Entrevista al Prelado del Opus Dei

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Mons. Javier Echevarría, entrevistado por La Repubblica con ocasión del 80 aniversario de la fundación del Opus Dei.

La Repubblica
Marco Politi entrevista a Mons. Javier Echevarría

83.000 miembros laicos 1.900 sacerdotes, una gran parte de su presencia está en Europa y América y 6.600 miembros en África, Asia y Oceanía. El Opus Dei es como una gran empresa espiritual bien consolidada. Mira hacia atrás a sus primeros ochenta años y escruta el futuro “El Opus Dei existe para recordar que Dios llama a todos a ser santos y para ayudar a vivir el Evangelio en las mil situaciones de la vida ordinaria”, explica programáticamente el Prelado Mons. Javier Echevarría. “Hace 80 años –añade– este mensaje era nuevo y revolucionario y lo es todavía hoy”. En sus viajes dice que percibe en la gente una búsqueda de “sentido ideal de la vida determinado por una esperanza que quizá no conocen. Es la búsqueda de un Transcendente del cual muchos tal vez huyen pero del que tienen tanta necesidad”.

A sus 76 años Mons. Echevarría, a pesar de su físico pequeño y frágil, juega todavía una vez por semana al tenis, escucha con pasión a Beethoven y en cuanto tiene tiempo devora libros de teología, filosofía, derecho canónico, historia de la Iglesia y literatura. El tenis le ha enseñado a devolver los reveses y los golpes liftados.

Mons. Echevarría, el Código da Vinci al final les ha servido a ustedes de publicidad, pero continúa circulando la imagen de un Opus parecido a una masonería blanca.
¿No es paradójico hablar de secretismo desde las columnas de un periódico nacional? Cada día nos llegan centenares de solicitudes de personas que buscan un encuentro directo. En www.opusdei.org ofrecemos noticias, documentos, y actualizaciones en 28 lenguas. Cualquiera que trate personalmente a un fiel de la Prelatura conoce su compromiso y su dedicación a Cristo. Para nosotros transparencia significa dejar que se vea a Jesús en la amistad y en las relaciones de la vida diaria.

Tal vez están particularmente presentes entre las clases dirigentes, influyentes, acomodadas.
En realidad la mayoría de los fieles pertenece a la clase media y muchos llegan a duras penas a fin de mes. Pero la verdadera cuestión es que cualquier profesión honrada puede ser santificada y llegar a ser la ocasión de un encuentro personal con Cristo. Nuestras actividades de formación espiritual están dirigidas a personas de todas las clases sociales.

¿Los del Opus Dei no se pasan un poco en el ansia de proselitismo?
Todos los cristianos están invitados a seguir la invitación de Jesús de convertirse en “pescadores de almas”. El apostolado y el proselitismo, entendidos como anuncio cristiano siempre respetuoso de la libertad, no son un fin en sí mismos, ni las actividades autoreferenciales de tal o cual institución. El Opus Dei no hace otra cosa que hacer eco, también en este aspecto, de la enseñanza de la Iglesia universal.

¿En qué se concentra vuestra misión hoy día?
Se modula en función de las prioridades de cada momento histórico. Dar vida a una familia es hoy un desafío grande: la casa, el colegio para los niños, el cuidado de los ancianos y de los enfermos, el ritmo de trabajo de los padres. Por eso una de nuestras prioridades es la promoción de actividades de formación cristiana para muchos padres, tanto si son fieles de la Prelatura como si no pertenecen al Opus Dei.

¿Cómo se relacionan con los ateos y agnósticos?
Estamos abiertos a todos. Las personas que tienen un alma, aunque no lo sepan o no lo quieran saber, son para nosotros amigos y hermanos, y por eso nos ponemos a su servicio, lo mismo que con todos los demás.

80 años son muchos. ¿Qué ha aprendido el Opus? ¿Qué defectos debería evitar?
Yo veo lo que he escuchado decir tantas veces a san Josemaría Escrivá, no por orgullo o soberbia: que la Obra no tendría nunca necesidad de ninguna renovación para adaptarse al mundo, porque su fin es enseñar a todos, comenzando por nosotros mismos, a santificar lo cotidiano. También en el futuro será necesario estar en el mundo. Tendremos siempre que dirigirnos a ese Dios que nunca nos abandona y nos extiende la mano, para que nosotros lo acojamos y después caminemos con su ayuda.

¿Y usted personalmente qué ha aprendido ejerciendo como Prelado?
Cada día debo aprender a rezar, aprender a ser más mortificado, aprender a servir a todas las personas que encuentro. Porque las palabras del Señor no son un simple relato, sino una realidad. Recordemos cuando Él dice: “Si habéis maltratado a los enfermos, a los pobres, a los ignorantes, entonces me habéis maltratado a Mí”.

¿Tiene algún recuerdo particular de San Josemaría?
Me impresionaba su buen humor, unido a su amor a Dios. Era un buen maestro que sabía animar y corregir, un sacerdote y un padre que se dedicaba completamente al servicio de Dios y de las almas. Pero con él también se reía y se bromeaba. En el coche cantaba canciones que trataban del amor humano, que le gustaba interpretar pensando en su amor por Dios. Una vez nos dijo que cuando se muriese le gustaría escuchar aquella canción italiana que dice: “Abrid las ventanas al sol nuevo, ya es primavera”.

América Latina, África, Asia son algunos de vuestros territorios de trabajo. ¿Qué iniciativas desarrollan allí?
A menudo se habla de la sociedad de consumo, pero no podemos olvidar que gran parte de la humanidad vive en condiciones de pobreza y de miseria. También en Occidente. La respuesta de la Iglesia ha sido siempre no solo la beneficencia sino también la educación. Por ejemplo en los Andes, en Perú, algunos fieles de la Prelatura, junto con otras personas, han creado una red de promotoras rurales: mujeres de esos pueblos hacen de educadoras para la alfabetización, higiene, las normas sanitarias básicas. En tantos países del Sur y del Norte del mundo el desafío es ayudar a la población local a asumir la responsabilidad del desarrollo de su propia sociedad.

Están presentes también en China.
Para nosotros China no es una novedad, como tampoco lo era Rusia. Muchos fieles del Opus Dei están en China como diplomáticos, ingenieros, abogados, profesores. Estos fieles son ciudadanos normalísimos, que tienen trato con muchas personas que se saben comprendidas, queridas. Y también se busca llevar la semilla de Cristo. Tenemos iniciativas de educación y de asistencia social en Hong  Kong, Macao y Cantón. Y hay sacerdotes que son llamados para ir a China continental a ayudar a otras personas.

Mons. Echevarría, ya ha sido proclamado santo Josemaría Escrivá. Ahora han comenzado el proceso de beatificación de su sucesor Álvaro del Portillo. ¿Por qué este interés en tener los propios santos?
Fíjese que no tenemos hambre de santos sino de santidad. Porque la santidad nos lleva a estar cerca del Señor, que es paz y alegría para todo el mundo. Nosotros no queremos enseñar algunos santos para decir después: mirad qué distinto es este santo. Sino para hacer ver a todos que también ellos, si quieren, pueden esforzarse por ser santos.

5. Afán por todas las almas

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Hasta el momento mismo de su muerte, el Fundador del Opus Dei manifestó su amor ‑su auténtica pasión‑ por la san­tidad de todos los sacerdotes. En la mañana del 26 de junio de 1975, dos horas antes de morir, el Fundador decía en un Centro de la Sección de mujeres del Opus Dei en Castelgandolfo:

Vosotras, por ser cristianas, tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal y, con la gracia de Dios, al ministerio sacerdotal de nosotros, los sacerdotes. Entre todos, haremos una labor eficaz.

Sacad motivo de todo para tratar a Dios y a su Madre Ben­dita, Nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio a su Iglesia y al Santo Padre.

Se trataba de un tema muy original que predicó sin interrup­ción a lo largo de los años ‑nadie hasta él había precisado esa realidad teológica del alma sacerdotal propia de todos los fieles, también de las mujeres‑, y una vez más pedía ayuda.

Su amor por los sacerdotes ‑y por los religiosos y las reli­giosas, aunque siempre advertía que no era ésta su vocación­- fue constante en su vida. Lo destacaba el Arzobispo de Zaragoza. Mons. Cantero, en la homilía que pronunció en un funeral por el alma del Fundador del Opus Dei, con una anécdota expresiva: “Yo jamás olvidaré uno de mis encuentros personales con mi querido y llorado amigo Josemaría Escrivá. Inesperadamente, al caer la tarde del 14 de agosto de 1931, se presentó en mi casa en Madrid, con un calor de bochorno, en cuyo cielo, aun después de tres meses, parecía seguir flotando el humo de la quema de los conventos. Aquella visita y conversación con Josemaría Escrivá cambió la perspectiva de mi vida y ministerio pastoral”.

Mons. Abilio del Campo, obispo de Calahorra, La Calzada y Logroño, testificó también su amor incondicional e incondicio­nado al Romano Pontífice, su veneración a la Jerarquía y a los sacerdotes, sus hermanos, y su cariño a los religiosos. Y recalcó con especial fuerza su amor a los sacerdotes diocesanos, para los que providencialmente abrió un lugar en el Opus Dei, y a los que siempre inculcó obediencia rendida al Ordinario propio. En su diócesis ha conocido a diversos sacerdotes realmente ejemplares, socios de la Obra, que “siempre han sido para mí hijos obedientes v celosos colaboradores en las tareas pastorales”.

A su vez, Mons. Méndez, Arzobispo de Pamplona, declaraba en una entrevista periodística de urgencia, al tenerse noticia del fallecimiento del Fundador del Opus Dei: “También advertí su dimensión sacerdotal. El tema del sacerdocio afloraba con vivo amor. Todo lo relacionado con los sacerdotes le interesaba de forma apasionada”.

Y vivió esta solicitud en todo momento, incluso, en circuns­tancias muy duras. Así, en los bosques de Lérida, mientras espe­raba en el invierno de 1937 el momento de iniciar el camino que por los Pirineos debía llevarle hasta Andorra, había un sacerdote de Pons, escondido en el feudo de Vilaró, que fue a ver al Fun­dador del Opus Dei, y charló con él en diversas ocasiones. en otra cabaña, aproximadamente a una hora de distancia, hacía un grupo de sacerdotes refugiados desde el primer día de la guerra. No dejó de visitarlos, para reforzar su optimismo y su visión sobrenatural.

Experimentaba con gran claridad que de la santidad de todos los sacerdotes depende la santidad de muchas almas. Lo observó un sacerdote de León, don Manuel Martínez Martínez, oyéndole predicar los ejercicios espirituales para los sacerdotes de aquella diócesis, poco después de terminar la Guerra de España. Le había invitado el P. Ballester, obispo de León, que un día de aquellos observó: ‑¿,Ha visto usted cómo le escuchan? Y Mons. Escrivá de Balaguer respondió al prelado que procuraba esmerarse con los sacerdotes, porque ellos tendrían luego que moverla piedad de los fieles: si se consigue ‑decía‑ que los sacerdotes sean hombres de más fe, más virtuosos, se habrá conseguido todo».

Este amor a todas las almas explica que el Fundador (¡el Opus Dei predicase, por aquellos años cuarenta, tantos ejercicios y retiros espirituales a sacerdotes de toda España. No le sobraba el tiempo, porque entonces su trabajo para impulsar la Obra era enorme y ‑hasta 1944‑ fue el único sacerdote del Opus Del. Tenía que preparar a los socios de la Obra para el apostolado, y hacía además una amplia labor con otros muchos fieles, que bus­caban en él dirección espiritual y aliento. Por si fuera poco, le llamaban obispos de toda España para predicar a sacerdotes `° a religiosos. Al acabar la guerra española tenía 37 años, y eran muchos los prelados que le apreciaban. Por eso acudían a él. para que les ayudase a formar a sus sacerdotes.

Don Jesús Enjuto, que tenía 73 años en 1975, asistió en el verano de 1942 ‑o 1943, no sabe precisar de memoria‑ a los ejercicios espirituales que el Fundador del Opus Dei dirigió en el Seminario diocesano de Segovia, invitado por el Obispo, Mon­señor Platero. Como, hasta fechas recientes, todos los prelados organizaban ejercicios para el clero de sus diócesis, no es arries­gado pensar que quizá algún sacerdote acudiera más por cumplir con el obispo que por verdaderos deseos de aprovechar ese medio tradicional para aumentar la vida interior. Precisamente en aquel verano, a don Jesús Enjuto le dio por pensar la unanimidad de todos: “fueron unos ejercicios espirituales como nunca se habían tenido”, por la fuerza de su predicación, llena de cariño, de amor, de espiritualidad, que “no empleaba las disyuntivas tre­mendistas al uso, desalentadoras a veces y que presentaban la santidad como algo inasequible”. A1 contrario, era “una predica­ción estimulante, que a todos, sin excepción, nos movió, nos en­tusiasmó”. Se notaba que el predicador amaba a los religiosos, pero no amaba menos a sus hermanos en el sacerdocio y los quería también santos, tan santos como el religioso más obser­vante (idea ésta ‑es preciso subrayarlo hoy‑ no habitual en aquellos tiempos, en que la vida de santidad, la perfección, se asociaba al claustro, a la entrega propia de los religiosos).

Numerosísimos sacerdotes ponderan hoy ‑al cabo de más de treinta años‑ los ejercicios o retiros a los que asistieron enton­ces. Algunos conservan notas, como don Jaime Bertrán Crespell, que estuvo del 13 al 18 de octubre de 1941 en el Seminario Conci­liar de Lérida. Era coadjutor de la parroquia de San Juan Bautis­ta y profesor adjunto de Religión en el Instituto de segunda enseñanza de aquella ciudad. La idea central que retiene de aquellos días fue “enamorarme de Jesucristo”. Y sus dos prime­ros propósitos, “sentirse sacerdote cien por cien” y “aparecer tal en todas partes”, inspirados por el director de la tanda.

Una de las cosas más expresivas la publicó don Juan Ordóñez Márquez, en el diario ABC de Sevilla. Comenzaba su artículo: “No sabemos si ha muerto un santo. La Iglesia juzgará en su día. Sólo sabemos que ha muerto un sacerdote que hizo camino. Y ;qué sacerdote!”. Hacía luego toda una descripción del sacer­docio sin fronteras del Fundador del Opus Dei, que culminaba ‑como supremo elogio‑ en la afirmación de que fue un “sacerdote, en fin, capaz de contagiar de entusiasmo sacerdotal a Íos propios sacerdotes en la Iglesia”.

Para conseguir esa sintonía, ese entusiasmo, no parecía hacer nada extraordinario. Era uno más, hermano de sus hermanos, que les quería con locura, y por esto, nunca dejó de abrumarle el hecho de que debiera ser él quien les predicara: en más de una ocasión, les decía que era como vender miel al colmenero. Nada raro, nada extraordinario había en sus ejercicios espirituales. Don Francisco Álvarez Rodrigo, párroco de San Francisco de la Vega, en León, estuvo en una de esas tandas: ni sabía. ni w imaginó entonces, ni pudo deducirlo, que quien dirigía los ejer­cicios era e1 Fundador del Opus Dei. Veía en él simplemente al amigo del obispo, el P. Ballester, que le había traído para pre­dicar a los curas de su diócesis. “Es más, según se expresaba y por los ejemplos que ponía, me hice a la idea de que era de Ávila o de Segovia. Y como a mí creo que les pasó a muchos”.

A esta misma tanda concurrió don Gumersindo Fernánduz García, que guarda las notas tomadas entonces. Entre las muchas cosas que escuchó, sobre la Virgen y San José, sobre la devoción a la Eucaristía y el amor a la Santa Misa, etc. Destaca la impor­tancia de la vida de oración y de la vida de fe: “De la fe n,‑)s habló mucho, mucho. Es donde más he oído hablar de vivir vicia de fe: durante estos ejercicios”. A don Gumersindo le admiró cómo dominaba las Sagradas Escrituras, la facilidad con que citaba pasajes evangélicos, datos de las Epístolas, de memoria, al detalle, sin vacilar: “vivía el Evangelio y nos lo hacía vivir”.

Los ejercicios le dejaron una honda huella que el tiempo no ha podido borrar, pues todos los años repasa y medita los apun­tes que tomó entonces: “El día en que recibí la noticia de 1_: muerte del Padre estuve leyendo los apuntes de la meditació1 sobre la muerte que había dado en aquellos ejercicios”.

Apenas hacía un año que, en Buenos Aires, el Fundador del Opus Dei evocaba ante un nutrido grupo de sacerdotes argentinos. aquel trabajo suyo de los años cuarenta:

Yo comencé a dar muchos, muchos cursos de retiro espiritual ‑se hacían de siete días en aquella época‑, por diversas dióce­sis de España. Era muy joven, y me daba una vergüenza tremen­da. Comenzaba siempre diciendo al Señor: Tú verás lo que dice a tus curas, porque yo… ;Avergonzadísimo! Y después, si no venían, los llamaba uno por uno. Porque no tenían costumbre de hablar con el predicador.

El Fundador del Opus Dei recorrió prácticamente todas las diócesis de España. Llevaba en el alma su pasión por sus herma­nos en el sacerdocio, que no le abandonó nunca. También des­pués de haber trasladado su residencia a Roma en 1946, siguió, en la medida de lo posible, predicando a los sacerdotes. Allí le cono­ció, por ejemplo, Monseñor Infantes Florido, actual Obispo de Canarias, que asistió en 1957 a un retiro espiritual para el clero secular en Castelgandolfo. A Monseñor Infantes le impresionó la insistencia con que les urgía a fomentar una seria y responsable santidad sacerdotal, en fiel comunión con la Jerarquía (nihil sine Episcopo), y en cordial fraternidad con todos los sacerdotes, que hiciese imposible el desaliento o el aislamiento.

Prelados del mundo entero, desde el Cardenal Enrique y Ta­ranc6n, Presidente de la Conferencia Episcopal Española, al Car­denal Parecattil, Arzobispo de Ernakulam (Estado de Kerala, India), o al Cardenal Cooke, Arzobispo de Nueva York, han exteriorizado públicamente su gratitud a Mons. Escrivá de Bala­guer por este desvelo que tanto bien hizo a los sacerdotes de sus diócesis, prestando un servicio magnífico a la Iglesia. Con cierta emoción, lo encomiaba Mons. José María Guix, obispo auxiliar de Barcelona, al conferir el diaconado a cincuenta y cuatro socios del Opus Dei, pocos días después del fallecimiento de su Funda­dor. Y les animaba a quererle más, para que, desde el Cielo, les continuara ayudando a ser cada vez mejores hijos de la Iglesia: “buenos sacerdotes, que amen ‑como él amó‑ a la Santa Igle­sia, al Romano Pontífice y a la Jerarquía”.

Mons. Escrivá de Balaguer inculcó a los fieles la importancia de rezar por todos los sacerdotes, el deber de no dejarlos solos, la obligación de atenderlos también en sus necesidades materiales.

En ocasiones, dirigiéndose a laicos, exclamaba a voz en grito, como en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, el 23 de junio de 1974:

Rezad por todos los sacerdotes ‑pecadores como yo‑, para que no hagamos locuras y para que, en el altar y fuera del altar, nos portemos como Jesucristo y Nuestra Madre la Iglesia quieren. No hay ningún sacerdote malo, son buenos todos. Serían mejores si rezáramos más. ¡Vamos a pedir más!

A los sacerdotes diocesanos recalcó siempre con términos parecidos a los que empleó un día de mayo de 1974 en Brasil: Yo tengo vuestra misma vocación. Nunca he tenido otra. Por eso, no ofendo a los religiosos ‑a quienes tanto quiero‑, si a vos­otros os amo de una manera muy particular. Es una obligación especial de fraternidad.

“Me consta también cuánto amaba a los religiosos, concre­tamente la vida contemplativa, como claramente lo manifestaba en sus cartas, e infundía en sus hijos esta estima y aprecio por la oración de las almas contemplativas”, afirma sor María Rosa Pérez, monja Clarisa en un Monasterio de Valencia.

En estas páginas se han citado, y se citarán, testimonios diversos de religiosos que profesaron profundo afecto a Mons. Escrivá de Balaguer, y que reflejan la gran estima que él tenia del estado religioso, aun no habiéndole en absoluto llamado Dios por ese camino. El Fundador del Opus Dei tenía que promover y difundir el afán de santidad en medio de la calle; se dirigía a los que viven y trabajan en circunstancias ordinarias. Y el gran medio con que contaba era la oración. También la oración de las religiosas y los religiosos, de quienes mendigaba esa limosna de sus oraciones con notable perseverancia. “En sus cartas ‑con­firma esta monja clarisa de Valencia‑ me rogaba igualmente pidiera por él y por la Obra”.

Pero no se acordaba de ellos sólo para obtener las oraciones que necesitaba, sino que, preocupado y vibrante por toda la Iglesia universal, rezaba y hacia rezar por los religiosos. Conse­guía vocaciones también para la vida religiosa (como aquel car­tujo de Porta‑Coeli, al que alude un artículo de Aurelio Mota en el diario Las Provincias, de Valencia, el 2 de julio de 1975). Y, cuando se lo pedían, trabajó directamente en favor de ellos.

Un agustino, Eduardo Zaragüeta, dejaba constancia de estas realidades en La Voz de España de San Sebastián (8 de julio de 1975): “Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tra­dición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en cir­cunstancias muy parecidas a las actuales”.

Fray Joaquín Sanchis Alventosa, franciscano, que ocupó puestos de gobierno relevantes en su Orden, y participó activa­mente en el Concilio Vaticano 11, no ha olvidado los primeros pasos del Opus Dei en Valencia, allá por el año 1939. La casa de la calle de Samaniego, sede de una residencia de estudiantes, estaba cerca de su convento de San Lorenzo, y el director de la resi­dencia les encargó que celebrasen allí diariamente una Misa y oficiasen los sábados la Bendición con el Santísimo. Surgió así una relación muy amistosa, de la que Fray Joaquín elogia “el cariño y las deferencias que tenían con nosotros, religiosos fran­ciscanos, aquellos universitarios que empezaban a vivir una espi­ritualidad seglar. Esta veneración era muestra del amor al estado religioso que Mons. Escrivá infundía en esos hijos suyos, que buscaban la santificación en medio de sus afanes profesionales”.

Quedaba claro ‑como la Iglesia universal sancionaría an­dando los años‑ que la vida en el Opus Dei es muy diversa de la vocación religiosa. Pero esta nítida diferencia, lejos de ser motivo de separación, lleva a la admiración y al cariño mutuos. Si a Fray Joaquín le encantaba que unos jóvenes universitarios le tratasen con tanto cariño, emociona también la grandeza de espíritu ‑magnanimidad cristiana‑ con que este fraile franciscano se alegra al ver la misericordia de Dios en las actividades del Opus Dei: “Muchos ex‑alumnos de nuestros colegios franciscanos me han contado el papel decisivo que para ellos ha tenido el apos­tolado de la Obra a su llegada a la Universidad. No pocos han recibido la vocación al Opus Dei. Me viene ahora a la memoria el gozo que me produjo encontrar, en Roma, a uno de mis queridos ex‑alumnos, que había recibido la ordenación como sacerdote del Opus Dei”.

El Fundador del Opus Dei difundió por todo el mundo la lla­mada universal a la santidad, también y sobre todo para los se­glares. Pero, como reconoce el P. Aniceto Fernández, que fue Maestro General de los Dominicos, esta realidad nunca significó en él, ni en los socios de la Obra, “una minusvaloración o censura de la vida religiosa, ni disminuir en nada la excelencia de la vocación religiosa”.

Otra manifestación práctica de su amor a los religiosos aparece en la decisiva ayuda que prestó para la restauración de la Orden de los Jerónimos, en el Parral (Segovia), desde 1940. José María Aguilar Collados, monje jerónimo, capellán hoy del Monasterio de San Bartolomé en Inca (Mallorca), testifica que debe su vocación de jerónimo a Mons. Escrivá de Balaguer, y amplía con los nombres de algunos estudiantes, a los que tam­bién el Fundador del Opus Dei confirmó en su camino de reli­giosos.

En el Monasterio del Parral le conoció y trató, al principio de los años cuarenta, don Pío María, hoy monje camaldulense en el Yermo de Santa María de la Herrera (San Felices, Logroño). Les dirigió algunos ejercicios espirituales, en los que ponía todo su esfuerzo ‑humano y sobrenatural‑ por remover de verdad a cada uno, aunque les decía con frecuencia que él no era monje… De hecho, además, indica don Pío María, nunca quiso entrome­terse en el gobierno de la Orden; en más de una ocasión le oyó: ‑Cada uno debe gobernar según su espíritu.

Desde el Yermo, en un rincón apartado de Logroño. don Pío María atestigua en 1975, veintinueve años después de su último encuentro con Mons. Escrivá de Balaguer: “Al saber ahora que el Opus Dei se ha desarrollado por los cinco continentes, me he llenado de alegría, pero no ha sido para mi una sorpresa”.

Son algunos retazos de la solicitud que el Fundador del Opus Dei tuvo por los religiosos, del cariño mutuo que surgía entre ellos, a pesar de la diversidad de vocaciones. Nunca dejó de rezar por todos y, siempre que pudo, les visitó, para responder a su afecto, a sus oraciones y también a las invitaciones que constan­temente recibía para que estuviera un rato con ellos.

De esta manera, en 1972, durante los meses de octubre y no­viembre, en que hizo una amplia labor por toda la Península Ibérica, no dejó de ir a algunos conventos de religiosas contem­plativas. Estuvo en Navarra con las monjas cistercienses del Mo­nasterio de San José en Alloz. En Madrid visitó una tarde a las agustinas recoletas de Santa Isabel, de cuyo Real Patronato fue Rector muchos años antes. Estuvo en el Carmelo de Coimbra. En Cádiz, con las monjas de una comunidad de carmelitas descal­zas. Luego, en Valencia, con las carmelitas de Puzol. Por último, en Barcelona, casi al final de esos dos meses de actividad ince­sante, conversó con las monjas clarisas del Monasterio de Pedral­bes. Para todas tuvo palabras de aliento sobrenatural y de agra­decimiento.

‑Sois el tesoro de la Iglesia, resumió muchas veces, también en Puzol, un convento de carmelitas rodeado de naranjales, que visitó durante su estancia en Valencia:

‑La Iglesia se quedaría árida sin vosotras, y no podríamos decir: sacad con alegría las aguas de las fuentes del Salvador. Es aquí donde sacáis las aguas de Dios, para que nosotros podamos convertir la tierra seca en un huerto lleno de naranjos. Sin vues­tra ayuda no haríamos nada; por eso vengo a daros las gracias. Estoy persuadido de que muchos sacerdotes que sufren y lloran ahora en el mundo, al escuchar vuestros cánticos ‑también los de la recreación‑ se llenarán de gozo. ;Mil veces benditas seáis!

En estas visitas, insistía en el amor con que las monjas debían ser fieles a su llamada y les prometía rezar para que tuvieran muchas vocaciones:

‑No soy religioso, pero los amo con toda mi alma, y sufro cuando veo que no tienen vocaciones. Pediré mucho para que esta comunidad tenga también gente joven.

Muchos religiosos y religiosas han manifestado también su afecto y su gratitud al Fundador del Opus Dei, cuando supieron de su fallecimiento. A veces, como señala la Superiora General de las Siervas de los Pobres, porque de sus escritos habían reci­bido impulso para luchar por la santidad personal y para vivir generosamente su propia vocación. La Superiora General de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados asegura: “Sus escri­tos, conocidos por todas nosotras, nos han ayudado a aumentar nuestro amor a la Iglesia y al Papa, y a profundizar en la doc­trina de Jesucristo” . La comunidad de carmelitas descalzas de la Encarnación (Ávila) destaca especialmente la veneración que el Fundador del Opus Dei tuvo por los sacerdotes, que a ellas, coma quería su Madre Santa Teresa, les produce “gran alegría y estímulo”. Y las monjas de San José ‑el primer monasterio fundado por la Santa de Ávila‑ subrayan cariñosamente la fre­cuencia con que Mons. Escrivá de Balaguer citaba en su predica­ción a Santa Teresa, así como la estima que “tanto él como sus hijos espirituales han mostrado siempre a la Orden Carmelita” .

Se podrían multiplicar los testimonios que, de modo sencillo y espontáneo, denotan la profunda unidad de corazones en almas a las que Dios lleva por caminos tan distintos. Sor Teresa J. García de Samaniego, Superiora del Monasterio de la Visitación de Santa María (Oviedo) certifica que, como otras muchas monjas de clausura, rezan por el Opus Dei: “Monseñor Josemaría Escrivá lo sabía y nos lo agradecía públicamente o a través de ,pus hijos sacerdotes, quienes nos piden que recemos por muchas de sus labores apostólicas”. Sor Teresa aduce expresamente un texto de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Opus Dei ha contado siempre con la admiración y la sim­patía de los religiosos de tantas órdenes y congregaciones, de modo particular de los religiosos y de las religiosas de clausura, que rezan por nosotros, nos escriben con frecuencia y dan a conocer nuestra Obra de mil modos, porque se dan cuenta «le nuestra vida de contemplativos en medio de los afanes de la calle.

Y sor Teresa concluye: “En nuestra vida comunitaria lleva­mos una larga temporada meditando los escritos de Mons. Escri­vá de Balaguer. Leemos homilías suyas en el refectorio y en a recreación, y luego también lo hacemos privadamente para que e nuestra oración mental se llene de mociones divinas. Nos llevan a Dios, nos unen con Cristo Jesús, nos hacen querer más a nuestro Creador y a rezar más por todas las criaturas de la tierra. Al dejarnos llevar de la mano de este santo Fundador, en el que Cristo vivía de un modo intenso, muchas de nosotras hemos notado como un nuevo fervor para vivir nuestro espíritu”.

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Mons. Echevarría:”La Iglesia del futuro mirará al porvenir y a sus raíces”

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Entrevista a Mons. Javier Echevarría publicada en el periódico italiano “La Repubblica”. El prelado del Opus Dei responde a cuestiones referentes a la canonización del beato Josemaría, la libertad de los fieles de la Prelatura y la Iglesia del Tercer Milenio.

Mons. Echevarría, para el Opus Dei ha llegado el gran momento: en breve el Fundador subirá a los altares.

Cuando tenga lugar ese hecho, significará que la Iglesia reconoce definitivamente la santidad de un hombre que ha alcanzado la plenitud de la caridad, la perfecta unión con Dios. La santidad cristiana consiste en la capacidad de amar a Dios sobre todas las cosas y de transmitir ese amor a los demás. Le aseguro que el beato Josemaría tenía verdaderamente un corazón grande, con capacidad de sufrir y de alegrarse con todo el que sufría o se alegraba: ya fuese una nación entera, un grupo de personas, un amigo o un extraño.

Escrivá tenía un carácter difícil, un mal carácter, al decir de algunos…

No creo que se pueda afirmar eso, aunque a él no le daba vergüenza decir que tenía un carácter fuerte. De esto se sirvió el Señor para lograr, mediante su fortaleza de espíritu, que el Opus Dei se abriese camino en el mundo, en la Iglesia, en todos los lugares. Sabía decir las cosas rectamente, a veces con energía, pero sin ofender a las personas. Y si se daba cuenta de que se había equivocado, enseguida pedía perdón.

El Opus Dei ha recorrido mucho camino: más de ochenta mil miembros en todo el mundo, cerca de dos mil sacerdotes y diáconos, tantas iniciativas en los diversos continentes. ¿Qué le diría a un joven de hoy para animarle a entrar?

Antes de nada, no animaría a nadie a entrar en el Opus Dei, porque para seguir al Señor en la Obra hay una primera condición: la libertad cotidiana. Hay que hacer lo que el Señor quiere, respondiéndole: lo hago porque me da la gana. Sólo le aconsejaría: pon atención a la voz del Señor y haz lo que te pida.

¿Y si uno quiere salirse del Opus Dei? ¿No hay ningún tipo de presión?

Ninguna. En absoluto.

Hubo algunos episodios desagradables en el pasado…

No, nunca. Las puertas están abiertas para el que quiera salir, y entornadas para el que desee entrar. Sin embargo, si usted es un padre de familia y su hijo toma un camino equivocado, ¿le dejará irse sin más, le permitiría que siga sus caprichos? No, le daría un consejo. Esta es la única coacción, paterna, fraterna; se dice a la gente: puedes hacer lo que quieras, pero piénsalo antes porque estás jugando con tu vida.

Durante mucho tiempo han llovido críticas de que se hace un proselitismo excesivo, también entre menores de edad, o de coacción psicológica para confesarse sólo con sacerdotes del Opus Dei.

Francamente me parece que las críticas a las que alude, que por otra parte nunca se han demostrado, están ya superadas. En cuanto a la obligación de confesarse, debo decirle que no responde a la verdad. Una disposición de este tipo estaría en contra de la libertad que la Iglesia reconoce a todos los cristianos. Me parece del todo lógico y normal que los fieles de la Prelatura prefieran confesarse con un sacerdote que les puede ayudar mejor, porque vive el mismo espíritu que ellos. Sin embargo, tienen siempre entera libertad para confesarse con cualquier sacerdote católico.

¿No acepta ninguna crítica? Incluso el Papa entona el mea culpa.

Acepto que todos somos imperfectos, que todos debemos corregirnos, y que todos debemos hacer examen de conciencia para ser mejores hijos de Dios. Y deseo subrayar que no nos sentimos los primeros de la clase. Nos sabemos pobres hombres, que han de aprender de los demás, y procuramos -con la ayuda de la gracia- actuar con responsabilidad, realizando bien nuestro trabajo, viviendo bien la vida familiar y las relaciones sociales.

A casi setenta y cinco años de la fundación, ¿en dónde piensa que radica la particular vitalidad de la Obra?

Nuestra misión especifica no es desarrollar determinadas labores apostólicas, sino estimular a los hombres y mujeres de todas las condiciones sociales, que desempeñan trabajos de todo tipo, a santificar su propia vida, contribuyendo de ese modo a testimoniar los valores universales del Evangelio. Hay centros nuestros en más de sesenta países: entre los más recientes, Sudáfrica, Kazajstán, Líbano. En todas partes los fieles de la Prelatura tratan de vivir como cristianos sinceros, desarrollando -en expresión de nuestro Fundador- un intenso apostolado de amistad y de confidencia en el propio ambiente familiar y profesional. Algunos, además, en función de las exigencias de la sociedad local, y siempre en colaboración con otras personas, con frecuencia no católicas, ponen en marcha proyectos de servicio de carácter educativo, sanitario, etc. No es un misterio para nadie que el Fundador comenzó su apostolado entre los pobres y enfermos de Madrid.

¿Qué problema le preocupa fundamentalmente, como hombre de fe?

La pérdida del sentido de lo sagrado en el mundo. Dejar que lo mundano nos gane la delantera.

¿Cómo se imagina la Iglesia del Tercer Milenio? ¿Con qué tipo de Papa?

El Opus Dei no tiene una imagen propia de la Iglesia o del Papado. El Papa, sea quien sea, hace la unidad de la Iglesia y está guíado por el Espíritu Santo. Personalmente puedo imaginar la Iglesia del futuro mirando al mismo tiempo al porvenir y a nuestras raíces cristianas. Mirando a Cristo y al mundo en que vivimos. En este sentido pienso que la palabra “comunión”, que el Papa emplea frecuentemente en su Carta apostólica Novo millennio ineunte (escrita tras el Jubileo) puede proporcionar una clave justa para analizar tanto los problemas de la Iglesia como su misión en el mundo.

Usted fue secretario personal de Escrivá desde 1953 hasta su muerte. ¿Cómo lo recuerda?

Con su palabra y con sus escritos, pero sobre todo con su ejemplo, enseñó a vivir el ideal evangélico con plenitud, demostrando que no es una utopía, ni algo exclusivo para unos pocos privilegiados, sino una llamada que se dirige a todos los cristianos; una invitación a vivir el Evangelio en todos los ambientes, en todas las profesiones, porque todos los trabajos pueden convertirse en ocasión de un encuentro con Cristo.


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