He aprendido de un gitano…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Don Josemaría se desvivía por los enfermos, los consolaba con su presencia animosa y optimista, y procuraba aprender de ellos. Un día vio a un gitano agonizante en una cama del Hospital General, al que habían dado una puñalada mortal durante una reyerta.

—Este hombre se muere —le avisaron.

Procuré que nos dejaran solos. Dije al gitano unas palabricas y se conmovió. Le advertí también que se moría, y él quiso confesarse. Luego, cuando le día a besar el crucifijo, me decía a gritos, sin que pudiera hacerle callar:

—Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor.

—¡Pero si le vas a dar un abrazo —le dije— y un beso muy fuerte enseguida, en el Cielo!

Nunca olvidó aquel grito sincero de compunción. ¿Habéis visto —comentaba años después— una manera más hermosamente tremenda de manifestar la contrición? Después, alguna vez lo he dicho también yo, a solas, sin dar voces: con esta boca mía podrida, no puedo besarte, Señor. He aprendido de un gitano moribundo a hacer un acto de contrición.

“Guardo esa imagen grabada en el alma —recuerda José Ramón Herrero, uno de los jóvenes que le acompañaban en sus visitas a los hospitales—: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de esperanza y aliento… Esa imagen no se me borra de la memoria, porque refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida”.

Brian Kolodiychule, Postulador de la Causa de la Madre Teresa, recordaba con motivo de la canonización de Josemaría Escrivá que el encuentro de Cristo en los pobres, que fue el carisma de Teresa de Calcuta, se da, de una forma o de otra, en todos los santos de la Iglesia. Se puso de manifiesto, escribe, “muy en particular en los primeros años de la historia del Opus Dei, como han relatado testigos del trabajo pastoral del beato Josemaría en los hospitales de Madrid. Los pobres, los enfermos, los desahuciados, fueron las armas para vencer en su batalla para que el Opus Dei echara a andar. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe, que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre”.

Lourdes, 11 de diciembre de 1937

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Don Josemaría Escrivá está celebrando misa en un altar lateral de la cripta de la basílica, a pocos metros de la gruta en que, unos ochenta años antes, la Inmaculada se había aparecido a una muchachita de catorce años. Allí renueva las intenciones de las misas que ha celebrado durante los meses precedentes, en condiciones difíciles o dramáticas: la Iglesia, el Papa, la paz para España y para el mundo, la expansión de la Obra… Hace unas horas que se encuentra en tierra francesa, a unos cientos de kilómetros de París, donde sigue pensando en establecer un Centro del Opus Dei en cuanto sea posible.

El día es frío. Las cumbres de los Pirineos están cubiertas de nieve. Copiosas nevadas han impedido que pasaran antes la frontera. Por fin, un automóvil que José María Albareda había obtenido por mediación de su hermano, telefoneándolo a San Juan de Luz, había llevado al Padre y a sus compañeros a Saint Gaudens, donde habían pasado la noche.

Unas horas después de celebrar y oír la Santa Misa, siguen viaje a España y entran en la zona nacional. Inmediatamente, don Josemaría telefonea a los obispos de Vitoria y de Pamplona, que son amigos suyos.

En San Sebastián, Juan, Francisco y Pedro se presentan a las autoridades militares, que destinan al primero al frente de Teruel y a los otros dos a Pamplona. El Padre se queda solo.

El 17 de diciembre se traslada a Pamplona, invitado por el obispo, Mons. Olaechea, que le alberga en el palacio episcopal y le facilita prendas sacerdotales. Enseguida, se recoge varios días en completo silencio, algo que no había podido hacer desde hacía mucho tiempo. Pedro y Francisco aprovechan la menor ocasión de salir del cuartel para pasar unos minutos con él.

Pasadas las Navidades, se traslada a Burgos, capital de la zona nacional por entonces. Piensa que, desde allí, sede del Obispo de Madrid, de quien depende, podrá relacionarse más fácilmente con unos y otros.

La vida en Burgos

En una pensión de la calle de Santa Clara, el Padre vuelve a encontrarse con José María Albareda, a quien le han encomendado funciones asesoras en la Dirección General de Enseñanza Media. A finales de enero se les une Francisco y a comienzos de marzo Pedro.

El 29 de marzo se instalan los cuatro en el Hotel Sabadell; ocupan una habitación grande, que dividen en tres partes: la sala, donde dormirán Pedro, Francisco y José María; la alcoba -separada por una cortina de la sala-, donde dormirá el Padre; y el mirador, que hará de sala de visitas.

La modesta “suite” pronto se convierte en un centro muy animado. El Padre recibe allí infinidad de personas que van a hablar con él o a confesarse. Su actividad es tan intensa como siempre, sin hacer caso de una faringitis aguda que le ha atacado nada más llegar a Burgos.

Un día, observa que escupe sangre. Piensa que tal vez esté tuberculoso y decide consultar a un médico, pues, en caso de estarlo, tendría que aislarse, para no contagiar a sus hijos. Afortunadamente, después de bastantes días de padecer ese mal, sin que los médicos sepan diagnosticar el motivo ni la enfermedad, desaparece. Verdaderamente el Padre es como la sombra de sí mismo tras tantos padecimientos. Al gran agotamiento físico, se une el esfuerzo durísimo del paso de los Pirineos. Sin olvidar los ayunos que ha empezado a imponerse de nuevo…

Cuando Pedro y Francisco vuelven al Hotel, después de su jornada de trabajo, el Padre les ayuda con un ambiente de familia entrañable, y todos recuerdan a los que están dispersos.

Tienen muy poco dinero, incluso contando con lo que gana José María Albareda. Por eso, se privan hasta de lo necesario. Además, don Josemaría ha resuelto poner en práctica, precisamente en esos momentos, una decisión heroica que había tomado en 1930: no percibir ningún estipendio -ni él, ni los futuros sacerdotes de la Obra- por la predicación, la Misa y los demás servicios religiosos. Lo cual supone una gran limitación, sobre todo en sus circunstancias. Es duro, muy duro, sí, pero don Josemaría repite una y otra vez, con convicción; unas palabras del salmista: “Arroja en el seno del Señor tus ansiedades y El te sustentará” (Ps. LIV, 23).

Tal carencia de medios materiales no le impide buscar las direcciones de todos los estudiantes que había conocido antes de la guerra, con objeto de ir a verlos en cuanto le sea posible. Y pone en práctica sus proyectos.

Un día, viaja hasta Córdoba en condiciones dificilísimas, pues las líneas férreas con Andalucía están cortadas y hay que dar mil rodeos. Cuando quiere regresar a Burgos, no le quedan más que unas cuantas monedas, que deposita en la ventanilla de la estación:

-Con esto, ¿hasta dónde puedo ir? -pregunta.

El empleado menciona el nombre de un pueblo próximo a Salamanca.

-Pues vamos para allá; después, Dios proveerá.

Y se queda sin nada para comer.

Escribe a todas partes, estimulando a unos y a otros y animándoles a no abandonarse en la vida interior y a practicar la fraternidad con todos. Las cartas llegan con dificultad, a trancas y barrancas. Por eso, se alegra tanto cuando recibe respuestas que le muestran hasta qué punto su apostolado epistolar mantiene la moral de sus corresponsales.

“La carta me cogió en unos días tristes, sin motivo alguno, y me animó extraordinariamente su lectura, sintiendo cómo trabajan los demás…”

“Me ayudan sus cartas y las noticias de mis hermanos, como un sueño feliz ante la realidad de todo lo que palpamos… ”

“¡Qué alegría recibir esas cartas y saberme amigo de esos amigos!”

Y esta otra: “Recibí carta de X. y me avergüenza pensar en mi falta de espíritu comparado con ellos”.

-¿Verdad que es eficaz el “apostolado epistolar”?

Para mantener ese esfuerzo, don Josemaría vuelve a poner en marcha el envío de unas hojas con noticias en multicopista. Como en los tiempos de la Academia DYA, recrea así el ambiente de familia y de fraternidad cristiana que impregnaba los primeros Centros del Opus Dei. El Padre adjunta una cuartilla con unas palabras más personales, escritas de su puño y letra.

Pide a todos y a cada uno -en especial a los que están en el frente- que no se abandonen, que aprovechen las ocasiones que se les brindan de acercar a Dios a quienes les rodean.

Y, en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, ¿no parecerá postiza mi naturalidad?, me preguntas. -Y te contesto: Chocará, sin duda, la vida tuya con la de ellos; y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido.

Las respuestas llegan en gran número. Quienes le responden, le dan las gracias por haberles reconfortado en circunstancias propicias al abandono o a verlo todo negro; por animarles a no olvidar la lucha en las cosas pequeñas cuando tantos sólo piensan en actos espectaculares de heroísmo.

A quienes vienen a verle a Burgos, con permiso, suele llevarles a lo alto de la catedral. Desde allí, les enseña las gárgolas y los pináculos, esculpidos con primor, cuyos detalles no se aprecian desde abajo. ¡Eso -les dice- es el trabajo de Dios, la Obra de Dios!, acabar la tarea personal con perfección, con belleza, con el primor de estas delicadas blondas de piedra (…). Los que gastaron sus energías, sabían perfectamente que desde las calles de la ciudad, nadie apreciaría su esfuerzo: era sólo para Dios.

Les aconseja, también, que sepan sacar provecho de las circunstancias especialmente duras en que se encuentran. ¡La guerra! -La guerra tiene una finalidad sobrenatural -me dices-, desconocida para el mundo: la guerra ha sido para nosotros… -La guerra es el obstáculo máximo del camino fácil. Pero tendremos, al final, que amarla, como el religioso debe amar sus disciplinas.

Prosigue el trabajo apostólico

El trágico período que está atravesando España no disminuye el celo apostólico de los miembros de la Obra.

En varias ocasiones, durante estos meses de guerra, el Padre ha visto que apuntan nuevas vocaciones, masculinas o femeninas. Sin embargo, no deja por eso de desear ardientemente que vuelva la paz, para reanudar, con nuevos bríos, la expansión de la Obra. A tal efecto, ofrece constantemente su oración y mortificación generosas.

Desde su llegada a Burgos, ha procurado establecer contacto con todos los conocidos de la Academia DYA que están en esa zona. Busca además, incansablemente, nuevas ocasiones de hacer apostolado. Se pone en contacto con familias amigas, hace nuevas amistades, habla del Opus Dei con algunos obispos, y de la nueva espiritualidad que aporta a la Iglesia; da cursos de retiro; ayuda, procurando adaptarse a su espiritualidad, a comunidades de religiosas, y también a las Teresianas, cuyo Fundador, su amigo el Padre Poveda, ha sido asesinado.

Como si esta actividad desbordante no le bastara, dedica también algunos ratos a trabajar en su tesis doctoral de Derecho. Su documentación, ya bastante avanzada, sobre “La ordenación sacerdotal de mestizos y cuarterones en el siglo XVI”, se ha quedado en Madrid y, seguramente, ha desaparecido. Pero el vecino monasterio de Santa María de las Huelgas le proporciona un nuevo tema de investigación, sobre los problemas canónico-teológicos que plantea la jurisdicción de las abadesas de dicho monasterio, durante la Edad Media.

Trabaja, igualmente, en una nueva edición, aumentada, de Consideraciones Espirituales. Pero ya antes de que el libro aparezca con el título de Camino, utiliza en su predicación los originales mecanografiados. También se los da a leer a algunos amigos, entre ellos a Mons. Lauzurica, Administrador apostólico de Vitoria, quien queda tan entusiasmado que se ofrece a prologar la obra. Por delicadeza hacia don Josemaría, fechará el prólogo el día de su santo: 19 de marzo, 1939.

“… En estas páginas aletea el espíritu de Dios… Las frases quedan entrecortadas, para que tú las completes con tu conducta… Si estas máximas las conviertes en vida propia, serás un imitador perfecto de Jesucristo…”.

Pero el Padre, de momento, carece de dinero para editar el libro. Habrá que esperar mejores tiempos.

Los avatares de la guerra, para el Fundador del Opus Dei, son otras tantas llamadas a intensificar su oración y a mortificarse más y más. A menudo, deja de comer, de beber agua y de dormir para ofrecer tales renuncias por la paz, por la Iglesia y por la Obra, que tiene que desarrollarse cueste lo que cueste, superando los obstáculos.

Tales inquietudes le llevan a postrarse, el 1.° de junio de 1938, a los pies de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, y a trasladarse el 17 de julio a Santiago de Compostela. Estas y otras peregrinaciones alimentan su oración, así como los ejercicios espirituales que hace, en solitario, en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, del 25 de septiembre al 1.° de octubre.

El Padre reza intensamente para que Dios libre de la muerte a sus hijos que luchan en el frente, pues alguno de ellos ya ha caído en combate. Otro, Ricardo Fernández Vallespín, ha sido herido, el 7 de junio de 1938, cerca de Madrid, por una bomba que un artificiero trataba de desactivar. Don Josemaría ha ido a verle en cuanto ha podido.

Isidoro, con más o menos regularidad, le hace llegar noticias de los que han quedado en la zona republicana. Se las envía a través de Francia y el Padre responde por la misma vía.

El 12 de octubre, fiesta del Pilar, tres miembros de la Obra, entre ellos Álvaro del Portillo, logran pasar a la zona nacional por el frente de Guadalajara. El Padre, que había presentido en la oración este acontecimiento, los recibe con inmenso gozo. Pronto, los tres quedan adscritos a distintas unidades del Ejército.

Todos los que están movilizados van a visitarle en cuanto pueden. El Padre los anima, les habla del futuro de la Obra, les confía sus proyectos.

En el otoño de 1938, las tropas nacionalistas, tras reñir una cruenta batalla en el Ebro, se disponen a avanzar sobre Cataluña. Los movimientos de tropas llevan a Pedro Casciaro al frente de Levante y a Álvaro del Portillo a Valladolid, en enero de 1939. El Padre sigue en Burgos, acompañado tan sólo por Francisco Botella. Para economizar todavía más, han dejado el hotel Sabadell y se han instalado, antes de la Navidad, en una pensión muy modesta.

El 26 de enero de 1939, los nacionales entran en Barcelona. La resistencia en Cataluña se derrumba. El siguiente objetivo es Madrid. Todos presienten que el final de la guerra se acerca. Los que se han refugiado en Burgos se preparan para regresar a la capital.

El 27 de marzo, don Josemaría se dispone a partir. Va al cuartel donde presta sus servicios Francisco Botella y se lo comunica.

Mientras viaja hacia Madrid, el Padre recuerda lo que ha visto, ayudado con unos gemelos de campaña que le había prestado un oficial, cuando, el año anterior, había estado en el frente para visitar a Ricardo. Don Josemaría se había echado a reír y el oficial le había preguntado por qué.

-Es que estoy viendo mi casa en ruinas, había respondido el Padre. El oficial no se había atrevido a preguntarle nada más.

Lo que importa

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Lo primero, lo que importa en la vida, “es ir al cielo: Si no, nada vale la pena”. Aviso a tener en cuenta, sabio consejo. Nos invitaba a un ajuste de horario, poner la flecha de nuestra brújula en rumbo, enflechar el orto de nuestro camino, ese amanecer que todo lo alumbra. Navegar en nave segura. Con buen rumbo. ¡Ay, la Iglesia! Romper esos densos nubarrones de las amenazas enemigas, sortear las escaramuzas de un enemigo prepotente, amo del mundo, dispuesto a no soltar su presa magullada. Un enemigo conocedor de nuestra vida, maestro del engaño, explotador de nuestro orgullo. Enemigo que no fácilmente nos soltaba de sus fauces de lobo feroz. Nos humillaría, nos despojaría de privilegios, en la vida y en el trabajo. Perderíamos amigos y honores. Era un camino contracorriente que nos quitaba la felicidad. Vino la enfermedad, la prueba necesaria, la cruz esperada a seguir…La sentencia del Fundador sobre el cielo nos ponía contra la pared, emplazándonos a una lucha que veíamos desigual, Goliat con sus armas frente al David de solo su honda, el brazo oculto de Dios en la mañana…¡Todo el ejército enemigo expectante, aguardando la derrota! Cayó Goliat, pero el enemigo no cejó en su persecución, en sus terribles zarpazos… Cuando todo parecía perdido, venía pronto el aviso firme y reiterado:”Mirad: lo que hemos de pretender es ir al cielo. Si no, nada vale la pena”. (“Es Cristo que pasa”).

Vendrían después otros avisos que ponían barruntos de esperanza en nuestra vida. Cirros dorados como plumas de ángeles. “Dedica, sin regateo, el tiempo necesario a la oración; acude en ayuda de quien te busca; practica la justicia, ampliándola con la gracia de la caridad”. (“Es Cristo que pasa”). Quizá el más comprometedor, el más directo, el punto uno de Camino: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor”. Frases, notas, que eran como florecillas que nos salían al camino de nuestras lecturas, campo de verdor, refulgente, en el que el alma encontraba su remanso más tranquilo y luminoso. ¿Eran esas las verdes praderas del cielo? ¿Significaba esto un nuevo caminar? Dios nos esperaba en la orilla, junto al mar, con los pececillos de la pesca en sus manos…”Venid a retiraros conmigo en un lugar solitario, y reposareis un poquito…”

“Al recordar esta delicadeza humana de Cristo, que gasta su vida en servicio de los otros, hacemos mucho más que describir un posible modo de comportarse,”- nos decía san Josemaría, Punto 109, saliéndonos al paso,“Es Cristo que pasa”.- “Estamos descubriendo a Dios.” Y nos dirá con palabras de sentido amor que “Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida familiar…” ¡Es aquí, en ese escenario, donde Dios nos quiere! ¡Conoce nuestras limitaciones, nos ama con amor de Padre que conoce las angustias y penas de sus hijos que se esfuerzan y fracasan tantas veces en esa pelea de su vida ordinaria! Parece como si dijese: Yo soy que eres una calamidad, pero eres hijo mío, has salido de mis manos, te ha contaminado el mundo con sus mentiras y miserias y yo trato de salvarte una y otra vez, ya ves como sangro…Soy una fuente de misericordia que nunca se agota, la voluntad de mi Padre es que seque la sed de los sedientos, beber todo el dolor humano, daros agua de la fuente del manantial que no se agota y da vida eterna, lavarte con mi sangre que cura y salva…

A través de los montes…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9).

Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro:

-«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo… »(10) .

Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen.

Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo… También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre.

El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático.

Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión.

El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche.

A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante.

Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta:

«Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11).

Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei:

«Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (…).

Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (…).

Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12).

El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro!

Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto.

«Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura».

“Ecce non est abbreviata manus Domini” -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13)

Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición.

Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta:

-«¿Cómo está el Padre?».

-«Muy bien», le contestan.

-«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?».

-«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14)

Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15)

Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre:

«Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y… que se mueva»(16).

El Padre rememora la historia de este santo aragonés.

También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones.

El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda.

Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz:

«Había un gran santo (…). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (…).

Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (…).

Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (…).

Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (…), pero para esto hay que hacer ese desprendimiento » (17).

Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo.

Una lápida que se alza en Villa Tevere conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos:

«Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. Laus Deo”».



Audiencia en el Vaticano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Alvaro del Portillo tiene su primera audiencia con el Papa Pío XII. Aún no se ha ordenado sacerdote, y acude a este acto con el traje de gala de Ingeniero de Caminos. Este uniforme azul marino, con galones, botonadura dorada y bicornio, que lleva en la mano, es el entorchado que los profesionales de ingeniería utilizan en las grandes recepciones. Y ésta es, en verdad, una circunstancia de gran envergadura: el Padre se apoya en el corazón y en la palabra de este hijo suyo. Reunidos, como una familia indisoluble, la Obra entera respalda su gestión. Isidoro Zorzano, que ya está muy enfermo, piensa en voz alta desde su cama del sanatorio:

-«Qué suerte tengo: poder ofrecer estas cosas -se trata de su enfermedad y su vida- cuando hay todos estos asuntos pendientes» (2).

La Audiencia quedará enmarcada, también, por la anécdota del momento: no consiguen encontrar ningún coche de alquiler, para ir desde el villino del barrio de Monte Verde Vecchio hasta el Vaticano. Se hace tarde, y no hay más remedio que recurrir al transporte público: un filobús hasta el Lungotevere y, desde allí, la Circolare, el tranvía que lleva a la Plaza de San Pedro.

José Orlandis y Salvador Canals, que le acompañan, son testigos de la admiración que produce su aspecto: «¡Parece imposible, tan joven y ya es un almirante!». Al llegar ante el Portone di Bronzo el centinela da la voz de ¡guardia a formar!… y el pelotón de suizos se alinea a su paso. Alvaro no se inmuta. Es oficial y sabe lo que procede hacer en tales casos: pasa revista a la formación, saluda militarmente a su jefe y sigue adelante por la gran escalinata que conduce a la Sala de Audiencias. Así tiene lugar su primera entrada en el Vaticano. Cuando regrese a España, será portador de las bendiciones del Pontífice para las tareas universales que proyecta el Opus Dei.

«SE HA TRABAJADO CON PROFUNDIDAD»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El día 26 de junio de 1984, al cumplirse nueve años de su fallecimiento, concluyó en Madrid el Proceso que se instruía sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Mons. Angel Suquía, Arzobispo de la diócesis, lo clausuró públicamente en la Cripta de la Basílica Pontificia de San Miguel.

En esta ocasión Mons. Suquía manifestó: «es, sin duda, un gran gozo para la Iglesia, que cuantos estamos en comunión con Ella compartimos hoy, en la segura esperanza de que este sencillo acto sirva para despertar y promover deseos y propósitos de santidad». Y finalmente, señaló: «A nosotros nos toca ahora vivir abiertos, como el Siervo de Dios, a la gracia de cada día y de cada hora; esforzarnos por descubrir la voluntad de Dios en nuestros deberes y ejecutarlos con absoluta exactitud y desbordante caridad; siempre atentos al camino que nos señaló con sus enseñanzas, y confiados en su intercesión de Siervo de Dios. Yo no adelanto el juicio que pueda dar la Iglesia sobre la vida y virtudes de Mons. Escrivá de Balaguer».

El P. Rafael Pérez, agustino, Presidente del Tribunal en este Proceso de Madrid, comentó en una entrevista: «La investigación ha sido muy rigurosa. Esta ha sido una Causa bien informada, y se ha trabajado con profundidad y mucha seriedad: así se explican las más de seiscientas sesiones que se han celebrado. Desde luego, ha sido el proceso más largo que yo he conocido ».

Las pruebas recogidas en documentos o declaraciones de testigos fueron inmediatamente remitidas a la S. Congregación para las Causas de los Santos, el Dicasterio de la Santa Sede al que compete su estudio.

En los años 1982 y 1983 se había entregado también a la Sagrada Congregación la documentación relativa a las dos curaciones antes mencionadas atribuidas a la intercesión del Siervo de Dios. Estos Procesos fueron presididos por el Dr. Feliciano Gil de las Heras, auditor de la Rota.

Un matrimonio de Lagos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

–Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

–El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo… y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

–¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

–Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

–¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

–He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo…

–Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

–Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

–¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

–El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

–¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?



Cada cual vive su propia vida

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

La pregunta va dirigida a Mons. del Portillo: ¿Cómo funciona la relación entre el Opus Dei como institución y cada uno de sus miembros?

«Los miembros del Opus Dei se comprometcn a procurar alcanzar la santidad y a difundirla desde el lugar que cada uno ocupa en el mundo, por medio de su trabajo profesional y de sus ocupaciones cotidianas. Para cumplir este compromiso, tienen el derecho de que la Prelatura les ayude a través de una continua y exigente asistencia espiritual. Esta formación se recibe personalmente, o en grupos reducidos, por medio de clases, charlas, retiros espirituales, etc.».

»Cada uno vive –añadía después– donde Su situación familiar, laboral, etc., le aconseje. Y se organiza libremente su existencia y su propio trabajo profesional, en el que los Directores de la Obra no intervienen ni interfieren».

A1 preguntar al Prelado del Opus Dei si los miembros de la Prelatura reciben detcrminadas orientaciones o ayudas de orden político, económico, social, etc., la respuesta es rápida, inmediata: «No, eso ya lo sabe todo el mundo y lo hemos repetido mil veces. Cada uno elige el trabajo que desea y lo desempeña con absoluta libertad. (…) Por lo que se refiere a apoyos, ayudas, etc., le aseguro tajantemente que no se han dado ni se darán. Si alguno intentara servirse de la Prelatura para medrar, el organismo del Opus Dei detcctaría ese cuerpo extraño y lo expulsaría enseguida, sin mayores miramientos».

A la vez que insiste en la plena libertad de cada miembro del Opus Dei, y en la finalidad exclusivamente espiritual de la Prelatura, Mons. del Portillo subraya también el contenido ético, moral, del trabajo que cada uno desarrolla: «Para venir a la Prelatura se debe ejercitar un trabajo honrado; y la formación doctrinal y ascética que se recibe en el Opus Dei ayuda a realizar esa tarea cada vez con mayor lealtad a la sociedad, con deseos y realidades de servicio a los demás, dejando de lado todo egoísmo, cualquier injusticia. Sin esas bases, sería ingenuo o hipócrita hablar de santificar el trabajo y santificarse en el trabajo».


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