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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.

Universidad de Navarra

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde su fundación, en 1952, la Universidad de Navarra, se ha ido desarrollando gradualmente hasta contar con veinte facultades, escuelas e institutos, en los que cursan estudios más de diez mil alumnos en cursos regulares, y seis mil quinientos en programas de perfeccionamiento. El sistema de enseñanza y de vida universitaria, inspirado en el criterio de la responsabilidad personal y de la solidaridad entre todos los que trabajan allí, se ha demostrado eficaz y constituye una experiencia muy positiva en la actual situación mundial de los estudios superiores. De ella salen hombres y mujeres bien preparados para construir, si quieren, una sociedad más justa.

Esta Universidad, que acoge también a numerosos estudiantes afroasiáticos y latinoamericanos, fue puesta en marcha –con el impulso y la oración constantes de Mons. Escrivá de Balaguer– por un grupo de profesores procedentes de otras universidades, y ha servido para dar cauce a la ayuda de numerosas personas que ven en los estudios universitarios una base fundamental del progreso del país, cuando están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales sean sus recursos económicos.

La mitad, aproximadamente, de los alumnos, son navarros. De ellos, en 1985, el 44% procedía del sector social de rentas inferiores, mientras que el 45% provenía de niveles de rentas medias. Sólo el 9% correspondía a las familias de rentas más elevadas.

Esta realidad ha sido posible gracias al esfuerzo de la Universidad en la provisión de becas –en 1985, el 40% de los alumnos tuvieron becas–, y en el asesoramiento a los estudiantes sobre las convocatorias públicas y privadas de ayudas a las que pueden acogerse.

Por otra parte, los estudiantes tienen acceso al sistema de crédito educativo, por el que diversas instituciones bancarias financian sin intereses el coste de los estudios, sin exigir la devolución del préstamo hasta varios años después de que el beneficiario haya encontrado un empleo fijo.

«La vida de este centro universitario –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– se debe principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas mujeres navarras que hacen la limpieza, todos, han puesto en la Universidad. Si no fuese por esto, la Universidad no hubiera podido sostenerse».

Y, efectivamente, es esta colaboración plural y constante la que explica el funcionamiento, el desarrollo, el rápido prestigio alcanzado en pocos años y sus estrechas relaciones con Universidades históricas como la Sorbona, Coimbra, Munich, Lovaina, Harvard, etc.

Económicamente la Universidad se financia con las matrículas de sus alumnos y con la ayuda de diversas instituciones. El Ayuntamiento de Pamplona concedió una parte de los terrenos. La Diputación Foral colabora en algunos gastos de sostenimiento. El Estado español dio las subvenciones previstas por la ley para la creación de nuevos puestos escolares. Las corporaciones guipuzcoanas colaboran en el sostenimiento de la Escuela de Ingenieros Industriales, cuyo instrumental científico procede de un donativo de los Estados Unidos. La obra asistencial alemana Misereor contribuyó a la financiación del plan de los nuevos edificios. La Fundación Huarte ha aportado recursos para la investigación sobre el cáncer que se realiza en la Universidad. También la Fundación Gulbenkian y numerosas empresas se interesan y cooperan en las tareas de investigación… Y sin embargo, la ayuda más agradecida es la de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, formada por miles de personas, españoles y extranjeros, de todas las clases sociales, muchas de ellas de escasos recursos económicos, que colaboran, en la medida de sus posibilidades, a sostener esta tarea de servicio y de promoción social, de la que son un claro exponente los más de veinte mil alumnos que se han formado en sus aulas.

El trabajo en CAMINO.

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12 Rafael Alvira

He leído Camino desde mi niñez. Fue el primer escrito que conocí del Fundador del Opus Dei, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Luego, he tenido ocasión de leer otros muchos textos suyos, de muy diferentes estilos, y tuve también la oportunidad de escucharle múltiples veces. La doctrina del Siervo de Dios Mons. Escrivá de Balaguer acerca del trabajo, tan profunda y universal, aparece ya —en lo esencial— condensada a lo largo de las páginas de ese libro, hoy ya un clásico.

Si para entender a cualquier autor —y cualquier texto— es preciso vibrar al menos mínimamente con él —la simpatía— y encuadrar cada afirmación en el conjunto de su doctrina —el arte interpretativo—, esto se aplica particularmente con Camino, por ser su forma de dirigirse al lector muy directa y sus desarrollos explicativos breves. La obra pretende suscitar acciones y hábitos que enraícen profundamente, mediante el método de incitar a un inmediato examen de conciencia y a un no menos inmediato encuentro con Dios. Por ello, no despliega sistemáticamente una doctrina, pero la presupone. En concreto, y como ya he apuntado, es de una gran riqueza en lo referente al trabajo, tema al que dedico estas breves consideraciones.

La particular insistencia de Mons. Escrivá de Balaguer en el valor del trabajo tiene una profunda relación con su apasionado amor al mundo y con la consiguiente afirmación de la necesidad de santificarlo.

¿Qué significa amar al mundo? Si es común en los clásicos decir que en el hombre anida un desiderium Dei, un deseo de Dios, ello se debe a que aún no se ha identificado con El. Se desea lo que no se tiene. Desear es señal de distancia. Esa distancia, desde el punto de vista de la acción, significa que ha de realizar un trabajo, una acción prolongada para alcanzar el fin. La acción prolongada hacia algo se mide por un tiempo. Hay una conexión entre el deseo y el tiempo, que se realiza a través del trabajo. Un deseo que no fuese eficaz, que no llevase a cabo acciones, o que las llevase a cabo en forma que no alcanzase el fin, sería en cuanto tal intemporal o, mejor, habría «matado el tiempo».

El deseo quiere la unión. El deseo de Dios, la unión con Él. El deseo del mundo, la unión con el mundo. Así como es característico de los religiosos el fomentar el deseo de Dios, y el negar el deseo del mundo —aunque vivan en él—, es lo característico de la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer el aceptar ambos deseos. Como consecuencia, acepta los trabajos y los tiempos correspondientes. De ahí que cuando se refiera a la santificación del trabajo, añada muchas veces el adjetivo ordinario —trabajo ordinario—, pues se trata del trabajo relativo a las cosas de este mundo. Y de ahí también la importancia —cualitativa y cuantitativa— concedida al tiempo de trabajo ordinario.

Si el mundo es sólo lo que me distrae de Dios, desearlo sería pecado, y Dios lo habría creado sólo para que el hombre se endureciese en la renuncia. Si no es así, si el mundo puede ser deseado, esto se puede interpretar al menos de dos maneras. Una consiste en sostener que lo puedo desear mientras no ofenda a Dios. Desde esta perspectiva se desarrolla una moral del «hasta dónde puedo llegar», moral casuística y probabilística, que con facilidad abre el paso al laxismo o a los escrúpulos. Otra, que es la sostenida por Mons. Escrivá, consiste en afirmar que —puesto que es de Dios y para nuestro bien lo ha creado— el mundo ha de ser plenamente deseado y amado con el amor de Dios. Esto último me parece la clave, pues es la esencia de la santificación (es el amor de Dios lo que santifica) de la vida ordinaria, «leit motiv» de la predicación de Mons. Escrivá.

Como es sabido, lo paradójico del amor está en que para poseer hay que renunciar. Sólo el que no quiere dominar tiene un amigo. El más alto amor —que trae la más alta felicidad y la más alta unión— presupone la más alta renuncia. Es el sentido de la cruz: la renuncia total nos unió con Dios. Pues bien, aplicando esto al mundo, resulta que, si queremos poseer de verdad al mundo, hemos de renunciar no a él, sino a poseerlo. Ése es el sentido característico de la pobreza esencial, otra de las claves de la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer (cfr. Camino, nn. 631 y 636). El resultado de esa pobreza —he ahí la paradoja— es la posesión verdadera, el ser —y no sólo el estar— en el mundo, sin ser mundanos (el mundano es el que no renuncia). Al poseer correctamente el mundo, se verifica lo que indica San Pablo: «todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». El deseo del mundo se perfecciona, pues, en amar al mundo, y ese amar, al ser puro ejercicio de amar, es inmediatamente amor de Dios, es hacer presente a Dios en el deseo del mundo. Hacer presente, hacer aparecer, eso es lo que los clásicos llamaban glorificar. Y a este punto quería llegar.

Si he dicho al principio que hay una conexión básica entre el deseo, el trabajo y el tiempo, ahora se ve bien por qué para Mons. Escrivá de Balaguer el tiempo no es primariamente una duración en la que deseamos a Dios mientras esperamos la unión definitiva, ni tampoco es dinero —«time is money»—, sino que «el tiempo es gloria» (Camino, n. 355). Precisamente por ello, no sólo es impensable perder el tiempo, sino que, además, el tiempo ha de ser «exprimido», «vivido con intensidad», pues es lo propio del amor el intensificar y el intensificar cada instante. Cada instante es para el amor un encuentro. Este punto tiene también una gran importancia. La unión amorosa no es una mera unión, identidad, sino que es más bien un encuentro, un diálogo. Si lo propio de este mundo es el esfuerzo —trabajo— por la unión con lo que deseamos, el trabajo es lo que nos facilita esa unión, ese diálogo: más aún, él mismo es diálogo. Trabajar —actuar con esfuerzo amoroso— continuamente en lo ordinario —en la profesión, en la familia, en la vida social— es, de este modo, dialogar continuamente con Dios («sine intermissione orate») en y a través de esas acciones cotidianas. Por eso, es característico de Mons. Escrivá el afirmar la indistinción entre trabajo y oración (cfr. Camino, nn. 335, 359, etc.). Esto no ha de ser entendido como una invitación a no desarrollar una oración en forma de «rezo», como si, al ser el trabajo ordinario oración, ya no hiciera falta rezar. No. El recto deseo del mundo va unido al deseo de Dios, y eso significa que se busca igualmente un tiempo —con el trabajo esforzado correspondiente— para hablar «inmediatamente» con Dios. No se trata, en resumen, de convertir la oración en trabajo —dejando así de rezar—, sino —justamente al contrario— de convertir el trabajo en oración. Lo primero es materialismo, recubierto con la etiqueta de «progresismo social». Lo segundo es consagración del mundo.

El sentido del mundo tiene una unión muy profunda con el sentido de la humanidad. Porque el mundo no es sólo para el hombre, en general, sino para la humanidad. Mientras dura el mundo, hay un tiempo para que la humanidad crezca, cualitativa y cuantitativamente, y dirija todo lo creado al Creador. Por eso, la parte principal del amar al mundo apasionadamente(1) va dirigida al amor a los hombres. El deseo de unión con ellos, convertido en amor de Dios, se transforma en la anticipación de la comunión de los santos. Si, repito de nuevo, el cumplimiento de todo deseo conlleva un trabajo, «hacer sociedad» es un trabajo. Y efectivamente lo es. Hacer sociedad cuesta un esfuerzo y, primariamente, el de superar el propio egoísmo. Son muchos los textos de Camino en que se ve cómo superar el egoísmo es un paso fundamental (cfr. nn. 31, 32, 784, 788, 789) cuyo resultado es la citada anticipación en este mundo de la comunión de los santos (cfr. n. 545). Si este mundo no es todo lo bello y bueno que debería ser —dado que ha salido de las manos de Dios—, se debe a 9ue no hacemos aparecer en él una verdadera sociedad —comunión de los santos—, que es la manera más propia de hacer presente a Dios —donde están dos o tres reunidos en mi nombre… (Mt 18, 20)—, y precisamente por eso «estas crisis mundiales son crisis de santos» (cfr. n. 301).

Como el amor es, por esencia, inventivo, se deja a la libertad personal de cada uno el desarrollar el trabajo de hacer sociedad de la manera concreta que le parezca mejor. Por eso Camino no es un código particular de doctrina social, ni lo pretende ser. En la aceptación incondicional del magisterio de la Iglesia, más aún, en el amor a ella que Mons. Escrivá pide (cfr. nn. 576, 582, 518, 519, 573) va implícito el cumplimiento de los principios básicos de la doctrina social católica. Pero no se ofrece un modo concreto particular de plantear el orden social porque ello iría contra la citada libertad. Los que identifican el amor al prójimo con un proyecto sociopolítico particular concreto rebajan la doctrina eterna de la Iglesia a ser una doctrina culturalmente útil en un momento y un lugar histórico determinados y, lo que es más grave, la rebajan a ser una opinión (la de los que la sustentan).

Un posible deslizamiento desde considerarse alguien «la voz oficial de la Iglesia» hasta enfrentarse con la jerarquía, para pasar a ser agitador político, es el que se evita en Camino mediante la clara insistencia en la libertad y responsabilidad personales, en el amor y obediencia a la Jerarquía y al Magisterio, y en el amor, en fin, a todos los seres humanos.

Para un cristiano corriente, en la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer, importa, pues, sobre todo, hacer todo aquello a lo que se siente inclinado y llamado, con la más plena vitalidad, pues el amor es vida y se trata siempre de amor de Dios. El amor es vital, pero no ruidoso. El amor es libertad, pero precisamente por ello, oído atento —obediencia— a la persona que me da esa libertad. Por ello, la imagen del cristiano corriente es la de aquel que en todos los sectores de su vida —familia, profesión (cfr. n. 359), relaciones sociales, etc.— trabaja al tiempo con plena vitalidad y con plena sencillez (cfr. n. 379), con alegría (cfr. nn. 657-666) y sin ruido (cfr. n. 835), con libertad y con obediencia. Cada uno procura encontrar sus papeles en la vida, y ve en ellos la voluntad de Dios, que le dio unas inclinaciones y le deparó unas circunstancias.

Aceptar el propio lugar en la vida corriente (cfr. nn. 799, 832) (ser hombre o mujer, casado o soltero, médico o mecanógrafo, etc.) es aceptar la voluntad concreta de Dios, y, por tanto, ha de acogerse humildemente. No trabajar con alegría y con intensidad en el propio papel, supondría un menosprecio a la oferta de Dios.

No sabemos por qué se le hace a cada uno esta o aquella oferta, ni cuál será el premio en la otra vida para cada cual. Sabemos que todas son voluntad infinitamente amable de Dios. Da igual ser futbolista o torero, del Estado Mayor o de la tropa: lo único que importa y que hay que hacer es seguir la propia vocación, la voluntad de Dios.

No entender esta idea tan clara es no entender tampoco que, sin distinción de funciones, el trabajo no podría ser servicio y que una buena sociedad —civil o eclesiástica— es un sistema de servicios mutuos. Tanto sirve el que manda como el que obedece. Esta idea se ha retenido siempre en la Iglesia, contra los igualitarismos utópicos —y antiserviciales— hoy de nuevo en boga. Mons. Escrivá de Balaguer veía muy profundamente en este punto y lo mostraba desde la atalaya de su identificación del trabajo con el sacrificio y el diálogo amoroso. Amar es servir, trabajar es servir. El trabajo hecho por amor de Dios, hecho, pues, amor de Dios, transfunde ese amor en todo aquello y en todos aquellos para los que ese trabajo va dedicado. Cada pieza hecha, cada acción materializada, es una parte de mi espíritu que en ella queda transfundido. Cada acción hecha para otro, entra en ese ser, con tal de que él no se resista a aceptarlo. Pues bien, si ese trabajo está hecho por amor de Dios, es el amor mismo de Dios el que en esa acción se transfunde y a esa persona llega. Por eso también el trabajo ofrecido es sangre arterial que llega a los demás (cfr. nn. 544, 545).

Santa Teresa decía a sus monjas que no tenía que animarlas a quererse, pues esperaba en ellas la virtud, y la virtud es inmediatamente amable. Algo parecido podría decir Mons. Escrivá en lo que se refiere a la buena organización social. Alguien que ha predicado una doctrina del trabajo como la suya espera que las consecuencias sociales —en el modo concreto que la libertad prodiga— sean una auténtica explosión de mejora en todos los niveles y aspectos de la sociedad.

La alegría es lo propio de la fiesta. Para estar alegres es preciso despreocuparse de sí mismo y aceptar la vida como me ha sido dada, ver en cada detalle de ella todo el amor de Dios que oculamente me espera. Sólo en la respuesta eficaz a ese amor aparece la alegría. Si Mons. Escrivá de Balaguer vio el trabajo cotidiano como un amoroso diálogo, supo ver por ello cómo podría convertirse en fiesta cada minuto de una existencia que, desde fuera, un crítico llamaría prosaica.

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113.

Argentina: suelo fértil

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La terraza del aeropuerto internacional de Ezeiza está materialmente llena de un público heterogéneo. Todos los que se han citado en estas horas del mediodía otean el horizonte tratando de descubrir la proximidad de un avión. El tema de conversación es uniforme: el Padre está a punto de llegar, por primera vez, a la Argentina. Hace veinticuatro años, en marzo de 1950, que los primeros miembros de la Obra trajeron a esta tierra su espíritu. Desde entonces, miles de personas se han acercado a la amistad del Opus Dei. Muchos centenares de vocaciones subrayan la protección de la Virgen sobre las tareas emprendidas a este lado del Atlántico.

A la una de la tarde del 7 de junio de 1974, un pequeño punto blanco empieza a precisarse sobre el cielo. Es el esperado Jet en el que viaja el Fundador. El avión rueda por una pista lejana y se acerca lentamente a la zona central del aeropuerto.

Tres semanas durará la estancia de Monseñor Escrivá de Balaguer en Argentina. Durante este tiempo hablará con multitud de personas. El Centro de Congresos General San Martín, el Colegio de Escribanos y el Teatro Coliseo serán el escenario de encuentros -tertulias- muy numerosos. La Chacra, La Ciudadela, Los Arrayanes y Los Aleros ofrecerán un ambiente más íntimo para las reuniones sucesivas y continuas con otros pequeños grupos de Cooperadores y amigos del Opus Dei.

« ¡Estoy en Buenos Aires y no me lo creo! Sois iguales que vuestros hermanos de todos los países, aunque el color y la lengua sea distinta… Pero tienen vuestra mirada, la alegría que se refleja en vuestra cara, la limpieza; este no sé qué, que yo sé lo que es: el Amor de Dios, que se manifiesta en obras» ..(20).

En La Chacra volcará un profundo cariño sobre sus hijos: los que no le ven desde hace años y aquellos que acaban de conocerle.

«Os recordaremos muchas veces, cuando estemos con vuestros hermanos por ahí. Y sentiremos esa Comunión de los Santos (…). Es una bendita cosa: esparcidos por todo el mundo con un solo corazón y una sola alma, queriéndonos como los primeros fieles. Porque es verdad: pueden decir de nosotros como de los primeros cristianos: ¡ved cómo se aman! Y los que hay alrededor de la Obra, también: ¡cómo se quieren!… »(21).

Les hablará repetidamente de la sobrenaturalidad de la Obra, de su profunda humanidad, del milagro de esta multiplicación a través de todo el mundo, de la felicidad de la vocación a la que han sido llamados como lo fue él desde su juventud.

«He tenido vuestra edad. Fui a la Universidad. Antes hice el bachillerato -el Instituto, se decía en mi tiempo-, la segunda enseñanza. Bien. Pues a veces me encuentro por ahí a mis compañeros de clase -pocos ya, porque van desapareciendo- y nunca he visto a ninguno que haya sido más feliz que yo. ¡Nunca! »(22).

El 12 de junio suena el mejor repique de campanas en el carrillón de Luján. El Padre acude al Santuario de la Patrona de Argentina, Paraguay y Uruguay. El coche ha hecho con rapidez los sesenta kilómetros que le separan de Buenos Aires.

Monseñor Escrivá de Balaguer, don Alvaro y don Javier se arrodillan para rezar el Santo Rosario. Desde las naves, centenares de personas contestan a una sola voz. Se han reunido hoy los que desde la primera hora vinieron a esta siembra de trabajo y esperanza; también, los que han respondido a la llamada de Cristo a través del espíritu de la Obra en Argentina. Y muchos amigos que les acompañan en esta visita a la Señora de Luján.

Después de firmar en el libro de visitantes de honor, pasan al camarín de la Virgen por detrás del Altar Mayor. También está repleto de gente. Un sacerdote de la Basílica se aproxima al Padre. Se pone a su disposición para cualquier cosa que desee. No tiene más que pedir.

El Fundador le da un abrazo y, mirando hacia arriba, donde está la imagen de la Virgen, expresa su única petición: -«Dígale que la quiere mucho» (23).

En Buenos Aires, todos esperan poder ver y oír al Padre en alguna de las grandes reuniones que se han concertado. No resultó fácil encontrar locales adecuados. Gentes de toda condición desbordaron los cálculos previstos: profesores, cirujanos, amas de casa, empleados, futbolistas, artistas, repartidores de periódicos, empleadas del hogar, estudiantes… Cada uno preguntará, desde su lugar de oficio, las cuestiones cruciales del cristianismo en la sociedad actual. Nadie escuchará una respuesta complicada o teórica. Todos reciben ese aliento de vida cotidiano, de simplicidad maestra, que el Padre sabe impartir.

«Quiero comenzar diciéndoos que sois muy oportunos. Habéis traído a Escrivá de Balaguer a hablar a la sede de los escribanos».

El Padre hace un juego de palabras con su apellido -Escriváy el nombre de la Sala donde habla hoy, el Colegio de Escribanos.

«Y yo aprovecho para recordaros que cada uno de vosotros -yo también- hemos de levantar un acta. Un acta sobre algo que los cristianos debíamos saber, y practicar, y tener en cuenta constantemente, y que olvidamos: que Dios Nuestro Señor no está lejos de nosotros; está junto a nosotros y en nosotros» (24).

El sábado 15 de junio comienzan las reuniones generales en el Centro Cultural San Martín:

-«Cuando usted se vaya, Padre, ¿qué quiere dejarnos en el corazón a todos sus hijos sudamericanos?».

-«Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros. Que no os maltratéis jamás; que seáis hermanos de todas las criaturas, sembradores de paz y alegría, y que les deis esta inquietud de acción de gracias que tú me has dado con tus palabras»(25).

El domingo 16 dirige la segunda tertulia:

«¡Llenad de Amor esta tierra! ¡Que los argentinos se quieran. ¡Que no haya nunca odios! ¡Que se comprendan, que sean generosos unos con otros! Que esta nación tan grande y abundante (…) que abre los brazos y el pecho, como una madre que tiene muchos hijos, ¡que no sufra ya! Y eso depende en parte de vosotros y de mí; de que le pidamos a Nuestra Madre de Luján que bendiga a Argentina»(26).

En estos momentos, Argentina está pasando por un momento político delicado, con cambios de gobierno y una tensión que inquieta a todos los estamentos sociales del país.

Otra vez, de nuevo en el Colegio de Escribanos, a un grupo que impulsa las tareas de la Obra, les deja unas palabras de agradecimiento que son, también, acción de gracias a Dios:

Con el Fundador del Opus Dei en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Argentina, 19741

«Gracias a todos vosotros que hacéis posible que la Obra de Dios haga su Obra de Dios: con vuestra oración, con vuestra simpatía, con vuestros pequeños o grandes sacrificios, con el calor de vuestro cariño, con vuestra piedad, con vuestro trabajo (…) y con vuestras aportaciones. ¡Que Dios os bendiga! Sin vosotros, no podríamos hacer nada. Sois los que dais empuje, eficacia; los que hacéis realidad esta labor apostólica en el ambiente de todas las clases sociales. Por eso os doy las gracias»(27).

Más tarde, reunido con sus hijos en La Chacra -Casa de Retiros cerca de Buenos Aires-, les hará notar la realidad sobrenatural de esta afluencia de las gentes hacia el espíritu del Opus Dei:

«No es razonable. La reacción de la gente en todos los sitios -porque no es sólo en Buenos Aires- no es lógica. La reacción natural de la gente debería ser: ¿y este cura, a qué viene aquí? (…). ¿Por qué? Porque está Dios. Y lo pasan bien, y sacan propósitos de ser mejores. También yo los hago, oyéndoles a ellos. ¡Está Dios en medio de nosotros! Ha estado tantas veces de otras maneras; pero, de manera ordinaria, se encuentra constantemente… »(28).

Y reitera el propósito total de su viaje por estas tierras de América:

«Toda la Obra es una gran catequesis y ¿qué intenta la catequesis? Dar a conocer a Dios, para que se practique la religión verdadera. Religión viene de religare o relígere, que significa ligar el alma con Dios, o elegir Dios a las almas para que le traten a,El. Nosotros intentamos llevar a las almas a Dios, pero no como de cumplido, como una visita que se hace una vez al año, sino con intimidad. Queremos llegar al trato con el Señor, con su Madre, con San José -a quien no separo nunca de Jesús y de María-. Y si hablamos de Jesús, hablamos del Padre, y del Espíritu Santo, porque no hay más que un Dios. Es inefable, no hay palabras para explicar el misterio de la Trinidad, en el que creemos firmemente » (29).

A lo largo de estos días, también Argentina será foco para multitud de temas que surgen en diálogo espontáneo y familiar, lo mismo en pequeñas reuniones que en los llenos impresionantes del Centro de Congresos General San Martín.

En un momento dado habla de la pobreza y sobriedad de la vida en el Opus Dei, que no se ve, no se pregona, pero se practica.

«Tú sabes que nuestro servicio es servicio sobrenatural a Dios y a las criaturas; trabajamos con hombres y con mujeres, no trabajamos con ángeles, y por lo tanto necesitamos medios también humanos, no sólo los medios sobrenaturales de la oración, del sacrificio y de la mortificación; necesitamos de la ciencia, del estudio, del trabajo de las manos»(30).

En el Centro de Congresos General San Martín, que la gente ha llenado a oleadas, habla de la doctrina católica intangible:

« ¡No la toca nadie, no puede tocarla nadie! Hoy es la misma que explicaba, por tierras de Galilea, Jesucristo Señor Nuestro; y dentro de veinte siglos será la misma»(31)

Un clima afectuoso recorre la sala cuando, confiada y familiarmente, surgen preguntas sobre vocación, problemas de trabajo, dolor, alegría y muerte. Todas las coordenadas de la existencia humana a través de la fe.

En el Colegio de Escribanos, el 21 de junio, vuelven a salir los temas esenciales: Sacramentos, ambiente laicista, dificultades para el apostolado. De pronto, una intervención femenina, clara, se hace portavoz del mundo del arte escénico. La respuesta del Padre es inmediata:

«Si os empeñáis unos cuantos, con los medios de los cristianos -y tú eres cristiana y cristiana de punta-, rezando, negándote a lo que no puede hacer, ni decir, ni representar un cristiano, saldréis adelante, estoy seguro. Además te miran todos con simpatía. ¿Por qué no decís esto a voz en grito en la prensa, o desde el mismo teatro? ¿Por qué no buscáis autores que lo repitan?; de modo que, con los medios de tu oficio, estás haciendo un servicio a Dios y una oración»(32).

La última gran reunión en Argentina. De nuevo las preguntas cruzan la sala en todas las direcciones. Desde la enfermedad, hasta el apostolado de un vendedor de revistas; el trabajo del hogar y su repercusión social; la llamada universal a la santidad en el trabajo cotidiano; y el agradecimiento a Dios por esta gran respuesta al espíritu de la Obra en todo el mundo. La Comunión de los Santos que les mantendrá unidos, incluso después de su marcha, por encima de distancias y fronteras.

Argentina recibe su mejor deseo, su más honda bendición este 26 de junio en el Teatro Coliseo:

«Para toda la tierra argentina, para aquellos bosques maravillosos del Paraguay, para aquella tierra del otro lado del Plata, para vuestros hogares, para vuestros hijos, para las guitarras de vuestros hijos, y para la alegría de vuestros corazones: la bendición de Dios Omnipotente, la protección de la Madre del Cielo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (33)

El viernes 28 de junio, a las 12,14 de la mañana, el Padre toma el avión con rumbo a Chile. La siembra de su cariño, de su fe entusiasta, está echada. Ahora, sobre su palabra, el trabajo y la esperanza de sus hijos.

“Yo os llamo amigos”

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros… trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (…). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.

Caminos de Andalucía y de Castilla

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un buen día de abril el Padre emprende de nuevo la ruta del sur de España. El Miércoles Santo de 1945 salen con él, camino de Andalucía, don José Luis Múzquiz y Jesús Alberto Cajigal. Van en un coche que conduce Miguel Chorniquet. Su primer motivo es impulsar la instalación de las Residencias para universitarios de Sevilla y Granada. Además, visitarán a los Obispos de diversas ciudades. Siempre el Padre tendrá una gran deferencia con la jerarquía eclesiástica. Llegan casi de noche a la ciudad del Guadalquivir, que se encuentra abarrotada de gente por las festividades de la Semana Santa. Habrán de hospedarse en Alcalá de Guadaira, pero antes compartirán el fervor espontáneo de las procesiones. Años más tarde, el Fundador cuenta aquella experiencia junto a los sevillanos: «Hace muchos años, casi treinta, vine a Sevilla por Semana Santa. Salí a la calle cuando ya andaban las cofradías por ahí… Y cuando vi toda aquella gente, aquellos piadosos hombres que iban en las procesiones acompañando a la Virgen, pensé: esto es penitencia, esto es amor. Era muy hermoso. Luego, cuando vi… no sé qué paso era, no recuerdo qué imagen de la Virgen… Lo de menos eran las joyas, las luces… Lo importante era el amor, las saetas, los piropos: ¡todo! Estaba allí mirándola, y me puse a hacer oración… Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo: -”Padre cura, ésta no vale ná; ¡la nuestra es la que vale!”. De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gusten todos, también digo: éste, éste es el bueno»(15). Al día siguiente, jueves Santo, visitan un edificio situado en la calle de Canalejas. Allí está ya, para enseñárselo, Javier de Ayala. Al Padre le gusta. Aquello se convertirá, en breve plazo, en la Residencia “Guadaira” de Sevilla. Continúan el viaje sin pausas. Saludan al Obispo de Cádiz. Hoy les acompaña Vicente Rodríguez Casado. Por la tarde, maravillosa tarde de abril andaluz, con el aire inundado de jazmines, llegan a Algeciras. Desde las costas de Tarifa se ve la linea africana. El paisaje, deslumbrante de luz, es bellísimo. El Padre da paso a un pensamiento hondo que le desborda y hace un solo comentario: -No es posible que la Gracia de Dios no llegue hasta allí(16). Años más tarde, como respuesta a su deseo, Kenia, Nigeria y muchos otros países del viejo continente Africano acogen el espíritu de la Obra. Un número elevado de hijas e hijos suyos pregonan, con el color de su piel, el origen de su raza. En este itinerario andaluz pasan por Málaga y se detienen brevemente. Se acercan a Granada; hacia allá ruedan durante varias horas. La ciudad transpira primavera y deja entrever sus «carmenes» entre cipreses, palmeras y arrayanes. Sube el Padre, calle arriba. Sus hijos han buscado varias casas para montar la Residencia de estudiantes, pero les gusta especialmente el «Carmen de las maravillas». Se encuentra en el Albayzín, no lejos de las Facultades universitarias, aunque hay que jadear bastantes cuestas al regresar, ya que los accesos no son buenos. En el barrio pululan los niños, entre un rumor que canturrea o grita según la hora del día. Desde arriba se ve la blanca y mora ciudad envuelta por la Vega. Al otro lado, la sierra y el mágico silencio de La Alhambra. El Padre se siente atraído por el lugar y les anima. No deben preocuparles las distancias ni la escasez de medios materiales. El «Carmen de las maravillas» se convertirá en la nueva Residencia. Además, les augura que se llenará muy pronto y que de ahí saldrán vocaciones para el Opus Dei: esta frase, cuando se está comenzando en todas partes, parece un sueño lejano, irrealizable. Sin embargo, Dios es quien pone el incremento. Siguen viaje hasta Almería. El Domingo de Resurrección, el Fundador celebra la Misa de Pascua en la catedral junto al pequeño grupo que le acompaña. Sin apenas descanso, pasan por Murcia y continúan, carretera adelante, hacia Madrid. En julio de 1945, se instala “Molinoviejo” en el término de Ortigosa del Monte, provincia de Segovia. Es una casa de campo, rodeada de pinos que, muy aprovechada, puede albergar un buen grupo de personas. Unos parientes de don José María Hernández de Garnica la ceden en arrendamiento. El Padre vuelca de nuevo su interés y cariño en este lugar, que con los años se transformará en casa de retiros; un Centro en el que residirán, alternativamente, hombres o mujeres, jóvenes y adultos: todos los que buscan la paz y el silencio de unos días para un mejor encuentro con Dios; para una rectificación verdadera y eficaz de su vida cristiana. También se monta una escuela de promoción social para las campesinas de los alrededores. Molinoviejo, con su ermita, su crucero, que labran unos artesanos gallegos, las grandes vigas que apuntalan la techumbre y el recio suelo de roble, se convertirá en lugar de predilección y desarrollo para el Opus Dei. Con el tiempo, los álamos, el pinar, el cielo que asoma detrás de la montaña segoviana serán testigos de fidelidad, de esperanza, de caminos divinos abiertos a lo largo de la tierra. La Anunciación de María ocupa el retablo del oratorio, recogido, propicio a la oración. El silencio sólo está cortado por el agudo concierto del aire que mueve las agujas de los pinos. En la ermita, desde que comienza a utilizarse la finca en 1945, está entronizada una imagen de María con dos siglos de antigüedad. Se halla en mal estado, pero será restaurada en 1947. La Virgen es de madera policromada, sedente y con una gravedad dulce que proclama escuela castellana. Tiene el Niño descalzo en los brazos. Molinoviejo guarda secuencias inolvidables en la historia de la Obra. Una vez restaurada la ermita, se ha conservado un recuadro con las primitivas losas rojas que formaban el suelo. El 24 de septiembre de 1946 el Fundador indicará que, con el artesonado de madera retirado a causa del deterioro sufrido por el tiempo, se hagan pequeñas cruces para entregar a las primeras vocaciones de cada país. Es como abarcar la tierra con el único e irrompible eslabón de amor: la Cruz de Cristo. Y es también la perennidad del espíritu del Opus Dei transmitido del primero al último, del inmediato al antípoda. Cada rincón de la casa recogerá motivos entrañables. Sobre la viga que cruza el cuarto de estar, aquella frase de Virgilio: Deus nobis haec otia fecit: erit ille nobis semper Deus, que el Fundador de la Obra traducirá en un lenguaje familiar: «Dios nos ha dado este lugar de descanso; para nosotros El será siempre (…) nuestro Padre Dios»(17). Las Universidades del mundo, pintadas en la pared del comedor, como una llamada universal al esfuerzo, al trabajo y a la ciencia para Dios. Y los borricos mansamente dibujados en un muro exterior, tirando de una noria cotidiana, con la alegría de su fiel y nada ostentosa utilidad. Lugar de oración, de serenidad. De proyectos con anverso sobrenatural. Con noble reverso humano. Junto a la entrada, campea el repostero que confeccionarán las primeras mujeres de la Obra que llegan a la casa: un águila con las alas desplegadas, a medio camino entre las rocas y las nubes. Y un fragmento de San Juan de la Cruz, que explica el simbolismo: «esperé sólo este lance, y en esperar no fui falto,  pues fui tan alto, tan alto  que le di a la caza alcance… » (18). También se abrirá, en septiembre, la Residencia de estudiantes de Abando en Bilbao. Y, a la vez, Zurbarán, la primera Residencia Universitaria femenina, en Madrid. La Sección de mujeres de la Obra se ha hecho cargo de un edificio de dos plantas, situado en el número 26 de la calle de Zurbarán. Tiene posibilidades iniciales para veinticinco plazas. No obstante, la cabida del futuro Colegio Mayor es bastante elástica, en función de las necesidades y de la capacidad de reducir espacios ocupados por parte de las personas del Opus Dei. El Padre sigue muy de cerca la instalación de estos Centros, que sirven de base para el apostolado personal que cada miembro de la Obra realiza con sus compañeros y amigos. Junto a los proyectos materiales, que requieren un enorme esfuerzo, antepone siempre el espíritu, la norma de vida y de amor que debe presidir todo trabajo. Le importa la santidad, le interesa la alegría cerca de Dios. Jamás ha tenido ambición de brillar. Camina al paso que le marca Dios. Pero sólo para llevarle almas; sólo para elevar las nobles actividades de la tierra con la dimensión evangélica de Cristo. También a Zurbarán llegan algunos muebles de doña Dolores Albás para instalar el salón: sofá y sillones de madera oscura tapizados en rosa viejo; una vitrina con diversos objetos; un cuadro de la Abuela en su infancia. Y una lámpara de techo con buena iluminación. En la escalera de entrada, a la izquierda, se encuentra el despacho de dirección. Una mesa de escritorio, un tresillo y el tríptico pintado al óleo que había servido de retablo al oratorio de la casa de Jorge Manrique 19. Un gran armario con libros cubre todo un lateral. El oratorio está en la primera planta y llena su pared frontal con una pintura de la Inmaculada. Cerca de la puerta de acceso, una Cruz bajo cuyos brazos se acogen frases de los Hechos de los Apóstoles: Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus (19): Perseveraban todos en la doctrina de los Apóstoles, en la fracción del pan y en la oración. En el semisótano, el comedor y la zona de Administración. La fachada posterior comunica con un patio amplio y silencioso. Junto a las ventanas de la cocina crecen las ramas de una adelfa. La odisea económica de este Centro será de orden similar a la de cualquier comienzo, y está sembrada de múltiples anécdotas. El común denominador es la penuria del momento. Zurbarán vive prácticamente del crédito. Las facturas se acumulan y sólo gracias al trabajo profesional intenso, a la ayuda de algunas personas y a una confianza sin límites mantiene su funcionamiento. La tarea de formación humana y sobrenatural que aquí se lleva a cabo será importante: un elevado número de mujeres pide la admisión en la Obra y otras muchas reciben un fuerte impulso en su vida cristiana, en este Centro del Opus Dei. Pero lo principal no es la Residencia. El Opus Dei no es un espacio concreto al que acercarse: es la presencia diaria, en la calle, de cada uno de sus miembros. Si las primeras mujeres de la Obra viven en los Centros que acaban de estrenarse es por una necesidad inmediata de orden, de dirección y formación. Muy pronto habrá personas que han de permanecer en su ambiente familiar, en los niveles sociales más diversos. Una idéntica vocación anima a todas. Solamente cambian las circunstancias. Van adelante con la certeza sobrenatural de que la Obra es un imperativo de Jesucristo y no hay dificultad, incomprensión o freno que pueda detenerla en su camino.

Tel Aviv, Lunes 11 de mayo de 2009

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Benedicto XVI llegó a las 11,00 hora local (10,00 hora italiana) al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv (Israel) donde fue recibido por el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres y por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, además de las autoridades civiles y políticas y los Ordinarios de Tierra Santa.

El Papa agradeció la bienvenida al Estado de Israel, “una tierra -dijo- que para muchos millones de creyentes en todo el mundo es santa; (…) una tierra santificada por los pasos de los patriarcas y los profetas, una tierra que los cristianos veneran especialmente porque fue el lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. (…) Yo, como muchos otros antes, vengo a rezar en los santos lugares, a rezar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y en todo el mundo”.

Opus Dei -

La Santa Sede y el Estado de Israel “comparten muchos valores, sobre todo el de dar a la religión el lugar que le corresponde en la vida de la sociedad. La justa ordenación de las relaciones sociales presupone y requiere el respeto de la libertad y la dignidad de todo ser humano que cristianos, musulmanes y judíos creen que ha sido creado por un Dios amoroso y que está destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona se niega o margina, se tambalean las bases de la justa comprensión de los derechos humanos inalienables”.

“Trágicamente, el pueblo judío ha sufrido las terribles consecuencias de las ideologías que niegan la dignidad fundamental de la persona. Es justo y adecuado que, durante mi estancia en Israel, tenga la oportunidad de rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoah y de rezar para que la humanidad no vuelva a ser testigo de un crimen de magnitud semejante. Tristemente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es absolutamente inaceptable. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para combatir el antisemitismo en cualquier lugar y para promover el respeto y la estima por los miembros de todo pueblo, tribu, lengua y nación del mundo”.

“Durante mi estancia en Jerusalén -prosiguió el pontífice- tendré el placer de encontrar a muchos de sus líderes religiosos. Las tres religiones monoteístas comparten una veneración especial por esa ciudad santa. Espero fervientemente que todos los que peregrinan a los santos lugares accedan a ellos libremente y sin restricciones para tomar parte en las ceremonias religiosas y fomentar la digna conservación de los edificios de culto en los espacios sacros”.

Benedicto XVI recordó que aunque el nombre Jerusalén signifique ciudad de paz, “es evidente que durante décadas la paz ha escapado trágicamente de los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están fijos en los pueblos de esta región en su lucha por alcanzar una solución justa y duradera a los conflictos que han causado tantos sufrimientos. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños en un futuro más seguro y estable dependen del resultado de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos”.

“Unido a todas las personas de buena voluntad suplico a sus responsables que exploren todos los caminos posibles para resolver con justicia las dificultades pendientes de modo que ambos pueblos vivan en paz en su propia patria con fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. A este respecto, espero y rezo para que se cree pronto un clima de mayor confianza que haga posible que las partes progresen realmente en el camino de la paz y la estabilidad”.

El Santo Padre finalizó su discurso dirigiéndose a los católicos y recordó que presenciará en Nazaret la conclusión del Año de la Familia. “La familia -dijo- es la primera e indispensable maestra de paz y por lo tanto tiene un papel esencial para sanar las divisiones de la sociedad humana en todos los niveles”.

“Hablo ahora a las comunidades cristianas de Tierra Santa: mediante vuestro testimonio fiel de aquel que predicó el perdón y la reconciliación, con vuestro compromiso de defender el carácter sacro de toda vida humana, podéis dar una contribución particular al fin de las hostilidades que han afligido durante tanto tiempo esta tierra. Rezo para que vuestra presencia continua en Israel y en los Territorios Palestinos sea fructuosa para promover la paz y el respeto mutuo entre los pueblos que viven en las tierras de la Biblia”.

Finalizada la ceremonia el Papa se desplazó en helicóptero al helipuerto del Monte Scopus en Jerusalén, donde fue recibido por el alcalde Nir Barkat y desde allí se trasladó en automóvil a la delegación apostólica de Jerusalén para el almuerzo.

El Santo Padre realizará esta tarde una visita de cortesía al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, visitará el Memorial de “Yad Vashem” y se encontrará con los miembros de organizaciones para el diálogo interreligioso en el “Notre Dame of Jerusalem Centre”.

Dos santos unidos por el amor a la Virgen

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Declaraciones de mons. Javier Echevarría con ocasión del anuncio de las canonizaciones de los beatos Juan Diego y Josemaría Escrivá.

Opus Dei - En 1970 en México, el beato Josemaría comentó al ver este cuadro: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor...».
En 1970 en México, el beato Josemaría comentó al ver este cuadro: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…».

“Cuatro siglos separan en el tiempo a los beatos Juan Diego y Josemaría Escrivá, pero algo de ingente valor, el amor a la Virgen de Guadalupe, los une en el cielo y en el corazón de muchos mexicanos. Lo puso de relieve, el pasado 9 de enero, el cardenal Norberto Rivera, arzobispo de México, durante la concelebración eucarística con ocasión del centenario del nacimiento del beato Josemaría, que presidió precisamente en la basílica de Guadalupe. En su homilía, el cardenal Rivera afirmó que la decisión del Papa de canonizar al fundador del Opus Dei y a Juan Diego es motivo de gozo «para todo el mundo, pero especialmente para los mexicanos».

Recuerdo con emoción la visita de mons. Escrivá a México en 1970: su oración a la Virgen de Guadalupe, a la que se veneraba entonces en el antiguo templo; su gozo al comprobar la devoción de los mexicanos a la Madre de Dios; y su santa “envidia” al beato Juan Diego, privilegiado interlocutor de la Reina de las Américas. Un día, después de un rato de coloquio con algunos sacerdotes en el Estado de Jalisco, advirtió el cansancio fuerte del trabajo. Para reponerse, se retiró a una habitación en la que había un cuadro que representaba a la Virgen de Guadalupe en el acto de dar una rosa a Juan Diego. Al reparar en ese lienzo, el beato Josemaría comentó: «Así quisiera morir: mirando a la Santísima Virgen, y que Ella me dé una flor…». Como recordaba mi predecesor, mons. Alvaro del Portillo, la Virgen accedió a ese deseo: el 26 de junio de 1975, cuando nuestro Fundador llegaba al cuarto en el que solía trabajar, su corazón se detuvo; en ese despacho hay una imagen de Santa María de Guadalupe que recibió su última mirada de cariño.

El Papa ha querido unir de nuevo a estos dos beatos, canonizándolos en el año 2002. Yo quiero también interpretar esta venturosa coincidencia como un gesto que viene a recordar a todos los cristianos que la devoción a la Virgen no envejece, no pasa de moda, permanece siempre actual, por encima del espacio y el tiempo. Pienso que somos muchos los que acudimos a Ella con la petición que el beato Josemaría formuló desde México durante aquel viaje de 1970: “Que Nuestra Señora, Nuestra Madre de Guadalupe, obtenga la paz para todos los pueblos de América”.

Un don divino a los hombres

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Texto de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, que se encuentra en “Itinerarios de vida cristiana”, libro en el que se recogen algunas consideraciones del ser y del quehacer cristianos.

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Después de haber formado Él mismo a nuestros primeros padres, el Señor hizo partícipes de ese poder a Adán y Eva. El libro del Génesis lo explica con términos muy eficaces: “Dios los bendijo y les dijo: ‘Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla’”.

Juan Pablo II comenta: “Al misterio de su creación (a imagen de Dios lo creó), corresponde la perspectiva de la procreación (sed fecundos y multiplicados, y llenad la tierra), de aquel devenir en el mundo y en el tiempo, de aquel fieri que está necesariamente ligado a la situación metafísica de la creación: del ser contingente”. Conceder la facultad de la procreación supuso un gran acto de confianza por parte de la sabiduría divina; confianza expuesta a la fragilidad moral y a la malicia que a continuación ha exhibido el hombre a lo largo de la historia.

Adán era un ser inteligente y responsable, generoso, capaz de donarse sin reservas y, al mismo tiempo, expuesto a innumerables tentaciones. La peor de todas: esa secreta aspiración de rivalizar e incluso de suplantar a su Creador. ¿Cómo no pensar, al recordar ahora la tentación de la serpiente, en algunas recientes conquistas de la presunción de los hombres? Me refiero, concretamente, a la fabricación in vitro de embriones humanos, su congelación y almacenamiento, y a su previsible uso como material de experimentación. Pero de manera especial, pienso ahora en la locura de intentar clonar un ser humano.
Dios ha concebido al hombre un gran poder, pero ha deseado también que la generación participe de la misma lógica que puso en marcha la creación del cosmos y del hombre, es decir, el amor, la voluntad de perseguir el bien del otro, el deseo de entregar y hacer a otros partícipes del bien que se posee; en una palabra, el don de sí.

Como explica san Josemaría Escrivá de Balaguer, “el matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne (…). El Señor santifica y bendice el amor del marido hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla”.

El prelado del Opus Dei confía a las familias la evangelización de la sociedad bajo la protección de la Virgen

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Monseñor Javier Echevarría presidió la concelebración eucarística de la Jornada Mariana de la Familia desde el altar exterior situado en la explanada del Santuario de Torreciudad. Recogemos algunos fragmentos de la homilía.

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Queridísimas familias:

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí –en “la casa de la Virgen” y envueltos en el entrañable recuerdo de san Josemaría Escrivá de Balaguer– como testigos de la familia y de la vida.(…)

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también “sacramentum magnum” : signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que “en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer –relación recíproca y total, única e indivisible– responde al proyecto primitivo de Dios”.(…)

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de “proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia” , tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues “son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia”, y que a veces llegan a desvirtuar “la idea misma de la familia” . (…)

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Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: “la familia cristiana, esperanza del mundo”.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio. (…)

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas . Secundad la “luminaria de la fe y del Amor” , que nos habilita para dar testimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida –no tengáis miedo a la llegada de otros hijos-; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad… Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades –casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor– que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera “iglesia doméstica”: en cauce de santidad y apostolado.

Opus Dei -

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones:“A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios”. (…)

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una “descarada carga apostólica”, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.(…)

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, “comunidad de vida y de amor” , es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta –no deben ignorarlos– los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.(…)

Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar –muy unidos al Papa y todos los Pastores de la Iglesia– la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu vientre.


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