Hombre para el futuro

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Patronato de Enfermos, hay algunas señoras de la alta sociedad madrileña que prestan su colaboración personal en muchas actividades benéficas. Una de ellas, Carmen del Portillo, es pariente y madrina de un muchacho llamado Alvaro del Portillo, que estudia en la Escuela de Ingenieros de Caminos. En más de una ocasión, esta señora habla con don Josemaría Escrivá de Balaguer de las grandes cualidades intelectuales de su ahijado. Tiene una buena formación religiosa, que debe a su familia, y una piedad sincera. Sin embargo, nunca ha seguido la dirección espiritual de sacerdote alguno.

Desde que conoce este nombre, en 1930, don Josemaría empieza a rezar por Alvaro. Pasan casi cuatro años y, un día del curso 1934-35, dos compañeros de la Escuela de Ingenieros le hablan de un cura muy simpático al que conocen. Desean presentárselo.

Hace unos meses que caminan en buena amistad por los barrios más pobres de Madrid, prestando servicios y repartiendo afecto entre la pobreza y el abandono. Han compartido muchas situaciones con Alvaro y saben que entenderá el espíritu que el Padre imparte entre los estudiantes que frecuentan la Residencia.

Y Alvaro acepta. Acuden a la calle de Ferraz, al Centro que la Obra acaba de abrir. Ahí, en una salita, le saluda, por primera vez, don Josemaría:

-«¿Cómo te llamas?, ¿tú eres sobrino de Carmen del Portillo? » (14)

Recuerda perfectamente los detalles familiares que le contó, hace ya varios años, su tía Carmen hablando de este ahijado suyo. Pasan un buen rato. La amistad es fácil con este sacerdote de treinta y tres años que parece conocer a cada persona desde toda la vida. Al estudiante de Caminos se le ha quedado grabada la entrevista y hace el firme propósito de volver. Pero ya no consigue reunirse con el Fundador del Opus Dei hasta que se avecina el mes de julio. La familia del Portillo está a punto de emprender el veraneo y, antes de abandonar Madrid, Alvaro decide despedirse de don Josemaría. Es el día 6. Sube hacia la Residencia de Ferraz y mantiene con él una conversación larga, íntima. Alvaro oye hablar, como si lo escuchara por primera vez, de vida espiritual, de oración, de presencia de Dios, de amar al que es Amor, al que es la Vida; y de la Obra de Dios que empieza a crecer sobre la tierra. Al final don Josemaría concluye:

-«Mañana tenemos un día de retiro espiritual -era sábado-, ¿por qué no te quedas a hacerlo, antes de ir de veraneo?»(15)

Alvaro no ha hecho nunca un día de retiro. Y, aunque no contaba con emplear el domingo en esta ocupación, se lo pide este sacerdote con tanto interés y cariño que no sabe negarse: acudirá al día siguiente.

El Fundador dirige la primera meditación de la mañana. Varios miembros de la Obra conocen a Alvaro, porque don Josemaría les ha hablado de él, de este hombre joven, que tiene una disposición generosa ante la vida y que puede ser llamado por Dios.

El Padre les aconseja que le hablen de su propia entrega, por la tarde, cuando haya terminado el retiro. Pero uno se adelanta, en la primera ocasión oportuna, por la mañana. Y Alvaro del Portillo dice que sí.

He aquí como lo describe él mismo, años más tarde:

-« Sí: fue un 7 de julio cuando conocí la Obra y cuando pedí la admisión. Statim -como dice el Evangelio de la llamada de los Apóstoles-, inmediatamente, relictis omnibus, dejé todo, para encontrar mucho más. Porque Dios es infinitamente más generoso que nosotros y, si le damos como uno, nos responde como mil» (16).

La decisión cambia sus planes en este caluroso verano de Madrid. Alvaro se quedará para oír y conocer, directamente del Fundador, el espíritu del Opus Dei. Y el Padre, al que habían programado unos días de descanso en la provincia de Salamanca, supera una vez más el agotamiento para abrir el horizonte de la Obra, y la profundidad del Amor de Dios, a este nuevo hijo suyo.

En marzo de 1936 ratificará para siempre su compromiso de fidelidad, cuando aún no ha pasado un año desde que pidió la admisión.

El Padre se ve urgido por Dios para desarrollar el Opus Dei y necesita apoyarse con fuerza en la lealtad de los que le siguen en esta primera hora. El día de San José, 19 de marzo, tiene lugar un gesto entrañable del Fundador, que Alvaro no olvidará.

Conmovido por la generosidad incondicional de estos hombres jóvenes que entregan todo sin titubear, les ha besado los pies, con aquellas palabras de la Sagrada Escritura: «¡qué espléndidos son los pasos de los que anuncian la paz, de los que evangelizan la buena nueva!»(17). En 1975, cuando el Padre haya cruzado los umbrales de la muerte, don Alvaro repetirá este gesto con el Fundador:

«Yo le devolví ese beso en cuanto pude: cuando su alma ya se había ido al Cielo. Si le besé los pies en aquel momento, fue porque me acordé de que el Padre me los había besado a mí, y le devolví el beso. ¡Cómo me iba a olvidar! No era sólo un gesto. No fue solamente una manifestación de fidelidad y de unión, sino(18) mucho más: era entregarme de nuevo»

Desde 1936, don Alvaro permanecerá junto al Padre, con un breve paréntesis durante la guerra civil de España. Y es a partir de 1937 cuando el Fundador comienza a llamarle con el afectuoso nombre de “Saxum”: roca. En una carta fechada durante este año pueden leerse las siguientes líneas de don Josemaría Escrivá de Balaguer:

-«”Saxum”!: ¡qué blanco veo el camino -largo- que te queda por recorrer! Blanco y lleno, como campo cuajado. ¡Bendita fecundidad de apóstol, más hermosa que todas las hermosuras de la tierra! “Saxum”! » (19)

Roca en la que apoyarse. Porque desde el primer día, Alvaro no tendrá una duda. Estará incondicionalmente al lado del Fundador y abrirá, con él, los caminos del mundo para que pueda transitarlos el espíritu de la Obra. Va a compartir con el Padre los trabajos, las contradicciones y alegrías de los años que se acercan. Será testigo de los matices más profundos del Opus Dei y los conservará como se custodia una herencia preciosa, intocable, de origen divino.

Don Alvaro del Portillo, después de ordenarse sacerdote en 1944, será el confesor de Monseñor Escrivá de Balaguer. Dos veces habrá de darle la absolución in articulo mortis; la última, el 26 de junio de 1975, cuando su alma remonta, definitivamente, el camino del Cielo. Tras este acontecimiento, será elegido, por decisión unánime, primer sucesor del Fundador al frente del Opus Dei, el 15 de septiembre de 1975.

TEMA 39. La oración

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La oración es necesaria para la vida espiritual: es la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle, y actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor.

1.  Qué es la oración

En castellano se cuenta con dos vocablos para designar la relación consciente y coloquial del hombre con Dios: plegaria y oración. La palabra “plegaria” proviene del verbo latino precor, que significa rogar, acudir a alguien solicitando un beneficio. El término “oración” proviene del substantivo latino oratio, que significa habla, discurso, lenguaje.

Las definiciones que se dan de la oración, suelen reflejar estas diferencias de matiz que acabamos de encontrar al aludir a la terminología. Por ejemplo, San Juan Damasceno, la considera como «la elevación del alma a Dios y la petición de bienes convenientes»; mientras que para San Juan Clímaco se trata más bien de una «conversación familiar y unión del hombre con Dios».

La oración es absolutamente necesaria para la vida espiritual. Es como la respiración que permite que la vida del espíritu se desarrolle. En la oración se actualiza la fe en la presencia de Dios y de su amor. Se fomenta la esperanza que lleva a orientar la vida hacia Él y a confiar en su providencia. Y se agranda el corazón al responder con el propio amor al Amor divino.

En la oración, el alma, conducida por el Espíritu Santo desde lo más hondo de sí misma (cfr. Catecismo, 2562), se une a Cristo, maestro, modelo y camino de toda oración cristiana (cfr. Catecismo, 2599 ss.), y con Cristo, por Cristo y en Cristo, se dirige a Dios Padre, participando de la riqueza del vivir trinitario (cfr. Catecismo, 2559-2564). De ahí la importancia que en la vida de oración tiene la Liturgia y, en su centro, la Eucaristía.

2. Contenidos de la oración

Los contenidos de la oración, como los de todo diálogo de amor, pueden ser múltiples y variados. Cabe, sin embargo, destacar algunos especialmente significativos:

Petición.

Es frecuente la referencia a la oración impetratoria a lo largo de toda la Sagrada Escritura; también en labios de Jesús, que no sólo acude a ella, sino que invita a pedir, encareciendo el valor y la importancia de una plegaria sencilla y confiada. La tradición cristiana ha reiterado esa invitación, poniéndola en práctica de muchas maneras: petición de perdón, petición por la propia salvación y por la de los demás, petición por la Iglesia y por el apostolado, petición por las más variadas necesidades, etc.

De hecho, la oración de petición forma parte de la experiencia religiosa universal. El reconocimiento, aunque en ocasiones difuso, de la realidad de Dios (o más genéricamente de un ser superior), provoca la tendencia a dirigirse a Él, solicitando su protección y su ayuda. Ciertamente la oración no se agota en la plegaria, pero la petición es manifestación decisiva de la oración en cuanto reconocimiento y expresión de la condición creada del ser humano y de su dependencia absoluta de un Dios cuyo amor la fe nos da conocer de manera plena (cfr. Catecismo, 2629.2635).

Acción de gracias.

El reconocimiento de los bienes recibidos y, a través de ellos, de la magnificencia y misericordia divinas, impulsa a dirigir el espíritu hacia Dios para proclamar y agradecerle sus beneficios. La actitud de acción de gracias llena desde el principio hasta el fin la Sagrada Escritura y la historia de la espiritualidad. Una y otra ponen de manifiesto que, cuando esa actitud arraiga en el alma, da lugar a un proceso que lleva a reconocer como don divino la totalidad de lo que acontece, no sólo aquellas realidades que la experiencia inmediata acredita como gratificantes, sino también de aquellas otras que pueden parecer negativas o adversas.

Consciente de que el acontecer está situado bajo el designio amoroso de Dios, el creyente sabe que todo redunda en bien de quienes –cada hombre– son objeto del amor divino (cfr. Rm 8, 28). «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes. Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el Sol y la Luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso… Dale gracias por todo, porque todo es bueno».

Adoración y alabanza.

Es parte esencial de la oración reconocer y proclamar la grandeza de Dios, la plenitud de su ser, la infinitud de su bondad y de su amor. A la alabanza se puede desembocar a partir de la consideración de la belleza y magnitud del universo, como acontece en múltiples textos bíblicos (cfr., por ejemplo, Sal 19; Si 42, 15-25; Dn 3, 32-90) y en numerosas oraciones de la tradición cristiana; o a partir de las obras grandes y maravillosas que Dios opera en la historia de la salvación, como ocurre en el Magnificat (Lc 1, 46-55) o en los grandes himnos paulinos (ver, por ejemplo, Ef 1, 3-14); o de hechos pequeños e incluso menudos en los que se manifiesta el amor de Dios.

En todo caso, lo que caracteriza a la alabanza es que en ella la mirada va derechamente a Dios mismo, tal y como es en sí, en su perfección ilimitada e infinita. «La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace sino por lo que Él es» (Catecismo, 2639). Está por eso íntimamente unida a la adoración, al reconocimiento, no sólo intelectual sino existencial, de la pequeñez de todo lo creado en comparación con el Creador y, en consecuencia, a la humildad, a la aceptación de la personal indignidad ante quien nos trasciende hasta el infinito; a la maravilla que causa el hecho de que ese Dios, al que los ángeles y el universo entero rinde pleitesía, se haya dignado no sólo a fijar su mirada en el hombre, sino habitar en el hombre; más aún, a encarnarse.

Adoración, alabanza, petición, acción de gracias resumen las disposiciones de fondo que informan la totalidad del diálogo entre el hombre y Dios. Sea cual sea el contenido concreto de la oración, quien reza lo hace siempre, de una forma u otra, explícita o implícitamente, adorando, alabando, suplicando, implorando o dando gracias a ese Dios al que reverencia, al que ama y en el que confía. Importa reiterar, a la vez, que los contenidos concretos de la oración podrán ser muy variados. En ocasiones se acudirá a la oración para considerar pasajes de la Escritura, para profundizar en alguna verdad cristiana, para revivir la vida Cristo, para sentir la cercanía de Santa María… En otras, iniciará a partir de la propia vida para hacer partícipe a Dios de las alegrías y los afanes, de las ilusiones y los problemas que el existir comporta; o para encontrar apoyo o consuelo; o para examinar ante Dios el propio comportamiento y llegar a propósitos y decisiones; o más sencillamente para comentar con quien sabemos que nos ama las incidencias de la jornada.

Encuentro entre el creyente y Dios en quien se apoya y por el que se sabe amado, la oración puede versar sobre la totalidad de las incidencias que conforman el existir, y sobre la totalidad de los sentimientos que puede experimentar el corazón. «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”». Siguiendo una y otra vía, la oración será siempre un encuentro íntimo y filial entre el hombre y Dios, que fomentará el sentido de la cercanía divina y conducirá a vivir cada día de la existencia de cara a Dios.

3. Expresiones o formas de la oración

Atendiendo a los modos o formas de manifestarse la oración, los autores suelen ofrecer diversas distinciones: oración vocal y oración mental; oración pública y oración privada; oración predominantemente intelectual o reflexiva y oración afectiva; oración reglada y oración espontánea, etc. En otras ocasiones los autores intentan esbozar una gradación en la intensidad de la oración distinguiendo entre oración mental, oración afectiva, oración de quietud, contemplación, oración unitiva…

El Catecismo estructura su exposición distinguiendo entre: oración vocal, meditación y oración de contemplación. Las tres «tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón. Esta actitud vigilante para conservar la Palabra y permanecer en presencia de Dios hace de todas ellas tiempos fuertes de la vida de oración» (Catecismo, 2699). Un análisis del texto evidencia, por lo demás, que el Catecismo al emplear esa terminología no hace referencia a tres grados de la vida de oración, sino más bien a dos vías, la oración vocal y la meditación, presentándo ambas como aptas para conducir a esa cumbre en la vida de oración que es la contemplación. En nuestra exposición nos atendremos a este esquema.

Oración vocal

La expresión “oración vocal” apunta a una oración que se expresa vocalmente, es decir, mediante palabras articuladas o pronunciadas. Esta primera aproximación, aun siendo exacta, no va al fondo del asunto. Pues, de una parte, todo dialogar interior, aunque pueda ser calificado como exclusiva o predominantemente mental, hace referencia, en el ser humano, al lenguaje; y, en ocasiones, al lenguaje articulado en voz alta, también en la intimidad de la propia estancia. De otra, hay que afirmar que la oración vocal no es asunto sólo de palabras sino sobre todo de pensamiento y de corazón. De ahí que sea más exacto sostener que la oración vocal es la que se hace utilizando fórmulas preestablecidas tanto largas como breves (jaculatorias), bien tomadas de la Sagrada Escritura (el Padrenuestro, el Avemaria…), bien recibidas de la tradición espiritual (el Señor mío Jesucristo, el Veni Sancte Spiritus, la Salve, el Acordaos…).

Todo ello, como resulta obvio, con la condición de que las expresiones o formulas recitadas vocalmente sean verdadera oración, es decir, que cumplan con el requisito de que quien las recita lo haga no sólo con la boca sino con la mente y el corazón. Si esa devoción faltara, si no hubiera conciencia de quién es Aquél al que la oración se dirige, de qué es lo que en la oración se dice y de quién es aquél la dice, entonces, como afirma con expresión gráfica Santa Teresa de Jesús, no se puede hablar propiamente de oración «aunque mucho se meneen los labios».

La oración vocal juega un papel decisivo en la pedagogía de la plegaría, sobre todo en el inicio del trato con Dios. De hecho, mediante el aprendizaje de la señal de la Cruz y de oraciones vocales el niño, y con frecuencia también el adulto, se introduce en la vivencia concreta de la fe y, por tanto, de la vida de oración. No obstante, el papel y la importancia de la oración vocal no está limitada a los comienzos del diálogo con Dios, sino que está llamada a acompañar la vida espiritual durante todo su desarrollo.

La meditación

Meditar significa aplicar el pensamiento a la consideración de una realidad o de una idea con el deseo de conocerla y comprenderla con mayor hondura y perfección. En un cristiano la meditación –a la que con frecuencia se designa también oración mental– implica orientar el pensamiento hacia Dios tal y como se ha revelado a lo largo de la historia de Israel y definitiva y plenamente en Cristo. Y, desde Dios, dirigir la mirada a la propia existencia para valorarla y acomodarla al misterio de vida, comunión y amor que Dios ha dado a conocer.

La meditación puede desarrollarse de forma espontánea, con ocasión de los momentos de silencio que acompañan o siguen a las celebraciones litúrgicas o a raíz de la lectura de algún texto bíblico o de un pasaje autor espiritual. En otros momentos puede concretarse mediante la dedicación de tiempos específicamente destinados a ello. En todo caso, es obvio que –especialmente en los principios, pero no sólo entonces– implica esfuerzo, deseo de profundizar en el conocimiento de Dios y de su voluntad, y en el empeño personal efectivo con vistas a la mejora de la vida cristiana. En ese sentido, puede afirmarse que «la meditación es, sobre todo, una búsqueda» (Catecismo, 2705); si bien conviene añadir que se trata no de la búsqueda de algo, sino de Alguien. A lo que tiende la meditación cristiana no es sólo, ni primariamente, a comprender algo (en última instancia, a entender el modo de proceder y de manifestarse de Dios), sino a encontrarse con Él y, encontrándolo, identificarse con su voluntad y unirse a Él.

La oración contemplativa

El desarrollo de la experiencia cristiana, y, en ella y con ella, el de la oración, conducen a una comunicación entre el creyente y Dios cada vez más continuada, más personal y más íntima. En ese horizonte se sitúa la oración a la que el Catecismo califica de contemplativa, que es fruto de un crecimiento en la vivencia teologal del que fluye un vivo sentido de la cercanía amorosa de Dios; en consecuencia, el trato con Él se hace cada vez más directo, familiar y confiado, e incluso, más allá de las palabras y del pensamiento reflejo, se llega a vivir de hecho en íntima comunión con Él.

«¿Qué es esta oración?», se interroga el Catecismo al comienzo del apartado dedicado a la oración contemplativa, para contestar enseguida afirmando, con palabras tomadas de Santa Teresa de Jesús, que no es otra cosa «sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama». La expresión oración contemplativa, tal y como la emplean el Catecismo y otros muchos escritos anteriores y posteriores, remite pues a lo que cabe calificar como el ápice de la contemplación; es decir, el momento en el que, por acción de la gracia, el espíritu es conducido hasta el umbral de lo divino trascendiendo toda otra realidad. Pero también, y más ampliamente, a un crecimiento vivo y sentido de la presencia de Dios y del deseo de una profunda comunión con Él. Y ello sea en los tiempos dedicados especialmente a la oración, sea en el conjunto del existir. La oración está, en suma, llamada a envolver a la entera persona humana –inteligencia, voluntad y sentimientos–, llegando al centro del corazón para cambiar sus disposiciones, a informar toda la vida del cristiano, haciendo de él otro Cristo (cfr. Ga 2,20).

4.  Condiciones y características de la oración

La oración, como todo acto plenamente personal, requiere atención e intención, conciencia de la presencia de Dios y diálogo efectivo y sincero con Él. Condición para que todo eso sea posible es el recogimiento. La voz recogimiento significa la acción por la que la voluntad, en virtud de la capacidad de dominio sobre el conjunto de las fuerzas que integran la naturaleza humana, procura moderar la tendencia a la dispersión, promoviendo de esa forma el sosiego y la serenidad interiores. Esta actitud es esencial en los momentos dedicados especialmente a la oración, cortando con otras tareas y procurando evitar las distracciones. Pero no ha de quedar limitada a esos tiempos: sino que debe extenderse, hasta llegar al recogimiento habitual, que se identifica con una fe y un amor que, llenando el corazón, llevan a procurar vivir la totalidad de las acciones en referencia a Dios, ya sea expresa o implícitamente.

Otra de las condiciones de la oración es la confianza. Sin una confianza plena en Dios y en su amor, no habrá oración, al menos oración sincera y capaz de superar las pruebas y dificultades. No se trata sólo de la confianza en que una determinada petición sea atendida, sino de la seguridad que se tiene en quien sabemos que nos ama y nos comprende, y ante quien se puede por tanto abrir sin reservas el propio corazón (cfr. Catecismo, 2734-2741).

En ocasiones la oración es diálogo que brota fácilmente, incluso acompañado de gozo y consuelo, desde lo hondo del alma; pero en otros momentos –tal vez con más frecuencia– puede reclamar decisión y empeño. Puede entonces insinuarse el desaliento que lleva a pensar que el tiempo dedicado al trato con Dios carece sentido (cfr. Catecismo, n. 2728). En estos momentos, se pone de manifiesto la importancia de otra de las cualidades de la oración: la perseverancia. La razón de ser de la oración no es la obtención de beneficios, ni la busca de satisfacciones, complacencias o consuelos, sino la comunión con Dios; de ahí la necesidad y el valor de la perseverancia en la oración, que es siempre, con aliento y gozo o sin ellos, un encuentro vivo con Dios (cfr. Catecismo, 2742-2745, 2746-2751).

Rasgo específico, y fundamental, de la oración cristiana es su carácter trinitario. Fruto de la acción del Espíritu Santo que, infundiendo y estimulando la fe, la esperanza y el amor, lleva a crecer en la presencia de Dios, hasta saberse a la vez en la tierra, en la que se vive y trabaja, y en el cielo, presente por la gracia en el propio corazón. El cristiano que vive de fe se sabe invitado a tratar a los ángeles y a los santos, a Santa María y, de modo especial, a Cristo, Hijo de Dios encarnado, en cuya humanidad percibe la divinidad de su persona. Y, siguiendo ese camino, a reconocer la realidad de Dios Padre y de su infinito amor, y a entrar cada vez con más hondura en un trato confiado con Él.

La oración cristiana es por eso y de modo eminente una oración filial. La oración de un hijo que, en todo momento –en la alegría y en el dolor, en el trabajo y en el descanso– se dirige con sencillez y sinceridad a su Padre para colocar en sus manos los afanes y sentimientos que experimenta en el propio corazón, con la seguridad de encontrar en Él comprensión y acogida. Más aún, un amor en el que todo encuentra sentido.

José Luis Illanes

“Estoy en deuda con Dan Brown”

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Andrea Ermini, de 28 años, trabaja en Florencia (Italia). Hace un año leyó ‘El Código Da Vinci’ y le sorprendió el retrato que en la novela se hace del Opus Dei. Investigó y… hoy pertenece a esta institución católica. “Gracias a Dan Brown he descubierto la belleza de la fe”, dice.

“La expresión “santificar el trabajo y la vida ordinaria” me atrajo, me golpeó el alma”.

Andrea Ermini trabaja en el departamento de Recursos Humanos de una empresa florentina.

Tras leer ‘El Código da Vinci’ quedó extrañado ante el duro retrato que se hace del Opus Dei, una institución que forma parte de la Iglesia. “Aquello me pareció sospechoso y decidí investigar”, explica.

¿Cómo descubriste el Opus Dei?

Andrea: Ocurrió hace ya año y medio. Tras leer ‘El Código Da Vinci’, me extrañó que algunas críticas dijeran que el Opus Dei era “una extraña organización católica”, en la que se utilizaba el ‘lavado de cerebro’ para reclutar miembros, y que les gustaba el secretismo y las prácticas masoquistas. Todo aquello me pareció sospechoso y decidí investigar por mi cuenta. Me parecía absurdo que la Iglesia católica pudiese aceptar en su organización una institución de ese tipo.

Comencé a buscar de la manera más simple: en Internet, a través de Google. Enseguida encontré el website de la Obra. Después, ya con curiosidad, compré el libro de san Josemaría con reflexiones espirituales llamado ‘Camino’ y lo leí de un tirón.

¿Cómo era tu vida cristiana en aquella época?

“El cambio más radical ocurrió cuando descubrí que tenía que cuidar mi “vida espiritual”, y que aquello podía hacerlo sabiéndome acompañado por Dios en todos los momentos del día”.

Andrea: Iba a Misa dos veces al año: en Navidad y en Pascua. Aunque no practicaba mucho, tenía verdadero aprecio por el Papa y por la Iglesia católica en general.

¿Y entonces qué ocurrió?

Andrea: La curiosidad inicial se transformó en un camino de conversión mucho más profundo. Por aquel entonces veía la fe como algo anticuado, que no podía adaptarse a mi vida, algo que se ajustaba más bien a las señoras mayores que podían rezar continuamente el rosario.

En cambio, la expresión “santificar el trabajo y la vida ordinaria” me atrajo, me golpeó el alma. Además, el estilo directo de ‘Camino’, donde parece que San Josemaría te habla directamente, me ayudó a reflexionar.

A través de Internet, supe que el Opus Dei promovía iniciativas como el ELIS en Roma o el IESE en Barcelona. La idea de que se pudiese unir el espíritu cristiano con la enseñanza en una escuela de gestión o con el trabajo manual más sencillo me interesó muchísimo.

Por fin, me decidí a enviar un mail a la web del Opus Dei para solicitar un contacto directo. Me dieron la dirección de un centro –L’Accademia dei Ponti (Florencia)- donde inicié a dirigirme espiritualmente con un sacerdote y donde conocí a otras personas del Opus Dei.

¿Cuáles han sido el resto de etapas de este recorrido?

Andrea: Comencé a rezar con más frecuencia y a asistir a diversos encuentros de formación cristiana organizados por el Opus Dei: una vez al mes retiros espirituales y cada semana una charla sobre algún tema de fe o sobre alguna virtud. El 1 de noviembre de 2005 fui nombrado ‘Cooperador del Opus Dei’ y el 13 de mayo pasé a formar parte de la Obra.

El cambio más radical ocurrió cuando descubrí que tenía que cuidar mi “vida espiritual”, y que aquello podía hacerlo sabiéndome acompañado por Dios en todos los momentos del día. Desde hace tiempo, acudo a diario a Misa y rezo el rosario, y esto me ayuda a “mantener el norte” y la alegría durante mis jornadas de trabajo.

Después de todo esto ¿qué opina de ‘El Código Da Vinci’?

Andrea: Si no fuera por Dan Brown, no habría redescubierto la belleza de la fe y mi vocación. Quizá el Señor se habría servido de otros caminos, sin duda, pero para mi aquello comenzó con un enigma: una descripción siniestra y oscura de la Iglesia católica. Indudablemente, tengo una gran deuda con Dan Brown. Y quizá no sea el único…

Sueños de juventud

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Ana Otte, alemana, nacida en Silesia (actualmente Polonia) y doctora en medicina por la Universidad de Frankfurt. Vive en Valencia desde 1971, donde se casó con un cirujano español. Es viuda, supernumeraria del Opus Dei y tiene tres hijos.

Ana es doctora en medicina por la Universidad de Frankfurt, cofundadora del Instituto Valenciano de Fertilidad (IVAF), profesora del Instituto Juan Pablo II de Valencia, médico en el Hospital de Sagunto y autora de varios libros sobre sexualidad y relaciones familiares.

Se dedica a la Orientación Familiar, a la enseñanza de reconocimiento de la fertilidad, y a la música: es organista y directora de un coro de niños.

Yo conocí el Opus Dei gracias al colegio Guadalaviar, cuando mi marido me propuso llevar a nuestras dos hijas allí. En Alemania no había oído hablar nunca del Opus Dei. Mis hijas entraron en el colegio justo cuando se celebró el 25 aniversario de su existencia y con motivo de un acto festivo en el Teatro Principal buscaron padres que tocaran algún instrumento para participar en la orquesta de padres.

“Procuro luchar por vivir santamente, es decir: tratar de ser un consuelo para Dios”

Yo me presenté con mi flauta dulce y me hice muy amiga de la profesora de música, Emilia Badía, conocida por los festivales de villancicos que se celebraban todos los años en el colegio.

Desde que conocí el Opus Dei, fue enriqueciéndose mi vida espiritual. El Opus Dei recuerda al creyente actual lo que habían entendido muy bien los primeros cristianos: trabajar con ilusión, cada uno en su profesión, quererse, apoyarse los unos a los otros, compartir las cosas, estar muy unidos en la celebración de la Eucaristía y luchar por vivir santamente, es decir: tratar de ser un consuelo para Dios.

Cuando yo era joven, me gustaban muchas cosas: la literatura, los idiomas, la música, el deporte… Tenía facilidad para los estudios y pensaba que en el futuro tendría el mundo a mis pies… Luego, por circunstancias familiares, todo se complicó y se acabó la euforia…  Aún así conseguí sacar una buena carrera, conocí a mi futuro marido, nos casamos y me vine a vivir a Valencia, con mucho dolor de corazón, porque amo mucho Alemania.

Una de las publicaciones de Ana

Tuve que convalidar mi título de médico con un examen de licenciatura en la Facultad de Medicina de Valencia, y acostumbrarme a la forma de vida de la España de los años setenta, que no tenía nada que ver con la España moderna de ahora, y atender a mi familia.

Lo tenía todo: trabajo, casa, una buena familia…; pero aspiraba a algo más. El cambio se produjo cuando me hice del Opus Dei; entonces, haciendo externamente lo mismo, pero con la mentalidad que me daba mi vocación, empecé a vivir mi vida cotidiana de forma distinta. Las cosas tenían otro brillo, otro ritmo, un sentido mucho más profundo y satisfactorio.

Cuando me preguntan en qué influye el Opus Dei en mi vida, contesto: en la búsqueda de la santidad. Recuerdo que cuando tenía 13 años vi la película “La Virgen de Fátima” y pensé que me gustaría ser santa como una de aquellas pastorcitas, que era tan guapa. Tenía ese afán de santidad, pero no sabía cómo concretarlo. Lo descubrí después, cuando conocí el Opus Dei.

“Si uno trabaja para Dios, Él te ayuda a multiplicar el tiempo y a potenciar tus propias facultades. Uno va descubriendo aptitudes propias que desconocía”

Por ejemplo, he aprendido a organizar mejor mi trabajo y a aprovechar el tiempo cuando hay que hacer cola en el mercado, esperar el autobús, en una consulta del médico o en la peluquería… siempre se puede ir rezando, leyendo algo útil, o se puede charlar con alguien.  Y siempre se aprovecha,  si se ofrece para Dios. Eso da mucha paz y serenidad.

Tengo tres hijos. Anabel, la mayor, estudió Filosofía y es numeraria del Opus Dei. Viajó a Kazajstán a comenzar la labor apostólica del Opus Dei allí y ahora reside en Alemania, en una residencia internacional de estudiantes en Colonia. Silvia, la segunda, es numeraria también, y ha seguido los pasos de sus padres: ha estudiado Medicina, y trabaja actualmente de médico de familia en el Hospital de Sagunto.

Carlos, el pequeño, está acabando la carrera de Publicidad y nos ha salido “rockero”: le  gusta componer música, toca muy bien la guitarra y ha grabado un disco. Quiere montarse un estudio, casarse y ser un buen padre de familia.

Yo soy médico analista y trabajo desde hace más de 25 años en un hospital de la Seguridad Social. Soy la responsable del laboratorio de Urgencias, el más conflictivo de todos por el problema de turnos rodados, aparte de otros compartimentos del laboratorio. Procuro trabajar bien, cuidar la puntualidad, estudiar para estar al día, tratar con delicadeza al personal…

Mis compañeros trabajan muy bien, con mucha responsabilidad, y cuidan todos esos aspectos, con la diferencia de que algunos no lo hacen conscientemente por Dios y para Dios, sino sólo por motivos humanos.

Además del trabajo hospitalario, me dedico a múltiples tareas; por ejemplo, me he especializado en la enseñanza de reconocimiento de la fertilidad (métodos naturales) y doy clases en esta materia en el Instituto Juan Pablo II; participo en los cursos prematrimoniales en la iglesia de San Juan del Hospital, y  llevo un coro de gente joven para cantar en misas solemnes. Y además,  toco el órgano los domingos en misa. Sé que son bastantes cosas, pero al final se adquiere mucha experiencia y todo acaba saliendo.

Algunas de estas tareas las he abordado a contrapelo, y  luego he visto que Dios me ha bendecido especialmente en ellas. Y ahora puedo decir que soy feliz y que se han colmado en mi vida aquellas cosas con las que soñaba en mi juventud.

Entre sartenes en Paysandú

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Belén Mazzili, ex alumna de la Escuela de Hotelería y Gastronomía Del Plata, trabaja en un restaurante de Paysandú (Uruguay) y relata cómo aprendió a santificar su trabajo.

Yo estudié la carrera de Hotelería y Gastronomía en “Del Plata”, una escuela en Montevideo que es una obra corporativa del Opus Dei. Desde el año pasado estoy de vuelta en Paysandú y aquí trabajo en un restaurante. Me encanta lo que hago y todos los días le doy gracias a Dios por poder dedicarme con alma y vida a mi profesión.

Fue mientras estudiaba cuando aprendí, en primer lugar, que para Dios no hay trabajos de mayor categoría que otros: lo importante es el amor con que cada uno realiza el suyo, desde hacer las camas o cocinar para treinta personas.

Me encanta lo que hago y todos los días le doy gracias a Dios por poder dedicarme con alma y vida a mi profesión.

Aprendí también que, para santificarse uno en el trabajo, tiene que aprender a ofrecer a Dios lo que hace y, como es para Dios, tiene que esforzarse en hacerlo bien. Esta es una lucha importante. La verdad es que me cuesta no tanto hacer las cosas, porque me gusta trabajar bien, sino hacerlas tratando de poner la mejor cara.

Para santificarse uno en el trabajo, tiene que aprender a ofrecer a Dios lo que hace y, como es para Dios, tiene que esforzarse en hacerlo bien.

En el restaurante trabajamos entre 6 y 8 personas, cada una con sus modos de ser y de pensar distintos. Aceptar y llegar a quererlas a todas, tener paciencia cuando una o la otra te da una respuesta que no esperabas, ofre certe a ayudar cuando no se tienen ganas, poner buena onda cuando llegan tareas inesperadas…, todo esto forma parte de la santidad porque son oportunidades permanentes de vivir un montón de virtudes, sobre todo la caridad, que es la más importante de todas.

Ofrecerte a ayudar cuando no se tienen ganas, poner buena onda cuando llegan tareas inesperadas… vivir un montón de virtudes, sobre todo la caridad.

Hace años leí en el libro Camino, de san Josemaría Escrivá, que la santidad ‘grande’ está en cumplir el pequeño deber de cada momento. Para que no se me olvide esto, en la cocina del restaurante tengo una estampa de la Virgen y a ella le ofrezco cada día mi trabajo: le rezo tres Avemarías cuando empieza mi turno y después le voy hablando de lo que me pasa, de las personas a las que tengo que atender, de mis compañeras de trabajo.

Otra cosa que aprendí para santificar mi trabajo es la importancia de tener un plan de vida espiritual, es decir, de buscar unos momentos en exclusiva para Dios, y esto porque es de Él de donde nos viene la fuerza y el amor para hacer el trabajo como Jesús lo haría. Por eso, además de ofrecérselo al empezar, trato de rezar el Angelus a las 12 y de leer unos minutos algún libro de espiritualidad. Por supuesto, intento también ir a Misa entre semana, siempre que puedo.

En la cocina del restaurante tengo una estampa de la Virgen y a ella le ofrezco cada día mi trabajo.

Estoy contenta en el restaurante donde trabajo, por dos motivos y uno más. Primero, porque estamos consiguiendo formar un equipo, lo cual es importantísimo para que todo marche bien.

Segundo, porque entre nosotras hay mucha confianza y verdadera preocupación de unas por otras: si una tiene un rato libre, en vez de quedarse “en la suya” le pregunta a otra en qué puede ayudarla. Y sobre todo estoy contenta porque tengo la experiencia de que, más allá de lo que una pueda ganar en su trabajo, lo  importante es sentirse mirada con amor por Dios.


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