Publicación de Camino

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La publicación de “Camino” en septiembre de 1939 facilitó la expansión del Opus Dei. Esta versión ampliada de su anterior libro “Consideraciones Espirituales” contenía 999 puntos de meditación, sacados de la vida interior del autor y de su experiencia como director espiritual.

“Camino” difería radicalmente de la mayoría de los libros de piedad que circulaban en la España de 1940. Incluso su aspecto físico era diferente. Al contrario de los pequeños libros de oración, de cubiertas negras, con una letra pequeña y difícil de leer abundantes en esa época, “Camino” tenía generosas dimensiones (15 por 25 centímetros), cubierta clara, tipos grandes y amplios márgenes.

El contenido de “Camino” era más radical que su tipografía. Para entonces, la santidad se consideraba tarea exclusiva de sacerdotes y religiosos; y el apostolado de los laicos, una prolongación de la misión de la jerarquía. “Camino” presentaba una visión completamente diferente. Desde el primer punto, hablaba de la llamada universal a la santidad, de santificación y del valor apostólico del trabajo ordinario. Se dirigía a hombres y mujeres metidos en los afanes del mundo y les invitaba a convertir su trabajo y demás ocupaciones en un servicio a Jesucristo y a la humanidad: “Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”[1].

“Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. -Después… “pax Christi in regno Christi” -la paz de Cristo en el reino de Cristo”[2].

Escrivá presentó su mensaje en “Camino” con la fuerza que nacía de su vida de oración, de su intimidad con Dios y de su experiencia como director de almas. “Camino” atrae a los lectores no con la fría luz de una síntesis intelectual bien elaborada, sino con el fuego y la pasión de un corazón profundamente enamorado de Jesucristo. La claridad de visión que caracteriza a “Camino” no viene de la especulación abstracta, sino de las gracias que Escrivá recibió el 2 de octubre de 1928, de sus esfuerzos cotidianos por convertirlas en tejido de su propia vida y de su experiencia al transmitirlas a los demás.

“Camino” enseña a sus lectores a rezar de una manera sencilla y directa, hablando confiadamente con Dios, que es Padre y Hermano. Más que someterles a esquemas rígidos, Escrivá anima a sus lectores a meterse en senderos de oración personales, hablando a Dios cara a cara, con las propias palabras:

“¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla”[3].

“Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio”[4].

El libro causó un extraordinario impacto a muchos lectores, especialmente estudiantes universitarios y recién licenciados. Un ingeniero industrial, que más tarde pertenecería al Opus Dei, describe su primer encuentro con Camino: “Un día, un amigo mío me prestó un libro llamado “Camino”; era la primera vez que caía en mis manos. La primera ojeada me reveló un contenido tan sumamente interesante que recuerdo perfectamente cómo volvía a casa de mi familia, cené rápidamente, me encerré en mi habitación y lo leí de un tirón, desde el número 1 hasta el 999. Esta lectura rápida fue acompañada, según recuerdo, de un entusiasmo indescriptible por ese camino que allí se esbozaba”[5].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 1

[2] Ibid. n. 301

[3] Ibid. n. 90

[4] Ibid. n. 91

[5] AGP P03 1989 p. 349

La Academia-Residencia DYA

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En la década de 1930, la mayoría de los universitarios españoles, también los madrileños, dejaban la capital durante el verano para huir del tremendo calor. Los miembros del Opus Dei, para mantener el contacto con los jóvenes que habían participado en las actividades de DYA, publicaban un boletín durante esa estación. Además escribían numerosas cartas a sus amigos, a las que el Padre solía añadir unas palabras que animaban a los lectores a no descuidar su vida de oración y a hacerle saber cómo les iba.

En agosto el flujo de cartas de DYA aumentó considerablemente. Tras semanas de búsqueda, habían encontrado un lugar adecuado para la academia y residencia, pero debían hacer un depósito de 25.000 pesetas que no tenían. Escrivá envió unas líneas a muchos amigos para pedirles oraciones. A uno le decía que rezara a la Inmaculada durante tres días; a otro le animaba: “Hazte un niño chico delante del Sagrario y di a Jesús esta oración, sencilla, confiada y audaz… y perseverante: ‘Señor, queremos —son para ti— cinco mil duros contantes y sonantes’”[1]. La campaña de oraciones dio su fruto y pudieron hacer el depósito.

En septiembre, ocuparon dos apartamentos en el segundo piso y otro más en el tercero de un edificio situado en el número 50 de la calle Ferraz, cerca del nuevo campus de la Universidad Central. El apartamento del tercer piso sería la sede de la academia, mientras que en los dos del segundo iría la residencia. Zorzano y Vallespín vaciaron sus cuentas corrientes para pagar el depósito y el alquiler del primer mes, pero ¿de dónde iban a encontrar el dinero para las reformas y los muebles necesarios?

Escrivá pidió a su familia para DYA parte de una herencia recibida recientemente. Todavía no les había explicado el Opus Dei. Cuando le preguntaban “¿Para qué estamos en Madrid, donde pasamos tan mala vida?”[2] evitaba la cuestión y cambiaba de tema. No se sabe por qué Escrivá esperó casi seis años para hablar a su familia de lo sucedido el 2 de octubre de 1928 y explicarles el porqué de lo que había estado haciendo desde entonces. En parte, se debe a que durante mucho tiempo todos sus esfuerzos no habían producido fruto visible alguno. Además, siempre fue muy reacio a hablar de esa o de cualquier otra experiencia sobrenatural de su vida. Sean cuales fueren los motivos de su reticencia, Josemaría pensó que había llegado el momento de hablar del Opus Dei a su familia.

El 16 de septiembre de 1934, después de rezar ardientemente por ellos, viajó al norte de España donde se encontraban y les explicó, en términos generales, su labor desde el 2 de octubre de 1928. Luego les pidió que dieran a la residencia parte del dinero que habían heredado. Al mismo tiempo les dijo que pensaba trasladarse lo antes posible a la residencia DYA.

En una carta a los miembros del Opus Dei unos pocos días después, describió la conversación: “Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi Madre: ‘bueno, hijo: pero no te pegues ni me hagas mala cara’. Mi hermana: ‘ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá’. El pequeño: ‘si tu tienes hijos…, han de tenerme mucho respeto los ‘mochachos’, porque yo soy… ¡su tío!’. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto, —¡gloria a Dios!—, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo”[3].

Pero, aun con el dinero de los Escrivá y estirándo su crédito al máximo, no reunieron la cantidad suficiente para amueblar toda la residencia. Por el momento sólo pudieron instalar la habitación “de muestra”, esperando comprar el mobiliario del resto de la casa a medida que los nuevos residentes hicieran sus depósitos. El plan podía haber funcionado de no ser por la tormenta política que sacudió a España en octubre de 1934.

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 521-522

[2] Ibid. p. 512-514

[3] Ibid. p. 525

Santidad sacerdotal y vida de oración.

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Mirad, mire cada uno de nosotros que entre la santidad y la oración existe necesariamente una relación tal, que no es posible la una sin la otra. «Es verdad esta frase del Crisóstomo: “Pienso que resulta patente para todos que es sencillamente imposible vivir virtuosamente sin el auxilio de la oración” (De praecatione, orat. I)» 29.

«Tal vez en estos años —escribía Juan Pablo II a todos los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1979— (…) se ha discutido demasiado sobre el sacerdocio, sobre la ‘identidad’ del sacerdote, sobre el valor de su presencia en el mundo contemporáneo, etc., y, por el contrario, se ha orado demasiado poco. No ha habido bastante valor para realizar el mismo sacerdocio a través de la oración, para hacer eficaz su auténtico dinamismo evangélico, para confirmar la identidad sacerdotal. Es la oración la que señala el estilo del sacerdocio» 30.

La necesidad de ser hombres de oración, trae de nuevo a mi pensamiento la figura de nuestro Fundador y su extraordinaria fecundidad apostólica. No es posible, en los límites de estas palabras mías, trazar siquiera un breve esbozo de lo que fue su vida de oración continua, de la que he sido testigo directo —en la medida en que esto es posible— por cuarenta años. No dudo en afirmar que Dios le concedió abundantemente el don de la contemplación infusa. Recuerdo, entre tantos otros detalles, cómo durante el desayuno, mientras leíamos los dos la prensa, apenas nuestro Padre comenzaba a leer, se quedaba abstraído, metido en Dios; apoyaba la frente sobre la palma de una mano y dejaba de leer el periódico, para hacer oración. Mi emoción fue grande cuando, después de su muerte, leí en sus Apuntes íntimos, esta anotación suya de 1934, en la que plasma con extrema sencillez su diálogo con el Señor: «Oración: aunque yo no te la doy (…), me la haces sentir a deshora y, a veces, leyendo el periódico, he debido decirte: ¡déjame leer! — ¡Qué bueno es mi Jesús! Y, en cambio, yo…» 31.

Sería muy largo comentar adecuadamente la riqueza de la vida de oración de este sacerdote, ¡siempre sacerdote!, en la que el Espíritu Santo le llevó indudablemente a altísimas cumbres de unión mística en medio de la vida corriente, atravesando también durísimas purificaciones pasivas de los sentidos y del espíritu. Permitidme, sin embargo, subrayar que si éstos y otros numerosísimos hechos, de los que tenemos constancia, evidencian una específica acción del Espíritu Santo en su alma, la profundidad con que se radicó en su vida, en su jornada —día y noche— el hábito de la oración continua revela, a la vez, la fidelidad y generosidad de su dedicación a los tiempos diarios de meditación y oración mental y al rezo del Breviario y de otras oraciones vocales. Es más, la irrupción extraordinaria de Dios en su alma fue con frecuencia como la respuesta divina a esa fidelidad a la oración mental en momentos en que ésta le resultaba particularmente costosa o difícil. Por ejemplo, en una anotación suya —entre otras muchas de 1931— escribía: «Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche. A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito… pero sin apartarse de su dueño. Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, —repito— como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo-Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre» 32.

Es en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios —incluso en forma extraordinaria si fuese preciso— luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo. Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo, en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo —Modelo para todos—, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o que nos oye. Muchas veces he escuchado a Mons. Escrivá de Balaguer afirmar que «la Obra de Dios se ha hecho con oración»: con éstas palabras no aplicaba teóricamente, al fruto de su trabajo, un tópico de la vida espiritual, sino que expresaba una realidad profundamente asimilada y sentida, del todo equivalente a la afirmación, también frecuente en sus labios, de que la Obra la ha hecho y la hace Dios. Así rezaba en voz alta, el 27 de marzo de 1975: «¿cómo se ha hecho el Opus Dei? Lo has hecho Tú, Señor, con cuatro chisgarabís… Stulta mundi, infirma mundi, et ea quae non sunt (cfr. I Cor I, 26-27). Toda la doctrina de San Pablo se ha cumplido: has buscado medios completamente ilógicos, nada aptos, y has extendido la labor por el mundo entero» 33.

Sacerdotes para la nueva evangelización

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Introducción

1. Necesidad de una nueva evangelización

2. Misión de todos en la Iglesia

3. Necesidad de sacerdotes santos

4. Santidad sacerdotal y vida de oración

5. Santidad sacerdotal y vida de penitencia

6. Santidad sacerdotal y caridad pastoral

7. Una vida radicada y centrada en la eucaristía

8. La dimensión mariana de la vida del sacerdote

9. Conclusión: formación para la santidad

Notas

“Dejar obrar a Dios”

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Artículo del Cardenal Joseph Ratzinger sobre san Josemaría Escrivá (L’Osservatore Romano, 6-X-2002)

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres —también cristianos— de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra —en efecto— de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida — y esto me parece un punto central— precisamente por Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.

Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.

7. Medios y obstáculos

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El fin del Opus Dei es sobrenatural, y por eso los medios adecuados para llevarlo adelante son sólo sobrenaturales: la oración, la mortificación, el trabajo santificado y ofrecido a Dios. Desde una visión humana, sorprende la desproporción entre el inmenso horizonte de apostolado que el 2 de octubre descubre en su alma aquel sacerdote de veintiséis años y la escasez de medios de que dispone.

–Era tal la visión sobrenatural de nuestro Fundador, que rechazó siempre con fuerza la tentación de considerar “imposible” lo que el Señor le pedía: ¡Imposible! Si lo hubiese pensado, si no hubiese tenido confianza plena en Dios, que cuando pide algo da todas las gracias necesarias para poderlo hacer, aún estaría repitiendo esa palabra –¡imposible!–, como un retrasado mental: así lo hubiese hecho si me hubiera dejado llevar por la visión humana, o por los consejos de algunos.

Con una confianza en Dios inquebrantable, contempló desde el principio la Obra proyectada en el futuro y, a pesar de que a muchos les parecía un sueño maravilloso, hablaba con plena seguridad, como si ya lo tuviese delante de los ojos, de todo aquello que el Señor haría realidad con el transcurso de los años.

Recuerdo un suceso de agosto de 1958, durante una de las estancias de nuestro Fundador en Londres. Un día caminaba con algunos de nosotros por las calles de la City y, al pasar ante la sede central de los bancos más famosos y de las más antiguas empresas comerciales e industriales, se quedó sobrecogido por aquel poderío. Por contraste, sintió toda su personal debilidad. El Señor permitió que en ese momento el Padre se diera cuenta muy vivamente de su impotencia para llevar adelante, tan sólo con sus propias fuerzas, la empresa sobrenatural que le había sido confiada. Pero le reafirmó al mismo tiempo con una locución interior, que dio nuevo brío a su esperanza: “Tú no puedes, pero Yo sí”.

El Padre no se limitaba a rezar intensamente, sino que pedía oraciones a todos, con inmensa fe.

–Lo muestra, entre miles, este suceso. Durante los años que precedieron a la guerra civil se fue afirmando en Madrid una cultura rabiosamente anticlerical. Entre otros, se publicaba un periódico, El Sol, que se distinguía por sus ataques continuos contra la Iglesia: tenía una enorme difusión, porque estaba muy bien realizado desde el punto de vista técnico y contaba con las firmas más prestigiosas del momento: los mejores periodistas y los más prestigiosos representantes de los ambientes laicistas del país. Nuestro Fundador conocía a una mujer a la que todos llamaban “Enriqueta la Tonta”: lo que hoy diríamos una disminuida; pero que tenía mucha fe y una gran delicadeza de espíritu. Un día el Padre le pidió que rezara por una intención suya: el cierre de aquel periódico tan nocivo. Al cabo de pocos meses, El Sol quebró, inexplicablemente, y no volvió a publicarse.

El Padre buscaba el apoyo de la oración del mayor número de personas, incluso de las que no conocía: por ejemplo, sacerdotes que encontraba por la calle, o fieles que veía en la iglesia, especialmente recogidos. Es significativo el modo en que conoció a don Casimiro Morcillo, que llegaría pronto a ser Vicario de Madrid, luego Arzobispo de Zaragoza, y finalmente Arzobispo de Madrid. En los primeros años treinta, el Padre se cruzaba cada mañana, muy temprano, con un sacerdote al que veía siempre muy recogido. Un día le paró, y le pidió también que rezase por una intención suya. Don Casimiro se quedó sorprendido. Al poco tiempo empezaron a tratarse y se hicieron amigos. Más tarde, recordando aquel encuentro, nuestro Fundador dijo al futuro arzobispo: Cuando te abordé en la calle sin conocerte, me tomarías por un loco. Y don Casimiro, riendo, replicó: “¡Ah!, un poco sí, porque la verdad es que nadie me había parado nunca en mitad de la calle para pedirme oraciones”.

Se comprende que el Fundador haya querido para los miembros de la Obra una intensa vida de oración, que prevé momentos concretos de trato con el Señor, durante la jornada, a los que siempre se concede primacía, por muy urgente que sea el trabajo.

–A este propósito recuerdo un suceso que no puedo dejar de evocar sin emocionarme. En 1943 sus hijas empezaron a encargarse de la administración doméstica de la residencia de estudiantes situada en el Paseo de la Moncloa, de Madrid. Eran tiempos difíciles, pues hacía muy poco que había terminado la contienda civil española y la guerra mundial estaba en pleno apogeo. Además de la dificultad para encontrar alimentos, no se habían terminado aún las obras del edificio, y la casa estaba llena de operarios. Quizá por el peso de aquellas dificultades, el 23 de diciembre dos de sus hijas confiaron a nuestro Fundador que no podían sacar adelante su trabajo en esas circunstancias; sólo conseguían desastres; y, como consecuencia de todo, estaban descuidando la oración, la vida interior. Al escucharlas, el Padre no pudo contener las lágrimas. Después, tomó una cuartilla y escribió:

1. sin servicios

2. con obreros

3. sin accesos

4. sin manteles

5. sin despensas

6. sin personal

7. sin experiencia

8. sin división del trabajo

––––––––––––––––––––––––––––

1. con mucho amor de Dios

2. con toda la confianza en Dios y en el Padre

3. no pensar en los “desastres” hasta mañana durante el retiro.

A los pocos días le preguntaron al Padre el motivo de aquellas lágrimas, y respondió: lloré, hija mía, porque no hacíais oración. Y, para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración. La lucha interior, por encima de cualquier inconveniente: éste es el medio que siempre ha allanado las dificultades aparecidas a lo largo del camino del Opus Dei.

El Fundador repitió muchas veces que el Opus Dei nació en los hospitales y en los barrios pobres de Madrid, porque, desde el primer periodo de la fundación, confiaba sus intenciones a la oración de los enfermos y de los más abandonados.

–El Señor acogía aquellas oraciones y bendecía con la cruz los primeros pasos de la Obra. En el Hospital del Rey, donde iban a parar casos tan desesperados que era conocido popularmente con el nombre de “Hospital de los incurables”, ingresó María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres que pidieron la admisión en el Opus Dei y que murió de tuberculosis diecisiete meses depués. Aprendió de nuestro Fundador a ofrecer sus sufrimientos por la Obra, como escribió en un cuaderno: “Hace falta poner bien los fundamentos. Por eso debemos hacer que los cimientos sean de granito; que no nos suceda como al edificio de que habla el Evangelio, que fue construido sobre la arena. Los fundamentos bien hondos, después vendrá el resto”.

Luis Gordon fue otra de las primeras vocaciones. Era un joven ingeniero, de muy buen espíritu. Por su madurez y sus virtudes, nuestro Fundador habría podido apoyarse mucho en él. También murió prematuramente. El Padre aceptó serenamente su pérdida y escribió algunas consideraciones conmovedoras sobre la ayuda que prestaría a la Obra desde el Cielo.

En 1944, Juan Fontán, sin ser de la Obra, ofreció su vida por los tres primeros miembros del Opus Dei que recibirían la ordenación sacerdotal poco después. Nuestro Fundador vivía y difundía continuamente una profunda Comunión de los Santos; y, entre otras cosas, tuvo siempre la costumbre de aplicar por las almas del Purgatorio todas las indulgencias que lucraba.

La guerra civil española fue ciertamente un duro obstáculo que amenazaba con obstruir el camino de la Obra apenas nacida. En las biografías del Fundador hemos leído detalles impresionantes sobre aquel periodo, en que el que se vio obligado a peregrinar de un escondite a otro, en constante peligro de muerte, hasta que consiguió cruzar la frontera y pasar por Andorra a la zona libre. No le pido que me resuma aquellos acontecimientos, que por sí solos llenarían un libro; pero le rogaría que contase algún episodio particularmente significativo de las reacciones sobrenaturales del Fundador ante la adversidad.

–Fueron momentos verdaderamente terribles. Nuestro Fundador, ya muy conocido en Madrid como sacerdote, fue perseguido por facciones anticlericales, que le buscaron con verdadero odio y ensañamiento y llegaron incluso a asesinar en su lugar a una persona desconocida, confundidos por su semejanza física con el Fundador del Opus Dei.

Nuestro Padre fue escondido durante algún tiempo por el doctor Suils, viejo amigo de su familia y compañero suyo de Instituto, que dirigía una clínica psiquiátrica donde acogió valientemente a algunos refugiados que se hacían pasar por locos.

Del 14 de marzo al 31 de agosto de 1937, vivió en la Legación de Honduras, con un pequeño grupo de hijos suyos, entre los que estaba yo también, imprimiendo heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia.

Esta carta suya, escrita a sus hijos de Valencia el 18 de septiembre de 1937, puede dar una idea precisa del estado de ánimo y de la vibración de nuestro Fundador. Debo aclarar que, para evitar la censura, usaba un lenguaje en clave, fácilmente comprensible por los destinatarios; así, “el abuelo” o “mi hermano Josemaría” eran él mismo; “don Manuel”, el Señor:

¡Peques! El abuelo tiene muchas ganas de abrazaros, pero siempre se le estropea la combinación. Convendrá así. Con todo, ¡quién sabe!, no desespero de que se me cumplan pronto los deseos. En fin…, Don Manuel sabe más.

Una noticia atrasada: me han dicho –a mí y en mi cara– repetidas veces que a mi hermano Josemaría le encontraron colgado de un árbol, en la Moncloa, según unos; otros, en la calle de Ferraz. Hay quien identificó el cadáver. Otra versión de su muerte: que lo fusilaron.

Suponed la cara del abuelo, ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su Obra y su camino. Morir así –¡oh, Don Manuel!–, … pero loco, de mal de Amor.

Durante toda su vida el Padre encomendó en la Santa Misa a aquel hombre, asesinado en su lugar.

Antes, el 1º de octubre de 1936, había ocurrido otro suceso que se grabó en mi memoria, cuando sólo tenía veintidós años.

Estábamos escondidos en un chalet de la calle Serrano, cuando mi hermano Ramón vino a advertirnos de que los milicianos estaban registrando otras casas de la familia propietaria del chalet. El Padre le dijo entonces a Juan Jiménez Vargas que buscase otro refugio. A mi hermano Pepe y a mí, que no sabíamos qué hacer, nos aconsejó que nos quedásemos un día más, hasta ver los resultados de las gestiones. Entretanto, después de varias llamadas teléfonicas, consiguió hablar con José María González Barredo, quien le aseguró que podría dar con otro escondite. Entonces nuestro Fundador salió para verse con él; más tarde, después de eludir la vigilancia de los centinelas de la antigua Dirección General de Seguridad, volvió al chalet de la calle Serrano y se reunió con nosotros. Me saludó y rompió a llorar. “Padre, ¿por qué llora?”, le pregunté.

Me impresionó mucho el dolor del Padre. Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón. Me he enterado de que han asesinado a don Lino, dijo, y me contó que en aquellas horas en que había deambulado por las calles de Madrid se había enterado del asesinato de un sacerdote amigo, don Lino Vea–Murguía, y de nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo. Espero que muy pronto llegue a término su Causa de Beatificación.

Después me explicó por qué había vuelto con nosotros: se había encontrado con José María en el lugar convenido, en el Paseo de la Castellana. Jose María, después de saludarle con cariño filial y gran alegría, sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave y le dio una dirección, mientras decía:

–”Vaya usted a tal casa, entre y quédese allí. Pertenece a una famlia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza.”

–Pero, ¿cómo voy a estar en un lugar ajeno? ¿Si vienen o llaman otras personas, qué digo?

Aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, respondió: “No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite”.

¿Qué edad tiene esa mujer?

–”Pues, veintidós o veintitrés años.”

Entonces, nuestro Fundador pensó: No puedo, ni quiero, quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Y acercándose al sumidero de una alcantarilla, tiró la llave dentro.

Las contrariedades externas, aun duras y peligrosas, son, hasta cierto punto, “fáciles” de afrontar. Más difícil resulta la incomprensión, la hostilidad injustificada y preconcebida, aún más si procede de personas buenas, que pertenecen a la Iglesia. El Fundador debió experimentar los dos tipos de pruebas.

–Para hablar de este tema, ante todo deseo subrayar que nuestro Padre reaccionó siempre con espíritu sobrenatural, perdonando y olvidando prontamente las calumnias con humildad, con la máxima caridad hacia el prójimo, con hambre de justicia y con un silencioso abandono en la Voluntad de Dios.

De acuerdo con su ejemplo, me referiré ahora a estas cosas en líneas muy generales, lejos de cualquier victimismo y espíritu de revancha.

Ya he dicho que las incomprensiones comenzaron en la época de la fundación y de los primeros pasos del Opus Dei, entre los años 1930 y 1936. Se puede buscar una explicación que vaya a la raíz teológica del problema. En aquellos años, lo que nuestro Fundador veía en su alma con tanta claridad, gracias a una precisa iluminación divina –la llamada universal a la santidad–, aparecía como algo increíblemente audaz. Se lo he oído explicar muchas veces; en una ocasión, a finales de los años sesenta, con estas palabras: Cuando hace cuarenta y pico años, más o menos, un pobre sacerdote que tenía veintiséis, comenzó a decir que la santidad no era sólo cosa de frailes, de monjas y de curas, sino que era para todos los cristianos, porque Jesucristo Señor Nuestro dijo a todos sed santos como mi Padre celestial es santo… –lo mismo si es un soltero, que si está casado, que si es viudo: todos podemos ser santos–, decían que ese sacerdote era un hereje.

Algunos no lo acusaban de hereje, pero afirmaban que estaba loco: lo que hoy es doctrina común, entonces aparecía a los ojos de todo el mundo como un disparatón, según decía el Padre a veces con una expresión muy suya. Además, a la novedad de la doctrina que predicaba, se añadía la audacia de sus iniciativas apostólicas y la desproporción de los medios humanos de quien las promovía.

A la dificultad para comprender teológicamente el mensaje espiritual de nuestro Fundador, se añadían celotipias, envidias muchas veces inconscientes, una visión estrecha y casi “monopolística” de la pastoral. Resultaba inevitable que el soplo del Espíritu Santo, que alentaba el apostolado de nuestro Fundador, levantase una polvareda de desconfianza y hostilidad. La historia de la Iglesia muestra que el bien se abre siempre camino a duras penas.

A finales del 1939 y comienzos de 1940 arreciaron las calumnias contra el Opus Dei y su Fundador. Al principio no quería aceptar que era el blanco de una verdadera campaña denigratoria; pero, ante la evidencia de las pruebas, no tuvo más remedio que admitirlo. La Obra era acusada de herejía, de conspirar clandestinamente para encaramarse en el vértice del poder, de masonería, de antipatriotismo, etc. No se trataba de hechos aislados, sino de una auténtica campaña; quienes promovían estas calumnias no dudaron en acudir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiástica, para sembrar desconfianza y sospecha respecto de la Obra y el Padre.

En una ocasión, fray José López Ortiz, agustino, que más tarde sería Obispo de Túy–Vigo, y arzobispo castrense de España, y que era entonces el confesor ordinario de nuestra residencia de Diego de León en Madrid, le entregó al Padre una copia de un “dossier reservado” sobre la Obra y su Fundador: los servicios de información de la Falange lo había hecho llegar a las autoridades locales, y a López Ortiz se lo facilitó una persona de su confianza. Aquel documento rebosaba calumnias atroces y significaba el comienzo de otra campaña difamatoria contra el Fundador. Recogía todas las maledicencias divulgadas con anterioridad. Yo asistí a aquella entrevista y confirmo lo que testimonia fray José: “Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y, en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el ministerio de la Falange, de donde los había cogido: ten, me dijo, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él“.

Otras incomprensiones provinieron de familias, pocas ciertamente, de los chicos que frecuentaban las actividades apostólicas de la Obra, o de las de los propios miembros del Opus Dei. Casi siempre, en el origen de estos problemas, aparecían algunos religiosos que no vacilaban en difundir sospechas y desconfianzas: lo hacían desde el confesonario o yendo a visitar a las familias para ponerlas sobre aviso. Más de una vez el Padre tuvo que intervenir personalmente para poner remedio a las falsedades que divulgaban en aquellos hogares: Al principio de la Obra, hace treinta y tantos años, venían a mí algunos padres… indignados: porque había una campaña de calumnias dirigidas por unos determinados religiosos, que yo quiero mucho, y esas pobres familias estaban influidas. Era yo entonces un sacerdote joven –no tenía aún los cuarenta años– y les dejaba hablar. Cuando habían terminado, les decía: con la información que vosotros tenéis, yo pensaría como vosotros. De modo que estamos de acuerdo. Os diré más: seríamos tres los que estaríamos de acuerdo: ¡el diablo, vosotros y yo! Luego procuraba aclararles las cosas y quedábamos siempre muy buenos amigos.

Usted habla genéricamente de “religiosos”, y lo refiere con expresiones análogas a las del Fundador. Pero se trataba de personas muy concretas, y sabemos que procedió de la iniciativa de un jesuita. De aquí los comentarios sobre una supuesta enemistad entre el Opus Dei y la Compañía de Jesús.

–No se debe generalizar. La campaña calumniosa partió, efectivamente, de un jesuita que en aquel tiempo era muy influyente dentro y fuera de la Compañía, pero que, años después, abandonó el estado religioso y acabó apostatando de la Iglesia. El Padre intentó, desde el primer momento, hacerle comprender la naturaleza de nuestro trabajo, le perdonó de todo corazón y procuró luego ayudarle a través de miembros de la Obra, cuando estaba fuera de la Iglesia. Para hablar de ésta y de otras persecuciones que siguieron, utilizó siempre una frase de Santa Teresa: “la contradicción de los buenos”, y aplicó a los perseguidores el evangélico obsequium se praestare Deo (Ioh, 16,2), “pensando que agradaban a Dios”. Consideraba las contrariedades como una ocasión para purificarse y, al ver que procedían de personas pertenecientes a antiguas y gloriosas instituciones de la Iglesia, afirmaba que Dios quería servirse de un bisturí de platino.

Sobre sus relaciones con la Compañía de Jesús, respondió el propio Fundador en una entrevista concedida al corresponsal del New York Times, el 7 de octubre de 1966: En cuanto a la Compañía de Jesús, conozco y trato a su General, el Padre Arrupe. Puedo asegurarle que nuestras relaciones son de estima y de afecto mutuo.

Tal vez haya encontrado usted a algún religioso que no comprende nuestra Obra; si es así, se deberá a un equívoco o a una falta de conocimiento de la realidad de nuestra labor que es específicamente laical y secular y no interfiere para nada en el terreno propio de los religiosos. Nosotros no tenemos para todos los religiosos más que veneración y cariño, y pedimos al Señor que cada día haga más eficaz su servicio a la Iglesia y a la humanidad entera. No habrá nunca una pelea entre el Opus Dei y un religioso, porque hacen falta dos para pelear y nosotros no queremos luchar con nadie (Conversaciones, núm. 54).

Ésta fue su norma de conducta constante, y continúa siendo la nuestra.

A este propósito, recuerdo que el P. Arrupe fue la primera personalidad eclesiástica que llegó a los funerales del Fundador en la Basílica de San Eugenio, el 28 de junio de 1975. Vino con mucha antelación sobre el horario de la ceremonia. Estuvo recogido en oración más de una hora, mientras iban llegando los cardenales, obispos, embajadores, autoridades civiles y una gran multitud de fieles. Pero continuando con el hilo de la narración histórica…

–En 1941 las contradicciones se hicieron especialmente intensas en Barcelona, donde acababa de iniciarse de modo estable la actividad apostólica de la Obra, en un pequeño piso de la calle Balmes llamado el Palau, y los miembros del Opus Dei, todos universitarios, eran sólo media docena. Las calumnias a que me he referido antes se habían divulgado por toda la ciudad: en los ambientes eclesiásticos, entre las familias, en la universidad; los miembros del Opus Dei eran acusados públicamente de herejes e impostores.

Como es lógico, el Padre seguía muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos de Barcelona, principalmente por la repercusión que podían tener en la vida interior de sus hijos y en el apostolado. Pero las acusaciones de orden político–religioso precipitaron las cosas de tal manera que llegó un momento en que no podía acercarse a la capital de Cataluña sin correr peligro de ser arrestado. El propio Nuncio, Mons. Cicognani, le advirtió y le aconsejó que, en caso de viajar a Barcelona, lo hiciera con nombre falso. Sin embargo, el Padre prefirió no valerse de esta estratagema y, cuando tuvo que ir a la capital catalana, puso el billete de avión a nombre de Josemaría E. de Balaguer, ya que era más conocido en aquella época como “Padre Escrivá”.

También en aquel viaje se detuvo en Barcelona lo mínimo indispensable: habitualmente se quedaba sólo un par de días, y se alojaba en casa de un sacerdote amigo suyo, don Sebastián Cirac.

El Gobernador civil de Barcelona, Correa Veglison, se excusaría años después diciendo: “Tales eran las cosas que decían de él, que hubiera enviado a la policía al aeropuerto a detenerlo”.

Nuestro Fundador se esforzó en que, incluso en aquellas circunstancias, sus hijos de Barcelona no faltasen nunca a la caridad, y les exhortó a callar, trabajar, sonreír y perdonar.

Además de un grandísimo consuelo, fue decisivo el constante apoyo del Obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que asumió una y otra vez, públicamente, la defensa de la Obra, y que dirigió una carta a dom Aurelio M. Escarré, Abad coadjutor de Montserrat, uno de los centros de irradiación espiritual más importantes de España. En aquella carta le decía entre otras cosas: “Créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”. Después le hablaba de la extrema docilidad del Fundador a su obispo y desmentía la calumnia relativa al “secreto” de la Obra. Aquella carta consoló a muchas familias y disipó las dudas y sospechas entre los eclesiásticos de aquella zona.

De 1946 en adelante, cuando nuestro Fundador se estableció definitivamente en Roma, continuaron las dificultades y las contradicciones.

Al surgir las primeras vocaciones del Opus Dei entre los estudiantes universitarios de Roma, el Señor permitió que algunas familias recibieran mal la vocación de sus hijos y llegaran a escribir al Santo Padre lamentándose, sin obtener, como es natural, el resultado que esperaban. El Fundador recurrió a los medios sobrenaturales y consagró las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia.

Durante el verano de 1951, como el precedente, nuestro Fundador permaneció en Roma. Sentía una gran inquietud, una turbación interior, porque el Señor le hacía intuir que se estaba tramando algo muy grave contra la Obra. Decidió acudir al único remedio que tenía a su alcance: los medios sobrenaturales. Y peregrinó a Loreto para consagrar la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Era el 15 de agosto de 1951.

Algunos meses después de la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán, encargó que dijeran a nuestro Fundador que se acordase de San José de Calasanz. De esta forma vino a saber lo que se estaba tramando: dividir la Obra en dos instituciones separadas, los hombres por un lado y las mujeres por otro, y decapitarla, expulsando al Fundador.

El 24 de febrero de 1952 el cardenal Tedeschini tomó posesión como Cardenal protector de la Obra, según el derecho entonces vigente. Poco tiempo después, el 20 de marzo, el Padre le llevó una carta –fechada unos días antes, el 12–, en la que explicaba la situación. Como siempre, le acompañé yo. El cardenal Tedeschini leyó la carta con calma, delante de nosotros, y dijo que se la haría llegar al Papa. El texto estaba lleno de caridad hacia los que habían urdido aquella trama, y el Padre mostraba que no había ningún motivo para tomar medida alguna contra la Obra. El Papa, después de leerla, dijo al cardenal: “¿Pero, quién ha pensado hacer eso?” Era evidente que todo se había urdido sin conocimiento del Santo Padre Pío XII.

Así se desvaneció aquel ataque contra el Fundador y contra la Obra: era la respuesta de la Virgen a la consagración del Opus Dei hecha el 15 de agosto de 1951.

La referencia a San José de Calasanz confirma que también el Beato Josemaría fue tratado como muchos Fundadores que han pasado a la historia por su santidad, mientras que nadie recuerda el nombre de sus calumniadores.

En cualquier caso, entonces y siempre, nosotros aplicamos la norma de nuestro Fundador: Perdonar, callar, rezar, trabajar, sonreír.

Un fundador que respetaba la libertad de sus seguidores

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Capítulo de “El Fundador del Opus Dei y su actitud ante el poder establecido”

François Gondrand

El Fundador del Opus Dei nació en Barbastro (Aragón) el 9 de enero de 1902. Ingresó en el seminario de Logroño a los dieciséis años. En aquel momento llevaba cuatro años residiendo en la capital de La Rioja, adonde se había visto trasladado a causa de un fuerte revés económico.

Comentaba Escrivá años después que durante su estancia en Logroño experimentó en su alma que Dios le llamaba para hacer algo por Él, aunque ignoraba el contenido de ese algo. A raíz de esa llamada decidió hacerse sacerdote y durante once años le pidió al Señor que le desvelase en qué consistía aquel querer divino.

Al fin, el 2 de octubre de 1928, tres años después de su ordenación sacerdotal en Zaragoza, mientras trabajaba en Madrid como capellán de una fundación caritativa, vio claramente que Dios le llamaba a abrir un camino de santidad en medio del mundo que llevara a los hombres y las mujeres a alcanzar la plenitud de la vida cristiana en el ejercicio de su propia profesión, en su vida familiar y social, y esforzándose por vivir una intensa vida de oración y de sacramentos. Con la ayuda de los sacerdotes, esos hombres y esas mujeres serían un fermento espiritual en el seno de la sociedad y, al igual que la levadura en la masa, contribuirían a mejorar sus ambientes familiares y profesionales, vivificándolos con los valores evangélicos.

Al principio siguieron a Escrivá algunos estudiantes universitarios; y a partir de febrero de 1930, varias mujeres jóvenes.

Para formar humana, profesional y cristianamente a los jóvenes universitarios que le seguían y poder transmitirles su afán de almas, abrió una academia en 1933, que un año después amplió con una residencia universitaria.

Las circunstancias no podían ser más desfavorables: la República, nacida pocos años antes, en 1931, había dictado una serie de leyes anticlericales que vinieron acompañadas por medidas vejatorias contra las congregaciones religiosas; y eran frecuentes por las calles las algaradas de signo antirreligioso. Pero el joven fundador no se detuvo. En julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, estaba estudiando la posibilidad de abrir otros dos nuevos centros de formación cristiana, semejantes al de Madrid: uno en Valencia y otro en París.

Con los brazos abiertos a todos y respetuoso siempre con la libertad de cada persona, don Josemaría no hacía ningún tipo de declaración partidista sobre la situación política que le rodeaba. Los jóvenes que le seguían tenían filiaciones políticas muy diversas y a veces, antagónicas: había entre ellos nacionalistas, monárquicos que estaban cada vez más en desacuerdo con el gobierno constituido, católicos vascos de fuerte sentido republicano y defensores de sus “libertades patrias”, etc.

“El Padre”, como todos le llamaban, no hacía alusión alguna a las libres opciones temporales de cada cual, aunque les pedía, eso sí, que no hablaran de cuestiones políticas en aquel centro al que acudían para formarse cristianamente. Les explicaba que la labor apostólica que llevaba a cabo no era, en modo alguno, una respuesta ante la situación político-religiosa que atravesaba el país. “La Obra de Dios –decía– no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931”. “No somos una organización circunstancial” –recalcaba– (…) “ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica”. “El vínculo que os une –insistía el fundador– es de naturaleza exclusivamente espiritual (…) Lo que descarta toda idea o intención política o partidista” .

Escrivá se limitaba a enseñar –y eso ya era mucho– el mensaje del Opus Dei, que convoca a los cristianos corrientes a santificarse en medio del mundo y a esforzarse por vivir la llamada evangélica con todas sus consecuencias, recordándoles las palabras del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”. No les ofrecía un recetario de reformas sociales, ni un programa político determinado. Sabía –y recordaba– que el esfuerzo por transformar la sociedad para hacerla más fiel a los valores evangélicos es una tarea que corresponde a cada fiel cristiano en particular. Es el cristiano de a pie quien debe formular y proponer, con plena responsabilidad, las consecuencias sociales concretas que, a su juicio personal, lleva implícito ese mensaje.

Esta convocatoria –nacida de la enseñanza perenne de la Iglesia y que invita a los cristianos a obrar en todo momento de forma coherente con su fe– tiene unas claras consecuencias sociales. Partiendo de esas enseñanzas los cristianos pueden proponerse programas sociales y políticos muy variados y diversos a los que proponen –partiendo de esas mismas enseñanzas– otros cristianos, con una pluralidad grande de enfoques y perspectivas. Fueran las que fuesen las opciones personales de cada uno, el Fundador alentaba a los cristianos a formarse bien desde el punto de vista doctrinal, y a cultivar una profunda vida interior acompañada por la creatividad y la iniciativa apostólica personal en todos los ámbitos. Porque sólo así –decía– cada cristiano, con personal responsabilidad, con autonomía y respeto a las legítimas opciones de los demás, será capaz de llevar a cabo una profunda renovación espiritual de la sociedad.

Conviene recalcar este punto: Escrivá alentaba a llevar a cabo una renovación espiritual personal; es decir: no daba ningún tipo de consigna, encaminada, por ejemplo, a reinstaurar nostálgicamente, la antigua cristiandad, si se entiende ese término –cristiandad– en su acepción política. Es interesante recordar que la palabra cristiandad no aparece en Camino.

No se trata de regresar a situaciones del pasado, sino de transformar el mundo presente desde dentro. Y esa transformación debía realizarse –explicaba el Fundador– en todas las épocas, en todos los países, en todos los ámbitos sociales, porque todos los oficios, trabajos y actividades nobles de los hombres pueden convertirse en caminos de santidad. “Hemos de estar siempre de cara a la muchedumbre, porque no hay criatura humana que no amemos, que no tratemos de ayudar y de comprender. Nos interesan todos, porque todos tienen un alma que salvar”. La palabra “alma”se encuentra frecuentemente en sus escritos, y es una manifestación del sentido estrictamente espiritual y apostólico de sus enseñanzas.

Hablaba con frecuencia del común denominador del que gozaban las personas que le seguían (la fe cristiana, las enseñanzas de la Iglesia, un espíritu y unos modos apostólicos específicos) y del numerador diversísimo y variado del que gozaban: ese numerador eran las libres opiniones y opciones personales de cada una, de cada uno, en materias políticas, culturales, científicas, artísticas, profesionales, etc.

Continuó predicando esto mismo, década tras década, de forma inalterable, en las circunstancias más diversas: en la preguerra, en el fragor de la contienda civil y durante el régimen que se impuso en España a continuación; y en los treinta y un países del mundo a los que llegó su acción apostólica a lo largo de su vida.

Este rechazo explícito de cualquier forma de clericalismo resulta completamente congruente con la condición secular de los miembros del Opus Dei, que son “ciudadanos de dos ciudades”; es decir, fieles corrientes que gozan de los mismos derechos y obligaciones que sus conciudadanos.

En los documentos que el Fundador sometió a la aprobación de la Santa Sede en 1947, hizo constar un mandato específico para los directores del Opus Dei, indicándoles con rotunda claridad que deberían abstenerse por completo de intervenir en cualquier ámbito (político, cultural, profesional, etc.) que perteneciera a la libre elección de los miembros de la Obra. Los estatutos definitivos del año 1982, sancionados por Juan Pablo II con motivo de la erección del Opus Dei en Prelatura personal, recogieron ese mandato.

Esto explica que cada vez que ha surgido alguna cuestión relativa a este punto en cualquier país del mundo, hayan sido los propios miembros del Opus Dei los que han reafirmado su libertad absoluta de opinión y de compromiso político, cultural y profesional. En los contextos culturales más diversos han señalado que ellos son los únicos responsables de sus libres opciones personales; y que no representan en modo alguno con sus actuaciones a la institución de la Iglesia a la que pertenecen.

Y lo mismo han hecho los responsables del Opus Dei en casos similares.

La cuestión se planteó por primera vez en 1957 en España, cuando fueron nombrados ministros del Gobierno dos miembros del Opus Dei: Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres. Al conocer este dato, ciertos periodistas de la prensa internacional, como no sabían en qué tendencia clasificarlos, les colgaron rápidamente el sambenito de “tecnócratas” o “tecnócratas del Opus Dei”.

Esta calificación –tecnócratas del Opus Dei– era falsamente precisa: porque Ullastres y Navarro no accedieron a sus cargos por su condición de miembros del Opus Dei, ni actuaron en ningún momento como representantes de esta institución en la vida política; además, con esa calificación se englobaba arbitrariamente bajo el nombre “Opus Dei” a un conjunto de políticos –los llamados tecnócratas– que sólo tenían en común con Ullastres y Navarro la pertenencia al mismo equipo de gobierno. Todos estos hombres resultaban difíciles de “clasificar” en relación con las tendencias más conocidas, y que eran entonces: falangistas, militares, monárquicos (ya fueran donjuanistas, juancarlistas o carlistas), y demócrata-cristianos procedentes de la Acción Católica o de la Asociación Nacional de Propagandistas.

Cinco años después, en 1962, otro miembro del Opus Dei, Gregorio López Bravo, entró a formar parte del gobierno. Tres años después Ullastres y Navarro Rubio salieron del gobierno y fueron nombrados ministros cuatro miembros del Opus Dei: el ya citado López Bravo, Juan José Espinosa, Laureano López Rodó y Faustino García Moncó.

En el gobierno de 1969 había tres miembros del Opus Dei: López Bravo, López Rodó y Vicente Mortes. Entre los ministros nombrados en 1973 uno (López Bravo); y entre los nombrados en 1975, uno también, Fernando Herrero Tejedor.

Esto significa que de los 129 ministros que nombró Franco desde el 3 de octubre de 1936 hasta su fallecimiento en 1975, sólo ocho ministros eran del Opus Dei. Y esos ocho ministros, que pertenecieron a diversas tendencias, estuvieron en gobiernos muy distintos del Régimen, a lo largo de los años cincuenta, sesenta y setenta respectivamente.


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