Conmemoración de los 25 años del Opus Dei como prelatura personal

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El arzobispo Francesco Monterisi, secretario de la Congregación para los Obispos, expresa su agradecimiento al Opus Dei “por el servicio que presta a la Iglesia”, pues “los beneficiarios de su labor son los fieles de las diócesis”

Opus Dei - Mons.  Francesco Monterisi, Secretario de la Congregación para los Obispos

Mons. Francesco Monterisi, Secretario de la Congregación para los Obispos

El cardenal arzobispo de Madrid Antonio Rouco Varela clausuró en la noche del lunes en Madrid un acto conmemorativo del 25 aniversario del Opus Dei como Prelatura personal, figura jurídica que “ha sido una fórmula buena, feliz, adecuada para recoger el espíritu, el carisma y el servicio del Opus Dei a la Iglesia”, afirmó mons. Rouco, y que “ha sido ofrecida desde la legislación general de la Iglesia, desde los textos del Vaticano II”.

El acto, celebrado en la sede madrileña del IESE, contó también con las intervenciones del cardenal Julián Herranz, presidente emérito del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, y de monseñor Francesco Monterisi. Asistieron entre otros el Nuncio Manuel Monteiro, los obispos auxiliares de Madrid Fidel Herráez y Juan Antonio Martínez Camino, junto a mons. Ramón Herrando, vicario regional de la Prelatura en España.

El cardenal Rouco expresó su felicitación a la Prelatura, “a la que agradezco el servicio que presta a la Iglesia y en concreto a la archidiócesis de Madrid” y animó a vivir ese servicio “sin miedo ni vergüenza, con el objetivo no de adaptarse al mundo sino de convertirlo y renovarlo”.

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Por su parte mons. Monterisi destacó que “la comunión entre la Prelatura y las diócesis es una gozosa realidad práctica”. En su opinión, la labor que realiza la Prelatura  “favorece directamente a las diócesis donde trabaja, pues los beneficiarios de esa labor son los fieles de las diócesis”.

También afirmó que la Prelatura “no queda al margen de la Jerarquía, al contrario, el Opus Dei está sometido al régimen de un prelado que la dirige en comunión con la Sede Apostólica y con los demás obispos”.

Monseñor Monterisi recordó que el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá, “quería sobre todo que el reconocimiento jurídico definitivo del Opus Dei se llevara a cabo dentro del Derecho común de la Iglesia, sin privilegios y sin régimen de excepción”.

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El cardenal Herranz se refirió al itinerario jurídico del Opus Dei hasta ser erigido en Prelatura personal, lo que “supuso dar la configuración jurídica a un carisma que llevaba al laicado a la asunción plena de sus responsabilidades eclesiales”. Según dijo se alcanzó “la armonía entre el carisma y la norma jurídica”.

Laicos, pero de verdad

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

No le faltaba razón al que dijo: «antes del Concilio, la Obra fue acusada de “herejía” porque decía lo que redescubriría el Vaticano II. Después del Concilio también fue acusada de herejía, pero de la “herejía” de obedecer al Papa y de enseñar la fe y la moral de la Iglesia».

En cualquier caso, es un hecho documentable que el mismo status de «Prelatura personal» -aplicado por primera vez en la historia al Opus Dei- es un fruto directo del Vaticano II. Sin aquel Concilio, que introdujo esa novedad, la Obra no habría encontrado su «puerto».

Podríamos añadir otras pruebas de sintonía con el Concilio: por ejemplo, la visión optimista del mundo y de los hombres, unida a un sentido realista de la fragilidad de las criaturas, expuestas siempre al pecado. Una célebre homilía de Escrivá tiene por título, significativamente, Amar al mundo apasionadamente. Estos rasgos confirman las consideraciones que hice sobre el futuro de la Obra. A diferencia de casi todas las demás instituciones de la Iglesia, el Opus Dei no ha necesitado aggiornamento de ningún tipo. Aquella asamblea episcopal, que hizo tambalearse a árboles seculares y puso en crisis a instituciones que habían desafiado los siglos, supuso una confirmación de lo que el Opus Dei repetía casi en solitario.

Por su parte, el beato, con humildad serena, puso de manifiesto lo que debería admitir cualquier observador objetivo que conozca la dinámica de la Iglesia y la de esta institución: «El Opus Dei no tendrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque todos sus miembros son del mundo; no tendrá que ir detrás del progreso humano, porque son todos los miembros de la Obra, junto con los demás hombres que viven en el mundo, quienes hacen ese progreso con su trabajo ordinario».

En los años duros que siguieron al Concilio, marcados por crisis de identidad -y a veces de fe-, y por la caída del número de practicantes y el de vocaciones, el Opus Dei marcha claramente contra corriente, puesto que ha crecido año tras año, de modo discreto pero sin pausa, como es su estilo.

Por hacer una comparación con la crudeza de las cifras (pero sin olvidar que, en el espíritu del evangelio, la «cantidad» no es signo indicativo por sí mismo, y que en este campo con frecuencia small is beautiful, los Jesuitas (primera Orden católica masculina por número de miembros) eran 35.919 en 1966 y en 1990 habían bajado a 23.778, con una media de edad muy avanzada; los Franciscanos (segunda Orden por número de miembros) pasaron de 25.272 a 18.738. Por lo que se refiere a las mujeres, el primer instituto femenino, las Hijas de la Caridad de San Vicente, en el mismo periodo descendieron de 45.048 a 28.999. Lo mismo sucedió con casi todas las demás familias religiosas, hasta el punto de que algunas se juntan con otras para no desaparecer.

El Opus Dei, durante esos mismos años, siguió creciendo hasta llegar a los actuales 80.000 miembros, llamados todos ellos a alimentarse del mismo puchero. Una única vocación les impulsa a reunirse en una Obra en la que no se hacen «votos» sino «contratos», y en la que «no hay categorías distintas de miembros». Porque, recordémoslo, «para todos la vocación es siempre «plena y completa».

Si eso es cierto, ¿cómo se organiza? Si no hay «categorías» diferentes ni «clases» distintas, ¿qué consecuencias tienen esos nombres que hemos escuchado: numerarios, agregados, supernumerarios? ¿Y de dónde proceden los sacerdotes? ¿A qué se dedican?

En la Obra os responderán en seguida que esos términos (escogidos por espíritu laical, como hemos visto, y probablemente no del todo acertados), indican simpemente «situaciones personales distintas, que implican que la misma vocación se viva de un modo o de otro. Lo que de veras importa -los compromisos espirituales al servicio de una llamada, que es única- es igual para todos».

Como en la Institución se persigue el más alto de los ideales -que, en ocasiones, no excluye el heroísmo-, pero esforzándose por hacer compatible el radicalismo de la fe con la sencillez y la normalidad, convendrá empezar por entender las distintas situaciones. Comencemos no por los sacerdotes ni los miembros célibes (numerarios y numerarias, agregados y agregadas), sino por los supernumerarios.

El nombre es engañoso porque parece dar idea de añadido (el prefijo «super»), o de algo incompleto y superpuesto. En realidad, las mismas fuentes oficiales recuerdan que «la inmensa mayoría de los miembros son supernumerarios y esta es, por decirlo de algún modo, la situación normal en la Obra, puesto que un mayor número de personas, en fidelidad a la vocación cristiana, encuentran su camino en el matrimonio más que en el celibato». En efecto, los supernumerarios -hombres y mujeres- representan actualmente el 70% de los miembros del Opus Dei.

Sigamos con esa explicación oficial, clara y precisa. «Los supernumerarios son fieles laicos (solteros, casados o viudos) que son llamados a una completa vocación divina -la misma que la de los numerarios y agregados- y que viven esta vocación según la disponibilidad que sus obligaciones familiares les permiten».

Por consiguiente, queda claro que «la ordinaria vocación de supernumerario resalta en primer lugar la realidad de que el matrimonio y la vida familiar son un camino real de santificación».

Pero entonces, ¿por qué los frailes, los curas, las monjas (y también, dentro del Opus Dei, los numerarios y los agregados) no se casan? Transcribo tal cual su respuesta, y que cada uno piense luego como le dé la gana: confieso que este es uno de los nudos más complicados. «Aunque la teología dice que el “celibato por el reino de los cielos” -es decir, no casarse para estar más disponible al servicio de Dios y de los hombres- es superior al estado matrimonial, esto no quiere decir que la renuncia a casarse asegure por sí misma un mayor grado de santidad. En cualquier situación humana, la santidad (que es la meta a la que todos deben tender) depende únicamente de la fidelidad a Dios». En cualquier caso, aseguran que «en el Opus Dei, celibato y matrimonio son vistos no como estados contrapuestos, sino que están entrelazados y orientados ambos hacia el objetivo común: la santificación en la vida profesional». Que, para los sacerdotes, es su «oficio de cura».

Los supernumerarios representan la «normalidad», la vocación estadísticamente más frecuente, y en la que quizá aparece más claro el fin del Opus Dei de cristianizar el mundo desde dentro con gente «del mundo», pero no «mundana». Al mismo tiempo, también es cierto que los numerarios y las numerarias constituyen el «esqueleto» de toda la estructura. Estos últimos son en la actualidad algo menos del 20% del total de miembros.

Acudamos de nuevo a la descripción que hacen las fuentes oficiales: «Numerarios y numerarias son aquellos que han recibido la llamada de Dios a vivir el celibato apostólico y a estar en completa disponibilidad para las tareas de la Prelatura: tareas que se reducen a las de dirección y formación de los demás miembros de la Obra». Sigamos: «Viven habitualmente en los Centros de la Prelatura, pero pueden hacerlo también en otros lugares, si así lo exigen, por ejemplo, las circunstancias del trabajo profesional».

No olvidemos que los numerarios, como cualquier otro «opusdeísta» -del mismo modo, pues, que los supernumerarios-, tienen una profesión, un trabajo «normal», «civil», que ejercen gracias a que todos ellos (y todas ellas) tienen un título académico universitario. «Las tareas de dirección y de formación», por tanto (salvo casos especiales, y en cualquier caso temporales, de llamada a encargos de gobierno interno), se desarrollan en el tiempo libre: cuando cualquier otro hombre o mujer se ocupa de su familia. Que para estos es, más que nunca, el Opus Dei.

A propósito: si en apariencia hablo poco de las mujeres y no les dedico un capítulo especial, no es porque al estudiar los documentos y los textos de formación, o al observar su actividad, haya apreciado en la institución un residuo de antifeminismo. Sucede todo lo contrario: no hay mucho «especial» que decir.

La insistencia en la unidad de vocación se extiende a los dos sexos: tanto hombres como mujeres pueden ser llamados a santificarse allí donde están y por medio del trabajo. Dejando al margen lógicamente al sacerdocio ministerial, a cada «figura» masculina (numerario, agregado, supernumerario) corresponde otra femenina, con iguales derechos y deberes y con igual variedad de situaciones personales: solteras, viudas y casadas; doctas y poco formadas; pobres y ricas.

Las mujeres del Opus Dei son la mitad del total de los miembros. Si se adhieren a él libremente de forma tan numerosa, a pesar de que Escrivá pensara que no había lugar para ellas; si son tan activas y motivadas, tanto que el número de los «abandonos» -ya singularmente bajo entre los hombres de la Obra, incluso en los tiempos posconciliares- es casi irrelevante; si esta es la realidad, no deben encontrarlo nada malo. Es una comprobación pragmática, pero que vale mucho más que tantas teorías de teología feminista abstracta.

También es significativo lo siguiente: «La presencia de las mujeres en el Opus Dei no significa sólo que la espiritualidad y la misión de la Prelatura están abiertas a todos, sino que tal presencia es necesaria para que reine efectivamente el espíritu de familia (una familia con vínculos sobrenaturales) y se muestre que la Iglesia es verdaderamente familia Dei». Estas casi 40.000 mujeres hacen lo mismo que hacen las demás, según su cultura y su país. Las numerarias tienen un título de estudio, como también lo tienen muchas agregadas (hablaremos también de ellas), y muchas trabajan como directivas, empleadas, empresarias, propietarias de comercios, etc.

Además, algunas numerarias son «administradoras» de los Centros de varones, y en ese puesto coordinan el trabajo de otras mujeres, pertenecientes o no al Opus Dei. Su labor no se equipara a la del voluntariado, al menos en sentido económico y social: es su profesión, que deben santificar y en la que han de santificarse, y -aunque trabajan «para los de dentro»- reciben el salario normal por esas ocupaciones, junto con las demás prestaciones sociales propias de un contrato laboral.

También es trabajo profesional -y uno de los más valiosos y dignos- el de «ama de casa». Así lo describía el fundador: «Ciertamente habrá siempre muchas mujeres que no tengan otra ocupación que llevar adelante su hogar. Yo os digo que ésta es una gran ocupación, que vale la pena. A través de esa profesión -porque lo es, verdadera y nobleinfluyen positivamente no sólo en la familia, sino en multitud de amigos y de conocidos, en personas con las que de un modo u otro se relacionan, cumpliendo una tarea mucho más extensa a veces que la de otros profesionales».

Pero añadía a continuación: «Eso no se opone a la participación en otros aspectos de la vida social y aun de la política, por ejemplo. También en esos sectores puede dar la mujer una valiosa contribución, como persona, y siempre con las perculiaridades de su condición femenina».

La clave parece estar aquí: «peculiaridad», «especificidad» de cada sexo. Por tanto, radical igualdad de derechos y de deberes, idéntica dignidad frente a Dios y a los demás, pero sin olvidar que se encarna en una «diversidad» sexual que -como sabemos por la fe- forma parte del plan mismo del Creador; y que no es un simple rasgo de la historia, de las costumbres, de la cultura, que pueda cambiarse por gusto.

El feminismo está marcado por ese sufijo, “¡sino “, frecuentemente preñado de desgracias. El rechazo de la ideología feminista es una defensa de lo más propio de la feminidad, que es indispensable para el mundo: tanto para las mujeres como para los hombres, tanto para las familias como para las profesiones.

Sobre el papel de las mujeres en la Obra y sobre la existencia de «numerarias auxiliares» cuyo trabajo es la administración de los Centros, ha habido clamores y polémicas. Puede ser interesante recoger las palabras al respecto de Peter Berglar, un biógrafo de Escrivá. Sirvirán para entender con qué perspectiva se ven las cosas desde dentro. Perspectiva que no es otra que la católica tout court, pero que corre el peligro (por falta de información quizá) de ser rechazada antes de ser conocida, antes de que se comprendan sus motivos.

Escuchemos al historiador alemán: «En nuestros días, una de las más frecuentes deformaciones de la persona humana, con consecuencias catastróficas, es el desprecio del espíritu de servicio, la sospecha de que favorecer ese espíritu es un maligno fraude de los “poderosos” para humillar a los “oprimidos”, que no serían conscientes del engaño. Se piensa que servir es el principal obstáculo para la “autorrealización” personal; por eso, son cada vez más numerosos quienes rechazan servir a otras personas, o que lo hacen con repugnancia. Es ya de por sí un mal que los hombres no quieran servir, pero es un auténtico desastre cuando también las mujeres se contagian de ese rechazo. Muchas jóvenes se someten a todo tipo de humillaciones con tal de trabajar en una oficina o en una fábrica, porque consideran deshonroso trabajar como empleadas del hogar en la cocina u ocupándose de los niños (más aún si es para sus propios hijos, porque entonces no reciben sueldo y “por su culpa” deben quizá abandonar una profesión donde, dicen, “se realizan plenamente”). Innumerables mujeres y madres sufren una frustración crónica, porque se les ha sustraído la conciencia de la dignidad de su vocación específica, una vocación que se funda en las raíces mismas de la humanidad, y permanece en toda época. Por el contrario, tienen una falsa brújula. «Mejor en el paro, me dijo una vez una joven, antes que limpiar los zapatos de otros o hacer las camas. Esas cosas no se me pueden exigir».

Continúa Berglar: «A don Josemaría siempre se le pudo exigir. Dios esperaba mucho de él, y él mismo enseñó durante casi cincuenta años que un serviam! (¡serviré!) dicho por amor de Dios y, en atención a Dios, por amor a los hombres, es el nervio del camino hacia la santidad y, además, condición indispensable para una auténtica e indestructible alegría de vivir. Innumerables veces rechazó la distinción entre trabajos “prestigiosos” y trabajos “modestos”: el trabajo y el servicio reciben valor sólo por el grado de amor con que se realizan. Es evidente, por tanto, que el trabajo del hogar, el “servicio” doméstico en la propia familia o en la de los demás, tiene un valor eminente; y cuando se vive con un amor que se materializa en mil pequeños detalles para crear un hogar de familia agradable, es algo totalmente positivo y natural, especialmente para la mujer. “No hay que olvidar” -decía en 1968 a una periodista- “que se ha querido presentar este trabajo como algo humillante. No es cierto (…) Es necesario que la persona que preste ese servicio esté capacitada, profesionalmente preparada (…). Toda tarea social bien realizada es eso, un estupendo servicio: tanto la tarea de la empleada del hogar como la del profesor o la del juez (…). Para mí igualmente importante es el trabajo de una hija mía que es empleada del hogar, que el trabajo de una hija mía que tiene un título nobiliario».

Concluye Berglar: «Partiendo de estos principios, animó desde el principio a la Sección de mujeres a que erigieran escuelas de ciencias domésticas, donde las jóvenes pudieran aprender a cumplir el trabajo del hogar de modo completo y moderno, a conocer los medios técnicos y los criterios económicos más avanzados y, en fin, a realizar este trabajo con amor, para estar más cerca del corazón de Dios. En cualquier parte del mundo, muchas mujeres viven la vocación al Opus Dei a través de esta forma específica de entrega».

Pero volvamos no a las «categorías», ni mucho menos a las «clases» -quien siguiera hablando así habría entendido bien poco de la Obra-, sino a las «diferentes situaciones personales» que determinan distintas situaciones también en el modo de vivir la única vocación. Subrayo única como recordatorio de lo ya expuesto.

Para acabar con los laicos antes de pasar a los sacerdotes, hay un tercer nombre después de numerarios y supernumerarios: el de agregados (y agregadas). Es una especie de posición intermedia: tiene en común con los numerarios la elección del celibato y la mayoría de los demás compromisos; y se parece a los supernumerarios en otros aspectos. Como señalan los Estatutos: «Son agregados los que, por circunstancias permanentes de carácter personal, familiar o profesional, viven ordinariamente con su familia natural».

Con la familia o solos, pero siempre por su cuenta, y no -como hacen los numerarios, al menos de ordinario- en los Centros de la Obra.

Este podría ser su retrato robot: «en general, los agregados, por responsabilidades contraídas de tipo familiar, profesional o de otro tipo, tienen menos movilidad y disponibilidad de tiempo que los numerarios. No hay gran diferencia entre los numerarios y los agregados. Con esta figura se da acogida a una situación objetiva en la vida de algunas personas llamadas al Opus Dei: un modo distinto, por circunstancias permanentes, de vivir la misma y única vocación. Esas circunstancias implican que los agregados pueden participar menos en las tareas de gobierno, pero se ocupan ampliamente de las tareas de formación de los demás miembros, haciéndolas compatibles con su disponibilidad».

En resumen, el principio es claro: como todos pueden ser llamados, todos deben encontrar un modo adecuado de vivir eso que advierten como una llamada del mismo Dios. Una vocación para cada uno, y un puesto para vivirla según su condición personal y concreta.

Creo que entre las razones prácticas que indujeron a Escrivá a definir la figura de los agregados está también el hecho de que entre estos tienen cabida se también a los que, a diferencia de los numerarios, no poseen un título universitario.

Por lo que dicen «los de dentro», una de las señales de que la Obra está aún en plena adolescencia es el número considerado aún relativamente exiguo de agregados, que actualmente corresponde sólo al 10% de los miembros. Hay que precisar que este estado de «adolescencia» se refiere a la distribución de los miembros, pues la espiritualidad y la organización se consideran desde hace tiempo completas e inmodificables.

Como las condiciones de vida propias de los agregados son muy frecuentes, el Opus Dei del futuro tendrá un número de agregados y de agregadas dos o tres veces superior al de los numerarios. Lo contrario de lo que sucede ahora, cuando los numerarios los duplican: el veinte, respecto al diez por ciento de los agregados.

Ponen todo el esfuerzo posible para no dar la impresión (ni siquiera «inconscientemente») de que unos sean «superiores» a los «del segundo grupo». La vocación del peón peruano está al mismo nivel de la del más prestigioso sacerdote de la Obra: más aún, de la del mismo Prelado. Igual es el fin, iguales los medios espirituales para conseguirlos, igual la esperanza que orienta la vida. La esperanza no sólo de encontrar a Cristo después de la muerte, sino de escuchar de él las mismas palabras del evangelio: «Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21). Si no se pone de relieve la tensión hacia esta meta, se corre el peligro (repetita juvant…) de no entender nada de esas personas.

El Concilio Vaticano II

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A pesar de las colosales dimensiones de la Basílica de San Pedro, el 11 de octubre de 1962, fiesta de la Maternidad de la Virgen, el templo está repleto. Los Padres Conciliares, además del cuerpo diplomático y representaciones oficiales de casi todos los países del mundo, asisten a la Misa de Pontifical que oficia el Cardenal Tisserant, Decano del Sacro Colegio, para invocar la ayuda del Espíritu Santo.

Tras dedicar varias sesiones a otros temas, el 30 de noviembre comenzará el estudio del esquema sobre la Iglesia, que será el documento más importante del Vaticano II. En él se enseñarán conceptos relativos al pueblo de Dios, al episcopado, a los religiosos, a los laicos, a la llamada universal a la santidad, a la índole escatológica de la Iglesia y a la Virgen María en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Todo ello se recogerá más tarde en la Constitución Dogmática Lumen Gentium.

Desde el momento en que se hizo la convocatoria oficial del Concilio Ecuménico por Juan XXIII, el Fundador del Opus Dei pide a sus hijos, repartidos por todo el mundo, que recen por el Papa y por la Asamblea Conciliar. Como siempre, va a poner la energía de su oración en servicio de la Iglesia entera.

Algunos miembros del Opus Dei y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que son obispos, participarán en las sesiones del Concilio. Además, don Álvaro del Portillo multiplicará su trabajo en el Vaticano. Ostenta el cargo de Secretario de una Comisión Conciliar e intervendrá en otras Comisiones para la redacción definitiva de los documentos. También será designado Consultor de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. En este mismo tiempo, Juan XXIII constituye la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico y le nombra, asimismo, Consultor.

Una tarde, mientras se desarrolla una de las sesiones del Concilio Vaticano II, don Álvaro se siente enfermo y con fiebre. Se le ve muy fatigado, pero el trabajo en la Comisión Conciliar de la que forma parte, exige que vuelva de nuevo a la mesa de trabajo, ya que se van a puntualizar acuerdos importantes.

El Padre le mira con ojos preocupados; dada la situación, no tiene más remedio que animarle a ir.

Don Álvaro, con una sonrisa de asentimiento, sale. Entonces el Padre, volviéndose a Francesco Angelicchio, testigo ocasional de la escena, le dice:

-«¿Crees que no tengo compasión de este hombre? Pero hay cosas que hay que hacer aunque nos acorten la vida… Temo por la salud de este hijo mío. Yo lo necesito, nos hace falta… la Obra lo necesita …»(11)

Don Álvaro, entregándose generosamente a su trabajo, cumplirá a la letra, a lo largo de todos los avatares del Vaticano II, esta idea tantas veces repetida por el Fundador de la Obra:

«Amad a la Iglesia, servidla con la alegría consciente de quien ha sabido decidirse a ese servicio por Amor» (12).

Este amor a la Iglesia que está tan dentro del espíritu del Opus Dei, le lleva a sentir todas las alegrías y penas, las preocupaciones y los gozos del Papa. Escribirá a sus hijos para que ofrezcan por esta intención muchas horas de su trabajo diario, donde quiera que se realice: en las Universidades, en las fábricas o en el campo, en establecimientos oficiales o en profesiones liberales: «haced todo esto en unión con Dios, por el feliz resultado de esta gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II. Sé que ésta es la gran intención de nuestro Santo Padre, y deseo que también nosotros, desde nuestra parcela, podamos contribuir, mediante nuestra oración, la penitencia y el trabajo santificado y santificador; y os recuerdo, una vez más, aunque no sea necesario, que éstas son las grandes armas, los únicos medios de que dispone el Opus Dei»(13).

Este amor inmenso, que le hizo presentir con anticipación tiempos de confusión y sufrimiento para toda la Iglesia Católica, se extiende también a la jerarquía que acude a Roma durante los años conciliares. Un gran número de Obispos pasarán por la Sede Central del Opus Dei para conocer al Fundador. Entre ellos, el Arzobispo de Dublín; el de Filadelfia, hoy Cardenal Krol; el de Detroit; el de Madison, Monseñor O’Connor… Algunos, como Monseñor Wright, Obispo de Pittsburgo, visitarán además algunos Centros de la Obra en la Ciudad Eterna, como la Residencia Universitaria Internacional (RUI). Muchos, como uno de Nigeria, escribirán luego al Padre pidiéndole insistentemente que la Obra llegue a sus países lo más pronto posible.

La segunda etapa o sesión conciliar da comienzo el 29 de septiembre de 1963 y se prolonga hasta el 4 de diciembre del mismo año. El período de tiempo que media entre el final de la primera y el comienzo de la segunda sesión es importante, especialmente porque Juan XXIII, el Papa de la convocatoria, morirá el 3 de junio de 1963. Después de catorce días, se reúne el Cónclave para elegir al nuevo Papa. Toda la cristiandad está pendiente de este paréntesis que ha dejado la muerte del Papa Juan. El 21 de junio de 1963 a las 12.12, se abren, al fin, las grandes hojas del balcón central de la fachada de San Pedro. Aparece la Cruz alzada y, detrás, el Cardenal Ottaviani, Protodiácono. Se hace un silencio total en la Plaza de San Pedro. Millones de fieles están pendientes de la Televisión o de las emisoras de radio:

“Anuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam, Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum, Dominum Ioannem Baptistam Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Montini, qui sibi nomen imposuit Paulum Sextum”.

Rompen el aire los aplausos de la multitud y sale, por primera vez, revestido con los atributos del Pontificado, Pablo VI. La gente se arrodilla, mientras el Vicario de Cristo imparte su Bendición.

El Fundador de la Obra recuerda, con cariño personal, al nuevo Papa. Cuando el Padre llega a Roma, en 1946, Monseñor Montini ocupa el cargo de Sustituto de Asuntos Ordinarios de la Secretaría de Estado.

«La primera mano amiga que yo encontré aquí, en Roma, fue la de Monseñor Montini; la primera palabra de cariño para la Obra que se oyó en Roma, la dijo él»(15) .

Le envía inmediatamente un telegrama de felicitación y alegría: es el gozo de una familia que venera al Papa y que recuerda, además, el afecto de un amigo.

Un interrogante está planteado sobre la Asamblea Conciliar: ¿continuarán las sesiones después de la muerte de Juan XXIII? Al día siguiente de su elección, en su primer radiomensaje al mundo, Pablo VI desvanece todas las dudas: «La parte preeminente de nuestro Pontificado estará ocupada por la continuación del Concilio Ecuménico». El 14 de septiembre, con la Carta Horum tempora signa convocará a los Padres conciliares en Roma. En esta etapa, desde el 24 de septiembre hasta el 4 de diciembre, se promulgarán ya los dos primeros documentos: la Constitución sobre la Sagrada Liturgia y el Decreto sobre los medios de comunicación social.

El 24 de enero de 1964, el Santo Padre Pablo VI recibe, en audiencia privada, al Fundador del Opus Dei. Cuando llega ante el Papa, intenta arrodillarse para saludarle como prescribe el protocolo. Pero Su Santidad no se lo permite: antes, le rodea con sus brazos en un gesto de cariño y cordialidad.

Pablo VI, Vicario de Cristo, mira al espíritu del Opus Dei con el amor que le presta hoy su propia misión en el pueblo cristiano.

Durante la entrevista, el Padre manifiesta la fe firme de todos sus hijos, su inconmovible esperanza, su amor sin límites a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia Romana, Católica y Universal. Sus palabras conmueven visiblemente a Pablo VI, porque conoce la verdad y el sufrimiento que contienen las expresiones del Fundador.

Monseñor Escrivá de Balaguer sufre por esta familia inmensa que es la Iglesia: por tantos cristianos que olvidan hoy la dignidad a la que fueron llamados…

Casi al final de la entrevista, dice al Papa que, fuera, está don Álvaro del Portillo. Pablo VI manda enseguida que entre:

-Don Álvaro…: ¡Nos conocemos ya desde hace veinte años!…

-Santidad: sólo de dieciocho.

-Da a llora sono diventato vecchio (desde entonces me he vuelto viejo).

-Ma no, Santitá: é diventato Pietro (No, Santidad: se ha vuelto Pedro)(15).

El Papa quiere que lleven su Bendición para la Obra, para cada una de las personas, para cada uno de los trabajos, para todo cuanto van a emprender en el mundo.

El Fundador y don Álvaro vuelven a Villa Tevere. Y, días más tarde, aún llega la estela de este cariño del Santo Padre hacia el Opus Dei:

«Cumpliendo ahora el venerado encargo del Padre Santo, me es grato significarle que El, en hora densa de acontecimientos y de esperanzas para la Cristiandad, experimenta profundo consuelo al saber cómo tan crecido número de personas, diseminadas en los cinco continentes, practicando los altos ideales que el Opus Dei les propone, tan acomodados a las exigencias de los nuevos tiempos, tratan de servir a la Iglesia como ella desea ser servida; con su conducta personal y profesional vigorosamente cristiana que une la contemplación a la acción, con el sublime afán de plasmar y de difundir en los más variados ambientes de trabajo los postulados de la verdad y santidad Evangélicas»(16)

Esta carta se hace eco, también, de los sentimientos de devoción y filial obediencia a la Cátedra de Pedro que, como preciosa característica, distingue al Opus Dei.

Ocho meses más tarde, el 10 de octubre de 1964, el Fundador de la Obra es recibido de nuevo en audiencia privada por Pablo VI. Al final, también quiere que entre don Javier Echevarría, que es quien acompaña esta vez al Padre, para demostrarle su afecto, decirle palabras de buen humor y bendecirle. Una fotografía que se conserva en la Sede Central de Roma, mantiene vivo el recuerdo de esta larga conversación, de la que el Fundador sale muy conmovido por tantas cosas buenas como el Romano Pontífice ha dicho de la Obra. Además, Pablo VI le entrega un cáliz en cuya base campea el escudo pontificio y un «Chirógrafo» (carta manuscrita).

«Colocados por la voluntad de Dios al timón de la nave de Pedro, desde la que escrutamos con vigilante solicitud los signos anticipadores de los tiempos, el ansia de las almas que esperan la llegada de los operarios del Señor, las necesidades antiguas y siempre renovadas que entraña la difusión del Evangelio de Cristo, consideramos con paterna satisfacción cuanto el Opus Dei ha realizado y realiza por el Reino de Dios; el deseo de hacer el bien, que lo guía; el amor encendido a la Iglesia y a su Cabeza visible, que lo distingue; el celo ardiente por las almas, que lo empuja hacia los arduos y difíciles caminos del apostolado de presencia de testimonio en todos los sectores de la vida contemporánea»(17) .

13. El 26 de junio de 1975

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador enseñó a no tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque Dios es Señor de la vida y de la muerte. Escribió en Camino: Me hablas de morir “heroicamente”. –¿No crees que es más “heroico” morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor? (num. 743). ¿Estuvo alguna vez en peligro de muerte?

–La curación de la diabetes, que le diagnosticaron en 1944 y que probablemente tenía desde mucho antes, está ligada a un suceso ciertamente extraordinario.

La enfermedad, muy grave y con efectos secundarios especialmente dolorosos, siguió su curso hasta el 27 de abril de 1954, fiesta de la Virgen de Montserrat. Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Alvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo…, y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en un fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción.

Otro suceso ilustra su serenidad y su sentido sobrenatural ante la muerte. Ocurrió en 1963.

Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en mi calidad de Secretario de la Comisión Conciliar para el clero, tuve que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. Nuestro Padre quiso acompañarme, y el 4 de febrero salimos en coche de Roma, junto con don Javier Echevarría y Javier Cotelo, que iba al volante. Al día siguiente continuábamos aún de viaje y nos dimos cuenta de que, en algunos tramos, había hielo en la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, el coche patinó y dio varias varias vueltas sobre el eje, pero no volcó, sino que salió a gran velocidad hacia atrás dentro de la carretera. Fuera de todo control, el vehículo se dirigió hacia un precipicio. Se detuvo al borde del cortado, chocando contra un mojón de piedra, precisamente en el lado en que iba nuestro Fundador. La puerta quedó totalmente destrozada, y salimos a duras penas del coche, que se quedó suspendido sobre el vacío. Nuestro Fundador reaccionó de modo ejemplar: no se dejó llevar por el susto, sino que invocó inmediatamente la protección del Señor y de los Ángeles Custodios. Don Javier Echevarría y Javier Cotelo lo pasaron un poco mal. Una vez en Venecia, resolví rápidamente los asuntos que habían motivado el viaje y nos volvimos después a Roma.

Padre, hablemos ahora de aquel 26 de junio de 1975, día en que el Fundador alcanzó la Patria definitiva. Le rogaría que reconstruyese paso a paso qué sucedió aquella mañana.

–El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después.

Antes de salir de casa, hacia las nueve y veinticinco, entró en la sala de comisiones, a donde había convocado a dos hijos suyos del Consejo General, un sacerdote y un laico, para encomendarles un encargo: quería que fuesen a ver de su parte a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre: se trataba del doctor Ugo Piazza, que estaba gravemente enfermo. Esta persona había manifestado su deseo de hablar con nuestro Fundador, precisando que no se trataba de temas relativos a su vida espiritual, porque en esto estaba bien atendido, sino solamente para contarle algunas noticias.

El Padre rogó a estos hijos suyos que le hicieran saber que, como dentro de dos días iba a salir de Roma, le era imposible encontrar un rato para ir a verle; pero, si quería, podía comunicar aquellas noticias a un miembro de la Obra, bien un sacerdote o un laico. Añadió, con mucha fuerza e insistencia, que le dijesen estas palabras: Desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.

Hacia las nueve y treinta y cinco, el Padre salió en coche hacia Castelgandolfo, acompañado de don Javier Echevarría, de Javier Cotelo, al volante, y de mí. En cuanto salimos del garaje, comenzamos a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario. Terminamos antes de llegar a la carretera de circunvalación y nos pusimos a charlar: nos dijo, entre otras cosas, que podíamos ir por la tarde a Cavabianca, la nueva sede de nuestro Centro internacional de formación, porque deseaba ver algunos detalles del oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles que había sugerido, para hacer la decoración más armónica y el ambiente más recogido y piadoso.

El viaje duró más de lo acostumbrado, a causa de un gran embotellamiento en la circunvalación. Hacía mucho calor. Javier Cotelo le habló de unos sobrinos suyos que habían estado en Roma poco tiempo antes. El Padre le escuchó con atención y se interesó cariñosamente por otros asuntos de su familia.

Hacia las diez y media llegamos por fin a Villa delle Rose. Algunas hijas suyas le esperaban en el garaje. El Padre, como siempre, les llevaba unos regalos: la figura de una pata en cristal labrado y un paquete de caramelos. El Padre solía distribuir entre los demás los regalos que recibía.

Comentó, por el pasillo, que eran sus últimas horas en Roma, antes del verano; y que oficialmente no estaba ya para nadie, pero para sus hijas sí. Se encaminó a saludar al Señor, permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la cruz de palo, y se dirigió hacia la sala “de los abanicos”, donde iba a tener un rato de tertulia.

Al entrar, dirigió su mirada a un cuadro de la Virgen, una pintura al óleo en la que el Niño aparece peinado con esmero, mofletudo y sonrosado, abrazado al cuello de su Madre, que le ofrece una rosa de té. Este cuadro pertenecía a la familia de los Escrivá y se encontraba en la habitación del centro de la calle Diego de León donde murió la madre de nuestro Fundador. La divina Providencia quiso que la Virgen del Niño peinadico recibiese también una de las últimas miradas de nuestro Fundador.

Sus hijas respondieron con voz alta al saludo del Padre, y le dijeron que estaban muy contentas de que hubiera ido. El Padre les comentó sonriente: ¡Qué buena voz tenéis! Después se sentó en una silla, y me cedió a mí el sillón que le habían preparado. Repitió que estaba a punto de marcharse de Roma, y añadió: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Después habló de que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y se detuvo tratando del amor al Papa y a la Iglesia. Se refirió también a los tres primeros sacerdotes de la Obra y a los cincuenta y cuatro hijos suyos que recibirían la ordenación sacerdotal pocos días más tarde: Ayer celebraríais el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y estaréis encomendando a los cincuenta y cuatro que se ordenan ahora. Cincuenta y cuatro: parecen muchos, y en estos momentos –pensando en lo que se sucede por ahí– es una cosa increíble. Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Le contaron algunas anécdotas apostólicas, y aprovechó para animarles a ser fieles en las cosas pequeñas de cada día, y en el cumplimiento de las prácticas de piedad del Opus Dei:

Me imagino que aprovecháis el tiempo, y también que descansáis un poco, hacéis algo de deporte y alguna excursión.

Me imagino que, sobre todo, me cumplís muy bien las Normas (es decir, nuestras prácticas de piedad) y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así.

La reunión fue breve: duró menos de veinte minutos, porque nuestro Padre comenzó a sentirse cansado. Antes de terminar, renovó el acto de amor a la Iglesia y al Papa que había pronunciado en tantas ocasiones. Pocos minutos después se sintió peor. Don Javier y yo le acompañamos a la habitación del sacerdote, donde descansó un poco. Nosotros, y también las directoras del Centro, le insistíamos para que descansara otro rato. El Padre se negó, quizá para recordarnos, una vez más, que los sacerdotes del Opus Dei sólo están en los Centros de mujeres el tiempo indispensable para cumplir su ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había respuesto, salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba hacia el garaje, se interesó por las hijas suyas con las que se iba encontrando y, con su buen humor habitual, bromeó: Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Añadió: Pax, hijas mías. Después, desde el coche, saludó cariñosamente a las que nos abrieron la puerta del garaje: hijas mías, adiós. Eran alrededor de las once y veinte.

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor. Pidió a Javier Cotelo que le llevase a Roma per breviorem, por el camino más corto. Mientras tanto continuó charlando con nosotros, aunque fue una conversación un poco discontinua, porque estábamos impacientes por llegar cuanto antes a Villa Tevere y hacerle descansar. Javier condujo deprisa, pero con cuidado, para evitar un posible mareo. Llegamos a casa en poco más de media hora.

A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro.

Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Bajo la dirección médica de don José Luis, nos turnamos varios miembros del Consejo General –Dan Cummings, Fernando Valenciano, Umberto Farri, Giuseppe Molteni– y el doctor Juan Manuel Verdaguer. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor.

Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por teléfono a la Directora central, para que se reunieran urgentemente en sus oratorios todas las que vivían en Villa Sacchetti, y rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y continuamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. A pesar de nuestros esfuerzos, el Padre no se recuperó del paro cardiaco. Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano.

A la una y media salí de la habitación, e invité a los otros miembros del Centro del Consejo General, que estaban en la antigua sala de reuniones rezando y llorando contenidamente, a que entrasen a rezar ante los restos de nuestro amadísimo Fundador.

Todos nos arrodillamos alrededor de su cuerpo, y le besamos las manos y la frente con inmenso cariño, llenos de lágrimas. Algunos no podían creerlo: pensaban que era sólo un error, y que nuestro Fundador se recuperaría o que tal vez Dios quería que le pidiésemos con gran fe el milagro de volverle a la vida. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas.

El cuerpo de nuestro Fundador estaba extendido, al lado de la pared que preside un gran crucifijo en el suelo de mi despacho; debajo habíamos colocado la colcha de mi cama, recubierta de una sabana limpia. En la pared de enfrente estaba el cuadro de la Virgen de Guadalupe que había recibido su última mirada de amor.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose –me atrevo a decir–, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así –con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde–, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible.

Nunca se había preocupado por su estado de salud, aunque en los últimos años se le agudizó la insuficiencia renal y cardiaca; sabíamos bien que no tenía miedo a la muerte, y que estaba desprendido de la vida. La meditación frecuente de los Novísimos, desde su juventud, había dispuesto día a día su corazón enamorado para la contemplación de la Trinidad Beatísima.

Desde hacía muchos años ofrecía a Dios su vida y mil vidas que tuviera, por la Santa Iglesia y por el Papa. Era la intención de todas sus Misas, y lo fue también de la que celebró el 26 de junio de 1975: aquel día el Señor aceptó su ofrecimiento.

Nuestro Fundador nos había confiado algunas veces que pedía al Señor la gracia de morir sin dar la lata: por cariño a sus hijos, quería evitarles las molestias de una larga enfermedad. Dios acogió también esta petición suya y murió –según el espíritu que había predicado desde 1928–, trabajando por el Señor, ut iumentum!

En la habitación en que murió preparamos una tabla, cubierta por una sábana blanca, y allí colocamos a nuestro Fundador para trasladarlo hasta el oratorio de Santa María de la Paz.

Antes, le quité el relicario en forma de cruz con el Lignum crucis que nuestro Fundador llevaba al cuello; lo besé devotamente y me lo puse yo, diciendo en voz alta que lo llevaría hasta la elección del futuro sucesor. Después sustituimos la medalla del Carmen que llevaba en aquel momento por un escapulario de tela nuevo.

Dispusimos los restos mortales de nuestro Fundador, aún con la sotana negra, en la nave central del oratorio de Santa María de la Paz, a los pies del altar. Antes, habíamos extendido sobre el suelo el paño negro que se suele utilizar para el túmulo en las Misas de difuntos. Eran alrededor de las dos y cuarto.

Colocamos la cruz del altar mirando a la nave. Pensando en las Misas de corpore insepulto, que se celebrarían ininterrumpidamente, pusimos sobre el altar un pequeño crucifijo, vuelto hacia el celebrante.

Antes de revestirle con los ornamentos sacerdotales, don Javier Echevarría, llorando desconsoladamente, sacó del bolsillo de la sotana todo lo que el Padre solía llevar: la agenda, el crucifijo, el rosario y un silbato que le habían regalado pocas semanas antes las chicas de un club, que querían pedir la Admisión en la Obra.

Después, aunque estaba afeitado, le volví a afeitar y le quité los zapatos. Antes, yo había sugerido que rezásemos otro responso con la oración específica para los sacerdotes. Lo dirigió father Dan Cummings. Inmediatamente después, pedí a Jesús Álvarez Gazapo –arquitecto– que comprase el féretro, llamase a un escultor –para que sacara una mascarilla del rostro y de las manos de nuestro Fundador–, y preparase la sepultura. Entretanto don Ernesto Juliá trajo los ornamentos sacerdotales. Don Javier Echevarría, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y don Julián Herranz revistieron el cuerpo de nuestro Fundador: sobre la sotana, el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, de encaje. La casulla, de estilo semigótico, llevaba en el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra.

Apoyamos la cabeza del Padre sobre un almohadón de terciopelo; entre las manos, cruzadas, pusimos el crucifijo que San Pío X tuvo en sus manos a la hora de su muerte; después, antes de enterrarle, cambiamos este crucifijo por otro, y este segundo lo hemos conservado también como una reliquia.

Una vez instalada la capilla ardiente, quedó libre el acceso al oratorio de Santa María de la Paz. Desde ese momento hasta el del entierro comenzó un flujo ininterrumpido de hijos e hijas de nuestro Fundador, y muchas otras personas que llegaban de Roma y de otras partes. Indiqué que se abriera la puerta del número 75 de la calle Bruno Buozzi, por la que se accede directamente al oratorio; y en el vestíbulo pusimos una mesa cubierta de un paño negro y un libro de firmas. Eran las tres y media.

En la nave central se colocaron dos reclinatorios ante el cuerpo de nuestro Fundador; estaban junto a los bancos laterales de la nave para dejar libre el paso. También pusimos el acetre, el hisopo, la estola negra y el texto del responso. A los lados de nuestro Padre había cuatro candeleros con las velas encendidas.

Poco antes de las cuatro, llegó el escultor para modelar la mascarilla del rostro y las manos. Desalojamos el oratorio, y el artista llevó a cabo su tarea con gran delicadeza, conmovido por el dolor y la paz que reinaba en la casa. Estaban presentes Jesús Álvarez Gazapo, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y algunos más. Tomaron todas las precauciones para que no se mancharan los ornamentos ni el suelo del oratorio, cubriéndolos oportunamente, como nos había enseñado a hacer el Padre. Al terminar, don Carlos y don José Luis Soria se arrodillaron llorando y limpiaron el rostro y las manos de nuestro Fundador, y le peinaron de nuevo.

A continuación, pedí a sus hijas que limpiasen también el rostro de nuestro Fundador, la cabeza, las manos, los ornamentos, y que lo peinasen de nuevo, quitándole cuidadosamente las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Se encargaron de esta tarea filial Carmen Ramos, Marlies Kücking, Marisa Vaquero, Blanca Fontán, María Dolores Mazuecos y Conchita Areta. Sabía que les daría consuelo, un tristísimo consuelo. Lo hicieron todo con un inmenso cariño. Por indicación de don Javier Echevarría cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron luego el suelo y pusieron rosas y gladiolos rojos.

Tuvieron también la delicadeza de cubrir un lado de la tirilla de algodón blanco que rodea el cuello de la casulla con otro limpio; pues, al sacar la mascarilla, se había manchado un poco.

Eran las cinco y media pasadas. Sin dejar pasar más tiempo, celebré entre sollozos la primera Misa de corpore insepulto. Asistió la Asesoría Central y la Administración. Me pareció justo aplicar la enseñanza recibida directamente del Padre: primero, sus hijas. Me ayudaron don Javier Echevarría y don Joaquín Alonso. Utilicé los mejores ornamentos y los vasos sagrados más ricos que teníamos. Antes de la Comunión, les dirigí unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Al terminar la Santa Misa, me arrodillé a la derecha de la sede, saqué del bolsillo el crucifijo y recité la oración En ego (“A Jesús Crucificado”), y continué la acción de gracias.

Celebró después don Javier Echevarría, también visiblemente emocionado. Asistieron al Santo Sacrificio los miembros de los Centros de varones de nuestra Sede Central. Al terminar, antes de volver a la sacristía, se detuvo delante de los restos mortales de nuestro Fundador e hizo una profunda reverencia; los demás sacerdotes que celebraron después imitaron su gesto.

Se dijeron Misas en sufragio de su alma ininterrumpidamente, una tras otra, durante todo el resto de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias. Todos los oficiantes fueron sacerdotes Numerarios de la Obra, excepto uno, Mons. Pedro Altabella, canónigo de la Basílica de San Pedro, que quería entrañablemente al Padre y pasó horas ante su cuerpo, rezando y llorando. En total, fueron cincuenta Misas, además de una cantada y la de exequias.

Una o dos horas después de la muerte, había comunicado la dolorosa noticia a la Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y de la Asesoría, así como a las Regiones de los cinco continentes donde trabaja el Opus Dei. Pedí a todos que ofrecieran muchos sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran a encomendarse a la intercesión de nuestro Padre.

Como a nuestro Fundador no le gustaban las grandes solemnidades, me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su propia Región. Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Vicario de España, para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora Regional con algunas de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región de España es la “primogénita”. También llamé, y era bien natural, al Vicario de Italia. El Vicario y el Delegado de Perú vinieron, porque, cuando intentaron pararlos, ya estaban en el avión.

A las tres había llamado por teléfono también al Cardenal Secretario de Estado, para informarle de la muerte de nuestro Fundador. El Cardenal Villot se quedó muy impresionado, me dio el pésame con gran afecto y me aseguró que se lo diría inmediatamente al Papa, que en aquel momento estaba descansando. Éste fue el primer anuncio oficial del fallecimiento de nuestro Fundador. Desde aquel instante la noticia fue pública, y empezó a circular rápidamente por Roma y por todo el mundo.

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte.

La tarde del 26 comenzaron a llegar personas de todos los ambientes sociales que deseaban manifestar su dolor y rezar. Recogimos testimonios conmovedores que evidenciaban un profundísimo amor hacia nuestro Fundador, y declaraciones unánimes que mostraban la certeza de estar ante el cuerpo de un santo. Insignes personalidades de la Iglesia y de la vida civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus hijos en brazos: todos querían “ver al Padre”.

En el oratorio de Santa María de la Paz se respiraba una atmósfera de intensa oración y de dolor sereno, difícil de describir. Incluso los más pequeños, de la mano de sus padres, contemplaban, sin temor alguno, el rostro sereno del Padre.

Mientras se sucedían las Misas, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración, en un reclinatorio, frente al cuerpo de nuestro Fundador. Llegaron también cardenales, obispos y sacerdotes, embajadores, personas de alto nivel social y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de nuestro Padre.

Puedo afirmar, sin retórica, que aquellas primeras horas tras su muerte constituyeron ya una extraordinaria catequesis: “¡Cuánto bien hará a la Iglesia desde el Cielo!”, exclamó el Cardenal Wright, que le quería mucho.

El Cardenal Ottaviani, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, me dijo: “Esto no es sólo un luto para el Opus Dei: es un grave luto para toda la Iglesia”. El obispo polaco Mons. Deskur, que más tarde sería elevado al cardenalato por Juan Pablo II, me confió mientras me daba un abrazo: “Hoy he celebrado la Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Deseo agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales y lo que ha hecho por mi alma”. El Arzobispo Mons. Antonio Travia exclamó abrazándome: “¡Yo también me he quedado huérfano!”. El Prefecto de una Congregación sugirió a todos los colaboradores de ese Dicasterio que acudieran a rezar delante del cuerpo de nuestro Fundador, para ver la serenidad del rostro de un santo.

A media tarde llegaron tres operarios de confianza que trabajaban desde hacía mucho tiempo en la Sede Central, y habían conocido personalmente a nuestro Fundador. Venían para levantar la losa de mármol de la tumba. Se quedaron rezando un rato y bajaron emocionados a la cripta, donde realizaron su trabajo con mucho respeto.

A medida que pasaban las horas, el flujo de personas aumentaba progresivamente. Sus hijos y sus hijas se turnaron durante toda la noche para velarle. Se sucedían las Misas, una tras otra.

Después de medianoche, llegó Santiago Escrivá de Balaguer, hermano de nuestro Fundador, con su mujer. Venían también con ellos una hermana mía y su marido. Estuvieron mucho tiempo rezando delante del Padre. Santiago estaba especialmente afectado y no escondía su inmenso y comprensible dolor. Asistieron a la Santa Misa y recibieron la Comunión. A la una y media les rogamos que se fueran a descansar.

Al amanecer del viernes 27 estábamos todos despiertos. A las ocho, el Sacerdote Secretario Central celebró una Misa solemne para las mujeres del Opus Dei, en el oratorio de Santa María de la Paz.

Don Javier y yo permanecimos aquella mañana mucho tiempo al lado del Padre, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y amigos que venían a rezar y a saludar por última vez a nuestro Fundador. A media mañana me levanté de uno de los bancos laterales, me arrodillé junto a la cabeza de nuestro Fundador, y apoyé mi frente sobre la suya durante unos instantes. Después tomé tres rosas rojas de uno de los ramos de flores que había allí, las puse sobre sus pies, y me vinieron a los labios las palabras de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona (Rom 10, 15).

También Santiago y su mujer se quedaron casi toda la mañana velando los restos de su hermano.

En las primeras horas de la tarde, vinieron a Villa Tevere los embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, entre ellos el Decano del Cuerpo Diplomático; los Cardenales Rossi, Wright, Seper, Baggio, Garrone, Philippe, Oddi, Guerri, Ottaviani, Palazzini, Traglia, Violardo; los embajadores de España en Italia y la Santa Sede, diplomáticos de varios países, y Mons. Carboni, Nuncio de Italia y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el gobierno italiano; el sastre que hacía las sotanas al Padre, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere; el Cardenal Arzobispo de Guatemala, que pocos días después iba a ordenar a cincuenta y cuatro miembros de la Obra; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, que habían regalado tantas reliquias de nuestro Santo Intercesor; numerosas religiosas –muchas de ellas con parientes en la Obra–, y religiosos, entre ellos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro…: una procesión continua de gente que se sentía en deuda de gratitud con nuestro Fundador, y que es imposible enumerar.

En aquellos momentos me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Poco tiempo después recibimos otra prueba de afecto por parte del Santo Padre: una carta, en la que manifestaba más extensamente la intensidad del dolor del Papa y de su cariño hacia nuestro Fundador y el Opus Dei. El Cardenal Secretario de Estado explicaba que Su Santidad había celebrado la Santa Misa el 27 de junio en sufragio por el Padre y que, al cabo de los días, no había disminuido su oración ni su dolor ante la pérdida sufrida por la Iglesia con el tránsito al cielo de nuestro Fundador. Terminaba asegurando que continuaría rezando para que el Señor nos concediese ser siempre fieles al espíritu que nuestro Fundador, por Voluntad divina, nos había transmitido.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo.

Pero volvamos al viernes 27 de junio. Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro, y colocamos el cuerpo del Padre con mucho cuidado. Era de caoba, con una caja interior de zinc, forrada con seda morada. Apoyaron la cabeza sobre un pequeño cojín, también morado. Conservamos como reliquia el pequeño almohadón sobre el que se había apoyado hasta ese momento.

Poco después llegó el forense, que debía comprobar el cumplimiento de las normas prescritas por la ley italiana para la sepultura de un cadáver fuera del cementerio. El médico estaba acostumbrado a presenciar el dolor de los allegados ante la pérdida de una persona querida. Le sorprendió ver un cariño tan poco común y no quiso cobrar honorarios.

En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber, las Numerarias de la Asesoría Central y de los Centros dependientes prepararon el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, la Misa exequial solemne. Trajeron algunas cestas llenas de crucifijos y rosarios y, arrodilladas, los pasaron por las manos de nuestro Fundador. Aquellos objetos eran ya para todos preciosísimas reliquias. A la vez besaban al Padre en la frente.

Al lado del féretro estaban Santiago Escrivá de Balaguer, su mujer, y mis parientes que les habían acompañado. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro del Colegio Romano de la Santa Cruz. En el presbiterio y en la tribuna estaban también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Utilicé el cáliz que le habíamos regalado el 28 de marzo pasado, con ocasión de sus bodas de oro con el sacerdocio. Eran las seis.

Celebré ayudado por don Javier Echevarría y father Dan Cummings. Pronuncié una breve homilía implorando a todos los presentes que hicieran el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca al que el Señor nos había dado como Padre, vivir muy unidos, ser muy humildes.

Al terminar la Misa, precedido por los acólitos y un ministro con la cruz procesional, bajé a la nave para rezar un responso mientras el coro entonaba el Libera me Domine. Fue el último que rezamos delante de su cuerpo antes de la sepultura. Había llegado el momento del entierro.

Hacia las siete y media se cerró el ataúd. Estaban presentes don José Luis Soria y Jesús Álvarez Gazapo. Antes, habíamos sustituido por otro crucifijo el que el Padre tenía entre las manos. A continuación lo enterramos.

El Consejo General y la Asesoría Central del Opus Dei prepararon el solemne funeral público para el día siguiente, 28 de junio, a las once de la mañana, en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Se trata de un templo construido para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con limosnas de los fieles de todo el mundo; también nuestro Padre había contribuido al comienzo de los años cuarenta, con una limosna muy generosa para las posibilidades económicas de entonces.

Había sitio en los bancos para cuatrocientas personas. Se pusieron mil sillas más. La mayor parte de los asistentes al funeral se enteraron de la hora y el lugar a través de otras personas, ya que una huelga imprevista de distribuidores de periódicos impidió que se difundiera la noticia enviada a la prensa. La iglesia empezó a llenarse desde las diez. Algunos directores y otros miembros de la Obra se encargaron de recibir en la entrada a las autoridades eclesiásticas y civiles. Celebró don Francisco Vives, ayudado por el Vicario de Italia y otros sacerdotes. Miles de personas de toda edad y condición abarrotaban el templo. Acudieron numerosos cardenales, altos dignatarios de la Santa Sede, miembros del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede y el Gobierno italiano, presididos por sus respectivos Decanos –el Nuncio Apostólico en Italia y el embajador de Guatemala–, representantes de los sectores más diversos de la vida civil y muchos fieles de los barrios periféricos de Roma, de ciudades cercanas y del extranjero.

En representación del Papa asistió Mons. Benelli, que se sentó junto a mí en el presbiterio. Estaban presentes los cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstenberg, Baggio, Palazzini, Oddi, Aponte, Casariego, junto con muchos otros obispos, prelados, sacerdotes y superiores de Órdenes y Congregaciones religiosas.

Los cardenales y las demás personalidades eclesiásticas siguieron la ceremonia desde el presbiterio: después me manifestaron su asombro al contemplar aquella multitud tan heterogénea que rezaba con tanta fe, dando así un testimonio patente de la repercusión que habían tenido en su vida el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Un gran número de sacerdotes distribuyó la Comunión durante más de media hora, en un clima de recogimiento y de fervor.

Tiempo después, el Cardenal Oddi describió así la viva impresión que le había producido aquel funeral: “No puedo olvidar la edificante manifestación de devoción y piedad, que me emocionó profundamente, con ocasión del funeral, así como del primer aniversario del retorno a Dios del alma de este Siervo fiel. La gran iglesia de San Eugenio estaba literalmente abarrotada por miembros y simpatizantes del Opus Dei, que con un recogimiento ejemplar asistían a la celebración del Sacrificio del altar, y se acercaban a la Sagrada Mesa con un espíritu de convencimiento y de fe que no es fácil encontrar en celebraciones de este tipo”.

Aquel mismo día envié a todas las Regiones otro telegrama, invitando a celebrar un funeral en una iglesia pública en las ciudades en que hubiera un Centro de la Obra. No podíamos defraudar las esperanzas de tantas personas que deseaban expresar su cariño a nuestro Fundador, y además era justo ofrecer a todos la ocasión de rezar por su alma. Estas Misas constituyeron un impresionante testimonio de piedad filial y de sentida gratitud: en numerosas ciudades de los cinco continentes, miles y miles de personas se reunieron, cor unum et anima una, para rezar por el alma de nuestro Fundador, llenando iglesias y catedrales que desde hacia siglos no registraban quizá una afluencia de fieles semejante.

En todas partes se vivió el mismo clima de dolor sereno y de piedad, de oración y de lágrimas, que había caracterizado los funerales solemnes del 28 de junio en la Basílica romana de San Eugenio. Fue verdaderamente otra catequesis del Padre, que produjo idénticos frutos sobrenaturales que sus “correrías” apostólicas: un gran número de confesiones y comuniones, propósitos de fidelidad y de generosidad personal, conversiones grandes y pequeñas; la única diferencia era que las dimensiones del fenómeno tomaban ahora proporciones universales.

Estas impresiones están ampliamente documentadas por comentarios de la prensa y testimonios de los presentes. Las crónicas sobre estas Misas no sólo pusieron de relieve el excepcional número de asistentes, sino también la variedad de su extracción social: personalidades de primer orden en la vida pública, madres de familia, hombres del campo, profesores, estudiantes, empleados, profesionales… Para asistir a la ceremonia, muchos tuvieron que superar dificultades considerables a causa del horario de trabajo, o la distancia que debían recorrer. La jerarquía eclesiástica local se unió al dolor de los miembros del Opus Dei, participando también personalmente en esas Misas.

En particular, me alegra recordar un fenómeno que se verificó en todas partes: la conversión de muchas almas, apartadas de los sacramentos desde hacía muchos años, que se sintieron empujadas a confesarse y a comulgar; además, personas no católicas decidieron prepararse para recibir el Bautismo.

El Santuario de Torreciudad se inauguró diez días después, el 7 de julio de 1975, precisamente con un funeral por el alma del Fundador de la Obra. En la iglesia, el atrio y la explanada había unas siete mil personas. Entre otros, el Vicario general de la diócesis de Barbastro, las autoridades provinciales y locales, muchos obreros que habían trabajado en la construcción del Santuario junto con sus familias, y tanta gente de otras localidades. Hubo centenares de confesiones.

A pocos kilómetros de distancia, en la ciudad natal de nuestro Fundador, el Ayuntamiento de Barbastro organizó un funeral que celebró el Obispo de la diócesis en la catedral. Asistieron todas las autoridades locales y un gran número de fieles. La consternación era general: no hacía un mes que nuestro Fundador había estado entre sus conciudadanos, que le habían entregado la medalla de oro de Barbastro.

Nuestro Fundador fue sepultado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, el 27 de junio de 1975, al día siguiente de su muerte. El 4 de octubre de 1957, había dicho a Jesús Pedro Álvarez Gazapo las palabras que quería que se pusiesen sobre su propia tumba, aunque después aclaró que sólo era un deseo, y que podíamos decidir libremente. Son éstas:

IOSEPHMARIA ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS

PECCATOR

ORATE PRO EO

–––––––––––––––––––––

GENUIT FILIOS ET FILIAS

Respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: Si queréis, podéis añadirlas.

Yo pensé, en la presencia de Dios, que no podíamos transcribir la primera parte, con mayor motivo habiéndonos dejado libertad. Durante muchísimos años al Padre le había gustado firmar así: Josemaría, Pecador, o el pecador Josemaría; y se definía a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo. Una gran lección de humildad para todos nosotros; pero me parece que no habríamos sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba.

Interpretando el deseo de todos, dispuse que sobre la tumba se escribieran, en letras de bronce dorado, solamente estas palabras: EL PADRE. En la parte de arriba se puso el sello de la Obra, una circunferencia que rodea la cruz, y abajo, a la derecha, la fechas de nacimiento y de muerte.

Comenzó entonces una peregrinación ininterrumpida a la tumba de nuestro Fundador, al que fieles de toda nacionalidad y condición confiaban sus peticiones y sus propósitos de renovación interior. Después, el 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma, promulgó el Decreto que introdujo la Causa de Canonización del Fundador del Opus Dei. El 9 de abril de 1990 Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes vividas por el Venerable Siervo de Dios. El 6 de julio de 1991, en la presencia del Santo Padre, se leyó el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación operada por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá. Y el 17 de mayo de 1992 el Pontífice Juan Pablo II lo proclamaba Beato.

Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.

Evangelio y Vaticano II en el espíritu de Josemaría Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid. Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El próximo 17 de mayo, el Santo Padre Juan Pablo II beatificará en San Pedro del Vaticano a Josemaría Escrivá de Balaguer, que nació un día como el de hoy, hace noventa años. Con este acto, la Iglesia habrá propuesto solemnemente a los fieles un nuevo ejem­plo de santidad, y un eficaz intercesor ante Dios. Tras la alegría por la llegada a los altares de este sacerdote español –particular­mente para nuestra diócesis de Madrid, en la que residió durante casi veinte años–, viene el momento de la reflexión sobre el sentido del reconocimiento público de una vida santa en la Iglesia de hoy.

Como ha sucedido a lo largo de toda la historia, también ahora el Espíritu Santo suscita hombres de Dios que tienen como misión abrir camino, hacerlo andadero para los que vengan detrás. Esos hombres de Dios se adelantan a su tiempo y lo acercan al querer de Dios. Uno de esos hombres de Dios fue precisamente Josemaría Escrivá de Balaguer, que recibió aquí, en la diócesis de Madrid, la llamada clara del Señor para encarnar y difundir un mensaje de alcance universal.

Es Jesucristo quien alienta cada uno de los pasos de la Iglesia y guía todos sus caminos, bajo el impulso vivificante del Espíritu. Y ha sido el Espíritu Santo quien -como recordaba el Santo Padre– «ha hablado a la Iglesia de hoy y su Voz ha resonado en el Concilio Ecuménico». La Iglesia, por sus legítimos pastores – los romanos pontífices y los obispos-, ha reconocido el carisma del Opus Dei y alienta la labor apostólica de los miembros de la Prelatura, cons­ciente de que su dinamismo apostólico, junto al de tantas otras rea­lidades de la Iglesia, es expresión de la vitalidad espiritual del pueblo de Dios y responde plenamente al espíritu del Concilio para nuestro tiempo. Un tiempo necesitado de respuestas sólidas y coherentes, que requieren en el fiel cristiano, junto con la asidua recepción de los Sacramentos, una profunda formación ascética y teológica, pre­supuesto ineludible para la honda tarea de evangelización a la que nos convoca Juan Pablo II en los albores del tercer milenio cristiano.

También ahora los sacerdotes y los laicos, cooperando orgáni­camente en la tarea evangelizadora, cada uno desde su peculiar misión, deben afrontar los retos que plantea una sociedad descris­tianizada y deben dar una respuesta coherente con su fe bautismal: la respuesta comprometida y responsable de hombres que viven su fe las veinticuatro horas del día como cristianos consecuentes. Este es uno de los puntos en donde se manifiesta la profunda trascen­dencia del carisma que Nuestro Señor dio a Josemaría Escrivá en aquel 2 de octubre de 1928, cuando fundó el Opus Dei «por ins­piración divina», como destaca Juan Pablo II en la Constitución Apostólica «Ut Sit».

Ya se ha señalado la sintonía que existe entre el mensaje de Mon­señor Escrivá y el Vaticano II: la llamada universal a la santidad de todos los hombres y el valor santificador de todas las realidades humanas rectas. Urgencia de santidad, de vida divina, de unión con Dios por medio de la Iglesia, que ha sido el nervio de la tarea reno­vadora suscitada por el Espíritu al acercarnos al tercer milenio de la Iglesia. Así quedó patente en el Sínodo Extraordinario de los Obispos, de 1985, al hacer balance de los frutos que ha traído a su Iglesia aquel gran Concilio Ecuménico.

Quiero señalar, por mi parte, que no se trata sólo de una sintonía de carácter estrictamente teórico. El deseo de Monseñor Escrivá se ha convertido en realidad en la vida de muchísimas almas: su predicación ha dado frutos vivos de santidad en la Iglesia; sus pala­bras han prendido su luz y su calor en la vida de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ahora se aprecian los frutos de esa gran labor catequizadora, que hacía recordar a Monseñor Escrivá de Balaguer la autenticidad, la fidelidad y la sencillez de los primeros cristianos, aquellos hombres que navegaron a contracorriente en medio de un mundo paganizado, para transformarlo como el fer­mento en la masa y llevarlo a Cristo.

En efecto: sólo una profunda formación cristiana puede servir a los hombres de esta sociedad nuestra para que vivan con el señorío de los hijos de Dios, sin dejarse arrastrar por las ideologías de huma­nismos sin Dios, materialistas o cegados por actitudes permisivas. Se comprueba ahora con especial agudeza que los criterios autén­ticamente cristianos facilitan el convivir y amar -que es mucho más que respetar o tolerar- a todos, sin excluir a nadie, pero abarcando particularmente a los más menesterosos: los pobres, los enfermos, los marginados, los ancianos, los sin trabajo.

Sé que Monseñor Escrivá soñaba con que los catecismos hicie­ran mucho más hincapié en las obligaciones sociales que comporta la fe católica: deberes cívicos, profesionales y de justicia social. Nosotros podemos y debemos convertir en hermosa realidad su sueño.

En el pensamiento de Monseñor Escrivá, la formación laical significa luchar por resolver esas rupturas en la vida de los hombres que tan certeramente señala el Concilio Vaticano II: la fractura entre la fe y la conducta personal; entre la fe y la cultura; entre lo sobrenatural y lo auténticamente humano. Se encamina a res­tablecer latinidad de vida del cristiano, superando esa múltiple esci­sión dislocadora de una efectiva vida cristiana.

Para soldar esas fracturas se necesitan muchos cristianos seria­mente formados que acojan con alegría y plenitud la doctrina católica, tal como es propuesta por el Magisterio; que se unan con espon­taneidad a los obispos y se integren en la pastoral diocesana; que compartan, en sincera comunión con sus hermanos, el mismo Pan Eucarístico. Es necesario que los cristianos sepan poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, con libertad y res­ponsabilidad personales, como hicieron aquellos primeros cristia­nos que se santificaron en el mundo pagano.

Y aquí radica en parte, al menos a mi entender. el atractivo del mensaje profundamente evangélico del fundador del Opus Dei: enseñaba que la fe no debía llevar a un espiritualismo raquítico. a una «teoría espiritual» desgajada de la existencia real, sino que debía impregnar hasta los más recónditos entresijos de la vida cotidiana.

Es necesario recordar de nuevo, como enseña el Concilio Vati­cano II, que los laicos deben santificarse en medio del mundo, en medio de este mundo nuestro que se aleja de Dios. El hombre de la calle debe aprender a santificarse en su trabajo realizado con amor de Dios y con pericia profesional. Porque la credibilidad del testimonio de los cristianos dependerá -cada vez más- del pres­tigio profesional que posean, y la eficacia de su contribución a la evangelización estará condicionada por una sólida preparación en el trabajo. Esta gran catequesis que impulsó el fundador del Opus Dei está dando abundantes frutos de servicio y representa una ayu­da muy significativa en esa gigantesca obra de evangelización del mundo moderno en la que está comprometida toda la Iglesia.

Mi buen amigo Álvaro del Portillo, obispo prelado del Opus Dei, recordaba que el «anhelo del fundador del Opus Dei se plasmó en un lema de resonancias heráldicas: “para servir, servir”. Esto es, para ser útiles hace falta tener espíritu de servicio y demostrarlo con obras. El único honor que siempre deseó fue el de servir a la Iglesia una, santa, católica y apostólica; y el derecho de renunciar a todo derecho que no fuera ofrecerse en un continuo holocausto de oración y de trabajo».

Escribió Pablo VI que la Obra promovida por Monseñor Escri­vá de Balaguer era una «expresión de la perenne juventud de la Iglesia». De esa Iglesia que ahora peregrina en un mundo pluralista en el que desea construir la civilización del amor y contribuir a una auténtica cultura de vida. La noticia de la próxima beatificación de Josemaría Escrivá de Balaguer nos lleva a un canto de acción de gracias al Espíritu Santo Vivificador.

Un maestro de la libertad cristiana

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Testimonio de Cornelio Fabro, Profesor Ordinario de Filosofia en la Pontificia Universidad Lateranense y en la Universidad de Perugia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

En el ámbito existencial, que es el campo de la acción y, por tanto, de la formación del yo y de la persona, el primer principio es la voluntad, cuyo centro dinámico es la libertad. En la energía primaria de la voluntad está el mismo destino de los individuos de los pueblos, y el sentido último de la historia.

La voluntad mueve, ordena o desordena, exalta o deprime todas las fuerzas del hombre: no sólo los sentidos y las pasiones, sino también la inteligencia y las facultades superiores. Y esto por­que la voluntad se mueve a sí misma; quiere porque quiere querer y, por tanto, se resuelve en libertad.

El pensamiento moderno ha exaltado la libertad como funda­mento de sí misma y como constitutivo último del hombre. Por este camino, la libertad se ha identificado con la espontaneidad de la razón, o del sentimiento, o de la voluntad de poder. Y, con tensión alternante, ha sometido al mundo occidental a regímenes totalita­rios o al caos de movimientos anarcoides. Faltándole un fundamen­to trascendente, la libertad se ha constituido en objeto y fin de sí misma: una libertad vacía, una libertad de la libertad. Convertida en ley para sí misma, se desnaturaliza en libertad de los instintos o en tiranía de la razón absoluta, que se manifiesta después en el capricho del tirano.

Con audacia que trasciende la unilateralidad tanto del anarquismo como del totalitarismo, Tomás de Aquino pudo afirmar que el hombre es causa de sí mismo, porque en el orden moral llega a ser aquello que quiere ser, aquello que con su libertad elige ser. Sin detenerse en la bondad exterior –y ésta es la conclusión exis­tencial decisiva en la formación de la persona– ve en la bondad moral interior, que depende de la libertad, la perfección del hombre como sujeto.

La paradoja radica en que el hombre, creado libre para vivir en armonía con Dios por el amor y la obediencia, ha usado –abu­sado– de su libertad para desobedecer al Creador. Entonces la liber­tad separada de Dios es insidiada desde arriba por la soberbia, y desde abajo por las pasiones De este modo, el hombre, aunque permanece formalmente libre en el plazo existencial es «esclavo del pecado» y su esperanza de libertad se encuentra en el dominio de las pasiones y en la victoria sobre el orgullo. «La verdad os hará libres», promete Jesús Solo es verdadera y completamente libre el cristiano que es totalmente dócil a la acción de la gracia. Así, somos libres cuando nos hacemos «siervos de Cristo». Es una paradoja a: la más profunda de la existencia; pero en el cristianismo todo es paradójico. La verdadera libertad del hombre está en la verda­dera obediencia a Dios.

Este mensaje evangélico es percibido particularmente por los fundadores en la Iglesia de Dios, y brilla con luz especial en la ense­ñanza de Josemaría Escrivá de Balaguer, como enseguida veremos.

Antes de Cristo y fuera del Cristianismo, la libertad auténtica era desconocida, como reconoce el mismo Hegel. Pero el gran filó­sofo yerra profundamente cuando sitúa la libertad cristiana al nivel de la razón humana absoluta, y ve su realización en el cumplimiento de la historia universal suficiente a sí misma. Frente a él se alzó la voz de Kierkegaard, con su proyecto de recuperar la libertad cristiana, que tiene a Dios por fundamento. Ciertamente, Hegel no preveía el advenimiento, a un siglo de distancia, de Adolfo Hitler; pero no fue una casualidad que el nacional socialismo se remitiera al pensamiento hegeliano.

Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por connaturalidad –y también por luz sobrenatural– la noción originaria de la libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación del pecado, confía en el creyente en Cristo y, des­pués de siglos de espiritualidades cristianas que se apoyaban en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obe­diencia una actitud y consecuencia de la libertad. Como un fruto de su flor, o más profundamente, de su raíz.

Sus enseñanzas se intensifican y se hacen cada vez más claras con el peso de los años: «Soy muy amigo de la libertad, y preci­samente por esto quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la vountad de nuestro Padre. Realizar las cosas según el querer de Dios, porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural». Y, como haciendo un balance de su vida, confiesa con ánimo franco:

«El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace más de treinta y cinco años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal». Vemos aquí una plena consonancia con aquella afirmación de Tomás de Aquino: «Cuanto mayor cari­dad se posee, de mayor libertad se dispone».

Desde el interior de esta experiencia vivida – la primacía exis­tencial de la libertad del cristiano como presupuesto para su participación en la salvación mediante la gracia de Cristo, Josemaría Escrivá de Balaguer, como divisa de un estilo nuevo pero antiguo como el primer presentarse del cristianismo al mundo, afirma «Dios no quiere esclavos, sino hijos y respeta nuestra libertad La salvación continúa y nosotros participamos en ella. Es voluntad de Cristo que –según las palabras fuertes de San Pablo – cumplamos en nuestra carne, en nuestra vi da, aquello que falta a su pasión, pro corpore eius, quod est Ecclesia, en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia».

En plena sintonía con el Concilio Vaticano II –es más, se podría decir que superándolo en audacia– Monseñor Escrivá de Balaguer propone como primer bien para respetar y estimular el empeño temporal del cristiano, precisamente la libertad personal. «Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la consiguiente per­sonal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya».

Esta actitud –nueva en la espiritualidad cristiana– de la prioridad fundante de la libertad, nace en Monseñor Escrivá de Bala­guer, no por pretensión de originalidad o de adaptarse al espíritu del tiempo, sino de una humilde y profunda aspiración a vivir el Evangelio. En una inspirada homilía del sugestivo título La Liber­tad, don de Dios, del 10 de abril de 1958, en la plenitud de su madurez espiritual, confiesa con osadía digna de los primeros Padres Apologistas, que su misión es la defensa de la libertad personal: «Du­rante mis años de sacerdocio, no diré que predico, sino que grito mi amor a la libertad personal»; y se sorprende de que algunos teman que esto sea un peligro para la fe.

Y anticipándose de nuevo con espíritu profético al mensaje del Vaticano II, pero evitando los recientes compromisos equívocos del indiferentismo religioso, proclama: «Yo defiendo con todas mis fuerzas la libertad de las conciencias, que denota que a nadie le es lícito impedir que la criatura tribute culto a Dios» y, más adelante, «Nuestra Santa Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad y ha rechazado todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal».

La homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer del 25 de marzo de 1967 tiene en este contexto una expresión entre las más valientes de la literatura cristiana de cualquier tiempo. «En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús recién nacido en Belén. Un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros».

Intrepidez de presencia cristiana en los tiempos nuevos, para una fidelidad dinámica a la verdad divina: éste es el mensaje de Josemaría Escrivá de Balaguer. El segundo aniversario de su falle­cimiento constituye, por tanto, una ocasión de renovado encuentro con su enseñanza para el bien supremo del hombre, liberado del pecado y de la muerte.

Artículo publicado en L’OSSERVATORE ROMANO

Santa Sede-Israel, entre la amistad y la desconfianza.

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Las relaciones entre los cristianos  y judíos han mejorando notablemente en los últimos cuarenta años, con los desarrollos doctrinales del Vaticano II sobre el judaísmo, los gestos y palabras de Juan Pablo II, y el ininterrumpido diálogo interreligioso

En diciembre de 1993 se firmó un Acuerdo Fundamental entre la Santa Sede y el Estado de Israel por el que se establecían relaciones diplomáticas. Se cumplía así un antiguo deseo del mundo judío. Como gesto de buena voluntad, Juan Pablo II optó por proponer un Acuerdo Fundamental y negociar más tarde cuestiones concretas, como el estatuto jurídico de las instituciones eclesiásticas y su tratamiento fiscal.

Y pasaron 15 años

Parecía que todo podía arreglarse con rapidez, pero se necesitaron cuatro años –hasta noviembre de 1997– para que la Iglesia obtuviera reconocimiento jurídico en Israel, con una lentitud que en el Vaticano produjo perplejidad y preocupación. La Iglesia católica tiene unas trescientas instituciones en Tierra Santa, que incluyen iglesias, conventos, escuelas y organismos de caridad.

Sin embargo, quince años después del establecimiento de relaciones diplomáticas, todavía hay cuestiones que siguen sin resolverse. El acuerdo sobre el reconocimiento jurídico de la Iglesia aún no ha sido ratificado por la Knesset (Parlamento).

El acuerdo sobre el tratamiento fiscal de las propiedades de la Iglesia católica parece cercano, pero aún no se ha firmado. Según la ley israelí, los templos están exentos de pagar el impuesto sobre bienes inmuebles, pero la Iglesia posee también otras instalaciones (hoteles para peregrinos, escuelas, residencias…) cuyo estatuto fiscal es controvertido. El pasado 30 de abril se reunió la comisión negociadora “en una atmósfera de gran amistad y espíritu de cooperación y buena voluntad”, según el comunicado. Pero la negociación no se cerró, y se ha dado una nueva cita para el 10 de diciembre de 2009 en el Vaticano.

Otro punto de conflicto repetido tiene que ver con la concesión de visados y permisos de residencia al personal eclesiástico. En 2004 las Iglesias denunciaron estas restricciones de visados, que entonces afectaban a 138 religiosos. El problema radica en que los ciudadanos de los países árabes por regla general sólo reciben visados para entrar una sola vez, y no de entrada múltiple. Además, deben someterse a procedimientos de aprobación muy lentos. Esta norma, justificada con razones de seguridad, el Estado de Israel la aplica también al clero.

Esto trae graves problemas al trabajo pastoral de la Iglesia. El patriarcado latino dispone de dos centenares de sacerdotes, religiosos y religiosas que proceden de los territorios palestinos, Jordania, Egipto, Irak y Líbano. El problema es que, incluso cuando un sacerdote egipcio o jordano destacado en Jerusalén o Belén acude a visitar a su familia por vacaciones, debe después esperar semanas o meses hasta que le permitan de nuevo la entrada. La complicación se amplía por el hecho de que el patriarcado latino no sólo abarca a Israel y los territorios, sino también a Jordania y Chipre, por lo que el personal eclesiástico necesita cierta libertad de movimientos.

En una entrevista realizada por Vicente Poveda en diciembre de 2008, el franciscano Artemio Vítores, vicario de la Custodia de Tierra Santa, declaraba a propósito de los visados que en Israel “vives con el sentimiento de que tienes una espada de Damocles sobre tu cabeza”, pues siempre hay la incertidumbre de que, si creas algún problema, te quiten la residencia.

La cuestión de los visados preocupa también por el hecho de que en el nuevo gobierno de Binyamin Netanyahu el Ministerio del Interior se haya adjudicado a un miembro del partido religioso Shas. La última vez que el Shas controló este ministerio hubo un frenazo total a la concesión de visados al personal eclesiástico.

El asunto inquieta también a Benedicto XVI, quien al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador israelí ante la Santa Sede en mayo del año pasado, se refirió a “algunas dificultades causadas por las continuas incertidumbres sobre los derechos y estatus legal” de los eclesiásticos , y mencionó en particular la cuestión de los visados (cfr. Aceprensa, 13-05-2008).

Los cristianos emigran

Otros que dependen también de los permisos israelíes son los cristianos de los territorios ocupados. El padre Artemio Vítores lamentaba esta situación en la entrevista: “En Belén, los cristianos vivían especialmente de ir a trabajar a Jerusalén. Pero el muro lo ha cortado todo. Ahora, para trabajar en Jerusalén necesitan un permiso especial, renovable cada tres meses, que los israelíes dan a quien quieren y retiran cuando quieren. El muro, además, se cierra con frecuencia”. Muchos han perdido su trabajo. “Los cristianos son cada vez una minoría más pequeña y probablemente tienen miedo también de que les tachen de pro israelíes al aceptar los visados”.

En consecuencia, muchos cristianos palestinos emigran por la falta de perspectivas económicas y por la ocupación israelí. En Belén, que tiene 30.000 habitantes, en 1967 la población cristiana era el 70% y hoy no llega al 15%. En su mayoría se van los hombres jóvenes, lo que trae el problema añadido de que las chicas no encuentran con quién casarse.

También por esa contracción de la población cristiana las peregrinaciones a Tierra Santa son importantes. Desde el punto de vista psicológico, para que los cristianos de Tierra Santa se vean acompañados por cristianos de otras partes del mundo. Y desde el punto de vista económico, por los ingresos que supone el turismo religioso.

Los cristianos en Israel son hoy el 2,1% de una población total de 7,1 millones de habitantes, en un país donde el 75,8% son judíos y el 16,5% musulmanes. En su discurso al recibir al embajador de Israel, el Papa subrayó que esta presencia cristiana representa “un potencial para contribuir significativamente a cicatrizar la separación entre ambas comunidades”, judía y musulmana. Benedicto XVI habló entonces de su sueño de que todas las personas de Tierra Santa puedan vivir en paz “en dos Estados soberanos independientes”, expresión que el gobierno de Netayahu se resiste a emplear.

Reacciones asimétricas

En las relaciones entre la Santa Sede e Israel, cuando una de las partes se queja de una postura de la otra, se observan reacciones asimétricas.

En 2007, en el memorial de Yad Vashem de Jerusalén, se puso un gran retrato de Pío XII junto a fotos aéreas del campo de exterminio Auschwitz-Birkenau, con unos textos que acusaban al pontífice de indiferencia ante el holocausto judío. Ninguno de ellos recuerda los agradecimientos de la comunidad judía a Pío XII al término de la guerra. El Nuncio protestó, pero el retrato y los textos siguen ahí. En su viaje a Israel, Benedicto XVI visitará Yad Vashem, aunque no entrará en el museo donde se ofende la memoria de Pío XII.

En cambio, cuando Benedicto XVI, con el deseo de superar el cisma de los tradicionalistas lefebvrianos, levantó la excomunión a cuatro obispos, entre ellos a Richard Williamson, se armó el gran escándalo. Williamson había hecho unas declaraciones negando el Holocausto, cosa que la Santa Sede por lo visto ignoraba. La oficina de prensa de la Santa Sede y el propio Benedicto XVI tuvieron que salir al paso, para explicar que lo único que se buscaba era recomponer la unidad en la Iglesia, que el levantamiento de la excomunión era solo un paso previo que aún no suponía la reintegración de los obispos lefebvrianos, y que en modo alguno esta medida implicaba dar por buena las insostenibles opiniones de Williamson sobre el Holocausto.

La aclaración era sin duda necesaria, después de un error de comunicación. Pero lo más llamativo es que esta decisión del Papa, que no tenía que ver directamente con las relaciones entre católicos y judíos, pareciera en un primer momento anular todo el proceso de acercamiento de cuatro décadas. El Gran Rabinato de Israel anunció que cortaba sus relaciones con el Vaticano y canceló una reunión prevista.

Después las aguas se calmaron. El rabino David Rosen, encargado del diálogo interreligioso en el Gran Rabinato de Israel, dijo que “las comunidades judía y católica tienen demasiadas cosas en común como para cuestionar su relación de más de cuarenta años”. También es verdad que el viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa, que sin duda interesa al Estado de Israel, estaba aún por confirmar, y el rabino Rosen se apresuraba a decir que “en el contexto de este episodio, es todavía más necesario para las relaciones judeo-cristianas que el Papa visite Israel y Tierra Santa” (La Croix, 12-02-2009).

Cuando la Santa Sede hace algo que no gusta a los israelíes –como el caso Williamson o la valoración de la figura de Pío XII, o las críticas a las matanzas de Gaza– enseguida se denuncia como una falta de colaboración en la lucha contra el antisemitismo. Pero cuando la intolerancia se dirige contra el cristianismo en Israel, el baremo no suele ser el mismo. A raíz del caso Williamson, en un programa televisivo de Canal 10, el comediante Lior Shlein ridiculizó con palabras e imágenes blasfemas a la Virgen María y a José, dentro de una emisión que el Vaticano consideró como “un vulgar y ofensivo acto de intolerancia hacia los sentimientos religiosos de los creyentes cristianos”. La cadena pidió disculpas después. Pero no cabe duda de que ninguna cadena europea se hubiera permitido hacer un programa de ese tipo para ridiculizar a los judíos.

Igualmente, se producen en Israel actos anticristianos que, si ocurrieran en otros países contra judíos se pondría el grito en el cielo. El padre Artemio Vítores cuenta uno significativo: “Hace unas semanas volvíamos los frailes [franciscanos] de Getsemaní. Cuando llegamos a la Ciudad Vieja nos encontramos una manifestación de judíos ortodoxos, todos muy jóvenes. Al parecer, recorren Jerusalén una vez al mes para decir que la ciudad es suya. Cuando vieron a los frailes, hubo insultos, escupitajos a la cara, en el hábito. Los policías no hicieron nada”. Los mismos ultraortodoxos organizan de vez en cuando quemas públicas del Nuevo Testamento. Estos incidentes, aunque sean aislados y obra de extremistas, llevan a preguntarse por las raíces de ese anticristianismo.

En el mundo católico, ha habido en los últimos tiempos una seria preocupación por desmontar prejuicios contra el judaísmo y revisar con este fin textos escolares. Pero ¿qué es lo que aprenden del cristianismo en las escuelas de Israel? “Más bien cosas negativas”, responde el P. Artemio Vítores, franciscano, vicario de la Custodia de Tierra Santa.


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