Nuevos fieles del Opus Dei

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un día de finales de enero de 1935, Pedro Casciaro, murciano, estudiante de Arquitectura, fue a DYA invitado por un amigo. Casciaro no tenía ningún interés en conocer a Escrivá ni a ningún “alzacuellos”, como solía llamar a los sacerdotes. Estaba bautizado y había recibido una instrucción religiosa elemental de labios de su madre. Sin embargo, compartía la actitud de su padre, quien acompañaba a su esposa los domingos a Misa, pero no quería tener nada que ver con el clero. Casciaro aceptó ir a DYA, principalmente por curiosidad y con el firme propósito de no hablar de nada personal con Escrivá.

Le sorprendió agradablemente el buen gusto de la decoración de la academia y su aire cálido y acogedor. Se sintió completamente desarmado por la alegría y buen humor contagioso de Escrivá y por el interés que el joven sacerdote mostró por él. Después de unos minutos, se encontró vaciando su alma y, al final de la conversación, le pidió que fuera su director espiritual, aunque apenas tenía una ligera idea de qué era un director espiritual.

Con el paso de los meses, Escrivá animó a Casciaro a practicar las virtudes humanas y a adquirir una vida interior de oración y sacrificio. También necesitaba remediar las serias lagunas que tenía sobre la Iglesia y sus enseñanzas. Por ejemplo, en su primera visita al oratorio de DYA, Casciaro ni siquiera se había dado cuenta de que no había sagrario. Cuando el Padre se lo hizo notar, Casciaro preguntó si el Santísimo Sacramento se solía guardar por la noche en las iglesias.

Casciaro empezó a asistir a los círculos que daba el Padre. En sus memorias lo recuerda: “Semana tras semana, sábado tras sábado, Círculo tras Círculo, nos iba moviendo a realizar un intenso apostolado con nuestros compañeros, nos enseñaba a amar a Dios y nos alentaba a llevar una profunda vida cristiana. Era patente que lo que nos decía no procedía sólo del estudio o de su profundo conocimiento de las almas, sino, sobre todo, de su profunda vida interior y de su oración. (…) El Padre aludía con frecuencia en aquellas charlas al ‘fuego del amor de Dios’: nos decía que teníamos que pegar este fuego a todas las almas, con nuestro ejemplo y nuestra palabra, sin respetos humanos; y nos preguntaba si no tendríamos entre nuestros amigos algunos que pudieran entender la labor de formación que se llevaba a cabo en la residencia”[1].

Entre las cosas que llamaban la atención a Casciaro sobre el Padre estaban “su alegría, su buen humor constante, su don de gentes verdaderamente excepcional y su profundo amor a la libertad”[2]. Esto último era especialmente importante para Casciaro: “Yo era muy independiente. Esa independencia era un fruto natural de mi carácter y del clima de gran libertad en el que había sido educado. Quizá por eso, ese amor a la libertad de las conciencias que enseñaba el Padre me agradó especialmente. Nos recordaba siempre que el amor a la libertad consiste, antes que nada, en defender la libertad de los demás.

El Padre me fue mostrando las exigencias de la vida cristiana sin encorsetarla, sin asfixiarla en normas rígidas, o en cuadrículas mentales predeterminadas. Me ayudó a llevar una vida de piedad cada vez más intensa sin recortar nunca, ni ahogar -al contrario, las potenció- ninguna de mis legítimas aspiraciones humanas”[3].

Se aproximaban las vacaciones de verano y Casciaro había hecho importantes progresos en su vida interior. Intentaba ayudar a sus amigos y compañeros a vivir una vida más cristiana. Ni Escrivá ni nadie de DYA le había sugerido la posibilidad de pertenecer a la Obra; ni siquiera le habían explicado que algunos de aquellos jóvenes dedicaban sus vidas a Dios en celibato apostólico. Casciaro se sentía satisfecho con el progreso que había hecho y no pensaba nada más. Estimaba que había “llegado al tope, al ‘techo’ espiritual más alto al que podía aspirar…”[4].

Durante el largo y ocioso verano, pasado con su familia en la provincia de Alicante, la hoja informativa que recibía de DYA y algunas notas sueltas del Padre le ayudaron a mantener una cierta vida de piedad. En la hoja del mes de agosto se leía: “Seguid perseverantes en la oración y en el estudio: así es seguro que, dentro del próximo curso, el Señor dará a nuestro apostolado un impulso que supere nuestras esperanzas. No olvidéis que hay mucho por hacer… y que sería penoso oír a Jesús, diciendo como el paralítico de la piscina probática: ‘Non habeo hominem!’. No encuentro hombres capaces de ayudarme…”[5].

Casciaro empleó parte de su tiempo de verano en estudiar inglés para poder extender el apostolado a otros países: “Yo, a pesar de no ser del Opus Dei, ya me sentía parte, de alguna manera, no de un pequeño grupo circunstancial, sino de una labor apostólica naciente que duraría siempre. El Padre nos hacía partícipes de su ansia universal de apostolado y nos hacía rezar por esa futura expansión. Sabíamos que el aprendizaje de esos idiomas -alemán, ruso…- al que nos urgía tanto, tenía una poderosísima razón apostólica: había que extender el Opus Dei por los cuatro puntos cardinales”[6].

Cuando Casciaro volvió a Madrid en septiembre, notó que su compañero, estudiante de Arquitectura que le había llevado a DYA y que había pasado todo el verano en Madrid, parecía pensativo. Cuando le preguntó qué sucedía, la respuesta fue que estaba intentando aclarar si Dios le pedía que fuera miembro del Opus Dei.

Casciaro inmediatamente empezó a preguntarse si Dios le llamaba al Opus Dei. Cuando suscitó la cuestión por primera vez, Escrivá le aconsejó que reconstruyera su vida de oración y sacrificio que había dejado enfriarse durante el verano, y que se esforzara seriamente en los estudios, dejando sus preocupaciones vocacionales en manos de Dios.

A comienzos del año académico, otro estudiante de Arquitectura, Francisco Botella, quien como Casciaro combinaba esos estudios con la licenciatura en Ciencias Exactas, le pidió que le presentara al Padre. Poco después, Botella empezó a asistir a círculos en DYA y a tener dirección espiritual con Escrivá.

El día de retiro mensual de noviembre tuvo como tema central la vocación. Escrivá utilizó para la primera meditación el pasaje del evangelio del joven rico a quien Cristo invitó a seguirle, pero que se fue triste porque no quiso abandonar sus posesiones. Botella recuerda que el Padre habló sobre sacrificio, la Cruz del Señor y la mortificación y animó a los estudiantes a buscar apoyo y fortaleza en Nuestra Señora.

Después del día de retiro, Casciaro pidió a Escrivá pertenecer al Opus Dei, pero éste le aconsejó que esperara un mes o algo así y que mientras tanto profundizara su vida espiritual. Casciaro no quería esperar tanto y regateó con el Padre hasta llegar a nueve días. Escrivá le aconsejó que hiciera una novena al Espíritu Santo en la que pidiera luz para discernir la Voluntad de Dios. Pero nueve días seguían siendo demasiado tiempo para Pedro, quien finalmente logró que Escrivá aceptara una espera de sólo tres días, durante los cuales el Padre le urgió: “Encomiéndate al Espíritu Santo y obra en libertad, porque donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad”[7]. Después de los tres días escribió una carta al Padre para pedirle la admisión al Opus Dei.

En los días de espera, Casciaro había preguntado a su amigo Botella qué pensaba de su deseo de incorporarse al Opus Dei. Botella, que desde hacía tiempo tenía la sensación de que Dios le pedía algo, no le dio ningún consejo, pero unos días después él mismo pidió ser admitido en el Opus Dei.

En julio, unos meses antes que Casciaro y Botella, había pedido la admisión Álvaro del Portillo, estudiante de Ingeniería de Caminos. Del Portillo era un joven apuesto y atlético, de familia acomodada y aficionado a los toros. Escrivá rezaba por él desde 1931 cuando una tía suya, voluntaria en el Patronato de Enfermos, le habló de su sobrino Álvaro cuando Escrivá le preguntó si conocía a buenos estudiantes que pudieran interesarse en las actividades apostólicas que pensaba organizar.

Al contrario que Casciaro, del Portillo había recibido una esmerada educación religiosa e iba a Misa y rezaba el Rosario casi a diario, aunque manifestaba poco interés por las asociaciones religiosas de estudiantes, altamente politizadas y muy abundantes en Madrid durante esos años. En el año académico 1933-34, del Portillo y otros estudiantes participaban en las actividades de la Conferencia de San Vicente de Paúl en Vallecas, barriada extremadamente pobre en las afueras del Madrid de entonces. Allá acudían regularmente para enseñar catecismo a los niños e intentar aliviar los sufrimientos de los pobres y enfermos.

Algunos trabajadores socialistas y anarquistas que vivían en el barrio detestaban esas visitas y decidieron dar una lección a los estudiantes. El domingo 4 de febrero de 1934, el grupo de jóvenes que iba calle abajo por la vía principal de Vallecas notó que en los balcones de las casas había mucha más gente que de costumbre. Parecían esperar que sucediera algo. Pronto descubrieron de qué se trataba: un grupo de quince o veinte hombres les atacó brutalmente. A uno le arrancaron la oreja, a Álvaro le golpearon en la cabeza con una llave inglesa y le hicieron una gran brecha. Los estudiantes lograron escapar lanzándose a la estación de metro vecina y cogiendo un tren a punto de salir.

El médico de urgencias que prestó a del Portillo los primeros auxilios fue negligente y la herida se infectó. Tuvieron que pasar tres meses antes de que Álvaro se recuperara del todo de aquel ataque.

Otro estudiante que también acudía a las Conferencias de San Vicente de Paúl presentó a del Portillo a Escrivá en febrero de 1935. Su primera entrevista sólo duro unos minutos, pero antes de que concluyera quedaron citados para verse unos días después. Cuando del Portillo llegó para la cita, Escrivá no estaba y no había dejado mensaje.

No se volvieron a ver hasta comienzos del verano. Del Portillo estaba a punto de marcharse de vacaciones de verano y decidió despedirse de Escrivá antes de viajar. Esta vez pudieron hablar largo y tendido. Escrivá le sugirió que retrasara su salida un día para asistir al retiro que tendría lugar al día siguiente en la residencia. Del Portillo no sabía en qué consistía un día de retiro y no tenía ganas de asistir, pero accedió. Aunque sólo habían hablado una vez con profundidad, Escrivá vio que del Portillo podía entender el Opus Dei. Durante el día de retiro uno de los miembros de la Obra le explicó la vocación al Opus Dei, y él, inmediatamente, pidió la admisión. Era el 7 de julio de 1935.

Hasta ese día el procedimiento para pertenecer a la Obra había sido comunicar verbalmente a Escrivá el deseo de ser admitido. En esta ocasión, sin embargo, Escrivá indicó a del Portillo que le escribiera una breve carta. A partir de entonces, éste sería el procedimiento para pedir la admisión en el Opus Dei. La carta de Álvaro era corta e iba al grano, no decía más que que él había conocido el espíritu de la Obra y quería formar parte de ella.

Para aprender más sobre su vocación, del Portillo decidió quedarse en Madrid durante el verano. Para atenderle, Escrivá anuló sus planes de pasar unos días en casa del vicario general de Madrid. Tras un año de intensísimo trabajo, el Padre necesitaba un descanso. Además de sus deberes como rector de Santa Isabel y de visitar a los enfermos, llevaba el peso del apostolado del Opus Dei. Predicaba meditaciones y días de retiro, daba círculos y atendía espiritualmente a muchos y trabajaba continuamente para fomentar el espíritu de familia en la residencia. Visitaba a gente para pedirle dinero para DYA. Sustituía a un profesor enfermo, lavaba los platos, barría los suelos. Además, escribía largas cartas personales, instrucciones internas para los miembros de la Obra y libros para el gran público. A comienzos de verano estaba tan agotado -y se le notaba- que el vicario general se empeñó en que se tomara unos días de descanso, pero él decidió quedarse para dar a del Portillo la primera formación sobre el espíritu del Opus Dei.

Como del Portillo no había asistido a los círculos que se habían dado a lo largo del año, se los repetiría durante el verano. Años depués, del Portillo recordaba: “Me explicó el espíritu de la Obra y me aconsejó que rezara muchas jaculatorias, comuniones espirituales…, y ofreciese abundantes mortificaciones pequeñas a lo largo del día. Al hablarme de las jaculatorias, me comentó: hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo, e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. El Padre añadió: yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de la vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Ángel Custodio”[8].

A las pocas semanas se incorporó al círculo José María Hernández de Garnica. Había acudido regularmente a DYA desde su primera visita en otoño de 1934. Durante el año había asistido a círculos y recibido dirección espiritual del Padre. El 28 de julio pidió la admisión en el Opus Dei.

A finales del curso 1934-35 DYA había superado las dificultades del inicio. Se habían ocupado todas las plazas de la residencia. La academia contaba con un total de 125 alumnos inscritos en diversas asignaturas. El local estaba abarrotado y encontrar una habitación libre donde dar un círculo o, sencillamente, donde hablar en privado constituía un reto. Escrivá solía impartir la dirección espiritual paseando por Madrid, no tanto porque le gustara caminar, sino porque no tenía sitio donde meterse en DYA.

Aunque aún estaba cercano el desastre del año anterior, decidió ampliar DYA. No quedaban más pisos disponibles en el edificio, pero encontraron uno en el bloque contiguo. De nuevo la menguada herencia de la familia Escrivá sirvió para alquilar el apartamento del número 48 de la calle Ferraz. En septiembre de 1935 trasladaron allá la academia y dejaron para residencia todo el antiguo local.

* * *

A finales de 1935, el Opus Dei parecía madurar. Más importante que el éxito de DYA era el hecho de que el número de fieles del Opus Dei crecía despacio, pero firmemente. Entre los estudiantes y jóvenes profesionales que pertenecían a la Obra había un núcleo sólido que entendía bien lo que Dios quería de ellos. Eran hombres de talento y carácter, muchos de los cuales serían punteros en sus profesiones. Tenían gran fe en Dios y en la Obra y estaban dispuestos a sacrificarse por cumplir su misión. Se estaban convirtiendo rápidamente en hombres de oración, en “contemplativos en medio del mundo”. Escrivá planeaba ya la expansión del Opus Dei fuera de Madrid y a otros países.

[1] Pedro Casciaro. SOÑAD Y OS QUEDARÉIS CORTOS. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 32

[2] Ibid. p. 33

[3] Ibid. p. 33

[4] Ibid. p. 34

[5] Ibid. p. 38

[6] Ibid. p. 39

[7] Ibid. p. 46

[8] AGP P01 1985 p. 833

«Lo que se dice allí, se vive»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Doy clases de gimnasia –dice Lázaro, el entrenador– en el Puente de Vallecas gratuitamente, aparte de preparar físicamente a más de mil cada año y entrenar a un centenar de atletas. Ese gimnasio tiene trescientos socios. Les doy charlas, primero de virtudes humanas para que puedan entender las virtudes cristianas, y después de doctrina cristiana. Cuando están formados se les explica quién es Dios y qué quiere Dios de ellos, y se les enseña a vivir la libertad y la responsabilidad. Asisten los que quieren, y suelen ser más del ochenta por ciento. Todos son obreros. Tienen deseos de saber y de conocer a Dios. En el gimnasio hablo también con los padres de los chicos. La mayoría, por el sitio en que están, son gente trabajadora, y lo que se hace es una labor social seria, humana y profesional. En las clases doctrinales a los chicos se les abre un mundo nuevo, empiezan a comprender el sentido positivo de la vida cristiana. Chicos que no han pisado la iglesia, porque no se les ha ocurrido hacerlo, o por dificultades de la vida, llegan a plantearse las cosas seriamente y son ejemplos de vida cristiana. Un día pregunté: «¿Cuál es el sexto mandamiento?» No lo sabían. Entonces viene el explicarles. Esta gente piensa que Dios está muy lejos, que no es cosa para ellos, y cuando ven que es para ellos, reaccionan muy bien, lo toman en serio y en un par de meses trabajan de cara a Dios y son de comunión frecuente. Se enfrentan sin doblez con la vida, de un modo llano, sencillo, lleno de sinceridad y de lealtad; montan sus obligaciones sobre la idea del servicio a los demás. Claro que hay algunos que no entienden estas cosas, pero, con constancia, acaban entendiéndolas: de entrada dicen que son ateos a comunistas… Tienen una deformación tan grande a veces que no saben lo que son. Y se dan cuenta de que no son nada. Y se les da formación para que ellos puedan distinguir y elegir lo que les conviene.

–¿Y cómo sirve usted a la Iglesia?

–Se lo acabo de decir. Si no sirves así a la Iglesia, dedicando a la gente dos o tres horas todos los días, usted me dirá cómo hay que servirla. Lo que se hace en el gimnasio es darles ejemplo en todo. Lo que se dice allí, se vive. Y pasa lo que me pasó a mí. Hay alegría, compañerismo, nos ayudamos. Entendámonos: hablo de ayuda moral, espiritual; en lo profesional cada uno se saca las castañas del fuego. A la gente no se les va a dar un plato de lentejas. Se les dan los medios de formación para que nunca tengan necesidad de pedir un plato de lentejas.

«Ahora noto más mis defectos»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(ManuelArmesto Garcia falleció el 11–X–1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

–Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: «La oración se hace aunque prenda fuego la casa». Era una manera de decir, claro… para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios… Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era… resulta que la gente me hace notar que no.

–¿Y no ha cambiado?

–Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale…

–¿Se considera mejor que los demás?

–¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

–¿Qué le da el Opus Dei?

–En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

–¿Qué le da usted al Opus Dei?

–Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos… o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

–He oída decir que los ciegos tienen más vida interior…

–Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

–¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

–Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad…

–¿Qué hace usted para conseguirlas?

–Pedir ayuda al  Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.

Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

1. Virtudes humanas

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A finales de agosto del año 2000 se cumplió el centenario de la muerte de Friedrich Nietzsche. Se publicaron con ese motivo muchos libros y artículos, muestra de que la figura del pensador alemán –a pesar de sus crispados desequilibrios humanos y sus insuficiencias filosóficas– ha dejado una profunda huella en la mentalidad del último siglo. Una de sus tesis más conocidas es la denuncia de que los cristianos, con su exclusiva valoración de los bienes celestiales –que califica de hipócrita y oportunista–, desprecian lo humano y se convierten en «enemigos de la vida».

La acusación de Nietzsche se revela a todas luces injusta y, como tantas de sus posturas, destartalada y desmesurada. Los cristianos, a lo largo de dos mil años, han apreciado como nadie la dignidad de la persona, han abierto en buena medida el desarrollo de las ciencias positivas, y han inspirado culturas y civilizaciones en las que han surgido genios del arte y del pensamiento, personalidades de extraordinario vigor y de gran capacidad de arrastre. Y esto ha sido posible porque la Iglesia se ha mantenido fiel a la afirmación central de la Encarnación del Verbo: Jesucristo fue, es y será siempre verdadero Dios y verdadero hombre[1], que restaura todas las cosas en su Verdad.

Precisamente en la vida y en la enseñanza del Beato Josemaría destaca su profunda valoración de las virtudes humanas, como fundamento de las sobrenaturales; doctrina no siempre suficientemente remachada en las obras ascéticas convencionales, a las que seguramente tuvo acceso en su primera formación cristiana y sacerdotal. En una homilía pronunciada en 1941, afirmaba de manera inequívoca: «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere –insisto– muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es perfectus Deus, perfectus homo»[2].

El Fundador del Opus Dei se refirió alguna vez a la armonía de los hábitos virtuosos con una expresión cargada de fuerza: la «formación enteriza de las personalidades jóvenes»[3]. Pero los primeros que recibieron este espíritu de sus labios –y los innumerables que después han transitado ese itinerario– no aprendieron esta forma de conducta a través de una teoría moral o de un estilo pedagógico. La palparon en el existir cotidiano de aquel sacerdote que les orientaba en su vida cristiana. Los testimonios de su labor pastoral, desde los comienzos hasta su fallecimiento en 1975, confirman que Josemaría Escrivá de Balaguer fue una persona en la que doctrina y vida formaban una unidad indisoluble. No era un maestro frío, teórico de la ética natural y la moral cristiana; tampoco un líder entusiasta que arrastraba con recursos sentimentales. Se reveló como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado por ese amor al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se entrecruzaban en mutua potenciación, con un comportamiento sencillo y enérgico que atraía por su indudable autenticidad, por su compromiso leal con lo que enseñaba, por su coherencia sin quiebras.

El Señor le dotó de cualidades singulares –sus padres las cultivaron con su enseñanza y ejemplo–, que le abrieron al gran panorama del caminar cristiano. Desde niño tuvo una gran capacidad para asumir y asimilar todo lo que recibía dentro del clima espiritual y humano que respiraba. Con normalidad, fue aprendiendo la necesidad de practicar las virtudes humanas y cristianas, en las que hundiría sus raíces la vida interior propia de un niño, de un muchacho, de un adolescente, de un universitario. Sorprenden muy de veras sus dotes de observación y de intuición. No ve en el mundo que le rodea algo que se le impone o simplemente le favorece o le ayuda. Contempla cómo se hacen las cosas en el hogar, el parvulario y el colegio, y va sacando consecuencias.

No olvidará jamás la sonrisa amable de su padre, que nunca pierde la paz, y se interesa por las personas que se hallan a su lado como algo que pertenece a su propia existencia. Le he escuchado muchas anécdotas que muestran la amistad y lealtad de don José Escrivá, proyectadas con más fuerza aún, en el ambiente de familia, con su esposa y sus hijos. Josemaría descubrió en su padre el sentido humano y divino de la amistad y la justicia. Desde que empieza a darse cuenta de lo que le rodea, observa la puntualidad y la responsabilidad en el trabajo de sus padres. Cumplidores del deber, cada uno en su ámbito, desempeñan esas tareas con generosidad, con alegría, sin pérdidas de tiempo. Procuran siempre acabarlas bien, con el estímulo de servir a los de arriba y a los de abajo.

Ese desvelo va de la mano de un profundo sentido de la libertad. Precisamente por el clima de confianza del hogar, que luego trasladará a todos los lugares en que se mueva, afronta el cumplimiento de las propias obligaciones y consulta voluntariamente a quienes pueden aconsejarle. A la vez, en el ambiente familiar descubre la necesidad de la sinceridad verdadera, y adquiere la rectitud de no dejarse llevar por la crítica o la murmuración, ni el resentimiento o el rencor. En la medida en que crece en libertad, sabe darla a los demás, sin mostrarse jamás desconfiado.

Se desenvuelve en una atmósfera familiar que cultiva la educación, el pudor, los buenos modales. Aprende a escuchar, a atender, a aprender, a ayudar en la convivencia. Observa la comprensión que se tiene con los ancianos, los enfermos y los pobres; va atesorando ese comportamiento, con la conciencia de que nadie le puede resultar indiferente. Ha escuchado que el personal que colabora en la casa forma parte de la familia: se impone el agradecimiento y el respeto para no dejarse servir innecesariamente. Con el tiempo, muchas personas saldrán del túnel de la tristeza o de la soledad, al comprobar que el Beato Josemaría las trata como hermanos, con la más sincera amistad. No son pocos los que reconocen que, en sus encuentros con este sacerdote, no contaban con nada que ofrecerle, y se veían como pagados por la caridad con que les trataba: les atendía con tal naturalidad sobrenatural que sentían como si aquello fuera lo normal. No exagero al decir que ha llenado de riqueza espiritual y de esperanza, con su amistad y su paternidad sacerdotal, a muchos indigentes, a incontables enfermos, a personas que otros aislaban o rechazaban, a trabajadores de oficios humildes, a quienes no habían experimentado la seguridad de una familia.

No es posible describir la amplia gama de su carácter recio, que le llevaba a tomarse en serio –como cristiano, como sacerdote, como hombre– la propia vida y la de los demás. Por eso, hasta el final de su paso por la tierra, se distinguió por su afán recto de aprender de todos, de los países donde se encontraba, de los sanos intereses de los otros.

Justamente porque se fijaba en el bien que operaban los demás, era muy agradecido, persuadido de que todos lo enriquecían. A la vez, mostraba una acentuada capacidad de advertir la bondad, la belleza, la nobleza, los grandes ideales, y también las necesidades del prójimo. Desde niño fue acrisolando un afán grande de crecer en doctrina y preparación humana, cultural, profesional.

Su naturalidad –noble, elegante, normal– traslucía su personalidad rica. Jamás hacía comedia ni buscaba recitar. Y, sin embargo, se movía en público o ante las cámaras, sin pretenderlo, como un artista consumado. No representaba, pero estaba dotado de una amplia capacidad de comunicación. Atraía su sonrisa permanente y su mirada inteligente, penetrante, comprensiva. Al hablar, no perdonaba un gesto, reforzado por el movimiento o la quietud de sus manos. Hombre de genio vivo y rápido, puso todas sus dotes humanas al servicio de la misión que Dios le confió. No se dejó llevar de preferencias. Amplió continuamente sus horizontes, hasta alcanzar un temple acogedor, que aceptaba y valoraba lo positivo de cada alma.

Refieren quienes le trataron en la infancia que su alegre simpatía arrastraba. Esa faceta humana la puso también al servicio de la misión recibida de Dios, y supo ser desde los comienzos un apóstol alegre, que transmitía la necesidad de una fe operativa, la firmeza de una esperanza segura, y el tesoro de la capacidad de amar a Dios y por Dios. Con esta misma fuerza llegó al final de su paso por la tierra, acercándose a los corazones de las gentes de muchos países, para descubrirles la riqueza de la amistad con Dios.

[1] Cfr. Hb 13, 8.

[2] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, Rialp, Madrid, 31ª ed. 2005, n. 75. A esta edición nos remitimos en las citas sucesivas.

[3] Cfr. Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, EUNSA, Pamplona 1993, p. 77.

Maestro, Sacerdote, Padre

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Conferencia inaugural del Congreso La grandeza de la vida ordinaria, con ocasión del centenario del nacimiento de San Josemaría, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma, 8-I-2002. Publicada en La grandezza Della vita quotidiana. Vocazione e missione del cristiano in mezzo al mondo, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2002, pp. 67-89.

Introducción

1. Virtudes humanas

2. Optimismo y esperanza

3. Unidad de vida

4. Amor a la libertad

5. La grandeza de la vida corriente

El humanismo cristiano de CAMINO.

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10 Antonio Millán Puelles

Con la sola excepción de los Evangelios, ha sido Camino el libro que más decisivamente ha influido en mi vida. Tanto antes como después de leerlo por vez primera, he conocido y meditado la enseñanza de otros célebres libros de espiritualidad, auténticas joyas de la literatura ascética y mística. Y, verdaderamente, no sabría yo comparar los singulares méritos de estas obras con las calidades de Camino, si bien es cierto que tampoco alcanzo a ver la utilidad que ello pudiera rendirme. Así pues, al decir —con la única salvedad ya señalada— que ha sido Camino el libro más decisivo en mi vida, no entraba en mis intenciones el formular una valoración, sino que he querido, simplemente, dejar consignado un hecho. Pues bien, la reflexión sobre este hecho me ha llevado, en más de una ocasión, al intento de perfilar y definir los rasgos más peculiares de Camino (al menos, los que mejor me expliquen el impacto que este libro ha hecho en mí). Y a este empeño responden las ideas que aquí voy a exponer y que representan un esbozo de la fisonomía de Camino, tal como ya la veo al cabo de muchos años de insistencia en la meditación de su doctrina.

He de reconocer que fue el estilo literario de Camino, más que el propio tenor de sus consejos y sugerimientos, lo que, al leer por vez primera este libro, cautivó mi atención. Hay, en efecto, en Camino un evidente señorío del lenguaje, que, en mi opinión, se debe al concertado ajuste de dos cosas aparentemente incompatibles: la reciedumbre y la delicadeza; y es muy probable que, sin esta lograda síntesis del vigor y el matiz en la expresión, las ideas de Camino no me hubiesen afectado inicialmente como ya entonces lo hicieron. Y, sin embargo, Camino es —sustancialmente— el pensamiento que en sus páginas aparece como sembrado a voleo. Y este pensamiento, a mi entender, se cifra en un radical humanismo cristiano vitalmente llevado a sus últimas consecuencias. Tal es, en suma, el esquema que unifica y sintetiza mi visión de las enseñanzas de Camino. Pero este esquema, para tener alguna utilidad, requiere ciertas puntualizaciones que, a la vez que lo justifiquen, hagan también patente su concreto sentido y, de este modo, determinen exactamente su alcance.

¿Puede hablarse, lícitamente, de un humanismo cristiano? La respuesta negativa a esta pregunta se ha querido basar en que la afirmación llevaría consigo nada menos que la reducción del Cristianismo a un puro y simple humanismo, o bien una inadmisible sobrevaloración de su aspecto humano y natural, con detrimento de su dimensión sobrenatural y divina. Justamente en virtud de esta última acusación, tenía yo descalificada por completo la idea misma del humanismo cristiano —y no sólo algunas de sus diversas interpretaciones— cuando inicié mi primera lectura de Camino. Pensaba entonces, dicho en pocas palabras, que el Cristianismo es esencialmente un divinismo —tal como lo había calificado, gráficamente sin duda, uno de mis maestros más admirados y queridos—, de donde había que inferir que cualquier insistencia en los aspectos humanos no podrá valer para otra cosa que para empobrecerlo o diluirlo, cuando no para adulterarlo.

Ha sido la lectura de Camino —la reflexión sobre su pensamiento— lo que en definitiva me ha llevado a dejar esta convicción. Hoy pienso que, como en Cristo lo divino no elimina lo humano, ni lo humano menoscaba lo divino, otro tanto es preciso que ocurra en el Cristianismo, por virtud, cabalmente, de su plena fidelidad al Hombre-Dios, en la que estriba su razón de ser. Y así lo he mantenido por escrito: «Lo que es esencialmente el Cristianismo depende de lo que Cristo es esencialmente. En consecuencia, puesto que Cristo es hombre, hay que decir que el Cristianismo es un humanismo. Mas como quiera que Cristo es también Dios, se ha de afirmar, a su vez, que el Cristianismo es también un divinismo» (cfr. mi artículo «El concepto de humanismo», incluido en el volumen titulado II Encuentro Cultural de la Sociedad Española de Médicos Escritores —Murcia, 1982, pp. 21-30).

En las páginas de Camino no hay nada paralelo o similar a este abstracto razonamiento. Evidentemente, no es Camino un tratado de teología, sino un haz de incitaciones y mociones, para «herir» al lector, coloquialmente expresadas en directa actitud confidencial («Son cosas que te digo al oído,/ en confidencia de amigo, de hermano,/ de padre»). Así se explica que en las páginas de este libro el humanismo cristiano esté presente, no como tesis que se demuestra o se analiza en forma conceptual, sino de un modo concreto, con una presencia funcional y dinámica, por la vital conexión de lo divino y lo humano. Ambos aspectos aparecen fundidos —operativamente solidarios— en el conjunto del libro (no, como bien se puede comprender, en todos y cada uno de los puntos). Y este vital ensamblaje permite ver, con máxima claridad, que el divinismo cristiano puede ser vivido —y concebido— como un humanismo auténtico, sin que por ello pierda ni uno sólo de sus quilates.

Leo, por ejemplo, el punto 334: «Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado…, pero no estudias. —No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros». Aquí está bien patente el humanismo, a través del ejemplo de una virtud humana; pero que no se trata, en forma alguna, de un humanismo inmanente, encerrado en el hombre, es cosa de la que tampoco puede quedar ninguna duda al leer: «Sólo te preocupas de edificar tu cultura. —Y es preciso edificar tu alma. —Así trabajarás como debes, por Cristo: para que Él reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y, desde ellas, ejerciten calladamente —y eficazmente— un apostolado de carácter profesional» (n. 347). Y otro ejemplo, que pudiera servir como un emblema de todos los alegables: «Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos» (n. 939).

Como aquí no se trata de hacer una antología de los textos confirmativos del humanismo divinista de Camino, pueden bastar los pasajes que acabo de transcribir. Sin embargo, todavía quiero añadir otro, que en mi primera lectura de Camino fue uno de los que más sintomáticos y elocuentes me resultaron. Es el punto 371: «Cuando bullen, “haciendo cabeza” de manifestaciones exteriores de religiosidad, gentes profesionalmente mal conceptuadas, de seguro que sentís ganas de decirles al oído: ¡Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos!» La punzante ironía del ruego que pone fin a estas palabras vale más que toda una larga y abstracta peroración sobre la necesidad, para el cristiano, de esforzarse por adquirir y practicar las virtudes humanas.

A la vista de este punto de Camino se me vuelve nítido el sentido del humanismo cristiano: la inequívoca afirmación, en la teoría y en la práctica, de los valores humanos como parte integrante —indisociable, por tanto— del efectivo y verdadero Cristianismo. Cierto que, por sí solos, los valores humanos resultan enteramente insuficientes para un humanismo divinista, pero sin ellos, o únicamente con su remedo y simulacro, ¿cómo podría ser el Cristianismo un verdadero humanismo, bien así como Cristo es un auténtico hombre?

Antes dije que el pensamiento de Camino se cifra en un radical humanismo cristiano vitalmente llevado a sus últimas consecuencias. Ahora es claro y preciso lo que al denominarlo radical quise dar a entender: que la afirmación de los valores humanos está en su propia raíz. Pero esto es verdad en la medida misma en que también lo es que su razón primordial tiene un sentido cristiano y no meramente humano, porque consiste en el amor a Cristo y no en un puro y simple amor al hombre. Así, efectivamente, lo hace ver el esencial sentido sobrenatural que se encuentra en la más honda inspiración de todos los pensamientos de Camino y que de una manera explícita aparece en muy abundantes ocasiones, como, por ejemplo, en ésta (la más significativa para mí): «Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles» (n. 280).

Ello quiere decir que el humanismo cristiano de Camino, sin que le falte nada para ser plenamente humano (pues Cristo es perfectus horno), se quedaría en pura nada si en definitiva su raíz no estuviese en la humanidad —la Santísima Humanidad— del Hombre-Dios. Y esto mide todo el alcance de ese sentido sobrenatural que, por hacer que el hombre participe de la vida divina, es realmente un endiosamiento, como lo llama el autor de Camino, pero un endiosamiento, añade éste, «que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres» (n. 283). De nuevo nos volvemos a encontrar con la indisoluble conexión de lo divino y lo humano, la cual es verdaderamente radical por no apoyarse en el hombre, sino en Dios. «Te escribí, y te decía: “me apoyo en ti: ¡tú verás qué hacemos…”.» ¡Qué íbamos a hacer, sino apoyarnos en el Otro!» (n. 314).

¿Cómo podría ser éste el humanismo de quienes en las empresas apostólicas se valieran únicamente —o bien de una manera principal— de recursos humanos? Camino está en las antípodas de semejante humanismo. «Pero… ¿y los medios? —Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio… —¿Acaso te parecen pequeños?» (n. 470). O el punto 471: «En las empresas de apostolado está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2…». En el Autor de Camino el humanismo estriba, por lo que atañe a los medios, no en negar la necesidad, ni tampoco la prioridad, de los recursos sobrenaturales, sino en afirmar que también han de ponerse los humanos, lo cual es tanto como sostener que no vale ninguna excusa por dejar de actuar en calidad de «cómplices de Dios».

Pero hay, además, una segunda razón —tan importante como la primera— por la que en otro aspecto es radical el humanismo cristiano de Camino: la ilimitada universalidad de su mensaje. En principio, éste se dirige a todo hombre, a cualquiera, no tan sólo a unos pocos, más o menos selectos y calificados. De esta suerte, puede decirse que se trata del humanismo para el hombre común, sea cualquiera el lugar donde se encuentre. «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (n. 291). «¡Animo! Tú… puedes. —¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde…, con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz?» (n. 483). Y en lógica concordancia con su hallarse, en principio, abierto a todo hombre, Camino considera positiva la falta de «uniformidad» en quienes se comportan como apóstoles. «Te pasmaba que aprobara la falta de “uniformidad” en ese apostolado donde tú trabajas. Y te dije: Unidad y variedad.—Habéis de ser tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas. —Y, también, tan conformes unos con otros como los santos, que no serían santos si cada uno de ellos no se hubiera identificado con Cristo» (n. 947).

La apertura a todos los hombres no se paga en Camino con la exclusión de lo diferencial para limitarse a lo común. Dicho de otra manera: el humanismo de Camino no es abstracto, sino máximamente —radicalmente— concreto. Cabría pensar que esto es simple realismo, ya que en la realidad de los seres humanos se incluye, evidentemente, la diversidad de éstos entre sí. Pero en Camino no se trata sólo de que es menester contar con esta diversidad como con algo ciertamente inevitable; antes por el contrario, de lo que se trata es de «santificarla», y por eso en el punto 947, ya consignado arriba, se hace expresa mención de los santos del cielo como dotados —no como desprovistos— de sus especialísimas notas personales. La santidad estriba en identificarse con Cristo; pero, con la ayuda de Dios, esto, en principio, es posible —así lo afirma Camino— para todos los hombres, no a pesar de sus diferencias, sino precisamente a través de ellas. Y adviértase que las diferencias en cuestión no se limitan a las provenientes de estados o situaciones de carácter extrínseco por su origen o su sentido, sino que son también las determinadas —de una manera explícita acabamos de verlas referidas al caso de los «santos en el cielo»— por «notas personales especialísimas», y lo personal no es lo externo, sino lo íntimo.

El humanismo cristiano llega a su plena radicalidad, sin caer en abstraccionismos, cuando el solo título de hombre es apreciado como suficiente, con la ayuda divina, para entregarse de lleno a la búsqueda de la cristiana perfección. Pero en Camino esto quiere decir también, de una manera muy determinada y precisa, que nadie tiene que «salirse» de nada (se sobreentiende, de nada realmente honesto) para entrar por las vías que conducen a una efectiva santificación. «¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (n. 832).

Tal vez se piense, por aquello de quien mucho abarca poco aprieta, que Camino ha de exigir poco a los muchos destinatarios a los que, en principio, se halla abierto. La lectura de una cualquiera de sus páginas, entresacada al azar, hace ver exactamente lo contrario. Consideremos solamente dos muestras. «¿Que… ¡no puedes hacer más!? —¿No será que… no puedes hacer menos?» (n. 23). «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres» (n. 316). (Permítaseme subrayar, aunque tan sólo sea incidentalmente, que la recia elocuencia de este texto se basa en la fuerza humana de los ejemplos aducidos en él y, de los cuales, todos —menos uno— son ejemplos de vicios. En Camino, incluso la conciencia del poder de los vicios humanos sirve de estímulo para enardecer la voluntad en el amor a Dios y, a la vez, como punto de comparación y referencia para medir el alcance y la intensidad de este amor.)

Por lo que atañe a la guarda del corazón hay en Camino —sobre todo, en lo concerniente a la manera de relacionarse con el prójimo— consideraciones y advertencias que, por lo mucho que exigen, pueden parecernos inhumanas, si las leemos con escaso espíritu cristiano, es decir, con olvido, o con poca memoria, de lo que nos pide el Hombre-Dios. El punto 154 plantea exactamente la cuestión y le da una respuesta en la que lo humano y lo divino aparecen, una vez más, vitalmente enlazados. «Tienes miedo de hacerte, para todos, frío y envarado. ¡Tanto quieres despegarte! —Deja esa preocupación: si eres de Cristo —¡todo de Cristo!—, para todos tendrás —también de Cristo— fuego, luz y calor.»

Vitalmente llevado a sus últimas consecuencias, el humanismo cristiano hace en Camino que el lector quede inmerso en una cálida atmósfera de incitaciones y sugerimientos, a la vez que de entrañable intimidad. Desde el primer contacto con las enseñanzas de este libro adquirimos la convicción de que no se nos va a tratar ni con blandura ni con una lejana e impersonal amabilidad. Leer Camino es sentirse muy hondamente querido y a la vez —y justo por ello— exigentemente requerido a dar de sí lo mejor. Y uno acaba por entender el ennoblecimiento que produce el verse tratado así (con esa fe, con esperanza tan alta y con tan firme y apremiante caridad).

El autor de Camino, que nos quiere magnánimos, busca a fondo nuestra humildad. Y para ello fustiga implacablemente, con despiadada dureza, los vicios de la vanagloria y del orgullo. «No olvides que eres… el depósito de la basura. —Por eso, si acaso el Jardinero divino echa mano de ti, y te friega y te limpia… y te llena de magníficas flores…, ni el aroma ni el color, que embellecen tu fealdad, han de ponerte orgulloso. —Humíllate: ¿no sabes que eres el cacharro de los desperdicios?» (n. 592). «Si te conocieras, te gozarías en el desprecio, y lloraría tu corazón ante la exaltación y la alabanza» (n. 595).

La magnanimidad y la nobleza nunca son megalomanía. De ahí que uno de los modos en que lleva Camino al humanismo cristiano hasta sus últimas consecuencias sea también una forma de humildad: la de hacer, siempre, pocos y muy concretos propósitos. Para no quedarse en una especie de hipertensión afectiva o simple gesticulación sentimental, el entusiasmo tiene el deber de aliarse con el realismo más exigente y riguroso, lo cual implica el ceñirse, en cada una de las ocasiones, a unos pocos y bien perfilados objetivos. «Concreta. —Que no sean tus propósitos luces de bengala que brillan un instante para dejar como realidad amarga un palitroque negro e inútil que se tira con desprecio» (n. 247). «Haz pocos propósitos. —Haz propósitos concretos. —Y cúmplelos con la ayuda de Dios» (n. 249).

En idéntica línea se mueve la esencial importancia que Camino atribuye a las pequeñas cosas de las que habitualmente se compone el más fiel cumplimiento del deber. Conducido a sus últimas o más radicales consecuencias, el humanismo cristiano se nos muestra aquí, otra vez, como realismo y, por ende, como humildad. Nada tiene que ver, por consiguiente, con los escozores e inquietudes engendrados en la conciencia por el morboso aguijón de los escrúpulos. Estos no son realismo ni humildad, sino timidez y encogimiento entreverados de orgullo o nacidos, acaso, de él. «Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. —No es de Dios lo que roba la paz del alma» (n. 258). «No pienses más en tu caída. —Ese pensamiento, además de losa que te cubre y abruma, será fácilmente ocasión de próximas tentaciones. —Cristo te perdonó: olvídate del hombre viejo» (n. 262).

Diametralmente opuesto a los escrúpulos, el sentido del interés y la importancia de las cosas pequeñas es finura de espíritu y delicadeza de amor. Así es como realmente aparece al mirarlo a la luz del humanismo cristiano de Camino, y así es también como no puede verlo el megalómano, que no tiene ojos nada más que para lo aparatoso y ostentoso. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. —Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto (…). ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?… —¡A fuerza de cosas pequeñas!» (n. 823). «Todo aquello en que intervenimos los pobrecitos hombres —hasta la santidad— es un tejido de pequeñas menudencias, que —según la rectitud de intención— pueden formar un tapiz espléndido de heroísmo o de bajeza, de virtudes o de pecados» (n. 826).

La celosa atención a los pequeños deberes de cada momento no tiene la refulgente brillantez de las grandes heroicidades convertidas en espectáculo. Pero es callada magnanimidad. Y, a mi modo de ver, constituye el más claro signo de que la santidad tras la que anda el humanismo cristiano de Camino no es una vocación para situaciones especiales y seres excepcionales, sino para hombres y mujeres que, metidos de lleno en «este mundo», quieren divinizar, con la ayuda de Dios, las pequeñeces humanas de los menesteres cotidianos del vivir ordinario y más común.

«Lo que se dice allí, se vive»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Doy clases de gimnasia –dice Lázaro, el entrenador– en el Puente de Vallecas gratuitamente, aparte de preparar físicamente a más de mil cada año y entrenar a un centenar de atletas. Ese gimnasio  tiene trescientos socios. Les doy charlas, primero de virtudes humanas para que puedan entender las virtudes cristianas, y después de doctrina cristiana. Cuando están formados se les explica quién es Dios y qué quiere Dios de ellos, y se les enseña a vivir la libertad y la responsabilidad. Asisten los que quieren, y suelen ser más del ochenta por ciento. Todos son obreros. Tienen deseos de saber y de conocer a Dios. En el gimnasio hablo también con los padres de los chicos. La mayoría, por el sitio en que están, son gente trabajadora, y lo que se hace es una labor social seria, humana y profesional. En las clases doctrinales a los chicos se les abre un mundo nuevo, empiezan a comprender el sentido positivo de la vida cristiana. Chicos que no han pisado la iglesia, porque no se les ha ocurrido hacerlo, o por dificultades de la vida, llegan a plantearse las cosas seriamente y son ejemplos de vida cristiana. Un día pregunté: «¿Cuál es el sexto mandamiento?» No lo sabían. Entonces viene el explicarles. Esta gente piensa que Dios está muy lejos, que no es cosa para ellos, y cuando ven que es para ellos, reaccionan muy bien, lo toman en serio y en un par de meses trabajan de cara a Dios y son de comunión frecuente. Se enfrentan sin doblez con la vida, de un modo llano, sencillo, lleno de sinceridad y de lealtad; montan sus obligaciones sobre la idea del servicio a los demás. Claro que hay algunos que no entienden estas cosas, pero, con constancia, acaban entendiéndolas: de entrada dicen que son ateos a comunistas… Tienen una deformación tan grande a veces que no saben lo que son. Y se dan cuenta de que no son nada. Y se les da formación para que ellos puedan distinguir y elegir lo que les conviene.

–¿Y cómo sirve usted a la Iglesia?

–Se lo acabo de decir. Si no sirves así a la Iglesia, dedicando a la gente dos o tres horas todos los días, usted me dirá cómo hay que servirla. Lo que se hace en el gimnasio es darles ejemplo en todo. Lo que se dice allí, se vive. Y pasa lo que me pasó a mí. Hay alegría, compañerismo, nos ayudamos. Entendámonos: hablo de ayuda moral, espiritual; en lo profesional cada uno se saca las castañas del fuego. A la gente no se les va a dar un plato de lentejas. Se les dan los medios de formación para que nunca tengan necesidad de pedir un plato de lentejas.

«Ahora noto más mis defectos»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(ManuelArmesto Garcia falleció el 11–X–1979. Publico la entrevista tal como apareció en 1976.)

Manuel es ciego desde los 17 años y tiene ahora 46. Vendió cupones, se hizo profesor mercantil y trabaja en la Organización de Ciegos. Es miembro del Opus Dei desde hace seis años. Conoció la Obra por un sacerdote.

–Me acuerdo que me impresionó mucho cuando me dijeron: «La oración se hace aunque prenda fuego la casa». Era una manera de decir, claro… para que viera la importancia de tener todos los días un rato de relación y de hablar a solas con Dios. Me impresionaba la alegría y el observar en todos cómo se vive en la presencia de Dios… Se nota mucho que llevan una vida espiritual intensa y constante. Y las virtudes humanas, que se aprecian en todos ellos. No sé qué pasa, que sin darnos cuenta, las adquirimos. Yo, que soy un ceporro y creo que soy igual que era… resulta que la gente me hace notar que no.

–¿Y no ha cambiado?

–Tenía un genio tremendo, y ahora me lo aguanto. Me dicen que tengo buen carácter. El Opus Dei tiene que salir a pesar de nosotros. Y sale…

–¿Se considera mejor que los demás?

–¡No, hombre, no! Sigo con los mismos defectos que tenía, pero tengo la alegría de saber que no importa, si lucho por tratar de dominarlos, y que el Señor está contento si lucho contra ellos. Yo tenía mi soberbia, me lo tenía muy creído. Y ahora noto más mis defectos, porque me preocupo de examinarme. Soy muy bueno si me comparo y muy malo si me examino: he aprendido a no compararme y a examinarme.

–¿Qué le da el Opus Dei?

–En lo espiritual, no lo podría medir. En lo material, al Opus Dei hay que darle todo. El Opus Dei lo que hace es pedir y no dar.

–¿Qué le da usted al Opus Dei?

–Nada. Lo que le doy no tiene valor. Pienso, y creo que nos debe pasar a muchos… o a casi todos, que lo que hago es estorbar.

–He oída decir que los ciegos tienen más vida interior…

–Tonterías. No es verdad. Somos igual que antes, pues somos las mismas personas que antes. A las dos semanas eres igual que una semana antes de quedar ciego. Se adapta uno, y espiritualmente sigues siendo el mismo.

–¿Qué virtudes considera más importantes como miembro del Opus Dei?

–Aparte de la caridad, la humildad, la fe y la esperanza, que son básicas, considero muy importante la alegría, la reciedumbre, la laboriosidad, la lealtad, la sinceridad…

–¿Qué hace usted para conseguirlas?

–Pedir ayuda a1 Señor y a Santa María, porque yo, por mí mismo, no sería capaz nunca de conseguirlas.


Las huellas de un santo del seminario de Logroño

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El obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño y el Prelado del Opus Dei intervinieron en un acto celebrado en el seminario de Logroño. En esta ciudad, san Josemaría vio su llamada y dio sus primeros para el sacerdocio.

Opus Dei - Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño.

Mons. Búa y Mons. Echevarría, en el seminario de Logroño.

El Seminario Diocesano de Logroño acogió el pasado sábado un acto académico sobre la figura sacerdotal de san Josemaría. En esta ciudad vio el fundador del Opus Dei su llamada al sacerdocio -a raíz de las huellas en la nieve que dejaba un religioso- y en su seminario se formó entre 1918 y 1920.

Este acto, organizado por la Diócesis, estuvo presidido por el obispo Mons. Ramón Búa. Intervinieron además Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei; y José Luis Illanes, profesor ordinario de Teología de la Universidad de Navarra.

Mons. Ramón Búa destacó la importancia que tiene para la historia del seminario riojano “las huellas, los vestigios de santidad que quedaron impresas en nuestra ciudad por el paso del santo recientemente canonizado por la Iglesia”. “Es un santo nuestro, un santo que tenemos que hacer cosa nuestra, propuesto como modelo cercano”

También destacó la “cercanía que el Opus Dei tiene con todos nosotros facilitando ayuda espiritual a tantos sacerdotes y seglares de nuestra diócesis. A tantos que quieren responder a ese carisma de la santidad en lo ordinario”.

La segunda intervención correspondió a D. José Luis Illanes que desde una perspectiva histórica destacó la importancia que tuvieron para San Josemaría sus años de adolescente en Logroño. “Desde una perspectiva cronológica, en los años de Logroño, se consolidó su personalidad, pasando desde la adolescencia a la juventud. Fueron los años en que Dios, sirviéndose del frío de una mañana de invierno, se introdujo con gesto señorial en su existencia, haciéndole barruntar una misión”.

El profesor Illanes recordó muchos pequeños sucesos y acontecimientos familiares que sirvieron de contexto para enmarcar la importancia que tuvo lo ordinario en la vida del santo durante esos años. Terminó su intervención remarcando que “los años de Logroño, constituyen, con plena verdad una encrucijada –e incluso la encrucijada decisiva- en la vida de San Josemaría. Fue entonces Dios quién comenzó a marcarle un rumbo del que no debía apartarse en lo sucesivo. Y del que, de hecho, no se apartó jamás”.

Opus Dei - Intervención del Prelado del Opus Dei.

Intervención del Prelado del Opus Dei.

Virtudes sacerdotales
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, aludiendo a la predicación de San Josemaría sobre el sacerdocio, quiso hacer en su intervención un recorrido por los aspectos más relevantes de la identidad del sacerdote: la santidad sacerdotal como don y tarea, las virtudes humanas, el fundamento de la humildad, la caridad pastoral y la fraternidad sacerdotal.

“San Josemaría –señaló– quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su ‘necesidad’ de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad”.

Al destacar la caridad pastoral como una de las virtudes importantes para el sacerdote señaló como ejemplo a “San Josemaría, en sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Así gastó su existencia hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción”.


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