Amigo de la libertad

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Testimonio de Manuel Aznar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

¡Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

La llamada universal a la santidad

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Testimonio de Antonio Fontán, Catedrático de Filosofía Latina de la Universidad Complutense (Madrid)
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En estos días se cumple el primer aniversario de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer. Miles de cristianos –laicos y ecle­siásticos, españoles y de todo el mundo están firmemente persua­didos de que el ilustre sacerdote fue uno de esos espíritus privi­legiados en los que la tradición cristiana reconoce los signos de la santidad. Pero no sería propio de las páginas de un diario, ni corres­ponde a mi intención componer un panegírico.

Hay tres hechos que justifican este artículo, aparte de la fecha aniversaria. A la muerte de Monseñor Escrivá, el 26 de junio de 1975, numerosísimos testimonios de admiración y respeto, inmersos en el caudal informativo que arrastraba la noticia, pusieron de relieve que con su desaparición de este mundo se producía una gran ausencia. Además, ahora, al año de su falta, su figura se despega del entorno inmediato de una biografía privada para ocupar el destacado lugar que le corresponde en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana. Sin dejar de ser legítima herencia de los suyos, los hombres y mujeres del Opus Dei, entre los que tengo el honor de contarme, Monseñor Escrivá ha entrado a formar parte del patrimonio común de los cristianos. Finalmente, los españoles y toda nuestra cultura nacional, que fueron su ambiente originario y el marco de la forma­ción e inicial despliegue de su personalidad, le deben el reconocimien­to que merecen los grandes hombres de proyección universal.

La más adecuada perspectiva para comprender a Monseñor Escrivá sería la que se alcanza desde una actitud de fe, análoga a la que inspiró su vida. Y cuanto más viva y operativa, humilde y sacrificada cuatro adjetivos que él aplicaba a la primera de las virtudes teologales, como quien formula una aspiración o una exigencia– sea esa fe, mejor se le podrá entender.

Entre los hombres de esta clase, hay unos que dejan tras de sí el rastro vistoso y fugaz de una estela, y otros que marcan una impronta. Monseñor Escrivá ha sido de los últimos. Su huella per­manece en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad cristiana.

Con medio siglo de sacerdocio a sus espaldas, miles de discí­pulos e hijos de su espíritu en todo el mundo, una predicación incan­sable de palabra y por escrito, una copiosa obra literaria, que se enriquece y continuará enriqueciéndose con la progresiva publica­ción de sus inéditos, Escrivá de Balaguer ha aportado a la Iglesia y a la experiencia religiosa y espiritual de los cristianos, ideas y rea­lidades llamadas a ejercer una influencia duradera. La fundación del Opus Dei es, ciertamente, la principal empresa de su vida. Pero no soy yo la persona más indicada para glosaría, ni éste el lugar ni la ocasión de hacerlo.

Un interés más general tiene señalar el principio básico que ani­maba el sacerdocio de Monseñor Escrivá y, por supuesto, también su labor fundacional, así como el estilo de la espiritualidad con que ha contribuido a ¡a vida cristiana del siglo XX.

Más que una invención original -que no sería estrictamente concebible en la Iglesia Católica–, lo que Monseñor Escrivá hizo fue extraer las consecuencias de una resuelta actitud de vuelta a las fuentes. En la más íntima esencia del mensaje evangélico, Mon­señor Escrivá descubre una llamada divina, universal e igualitaria a la realización del ideal cristiano en la vida de cada hombre, sin distinción de clases ni personas, modos de vida ni estados sociales. En el lenguaje tradicional de la Iglesia, desde la era apostólica, a eso se le llama vocación ala santidad. Escrivá de Balaguer dijo algo que después repetiría la voz oficial de la Iglesia: Que esa llamada de Dios no era el privilegiado destino de unos pocos, sino una invi­tación general y común para todos los cristianos. Consciente de su filiación divina, el hombre es llamado a realizarse plena y simul­táneamente en los dos órdenes, natural y sobrenatural, mientras vive su existencia terrena: en el trabajo, igual que en el culto y en la oración, en el ambiente familiar, en el cumplimiento de sus debe­res personales y sociales, en todos los aspectos y ocasiones de su vida.

El estilo de espiritualidad que caracteriza a las tareas de apos­tolado cristiano y catequesis promovidas por Monseñor Escrivá, ya su propia labor personal, es coherente con esa concepción. Impli­ca una positiva valoración cristiana de las realidades terrenas y una concepción unitaria de la vida humana, que no se deja separar en compartimentos estancos.

Al servicio de estos ideales dedicó Monseñor Escrivá de Bala­guer más de cincuenta años de labor sacerdotal, de trabajo incesante y de oración, sin otra mira que cumplir fielmente lo que sentía que Dios pedía de él y con ejemplar lealtad a la Iglesia Católica Romana.

Amigo de la libertad

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Testimonio de Manuel Aznar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

¡Hace ya tantos años! Apenas alboreaba la Segunda República cuando conocí a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Él iría a cum­plir entonces los treinta años de edad. El Opus Dei era algo así como una criatura en la cuna. Acababa de ser fundado. Mi amistad con el fundador vino a través de la familia del Portillo, emparentada con la de un amigo burgalés de mucha distinción Luis García Lozano, ¡larga vida le dé Dios! y con la del inolvidable doctor José María Pardo Urdapilleta. Los Portillo que yo conocí fueron tres: un médico, un capitán de la Legión y un ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Este último se llama Alvaro. Es, desde hace muchos años, sacerdote, doctor en Derecho Canónico, doctor en Filosofía y Letras, agudo y penetrante en sabidurías eclesiásticas, secretario general del Opus Dei, colaborador de Monseñor Escrivá de Balaguer, desde el primer día.

Ya en aquel tiempo que ahora rememoro, el joven sacerdote aragonés no soñaba sino con el apasionado servicio de Dios y con el cuidado de las almas. Andando los años, esos dos anhelos supre­mos, Dios como última razón de nuestro ser, de nuestro existir, y la limpia dignidad del alma humana como ideal que todos debía­mos servir íntegramente a lo largo de nuestra vida, fueron, sin un minuto de interrupción, su porte, su fe, su esperanza y su caridad.

Un día le dije: «Aun en las fundaciones religiosas más egregias suelen correr los fundadores el peligro de caer en pecado de sober­bia. Y en las hagiografías leemos que tienen que librar luchas enco­nadas contra esa tentación. Tú pareces libre de tan airado sentimiento ».

Me contestó: « ¿Yo? ¿Cómo quieres que me tiente el orgullo? ¿Por qué? Soy un pobre cura; casi un cura de pueblo; un sacerdote de la Iglesia de Dios, siervo de todos los demás; y mi refugio de salvación, mi deber más inmediato, debe ser la humildad. No quiero sino ayudar por los caminos del espíritu a la libertad y a la dignidad del hombre. Ese es mi sueño».

Pasaron varios lustros. Fuimos un día Ramón Matoses y yo a verle y a escucharle en su residencia romana de la Vía Bruno Buozzi, 73 y 75. Ramón Matoses, nuestro gran agregado comercial en Roma, le trataba y le quena como a un hermano.

–Ha pasado mucho tiempo –le comenté yo– desde que comen­tábamos en mi casa de Madrid tu entonces reciente fundación del Opus Dei. ¿Te acuerdas de lo que dijimos apropósito del pecado de soberbia que acecha a los fundadores? Ahora que tu obra es una realidad poderosa, y hablas desde Roma a miles y miles de dis­cípulos, ¿sigues viéndote a ti mismo como un cura de pueblo, como un pobre sacerdote que no quiere sino trabajar fraternalmente por la libertad y la dignidad del hombre al servicio de Dios?

Me dijo: «Dios es tan generoso conmigo que me libra constan­temente de la terrible tentación de la soberbia. Mira todo lo que ves alrededor de nosotros: fotografías de mis padres, algún recuerdo familiar, ecos primarios de mi niñez y de mi juventud, intimidad sin ningún propósito de resplandor, memorias de algunos colabo­radores de las horas iniciales; ya ves, nada; infancia; imágenes de mi tierra natal. Nada más. Este es el mundo de mi pequeñez per­sonal. Y sobre este no ser nada, sino una fuerte voluntad, levanto cada día mis esfuerzos, mis esperanzadas empresas espirituales, mi lucha por un mundo de hombres libres en la libertad de Dios».

Ramón Matoses y yo le escuchábamos con atención sostenida. Una sentencia latina subrayó la explicación: «In superbia initium sumpsit omnis perditio». («En la soberbia tiene su comienzo toda perdición»).

Jamás, en nuestro largo trato de amigos, me pidió, ni siquiera me indicó, ni aun me sugirió con alguna alusión lejana, que me incorporase a la Obra. Hablábamos de todo, menos de eso y de política. En los años de la República, no recuerdo que sacase a cola­ción en nuestros diálogos el tema de las muchas conturbaciones que se abatían sobre el país, para aflicción incluso y para duelo de muchos republicanos. Si yo me refería en algún instante a los azares y sobresaltos de la vida nacional, él escuchaba; pero, tan pronto como le era posible, tornaba a sus preocupaciones, y recaíamos nue­vamente en esclarecimientos del orden espiritual.

Sólo una vez –lo recuerdo muy bien– quiso saber mi opinión acerca del interés que pudiese tener la creación de determinados órganos de expresión periodística. ¿Valía la pena lanzarse a ello? ¿Era aconsejable? ¿No serían mayores los dañosos inconvenientes que los posibles provechos?

No tuve más remedio que responderle: «Mi contestación y mi consejo –si consejo solicitares de mí– carecerían de sentido mien­tras no me expliques seriamente qué es lo que quieres decirle al pueblo español, cuál es el contenido real de tu mensaje…»

Me interrumpió sin tardanza: «No se trata del pueblo español, únicamente. No he fundado una Obra española y para españoles, sino una asociación internacional, o si prefieres, universal, que se difundirá mundo adelante y dará sus frutos en todos los Con­tinentes…».

Yo insistí: –Mi observación es válida para lo español y para lo universal. ¿Fundar revistas? ¿Diarios? Y ¿para qué? ¿Qué te pro pones hacer con éstos y con aquéllas? ¿Qué voz deseas hacer llegar, y qué doctrina, a los posibles lectores? Contar con órganos de infor­mación por el mero gusto de poseerlos, o por externas razones de vanidad, o por afán de conquistar pequeñas posiciones triviales e interesadas, según acontece con la generalidad de los politicantes profesionales, no tiene la menor importancia; no cumple ninguna finalidad seria, no es cosa de monta suficiente como para que te entregues a ello; no pasaría de ser una triste frivolidad. Esforzarse en las tareas de un periodismo muy acendrado, hondo, alto, limpio, sacrificado, para servir un pensamiento libertador, para apoyar una misión trascendente, según dices que es tu propósito esencial, puede equivaler a un designio interesante. Pero avanza con tiento. El periodismo puede ser, y de hecho es, algo así como un campo de minas.

–No quiero nada –comentó- que no ayude a proclamar como ideal primero la libertad de la persona humana en las tres virtudes teologales.

–Entonces –terminé– date a ti mismo la segundad de lo que deseas hacer; y cuando lo hayas definido sin vacilación posible, cuando tengas la certidumbre de lo que quieres decir, piensa en la aventura, siempre rodeada de peligros y de equívocos, del periodismo como instrumento de comunicación.

El apostilló: Sé lo que quiero decir y hacer. Y todos lo sabrán pronto igual que yo». (Era en los años iniciales de la fundación.)

Otra vez (también se hallaba presente el querido Ramón Matoses en esta conversación) como me invitara a decirle mi leal parecer sobre las actividades del Opus Dei, me permití exponerle:

-Creo que eres un personaje casi desconocido. Probablemente hay discípulos tuyos que no han llegado todavía a interpretar bien tu pensamiento y tu voluntad. Según declaras, no debe el hombre evadir ninguna de las honestas realidades diarias, porque en medio de las actividades vulgares de cada día y de cada hora se puede cumplir la voluntad de Dios. Algo de esto sostenía Santa Teresa de Jesús, y luego se quejaba de que no todas sus monjas la habían entendido bien. Se trataba de criaturas sujetas a soledad, cilicio y disciplina clausural… Imagina los problemas que a tu obrase le han de presentar tratándose de discípulos que viven en el Centro de las pasiones del mundo, y son como arboladuras sacudidas por la tor­menta. ¡La santidad, o el anhelo de santidad en el libre juego y rejue­go de las tempestuosas luchas humanas…! ¡Es extraordinario lo que propones a quienes te siguen!

–Pues así ha de ser; y no de otro modo.

–Por eso corres el riesgo de parecer ahora mismo, y continuar pareciendo durante mucho tiempo, una personalidad desconocida, un ignorado por deformación ajena, un enigma, un ser un poco misterioso.

–Eso no importa, mientras avancemos en la promoción de la libertad humana y en la buena concertación de lo natural y lo sobrenatural.

* * *

Así solía hablar don Josemaría Escrivá de Balaguer. Ese era su ámbito de vida, de amor y de esperanza. ¡Esperanza! Creo que he dado con una de las palabras clave para comprender al fundador del Opus Dei. No se sabe por qué, de las tres virtudes teologales

–Fe, Esperanza y Caridad o Amor– suele insistir se habitualmente en la Fe y en la Caridad. Olvidamos, en cierto modo, la Esperanza. Se toma muy al pie de la letra la inmortal admonición paulina a los Corintios acerca de la caridad: «Si hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, mas no tuviese caridad, no soy sino un bronce resonante o un címbalo estruendoso. Y si poseyere el don de profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviere toda la fe y trasladare montañas, mas no tuviese caridad, nada soy». En la propia maravilla de las cartas de San Pablo consta que la salvación llega por los caminos de la esperanza. Este pen­samiento aparecía y sobresalía en casi todas las conversaciones con el padre Escrivá. No sé qué don carismático poseía que le permitía promover esperanza, ensanchar horizontes, vencer pesimismos, comunicar la seguridad de un futuro resplandeciente, calmar desa­sosiegos, iluminar dudas, sentirse, ante todo y sobre todo, sacerdote de Dios, y en calidad de tal, predicar y pedir una viva permanencia en la fe, una ardorosa caridad, pero también una luminosa espe­ranza. Supongo que era un gran meditativo de San Pablo. Sin duda por su condición de hombre esperanzador.

Acabó nuestra última conversación en Vía Bruno Buozzi decla­rándole Ramón Matoses, su amigo y mi amigo fraterno, y decla­rándole yo:

–Padre Escrivá: Aquí tienes a dos personas que, probablemen­te, no se sienten con la fuerza necesaria para seguirte, para obe­decerte, para rendirse a tu disciplina; pero los dos quisiéramos tenerte a nuestro lado a la hora de la muerte; porque tú nos enseñas que «no debemos sentir miedo de la muerte; que importa aceptarla generosamente; cuando Dios lo disponga; como Dios quiera, donde Dios desee. Vendrá –no lo dudéis– en la hora, en el lugar y en la circunstancia oportuna; como un envío de Dios, el Padre. ¡Sea bienvenida nuestra hermana la muerte!».

Entre bromas y veras nos despedimos. Ramón Matoses no pudo ver cumplidos sus sueños de tener a don Josemaría junto a su lecho en el último trance. Yo no lo tendré, tampoco, porque a él le ha llegado la «hermana» de pronto, sin anunciarse, igual que un rayo del cielo.

* * *

No recuerdo a nadie que, con tanta espontaneidad, con natu­ralidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobre­natural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empre­sa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cumplía en el fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá. Ignoro cuáles fueron los caminos que le llevaron a una tan perfecta unión de los dos mundos. Entien­do que para él no había tales «dos mundos», sino uno sólo. A mí me recordaba influencias teresianas en el servicio de Dios; con la particularidad de que al padre Escrivá le gustaba llevar su ensueño religioso a la «hermosa mitad de la calle», según palabras suyas. La empresa estaba y está erizada de obstáculos y corre los peligros que «la mitad de la calle» supone.

Unicamente a un hombre de excepción se le podría ocurrir, como la cosa más natural, que el fracaso de cualquiera de nuestros empeños no es sino espuela de la voluntad, y que, en resumen, hasta puede haber cierto gozo en el fracasar, porque así aprendemos a reiterar los bríos de la obra iniciada, y nos aleccionamos con la humildad necesaria para alzarnos hacia lo sobrenatural en pos de nuevas fuerzas.

Sigo pensando que don Josemaría Escrivá de Balaguer fue siem­pre, y aún es, un gran desconocido. Como descendió a la calle en busca de santidad, la calle ha sido, más de una vez, implacable con él y con su ardoroso desafío. Los suyos le conocieron; pero no todos. Hay discípulos que, sencillamente, le adivinaron. «Yo no quiero ser más que un buen sacerdote. ¿Sabéis lo que eso supone? ¡Un buen sacerdote de Dios! Lo demás me importa poco. Y en todo caso, se me dará por añadidura», nos decía, al despedirnos, en puerta de su despacho íntimo; de aquel despacho en que las nos­talgias infantiles de su Barbastro natal, su iniciación en la carrera del sacerdocio, la sonrisa de su madre, la emoción de las primeras oraciones. Las dudas y también las fortalezas de los días de su fun­dación, componían un ámbito de por sí muy especial, mitad evo­cación, mitad reflejo de una celda. Y siempre, celda u hogar, obser­vatorio de la lucha por la santidad en medio de los rumores y de las embestidas de la calle.

¡Et lux perpetua luceat ei!

Artículo publicado en LA VANGUARDIA

TEMA 28. La gracia y las virtudes

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La gracia es la fuente de la obra de santificación; sana y eleva la naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios.

1. La gracia

Dios ha llamado al hombre a participar de la vida de la Santísima Trinidad. «Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural» (Catecismo, 1998). Para conducirnos a este fin último sobrenatural, nos concede ya en esta tierra un inicio de esa participación que será plena en el cielo. Este don es la gracia santificante, que consiste en una «incoación de la gloria». Por tanto, la gracia santificante:

— «es el don gratuito que Dios nos hace de su vida, infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma, para sanarla del pecado y santificarla» (Catecismo, 1999);

— «es una participación en la vida de Dios» (Catecismo, 1997; cfr. 2 P 1, 4), que nos diviniza (cfr. Catecismo, 1999);

— es, por tanto, una nueva vida, sobrenatural; como un nuevo nacimiento por el que somos constituidos en hijos de Dios por adopción, partícipes de la filiación natural del Hijo: «hijos en el Hijo”;

— nos introduce así en la intimidad de la vida trinitaria. Como hijos adoptivos, podemos llamar «Padre» a Dios, en unión con el Hijo único (cfr. Catecismo, 1997);

— es «gracia de Cristo», porque en la situación presente —es decir, después del pecado y de la Redención obrada por Jesucristo— la gracia nos llega como participación de la gracia de Cristo (Catecismo, 1997): «De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (Jn 1, 16). La gracia nos configura con Cristo (cfr. Rm 8, 29);

— es «gracia del Espíritu Santo», porque es infundida en el alma por el Espíritu Santo.

La gracia santificante se llama también gracia habitual porque es una disposición estable que perfecciona al alma por la infusión de virtudes, para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor (cfr. Catecismo, 2000).

2. La justificación

La primera obra de la gracia en nosotros es la justificación (cfr. Catecismo, 1989). Se llama justificación al paso del estado de pecado al estado gracia (o “de justicia”, porque la gracia nos hace “justos”). Ésta tiene lugar en el Bautismo, y cada vez que Dios perdona los pecados mortales e infunde la gracia santificante (ordinariamente en el sacramento de la penitencia). La justificación «es la obra más excelente del amor de Dios» (Catecismo, 1994; cfr. Ef 2, 4-5).

3. La santificación

Dios no niega a nadie su gracia, porque quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2, 4): todos están llamados a la santidad (cfr. Mt 5, 48).  La gracia «es en nosotros la fuente de la obra de santificación» (Catecismo, 1999); sana y eleva nuestra naturaleza haciéndonos capaces de obrar como hijos de Dios,  y de reproducir la imagen de Cristo (cfr. Rm 8,29): es decir, de ser, cada uno, alter Christus, otro Cristo. Esta semejanza con Cristo se manifiesta en las virtudes.

La santificación es el progreso en santidad; consiste en la unión cada vez más íntima con Dios (cfr. Catecismo, 2014), hasta llegar a ser no sólo otro Cristo sino ipse Christus, el mismo Cristo: es decir, una sola cosa con Cristo, como miembro suyo (cfr. 1 Co 12, 27). Para crecer en santidad es necesario cooperar libremente con la gracia, y esto requiere esfuerzo, lucha, a causa del desorden introducido por el pecado (el fomes peccati). «No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual» (Catecismo, 2015).

En consecuencia, para vencer en la lucha ascética, ante todo hay que pedir a Dios la gracia mediante la oración y la mortificación —«la oración de los sentidos”-  y recibirla en los sacramentos.

La unión con Cristo sólo será definitiva en el Cielo. Hay que pedir a Dios la gracia de la perseverancia final: es decir, el don de morir en gracia de Dios (cfr. Catecismo, 2016 y 2849).

4. Las virtudes teologales

La virtud, en general, «es una disposición habitual y firme a hacer el bien» (Catecismo, 1803). «Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad» (Catecismo, 1812). «Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos de Dios» (Catecismo, 1813). Las virtudes teologales son tres: fe, esperanza y caridad (cfr. 1 Co 13, 13).

La fe «es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone» (Catecismo, 1814). Por la fe «el hombre se entrega entera y libremente a Dios», y se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios: «El justo vive de la fe» (Rm 1,17).

— «El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla» (Catecismo, 1816; cfr. Mt 10,32-33).

La esperanza «es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo, 1817).

La caridad «es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios» (Catecismo, 1822). Este es el mandamiento nuevo de Jesucristo: «que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12).

5. Las virtudes humanas

«Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena» (Catecismo, 1804). Éstas «se adquieren mediante las fuerzas humanas; son los frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos» (Catecismo, 1804).

Entre las virtudes humanas hay cuatro llamadas cardinales porque todas las demás se agrupan en torno a ellas. Son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza (cfr. Catecismo, 1805).

— La prudencia «es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (Catecismo, 1806). Es la «regla recta de la acción».

— La justicia «es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido» (Catecismo 1807).

— La fortaleza «es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa» (Catecismo, 1808).

— La templanza «es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos» (Catecismo, 1809). La persona templada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, y no se deja arrastrar por las pasiones (cfr. Sir 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada “moderación ” o “sobriedad” (cfr. Catecismo, 1809).

Con respecto a las virtudes morales, se afirma que in medio virtus. Esto significa que la virtud moral consiste en un medio entre un defecto y un exceso.  In medio virtus no es una llamada a la mediocridad. La virtud no es el término medio entre dos o más vicios, sino la rectitud de la voluntad que —como una cumbre— se opone a todos los abismos que son los vicios.

6. Las virtudes y la gracia. Las virtudes cristianas

Las heridas dejadas por el pecado original en la naturaleza humana dificultan la adquisición y el ejercicio de las virtudes humanas (cfr. Catecismo, 1811).  Para adquirirlas y practicarlas, el cristiano cuenta con la gracia de Dios que sana la naturaleza humana.

La gracia, además, al elevar la naturaleza humana a participar de la naturaleza divina, eleva esas virtudes al plano sobrenatural (cfr. Catecismo, 1810), llevando a la persona humana a actuar según la recta razón iluminada por la fe: en una palabra, a imitar a Cristo. De este modo, las virtudes humanas llegan a ser virtudes cristianas.

7. Los dones y frutos del Espíritu Santo

«La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (Catecismo, 1830).  Los dones del Espíritu Santo son (cfr. Catecismo, 1831):

1º don de sabiduría: para comprender y juzgar con acierto acerca de los designios divinos;

2º don de entendimiento: para la penetración en la verdad sobre Dios;

3º don de consejo: para juzgar y secundar en las acciones singulares los designios divinos;

4º don de fortaleza: para acometer las dificultades en la vida cristiana;

5º don de ciencia: para conocer la ordenación de las cosas creadas a Dios;

6º don de piedad: para comportarnos como hijos de Dios y como hermanos de nuestros hermanos los hombres, siendo otros Cristos;

7º don de temor de Dios: para rechazar todo lo que pueda ofender a Dios, como un hijo rechaza, por amor, lo que puede ofender a su padre.

Los frutos del Espíritu Santo «son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna» (Catecismo, 1832). Son actos que la acción del Espíritu Santo produce habitualmente en el alma. La tradición de la Iglesia enumera doce: «caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad» (Ga 5, 22-23).

8. Influencia de las pasiones en la vida moral

Por la unión sustancial del alma y del cuerpo, nuestra vida espiritual —el conocimiento intelectual y el libre querer de la voluntad— se encuentra bajo el influjo (para bien o para mal) de la sensibilidad. Este influjo se manifiesta en las pasiones que son «impulsos de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como malo» (Catecismo, 1763). Las pasiones son movimientos del apetito sensible (irascible y concupiscible). Se pueden llamar también, en sentido amplio, “sentimientos” o “emociones”.

Son pasiones, por ejemplo, el amor, la ira, el temor, etc. «La más fundamental es el amor despertado por la atracción del bien. El amor causa el deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo. Este movimiento culmina en el placer y el gozo del bien poseído. La aprehensión del mal causa el odio, la aversión y el temor ante el mal que puede sobrevenir. Este movimiento culmina en la tristeza a causa del mal presente o en la ira que se opone a él» (Catecismo, 1765).

Las pasiones influyen mucho en la vida moral. «En sí mismas, no son buenas ni malas» (Catecismo, 1767). «Son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario» (Catecismo, 1768). Pertenece a la perfección humana el que las pasiones estén reguladas por la razón y dominadas por la voluntad.  Después del pecado original, las pasiones no se encuentran sometidas al imperio de la razón, y con frecuencia inclinan a realizar lo que no es bueno. Para encauzarlas habitualmente al bien se necesita la ayuda de la gracia, que sana las heridas del pecado, y la lucha ascética.

La voluntad, si es buena, utiliza las pasiones ordenándolas al bien.  En cambio, la mala voluntad, que sigue al egoísmo, sucumbe a las pasiones desordenadas o las usa para el mal (cfr. Catecismo, 1768).

Paul O’Callaghan

Hablaba de lo que él mismo vivía

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Testimonio de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila

Cuando le conocí, el fundador del Opus Dei era un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático: afable y abierto en el trato; elegante y respetuoso al mismo tiempo. Tanto en mi primera impresión como en el trato de amistad que luego nos uniría, estuve siempre íntimamente convencido de su san tidad de vida. Por esa razón, no me extrañó saber que el Santo Padre Pablo VI, hace ahora unos dos años, dijo al actual presidente gene ral del Opus Dei, excelentísimo y reverendísimo doctor don Álvaro del Portillo, en una de las audiencias que le concedió, dándole per miso explícito para contarlo, que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido el hombre que más carismas ha recibido de Dios y que mejor ha respondido.

Después de la primera entrevista, nuestro trato se fue haciendo paulatinamente más intenso y amistoso, como se manifiesta en la correspondencia que hemos mantenido a lo largo de los años. Car tas que demuestran su hondo sentido sobrenatural y apostólico, así como el respeto cariñoso y lleno de confianza hacia mi, que durante largos años he tenido la carga honrosa de la diócesis de Ávila.

Don Josemaría basaba siempre su labor en modos y medios sobrenaturales. Era extraordinariamente «pedigüeño» de oracio nes. Me rogaba que encomendara al Señor a sus chicos; que ofre ciera oraciones por los cursos de retiro que predicaba a sacerdotes y religiosos, a universitarios o profesionales, por la santidad y el apostolado… Se puede decir que sentía una plena confianza en la ayuda de Dios y en el poder de la oración para obtenerla. La ora ción, comentaba en ocasiones, es la gran arma para el apostolado.

Don Josemaría vivía pendiente de cumplir la voluntad de Dios y, aun en medio de las tribulaciones, siempre se mantuvo con un carácter abierto y alegre, de contagiosa simpatía. Muchas veces he comprobado que resplandecían en él tres amores que son característicos de la vida de los santos: el encendido amor a Jesús Sacra mentado, a la Santísima Virgen y al Papa.

La actitud de contar con el prelado de la diócesis fue siempre norma de su trabajo. A todos los obispos nos hablaba con detalle del Opus Dei, de su naturaleza y de sus fines de su universalidad. En honor a la verdad, debo decir que yo no necesitaba una especial explicación porque tenía plena confianza en la rectitud de su criterio, pero siempre considero un deber hacia mi cargo de obispo y quizá también una obligación de amistad mantenerme al corriente de sus actividades: no era amigo de misterios ni secretos. Por el contrario, era franco y abierto. Lo suyo era la naturalidad: hablaba con cualquiera que tuviese interés limpio en conocer la Obra, sin buscar por eso aplauso y publicidad. Y callaba cuando sabía que se buscarían en sus palabras interpretaciones torcidas. En el Opus Dei, que apuntaba entonces, no había más secreto –co mo expresaba su fundador- que el de la gestación, como el de la criatura que está en el claustro materno.

La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila, me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote- de las tandas de ejercicios espirituales para el clero, que organizamos al terminar la guerra civil española. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor del obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Yo estuve presente, como es natu ral, y como resumen de aquellos días puedo destacar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hechas obras en las cosas menudas de cada día.

Siempre fue muy generoso a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendio alguno por los numerosísimos ejercicios espirituales que dirigía. Don Josemaría prestaba toda la ayuda que podía con su trabajo personal. Ese mismo espíritu es el que siguen practicando sus hijos que colaboran en la formación de sacerdotes y laicos.

Puede decirse así, que los obispos en cuya diócesis se desarrollan apostolados promovidos por el Opus Dei o por sus socios, cuentan, de hecho, con obras que repercuten tan inmediatamente en el bien de la diócesis como las que pueden promover sus sacerdotes o las que llevan a cabo directamente.

Me parece que es digno poner de relieve el esfuerzo de don Josemaría en favor y ayuda de los sacerdotes diocesanos. La intensa ayuda que estos sacerdotes reciben de los socios del Opus Dei es un inefable beneficio para cada diócesis y para toda la Iglesia. El espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, presente en sus hijos. les lleva a ser fieles y leales colaboradores de los obispos y servidores desinteresados de las diócesis procurando, al mismo tiempo, fomen tar el sentido de fraternidad humana y sobrenatural entre todos los hombres, y especialmente con sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

Desde que Monseñor Escrivá de Balaguer fijó su residencia en Roma, pasaron unos años en los que no pudimos vernos, aunque la amistad y el afecto los conservamos íntegros. En este tiempo pude conocer la prodigiosa expansión de la Obra, el bien que hacía a las almas y la inmensa ayuda que toda la Iglesia recibía por su acti vidad apostólica en los más variados campos. No debe extrañar este paréntesis en nuestro trato; la única razón que hubo fue mi propósito de no robarle un tiempo valiosísimo para la Obra y para la Iglesia entera; pero, como he dicho, mi afecto profundo y mis ora ciones los tuvo en cada momento.

Volví a ver a don Josemaría con ocasión de la erección de la Universidad Navarra. Creí mi deber asistir, no sólo por mi amistad hacia quien la había hecho posible, sino porque la erección de esta universidad revestía una importancia cultural y apostólica de pri mera magnitud. Así que quise unirme a la bendición de todo el Epis copado español, estando presente entre los muchos prelados asis tentes. Todavía recuerdo –me parece que los estoy viendo– el gesto personal y expresivo de don Josemaría, cuando caminando en la presidencia del espléndido cortejo del profesorado de la universi dad, me acerqué a él para manifestarle mi satisfacción y mi alegría; se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «¡Señor obispo, qué ver güenza; qué vergüenza para mí!». Era la expresión inequívoca de su humildad.

No es preciso acudir a detalles como el que acabo de relatar para realzar la profunda y sencilla humildad de Monseñor Escrivá de Balaguer. En él era lo natural: realizar su labor callada y per severantemente, mirando más a la renovación profunda de las almas que a un ocasional fulgor con raíces menos profundas. Nunca buscó –y le hubiera sido bien fácil- cargos o prebendas.

Quiero terminar estos breves apuntes insistiendo en un aspecto medular del espíritu, la predicación y la vida del fundador del Opus Dei: la llamada universal a la santidad, la búsqueda infatigable de la santificación personal. Desde la atalaya de mi larga vida, cuando los detalles se difuminan en el tiempo y se recogen mejor los grandes trazos, puedo pensar que quizá hubiera podido aprovechar mejor las gracias actuales que suponía contar con el afecto entrañable e inmerecido de aquel insigne sacerdote, verdadero pionero en tantos aspectos de las iluminaciones doctrinales del Concilio Vaticano II, por su afán nobilísimo de difundir y promover por todo el mundo la llamada universal a la propia santificación.


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