Zaragoza

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -”una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos”-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres… También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

Una difícil adaptación

Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -”rosa mística”- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. “¿Me comprende usted, Escrivá?” -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

Sacerdote… ¿por qué?

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: “Obedecer es lo más seguro.” Tal era el lema del obispo…

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura.

Al comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

Dolorosos acontecimientos

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito…

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

Ordenado sacerdote

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum… Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo…

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella”.

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba…

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres… Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros…

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: “¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo.”

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis…

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones…

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches…

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa…

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las “fuerzas vivas” del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento… Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban “el místico”, lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados…

Retorno a Zaragoza

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda… ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro… Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

2.3. Zaragoza

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -”una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos”-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres… También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

Una difícil adaptación
Seminario
Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -”rosa mística”- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. “¿Me comprende usted, Escrivá?” -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

Sacerdote… ¿por qué?

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: “Obedecer es lo más seguro.” Tal era el lema del obispo…

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura

A1 comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

Dolorosos acontecimientos

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito…

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

Ordenado sacerdote

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum… Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo…

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella”.

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba…

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres… Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros…

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: “¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo.”

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis…

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones…

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches…

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa…

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las “fuerzas vivas” del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento… Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban “el místico”, lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados…

Retorno a Zaragoza

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda… ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro… Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

2. El camino jurídico del Opus Dei.

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Tienes razón. ‑Desde la cumbre ‑me escribes‑ en todo lo que se divisa ‑y es un radio de muchos kilómetros‑, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas (Camino, 928).

Probablemente, al redactar estas líneas, el autor de Camino pensaba en el dilatado panorama apostólico que, con los años, harían los socios de la Obra en el mundo entero. Dificultades no faltarían. La guerra de España había terminado. Pero llegaba el momento de abrir un camino para el Opus Dei en el campo del Derecho canónico.

La Obra no se parecía a ninguna de las organizaciones que entonces existían en la Iglesia. Sus socios no querían, ni podían, ser religiosos, que buscan la santidad apartándose del mundo, en el retiro del yermo o en el servicio activo a las almas –colegios, hospitales‑. La vocación plenamente apostólica que Dios quería para el Opus Dei le alejaba también de las simples cofradías c pías uniones, establecidas en el Código de Derecho canónico.

El único modelo era bien preciso en sus contornos teológicos, pero aún no había sido definido nunca en textos jurídicos: los primeros cristianos. Como declararía el Fundador del Opus Dei en 1967 a Peter Forbath, corresponsal del Time de Nueva York, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos. Los socios del Opus Dei son personas comunes; desarrollan un trabajo corriente; viven en medio del mundo como lo que son: ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe.

No había cauce jurídico para una Asociación que proponía el modo de vivir de los primeros cristianos. Además, el Fundador ‑buen jurista‑ entendía que la norma debía surgir de la vida, y no al contrario. Se abrirían los caminos al golpe de las pisadas. El fenómeno ascético y apostólico tenía que preceder a la configuración jurídica.

No obstante, don Josemaría, fiel hijo de la Iglesia, sabedor de que no hay labor fecunda al margen de la Jerarquía eclesiástica, actuó en todo momento ‑como diría en infinidad de ocasiones­- con la venia y con la afectuosa bendición del queridísimo Señor Obispo de Madrid, donde nació el Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Más tarde, siempre también, con el beneplácito y el aliento de la Santa Sede y, en cada caso, de los Revmos. Ordinarios de los lugares donde trabajamos.

También lo acredita el P. Vicente Ballester Domingo, salesia­no, secretario particular en 1937 del Obispo de Pamplona, don Marcelino Olaechea, que hospedó a don Josemaría, como sabemos, en su palacio episcopal. Por allí pasaban muchos obispos y él les daba a conocer el Opus Dei. Don Vicente Ballester atestigua que “siempre buscó el beneplácito de la Jerarquía aunque entonces no fuera fácil comprender lo que era el Opus Dei”.

Toda la urgencia que sentía por la salvación de las almas, desaparecía ante el problema del camino jurídico de la Obra: no tenía prisa; confiaba en el querer de Dios. Al mismo tiempo, era muy escueto al hablar del Opus Dei, precisamente porque no tenía aún entidad jurídica alguna dentro de la Iglesia. El Padre Sancho, O.P., recuerda una explicación de esa necesaria pruden­cia: la Obra está todavía en gestación, es como una criatura non nata. Luego, cuando llegó el decretum laudis de la Santa Sede, el Fundador de la Obra le diría que desde ese momento, gracias a Dios, podían hablar ampliamente del Opus Dei, porque ya era una cosa pública, y la Iglesia la había alabado maternalmente.

“Veo en este hecho ‑comenta el P. Sancho‑ una manifestación del hondo amor sumiso de Josemaría a las decisiones de la autoridad suprema de la Iglesia”.

Sin embargo, esta delicadeza de conciencia fue motivo de recelos y calumnias, en los años inmediatos de la postguerra. “No se sabía si era un santo o un hereje”, rememora el Dr. Eladio de la Concha, hoy pediatra en Gijón: “Todo era cuestión de confiar.

Cuando arreciaron los ataques de algunos contra el Opus Dei y su Fundador, el Obispo de Madrid se empeñó en dar una aprobación por escrito, para ver si así se calmaban las calumnias. La medida no podía tener carácter definitivo. No resolvía de ningún modo el problema jurídico de la Asociación, pero podía contribuir a amortiguar la campaña. Y el 19 de marzo de 1941 don Leopoldo Eijo y Garay aprobó el Opus Dei como Pía Unión. Su Fundador recibió la noticia en Diego de León, 14 ‑como recordaba, allí mismo, unos treinta años después‑, y se dirigió al oratorio con su madre y con alguno de los socios de la Obra que estaba en la casa, porque no había nadie más: todos estaban trabajando, lo nuestro es trabajar. Fui a ver a mi madre y le dije:

mira, me acaba de llamar el Obispo y, contra mi voluntad, porque no quería ninguna aprobación, me dice que está hecho el decreto. Vamos a dar gracias. Nos arrodillamos sobre la tarima del altar, y dimos gracias al Señor.

Y siguió esperando. Las calumnias no cesaron. El incremento del trabajo apostólico ‑que se extendía por nuevas ciudades: Valencia, Barcelona, Zaragoza, Valladolid, Sevilla…‑, hacía conveniente encontrar alguna solución jurídica de más entidad que la de simple Pía Unión. Por otra parte, un grupo de socios del Opus Dei había comenzado los estudios, con vistas a recibir la ordenación sacerdotal: era imprescindible también resolver las cuestiones que su ordenación planteaba en el terreno del Derecho canónico.

Años después, en la fiesta de la Maternidad de Nuestra Señora, diría a un grupo de socios: He considerado otras veces, hijos míos, y os he hecho considerar, que cada paso en el camino jurídico de la Obra lo hemos dado bajo la protección de la Madre de Dios. Al celebrar ahora su Maternidad divina, recuerdo ‑no puedo menos de recordarlo‑ que la primera vez que la Santa Sede puso sus manos sobre la Obra fue en esta festividad, hace tantos años.

Y se refería a lo que le había dicho don Álvaro del Portillo, que estaba a su lado: Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar. Y yo le contesté: fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad. No sabía entonces que la Madre de Dios había intercedido por esta Obra de Dios, y se había dado la primera aprobación.

De otra parte, se hacía necesaria por muchas razones una aprobación de carácter pontificio. Don Álvaro del Portillo fue enviado a Roma en febrero de 1946, para que presentara en el Vaticano la documentación sobre la Obra, preparada por el Fundador. Algún tiempo después le envió una carta: venía a decirle que su presencia personal en Roma era necesaria, para tratar de sacar adelante lo que, humanamente, parecía impo­sible.

Por aquel tiempo se había agravado la diabetes que padecía el Fundador del Opus Dei. Le tenían que poner varias inyecciones al día. El clima del verano en Roma no podía sentarle nada bien para su dolencia. El médico no sólo desaconsejó el viaje, sino que declaró que ‑caso de realizarse‑ no asumía la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir. Pero el Fundador de la Obra no dudó ni un momento: veía claro que el Señor quería que fuese a Roma, a pesar del sacrificio que suponía. Reunió a los que formaban entonces parte del Consejo General de la Asociación, para informarles de lo que había decidido. Los miembros del Consejo, visto el asunto en la presencia de Dios, se adhirieron unánime­mente a los planes del Fundador.

Rememorando este momento decisivo de su biografía perso­nal, y de la historia del Opus Dei, escribió en 1961:

La Obra aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero (…) no podía esperar a que las cosas fueran posibles. Ustedes han llegado ‑dijo un alto personaje de la Curia Romana‑ con un siglo de anticipación. Y, no obstante, había que intentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo.

Lo acompañó en el viaje a Roma don José Orlandis, que conocía el italiano: “Ir desde Madrid a Roma ‑explica‑, en aquellos tiempos de la inmediata postguerra, era casi una aventura y, en todo caso, un viaje largo y penoso, por tierra y mar, en el que se invertían cerca de cinco días. No había aún servicios aéreos, y estando cerrada por razones políticas la frontera pirenaica con Francia, el único enlace entre España e Italia lo constituía un barco correo, que navegaba semanalmente de Barcelona a Génova”.

El miércoles 19 de junio de 1946, a primera hora de la tarde, salieron en coche de Madrid, con destino a Zaragoza y Barcelo­na. Mons. Escrivá de Balaguer encomendaba especialmente a la Santísima Virgen el trascendental negocio que le llevaba a Roma. El jueves, 20, por la mañana fue a la Basílica de

Nuestra Señora del Pilar y, según su costumbre, se acercó mezclado con el pueblo y sin que nadie le reconociese a besar el Pilar de la Virgen. Luego, al llegar cerca de Igualada, quiso subir a Montserrat y saludar allí a la Virgen Morena, Patrona de Cataluña. Al día siguiente, se puso de modo especial en manos de la Madre de Dios que, bajo la advo­cación de la Virgen de la Merced, es la Patrona de la ciudad de Barcelona, en cuyo puerto tenía que embarcar rumbo a Italia. Acudió por la mañana a la Basílica de la Merced y allí rezó con­fiadamente a la Señora, pidiéndole su ayuda, sus mercedes, en aquel trance importantísimo para la aprobación del Opus Dei por la Suprema Autoridad de la Iglesia.

Años más tarde, en 1961, Mons. Escrivá de Balaguer se refería a que había hecho el viaje a Roma con el alma puesta en mi Madre la Virgen Santísima y con una fe encendida en Dios Nuestro Señor, a quien confiadamente invocaba, diciéndole: ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te: quid ergo erit nobis? (Mt., XIX, 27). ¿Qué será de nosotros, Padre mío?: habíamos dejado todo: la honra ‑con tanta calumnia encima-, la vida entera, haciendo cada uno en un sitio lo que el Señor pedía. Dios nos escucho, y escribió en estos años romanos, otra página maravillosa de la historia de la Obra.

Aquella mañana del 21 de junio de 1946, había celebrado la Santa Misa en el oratorio del Centro del Opus Dei de Barcelona donde había pasado la noche: un piso en la calle Munta­ner, 444. Antes de la Misa, dirigió la meditación de los socios de la Obra que estaban presentes. Sus palabras, llenas de fe, se les quedaron grabadas para siempre. Tomó pie para su meditación en voz alta de aquel pasaje del Evangelio de San Mateo, donde Pedro dice a Jesús que han dejado todo para seguirle. A1 calor de esas palabras de la Escritura surgía un profundo sentimiento de fe, que le impulsaba a encararse abiertamente con el Señor, y a decir, lleno de audacia filial:

¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!? ;Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación…? Ecce nos reliquimus omnia, et secuti sumus te (Mt., XIX, 27).

Concluyó la meditación con un acto de entrega, plenísima y confiada, en la Providencia amorosa de Dios, para quien son posibles todas las cosas, también aquellas que los hombres llaman imposibles.

Esa misma tarde embarcó en el buque que debía conducirle a Italia, el J. J. Sister, un pequeño vapor de la Compañía Transme­diterránea, de unas 1.500 toneladas de desplazamiento y cincuenta años de vejez. Un furioso temporal, impropio del Mediterráneo y más aún en el mes de junio, zarandeó durante cerca de veinte in­terminables horas el barco. El Fundador del Opus Dei, enfermo como estaba, sufrió lo indecible en este su primer viaje por mar.

El sábado 22, cerca de la medianoche, con varias horas de retraso a causa del temporal, el J. J. Síster amarraba al puerto de Génova, donde esperaban don Álvaro del Portillo y don Salvador Canals. Al día siguiente, domingo 23, después de celebrar su primera Misa en tierra italiana, hizo en coche el camino de Génova a Roma.

¿Qué es lo que yo quería? ‑escribió el Fundador del Opus Dei en 1961‑: Un lugar para la Obra en el derecho de la Iglesia, de acuerdo con la naturaleza de nuestra vacación y con las exigencias de la expansión de nuestros apostolados; una sanción plena del Magisterio a nuestro camino sobrenatural, donde quedaran, claros y nítidos, los rasgos de nuestra fisonomía espiritual. El crecimiento de la Obra, la multitud de vocaciones de personas de toda clase y condición, todo esto que era bendición de Dios, me urgía a tratar de obtener ‑de la Santa Sede‑ la ple­na aprobación jurídica del camino que el Señor había abierto.

Antes, en ese mismo escrito, se había referido al motivo de su primer viaje a Roma:

Nosotros no veníamos a ser un grupo que se repliega sobre sí mismo, para buscar la santidad personal y, desde el abrigo corporativo de una institución, santificar a los demás. El Señor nos quería donde estábamos ‑nel bel mezzo delta strada, me gusta decir en italiano‑, en el estado, condición, trabajo profesional que cada uno tiene en el mundo.

Y ahí nos daba la misión de santificar a los demás, de llevarlos a Cristo por el testimonio, por la doctrina, por la amistad y el ejemplo de una vida limpia. Esta misión apostólica nos urgía a buscar la santidad: ahí, donde estábamos, en nuestro trabajo profesional, en el ocio de cada uno que, elevado por la gracia al orden sobrenatural y ejercido con perfección humana, se convertía en camino específico de santificación. El estado religioso, hijos míos, no lo podía aceptar para nosotros, porque diere ‑por su ascética, por sus medios, y por sus fines específicos‑ de la ascética, medios y fines que Dios, en su providencial designio, quería para su Obra.

El Fundador del Opus Dei dejó sus preocupaciones en el Señor, y Él le sostuvo (cfr. Ps., LIV, 23). Apoyado en su vocación divina como toda certeza, fue capaz de abrir camino, guiado por la mano de Dios. Porque el Señor escucha a los que a Él acuden confiados, sin más armas que el abandono en sus brazos poderosos, sin más apoyo que la confianza en su Santísima Madre. Lo reconocía en 1950:

A pesar de mis muchas miserias ‑quizá precisamente por ellas, para que se viera que la Obra era de Él‑ el Señor se ha dignado inspirar el Opus Dei a este pobre pecador, y práctica­mente desde 1917 hasta 1928, y hasta ahora, me da la impresión de que ha hecho conmigo lo que dice la Palabra divina: et delectabar per singulos dies ludens coram eo; omni tempore ludens in orbe terrarum: et deliciae meae esse cum filiis ho­minum (Prov., VIII, 30 y 31): la Sabiduría de Dios jugaba co­mo con un niño, delante del Señor cada día, en la redondez de la tierra: porque las delicias de Dios son estar con los hijos de los hombres.

La Sabiduría infinita me ha ido conduciendo, como si jugara conmigo, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la claridad con que veo cada detalle de la Obra, y bien puedo decir: Deus docuisti me a iuventute mea; et usque nunc pronuntiabo mirabilia tua (Ps., LXX, 17), el Señor me ha ido adoctrinando desde el principio de la Obra, y no puedo menos de cantar sus maravillas.

El Señor, con su insondable Sabiduría, guió los pasos del Fundador del Opus Dei. Le llenó de fe y de confianza para intentar lo imposible, y mostrar así una vez más que ecce non est abbreviata manus Domini: ¡El brazo de empequeñecido! (Camino, 586).

Mons. Escrivá de Balaguer volvió a Madrid el 31 de agosto,

con un documento de la Santa Sede llamado de aprobación de fines, que no se daba desde hacía un siglo. Pasó el verano en Madrid y en Molinoviejo (Segovia), y el 21 de octubre fue otra vez a Barcelona, para dar gracias a la Virgen de la Merced: iba, de nuevo, camino de Roma. Algo más tarde, el 24 de fe­brero de 1947, la Obra recibía de la Santa Sede el Decretum laudis, y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva.

Cuando en 1968, Enrico Zuppi y Antonio Fugardi, director y redactor, respectivamente, de L’Osservatore della Domenica, pre­guntaron a Mons. Escrivá de Balaguer si estaba satisfecho de los cuarenta años de actividad del Opus Dei, y si las experiencias de los últimos años, los cambios sociales, o el Concilio Vaticano 11, le habían sugerido algunos cambios de estructura, el Fundador del Opus Dei pudo contestar:

¿Satisfecho? No puedo por menos de estarlo, cuando veo que, a pesar de mis miserias personales, el Señor ha hecho en torno a esta Obra de Dios tantas cosas maravillosas. Para un hombre que vive de fe, su vida será siempre la historia de las misericordias de Dios. En algunos momentos de esa historia quizá sea difícil de leer, porque todo puede parecer inútil, y hasta un fracaso; otras veces, el Señor deja ver copiosos los frutos, y entonces es natural que el corazón se vuelque en acción de gracias.

Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano 11 ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que,

por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que ‑por la gracia de Dios‑ veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario.

Errores y miserias personales, repito, los tenemos todos. Y todos debemos examinarnos seriamente en la presencia de Dios, y confrontar nuestra propia vida con lo que el Señor nos exige. Pero sin olvidar lo más importante: si scires donum Dei!… (loan., IV, 10), ¡si reconocieras el don de Dios!, dijo Jesús a la samaritana. Y San Pablo añade: Llevamos ese tesoro en vasos de barro, para que se reconozca que la excelencia del poder es de Dios y no nuestra (2 Cor., IV, 7).

La humildad, el examen cristiano, comienza por reconocer el don de Dios. Es algo bien distinto del encogimiento ante el curso que toman los acontecimientos, de la sensación de inferioridad o de desaliento ante la historia. En la vida personal, y a veces también en la vida de las asociaciones o de las instituciones, puede haber cosas que cambiar, incluso muchas; pero la actitud con la que el cristiano debe afrontar esos problemas ha de ser ante todo la de pasmarse ante la magnitud de las obras de Dios, comparadas con la pequeñez humana.

1. Los comienzos en Madrid

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Buenos Aires, 16 de junio de 1974. En el Palacio de Congresos General San Martín, Mons. Escrivá de Balaguer conversa con miles de personas. Ha pasado casi una hora, cuando toma el micrófono una mujer mayor. Es abuela de varios socios de la Obra. Tiene ochenta y cuatro años. A pesar de su inconfundible acento argentino, después de saludar al Padre, le dice que es de Madrid.

‑¿Madrileña? ¿De Chamberí, o de dónde? ¿En qué calle naciste?

‑En la calle de los Abades.

‑La conozco, ya lo creo. Cerca de Progreso. Y la calle de Dos Hermanas está al lado… Sigue, sigue…

He condensado este diálogo que oí, con cientos de madrile­ños, en una proyección de la película filmada aquel día en Sudamérica. Prácticamente ninguno sabía dónde estaba la calle de los Abades, ni la de Dos Hermanas. Efectivamente, se encuentran al lado de Progreso. Mons. Escrivá de Balaguer .e presentó muchas veces ‑en broma‑ como madrileño: porque en Madrid había nacido el Opus Dei. Muchos de los rincones de esta ciudad saben de su oración o de su caminar. Era capaz de distinguir unos azulejos con la imagen de la Virgen en lo alto de un edificio de la calle de Atocha y saludarla siempre que pasaba. Pensaba con nostalgia en el “paseo de coches” de la Castellana. ;Cuántas vueltas no habría dado por allí hablando con aquellos primeros chicos que se acercaban a su apostolado!

Quizá fue en uno de esos paseos, al inicio de los años treinta. cuando descubrió la imagen de la Virgen del Pilar que hay en el monumento a Colón. El monumento a Cristóbal Colón está en el Paseo de la Castellana, a la altura de la Biblioteca Nacional. Las’ flores en las arcadas neogóticas, los maceros, festones y símbolos recargados casi esconden, en un lateral de la base, la pequeña estatua de Santa María, con el Niño en sus brazos, que no pasó oculta al corazón observador y enamorado del Fundador del Opus Dei. Es una imagen en piedra que no advirtieron los que incendiaron y saquearon iglesias, y destruyeron y profanaron imágenes sagradas. Lo cierto es que, cuando llegó la guerra de España, él ‑con algún socio del Opus Dei que se encontraba aún en Madrid‑ fue a rezar y pedir, ante esa Virgen, la gracia el amor que hicieran crecer segura la Obra.

Más sabía de Madrid que muchos madrileños. Y esto era otra muestra de que, mientras se encendía en designios de universa­lidad, vivía con los pies en la tierra. y amaba el concreto mundo en que Dios le había colocado: la casa donde nació, su familia, el paisaje del Somontano, las calles de Zaragoza o los rincones de Madrid. No era un desarraigado, y con su inconfundible acento aragonés ‑que no quiso ni necesitó disimular‑, difundió su mensaje universal por los caminos de la tierra.

En esta forma de ser del Fundador del Opus Dei encontramos alguna de las razones de su capacidad para llegar a hombres o mujeres de todas las razas y de las más diversas culturas. Porque no hay nada más universalmente humano que una personalidad entera y rica, cordial y sincera.

Al mismo tiempo, su espíritu se nutría de ese venero más profundo, que es la catolicidad ‑la universalidad‑de la Iglesia.

Una y otra venían a confluir en lo que Dios quería que fuese el Opus Dei: un camino de espiritualidad, centrado en la santi­ficación del trabajo ordinario. Y, realmente, como señalaba en La Voz de Asturias (Oviedo) un profesor de Derecho canónico, José María González del Valle, glosando textos de Mons. Escrivá de Balaguer: “El trabajo ordinario es una realidad universal, no es una costumbre española, ni una moda nacida en el siglo en que vivimos. No es aventurado prever que dentro de muchos siglos, los hombres continuarán trabajando. Ni parece que quepa restringir esa realidad a determinados sectores del planeta. De ahí, que ese camino trascienda los límites de espacio y tiempo. No es sólo que de hecho el fenómeno espiritual del Opus Dei se haya extendido por las diversas regiones de la tierra, sino que ese

fenómeno espiritual es en sí mismo ‑por su naturaleza ­universal; tanto hoy, cuando el Opus Dei cuenta con miles de socios, como en el año 1928, fecha de su fundación”.

Los que se acercaron a don Josemaría, en los comienzos de la Obra, tuvieron claro desde el primer momento que el Opus Dei no había nacido para remediar las necesidades de un país o de una época determinada, sino que Dios quería una Obra para todos y para cualquier tiempo.

Entre muchas otras personas, se acuerda Natividad González, que le conoció en Madrid a finales de 1933 o comienzos de 1934, cuando comenzó a frecuentar ‑vivía en la calle de Atocha,

número 121‑ la iglesia de Santa Isabel, donde celebraba Misa don Josemaría. Natividad observó que todos los días tenía algunas personas esperando para confesar. Una mañana se acercó a una de ellas y le preguntó si aquel sacerdote era buen confesor… Aquella chica ‑que le inspiraba confianza‑ le dijo que sí, que era un Padre estupendo, que le gustaría. Y comenzó a confe­sarse con él.

El Fundador del Opus Dei le animó a seguir haciendo el apostolado que ya hacía entonces: dar catecismo en parroquias de suburbios, visitar a pobres y enfermos. Al cabo de algún tiempo le habló del espíritu de la Obra: “era un apostolado ‑se le grabó en la memoria a Natividad‑ amplísimo, que abarcaba a todas las gentes de todas las condiciones, que tenía tantas facetas cuantas podían ser las actividades de los hombres, porque cual­quier actividad podía convertirse en labor de apostolado”.

En aquellas primeras conversaciones personales, más de uno pensó que era un visionario, que estaba loco. Y casi nadie hubiera tachado estos juicios de insensatos, pues entonces el Fundador del Opus Dei nada podía mostrar, salvo sus sueños.

Soñaba en el mundo entero, en hombres y mujeres de mil razas y colores. Como aquel día, entre el 20 y el 25 de enero de 1933, cuando dio una clase de formación a un grupo de gente joven. Asistieron sólo tres personas, estudiantes de Medicina los tres: Vicente Hernando Bocas, José María Valentín‑Gamazo y Juan Jiménez Vargas. Tuvo lugar en el madrileño asilo de Porta Coeli, que estaba en la calle García de Paredes, paralela a la del General Martínez Campos, cerca de la Glorieta de Iglesia.

El edificio albergaba entonces una casa de golfillos ‑golfos en el sentido castellano y madrileño de la palabra, precisaría en alguna ocasión Mons. Escrivá de Balaguer‑, a los que unas monjas santas trataban de corregir, y de enseñar a trabajar. El Fundador del Opus Dei acudía por allí a enseñarles el catecismo y a confesarlos. Hacía toda su labor completamente gratis. De manera que, cuando lo pidió, las monjas le dejaron un aula de las que ellas tenían, y le permitieron también utilizar su capilla. Después de rezar y de hacer rezar, de ofrecer y hacer ofrecer mu­chos sacrificios, empezó una nueva actividad. Aquel día sólo acu­dieron tres, de los muchos que solían ir a confesarse por la casa de su madre, en Martínez Campos.

Presidía la clase una estampa de la Virgen, que había recogido en la calle. Desde 1931, no era raro ver trozos de catecismos rotos y pisoteados en los barrios extremos de la ciudad. Desencadenada ya la persecución religiosa en España, había sido prohibida la enseñanza de la doctrina cristiana en las escuelas. A1 pie de un árbol, en el barrio de Los Pinos ‑Tetuán de las Victorias‑, descubrió un día una pequeña imagen de la Santísima Virgen: una hojita de catecismo de papel malo, con un grabado que representaba a Nuestra Señora. Don Josemaría, con afán de desagravio, hizo enmarcar el pequeño grabado en un trozo de tisú rico, de unos 30 cm. Ésa fue la imagen que presidió aquella clase, y que luego estaría en la biblioteca de la Acade­mia DYA, en la calle de Luchana. El cuadro pasó a la residencia de Ferraz, y de allí desapareció durante la guerra de España.

A1 acabar la clase, fueron a la capilla, para asistir a la Exposición mayor y Bendición con el Santísimo, que iba a oficiar don Josemaría. A Juan Jiménez Vargas le impresionó “la manera de rezar, de abrir el Sagrario, de arrodillarse y, sobre todo, la manera de tener la Custodia en sus manos y de dar la bendición”.

Más de una vez el Fundador del Opus Dei recordó ese primer acto eucarístico que tuvo en su labor con la gente joven. Por ejemplo, durante su viaje por Venezuela y Guatemala en 1975:

Me vinieron sólo tres. ;Qué descalabro!: verdad? ¡Pues no! Me puse muy optimista, muy contento, y me fui al oratorio de las mojas; expuse a Nuestro Señor en la Custodia y di la bendición a aquellos tres. Me pareció que el Señor Jesús, Nuestro Dios, bendecía a trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones…, blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer. Y me he quedado corto., porque es una realidad a la vuelta de medio siglo. Yo me he quedado corto, porque el Señor ha sido mucho más generoso.

Se comprende su emoción, al poco de llegar a Argentina en 1974, al comprobar, viéndola, la realidad que ya conocía por su labor de gobierno del Opus Dei:

Todavía no me lo creo. ¿Es cierto que estoy en Buenos Aires? y Yo rodeado de criaturas que están enamoradas de Cristo, que están dispuestas a todo?

Su emoción era visible, ante aquella multitud de socios de la Obra:

Yo estoy esta mañana, toda la mañana, contra spem in spem. Porque, hace unos cuarenta y siete años, había un sacerdote ‑que medio conozco, tan pecador como yo‑ sin ningún medio humano, sin nada: no tenía más que veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. Humanamente hablando no es un gran tesoro, verdad?, pero de cara al Señor… Y ahora estáis vosotros aquí; y hay hermanos vuestros en todo el mundo: de todos los colores, de todas las razas, de todas las lenguas.

Moncloa, residencia universitaria

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hace tiempo que la Residencia de “Jenner” resulta insuficiente para la atención de los estudiantes que la frecuentan. El dueño de la casa, aunque se prestó de buen grado a la instalación, ahora quiere disponer del piso. El Padre tiene que intervenir directamente, y consigue que mantenga el contrato durante el tiempo imprescindible para terminar el curso.

Esta situación pone en movimiento a los residentes y chicos que comparten las actividades de la casa: hay que encontrar un local amplio y bien comunicado con la Ciudad Universitaria, asequible a sus condiciones económicas y que sirva para atender la tarea que está llamando a sus puertas.

Después de una minuciosa búsqueda, aparece algo definitivo. El Padre les anima a convertir dos hoteles situados en la Avenida de la Moncloa números 3 y 4, cerca de la Ciudad Universitaria, en la Residencia que necesitan. Estos inmuebles han sufrido los avatares de la guerra, pero el propietario se muestra dispuesto a repararlos de acuerdo con las indicaciones del Padre. Con esta perspectiva, se inician, a toda prisa, las obras de adaptación. Habrá de dar cabida a cien universitarios y contará, además, con una parte separada, como una casa independiente, para las mujeres de la Obra que se harán cargo, con la ayuda de algunas empleadas, de los servicios de limpieza, cocina, etc., del nuevo Centro.

A finales de julio de 1943 se hace el traslado desde Jenner. Las obras están en pleno apogeo, pero ya se queda a vivir un pequeño grupo de chicos. Desde mediados de septiembre llegan refuerzos: antiguos residentes de]enner que vienen a Madrid para formalizar la matrícula en la Universidad y conocen ya lo que va a ser su nueva Residencia. Hay mucho trabajo y echan una mano en los ratos libres: empieza a ser una casa para todos.

Como estaba previsto, la Residencia se abre el 1 de octubre, aunque las obras no han terminado. El Padre viene todos los días, con don Alvaro, a impulsar el trabajo, corregir, programar… Y, en la mañana del día 10 de octubre, a reunirse con los residentes para explicarles «las reglas del juego»: lo que podrán encontrar en la Residencia y lo que se les pide a cambio.

El Fundador pone a su disposición la Residencia y se compromete a proporcionarles un ambiente tranquilo y familiar, cuidado y sereno, que facilite la dedicación al estudio y a su formación total. Les brinda, también, los medios para que sean buenos cristianos, si son cristianos. Pero dentro del marco de un clima de respeto y libertad. A cambio, ellos se comprometen a vivir un horario y algunos otros detalles razonables para una amable convivencia.

Es una llamada a la responsabilidad que dará buen resultado. Los chicos ponen su mejor voluntad ayudando a completar la instalación y llevando con sentido del humor las incomodidades propias del comienzo. Acaban de pasar los albañiles y todo transpira a obra recién terminada. El edificio, que se conoce con el nombre de hotel 4, incluye parte de las habitaciones destinadas a residentes y cuenta, además, con una amplia sala de estudio en la planta baja.

En el hotel 3 se ubicarán las dependencias destinadas a dirección, salas de recibir, la mitad de los dormitorios, el comedor y una amplia sala de estudio. Cuando concluyan las obras quedará instalado también, en este pabellón, el oratorio.

El Padre celebra la primera Misa en esta casa, que tomará el nombre de Moncloa, el domingo 7 de octubre de 1943. Asisten todos los estudiantes de la casa. Al Fundador se le ve muy contento al poner en marcha este nuevo instrumento de trabajo; sus palabras son una bella acción de gracias. Pero la consagración del altar no tiene lugar hasta el 7 de diciembre. Oficia la ceremonia el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Casimiro Morcillo. Dentro del local, recién estrenado, se oye su voz, subrayando que el Opus Dei dispone de un nuevo sagrario en Madrid.

El Fundador ha seguido la instalación con particular interés. El oratorio es amplio, de planta rectangular, con una bóveda rebajada. El techo y las paredes en tonos verdes; dorado el Vía Crucis. Sobre la embocadura del presbiterio, las palabras del Canon de la Misa: “Per ipsum, et cum ipso, et in ipso”. «Por El, con El y en El… ». El retablo, de Fernando Delapuente, es una Asunción coronada. El altar, de mármol blanco, realza el sagrario: arqueta sostenida por ángeles. Enfrente, enmarcada por un arco ligeramente hundido, la Cruz de madera, con la siguiente inscripción: “Iudeis quidem scandalum, gentibus autem stultitiam”(2): Escándalo para los judíos, locura para los gentiles.

Al día siguiente, con el oratorio abarrotado, el Padre celebra la Misa de la Inmaculada y deja al Señor de modo permanente en la casa. Antes de la Comunión dirige unas palabras, con todo su fuego, para avivar la fe en Dios-Eucaristía. Habla de la Obra que, hasta este momento, ha permanecido oculta en el seno de la Iglesia… Hace alguna alusión a las incomprensiones sufridas y concluye refiriéndose a la erección diocesana del Opus Dei que este mismo día hará el Obispo de Madrid.

La fecha es doblemente feliz ya que, el pasado 11 de octubre, la Santa Sede ha enviado el Nihil Obstat para que el Decreto de erección diocesana pueda firmarse.

El Fundador había pasado esa fecha en Los Rosales, un Centro de la Sección de mujeres en Villaviciosa de Odón. Y don Alvaro del Portillo le dice, en un momento de la tarde:

-«Padre, estará contento, porque mañana es la Virgen del Pilar».

Y le contesta:

-«Fiesta por fiesta, todas las de la Virgen me conmueven, me parecen estupendas; pero, puestos a escoger, prefiero la de hoy, la Maternidad»(3).

En la fecha del 11 de octubre celebra la liturgia, en este tiempo, la Maternidad de la Virgen, y todavía no sabe el Padre que bajo su protección maternal se ha firmado en este día la Autorización para que se proceda a la aprobación diocesana de la Obra.

La flamante Residencia de Moncloa vive hoy, pues, una doble jornada de celebración. En la sacristía de este Colegio Mayor se coloca un crucifijo de metal de buen tamaño. Hace apenas unos meses que murió Isidoro Zorzano. Su vida silenciosa, fiel a la exigencia de cada momento, se ha quemado en breve plazo. El Crucifijo del ataúd se coloca ahí, como arbotante de los muros de la Residencia; para que bendiga las actividades e inquietudes de una juventud de la que han de surgir nuevas vocaciones. Esta imagen garantiza la fecundidad evangélica de una semilla que presagia ya campos de trigo.

La parte independiente del edificio destinada a la Administración ha sido ocupada por un grupo de mujeres de la Obra. Cuando llegan, aún hay albañiles que cruzan la casa en todas las direcciones, escombros y tabiques a medio levantar, y tienen que atender a los dos chalets, uno a cada lado de la calle, con la consiguiente dificultad que esta situación conlleva.

El país vive un momento de carestías después de la dureza de la guerra civil; los materiales de construcción son defectuosos y las averías se suceden, incluso en obras recién montadas. Un día es el calentador del agua de las cocinas; otro un fallo en la instalación eléctrica… El combustible universal es el carbón, eficaz, pero de manejo molesto y sucio. Por añadidura, el pequeño equipo de empleadas que se ha incorporado a los trabajos de la Administración de la Moncloa es inexperto para manejar un número de plazas de esta envergadura. Los residentes llenan el comedor en dos turnos y es preciso conseguir alimentos de las formas más pintorescas, ya que los mercados habituales están muy mal abastecidos. En esta coyuntura vienen, de vez en cuando, periodistas para hacer reportajes y dar a conocer la Residencia, así como frecuentes invitados. Durante muchas horas del día y de la noche, habrán de calcular gastos, estudiar una alimentación mejor y de más barata factura, atender las mil necesidades de un Centro grande y todavía sin acabar.

Aunque el campo de actividades de las mujeres del Opus Dei es inmenso -se extiende a todos los trabajos y profesiones del mundo-, el Padre encomienda a algunas -como una actividad de particular importancia-, la Administración y cuidados de las casas de la Obra. Ellas mantendrán un aire de familia inconfundible en todas las latitudes del mundo. Sin perder el específico estilo de cada país, con la sobriedad, la elegancia y el cuidado de las cosas hasta el mínimo detalle, crearán un entorno gratificante, necesario para la vida de la Obra. Y todo por amor de Dios, santificando hasta límites heroicos la aparente pequeñez de las tareas cotidianas.

La Navidad llegará acuciando el trabajo: entrega precipitada de la ropa limpia a los residentes, comidas extraordinarias para la Residencia, vacaciones de algunas empleadas… Y en esta situación, el Padre va a verlas con la ilusión de hacerles un primer regalo de Nochebuena en la Moncloa. Y al iniciar una conversación afectuosa con las dos que dirigen el servicio surgen, por efecto del cansancio, las mil y una dificultades como un programa desbordado de impotencia.

El Padre escucha sereno, aunque siente que los problemas inherentes a la botadura de este gran barco, que es la Residencia, hayan promovido tal tormenta. Pronto se impondrá un ritmo normal y el trabajo, organizado, será perfectamente viable.

Y en este punto de la conversación, una de ellas le dice: «además, como tenemos tanto trabajo, no tenemos tiempo de hacer la oración y la hacemos trabajando y prácticamente sin darnos cuenta de que hablamos con Dios»(4).

Es un momento que recordarán toda la vida, porque al Fundador de la Obra, a quien han visto desplegar una fortaleza casi sobrehumana en situaciones de oposición y dificultades de todo tipo, le asoma el llanto a los ojos. Todas las dificultades se allanarán si permanece en pie la vida interior de sus hijas; se convertirán en un escollo insalvable si abandonan el trato íntimo con Dios. Le importa la lucha por la santidad, no el rodaje de una empresa por importante que pueda parecer. Están ahí para encontrar a Dios en la esquina de todos los quehaceres diarios. En ningún caso, para olvidar este fin en función de unas tareas que han desbordado, temporalmente, sus posibilidades humanas.

Por eso, se hace un silencio denso que, al fin, rompe el Padre. Pide un papel y en él, escribe:

1. Sin servicio

2. Con obreros

3. Sin accesos

4. Sin manteles

5. Sin despensas

6. Sin personal

7. Sin experiencia

8. Sin dividir el trabajo

9. Con mucho Amor de Dios

10. Con toda la confianza en Dios y en el Padre

11. No pensar en los desastres, hasta mañana durante el retiro(5).

Cuando viene a darles el retiro, tiene ocasión de hablar, de nuevo, con Encarnita Ortega:

«Para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración»(6).

A partir de hoy, la vida sobrenatural ocupa de un modo más pleno el frontal de sus vidas. Y los problemas materiales, todos, van hallando cabida y solución.

El futuro trabajo de administrar los Centros que vayan poniéndose en marcha capta una gran parte de la atención del Fundador. Desde que se abre el Centro de la Sección de mujeres en Jorge Manrique, insiste en que pidan a Dios vocaciones entre las empleadas del hogar. No se trata de una llamada distinta, sino de un trabajo más, incluido en la universal vocación a la santidad. Las que reciban esta vocación al Opus Dei se formarán con iguales medios, en una amable convivencia familiar, compartiendo el esfuerzo y el estudio, capacitándose para desempeñar dignamente su trabajo profesional.

«En el Opus Dei no hay más que una sola vocación (…). Ese es el milagro grande nuestro: hacer de las cosas vulgares -vulgar en el sentido castellano, que quiere decir corriente- heroísmo; hacer esas cosas con tal ánimo, que lo de ayer es distinto de lo de hoy, siendo lo mismo; y lo de mañana será todavía mejor, siendo igual»(7).

Y la primera respuesta a la proposición del Fundador va a llegar, precisamente, en la Administración de la Moncloa. El Padre ha visitado a una religiosa del Servicio Doméstico que le conoce y aprecia: la Madre Carmen Barrasa. Oye hablar a Monseñor Escrivá de Balaguer del grupo de mujeres jóvenes que han de atender a los cien estudiantes que viven en la Moncloa; del trabajo intenso y de la necesidad de ayuda.

Esta monja conoce a una empleada de condiciones destacadas y que siempre ha permanecido en puestos de gran responsabilidad. Es probable que no quiera ir a la Residencia, pero intentará convencerla. Se llama Dora del Hoyo.

Ante la insistencia de Madre Carmen, Dora, que efectivamente no desea este empleo, acepta ayudar por algún tiempo. Y una jornada más tarde suena el timbre de la puerta .Moncloa está en plena efervescencia de albañiles, pintura, humo, habitaciones a medio instalar y defectuosa marcha de algunos servicios. Cuando Encarnita Ortega baja a abrir, se encuentra ante una mujer bien vestida y con porte elegante, que le muestra una tarjeta de visita.

Desde el primer momento, Dora se percata del panorama y decide marcharse inmediatamente. Pero le da pena ver el exceso de trabajo y la inexperiencia, en muchos aspectos, de este grupo encargado de que la casa funcione.

Encarnita, y cuantas se ocupan de la Residencia, descubren los conocimientos que Dora posee: cuidado y conservación de la ropa, lavado, plancha, tintorería, arte culinario… Y además es serena y educada.

Cuando el Padre viene a verlas, anima su audacia para que acerquen al Opus Dei a personas así, que destacan en su profesión. Vocaciones que entreguen sus posibilidades al servicio de Dios. Y todas piensan que la primera vocación tiene que ser la de Dora.

Y un buen día, Encarnita escucha un comentario sorprendente:

«Tengo ya un gran cariño a la casa y como he visto todo lo que ha costado poner en marcha la Residencia, si ponen en otra ciudad alguna nueva, no tengo ningún inconveniente en ir con ustedes para ayudarles en la instalación»(8).

Casi al mismo tiempo llega a Moncloa Concha Andrés. Se trata, igualmente, de una empleada que viene a contratarse. Tiene veintidós años y ha trabajado ya en varias casas. Aprende con rapidez y tiene curiosidad por conocer «Camino». Un libro en el que deletrea su primer dominio de la letra impresa. Al principio no entiende lo que se propone este grupo de mujeres que trabajan sin descanso, viajan, rezan y estudian en los escasos ratos libres de cada jornada. Pero no tardan en compartir con alegría sus iniciativas.

Dora y Concha conocen un día al Padre y le cobran gran cariño y respeto. En breve plazo, el espíritu de la Obra habrá colado muy hondo en sus corazones.

Cuando en 1945 se abra la Residencia de Abando, en Bilbao, Dora del Hoyo y Concha Andrés formarán parte del equipo que se traslada a la nueva ciudad. Allí se repiten los comienzos de Moncloa: obreros por la casa sin terminar, carestía de alimentos, falta de mano de obra. Pero el ejemplo de las mujeres del Opus Dei, su optimismo, se abre paso ante las dificultades. Las dos empleadas empiezan a estar unidas al Padre y al espíritu que sabe inculcar en quienes le secundan.

El 19 de marzo de 1946, Nisa González Guzmán llega a Madrid con dos cartas para el Fundador: son de Dora y Concha, que piden su admisión en el Opus Dei. El Padre dirá que este acontecimiento es el más hermoso regalo que podía haber recibido. Las bendice con la certeza de un presagio: les seguirán muchas más. En cada lugar de la tierra, en cada nivel de cultura, siempre habrá personas dedicadas a estas tareas del hogar. Almas elegidas que sabrán llevar por el mundo su conocimiento y experiencia, su capacidad de sacrificio, el señorío de una vocación de servicio admirable.

El Fundador de la Obra afirmó, desde el primer momento: «No hay labores grandes ni pequeñas: todas son grandes, si se hacen por Amor»(9).

Por eso, «nos da lo mismo ser mano que pie, que lengua que corazón, porque todos estamos en todas las partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo que nos une. Yo quisiera haceros sentir como miembros de un solo cuerpo (…). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente!»(10).

Superior del Seminario

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En septiembre de 1922, después de acabar el tercer curso de Teología, Josemaría Escrivá es nombrado Superior del Seminario de San Francisco de Paula. Este cargo implica el deber de velar por la disciplina en la vida de los seminaristas: horarios de clases, puntualidad, silencios, estudios. Además se le asigna un fámulo, es decir, un seminarista que le ayuda en las pequeñas tareas materiales para que pueda entregarse con mayor dedicación al nuevo trabajo. Tiene solamente veinte años cuando cae sobre él la tarea de colaborar con el Rector en la formación de los futuros sacerdotes de la diócesis.

El Cardenal Soldevila(4), Arzobispo de Zaragoza, se ha dado cuenta de la categoría moral de este seminarista aragonés de intachable conducta y piedad reconocida. Tanto él como su Obispo Auxiliar, don Miguel de los Santos Díaz Gómara, Presidente del Seminario de San Carlos, le aprecian profundamente.

El 28 de septiembre de 1922 recibe la tonsura clerical de manos del Cardenal-Arzobispo Soldevila. El ceremonial se celebra en el palacio del Arzobispo, de acuerdo con el rito de la liturgia romana, en un ala del edificio que los prelados solían ocupar durante los veranos. Al fondo de un salón se abre una gran puerta con dos hojas que da acceso a una capilla con el altar en el centro. Aquí tiene lugar la tonsura del nuevo Superior del Seminario.

En octubre de este mismo año comienza su cuarto curso de Teología, y dos meses más tarde recibe las llamadas Ordenes menores (Ostiariado y Lectorado, Exorcistado y Acolitado), también de manos del propio Cardenal Soldevila y en el oratorio del Palacio Arzobispal (5).

Mientras tanto, el país bulle en un clima político inestable. De 1919 a 1920 se han sucedido siete Gabinetes de Gobierno junto al rey Alfonso XIII. Se suspenden garantías constitucionales, se cierran las Cortes y hay una zozobra en la que los Ministros elegidos no tienen posibilidades de plantear ni resolver la multitud de problemas que aquejan al país. Aumentan los atentados y asesinatos, como el del Presidente Eduardo Dato en Madrid; es continua la creación de juntas Militares de defensa, inoperantes.

Los acontecimientos llegan hasta los estudiantes del Seminario. No resulta fácil conservar la serenidad interior y seguir luchando, con tenacidad, en busca de la santidad que exige la llamada al sacerdocio. Josemaría entiende que su mejor aportación para resolver tan graves problemas consiste en ser, con toda hondura, aquello que un día decidiera. Y que esta entrega pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes la ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres. Hasta el fin de su vida repetirá, en múltiples ocasiones, que todo cuanto sea ayudar a los sacerdotes en su vida sobrenatural, enseñarles que han de estar enamorados de Dios, es salvarles. Y salvar a un sacerdote es salvar a miles de almas.

En el silencio de la oración y en sus frecuentes caminatas en solitario, su corazón se desborda en amor a Dios y a las almas. «Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para decir la misa; debe recibir las almas, una a una, como un pastor que conoce su rebaño y llama por su nombre a cada oveja»(6).

Desde su atalaya de la iglesia de San Carlos, sigue pidiendo luz para un camino que barrunta pero que aún no ve claro. Muchas veces esperará, de corazón a corazón, una respuesta del Señor. De momento, sólo le empuja una apasionada fidelidad a sus designios, una correspondencia generosa. Reclama de Dios una amable y recia fortaleza, para hacer llegar su Voluntad hasta la vida de los hombres.

Repite, una y otra vez, con la fe y la pasión del ciego de Jericó: Domine, “ut videam!… ut sit”!: ¡Señor, que vea!…, ¡que sea! (7).

Estas palabras se harán jaculatoria en su corazón, y ya no las abandonará, en su diálogo con Dios, durante todos los años de su existencia.

Hay un aliado entrañable que forma parte de su historia desde su visita a “Torreciudad” en brazos de su madre: Nuestra Señora, que le sigue y apoya de continuo. Aquí, en Zaragoza, la devoción a la Virgen del Pilar le acompaña siempre. Sus padres, aragoneses de pura cepa, la habrían inculcado en su alma desde niño; pero ahora, mientras cursa sus estudios, encuentra un rato cada día para saludar a la Virgen que preside la ciudad desde la orilla del Ebro. Junto al Pilar se le hace más viva la fe, se le renueva la fortaleza; toda situación injusta o desabrida se le caldea en el amor filial que profesa a la Señora.

«La devoción a la Virgen del Pilar comienza en mi vida, desde que con su piedad de aragoneses la infundieron mis padres en el alma de cada uno de sus hijos. Más tarde, durante mis estudios sacerdotales, y también cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, mis visitas al Pilar eran diarias. En marzo de 1925 celebré mi primera Misa en la Santa Capilla. A una sencilla imagen de la Virgen del Pilar confiaba yo por aquellos años mi oración, para que el Señor me concediera entender lo que ya barruntaba mi alma. “Domina”! -le decía con términos latinos, no precisamente clásicos, pero sí embellecidos por el cariño-, “ut sit”!, que sea de mí lo que Dios quiere que sea.

He tenido luego muchas pruebas palpables de la ayuda de la Madre de Dios: lo declaro abiertamente como un notario levanta acta, para dar testimonio, para que quede constancia de mi agradecimiento, para hacer fe de sucesos que no se hubieran verificado sin la gracia del Señor, que nos viene siempre por la intercesión de su Madre»(8).

Tiene amistad con varios clérigos que cuidan del Pilar. Un día, se queda en la Basílica después de cerradas las puertas. Con la complicidad sonriente de uno de aquellos sacerdotes, se dirige hacia la Santa Capilla; sube las escaleras que conocen tan bien los infanticos; se acerca, y besa la imagen y el manto de la Virgen. Este gesto se permite solamente a los niños y autoridades. Pero está seguro de que este alarde de cariño filial dará alegría a la Madre de Dios, aunque pase por encima de los usos establecidos.

Sin embargo, no vive encastillado en una vida ascética ajena a las preocupaciones y sacudidas de su tiempo. Está atento a la evolución de los acontecimientos, se interesa por todo, tiene avidez de saber, de conocer los módulos clásicos del pasado y la proyección que va dando la historia hacia el futuro. La calle no corta jamás el hilo de su entrega, ni la unión con Dios, ni el pacto de amor establecido con su Madre del Cielo. Al contrario: es el motivo y acicate que le lleva de continuo hacia la trascendencia.

Plaza de Colón

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

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En la base del monumento a Cristóbal Colón, hay una imagen de la Virgen del Pilar.

San Josemaría rezó muchas veces ante esta imagen, un altorrelieve que pasó inadvertido durante la persecución religiosa.

En aquel tiempo el monumento se encontraba en el centro de la Plaza, rodeado de jardines.


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