Recuerdos de un corresponsal

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Testimonio de Eugenio Montes, De la Real Academia Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio de 1975 el cielo estaba azul y yo estaba en mi casa del Pincio viendo desde el balcón, en la lejanía, la cúpula de San Pedro sobre el Monte Vaticano, el Monte de los Vaticinios.

Sonó el teléfono. Me dieron la noticia escuetamente: «Ha muer­to Monseñor Escrivá de Balaguer». Ni una sílaba más, tal vez por­que ante lo decisivo sólo el silencio es grande; el resto, debilidad.

Pero salí a preguntarles a sus amigos. No se encontraba enfermo. En cualquier caso no le había comunicado a nadie inquietudes acer­ca de su salud.

El 26 de junio había madrugado, como siempre. La del alba sería cuando salió a tener una plática con unas hijas suyas en Cas­telgandolfo. Como Santa Teresa de Jesús, este hombre de virtudes heroicas podía decir: «Hijas, cosas son éstas para entretener la espera».

Una vez exclamó: «Debemos acoger la muerte con sereno gozo. Cuando el Señor quiera y donde quiera».

El Señor quiso que a este hombre pirenaico la muerte le acon­teciese en Roma, su lugar predilecto. Entre las siete colinas, donde se asienta «la reliquia universal del suelo», porque «no hay parte en ti que no sirva de ejemplo/de santidad, así como trazada/de la ciudad de Dios al gran modelo». (Cervantes).

Yendo al funeral encuentro a Lozoya. Me dice: «Hay pocos españoles universales: algunos exploradores de Indias, un pequeño acervo de escritores y artistas, algunos fundadores religiosos». Monseñor Escrivá era de éstos. Su Obra se extiende por 80 países y cuenta con más de 70.000 adeptos fervorosos.

Se ha señalado que la Cristiandad aprendió de los españoles a rezar: el Credo es creación del cordobés Osío tanto como de Anas­tasio; la Salve, arco iris celeste, del gallego San Pedro de Mezonzo; el rosario, de Santo Domingo.

A mí en Roma me atraen, sobre todo, las huellas de nuestros hombres con virtudes heroicas. Cruzo, recruzo el patio de San Dámaso. Entro en los siete templos que aún quedan de los 27 dedi­cados a San Lorenzo. Me siento en el Aventino a la sombra del naranjo plantado por el de Caleruega. Veo en el Palatino la palmera de San Buenaventura de Barcelona. Recorro el barrio en donde San Ignacio pronunció su impresionante frase: «Usar los medios naturales como si no hubiese los sobrenaturales; usar los medios sobrenaturales como si no hubiese los naturales». «Sentencia es de maestro», concluyó Gracián.

Juntar lo sobrenatural con lo natural, acercarnos a lo sobrena­tural con naturalidad absoluta, ha sido el don, sencillamente pro­digioso, de Monseñor Escrivá de Balaguer. Su santo y seña reza: «Santificar la vida cotidiana, en medio de su aparente monotonía, de sus quehaceres, de sus trabajos». Con certera imagen proclamó: «En la línea del horizonte parecen unirse Cielo y Tierra, pero en donde en verdad se unen es en los corazones cuando se vive san­tamente la vida ordinaria».

Según el cardenal Baggio, su innovación más profunda consiste en el llamamiento universal a la santidad; el trabajo como lugar de encuentro con Dios y con los hombres: innovación confirmada pos­teriormente por el Concilio Vaticano II. Idea feliz esta invitación a amar el mundo apasionadamente, descubriendo el valor sobre­natural de las circunstancias normales de la vida, incluidas las más prosaicas y materiales.

En 1946 vino a residir a Roma. Vivía en un apartamento humil­de de la «Città Leonina», frente a las medio derruidas torres que en el siglo IX elevó León IV. Yo lo encontré al lado de la muralla, el día inaugural del Año Santo, en tiempo de Pío XII. «Así, así, católico, apostólico, ¡romano! Me gusta que vengas en romería».

«VIDERE PETRUM»

La primera persona que en la urbe lo alentó intensamente fue Montini, porque entonces necesitaba ayuda para superar las sus­picacias y obstáculos que todo fundador encuentra.

Algunos miembros de la Obra actuaron y actúan en política. «Como los demás ciudadanos – aclara el fundador–, pues sus res­ponsabilidades son individuales».

En cuanto a él mismo, Monseñor Escrivá de Balaguer confesaba que no sentía la política ni la sociología. Alguna vez expresó rotun­damente: «Me disgustan».

Al cabo, su fe, su esperanza su caridad triunfaron. En el funeral por su alma, monseñor Be Nelly leyó un emocionado mensaje del Sumo Pontífice. La capilla ardiente estaba como envuelta en púr­pura, pues al parpadeo de los hachones reconocí, con el nuncio apostólico Carboni, a los cardenales Palazzini, Rossi, Felice…

El cardenal Deskur anunció: «Espero ser el primer obispo que postule la beatificación de Monseñor. He ofrecido la misa por su glorificación». Quien hoy rige la diócesis ambrosiana lo compara a San Fran­cisco de Sales. Los ingleses evocan ante él a Tomás Moro. Yo pienso en San Felipe de Neri, por su continuo rebullicio de frases chispeantes. El cristianismo es sufrir los unos por los otros, pero nada hay tan católico como alegrarse los unos con los otros. Luminoso misterio de la Comunión de los Santos.

La alegría, a Monseñor Escrivá de Balaguer le manaba del cora­zón desbordante, de su bondad profunda. Venía del fondo. Los que hace tres años acompañaban sus restos mortales a la última morada terrena veían en esa alegría un rocio venido de lo alto, un rocío celeste.

11. Virtudes heroicas

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir que no le gustaban los repertorios de virtudes, porque ningún elenco puede ser exhaustivo. Vivía y enseñaba “la unidad de vida”, es decir, la armonía del organismo sobrenatural construido sobre las virtudes humanas, que son su fundamento necesario. Le gustaba menos aún reducir la santidad al mero ejercicio de algunas virtudes típicas, casi estereotipos. Prefería, en cambio, subrayar el entrelazamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) con las virtudes morales (reconducibles a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Sin pretensión de sistematicidad, quisiera preguntarle cómo vivía el Fundador algunas virtudes concretas.

–Estoy firmemente persuadido de que practicó todas las virtudes de modo extraordinario, es decir, de una forma mucho más perfecta que las personas a las que generalmente consideramos buenas y virtuosas.

Desde los primeros años de su vida hasta que rindió el alma a Dios, nuestro Fundador ejercitó las virtudes en un “crescendo” de heroísmo: se hacían cada vez más plenas a medida que su unión con el Señor era más patente. Por los años que he pasado a su lado me considero un testigo privilegiado de la sinceridad con que vivió las virtudes. Los santos han practicado siempre lo que predicaban. En nuestro Padre la unidad de vida era evidente y constante: lo hacía todo con el pensamiento puesto en el Señor y le ofrecía todas sus actividades. Los que estaban a su alrededor advertían que estaba constantemente recogido en oración.

Actuó con perseverante heroísmo tanto en las situaciones fáciles y ordinarias como en las más arduas y extraordinarias, que ciertamente no faltaron en su vida: las afrontó con serenidad, con decisión y energía, con la conciencia de ser débil, pero de contar con la fuerza de Dios. Deseaba solamente servir al Señor, con toda el alma; por eso solía afirmar, como los hijos de Zebedeo: Possum! (cfr. Mt 20, 22), ¡puedo!, no por mis fuerzas sino in eo qui me confortat (Fil 4, 3), con la fuerza de Dios.

Comenzó desde muy joven a experimentar ardientes deseos de santidad, y el Señor le premió con frutos evidentes. Aún adolescente, ante los primeros indicios de su vocación divina, se grabó en su alma esta verdad: Dios ha llamado a todos los hombres ut essemus sancti in conspectu eius (Ef 1, 4). Decidió corresponder a esta invitación del Señor con una generosidad plena, hasta el fondo. El 2 de octubre de 1928, conocería con claridad el designio divino sobre su persona: desde entonces se entregó por completo, sin reservas, al servicio de esta misión, de la que fue instrumento fidelísimo.

Solía repetir que sólo tenía una receta: la santidad personal. Estaba persuadido de que el único y verdadero mal que sufre el hombre es el pecado; y que contra el pecado no hay otro remedio que la gracia divina y la participación en la santidad de Dios. Nos recordaba insistentemente que estábamos en la Obra para hacernos santos: Nuestra vocación exige una santidad heroica. Santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Debemos ser santos de verdad, santos auténticos: si no, somos unos fracasados. Y añadía que, si algún hijo suyo no estaba decidido a ser santo, era mejor que se marchase de la Obra, porque el Señor nos ha llamado para ser santos de altar.

Su misión fundacional consitía en abrir el camino de la santidad en las actividades del mundo: hacer comprender a cada cristiano que el trabajo ordinario, realizado en la presencia de Dios y con perfección humana, en una sólida unidad de vida, puede convertirse en sacrificio grato al Señor. Enseñar que el trabajo puede transformarse en oración y en ocasión de un encuentro íntimo con Dios. Esta misión requería un heroísmo realmente singular, y el Padre se prodigó con el sacrificio de todo lo suyo: la salud, el bienestar material propio y –con el pleno consentimiento de los suyos– de la familia, el honor y la vida entera.

El Señor le colmó, no sólo de innumerables gracias para su santificación personal, sino también de talentos y dones excepcionales, que son otros tantos tesoros del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia; y le bendijo con una multitud de hijas e hijos, diseminados por la tierra, metidos en las entrañas del mundo, dispuestos a santificarlo y a servir a las almas.

Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes Fundadores de la Iglesia, uno de aquellos instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve para renovar la faz de la tierra (cfr. Ps. 103, 30) y edificar la Iglesia en santidad.

El Beato Josemaría apreció siempre y vivió la amistad, hasta el punto de calificar el apostolado de los miembros del Opus Dei como apostolado de amistad y de confidencia. Hemos subrayado ya antes su gran capacidad de querer, su paternidad espiritual. ¿Podría indicarme cómo vivió la amistad con sus iguales, con sus colegas?

–Se llenó de amargura un día que oyó a un eclesiástico una frase que le pareció aberrante: Homo homini lupus; mulier mulieri lupior; sacerdos sacerdoti lupissimus. Por su parte, sintió profundamente la fraternidad sacerdotal desde joven. Le he oído contar: Cuando yo era todavía seminarista, fui muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos. Se llamaba don Antonio Moreno. Por amistad y especialmente por caridad –a mí no me gustaba nada–, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme.

Entre 1933 y 1936, don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, trató con mucha asiduidad al Padre. A petición de don Pedro, nuestro Fundador asistía espiritualmente de vez en cuando a algunas vocaciones de las Teresianas. También don Pedro solía acudir a nuestro Padre para hacerle confidencias espirituales. Le he oído contar varias veces la conversación que tuvo con don Pedro poco antes de estallar la guerra civil española, cuando parecía inminente el peligro de una persecución violenta contra la Iglesia. Hablaron de la eventualidad de que uno de los dos, o ambos, sufrieran martirio por ser sacerdotes. El Padre me contó que habían llegado a la firme conclusión de que la muerte no interrumpiría su amistad. Aunque uno de los dos muriera, continuaría en el Cielo siendo amigo del otro. La primera vez que me habló de esta conversación fue el 2 de octubre de 1936, cuando supo con certeza y abundancia de detalles que don Pedro había sido asesinado por odio a la fe: sólo porque era sacerdote y apóstol. Recuerdo cómo lloraba el Padre delante de mí por la muerte de su amigo, mientras me comunicaba la noticia y me describía aquel diálogo. Tuvo siempre la convicción de que la muerte no interrumpe la amistad: era una prueba evidente de fe y esperanza.

¿Puede contar alguna anécdota sobre su modo de vivir la caridad con el prójimo?

Era comprensivo y cordial con todos, y trataba afablemente incluso a personas molestas. He visto la delicadeza con que nuestro Fundador recibía a un chico psíquicamente anormal, cuyo comportamiento era causa de sufrimiento para él y para los demás. Vivía en una residencia para estudiantes y todos procuraban evitarlo. El Padre le acogía siempre que lo necesitaba y se entretenía mucho rato con él. Más de una vez me dijo que lo único que necesitaba aquel muchacho era desahogarse, sentirse escuchado por alguien; por eso, armado de una paciencia ejemplar, le dejaba que hablase a sus anchas. Mientras tanto, como su interlocutor no buscaba el diálogo, rezaba mentalmente varias partes del Santo Rosario pidiendo por aquel chico, que se iba, al final, contento y agradecido.

Recuerdo también el caso de un médico, que era un auténtico genio, pero muy raro; tanto que no tenía ni un amigo y vivía en la más completa soledad. El Padre le buscaba con relativa frecuencia y, en señal de afecto, le invitaba a comer de vez en cuando a nuestra casa. Era muy inteligente, pero no admitía ninguna opinión distinta de la suya. El Padre no le contradecía nunca. Me comentaba: A éste ya no le quiere nadie, le huyen, y tiene que encontrar el cariño en nosotros.

En los años 1935 y 1936, aunque pasaba graves apuros económicos y el mantenimiento de la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, en Madrid, era un milagro diario, todos los miércoles invitaba a comer –y hacía que lo trajesen en taxi– a un sacerdote que se llamaba don Norberto. Era un hombre muy aislado a causa de su carácter, bastante difícil. Nuestro Fundador me contó que procuraba tratarle y honrarle como si fuera el mismo San José. Así mejoraba su devoción hacia el Santo Patriarca y vivía con finura heroica la caridad con don Norberto, que era mucho mayor que él, y le trataba realmente como si fuera su padre.

Me viene a la mente otro ejemplo. Hacia 1953, en Roma, en el período en el que padecía aún de diabetes, el Padre tenía que someterse con frecuencia a análisis de sangre. Iba en ayunas hacia las once de la mañana a la consulta de un médico que estaba en Via Nazionale. Yo le acompañaba siempre. Una mañana, como no podíamos ya regresar a casa, entramos en un bar de la Piazza Esedra para desayunar: pedí un café con leche, y un croissant para cada uno. Cuando nos habían servido se acercó una pordiosera a nuestro Fundador pidiéndole limosna. Le respondió inmediatamente: –No tengo dinero; lo único que tengo, porque me lo dan –dijo, porque pagaba yo– es este desayuno: tómelo y que Dios le bendiga. Me apresuré a ofrecerle el mío, añadiéndole que pediría otro, pero repuso: –No, no, está bien así, ya he desayunado. Entonces intervino la cajera: –”Tómese otro, a esa pobre mujer se lo paga la casa”. –No, no –insistió el Padre–, quédese tranquila, no necesito absolutamente nada.

Vivía la caridad con gran delicadeza. En los años cincuenta, durante los trabajos de reformas en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, atracaron a uno de los obreros cuando hacía un viaje a Madrid en tren. Su mujer estaba esperando un niño. Le robaron todo lo que había ahorrado para pagar los gastos de la Clínica y el ajuar del recién nacido. Cuando nuestro Fundador se enteró, encargó a Fernando Delapuente que reembolsase a aquel obrero la suma que le habían robado, añadiendo además un generoso donativo.

Puedo relatar algún otro suceso conmovedor. Durante la guerra civil española, mientras atravesaban los Pirineos para alcanzar en un agotador viaje la zona liberada, pasando por Andorra, en un momento concreto en que se encontraban en alta montaña, los guías comunicaron a los fugitivos que no seguirían adelante si no recibían más dinero. Como ninguno tenía esa suma, el Padre se ofreció a regresar a Madrid para pedirla en préstamo: de esta forma los demás podían seguir adelante y él esperaría a otra expedición. Por suerte, todo se resolvió y no fue necesario que volviera a Barcelona y luego a Madrid. Humanamente aquel gesto era una locura: no habría podido llegar a su destino sin un guía que conociese perfectamente aquellos bosques y aquellas sierras llenas de milicianos. Le habrían fusilado. Además, nuestro Fundador estaba enfermo, extremadamente débil, y carecía de los documentos indispensables para afrontar semejante viaje. Fue una decisión verdaderamente heroica: ofrecer la propia vida por salvar la de los demás.

No hacía acepción de personas. En los años cincuenta pidió a un hijo suyo que ayudase a uno de los más encarnizados perseguidores de la Obra a resolver su propia situación en relación con la Iglesia y sus problemas profesionales: aquel hombre había abandonado su vocación religiosa y sacerdotal y había contraído matrimonio civil. Hechos semejantes se sucedieron con frecuencia: se comportó siempre de la misma manera, demostrando con los hechos que vivía la caridad con todos, y que estaba dispuesto no sólo a ayudar a cada uno, sino incluso a dar su vida, si era necesario.

Algún aspecto de la caridad y la gratitud hacia aquellos que le ayudaron.

–Entre las personas que recordaba con más agradecimiento y cariño estaban don Angel Malo, que le bautizó; el Padre Enrique Labrador, que le preparó para la primera confesión, y el Padre Manuel Laborda, para la primera Comunión, ambos escolapios. Me impresionó siempre que recordase sus nombres, porque no es habitual; he preguntado a muchas personas si se acordaban del nombre del sacerdote que les había administrado esos sacramentos y siempre he recibido una respuesta negativa. Pienso que esto es también una prueba, además de su gratitud, del gran amor que tenía nuestro Fundador desde pequeño por estos santos sacramentos.

Querría recordar también la gratitud que guardó durante toda su vida a don Daniel Alfaro, el capellán castrense que le prestó el dinero para las exequias de su padre. Rezó expresamente por él todos los días, durante más de cincuenta años.

Cuando la persecución contra el Opus Dei alcanzó su momento más álgido, y en 1941 el Obispo de Madrid decidió dar in scriptis la aprobación a la Obra, Mons. Eijo y Garay fue objeto de diversas críticas. Algunos comenzaron a decir, hasta desde el púlpito, que en la historia de la Iglesia muchas herejías habían sido promovidas incluso por obispos. A nuestro Fundador le pareció que Mons. Eijo se estaba arriesgando excesivamente, también porque había quedado vacante la sede primada de Toledo y corrían rumores de que tenía muchas posiblidades de ser nombrado. Por eso un día le dijo:

Señor obispo, no me defienda más, abandóneme.

Don Leopoldo le preguntó sorprendido:

–¿Por qué me dice esto?

Porque defendiendo al Opus Dei, se está jugando la mitra de Toledo.

El Obispo de Madrid le miró y repuso:

–Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle ni a usted, ni al Opus Dei.

Me parece que aquella invitación de nuestro Padre denotó una caridad y un olvido propio verdaderamente extraordinarios. Sólo pensaba en el bien de las almas, y estaba convencido de que Mons. Eijo y Garay habría podido aportar grandes beneficios a la Iglesia de haber sido nombrado para la sede de Toledo.

El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales.

–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: La pobreza, gran señora mía. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.

La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.

En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.

Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.

Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: El próximo sábado, salgo para Bilbao, León… y no sé si S. Sebastián. Después… Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.

Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: ¿Sabes que San Nicolás de Bari es… nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima! Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad.

Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de Camino: ¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías.

–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: “yo te daré también todo lo que tengo”. –Tú de rodillas. Y… “la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre”, se oyó.

–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.

Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.

Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco… Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: Le voy a dar el puro; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.

En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera “doña Cupis”, porque decían que tenía “concupiscencia de la carne”: solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.

Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.

El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.

Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.

Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: Este es el espíritu de la Obra: no hacer el “señor”, consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle.

En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.

Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:

no tener ni usar cosa alguna como propia; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos “su oratorio” a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.

no tener cosa alguna superflua, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los Custodes, don Javier Echevarría y yo;

no quejarse cuando falta lo necesario: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;

cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;

no crearse necesidades; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;

no llevar nunca dinero en el bolsillo; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.

Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.

Estos ejemplos muestran que el Beato Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior.

–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción –observaba el Fundador de la Obra– propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes.

En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.

Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy “el Niño de don Josemaría”, y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.

Algún tiempo más tarde me dijo: Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.

También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa in persona Christi. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: Hoy, vete a confesar con otro.

Su desprendimiento llegaba a lo más “suyo”, el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:

El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?” Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”. Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:

Jesús te me guarde, Alvaro.

Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio.

Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia“. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido.

El episodio a que antes se ha referido de la llave arrojada a la alcantarilla en aquel Madrid asolado por el odio anticatólico, que costó al Fundador la renuncia a un refugio seguro por evitar una ocasión remota contra la pureza, ilustra por sí mismo la intransigente delicadeza con que el Padre vivía esta virtud.

–El amor a la santa pureza le acompañó toda la vida, y se manifestó siempre en el cuidado delicadísimo de los medios indispensables para perseverar y crecer en esta virtud, de la que hablaba siempre en términos positivos, de Amor, de afirmación gozosa. Escribió en Camino: Nunca hables, ni para lamentarte de cosas o sucesos impuros. –Mira que es materia más pegajosa que la pez –Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma” (num. 131).

Durante su estancia en el Seminario vivió una mortificación de los sentidos cada día más constante y severa, guardando su cuerpo y sus afectos completamente para el Señor. Precisamente en Zaragoza, durante una temporada, algunas mujeres a las que no conocía comenzaron a provocarle: le esperaban con frecuencia en la calle con la intención manifiesta de inducirle a pecar. Le miraban descaradamente cuando pasaba con los demás seminaristas y le daban a entender, con frases o gestos claramente provocativos, que el único que les interesaba era él. Él no las miraba nunca y superó aquella persecución diabólica –que no podía evitar– poniéndose en manos de la Virgen. Desde el primer momento se lo dijo a los Superiores del Seminario y les mantuvo al corriente de todo lo que sucedía: sé que no dio nunca motivo alguno para la más pequeña censura de su comportamiento. Como la persecución no cesaba, reafirmó decididamente al Rector que prefería el sacerdocio a su propia vida.

Un día, don José Escrivá, oyó comentar en una barbería de Logroño –hasta allí se preocupó el diablo de difundir los rumores– que ciertas mujeres perseguían a su hijo. Procuró hablar con él lo antes posible, para decirle que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote.

El joven Josemaría le explicó que, nada más advertir esas insidias, urdidas por mujeres desconocidas, sin haber dado ningún pie, se había apresurado a informar al Rector del Seminario; con esto, su padre se quedó tranquilo, al comprobar que nada enturbiaba la decisión de su hijo de ser sacerdote con todas las consecuencias santas de este Sacramento.

Uno de los compañeros de Seminario que le trató con mayor confianza, el P. Cubero, recuerda un detalle pequeño, pero significativo, de su delicadeza en esta materia. Un día, mientras iban como de costumbre a la Universidad Pontificia de Zaragoza para asistir a las clases, se cruzaron con dos chicas que se quedaron mirando a Josemaría, aunque él no les prestó ninguna atención. Al día siguiente, se las encontraron de nuevo en el mismo sitio, y lo mismo sucedió un día más; pero esta vez, al verle pasar, se dirigieron a él con tono de desafío: “¿Es que somos tan feas como para que no nos mires?” Josemaría, sin pararse, y sin mirarlas, replicó: ¡Lo que sois es sinvergüenzas! Así acabó todo, y aquellas chicas no le molestaron más.

Después de la ordenación sacerdotal intensificó su lucha. Y cuando tuvo conciencia de la responsabilidad de almas que el Señor le confiaba con la fundación del Opus Dei, su empeño por dirigir a Dios todos su afectos se hizo aún más radical. Por ejemplo, desde que le conocí, he sido testigo de la heroicidad con que mortificaba la vista, imponiéndose renuncias concretas incluso en curiosidades legítimas: no se paraba delante de los escaparates y, en los viajes en coche, muchas veces decidía no mirar por la ventanilla, renunciando a gozar con la contemplación del paisaje.

Explicaba que es muy distinto “ver” que “mirar”: ver es algo fisiológico, indiferente; mirar, en cambio, consiste en aplicar la voluntad observando con atención –calibrando– los detalles. El Padre no miraba; y, a propósito de esto, quiero recordar una anécdota significativa, que sucedió en los años treinta, de la que fue protagonista un pintor. En una tertulia, en Ecuador, pedí a nuestro Padre que la contase despacio, y por eso puedo reproducir ahora sus palabras textuales:

En los primeros años –ahora, más– mis amistades eran muy numerosas (…). Don Alvaro me habla de una vieja marquesa que ha muerto hace poco, con cerca de noventa años, pero que entonces era joven y, según decían, guapa. Yo coincidía con ella y con su marido en casa de unos amigos comunes, una vez a la semana, a almorzar. Un día se me acercó un artista, pintor –bastante bueno pero sin clientela, y lo pasaba muy mal económicamente–, a ver si le proporcionaba trabajo. Durante uno de aquellos almuerzos, se me ocurrió preguntar a la marquesa:

–¿Te vendría bien que te hicieran un retrato? Se trata de un pintor joven, sin nombre, pero de valía. Pintará un cuadro aceptable y además no te costará demasiado caro. Cuánto, no lo sé; pero no te costará mucho.

– Ah, sí, encantada; como quiera, me contestó.

– Muy bien.

Llamé al pintor, fue, y ella estuvo posando una hora. Después le dio un maletín con unos trajes de ella y le dijo:

– Márchese porque no deseo posar más.

Pasaron unos días. Vino el pintor a verme y me dijo:

– Bueno, yo necesitaría saber de qué color son los ojos de la señora Marquesa.

Y yo:

– Pues no lo sé. Hace años que somos amigos. Nos encontramos con mucha frecuencia y nos queremos, pero no se me ha ocurrido mirar nunca de qué color tiene los ojos.

¡Gracias a Dios, que no se me ocurría!

– Esto se arregla pronto, le aclaré. El jueves almuerzo con esta familia y otras familias amigas. Pregúntame por la noche.

Y por la noche no le pude contar más que una parte de lo sucedido, porque con ingenuidad comenté en la mesa:

– María, me ha pasado esto; me ha preguntado el pintor de qué color tienes los ojos y le he respondido que no lo sé.

– Pues míreme, Padre; tengo unos ojos de color verde, ¡estupendo!

– Ahora los miro menos, ¡majadera!

Era un hábito que conservó toda la vida. Tampoco “miraba” a sus hijas, pero de un modo tan natural que no se notaba: no había nada raro o afectado en su persona. Muy a menudo le he oído preguntar con toda franqueza a mujeres que llevaban muchos años en el Opus Dei: ¿Te conozco? En realidad no era un pregunta, sino casi una afirmación: No te conozco. ¿Cómo te llamas? Y ellas no se ofendían, porque sabían que el Fundador nunca las miraba.

Cuando le preguntaban cuál era la virtud humana que más quería, respondía invariablemente, sin dudarlo: la sinceridad.

Sí, daba extraordinaria importancia a esta virtud, que le parecía indispensable para la perseverancia en la vocación. Solía hablar de tres demonios, tres modos de decir, que debíamos aborrecer: es que, creí que, pensé que; esto es, no teníamos que buscar excusas para justificar o disimular nuestros errores. Por su parte, jamás eludía el peso ni las consecuencias de sus responsabilidades.

Decía y defendía siempre la verdad, aun a costa de sufrir la hostilidad o las incomprensiones ajenas; no se plegaba a componendas, especialmente cuando se trataba de difundir con firmeza la doctrina de Cristo o de proclamar la auténtica naturaleza del Opus Dei y de sus apostolados.

Amó la verdad hasta tal punto que no toleraba ni la menor mentira. No quería que sus hijos mintieran a sus padres, ni siquiera con la excusa de conseguir permiso para participar en alguna actividad formativa. Yo estaba presente el verano de 1941 cuando corrigió a un miembro del Opus Dei que había recurrido a esta estratagema, para poder asistir a un curso de retiro espiritual predicado por nuestro Fundador. Sus padres se oponían a su vocación, también porque les habían influido varias calumnias contra el Opus Dei. No encontró otra solución que inventar una mentira y decirles que se iba al campo. En cuanto lo supo nuestro Fundador, le advirtió muy seriamente: En adelante, ¡no más mentiras! El amor a la verdad debe prevalecer sobre todo lo demás.

Exigía a sus colaboradores en el gobierno del Opus Dei claridad y precisión a la hora de presentar las informaciones y datos necesarios: aborrecía las aproximaciones, las exageraciones y los paños calientes. Esta claridad iba siempre acompañada de la máxima caridad, porque no confundía la objetividad con la crudeza en el trato a los demás.

Predicaba a los periodistas que el cristiano debe amar y defender audazmente la verdad, dispuesto siempre a pagar las consecuencias. Prefería que los católicos, en lugar de dedicarse a promover órganos confesionales, trabajasen, con auténtica competencia profesional, en los medios de comunicación ya existentes, defendiendo y propagando desde allí la doctrina de la Iglesia.

No le gustaban los secreteos ni los misterios. Una vez, un miembro de una familia real le manifestó, en el curso de una conversación, que deseaba contarle una cosa “bajo secreto de confesión”. Nuestro Fundador replicó inmediatamente: Alteza, está hablando con un sacerdote y con un hombre de honor, y eso debe bastarle: si me quiere decir alguna cosa en secreto de confesión, vamos a un confesonario, y tendré mucho gusto en recibir su confesión sacramental.

A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia perinde ac cadaver: quería una obediencia inteligente porque con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica: El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico” (Camino, num. 618).

–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.

Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto.

¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres.

No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la “gradinata” de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles.

Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: “aquí se dictan las leyes”. Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: “y ahí se cumplen”.

Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros.

Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.

No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.

La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.

Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título Oboedientia tutior, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.

El Beato Josemaría practicó intensamente la mortificación corporal, y predicó su necesidad, como escribe en Camino: –No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos (num. 181).

Le gustaba repetir y subrayar, con el ejemplo de su vida, que la mejor mortificación consiste en el cumplimiento fiel, hasta los últimos detalles, de los deberes del propio estado. Pero se sometió también a duras penitencias corporales, sobre todo desde que supo con claridad lo que el Señor le pedía: todos los pasos de su actividad pastoral y apostólica iban precedidos y acompañados de fuertes mortificaciones.

El Padre comenzó a usar el cilicio y las disciplinas cuando era seminarista. Me consta que a partir de 1928 intensificó su mortificación corporal de modo muy notable. La madre y los hermanos de nuestro Fundador me contaron que, durante aquellos años de Madrid, cuando usaba las disciplinas se encerraba en el cuarto de baño del piso donde vivían, y abría los grifos del agua para disimular el ruido de los golpes. Pero era inevitable oírlos. Además, aunque luego limpiaba cuidadosamente las paredes y el suelo, su madre y su hermana descubrían después, consternadas, algunas manchas de sangre que el Padre no había advertido.

Vivía el plan de mortificaciones aprobado por su confesor, con gran espíritu de obediencia. Entre sus apuntes de conciencia, hemos encontrado esta nota:

Desde el sábado, 17 de febrero de 1934, me ordena el P. S. este plan más suave:

Todos los días sin excepción, menos los domingos: por la mañana, cuatro horas, dos cilicios.

Lunes – disciplina – 3 Miserere. (Cada disciplina duraba el tiempo que tardaba en recitar tres Miserere, tres Laudate, etc.)

Martes – 3 Laudate.

Miércoles – 3 Benedictus.

Sábados – 3 Magnificat.

Los Viernes, disciplina, 3 Te Deum, 3 Magnificat y 3 Benedictus

Además, tuvo siempre la prudencia de no comprometer directamente la salud, y sus consejos eran muy claros sobre este punto. En una carta del 22 de enero de 1940, por ejemplo, recomendaba: No me hagas mortificaciones que puedan perjudicar tu salud o agriar tu carácter: la mortificación discreta y la penitencia discreta son indudablemente necesarias: pero la piedra de toque es el Amor. Ten, para la penitencia, esta norma de conducta: nada sin permiso expreso.

Más aún que las penitencias corporales, el Fundador se esforzaba por vivir las pequeñas mortificaciones que le ayudaban a cumplir con delicadeza las diversas prácticas de piedad, su ministerio sacerdotal, el espíritu de servicio, la caridad fraterna, etc. Afirmaba que estas mortificaciones debían ser constantes, como el latir del corazón. Entre sus apuntes, hemos encontrado éste, fechado el 3 de noviembre de 1932:

1/ No mirar ¡nunca!

2/ No hacer preguntas de curiosidad.

3/ No sentarme más que cuando sea indispensable, y siempre sin apoyar la espalda.

4/ No comer nada dulce.

5/ No beber más agua que la de las abluciones.

6/ Desde la comida o almuerzo del mediodía, no comer pan.

7/ No gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, un pobre de pedir no pudiera gastarlos.

8/ No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

9/ No alabar, no criticar.

Deo omnis gloria!

A propósito de la mortificación de la vista: cuando se estableció en Burgos, en los primeros días de 1938, la ciudad no era aún muy grande y desde cualquier sitio se podía ver la espléndida catedral, una verdadera joya del arte gótico. Nuestro Fundador ofreció al Señor el sacrificio de dejar pasar un tiempo antes de visitarla: la primera vez que entró fue para rezar, y no para hacer turismo; sólo después fue a verla con calma.

Era muy exigente también en las mortificaciones de la comida. Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando. Recuerdo que, cuando nos refugiamos en la Legación de Honduras, entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar.

Rechazaba cualquier trato de excepción cuando visitaba un Centro de la Obra, respetaba siempre sus planes y horario. Contaré solamente una anécdota pequeña, sucedida en 1945. Acabábamos de inaugurar en Bilbao la Residencia universitaria Abando, y el Padre fue a celebrar la primera Misa. Para festejar el acontecimiento, sus hijas encargadas de la administración doméstica de aquel Centro decidieron preparar una comida un poco especial. Nuestro Fundador observó que servían una botella de vino de marca, y preguntó si era normal en nuestras casas tomar en la mesa ese tipo de vino. Le acompañábamos tres o cuatro personas más. La doncella que servía la mesa respondió: “No, Padre, no lo servimos nunca”. Y nuestro Fundador exclamó, mientras se levantaba de la mesa: Entonces, tampoco me lo debéis dar a mí: me tratáis como si fuera un invitado y por esto dejo de comer. Hoy no como, así aprenderéis que no se actúa así, porque nuestra pobreza debemos vivirla siempre. A la chica le impresionó tanto, que al poco tiempo pidió la admisión en la Obra.

No obstante, dispuso que en nuestros Centros, con ocasión de alguna solemnidad litúrgica o de celebraciones propias del Opus Dei, sus hijas preparasen una comida mejor de lo ordinario. Pero, precisamente en esos días, el Padre comía menos. Recuerdo que una vez, durante las fiestas de Navidad, pusieron una fuente muy bien preparada; nuestro Fundador notó que uno de los comensales miraba el plato con cierta avidez. Entonces, con una excusa, se levantó de la mesa sin comer.

Un día, en 1949 ó 1950, el Marqués de Bisleti nos hizo llegar dos faisanes que había cazado en su finca de Salto di Fondi. El Padre no había comido nunca carne de faisán, y quiso ofrecer al Señor la mortificación de no probarla tampoco en aquella ocasión; decidió que aquellos faisanes fuesen para sus hijas de la administración.

Podría mencionar otros muchos aspectos del espíritu de mortificación y penitencia del Padre, como, por ejemplo, el cuidado de los objetos, el saber dominar las reacciones del propio carácter, la mortificación de callar, o de hablar, según los casos, etc. Pero, a mi juicio, el aspecto más importante de la penitencia heroica de nuestro Fundador fue su ocultarse y desaparecer, que constituyó el lema de su vida.

–El Fundador afirmaba que prefería el holocausto al sacrificio. Quería, por eso, que las flores del Sagrario se pusiesen directamente sobre el altar, entre los candeleros, para que toda su lozanía se consumiese en honor del Señor. Es momento, quizá, de esbozar cómo vivió la virtud de la humildad.

–Puedo afirmar que nuestro Fundador vivió durante toda su vida con un completo olvido de sí, y se tuvo en muy poca consideración: enderezaba cada pensamiento, palabra y acción a la gloria y al servicio de Dios. Desde joven repitió innumerables veces esta jaculatoria: Deo omnis gloria! Y en un punto de Consideraciones espirituales, que después sería el 780 de Camino, explicó:

“Deo omnis gloria”. Para Dios toda la gloria. –Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada.

Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte.

El 4 de febrero de 1975 me encontraba con el Padre a bordo del avión que pronto despegaría del aeropuerto de Madrid rumbo a Venezuela. En un momento dado, con gran sorpresa por nuestra parte, entró en la cabina una hija suya, la periodista rhodesiana Lynden Parry Upton: había logrado llegar hasta allí con el firme propósito de darle las gracias por todo lo que la Obra había hecho por ella, conduciéndola primero a la conversión al catolicismo, y después a la vocación al Opus Dei. Nuestro Fundador contestó: Todos tenemos que agradecerle al Señor. Y como ella insistía en darle las gracias personalmente, el Padre la interrumpió con cariño, pero con decisión: A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre, y el sobre se tira a la basura.

Al mismo tiempo, era consciente de que el Señor quería su cooperación para obrar maravillas, y lo recordaba también a sus hijos: De nuestra santidad, de nuestra humildad depende que Dios dispense a manos llenas, a través de nosotros, su gracia. Pero no olvidaba que el monumento se erige al artista; el pincel se tira: ha cumplido su función obedeciendo a las manos del artista.

Rehusó siempre los honores y los cargos. Me parece particularmente significativa la siguiente anécdota. El 11 de febrero de 1933, Angel Herrera, nombrado poco antes Presidente de la Acción Católica española después de haber abandonado la dirección del periódico El Debate (más adelante sería ordenado sacerdote, y llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal), quiso hablar con don Josemaría: le informó de la noticia, todavía no oficial, de su propio nombramiento, y le ofreció un cargo importante. De acuerdo con el Nuncio, Angel Herrera había proyectado la creación de un centro para la formación de sacerdotes que serían consiliarios de la Acción Católica en los diversos niveles, y propuso al Padre aceptar el nombramiento como director de ese centro. El Fundador de la Obra rechazó la propuesta. El presidente Herrera insistió, y le hizo notar que se trataba de un puesto clave, de gran responsabilidad, ya que en aquella casa se reunirían los mejores sacerdotes de España; el Padre le respondió que precisamente por eso no podía aceptar un puesto tan importante: Además –añadió– hay muchos otros que lo harán mejor que yo.

Deseo subrayar que estas palabras no eran una excusa cortés, educada; estaba plenamente convencido de que otros sacerdotes podrían, efectivamente, desarrollar mejor aquella actividad. Por su parte, pensaba que sólo sería eficaz cumpliendo lo que Dios le había encomendado, para lo que tenía un carisma específico, una particular gracia de Dios.

Después de la guerra civil española, fue creciendo el prestigio de nuestro Fundador. Ante la eventualidad, nada remota, de ser elevado al episcopado, pidió permiso a su confesor, don José María García Lahiguera, para hacer voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal. Don José María respondió que no se lo permitíría sin el consentimiento del obispo de Madrid. Por eso, durante una conversación con Mons. Leopoldo Eijo que tuvo lugar el 19 de marzo de 1941, el Padre se lo planteó. Después, anotó también esto entre los temas tratados con el Prelado: El Señor Obispo no me da el permiso. Y me disgusta de verdad.

Aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía mucho las correcciones que recibía; precisamente por esto, planteó un “filial forcejeo” con la Santa Sede, para no privar al Presidente General del Opus Dei (como entonces se llamaba) de la corrección fraterna, que en la Obra es un medio de formación fundamental. Cuando presentó por primera vez a la autoridad eclesiástica nuestro Ius Peculiare –esto sucedería también después, en 1946 y en 1949– tuvo que superar las dificultades que le pusieron: le hicieron notar que, según una costumbre plurisecular, los Superiores mayores no pueden ser corregidos por sus súbditos. Pero nuestro Fundador no cedió, porque no quería verse privado de esta ayuda. Replicó: No es posible. Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad? Se aprobó finalmente la figura de los Custodes seu Admonitores, que viven junto al Presidente General –hoy, el Prelado–, y le ayudan con las observaciones que consideran oportunas.

Eludía con gran naturalidad las manifestaciones de gratitud, admiración o entusiasmo de los que le escuchaban, por ejemplo, con ocasión de los numerosos cursos de retiro espiritual que predicaba. En 1948 dirigió uno en Molinoviejo (Segovia) a un grupo de profesionales; en aquel tiempo yo me encontraba en Roma, pero poco después me lo contó el que fue principal testigo directo, don Amadeo de Fuenmayor. Los participantes habían dado ya algunas muestras de entusiasmo, y por eso el Padre les recordó más de una vez la necesidad de no romper el silencio acostumbrado; antes de la última meditación del retiro, para evitar ser objeto de sus manifestaciones de gratitud y elogio, indicó expresamente a don Amadeo que no pronunciase la acostumbrada jaculatoria final –Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae– hasta un rato después de que hubiese salido del oratorio, cuando oyera arrancar el coche que lo llevaba Madrid. De esta manera, al salir los participantes del oratorio, ya no estaba y no pudieron hacer nada, salvo encararse con don Amadeo por haberle dejado marchar. Soy testigo de que, gracias a trucos de este tipo, nuestro Fundador logró seguir hasta el último día el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

Al comienzo de los años cuarenta, una hermana de mi madre y su marido invitaron a comer a nuestro Fundador y a mí, junto con Manuel Aznar, un intelectual bastante conocido, al que se consideraba entonces el mejor periodista español, y que más tarde sería Embajador de España en los Estados Unidos. En un determinado momento, Aznar le dijo al Padre: “–¡Cómo me gustaría escribir su biografía!”. Y el Padre replicó: –Mi biografía te la doy hecha: en el Santo Evangelio se lee como un resumen de la biografía de la vida de infancia del Señor, que se condensa en tres palabras: erat subditus illis: Jesús obedecía a María y a José. Después, en los Hechos de los Apóstoles, se lee otra biografía de Nuestro Señor, esta vez en dos palabras: pertransiit benefaciendo. Pues para mí basta con una sola palabra: ¡pecador! Pero un pecador que ama mucho a Jesucristo.

Muchísimas veces –he sido testigo de esto a partir de 1935, pero sé que lo hacía ya muchos años antes–, rezaba prosternado en tierra e imploraba la gracia divina con la profunda convicción de que era su postura más adecuada, porque no tenía ningún mérito. Me confió que solía hacer oración postrado sobre el suelo, porque advertía la bajeza de su condición y la necesidad de pedir perdón al Señor y de implorar su ayuda, de acuerdo con su nulidad.

Podríamos detenernos mucho tiempo evocando otros sucesos edificantes, pero me parece que airearíamos su intimidad. Recordaré sólo un último detalle: un día, en los años cincuenta, durante las obras de construcción de la Sede Central, el Padre vio que, al desmontar los andamios, los obreros tiraban unos clavos grandes que habían servido para sujetar los tablones de madera. Nuestro Fundador se quedó pensando que sin aquellos clavos, que los obreros tiraban con indiferencia, no habría sido posible montar el andamiaje. Hizo recogerlos y envió muchos a las distintas Regiones, como símbolo de lo que debemos ser: un instrumento, en sí despreciable, del que se sirve el Señor para hacer su Obra.

2. Optimismo y esperanza

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Esta capacidad de arrastre –también en lo humano– de la personalidad del Beato Josemaría no puede atribuirse a un único rasgo, precisamente porque las virtudes heroicas, que la Iglesia ha reconocido en su vida, se entrelazan y funden hasta configurar un temple unitario y armónico.

No obstante, entre las notas distintivas de su carácter, destacó siempre su espíritu constructivo, su alegría contagiosa, su capacidad de optimismo, con una inconmovible esperanza que presenta gozosas manifestaciones humanas y profundas raíces teologales. Son tonos brillantes y luminosos que resaltan vivamente sobre un fondo cultural tantas veces dominado por el pesimismo o la sombría visión inmanente de horizontes cerrados. Se percataba de que un optimismo no basado en el reconocimiento del origen y del fin trascendente del hombre no pasa de ser un sentimiento banal, carente de fundamento. Por esto, huelga decir que el optimismo del Fundador del Opus Dei se sitúa en las antípodas de este sentimentalismo crepuscular, o del progresismo declinante que no renuncia al «proyecto moderno», en versión antropocéntrica y secularista. La visión netamente positiva de Josemaría Escrivá de Balaguer acerca del ser humano –«la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» [1]- tiene una inconfundible base paulina, pues el hombre y la mujer están llamados a identificarse con Cristo[2]: a ser alter Christus, ipse Christus, como acostumbraba a sintetizar[3].

En el fundamento de esa actitud, decididamente afirmativa, que caracteriza el perfil humano del Beato Josemaría, se halla una profunda comprensión de los misterios de la Creación y de la Encarnación. Esa actitud se evidencia de modo neto en su invitación a «amar al mundo apasionadamente». Con este título pronunció una homilía en el campus de la Universidad de Navarra, el 8 de octubre de 1967, en la que dirigió estas vibrantes palabras a los millares de personas que participaban en la Santa Misa celebrada al aire libre: «Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (…). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo»[4].

Con una atrevida formulación, que causó gran impacto, se refirió entonces a «un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu»[5]. La firme seguridad que le proporcionaba su sentido humanista de la realidad, y su profunda fe en la presencia salvadora de Cristo en los fieles, le llevaban a conducir su predicación al terreno en el que el catolicismo estaba siendo más atacado en aquel tiempo. Si el materialismo reduccionista –en sus diversas versiones– pretende erradicar las dimensiones espirituales de lo real, el Beato Josemaría retoma en su justo contenido el mismo concepto de materia, para advertir con firmeza que esa idea, cerrada sobre sí misma y refractaria a cualquier apertura a la trascendencia, se queda en abstracción ideológica que nada tiene que ver con la multiforme y compleja realidad en la que se desarrollan cada día las actividades humanas; por eso empobrece la imagen del hombre, hasta el punto de encerrarle en la pura facticidad, en un mero mecanicismo, con el riesgo de conducirle a una tristeza desesperanzada, a una abulia existencial.

En cambio, si la cultura se abre a la razón sapiencial, el panorama se expande y el hombre se libera. Esta impresión –casi corporal, se podría decir– de liberación y apertura, de ampliación de horizontes clausurados, alimenta a quienes se acercan a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Advierten una experiencia de incremento gozoso, de dilatación de posibilidades existenciales, porque pueden atisbar el inagotable misterio de lo real santificable, y las infinitas perspectivas de santificación –de verdadera realización– que la fe cristiana ofrece a las mujeres y a los hombres de todos los tiempos.

De acuerdo con la íntima unidad de doctrina y vida mencionada, esa misma sensación se producía al tratar –de modo asiduo o esporádico– al Beato Josemaría. Millares de personas, incluso no cristianas o apartadas de la práctica de la fe, descubrieron –tras un encuentro con este sacerdote santo y lúcido, sencillo y con buen humor– el optimismo y la alegría que les impulsaba a cambiar el curso de su existencia. Y puedo asegurar que sigue aconteciendo a los que se aproximan hoy a su vida a través de los numerosos testimonios y escritos sobre su persona y sus enseñanzas.

Su manera de ayudar a materializar la vida espiritual[6] a través de imágenes gráficas; su modo de rectificar con espontaneidad enfoques que desazonan y desconciertan; su facilidad para presentar ejemplos que iluminan la cotidianidad o de ofrecer consejos realistas y exigentes; su capacidad de levantar el ánimo de oyentes y lectores, traslucen una vivencia de la auténtica esperanza, cuyo origen –casi palpable– es inequívocamente una profunda unión con Cristo. Por eso, su mensaje aporta –entonces como ahora– la inconfundible impresión de esa novedad que no brota tanto de lo original como de lo originario, de lo que está cercano a esa fuente de aguas vivas: el Dios que hace nuevas todas las cosas[7].

Efectivamente, así se muestra la fuerza transformadora de la esperanza. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, «la virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad»[8]. Fiel seguidor del espíritu que el Señor le dio para configurar el Opus Dei, camino de santidad en medio del mundo, el Beato Josemaría acertaba –de un modo casi connatural– al fundamentar perseverantemente en la esperanza sobrenatural las esperas humanas, y a referir éstas, corregidas y purificadas, al horizonte escatológico que cifra toda felicidad definitiva en contemplar cara a cara el rostro de Dios. Cuando, especialmente durante sus últimos años en esta tierra, rezaba de continuo vultum tuum, Domine, requiram[9] –buscaré, Señor, tu rostro–, no escondía en ese anhelo ninguna inclinación a escaparse de los sinsabores de la existencia terrenal, sino el deseo incontenible de encontrar con plenitud en el Cielo la felicidad que el Señor le concedía ya en la tierra, y que contribuyó a difundir a su alrededor, a contrapelo de dificultades y dolores experimentados en carne y espíritu.

En el sosiego interior que Dios le otorgaba, como premio a su desprendimiento y rectitud de intención, no había sombra alguna de estoicismo. Esta actitud no guarda relación con la paz profunda de los hijos de Dios, que se alimenta con la íntima seguridad de que nada realmente malo puede suceder, porque «todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios»[10]. El consuelo emparejado con la santidad de vida está tan alejado de la apatheia individualista como del activismo pragmático. Cuando corrían tiempos en que la utopía marxista de la vida o falaces enfoques liberacionistas habían penetrado en la mente de intelectuales, incluso cristianos, el Fundador del Opus Dei promovía la justicia social a través de la acción profesional de los laicos, mientras alentaba numerosas iniciativas apostólicas de promoción humana en los entornos más necesitados y recordaba que la liberación radical –la que Cristo nos ha ganado con su sangre– no es otra que la liberación del pecado, especialmente por medio del sacramento de la Penitencia.

Inmanencia y trascendencia se armonizan en su vivencia de la esperanza cristiana, que se aparta tanto del reduccionismo secularista como de la desencarnación presuntamente espiritualista. La profunda unidad de su experiencia le llevaba a valorar altamente las realidades terrenas, a referirlas a su Creador y Redentor, y a tratar de convertirlas en instrumento de apostolado: «No nos ha creado el Señor –afirmaba en una homilía– para construir aquí una Ciudad definitiva (cfr. Hebr XIII, 14), porque este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar (Jorge Manrique, Coplas, V). Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita, la única que trae verdadera paz, alegría auténtica a las almas y a los distintos ambientes. Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano»[11]. Esta conciliación dinámica –no dialéctica– entre las esperas y la esperanza muestra que Josemaría Escrivá de Balaguer penetró a fondo en las internas contradicciones de esta época de tensiones y cambios, para encontrar –con una especie de instinto sobrenatural– una síntesis superior que, en último término, procedía de su sentido de la filiación divina.

[1] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.

[2] Cfr. Ga 2, 20.

[3] Cfr. SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, Rialp, Madrid, 41 ed. 2006, n. 104. Por esta edición citaremos en las páginas siguientes.

[4] SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Conversaciones…, n. 114.

[5] Ibíd., n. 115.

[6] Cfr. ibíd., n. 114.

[7] Cfr. Ap 21, 5.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1818.

[9] Sal 26 (27), 8.

[10] Rm 8, 28.

[11] Amigos de Dios, n. 210.

11. Virtudes heroicas

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir que no le gustaban los repertorios de virtudes, porque ningún elenco puede ser exhaustivo. Vivía y enseñaba “la unidad de vida”, es decir, la armonía del organismo sobrenatural construido sobre las virtudes humanas, que son su fundamento necesario. Le gustaba menos aún reducir la santidad al mero ejercicio de algunas virtudes típicas, casi estereotipos. Prefería, en cambio, subrayar el entrelazamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) con las virtudes morales (reconducibles a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Sin pretensión de sistematicidad, quisiera preguntarle cómo vivía el Fundador algunas virtudes concretas.

–Estoy firmemente persuadido de que practicó todas las virtudes de modo extraordinario, es decir, de una forma mucho más perfecta que las personas a las que generalmente consideramos buenas y virtuosas.

Desde los primeros años de su vida hasta que rindió el alma a Dios, nuestro Fundador ejercitó las virtudes en un “crescendo” de heroísmo: se hacían cada vez más plenas a medida que su unión con el Señor era más patente. Por los años que he pasado a su lado me considero un testigo privilegiado de la sinceridad con que vivió las virtudes. Los santos han practicado siempre lo que predicaban. En nuestro Padre la unidad de vida era evidente y constante: lo hacía todo con el pensamiento puesto en el Señor y le ofrecía todas sus actividades. Los que estaban a su alrededor advertían que estaba constantemente recogido en oración.

Actuó con perseverante heroísmo tanto en las situaciones fáciles y ordinarias como en las más arduas y extraordinarias, que ciertamente no faltaron en su vida: las afrontó con serenidad, con decisión y energía, con la conciencia de ser débil, pero de contar con la fuerza de Dios. Deseaba solamente servir al Señor, con toda el alma; por eso solía afirmar, como los hijos de Zebedeo: Possum! (cfr. Mt 20, 22), ¡puedo!, no por mis fuerzas sino in eo qui me confortat (Fil 4, 3), con la fuerza de Dios.

Comenzó desde muy joven a experimentar ardientes deseos de santidad, y el Señor le premió con frutos evidentes. Aún adolescente, ante los primeros indicios de su vocación divina, se grabó en su alma esta verdad: Dios ha llamado a todos los hombres ut essemus sancti in conspectu eius (Ef 1, 4). Decidió corresponder a esta invitación del Señor con una generosidad plena, hasta el fondo. El 2 de octubre de 1928, conocería con claridad el designio divino sobre su persona: desde entonces se entregó por completo, sin reservas, al servicio de esta misión, de la que fue instrumento fidelísimo.

Solía repetir que sólo tenía una receta: la santidad personal. Estaba persuadido de que el único y verdadero mal que sufre el hombre es el pecado; y que contra el pecado no hay otro remedio que la gracia divina y la participación en la santidad de Dios. Nos recordaba insistentemente que estábamos en la Obra para hacernos santos: Nuestra vocación exige una santidad heroica. Santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Debemos ser santos de verdad, santos auténticos: si no, somos unos fracasados. Y añadía que, si algún hijo suyo no estaba decidido a ser santo, era mejor que se marchase de la Obra, porque el Señor nos ha llamado para ser santos de altar.

Su misión fundacional consitía en abrir el camino de la santidad en las actividades del mundo: hacer comprender a cada cristiano que el trabajo ordinario, realizado en la presencia de Dios y con perfección humana, en una sólida unidad de vida, puede convertirse en sacrificio grato al Señor. Enseñar que el trabajo puede transformarse en oración y en ocasión de un encuentro íntimo con Dios. Esta misión requería un heroísmo realmente singular, y el Padre se prodigó con el sacrificio de todo lo suyo: la salud, el bienestar material propio y –con el pleno consentimiento de los suyos– de la familia, el honor y la vida entera.

El Señor le colmó, no sólo de innumerables gracias para su santificación personal, sino también de talentos y dones excepcionales, que son otros tantos tesoros del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia; y le bendijo con una multitud de hijas e hijos, diseminados por la tierra, metidos en las entrañas del mundo, dispuestos a santificarlo y a servir a las almas.

Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes Fundadores de la Iglesia, uno de aquellos instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve para renovar la faz de la tierra (cfr. Ps. 103, 30) y edificar la Iglesia en santidad.

El Beato Josemaría apreció siempre y vivió la amistad, hasta el punto de calificar el apostolado de los miembros del Opus Dei como apostolado de amistad y de confidencia. Hemos subrayado ya antes su gran capacidad de querer, su paternidad espiritual. ¿Podría indicarme cómo vivió la amistad con sus iguales, con sus colegas?

–Se llenó de amargura un día que oyó a un eclesiástico una frase que le pareció aberrante: Homo homini lupus; mulier mulieri lupior; sacerdos sacerdoti lupissimus. Por su parte, sintió profundamente la fraternidad sacerdotal desde joven. Le he oído contar: Cuando yo era todavía seminarista, fui muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos. Se llamaba don Antonio Moreno. Por amistad y especialmente por caridad –a mí no me gustaba nada–, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme.

Entre 1933 y 1936, don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, trató con mucha asiduidad al Padre. A petición de don Pedro, nuestro Fundador asistía espiritualmente de vez en cuando a algunas vocaciones de las Teresianas. También don Pedro solía acudir a nuestro Padre para hacerle confidencias espirituales. Le he oído contar varias veces la conversación que tuvo con don Pedro poco antes de estallar la guerra civil española, cuando parecía inminente el peligro de una persecución violenta contra la Iglesia. Hablaron de la eventualidad de que uno de los dos, o ambos, sufrieran martirio por ser sacerdotes. El Padre me contó que habían llegado a la firme conclusión de que la muerte no interrumpiría su amistad. Aunque uno de los dos muriera, continuaría en el Cielo siendo amigo del otro. La primera vez que me habló de esta conversación fue el 2 de octubre de 1936, cuando supo con certeza y abundancia de detalles que don Pedro había sido asesinado por odio a la fe: sólo porque era sacerdote y apóstol. Recuerdo cómo lloraba el Padre delante de mí por la muerte de su amigo, mientras me comunicaba la noticia y me describía aquel diálogo. Tuvo siempre la convicción de que la muerte no interrumpe la amistad: era una prueba evidente de fe y esperanza.

¿Puede contar alguna anécdota sobre su modo de vivir la caridad con el prójimo?

Era comprensivo y cordial con todos, y trataba afablemente incluso a personas molestas. He visto la delicadeza con que nuestro Fundador recibía a un chico psíquicamente anormal, cuyo comportamiento era causa de sufrimiento para él y para los demás. Vivía en una residencia para estudiantes y todos procuraban evitarlo. El Padre le acogía siempre que lo necesitaba y se entretenía mucho rato con él. Más de una vez me dijo que lo único que necesitaba aquel muchacho era desahogarse, sentirse escuchado por alguien; por eso, armado de una paciencia ejemplar, le dejaba que hablase a sus anchas. Mientras tanto, como su interlocutor no buscaba el diálogo, rezaba mentalmente varias partes del Santo Rosario pidiendo por aquel chico, que se iba, al final, contento y agradecido.

Recuerdo también el caso de un médico, que era un auténtico genio, pero muy raro; tanto que no tenía ni un amigo y vivía en la más completa soledad. El Padre le buscaba con relativa frecuencia y, en señal de afecto, le invitaba a comer de vez en cuando a nuestra casa. Era muy inteligente, pero no admitía ninguna opinión distinta de la suya. El Padre no le contradecía nunca. Me comentaba: A éste ya no le quiere nadie, le huyen, y tiene que encontrar el cariño en nosotros.

En los años 1935 y 1936, aunque pasaba graves apuros económicos y el mantenimiento de la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, en Madrid, era un milagro diario, todos los miércoles invitaba a comer –y hacía que lo trajesen en taxi– a un sacerdote que se llamaba don Norberto. Era un hombre muy aislado a causa de su carácter, bastante difícil. Nuestro Fundador me contó que procuraba tratarle y honrarle como si fuera el mismo San José. Así mejoraba su devoción hacia el Santo Patriarca y vivía con finura heroica la caridad con don Norberto, que era mucho mayor que él, y le trataba realmente como si fuera su padre.

Me viene a la mente otro ejemplo. Hacia 1953, en Roma, en el período en el que padecía aún de diabetes, el Padre tenía que someterse con frecuencia a análisis de sangre. Iba en ayunas hacia las once de la mañana a la consulta de un médico que estaba en Via Nazionale. Yo le acompañaba siempre. Una mañana, como no podíamos ya regresar a casa, entramos en un bar de la Piazza Esedra para desayunar: pedí un café con leche, y un croissant para cada uno. Cuando nos habían servido se acercó una pordiosera a nuestro Fundador pidiéndole limosna. Le respondió inmediatamente: –No tengo dinero; lo único que tengo, porque me lo dan –dijo, porque pagaba yo– es este desayuno: tómelo y que Dios le bendiga. Me apresuré a ofrecerle el mío, añadiéndole que pediría otro, pero repuso: –No, no, está bien así, ya he desayunado. Entonces intervino la cajera: –”Tómese otro, a esa pobre mujer se lo paga la casa”. –No, no –insistió el Padre–, quédese tranquila, no necesito absolutamente nada.

Vivía la caridad con gran delicadeza. En los años cincuenta, durante los trabajos de reformas en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, atracaron a uno de los obreros cuando hacía un viaje a Madrid en tren. Su mujer estaba esperando un niño. Le robaron todo lo que había ahorrado para pagar los gastos de la Clínica y el ajuar del recién nacido. Cuando nuestro Fundador se enteró, encargó a Fernando Delapuente que reembolsase a aquel obrero la suma que le habían robado, añadiendo además un generoso donativo.

Puedo relatar algún otro suceso conmovedor. Durante la guerra civil española, mientras atravesaban los Pirineos para alcanzar en un agotador viaje la zona liberada, pasando por Andorra, en un momento concreto en que se encontraban en alta montaña, los guías comunicaron a los fugitivos que no seguirían adelante si no recibían más dinero. Como ninguno tenía esa suma, el Padre se ofreció a regresar a Madrid para pedirla en préstamo: de esta forma los demás podían seguir adelante y él esperaría a otra expedición. Por suerte, todo se resolvió y no fue necesario que volviera a Barcelona y luego a Madrid. Humanamente aquel gesto era una locura: no habría podido llegar a su destino sin un guía que conociese perfectamente aquellos bosques y aquellas sierras llenas de milicianos. Le habrían fusilado. Además, nuestro Fundador estaba enfermo, extremadamente débil, y carecía de los documentos indispensables para afrontar semejante viaje. Fue una decisión verdaderamente heroica: ofrecer la propia vida por salvar la de los demás.

No hacía acepción de personas. En los años cincuenta pidió a un hijo suyo que ayudase a uno de los más encarnizados perseguidores de la Obra a resolver su propia situación en relación con la Iglesia y sus problemas profesionales: aquel hombre había abandonado su vocación religiosa y sacerdotal y había contraído matrimonio civil. Hechos semejantes se sucedieron con frecuencia: se comportó siempre de la misma manera, demostrando con los hechos que vivía la caridad con todos, y que estaba dispuesto no sólo a ayudar a cada uno, sino incluso a dar su vida, si era necesario.

Algún aspecto de la caridad y la gratitud hacia aquellos que le ayudaron.

–Entre las personas que recordaba con más agradecimiento y cariño estaban don Angel Malo, que le bautizó; el Padre Enrique Labrador, que le preparó para la primera confesión, y el Padre Manuel Laborda, para la primera Comunión, ambos escolapios. Me impresionó siempre que recordase sus nombres, porque no es habitual; he preguntado a muchas personas si se acordaban del nombre del sacerdote que les había administrado esos sacramentos y siempre he recibido una respuesta negativa. Pienso que esto es también una prueba, además de su gratitud, del gran amor que tenía nuestro Fundador desde pequeño por estos santos sacramentos.

Querría recordar también la gratitud que guardó durante toda su vida a don Daniel Alfaro, el capellán castrense que le prestó el dinero para las exequias de su padre. Rezó expresamente por él todos los días, durante más de cincuenta años.

Cuando la persecución contra el Opus Dei alcanzó su momento más álgido, y en 1941 el Obispo de Madrid decidió dar in scriptis la aprobación a la Obra, Mons. Eijo y Garay fue objeto de diversas críticas. Algunos comenzaron a decir, hasta desde el púlpito, que en la historia de la Iglesia muchas herejías habían sido promovidas incluso por obispos. A nuestro Fundador le pareció que Mons. Eijo se estaba arriesgando excesivamente, también porque había quedado vacante la sede primada de Toledo y corrían rumores de que tenía muchas posiblidades de ser nombrado. Por eso un día le dijo:

Señor obispo, no me defienda más, abandóneme.

Don Leopoldo le preguntó sorprendido:

–¿Por qué me dice esto?

Porque defendiendo al Opus Dei, se está jugando la mitra de Toledo.

El Obispo de Madrid le miró y repuso:

–Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle ni a usted, ni al Opus Dei.

Me parece que aquella invitación de nuestro Padre denotó una caridad y un olvido propio verdaderamente extraordinarios. Sólo pensaba en el bien de las almas, y estaba convencido de que Mons. Eijo y Garay habría podido aportar grandes beneficios a la Iglesia de haber sido nombrado para la sede de Toledo.

El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales.

–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: La pobreza, gran señora mía. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.

La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.

En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.

Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.

Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: El próximo sábado, salgo para Bilbao, León… y no sé si S. Sebastián. Después… Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma…, y por mí, Sacerdote pecador. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.

Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: ¿Sabes que San Nicolás de Bari es… nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima! Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad.

Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de Camino: ¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías.

–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: “yo te daré también todo lo que tengo”. –Tú de rodillas. Y… “la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre”, se oyó.

–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.

Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.

Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco… Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: Le voy a dar el puro; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.

En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera “doña Cupis”, porque decían que tenía “concupiscencia de la carne”: solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.

Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.

El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.

Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.

Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: Este es el espíritu de la Obra: no hacer el “señor”, consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle.

En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.

Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:

no tener ni usar cosa alguna como propia; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos “su oratorio” a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.

no tener cosa alguna superflua, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los Custodes, don Javier Echevarría y yo;

no quejarse cuando falta lo necesario: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;

cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;

no crearse necesidades; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;

no llevar nunca dinero en el bolsillo; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.

Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.

Estos ejemplos muestran que el Beato Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior.

–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción –observaba el Fundador de la Obra– propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes.

En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.

Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy “el Niño de don Josemaría”, y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.

Algún tiempo más tarde me dijo: Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.

También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa in persona Christi. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: Hoy, vete a confesar con otro.

Su desprendimiento llegaba a lo más “suyo”, el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:

El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: “¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo…, y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?” Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: “Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa”. Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar”.

En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:

Jesús te me guarde, Alvaro.

Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio.

Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia“. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.

Sé que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto.

Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga!

Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!

Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el animalis homo se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un “fiat” gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido.

El episodio a que antes se ha referido de la llave arrojada a la alcantarilla en aquel Madrid asolado por el odio anticatólico, que costó al Fundador la renuncia a un refugio seguro por evitar una ocasión remota contra la pureza, ilustra por sí mismo la intransigente delicadeza con que el Padre vivía esta virtud.

–El amor a la santa pureza le acompañó toda la vida, y se manifestó siempre en el cuidado delicadísimo de los medios indispensables para perseverar y crecer en esta virtud, de la que hablaba siempre en términos positivos, de Amor, de afirmación gozosa. Escribió en Camino: Nunca hables, ni para lamentarte de cosas o sucesos impuros. –Mira que es materia más pegajosa que la pez –Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma” (num. 131).

Durante su estancia en el Seminario vivió una mortificación de los sentidos cada día más constante y severa, guardando su cuerpo y sus afectos completamente para el Señor. Precisamente en Zaragoza, durante una temporada, algunas mujeres a las que no conocía comenzaron a provocarle: le esperaban con frecuencia en la calle con la intención manifiesta de inducirle a pecar. Le miraban descaradamente cuando pasaba con los demás seminaristas y le daban a entender, con frases o gestos claramente provocativos, que el único que les interesaba era él. Él no las miraba nunca y superó aquella persecución diabólica –que no podía evitar– poniéndose en manos de la Virgen. Desde el primer momento se lo dijo a los Superiores del Seminario y les mantuvo al corriente de todo lo que sucedía: sé que no dio nunca motivo alguno para la más pequeña censura de su comportamiento. Como la persecución no cesaba, reafirmó decididamente al Rector que prefería el sacerdocio a su propia vida.

Un día, don José Escrivá, oyó comentar en una barbería de Logroño –hasta allí se preocupó el diablo de difundir los rumores– que ciertas mujeres perseguían a su hijo. Procuró hablar con él lo antes posible, para decirle que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote.

El joven Josemaría le explicó que, nada más advertir esas insidias, urdidas por mujeres desconocidas, sin haber dado ningún pie, se había apresurado a informar al Rector del Seminario; con esto, su padre se quedó tranquilo, al comprobar que nada enturbiaba la decisión de su hijo de ser sacerdote con todas las consecuencias santas de este Sacramento.

Uno de los compañeros de Seminario que le trató con mayor confianza, el P. Cubero, recuerda un detalle pequeño, pero significativo, de su delicadeza en esta materia. Un día, mientras iban como de costumbre a la Universidad Pontificia de Zaragoza para asistir a las clases, se cruzaron con dos chicas que se quedaron mirando a Josemaría, aunque él no les prestó ninguna atención. Al día siguiente, se las encontraron de nuevo en el mismo sitio, y lo mismo sucedió un día más; pero esta vez, al verle pasar, se dirigieron a él con tono de desafío: “¿Es que somos tan feas como para que no nos mires?” Josemaría, sin pararse, y sin mirarlas, replicó: ¡Lo que sois es sinvergüenzas! Así acabó todo, y aquellas chicas no le molestaron más.

Después de la ordenación sacerdotal intensificó su lucha. Y cuando tuvo conciencia de la responsabilidad de almas que el Señor le confiaba con la fundación del Opus Dei, su empeño por dirigir a Dios todos su afectos se hizo aún más radical. Por ejemplo, desde que le conocí, he sido testigo de la heroicidad con que mortificaba la vista, imponiéndose renuncias concretas incluso en curiosidades legítimas: no se paraba delante de los escaparates y, en los viajes en coche, muchas veces decidía no mirar por la ventanilla, renunciando a gozar con la contemplación del paisaje.

Explicaba que es muy distinto “ver” que “mirar”: ver es algo fisiológico, indiferente; mirar, en cambio, consiste en aplicar la voluntad observando con atención –calibrando– los detalles. El Padre no miraba; y, a propósito de esto, quiero recordar una anécdota significativa, que sucedió en los años treinta, de la que fue protagonista un pintor. En una tertulia, en Ecuador, pedí a nuestro Padre que la contase despacio, y por eso puedo reproducir ahora sus palabras textuales:

En los primeros años –ahora, más– mis amistades eran muy numerosas (…). Don Alvaro me habla de una vieja marquesa que ha muerto hace poco, con cerca de noventa años, pero que entonces era joven y, según decían, guapa. Yo coincidía con ella y con su marido en casa de unos amigos comunes, una vez a la semana, a almorzar. Un día se me acercó un artista, pintor –bastante bueno pero sin clientela, y lo pasaba muy mal económicamente–, a ver si le proporcionaba trabajo. Durante uno de aquellos almuerzos, se me ocurrió preguntar a la marquesa:

–¿Te vendría bien que te hicieran un retrato? Se trata de un pintor joven, sin nombre, pero de valía. Pintará un cuadro aceptable y además no te costará demasiado caro. Cuánto, no lo sé; pero no te costará mucho.

– Ah, sí, encantada; como quiera, me contestó.

– Muy bien.

Llamé al pintor, fue, y ella estuvo posando una hora. Después le dio un maletín con unos trajes de ella y le dijo:

– Márchese porque no deseo posar más.

Pasaron unos días. Vino el pintor a verme y me dijo:

– Bueno, yo necesitaría saber de qué color son los ojos de la señora Marquesa.

Y yo:

– Pues no lo sé. Hace años que somos amigos. Nos encontramos con mucha frecuencia y nos queremos, pero no se me ha ocurrido mirar nunca de qué color tiene los ojos.

¡Gracias a Dios, que no se me ocurría!

– Esto se arregla pronto, le aclaré. El jueves almuerzo con esta familia y otras familias amigas. Pregúntame por la noche.

Y por la noche no le pude contar más que una parte de lo sucedido, porque con ingenuidad comenté en la mesa:

– María, me ha pasado esto; me ha preguntado el pintor de qué color tienes los ojos y le he respondido que no lo sé.

– Pues míreme, Padre; tengo unos ojos de color verde, ¡estupendo!

– Ahora los miro menos, ¡majadera!

Era un hábito que conservó toda la vida. Tampoco “miraba” a sus hijas, pero de un modo tan natural que no se notaba: no había nada raro o afectado en su persona. Muy a menudo le he oído preguntar con toda franqueza a mujeres que llevaban muchos años en el Opus Dei: ¿Te conozco? En realidad no era un pregunta, sino casi una afirmación: No te conozco. ¿Cómo te llamas? Y ellas no se ofendían, porque sabían que el Fundador nunca las miraba.

Cuando le preguntaban cuál era la virtud humana que más quería, respondía invariablemente, sin dudarlo: la sinceridad.

Sí, daba extraordinaria importancia a esta virtud, que le parecía indispensable para la perseverancia en la vocación. Solía hablar de tres demonios, tres modos de decir, que debíamos aborrecer: es que, creí que, pensé que; esto es, no teníamos que buscar excusas para justificar o disimular nuestros errores. Por su parte, jamás eludía el peso ni las consecuencias de sus responsabilidades.

Decía y defendía siempre la verdad, aun a costa de sufrir la hostilidad o las incomprensiones ajenas; no se plegaba a componendas, especialmente cuando se trataba de difundir con firmeza la doctrina de Cristo o de proclamar la auténtica naturaleza del Opus Dei y de sus apostolados.

Amó la verdad hasta tal punto que no toleraba ni la menor mentira. No quería que sus hijos mintieran a sus padres, ni siquiera con la excusa de conseguir permiso para participar en alguna actividad formativa. Yo estaba presente el verano de 1941 cuando corrigió a un miembro del Opus Dei que había recurrido a esta estratagema, para poder asistir a un curso de retiro espiritual predicado por nuestro Fundador. Sus padres se oponían a su vocación, también porque les habían influido varias calumnias contra el Opus Dei. No encontró otra solución que inventar una mentira y decirles que se iba al campo. En cuanto lo supo nuestro Fundador, le advirtió muy seriamente: En adelante, ¡no más mentiras! El amor a la verdad debe prevalecer sobre todo lo demás.

Exigía a sus colaboradores en el gobierno del Opus Dei claridad y precisión a la hora de presentar las informaciones y datos necesarios: aborrecía las aproximaciones, las exageraciones y los paños calientes. Esta claridad iba siempre acompañada de la máxima caridad, porque no confundía la objetividad con la crudeza en el trato a los demás.

Predicaba a los periodistas que el cristiano debe amar y defender audazmente la verdad, dispuesto siempre a pagar las consecuencias. Prefería que los católicos, en lugar de dedicarse a promover órganos confesionales, trabajasen, con auténtica competencia profesional, en los medios de comunicación ya existentes, defendiendo y propagando desde allí la doctrina de la Iglesia.

No le gustaban los secreteos ni los misterios. Una vez, un miembro de una familia real le manifestó, en el curso de una conversación, que deseaba contarle una cosa “bajo secreto de confesión”. Nuestro Fundador replicó inmediatamente: Alteza, está hablando con un sacerdote y con un hombre de honor, y eso debe bastarle: si me quiere decir alguna cosa en secreto de confesión, vamos a un confesonario, y tendré mucho gusto en recibir su confesión sacramental.

A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia perinde ac cadaver: quería una obediencia inteligente porque con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica: El enemigo: ¿obedecerás… hasta en ese detalle “ridículo”? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré… hasta en ese detalle “heroico” (Camino, num. 618).

–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.

Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto.

¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres.

No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la “gradinata” de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles.

Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: “aquí se dictan las leyes”. Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: “y ahí se cumplen”.

Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros.

Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.

No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.

La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.

Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título Oboedientia tutior, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.

El Beato Josemaría practicó intensamente la mortificación corporal, y predicó su necesidad, como escribe en Camino: –No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos (num. 181).

Le gustaba repetir y subrayar, con el ejemplo de su vida, que la mejor mortificación consiste en el cumplimiento fiel, hasta los últimos detalles, de los deberes del propio estado. Pero se sometió también a duras penitencias corporales, sobre todo desde que supo con claridad lo que el Señor le pedía: todos los pasos de su actividad pastoral y apostólica iban precedidos y acompañados de fuertes mortificaciones.

El Padre comenzó a usar el cilicio y las disciplinas cuando era seminarista. Me consta que a partir de 1928 intensificó su mortificación corporal de modo muy notable. La madre y los hermanos de nuestro Fundador me contaron que, durante aquellos años de Madrid, cuando usaba las disciplinas se encerraba en el cuarto de baño del piso donde vivían, y abría los grifos del agua para disimular el ruido de los golpes. Pero era inevitable oírlos. Además, aunque luego limpiaba cuidadosamente las paredes y el suelo, su madre y su hermana descubrían después, consternadas, algunas manchas de sangre que el Padre no había advertido.

Vivía el plan de mortificaciones aprobado por su confesor, con gran espíritu de obediencia. Entre sus apuntes de conciencia, hemos encontrado esta nota:

Desde el sábado, 17 de febrero de 1934, me ordena el P. S. este plan más suave:

Todos los días sin excepción, menos los domingos: por la mañana, cuatro horas, dos cilicios.

Lunes – disciplina – 3 Miserere. (Cada disciplina duraba el tiempo que tardaba en recitar tres Miserere, tres Laudate, etc.)

Martes – 3 Laudate.

Miércoles – 3 Benedictus.

Sábados – 3 Magnificat.

Los Viernes, disciplina, 3 Te Deum, 3 Magnificat y 3 Benedictus

Además, tuvo siempre la prudencia de no comprometer directamente la salud, y sus consejos eran muy claros sobre este punto. En una carta del 22 de enero de 1940, por ejemplo, recomendaba: No me hagas mortificaciones que puedan perjudicar tu salud o agriar tu carácter: la mortificación discreta y la penitencia discreta son indudablemente necesarias: pero la piedra de toque es el Amor. Ten, para la penitencia, esta norma de conducta: nada sin permiso expreso.

Más aún que las penitencias corporales, el Fundador se esforzaba por vivir las pequeñas mortificaciones que le ayudaban a cumplir con delicadeza las diversas prácticas de piedad, su ministerio sacerdotal, el espíritu de servicio, la caridad fraterna, etc. Afirmaba que estas mortificaciones debían ser constantes, como el latir del corazón. Entre sus apuntes, hemos encontrado éste, fechado el 3 de noviembre de 1932:

1/ No mirar ¡nunca!

2/ No hacer preguntas de curiosidad.

3/ No sentarme más que cuando sea indispensable, y siempre sin apoyar la espalda.

4/ No comer nada dulce.

5/ No beber más agua que la de las abluciones.

6/ Desde la comida o almuerzo del mediodía, no comer pan.

7/ No gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, un pobre de pedir no pudiera gastarlos.

8/ No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección.

9/ No alabar, no criticar.

Deo omnis gloria!

A propósito de la mortificación de la vista: cuando se estableció en Burgos, en los primeros días de 1938, la ciudad no era aún muy grande y desde cualquier sitio se podía ver la espléndida catedral, una verdadera joya del arte gótico. Nuestro Fundador ofreció al Señor el sacrificio de dejar pasar un tiempo antes de visitarla: la primera vez que entró fue para rezar, y no para hacer turismo; sólo después fue a verla con calma.

Era muy exigente también en las mortificaciones de la comida. Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando. Recuerdo que, cuando nos refugiamos en la Legación de Honduras, entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar.

Rechazaba cualquier trato de excepción cuando visitaba un Centro de la Obra, respetaba siempre sus planes y horario. Contaré solamente una anécdota pequeña, sucedida en 1945. Acabábamos de inaugurar en Bilbao la Residencia universitaria Abando, y el Padre fue a celebrar la primera Misa. Para festejar el acontecimiento, sus hijas encargadas de la administración doméstica de aquel Centro decidieron preparar una comida un poco especial. Nuestro Fundador observó que servían una botella de vino de marca, y preguntó si era normal en nuestras casas tomar en la mesa ese tipo de vino. Le acompañábamos tres o cuatro personas más. La doncella que servía la mesa respondió: “No, Padre, no lo servimos nunca”. Y nuestro Fundador exclamó, mientras se levantaba de la mesa: Entonces, tampoco me lo debéis dar a mí: me tratáis como si fuera un invitado y por esto dejo de comer. Hoy no como, así aprenderéis que no se actúa así, porque nuestra pobreza debemos vivirla siempre. A la chica le impresionó tanto, que al poco tiempo pidió la admisión en la Obra.

No obstante, dispuso que en nuestros Centros, con ocasión de alguna solemnidad litúrgica o de celebraciones propias del Opus Dei, sus hijas preparasen una comida mejor de lo ordinario. Pero, precisamente en esos días, el Padre comía menos. Recuerdo que una vez, durante las fiestas de Navidad, pusieron una fuente muy bien preparada; nuestro Fundador notó que uno de los comensales miraba el plato con cierta avidez. Entonces, con una excusa, se levantó de la mesa sin comer.

Un día, en 1949 ó 1950, el Marqués de Bisleti nos hizo llegar dos faisanes que había cazado en su finca de Salto di Fondi. El Padre no había comido nunca carne de faisán, y quiso ofrecer al Señor la mortificación de no probarla tampoco en aquella ocasión; decidió que aquellos faisanes fuesen para sus hijas de la administración.

Podría mencionar otros muchos aspectos del espíritu de mortificación y penitencia del Padre, como, por ejemplo, el cuidado de los objetos, el saber dominar las reacciones del propio carácter, la mortificación de callar, o de hablar, según los casos, etc. Pero, a mi juicio, el aspecto más importante de la penitencia heroica de nuestro Fundador fue su ocultarse y desaparecer, que constituyó el lema de su vida.

–El Fundador afirmaba que prefería el holocausto al sacrificio. Quería, por eso, que las flores del Sagrario se pusiesen directamente sobre el altar, entre los candeleros, para que toda su lozanía se consumiese en honor del Señor. Es momento, quizá, de esbozar cómo vivió la virtud de la humildad.

–Puedo afirmar que nuestro Fundador vivió durante toda su vida con un completo olvido de sí, y se tuvo en muy poca consideración: enderezaba cada pensamiento, palabra y acción a la gloria y al servicio de Dios. Desde joven repitió innumerables veces esta jaculatoria: Deo omnis gloria! Y en un punto de Consideraciones espirituales, que después sería el 780 de Camino, explicó:

“Deo omnis gloria”. Para Dios toda la gloria. –Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada.

Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte.

El 4 de febrero de 1975 me encontraba con el Padre a bordo del avión que pronto despegaría del aeropuerto de Madrid rumbo a Venezuela. En un momento dado, con gran sorpresa por nuestra parte, entró en la cabina una hija suya, la periodista rhodesiana Lynden Parry Upton: había logrado llegar hasta allí con el firme propósito de darle las gracias por todo lo que la Obra había hecho por ella, conduciéndola primero a la conversión al catolicismo, y después a la vocación al Opus Dei. Nuestro Fundador contestó: Todos tenemos que agradecerle al Señor. Y como ella insistía en darle las gracias personalmente, el Padre la interrumpió con cariño, pero con decisión: A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre, y el sobre se tira a la basura.

Al mismo tiempo, era consciente de que el Señor quería su cooperación para obrar maravillas, y lo recordaba también a sus hijos: De nuestra santidad, de nuestra humildad depende que Dios dispense a manos llenas, a través de nosotros, su gracia. Pero no olvidaba que el monumento se erige al artista; el pincel se tira: ha cumplido su función obedeciendo a las manos del artista.

Rehusó siempre los honores y los cargos. Me parece particularmente significativa la siguiente anécdota. El 11 de febrero de 1933, Angel Herrera, nombrado poco antes Presidente de la Acción Católica española después de haber abandonado la dirección del periódico El Debate (más adelante sería ordenado sacerdote, y llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal), quiso hablar con don Josemaría: le informó de la noticia, todavía no oficial, de su propio nombramiento, y le ofreció un cargo importante. De acuerdo con el Nuncio, Angel Herrera había proyectado la creación de un centro para la formación de sacerdotes que serían consiliarios de la Acción Católica en los diversos niveles, y propuso al Padre aceptar el nombramiento como director de ese centro. El Fundador de la Obra rechazó la propuesta. El presidente Herrera insistió, y le hizo notar que se trataba de un puesto clave, de gran responsabilidad, ya que en aquella casa se reunirían los mejores sacerdotes de España; el Padre le respondió que precisamente por eso no podía aceptar un puesto tan importante: Además –añadió– hay muchos otros que lo harán mejor que yo.

Deseo subrayar que estas palabras no eran una excusa cortés, educada; estaba plenamente convencido de que otros sacerdotes podrían, efectivamente, desarrollar mejor aquella actividad. Por su parte, pensaba que sólo sería eficaz cumpliendo lo que Dios le había encomendado, para lo que tenía un carisma específico, una particular gracia de Dios.

Después de la guerra civil española, fue creciendo el prestigio de nuestro Fundador. Ante la eventualidad, nada remota, de ser elevado al episcopado, pidió permiso a su confesor, don José María García Lahiguera, para hacer voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal. Don José María respondió que no se lo permitíría sin el consentimiento del obispo de Madrid. Por eso, durante una conversación con Mons. Leopoldo Eijo que tuvo lugar el 19 de marzo de 1941, el Padre se lo planteó. Después, anotó también esto entre los temas tratados con el Prelado: El Señor Obispo no me da el permiso. Y me disgusta de verdad.

Aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía mucho las correcciones que recibía; precisamente por esto, planteó un “filial forcejeo” con la Santa Sede, para no privar al Presidente General del Opus Dei (como entonces se llamaba) de la corrección fraterna, que en la Obra es un medio de formación fundamental. Cuando presentó por primera vez a la autoridad eclesiástica nuestro Ius Peculiare –esto sucedería también después, en 1946 y en 1949– tuvo que superar las dificultades que le pusieron: le hicieron notar que, según una costumbre plurisecular, los Superiores mayores no pueden ser corregidos por sus súbditos. Pero nuestro Fundador no cedió, porque no quería verse privado de esta ayuda. Replicó: No es posible. Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad? Se aprobó finalmente la figura de los Custodes seu Admonitores, que viven junto al Presidente General –hoy, el Prelado–, y le ayudan con las observaciones que consideran oportunas.

Eludía con gran naturalidad las manifestaciones de gratitud, admiración o entusiasmo de los que le escuchaban, por ejemplo, con ocasión de los numerosos cursos de retiro espiritual que predicaba. En 1948 dirigió uno en Molinoviejo (Segovia) a un grupo de profesionales; en aquel tiempo yo me encontraba en Roma, pero poco después me lo contó el que fue principal testigo directo, don Amadeo de Fuenmayor. Los participantes habían dado ya algunas muestras de entusiasmo, y por eso el Padre les recordó más de una vez la necesidad de no romper el silencio acostumbrado; antes de la última meditación del retiro, para evitar ser objeto de sus manifestaciones de gratitud y elogio, indicó expresamente a don Amadeo que no pronunciase la acostumbrada jaculatoria final –Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae– hasta un rato después de que hubiese salido del oratorio, cuando oyera arrancar el coche que lo llevaba Madrid. De esta manera, al salir los participantes del oratorio, ya no estaba y no pudieron hacer nada, salvo encararse con don Amadeo por haberle dejado marchar. Soy testigo de que, gracias a trucos de este tipo, nuestro Fundador logró seguir hasta el último día el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

Al comienzo de los años cuarenta, una hermana de mi madre y su marido invitaron a comer a nuestro Fundador y a mí, junto con Manuel Aznar, un intelectual bastante conocido, al que se consideraba entonces el mejor periodista español, y que más tarde sería Embajador de España en los Estados Unidos. En un determinado momento, Aznar le dijo al Padre: “–¡Cómo me gustaría escribir su biografía!”. Y el Padre replicó: –Mi biografía te la doy hecha: en el Santo Evangelio se lee como un resumen de la biografía de la vida de infancia del Señor, que se condensa en tres palabras: erat subditus illis: Jesús obedecía a María y a José. Después, en los Hechos de los Apóstoles, se lee otra biografía de Nuestro Señor, esta vez en dos palabras: pertransiit benefaciendo. Pues para mí basta con una sola palabra: ¡pecador! Pero un pecador que ama mucho a Jesucristo.

Muchísimas veces –he sido testigo de esto a partir de 1935, pero sé que lo hacía ya muchos años antes–, rezaba prosternado en tierra e imploraba la gracia divina con la profunda convicción de que era su postura más adecuada, porque no tenía ningún mérito. Me confió que solía hacer oración postrado sobre el suelo, porque advertía la bajeza de su condición y la necesidad de pedir perdón al Señor y de implorar su ayuda, de acuerdo con su nulidad.

Podríamos detenernos mucho tiempo evocando otros sucesos edificantes, pero me parece que airearíamos su intimidad. Recordaré sólo un último detalle: un día, en los años cincuenta, durante las obras de construcción de la Sede Central, el Padre vio que, al desmontar los andamios, los obreros tiraban unos clavos grandes que habían servido para sujetar los tablones de madera. Nuestro Fundador se quedó pensando que sin aquellos clavos, que los obreros tiraban con indiferencia, no habría sido posible montar el andamiaje. Hizo recogerlos y envió muchos a las distintas Regiones, como símbolo de lo que debemos ser: un instrumento, en sí despreciable, del que se sirve el Señor para hacer su Obra.

Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei

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Don Álvaro del Portillo habla sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Agradecimiento del autor

1. Hijo de la Iglesia
2. Ciudadanos de las dos ciudades
3. Cómo era el Padre
4. Su formación
5. El Fundador
6. Familia y milicia
7. Medios y obstáculos
8. Rasgos de la vida interior
9. El Pan y la Palabra
10. Devociones
11 Virtudes heroicas
12. Fama de santidad
13. El 26 de junio de 1975

Agradecimiento del autor

Ante todo, deseo dejar constancia de mi más profundo reconocimiento a Mons. Alvaro del Portillo por la generosidad con que ha puesto a mi alcance sus recuerdos personales, junto con cartas y documentos, que iluminan rasgos hasta ahora inéditos de la atrayente figura del Fundador del Opus Dei, al que desde el 17 de mayo de 1992 la Iglesia venera como Beato.

Por sus cuarenta años de convivencia con Mons. Josemaría Escrivá, Mons. Alvaro del Portillo es un testigo privilegiado –es más, único– de la vida santa del Fundador y de su incansable y heroica actividad por el bien de la Iglesia y de todas las almas.

Este libro es relativamente breve, ya que sólo aborda algunos aspectos de la personalidad del Fundador y de su correspondencia a la iniciativa divina, sin pretender ser exhaustivo. Es tan grande su riqueza espiritual que tal vez ni siquiera pueda describirse adecuadamente en un libro más extenso. Considero que el mensaje del Fundador –una espiritualidad encarnada– se pone especialmente de manifiesto a través de un conjunto de anécdotas, hechos concretos, experiencias vividas, casi mejor que en una exposición conceptual. Este libro, por tanto, no pretende sustituir a las biografías del Fundador del Opus Dei, cuyo conocimiento en cierto sentido se presupone y, además, ayuda a situar históricamente las informaciones, en gran parte inéditas, que aquí se proporcionan.

Realizar esta entrevista ha constituido una experiencia profesional y espiritual gratificante. Profundizar en el conocimiento de un hombre de Dios, tan querido, a través de la experiencia viva del hijo más próximo, ha sido motivo de una íntima alegría.

Sólo me resta desear a los lectores de estas páginas que su alma quede removida por la vida y las virtudes del Beato Josemaría, fidelísimamente reflejadas en las palabras de su sucesor, Mons. Alvaro del Portillo.

“Dejar obrar a Dios”

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Artículo del Cardenal Joseph Ratzinger sobre san Josemaría Escrivá (L’Osservatore Romano, 6-X-2002)

06 de octubre de 2002

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.

“Dejar obrar a Dios”

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Artículo del Cardenal Joseph Ratzinger sobre san Josemaría Escrivá (L’Osservatore Romano, 6-X-2002)

06 de octubre de 2002

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.

1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

Un santo de la vida corriente

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Testimonio de Cardenal Ugo Poletti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Vicario General del Papa para la diócesis de Roma

Recientemente el Papa ha ordenado la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes del venerable Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Muchos saben que la doctrina de Monseñor Escrivá se centra en la necesidad y la posibilidad de vivir con plenitud de amor todas las circunstancias normales de la vida cotidiana, y de manera especial el trabajo profesional con el que el cristiano, además de santificarse personalmente, contribuye a ordenar con rectitud las realidades temporales. Y también es sabido que, desde 1928, el mensaje del fundador del Opus Dei ha sido de tal eficacia práctica en la vida de miles de mujeres y hombres de todo el mundo, que llegará a ser un punto de referencia preciso para aquellos que quieran inspirarse en una espiritualidad cristiana «secular».

Es preciso añadir que esta realidad eclesial (doctrina y vida: una explica la otra) ha entrado a formar parte del magisterio solemne de la Iglesia, ya que el Concilio ha enseñado explícitamente en la Lumen gentium que todos los cristianos, sin distinción de clase u otro género, son llamados por Dios a ser «santos» (es decir, perfectos en el amor y en todas las demás virtudes). Hay que destacar que no existía una doctrina orgánica de ¡a «vocación universal a la santidad en la Iglesia» en los primeros siglos del cristianismo. Existía, eso sí, una praxis significativa sobre todo en los siglos iniciales (ypor este motivo Escrivá decía que el Opus Dei está unido a la vida de los primeros cristianos).

La eficacia del mensaje de Josemaría Escrivá fue enseguida extraordinaria. Cuando muere en Roma, donde había vivido desde 1946, había ya 60.000 personas, mujeres y hombres, vinculadas al Opus Dei, es decir, comprometidas a santificar la vida familiar, la profesión y la inserción de su ambiente y su época en los azares sociales. Cuando años más tarde se abre el proceso de canonización del fundador del Opus Dei fui precisamente yo, como vicario del Papa en la diócesis de Roma, el encargado de dirigir el proceso canónico. Ahora la Santa Sede ha finalizado una fase importante de este proceso: la Iglesia declara oficialmente que Josemaría Escrivá ha practicado heroicamente todas las virtudes cristianas (el amor ante todo, y luego la fe y la esperanza…).

Evidentemente esto es de la máxima importancia. Monseñor Escrivá había dicho que el Opus Dei iba a abrir a todos, sin excluir a nadie, «los caminos divinos de la tierra». Ahora tenemos una nueva confirmación de que esos «caminos de la tierra» son verdaderamente «divinos» y santificables en sí mismos. Él había enseñado que se puede y se debe ser santos, perfectamente fieles a Dios, siendo fieles a la propia vocación humana de ser padres o madres de familia, obreros o profesionales y personas totalmente comprometidas en las vicisitudes terrenas, corriendo el riesgo de la libertad y de la responsabilidad; ahora, la santidad de su vida de sacerdote secular manifestada a través de la práctica heroica de las virtudes en circunstancias ordinarias, se confirma como fuente de inspira­ción para todos los cristianos necesitados de ejemplos actuales e incisivos que les guíen para transformar la propia existencia en un –fecundo servicio a Dios y a los hombres.

La opinión pública de nuestro mundo occidental secularizado también ha señalado la importancia cada vez más evidente que tiene la «secularidad» en la vida de la Iglesia. Existen signos inequívocos de la misma, entre otros, citemos el interés activo y fecundo de la Iglesia por los problemas sociales y políticos: desde la célebre «cues tión obrera», que motivó la Encíclica Rerum novarum de León XIII, hasta la Encíclica de Juan Pablo IISollicitudo rei soc¡alis, pasando por la Encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, que marcó una época. Hablaba de interés activo y fecundo, porque no se trata sólo del magisterio (éste es ya un precioso servicio de verdad y de moti vaciones ideales), sino también de una clara actividad a todos los niveles y de innumerables formas de solidaridad y promoción huma nas: la asistencia sanitaria, la escuela, la recuperación de los tóxi co co-dependientes, la acogida a los inmigrantes…

La Iglesia está constituida sobre todo por gente que vive en el mundo (que los antiguos llamaban saeculum: de ahí el adjetivo «se cular»), por eso mismo el aprecio por los valores seculares y laicos se advierte sobre todo en la vida cristiana de los fieles que se mueven dentro de las estructuras profesionales y civiles. El Papa y los obis pos están al servicio de esta gente, están para ellos. Es precisamente por esta responsabilidad pastoral por lo que actualmente la Iglesia presenta con esperanza al mundo la ejemplaridad de la espiritua lidad y la vida de este sacerdote que el Señor llamó a su seno hace quince años.


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