El Papa: “Sed anticonformistas”

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Benedicto XVI ha recibido en Audiencia en la Basílica de San Pedro del Vaticano a los más de 3.500 jóvenes que participan en el Forum UNIV. El Santo Padre les ha sugerido que para cambiar el mundo “primero, cambiéis vosotros mismos”. Palabras del Papa y fotos de la audiencia.

Opus Dei - Un momento de  la audiencia celebrada hoy en la basílica de San Pedro.

Un momento de la audiencia celebrada en la basílica de San Pedro.

El Santo Padre ha dicho a los jóvenes que “sólo un serio empeño personal inspirado en los valores del Evangelio, os permitirá responder de modo adecuado a los grandes interrogantes del tiempo presente”. El Papa ha animado a los jóvenes a poner la propia libertad personal al servicio de la verdad.

Benedicto XVI ha continuado: “Ser amigos de Cristo y dar testimonio de Él allí donde nos encontremos, exige el esfuerzo de andar contracorriente, recordando las palabras del Señor: Estáis en el mundo pero no sois del mundo (Jn. 15, 19). Por lo tanto, no tengáis miedo cuando sea necesario ser anticonformistas en la Universidad, en el colegio, o en cualquier lugar”.

“Queridos jóvenes del UNIV -ha añadido el Papa-. Sed sembradores de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús, tal vez sin ni siquiera darse cuenta. Para mejorarlo, esforzaos sobre todo por cambiar vosotros mismos, por medio de una vida sacramental intensa, acercándoos especialmente a recibir el sacramento de la Penitencia, y participando con más frecuencia en la celebración de la Eucaristía”.

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“Sed sembradores de esperanza en este mundo que anhela encontrar a Jesús”.

Benedicto XVI ha terminado su intervención con estas palabras: “Encomiendo a cada uno de vosotros y a vuestras familias a la Virgen María, que no cesó nunca de ver el rostro de su hijo Jesús. Sobre cada uno de vosotros invoco la protección de San Josemaría y de todos los santos de vuestros países. Y de corazón os deseo una Feliz Pascua”.

Testimonios públicos de judíos sobre San Josemaría

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A) Testimonio de Viktor E. Frankl
Judío, prestigioso psiquiatra y autor del libro “El hombre en busca de sentido”, donde relata sus terribles experiencias en un campo de concentración nazi

Debo al profesor Torelló que Monseñor Escrivá de Balaguer nos recibiera a mí y a mi mujer, y el haber tenido así ocasión de hablar con él un rato.

Si debo decir lo que de su persona me fascinó particularmente fue ante todo la serenidad refrescante que de él emanaba e iluminaba toda la conversación; después, el ritmo inaudito con que su pensamiento fluye y, finalmente, su asombrosa capacidad de contacto inmediato con sus interlocutores. Evidentemente Monseñor Escrivá vivía totalmente en el instante, se abría a él completamente y se entregaba a él del todo. En una palabra, para él debía poseer el instante todas las cualidades de lo decisivo (‘Kairos-Qualitätem’)

B) Testimonio de Julian L. Simon
Judío, profesor de Administración de Empresas en la Universidad de Maryland, doctor Honoris Causae por la Universidad de Navarra.
Se trata de una carta (22-IX-1997) dirigida al Editor del Washington Post Book World, a raíz de la reseña de la versión inglesa del libro de María del Carmen Tapia. Traducimos algunos párrafos:
Las personas del Opus Dei que conozco, nunca me han preguntado por mis creencias religiosas. Creo adivinar dos razones para su comportamiento: 1) la delicadeza, porque saben que soy judío; y 2) la sensación de que soy una persona irreligiosa por naturaleza. Ellos simplemente me tratan como una persona de bien que les ha provisto de unos conocimientos científicos que encuentran valiosos. (…)

La mayoría de esas personas deslizan en ocasiones una consideración espiritual que yo no comparto. Pero esa espiritualidad no se ve diferente que la exhibida por muchas personas religiosas que conozco de diversas denominaciones.

C) Rabino Prof. Angel KREIMAN BRILL
Presidente de la Confraternidad Judeo-Cristiana de Chile y delegado para Hispanoamérica del International Council of Christian and Jews.

Es un rabino, cooperador del Opus Dei. Publicó un libro (La Iglesia dialoga con la sinagoga) que quiso presentar en el Congreso sobre el centenario del nacimiento de San Josemaría Escrivá, que organizó la Universidad Austral de Argentina el 29 de junio. El libro fue presentado por el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer.

Ángel Kreiman es argentino y vivió en su tierra hasta el fallecimiento de su esposa Susy en el atentado contra la sede de la AMIA, Institución central de la Comunidad Judía de Argentina. Kreigman vive actualmente en Chile, donde fue Gran Rabino durante veinte años.

Además de abogado y doctor en jurisprudencia, el autor es «doctor honoris» causa en Teología por el Seminario Teológico de América.

Cuando le preguntan a Kreiman Brill por qué es cooperador del Opus Dei, el rabino contesta: «Me motiva de manera especial la idea de santificar el trabajo y hacer presente a Dios, en cada una de nuestras actividades tratando de perfeccionarnos y perfeccionar la obra del Creador por ser nosotros cooperadores o socios de Dios en la obra de la creación».

A continuación, transcribimos el contenido de su intervención “El trabajo santo y la santidad del trabajo”.
El Señor Todopoderoso se manifestó como Creador de la Humanidad haciendo su trabajo durante seis días. Según la tradición de Israel, el instrumento de trabajo con que realizó su labor es su Verbo, la Torah, anterior a la Creación misma, pero esencia del Creador. Toda la Creación fue hecha para goce y regocijo del ser humano, que lleva la imagen y semejanza de Dios. Y la obra del Creador finalizó con la creación del descanso llamado Shabbat. “Se trabajará seis días, pero día séptimo será día de descanso completo, dedicado a Yahveh… Los hijos de Israel guardarán el sábado y lo celebrarán por todas las generaciones… Será entre mí y ellos una señal perpetua, pues en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, y el séptimo día cesó en su obra y descansó” (Éxodo, XXXI, 15-17).

Como precepto más sagrado de la religión judía, la observancia del descanso sabático está basada, pues, en el deber de trabajar durante seis días, los mismos que había durado la Creación. Según el Génesis, Dios puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cuidase y cultivase. Por tanto, considerado en su origen, el trabajo no es un castigo, sino un deber que lleva consigo la bendición divina.

Esto es lo mismo que nos dice Mons. Escrivá de Balaguer en el número 482 de su libro Surco: “El trabajo es la vocación inicial del hombre; es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo. El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso ‘ut operaretur’, para que trabajara”.

Cuando el cuarto precepto del Decálogo dispone (Ex. XX, 9 y s.): “Seis días trabajarás, y en ellos harás todas tus obras; pero el séptimo día es día de descanso, consagrado a Yahveh, tu Dios”, está dejando muy claro que no es posible cumplir con el precepto del Shabbat si no se ha cumplido antes el deber de trabajar.

Cumplir bien este deber es tanto como santificar el trabajo, y con ello actuar el hombre según su condición de imagen y semejanza de Dios. Así lo explica también el Beato en el núm. 520 del mismo libro: “Algunos se mueven con prejuicios en el trabajo: por principio, no se fían de nadie y, desde luego, no entienden la necesidad de buscar la santificación de su oficio. Si les hablas, te responden que no les añadas otra carga a la de su propia labor, que soportan de mala gana, como un peso. –Ésta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y -con Él y como Él- servir a los demás”.

En hebreo, la palabra correspondiente a “trabajo” –avat– se aplica también al culto religioso; de tal manera que entendemos la adoración como trabajo santo, y el trabajo mismo como santa adoración. En Pirke Avot, el tratado ético del Talmud, Rabi Shimon el Justo dice: “Sobre tres pilares se sostiene el mundo: la Torah [Ley, Luz, Verbo Divino, Pentateuco]; la Avoda [trabajo, culto divino, servicio], y la práctica del bien entre los hombres”. Este principio talmúdico nos está dejando claro que el verdadero servicio a Dios se logra a través de la santificación del trabajo diario.

Por su parte, el Beato relaciona el trabajo con la oración cuando en Surco, núm. 497, dice: “Trabajemos, y trabajemos mucho y bien, sin olvidar que nuestra mejor arma es la oración. Por eso, no me canso de repetir que hemos de ser almas contemplativas en medio del mundo, que procuran convertir su trabajo en oración”.

En otro párrafo del tratado antes citado, Rabi Tarfón escribe: “El día es corto; el trabajo, inmenso; los obreros, indolentes; el salario, considerable, y el Empleador [divino], exigente”. Por ello se entiende que Mons. Escrivá de Balaguer diga en el núm. 49 de Forja “Cualquier trabajo, aun el más escondido, aun el más insignificante, ofrecido al Señor, ¡lleva la fuerza de la vida de Dios!”.

Queda claro, por tanto, que el hombre es socio de Dios en la Creación, y continúa Su obra mediante su trabajo diario. Como conclusión, debemos entender que, si bien son mucho los conceptos del Beato basados en la tradición talmúdica, que muestran su profundo conocimiento de lo judío y su “amor apasionado”, como él decía, por Jesús y María, lo que acerca más al Opus Dei al Judaísmo religioso es, indudablemente, la vocación de servir al Dios Creador por medio del trabajo creativo del hombre, y perfeccionar cada día la obra del Creador a través del perfeccionamiento del hombre en su trabajo.

D) Simón Hassán Benasayag
Presidente de la Comunidad Israelita de Sevilla en 1992
Palabras publicadas en el ABC de Sevilla, el 12 de enero de 1992, pag. 40, en un artículo que llevaba como título “Respeto a la verdad”:

“Parecía que ya no se podría decir nada nuevo sobre el Opus Dei y la invención del nazismo o antisemitismo del fundador alcanza las cumbres más altas de la fantasía. Por lo que me consta, el fundador del Opus Dei no habló nunca mal de los judíos; está claro que a monseñor Escrivá se le quiere identificar, aprovechando la noticia de su beatificación, con el nazismo y posturas ideológicas de este signo”.

E) Ben Haneman
Médico y profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de New South Wales. Actualmente, vive en Sidney, Australia.

“Por ser judío, creo en Dios y, por tanto, en el hombre y su espiritualidad. Cualquier iniciativa guiada por motivos espirituales más que materiales, tiene automáticamente mi ayuda. En las labores educativas promovidas por personas del Opus Dei encontré hombres y mujeres preparados que desempeñan su trabajo con este fin: inyectar vida espiritual a este mundo nuestro. Congenio muy bien con este ideal. Ser cooperador ha sido para mí una gran ayuda, mi vida se ha enriquecido y no me ha supuesto ningún problema con respecto a mi condición de judío”.

Barbastro. Una caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

—De esta noche no pasa —dijo el doctor Camps.

Aquello fue un mazazo para los Escrivá, un joven matrimonio de Barbastro: su hijo pequeño, Josemaría, se les moría sin remedio. Aquella noche de 1904 le velaron hasta la madrugada, contemplando su rostro dormido y trémulo por la fiebre.

Había nacido dos años antes, el 9 de enero de 1902, y lo habían bautizado enseguida, como de costumbre. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.

Pero no perdían la esperanza. Su madre, Dolores Albás, había prometido a la Virgen que, si se curaba, lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad.

Y así pasaron la noche, rezando, llenos de fe, esperando el milagro.

El doctor Camps llegó a primera hora de la mañana. Pensó que, para ahorrarles la pena de que tuvieran que comunicárselo, lo mejor era preguntar directamente:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡El niño —le contestaron, emocionados— está perfectamente!

Sus padres cumplieron la promesa y le llevaron a Torreciudad. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo.

Fue la primera caricia de la Virgen con Josemaría Escrivá. Con razón le comentaba su madre, años después:

—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Salvo ese momento crítico, los primeros años de Josemaría fueron serenos y apacibles. Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención.

Agradeció siempre a Dios la educación humana y cristiana que le dieron sus padres: Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. Y, el día de la Asunción (…), era cosa obligada adorar (así decíamos) a la Virgen de la Catedral .

Su infancia fue parecida a la de tantos niños de aquel Barbastro de comienzos de siglo XX: risas y correteos por la Plaza del Mercado, tablas y más tablas de multiplicar en el Colegio de los Escolapios y unos viajes fantásticos en las noches de invierno hasta el centro de la Tierra, o la mismísima Luna, de la mano de Julio Verne. Fue un niño como tantos otros: bueno, generoso, obediente y con los inevitables caprichos y rabietas que sus padres corrigieron con paciencia. Porque los santos no nacen: se hacen.

Se hacen correspondiendo, en lo grande y en lo pequeño a la voluntad de Dios. Y Dios quiso que Josemaría conociera pronto el misterio del dolor: entre 1910 y 1913 —desde los ocho a los once años— fueron muriendo, por enfermedad, sus tres hermanas pequeñas.

Madrid. El crisol del dolor

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El 19 de abril de 1927 se trasladó a Madrid, con permiso de su Arzobispo, para hacer el doctorado en Derecho. Pero, como señala Pedro Rodríguez, en la realidad profunda es Dios quien lo llevó a esa ciudad para darle a conocer su Voluntad.

En Madrid, el tiempo que pensaba dedicar a la tesis cedió pronto ante el reclamo de las almas, y a partir de junio de aquel mismo año comenzó a trabajar como capellán del Patronato de Enfermos, una institución de beneficencia dirigida por unas religiosas, las Damas Apostólicas. Iba a enjugar lágrimas, a ayudar a los que necesitaban ayuda, a tratar con cariño a los niños, a los viejos, a los enfermos; y recibía mucha correspondencia de afecto y alguna que otra pedrada.

Gastó en estas tareas los mejores años de su juventud: Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada.

No olvidaría nunca la miseria de las corralas madrileñas, donde se hacinaban familias enteras en cuartos insalubres y minúsculos. Ni los estragos de la tuberculosis, entonces incurable. Y aquellos niños de los suburbios, vestidos con harapos, que temblaban de frío entre el fango y los desperdicios. Dedicó muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poquito aquellas pobres almas.

Seguía rezando por aquel querer divino, aún desconocido: Cuando yo tenía barruntos y no sabía lo que era, decía gritando, cantando, ¡como podía!, unas palabras (…) he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? Y la contestación: (…) aquí estoy, porque me has llamado.

¡Todos santos!

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Todos santos: ésta es una expresión fundamental para comprender el mensaje que don Josemaría había recibido y que intentaba hacer realidad en los cinco continentes lo antes posible. Soñaba con miles –con millones— de cristianos que vivieran su fe con plenitud en todos los enclaves de la tierra, levantando la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Soñaba con hombres y mujeres de los más diversos ambientes, situaciones y culturas, que fueran testigos del Evangelio; con cristianos capaces de impulsar, en servicio de la Iglesia, junto con muchas otras personas, mediante su apostolado de amistad, cientos, miles, de labores apostólicas: escuelas para campesinos, dispensarios para gentes necesitadas, universidades y centros culturales, centros de promoción humana y espiritual…

Soñaba y sabía —con plena certeza, ¡lo había visto!— que eso se haría realidad con gentes de todo tipo y condición, de todas las razas, de todas las profesiones, de las más variadas costumbres y mentalidades. Pero luego… miraba a su alrededor, y se veía, humanamente, solo, sin nada. Pobre. Incomprendido. Sin experiencia.

Durante los primeros seis años de la Obra —recordaba años más tarde— me encontraba casi solo. Y no dudada en reconocer: Fueron años fuertes, duros.

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

MÉXICO. Trabajando con campesinos

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

A lo largo de kilómetros y kilómetros, viajando hacia el Sur de México City, en el Estado de Morelos, el sol castiga con fuerza tierras blanquecinas y polvorientas, cansadas de producir, durante siglos, alubias y maíz. Campesinos andrajosos con ropas de arrugado algodón pasan junto a nosotros, cargados con grandes haces de leña o balanceándose a lomos de un asno. El calor salvaje se desperdicia aquí; poca humedad puede extraer de la tierra. Pero a medida que nos acercamos a una antigua hacienda próxima a una pequeña ciudad, Chalcantzingo, los campos empiezan a verdear y el paisaje revive. La gran cúpula y las dos torres de una antigua iglesia dominan un pequeño conjunto de edificios con los muros enjabelgados y tejas y ladrillos rojos. Bajo un árbol corpulento, a la entrada de la hacienda, una mujer india y su hijito tratan de hacer caer un fruto con un palo muy largo. Estamos en Montefalco, un centro del Opus Dei cuyos miembros trabajan para promocionar a los campesinos de la zona.

Montefalco era una próspera plantación de azúcar que fue arrasada e incendiada por las tropas de Emiliano Zapata durante la revolución de 1910. Los miembros nativos del Opus Dei dicen, en broma, que Zapata fue el primer cooperador mexicano del Opus Dei, pues gracias a él los propietarios les cedieron las ruinas en 1949.

Al principio, la donación fue más bien un compromiso que un beneficio. Los edificios estaban derruidos y comidos por la jungla y los campesinos que vivían allí eran miserables. Sin embargo, tras años de duro trabajo de muchos voluntarios, Montefalco se ha convertido en un lugar hermoso, exhuberante, lleno de contrastes de colores y matices, viejo y nuevo. La Plaza Mayor, del tamaño de un campo de fútbol, está flanqueada por dos casas de retiros, la vieja iglesia, un albergue o posada y dos escuelas.

El segundo desafío de Montefalco, elevar el nivel de vida de los campesinos, era tan urgente como la reconstrucción de los edificios. Cuanto Montefalco era una plantación de azúcar, una serie de canales traían el agua desde las cumbres nevadas del volcán Popocatépelt. Pero una ciudad situada más arriba necesitaba agua, así que dejó de llegar al valle de Amilpas. ¿Por qué la gente de Amilpas no trató de evitarlo? “Lo intentamos -me explicó un campesino-. Nos quejamos, y entonces nos dijeron que nos darían agua, sí pero a balazos…” La ciudad era grande y tenía muchos hombres capaces de disparar, así que los campesinos de Montefalco se quedaron tan sólo con el agua que caía del cielo en la estación de las lluvias.

El valle de Amilpas se convirtió en una de las zonas de México con más cuatreros. Durante los ocho largos meses de la estación seca, los hombres pasaban el tiempo bebiendo y montando toros. Las riñas familiares eran frecuentes.

Pero las gentes del valle de Amilpas tenían también un lado bueno: la fe profunda que ayudaba a muchos a sobrevivir en medio de la pobreza. Uno de los sacerdotes de Montefalco, don José Adolfo Martínez, me contó un incidente ocurrido a raíz de su llegada, en 1960. Los aldeanos habían ido a pedirle que organizase una procesión para pedir que lloviera. Llevaban con ellos una enorme imagen de Cristo crucificado a la que llamaban “la cruz de la señora anciana”. Don José Adolfo aceptó de mala gana, pero advirtió a los aldeanos que si Dios había dispuesto que no lloviera, no llovería. “No, padre -replicaron los indios-. Si salimos en procesión, lloverá.”

El sacerdote me confesó que se había sentido un tanto confuso yendo en procesión por las calles resecas bajo un cielo sin nubes, delante de una banda de desharrapados, cubiertos con lienzos de plástico en previsión de la lluvia, y me contó que un escéptico que estaba sentado en la puerta de su casa se echó a reír al verlos y gritó: “¡Me beberé todo el agua que caiga!”.

“Ni que decir tiene que, en cuanto terminó la procesión, empezó a llover a cántaros. Fue algo que me estremeció,” En el camino de vuelta, al pasar ante la casa del escéptico los fieles empezaron a gritar: ” ¡Bébetela! ¡Bébetela!”.

Cuando llegaron a Montefalco los primeros miembros del Opus Dei, los campesinos se mostraron recelosos. Algunos, sin embargo, sintieron curiosidad al ver lo que estaban cultivando y unos pocos aceptaron la invitación a estudiar técnicas agrícolas. Así surgió El Peñón, con sólo cinco alumnos. Hoy es una escuela que pone un especial empeño en enseñar agricultura moderna. En ella se enseñan también cosas prácticas, como el uso adecuado de fertilizantes o el aprovechamiento de la lluvia, sin olvidar cosas tan elementales como el estampar la propia firma.

Antes, los campesinos sólo cultivaban maíz y judías (frijoles). Ahora cultivan tomates, cebollas, zanahorias, etcétera. En el Peñón les han enseñado a hacerlo, y también a criar cerdos y pollos. Incluso tienen una cooperativa para intercambiar sus productos.

Un campesino que vive cerca de Montefalco, Juan García, solía recoger una magra cosecha anual de frijoles y maíz. En 1969, después de que su hijo estudiara en El Peñón, inició una granja con 3.000 pollos al año. Ahora son 500.000. Juan, embutido en un mono nuevo y limpio, me enseña las instalaciones. “Gracias a esto -me dice- hemos podido comprar un tractor e instalar agua corriente y tener cuarto de baño.”

En cuatro años (1961-1965), cuarenta estudiantes pasaron por El Peñón. En 1965, se inició un ciclo de tres años, al final del cual se concede un diploma. En 1971 comenzó la escuela secundaria. Ese mismo año, el gobernador del Estado de Morelos visitó Montefalco y quedó tan gratamente impresionado que concedió ayuda oficial para iniciar un curso de cría de ganado. Actualmente, el Peñón es una de las escuelas punta de México, que combina la enseñanza práctica y viva con grandes programas educativos en la televisión.

En 1959 se inició también una escuela femenina con clases de economía doméstica, gracias a la cual las campesinas han aprendido corte y confección, cocina, plancha, higiene y dietética. Un grupo de antiguas alumnas ha establecido un taller de confección que suministra ropa al por menor a México City. Un campesino, Miguel Angel Senedo, casado y con tres hijos, terminó en 1974 sus estudios en El Peñón. Con su padre y un hermano, ha empezado a criar ganado -cerdos y pollos-, cultiva guisantes y tomates y ha sustituido su buey y su asno por un tractor. Charlamos a la sombra de un moderno barracón. Cerca de unas aventadoras colgadas de la pared y de un aparato de radio que transmite música pop, hay un cuadro del Sagrado Corazón. Miguel me dijo que ahora todo iba bien, pero que hacía unos años había tenido problemas con su familia. Su padre, que bebía muchísimo, había caído enfermo. La familia estaba dividida. No se hablaban. Pero las cosas empezaron a cambiar cuando Miguel empezó a poner en práctica lo que había aprendido en El Peñón sobre la cría de pollos y de cerdos y la mejora de los cultivos. Empezaron a trabajar juntos y su padre también empezó a beber menos, hasta dejar la bebida.

“En el Peñón aprendí también cosas espirituales -me dice Miguel-. Y trato de ponerlas en práctica. Cuando trabajo, le digo a Dios que lo hago por Él. Por ejemplo, cuando siembro. Ahora acabo de recibir un lote de pollitos para engordar y ofrezco a Dios el trabajo que me van a dar, y le pido que lo haga bien. A veces mi pensamiento se aleja de Él, me distraigo a lo largo del día, sobre todo cuando estoy muy absorbido o muy cansado. Otras veces tengo pereza, y me digo: “En adelante no pienso trabajar tanto. Me lo tomaré con calma”. Pero entonces surge un problema y uno reacciona y dice: “No me olvides”.

Hay días en que vuelvo a casa tan cansado que no tengo ganas de hablar con nadie. Pero al día siguiente le pido a Dios que me ayude y procuro empezar de nuevo. En Montefalco hablan de esforzarse para hacer la vida agradable a los demás, y eso es lo que trato de hacer.”

Marcos Torres, miembro del Opus Dei, es un campesino que cultiva sus tierras y cría pollos en Jonacatepec. Caía la tarde y tenía abierta la puerta de su casa. Mientras hablaba, los chiquillos jugaban fuera, en la calle, esquivando los tractores que volvían del campo. Me dijo que en el Opus Dei le han enseñado que hacer apostolado significa ser amigo de los amigos. Hay que empezar desde el principio, no con los que ya van a Misa los domingos, sino con los que cobran el sábado y se van a la cantina y se gastan el salario en tequila. “Algunos amigos míos hacían eso. Cuando se lo gastaban todo, perdían la vergüenza y pedían más a cualquiera. Incluso iban a una granja ajena, de noche, y lo cogían. Sabían que hacían mal, pero lo hacían a pesar de todo.”

Marcos me contó que había tenido un amigo con ese problema y también con un problema de mujeres. Era católico, pero no practicaba. Su padre le había aficionado a las peleas de gallos, a montar toros y a ir a la cantina. “Tenía dos hijos ilegítimos -me dijo Marcos-, pero seguía siendo un hombre bueno, responsable en su trabajo. Yo creo que gracias a eso empezó a enderezar su vida. Le gustaba hablar de sus problemas. Yo solía ir a los toros con él y luego a tomar unas copas, pero procuraba no pasarme. Sabía que yo llevaba una vida limpia y que no tenía ninguna amante. Al cabo de un rato solía decirme que no se explicaba cómo era capaz de beber sin emborracharme. Yo le contestaba que no era tan difícil, que lo intentase. Como quiere mucho a sus hijas y quiere que sean buenas, una vez le dije que, viviendo como vivía, no podría darles ejemplo de vida. No le sermoneé; se lo dije tranquilo, con calma y se lo repetí muchas veces. El caso es que ha dejado de beber y ha renunciado a las mujeres. Está más cerca de su mujer y algunas veces va a Misa.”

Margarita Barranco vive cerca de Montefalco, en Chalcantzingo. Su casa no tiene más que una sola pieza, dividida en dos por una cortina, un cuarto de aseo de bambú y un rincón para hacer tortillas. Se quedó viuda a los pocos años de casarse, cuando acribillaron a balazos a su marido, junto a una iglesia de piedra que hay enfrente de su casa, al confundirle con otro individuo. Margarita, sola, tuvo que enfrentarse a la tarea de sacar adelante a sus cuatro hijos -tres chicas y un chico-, todos menores de seis años. Para ello cría cerdos y pollos, confecciona ropa, vende tortillas y trabaja a tiempo parcial en Montefalco, donde, según dice, le enseñaron a cultivar legumbres, cuidar las vacas y educar a los hijos.’

“Procuré enseñar a los chicos las cosas importantes, como ir a Misa, viviéndolas yo misma. Y cómo organizarse, y cómo tratar a la gente. Les enseñé lo que me decían en Montefalco: a estar contentos aunque se tengan problemas, y a ayudar a vivir a los que no tienen dinero. Cuando me despierto, ofrezco el día a Dios, y a lo largo de la jornada le vuelvo a ofrecer lo que me cuesta, y lo que algunas personas creen que no tiene importancia, como colocar las cosas en su sitio.”

Tras la muerte de su marido, algunos parientes de éste reunieron una gran suma para contratar a un pistolero que matara a los asesinos, algo que es corriente en el valle de Amilpas. Cuando Margarita se enteró, fue a suplicarles que no se vengaran. Ellos le dijeron que ya habían entregado el dinero al pistolero. “Pues entonces -replicó ella- dadlo por perdido.”

Quien me lo contó, me dijo que Margarita es muy tímida, pero que en aquella ocasión se mantuvo firme.

Bernardo Heredia llevaba años yendo por Montefalco. En comparación con los demás campesinos de la zona era un granjero acomodado, pues tenía veinte peones, pero pensaba que no era lo suficientemente rico como para ser del Opus Dei, pues un amigo le había dicho que la Obra sólo era para gente muy rica y muy culta. “Pero mi mujer empezó a asistir a las charlas que daban los sacerdotes del Opus Dei, y yo también, y entonces comprendí que estaba equivocado, que era para gente corriente. Era un ambiente serio, organizado, que invitaba a reflexionar. Creo que Dios no se equivoca nunca y me convencí de que había escogido al Fundador, Monseñor Escrivá, para que abriese este camino de santificación de las vidas de la gente corriente. La gente es como la tierra, llena de piedras y de peñas, y es difícil plantar nada en ella. Pero cuando se la limpia y se la abona, se hace fértil. Para mí, el Opus Dei ha sido quien me ha limpiado de piedras.”

Bernardo me dijo que una de las cosas que ha aprendido en el Opus Dei ha sido a no ser “católico de días de fiesta. He aprendido lo que es la unidad de vida, .que no tienes que hacer cosas raras para ser santo, que tus obligaciones. religiosas no se limitan a ir a Misa los domingos”. Antes, aunque iba a Misa, despreciaba a sus peones. “El Opus Dei me ha ayudado a darme cuenta de lo equivocado que estaba y me ha enseñado a tratarles mejor, con espíritu de servicio. Ahora los comprendo. Son como de la familia. Nos sentimos a gusto juntos.”

Bernardo mencionó un incidente en el que uno de sus mejores toros -premiado- resultó muerto. La venta de su carne le hubiese reportado buenos beneficios, pero renunció a venderla tras considerar que sus peones necesitaban más aquella carne que él el dinero. Me lo contó sin vanidad ninguna. Dijo simplemente que estaba agradecido a Dios por ayudarle a ver claro lo que antes no era capaz de ver.

Los indios mexicanos han ocupado siempre un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Muchos creen que ésa fue la razón de que la Virgen Santísima se apareciese al indio Juan Diego en Guadalupe, en el siglo XVI. Por entonces, los indios estaban recelosos y suspicaces con los traficantes que invadían sus tierras, por lo que los esfuerzos de los misioneros para convertirlos al cristianismo daban pocos resultados. Cuando la Virgen se apareció al pobre Juan Diego, dejó impresa su imagen en su tilma o delantal. La aparición se vio acompañada por una serie de símbolos que contenían un claro mensaje para los indios, de tal forma que en unos pocos meses se convirtieron millones de ellos. Entre las cuestiones inexplicables de la imagen de Guadalupe está la longevidad del tejido en que se halla impresa, que ha permanecido intacto a lo largo de los siglos, mucho más allá de su duración normal. La imagen, venerada por los católicos en el mundo entero, hace decir con orgullo a los indios: “Dios no ha hecho una cosa así por ningún otro pueblo”.

La Iglesia ha llevado a cabo una amplia labor social con los pobres de México a lo largo de los siglos. Durante años -especialmente mediante la labor de sacerdotes y religiosos- se ha esforzado en fomentar la causa de la justicia social entre ellos. Los miembros del Opus Dei consideran que lo que hacen forma parte de esa larga tradición de la Iglesia.

Una labor social de ese signo es la que están realizando en las montañas que hay al oeste de la ciudad de México, más allá de Toluca, en una hacienda llamada Toshi, donada a los miembros del. Opus Dei por una, antigua familia mexicana. Aunque no estaba en ruinas, como Montefalco, hubo que adaptarla a las nuevas necesidades. Entre los servicios que ofrece a los indios de los alrededores están las lecciones de cocina y de higiene para amas de casa y un club juvenil para chicas.

Cuando la visité era domingo y acudían mujeres indias de todas partes para comprar ropa y comida. La comida era gratis y la ropa muy barata; había además médicos y enfermeras para prestar servicio a quienes lo necesitasen. Algunas mujeres, endomingadas, iban sin embargo descalzas, llevando a un niño a sus espaldas.

María Garduño, Juana Flores y Margarita Pacheco habían caminado durante cuatro horas para proveerse de leche y queso para sus hijos. Julián Carmona, un anciano de rostro áspero y arrugado, casi ciego, era conducido, a lomos de un asno, por su nieta Alicia. Su mujer, Leonor, me dijo que acudían a Toshi regularmente para aprender a leer y rezar. Esta vez quería también comprar unos pantalones a su marido.

. Pascuala Martínez de Mejía tiene 69 años, diez hijos y es miembro del Opus Dei. Me dijo que al principio -1960- venía a Toshi por leche para su último hijo. Ahora, en su casa, aplasta maíz, hace tortillas, cuida de las vacas, los corderos y el asno. A mediodía lleva la comida al campo a su marido, que cultiva trigo y maíz. “El Opus Dei me ha enseñado a ofrecer a Dios todas esas cosas, a hacerlas bien y a rezar. Para mí, todo esto era nuevo al principio. Antes de venir aquí no sabía hacer más que la señal de la cruz.

También he aprendido a hacer apostolado. En estas colinas la gente toma demasiado pulpe, a veces cuatro botellas al día o más. Se emborrachan y pelean. Riñen con la mujer, con los hijos, con los amigos. Y no lo dejan. Yo trato de convencerles para que no beban tanto y cuando me encuentro con alguno que busca pelea, hablo con él y procuro calmarlo. A veces cambian, sobre todo los que rezan. Cambian, y nadie sabe por qué.”

En uno de los barrios más pobres de Ciudad de México hay una clínica oftalmológica para pobres fundada por un médico muy amable, el doctor José Pardo, en los años veinte. Las personas que allí acuden, sufren generalmente infecciones en los ojos causadas por la polución atmosférica de la ciudad. Actualmente se atiende a unos 400 pacientes diarios, lo cual ha hecho de ella la mayor en su género de toda Iberoamérica. La clínica, en la que trabajan bastantes miembros del Opus Dei, ha llegado a un acuerdo con la Universidad Panamericana (fundada en Mexico, D. F., por miembros y amigos del Opus Dei), para así poder ampliarla y ofrecer otros servicios.

El director, el doctor Carlos Vidal, miembro del Opus Dei, me explicó que “la razón por la que trabajamos junto con la universidad es que tenemos la misma meta: ofrecer a la gente más necesitada atención médica de calidad. El acuerdo permitirá ampliar nuestros servicios. Hasta ahora sólo teníamos fondos para mantenernos”.

El doctor Vidal me dijo también que la idea de convertirla en clínica universitaria la tuvo el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo, que acudió a la clínica para recibir tratamiento durante una, visita a México. Monseñor Del Portillo animó a toda la plantilla a establecer lazos de unión entre la clínica y la universidad. Y recordó que el Opus Dei ha contado desde sus comienzos, con las oraciones de los enfermos.

Y el doctor Vidal añadió: “Así construiremos la nueva clínica, con las oraciones de esta gente. Por eso no nos preocupa el dinero; sabemos que vendrá”.

Coral Palmer estuvo trabajando en la clínica como contable hasta que, a finales de los años setenta, se hizo asistenta social. Aconseja a los pacientes, sobre todo a los que son ciegos. Cuando están a punto de perder la vista, los enseña a seguir trabajando, y a sus parientes les explica cómo pueden ayudarlos. Coral se entiende muy bien con los ciegos, porque ella misma perdió la vista hace ya varios años.

“Les digo a los pacientes que no se rindan, que sigan luchando por vivir, por encontrar trabajo o por aprender a hacer algo, pues así se sentirán útiles y no serán una carga para su familia. Les digo también que procuren estar alegres, tener vida interior y ofrecérselo todo a Dios.”

Un paciente de 28 años, de nombre Ricardo, cayó en una profunda depresión tras quedarse ciego. Su padre lo llevó a la clínica después de que intentara suicidarse varias veces. Coral me dijo que ella le había aconsejado que fuese a la iglesia de la Santa Vera Cruz y hablase con un. sacerdote. “Al principio se negó. Dijo que Dios no existía y que era una injusticia que él estuviera ciego. Pero yo le dije que Dios no es injusto, que es misericordioso y que su ceguera no era un castigo, que si estaba ciego era porque Dios quería que eso le sirviese para salvarse, no sólo él, sino también su familia. Ahora pertenece a la asociación de invidentes y está aprendiendo braille y toca la guitarra. Va con frecuencia a la Santa Vera Cruz y está mucho más contento.”

Coral dice que si Dios le diese la oportunidad de recobrar la vista, le diría que prefería continuar así. “La ceguera me ha proporcionado una nueva dimensión, ha dado un nuevo significado a mi vida. Así puedo ayudar a más gente. Hay muchas personas cuyas vidas son más duras que la mía. Hay una mujer que viene por aquí, tan pobre que apenas tiene que llevarse a la boca, ni dinero para pagar la visita. Se llama Clarita y tiene un glaucoma muy doloroso. Sufre mucho. Sólo ve un poco con un ojo, pero a pesar de todo dice que siente que Dios le favorece tanto que tiene que ir a Misa todos los días para darle gracias. Me dicen que va vestida con una falda muy gastada, y que siempre sonríe. Cada vez que viene a ver al médico me trae un regalo, caramelos o una rosa. Es feliz porque está muy cerca de Dios.”

Aunque en este capítulo sólo se habla de la labor que desarrolla el Opus Dei con gente humilde su actividad en México es mucho más amplia. Como en todos los países que he visitado, se relaciona con personas de toda clase y condición, pero al igual que sucede con la Iglesia en su conjunto, ejerce una opción preferencial por los pobres.

La sonrisa de África. Un homenaje a Ryszard Kapuscinski

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Ismael Martínez y la Fundación Schola muestran otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco

Opus Dei -

Y es cierto, la sonrisa debe ser profundamente humana. Porque África es también un continente más allá de los estereotipos del drama. Por eso, en esta exposición itinerante  se muestra la vitalidad de Benin y Togo, dos pequeños países del oeste africano.

Ismael Martínez (Jaén, 1973) -fotoperiodista por la Universidad de Navarra- muestra otra mirada sobre África en un homenaje al reportero polaco en esta serie sobre la que la fotógrafa y galerista Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, ha dicho: “Refleja el movimiento y la emoción del mundo ordinario. Es lo cotidiano en diferentes ángulos y distancias: a veces sólo el rostro, a veces sólo siluetas y actividades. Son escenas corrientes con un lenguaje vital, emocional y poético. El día a día de cualquier calle africana. Es el África también real de la sonrisa y la esperanza. Por eso, estas fotos de Ismael Martínez son humanas; y al ser humanas expone -de alguna forma- aquel deseo de mi padre de hacernos ver la humanidad del otro y, al verlas, de hacernos más humanos a nosotros mismos. Estas imágenes muestran una relación de entendimiento recíproco, de empatía, que descubre en la mirada de lo cotidiano el alma de la humanidad”.

Harambee (“todos juntos” en swahili), es el grito de los pescadores cuando acercan sus redes a la orilla. Pero es algo más que un grito. Es un proyecto internacional solidario que promueve iniciativas de educación en África y sobre África. Harambee nació a raíz de la canonización de San Josemaría Escrivá en el año 2002 y desde entonces ha realizado 30 proyectos en el corazón africano. Proyectos sin distinción de raza, clase o religión. Proyectos que buscan crear futuro. Un futuro que, como el espíritu de los libros de Ryszard Kapuscinski, persigue Harambee en la sonrisa y en la esperanza del otro.

Una realidad religiosa

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Como ya hicimos para describir el nacimiento del Opus Dei, acudamos también a la calibrada fórmula oficial de la Postulación de la causa de beatificación para conocer el contenido de lo que el elegido vio (ver, lo repetimos, fue el verbo que empleó siempre para describir ese suceso): «Dios le pedía dedicar toda su vida a servir a la Iglesia a través de la promoción de esa realidad sobrenatural que más adelante se llamaría Opus Dei. El fin para el que Dios suscitó una realidad sobrenatural semejante es que personas de todas las categorías sociales -comenzando por los intelectuales, para llegar después a todos- con una llamada específica de Dios, y conscientes de la grandeza de la vocación cristiana, se esfuercen por buscar la santidad y ejercitar el apostolado entre los colegas y amigos, cada uno en su propio ambiente, profesión y trabajo, en medio del mundo, sin cambiar de estado».

Conviene prestar atención a todas y cada una de las palabras de este párrafo, y en particular a estas: «El fin para el que Dios suscitó una realidad sobrenatural semejante…».

Sólo cuando se parte de una profunda consideración sobre el alcance que tiene una afirmación de este tipo, se puede comprender qué es el Opus Dei, así como cualquier otra manifestación del catolicismo, de cualquier tiempo y lugar, comenzando por la misma Iglesia.

En efecto, parece que desde hace algunas décadas muchos «inteligentes» han olvidado algo tan elemental que parece de perogrullo: que la experiencia religiosa debe juzgar se según categorías religiosas.

Para juzgar las consecuencias sociales del Opus Dei, no es imprescindible tener fe. Pero si se pretende entender la esencia de esta institución, hay que esforzarse al menos por imaginar en qué puede consistir una experiencia espiritual, de fe.

Entendámonos: no pretendo, en modo alguno, salir en defensa de todos y de todo. No pocas de las desconfianzas, e incluso de las hostilidades, que rodean a tantas instituciones religiosas tienen su justificación. Para combatir y vencer la dureza del pecado y las limitaciones que acompañan la vida de cualquier hombre, ciertamente no basta con ser un «hombre de Iglesia».

Y, sin embargo, me parece que hay que admitir también que muchas otras desconfianzas y hostilidades (que pesan en particular, bien lo sabemos, sobre esta Obra) tienen su origen en el empleo de instrumentos interpretativos inadecuados. Más aún, completamente equivocados. Es como si quisiéramos hacer un café con una plancha, arreglar un ordenador con una garlopa, o construir un mueble con una azada.

Si lo consideran por un instante, se percatarán de que una realidad religiosa -más aún, que no quiere ser más que radical y esencialmente religiosa- como el Opus Dei acaba siempre, o casi, por ser analizada (y luego juzgada) según categorías políticas, económicas, sociológicas. Categorías importantes, ¿quién va a negarlo?, pero adecuadas sólo para explicar los fenómenos de la política, de la economía, de la sociedad, y los motivos que mueven a los hombres y mujeres que trabajan en ese ámbito.

Una realidad como la Obra de Escrivá tiene ciertamente una relevancia «política», al menos en el sentido etimológico de influencia en la polis (la ciudad), y esa influencia será cada vez mayor, conforme crezca el número de sus miembros. En realidad, la tendrá no la Obra en sí misma (veremos más adelante, cuando examinemos su estructura, por qué resulta impropio involucrar a la institución como tal), sino las personas religiosamente formadas por ella. No olvidemos que esa forma singular, o incluso única, de «religión» que es el cristianismo, tiene en su base la fe en la encarnación de Dios en la historia de los hombres. Por eso, nada de lo que es humano es ajeno al evangelio; ni, por consiguiente, es ajeno a quien pretenda vivirlo.

Las consecuencias sociopolíticas de la actividad del hombre de fe, por relevantes que sean, no son más que fall-out, consecuencias de la elección de fe. Esta es la causa invisible de los efectos visibles, y debe ser contemplada con las categorías adecuadas. O al menos, hay que tenerla en cuenta.

¿No fue el viejo Baruc Spinoza quien aconsejaba: «no hay que criticar o reírse de las acciones de los hombres, sino entenderlas»?

Lo que interesa entender aquí es en qué se fundan unos comportamientos que no nacen de motivaciones que son más que suficientes para explicar otro tipo de actividades.

En una sociedad anónima, los hombres se reúnen para conseguir fines económicos; en un partido, para alcanzar fines políticos; en una academia, en un club, en una asociación, en un equipo, para obtener fines culturales, recreativos, sociales, deportivos. Sus motivaciones son legítimas; más aún, con frecuencia beneméritas. Estas motivaciones dan razón del conjunto de la actividad, y explican y justifican esas reuniones de personas. Las categorías humanas (puramente humanas) bastan para juzgar tales manifestaciones humanas.

No ocurre lo mismo con una realidad religiosa -y muy en especial, una realidad cristiano-católica- como el Opus Dei.

Recordemos nuestro punto de partida: «El fin para el que Dios suscitó una realidad sobrenatural semejante…». Fijemos también nuestra atención en las demás palabras de la Postulación que preceden y siguen a la tentativa de delinear el contenido de la realidad «vista» por el joven don Josemaría: esas que definen al Opus Dei como «una específica llamada de Dios», precisamente a «buscar la santidad».

Sin embargo, aunque fuera con un alarde de desconfianza, podríamos llegar hasta el punto de sospechar del grupo dirigente de la Obra, de la «cúpula», de su establishment, e incluso de su mismo fundador. Podríamos hacerles sospechosos de un cinismo hipócrita y llamarles sepulcros blanqueados. Podríamos suponer que, ocultos bajo un manto de piedad, dan una cobertura religiosa a intereses humanos, metas terrenas, objetivos de poder y de riqueza.

Podríamos hacer todas estas suposiciones. Aunque, personalmente (y me atrevo a creer que cualquier persona con sentido común pensará igual que yo), no acabo de ver el atractivo que puede tener una búsqueda de dinero e influencia social, al tiempo que se vive durante medio siglo como lo hizo Josemaría Escrivá de Balaguer. Tampoco se comprende que puedan tener ese afán de riquezas personas que llevan la vida de los miembros de la nomenklatura opusdeísta que he conocido, tanto laicos como sacerdotes.

Desde luego, yo no sería capaz de vivir así por motivos meramente «terrenos». Y estoy seguro de que comparten mi postura quienes conocen la realidad de primera mano, no como la pintan algunos medios de comunicación.

Esta forma de vida puede resultar satisfactoria, e incluso una de las más felices. Escribía el fundador en el punto 1.006 de Forja: «Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer -en una palabra-, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. Este es el secreto infalible -insisto- del gozo y de la paz».

Por los testimonios que he podido escuchar de los interesados, ese «secreto de la felicidad» parece que funciona de veras. Pero sólo en las condiciones señaladas por Escrivá. Y no son condiciones «humanas»».

La conditio sine qua non es creer en una «voluntad de Dios»; no en una voluntad nuestra de pretender «alegría», «felicidad», «paz», según nuestros propios planes, sin perspectiva trascendente; planes que, más que proporcionarnos un paraíso en la tierra, nos hundirían en un purgatorio o incluso en un infierno cotidiano.

Pero abandonemos a su destino a ese grupo dirigente: allá ellos con su conciencia. Que se sospeche si se quiere de los «gnomos» del cuartel general de viale Bruno Buozzi, apiñados junto al Padre, que preside el Consejo general (masculino) y la Asesoría Central (femenino). Estos «gnomos», por otra parte, no son permanentes: a excepción del Prelado, no hay cargos vitalicios en el Opus Dei, ni existe la «carrera» interna; después de haber desempeñado un cargo de gobierno, se regresa a la profesión anterior, sin haber adquirido ventaja alguna, salvo la espiritual.

Pueden ponerse bajo sospecha también los que, en todos los continentes, gobiernan las «regiones», nombre con el que se designan las partes en que la Obra -«católica», es decir, universal, por vocación desde su nacimiento- divide el mundo.

Desconfiemos, como si no fueran más que personas sin escrúpulos, de ese grupo que maneja a los demás como marionetas, líderes de una especie de masonería de aspecto devoto, pero que en realidad pretende fines y operaciones muy poco «religiosas».

Pero, ¿y el resto? ¿Qué pensar de la inmensa mayoría de esos casi 80.000 hombres y mujeres? La mayoría de esta mayoría, entre otras cosas, no confirma para nada ese cliché consolidado.

Entre los documentos que proporciona la Prelatura (con la seguridad de que cualquier estudio directo de la realidad confirmará esos datos), hay estadísticas sobre el nivel de educación, de renta, de status social de los miembros. Sorprendentemente, hay un gran predominio de standard mediobajo: en muchas zonas del mundo -en España y en Hispanoamérica, por ejemplo-, el Opus Dei es una realidad predominantemente popular, en la que hay también muchos obreros y campesinos.

Hay bastantes casos como el de aquel taxista sudamericano que se quedó asombrado cuando, después de haber pedido la admisión al Opus Dei, descubrió que había también profesionales, empresarios, intelectuales. Por lo que había visto hasta entonces, suponía que la Prelatura estaba reservada para los taxistas y para otros trabajadores modestos como él.

Sean cuales sean los niveles socioeconómicos de los miembros, el hecho es que su elección, su compromiso, su vida, es incomprensible para quien no tenga en cuenta que la experiencia religiosa -auténticamente religiosa- no sólo existe, sino que es una de las energías más poderosas, capaz de mover montañas. Una fuerza «gratuita» y «renovable», que ha cambiado, cambia y seguirá cambiando la historia. Probablemente, este es su verdadero motor secreto, por mucho que lo niegen quienes están convencidos de que son más perspicaces que los «ingenuos», y por mucho que se empeñen en ignorarlo los que piensan que nadie «se la cuela», y que ellos «no se la tragan».

La burda vulgata marxista creía comprenderlo todo (la historia se ha encargado de mostrar de modo tajante y definitivo que no entendía gran cosa), reduciendo el obrar humano a su dimensión económica. La vulgata psicoanalista también se cree en posesión de la clave del misterio del hombre, y todo lo atribuye a oscuros impulsos sexuales. Cualquier ideología moderna lo ve todo en términos políticos, de «derechas» e «izquierdas», «conservadores» y «progresistas» enfrentados por sus intereses.

Es una deformación que ha acabado por contagiar también amplios sectores del mundo católico. Pienso que esta es la razón de tanta hostilidad no sólo «laica» sino también clerical (que con frecuencia es más tenaz e insidiosa) hacia una realidad que pretende ser sólo religiosa, como es el caso que nos ocupa.

En una entrevista que hice a Augusto del Noce un par de años antes de que falleciera, este agudo filósofo creyente me dijo: «Para el pensamiento católico de siempre, el esquema interpretativo tanto de la historia como de la actualidad era el de fe-increencia; religión-irreligión; devoción-impiedad; sacro profano; alto-bajo. Con la aceptación de las categorías de cierta modernidad, tantos hombres de la Iglesia adoptaron el nuevo esquema: progresista-conservador; derechaizquierda; reacción-revolución. De este modo, la interpretación religiosa de la historia ha sido sustituida por una interpretación política. Y las categorías tradicionales verdaderofalso y mal-bien, han desaparecido en favor de progresista (he aquí el nuevo santo: no se puede ser evangélico de veras si no se es “de izquierdas”) y reaccionario (el pecador por excelencia: “de derechas” y por consiguiente “anticristiano”, discípulo del Mal radical)».

El profesor Del Noce, marginado -por no decir perseguido- durante toda su vida por no pocos Church-intellectuals a causa de estos diagnósticos, prosiguió amargamente: «En la nueva lista de valores de ciertos clericales, el verdadero antagonista al que debe enfrentarse el cristiano no es el pagano, el blasfemo, el agnóstico. Es más, si se presentan como manifestaciones de “progresismo”, son vistos como un noble “cristianismo anónimo”, cuyas acusaciones han de ser escuchadas por los creyentes con actitud contrita, y atesorarlas como algo precioso. El enemigo verdadero es aquel que es etiquetado como “integrista”, es decir, el católico que quiere tomarse la fe en serio, transformándola de sentimiento humanitario, de “valor común”, en guía y punto de referencia para todas sus actividades».

Y concluía el filósofo: «Por esto, hay en la Iglesia tanta animadversión hacia los nuevos movimientos, que son vistos como “integristas” y por tanto dañinos, enemigos por excelencia de este neocristianismo que ha pasado de planteamientos religiosos a políticos, de categorías de fe a socioeconómicas».

Entre estos «movimientos», Augusto Del Noce colocaba en primer lugar al Opus Dei pues, aunque «técnicamente» no es un movimiento, pertenece al grupo de las nuevas realidades eclesiales.

Este análisis podría explicar el origen de tanta hostilidad, que nace probablemente de la indebida aplicación de categorías políticas a una realidad religiosa. (Ya vimos cómo la mención al franquismo y a los partidos de derechas fue suficiente para desprestigiar esta Obra católica a los ojos de los católicos compiladores del Dizionario storico del Cristianesimo).

Se trata de un error de perspectiva que proviene de fuera de la Iglesia, pero que ha penetrado ampliamente en ella. Evidentemente, no impide que la Obra sea aceptada (sería el colmo: el mismo Escrivá habló siempre de una «vocación» específica para pertenecer a la Obra), pero sí entorpece el esfuerzo por entender lo que realmente es el Opus Dei, en un plano anterior al de sus consecuencias sociales, políticas y económicas (ciertamente importantes, pero derivadas de lo anterior).

Esa realidad específicamente religiosa (al menos, en la conciencia de sus miembros: de ese modo la viven) va mucho más allá de esas etiquetas de «derecha» e «izquierda», de «progresista» y de «conservador», que son cada vez menos adecuadas incluso en el ámbito político.

Con mayor razón, esas etiquetas resultan inapropiadas cuando hablamos de temas de fe, y en concreto si pretendemos explicar los móviles de personas que «por específica llamada de Dios», se hacen «conscientes de la grandeza de la vocación cristiana» (palabras con las que la Prelatura solicitó a la Iglesia la elevación a los altares del fundador, para recibir así una nueva confirmación de la autenticidad cristiana de su carisma).

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

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Testimonio de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)


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