LA PRELATURA DEL OPUS DEI

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

El Opus Dei es una prelatura personal de la Iglesia Católica, erigida por Juan Pablo II el 28 de noviembre de 1982 mediante la Constitución apostólica “Ut Sit”. En la actualidad forman parte de esta prelatura más de 80.000 personas de los cinco continentes. La sede central del Opus Dei —con la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz— se encuentra en Roma. El primer prelado del Opus Dei fue Mons. Álvaro del Portillo (1975-1994). Le sucedió en 1994 Mons. Javier Echevarría.

La finalidad del Opus Dei es contribuir a la misión evangelizadora de la Iglesia, promoviendo entre los fieles cristianos una vida coherente con la fe en las circunstancias ordinarias, a través de la santificación del trabajo.

Santificar el trabajo” significa trabajar según el espíritu de Jesucristo: realizar la propia tarea con perfección, para dar gloria a Dios y para servir a los demás, haciendo presente el espíritu del Evangelio en todas las realidades temporales.

Para alcanzar ese fin, el Opus Dei proporciona formación espiritual y atención pastoral a sus fieles y a las personas que se acercan a sus apostolados, estimulándolas a llevar a la práctica las enseñanzas del Evangelio, mediante un trabajo realizado con perfección, cara a Dios, y el ejercicio de las virtudes cristianas: lealtad, laboriosidad, alegría, etc.

Los fieles del Opus Dei

Forman parte de esta realidad eclesial numerosos hombres y mujeres, que han elegido vivir el celibato por razones apostólicas. La gran mayoría de los fieles —un setenta por ciento del total— están casados, y para ellos la santificación de los deberes familiares forma parte primordial de su vida cristiana.

Hay numerosos sacerdotes diocesanos que buscan la santidad en el ejercicio de su ministerio según el carisma del Opus Dei. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —asociación de clérigos intrínsecamente unida al Opus Dei— les proporciona aliento apostólico y acompañamiento espiritual. Los sacerdotes de esta Sociedad Sacerdotal dependen de su obispo diocesano a todos los efectos.

Medios de formación

Escrivá definió el Opus Dei como una gran catequesis. Con esta expresión caracterizaba la tarea evangelizadora del Opus Dei: dar una profunda formación cristiana a los fieles de la Prelatura y a las personas que se acercan a sus apostolados.

El medio habitual de esa catequesis es el apostolado que cada fiel realiza en su entorno familiar y en el círculo de sus amistades y conocidos.

La formación que da esta Prelatura —ya sea de carácter doctrinal, ascético, apostólico, humano o profesional— se imparte de modo personalizado, según las circunstancias de las personas a quienes se dirija, con variedad de formulaciones y acentos específicos, según el lugar y situación de cada uno. En unos casos serán unas lecciones de teología en el colegio de los hijos o unas clases de doctrina cristiana en un Centro del Opus Dei; en otros, unos retiros espirituales en la parroquia o unos coloquios sobre ética profesional en el domicilio de uno de los promotores. El apostolado —decía Josemaría Escrivá— es un mar sin orillas.

Información

Para más información sobre el Opus Dei, se puede consultar Romana, boletín oficial de esta prelatura, de periodicidad semestral, que informa con amplitud de la situación del Opus Dei en todo el mundo: nombramientos para los órganos de gobierno, apertura de nuevos centros, actividades de las labores apostólicas, etc.

Romana se publica en italiano, inglés y castellano, y se distribuye por suscripción, que puede solicitarse a

En castellano. Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, Vitruvio 3, 28006, Madrid (España). E-mail: romana-es@opusdei.org

En inglés. Romana. Bulletin of the Prelature of the Holy Cross and Opus Dei, 524 North Avenue, suite 200, New Rochelle, NY 10801 (USA). E-mail: romana-usa@opusdei.org

En italiano. Bollettino della Prelatura della Santa Croce e Opus Dei, San´t Agostino 5 A, Roma (Italia). E-mail: romana-it@opusdei.org

Oficina de información de la Prelatura del Opus Dei en España

C/ Vitruvio, 3. 28006 Madrid.

Tel. 915 634 782

Fax: 914 117 426

E-mail: info@opusdei.es

www.opusdei.es

Nacimiento: Barbastro, 9 de enero de 1902
Ordenación sacerdotal: Zaragoza, 28 de marzo de 1925
Fundación del Opus Dei: Madrid, 2 de octubre de 1928
Fallecimiento: Roma, 26 de junio de 1975
Beatificación: Roma, 17 de mayo de 1992
Canonización: Roma, 6 de octubre de 2002

4. Calor de hogar

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Dios quería que el Opus Dei fuese ‑en el sentido literal del término‑ una familia. Y, como acabamos de apuntar, se sirvió decisivamente de las virtudes humanas y sobrenaturales del hogar de su Fundador. Pero él también fue siempre, verdaderamente, el Padre de esa familia. La sacó adelante en lo humano, coja

corazón paterno y materno, que se volcaba hacia los socios de la Obra, tanto mientras fueron unos pocos, como cuando llegaron a sumar decenas de millares de todos los colores y de todas las razas.

Estaban ya esparcidos por los cinco continentes desde hacía años, cuando Mons. Escrivá de Balaguer hizo su último viaje a España. Acudió a su ciudad natal con motivo de la imposición ‑el 25 de mayo de 1975‑ de la medalla de oro de Barbastro. Llegado el momento, al comenzar la lectura de su breve discurso, en el salón de sesiones del Ayuntamiento, tuvo que interrumpirse:

Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: pri­mero, por vuestro cariño; y, además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma, comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Dere­cho Civil por la Universidad de Madrid, entonces Universidad Central; doctor en Derecho Canónico por la Universidad Latera­nense; abogado rotal. Después, en tiempos de Juan XXIII, nom­brado auditor de la Rota.

Ha servido a la Iglesia con sus virtudes, con su talento, con su esfuerzo, con su sacrificio, con su alegría, con ese espíritu del Opus Dei que es de servicio. Yo debería estar contento de tener uno más en el cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis y estaréis contentos de saber que tengo corazón. Sigo.

Esta reacción ‑de padre de familia con corazón humano y con fe divina‑ era idéntica a la que siempre tuvo ante la muerte de otros socios de la Obra. El P. Sancho, O.P., testimonia cómo, cuando murió Isidoro Zorzano en 1943, el Fundador del Opus Dei estaba, a la vez, apenado por la separación y contento porque había muerto como un santo.

Y es que ‑añade el religioso dominico‑ “dentro de su celo infatigable por todas las almas, tenía un cariño paterno y un en­trañable desvelo por sus hijos. Eran la niña de sus ojos. Los tra­taba con fortaleza, exigiéndoles para que fueran santos, pero con la familiaridad de un padre con sus hijos. A mí me sorprendía este modo de tratarles, sobre todo a aquellos socios de la Obra que yo tenía en mucho, porque eran catedráticos: para él eran siempre y principalmente sus hijos. Era muy respetuoso con su libertad y les quería a todos muchísimo; es natural, porque al fin y al cabo eran sus hijos”.

“Muchas veces ‑expresa don José Luis Múzquiz, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, junto con don Álvaro del Portillo y don José María Hernández de Garnica‑ he visto al Padre, aun teniendo mucho trabajo, pasarse tiempo junto a un enfermo, dándole visión sobrenatural, contándole cosas para dis­traerle, haciendo alguna norma de piedad con él”.

En los años setenta, cuando empezó a estar muy enfermo don José María Hernández de Garnica ‑Mons. Escrivá de Balaguer le llamó siempre con su apelativo familiar, “Chiqui”‑, don José Luis Múzquiz recibió en febrero de 1972 una carta de don Álvaro, diciéndole que “Chiqui está muy mal de salud”, y que quiere “el Padre que te lo escriba yo directamente para que reces”. Al leer esto, don José Luis se acordó de que, igual que, con la enfermedad de Isidoro Zorzano ‑como las madres cuando están sus hijos pequeños enfermos‑ el Padre presentía algo grave, antes del diagnóstico de los médicos. Lo mismo sucedía en esta ocasión: don José María Hernández de Garnica había ido a Roma y en cuanto el Padre lo vio, lo mandó inmediatamente a que le hicieran una revisión médica a fondo.

La víspera de la Fiesta de la Inmaculada ‑7 de diciembre (le 1972‑ murió en Barcelona don José María. Poco después, don José Luis Múzquiz recibía una carta de Roma:

Me ha llegado hace unos momentos la dolorosísima noticia del fallecimiento de Chiqui (q.e.p.d.). Bien purificado se nos lo ha querido llevar el Señor. No puedo ocultarte que he sufrido ‑que sufro mucho‑, que he llorado.

Haz muchos sufragios por él, y pide a todos que los hagan, aunque estoy seguro de que ya no los necesitará. Encomiéndale ‑yo lo he hecho desde el primer momento‑ todas las cosas que llevamos en e1 corazón, que Chiqui seguirá empujando, como ha hecho siempre, muy cerca de la Santísima Virgen.

Que estés sereno y con paz: el Señor sabe más.

Así en la muerte, como en la vida. Encarnación Ortega subraya la delicada ternura del Padre: “Intuía nuestras preocu­paciones, nuestro estado de ánimo”. Y detalla manifestaciones bien concretas de cómo hacía compatible ese cariño suyo ‑ma­terno‑ con la energía en la corrección y la fortaleza de un padre que sabe exigir a sus hijos, también porque los quiere. Así, cuando llegaban a Roma asociadas de la Obra, generalmente para cursar estudios, se preocupaba de que se les facilitase la ambientación, especialmente si venían de países lejanos, muy dis­tintos: evitarles los rigores del clima, hacer que se incorporasen gradualmente a las comidas italianas, proporcionarles la compa­ñía de personas que hablasen su idioma.

Encarnación Ortega estaba en Londres en septiembre de 1960. Poco antes, algunas asociadas del Opus Dei habían mar­chado a Osaka y Nairobi. Comenzaban el trabajo apostólico de la Obra, como siempre, con muy pocos medios materiales. El Fun­dador, que por aquellos días se encontraba en Londres, sentía en su corazón la premura de llamarles por teléfono para tener noti­cias directas de ellas. Preguntó cuánto costaría, y calculó que, prescindiendo de otras cosas, podrían hacer ese gasto. Y lo hizo. Le venció su corazón de Padre.

Pero el cariño no excluía la fortaleza, que era un modo dis­tinto de manifestar ese cariño. Nunca dejó de corregir: ni en asuntos de fondo, en que estaban en juego aspectos medulares del espíritu del Opus Dei, ni en cuestiones menudas, aparentemente sin importancia.

Porque sabía querer, supo corregir. Sus advertencias no he­rían, no aplanaban. Ponía tal afecto ‑por enérgica y clara que fuera la corrección‑, que todos se sentían queridos, y animados a hacer las cosas bien.

Este afecto determina que el Opus Dei sea familia, fuera de todo eufemismo. Y ese cariño alcanza especialísimamente a las familias de los socios de la Obra.

Fruto de su meditación del quinto misterio gozoso del Santo Rosario ‑el Niño perdido y hallado en el Templó‑, el Fundador del Opus Dei había escrito: (…) Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús ‑;tres días de ausencia!‑ disputando con los Maestros de Israel (Le., II, 46), quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial.

Era una obligación clara, siempre vivida así en la Iglesia. Pero también, siempre que fuera posible, quería el Fundador del Opus Dei que los socios de la Obra que no vivían con sus padres los acompañasen en los momentos duros, al menos ‑cuando les resultaba imposible estar físicamente a su lado‑ con su oración incesante, con sus continuas cartas, o con la compañía de otros socios de la Obra.

Lo vivió así. Y enseñó a vivirlo a los más jóvenes, que ‑por temperamento, casi por ley de vida‑ podían encubrir el amor y el agradecimiento hacia sus padres con un cierto y aparente ‑a veces simplemente perezoso‑ distanciamiento.

Como anota don Remigio Abad, que desde hace años es cape­llán de Xaloc, obra apostólica promovida por el Opus Dei en Hospitalet de Llobregat, “me enseñó a querer a mis padres con un cariño más intenso; en varias ocasiones me preguntó ‑sabía que yo era perezoso para escribir‑: ¿Cuántos días hace que no escribes a tus padres? Él los encomendaba cada día en la Santa Misa‑.

Cuando le hablaban de padres que no acaban de estar con­tentos de que sus hijos fueran socios de la Obra, era a éstos, generalmente, y con toda razón, a quienes echaba la culpa. Por­que no sabían ser fieles, en la práctica, al espíritu de la Obra. Una madre brasileña escribía en 1974 a su hijo, después de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer:

“Querido hijo:

“Después de siete años, puedo nuevamente mirarte a los ojos y decirte: realmente fue mejor así. Realmente tenía que ser así.

“Ahora ya puedo ver una cruz, una iglesia, sin sentir dolor en el corazón. Sí, ahora ya puedo ver que no te me robaron. Que tú tenías que marcharte. Y que tu mundo es maravilloso.

“Tú, hijo mío, eres un privilegiado. ¡Cómo me cambió el Padre! El me devolvió a ti. Y también a Dios, a quien ahora puedo amar.

“Hijo mío, procura seguir las enseñanzas del Padre. Para n‑3í es como si fuese el mismo Amor de Cristo”.

El corazón del Fundador del Opus Dei era de veras paterno. Por eso comprendía muy bien los sentimientos de todos los padres. Y por eso tenía siempre en cuenta a las familias de los socios de la Obra. Cuando las necesidades del trabajo los lleva­ban lejos, les animaba siempre a que les escribieran con frecuen­cia, a que les dieran buenas noticias, a que les hicieran partícipes de su alegría: pues la dicha del hijo es lo que más alegra el cora­zón de unos padres.

Lo vivió así, con todos, incluso en los momentos tremendos de la guerra de España. Le emocionaba mucho a Enrique Espinós Raduán, que estuvo unas horas con el Padre en Valencia, en octubre de 1937, cuando pasó por allí camino de Barcelona. Espinós fue a despedirle a la estación con su primo Francisco Botella. De aquella entrevista conserva una impresión de sereni­dad y de paz, de inmensa confianza en Dios. Más adelante Paco se reuniría con don Josemaría en Barcelona, y estaría con él hasta cruzarlos Pirineos. Unos meses después Enrique Espinós empezó a recibir cartas firmadas por Isidoro, Zorzano dándole detalles sobre sus pasos desde Valencia a Burgos: “Era una muestra de fina caridad conmigo y con los padres de Paco; no hay duda de que lo hacía por sugerencia del Padre, ya que yo no conocía a Isidoro”.

También don Pedro Casciaro tuvo ocasión de experimentarlo por aquellos días. Había hablado muchas veces al Fundador de la Obra sobre la vida espiritual de su padre, hombre de virtudes humanas y gran bondad, pero al que su preocupación por mejorar las condiciones de los obreros le llevó a militar en un partido político que fue derivando hacia posturas cada vez más anticlericales. Dentro de ese ambiente, se retraía de prácticas externas de la religión. Don Josemaría animaba a Pedro a invocar confiadamente a la Santísima Virgen. En diciembre de 1937, después de llegar a Andorra, quiso pasar por Lourdes antes de regresar a España. Pedro se disponía a ayudarle en la Misa que iba a celebrar. Ya al pie del altar, se volvió delicadamente hacia él, que estaba arrodillado en la grada, y le dijo en voz baja: ‑Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre, para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana. Don Pedro Casciaro quedó sorprendido: “Realmente yo en ese momento no había hecho tal intención, pero le contesté en el mismo tono: ‑Lo haré, Padre”.

Cuando acabó la guerra, su padre tuvo que exiliarse. Suzrió muchas privaciones, pero el Señor le movió a vivir como cristiano fervoroso, con una piedad sincera. Durante los últimos once años de su vida ‑murió con mucha paz el 10 de febrero de 1960, víspera de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes‑ fue hombre de oración, de Misa y Comunión diarias. Quiso mucho al Fun­dador del Opus Dei y era Cooperador de la Obra.

Cuando el Opus Dei creció por el mundo, no disminuyó el cariño. Es algo que no puede atribuirse a causas humanas: per­sonas de razas y temperamentos muy diversos, que no conocían el castellano y quizá nunca habían visto físicamente a Mons. Es­crivá de Balaguer, le trataban ‑le querían‑ como a auténtico Padre. Y es que era Padre de veras. Lo hacía notar un destacado pedagogo español, Víctor García‑Hoz, que le había conocido en 1939: “Una de las cosas que más me llamó la atención en os últimos años del Padre fue ver cómo en las catequesis multitudi­narias, en tertulias de cientos y aun miles de personas, sabía con­versar con aire de intimidad. Es cosa que no me explico sino por una gracia especial de Dios”.

El Fundador del Opus Dei había recomendado y practicado siempre el apostolado personal, de amistad y confidencia. Pero a medida que el desarrollo de la Obra fue haciendo imposible que recibiera y hablara con todos y cada uno de los que querían escuchar su enseñanza, surgió con naturalidad este tipo de ter­tulias, en algunas de las cuales llegaron a participar más de cinco mil personas en torno a Mons. Escrivá de Balaguer. Era llama­tivo comprobar que nunca resultaban masivas, sino que tenían el ambiente de una reunión familiar. Todos se sentían en familia, identificados con quienes iban preguntando o contando cosas: tanto una señora de ochenta años, como un chico de quince; un casado con muchos hijos o una mujer soltera; un obrero, .in profesor universitario o una artista de cine… Los temas de conversación surgían de problemas o inquietudes personales. El Padre mantenía el tono personal, íntimo. Y todos se unían en la misma preocupación y recibían sus respuestas como si se dirigiese a cada uno en particular.

De algunas de esas tertulias se conservan imágenes filmadas en color, con sonido directo. Una sola de estas películas describe mejor que muchas páginas cómo era el Fundador del Opus Dei y cómo quería a todas las personas que se apiñaban a su lado. El 16 de junio de 1974 la reunión fue en un salón enorme del Palacio de Congresos General San Martín, de Buenos Aires. Se inició con unas palabras muy breves:

No os llamará la atención si os digo ‑porque os parecerá lógico‑ que yo esta mañana, en la Santa Misa, me he acordado mucho de vosotros; y también en la acción de gracias. He pedido al Señor por cada uno: por sus preocupaciones, por sus ocupa­ciones, por sus afectos, por sus intereses, por su salud temporal, material, y por su salud espiritual. Porque os quiero felices. Y me acordaba de que íbamos a parecer aquí como una muche­dumbre. Ya estamos acostumbrados en el Opus Dei, y sabemos que no somos eso: somos una familia. A los dos minutos de hablar, la muchedumbre se convierte en un grupito. Hablamos con el cariño de media docena de personas que se entienden.

Poco después, un paraguayo señaló que su madre, de la Obra, había muerto rezando por su Fundador. Una mujer, cuyo marido era del Opus Dei, quería saber qué le faltaba a ella para decidirse también. Otro estaba preocupado porque, a veces, la intensidad del trabajo profesional hace más difícil darle sentido sobrenatural. Luego tomó la palabra un socio de la Obra, que estaba allí con su madre, viuda, inquieta por lo que pudiera ser de su hijo cuando llegase a viejo…

‑Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique que tenemos familia, que nos queremos mucho, y que además somos siempre jóvenes, como usted…

Mons. Escrivá de Balaguer ilustró su respuesta con una anéc­dota antigua. Una vez un gran personaje atacó a un socio de la Obra, porque éste, en el ejercicio de su libertad civil, había manifestado su disconformidad. Entre otras cosas, habló de que este socio de la Obra no tenía familia. Entonces, el Fundador del Opus Dei fue a verle, y le dijo: ‑Tiene mi familia; tiene mi hogar. Aquel personaje pidió perdón. Y continuaba: Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ;Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! (…) ¡Es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!

Muchos apreciaron aquel día que allí ‑en el Palacio de Con­gresos‑ había sabor de primitiva cristiandad, que vibraba con un solo corazón, con una sola alma, con un único afecto. Y en­tendieron que, verdaderamente, el Opus Dei es hogar, pleno de cariño humano y delicadezas santas.

Dos años antes, el 22 de noviembre de 1972, en Barcelona, una chica joven manifestó al Padre, en una reunión semejante:

‑El otro día estuve también en una tertulia con usted. A1 salir. una amiga me dijo: ‑¿Te has fijado en esos sacerdotes que estaban con el Padre? Seguro que le han oído miles de veces decir las mismas cosas. Y, sin embargo, con qué cariño le miraban. ;Cómo se quiere la gente del Opus Dei!

La respuesta fue rápida, inmediata, emocionada:

¡Pues sí! ¡Nos queremos! Sí, señor. ¡Nos queremos! Y es el mejor piropo que nos pueden decir. Porque de los primeros fieles afirmaban los paganos: mirad cómo se aman.

DECRETO DE INTRODUCCIóN DE LA CAUSA DE BEATIFICACIóN

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último» (Motu proprio Sanctitas cdarior, 19–III–1969).

Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia.

El Siervo de Dios nació el 9 de enero de 1902, en Barbastro (España), en el seno de una familia de fervientes raíces cristianas. Desde su juventud se distinguió por la agudeza de su inteligencia y por su carácter fuerte y amable. Hacia los quince años advirtió por primera vez el presentimiento de la llamada del Señor a una misión que el Siervo de Dios aún ignoraba. Para disponerse plenamente a la Voluntad divina, decidió hacerse sacerdote, cultivando una vida de piedad y de penitencia intensísima. Tras haber cursado los estudios en el Seminario de Logroño, primero, y después en el Seminario de San Francisco de Paula y en la Universidad Pontificia de Zaragoza, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925, en Zaragoza.

En 1927 se trasladó a Madrid, donde ejercitó un vasto apostolado con los enfermos, los necesitados y los niños. Fue Capellán del Patronato de Enfermos desde 1927 a 1931. En 1931 pasó a ser Capellán en el Patronato de Santa Isabel, del cual fue nombrado Rector en 1934.

El 2 de octubre de 1928, durante los ejercicios espirituales, el Señor le mostró con claridad lo que hasta ese momento había sólo barruntado; y el Siervo de Dios fundó el Opus Dei. Movido siempre por el Señor, el 14 de febrero de 1930 fundó la Sección femenina del Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado.

Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del Ordinario del lugar, el Siervo de Dios se dedicó plenamente a esta misión, y el Señor le bendijo con frutos abundantes.

Durante la guerra civil española, sin preocuparse por los peligros que le amenazaban, no abandonó su intensa actividad sacerdotal. A1 final de la guerra regresó a Madrid, desde donde pudo dar mayor impulso a la labor de la Obra en España: a pesar de la absoluta carencia de medios, abrió nuevos Centros en numerosas ciudades y preparó la expansión fuera de la península ibérica.

Muchísimos sacerdotes y laicos acudían al Siervo de Dios para la dirección espiritual. A petición de los Obispos y de los Provinciales de diferentes órdenes y Congregaciones religiosas, predicó gran número de ejercicios espirituales a sacerdotes y religiosos, además de los dirigidos a los laicos. Con su apostolado, suscitó muchísimas vocaciones de todas clases.

El 14 de febrero de 1943, Mons. Escrivá fundó, dentro del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, haciéndose así posible la ordenación sacerdotal de algunos miembros laicos del Opus Dei, con una disponibilidad total para la asistencia espiritual de los demás miembros y de las actividades apostólicas promovidas por la Obra. Prácticamente toca el millar el número de profesionales de la Obra (médicos, abogados, ingenieros, periodistas, etc.) que, ya durante la vida del Siervo de Dios, recibieron las órdenes sagradas, dejando perspectivas profesionales muy florencientes para dedicarse enteramente al ministerio sacerdotal.

En 1946el Siervo de Dios se trasladó a Roma, donde fijó definitivamente su residencia. En 1947 obtuvo de la Santa Sede el deeretum laudis para el Opus Dei que, el 16 de junio de 1950, recibió la aprobación definitiva como institución de derecho pontificio. Simultáneamente fue aprobada la Asociación de Cooperadores del Opus Dei, en la que podían ser admitidos también los acatólicos.

Desde Roma, Mons. Escrivá estimuló y guió la difusión del Opus Dei en todo el mundo, prodigando todas sus energías para dar a sus hijas y a sus hijos una sólida formación doctrinal, ascética y apostólica. Ejemplar se demostró la dedicación del Fundador a la propia misión: fue incansable en el trabajo y, movido por su celo, llegó a emprender viajes muy duros y fatigosos por toda Europa y por América, también en épocas en que se encontraba gravemente enfermo. A pesar de las constantes estrecheces económicas, no se desalentó, y puso en marcha los oportunos instrumentos apostólicos, tanto en Roma como en otros países.

Su celo se plasmó en una amplísima gama de iniciativas apostólicas que –como un mar sin orillasse han extendido por los cinco continentes, en todos los sectores en los que más vivamente se experimenta la necesidad de que la verdad de Cristo ilumine el esfuerzo de los hombres: centros de formación profesional, de enseñanza elemental y media; universidades (Mons. Escrivá había fundado y era Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España, y de la Universidad de Piura, en Perú); ambulatorios médicos; clubs para la formación de la juventud; residencias para empleadas del hogar, para campesinos, para estudiantes universitarios; centros culturales; instituciones académicas de especialización; escuelas agrarias, etcétera.

Con sus enseñanzas, el Siervo de Dios ha abierto un capítulo nuevo en la historia de la espiritualidad. Sus escritos han alcanzado una significativa difusión: basta considerar que sólo el libro Camino ha tenido una tirada de tres millones de ejemplares, con traducciones en 34 lenguas. Semejantes son los datos que conciernen a las otras obras de Mons. Escrivá: Santo Rosario, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios.

El Siervo de Dios era doctor en Derecho y en Sagrada Teología; había sido nombrado Prelado doméstico de Su Santidad, Consultor de la Pontificia Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico y Académico de la Academia Teológica Romana.

En Roma, el 26 de junio de 1975, a mediodía, un repentino ataque cardíaco truncó su vida terrena. Murió después de recibir, cuando ya había perdido los sentidos, la absolución y la Unción de los Enfermos, que ardientemente había deseado toda la vida, dando repetidas veces a sus hijos indicaciones precisas en este sentido. También aquel día –según una confidencia hecha a cuatro miembros de la Obra– había renovado el ofrecimiento de su propia vida por la Iglesia y por el Papa, durante la celebración de la Santa Misa, cuatro horas antes de morir.

A la muerte del Siervo de Dios, el Opus Dei, difundido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 miembros, en representación de 80 nacionalidades.

La raíz de tanta fecundidad consiste en la actualidad del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei y, a la vez, en el vivo ejemplo que en primer lugar dio el mismo Siervo de Dios. Proclamando la llamada a la santidad a través de las ocupaciones cotidianas, enseñó que cada acción del hombre es santificable y santificante y contribuye a la edificación del Pueblo de Dios.

Al enseñar que todos han de buscar la santidad en el marco de la vida ordinaria, Mons. Escrivá subrayó que el trabajo ha de considerarse como instrumento y ámbito de la santificación; por eso, mientras recalcaba la importancia de alcanzar la máxima perfección posible en el cumplimiento de los deberes temporales, insistía en la necesidad de desarrollarlos en unión con Dios mediante la gracia y con una piedad viva y sincera. De ahí su empeño en poner de relieve la primacía de los Sacramentos en la edificación de una existencia auténticamente cristiana, y en mover a las almas a la práctica de la oración.

En la base de la espiritualidad del Siervo de Dios se halla una profunda percepción del misterio de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, que se manifiesta en el entrelazamiento de lo divino y lo humano, en unidad de vida. En su’ vida personal demostró esta íntima fusión de contemplación y acción, de vida interior y actividad cotidiana. Las virtudes sobrenaturales se unían con las virtudes humanas, haciendo de él el ejemplo de una santidad entretejida de sencillez y naturalidad, construida de fidelidad en las cosas pequeñas. Vivía profundamente el sentido de la filiación divina, que se traducía en un confiado abandono en Dios Padre, en la primacía de la oración respecto al esfuerzo humano –que podía convertirse así en trabajo hecho con Dios y por Dios–, en un amor ardiente a la Humanidad Santísima de Cristo, en una devoción tierna y fuerte a la Virgen, a San José y a los Angeles Custodios, en un espíritu de sobrenatural optimismo y de contagiosa alegría.

En consonancia con esta unidad de vida, el Siervo de Dios no consideró el apostolado como una actividad más junto a otras, ni como una misión reservada a algunos iniciados en las cosas eclesiásticas, sino como un deber constante que concierne a todos los fieles, como consecuencia de las gracias recibidas en el Bautismo y en la Confirmación y sucesivamente desarrolladas por los demás sacramentos, y que debe ejercitarse en cada situación de la jornada.

Estas y otras enseñanzas –piénsese sobre todo en su consideración de la Santa Misa como centra y raíz de la vida interior, y en el amor que, consiguientemente, derrochó por el Sacramento de la Eucaristía y la liturgia toda– han aportado indudables beneficios también a los sacerdotes, para quienes la doctrina predicada por el Siervo de Dios está destinada a producir frutos de alcance insospechado.

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas.

Un papel determinante en el mensaje de Mons. Escrivá lo desarrolla el amor a la verdadera libertad, valor tan agudamente sentido por la mentalidad contemporánea. En particular insistió sobre la libertad en las cuestiones temporales, indispensable en la acción ele los cristianos en el mundo; quiso que siempre se ejercitase con la consiguiente responsabilidad y en el respeto de las normas establecidas por la fe y la moral, según los dictámenes del Magisterio de la Iglesia. Respetó escrupulosamente las legitimas opciones de todos los cristianos en materias opinables. Así defendió una propiedad irrenunciable de la vocación secular cristiana y salvaguardó la finalidad exclusivamente espiritual del Opus Dei.

Digna de particular mención es la atracción que la espiritualidad del Siervo de Dios ejercita sobre los intelectuales: estudiantes, profesores universitarios y profesionales de las ramas más diversas advierten la gran fuerza de un mensaje en el que la vida interior y el empeño por alcanzar una seria competencia profesional constituyen dos aspectos igualmente necesarios de ese camino hacia Dios. Del mismo modo, empleados, campesinos, obreros, padres e hijos, hombres y mujeres, todos los componentes de la sociedad civil –la gente de la calle, como decía Mons. Escrivá encuentran en este espíritu la ayuda para descubrir el divino designio de salvación que late en las más pequeñas realidades de la vida. Perennemente actual se muestra, pues, la figura de este sacerdote, y es punto de referencia desde el que la luz del apostolado cristiano se irradia sobre la sociedad de todos los tiempos.

Lo confirma la vasta fama de santidad que circundó ya en vida al Siervo de Dios, respaldada por abundantes y autorizados testimonios. Desde que el Señor lo llamó a Sí, esta fama de santidad se ha ido progresivamente extendiendo, con significativa espontaneidad. Son millares las cartas –de eminentes personalidades y de gente común– llegadas al Santo Padre desde los más lejanos rincones de la tierra, con el fin de pedir la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios. Entre estas cartas, nos place recordar la de la Conferencia Episcopal del Lazio, con sus expresiones de gratitud por los frutos que sembró en Roma el celo sacerdotal de Mons. Escrivá. Personas de todas las condiciones sociales y de las más variadas nacionalidades atestiguan el cúmulo de favores, grandes y pequeños, espirituales y materiales, recibidos del Cielo por el recurso a la intercesión del Siervo de Dios. La Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, en Roma, donde reposan los restos mortales del Fundador, es meta de una peregrinación ininterrumpida de fieles, que confían a su mediación ante Dios todas sus necesidades o le agradecen favores obtenidos.

Ante esta realidad, el Presidente General del Opus Dei, Revmo. don Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaria Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci, cuyo cargo fue legalmente reconocido el 4 de febrero de 1978. A petición del Postulador, persuadidos del beneficio que la acogida de nuestra súplica traería a la Santa Iglesia, con fecha 15 de marzo de 1980, dirigimos a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para la introducción de dicha Causa, adjuntando los documentos requeridos a ese fin por el Motu proprio Sanctitas clarior.

Tras un atento estudio de la documentación, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en el Congreso Ordinario del 30 de enero de 1981, concedió el Nihil obstat para que fuese introducida la Causa. El Santo Padre Juan Pablo 11, el día 5 de febrero de 1981, ratificó y confirmó la decisión de la Sagrada Congregación.

En virtud de lo expuesto, y de las facultades que nos competcn a tenor del Código de Derecho Canónico y del Motu proprio Sanctitas clarior, DECRETAMOS la introducción canónica de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Joscmaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, y la instrucción del correspondiente Proceso canónico para el día 12 de mayo de 1981.

Un servicio cristiano, un apostolado

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El apostolado fundamental de los hombres y las mujeres del Opus Dei sigue siendo, como veíamos en el capítulo anterior, el que realizan individualmente cuando procuran dar, con ocasión de su trabajo profesional –en medio de ese trabajo–,testimonio de vida cristiana. Por eso la actividad principal de la Obra consiste precisamente en proporcionar a sus miembros la formación espiritual necesaria para que cada uno pueda desarrollar ese apostolado.

Sin embargo, el Opus Dei promueve también en ocasiones detcrminados apostolados que nacen, de hecho, como un aspecto del apostolado personal de sus miembros en colaboración con otras muchas personas no vinculadas a la Obra, o incluso no católicos. De ahí que estas labores apostólicas –las únicas de cuya atención espiritual y doctrinal se responsabiliza el Opus Dei– estén abiertas a todos los hombres, sin discriminación de ninguna clase.

«El deseo de contribuir a la solución de los problemas que afectan a la sociedad y a los cuales tanto puede aportar el ideal cristiano, lleva además a que la Obra en cuanto tal, corporativamente, desarrolle algunas actividades e iniciativas. El criterio en este campo –decía Mons. Escrivá de Balaguer a Petcr Forbath, de Time–, es que el Opus Dei, que tiene fines exclusivamente espirituales, sólo puede realizar corporativamente aquellas actividades que constituyen de un modo claro e inmediato un servicio cristiano, un apostolado».

A veces esas iniciativas apostólicas se apoyan en la materialidad de un Centro, de unos edificios o de unas instalaciones. La propiedad de esas estructuras no pertenece –como es lógico– al Opus Dei, sino, de ordinario, a un grupo de personas –de la Obra o no, católicos y no católicos– que ofrecen a la sociedad instrumentos civiles de carácter social: capacitación profesional, alfabetización, extensión cultural, dispensarios médicos, extensión de la escolaridad en la enseñanza primaria, media y universitaria, clubs para la formación de la juventud, instituciones académicas de especialización, etc.

La financiación de estas iniciativas se produce por los medios habituales en tales casos. Por un lado, están las aportaciones de los propios beneficiarios, que casi nunca resultan suficientes para cubrir los gastos. Por otro, se cuenta también con las aportaciones de los miembros de la Obra, que destinan a este fin parte del dinero que ganan con su trabajo. Pero, sobre todo, está la ayuda de muchísimas personas que, sin pertenecer al Opus Dei, quieren colaborar en tareas de trascendencia social y educativa, llevados por el afán apostólico, la preocupación social y el espíritu comunitario que sienten ellos mismos y que observan, en la práctica, en los de la Obra. Como se trata de labores llevadas a cabo con seriedad profesional, que responden a necesidades reales de la sociedad, en la mayoría de los casos la respuesta es generosa. La financiación de cada centro es autónoma: cada uno funciona con independencia y procura buscar los fondos necesarios entre gentes interesadas en aquella labor concreta.

Estas actividades apostólicas están promovidas y dirigidas por ciudadanos para quienes esa tarea es verdadero trabajo profesional en el normal ejercicio de sus derechos civiles. Por eso surgen y se desarrollan siempre en conformidad con las leyes del país, sin privilegios, con el mismo trato que se concede a las demás actividades semejantes que promueve cualquier ciudadano, fundación o asociación. Y por eso no son nunca labores ni oficial ni oficiosamente católicas.

El mismo hecho de que sean tareas profesionales realizadas por personas que viven y participan de los problemas de la sociedad hace que se trate siempre de apostolados adaptados a las necesidades y circunstancias de cada situación y país, y que resulten por eso mismo, muy variados y diversos.

Juan Pablo II en el Centro ELIS

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Enero de 1984.

Lo habían escrito los periódicos en los días precedentes. Juan Pablo II va a realizar una visita pastoral noticiable, tanto porque el Tiburtino, en Roma, tiene fama de barrio difícil, cuanto porque allí se encuentra un Centro del Opus Dei, el ELIS, y una parroquia confiada a sacerdotes de la Prelatura.

Poblado en pocos años por más de treinta mil personas llegadas en aluvión de otras regiones más pobres, el Tiburtino es un barrio de edificios baratos. Sus habitantes son, en un 80%, familias de obreros, de mayoría comunista, donde el paro, la droga y la delincuencia constituyen un grave problema.

Pero la parroquia y los Centros de la Obra han sido en estos años un aglutinante de la buena voluntad, una realidad del barrio y para el barrio, querida y respetada por todos. Y el barrio entero se volcó con el Papa en aquella tarde de enero.

«Deseo dirigir un particular saludo –dijo Juan Pablo II en la homilía de la Misa que celebró ante miles de personas–, a los directores y alumnos del Centro ELIS, los cuales, con su obra de promoción humana y social, hacen fecundo el terreno de todo el barrio, de modo que allanan el camino a la acción pastoral de la parroquia. Este Centro es un claro testimonio del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras. Como dijo Pablo VI el día de la inauguración, ésta “es una obra del Evangelio, es decir, enteramente encaminada al beneficio de quienes la frecuentan. No es un simple albergue, ni un simple taller, ni una simple escuela, ni un campo deportivo cualquiera: es un Centro donde la amistad, la confianza, la alegría forman la atmósfera; donde la vida tiene una dignidad, un sentido, una esperanza; es la vida cristiana, que aquí se afianza y desarrolla (…)” ».

Un periodista norteamericano

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En un artículo aparecido en el semanario norteamericano OurSunday Visitor, el periodista Dennis H. Helming cuenta también á su modo su experiencia personal:

«Cuando yo conocí el Opus Dei en Harvard, en 1956, me sentí liberado en muchos sentidos: libre de lo que consideraba como un ambiente aplastante, de la idea de que, para vivir a fondo el cristianismo, tendría que abandonar el mundo; libre para encontrar a Dios en mis ocupaciones habituales y ayudando a otros a hacer igual descubrimiento, dentro de mis limitaciones y circunstancias.

»Yo antes me había enfrentado con estas palabras de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Ahora estoy seguro de que no las había comprendido, a no ser como tapadera para buscarme a mí mismo. Mi creciente contacto con el Opus Dei me ayudó a descubrir su sentido. Empecé a ver que lo más importante no es “lo que” uno hace, sino “por qué” lo hace. O mejor aún: no “por qué” –una abstracción, un ideal, una idea–, sino “por Quién”, una Persona, Dios. Gradualmente entendí que el amor a Dios y su servicio no se limitaban a las cosas “sagradas”, a un detcrminado estado o actividad. En la medida en que yo busque a Dios sobre todas las cosas y personas, no es tan importante que yo sea historiador, jurista, médico o periodista; que me case o que permanezca soltero; que vote a los demócratas o a los republicanos; que adopte entre lo que es teológicamente opinable unas opiniones u otras… Y así fue cómo se convirtió en una liberación, para mí, comprobar que Dios es compatible con todo lo auténticamente humano.

»Ahora bien, ese descubrimiento no me incitaba a devaluar las cosas humanas, ni a cultivar sólo las “buenas intenciones”. Precisamente por el hecho de esforzarme en lograr la perfección humana a través de cualquier carrera o profesión, serviría a Dios y a los demás. Y me di cuenta de que tal actitud entraña una lucha decidida por evitar la pereza, el egoísmo, la frivolidad, cualquier forma, en definitiva, de buscarse a uno mismo (…).

»El Opus Dei no quiere –ni puede– sacarte las castañas del fuego. Eres un ser libre, un animal racional: has de pensar y elegir por ti mismo. La tarea del Opus Dei es recordarte constantemente tu decisión de hacer bien todas las cosas y poner a Dios como fin. Tendrás que administrar tus propios talentos y oportunidades. Dios te hizo libre; no dejes que nadie te arrebate esa libertad.

»A los hombres nos resulta difícil tomarnos en serio el Primer Mandamiento, en el hogar, en la oficina, en la misma calle. Nos parece, en cierto modo, la plenitud de la vida cristiana demasiado alta y exigente, asequible únicamente a los selectos, unos pocos escogidos; es decir, sólo para superhombres. Pensamos así porque somos pesimistas; estamos demasiado familiarizados con nuestra tendencia a darnos por vencidos, a tomar el camino más fácil.

»El Opus Dei me ayuda a superar ese pesimismo de la siguiente manera: Hablándome de Dios como El es, mi Padre amoroso, todopoderoso, infinitamente paciente; animándome a ser fiel y sincero, para corresponder a su llamada de amor y de servicio; mostrándome las consecuencias de esa vocación en todo cuanto hago; señalándome los medios humanos y sobrenaturales para asegurar la fidelidad a esos fines; proporcionándome el buen ejemplo, lleno de vigor y alegría, de quienes aspiran a la santidad; mostrándome dónde y cómo deberé luchar para dominar y vencer mis debilidades, etc.

»El Opus Dei es un medio y un camino para gente que quiere alcanzar su fin sobrenatural. Es un camino concreto –uno entre otros muchos posibles– para que los cristianos corrientes vivan su fe. En el caso de los miembros de la Obra, su decisión de vivir la plenitud de la vida cristiana en el Opus Dei comporta el compromiso personal de difundir ese espíritu propio, ese camino».

Sobre la película “Camino”

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Algunos medios de comunicación me han preguntado sobre la película “Camino”. Una vez más quiero partir del respeto a la libertad de expresión y a la confianza en el valor de la creatividad artística.

Considero que esta ficción cinematográfica ofrece una visión distorsionada de la fe en Dios, de la vida cristiana y de la realidad del Opus Dei.

El ambiente construido por esta película en nada se parece a la alegría, libertad, espíritu de comprensión y servicio en el que procuran vivir  las mujeres y los hombres del Opus Dei: es muy fácil comprobarlo.

Cada día lo experimentan en España los cientos de miles de personas que comparten la vida diaria con un miembro del Opus Dei, o bien participan de alguna forma en los hospitales, centros de Enseñanza Universitaria, colegios, tareas asistenciales, labores sociales de todo tipo nacidas del impulso apostólico y el espíritu de servicio de los miembros del Opus Dei.

Son realidades con las puertas abiertas.

Como ya dije en una ocasión anterior, estas palabras de sereno respeto, no quieren crear ni participar en polémicas interesadas.

Manuel Garrido

Para más información:

“Caminos de concordia”, por Juan Manuel Mora, Vicerrector de Comunicación de la Universidad de Navarra.

Web oficial de Alexia González-Barros

“Camino”, de Javier Fesser, y la verdadera historia de Alexia.

La llamada de África

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante los años que median entre 1955 y 1960, el Fundador del Opus Dei cruza varias veces las carreteras de Europa, llevado por la exigencia de su misión.

Está, siempre que puede, allí donde han llegado sus hijas e hijos, para reafirmar su fe. Para dejar, detrás de sus pasos, la estela inconfundible de esperanza y de caridad. Apoyada en este aliento, la Obra se abrirá camino en poco tiempo. Un camino que agranda sus riberas en la medida en que los hombres responden a este mensaje de paz que lleva consigo.

En 1956, y durante los meses de junio y julio, encontramos al Padre en Francia, Alemania y Suiza. 1957 le empuja nuevamente a Suiza, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Alemania. Desde mayo a septiembre, durante cincuenta y seis días, viajará sin descanso. Al siguiente año, 1958, se acerca de nuevo a España, Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza. Los años de 1959 y 1960 anotarán en los meses de mayo a noviembre la presencia del Padre en Inglaterra, España, Francia e Irlanda.

Mientras se consolidan los cimientos de Europa, dos miembros del Opus Dei llegan, en enero de 1958, a las tierras africanas.

Han despegado del aeropuerto de Ciampino, en Roma, a las cuatro de la tarde. Salen en un día traspasado de frío, después de recibir la bendición del Padre. Les ha despedido con un largo abrazo. Ahora sobrevuelan a ocho mil metros de altura la distancia que media entre Italia y Kenya.

Y África, esta tierra prometida que ya entrara por los ojos del Padre en un lejano día de 1945 cuando un desplazamiento por Andalucía le llevó hasta los límites de Algeciras, empieza a extender su paisaje. Volcanes, chozas diseminadas y aldeas, tierras altas y verdes, flores de color agresivo y un sol candente forman el trasfondo de Nairobi. Después de nueve horas de vuelo, el avión aterriza en la capital de Kenya.

Los primeros idiomas que oyen son el inglés y el swahili, pero las personas proceden de las más diversas razas y tribus: africanos kikuyos, masai, luo y kambas; árabes, goeses e indios de todas las castas. Nairobi es un pequeño exponente de la confluencia cultural y racial del Viejo Continente, al que se han calculado unos quinientos cincuenta millones de habitantes.

Los miembros del Opus Dei se asoman por primera vez a este inmenso campo de trabajo humano y divino. Ya desde el hotel escriben al Padre. Necesitan hacerle partícipe de su alegría, del espectáculo formidable que es África. Es la primera carta desde Kenya, pero están convencidos, y así se lo dicen, de que será una entre los millares que habrán de escribir los hijos africanos que el Padre tendrá pronto y que vendrán a la Obra, con la gracia de Dios.

Hay una confluencia de afectos entre África y el Fundador del Opus Dei. El soñaba esta labor desde hacía muchos años. Y de Nairobi llegarán las primeras rosas el día de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, en junio de 1975. Amor por amor, es el gesto de Kenya que anticipa su ofrenda a la de cualquier otro país del mundo.

Don Pedro Casciaro acude a Nairobi para iniciar un Centro Universitario. Se entrevista con el delegado Apostólico en África, Monseñor Mojaisky Perreli, quien le habla del problema educacional de Kenya. Los africanos y los numerosos emigrantes asiáticos apenas tienen posibilidades de continuar estudios superiores al acabar la enseñanza secundaria. Se exigen, en el sistema educativo británico, dos años de enseñanza intermedia entre la secundaria y la universitaria. Estos dos años han de cursarse en centros oficialmente reconocidos, que no existen en East África. Los europeos pueden enviar a sus hijos a la metrópoli, pero esta solución resulta prohibitiva, por razones obvias, para la mayoría de los nativos de Kenya. Monseñor Mojaisky ha pensado en el Fundador y ha enviado una larga carta a Roma: le pide que la Obra promueva un Centro que contribuya a resolver el problema: será el futuro Strathmore College.

Los miembros del Opus Dei han ocupado su primera casa el 1 de octubre de 1958. Aquí, don Pedro les da a conocer las premisas establecidas por el Padre para un Centro educativo en Kenya, en el que la Obra asuma la orientación espiritual. Primero: ha de ser interracial. Desde el principio, es preciso desechar la idea de un solo grupo étnico. Porque la Obra ha de intentar que convivan, se traten y se quieran las diversas razas y tribus. En segundo lugar, el College debe estar abierto a los estudiantes no católicos y no cristianos, si esos muchachos cumplen las condiciones de selección que exija el cuerpo académico; en tercer término, hay que aclarar a las autoridades keniatas que no se trata de un colegio misional, sino de un Centro atendido por profesionales seglares, con sus correspondientes grados académicos, y que ejercen libremente su trabajo de docencia. Y, por último, los estudiantes tendrán que pagar una parte de sus gastos, aunque sólo sea una cantidad simbólica, porque los hombres con frecuencia no aprecian ni se toman en serio lo que reciben como limosna, cosa que, además, suele resultar humillante.

En diciembre de 1958 llegarán otros miembros de la Obra para completar el equipo encargado de llevar adelante la creación de Strathmore College. En la agenda de uno de ellos, el Padre ha escrito glosando la frase de San Pablo: Omnia in bonum!(31) … Todo para bien. Es la convicción del Apóstol que se repite a lo largo de los siglos en la Iglesia.

Tres años más tarde, en marzo de 1961, se habrán concluido las primeras edificaciones de Strathmore College. Nace pequeño, con aulas, laboratorios y oficinas provisionales. Pero, desde el principio, se alza sólido y promete ampliaciones. Se ha construido con piedra de Nairobi entre los árboles y las flores del jardín.

Por este College pasarán alumnos procedentes no sólo de Kenya, sino también de Malawi, Nigeria, Uganda, Tanzania, Sudán… y de países de otros continentes, de Europa, Asia y América. Su confesionalidad será también muy variada: católicos, mahometanos, hindúes, ortodoxos, judíos, protestantes… Más de treinta etnias africanas y asiáticas se han dado cita en las aulas de Strathmore. Este acontecimiento producirá un gran impacto en Nairobi, donde es novedad el carácter interracial del College.

John Biggs Davison, miembro del Parlamento keniata, escribirá:

«Viven juntos, trabajan juntos, hacen deporte juntos. Con Strathmore College el Opus Dei ha dado a Kenya una institución de incalculable valor para un país recientemente independiente, necesitado de hombres de dirección, de técnicos y de integridad… ».

En 1960 llegará la Sección de mujeres de la Obra a Kenya. Las primeras emprenden el camino el 12 de junio. En Roma, el Padre les anuncia una labor inmensa y les afirma que África es una tierra maravillosa. Su tarea allí abarcará la formación integral de alumnas de razas y condiciones diversas, que han de acudir a una Escuela Superior de Secretariado: Kianda College iniciará sus actividades en 1961. Después de grandes dificultades, se construye un edificio de cuatro pisos, situado a seis millas del centro de Nairobi, en la carretera de salida hacia Najuru y Kisumu. Constará de una Residencia para cien muchachas. Desde la terraza se podrá ver a un lado Nairobi; al otro, la silueta del Kilimanjaro.

La historia de Kianda College cuenta el prodigio de una convivencia que comparten por igual la hija del Presidente keniata y la del jardinero del College. Un sistema de becas permite que muchachas de la más apartada tribu y de medios económicos exiguos puedan cursar sus estudios y ocupar un puesto de trabajo del que, muchas veces, va a depender la supervivencia de una familia.

Kíanda significa «valle fecundo». Es un nombre apropiado. Porque, además de la ayuda humana, Kíanda ha logrado poner en muchos corazones africanos la verdad trascendente de Cristo y de su Iglesia. Hoy, un buen número de personas del país participan de una gracia incalculable: han recibido de Dios la vocación al Opus Dei en medio de las ocupaciones profesionales, para ayudar a sus hermanos los hombres.

Años más tarde, el Eminentísimo señor Cardenal Maurice Michael Otunga, Arzobispo de Nairobi y Presidente de la Conferencia Episcopal de Kenya, podrá escribir, refiriéndose a Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Su espíritu se hizo más joven a medida que fueron pasando los años; una increíble vitalidad de juventud y de alegría, conseguida no fácilmente, sino a lo largo de su vida de lucha heroica, le llevó a estar cada día más cerca de Dios, a ese Dios -como le gustaba repetir con la Iglesia- “que alegra mi juventud” (Ps XLII).

Fe, amor, trabajo, servicio, alegría y juventud son los tesoros cristianos que la vida de Monseñor José mamaria la Escrivá de Balaguer y la Asociación por él fundada pueden redescubrir para el mundo de nuestros días. Monseñor Escrivá de Balaguer pensaba que el alma joven de África podría responder particularmente a esos ideales. El mismo vislumbró un tiempo, como una nueva Pentecostés, en que generaciones de africanos pudieran ir desde África a llevar la alegría y la juventud de la fe católica a otras partes del mundo. Me gusta pensar que la grandeza de su corazón y su pensamiento gigantesco será, pronto, justificado por la Historia»(32).

Desde la otra orilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Enero de 1935. En la Residencia de la calle de Ferraz 50, don Josemaría Escrivá de Balaguer recibe a un estudiante: se llama Pedro Casciaro. Al abrir la puerta, en la pequeña salita de la entrada, don Josemaría se para un momento, sonriente, en un gesto muy habitual. Tiene delante a un muchacho joven, espigado, de ojos azules, que trae un aire de curiosidad y una chispa alegre, casi irónica, en la mirada.

Don Josemaría sabe que Pedro es hijo de un Catedrático, que estudia Ciencias Exactas y Arquitectura, y que es un compañero que aprecian cuantos conocen.

En esta brevísima pausa, mientras median los saludos, Pedro repasa las circunstancias que le han llevado hasta la calle de Ferraz. Ha cursado sus estudios en instituciones laicas. En el círculo de amistades en que se mueve y en su ambiente familiar hay cierta prevención hacia los curas. Tiene fe, pero su formación religiosa no es profunda. Nunca ha hablado con un sacerdote cara a cara. Los profesores clérigos que tuvo en el Instituto han pasado por el filtro de su crítica intelectual y acerva. Por eso, cuando oye hablar de don Josemaría con admiración, contesta con sarcasmo y autosuficiencia.

Sin embargo, llevado de su insaciable curiosidad por todo, y empujado, también, por la insistencia de aquel amigo, accede a la presentación que está teniendo lugar en este momento. Pero acude con el firme propósito de no hablar de nada personal.

El vestíbulo de la Residencia le ha impresionado bien. Es, piensa, como el de una familia de la clase media, más bien modesta, pero de buen gusto. Y, sobre todo, muy limpio. No es la característica más frecuente en los alojamientos de estudiantes.

Ahora, ante la presencia de don Josemaría, se han debilitado sus prejuicios. Este sacerdote impone un respeto muy superior a su edad pero, al mismo tiempo, despierta una simpatía arrolladora y una alegría contagiosa. Con toda delicadeza, pide perdón al amigo que le acompaña para que les deje solos unos minutos. Y, durante esta conversación, Pedro pierde la noción del tiempo y ve derrumbarse sus reservas. Ganado por completo, va abriéndole su alma, hasta los pliegues más recónditos,. como no había hecho jamás con nadie. Hablarán más de una hora. Cuando se marcha, le pide insistentemente que sea su director espiritual, aunque no tiene ni la menor idea de lo que es la dirección espiritual. No puede medir hoy el alcance que va a tener en su vida esta petición.

A partir de este momento, Pedro acude regularmente a Ferraz para confesarse y hablar a don Josemaría de sus proyectos y de su alma. En los intercambios de su amistad, va descubriendo progresivamente la hondura espiritual de este sacerdote, su inteligencia y su cultura. Dentro de su familia ha sido educado en absoluta libertad, y no encontrará jamás, en este apoyo espiritual y humano de don Josemaría, estrechez de miras, coacción, rigidez o cuadrícula de ninguna clase: nunca cercena sus aspiraciones, despierta en él su generosidad con Dios, le recuerda la responsabilidad con sus padres, le habla de santidad en el mundo sin hacer nada raro, primero a través de sus estudios y, luego, en su profesión y trabajo.

Al llegar el verano, Pedro, asombrado, comprueba que ha conseguido cumplir un plan de vida que le acerca a Dios, que ha dado un nuevo rumbo a sus ideales, que ha forjado una buena amistad con aquellos que comparten la dirección y ayuda de don Josemaría, y que ha hecho apostolado con sus compañeros para conducirles a la alegría de un cristianismo vivo y verdadero.

Le parece que es el máximo. Nadie le ha planteado otra cosa y jamás se ha hecho la idea de que Dios pudiera necesitar su vida entera.

Y con esta renovada juventud se marcha a Torrevieja, en la provincia de Alicante, a pasar unas felices y largas vacaciones frente al mar.

Durante aquellas luminosas tardes de Levante, llegarán hasta Pedro las noticias de sus amigos de Madrid que le escriben. Siempre, don Josemaría añadirá unas líneas. Y estas cartas le dan la fuerza y el vigor para seguir poniendo a Dios delante de su vida.

Cuando regresa a la capital, un compañero de la Escuela de Arquitectura, con el que le une una antigua y profunda amistad, le dice que está a punto de pedir la admisión en la Obra. A través de él, Pedro entiende que en Ferraz hay un grupo de hombres, profesionales y estudiantes, que viven una entrega total a Dios y que han renunciado al matrimonio.

Se queda de una pieza y trata de calmar a su amigo. Pero nota que, según imparte tranquilidad, va perdiendo, paulatinamente, la suya. A él nunca le han hecho la menor insinuación.

En la primera oportunidad habla con don Josemaría. Pero, ante su asombro, no da importancia a las inquietudes que han ocupado su pensamiento durante aquellos días. Le recomienda, eso sí, que intensifique su vida de piedad, que estudie mucho, y que deje sus preocupaciones en manos del Señor de la paz. ¡Ah!, y que no falte al retiro mensual que harán los chicos de la Residencia.

Efectivamente, allí está. Y desde la primera meditación, Pedro sabe con certeza que no puede «irse triste» como el joven del Evangelio que no tuvo suficiente generosidad para ir tras Jesucristo. Busca impacientemente a don Josemaría y le pide ser admitido en la Obra. Aunque le vuelve a recomendar calma, forcejea para convencerle de la seriedad de sus palabras.

Don Josemaría le mira, con el cariño que le inspiró desde el primer día, y le envía a rezar al Espíritu Santo para que le ayude a decidir con libertad. La vocación, le dice, sólo puede afrontarse en absoluta libertad de alma.

Unos días más tarde, Pedro Casciaro, alegre, gozoso por el hallazgo de una nueva tierra, de un horizonte más ancho que el Mediterráneo de sus vacaciones, pone toda la fuerza de su corazón en manos de Dios (21). Esta aventura divina que comienza junto a don Josemaría en el año 1935 le llevará mucho más lejos y le hará edificar construcciones más altas de las que hubiera soñado nunca para sus ambiciones de arquitecto. Años después, en 1946, será ordenado sacerdote y, un tiempo más tarde, partirá hacia México para iniciar allí la singladura del Opus Dei.

Durante un viaje a España, en 1975, tras la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, tiene ya el pelo blanco. Pero conserva el brillo jovial de sus ojos, que han mirado tantas maravillas, como le pronosticara un día, en su juventud, el Fundador. Vuelve a México, el lugar donde ha desarrollado, durante más de veinte años, una enorme labor para dar solidez a los cimientos de la Obra; donde miles de almas conocen ya la misma luz con que el Espíritu Santo inundó su alma un día de invierno madrileño.

Coincidiendo en el tiempo con Pedro Casciaro, hay un estudiante que frecuenta la Residencia de Ferraz y que acabará viviendo en ella. Es alto, muy delgado, y habla con el inconfundible acento de la región levantina. Su familia está en Valencia. Pero él permanece en Madrid haciendo Ciencias Exactas y Arquitectura. Francisco Botella estudia a marchas forzadas. Tiene gran fuerza de voluntad y también la responsabilidad de ser el único hijo varón, en quien se cifran tantas esperanzas familiares. Sus dos hermanas viven en Valencia, con sus padres.

Por esta afinidad cronológica, los primeros pasos de Pedro Casciaro y Paco Botella, desde el invierno de 1935, van a estar tan unidos que, cuando años más tarde, doña Dolores Albás les conozca, formará con ellos un binomio indisoluble: cada vez que tenga que referirse a uno, le acompañará inevitablemente con el nombre del otro. Pregunta siempre por los dos a la vez, de modo que la «entente» Pedro y Paco comienza a cobrar carta de naturaleza.

Cuando estalle la guerra civil española, Pedro y Paco se encontrarán en Levante, y en octubre de 1937 acompañarán al Fundador en su salida de España a través de los Pirineos(22).

Don Francisco Botella recibirá la ordenación sacerdotal en 1946. Su dedicación plena a realizar la Obra se pondrá de manifiesto a lo largo de su vida, hasta su muerte en Madrid, el 29 de septiembre de 1987.

Durante más de cuarenta años atenderá a los alumnos de las Universidades de Barcelona primero y de Madrid después, desde su Cátedra de Geometría Analítica. También desarrollará amplias actividades académicas desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero esta dedicación no menguará nunca sus largas horas de servicio a multitud de personas que acudieron a su ayuda sacerdotal.

En la festividad de los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael su cuerpo yacente, revestido con los ornamentos sacerdotales, será el mejor testimonio de fidelidad al Opus Dei.

La Primera Misa

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«Dentro de unos minutos -decía en cierta ocasión Monseñor Escrivá de Balaguer- me llegaré, con este hijo que me acompaña, a celebrar la Santa Misa: a tener un encuentro personalísimo con el Amor de mi alma. Y este hijo mío me recordará -al contestarme con las palabras de la liturgia- que me estaré acercando al altar de Dios que alegra mi juventud. Porque soy joven, y lo seré siempre, ya que mi juventud es la de Dios, que es Eterno. Jamás podré con este amor sentirme viejo.

Después besaré el altar: con besos de amor. Y tomaré el Cuerpo de mi Dios, y el cáliz de su Sangre, y lo levantaré sobre las cosas todas de la tierra, diciendo: “Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso”: ¡por mi Amor!; ¡con mi Amor!; ¡en mi Amor!»(15).

Esta protesta de juventud, en su corazón enamorado del sacerdocio, echó sus raíces definitivas el 28 de marzo de 1925. Es en esta fecha cuando se consuma la vocación que le ha llevado al Seminario. Su ordenación sacerdotal ha tenido lugar en la iglesia de San Carlos`. Ofició la solemne ceremonia don Miguel de los Santos Díaz Gómara, siendo ya Obispo preconizado de Burgo de Osma y Presidente del Real Seminario de San Carlos; el Rector de San Francisco de Paula era el sacerdote don José López Sierra. Los documentos relativos a la ordenación están firmados por José Pellicer, Vicario Capitular. Hay un dato de interés: el día 28 de marzo de 1925 era sábado: un regalo para Josemaría, que no ha dado un paso en el camino de Dios sin pedir la ayuda, el cariño y el apoyo de la Virgen.

Dos días más tarde, el 30 de marzo de 1925, celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar de Zaragoza. Hay muy pocos invitados, apenas una docena, que pertenecen a la estricta intimidad de la familia.

La Santa Capilla está resplandeciente, a las diez de la mañana. En la gruesa barandilla de plata se agrupan las velas encendidas por la fe y el amor de los aragoneses a su Patrona. Grandes goterones de cera convierten la devoción en holocausto. A la derecha, la Virgen, con su corona y manto. En el centro, el altar principal, obra del escultor Ramírez, que presenta la venida de Nuestra Señora entre nubes y ángeles. A la izquierda, el grupo escultórico de Santiago y los Convertidos, en otro maravilloso relieve de alabastro. Es en este altar, que la voz popular llama «de los convertidos», donde celebra solemnemente el Santo Sacrificio don Josemaría Escrivá.

El tiempo hace confluir en este momento toda una sucesión de gracias y exigencias de lo Alto que han marcado la vida de este joven sacerdote: el día aquel en que la huella de unas pisadas en la nieve levantó la divina inquietud de la entrega a Jesucristo; la conversación con su padre y su decisión al sacerdocio; las dificultades, y también la piedad y el amor, que encierran sus años de Seminario; su caminar firme y ardiente por aquella ciudad apuntalada por santuarios.

La ceremonia se realiza de un modo sencillo y despacioso, porque Josemaría dice siempre que los enamorados no tienen prisa para despedirse. Y hoy, día en que sus palabras harán venir a Jesús hasta la tierra, las oraciones salen de su corazón. Cuando se vuelve a dar la Comunión a los fieles tiene el deseo de hacerlo, en primer lugar, a su madre. Doña Dolores Albás, con las señales de su reciente dolor aún en el gesto, se aproxima. Pero una buena mujer, que asiste a la Misa desde lejos, se cruza y se adelanta. Este trastrueque inevitable ha roto una pequeña ilusión que traía hoy en el alma. Pero hasta ese menudo detalle ha de ofrecer en el último momento. Así paladea, a la vez, el gozo y el sacrificio de este día.

En las cúpulas de la Basílica del Pilar, los ángeles de Goya, los suaves y nítidos firmamentos de Bayeu son, en este 30 de marzo de 1925, la representación plástica del amor universal del nuevo sacerdote.


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