952, no llegará la Sección de mujeres a Buenos Aires. Pero, unos meses antes, Julia Capón, la primera argentina, escribe a Roma pidiendo al Padre su admisión en la Obra. Esta vocación es uno de tantos milagros que jalonan el camino del Opus Dei por la tierra. Julia ha oído hablar de estos hombres, entre los que se cuenta un sacerdote, y que viven el espíritu del Evangelio de un modo secular, dentro del mundo, en su trabajo habitual. Sabe que en España ha tenido lugar el comienzo de este espíritu y escribe para tener una referencia más directa. Durante semanas, la correspondencia es intensa. Regularmente cruzan el océano las cuartillas que tienden un nuevo puente de fraternidad. Y el 13 de agosto de 1952, Julia solicita la admisión.

A finales del mismo año, un cablegrama anuncia a Julia la llegada de Sabina Alandes. Entre las dos habrán de poner en marcha las tareas de la Sección de mujeres en esta grande y fecunda tierra americana. Poco antes, apenas comenzado el mes de diciembre, Sabina cruza la calle de Juan Bravo en Madrid: son las siete de la mañana y va al Centro de Diego de León. Sopla un cierzo frío, castellano, que se cuela a través de la bufanda. Ojos llorosos por el hielo de la mañana invernal van a disimular la emoción de la despedida. En Roma están al tanto de la salida del avión Madrid-Buenos Aires. Y cuando calculan que ha despegado, Monseñor Escrivá de Balaguer dibuja una cruz en el aire para bendecir el camino de esta hija suya que emprende una nueva ruta en el quehacer humano y divino de la Obra.

Horas después, el aparato sobrevuela Buenos Aires; Sabina se siente ya en su país. Desde arriba, esta ciudad aparece impresionante. Lo ríos se ven como una red enorme y tranquila que cruza los campos. La Pampa inmensa se alcanza, paradójicamente, de una sola mirada. Ya en tierra, toma su equipaje en el aeropuerto de Ezeiza. Casi en la misma puerta de viajeros la aborda una mujer joven y emocionada por el encuentro:

-«¿Vos sos Sabina?».

_«¡Tú eres Kitty! » . Este es el nombre familiar de Julia Capón (25).

Una alegría enorme. Y luego, el alud de palabras que no tienen más remedio que salir…

Hace un calor húmedo y llueve sobre las pistas del aeropuerto. Un airecillo suave vuela sobre las dimensiones colosales de la ciudad.

Durante algunos meses, Sabina vivirá en casa de Kitty, ya que se acumulan las dificultades de todo tipo para encontrar un inmueble donde instalarse. En las Navidades de 1952 reciben una tarjeta que el Padre envía a todos sus hijos, con un mensaje de aliento. El dibujo representa el empedrado de una vía romana, abierta al caminante. Y en la contratapa se puede leer: «caminad con valor, que se han abierto los caminos divinos de la tierra»(26).

Ceden los contratiempos y aparece -¡al fin!- la primera casa. La llamarán Veinticinco, sencillamente, porque se halla situada en la calle 25 de diciembre. Lo único que poseen son las llaves.

Pero no cabe el desánimo. Sentadas en las escaleras, Sabina y Kitty hacen planes. Sólo les escuchan, en esta tarde de primavera,la Virgen de Luján, distante, pero al filo del corazón; los árboles preciosos, como el ombú y el palo borracho que crecen en todos los jardines; y el azul incomparable de este cielo que se abre a su oración y a su esfuerzo confiado. El 7 de abril de 1953, el Señor se quedará, definitivamente, en el primer Sagrario que la Sección de mujeres de la Obra tiene en Argentina.

Dios hace una pausa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los primeros meses de 1936, el Padre viaja a Valencia invitado por don Javier Lauzurica, Obispo Auxiliar y amigo suyo. Le acompaña Ricardo Fernández Vallespín. Van en un coche de turismo grande, de carácter público, de los que constituyen el medio de transporte más barato. En Valencia se alojan en el Hotel Balear, situado en la calle de la Paz.

Aquí vuelven a reunirse con el grupo que les visitó en Madrid. Don Javier Lauzurica les anima a montar una Residencia Universitaria en esta ciudad lo antes posible.

Cuando retornan a la capital de España el ambiente empieza a ser irrespirable. Se puede considerar el país en guerra civil. Hay grandes manifestaciones, acciones violentas; asesinatos, ataques personales y represalias. La violencia está a la orden del día y cuenta con la tolerancia del Gobierno.

El Padre está informado de todo. Sufre por la furia antirreligiosa, pero jamás pierde la serenidad ni consiente que se perturbe el apostolado o se interrumpan los medios de formación. No fomenta el menor aislamiento, sino todo lo contrario. Quiere que todos conozcan la situación y respeta las opciones políticas de cada cual. Nunca ha insistido tanto en que los miembros de la Obra recen y apoyen su fortaleza en el sagrario.

Cuando triunfa en las elecciones el Frente Popular, se recrudece la persecución religiosa y todo parece abocar a un régimen marxista. Por otro lado, la oposición prevé un golpe de Estado contra el Gobierno de la República.

En medio de este clima, el Padre combate todo derrotismo; trabaja como si nada fuese a ocurrir. Varias personas que conocen y aprecian su labor apostólica constituyen una sociedad civil, sin fines lucrativos, llamada “Fomento de Estudios Superiores”. Esta entidad adquiere una casa que pondrá a disposición de don Josemaría para una nueva Residencia de estudiantes en Madrid. Está enclavada en el mismo barrio de Argüelles, próximo a la Ciudad Universitaria. Es propiedad de los Condes del Real, que viven en Francia, y se trata de un inmueble, bien construido y amplio, situado en el número 16 de la calle de Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña.

A primeros de julio de 1936, toda la instalación de Ferraz 50, incluido el oratorio, se traslada al número 16. Isidoro Zorzano ya ha solicitado excedencia voluntaria en su puesto de ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, porque es quien se va a ocupar de la nueva Residencia de Madrid. Ricardo se trasladará a Valencia para instalar, también allí, una Residencia Universitaria. El 16 de julio, Paco Botella, que está en Valencia, pone un telegrama anunciando que ha encontrado el local adecuado para llevar a cabo esta iniciativa en su ciudad levantina. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo recibe de nuevo la bendición del Padre en un salón de Ferraz 16, e inicia este viaje que marca la primera expansión de la Obra en España. Poco antes, Isidoro había llegado a Madrid. Su permanencia en Málaga le habría costado la vida: precisamente por su labor abnegada, en servicio de los más humildes, había sido puesto en la «lista negra» de los revolucionarios.

Ese mismo día, 17 de julio de 1936, se conoce el levantamiento del ejército de Africa. Una semana antes y a partir del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica en la Cámara Legislativa, se recrudecen en toda España los disturbios y violencias. Sin embargo, el Padre y la Obra que Dios le encomendó siguen su camino. Es la locura de una fe que está más allá de coyunturas humanas.

El 18 de julio se proclama la rebelión dentro de la Península. Madrid y Valencia quedan incomunicadas. Va a dar comienzo una guerra civil que se prolongará casi tres años. Durante este tiempo, resultará arrasado lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. Ferraz 16 va a ser incautado por las milicias populares y luego, en el asedio de Madrid, bombardeado y destruido por las tropas nacionales.

El primer grupo de hombres de la Obra y toda aquella amplia labor apostólica se verá dispersada por avatares de muy diversa índole. Pero algo enraizado ya de modo sobrenatural permanece intacto en todos: la seguridad de que la Obra debe continuar adelante; de que uno sólo que sobreviva habrá de coger la antorcha del mensaje divino y transmitirla. Recordarán, ahora y siempre, las palabras del Fundador:

«La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice»(32).

Y, con este coraje en el alma, se inicia un tiempo de espera activa, de oración y penalidades. Una etapa de prueba da comienzo.

La primera llamada

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en los últimos días del mes de diciembre de 1917. La nieve, espesa, cubre por completo el paisaje de Logroño. Las temperaturas extremas destemplan la ciudad, hasta alcanzar los dieciséis grados centígrados bajo cero. Los árboles, calles y aleros parecen obra de un gigantesco y alucinado imaginero. El río mantiene la superficie helada y firme. Se empieza a temer, incluso, que las existencias de combustible sean insuficientes para combatir el frío en la ciudad, prácticamente aislada por el temporal. El tránsito por las calles es peligroso, a pesar de las capas de paja que extienden sin descanso los empleados del Ayuntamiento. En el periódico local, «La Rioja», del 28-XII-1917, se destaca el arriesgado viaje del coche de punto de Murillo de Río Leza: llega tirado por caballos con los cascos envueltos en saco. No funciona ningún otro medio de comunicación. La situación se prolonga a los primeros días de enero de 1918. Los serenos tienen que guarecerse bajo techo con el vino de las cantimploras convertido en un bloque de hielo. Algún vigilante nocturno, incluso, ha advertido la bajada de los lobos, empujados por el hambre, hasta la periferia de Logroño. Sólo cuando el calendario alcanza la fecha del 6 de enero cede la intensa ola de frío que se abate sobre la capital riojana.

Josemaría contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. En la calle, intacta todavía, aparecen unas huellas que identifica inmediatamente. Es el sendero marcado por los pies descalzos de un Carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Su paso madrugador y habitual ha hollado hoy la nieve sin estrenar.

Este detalle pequeño y heroico suscita una profunda inquietud en el alma del muchacho: si otros hacen tantos sacrificios por Dios, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?… Nadie se dará cuenta del cambio que va a sufrir Josemaría. Todo continúa su ritmo normal: menos el corazón y el alma de este adolescente, que encuentra -a partir de ese día y en las cosas inocentes de la vida cotidiana- una sed insaciable de Dios. Empieza a notar que el Cielo quiere algo de su vida; interrogantes y convicciones le remueven y le llevan a la Comunión diaria, a la Confesión frecuente, a la purificación, a la penitencia.

El Señor le llama desde multitud de situaciones y le da a entender que quiere algo especial de su paso por la tierra. Y Josemaría, que desconoce lo que pueda ser, responde gritando por dentro palabras encendidas que Paladea al ritmo de su propio corazón: “ ecce ego quia vocastí me”!(5) . Aquí estoy, porque me has llamado.

Años más tarde dirá que entiende muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús que se conmueve cuando, por las páginas de un libro, asoma una estampa con la mano herida del Redentor. Porque también en su alma se van a suceder, con frecuencia, tales encuentros, y no sólo durante estos años de adolescencia. Pide luz para conocer la Voluntad de Dios.

Y en una impetuosa oración interior, que empieza a descubrir y a practicar, reza lleno de confianza para que se realice en su vida aquello que la Providencia parece desear.

Durante dos o tres meses, Josemaría se acercará al convento de los PP. Carmelitas para hablar con el Padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo, porque entiende que está ante una persona que ha recibido los barruntos del Amor divino.

Josemaría medita esta proposición y la rechaza. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

A partir de este momento es frecuente encontrarle en Santa María la Redonda. Hay en esta iglesia una bellísima capilla barroca que preside una imagen de Nuestra Señora de los Angeles. A esta advocación de la Virgen confía también la dulce e inquietante intuición que Dios ha hecho llegar hasta su alma. Pasará años en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón.

Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios y continúa avanzando, con brillantez, por las asignaturas del sexto y último curso del Bachillerato.

Es ahora cuando invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo grande. Y de la mano de esta llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino.

Tiene todavía algunas dudas: siente veneración por la figura del sacerdote -así lo ha visto inculcar en su familia-, pero no le atrae la perspectiva de la «carrera eclesiástica». Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo pende ya sobre su vida.

Y en esta convicción, un buen día, posiblemente entre abril y mayo de 1918, acomete la empresa de comunicárselo a su padre. Don José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia, y en especial Josemaría, puedan remontar la situación a la que les llevaron circunstancias adversas, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota irremediables, impotentes, las lágrimas que cruzan por su cara.

Dice, con calma, asintiendo a los planes de Dios, que lo medite muy bien antes de decidir:

-«Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré»(6).

Y don José, con serio respeto por la libre opción de su hijo, le lleva a entrevistarse con un amigo suyo, don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata de Santa María la Redonda y una verdadera institución en Logroño. Quiere que le oriente en el camino de esta seria decisión que acaba de tomar.

Josemaría sigue preguntándose sobre lo que Dios espera de su vida. Quiere tener la evidencia de un camino todavía oscuro; sin embargo, es tan constante la llamada de Dios, que le llevará a repetir las palabras que gritaba el ciego de Jericó: “Domine, ut videam”!… ¡Señor, que vea!; “ut sit”!(7).: ¡que sea! Que sea lo que Tú quieres y yo ignoro.

Escribe a su tía Cruz Albás, hermana de doña Dolores y Religiosa Carmelita en el Convento de las Miguelas de Huesca, y le habla de su decisión al sacerdocio, de la necesidad de luz para conocer los designios de Dios que, a los 16 años, se ha apoderado de su vida. Y le cuenta este modo de oración con que interroga frecuentemente al Cielo.

A lo largo de su camino, Monseñor Escrivá de Balaguer apoyará la historia de toda la Obra de Dios en la oración de sus hijos, de sacerdotes, de enfermos, de religiosos… Quizá es la primera vez, en el comienzo de su vocación, que pide la ayuda de un alma contemplativa para llevar adelante la Voluntad de Dios.

El Señor busca su humildad. Quiere que confie sólo en la oración constante para llegar a ver su camino; y, a la vez, inunda su alma con la seguridad plena del Amor. En la historia del Opus Dei, el Fundador ayudará a muchas personas a descubrir esa misma certeza, saboreando aquel fuerte y dulce grito de Isaías: “Ego redemi te et vocavi te nomine tuo; meas es tu(8)”: Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre, tú eres mío.

Al mismo tiempo, se siente incapaz de responder adecuadamente a esta elección de Dios. Y suele recitar, despacio, una letanía que tiene raíces de verdadera y profunda humildad: «no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada… »(9).

Años después, Monseñor Escrivá de Balaguer afirmará, con frecuencia, que Jesucristo no le pidió permiso para meterse en su vida; que entró secreta y arrolladoramente -con palabras de la Sagrada Escritura- “sicut fur”!(10), como un ladrón. Y, con generosa juventud, empezará a dejarse llevar por la divina locura que va a impulsar toda su vida: “Ecce ego, quia vocasti me”: aquí estoy, porque me has llamado.

En octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño en calidad de alumno externo(11), para cursar el primer año de Teología. Y, con la ayuda de varios profesores particulares, realiza los estudios de Filosofía y perfecciona el Latín. Con este mismo carácter estudia también un grupo reducido de alumnos. Se trata de algunos muchachos que pueden compartir la vida del Seminario con la permanencia en sus ambientes familiares.

Llega Josemaría con el preámbulo de unos estudios brillantes, de una inteligencia notable y clara, de una personalidad comunicativa y educada. Sus compañeros recuerdan la elegancia natural de sus modos, la corrección de su porte y la actitud abierta con que acepta la amistad. En el Seminario hay una neta separación entre alumnos internos y externos. Todos los días, aunque no es preceptivo, llega temprano este pequeño grupo para oír la Santa Misa. Después, vuelven a desayunar a sus casas; poco más tarde comienzan las clases. Por las tardes, pasean hacia Lardero y, a veces, se acercan al río para organizar una animada pesca de cangrejos. Luego se reúnen en casa de Millán -un compañeroo de Josemaría.

Amadeo Blanco, un alumno interno, recuerda a Josemaría como un muchacho que se ofrece para ayudar en todo cuanto puede. Y cuenta cómo los domingos le ve incorporarse a una catequesis del Seminario a la que asisten unos cuatrocientos niños. Es atendida únicamente por los alumnos internos, pero Josemaría, con gran interés, pide permiso a los superiores y se entrega a la tarea que habrá de constituir, en el futuro, una de sus intensas dedicaciones: la atención y el cariño hacia los pequeños que han de formarse en el Cristianismo y deben empezar a comprender el amor de Jesucristo(12).

Días de alegría y de dolor

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Rosario, la hermana pequeña, muere con sólo nueve meses de edad, de un modo casi repentino. Dos años más tarde se decide la Primera Comunión de Josemaría. Será el 23 de abril de 1912, día de San Jorge. Es tradicional en Aragón llevar los niños a la Eucaristía, por primera vez, en esa fecha.

Durante esta época -son muy recientes las disposiciones de Pío X sobre la conveniencia de acercar pronto a los niños al Sacramento de la Comunión-, resulta poco corriente en España que la reciban a tan corta edad. Un Congreso Eucarístico, celebrado en 1911, acaba de difundir las recomendaciones del Santo Padre Pío X. Gracias a esto, Josemaría puede recibir al Señor a los diez años. Para siempre guardará en su corazón el agradecimiento al Papa santo. Ha frecuentado la Confesión, preparado y alentado por sus padres. Ahora, el Padre Laborda le enseña el camino de llegada a esta unión íntima con Dios. Es él quien le ayuda a aprender una oración de deseo que llevará siempre en sus labios y en su corazón, la comunión espiritual: «Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos» (13).

Este será un día solemne, de fiesta; un hito en la historia de su alma y en la germinación de su vida espiritual. Todos, y especialmente él, se preparan con gran cuidado para acercarse al Sacramento. Primero, con una buena confesión que le deja contento y feliz. Después, con un traje nuevo. El ambiente que le rodea facilita su penetración en la importancia del acontecimiento, en la trascendencia de su primer encuentro con el Amor dentro de su corazón.

Sólo unos meses más tarde van a caer muy duras pruebas sobre la familia Escrivá. El 10 de julio de 1912 muere María Dolores, Lolita, como se la llama y se la quiere en el ámbito familiar. Josemaría tiene ya más de diez años, pero sus padres quieren evitarle el dolor, precoz, de ver marchar a la pequeña que ha compartido los juegos colectivos(14)

Doña Dolores y don José llevan la desaparición de sus hijas con la misma entereza y valor, la misma cristiana entrega a la Voluntad de Dios con que aceptaron la alegría de su nacimiento. Y aún les queda un nuevo sacrificio. Asunción, que cuenta ya ocho años, compañera y adicta incansable a su hermano, muere el 6 de octubre de 1913(15). Josemaría tiene casi doce años y siente hondo, aunque sus padres procuran mantenerle a distancia, la enfermedad y la pérdida imprevista.

Está jugando junto a los soportales de la Plaza y tiene una intuición repentina. Se queda parado de pronto, y manifiesta a sus amigos la intención de ir a ver cómo sigue su hermana.

Sube corriendo la escalera y encuentra a doña Dolores, que esconde su dolor tras la actitud serena que pueda tranquilizar al muchacho. Le dice que Chon ya está en el Cielo. Josemaría se rebela contra ese hueco enorme que va dejando en la casa tanta desaparición. Llora despacio, y su madre ha de repetirle al oído los secretos planes del Cielo y de la Voluntad de Dios sobre los hombres.

Pasa unas semanas pensativo. Es un chico optimista, pero de gran sensibilidad para captar el dolor de sus padres. Con una lógica contundente e infantil piensa que, en esta escalada de la muerte sobre su familia, y por orden cronológico, ahora le toca a él. Incluso llega a decírselo a su madre como una predicción irremediable. Doña Dolores, cuando le oye, nota que el corazón le da un vuelco, pero se contiene. Y sonríe mientras le dice con enorme convicción: «No te preocupes, que tú estás pasado por la Virgen de Torreciudad»(16).

Pronto reanuda su vida habitual, con un abierto campo de intereses y afectos que restañan las últimas heridas. En el verano corretea por los campos del Somontano. Tiene aquello atractivos que recordará, con símbolos diversos, cuando los años le hayan hecho adulto. En Fonz, asiste embebido al modo de cocer el pan, al prodigio esponjoso de la levadura, al olor crujiente y apetitoso de las masas en el horno.

Mientras tanto, don José Escrivá se gasta diariamente con ejemplar laboriosidad. Aquella industria que le ha permitido una holgada generosidad y una vida sin preocupaciones económicas, empieza a dar síntomas de quiebra. Mantiene su alegría, ahorrando a su mujer y a sus hijos hasta el menor gesto de preocupación o de amargura. A causa de una competencia desleal, que se aprovecha de su rectitud, va perdiendo terreno en el negocio, que ya no se remonta. La ruina familiar es un hecho que llegará rápido, si no se reconocen algunas primacías y derechos.

Josemaría hablará siempre, en el inmenso cariño por su padre, de este tiempo en que la demolición de su amplia economía le fue cercando inexorable; de la falta de ayuda y confianza por parte de quienes habían recibido favores constantes; de la fortaleza con que don José y doña Dolores se van a enfrentar a la sucesión de soledad y pérdidas materiales.

Un día están jugando a las cartas Carmen y sus amigas. Han logrado un castillo de naipes con difícil equilibrio. Josemaría entra de pronto en la habitación y con un pequeño golpe se lo tira. Las chicas no pueden ni creerlo; no va con su carácter.

-«¿Por qué haces eso?», le preguntan enfadadas.

Y todavía hoy recuerdan la respuesta, profunda, de un niño al que duelen los acontecimientos:

-«Eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira»(17).

La doncella y la niñera tienen que abandonar a la familia. Doña Dolores se hace cargo de las tareas de la casa. No pierde la calma. Cuida bien a todos y no escatima esfuerzo que pueda aliviar la situación: «sin alargar el brazo más que la manga», dirá por lo castizo, seria pero sonriente.

Acogiéndose a disposiciones legales, don José puede quedarse con su patrimonio familiar, pagando a los acreedores sólo con el capital de la empresa. Un religioso llega a aconsejarle en este sentido, asegurándole que el problema moral no existe en su caso. Pero don José no accede. Su patrimonio va a enjugar deudas y créditos sin que nadie quede sin recibir lo estipulado. De la entereza de este hombre no brota un reproche, ni una sola queja para los que han fraguado su derrota. Le duelen el silencio y la crítica que rodean sus decisiones. Pero está decidido a cumplir con lo que le dicta su conciencia.

Josemaría siente rebeldía ante la situación. Se ve humillado al comprobar cómo han de estrechar sus posibilidades, y le hieren los comentarios tontos o malignos de sus compañeros de juegos y de estudios. Años más tarde, aprenderá el designio del Cielo en todo ello y alabará la entereza, la estricta honradez cristiana de su padre. También intuirá que Dios hizo sufrir a los que más quería para que fuese escuela y yunque donde pudiera descubrir la raíz auténtica de la valentía.

Antes del verano, en marzo de 1915, don José se traslada a Logroño en busca de trabajo y de un lugar adecuado para llevar a su mujer y a sus dos hijos. Trabajará como empleado en una tienda de tejidos, cuyo material conoce. Organiza el nuevo curso de su vida sin perder la simpatía, la confianza, y una sonrisa especial que no abandona nunca.

Josemaría cursa el tercer año de Bachillerato en el Colegio de los Escolapios y se examina en Lérida. Es el recorrido anual de los alumnos de Barbastro. Doña Dolores desmonta la casa donde ha puesto tanto amor y alegría. Se llevan cuanto pueden: cuadros, muebles, vajillas, libros, recuerdos de familia y baúles con buena lencería. Carmen presagia una despedida definitiva cuando dice adiós a sus amigas de colegio, para irse a Fonz, en julio de este mismo año. Y en septiembre, montan en una repleta diligencia, camino de Logroño. Barbastro se queda atrás perdido en su perfil de Somontano. Doña Dolores no quiere despedirse por si el cariño al lugar le traiciona en el arranque del último momento. Sólo las pequeñas, que ya no lo son tanto, Adriana y Esperanza, Conchita Camps, Sabina Cortés y Lola Bosch, acuden a dar su abrazo a Carmen(18).

En casa de los Escrivá, la actividad habitual ha quedado en silencio y apagada. En la calle Argensola se han oído, por última vez, los pasos conocidos. Una nueva etapa de amor, de entrega y de trabajo, les espera.

A Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en el año 1904, y el hogar de los Escrivá y Albás ve crecer con normalidad a Carmen y Josemaría. Pero el dolor va a ser protagonista de la casa en breve plazo. Un día, el pequeño amanece gravemente enfermo.

Don Santiago Gómez Lafarga, médico amigo de la familia, acude y examina a Josemaría. También lo hace el doctor don Ignacio Camps Valdovinos. Se trata de un cuadro infeccioso maligno; la fiebre es alta, los tratamientos sólo paliativos. Temen lo peor. Por esta época, en España, la mayoría de los niños que se ven aquejados por un cuadro semejante mueren en pocas horas.

Sus padres permanecen junto al lecho sin otra solución que esperar el desenlace. Los médicos han dicho que no hay remedio alguno: el niño ha de morir en breve plazo.

Y es aquí y ahora, en este momento solitario en que una madre está junto a su hijo que agoniza, cuando el corazón de doña Dolores se vuelve suplicante a la escarpadura de los montes. En un lugar natural, casi salvaje, junto a las crenchas de la roca pirenaica y el agua resonante del Cinca, hay una Virgen, románica de origen, que tiene un Niño entre las manos. Y desde largos años, los campesinos, letrados, hombres de ciudad, de lejos y de cerca, le han confiado males incurables.

Sin esperanza alguna en la ayuda de los hombres, esta mujer pide la curación a la Virgen morena y milagrosa de “Torreciudad”. Que así se llama la atalaya donde la Señora se hace cargo de la fe y del dolor de los que la reclaman.

Es de noche, y los doctores han pronosticado que el niño no llegará a ver un nuevo día. Todos en la casa velan el estupor inquieto del pequeño. Apenas un ruido rompe lo. quietud de la plaza de Barbastro. Pasan las horas despacio. Cuando el sol asoma sobre el Pirineo, el niño duerme tranquilo bajo el cuidado constante de sus padres. La fiebre ha desaparecido. -

La ciudad pone en marcha el quehacer del nuevo día, y don Ignacio Camps acude al hogar de los Escrivá. Su voz tiene un interrogante resignado:

-«EA qué hora ha muerto el niño?».

Le responden, gozosos, don José y doña Dolores:

-«No sólo no ha muerto, sino que está perfectamente»(4)

La alegría inunda la casa. El pequeño está curado. Tiene fuerzas y se sostiene perfectamente en pie, agarrado a los barrotes de madera de la cuna.

Doña Dolores, de acuerdo con su marido, ante el pronóstico inicial, había hecho una promesa: si se cura, cuando llegue el tiempo menos frío subirán los dos con Josemaría haciendo la larga y dura caminata que siguen los romeros, desde siglos, para llegar a la roca de “Torreciudad”. A partir de ahora, están llenos de seguridad y de confianza: su hijo vivirá. Y un día, en el correr del tiempo, ese hijo sabrá agradecer a la Virgen montañera la gracia de la salud y de la permanencia en el apasionante mundo de los hombres.

Años más tarde, su madre contará a Josemaría cómo fue aquella primera ascensión camino de los barrancos pirenaicos. Iba doña Dolores a lomos de una mula aderezada con silla a la española. Fuerte la albarda y prieta la cincha; ronzal y bocado bien seguros. El niño, envuelto en una manta flexible y abrigada. Y don José Escrivá delante, cuidando todos los pasos del camino.

Son incontables las almas que han podido andar aquellos peñascales, camino de un favor, desde que la Señora domina aquel paisaje. Dice el historiador López Novoa (1861)(5), al hablar de la Virgen de Torreciudad: «ha sido grande la devoción que siempre se le ha tributado, y muchos los prodigios y milagros que se le atribuyen».

Está la ermita de Nuestra Señora de los Angeles de Torreciudad en un lugar quebrado, apuntalada en la roca que se adelanta sin miedo hacia el abismo. Dice una tradición popular que, en 1084 -poco después de la reconquista de aquellos lugares-, comenzó a venerarse cerca de Bolturina una imagen hecha de una pieza, de madera de álamo o carrasca, y a cuyo alrededor se arropaban los cristianos en tiempos de guerra contra la invasión árabe. Los castillos del Grado y Torreciudad, frente a frente, defendían la salida del río Cinca como dos buenos guardianes y vigías de las riberas y huertas que empiezan más allá de esta angostura. Todavía queda en pie una torre cilíndrica junto a la orilla izquierda que, aunque ya herida por el tiempo, se resiste a caer y amontonarse en el olvido. Aún aploma sus veinticinco metros de altura sobre un círculo de cuarenta pasos, por metro y medio de espesor en el muro circular.

A pesar del ejército cristiano y de los dos centinelas instalados en las peñas, los árabes llegaron hasta el valle y la Virgen empezó, en el siglo XI, la oscuridad de su primer exilio. La imagen había sido escondida algunos años antes, cuando el lugar permanecía aún bajo el dominio árabe, en una oquedad profunda y peligrosa para que nadie pudiera descubrirla. Sólo el vuelo seguro de las águilas y el rumor pedregoso de las aguas del río la acompañaron durante un lapso de tiempo que fue largo. Cuando la breña volvió a poder de los cristianos se encontró la imagen, a medio cubrir por su escondite, y se dio cuenta gozosa del hallazgo(6).

La talla, obra de un artista popular de segunda mitad del siglo XI, tiene una grave sencillez fijada en la madera oscura; está sentada en una silla y con el Niño Jesús delante de su pecho. Las manos de la Señora protegen al Hijo en ambos lados; él tiene actitud de bendecir con la derecha y sostiene en la otra un libro abierto. Sancho Ramírez, conquistador del Reino frente al sarraceno, se ocupó de que la antigua mezquita pasara a ser iglesia ermitaña de la imagen; quiso también que los artistas restaurasen las inclemencias que el tiempo y abandono habían dejado declinar sobre la Virgen. Por eso se cubrió, desde esta fecha, con estofado y yeso en abundancia que sirviera de base a la policromía(7). Y así se encontraba dentro de la ermita, cuando don José Escrivá y doña Dolores Albás decidieron llevar a su segundo hijo en aras de agradecimiento. Como un cantar místico y sencillo de Berceo, allí está la Señora, grave, ingenua y sonriente. Como el entorno.

Veinticinco kilómetros largos hay desde Barbastro a “Torreciudad”, y en trechos muy frecuentes, ya cerca de la ermita, el camino se vuelve peligroso. Las caballerías van con paso lento, tanteando el sendero, porque hay grietas escondidas que se abisman desde cuarenta o cincuenta metros de su altura. El aire sopla fino y juega, en el silencio, a mover el tomillo y la retama. Huele a monte y a río, a campo abierto. Y se oye rezar a los que avanzan, camino de la ermita, para pedir un don o agradecer lo que ya ha sido recibido.

Doña Dolores lleva a Josemaría en su regazo. El niño está ya sano y fuerte; el camino, aunque difícil, no ha cansado a ninguno de los dos. Aparece la ermita. Allá lejos se asoma el Pirineo.

A la Virgen de Torreciudad presentan el pequeño que ha estado a punto de morir sólo unos meses antes. Saben que pertenece por entero a la Señora, que ha querido dejarle sobre el mundo. Y, con generoso arranque, vienen a entregarlo en manos de la Reina de los Angeles, para que sea respaldo y garantía que proteja la vida de su hijo.

Fuera suena el eco de la campana, entre bronco y festero, por las encrucijadas; parecen contestar desde los puntos cardinales del cielo las del Grado, Puy de Cinca, Clamosa, Mipanas, La Penilla y San justo. Vuelven los romeros camino de Barbastro una vez descansados, cuerpo y alma, a la Hostería.

Don José Escrivá, con su alegría inalterable, espanta los miedos que pueden aparecer por la angostura del sendero. Es hombre de palabra: si doña Dolores empeñó una promesa con Nuestra Señora, ahí los ha traído a los dos al pie de su atalaya. El camino de vuelta es doblemente feliz, porque tras ellos viene ya la protección de la Señora. Empieza a atardecer sobre Barbastro: todo presagia paz. Misión cumplida.

En los hospitales de Madrid

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tres son los hospitales que reciben la visita constante, la atención sacerdotal de don Josemaría Escrivá de Balaguer hasta el año 1934: el General, el de la Princesa y el llamado Hospital del Rey. El primero existe en la capital desde el siglo XVIII; su arquitecto, don José Hermosilla, fue quien trazó los planos del primitivo diseño, al mismo tiempo que acondicionó y convirtió en parque público el Paseo del Prado que, anteriormente, aparecía como un vertedero de residuos. Carlos III, «el mejor Alcalde de Madrid», abordó la tarea ingente de su construcción. El Hospital General, también llamado Provincial, ocupa una manzana limitada por cuatro calles y una plaza. Está localizado en la calle Santa Isabel, próxima a la de Atocha, popular vía madrileña, en la que comerciantes y estudiosos compiten desde las primeras horas de la mañana.

El edificio tiene seis plantas, con enormes ventanas defendidas por reja de forja vizcaína; galerías abovedadas que se apoyan en pilares de granito y amplísimas salas comunes en las que se alojan más de mil trescientas camas. El conjunto se abre a un jardín central. Muchos hitos científicos se dan cita en este Hospital: el uso del cloroformo en cirugía, la novedad del termómetro clínico, la terapéutica con suero antidiftérico y la instalación del primer aparato de Rayos X en España.

Este centro sanitario pronto resulta insuficiente para una ciudad que alcanza el medio millón de habitantes a mediados del siglo XIX. Se decide entonces crear el Hospital del Norte, próximo al parque de Monteleón, junto al paseo que venía llamándose de Areneros por los carros que bajaban a su través a recoger arena del río Manzanares. El proyecto se tramita lentamente, hasta que, el 2 de febrero de 1853, la Reina Isabel II sale ilesa de un atentado y decide, en acción de gracias, construir este centro de beneficencia bajo el nombre y patronazgo de su hija, nacida unos días antes. La Princesa de Asturias, María Isabel Francisca, será años más tarde la castiza Princesa Isabel, y el Hospital se ha de conocer, para siempre, con el nombre familiar de «la Princesa». Estuvo dotado inicialmente con ciento cincuenta camas, pero en el transcurso de la regencia de doña María Cristina el número se amplió hasta llegar a un total de dos mil enfermos ingresados.

A pesar de la importancia de tales centros, en 1925 las instalaciones sanitarias que hay en la capital de España pueden considerarse insuficientes. Al problema hay que añadir la desconfianza ancestral que el español ha sentido, hasta hace pocos años, por el tratamiento en los hospitales. Resultaba inconcebible que el manejo del enfermo por personas ajenas pudiera compararse con el que se le dispensaba en su propia casa, aunque fuese muy pobre. En los establecimientos sanitarios se hacinarán únicamente los enfermos desahuciados, variolosos, tísicos, gangrenados y tuberculosos antiguos, que prolongan su vida pero no llegan a curarse.

En estas circunstancias se inaugura en Madrid el Hospital del Rey, dirigido en su planificación general por don Gregorio Marañón. Se construye al norte de la Ventilla, cerca de Tetuán de las Victorias. Hasta esos terrenos de desmonte llegan, a diario, los traperos que vierten las basuras de Madrid transportadas pacientemente en un pequeño carro tirado por un borrico. Así, los alrededores tienen el aspecto de un enorme basurero siempre en estado de fermentación. Salpicadas entre los vertederos pueden verse casuchas de endeble y varia construcción: en ellas viven hombres y mujeres con sus hijos, mezclados con animales domésticos, que convierten el espacio casero en un auténtico corral.

Por delante del Hospital, que se encuentra a siete kilómetros del centro de Madrid, pasa la carretera de Fuencarral. Y también un ferrocarril de vía estrecha conocido con el afectuoso e irónico nombre de «la Maquinilla». Se trata de un tren lento, que hace el trayecto Madrid-Colmenar y que emplea aproximadamente una hora en llegar de Fuencarral a Cuatro Caminos. Su misión fundamental consiste en acarrear adoquines de granito para urbanizar las calles. La mayor parte de las veces se engancha un último vagón, con estrechos asientos de madera que sirven para trasladar, entre frenazos y balanceos, a los viajeros que suben. Además, existe un tranvía que hace su trayecto por la Ciudad Lineal. La compañía empleará los más modestos de todos sus vehículos disponibles, ya que esta zona se encuentra en el extrarradio. Son proverbiales los chirridos y parones de este carruaje metálico que avanza echando chispas por el trole.

El director del Hospital del Rey es, en este tiempo, don Manuel Tapia. Este Centro está dedicado exclusivamente a enfermos infecciosos. Pronto tendrá dos pabellones repletos de tuberculosos: uno del propio Hospital del Rey y otro, adyacente, inaugurado en 1917, y con autonomía de funcionamiento, denominado Victoria Eugenia. La Reina había instaurado el Patronato y era su Presidenta de honor.

Todas estas instituciones sanitarias están atendidas por médicos de gran prestigio, enfermeras e Hijas de la Caridad. Multitud de estudiantes acuden a presenciar las clases y actuaciones de científicos relevantes como Olivares, Villa, Madinaveitia, Cortezo, Morales, Blanc, Cifuentes.

Junto al dolor de los enfermos, cerca de la abnegada labor de todo el personal sanitario y entre el bullicio y la inquietud intelectual de profesores y alumnos universitarios, don Josemaría Escrivá de Balaguer va a entrar en el ambiente derrochando entrega y vocación sacerdotal.


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