El cilicio y los ángeles

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

Un training espiritual, por tanto, es el fin para el que el Opus Dei existe. ¿Recuerdan el contrato (en lugar de los «votos»), en virtud del cual la Prelatura «se compromete a proporcionar una asidua formación doctrinal, religiosa, espiritual, ascética y apostólica, así como la específica atención pastoral de sus sacerdotes»? Tengan entonces presente que, como cualquier otro contrato, el vínculo es «bilateral» y, por consiguiente, el laico que lo suscribe tiene el derecho de recibir esa ayuda de la Prelatura y también el deber de cumplir con sus obligaciones, resumidas en los conceptos de «ascéticas, formativas, apostólicas».

Veamos en concreto en qué consisten estos compromisos. Comencemos por los ascéticos. Así los desarrolla una fuente autorizada: «Los compromisos ascéticos se refieren al cumplimiento de un plan de vida espiritual. Exigente, pero adaptado a las circustancias personales de cada miembro (todo en la Obra, no se olvide, es personal; nada es anónimo, estardarizado, abstracto). Ese plan de vida, con palabras de Escrivá, le conduce progresivamente, “como por un plano inclinado”, a encontrar a Dios en el trabajo profesional y en las demás ocupaciones cotidianas».

Veamos con más detalle el compromiso que debe respetar el laico que acepta el contrato. No es poca cosa; más aún, podría llegar a ser insoportable para quien no se sienta llamado a ello. Verdaderamente, quien buscase sólo fines «humanos», no directamente religiosos, haría mejor en escoger caminos más cómodos. (¿Qué sacrificios, por ejemplo, impone la adhesión a la masonería, además de -que yo sepa- la reunión mensual de los “hermanos”? ¿Y son acaso sacrificios los almuerzos semanales y las festivas reuniones periódicas de esos service clubs -generosos, no cabe dudaque extienden por el mundo una red de relaciones, útiles para fines filantrópicos y culturales, pero útiles también, como es lógico, para fines profesionales y económicos?).

Sigamos con ese texto. «Este plan de vida espiritual comprende: una intensa vida sacramental, que gira alrededor de la misa y la comunión diarias y sobre la confesión sacramental semanal; la práctica habitual de la oración mental (hasta una hora al día); la lectura diaria del Nuevo Testamento y de un libro de espiritualidad; el rezo cotidiano del rosario; el examen de conciencia cada noche, un día de retiro mensual y algunos días de retiro cada año; frecuentes comuniones espirituales, actos de reparación, jaculatorias, etc.».

Todo esto es más que suficiente para satisfacer a quien se sienta llamado, pero también para cortar de raíz las pretensiones de cualquier hipócrita o de alguien tibio. Pero no acaba ahí el elenco: «A esto se añade el ejercicio cotidiano del espíritu de sacrificio y de penitencia -sin excluir la mortificación corporal-, adaptado a la edad, al estado de salud y a las circunstancias de cada uno, según los modos concretos aprobados por la Iglesia, y evitando en todo caso cualquier exceso».

Entendámonos: incluso el cuerpo más bello, si es diseccionado, se convierte en un horrible amasijo de órganos, sin resto alguno de unidad ni de armonía. Lo mismo sucede con la vida espiritual y sus “instrumentos”, los medios humanos para favorecerla y sostenerla; lo mismo con cada uno de los elementos de este plan de vida. Si se separan del espíritu que los anima, dan la idea de un elenco casi insoportable de «deberes».

En realidad, hablando de ese plan de vida con quien está «dentro», me he dado cuenta de que no es así: el clima de naturalidad, de sencillez, de agradecimiento por la vocación y por Dios que es su centro, hace que lo que desde fuera aparece como obligaciones sean una especie de necesidad y pierdan su rostro severo. Eso que más arriba llamamos «ascetismo sonriente».

Toda la formación busca alcanzar un ideal: crear hombres y mujeres «de una pieza», no «esquizofrénicos» para los que la vida, el trabajo, se conviertan en oración, superando la disociación de quien ve el plan como una jaula en la que uno está encerrado.

Se impone un breve paréntesis. En la última cita hemos transcrito en cursiva las palabras sin excluir la mortificación corporal. No se excluye, por tanto, ni siquiera el famoso cilicio, que ocupa un lugar importante en la leyenda de la Obra como escondrijo de los últimos oscurantistas medievales. Lo hemos mencionado ya al hablar del escándalo de los sospechosos movimientos antisectas. ¿No es el cilicio una aberrante y morbosa forma de masoquismo, indigna de un cristianismo «adulto», «abierto»? ¿No es la tradicional España triste, fanática y sanguinaria?

Como imponen las reglas de la justicia, «audiatur et altera pars». Escuchemos pues la defensa, sostenida por una persona que, aunque no lo dice, como experimentado numerario que es ha debido usar el famoso «instrumento de tortura» (que consiste, en resumen, en una especie de cinturón de lana ruda que se coloca en la cintura o en el muslo, con nudos o con unas púas de alambre que aprietan la piel sin traspasarla): «Como han perdido el significado de la penitencia y de la mortificación en la vida espiritual, muchos hombres de hoy se asombran -cuando no se escandalizan- de que en el Opus Dei algunos de sus miembros incluyan entre las mortificaciones corporales el uso del cilicio. Algunos, digo: no la mayoría; y siempre por un tiempo limitado. Por lo demás, no habría que extrañarse, porque la cruz ha sido siempre un motivo de escándalo. Es cierto, como se ha comentado muchas veces, que, sobre todo en los últimos tiempos, las personas se exponen a grandes sufrimientos (de ejercicios, de dieta, de cirugía estética) por conservar una cierta imagen corporal que los demás puedan admirar. Igualmente es verdad que, por obtener una cierta satisfacción, otras muchas personas se embarcan en una dirección, que con mucha frecuencia sólo trae «mortificaciones» para el sujeto afectado y sobre todo para los que están a su alrededor: es el caso, por ejemplo, del recurso a distintas drogas. Pese a todo eso, hay personas que no acaban de entender el sentido de una «mortificación corporal» que no hace daño a la salud -más bien, si acaso, al contrario- y que expresa el deseo de unirse, en lo poco que el hombre puede, al sacrificio de Cristo. Se comprende que en una época en la que se difunden con insistencia mensajes del tipo «¡No te prives de nada!», se haga difícil de entender las bases mismas de la penitencia y de la mortificación. Si «se puede todo», si nada está mal una vez que ha sido «asumido» por el yo; si, en definitiva, no hay pecado, no hay motivo para hacer penitencia. La mortificación (es decir, la profunda paradoja evangélica según la cual, para vivir hay que morir de algún modo: como Cristo, el cristiano debe descender al sepulcro para resucitar luego, como Cristo, a la vida eterna) resulta así ininteligible. Pero nótese también esto: entre los mensajes frecuentes destaca el de «el cuerpo es mío y hago con él lo que quiero». Es por lo menos incongruente que se admita la licitud de cualquier comportamiento corporal, incluso aberrante, y sea motivo de escándalo el hecho de la penitencia cristiana» (Rafael Gómez Pérez).

En cualquier caso, ni el cilicio ni otros «instrumentos de mortificación» son exclusivos de esta Obra: forman parte de la antiquísima tradición ascética de la Iglesia y han sido usados por todos los santos.

Desde la perspectiva de Escrivá -en línea, como en otros puntos, con la más antigua Tradición de la Iglesia-, penitencias y mortificaciones son «la oración de los sentidos». Esta participación de lo «material» en la oración pone de manifiesto la unidad del hombre, que no es sólo alma, espíritu, corazón. También estos «ejercicios ascéticos» (practicados siempre con discreción, sin presumir de ellos) son un medio para ejercitar la voluntad, en un mundo cada vez más poblado de apáticos, indiferentes y veleidosos. Estas prácticas de mortificación no son exclusivamente «activas», sino que pueden y deben ser «pasivas»: no es la búsqueda de sufrimiento lo que debe caracterizar a quien emprenda este camino, sino la aceptación de los que trae cada día la vida: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca, la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior».

Así dice el punto 173 de Camino, al que sigue este otro: «No digas: esa persona me carga. -Piensa: esa persona me santifica».

Tras los compromisos ascéticos, digamos algo de los formativos los que se refieren «a la formación doctrinal y religiosa que los miembros del Opus Dei reciben durante toda su vida, de manera adaptada a sus posibilidades y capacidades». Nos encontramos de nuevo con esa modulación personal: a cada uno la formación que le corresponde.

Este compromiso, naturalmente, también es bilateral, por derivarse de un contrato: compromiso de la Prelatura para «formar», y esfuerzo del fiel por «formarse», aprovechando los medios que se ponen a su disposición.

Este tipo de educación «se dirige a alimentar la vida espiritual y apostólica de todos los fieles de la Prelatura, para que cultiven una “piedad de niños y una doctrina de teólogos”, y para lograr que en todos los ambientes sociales haya personas preparadas intelectualmente, para realizar un eficaz apostolado de evangelización con ocasión del ejercicio de la propia profesión u oficio».

No se trata, pues, de una preparación teológica para formar conferenciantes o ensayistas (aunque luego cada uno, libremente, puede dedicarse a ese tipo de actividad, si considera que tiene capacidad y se siente llamado a ello), sino más bien de proporcionar los medios para ese apostolado «privado» -la famosa «amistad y confidencia»- con quienes están más cerca, comenzando por los parientes y compañeros de trabajo. Esta labor con frecuencia se confunde con «la actividad oculta del Opus Dei», pues se desarrolla de un modo discreto y nada aparatoso, en un mundo que tanto valora «ser visto» y «ser oído».

Examinando el asunto, me parece que se pueden señalar algunas líneas maestras.

En primer lugar, la conciencia clara de que quien pretenda «convertir el mundo» sin unir la santidad (o al menos, el esfuerzo por alcanzarla), que es su presupuesto primero e indispensable, a una formación teológica adecuada, acabará siendo «convertido por el mundo».

Aquí reside una de las razones de la débácle posterior al Concilio: masas católicas sin formación fueron animadas a «enfrentarse», a «dialogar», a «discutir», «con espíritu de total apertura» y de «radical autocrítica». El resultado no podía ser otro: se abrieron de golpe las puertas de la ciudadela eclesial, hasta entonces enrocada e incluso protegida y aislada en exceso. Por desgracia, quienes salieron por ellas no fueron con frecuencia «heraldos de la fe adecuados a los signos de los tiempos», bien preparados y motivados. Todo lo contrario: por esas puertas abatidas entraron «los otros», y la pronta rendición fue presentada por los teóricos del clericalismo como la «derrota del integrismo», el «fin de los exclusivismos» y la «victoria de la tolerancia».

Empujados al derrotismo por el entusiasta cupio dissolvi de cierta intellighenzia cuya obligación era haberles ayudado a distinguir lo verdadero de lo falso, a madurar y a crecer, pero en la continuidad, muchos católicos se vieron a sí mismos como herederos de una historia vergonzosa, por la que debían arrepentirse y pedir perdón. Se les persuadió también de que al mítico «hombre de hoy» le resulta imposible -más aún, indigno- seguir confiando en realidades dogmáticas totalmente «premodernas» e inaceptables, a las que había que dar una «nueva lectura», ser «reinterpretadas », «desmitizadas», hasta convertirlas en una mera simbología.

Sirva de ejemplo lo que sucedió con una verdad de fe muy querida para el Opus Dei: la existencia de los ángeles. Como sabemos, aquel 2 de octubre se celebraba la fiesta de los Santos Angeles custodios. Entre las pocas cosas que el beato comentó del suceso que dio origen a la Obra, fue que la misteriosa «visión» tuvo lugar cuando sonaban a lo lejos las campanas de la iglesia madrileña de Nuestra Señora de los Angeles.

Señala Peter Berglar: «Así, toda la Obra habría de estar, desde su nacimiento y en el futuro, bajo la protección de los Angeles, como cualquier persona humana. “Aumentemos nuestra amistad -dice monseñor Escrivá de Balaguer- con los Santos Angeles Custodios. Todos necesitamos mucha compañía: compañía del cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Angeles!”. Recuérdese que el Opus Dei ha puesto bajo la protección de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael los apostolados que sus miembros realizan con todo tipo de personas de toda condición social, casados, solteros, jóvenes, adultos».

Monseñor Del Portillo recordó que el fundador, antes de atravesar una puerta, se detenía un instante (de modo imperceptible, salvo para los poquísimos que estaban al tanto de esa costumbre suya), para ceder el paso a su Angel custodio, con el que contaba como diligente e infalible secretario en las cosas espirituales. Y no sólo para lo espiritual: «Ten confianza con tu Angel Custodio. -Trátalo como un entrañable amigo -lo es- y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día», dice el punto 562 de Camino.

Camino, Surco y Forja -esa trilogía fundamental en la espiritualidad del Opus Dei- dedican más de treinta puntos a los ángeles en general y a los ángeles custudios en particular: a su benéfica misión, a la necesidad de honrarles y venerarles, «aprovechándose» de ellos.

Como observó Monseñor Del Portillo, también en esto el beato era el primero en practicar su consejo: «piedad de niños y doctrina de teólogos».

En efecto, para la fe católica de siempre, la existencia y el papel de los ángeles son «doctrina cierta de la Iglesia». Sin embargo, en el Catecismo de los jóvenes publicado después del Concilio, en 1979, por la Conferencia episcopal italiana y redactado en la jerga de la época, desapareció toda mención a los ángeles. También a esos ángeles custodios que tanta parte tuvieron en la pedagogía que usaron todos los santos y a los que el sensus fidei del pueblo cristiano ha manifestado tanto aprecio, para recompensar la afectuosa atención de Dios por sus criaturas humanas, a las que ha considerado dignas de ser acompañadas del nacimiento a la muerte por semejante amigo y ayudante sobrenatural.

Si en el «catecismo para jóvenes» la censura de los ángeles ha sido total (considerados indignos, o al menos no necesarios, por los «expertos académicos de pastoral» en la presentación de la fe a las nuevas generaciones), en el Catecismo para adultos -quinientas sesenta densas páginas que quién sabe cuántos habrán leído-, su mención se retiró del texto y fue relegada como cosa menor a un apéndice, en una vergonzante «nota teológico-pastoral» donde entre otras cosas se dice: «Son figuras que se han hecho extrañas a la cultura de nuestro tiempo y a la mentalidad común imperante». Ninguna mención, ni siquiera a pie de página, a los ángeles custodios, convertidos en «figuras extrañas». Como si, en un planteamiento de fe, cada verdad dependiera de la aceptación de la «mentalidad común» mayoritaria en cada momento. Como si el Credo fuese objeto de los mudables y onduleantes «índices de audiencia»…

De acuerdo con su estilo, el Opus Dei no se enzarzó en polémicas, sino que -según el consejo de los espiritualesprefirió mantener encendida la lámpara que «combatir los errores». Sin embargo, durante estas décadas de bandazos que esos catecismos «oficiales» testimonian de un modo impresionante, en la formación de los suyos se resistió a la liquidación.

Nacida en el día de los Santos Angeles custodios mientras sonaban las campanas de Nuestra Señora de los Angeles, la Obra se ha mantenido firme. Sin polemizar, pero también sin ceder, y utilizando sin dudar cuando era necesario el catecismo de Trento o el llamado «de san Pío X», que muchas librerías católicas vendían a cientos, pero guardándolo bajo el mostrador, como si fuese un libro pornográfico. Con energía y decisión, no consideró que estas verdades teológicas fuesen el resultado de una devoción anacrónica ni alienante, como decían algunos, haciéndose eco de falsedades de cuño marxista o liberal.

No queda más remedio que reconocer que la evolución más reciente del catolicismo les ha dado una vez más la razón. Treinta años exactos después de la apertura del Concilio, en octubre de 1992, el Papa aprobó el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, en el que los ángeles vuelven por la puerta grande. Con palabras clarísimas, desde el comienzo de los parágrafos que se les dedican: «La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición».

Y vuelven también, naturalmente, los ángeles custodios, tan importantes y queridos no sólo para el beato Escrivá, sino para todos los católicos que le precedieron. Señala el nuevo Catecismo: «Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión». Y a continuación, cita -entre los infinitos textos posibles- un fragmento de un Padre de la Iglesia, San Basilio de Cesarea: «Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida». ¡Exactamente lo que decía Escrivá a los suyos para que actuasen en consecuencia!

Se trata de la enésima confirmación de lo que le gusta repetir a un amigo mío, historiador de profesión: «hay una receta infalible para ser modernos y vanguardistas, en la Iglesia y fuera de ella. Basta permanecer firme en la Tradición, en la auténtica tradición: no abandonar la compañía de los antiguos, y esperar. Antes o después, la historia les redescubrirá y entonces tú -considerado anacrónico y reaccionario hasta la víspera- serás aclamado como el profeta que supo ver de lejos…».

Con la misma firmeza, la Obra ha defendido también la doctrina de la Iglesia en el campo de la mariología, no tanto en proclamas polémicas, sino en la discreción pragmática de la formación interna.

No pretendo seguir por sendas teológicas, ni proporcionar el borrador de un manual de catequesis. Basta con señalar el puesto de primer orden que el fundador del Opus Dei dio a Nuestra Señora. Un ejemplo entre mil, el punto 494 de Camino: «Sé de María y serás nuestro»; o sus exhortaciones: «Mete a la Virgen en todo y para todo. No olvides que el Hijo no puede negar nada a su Madre». Este puesto no se explica sólo por su devoción; y menos aún por un sentimentalismo dulzón, del que se distanció siempre este propagador de un cristianismo «varonil» (también para las mujeres, que están en primera fila, como señala el punto 982 de Camino: «Más fuerte la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor»). Un cristianismo donde la humildad convive con la audacia, la ternura con el vigor de carácter y la fuerza de voluntad.

El lugar confiado a María no es, por tanto, ninguna concesión de beata, sino la conciencia de una realidad que -resumida crudamente en pocas líneas- podría sintetizarse así: sin esa raíz de carne que es el útero de una mujer en la que se realiza (en sentido verdadero y pleno) la encarnación de Dios, el cristianismo se reduce a una deletérea e ineficaz «Palabra», se convierte en una especie de globo aerostático a merced de los vientos, hinchado por gases tóxicos de un «espiritualismo» de aspecto noble y «religioso», pero que suprime la indispensable «materialidad» de la fe del evangelio. Así lo expresa Escrivá en su homilía «Amar al mundo apasionadamente»: «El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carne- se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu».

No sólo los místicos, también los teólogos han sostenido siempre que «María es enemiga de cualquier herejía». La reflexión sobre esta «raíz de carne» muestra que concederle un puesto orgánico en el Credo -sin reducirla pues a objeto de una devoción facultativa, a una especie de optional para quien disfrute con los sentimentalismos- protege las verdades fundamentales de la cristología.

Cuando la estructura institucional de la Iglesia y hasta su edificio de fe pareció en peligro por el vendaval de la contestación, no fue una casualidad que Escrivá decidiera exponerse, salir al descubierto con gestos significativos. Hasta entonces había salido poco de Roma, limitando sus viajes lo más posible, de acuerdo con su programa de edificar la Obra apareciendo lo menos posible, trabajando para formar «jefes» sin ser considerado uno de ellos. En el umbral de los setenta años, comenzó una serie de peregrinaciones a los santuarios marianos europeos y americanos más venerados: Lourdes, Fátima, El hilar, Einsiedeln, Guadalupe…

Y no sólo esto: impulsó la construcción del santuario de la Obra, en la remota Torreciudad (donde, siendo un niño de dos años, fue llevado por sus padres para cumplir un voto por su curación), para constituir -en otro lugar de presencia mariana- una especie de baluarte de la resistencia ortodoxa, un muro que protegiese todo el Credo, a través de la renovación de la devoción mariana, de la que desconfiaban catedráticos de teología e incluso algunos obispos. Eran los años en los que el episcopado parecía rechazar incluso la convalidación de los milagros de Lourdes, y en los que se recomendaba leer el Magnificat, incoado por María en el evangelio de Lucas, como un «canto de guerrilla por la liberación política y económica de los oprimidos por el capitalismo»…

Era lógico entonces que la tarea de formación espiritual y teológica del Opus Dei haya mantenido y mantenga el lugar que desde siempre correspondió a la Virgen; y que seguirá ocupando, si el catolicismo sigue mereciendo ese nombre. No en vano el fundador quiso que el Opus Dei se caracterizase siempre, desde los comienzos, por dos notas: «romano» y «mariano».

Navarra, punto de partida

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Universidad de Navarra

El 4 de octubre llega el Padre a Pamplona. La Universidad cuenta ya con los edificios apropiados para cada Facultad; los Colegios Mayores levantan su estructura sobre el Campus, que aparece verde, cuidado, como un toque de suavidad junto a la arquitectura de piedra.

El Fundador va a ofrecer una parte de su tiempo en Pamplona a los profesores de esta Universidad. En un solemne acto académico, confiere el grado de doctor honoris causa a los profesores Ourliac, profesor de Historia del Derecho en las Universidades de Montpellier y Toulouse; el Marqués de Lozoya, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad Complutense; Letterer, profesor de Patología General. Los tres de gran prestigio en el campo del derecho medieval, de la historia del arte o de la investigación genética.

Cuando impone los birretes a los nuevos doctores honoris causa, las normas del protocolo no impiden que se manifieste su condición de afectuosa solicitud.

Habla a los cientos de personas que asisten, durante estos días, al V Consejo de Delegados de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Y atiende con igual dedicación y esmero, a campesinos llegados de los pueblos de la Ribera, del Roncal, Baztán y la Rioja. A las empleadas del hogar, enfermeras y asistentes sociales. A grupos de estudiantes españoles y extranjeros que han venido para saludarle. También los sacerdotes y religiosos ocupan, como siempre, un lugar preeminente en su atención: varios centenares escucharán sus palabras de reciedumbre y optimismo cristiano. Acuden asimismo las autoridades provinciales y locales, incluidas las eclesiásticas, que serán testigos de su afecto y agradecimiento.

Durante su estancia en Pamplona vive en el Colegio Mayor Aralar, y emplea las últimas horas del atardecer en charlar con los universitarios. Lo hace con la misma juventud de ánimo con que abordaba los problemas en aquellos años de su licenciatura, en las aulas de la Facultad de Derecho de Zaragoza.

Grupos de estudiantes nigerianos, alemanes, latinoamericanos, franceses… se reúnen en estas tertulias.

Días después llegarán cartas agradeciendo las atenciones recibidas. Como este profesor de Física, que escribe desde Rennes:

«Este viaje a Pamplona ha sido algo encantador. Gracias a la Obra -caminos se abren en medio de las montañas-, me siento arrastrado irresistiblemente. Con tu ayuda espero responder a Dios con generosidad»(2).

Durante las reuniones -masivas-, que tienen lugar en los Colegios Mayores de la Universidad, sabe dar doctrina en un tono familiar amable, lleno de humor, que pone una nota de alegría en el ambiente. El silencio y la risa subrayan los momentos de sus tertulias: porque pasa, sin transición, de la exigencia seria, grave, a la gracia que cambia repentinamente el clima. Millares de personas guardarán un recuerdo imborrable.

Estas charlas son todo menos un sermón. Tampoco un escenario triunfalista. El Padre sabe pedir con naturalidad; recordar a los cristianos la honda singladura en que están embarcados. Para cada uno tiene la ambientación adecuada: algo así como una parábola cambiante según la condición y el momento. A los campesinos les pregunta por su trabajo, por las preocupaciones de su vida, por los problemas que acucian su jornada:

-«Tú sabes que hay personas a las que yo quiero mucho, en diversas partes del mundo, haciendo una gran labor en el ambiente campesino, con las Escuelas Familiares Agrarias, por ejemplo, y con tantas otras iniciativas de promoción social. No es para alejar a la gente del campo, sino para facilitarles los medios de llevar una vida espiritual y económicamente sana. Tenéis pleno derecho» (3).

Se refiere el Padre a las EFA, creadas con proyección internacional, como centros de formación permanente y de promoción rural. En ellas, el agricultor tiene el máximo protagonismo y las enseñanzas teórico-prácticas se adaptan al medio concreto sobre el que han de trabajar los campesinos.

La participación de jóvenes y adultos, la práctica del trabajo en equipo y la experiencia multidisciplinar de los técnicos y profesionales agrarios que imparten estas enseñanzas han hecho de más de medio centenar de Escuelas Familiares Agrarias, repartidas por todo el mundo, una realidad de importancia incuestionable a nivel personal y social.

En el Instituto de Enseñanza Media y Formación profesional Irabia situado en el barrio obrero de la Chantrea, habla con los profesores y padres de alumnos. El barrio acoge una población flotante, una emigración dentro de la Península. Hay representación de otras regiones españolas, ya que la mano de obra acude a Navarra en busca de un más alto nivel de vida. Son trabajadores que tratan de sacar sus familias adelante después de haber dejado su terruño natal.

Junto a su derecho al trabajo y al respeto de todos, les recuerda que Jesús, un obrero manual, está esperando la santidad… de sus hermanos los hombres. En primera fila está sentado hoy Félix, que es ciego. Sus hijos estudian en Irabía y él es Cooperador del Opus Dei. De pronto levanta su voz:

-«Padre, yo no conozco a mis hijos… ».

El Fundador se inclina hacia él:

-«Sí los conoces, hijo mío. Tú tienes mucha luz, ¿oyes?

Tienes mucha luz de Dios (…). No la rechaces. Recibe siempre con cariño la luz del Señor. Tú tienes más vista que nadie»(4).

Y sabe pedir, también, los medios materiales para llevar a cabo las labores apostólicas. El domingo 8 de octubre habla, en el Colegio Mayor Belagua, con profesores, bedeles, encargados de la limpieza, personal administrativo…

«En estos momentos, en otro sitio, hay reunidas cuatrocientas personas, tratando de encontrar dinero para que todos vosotros podáis salir adelante. Porque la Universidad -lo sabéis como yo- no se sostiene sola. Cuantos más alumnos hay, mejor y peor: mejor, porque hacéis una magnífica labor con estas criaturas. Peor, porque hay más gastos y aumenta el déficit (…).

Vamos a encomendarles para que acierten y saquen cuartos. Ya sabéis que, en la medida de lo posible, no se os paga a nadie por debajo de otras instituciones. Yo querría que ganarais algo más (…).

¿Perdonáis que os haya dicho esto? Es que traigo encima la preocupación de esos cuatrocientos… ».

Pero no quiere que las dificultades económicas frenen las ambiciones buenas:

«Tened miras amplias… Buscad lo mejor para vuestra Facultad, para vuestra Escuela, para vuestro Instituto. Y si os dicen que no hay dinero, insistid. ¡Saldrá! No hemos dejado nunca de hacer nada porque faltara el dinero. No hubiéramos llevado a cabo nada, en ese caso»(5).

Apoyado en la anécdota inmediata de cualquier pregunta, expone de modo diáfano y estimulante el espíritu del Opus Dei. Subraya la necesidad del trabajo serio y profundo. De la perfección en los pequeños detalles que hacen impecable al trabajo total. De la paz de espíritu en el estudio y la investigación, sabiendo que Dios está en el horizonte de todo conocimiento temporal.

En el discurso que ha pronunciado en el acto de investidura de los nuevos Doctores, dice:

«Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa… » (6).

Concluye la estancia del Padre en Navarra. Docenas de coches toman el camino de regreso a Logroño, Vitoria, San Sebastián, Tudela, Miranda… Algunos han de cruzar fronteras para volver a su país.

Antes de partir, Monseñor Escrivá de Balaguer se acerca a la ermita donde permanece vigilante la Virgen que preside el Campus. Aquí está, con la serenidad grabada en el mármol. Desde su emplazamiento se pueden ver los edificios que ha levantado esta siembra de esfuerzo y de fe.

“Sin miedo a la vida”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Pero sería falso pensar que el Fundador del Opus Dei recurría a la filiación divina sólo en los momentos difíciles. Al contrario, ser ‑saberse‑ hijo de Dios era una realidad tan profunda, que penetraba toda su vida. Escribía en Consideraciones Espirituales: Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos. Y nunca dejó de insistir en la necesidad de pararse a pensar frecuentemente, cada día, en esta gran realidad. Porque saberse hijo de un Padre que es Dios, además de consolar, estimula a una conducta mejor. Lo refleja bien esta otra conside­ración espiritual de 1934:

Los hijos… ;Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!

Y los hilos de Reyes, delante de su padre el Rey, ;cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!

Y tú… ano sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre‑Dios?

Mons. Escrivá de Balaguer dirigía estas enseñanzas a todos, también a los socios del Opus Dei. El 24 de mayo de 1974, les decía en Sáo Paulo:

‑El Señor quiere que estemos en e1 mundo y que lo amemos, sin ser mundanos. El Señor desea que permanezcamos en este mundo ‑que ahora está tan revuelto, donde se oyen clamores de lujuria, de desobediencia, de rebeldías que no llevan a ninguna parte‑, para que enseñemos a la gente a vivir con alegría. La gente está triste. Hacen mucho ruido, cantan, bailan, gritan, pero sollozan. En el fondo del corazón, no tienen más que lágrimas: no son felices, son desgraciados. Y el Señor, a vosotros y a mí, nos quiere felices.

Para casi todos los presentes, era la primera vez en su vida que estaban junto al Fundador del Opus Dei, y quizá no imaginaban la capacidad de Mons. Escrivá de Balaguer para cifrar en dos palabras, como hizo entonces, la historia de una vocación bien vivida:

‑Seremos felices, si luchamos y vencemos. Cada uno de vosotros tiene una experiencia personal, como la tengo yo. Cada uno de vosotros sabe que, todos los días, hay una porción de batallas.

Y terminaba con una afirmación de optimismo:

‑Sé que todos estáis decididos a luchar. Sé que ninguno de vosotros es cobarde, que todos sois valientes, que no tenéis miedo…

Porque ‑no importa repetirlo‑ un hijo de Dios no puede

tener miedo… Saber que Dios es Padre hace serena la entrega y confiada la lucha interior. Este sentido de la filiación divina, siendo característica general de la vida cristiana, tomó, sin embargo, una forma peculiar e intensa en la vida del Fundador y del Opus Dei en un momento bien preciso de 1931:

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible ‑de lo que hoy contem­pláis hecho realidad‑, sentí la acción del Señor que hacia germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abbai Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía: la calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

Sucedió así, en un día de mucho sol, en un tranvía que había tomado en Atocha. Era una luz nueva, que iluminaba desde otro ángulo aquello que ya había visto claro el 2 de octubre de 1928: el cristiano puede ‑debe‑ ser santo en medio y a través de las cosas ordinarias de la vida ‑la profesión, la familia, los amigos‑, sin necesidad de salir de su sitio.

A esto se refería el Fundador del Opus Dei cuando enseñaba. a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y­ separada, la vida familiar, profesional y social, plena de peque­ñas realidades terrenas.

;Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.

Don Ricardo Fernández Vallespín ha relatado un casa práctico de cómo materializaba el Fundador del Opus Dei la vida espiritual. Antes de pedir su admisión en la Obra, don Ricardo había hecho la promesa ‑aún sin cumplir‑ de ir a la ermita de Sonsoles (Ávila) desde Madrid. Don Josemaría le dijo que, aunque podría dispensarle de ella, la cumpliría, y él le acompa­ñaría, pero haciendo la peregrinación de una manera distinta a como don Ricardo había pensado inicialmente.

Un día de la primavera de 1934 fueron de Madrid a .Ávila en tren. Les acompañaron José María González Barredo, y Manuel Sainz de los Terreros. Desde Ávila emprendieron el camino de Sonsoles rezando cinco misterios del Rosario; en la ermita rezaron otros cinco y, al regresar, los restantes. El camino era de tierra, polvoriento, aunque podían circular automóviles. Hay un momento en que se divisa la ermita, luego una pequeña colina la oculta, pero, siguiendo adelante, al acabar la cuesta, la ermita vuelve a aparecer. Pocos días más tarde el Fundador del Opus Dei, en una de las meditaciones que les dirigía, les hizo considerar que lo mismo ocurre en la vida interior. Hay temporadas en que no se ve la meta, y todo se hace “cues­ta arriba” Pero si eran fieles y dóciles, encontrarían el premio al coronar la cuesta, volviendo a ver. Y así tendrían paz y felicidad.

A Natividad González don Josemaría le contó la historia de Juan el lechero, ocurrida en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Juan repartía sus cántaras por el barrio, con un carro de mano. Don Josemaría, desde el confesonario, oía, siempre a la misma hora, un ruido que resonaba en el silencio de la mañana. Hasta que un día salió a ver qué pasaba. Y encontró a Juan, con sus cántaras, en la puerta de la iglesia. Entraba un momento y decía: ‑Jesús, aquí está Juan, el lechero. El Fundador del Opus Dei se pasó el día diciendo esta jaculatoria: ‑Señor, aquí está este desgraciado, este sacerdote desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero. Se había conmovido mucho. La ac­titud de aquel hombre del pueblo era una manera preciosa de hacer oración. Y aprendía de él, y empleaba la historia de Juan el lechero, para que las personas que trataba apren­dieran, también, a acercarse a la oración con esa naturalidad y confianza.

Otra escena se le quedó grabada a don Avelino Gómez Ledo, cuando, años después de su época en la residencia de la calle de Larra, se encontró casualmente por la calle al Fundador del Opus Dei. Fue cerca de la Plaza de Cibeles, por donde está el Banco de España. Don Avelino no tuvo duda de que el Padre ‑envuelto en su manteo, como si las propias vueltas del manteo le ayudasen a recogerse‑ iba rezando por la calle, unido con Dios, por la acera de aquel paseo madrileño.

Don Josemaría enderezó a muchas almas por caminos de vida interior, perfectamente normales, sencillos, recios, auténticos, también humanos, sin rarezas ni complicaciones. Toda su vida, toda su predicación, todo el espíritu del Opus Dei rebosa ese tono amable ‑no por ello menos exigente‑, consecuencia del trato filial con Dios. Basten aquí, como leve muestra, estas considera­ciones de Camino, que han ayudado a miles de hombres y mujeres a comenzar a hacer oración:

¿Que no sabes orar? ‑Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ;que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla (Camino, 90).

Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” ‑¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ;flaquezas!: y haci­mientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

En dos palabras: conocerle y conocerte: “;tratarse!” (Camino, 91).

Cuando alguno le decía que se encontraba frío, que nada sentía, que ir a Misa, rezar, ofrecer a Dios el trabajo o hacer un rato de oración en ese estado, le parecía una comedia, Mons. Escrivá de Balaguer proponía ‑con palabras muy parecidas a las que siguen‑ la deliciosa e ingenua historia de aquel juglar de las Cantigas del Rey Alfonso, que, movido por el deseo de amar más a Dios, ingresó en un monasterio.

Día tras día, el titiritero rebuscaba en su escaso haber, para hallar alguna excelencia con que honrar a la Santísima Virgen, como hacían los otros frailes, con su estudio, con su voz, con su,, manos. No tenía letras, ni sabía hacer nada aquel fraile. Y un di,¡ sus pensamientos le hicieron sonreír. En el mundo, aunque pobremente, él se ganaba la vida con unas habilidades aprendi­das desde niño: tiraba unos bolos al aire, daban volteretas, y loes recogía todos, sin caérsele ninguno. Y reían los niños y se entretenían los mayores. Al fraile ‑así pensaba‑ le parecía desproporcionado ganarse el cielo con lo que antes se ganaba la vida. Pero no quena ganar nada ahora: sólo honrar a la Señora… Por las noches, salía a hurtadillas de su celda, y se ponía delante del rostro maternal y comprensivo de la Virgen. Daba volteretas N sus dedos trenzaban mil juegos de manos. Hasta que un día le descubrió el Superior. Pero nada le dijo. Y el fraile titiritero continuó haciendo oración, a su manera.

No os escondo ‑puede leerse en una homilía pronunciada el 5 de abril de 1964‑ que, a lo largo de estos años, se me han acercado algunos, y compungidos de dolor me han dicho: Padre, no sé qué me pasa, me encuentro cansado y frío; mi piedad, antes tan segura y llana, me parece una comedia… Pues a los que atraviesan esa situación, y a todos vosotros, contesto: ¿una comedia? ;Gran cosa! El Señor está jugando con nosotros como un padre con sus hijos.

(…) Quédate tranquilo: para ti ha llegado el instante de participar en una comedia humana con un espectador divino. Persevera, que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, contemplan esa comedia tuya; realiza todo por amor a Dios, por agradarle, aunque a ti te cueste.

;Qué bonito es ser juglar de Dios! ;Qué hermoso recitar esa comedia por Amor, con sacrificio, sin ninguna satisfacción personal, por agradar a Nuestro Padre Dios, que juega con nosotros! Encárate con el Señor, y confíale: no tengo ningunas ganas de ocuparme de esto, pero lo ofreceré por Ti. Y ocúpate de verdad de esa labor, aunque pienses que es una comedia. ;Bendita comedia! Te lo aseguro: no se trata de hipocresía, porque los hipócritas necesitan público para sus pantomimas. En cambio, los espectadores de esa comedia nuestra ‑déjame que te lo repita‑ son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Virgen Santísima, San José y todos los Ángeles y Santos del Cielo.

Juglar a lo divino, escribía de Mons. Escrivá de Balaguer el poeta José Ramón de Dolarea, en un periódico peruano de la ciudad de Piura (El Tiempo, 14 de julio de 1975). Porque ante miles de personas hizo de juglar de Dios, en los años setenta, como le vimos en Barcelona, el 25 de noviembre de 1972:

El gimnasio de la Escuela Deportiva Brafa había sido convertido en auditorio. Cerca de 4.000 personas estaban allí aquella tarde, todas jóvenes. Se sucedían las preguntas. Desde el fondo, uno se refirió al peligro de “volverse blandos, como el requesón”, en vez de ser duros, para poder responder al Señor cuando pide cosas que exigen sacrificio. Y el Fundador del Opus Dei se apoyó en el ejercicio, en el deporte que se hace en Brafa. Y en las recientes Olimpiadas… Se encontraba en tierra italiana, a unos cuatro kilómetros de Suiza, y las veía a veces por televisión.

Empezó a describir ‑ a revivir‑ las aventuras y desventuras del saltador de pértiga: primero se medía, miraba; luego se concen­traba, se relajaba; finalmente saltaba y volvía con la cabeza gacha. Y otro intento, y otro fracaso. Hasta que al fin podía. Los gestos de Mons. Escrivá de Balaguer imitaban, con mucha gracia, los movimientos y las expresiones que tantas veces habíamos visto en los atletas. La gente seguía, entre divertida y embebida, la “representación”. Perdonadme si hago un poco… el juglar de Nuestro Señor. Porque, al final, ;podían! Pues, nosotros, con la gracia de Dios, que es la mejor pértiga, y la única pértiga que tiene el cristiano, nos saltamos lo que sea. Y nos endurecemos. Y hacemos las maravillas que hacen estas criaturas aquí.

No es fácil encontrar un modo más natural, amable, divertido y exigente de urgir a la lucha interior, con don de lenguas, a la gente joven. Ese cuadro del saltador de pértiga es buena muestra de la pedagogía deportiva de la lucha ascética tan característica del espíritu del Opus Dei, del ascetismo sonriente connatural a Mons. Escrivá de Balaguer, a todo auténtico hijo de Dios.

Proponía un modo de esforzarse por hacer la voluntad de Dios que, de hecho, venía a dar un giro copernicano en el planteamiento convencional de la lucha interior. Durante años ‑incluso, siglos‑ muchos escritores ascéticos y directores de almas habían de ordinario cargado las tintas en los aspectos negativos del cristianismo. Se insistía demasiado en el cumpli­miento del deber a palo seco, por miedo a la sanción divina que todo pecado lleva consigo. Se olvidaba habitualmente, en la práctica, que el cristiano es hijo de Dios, y que un hijo debe a su padre piedad, reverencia, afecto, e incluso temor: pero temor filial ‑explicaba Mons. Escrivá de Balaguer‑, pena por el disgusto que se le da, nunca miedo, en el sentido literal y usual del término.

Se entiende que a los primeros que se acercaron al Fundador del Opus Dei, esa insistencia en la alegría de los hijos de Dios les diera paz interior, serenidad, para afrontar con luces radicalmen­te diversas, las peleas que ‑cara a Dios‑ tenían que batallar en medio del mundo, en su trabajo, en su casa, en plena calle. La filiación divina traía nuevo sentido a la oración, a la vida de piedad, al sacrificio, al servicio a los demás, a la fraternidad, al apostolado, a las penas y a las preocupaciones, a los triunfos y a las derrotas, al pasado y al futuro.

De un modo muy especial, centraba la posibilidad de santificarse en la vida ordinaria, sin salirse del mundo, sin tener tampoco miedo al mundo, porque Jesucristo había rogado a su Padre: “No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (lo., XVII, 15). El cristiano debía considerar el mundo como creación divina, algo salido de las manos de Dios Padre, que entregaba a sus hijos como heredad (cfr. Ps., II, 8). Era, por tanto, bueno, salvo que los hombres lo hiciésemos malo por el pecado, precisaba el Fundador del Opus Dei.

Desde esta perspectiva, es más fácil comprender que todos los enfoques apostólicos de Mons. Escrivá de Balaguer fuesen siempre positivos, nunca negativos. El realismo ‑la comproba­ción de la realidad del mal en el mundo‑ no le llevaba a pesimismos derrotistas. Porque, fiado en Dios, no tenía miedo a nada ni a nadie. Y quien no tiene miedo no ve enemigos. De ahí que repitiera siempre que el Opus Dei no es anti‑nada, ni anti‑nadie. Todo su apostolado podía resumirse en una frase bien gráfica: ahogar el mal en abundancia de bien.

Con los años, personas que sin ser de la Obra la miraban con afecto, la contemplarían como una posible solución contra esto o aquello: todo en función de los grupos o movimientos a que esas personas, con toda su buena fe, achacaban los males de la religión o de la Iglesia. Igual da que fuese la masonería o el comunismo, la Institución Libre de Enseñanza ‑en el caso de la Universidad española en el primer tercio del siglo XX‑, o el más frío laicismo de otros países. Pero no era ése el espíritu del Fundador del Opus Dei, que ya en 1934 había escrito, en la primera de sus Consideraciones Espirituales:

Que tu vida no sea una vida estéril. ‑Sé útil. ‑Deja poso. ‑Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. ‑Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que lleva! en el corazón.

Cuarenta años después, seguiría manteniendo esta idea central con palabras distintas:

No tengas miedo al mundo paganizado, porque el Señor nos busca justamente para que seamos levadura, sal y luz en medio de este mundo. No te preocupes, que el mundo no te hará daño, a no ser que a ti te dé la gana. Ningún enemigo de nuestra alma puede nada, si nosotros no queremos consentir. Y no consentire­mos, con la gracia de Dios y la protección de Nuestra Madre del cielo.

Sed piadosos. Sed rezadores. Una vez, estaba yo preocupado por las circunstancias de una nación determinada, y decía: Dios mío, ¿qué pasará allí? Justamente porque el ambiente era muy malo. Y vino uno de los Directores y me dijo: Padre, esté tranquilo, porque somos muy rezadores. (…) Sed rezadores, y no tengáis miedo del mundo paganizado. Quitaremos el paganismo del mundo, con la oración.

Pero no hay que pensar sólo en los riesgos de un ambiente hostil. Muchas veces, lo que dificulta la vida cristiana no son los grandes enemigos de fuera, sino simplemente la premura de tiempo, el agobio que deriva del exceso de trabajo o del pluriempleo, el sentir como una incapacidad física para llegar a todas las cosas. Hay momentos en que uno puede dejarse llevar por el nerviosismo, y perder el punto de mira, el norte sobre­natural, que debe dirigir todo lo que se hace, también lo más humano.

Ese desasosiego roba la presencia de Dios y puede romper la perspectiva, de tal manera que se llegue a pensar que no tiene sentido dejar un trabajo muy urgente para dedicar en exclusiva unos minutos a la oración, a la vida de piedad… Se pierde entonces, no sólo la oportunidad de santificar el propio esfuerzo, sino que, en la práctica, y no es paradoja, disminuye la eficacia en el trabajo, el aprovechamiento del tiempo.

Por eso, el Fundador del Opus Dei, que tanto sabía de urgencias en su trabajo, no dejaba pasar una: si para los pa­dres de familia su trabajo más importante tenía que ser la dedi­cación a sus propios hijos, enseñó a todos que para un hijo de Dios la vida de piedad, el trato con el Padre, era siempre el tra­bajo más urgente, el más importante, el único que no podía diferirse.

Quedaba muy claro en aquellas palabras que pronunció en una homilía bien conocida, la del & de octubre de 1967. en el campus de la Universidad de Navarra:

Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santa­mente la vida ordinaria…

Espiritualidad del sacerdocio

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Capítulo del libro “Escritos sobre el sacerdocio”, de D. Álvaro del Portillo (Palabra, 1990)

Santificación y espiritualidad

Consagración y misión sacerdotal

La vida espiritual del sacerdote

Elementos capitales de la vida espiritual del sacerdote



Traslado a Burgos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El 7 de enero de 1938, Escrivá dejó Pamplona. Indicó a Botella y Casciaro que hicieran todo lo posible para que les enviaran a Burgos. Pasó por Vitoria y llegó a Burgos el día 8. Empezaba una nueva etapa en la vida del Opus Dei. Después de un año y medio de forzosa inactividad era preciso reconstruir el apostolado y poner los fundamentos de la nueva expansión. La primera tarea de Escrivá fue escribir una larga carta a los miembros de la Obra para ofrecerles “luces y aliento, y medios, no sólo para perseverar en nuestro espíritu, sino para santificaros con el ejercicio del discreto, eficaz y varonil apostolado que vivimos, a la manera del que hacían los primeros cristianos”[1].

El 9 de enero de 1938 les escribía: “No hay imposibles: omnia possum… ¿Olvidaréis nuestros diez años de consoladora experiencia?… ¡Vamos, pues! ¡Dios y audacia!”[2]. Les invitó a atender a su vida espiritual a través de la oración, mortificación y presencia de Dios y a meditar frecuentemente en la realidad de ser hijos de Dios, que no estaban solos, sino que eran “eslabones de una cadena”[3].

El sentido de comunión de unos con otros y con él es un tema recurrente en la carta. Su amor por la Obra debía manifestarse, les dijo, en la preocupación por el Padre y por sus hermanos en el Opus Dei. Les urgió a vivir “cada día, con especial interés, una particular Comunión de los Santos”[4] con los demás miembros de la Obra. Les sugirió que se propusieran rezar por él, sacrificarse por él y unirse a él. Al mismo tiempo les pidió que pusieran en práctica unos con otros el consejo de San Pablo a los Gálatas: “Con respecto al Padre: orar por él, sacrificarme por él, unirme en todo a él. Con respecto a mis hermanos: poner en práctica la doctrina, tantas veces inculcada: alter alterius onera portate, et sic adimplebitis legem Christi”[5]. Y también les animó a mantener correspondencia, “aunque no tengas nada que decir”[6], con él y los demás de la Obra. Y se ofrecía: “Si te hago falta, llámame. Tienes el derecho y el deber de llamarme. Y yo, el deber de acudir, por el medio de locomoción más rápido”[7].

Para ayudarles a aprovechar el tiempo, les animó a estudiar lenguas extranjeras y, cuando fuera posible, a realizar algún trabajo profesional o artístico. Volviendo al apostolado, les trazó un posible plan:

“1. Tu vida interior, que obtiene gracia para que sea eficaz el trabajo de los que estamos libres.

2. Tu buen ejemplo, con virilidad.

3. Busca un amigo, o dos o tres. Más, no. Y que cada uno de estos amigos busque a otro, para llevarlo por nuestro camino. No me digas que no puedes: dime, mejor, que no pones los medios.

4. Escribe a nuestros chicos de San Rafael o a los nuestros de San Gabriel: y llévalos a la frecuencia de Sacramentos; al amor a la Obra; al proselitismo; y a ayudar, ahora, económicamente nuestra empresa sobrenatural.

5. Procura mover, a nuestros amigos, a escribir quincenalmente a Burgos, y a hacer visitas periódicas al Padre: en cuanto pueda ser, se les recibirá en nuestra Casa de San Miguel en Burgos”[8].

Al final de la carta, les indicó que incluyeran una petición por el Padre en las preces de la Obra que les había enseñado.

En Burgos, Escrivá contrajo una fiebre persistente, con tos y ronquera, que le hizo temer que padeciera una tuberculosis. Nunca se había preocupado de su propia salud, pero lo contagioso de esa enfermedad haría imposible que siguiera tratando estrechamente a gente joven. Vallespín y Botella le convencieron para que consultara a un especialista del pulmón, a pesar de su reticencia a gastar dinero en sí mismo. Éste le dijo que, aunque no había contraído una tuberculosis, sí tenía un serio problema respiratorio y debía consultar al especialista de nariz y garganta. El doctor no pudo determinar la raíz de su persistente tos y fiebre y concluyó que, fuera lo que fuera su mal, estaba “en tierra de nadie”.

En la carta del 9 de enero de 1938, Escrivá dejaba entrever su deseo de alquilar un piso que les proporcionara un mínimo de intimidad y la independencia necesarias para recibir visitas. Aquel deseo, sin embargo, no se cumpliría. Burgos rebosaba con más del doble de su población habitual en tiempos de paz. Aun teniendo dinero, habría sido difícil encontrar algo. Albareda consiguió una pequeña suma, pero como decidieron gastar la mayor parte en un cáliz y un sagrario para el próximo centro de la Obra, dondequiera que estuviese, Escrivá y él se conformaron con una habitación en una pensión modesta.

Escrivá quería partir inmediatamente para ver a miembros de la Obra, antiguos residentes y estudiantes de DYA, y a los obispos de las ciudades por donde pasara. Antes necesitaba obtener un salvoconducto que le permitiera moverse libremente. En 1931 Escrivá había conocido al general Luis Orgaz, vecino de la familia a cuya casa había trasladado el Santísimo Sacramento durante la quema de conventos en Madrid. Le había visitado más tarde, mientras estaba en prisión por su participación en el fallido golpe de 1932. Orgaz estaba ahora destinado en Burgos como jefe de Instrucción y Reclutamiento. Escrivá también conocía al general Martín Moreno por una de sus hijas. Estos contactos, y las facilidades normalmente concedidas a los sacerdotes en la zona nacional, le permitieron obtener el pase que necesitaba. Durante enero y febrero viajó a Valladolid, Ávila, Bilbao, León, Zaragoza y Pamplona.

[1] AGP P01 1984 p. 85-86

[2] Ibid. p. 86

[3] Ibid. p. 88

[4] Ibid. p. 89

[5] Ibid. p. 90-95

[6] Ibid. p. 90-95

[7] Ibid. p. 96

[8] Ibid. p. 92-93

Primeros obstáculos

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá confiaba en que las inspiraciones y luces que recibió de Dios antes del 2 de octubre continuarían y le mostrarían cómo encarnar y poner en práctica lo que acababa de ver. Pero sucedió lo contrario; tras la visión del 2 de octubre, las inspiraciones cesaron y no se reanudaron hasta noviembre de 1929. Tanto para difundir el mensaje de la llamada universal a la santidad como para desarrollar el Opus Dei, Escrivá tenía que hacer frente a dos grandes obstáculos: una completa falta de recursos y la novedad de lo que predicaba.

El único recurso de Escrivá estaba en la oración. Era un sacerdote muy joven y recién llegado a Madrid. Conocía a pocas personas en la ciudad y no tenía una posición que le facilitara la tarea. Tampoco tenía dinero. Años después diría que, al principio, sus únicos recursos eran sus “veintiséis años, la gracia de Dios y el buen humor”[1]. Dos puntos de “Camino” reflejan su situación y actitud: “Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!”[2].

“Que eres… nadie. -Que otros han levantado y levantan ahora maravillas de organización, de prensa, de propaganda. -¿Que tienen todos los medios, mientras tú no tienes ninguno?… Bien: acuérdate de Ignacio: Ignorante, entre los doctores de Alcalá. -Pobre, pobrísimo, entre los estudiantes de París. -Perseguido, calumniado… Es el camino: ama y cree y ¡sufre!: tu Amor y tu Fe y tu Cruz son los medios infalibles para poner por obra y para eternizar las ansias de apostolado que llevas en tu corazón”[3].

La novedad del mensaje era un obstáculo mucho más importante que la falta de recursos. Cierto que, como diría más adelante, el mensaje era “viejo como el Evangelio”[4]. El mismo Cristo había dicho a sus seguidores “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat. 5:48) y san Pablo había dicho a los primeros cristianos de Tesalónica: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (1 Tes. 4.3). Al menos desde la publicación de la “Introducción a la vida devota”, de San Francisco de Sales, la teología católica había reconocido que, en teoría, los laicos, hombres y mujeres, pueden tener una intensa vida espiritual que les lleve a la plenitud del amor de Dios y del prójimo que es la santidad.

Y sin embargo el mensaje era, también en palabras de Escrivá, “como el Evangelio nuevo”[5]. Pocos habrían negado que era teóricamente posible para los laicos alcanzar la santidad, pero menos aún propondrían la santidad en medio del mundo como un ideal alcanzable. Que un joven o una joven tuviera una vida espiritual más intensa, o incluso el deseo de servir a Dios seriamente, se solía considerar como señal inequívoca de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La mayoría de los sacerdotes nunca animaban a los laicos a esforzase seriamente por alcanzar la santidad en sus vidas de trabajo ordinario, como reflejo del convencimiento práctico de que lo más que se podía esperar de los laicos era el cumplimiento de sus deberes religiosos básicos. La santidad en medio del mundo podría ser un tema interesante para la especulación teológica, pero raramente era predicado ni propuesto como una meta alcanzable.

Dos sacerdotes que conocieron a Escrivá en los primeros años del Opus Dei, con el tiempo los dos serían obispos, dan testimonio de la novedad de su mensaje. Monseñor Laureano Castán Lacoma recuerda que en las primeras décadas del siglo XX “se hablaba poco de la llamada universal a la santidad”[6]. Incluso entre quienes habían estudiado Teología el tema era virtualmente desconocido. Monseñor Pedro Cantero Cuadrado, futuro arzobispo de Zaragoza, dice que al conocer a Escrivá en 1930 y 1931 “fue la primera vez que oí hablar de la santificación a través del trabajo ordinario”[7]. Si la idea de una dedicación personal y completa a la santidad en medio del mundo mediante la santificación del trabajo era extraña a los sacerdotes, lo era todavía más entre los laicos.

Así pues, era difícil que la gente entendiera a Escrivá cuando decía que “la santidad no es cosa para privilegiados (…); a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad”[8]. Aunque las palabras eran sencillas, la gente que oía hablar a Escrivá de un compromiso serio a la santidad y al apostolado pensaba instintivamente en hacerse sacerdote o en entrar en alguna orden religiosa. Apenas podían creer que lo que les sugería era que vivieran ese compromiso sin dejar su tarea o profesión ni el resto de su vida ordinaria.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 308

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. CAMINO. Ediciones Rialp. Madrid 2001. n. 473

[3] Ibid. n. 474

[4] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 61

[5] Ibid. p. 61

[6] Testimonio de Laureano Castán Lacoma. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 103-104

[7] Testimonio de Pedro Cantero Cuadrado. Ibid. p. 63

[8] Pedro Rodríguez, Fernando Ocáriz, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 30

Homilía en la Beatificación de Josemaría Escrivá

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Texto de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro durante la Beatificación de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

1. “Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22).

A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús, Jesús les dice: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24, 26).

En la primera Lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé «confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en la fe» (cfr Hech 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.» Por muchas generaciones a lo largo de los siglos, los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo camino que el Señor les había indicado. «Os he dado ejemplo» (Jn 13, 15).

2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus DeI, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana.

La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo, ella quiere ser dispensadora del misterio completo de su Redentor. Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su Resurrección.

La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén, anunciada por las palabras inspiradas del Apocalipsis de San Juan: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos» (Apoc 21, 3).

«Ahora hago el universo nuevo» (Apoc 21, 5), dice el Señor glorioso. El camino hacia la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa obligatoriamente aquí en la tierra por el mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son proclamados Beatos.

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría nos dice en una de sus Meditaciones tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra enseñaba , también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados.

5. En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado decía , porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía.» El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios», solía repetir.

6. La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su «madre morenita» así la llamaban una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión inquebrantable a la Iglesia. Al mismo tiempo, deseo una vez más dirigir una cálida exhortación a los responsables de la situación del Sudán, a fin de que lleven a término los ideales afirmados de paz y concordia; a fin de que el respeto de los derechos fundamentales del hombre y en primer lugar el derecho a la libertad religiosa sea garantizado para todos, sin discriminaciones étnicas o religiosas.

Preocupa enormemente la situación de cientos de miles de prófugos de las regiones meridionales, forzados por la guerra a abandonar casa y trabajo; recientemente han sido obligados a dejar también los campos, donde habían encontrado una cierta forma de asistencia, y han sido deportados a lugares desérticos e incluso se ha impedido el paso libre a los convoyes de ayudas de los organismos internacionales. Su situación es trágica y no puede dejarnos insensibles.

Exhorto vivamente a los organismos internacionales de asistencia que sigan enviando su ayuda benévola, necesaria y urgente.

Al saludar a la delegación de la iglesia del Sudán, presente en esta celebración, dirijo mi afectuoso recuerdo, junto con mi plegaria, a toda la Iglesia de aquel país: a los Obispos, al clero diocesano y misionero, a los laicos comprometidos en la pastoral, y también a los catequistas, colaboradores generosos y necesarios para la propagación de la verdad, de la palabra y del amor de Dios. Las poblaciones del Sudán siempre están presentes en mi corazón y en mis plegarias: las encomiendo a la intercesión de la nueva Beata Josefina Bakhita.

7. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros» (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de la Misa de hoy. En esta frase evangélica encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado, por caminos diversos pero convergentes en la misma y única meta, Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos ha amado y se ha dado a Sí mismo por cada uno de nosotros (cfr Gal. 2, 20).

8. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31): el misterio pascual de la gloria.

Por medio del Hijo del hombre esta gloria se extiende a todo lo visible y lo invisible: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado» (Ps 144, 10-11).

Dice el Hijo del hombre: «¿No era necesario que… soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?» Estos son los que de generación en generación han seguido a Cristo: «A través de muchas tribulaciones, ellos han entrado en el reino de Dios.»

«Tu reinado es un reinado perpetuo» (Ps 144, 13). Amén.

El secreto de una vida santa

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Testimonio de Manuel Garrido Bonaño, O. S. B. Profesor de Liturgia en la Facultad de Teología del Norte de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Mis primeros recuerdos sobre el Opus Dei datan de los años cuarenta. Fue entonces cuando leí por vez primera Camino, en una edición voluminosa que, creo, fue la primera con este titulo. El ejem­plar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo be leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura. Un amigo mío me los enviaba gene­rosamente junto con muchos ejemplares del Nuevo Testamento para ser distribuidos. Le sugerí que eso era una forma excelente de hacer apostolado. Mi amigo no pertenecía ni pertenece a la Obra, aunque la conoce bien y la aprecia.

Desde el primer momento comprendí la verdadera fisonomía del Opus Dei y simpaticé con esa Asociación. La he visto siempre como un gran movimiento apostólico con el fin de conducir a todos los hombres a vivir la vida cristiana lo más perfectamente posible, cada uno dentro de su propio estado, «camino de satisfacción en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano». Leía la hoja informativa del proceso de beatificación de Isidoro Zorzano, socio del Opus Dei, y me edificaba mucho lo que allí se decía. Por eso, cuando fui a fundar a Leyre, en 1954, siempre que iba a Pamplona visitaba la Cámara de Comptos Reales, donde funcionaba la Facultad de Derecho que allí tenía el Opus Dei. No hablaba con nadie. Iba allí sólo por simpatía. Y, sin embar­go, nunca me sentí llamado a pertenecer a la Obra, por la sencilla razón de que tenía y tengo vocación a la vida monástica benedictina.

Del fundador del Opus Dei yo conocía poca cosa. Pero por los frutos que producía, yo deducía que el árbol era bueno. Luego, sí; luego he leído mucho sobre el Opus Dei desde que tuve noticia del mismo.

Luego he tenido ocasión de seguir más de cerca la obra apos­tólica del Opus Dei como tal, o la que realizan algunos de sus socios, tanto los sacerdotes como los laicos y los sacerdotes diocesanos que pertenecen a la Obra. Todo ello me ha hecho ver que el Opus Dei es hoy en la Iglesia una fuerza espiritual.

Resulta difícil encontrar en la historia de la Iglesia una institución que a los cincuenta años de su fundación pueda presentar un panorama tan fructífero como el que presenta el Opus Dei en toda la tierra. Se vio esto en gran parte con motivo de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, en que, de todos los rincones del mundo, se elevó una gran ola de gratitud por los bene­ficios recibidos. Se comprende mejor esto cuando se han visto las películas de sus magníficas catequesis. ¡Qué acierto tuvieron los que las filmaron! Así somos muchos los que ahora hemos podido aprovecharnos de su doctrina y de su propio estilo de catequizar, en el que de una forma tan simpática, tan digna, tan espiritual y tan humana expone las cuestiones más intrincadas del dogma y de la moral. Las he visto varias veces y siempre me han edificado enor­memente. Sus homilías se leen ahora con verdadera fruición, como libro de oración, de meditación, como manual de pastoral y de consulta.

El secreto de todo esto está en su intensa vida espiritual. El Con­cilio Vaticano II ha sido para el Opus Dei una lluvia beneficiosa por eso mismo. Ha confirmado en no pocos puntos su misma fina­lidad y sus medios, pero también lo que es la base firme de todo el Concilio: la vida espiritual, aunque no siempre se tiene presente. La renovación principal que quiere el Concilio es la vida espiritual, las otras en tanto en cuanto se consigue o para facilitar el conse­guirlo. Paulo VI lo ha recordado multitud de veces en sus extraor­dinarias alocuciones o catequesis de los miércoles. Me parece que son el mejor comentario al Concilio y la más luminosa clave de su recta interpretación. Esto explica por qué el Opus Dei ha hecho y hace una labor tan excelente en la Iglesia y en el mundo, en con­sonancia con el Concilio.

Después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer se han hecho manifestaciones que revelan el secreto de su rica espiritua­lidad. No obstante su apariencia brillante, fue hasta el último ins­tante de su vida el grano de trigo que, enterrado, muere para dar lugar a una mies copiosa. Para algunos parecerá paradoja incom­prensible lo que afirman los testigos de la primera hora de la Obra: «El Opus Dei nació en los hospitales y barrios pobres de Madrid», acredita José Manuel Domenech de Ibarra (cfr Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei» Madrid 1977 pag 167). El día de San José de 1975 lo confiaba el fundador a los socios de la Obra «Fui a buscar fortaleza en los barrios mas pobres de Madrid- de         una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables que no tenían nada de nada…, fui a buscar los medios para hacer las obras de Dios en todos esos sitios. Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor… Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei «crecía para adentro sin darnos cuenta». Pero he querido deciros que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas» (Apun­tes, pág. 168). Antes lo había insinuado en el Colegio Tabancura de Santiago de Chile, el 2 de julio de 1974. Y en Lisboa en 1972, donde tuvo la feliz idea de manifestar el origen del núm. 208 de Camino. Sus palabras son de un valor grande y las transcribo íntegras: «Te encontrarás también con el dolor físico y feliz con ese sufrimiento. Me has hablado de Camino No me lo se de memoria pero hay una frase que dice bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción. ¡Me daba una envidia loca Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital moribunda y sola sin mas compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento hasta que murió. Y ella repetía, paladeando: bendito sea el dolor tenía todos lo dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor! El sufri­miento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón» (Apuntes, pág. 169). ¡Qué lástima que no haya dejado también el origen de los otros 998 números de Camino! Adivinamos que tal vez cada uno de ellos fue fruto de un hecho similar. No puede leer uno esos pasajes sin emoción. El Opus Dei ha nacido y se ha desarro­llado a golpes de azada. La incomprensión, la difamación, la calum­nia acompañó toda la vida del fundador del Opus Dei. Si el Opus Dei hubiera sido una obra meramente humana hace mucho tiempo que lo hubieran aniquilado, pero lo sostiene la gracia de Dios con la que tan fielmente colabora. Se comprende así el gran fruto espi­ritual que ha hecho y hace en las almas. Los datos hablan por si mismos: más de ochenta mil socios repartidos por todos los con­tinentes, con multitud de obras apostólicas en el campo de las letras, de la promoción social, en la pastoral, etcétera, etcétera. Oí decir no hace mucho a un arzobispo: si todos mis sacerdotes fuesen del Opus Dei no tendría conflictos en mi diócesis. Se nota hoy en la Iglesia donde actúan los socios del Opus Dei por el gran fruto espi­ritual que allí se da. Un misionero de África me indicó que la espe­ranza de la Iglesia está hoy en el Opus Dei.

Refiriéndose al fundador de la Obra, no hace mucho me recor­daba un destacado monseñor de la Curia Romana: «sufrió mucho». Resulta impresionante conocer que dos horas antes de morir decía en Castelgandolfo, el 26 de junio de 1975, a un grupo de asociadas del Opus Dei: «Hemos de amar mucho a la Iglesia, y al Papa, cual­quiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre» (Apuntes, pág. 238).

Como el grano de trigo… El lo recuerda en el núm. 199 de Cami­no: «Si el grano de trigo muere queda infecundo. – ¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien gra­nadas?– ¡Que Jesús bendiga tu trigal!».

Una de las grandes características de Monseñor Escrivá de Bala­guer es su intenso amor a la Iglesia. Amaba a la Iglesia en su tota­lidad y en sus diferentes manifestaciones particulares. Podríamos llenar páginas evocando doctrina y hechos en que manifiesta ese amor intenso por la Iglesia de Jesucristo. Habla del escapulario del Carmen como si fuera un fervoroso carmelita: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. Pocas devociones –hay muchas y muy buenas devociones marianas– tienen tanto arraigo entre los fieles y tantas bendiciones de los Pontífices. Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (Camino núm. 500). Incorpora a su Obra los hechos de la Iglesia más dispares y los propone como modelo. He aquí algunos ejemplos: «Por defender su pureza San Francisco de Asís se revolcó en la nieve, San Benito se arrojó a un zarzal, San Bernardo se zambulló en un estanque helado… –Tu, ¿qué has hecho?» (Camino, núm. 143). «Pero… ¿y los medios’? –Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…

– ¿A caso te parecen pequeños ?» (Camino, num 470) Y así multitud de veces, con respecto al sacerdocio a las ordenes religiosas a la liturgia, a las devociones a la pastoral No extraña que la revista milanesa Studi Cattolici al informar sobre la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer titulase esa información «Una vida para la Iglesia», como queriendo compendiar que el amor a la Iglesia dio sentido a toda la vida del fundador del Opus Dei. Se ha dicho que desde hace tiempo Monseñor Escrivá de Balaguer «con una pro­gresiva intensidad, ofrecía al Señor su vida y mil vidas que tuviera por la Iglesia Santa y por el Papa, sea quien sea. Este ofrecimiento era intención diaria de su Misa, era fervor continuo de su alma, era dolor de su corazón, era desvelo de su vida». « ¡Qué alegría–ex­cribió– poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino num. 518). Por eso recetaba pausadamente, saboreándolo, las palabras del Credo, «creo en la Iglesia. Una, Santa, Católica y Apostólica» (Camino, núm. 517).

Analizar los puntos principales de su rica espiritualidad supone una extensión ajena a este trabajo Algo se ha hecho ya, especial mente por don Pedro Rodríguez Monseñor Escrivá de Balaguer es por antonomasia el apóstol de la llamada universal a la santidad A él le dolía que en los calendarios litúrgicos casi todos los santos fuesen sólo clérigos o religiosos fuera de los mártires cuando en realidad ha habido muchos santos laicos aunque no hayan entrado en el calendario universal de la Iglesia En la oración de San Bredan monje irlandés del siglo VI que se divulgo mucho en el medievo se evocan diversas categorías de santos mártires, confesores, vírgenes, anacoretas, monjes y «sanctí clericí sancti laicí, sanctae uxores, sancti domini, sancti servi, sancti divites, sancti pauperes, sancti doctores, sancti fauctores». Siempre que he leído esa plegaria litánica he recordado a Monseñor Escrivá de Balaguer y a su Obra. Él expuso con todo el ardor de su corazón grande de apóstol la vocación universal a la santidad en todos los aspectos, fijándose principalmente en la grandeza de la vocación cristiana, en la filia­ción divina del cristianismo, en la afirmación cristiana del mundo, en la santificación del trabajo ordinario, en la proyección apostólica de todo discípulo de Cristo y en su unidad de vida, no compar­timentos estancos: ahora cristiano y luego profesor o tornero. A ello ha contribuido con su palabra y con sus escritos, pero de un modo especial con su obra más característica: Camino. Se ha pre­tendido querer rectificar algunas de sus consideraciones espirituales insertadas en ese magnífico libro que tanto bien ha hecho y hace a las almas. Pero la espiritualidad genuina del fundador del Opus Dei la da ese libro que se ha convertido en un clásico de la vida espiritual cristiana. Uno de los libros de espiritualidad más leídos en el siglo XX. Así lo muestra la multitud de traducciones y de edi­ciones desde que aparece en redacción reducida en Cuenca, en 1934, y en la edición definitiva de 1939 hasta nuestros días. No es un libro de gabinete, fruto de especulaciones teóricas. Refleja siempre una experiencia apostólica del autor. Por eso, pretender marginar ese libro precioso y eclipsarlo con las homilías y «con­versaciones» de Monseñor Escrivá de Balaguer me parece una gran temeridad, sin quitar nada de su valor a esas homilías ni a las «con­versaciones», que en realidad no completan ni perfeccionan a Cami­no. Son otra cosa y como tales hay que juzgarlas y no enfrentarías ni contraponerlas. Todas las consideraciones espirituales de Camino tienen un gran valor actual y siempre lo tendrán, incluso aquellas que parecen reflejo de unas circunstancias muy concretas y deter­minadas. Son Evangelio vivido en todos los momentos de la jornada.

No sólo he repartido docenas de ejemplares de Camino como antes he dicho, sino que no podía tener un ejemplar para mi uso, pues también ése repetidas veces he tenido que darlo porque me lo han pedido y yo veía que debía desprenderme de él para que hiciese un bien espiritual a otras personas. Para no estar sin él recurrí a la estratagema de que un gran amigo me regalase uno muy sencillo y dedicado. La dedicatoria me impediría darlo. Él me envió un ejemplar que había usado mucho en sus conferencias y en su lectura personal. Es el que tengo y con el uso no está ciertamente para regalarlo a nadie: una edición muy pequeña de bolsillo que me acompaña siempre.

Cuando después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer he leído u oído muchas «gracias» atribuidas a su intercesión -de algunas diría milagro, pero no quiero adelantarme al juicio de la Iglesia– no me extraña nada. Son los signos con los que Dios rubrica su gran santidad. Todos los días pido a Dios que esa santidad se proclame oficialmente lo más pronto posible.

3. “Sin miedo a la vida”

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Pero sería falso pensar que el Fundador del Opus Dei recurría a la filiación divina sólo en los momentos difíciles. Al contrario, ser ‑saberse‑ hijo de Dios era una realidad tan profunda, que penetraba toda su vida. Escribía en Consideraciones Espirituales: Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos. Y nunca dejó de insistir en la necesidad de pararse a pensar frecuentemente, cada día, en esta gran realidad. Porque saberse hijo de un Padre que es Dios, además de consolar, estimula a una conducta mejor. Lo refleja bien esta otra conside­ración espiritual de 1934:

Los hijos… ;Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!

Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ;cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!

Y tú… aun sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre‑Dios?

Mons. Escrivá de Balaguer dirigía estas enseñanzas a todos, también a los socios del Opus Dei. El 24 de mayo de 1974, les decía en Sáo Paulo:

‑El Señor quiere que estemos en el mundo y que lo amemos, sin ser mundanos. El Señor desea que permanezcamos en este mundo ‑que ahora está tan revuelto, donde se oyen clamores de lujuria, de desobediencia, de rebeldías que no llevan a ninguna parte‑, para que enseñemos a la gente a vivir con alegría. La gente está triste. Hacen mucho ruido, cantan, bailan, gritan, pero sollozan. En el fondo del corazón, no tienen más que lágrimas: no son felices, son desgraciados. Y el Señor, a vosotros y a mí, nos quiere felices.

Para casi todos los presentes, era la primera vez en su vida que estaban junto al Fundador del Opus Dei, y quizá no imaginaban la capacidad de Mons. Escrivá de Balaguer para cifrar en dos palabras, como hizo entonces, la historia de una vocación bien vivida:

‑Seremos felices, si luchamos y vencemos. Cada uno de vosotros tiene una experiencia personal, como la tengo yo. Cada uno de vosotros sabe que, todos los días, hay una porción de batallas.

Y terminaba con una afirmación de optimismo:

‑Sé que todos estáis decididos a luchar. Sé que ninguno de vosotros es cobarde, que todos sois valientes, que no tenéis miedo…

Porque ‑no importa repetirlo‑ un hijo de Dios no puede

tener miedo… Saber que Dios es Padre hace serena la entrega y confiada la lucha interior. Este sentido de la filiación divina, siendo característica general de la vida cristiana, tomó, sin embargo, una forma peculiar e intensa en la vida del Fundador y del Opus Dei en un momento bien preciso de 1931:

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible ‑de lo que hoy contem­pláis hecho realidad‑, sentí la acción del Señor que hacia germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abbai Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía: la calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

Sucedió así, en un día de mucho sol, en un tranvía que había tomado en Atocha. Era una luz nueva, que iluminaba desde otro ángulo aquello que ya había visto claro el 2 de octubre de 1928: el cristiano puede ‑debe‑ ser santo en medio y a través de las cosas ordinarias de la vida ‑la profesión, la familia, los amigos‑, sin necesidad de salir de su sitio.

A esto se refería el Fundador del Opus Dei cuando enseñaba. a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta, que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y­ separada, la vida familiar, profesional y social, plena de peque­ñas realidades terrenas.

;Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.

Don Ricardo Fernández Vallespín ha relatado un casa práctico de cómo materializaba el Fundador del Opus Dei la vida espiritual. Antes de pedir su admisión en la Obra, don Ricardo había hecho la promesa ‑aún sin cumplir‑ de ir a la ermita de Sonsoles (Ávila) desde Madrid. Don Josemaría le dijo que, aunque podría dispensarle de ella, la cumpliría, y él le acompa­ñaría, pero haciendo la peregrinación de una manera distinta a como don Ricardo había pensado inicialmente.

Un día de la primavera de 1934 fueron de Madrid a .Ávila en tren. Les acompañaron José María González Barredo, y Manuel Sainz de los Terreros. Desde Ávila emprendieron el camino de Sonsoles rezando cinco misterios del Rosario; en la ermita rezaron otros cinco y, al regresar, los restantes. El camino era de tierra, polvoriento, aunque podían circular automóviles. Hay un momento en que se divisa la ermita, luego una pequeña colina la oculta, pero, siguiendo adelante, al acabar la cuesta, la ermita vuelve a aparecer. Pocos días más tarde el Fundador del Opus Dei, en una de las meditaciones que les dirigía, les hizo considerar que lo mismo ocurre en la vida interior. Hay temporadas en que no se ve la meta, y todo se hace “cues­ta arriba” Pero si eran fieles y dóciles, encontrarían el premio al coronar la cuesta, volviendo a ver. Y así tendrían paz y felicidad.

A Natividad González don Josemaría le contó la historia de Juan el lechero, ocurrida en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Juan repartía sus cántaras por el barrio, con un carro de mano. Don Josemaría, desde el confesonario, oía, siempre a la misma hora, un ruido que resonaba en el silencio de la mañana. Hasta que un día salió a ver qué pasaba. Y encontró a Juan, con sus cántaras, en la puerta de la iglesia. Entraba un momento y decía: ‑Jesús, aquí está Juan, el lechero. El Fundador del Opus Dei se pasó el día diciendo esta jaculatoria: ‑Señor, aquí está este desgraciado, este sacerdote desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero. Se había conmovido mucho. La ac­titud de aquel hombre del pueblo era una manera preciosa de hacer oración. Y aprendía de él, y empleaba la historia de Juan el lechero, para que las personas que trataba apren­dieran, también, a acercarse a la oración con esa naturalidad y confianza.

Otra escena se le quedó grabada a don Avelino Gómez Ledo, cuando, años después de su época en la residencia de la calle de Larra, se encontró casualmente por la calle al Fundador del Opus Dei. Fue cerca de la Plaza de Cibeles, por donde está el Banco de España. Don Avelino no tuvo duda de que el Padre ‑envuelto en su manteo, como si las propias vueltas del manteo le ayudasen a recogerse‑ iba rezando por la calle, unido con Dios, por la acera de aquel paseo madrileño.

Don Josemaría enderezó a muchas almas por caminos de vida interior, perfectamente normales, sencillos, recios, auténticos, también humanos, sin rarezas ni complicaciones. Toda su vida, toda su predicación, todo el espíritu del Opus Dei rebosa ese tono amable ‑no por ello menos exigente‑, consecuencia del trato filial con Dios. Basten aquí, como leve muestra, estas considera­ciones de Camino, que han ayudado a miles de hombres y mujeres a comenzar a hacer oración:

¿Que no sabes orar? ‑Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ;que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla (Camino, 90).

Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” ‑¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ;flaquezas!: y haci­mientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio.

En dos palabras: conocerle y conocerte: “;tratarse!” (Camino, 91).

Cuando alguno le decía que se encontraba frío, que nada sentía, que ir a Misa, rezar, ofrecer a Dios el trabajo o hacer un rato de oración en ese estado, le parecía una comedia, Mons. Escrivá de Balaguer proponía ‑con palabras muy parecidas a las que siguen‑ la deliciosa e ingenua historia de aquel juglar de las Cantigas del Rey Alfonso, que, movido por el deseo de amar más a Dios, ingresó en un monasterio.

Día tras día, el titiritero rebuscaba en su escaso haber, para hallar alguna excelencia con que honrar a la Santísima Virgen, como hacían los otros frailes, con su estudio, con su voz, con su,, manos. No tenía letras, ni sabía hacer nada aquel fraile. Y un di,¡ sus pensamientos le hicieron sonreír. En el mundo, aunque pobremente, él se ganaba la vida con unas habilidades aprendi­das desde niño: tiraba unos bolos al aire, daban volteretas, y loes recogía todos, sin caérsele ninguno. Y reían los niños y se entretenían los mayores. Al fraile ‑así pensaba‑ le parecía desproporcionado ganarse el cielo con lo que antes se ganaba la vida. Pero no quena ganar nada ahora: sólo honrar a la Señora… Por las noches, salía a hurtadillas de su celda, y se ponía delante del rostro maternal y comprensivo de la Virgen. Daba volteretas N sus dedos trenzaban mil juegos de manos. Hasta que un día le descubrió el Superior. Pero nada le dijo. Y el fraile titiritero continuó haciendo oración, a su manera.

No os escondo ‑puede leerse en una homilía pronunciada el 5 de abril de 1964‑ que, a lo largo de estos años, se me han acercado algunos, y compungidos de dolor me han dicho: Padre, no sé qué me pasa, me encuentro cansado y frío; mi piedad, antes tan segura y llana, me parece una comedia… Pues a los que atraviesan esa situación, y a todos vosotros, contesto: ¿una comedia? ;Gran cosa! El Señor está jugando con nosotros como un padre con sus hijos.

(…) Quédate tranquilo: para ti ha llegado el instante de participar en una comedia humana con un espectador divino. Persevera, que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, contemplan esa comedia tuya; realiza todo por amor a Dios, por agradarle, aunque a ti te cueste.

;Qué bonito es ser juglar de Dios! ;Qué hermoso recitar esa comedia por Amor, con sacrificio, sin ninguna satisfacción personal, por agradar a Nuestro Padre Dios, que juega con nosotros! Encárate con el Señor, y confíale: no tengo ningunas ganas de ocuparme de esto, pero lo ofreceré por Ti. Y ocúpate de verdad de esa labor, aunque pienses que es una comedia. ;Bendita comedia! Te lo aseguro: no se trata de hipocresía, porque los hipócritas necesitan público para sus pantomimas. En cambio, los espectadores de esa comedia nuestra ‑déjame que te lo repita‑ son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Virgen Santísima, San José y todos los Ángeles y Santos del Cielo.

Juglar a lo divino, escribía de Mons. Escrivá de Balaguer el poeta José Ramón de Dolarea, en un periódico peruano de la ciudad de Piura (El Tiempo, 14 de julio de 1975). Porque ante miles de personas hizo de juglar de Dios, en los años setenta, como le vimos en Barcelona, el 25 de noviembre de 1972:

El gimnasio de la Escuela Deportiva Brafa había sido convertido en auditorio. Cerca de 4.000 personas estaban allí aquella tarde, todas jóvenes. Se sucedían las preguntas. Desde el fondo, uno se refirió al peligro de “volverse blandos, como el requesón”, en vez de ser duros, para poder responder al Señor cuando pide cosas que exigen sacrificio. Y el Fundador del Opus Dei se apoyó en el ejercicio, en el deporte que se hace en Brafa. Y en las recientes Olimpiadas… Se encontraba en tierra italiana, a unos cuatro kilómetros de Suiza, y las veía a veces por televisión.

Empezó a describir ‑ a revivir‑ las aventuras y desventuras del saltador de pértiga: primero se medía, miraba; luego se concen­traba, se relajaba; finalmente saltaba y volvía con la cabeza gacha. Y otro intento, y otro fracaso. Hasta que al fin podía. Los gestos de Mons. Escrivá de Balaguer imitaban, con mucha gracia, los movimientos y las expresiones que tantas veces habíamos visto en los atletas. La gente seguía, entre divertida y embebida, la “representación”. Perdonadme si hago un poco… el juglar de Nuestro Señor. Porque, al final, ;podían! Pues, nosotros, con la gracia de Dios, que es la mejor pértiga, y la única pértiga que tiene el cristiano, nos saltamos lo que sea. Y nos endurecemos. Y hacemos las maravillas que hacen estas criaturas aquí.

No es fácil encontrar un modo más natural, amable, divertido y exigente de urgir a la lucha interior, con don de lenguas, a la gente joven. Ese cuadro del saltador de pértiga es buena muestra de la pedagogía deportiva de la lucha ascética tan característica del espíritu del Opus Dei, del ascetismo sonriente connatural a Mons. Escrivá de Balaguer, a todo auténtico hijo de Dios.

Proponía un modo de esforzarse por hacer la voluntad de Dios que, de hecho, venía a dar un giro copernicano en el planteamiento convencional de la lucha interior. Durante años ‑incluso, siglos‑ muchos escritores ascéticos y directores de almas habían de ordinario cargado las tintas en los aspectos negativos del cristianismo. Se insistía demasiado en el cumpli­miento del deber a palo seco, por miedo a la sanción divina que todo pecado lleva consigo. Se olvidaba habitualmente, en la práctica, que el cristiano es hijo de Dios, y que un hijo debe a su padre piedad, reverencia, afecto, e incluso temor: pero temor filial ‑explicaba Mons. Escrivá de Balaguer‑, pena por el disgusto que se le da, nunca miedo, en el sentido literal y usual del término.

Se entiende que a los primeros que se acercaron al Fundador del Opus Dei, esa insistencia en la alegría de los hijos de Dios les diera paz interior, serenidad, para afrontar con luces radicalmen­te diversas, las peleas que ‑cara a Dios‑ tenían que batallar en medio del mundo, en su trabajo, en su casa, en plena calle. La filiación divina traía nuevo sentido a la oración, a la vida de piedad, al sacrificio, al servicio a los demás, a la fraternidad, al apostolado, a las penas y a las preocupaciones, a los triunfos y a las derrotas, al pasado y al futuro.

De un modo muy especial, centraba la posibilidad de santificarse en la vida ordinaria, sin salirse del mundo, sin tener tampoco miedo al mundo, porque Jesucristo había rogado a su Padre: “No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (lo., XVII, 15). El cristiano debía considerar el mundo como creación divina, algo salido de las manos de Dios Padre, que entregaba a sus hijos como heredad (cfr. Ps., II, 8). Era, por tanto, bueno, salvo que los hombres lo hiciésemos malo por el pecado, precisaba el Fundador del Opus Dei.

Desde esta perspectiva, es más fácil comprender que todos los enfoques apostólicos de Mons. Escrivá de Balaguer fuesen siempre positivos, nunca negativos. El realismo ‑la comproba­ción de la realidad del mal en el mundo‑ no le llevaba a pesimismos derrotistas. Porque, fiado en Dios, no tenía miedo a nada ni a nadie. Y quien no tiene miedo no ve enemigos. De ahí que repitiera siempre que el Opus Dei no es anti‑nada, ni anti‑nadie. Todo su apostolado podía resumirse en una frase bien gráfica: ahogar el mal en abundancia de bien.

Con los años, personas que sin ser de la Obra la miraban con afecto, la contemplarían como una posible solución contra esto o aquello: todo en función de los grupos o movimientos a que esas personas, con toda su buena fe, achacaban los males de la religión o de la Iglesia. Igual da que fuese la masonería o el comunismo, la Institución Libre de Enseñanza ‑en el caso de la Universidad española en el primer tercio del siglo XX‑, o el más frío laicismo de otros países. Pero no era ése el espíritu del Fundador del Opus Dei, que ya en 1934 había escrito, en la primera de sus Consideraciones Espirituales:

Que tu vida no sea una vida estéril. ‑Sé útil. ‑Deja poso. ‑Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. ‑Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que lleva! en el corazón.

Cuarenta años después, seguiría manteniendo esta idea central con palabras distintas:

No tengas miedo al mundo paganizado, porque el Señor nos busca justamente para que seamos levadura, sal y luz en medio de este mundo. No te preocupes, que el mundo no te hará daño, a no ser que a ti te dé la gana. Ningún enemigo de nuestra alma puede nada, si nosotros no queremos consentir. Y no consentire­mos, con la gracia de Dios y la protección de Nuestra Madre del cielo.

Sed piadosos. Sed rezadores. Una vez, estaba yo preocupado por las circunstancias de una nación determinada, y decía: Dios mío, ¿qué pasará allí? Justamente porque el ambiente era muy malo. Y vino uno de los Directores y me dijo: Padre, esté tranquilo, porque somos muy rezadores. (…) Sed rezadores, y no tengáis miedo del mundo paganizado. Quitaremos el paganismo del mundo, con la oración.

Pero no hay que pensar sólo en los riesgos de un ambiente hostil. Muchas veces, lo que dificulta la vida cristiana no son los grandes enemigos de fuera, sino simplemente la premura de tiempo, el agobio que deriva del exceso de trabajo o del pluriempleo, el sentir como una incapacidad física para llegar a todas las cosas. Hay momentos en que uno puede dejarse llevar por el nerviosismo, y perder el punto de mira, el norte sobre­natural, que debe dirigir todo lo que se hace, también lo más humano.

Ese desasosiego roba la presencia de Dios y puede romper la perspectiva, de tal manera que se llegue a pensar que no tiene sentido dejar un trabajo muy urgente para dedicar en exclusiva unos minutos a la oración, a la vida de piedad… Se pierde entonces, no sólo la oportunidad de santificar el propio esfuerzo, sino que, en la práctica, y no es paradoja, disminuye la eficacia en el trabajo, el aprovechamiento del tiempo.

Por eso, el Fundador del Opus Dei, que tanto sabía de urgencias en su trabajo, no dejaba pasar una: si para los pa­dres de familia su trabajo más importante tenía que ser la dedi­cación a sus propios hijos, enseñó a todos que para un hijo de Dios la vida de piedad, el trato con el Padre, era siempre el tra­bajo más urgente, el más importante, el único que no podía diferirse.

Quedaba muy claro en aquellas palabras que pronunció en una homilía bien conocida, la del & de octubre de 1967. en el campus de la Universidad de Navarra:

Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santa­mente la vida ordinaria…

La Ascensión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 16-20)

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. (Hechos 1, 8-9)

“Cristo ha subido a los cielos, pero ha trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser redimido. (…) No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo[i], para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas. (…)

Tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo[ii]. Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi [iii], vosotros también sois cuerpo de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.

Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo”.

Es Cristo que pasa, 120-121

“Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político–religiosa –sería una locura–, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está –en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas–, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte– la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio”.

Es Cristo que pasa, 183


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