Universitarios, renovadores de la civilización

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El Papa celebró con universitarios de diversos países la VI Jornada Europea de los Universitarios y les urgió a tener deseos de renovar y enriquecer con su vida cristiana la civilización actual.

Durante el encuentro hubo conexiones vía satélite con universitarios de Nápoles (Italia); Bucarest (Rumania), Toledo (España); Aviñón (Francia); Minsk (Bielorrusia); Washington (EE.UU.); Ciudad del México (México); La Habana (Cuba); Aparecida (Brasil) y Loja (Ecuador).

Tras el rezo del Rosario, el Papa habló a los universitarios, especialmente a los de Europa y América, con estas palabras: “El cristianismo constituye un lazo fuerte y profundo entre el llamado viejo continente y el llamado “nuevo mundo”.

 

Opus Dei -

“Dios os llama a cooperar, junto con vuestros coetáneos de todo el mundo, para que la savia del Evangelio renueve la civilización de estos dos continentes y de toda la humanidad”.

“Las grandes ciudades europeas y americanas son cada vez más cosmopolitas, pero con frecuencia les falta esta savia capaz de hacer que las diferencias no sean un motivo de división o de conflicto, sino más bien de enriquecimiento recíproco”.

“Queridos amigos: ¡sed discípulos y testigos del Evangelio, pues el Evangelio es la buena semilla del Reino de Dios, es decir, de la civilización del amor! ¡Sed constructores de paz y de unidad!”.

ÁNGELUS: LA CEGUERA DEL ORGULLO

“Jesús revela al ciego curado que ha venido al mundo para dar un juicio, para separar a los ciegos curables de los que no se dejan curar porque creen que están sanos”, dijo el Papa en el ángelus.

En su mensaje dominical tras el rezo del ángelus, el Papa reflexionó sobre el Evangelio del día, en el que Jesucristo cura a un ciego de nacimiento. Frente a quienes veían en la ceguera un castigo causado por los pecados “Jesús no piensa en las culpas posibles sino en la voluntad de Dios que creó al ser humano para la vida”.

“E inmediatamente entra en acción: con tierra y saliva hace fango y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre que la Biblia narra con el símbolo de la tierra plasmada y animada por el soplo de Dios”.

“Curando al ser humano Jesús lleva a cabo una nueva creación. Pero esa curación suscita una discusión encendida porque Cristo lo hace durante el sábado, infringiendo según los fariseos el precepto festivo. Al final de la narración, Jesús y el ciego se encuentran “expulsados” por los fariseos: uno porque ha violado la ley y el otro porque, a pesar de la curación lleva todavía la marca de pecador de nacimiento”.

“Jesús revela al ciego curado que ha venido al mundo para dar un juicio, para separar a los ciegos curables de los que no se dejan curar porque creen que están sanos. Efectivamente en el ser humano es muy fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico, incluso la religión puede convertirse en elemento de este sistema, así como el ateísmo o el laicismo, pero haciendo así nuestro egoísmo nos vuelve ciegos”.

“¡Dejemos que nos cure Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios!” -concluyó-. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y sobre todo lo que la Biblia llama el “gran pecado”: el orgullo”.

Palabras del Prelado del Opus Dei en Barcelona

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El Prelado del Opus Dei participó el viernes y el sábado en varios acontecimientos en la capital catalana. Ofrecemos un breve resumen y los textos de las conferencias que pronunció en el IESE y en la UIC

En calidad de Gran Canciller de la Universidad de Navarra, a la cual pertenece el IESE, Mons. Javier Echevarría presidió este viernes la apertura del Simposio Internacional “Ethics, Business and Society”. La sesión, que se enmarca en el 50 aniversario de esta escuela de dirección de empresas, contó con la asistencia de alrededor de un millar de personas.

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Mons. Echevarría centró su intervención en el humanismo cristiano en la dirección de empresas. Tras recordar que la fe cristiana no es sólo un simple humanismo, explicó que “es verdad que la lógica del mercado y las relaciones estrictamente contractuales se basan en el intercambio, pero ese comercio, ese trato, ha de llevar a la reciprocidad, de modo que ambas partes salgan beneficiadas”; y reclamó “superar la estructura del egoísmo, del mero utilitarismo, y sustituirla por la de la reciprocidad y la donación”.

“Desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia –dijo–, la empresa es ante todo una comunidad de personas libres y responsables que se asocian para lle­var a cabo una obra común, dentro de la cual trabajan, aportan recursos, se desarrollan en su humanidad y contribuyen eficazmente a la producción de bie­nes y servicios”.

La tarea del directivo empresarial, afirmó también el prelado del Opus Dei, “exige formación, experiencia, capacidades técnicas y –no en último lugar– ejercicio de las virtudes”. En este sentido, animó a los asistentes a querer “a las personas, a todas y a cada una”, añadiendo que “nunca pueden considerarse como simples recursos, o como números de una estadística, o como piezas para el diseño de una determinada estrategia”.

En su intervención, recordó a san Josemaría Escrivá, que “promovió” los primeros pasos del IESE e impulsó su desarrollo.

Visita a una escuela de Hospitalet

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A mediodía, el Prelado se desplazó L’Hospitalet de Llobregat, donde visitó el colegio Pineda. Durante su estancia, bendijo una imagen de Santa María Virgen, hecha por el escultor catalán Joan Mayné, autor también del retablo del Santuario de Torreciudad. Allí pudo saludar a padres y madres, alumnos y profesoras de este centro educativo. Los animó a tratar la Virgen María como un modelo de persona que saben querer y también los alentó a defender la dignidad de la mujer. Por último pidió que recordaran a Benedicto XVI en sus oraciones.

Bendición de una imagen de san Josemaría Escrivá

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Por la tarde, Mons. Javier Echevarría visitó la iglesia de Santa María de Montalegre, en el Raval, confiada a la prelatura del Opus Dei. Acompañado por numerosos fieles y voluntarios de las tareas sociales que han nacido alrededor de esta iglesia, Mons. Echevarría bendijo una imagen de san Josemaría Escrivá obra del escultor japonés Etsuro Sotoo, que actualmente trabaja en la Sagrada Familia. Entre otras cosas, el Prelado animó a los asistentes a acudir san Josemaría y a darle gracias, esforzándose también en adquirir una coherencia de vida, de acuerdo con la fe cristiana.

La familia en las enseñanzas de san Josemaría

Invitado por la Universidad Internacional de Catalunya, Mons. Javier Echevarría impartió la conferencia de Clausura del Congreso sobre Familia y Sociedad celebrado estos días en Barcelona.

El Prelado defendió el modelo de familia cristiano como un modelo positivo para el conjunto de la sociedad: “A todos beneficia el hecho que haya muchas familias unidas, abiertas a la vida y con mentalidad de servicio”.

“Difundir la verdad sobre la familia y el matrimonio se nos muestra como una de las tareas prioritarias en la nueva evangelización. Es obligación que corresponde a todos, a cada uno desde su propia posición en la familia: como esposos, como padres, como hijos, como abuelos”.

Durante la conferencia, habló de algunos aspectos de las enseñanzas de San Josemaría sobre la familia, referentes a la vida matrimonial, a la educación de los hijos y a la irradiación cristiana de la sociedad. “En el hogar se hace posible un aprendizaje que resulta imprescindible: la necesidad de contar con los demás en nuestra vida, respetando y desarrollando los vínculos que nos entrelazan unos con otros. Comprender que he de darme gustosamente cada día, viviendo con una sana atención y servicio a las personas que me rodean es uno de los grandes tesoros que las familias cristianas, consecuentes con su fe, brindan a sus propios miembros y a toda la sociedad”, afirmó.

La UIC, iniciativa de la sociedad civil a través de la Fundación Familiar Catalana, fue creada hace 10 años. Tiene un ideario basado en el humanismo cristiano, inspirado en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá. A petición de sus promotores, esta universidad cuenta con la atención pastoral de sacerdotes de la prelatura del Opus Dei.

En un clima de conversación familiar, pese al alto número de asistentes, Mons. Javier Echevarría mantuvo el sábado por la tarde un encuentro en el colegio Viaró de Sant Cugat con fieles de la Prelatura y amigos. Siguiendo el hilo de las preguntas y anécdotas del público, el Prelado comentó varios aspectos de la vida cristiana, como por ejemplo el amor a la vida, los hijos, los derechos de los padres en la educación, el sentido de la Cruz o la necesidad de dedicar diariamente algunos ratos a la oración. Como en otros momentos del viaje, pidió los asistentes que no dejaran de rezar por el santo Padre cada día, como una muestra del aprecio filial que los cristianos debemos manifestar a quien es el vicario de Cristo a la tierra. También quiso hacer mención del sacramento de la Penitencia. El encuentro concluyó con un Padrenuestro para todas las autoridades, políticas, eclesiásticas y militares, para que sepan llevar a término la tarea a ellos encomendada.

1936. La persecución religiosa

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Junto con la guerra civil (1936-1939) tuvo lugar en España una de las persecuciones religiosas más sangrientas que ha conocido la historia de la Iglesia. Murieron 6.832 personas; 4.184 del clero secular —entre los que se incluyen doce obispos y numerosos seminaristas—; 2.365 religiosos y 283 religiosas. Es incalculable el número de laicos que padecieron martirio a causa de la Fe.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, don Josemaría pasó mil penalidades por su condición sacerdotal. Tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días, porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

No podía transitar por la calle: podía detenerle cualquier control callejero, y acabar, como tantos otros, fusilado junto al paredón del cementerio. No tenía dinero para sobrevivir: únicamente Isidoro Zorzano, ya establecido en Madrid, seguía cobrando su sueldo. Y le llegaban rumores de detenciones arbitrarias, registros y torturas.

El 30 de agosto se encontraba refugiado con otros perseguidos en una vivienda de la calle Sagasta. Juan Manuel Sáinz de los Terreros, uno de ellos —que no sabía quién era don Josemaría—, cuenta que los milicianos se presentaron de improviso para hacer un registro en el edificio. Comenzaron revisando los sótanos, y prosiguieron, planta por planta… Al darse cuenta, don Josemaría subió por una escalera interior hasta la buhardilla con Juan Jiménez Vargas y Juan Manuel. Aquello era un cuchitril lleno “de polvo de carbón y de trastos, como todas las buhardillas, y en las que no nos podíamos poner de pie porque llegá­bamos con la cabeza al techo… Hacía un calor insoportable. En un momento oímos cómo entraban en la buhardilla de al lado para hacer el registro…

Estando en esta situación se me acerca don Josemaría y me dice:

Soy sacerdote; estamos en momentos difíciles; si quieres, haz un acto de contrición y yo te doy la absolución.

Inexplicablemente, después de haber registrado toda la casa, los milicianos no entraron en aquella buhardilla.

Afirma Juan Manuel que “supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo”.

Durante aquella temporada, don Josemaría sufría especialmente por no poder celebrar la Santa Misa habitualmente, por carecer de materia para la consagración. En su lugar recitaba de memoria las oraciones litúrgicas, omitiendo la fórmula de la Consagración y haciendo una comunión espiritual al llegar a la Comunión.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras. Allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josema­ría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios”. Se quedó tan delgado —perdió treinta kilos— que, cuando su madre pudo ir a verle, no le reconoció; se dio cuenta de que era su hijo Josemaría sólo por la voz.

Muchos refugiados de la Legación pasaban las horas rumiando en silencio su desdicha; otros se desahogaban comentando sus desgracias presentes y pasadas… En medio de aquel clima de pesimismo, don Josemaría ayudaba a los que le rodeaban a no perder la esperanza, a aprovechar el tiempo, y a crecer para adentro mediante la oración por todos, con un profundo sentido de la Comunión de los Santos.

Por la Comunión de los Santos —decía el 8 de abril— nunca podemos sentirnos solos, pues constantemente nos llegan alientos espirituales de las cárceles, de las trincheras, de dondequiera se encuentre alguno de vuestros hermanos. La consideración de esta realidad nos impulsa a un detenido examen de nuestra conducta en este lugar, que es como una prisión para nosotros. Porque aquí, en esta aparente inactividad, contamos con la posibilidad de trabajar mucho por dentro, y acompañar a cada uno de vuestros hermanos en peligro, y velar por ellos.

Su espíritu atravesó durante aquella época lo que San Juan de la Cruz llamaba la “noche oscura del alma”, con la que Dios suele purificar a las almas santas. Pero esto no se reflejaba en el exterior: su predicación era, como de costumbre, optimista y vibrante, aunque el Señor le hacía participar, de modo particularmente intenso, de la Cruz.

Algunos sacerdotes conocidos suyos habían muerto mártires. Le apenó especialmente el fallecimiento de su gran amigo, Pedro Poveda. El fundador de la Institución Teresiana había sido asesinado en julio de 1936. Comentaba un año después: Recuerdo con gran consuelo una conversación que mantuve con un gran santo; lo asesinaron en julio del año pasado, cuando se hallaba sazonado, preparado para ir al encuentro del Amor, pues había escrito todo el libro de su vida, desde el principio hasta el fin, con letras de oro…

Hablábamos de la posibilidad de sufrir martirio. Le dije que no me asusta la muerte: que la aceptaría gustoso cuándo, dónde y como quisiera el Señor mandármela, pero que sentiría abandonaros. Y continué afirmando, mientas él asentía, que los afectos santos de la tierra se conservan en el Cielo: allí podremos pedir por las personas a las que quisimos aquí abajo.

A finales del mes de agosto de 1937 pudo salir de la Legación con una precaria documentación que le facilitó el Cónsul de Honduras. Todas las iglesias de Madrid se encontraban cerradas, muchas destinadas a otros usos o completamente destruidas, con las imágenes profanadas o mutiladas. En esas circunstancias, don Josemaría arriesgó su vida cuando fue necesario para el bien de las almas: bautizaba a escondidas, confesaba dando un paseo por los bulevares o atendía espiritualmente a religiosas refugiadas en casas particulares.

Llevaba siempre consigo al Señor Sacramentado en una pitillera envuelta, por precaución, en una funda con la bandera y el sello de la Legación. Muchas veces dormía sin quitarme la ropa —recordaba—, con la Sagrada Forma encima, abrazando al Señor.

El 7 de octubre pudo abandonar Madrid. Se dirigió a Barcelona, por Valencia, y el 19 de noviembre salió hacia el Pirineo, donde emprendió una larga marcha que le llevó hasta Andorra. Llegó al Principado el 2 de diciembre, acompañado por un pequeño grupo de personas. Poco después, pasó la frontera francesa y se estableció en Burgos.

Madrid, verano de 1931

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

En las inmediaciones de la Estación de Atocha, se aglomeran los viajeros. Don Josemaría se abre camino entre ellos, abstraído, y se dirige a la parada del tranvía que lo llevará a la calle de Viriato, donde ahora vive con su madre, que se ha quedado sola: acaba de dejar en la estación a su hermana y a su hermano, que van a pasar el verano en Fonz.

En Madrid reina una angustia que casi se percibe físicamente. Desde hace más de un año, se han ido multiplicando los signos precursores de una tormenta; son las convulsiones de una sociedad cuya base política se tambalea.

El General Primo de Rivera había abandonado el poder el 28 de enero de 1930. Los gobiernos que le habían sucedido no habían logrado atajar la profunda crisis que sufría la monarquía. El 14 de abril de 1931, por segunda vez en la historia de España, se ha proclamado la República. Momentos de incertidumbre, de esperanza, y también de angustia, pues las corrientes anticlericales, desatadas, han desembocado en acciones de inusitada violencia. El 11 de mayo, grupos de exaltados se han echado a la calle en Madrid y han incendiado numerosas iglesias y conventos. Al día siguiente, ha ocurrido lo mismo en otras ciudades. En las calles, se mira a los sacerdotes con desprecio o con rabia, cuando no se les insulta, como ocurre, a veces, en los suburbios y en los barrios obreros, que don Josemaría sigue visitando para atender a pobres y enfermos. Han llegado hasta a apedrearle…

El Padre no hace jamás comentarios de carácter político, pero tiene el corazón oprimido, aunque está convencido que el Señor nunca permite que suceda algo irremediable.

El 11 de mayo había evitado que se cometiera una posible profanación en el Patronato de Enfermos, donde por entonces vivía aún. Un Coronel, antiguo amigo de la familia, había ido a llevarle ropa de paisano para que pudiese escapar. Él, entonces, había abierto el Sagrario y había consumido casi todas las Sagradas Formas que había en el copón. Luego, como el tiempo apremiaba, había envuelto cuidadosamente el copón con las que quedaban en un papel y las había llevado a casa del Coronel en un taxi que éste había mandado llamar.

En los días que siguieron, los espíritus se habían calmado un tanto. pero la atmósfera continuaba cargada y la tormenta podía estallar de nuevo.

Después de pasar unos días con su hermano, en casa del Coronel, don Josemaría había decidido ir a vivir con su madre en un piso de la calle de Viriato. Acababa de renunciar a su cargo de capellán del Patronato de Enfermos, con objeto de estar más disponible para hacer lo que Dios le había pedido.

Tú eres mi Hijo

Tales circunstancias no son nada favorables a la fundación de una obra como la que tiene entre manos, y don Josemaría lo sabe. Con todo, cuando sube al tranvía que ha de conducirlo a su casa, sigue pensando que se realizará, por absurdo que parezca.

En momentos humanamente difíciles, en los que tenía sin embargo la seguridad de lo imposible (…) sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba, Pater!.

Los que aquel día se apretujaban en el tranvía que, dando tumbos, hacía el recorrido Atocha-Cuatro Caminos, tal vez se asombraran al ver a aquel joven sacerdote murmurando palabras incomprensibles, con la cara iluminada de gozo.

¡Gozo, paz profunda! ¡Soy hijo de Dios! Lo demás, no tiene importancia…

“Tú eres mi Hijo: Yo te engendré hoy” (Ps. 11, 7). Toda una vida sería insuficiente para agotar el significado de estas palabras del Salmo II, que ahora contempla con una luz nueva…

Gozo. Identificación con Cristo, Hijo unigénito de Dios, el Bienamado del Padre. Como en los justos del Antiguo Testamento, como en María cuando entonó el Magnificat, la respuesta brota de lo hondo de su corazón, expresada con palabras de la Escritura: Abba, Pater! Abba, Pater! Abba! Abba! Abba!

“Y por cuanto vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual nos hace exclamar: Abba, Padre. Y así ninguno de vosotros es ya siervo, sino hijo. Y siendo hijo, es también heredero de Dios” (Gal. IV, 6-7). “Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para obrar todavía por temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, ¡Oh Padre!; porque el mismo espíritu está dando testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y siendo hijos, somos también herederos: herederos de Dios, y coherederos con Cristo: con tal, no obstante, que padezcamos con él, a fin de que seamos con él glorificados” (Rom. VIII, 15-17).

¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró!

Qué confianza, qué descanso y qué optimismo os dará, en medio de las dificultades, sentiros hijos de un Padre, que todo lo sabe, y todo lo puede.

Don Josemaría ha bajado del tranvía, casi sin darse cuenta, y deambula por las calles sin dejar de repetir mentalmente, y tal vez en voz alta, ajeno a los viandantes: Abba, Pater! Abba, Pater!

Es una gracia demasiado grande que, sin duda, Dios no quiere que se la reserve para él. Ha de ser, también, para los que vengan. Para que sepan siempre, en media de las dificultades, ver la Cruz de Cristo, y que encontrar la cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

La luz del 2 de octubre de 1928 se ha hecho más brillante aún, en momentos particularmente difíciles. Que esta manifestación profunda de la filiación divina haya tenido lugar en plena calle -en un tranvía- confirma, con toda evidencia, que el cristiano puede y debe alcanzar la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias, y gracias a ellas:

La calle no impide nuestro diálogo contemplativo; el bullicio del mundo es, para nosotros, lugar de oración.

“¿Por qué causa se han embravecido las naciones, y los pueblos meditaron cosas vanas? (…). Se han confederado los príncipes contra el Señor y contra su Cristo (…). Aquel que reside en los cielos se burlará de ellos (…). Tú eres mi Hijo. Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré las naciones en herencia tuya, y extenderé tu dominio hasta los extremos de la tierra …” (Ps. II).

El Padre, como lo llaman espontáneamente quienes se acercan a él, llega a su casa con el corazón inundado de gozo, lleno de confianza en el futuro, pase lo que pase. A partir de ese momento, la filiación divina será tema central de su predicación: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…). Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando (..). Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos.

¡Ah, Señor! -¡díselo con toda tu alma!-, yo soy… ¡hijo de Dios!

Las primeras vocaciones

Don Josemaría prosigue haciendo apostolado con gente joven y con algunos sacerdotes. Confiesa durante más horas y ensancha y profundiza el trabajo básico indispensable para que la Obra de Dios se ponga en marcha.

El confesionario le permite empezar a dirigir espiritualmente algunas mujeres, en su mayoría jóvenes, que un sacerdote no podría encontrar en otros sitios, como a los hombres. Aconseja a unas cuantas que vayan a enseñar el catecismo a los niños en un suburbio muy pobre de los alrededores de Madrid llamado “La Ventilla”.

Pacientemente, va modelando las almas una a una, tallándolas como los diamantes, a la espera de que “respondan”.

Ya no está del todo solo, con el secreto de esta locura, de este fuego cuyo resplandor el Señor le ha hecho ver hace más de dos años. Algunos de los que le rodean han empezado a comprender… Entre ellos, uno en quien había pensado a poco de fundar la Obra: Isidoro Zorzano, aquel antiguo condiscípulo del Instituto de Logroño, persona recta, de gran corazón y buen cristiano. Estaba seguro de que sería capaz de entender ese ideal tan exigente y, con la gracia de Dios, dedicar su vida a esa tarea…

No le había olvidado, pero hacía varios años que no se veían. Sabía, eso sí, que no se había casado, que había terminado la carrera de ingeniero y que trabajaba en Málaga, en la Compañía de Ferrocarriles de Andalucía.

A comienzos de 1930, había decidido escribirle. Una carta muy breve: “No dejes de venir a verme cuando pases por Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte…”

Unos meses más tarde, el 24 de agosto, don Josemaría había ido a visitar a un estudiante de arquitectura, que se encontraba enfermo. A poco de llegar, piensa, sin saber por qué, que debe volver a casa. Sale y, cerca ya del Patronato de Enfermos, él, que siempre toma el camino más corto, da un ligero rodeo. De pronto, en la calle de Nicasio Gallego, ve venir en dirección contraria alguien a quien conoce: ¡Isidoro!

-Acabo de estar en el Patronato -dice éste- y, como no estabas, iba a buscar un restaurante y luego a tomar el tren. Voy al Norte, donde mi familia está pasando el verano… Es curioso, pero tenía el presentimiento de que te encontraría aquí, en esta calle…

Ya en las habitaciones del Patronato de Enfermos, antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que le insinuaba en su carta, Isidoro dice:

-Josemaría, quería verte para pedirte que me aconsejaras.

-¿Qué te pasa?

-Estoy inquieto. Siento que Dios me pide más, que debo hacer “algo”, pero no sé el qué. Me he preguntado a veces si el Señor querrá que me haga religioso, pero no lo veo claro. Tengo mi trabajo de ingeniero, que me satisface… Y no sé qué pensar, quiero que me orientes…

Don Josemaría le escucha estupefacto. Luego dice:

-¿Te acuerdas de mi carta? Pues bien, te he escrito precisamente para hablarte de una obra en la que estoy comenzando a trabajar…

Y empieza a describirle, a grandes rasgos, ese inmenso panorama de santificación del trabajo ordinario y de la vida corriente. La de un ingeniero como él, por ejemplo.

-Veo en esta coincidencia el dedo de Dios -exclama Isidoro-. Cuenta conmigo. Por mi parte, estoy decidido.

Ha sido todo tan rápido que don Josemaría no sabe qué hacer. Pide a su amigo que espere un poco, antes de dar una respuesta definitiva, pues se trata de dar un nuevo giro a su vida… Isidoro se marcha y vuelve después de comer.

Mientras le espera, el Padre reflexiona sobre el sentido de este suceso y pide luces al Señor. Ha sido todo tan rápido… Por una parte, Isidoro no podrá trasladarse inmediatamente a Madrid y no podrán verse con frecuencia, lo que dificultará su indispensable formación; por otra, resulta todo tan claro, tan providencial…

Vuelve Isidoro. Charlan largo rato, hasta la salida del tren. Cuando parte, se considera ya comprometido con el Señor, de manera irreversible, para trabajar a su servicio en esta Obra de Dios, de la cual, de hecho, será el primer miembro que perseverará. A partir de ese momento, Josemaría, su condiscípulo, se ha convertido en El Padre.

Contradicciones y certezas

Aunque los frutos no acababan de verse, el año 1930 había sido rico en trabajos y gozos. Sobre todo, ese 14 de febrero en que había nacido la Sección de mujeres del Opus Dei, inopinadamente. Así pues, don Josemaría prosigue su trabajo apostólico en tres frentes: hombres, sacerdotes y mujeres.

No es nada fácil. En tiempos de crisis, como ésos, las gentes andan preocupadas y se ven atraídas por la acción política. El ideal que el Padre propone es otro, mucho más alto. Incluye, sí, las aspiraciones y las empresas más nobles, pero iluminadas por la luz de la fe, con todo lo que eso exige: vida interior, formación, coherencia moral, unidad de vida…

Don Josemaría suele entusiasmar a aquellos a quienes se dirige; les hace descubrir nuevos horizontes y sacar nuevos destellos de las páginas del Evangelio (ha tomado nota de un centenar de versículos del Nuevo Testamento que relee y medita con frecuencia). No faltan, sin embargo, quienes se burlan de la increíble audacia que encierra la idea misma del Opus Dei. No se contentan con hacer comentarios a sus espaldas: algunos se lo dicen, con “comprensiva” condescendencia (son, con frecuencia, ¡ay!, sus hermanos en el sacerdocio). ¡Qué idea más absurda proponer que traten de ser santos a hombres y mujeres corrientes, que no están “consagrados” a Dios, que no se comprometen con votos, que no tienen vocación religiosa! ¿Acaso no basta con procurar que esas gentes inmersas en el mundo, con tantas ocasiones de perderse y de ensuciarse, simplemente se salven “como a través del fuego”? Qué osadía decir a los cristianos corrientes: Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto”.

El joven Fundador sufre con estas incomprensiones, aunque no le sorprenden. Lo que predica es tan nuevo… Una locura, sin duda. Pero está tan seguro de que eso viene de Dios que no está dispuesto a renunciar por mucha sorpresa o muchas reticencias que algunos manifiesten. Al contrario, no hacen más que confirmarle que no es el inventor de una “idea” generosa, sino instrumento escogido por Dios para abrir un nuevo camino en la tierra. Esta obra no es una “buena obra” más. Es la Obra de Dios que Él le había hecho entrever desde su juventud, sin saberlo. ¿Qué puede tener de extraño que surjan obstáculos? Tendrá que quitarlos o esquivarlos, de la mano de Dios, porque, de alguna manera, el cielo está comprometido en que se realice.

El día de la Transfiguración, que en Madrid se celebra ese año el 7 de agosto, don Josemaría está celebrando misa en la iglesia del Patronato de Santa Isabel. Cuando se dispone a formular mentalmente las intenciones por las que la ofrece, se da cuenta, de pronto, del profundo cambio interior que -sin mérito alguno por su parte, piensa- se ha operado en él desde su llegada a la capital. Inmediatamente, renueva su propósito de orientar toda su vida hacia el cumplimiento de lo que Dios quiere de él: hacer la Obra de Dios.

Llegó la hora de la Consagración -escribe el mismo día en un cuaderno-: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, (..) vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum” (Joann., XII, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas!”, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas…

Querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo corno llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey…

Valladolid: campo grande

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El actual Prelado del Opus De¡, don Alvaro del Portillo, recuerda un viaje del Padre a Valladolid, en busca de vocaciones para este camino de Dios:

«Aunque esta ciudad (…) se encuentra relativamente cerca de Madrid, en aquellas circunstancias el desplazamiento estaba lleno de incomodidades. Tomaron el tren, llegaron a Valladolid ya de noche, había niebla y hacía mucho frío, cargaron con las maletas -porque no tenían dinero para un taxi- y se fueron a pie en busca de hotel (…). A la mañana siguiente, nuestro Padre dirigió la meditación, y habló de la vocación de los Apóstoles. El día anterior, jueves, se había celebrado la fiesta de San Andrés: fue el 30 de noviembre de 1939 (…).

Había ido a Valladolid por amor a Jesucristo, con el plan de citar a mucha gente para moverles a practicar más intensamente la vida cristiana. Después de meditar sobre la llamada de los Apóstoles, el Padre comentó:

-”Hemos venido a esta ciudad para trabajar por Jesucristo, luego ya hemos tenido éxito en nuestra empresa. Si no conseguimos ver a ninguno, no por eso nos consideraríamos fracasados. Después avisaremos a las personas que deseamos conocer, que vendrán o no vendrán; pero, aunque no consigamos nada, el Señor está contento de nosotros” (…).

Llevaba una lista con nombres de estudiantes universitarios y sus respectivas direcciones, y enseguida envió a cada uno un tarjetón, citándoles en el hotel. Se presentaron todos (…). El Padre charló con todos, los entusiasmó, los llenó de amor de Dios. Llegó la hora de cenar, y no se iban: estaban muy a gusto con nuestro Padre, que sólo les hablaba de Dios (…). De ahí salieron muchas vocaciones»(25).

He aquí el relato de uno de aquellos estudiantes:

«Yo residía en Valladolid (…). La voz de su presencia en la ciudad se esparcía rapidísimamente, y aunque nos encontrásemos en los puntos más distantes, nos presentábamos enseguida (…). Salíamos contentísimos, alentados y confortados. Era como si el Padre nos conociese personalmente desde muchos años atrás. Recuerdo que nunca dejaba de preguntarnos por nuestra familia.

Llevaba entonces un solideo de paño negro, porque -como supimos después- deseaba parecer de más edad: era muy joven y su aspecto era aún más juvenil (…). Derrochaba buen humor. Todavía me acuerdo del comentario de algunos de mis amigos:

-¡Se lleva a la gente de calle! (…).

Me recibió en su habitación del hotel. La conversación duró poco tiempo. Me preguntó si había entendido bien que se trataba de una vocación y que, por tanto, era una decisión para toda la vida. Insistió en que no empujaba a nadie, explicándome que su misión era cerrar las puertas»(26).

De estos viajes surgen los primeros hombres de la Obra en la ciudad castellana de Valladolid.

Ya no es posible reunirse en la pequeña habitación del Hotel Roma, del Castilla o del Fernando-Isabel. El Padre encarga a José Luis Múzquiz -que suele ir con frecuencia a esta ciudad universitaria- que busque un pequeño piso en el que afirmar la ancha tarea que comienza. El padre de Teodoro Ruiz, uno de los miembros de la Obra, tiene un local desalquilado… y una mala experiencia de los estudiantes que acaban de abandonarlo. Por eso hoy, cuando su hijo le aborda durante el almuerzo, la contestación es lacónica:

-«¡De ningún modo!»

Teodoro no replica, pero empieza a llamar en su ayuda a todos los ángeles del Cielo porque no ve ni un resquicio por donde abordar eficazmente a su padre. Pero, inesperadamente, ya en la sobremesa, le oye decir:

-«Bueno, si se trata de unos chicos formales, adelante»(27).

El Padre bendecirá el piso el 2 de mayo de 1940, después de haber celebrado la Santa Misa en una capilla de la Catedral. El espacio es mínimo, y la circunstancia pone nombre al inmueble recién estrenado: El Rincón. Solamente tienen seis sillas por mobiliario. Es suficiente.

El 29 de junio de 1940, el Padre vuelve una vez más a esta ciudad de Castilla para dirigir un curso de retiro en el colegio Nuestra Señora de Lourdes, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Aquí tiene la oportunidad de conocer a Ignacio Echeverría y a Jesús Urteaga, que preparan en esta fecha unos exámenes.

Al final del día, enseñan al Padre la huerta del colegio y se detienen ante una jaula, grande y a la vez pequeña porque sirve de encierro a un águila. Los alumnos juegan con ella y le echan de comer.

El Padre observa la escena. Y el aspecto deteriorado del ave de presa que se abalanza sobre un trozo de carne le da mucho que pensar.

«Os he contado ya otras veces la triste impresión que me produjo ver un águila dentro de una jaula de hierro, con un pedazo de carroña entre sus garras. Aquel animal -que en las alturas es todo majestad, dueño de los aires, y mira de hito en hito al sol- encerrado en la jaula daba asco y pena a la vez, por las mil diabluras que le gastaban unos niños»(28).

El Padre aprovecha todas las situaciones y sucesos para establecer una conexión con el mundo sobrenatural. Monseñor Alvaro del Portillo recuerda que en una meditación habla de tantas mujeres y de tantos hombres que, «llamados por Dios a volar como esas águilas (…), invitados por Nuestro Señor a elevarse por encima de las cosas bajas de la tierra, para estar viviendo en el mundo con los ojos y el corazón puestos en el Cielo (…), tienen las alas cortadas por sus pasiones, y son como aquel águila vieja, desplumada, atenta sólo al pedazo de carne que le echaban… »(29).

En la madrugada del domingo al lunes hay que tomar un tren de regreso a Madrid para iniciar la semana con el ritmo acostumbrado. En cada viaje hace ver a los que le acompañan, la alegría de su apostolado, tan igual al de los primeros cristianos: en medio de la calle, con sus compañeros y amigos… Les recuerda que una de las veces en que tuvo más alta oración fue en un tranvía de Madrid, en el ajetreo diario de la calle, en medio de los quehaceres y trabajos del mundo.

La actividad del Padre va a continuar incesante. En este curso de 1940-41 -entre otras ciudades-, visitará León, Salamanca, Bilbao, San Sebastián y Zaragoza. En la primavera del 40 tiene la oportunidad de volver una vez más a su querida Basílica de El Pilar. Se aloja en casa de la familia de José María Albareda, y cuando retorna a Madrid lleva una gran alegría: han solicitado la dmisión en la Obra Jesús Arellano, Javier Ayala y José Javier López Jacoísti.

Del 29 al 30 de agosto de 1941 el Fundador está de nuevo en San Sebastián. Ya hay una buena representación del país vasco en la Obra: la encabezan Juan Antonio Galarraga, Ignacio Echeverría, Miguel Rivilla y Jesús Urteaga.

En verdad, la semilla está echada. Y de estos primeros que se quedan aislados, cada vez, esperando la próxima visita del Padre, van a surgir centenares de vocaciones en los próximos años.

Edificar sobre la oración y el sacrificio

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá entendía que en una empresa espiritual el orden debía ser “oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción”[1]. Su primera preocupación, por tanto, fue intensificar su propia oración y penitencia y buscar las oraciones y sacrificios de otras personas. En una meditación predicada pocos meses antes de su muerte dijo: “¿Qué puede hacer una criatura que debe cumplir una misión, si no tiene medios, ni edad, ni ciencia, ni virtudes, ni nada? Ir a su madre y a su padre, acudir a los que pueden algo, pedir ayuda a los amigos… Eso hice yo en la vida espiritual. Eso sí, a golpe de disciplina, llevando el compás. Pero no siempre: había temporadas en que no”[2].

Escrivá estaba convencido de que “después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos”[3]. Buscaba ansiosamente las oraciones de sacerdotes, y llegaba incluso a pararles por la calle, aunque no los hubiese visto nunca, para pedirles que rezaran por sus intenciones. En sus frecuentes visitas a enfermos y moribundos les rogaba que rezaran y ofrecieran sus sufrimientos por una intención suya.

Cada mañana, en su camino para celebrar la Santa Misa se encontraba con una mendiga que estaba siempre en el mismo sitio, pidiendo limosna. Un día se acercó a ella y le dijo, haciendose eco de las palabras de san Pedro en los “Hechos de los Apóstoles”:

“-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!

Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la Santa Misa, no estaba, tampoco al otro… Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.

-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?

Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué: mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena. La mendiga me contestó:

-Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.

Sólo le dije: “Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo”.

“Yo os digo que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa”[4].

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 82

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 315

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 98

[4] José Miguel Cejas. JOSÉ MARÍA SOMOANO. EN LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI. Ediciones Rialp 1996. p. 112

La Academia Cicuéndez

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Las actividades del Patronato de Enfermos permitían a Escrivá ejercer su ministerio sacerdotal y llevar a las almas a Cristo. Sin embargo, lo que ganaba no bastaba para mantener materialmente a su familia. Para llegar a fin de mes, Escrivá dió clases particulares a un buen número de estudiantes. También encontró un puesto de profesor en la Academia Cicuéndez, una institución privada como el Instituto Amado donde había enseñado en Zaragoza. Allí acudían bastantes estudiantes de Derecho que no podían asistir regularmente a clases en la universidad y que se habían matriculado como “no oficiales”. Escrivá se encargó del Derecho Canónico y el Romano.

Un día, otro profesor contó a algunos estudiantes que Escrivá trabajaba en el Patronato de Enfermos. El rumor se extendió rápidamente entre los alumnos, que apenas podían creer que su culto y refinado profesor, cuya sotana siempre estaba impoluta y bien planchada, pasaba horas y horas en los charcos, el barro y las calles sin asfaltar de las zonas más pobres de Madrid. Los estudiantes hicieron apuestas sobre la veracidad del asunto, y varias veces, después de clase, siguieron a su profesor hasta barrios de la ciudad que nunca hubieran soñado pisar.

No contento con enseñarles Derecho, Escrivá procuraba hacerse amigo de sus alumnos. Su cálido y extravertido carácter y el interés por cada uno hicieron que se ganara su afecto. A menudo algunos estudiantes le acompañaban en su camino de vuelta a casa. La conversación pasaba de las materias tratadas en clase a sucesos de actualidad, asuntos de familia y preocupaciones personales. Como lo haría durante toda su vida, Escrivá introducía en la conversación referencias a Cristo, a la Santísima Virgen y a las virtudes cristianas. Lo hacía naturalmente, sin sermonear o adoptar un tono pío. Podía pasar fácilmente de la conversación sobre sucesos de actualidad a los temas religiosos, porque su diálogo con Cristo, con su Madre, los ángeles era profundo, personal, real, cotidiano. Como consecuencia del trato con los estudiantes y de su oración por ellos, algunos pidieron a Escrivá que fuera su confesor o director espiritual.

En noviembre de 1927, gracias a sus ingresos provenientes del Patronato de Enfermos, la Academia Cicuéndez y las clases particulares, Escrivá pudó alquilar un pequeño piso para él y su familia en la calle Fernando el Católico. Esta sería la tercera vez en quince años que los Escrivá hicieron las maletas para empezar una nueva vida en una ciudad extraña. Aunque se trataba de una experiencia dolorosa para los suyos, Escrivá no tenía otra alternativa: no podía permanecer en Zaragoza ni alquilar dos casas, incluso si él o su familia hubieran querido vivir separados.

Escrivá veía las desgracias de su familia como parte del plan de Dios para purificarle, fortalecerle y prepararle para una misión aún desconocida. “Señor”, rogaba, “yo no soy un instrumento apto, pero, para que lo sea, siempre haces sufrir a las personas que más quiero: das un golpe en el clavo y cien en la herradura!”[1].

Más tarde, echando la vista atrás a los años que precedieron a la fundación del Opus Dei, Escrivá los describió con diferentes metáforas, pero siempre como un periodo de preparación. En una ocasión, dijo: “Dios Nuestro Señor, de aquella pobre criatura que no se dejaba trabajar, quería hacer la primera piedra de esta nueva arca de la alianza, a la que vendrían gentes de muchas naciones, de muchas razas, de todas las lenguas (…). Era preciso triturarme, como se machaca el trigo para preparar la harina y poder elaborar el pan; por eso el Señor me daba en lo que más quería… ¡Gracias, Señor! (…). Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba, para preparar –de ese árbol- la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad”[2].

El período de preparación terminó con la fundación del Opus Dei el 2 de octubre de 1928. Desde entonces Escrivá supo lo que Dios le pedía y dedicó su vida a realizarlo. El resto de este libro cuenta la historia de esos esfuerzos.

[1] Álvaro del Portillo. UNA VIDA PARA DIOS. Ediciones Rialp. Madrid 1992. p. 30

[2] ibid. p. 30-31

En Andorra y Lourdes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Al salir el sol, Escrivá y sus compañeros partieron hacia el cercano pueblo de Sant Juliá de Loria, donde tomaron una taza de café. Buscaron una iglesia donde pudieran dar gracias. Era la primera vez en el último año y medio que entraban en una iglesia que no hubiera sido masacrada. Rezaron la Salve de nuevo y se dirigieron a Andorra la Vella, capital del principado.

Desde allí enviaron un telegrama al hermano de Albareda que estaba viviendo en San Juan de Luz. Se encargaría de conseguir un taxi que les recogiera en Andorra. Mientras esperaban sus papeles de refugiados políticos y un visado de tránsito para Francia, se alojaron en un hotel de Les Escaldes, a pocos kilómetros de Andorra la Vella.

Durante su primer día en Andorra, a Escrivá se le inflamaron las manos y le produjeron mucho dolor. Jiménez Vargas temió que se tratara de otro ataque reumático, pero pronto descubrió que la hinchazón era debida a las múltiples pequeñas espinas que se le habían clavado al agarrarse a los arbustos en su esfuerzo por permanecer de pie.

La nieve que había amenazado el último trecho de su camino comenzó a caer abundantemente el 3 de diciembre de 1937. Después de Misa –la primera que Escrivá pudo celebrar en un altar real y con ornamentos desde el comienzo de la guerra–, volvieron a Andorra la Vella para tomar unas fotografías. Las necesitarían en la frontera, pero también las querían como documento para la historia del Opus Dei.

La nieve bloqueó la frontera con Francia y ser vieron obligados a permanecer en Andorra hasta el 10 de diciembre de 1937. Pronto, en la mañana del día 10, el grupo de Escrivá y otras veinte personas que habían cruzado los Pirineos con ellos se acomodaron como pudieron en un pequeño camión equipado con asientos y cadenas para la ocasión. En ciertos momentos tuvieron que bajar y caminar al lado del vehículo. Al llegar a Soldeu ya no pudo continuar, así que siguieron a pie. Para protegerse del frío se envolvieron en papel de periódico. La nieve en algunos tramos les cubría hasta las rodillas y convertía el papel de periódico en pasta. Aun así, lograron continuar durante otros doce kilómetros hasta el Pas de la Casa, a 2.400 metros de altura. Se acurrucaron en un autobús que les llevó a la frontera francesa de L´Hospitalet, donde les esperaba el taxi que el hermano de Albareda había enviado.

Los ocho, empapados por su larga marcha en la nieve, se apretujaron en el taxi. Salieron hacia las cinco de la tarde con dirección a la frontera española de Irún. Pasaron la noche del 10 de diciembre de 1937 en la ciudad francesa de Saint Gaudens, donde se alojaron en un hotel modestísimo. A las seis y media del día siguiente, partieron hacia Lourdes. Escrivá aun vestía unos pantalones desgarrados y manchados de barro, un jersey de cuello alto y las botas de suela de goma. En el Santuario de Lourdes, no le fue fácil convencer al sacerdote encargado de la sacristía de que le permitiera decir Misa.

En el momento de hacer la señal de la cruz al comienzo de la Misa, se inclinó hacia Casciaro, que le ayudaba, y dijo en un susurro: “Supongo que ofrecerás la Misa por la conversión de tu padre y para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana.

Me quedé profundamente sorprendido: realmente yo no había ofrecido la Misa por esa intención; es más, estaba poco concentrado y con la atonía natural de quien se ha levantado muy temprano y aún se encuentra en ayunas. Me impresionó además que el Padre, precisamente en esos momentos en que con tanto fervor se disponía a dar gracias a Nuestra Señora, y que tantas cosas iba a encomendarle, tuviera el corazón tan grande como para acordarse de mis problemas familiares. Conmovido, le contesté en el mismo tono:

-Lo haré, Padre.

Entonces, en voz baja, añadió: Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá”[1].

El grupo llegó a San Juan de Luz al caer el sol el 11 de diciembre de 1937. Escrivá no consiguió ponerse en contacto con el obispo de Madrid, pero sí pudo hablar con dos obispos que conocía, uno de los cuales dio fe de él y de sus compañeros en la frontera. Aquella noche entraron en la zona nacional.

Haber conseguido cruzar los Pirineos y llegar a la España nacional significaba para Escrivá y los demás poder llevar a cabo el Opus Dei sin temor a persecuciones religiosas. La guerra, sin embargo, les depararía aún grandes dificultades, especialmente porque se encontraban en una situación de extrema pobreza. Del Portillo y los otros continuaban atrapados en Madrid.

[1] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 129

Vocación. Una fecha clave

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Hubo sin embargo una fecha clave en la vida del joven Josemaría. Debió de ser a finales de diciembre de 1917 o en los primeros días de enero de 1918. El invierno estaba siendo especialmente duro y en esa fecha cayó una intensa nevada en la ciudad. Un día que iba por la calle a primera hora de la mañana vio en el suelo las huellas heladas de los pies de un carmelita descalzo. El hecho en sí no tenía mayor importancia, pero a Escrivá le produjo una impresión muy profunda. “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios –pensaba– ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?”. Dios se valió de ese evento: “Arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor”[1], como escribió años después en una carta.

Con el ardor y pasión de un joven adolescente, decidió responder plenamente y de corazón a la llamada divina, y desde el mismo momento en que vio aquellas pisadas en la nieve sacó no sólo el deseo de amar más a Dios, sino el convencimiento de que el Señor le estaba pidiendo a él algo concreto y especial. En otra ocasión, pocos meses antes de morir, refiriéndose a ese incidente comentaba: “Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera… De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada…”[2].

Josemaría comenzó a asistir a Misa y comulgar a diario, a rezar con más fervor, y a buscar la purificación interior con penitencia y confesión frecuente. También comenzó a tener dirección espiritual con el padre José Miguel, aquel carmelita cuyas huellas había visto en la nieve. En muchas otras ocasiones, Escrivá había recibido consejos para su vida interior cuando iba a confesar, pero esta vez era la primera que tenía una dirección espiritual formal y sistemática aparte del sacramento.

Desde aquel momento y hasta los últimos días de su vida, Escrivá trató siempre de buscar en la dirección espiritual el buen consejo que le ayudara en su vida interior. Estaba convencido, como escribió en 1939 en “Camino”, de que: “Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior”[3]. En consonancia con una arraigada tradición de la Iglesia, le gustaba ver a sus directores espirituales no sólo como consejeros prudentes para su alma, cuyas recomendaciones había que tener en cuenta, sino como verdaderos representantes de Dios a los que debía obedecer sin reservas. “Director. -Lo necesitas. -Para entregarte, para darte…, obedeciendo. -Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio…, llenándote de paz, y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo”[4].

Esta actitud de entrega en ningún momento supuso una renuncia a su libertad personal y a la responsabilidad. En última instancia, cada alma es la única responsable ante Dios, y algunas decisiones, como la de seguir una determinada vocación o elegir cónyuge, deben hacerse en conciencia, tras sopesar los consejos recibidos. Por eso, cuando el padre José Miguel le sugirió en la primavera de 1918 la posibilidad de hacerse carmelita, lo consideró en la presencia de Dios y llegó a la conclusión de que no era eso lo que Dios le pedía. Aunque no sabía a ciencia cierta lo que Dios quería de él, intuía que las limitaciones propias de la vida religiosa iban a resultar a la larga un impedimento para llevar a cabo lo que Dios tenía en mente para él.

Por otra parte, el asunto de la vocación lo llevaba a diario a su meditación personal y en abril o mayo de ese año –1918– decidió hacerse sacerdote. Esta resolución no suponía un cambio con respecto a lo que antes pensaba sobre el estado clerical; aunque apreciaba y respetaba el valor del sacerdocio, seguía sin sentirse especialmente atraído por la idea de ser cura. Como decíamos antes, su decisión de entrar en el seminario respondía más bien a la intuición de que haciéndose sacerdote estaría mejor preparado para llevar a cabo “aquello” que, sin saber exactamente qué, Dios le estaba pidiendo.

Aunque la mayoría de los sacerdotes diocesanos trabajaba en parroquias, Escrivá sabía que había también una gran variedad de modos de ejercer el ministerio, pues sin ir más lejos, algunos parientes suyos eran canónigos. Es bastante probable, por tanto, que no tuviera una idea claramente definida de cómo iba a ser su vida sacerdotal. Estaba convencido, sin embargo, de que fuese cual fuese el futuro su pretensión de ordenarse sacerdote no era un capricho para prosperar en la vida siguiendo una carrera eclesiástica en el sentido tradicional, sino que le iba a preparar adecuadamente para realizar la voluntad de Dios.

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 97

[2] ibid. p. 97

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. CAMINO. Ediciones Rialp. Madrid 2001. n. 59

[4] ibid. n. 62

Juventud

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fundador del Opus Dei nació el 9 de enero de 1902. Era hijo de José Escrivá, un joven comerciante de 33 años y Dolores Albás, de 23. Los Escrivá se casaron en 1898 y un año después nació la primogénita, María del Carmen. Al segundo hijo le pusieron cuatro nombres: José por su padre, María, por devoción a la Virgen María, Julián, por ser el santo del día en que fue bautizado, y Mariano, en honor a su padrino. Alrededor de 1935 y en consonancia con esa devoción a la Virgen que le inculcaron de pequeño, Escrivá unió los dos primeros nombres en uno solo –Josemaría–, pero de joven y durante sus primeros años de sacerdocio firmaba como José María Escrivá[1].

La familia Escrivá provenía de Barbastro (Huesca), población de unos 7.500 habitantes situada en las estribaciones de los Pirineos, a unos 70 kilómetros de la frontera francesa. Era el centro comercial de una zona eminentemente agrícola. Barbastro no tenía grandes industrias y los distintos negocios familiares prosperaban o caían, dependiendo de lo que ocurriera con las explotaciones agrícolas de la comarca. La ciudad no contaba, por tanto, con una clase alta y los miembros más destacados de la sociedad eran comerciantes y pequeños industriales de clase media.

Don José era socio de un comercio de tejidos y de una pequeña fábrica de chocolates. La familia vivía en un piso cuyos balcones daban a la calle principal del pueblo. Como era habitual en las familias acomodadas de esa época, los Escrivá contaban con cocinera, doncella, niñera y un mozo que iba algunas horas a ayudar en las tareas domésticas.

El único suceso de cierta importancia en la infancia de Escrivá fue la grave enfermedad padecida cuando tenía dos años. Por aquel entonces no había antibióticos y las infecciones eran con frecuencia fatales, de suerte que una tarde el médico de familia que atendía al pequeño predijo que no sobreviviría a esa noche. Su madre encomendó su curación a la Virgen, prometiendo que si sanaba iría con él en peregrinación a la cercana ermita de Torreciudad. A la mañana siguiente, cuando el médico se acercó a la casa de los Escrivá a preguntar la hora del fallecimiento, se encontró a la criatura totalmente recuperada dando brincos en la cuna.

Tal y como se desprende de la reacción de su madre ante la enfermedad del pequeño, los Escrivá eran fervientes católicos, y la devoción a la Virgen María tuvo siempre un papel importante en sus vidas. Aparte de asistir a Misa los domingos, la familia rezaba con frecuencia el Rosario en casa y los sábados por la tarde se acercaban a una iglesia próxima a recitar la Salve en honor de la Madre de Dios. Sus vidas estaban profundamente marcadas por la fe cristiana, plasmada con naturalidad en los quehaceres cotidianos. Por ejemplo, cuando el joven Escrivá mostraba alguna vez su timidez, la madre le decía: “Josémaría, vergüenza sólo para pecar”[2]. De todas formas, no sería ni mucho menos acertado concluir que los Escrivá pertenecieran a ese tipo de gente que mataba inútilmente las horas comentando los últimos chismorreos eclesiásticos como si fueran beatos. Se trataba más bien de una familia que, pasados los años, el propio Escrivá describiría como “gente que practicaba y vivía su fe”[3].

En el hogar de sus padres, el joven Josemaría aprendió las primeras oraciones que luego repetiría y enseñaría a otros a lo largo de su vida, como por ejemplo: “Tuyo soy, para Ti nací. Jesús ¿qué quieres de mí?” o “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿que será de mí? Ángel de la Guarda, ruega a Dios por mí”.

Cuando cumplió seis años, su madre le llevó a su confesor para que recibiera el sacramento de la penitencia por primera vez. Escrivá siempre mostró un gran amor y veneración a este sacramento y le gustaba recordar su primera confesión. Al terminar, el sacerdote le impuso como penitencia pedir a sus padres que le hicieran un huevo frito. Al volver a casa, doña Dolores supuso que el sacerdote le habría mandado recitar unos cuantos padrenuestros y avemarías y le preguntó si necesitaba ayuda para cumplir la penitencia. El pequeño le contó a su madre cuál había sido la penitencia impuesta y le aseguró que era capaz de cumplirla él solo… A partir de esa fecha, Escrivá se confesó de forma regular durante toda su vida y siempre afirmó que el sacramento de la penitencia, lejos de ser una experiencia traumática, como algunos sostienen, fue para él una fuente de paz y serenidad.

La infancia de Escrivá fue la de un niño feliz. La familia iba creciendo poco a poco: María Asunción nació en 1905 y María Dolores en 1907; dos años más tarde vino al mundo su hermana María del Rosario. Los negocios de don José prosperaban y la familia disfrutaba de una vida tranquila. El joven Escrivá sentía una gran admiración por su padre y disfrutaba yendo a pasear por los alrededores de Barbastro. Su padre se interesaba vivamente por todo lo relacionado con su hijo, los éxitos y fracasos de un niño, sus alegrías y tristezas. Sus padres siempre le dieron mucha libertad al tiempo que, lógicamente, estaban pendientes de lo que hacía, pues nunca descuidaron la educación de la prole. En el colegio, Escrivá destacó en dibujo y literatura, y pronto comenzó a disfrutar de los clásicos de la literatura española, un gusto que conservó toda su vida. Siendo apenas un muchacho, leyó el Quijote por primera vez en unos tomos llenos de ilustraciones que su padre guardaba en la biblioteca familiar.

Pero la alegría de los primeros años duraría bien poco. Su hermana más pequeña, Rosario, murió en 1910 con apenas nueve meses. Dos años después le seguiría a la tumba María de los Dolores a la edad de cinco años. Esas muertes entristecieron enormemente a Josemaría que no podía entender cómo un Dios bondadoso permitía que sus hermanas murieran tan niñas. Un buen día, cuando sus dos hermanas y unos amigos estaban construyendo un castillo de naipes, Escrivá entró en la habitación y de un manotazo echó abajo las cartas. Al preguntarle enfadadas el porqué de su actuación contestó que eso mismo era lo que hacía Dios con las personas: se construye un castillo y, cuando está casi terminado, Dios lo tira.

El dolor de Escrivá aumentó aún más –si cabe– en 1913 al ponerse gravemente enferma su hermana Asunción. Una tarde al regresar a casa preguntó a su madre cómo estaba evolucionando la enfermedad de su hermana; doña Dolores le contestó: “Ya está bien, ya está en el cielo”[4]. Pese a la fe y confianza en Dios con que sus padres aceptaron este nuevo y terrible golpe, la serie de muertes, una tras otra, dejó una huella tan profunda en la mente del pequeño Josemaría que llegó a comentar a su madre que el próximo año le tocaría a él. Dejó de decirlo al darse cuenta de que ella se entristecía mucho al oírlo. “No te preocupes –le decía doña Dolores– que tú estás ofrecido a la Virgen y ella te cuidará”.

Por si esto no fuera poco, al año siguiente, los Escrivá sufrieron un nuevo y serio contratiempo: la quiebra del negocio familiar. Los años previos a la Primera Guerra Mundial fueron especialmente difíciles para Aragón y en concreto para Barbastro. El comercio de la ciudad dependía en gran medida de la agricultura, y, cuando las cosechas no eran buenas, surgían dificultades y problemas de todo tipo, pues en la zona no había bancos importantes que concedieran a las pequeñas empresas los créditos necesarios para salir de apuros durante los años de depresión. Entre 1907 y 1914, el número de tiendas de tejidos en Barbastro pasó de once a cinco. Aparte de los problemas causados por la recesión generalizada, el negocio de don José tuvo algunas dificultadas añadidas por los pagos que debía abonar a sus antiguos socios. La situación se vio agravada todavía más porque el antiguo socio no quiso saldar las deudas pendientes y porque hubo de pagar las minutas del juicio celebrado para que se cumpliera el acuerdo. Durante casi todo el año 1914, don José trató de mantener a flote el negocio recortando los gastos del hogar, pero a finales del otoño no aguantó más y entró en bancarrota.

Además del negocio antes mencionado, la familia Escrivá era propietaria de la casa solariega y otros bienes sobre los cuales los acreedores no tenían derecho legal alguno. La venta de esos bienes habría permitido a la familia seguir disfrutando de una relativa comodidad a pesar de la quiebra, pero tras considerar el asunto detenidamente, don José decidió que lo más honroso sería liquidar todos los bienes y pagar a los acreedores, pese a que mucha gente le aseguraba que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Esta medida hizo que la familia se encontrara de buenas a primeras en una situación extremadamente difícil.

En una localidad como Barbastro donde las familias acomodadas no eran muy numerosas, la noticia de la ruina económica de los Escrivá corrió como la pólvora, sobre todo entre los amigos y compañeros de clase del joven Josemaría. Se extendió el rumor de que su estado de pobreza era tal que, literalmente, “se morían de hambre”. Un amigo, con la lógica ingenuidad de un niño, recuerda haberse sorprendido en una ocasión al ver a Josemaría merendar un bocadillo de jamón, y le preguntó a su madre por qué la gente decía que los Escrivá no tenían dinero para comer cuando él le había visto tomar tan suculento manjar. No resulta difícil imaginar las pullas y mofas que el pequeño Josemaría habría de sufrir de boca de sus compañeros. Con los años llegó a decir que esos comentarios le enseñaron que los niños, en ocasiones, no tienen corazón, o cabeza, o las dos cosas.

A los escarnios de los compañeros de colegio, había que sumar los que venían de algunos parientes de doña Dolores, quienes no aplaudían la decisión de don José de pagar a los acreedores, cuando la ley no se lo exigía. Los que estaban en buena posición económica se negaron a ayudar y un tío suyo sacerdote, Carlos Albás, fue muy duro en sus críticas a su cuñado y le acusó de haber hundido a su familia en la miseria, pudiendo haber mantenido una buena posición económica.

La palabra miseria era, sin duda, una exageración, pero es cierto que la familia estaba atravesando momentos muy delicados y Barbastro era un sitio demasiado pequeño como para ofrecer perspectivas de recuperación. Don José, por tanto, comenzó a buscar trabajo en otros lugares y al final encontró un puesto de dependiente en una tienda de paños en Logroño. Y ahí se fue a primeros de 1915, dejando atrás a la familia hasta que acabara el curso académico. Después de pasar el verano en el pueblo de Fonz donde tenían parientes, los Escrivá se mudaron a Logroño en otoño de ese mismo año, cuando el joven Josemaría contaba 13 años.

Logroño era por aquel entonces una pequeña capital de provincia de unos 25.000 habitantes. Pese a que la ciudad y su comercio estaban en auge, los Escrivá pasaron años muy duros, sobre todo los primeros. Consiguieron un piso que carecía de ascensor y calefacción. Debido a que estaba en la última planta del edificio, era muy caluroso en verano y helador en invierno. La situación se hacía más dolorosa al no tener apenas parientes ni conocidos en la ciudad.

En un ambiente en el que las clases sociales estaban por aquel entonces claramente definidas, la posición que tuvieron en Logroño era muy distinta de la que gozaron en Barbastro. Allí los Escrivá pertenecían a la próspera clase media, y en su nueva ciudad de adopción don José dejó de ser propietario de un negocio, para convertirse en un empleado a las órdenes de un superior. La familia ya no pudo disfrutar de los habituales entretenimientos propios de la clase media, ni recibir visitas al estilo acostumbrado, ni tampoco tomar parte en los acontecimientos sociales de la ciudad. En una época en la que todas las familias de su clase tenían servicio, doña Dolores y su hija Carmen se encargaron de las tareas del hogar sin ayuda de nadie. Como tantas familias de entonces, atravesaron tiempos difíciles, pero, en la medida de lo posible, procuraron llevar una vida digna aunque no les fue fácil. Trataron de mantener el interés que siempre habían tenido por la literatura y la cultura en general, pero no podían compartir sus gustos con los nuevos amigos y conocidos de procedencia menos cultivada. Don José y doña Dolores no se quejaban y se esforzaron para que el ambiente en el hogar fuera digno, agradable y tranquilo. No obstante, al echar la vista atrás y recordar los años de Logroño, Escrivá los definió como “tiempos muy duros”[5].

Con el tiempo, supo ver las dificultades familiares como algo inherente al plan que Dios le tenía reservado como fundador del Opus Dei. En Logroño aprendió a vivir la pobreza cristiana con buen humor y dignidad. Siempre se acordó del consejo que su padre daba a toda la familia: “Tenemos que actuar con responsabilidad en todo, porque no podemos permitirnos el lujo de gastar lo que no tenemos, pero hemos de sobrellevar la pobreza con dignidad, aunque sea humillante para nosotros, sin que lo noten los que no son de la familia y sin darla a conocer”. En los últimos años de su vida Escrivá recordaba: “A mi padre no le fue nada bien en los negocios. Y doy gracias a Dios porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido”[6].

De la paciencia y buen humor de su padre en la adversidad, Escrivá aprendió a vivir muchas virtudes como la fortaleza y la alegría que tanto le ayudarían en su vida. “No le recuerdo jamás con un gesto severo: le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años. Le debo mi vocación”[7]. “Vi a mi padre como la personificación de Job. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque despues he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro”[8].

El joven Escrivá ingresó en el instituto de Logroño donde se impartían las clases desde primeras horas de la mañana hasta el mediodía. A principios del siglo XX no eran muchos los que cursaban todo el bachillerato, dado que el nivel académico era alto. Los exámenes resultaban duros y, por ese motivo, muchos alumnos iban también a escuelas privadas donde recibían clases complementarias para poder así dominar las asignaturas que se impartían en el instituto. Por las tardes, Josemaría Escrivá asistía a clases en el colegio de San Antonio. Era un alumno aplicado y sacaba buenas notas, sobre todo en literatura. Leía mucho; libros que le mandaban en la escuela y otros por interés propio, como los clásicos españoles del Siglo de Oro. Seguía también muy de cerca los acontecimientos internacionales, como la evolución de la Primera Guerra Mundial o la lucha irlandesa por alcanzar la tan ansiada libertad religiosa.

Cuando tuvo que decidir la rama del bachillerato que seguiría, Escrivá –que había mostrado durante años gran habilidad en dibujo y matemáticas– resolvió estudiar Arquitectura. Aunque huelga decir que se tomaba en serio lo referente a la religión y rezaba con sincera piedad las oraciones aprendidas de niño, no mostró nunca una predisposición especial hacia el sacerdocio o la vida religiosa y eran frecuentes sus protestas por tener que estudiar latín, idioma que consideraba como algo exclusivo de curas y frailes.

[1] En 1940 la familia Escrivá cambió el apellido por Escrivá de Balaguer para indicar la rama de la familia a la que pertenecían. De ahí que su nombre completo fuera Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás.

[2] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 33

[3] ibid. p. 13

[4] ibid. p. 56

[5] ibid. p. 72

[6] Manuel Garrido. EL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ Y BARBASTRO. Ayuntamiento de Barbastro 1995. p. 56

[7] ibid. p. 57

[8] José Luis Illanes. ob. cit. p. 62-63


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