Primeros emisarios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de septiembre de 1942, José Orlandis -que es catedrático de Historia del Derecho Español- y Salvador Canals consultan con el Padre la posibilidad de continuar su formación académica en Roma, con unas becas que acaban de obtener.

Estos jóvenes profesionales -los dos tienen menos de veinticinco años- serán uno de los primeros testimonios vivos del espíritu de la Obra lejos de las fronteras de España.

En la última decena de octubre están ya listos para la marcha. Llevan la bendición del Padre. Conocen a don Manuel Fernández Conde, sacerdote español que trabaja en la Secretaría de Estado del Vaticano. Salvador Canals tiene una tarjeta de presentación para un profesor ordinario de Derecho Comercial en la Universidad de Roma. Eso es todo. Además de sus estudios civiles, a través de los que establecerán relaciones y darán a conocer el Opus Dei en la ciudad de los Papas, procurarán exprimir las horas del día y de la noche para cursar Teología en el Laterano, Ateneo dirigido por la Orden de Santo Domingo.

El vuelo está previsto de Sevilla a Roma. Antes de salir de Madrid, se despiden de Isidoro Zorzano. Cuando le dicen que van a pasar diez meses en Roma, con toda naturalidad contesta:

-«Pues a la vuelta no me encontraréis,porque ya no estaré aquí; así que nos despedimos hasta el Cielo». (1)

El Padre les da un fortísimo abrazo en Diego de León. El 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, José Orlandis y Salvador Canals llegan al aeródromo italiano de Guidonia.

En estas fechas, la Segunda Guerra Mundial se encuentra en un momento decisivo. Con el avance aliado en Africa, la contienda desplaza su escenario al Mediterráneo: Italia está inmersa en el área conflictiva.

Cuando José y Salvador llegan, Roma es un hervidero de tropas alemanas. La Marina de Guerra ocupa las ciudades de la costa y los ataques aliados no pueden tardar. El clima de la ciudad traspira tensión.

Pero ninguna circunstancia les hace desistir: la ampliación de estudios que van a realizar será muy importante para su futura labor profesional, y permitirá que la Obra comience a ser conocida en los ambientes romanos.

Aprovechando las pausas en su tarea podrán saludar y conversar con el Obispo de Vitoria, Monseñor Lauzurica, tomando ocasión de uno de sus viajes a Roma; con el Abad de Montserrat, Aurelio María Escarré; el P. Arcadio Larraona, futuro Cardenal; el P. Montoto, Vicario General de los Dominicos; el P. Manuel Suárez, Rector del Angelicum; el P. Maximiliano Canal, profesor de Teología del Laterano… y muchos personajes de la Curia Romana, que conocerán y querrán a la Obra a través de estos profesores que multiplican su actividad a costa de horas sin descanso. Así, el Cardenal Tedeschini, Monseñor Ruffini -futuro Cardenal- y Monseñor Montini, que habrá de ocupar un día la Silla Pontificia con el nombre de Pablo VI.

A mediados de enero de 1943, Su Santidad el Papa Pío XII recibe en audiencia a José Orlandis y Salvador Canals. En la antecámara viene a saludarles el Maestro de ceremonias, que se asombra de la juventud de los dos españoles: «¡tan jóvenes y ya profesores!… ».

El Papa los recibe -según el protocolo- en uno de los saloncitos que conducen a su Biblioteca privada. Los dos se ponen de rodillas para saludarle, pero Pío XII, tomando a cada uno de la mano, les invita a levantarse. Y así, con actitud llena de cariño, les escucha durante los quince minutos que dura la audiencia. Quiere que la conversación sea en castellano, ya que el Papa lo habla bien aunque con modismos argentinos; lo aprendió en 1934, siendo Legado Pontificio en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires.

Aunque ya lo sabe, José y Salvador le dicen, inmediatamente, que son del Opus Dei. Le hablan de la veneración y el cariño que el Padre les ha enseñado a tener por el Papa y le exponen, a grandes rasgos, las características de su vocación y del espíritu de la Obra.

El Pontífice es paternal y afectuosísimo. Y les interrumpe de vez en cuando para manifestarles su aprecio. Al terminar les bendice, y en la amplitud ascética de sus brazos incluye también al Fundador y a la Obra entera.

En el mes de mayo de 1943 llega a Roma la noticia de que Alvaro del Portillo se va a desplazar desde Madrid a la Ciudad Eterna en fecha próxima. Viene a presentar en la Santa Sede la documentación necesaria para la concesión del Nihil Obstat en orden a la erección diocesana de la Obra. Esta declaración tiene extraordinaria importancia y es, además, paso obligado en el camino de otras aprobaciones que habrán de venir después.

Alvaro viene cargado con el trabajo, el sacrificio y la oración de todos los miembros de la Obra para lograr el reconocimiento de la Santa Sede antes de que el desembarco aliado y el estallido final de la guerra, quiebren las comunicaciones.

Llega a Roma a finales de mayo. Durante los días que pasa en la Ciudad Eterna -hasta el 21 de junio- su gestión es incansable. Tiene una audiencia con el Cardenal Luigi Maglione, Secretario de Estado; con los Monseñores Montini y Ruffini. Visita a Monseñor Alfredo Ottaviani, Asesor del Santo Oficio. Se multiplica para hablar con las autoridades eclesiásticas con las que José y Salvador han tenido ya contactos repetidos. Y todavía acude a varias audiencias con los Cardenales Tedeschini, La Puma, Vidal y Barraquer, Marchetti-Selvaggiani, Pizzardo…

A todos les habla de esta Institución cuyo espíritu debe abrir un hito en la historia del Derecho Canónico, del cauce para esta Fundación que Dios ha traído a la tierra el 2 de octubre de 1928.

Testigos de lo eterno

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El  28 de marzo de 1975 se cumplían los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Monseñor Escrivá de Balaguer. El tiempo y el esfuerzo por extender el fuego de Dios en la tierra habían marcado su cuerpo. Pero el alma seguía joven. Con aquella apasionada adolescencia de Amor que le llevó camino del Seminario de Zaragoza.

Dos meses antes de sus bodas de oro sacerdotales, escribe:

«Conmemoremos, por tanto, hijas e hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz -del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia»(1).

Y el 27 de marzo de 1975, jueves Santo, dirige una meditación a un grupo de miembros del Opus Dei y deja que hable su corazón:

«Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo ‘alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser»(2).

Sus palabras expresan, en este día, una maravillosa realidad: el Fundador ha vivido sus años de sacerdocio absorto, centrado en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Durante muchos años ha repetido que todos en el Opus Dei, sin distinción, tienen alma sacerdotal. Han sido llamados desde el anónimo de la historia colectiva para ser testigos de la eternidad. Capaces de entregar su vida en testimonio de la presencia de Dios entre los hombres. Pero el «muro sacramental» sólo es franqueado por el sacerdocio ministerial.

En su homilía «Sacerdote para la eternidad», el Padre se refiere una vez más a un grupo de hombres que serán ordenados sacerdotes y habla de esta dedicación en cuerpo y alma a la oración, a la Palabra y a la administración de Sacramentos: «Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón muy sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás (…).

La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (…).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado con el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia “esencialmente, y no sólo en grado”, del sacerdocio común de los fieles»(3).

El Opus Dei, para continuar su camino necesita de la presencia de sacerdotes con el mismo espíritu que los laicos de la Obra.

Hombres que, con la misma dedicación y entrega, puedan constituirse en dispensadores de la gracia sacramental, con mentalidad laical y santificando su trabajo profesional.

Abundando en esta idea del Fundador, ha escrito Monseñor Alvaro del Portillo:

«El sacerdote, además de ser un cristiano -un hombre incorporado (a Cristo) por el bautismo-, por la consagración recibida en el sacramento del orden se hace representante -la expresión más adecuada en este caso sería, con los debidos matices, alter ego- de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, para cumplir en su nombre y en su misma potestad la función de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente a los demás miembros de su Cuerpo, hasta el fin de los tiempos»(4).

Si todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, puesto que tiene la misión de consagrar el mundo a Jesucristo, los ordenados sufren «una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único Mediador»(5).

La luz y la convicción de esta realidad divina sembró en Monseñor Escrivá de Balaguer un intenso amor al sacerdocio, y deseó trasvasarlo plenamente a todos sus hijos. El itinerario de su vida está marcado por una dedicación sin límites a los sacerdotes. He aquí lo que escribe, de este amor entrañable y activo, el actual Prelado del Opus Dei:

«Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos -rápidos y definidos- la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas -en aquellos trenes de entonces-, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios»(6).

Y algunos de los que fueron testigos directos de esta dedicación como el Reverendo don Carlos Vicuña, Provincial de los Agustinos de España, en una carta a don Álvaro del Portillo, escrita en octubre de 1944:

«Voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don Josemaría Escrivá de Balaguer a los religiosos agustinos del R. Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores (…). Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse (…), cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón».

Desde el 2 de octubre de 1928, el Padre vio la Obra como una totalidad en la que estaban también incluidos los sacerdotes. Y por eso empezó a rodearse de algunos clérigos amigos que practicaban una honda vida de piedad. Se unieron al Padre y le ayudaron en su labor apostólica; aunque no todos lograron entender lo que don Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba en el alma.

Por ello, el Padre se da cuenta muy pronto de que los sacerdotes idóneos para atender la Obra deben proceder de sus propios hijos, para que el espíritu del Opus Dei permanezca intacto.

Pero insiste en que recibir el Sacramento del Orden es un hecho accidental para la vocación a la Obra. Todos han entregado su vida al servicio de Dios. Y Dios elegirá, libremente, aquellos que han de servir con el sacerdocio ministerial a sus hermanos y a todas las almas. El Opus Dei acoge dedicaciones tan multivarias como la extensa vocación con que los hombres pueden sentirse llamados en medio del mundo:

«El constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»(7).

Tan arraigada está en el Fundador la certeza de que los sacerdotes del Opus Dei han de proceder de los miembros de la Obra que, ya en 1936, cuando solamente existe en Madrid la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, tiene lugar un hecho muy significativo. Son los primeros días de mayo. Pedro Casciaro, que lleva seis meses de vocación en la Obra, sale del oratorio donde ha estado haciendo un rato de oración. Es una mañana en la que no ha tenido clase en la Universidad. La casa ha quedado desierta porque los demás han acudido a su trabajo. En un banco, fuera del oratorio, está el Padre rezando el Breviario. Pasa despacio para no distraerle, pero el Fundador, sin apartar los ojos del libro, le hace un gesto de que espere. Coloca una señal en la página que acaba de terminar y, mirándole afectuosamente, pregunta:

-«¿Estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?»

Casi sin reflexionar, Pedro responde:

-«Pienso que sí, Padre».

Pero, al tomar conciencia del contenido de la pregunta que acaba de escuchar, vuelve instintivamente ante el sagrario. Poco después el Padre se reúne con él y, de rodillas a su lado, señala la alfombra roja que cubre la tarima del altar. En voz baja le dice:

-«El sacerdote tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta… ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto»(8).

Sin embargo el acceso de algunos miembros de la Obra al sacerdocio es un fenómeno teológico y pastoral que requiere fórmulas jurídicas adecuadas. Y esto, será un capítulo más que habrá de contar con la oración, el sufrimiento del Padre y, sobre todo, con la Providencia de Dios.

Con el viento contrario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 28 de junio de 1940 se abre El Palau, el primer Centro de la Obra en Barcelona. Se trata de un piso situado en la calle de Balmes, número 62.

Al cabo de muchos años, el Padre comentará, aludiendo a las tareas apostólicas de la Ciudad Condal: «Barcelona me costó muchas lágrimas y… quien siembra con lágrimas, recoge con alegría»(30).

Y es que el momento de llegar a Barcelona está marcado con el signo de la contradicción para la Obra y para el Padre.

José Luis Múzquiz recuerda muy bien los viajes que, en calidad de Ingeniero de la Compañía de Ferrocarriles Españoles, tenía que hacer a lo largo del año. Aprovechaba los ratos libres de su trabajo y los desplazamientos para llevar noticias y avivar el fuego de los primeros que pedían la admisión en la Obra en muchas ciudades de la península.

En marzo de 1940 llega a Barcelona. Allí habla con Alfonso Balcells -compañero de trincheras de Juan Jiménez Vargas durante la guerra civil-, que le presenta a varios amigos. Previamente, Alfonso le dice a José Luis que está dispuesto a ayudar en todo. Y así lo demostrará, cumplidamente, en los años y dificultades que quedan por venir.

También localiza a Rafael Termes, que cursa sus estudios de Ingeniero en la Ciudad Condal. La presentación es fácil, porque tienen amigos comunes. Tanto, que Rafael se lleva a José Luis a pasar el día con su familia en el pueblo de Sitges, en la costa. A la caída de la tarde, con la playa desierta, José Luis le habla de la Obra. Hay un regusto evangélico en esta secuencia del mar y de el como testigos de excepción en el diálogo sobrenatural de estos dos recientes amigos. Un apretón de manos -más a Dios que a los hombres- sella la decisión de Rafael. Lo único que desea es hablar con el Padre antes de solicitar su entrada en la Obra. Podrá hacerlo el 1 de abril, aprovechando un viaje del Fundador. Y el oleaje de este día que ya anuncia primavera, es también un presagio de tempestades para Rafael. Será uno de los apoyos del Padre en las contradicciones que empiezan a desatarse en Cataluña y en toda España.

Ya desde el comienzo, se necesita un piso en el que centrar todas las actividades. Recorrer la ciudad, en busca de un cartel anunciador de alquileres. De momento se alojan en el Hotel Urbis, en el Paseo de Gracia, cerca de una casa construida por el gran arquitecto Gaudí. Y cuando surge el inmueble de la calle de Balmes 62, inicia su vida y actividades el Centro más antiguo de la Obra en Cataluña: es el 28 de junio de 1940. Es muy pequeño. Y cuando el Padre viene a verlo, les dice:

-¡Bueno! Ya tenemos un «palau».

Y la casa adopta el nombre optimista que acaba de ponerle el Fundador: El Palau.

«Lo que no sería prudente -añade el Padre- es que se ponga el piso a nombre de uno de vosotros »(31).

El Fundador propone esta norma de prudencia, porque todos son estudiantes. Aunque todavía no es de la Obra, Alfonso Balcells, que tiene cierta edad -ya es médico-, se presta a dar su nombre para el piso.

Luego, en tiempo de persecuciones, el piso le traerá más de un quebradero de cabeza. «¿Cómo no vas a ser de ésos, si el piso está puesto a tu nombre?»32. Y Alfonso, con gran lealtad y nobleza, despreciará los torcidos comentarios y seguirá su camino con la elegancia de los amigos verdaderos.

El Padre celebra la Misa en el oratorio de El Palau el día 26 de mayo de 1943, y deja al Señor en el sagrario. Hasta esa fecha, como símbolo visible de veneración, no han tenido más que la gran cruz de madera que se puede ver en todos los oratorios de la Obra. Esta cruz da relieve, en la vida de cada uno, a las palabras que el Padre ha escrito en el punto 178 de «Camino»:

«Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú».

Dios permitirá que esa cruz pese como una dura prueba sobre l Padre. Se tergiversará este noble simbolismo atribuyéndole oscuros rituales que jamás han cruzado por la mente de nadie, y menos del Fundador del Opus Dei.

El espíritu que anima a la Obra de Dios ha sido interpretado por algunos de un modo erróneo; llegan a decir que el Fundador es un hereje; se pone en marcha una campaña muy dura, que llega a varias ciudades de España. El peligro es mayor porque, como sucede muchas veces en las empresas que tienen el marchamo de lo divino, la contradicción viene de parte de cristianos observantes, que no comprenden ni dan cabida en su alma a un apostolado «viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo», a una llamada universal a la santidad, a una vocación de entrega a Dios en medio del mundo que el Señor ha querido renovar con fuerza, sirviéndose de la fidelidad del Fundador del Opus Dei. El daño prende en el ánimo de los más susceptibles, timoratos o impacientes. Después, los enemigos del cristianismo utilizarán la brecha, abierta por hermanos, para atacar aquello que trae la verdad, siempre viva, de Jesucristo.

Las familias de los miembros de la Obra en Barcelona reciben informaciones inquietantes. Cuesta trabajo creer que un número tan pequeño de personas del Opus Dei -en su mayoría estudiantes- como el que hay en Barcelona y un apostolado tan incipiente, con una finalidad tan clara, levante tal revuelo. Pero así es.

Todo el dolor de la situación cae sobre el Padre. Sin embargo, él sufre por la Obra, que es de Dios; sufre por los que calumnian con el afán, tal vez, de hacer una cosa buena; sufre por estas primeras vocaciones que se ven seriamente probadas en sus ambientes familiares y sociales.

La causa fundamental del escándalo fue anticiparse a la doctrina que, en 1965, recogería el Concilio Vaticano II. El motivo fue decir que todos los cristianos, cada uno dentro de su estado, tenían que hacerse santos, sin necesidad de recurrir al estado de perfección -que es propio de los religiosos-, sino luchando para vivir con perfección en el propio estado.

Hoy parece extraña esta reacción. Pero la presencia en la calle de ciudadanos corrientes comprometidos con Dios, con una fe exigente capaz de informar los actos de su vida, sin dejar sus tareas, resultaba sorprendente. La novedad de la Obra residía en esta presencia en el mundo y en este talante sobrenatural.

Los hechos llegan a extremos de tal gravedad que comprometen la seguridad del Fundador en sus viajes a Barcelona. Corre el peligro de ser detenido por falsas acusaciones de tipo políticoreligioso. Tiene que limitarse a ir y volver en el día para no alojarse en ningún hotel. El Nuncio de su Santidad, Monseñor Gaetano Cicognani, le aconseja reservar los billetes con otro nombre para no poner en movimiento a la policía, pues se le conoce más en esta época como P. Escrivá. Es Gobernador civil de Barcelona Antonio Correa Veglison. Años después, un miembro del Opus Dei le hablará de uno de estos viajes: «Me alegro -comenta Correa- de no haber sabido que fue entonces Monseñor Escrivá a Barcelona. Tales eran las cosas que decían de él (…), que hubiera enviado la policía al aeropuerto a detenerlo»(33).

Siguiendo el espíritu del cristianismo, el Padre nunca cerrará las puertas de su casa a nadie, por equivocado que esté. Sin embargo, su comprensión con las personas no significa transigencia con lo injusto… Les dice claramente que están equivocados, pero que siempre le encontrarán con los brazos abiertos, como sacerdote y como amigo.

El Padre advierte a sus hijos que no hablen, ni entre ellos, de las falsedades que algunos propalan, para que, ni de lejos, puedan faltar a la caridad. En Barcelona, especialmente, verá maltratadas la justicia y la libertad, tan queridas siempre por él para todo el mundo. Quiso que, en la primera Residencia de estudiantes que se abriera en Cataluña, en el oratorio se colocara la frase de San Juan: Ventas liberabit vos (34): la verdad os hará libres, en memoria de estos años en los que mantenerse en la verdad fue la mejor arma contra la calumnia.

Pero Monseñor Escrivá de Balaguer no puede dejar de sentir el peso de la acritud que le llega por todas partes. Supera con humildad y fortaleza sobrenaturales las acusaciones contra su fama y su honra, su buen nombre y el honor de sacerdote e hijo fiel de la Iglesia. Perdona y enseña a perdonar. Pero hay días tan duros que no puede, casi, mantenerse en pie.

Sin embargo, nunca se siente víctima ni hace tragedias. Conjuga la humildad y la fortaleza. En Madrid, en 1942, en medio de grandes habladurías y de crueles insultos, con todo este peso encima, una noche se levanta de la cama -no puede dormir- y se va al oratorio, se arrodilla delante del sagrario y permanece un buen rato en oración diciendo:

-« Señor, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?»(35).

Para no dar lugar en sus hijos ni a un movimiento voluntario de rencor, cuando alguno menciona estos temas, corta la conversación con el pretexto de que tienen mucho trabajo y no pueden perder el tiempo analizando comentarios. En más de una ocasión les dice que, al terminar el día, pide a Dios un sueño reparador porque la jornada siguiente se abre llena de posibilidades y precisa de todo su esfuerzo. Y consigue dormir como un bendito, dejando las cosas en manos del Señor.

En el año 1941, Amadeo de Fuenmayor viaja a Madrid para leer su Tesis Doctoral en la Facultad de Derecho. Y puede asistir a la meditación que don Josemaría dirige a sus hijos en el oratorio de la casa de Lagasca el día en que el Obispo de Madrid -don Leopoldo Eijo y Garay- le comunica la primera aprobación eclesiástica de la Obra. El Padre recuerda, en su oración ante el sagrario, esta oposición desencadenada en torno al espíritu del Opus Dei. La mayoría de los que están allí han sufrido esta batalla en la primera linea. Por eso cunde la emoción cuando el Fundador les anuncia que el Obispo de Madrid, que siempre acertó a saber que la mano de Dios estaba en los cimientos de la Obra, ha querido que tenga una aprobación oficial, pensando frenar la campaña de calumnias.

El documento que avala esta decisión jurídica tiene fecha de 19 de marzo de 1941 y está firmado por don Leopoldo Eijo y Garay. Llegará a manos del Padre el día 24. Monseñor Escrivá de Balaguer rememora aquella jornada cuando pasa por Madrid, en años sucesivos, con destino a muy diversos viajes apostólicos:

«Fui con mi madre y alguno de mis hijos que estaba en la casa, porque no había nadie más: todos estaban trabajando (…). Fui a ver a mi madre y le dije: mira, me acaba de llamar el obispo y, contra mi voluntad, porque no quería ninguna aprobación, me dice que está hecho el decreto. Vamos a dar gracias. Nos arrodillamos sobre la tarima del altar, y dimos gracias al Señor»(36).

Dos años más tarde, el 18 de octubre de 1943, también en este oratorio, el Padre reunirá a sus hijos para hablarles, en pie, junto al sagrario:

«Ya sabéis, hijos míos, que las buenas y las malas noticias os las doy junto al Sagrario. Ahora os digo que, mientras algunos por ahí -yo los perdono y les quiero- habían asegurado que los Obispos habían quitado las licencias ministeriales a este pecador, ha llegado de Roma un telegrama, dirigido al Obispo, anunciando que el Santo Padre ha dado el nihil obstat a la Obra, y que nos bendice de todo corazón»(37).

Sus palabras continúan, llenas de amor y agradecimiento. Después, reza una acción de gracias y un Avemaría. El nihil obstat e había concedido y fechado el día 11 de octubre, festividad, entonces, de la Maternidad de Nuestra Señora(38).

Desde los comienzos, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay bendijo cariñosamente el trabajo del Fundador. Y durante estos duros años de persecución puso todo lo que estaba de su parte para que se restablecieran la verdad y la justicia. En una ocasión, le dijo a una mujer de la Obra que el Opus Dei era para él algo tan grande y tan querido, que en su oración ante el sagrario solía decirle al Señor: «Señor: aunque yo no valga gran cosa, cuando llegue ante Ti por lo menos podré decirte: en estas manos nació el Opus Dei, con estas manos bendije a Josemaría. Y éstas -sigue diciendo-espero que serán mis credenciales para presentarme ante el juiciode Dios»(39). José María García Lahiguera conoce al Padre desde 1932. Relata así su primer contacto con él:

«Vino a verme a mi despacho de Director Espiritual del Seminario de Madrid, en las Vistillas. La entrevista duró una hora y media o dos horas, y la recuerdo vivamente por la profunda impresión que me causó. Aunque entonces no le conocía, ni tenía de él referencia alguna, desde las primeras palabras que cruzamos, se estableció entre los dos una corriente de cordialidad, de simpatía (…).

Me explicó entonces la Obra a la que, por voluntad de Dios, estaba dedicando su vida. Sus palabras estaban llenas de delicadeza, de humildad y de un profundo sentido sobrenatural (…).

Yo estaba fuertemente conmovido con lo que iba oyendo y comprendí enseguida que el Padre estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios »(40).
Hacia 1940 el Padre acude a confesarse habitualmente con este sacerdote que, después de la muerte del Fundador de la Obra, testimonia la actitud que mantuvo durante aquellos años:

«Aún hay otro aspecto de su sencillez que me permitirá pasar a dar testimonio sobre su heroico modo de vivir la fortaleza. Me refiero a que hasta las mismas contradicciones que tuvo que sufrir en aquellos años -tan duras, tan injustas, tan dolorosas- me las daba a conocer sin el menor dramatismo, las objetivaba de tal manera que yo podía darles la importancia que tenían en sí, ni más ni menos. Nunca se presentaba como víctima (…).

Su fortaleza estaba basada en una fe inconmovible, fe operativa que le llevaba a poner también los medios humanos necesarios, pero con una total confianza en la divina providencia»(41).

El día 9 de mayo de 1941 el Abad Coadjutor de Montserrat, Aurelio M. Escarré, escribe al Obispo de Madrid-Alcalá, Monseñor Leopoldo Eijo y Garay, para pedirle información acerca del asunto Opus Dei, «fundación del Dr. Escrivá, sacerdote de esa su Diócesis»(42).

El Obispo recibe la carta el 23 y su contestación no se hace esperar. Explica al Abad su tristeza por una campaña que no puede comprender más que a la luz de la advertencia evangélica: putantes se obsequium praestare Deo. Quizá los que atacan a la Obra piensan que hacen un servicio a Dios.

«Créame, Rvdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos.

El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud (…).

Y en el molde de su espíritu ha vaciado su Opus. Lo sé, no por referencias, sino por experiencia personal. Los hombres del Opus Dei (subrayo la palabra hombres porque entre ellos aun los jóvenes son ya hombres por su recogimiento y seriedad de vida), van por camino seguro no sólo de salvar sus almas sino de hacer mucho bien a otras innumerables almas (…).

No merece más que alabanzas el Opus Dei; pero los que lo amamos no queremos que se lo alabe, ni se lo pregone (…); trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentaciones (…).

Conozco todas las acusaciones que se lanzan; sé que son falsas; sé que se persigue a algunas personas, incluso en sus intereses, creyéndolos del Opus Dei, ¡y no lo son!»(43).

La carta está fechada en Madrid, el 24 de mayo de 1941. El Padre, mientras tanto, envía a sus hijos de Barcelona, que son solamente cuatro o cinco en este tiempo, una cuartilla con las palabras de una Epístola de San Pablo:

«Spe gaudentes: in tribulatione patientes: oratione instantes” (Rom XII, 12): alegres con,la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración»(44).

Alguna vez don Leopoldo llama al teléfono del Fundador, incluso a altas horas de la madrugada. Para recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer algo que debe mantener erguida su esperanza: las obras de Dios están marcadas siempre por la incomprensión de los buenos y de los menos buenos. Es la Cruz de Cristo.

Una noche le recuerda -en latín- a través del hilo de comunicación las palabras que Jesucristo le dijo a Pedro (45), cambiando el término «hermanos», por «hijos»:

«Mira que Satanás ha pedido poder zarandearos como el trigo». Luego añade: «yo rezo tanto por vosotros… Tú ¡confirma a tus hijos!»(46).

Testigo de la actitud de don Josemaría Escrivá de Balaguer es el Padre Silvestre Sancho, dominico, que tiene la oportunidad de compartir la amistad del Fundador durante estos años de persecución:

«Jamás le vi una reacción de rencor. No era él hombre para eso, sino para comprender, perdonar y olvidar (…). Sin embargo le apenaban esas actitudes de algunos, porque de ninguna manera había motivo para esas campañas que hacían daño a las almas y sembraban la desunión en la Iglesia (…).

El Padre tenía una confianza en Dios total en medio de tantas persecuciones. El siempre tenía seguridad -esto se lo he oído muchísimas veces- de que como la Obra es de Dios, saldría adelante»(47).

Estas mismas dicerías habían sido esparcidas ya años antes. La noticia llega hasta el señor Bordiú, dueño del inmueble en que se ha instalado la Residencia de estudiantes de Ferraz 50. Se entera, asombrado, de que han sido calificados nada menos que de masones.

Comentará, a propósito de este rumor, que jamás en su vida había oído decir que los masones rezaran con tanta devoción el Rosario.

En España, cuando las circunstancias del país hicieron difícil la vida a los católicos, demostró su valentía y su lealtad a la fe y a las personas. Al cabo de los años, cuando se actuaba con rígida intransigencia con los no católicos, el Fundador los trató con cariño exquisito. Y también entonces sufrió molestias por parte de algunos que ejercían la autoridad.

En 1966, Monseñor Escrivá de Balaguer será nombrado hijo adoptivo de la Ciudad de Barcelona. Asiste al acto Rafael Termes, el que fuera primer director de El Palau. El Padre le da un fuerte abrazo. Mirándole, sonriente, repetirá una vez más: «¡valía la pena!… »(48). Lo dice sin pensar en honores personales, a los que ha renunciado desde siempre, sino por el gran número de vocaciones que han rubricado, durante estos años, la fidelidad de aquellos comienzos difíciles en los años 40.

Durante un viaje del Padre a través de España y Portugal, en 972, pasará -como tantas otras veces- por Barcelona. Allí, junto a un pueblo de la costa, en una casa de retiros, habla con un numeroso grupo de hijos suyos catalanes. Y Santiago Balcells le dice:

-«¿Cómo podemos sus hijos barceloneses compensar en parte esos sufrimientos que usted padeció solo o casi solo, hace años?»

-«¿Y me lo dices tú a mí? (…). Tuvimos necesidad de una persona en Barcelona que diera la cara, su nombre, para poner el primer Centro (…). Y tu hermano, cuando le maltrataron pensando que era del Opus Dei, no le dio la gana, por ser un caballero cristiano, aclarar que no era de la Obra: no dijo que era, pero tampoco que no era. Yo comenté con algunos: el Señor pagará a Alfonso esta generosidad y esta valentía con la vocación, que es el premio más grande que puede conceder»(49)

El y otras muchas vocaciones serán la mejor respuesta a la dureza y también a la fidelidad de los comienzos.

2. El ejemplo de un hogar cristiano

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Madrid, 1 de octubre de 1967, domingo. El Fundador del Opus Dei se reúne por la mañana con los padres de los alumnos de Tajamar (Vallecas). Les habla de ilusiones de juventud, de amor de Dios, de cariño, de trabajo, de hogares de familia, de esos hogares vuestros que yo bendigo con las dos manos, como bendigo el hogar ‑que ya se fue‑ de mis padres.

Monseñor Escrivá de Balaguer llevó siempre dentro del cora­zón aquel hogar, y agradeció especialmente a sus padres que hicieran posible su vocación. Aunque don José no llegó a conocer los planes que Dios reservaba a su hijo, sin embargo, con el ejemplo de su vida la Providencia divina formó al Fundador del Opus Dei, desde niño, para la misión que iba a confiarle en 1928.

Más de una vez se referiría a aquel hogar, que preparó la tierra donde fructificaría la semilla de la llamada de Dios: Nues­tro Señor fue preparando las cosas ‑apuntaba en 1970‑ para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo.

Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una forma­ción cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a uno de religiosas, y desde los siete a otro de religiosos.

Ante todo, le enseñaron lo que es un hogar auténticamente cristiano: Se querían mucho ‑resumía en Chile el 4 de julio de 1974‑, y sufrieron mucho en la vida, porque el Señor me tenía que preparar a mí (…). Los vi siempre sonrientes. No se hacían arrumacos delante de nosotros, pero se palpaba el cariño. Y yo puedo decirlo ahora por los cinco continentes, con agrade­cimiento; y añadir, como me oísteis el otro día, que soy paterna­lista.

Pocos días antes, en Buenos Aires, le habían preguntado por qué repetía que bendice el amor humano con sus dos manos de sacerdote. Empezó citando unos textos de la Sagrada Escritura, y se extendió en la respuesta:

(…) Y yo no puedo menos de bendecir ese amor humano, que el Señor me ha pedido a mí que me lo niegue. Pero lo amo en los demás, en el amor de mis padres, en el vuestro, en el de los cón­yuges entre sí. Ahora, ¡quereos de verdad! Y como os aconsejo siempre: marido y mujer, pocas riñas. Más vale no enredar con la felicidad. Ceded vosotras un poquito. Él cederá también.

Desde luego, delante de los hijos, no riñáis jamás; que los niños se fijan en todo, y forman enseguida su juicio (…).

Suelo decir con mucha alegría que yo soy paternalista. Mirad­me bien, que os pareceré antediluviano. Soy paternalista, porque tengo un recuerdo maravilloso de mi padre y de mi madre. No les vi reñir nunca. Se querían mucho…, luego reñían: es evidente.

Pero reñían cuando no estábamos los hijos delante. Y tam­poco se hacían simplezas; algún beso. Tened pudor delante de los hijos (…).

Aprendió así una gran lección: la del cariño, profundamente humano y sobrenatural. Pero no fue, ni mucho menos, la única. Buena parte de las virtudes humanas, sin las cuales un camino de santidad en medio del mundo sería ininteligible, las vivió desde niño el Fundador del Opus Dei en el hogar de sus padres.

Ellos le ayudaron, por ejemplo, a administrar la libertad y a respetar la de los demás, con su comprensión ante los errores, que corregían cuando era necesario. Nunca me imponían su vo­luntad, elogió muchas veces. Supieron hacerse amigos de sus hijos, como explicaba a un grupo numeroso de matrimonios en Buenos Aires en junio de 1974:

Me da mucha alegría decir que no recuerdo que mi padre me pegara más que en una ocasión. Era muy pequeñín, muy pe­queñín. Fue una de las pocas veces que me sentaba a la mesa con los mayores, en una de aquellas sillas altas. Debió de ser una tozudez mía. Yo soy muy tozudo, soy aragonés: y eso, llevado a lo sobrenatural, no tiene importancia; al contrario, es bueno, porque hay que insistir en la vida interior, ¿verdad? Total, que me dio un… ¿eh?

(Y hacía el gesto de dar un cachete).

No me volvió a tocar en la vida; nunca más: siempre me trató con dulzura, y me vino muy bien. Tengo un recuerdo encantador de mi padre, que se hizo amigo mío. Y por eso, yo aconsejo lo que he vivido: haceos amigos de vuestros hijos.

Otra manifestación práctica de cómo le enseñaron a adminis­trar su libertad era tenerle corto de dinero, cortísimo, pero libre. En cambio, su padre se preocupaba mucho por el bienestar de las personas que trabajaban a sus órdenes, y tenía con todos los necesitados un recio sentido de la caridad. Era muy limosnero, resumía el Fundador del Opus Dei, para indicar su modo de vivir la pobreza y la caridad cristianas.

De él recibió también un continuo ejemplo de laboriosidad. Le vio gastarse día tras día, incansablemente, con una sempiter­na sonrisa, primero en aquellos negocios de Barbastro, luego en Logroño, sin cesar en el empeño por el bien espiritual y material de su familia. Fue cumplidor, puntual. Nunca regateó esfuerzos en servicio de los demás y, al mismo tiempo, afrontó con temple y buen humor las contradicciones de la vida, también las grandes y difíciles de soportar. Siempre sereno, como quitando importancia a las cosas.

Los padres de Josemaría supieron rendirse generosamente a la voluntad de Dios. Llevaron sin una queja, como hemos visto, las pruebas que la Providencia divina permitió. El Espíritu Santo preparaba así, escondidamente, al Fundador del Opus Dei, que, andando los años, aceptaría humildemente:

Yo he hecho sufrir siempre mucho a los que tenía alrededor. No he provocado catástrofes, pero el Señor, para formarme a mí, que era el clavo ‑perdón, Señor‑, daba una en el clavo y ciento en la herradura. Y vi a mi padre como la personificación de Job. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque después he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro.

La vida de los Escrivá fue humanamente difícil. Dios quería que el Opus Dei naciera sin apoyos ni asideros terrenos, como reconocería, firmemente convencido, su Fundador:

Mi padre se arruinó totalmente, y cuando el Señor quiso que yo comenzara a trabajar en el Opus Dei, yo no tenía ni una virtud, ni una peseta; no tenía más que la gracia de Dios y buen humor. ¿Veis qué bueno fue esto? Ahora quiero más a mi padre, y doy gracias a Dios de que no le fuera nada bien en los negocios, porque así sé lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido.

Siento un orgullo santo: amo a mi padre con toda mi alma, y estoy seguro de que goza de un cielo muy alto porque supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana.

De igual manera, la Providencia divina’ se sirvió de esta familia para que Mons. Escrivá de Balaguer aprendiera, ya desde muy niño, a querer a Dios y a su Madre Santa María, y se en­caminara con toda normalidad por los senderos de la oración cristiana. El amor humano fue cauce del amor de Dios. El Fun­dador del Opus Dei lo subrayaría en infinidad de ocasiones, para hacer ver cómo debe ser el trato del alma enamorada con su Dios:

Cuando hay amor, me atrevería a afirmar que no hace falta ni siquiera hacer propósitos. Mi madre nunca hizo propósitos de quererme, ¡y hay que ver qué detalles de cariño tenía conmigo!

También ella fue un ejemplo vivo de laboriosidad, verdade­ramente decisivo para quien debía predicar los cristianos en su trabajo ordinario:

No recuerdo haberla visto nunca desocupada; siempre estaba atareada en alguna cosa: hacía una labor de punto, cosía o reco­sía prendas de ropa, leía… No tengo memoria de haber visto jamás a mi madre ociosa. Y no era una persona rara: era una persona corriente, amable (…) Era una buena madre de familia, de familia cristiana, y sabía aprovechar el tiempo.

El Fundador del Opus Dei solía poner, como criterio para vivir cristianamente desprendidos de los bienes materiales, usar­los como lo hace un padre de familia numerosa y pobre. Así lo hicieron sus padres: llevaron siempre su casa con espíritu de tra­bajo y detalles de buen orden. Cuando, a partir de un determina­do momento, tuvieron menos medios económicos, continuaron viviendo dignamente, con buen gusto, sin que se advirtieran las carencias, porque suplían con imaginación, cariño y picardía la falta de grandes cosas.

Pero desde siempre habían hecho notar a sus hijos la impor­tancia de hacer durar las cosas, para ahorrar gastos innecesarios; de pensar muy bien, con sentido común, cualquier compra, “sin alargar el brazo más que la manga”; de aprovechar hasta las cosas aparentemente menos aprovechables: “con los hilos que se tiran, el demonio hace una soga”, enseñó doña Dolores a su hija Carmen cuando aprendía a coser en Barbastro…

Una anécdota compendia su señorío en la vida de familia. El postre tradicional del Viernes de Dolores eran crespillos, hojas de espinacas rebozadas con una crema de huevo, harina y leche, fritas en poco aceite y espolvoreadas con azúcar. Se servían abun­dantes, muy calientes, con mucho azúcar, en una fuente grande de porcelana, cubierta con una servilleta de hilo blanco. A doña Dolores le gustaban mucho los crespillos, pero comprendía que no los podía hacer servir con frecuencia: y eligió el día de su santo. Era un acontecimiento en la casa, que esperaban los hijos con mayor ilusión que los dulces más caros del mundo.

Edificar sobre la oración y el sacrificio

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá entendía que en una empresa espiritual el orden debía ser “oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción”[1]. Su primera preocupación, por tanto, fue intensificar su propia oración y penitencia y buscar las oraciones y sacrificios de otras personas. En una meditación predicada pocos meses antes de su muerte dijo: “¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no”[2].

Escrivá estaba convencido de que “después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos”[3]. Buscaba ansiosamente las oraciones de sacerdotes, y llegaba incluso a pararles por la calle, aunque no los hubiese visto nunca, para pedirles que rezaran por sus intenciones. En sus frecuentes visitas a enfermos y moribundos les rogaba que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención suya.

Cada mañana, en su camino para celebrar la Santa Misa se encontraba con una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, pidiendo limosna. Un día se acercó a ella y le dijo, haciendose eco de las palabras de san Pedro en los “Hechos de los Apóstoles”:

“-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

-Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”.

“Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa”[4].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 82

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 315

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 98

[4] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 112

Contexto político

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Tras un breve interludio de gobierno republicano, conocido en la historia española con el nombre de Primera República, la constitución de 1876 restauró una monarquía parlamentaria moderadamente liberal. Pero las elecciones eran tan corruptas que el sufragio universal masculino establecido por la constitución apenas se notaba. Durante décadas los dos principales partidos –el Liberal y el Conservador- se alternaron en el poder no por la derrota de sus rivales en unas elecciones honradas, sino porque sus líderes convenían que había llegado el momento de cambiar de gobierno y apañaban las elecciones para que se produjera el resultado deseado. El desastre de 1898 puso de manifiesto la necesidad de una reforma profunda del país, “regeneración” llamada en su momento. El sistema político se reveló incapaz de responder a dicha demanda y entró en una profunda crisis durante las dos primeras décadas del siglo XX.

España no participó en la Primera Guerra Mundial. Aunque el país se benefició económicamente de la demanda de sus productos que exigía la guerra, la tensión del momento colapsó la constitución monárquica de 1876. En 1923 el general Primo de Rivera dio un golpe de estado y exigió al rey Alfonso XIII que destituyera al gobierno y le otorgara plenos poderes. El general no tenía experiencia ni proyecto político alguno, salvo el deseo de resolver la crisis del momento. La dictadura que estableció era anormalmente blanda y en principio tuvo un considerable apoyo popular, incluso desde el partido socialista. El dictador estableció relaciones amistosas con la jerarquía eclesiástica y subvencionó a las escuelas católicas. La Asociación Católica Nacional Propagandista (ACNP) -un influyente grupo católico- fue el núcleo del partido político que se formó durante los últimos años de su mandato. Aunque con Primo de Rivera España progresó considerablemente, debido en parte al “boom” económico europeo, no resolvió sus problemas sociales. La situación política se complicó todavía más ya que el apoyo del rey a la dictadura minó la credibilidad política de la monarquía. Cuando el país empezó a sentir los efectos de la gran depresión de 1929, el dictador había perdido casi todo el apoyo popular. Permaneció algún tiempo más en el poder, pero con una oposición cada vez mayor entre la población civil y el ejército. Finalmente, en enero de 1930, cuando el rey le pidió la dimisión para evitar un golpe de estado militar, se exilió en Francia sin causar problemas. Le sustituyó el general Berenguer, que además de carecer de experiencia y habilidad política, estaba mal dotado para dirigir un país que tenía el reto de lograr un nuevo consenso político. El Opus Dei dio sus primeros pasos en este ambiente de calma externa, pero de serios problemas económicos, sociales y políticos soterrados.

Entre los pobres y enfermos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las obligaciones de Escrivá en la iglesia de San Miguel –limitadas a decir Misa diariamente– satisfacían muy poco su celo sacerdotal. Un mes después de trasladarse a la residencia de sacerdotes, la fundadora de las Damas Apostólicas, Luz Rodríguez Casanova, le pidió que fuera el capellán del Patronato de Enfermos, abierto por esta comunidad. Escrivá aceptó feliz el ofrecimiento. Sin embargo necesitaba el permiso del obispo de Madrid para poder decir Misa, predicar u oir confesiones fuera de la iglesia de San Miguel. Gracias a la fundadora, que disfrutaba de excelentes relaciones con el obispo Eijo y Garay, Escrivá pudo obtener el permiso requerido. No obstante, el obispo estaba tan decidido a reducir el número de sacerdotes de otras diócesis en Madrid, que sólo lo concedió durante un año. Escrivá tendría que pedir cada cierto tiempo renovar sus licencias eclesiásticas para administrar los sacramentos y predicar en Madrid, además de solicitar la renovación de licencias en su diócesis de Zaragoza.

Los deberes oficiales de Escrivá como capellán del Patronato de Enfermos se limitaban a decir Misa y oficiar los demás actos que se celebraban en la iglesia, pero pronto empezó a ayudar a las Damas Apostólicas de otros modos. El Patronato de Enfermos intentaba remediar alguna de las deficiencias de la sanidad de entonces. Prácticamente no existía la sanidad pública. Había algunos hospitales del Estado, pero no estaban a la altura de los más modernos, equipados con material técnico y personal áltamente cualificado. Eran casi barracones para los indigentes moribundos, que no tenían otro sitio a donde ir. Nadie que pudiera pagar una clínica privada acudía a un hospital público. Y sólo los muy afortunados de entre los pobres eran admitidos en ellos. El escaso número de camas hacía que a menudo los pobres simplemente se quedaran sufriendo en sus chabolas. El Patronato tenía una enfermería con veinte camas y una clínica móvil.

Las Damas Apostólicas también atendían unas 60 escuelas para niños pobres en los suburbios y otras zonas de clase obrera de Madrid. Allí, 14.000 estudiantes recibían educación primaria y aprendían los rudimentos de la religión. Las Damas Apostólicas también habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, en barrios donde los inmigrantes de las provincias vivían sin nada, casi siempre en chabolas hechas por ellos mismos. Sin embargo, ninguna de estas capillas tenía un capellán fijo.

Escrivá pronto se involucró en muchas de estas actividades. Oía confesiones, enseñaba el catecismo, administraba los sacramentos a los enfermos en sus casas y cada año preparaba a cerca de 4.000 niños para su primera comunión.

Escrivá obtuvo lecciones para su vida interior de su contacto con los niños. Considerando las tareas que Dios le estaba encomendando, pero que todavía no veía con claridad, concluyó que su fuerza debía proceder de su indigencia. Él tenía “nada y menos que nada”[1], decía, pero, con la oración, todo saldría como Dios quería. La vida de infancia espiritual, dijo en una ocasión, “se me metió en el corazón tratando a los niños. Aprendí de ellos, de su sencillez, de su inocencia, de su candor, de contemplar que pedían la luna y había que dársela. Y yo tenía que pedirle a Dios la luna: ¡Dios mío, la luna!”[2]

La parte más exigente y agotadora del trabajo de Escrivá para el Patronato eran las visitas a los enfermos en sus casas, para oír confesiones, llevarles la comunión y administrarles el sacramento de la extremaunción. Las Damas Apostólicas estaban en contacto con miles de personas de condición humilde y recibían numerosas peticiones – a veces de la propia persona, y a veces de un pariente – para que un sacerdote llevara los sacramentos al enfermo. En aquellos tiempos sólo se llevaba la comunión a los moribundos. Las Damas Apostólicas obtuvieron permiso del obispo para llevarla a cualquier enfermo que lo pidiera, si el párroco del lugar estaba de acuerdo.

Gran parte de esta carga recayó en Escrivá. Viajaba de un extremo a otro de la ciudad, normalmente a pie o en tranvía, para ejercer su ministerio entre los enfermos de los barrios más pobres. Gracias a sus modales educados, pero sobre todo a su intensa oración y sacrificio, el joven sacerdote tenía un don especial para hacer que gente largo tiempo separada de la Iglesia se reconciliara con Dios en el lecho de muerte. En sus notas personales, por ejemplo, describía el siguiente caso: “Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. ‘Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas’… (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). Tiene Vd. razón, le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. ‘Me ha dicho que me confiese…, porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!’. Entonces yo: hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse? ‘A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido’. Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse —tenía unos cincuenta años el hombre— se había confesado… Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose”.[3]

Una de las religiosas que trabajaban en el Patronato en aquel tiempo recordaba más tarde: “Cuando teníamos un enfermo difícil, que se resistía a recibir los sacramentos, que se nos iba a morir lejos de la Gracia, se lo confiábamos a don Josemaría en la seguridad de que estaría atendido y que, en la mayoría de los casos, se ganaría su voluntad y le abriría las puertas del Cielo. No recuerdo un solo caso en el que fracasáramos en nuestro intento”[4].

Algunos años antes de su muerte, Escrivá rezaba en voz alta, trayendo a la memoria esta etapa de su vida: “Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios… Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más”[5]

El celo apostólico de Escrivá no se limitaba a los pobres y enfermos. Estaba ansioso de extender el fuego de Cristo a todo el mundo, incluyendo los miembros de algunas familias aristocráticas que conoció. Las palabras de Cristo “Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda” (Lc 12:49) se desbordaban a menudo de su corazón en forma de canción.

Extender el fuego del amor de Cristo en el mundo. Ciertamente, esto era una parte de lo que Dios le estaba pidiendo desde su adolescencia, y Escrivá continuaba respondiendo a esa llamada divina con las palabras del profeta Samuel, “Aquí estoy, porque me has llamado” (1Sm 3:5). Uno de sus apuntes resume mucha de su oración mientras estuvo en Madrid en 1927 y 1928: “Fac, ut sit” (“Hazlo, haz que sea”)[6]. En respuesta a estas ardientes peticiones, recibía de Dios inspiraciones en forma de palabras oídas en su oración. Escrivá procuró meditar sobre ellas, y ponerlas en práctica. No obstante, seguían siendo oscuras y fragmentarias, acercamientos a ese “algo” todavía indefinido que Dios quería de él.

[1] José Luis Illanes. ob. cit. p. 75

[2] Ana Sastre. TIEMPO DE CAMINAR. Ediciones Rialp. Madrid 1989. p. 84

[3] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 283

[4] Testimonio de Asunción Muñoz González. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 373

[5] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 280

[6] ibid. p. 286

Formalizar el compromiso de los miembros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La aprobación eclesiástica podía esperar; lo que se hacía cada vez más urgente era formalizar de alguna manera el compromiso de los miembros. En un principio fue algo puramente interno y no formalizado. Dios les había invitado a dedicarle su vida en el Opus Dei, ellos habían respondido con un “sí” y le habían comunicado su decisión al Padre. Sin embargo, no había nada que avalara su compromiso. Algunos sacerdotes, sin relación con el Opus Dei, llenaron de inquietud las almas de algunos de estos jóvenes al afirmar que su decisión de entregar sus vidas a Dios no era válida ya que no había tenido una manifestación externa.

Ni la Teología Espiritual ni el Derecho Canónico proporcionaban a Escrivá una solución satisfactoria. En la mente de casi todos los teólogos y canonistas la idea de un compromiso vocacional total a la santidad y al apostolado estaba relacionada con el estado consagrado o el sacerdocio. Los laicos podían unirse a diversas asociaciones y grupos, pero sólo con un compromiso parcial que afectara a algún aspecto de sus vidas.

Al parecer la única fórmula disponible era el voto. La mayoría de los católicos relacionaba los votos públicos con las órdenes religiosas, y Escrivá quería evitar cualquier posible confusión de los miembros del Opus Dei con los religiosos. Tenía en alta estima la vocación de religioso, pero la llamada al Opus Dei era algo totalmente diferente. No se trataba de renunciar al mundo, sino de afirmar la secularidad como un valor cristiano positivo.

También existía la posibilidad de hacer votos privados. No era raro en esa época que los laicos, hombres y mujeres, los hicieran para realizar cosas concretas, incluido el voto de obediencia al director espiritual. No se podía decir que fueran religiosos el hombre o la mujer que tuvieran un voto privado, pero la mentalidad general los asociaba casi inmediatamente con el estado religioso.

Con todo, hacia 1934 Escrivá juzgó necesario dar ya una forma concreta al compromiso de los miembros del Opus Dei. Después de consultar a don Norberto Rodríguez y a su director espiritual, el padre Valentín Sánchez, S.J., con muchas reticencias, pensó que, hasta que se dispusiera de una solución mejor, los que incorporaran al Opus Dei hiciesen un voto privado, que les ayudaría a tomar conciencia plena de la seriedad del compromiso adquirido. Puso la condición de que los votos quedaran reservados a la conciencia de la persona que los hacía. El Opus Dei no los recibiría ni constituirían un lazo entre la Obra y sus miembros. El vínculo se basaría en una simple declaración en la cual el miembro manifestaría su decisión de dedicar su vida a buscar la santidad y hacer apostolado conforme al espíritu de la Obra.

El 3 de marzo de 1934 varios fieles del Opus Dei formalizaron por vez primera su compromiso. Jurídicamente era un compromiso temporal, aunque implicara la firme decisión espiritual de dedicar su vida entera al Opus Dei. El 19 de marzo de 1935, fiesta de san José, por primera vez un grupo de miembros se comprometió de por vida. Ninguno de ellos llevaba mucho tiempo en la Obra: Zorzano, poco más de cuatro años y medio; Barredo y Vargas, dos; y Vallespín, sólo un año y medio, aunque por vivir en Madrid recibió una formación más continuada que Zorzano o Barredo.

Hoy en día no se puede hacer un compromiso definitivo con Dios en el Opus Dei hasta que hayan transcurrido, al menos, seis años y medio desde que se pidió pertenecer a la Obra. Pero en esta época el Opus Dei necesitaba con urgencia de personas completamente dedicadas a su desarrollo. Escrivá juzgó que la madurez humana y espiritual de esos jóvenes, las circunstancias de entonces y las gracias especiales que Dios concede en el periodo fundacional justificaban plenamente que se incorporaran definitivamente al Opus Dei en esos momentos. Vallespín, Vargas y González Barredo así lo hicieron el 19 de marzo de 1935. La sencilla ceremonia tuvo lugar ante la cruz de madera sin crucifijo en el oratorio de la academia DYA. Zorzano no pudo acudir a Madrid en esa fecha y tuvo que retrasar su incorporación definitiva hasta el 18 de abril de ese mismo año.

Escrivá explicó que la incorporación definitiva al Opus Dei implicaba “dedicar la vida para siempre a la Obra”[1]. Después de que ellos se comprometieran de forma permanente con Dios en el Opus Dei, Escrivá les preguntaba: “Tú, si el Señor dispusiera de mi vida antes de que la Obra tenga las necesarias aprobaciones canónicas, que le den estabilidad, ¿seguirías trabajando por sacar la Obra adelante, aun a costa de tu hacienda, y de tu honor, y de tu actividad profesional, poniendo, en una palabra, toda tu vida en el servicio de Dios en su Obra?”[2].

La pregunta y el firme sí con que respondieron dan cuenta de la seriedad del compromiso que contraían. Hacía falta una gran fe para dedicarse, en celibato apostólico, a algo que todavía no existía a los ojos de la Iglesia y de la sociedad civil: de momento, lo único que podían enseñar era una pequeña academia-residencia financieramente inestable y un sacerdote de treinta y tres años, sin dinero, que les aseguraba que la empresa en la que se habían metido era Obra de Dios y estaba destinada a llevar el mensaje de la llamada universal a la santidad a hombres y mujeres de todo el mundo. Ese mensaje parecía una locura a la mayoría de la gente. Y a quienes no se lo parecía, con frecuencia tampoco lo entendían y confundían el Opus Dei con una nueva forma de vida religiosa. Los miembros de la Obra se comprometían a algo que claramente iba a exigir de ellos mucha oración y trabajo antes de encontrar su lugar en la Iglesia.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 543

[2] Ibid. p. 543-544

Todos pueden participar

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

No hay fórmulas hechas para esta labor. Las iniciativas surgen de la propia vida en cada lugar, según las necesidades. Se trata de hacer ver la dimensión cristiana de los sucesos humanos, el destino sobrenatural de la persona, el valor humano y divino del trabajo. Cualquiera puede echar una mano, si desea «servir» a sus hermanos los hombres pensando en su dignidad. No son labores para la galería, sino para movilizar lo mejor de las personas, lo mejor de las familias, lo mejor de la sociedad. Y tampoco hay fronteras, porque el Opus Dei se encuentra a gusto en todas partes. Personas, trabajo, ganas de hacer, alegría, amor de Dios: son éstos los ingredientes de todas las iniciativas apostólicas de los miembros del Opus Dei.

No he encontrado ninguna publicación exhaustiva de estas labores, lo cual me parece natural, dada la poca afición de los miembros del Opus Dei a las estadísticas y a las gráficas de crecimiento. Existen, desde luego, folletos y recortes de periódico que explican al por mayor las características de tal o cual labor, con el fin de meter rápidamente en harina a quien desee comprometerse de verdad al servicio de sus semejantes o de informar sucintamente a quienes no disponen de mucho tiempo. Los hombres están cansados de teorías y quieren hechos naturales, que se expliquen con pocas palabras. Por eso creo que lo mejor que se puede decir de estas labores apostólicas es que están ahí para que nos acerquemos a ellas y ayudemos… Y si no, que se lo pregunten al atareadísimo y tranquilo cirujano, amigo mío, que lleva meses sacando tiempo para poner en marcha, con otros amigos de otras profesiones, un centro médico que haga del dolor y del amor una sola cosa, y que ponga el esfuerzo de la perfección humana al servicio de una humanidad doliente que tiene derecho a acercarse a Dios, con la ayuda directa de sus semejantes, también cuando dispone sólo de su sufrimiento.

Centros preuniversitarios y universitarios; Centros de Cultura superior; Institutos de Formación Profesional Obrera, como el Centro ELIS, Tajamar y tantos otros; Escuelas de Arte y Hogar y Escuelas de Formación profesional para la mujer; Escuelas de Capacitación agrícola; casas para retiros y convivencias; Centros culturales y deportivos, etc., situados en países de los cinco continentes y abiertos a toda clase de personas, ofrecen de hecho una imagen fácilmente comprobable. Funcionan ya antes de que las instalaciones estén ultimadas; se organizan sin retórica ni campanillas y con trabajo para todos desde el primer momento; se convierten sobre la marcha en centros de irradiación, que atraen a las familias de los alumnos y a todos los que deseen colaborar; se aprovechan a tope las instalaciones y los medios materiales para sacarles el máximo rendimiento posible, con enseñanza nocturna si es necesario; y se vive de continuo y a fondo una libertad sin otro límite que el de la propia responsabilidad; personal e intransferible.

«¿De dónde sacas el tiempo?»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

La mayor incógnita de mis amigas –afirma Margarita, ama de casa– es la eterna cuestión… «¿Pero tú de dónde sacas el tiempo?». Aunque mi marido y yo solemos decir que de lo único que no tenemos tiempo es de perder el tiempo. Sinceramente creo que el tiempo se estira y se encoge y todo es cuestión de querer. Para esto es aconsejable levantarse a una hora en punto todos los días. Más o menos, desde el día anterior tengo organizado el siguiente, aunque esto es muy elástico, porque las cosas no salen siempre como se tienen previstas. No se trata de organizar un régimen de cuartel, pero sí conviene prepararlo, y tener un horario, aunque sea ligero, porque después van surgiendo cosas. Así da tiempo a dedicar un rato durante el día a hacer oración, tratar a algunas amigas, tener la casa arreglada, y encima dar clases a los niños… Claro, que esto me hace ir corriendo todo el día.

Mi apostolado –concreta– surge naturalmente del trato con las personas que viven por los alrededores de mi casa y que, a fuerza de tratarnos, va nos hemos hecho amigas. Nos vemos y nos buscamos con frecuencia. Cuando ha pasado un poco de tiempo y no he podido estar con alguna de ellas, me suelo acercar a su casa al ir a buscar al pequeño al colegio. Siempre se tiene la oportunidad de ayudar a los demás o de proporcionarles nuevas experiencias en cualquier circunstancia. Con la enfermedad de un hijo mío, que estuvo siete años entre la vida y la muerte, solían venir algunas visitas y a lo mejor comentaban: « ¡Qué horror! Mira que pasaros eso a vosotros…». Entonces era el momento de explicarles que si se tiene una clara conciencia de la filiación divina, si de verdad se está convencido de que Dios es nuestro Padre y de que nos da fuerzas y nos ayuda en todo momento, las cosas se ven de otro modo… Suelo hablar mucho con mis amigas del trabajo de la casa, que puede convertirse en un trabajo profesional muy serio, en el que la falta de controles y de exigencias de un jefe debe ser sustituida por un sentido profundo de responsabilidad. A veces me suelo preguntar: «Si a mí me estuviera pagando una persona de fuera por mi trabajo en la casa, ¿podría mantenerme con este sueldo?». Hablo también mucho con ellas del matrimonio… En realidad todo esto es hablar de Dios. Les suelo aconsejar libros para que se vayan formando y después conversamos sobre lo que han leído. Insisto sobre todo en la idea de que el trabajo no es algo que empieza y acaba en el mismo trabajo, sino que tiene una enorme repercusión, hasta el punto de que puede convertirseen el mejor medio de santificación. Pero esto no sólo para mí, que tengo una vocación concreta, sino para cualquier persona…


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