¿Qué es Harambee?

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“Nunca se borrarán las huellas –dice un antiguo proverbio del Congo- de las personas que caminaron juntas”

Opus Dei -

¿QUÉ ES HARAMBEE?

Es un proyecto internacional de ayuda, solidaridad y cooperación con África. Harambee presta ayuda económica a proyectos concretos del África Subsahariana, gestionados por africanos comprometidos con el desarrollo de sus respectivos países y promueve un nuevo modo de contemplar la realidad  africana.

Opus Dei -

¿QUÉ SIGNIFICA HARAMBEE?

“Todos juntos”. ¡Harambee! es la expresión que se usa en África cuando se necesita que todos ayuden a todos en una determinada tarea; por ejemplo, es el grito en swahili que dirigen los pescadores africanos a los que están en la playa, cuando se van acercando a la orilla, para que les ayuden a recoger las redes.

Es la expresión que se usa en África cuando se necesita que todos colaboren con todos.

¿Hay una familia en apuros? ¡Harambee!

¿Hay que construir una escuela o una casa? ¿Hay que allanar un camino? ¡Harambee!

Cada uno ofrece todo lo que puede: trabajo, dinero, esfuerzo, materiales…

Todos dan y todos reciben.

¿CUÁNDO NACIÓ HARAMBEE?

Opus Dei -

Harambee nació en Roma el 6 octubre de 2002 con ocasión de un acontecimiento internacional: la  canonización de Josemaría Escrivá por el Papa Juan Pablo II.

El proyecto Harambee desea ayudar a los africanos en la construcción de su propio futuro, mediante las iniciativas más variadas.

Para eso, se requiere ver África con una nueva mirada, libre de prejuicios, con un afán de cooperación  que lleve a trabajar todos juntos –¡Harambee!-  promoviendo un nuevo modo de contemplar la realidad  africana.

La mirada Harambee es una mirada constructiva, llena de esperanza.

Es una mirada realista y positiva, que atiende y sirve a los auténticos intereses africanos.

Es una mirada especialmente sensible a los grandes valores de África Subsahariana.

Cientos de personas colaboran con Harambee en los cinco continentes con actividades de comunicación y sensibilización cultural.

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¿QUÉ FINES TIENEN LOS PROYECTOS DE HARAMBEE?

Esos proyectos tienen fines muy variados. Se proponen:

- colaborar con iniciativas concretas en África de carácter cívico y de cooperación al desarrollo, en su acepción más amplia.

- impulsar proyectos de carácter educativo dirigidos a estudiantes africanos, porque se confía en la fuerza transformadora de la educación.

- cooperar con programas de carácter asistencial y sanitario, y con actividades  de protección a la infancia.

- promover iniciativas dirigidas a la promoción laboral, profesional, intelectual, social y humana de la mujer africana, para lograr que tenga igualdad de oportunidades.

- ayudar a proyectos que trabajen a favor de la integración de personas que están en riesgo de exclusión por diversas razones, como la guerra o las desigualdades económicas.

- promover la tolerancia y el diálogo entre las diversas culturas africanas, favoreciendo la paz, la comprensión social y el enriquecimiento cultural mutuo.

- organizar campañas de sensibilización sobre la realidad africana, para difundir los grandes valores africanos, como la solidaridad, el respeto a los mayores o el amor a la familia.

- mostrar perfiles de africanos que ofrezcan soluciones y respuestas válidas a los grandes problemas con los que se enfrentan.

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¿QUÉ ENTIDADES LLEVAN A CABO LOS PROYECTOS EN ÁFRICA?

Son entidades muy variadas, que ofrecen garantías de que las ayudas llegarán realmente a las personas necesitadas y a las iniciativas de desarrollo a las que se destinan.

Por ejemplo, en Madagascar se ayuda a un proyecto de la Diócesis de Ramanarivo; en Rwanda se colabora con la Diócesis de Cyangugu; en Sierra Leona, con la Family Homes Movement; en Kenia, con Strathmore University;  en Sudán, con la Casa Generalicia de las Religiosas Canosianas; etc.

¿QUIÉNES GESTIONAN LOS PROYECTOS?

Son los propios africanos los que asumen la responsabilidad de gestionar los proyectos.

Esto constituye una de las claves fundamentales de su eficacia.

¿CON QUÉ ENTIDADES AFRICANAS COLABORA HARAMBEE?

Opus Dei -

Con entidades muy diversas, gestionadas por personas que ofrezcan garantía plena de que las ayudas llegarán íntegramente a su destino.

¿CÓMO HACE LLEGAR HARAMBEE SUS AYUDAS A ÁFRICA?

Por medio del ICU, Istituto per la Cooperazione Universitaria de Roma, que trabaja desde hace cuarenta años en el ámbito de la solidaridad y ha impulsado numerosos proyectos de cooperación en  África.

¿CON CUÁNTOS PROYECTOS HA COLABORADO HARAMBEE?

Desde 2002 a 2007 ha colaborado con 24 proyectos realizados en catorce países: Burkina Faso, Camerún, Costa de Marfil, Guinea Bissau, Kenia, Madagascar, Mozambique, Nigeria, República Democrática del Congo, Rwanda, Sierra Leona, Sudáfrica, Sudán y Uganda.)

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¿QUÉ PROYECTOS HAY EN CURSO EN ÁFRICA SUBSAHARIANA?

En la actualidad hay cuatro proyectos en curso:

República Democrática del Congo: ayuda a 600 madres con niños pequeños y creación de tres clínicas rurales

Lugar: Kinsasha

Entidad promotora: Hospital Monkole

Duración: Tres años

Destinatarios: El proyecto se dirige a unas 600 madres con niños pequeños, provenientes de tres zonas rurales de Kinshasa. Se proporcionará asistencia médica a 600 madres y a un millar de niños, y se pondrán en marcha tres pequeñas clínicas rurales, dependientes del Hospital Monkole.

Coste: 100.00.00 euros

Madagascar: proyecto Asa, de Acogida a los sin techo

Lugar: Antananarivo

Entidad promotora: Association de Accuell des Sans abri, creada por Jacques Tronchon y el Comité Inter-Franciscano.

Duración: tres años.

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Proyecto: Consiste en un programa de cursos de formación artesanal para 75 cabezas de familia (70% mujeres y 30 % hombres), con una media de cinco hijos. Se les capacitará para que puedan poner en marcha unos negocios autónomos, y se les ayudará con microcréditos, y cursos de higiene, alfabetización y economía doméstica.

Coste: 119.604 euros

Kenia: proyecto de formación permanente a Maestros

Lugar: Kenia

Entidad promotora: Strathmore University

Opus Dei - Proyecto de Strathmore de formación en prisiones

Proyecto de Strathmore de formación en prisiones

Duración: tres años

Proyecto: El objetivo es ofrecer formación permanente a 4.500 maestros durante los próximos tres años, con planes de formación pedagógica, higiene y prevención de enfermedades como la malaria y el Sida.

Coste: 293.630.00 euros

Sudán

Lugar: El Obeid. Estado de Kordofán Norte. Sudán

Entidad promotora: Fundación “Canosianas de El Obeid”, Sudán

Duración: Tres años

Proyecto: se promocionará humana y profesionalmente a numerosas mujeres jóvenes, de 15 a 22 años, refugiadas del sur de Sudán, que han tenido que emigrar a causa de la guerra civil, y carecen de empleo y de medios de subsistencia.

Coste: 200.000 euros

¿QUÉ SON LOS PROYECTOS DE COMUNICACIÓN Y SENSIBILIZACIÓN CULTURAL?

Opus Dei -

Son proyectos que se realizan en diversas partes del mundo para dar a conocer la realidad africana, con el deseo de que se contemple este continente con una nueva mirada, más esperanzada y  libre de prejuicios y estereotipos.

Dar una información objetiva de los problemas africanos, con sus luces y sombras –no sólo sombras- es otro modo de cooperar con África. Un cambio generalizado de la percepción sobre África Subsahariana generará más confianza en los inversores; promoverá intercambios culturales enriquecedores para ambas partes; y abrirá el camino para nuevos acuerdos de cooperación.

Es un medio eficaz para generar más ayudas económicas y conseguir fondos para los distintos proyectos de desarrollo humano, cultural, social, económico y espiritual.

¿QUÉ TIPO DE PROYECTOS SON?

Son iniciativas de carácter muy variado: cultural, educativo, artístico, deportivo, etc.

Campañas de sensibilización, de promoción educativa y de difusión de la cultura africana.

Encuentros universitarios para analizar perspectivas de futuro de  diversos países africanos.

Artículos, reportajes, libros y ensayos sobre la realidad del África Subsahariana.

Iniciativas para recaudar fondos para los diversos proyectos que se llevan a cabo.

Certámenes literarios, concursos de carácter cultural y  artístico (fotográfico, pictórico, etc.)

Entre las diversas actividades del último trimestre de 2007 en España se pueden destacar estos eventos, que son de carácter y finalidad muy variada: III Edición del concurso Escolar Harambee “Comunicar África” (octubre); Presentación de Harambee en Valencia (octubre); Convocatoria del Premio Internacional Audiovisual Harambee (noviembre); Exposición de pintura de artistas solidarios, en Madrid (noviembre);  concierto solidario de Navidad, en Valladolid (diciembre).

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¿QUÉ ENTIDADES PROMUEVEN ESTOS PROYECTOS DE COMUNICACIÓN?

Son entidades muy diversas, públicas y privadas; instituciones docentes y educativas de todo tipo; asociaciones; entidades sin ánimo de lucro; clubs deportivos, etc.

¿QUIENES GESTIONAN ESTOS PROYECTOS?

Los responsables de cada entidad, en sintonía con los  objetivos propios de Harambee. Harambee colabora con numerosos proyectos en África. En unos casos colabora con proyectos que ya están en marcha y presta su ayuda a  iniciativas de otras entidades.En otros casos, Harambee se pone en contacto primero con las entidades locales africanas que conocen las necesidades concretas de sus comunidades.

¿QUÉ ESTRUCTURA ADMINISTRATIVA TIENE EN ESPAÑA?

Opus Dei - Juan Luis Rodríguez-Fraile

Juan Luis Rodríguez-Fraile

La mínima e indispensable para llevar a cabo su misión.
La directiva y los voluntarios no perciben retribución económica.
La totalidad del importe de sus ayudas se destina a los proyectos concretos en África

Directivos

Presidente

Juan Luis Rodríguez-Fraile
Padre de Familia. Cinco hijos.
Abogado. PDD IESE. Asesor de Corporate Finance

“Harambee es una respuesta realista y esperanzada ante los problemas de África”


Opus Dei - Margarita Valenzuela de Guzmán

Margarita Valenzuela de Guzmán

Secretaria General

Margarita Valenzuela de Guzmán
Madre de Familia. Seis hijos.
Geografía e Historia. Máster de Matrimonio y Familia de la UNAV

“Hay empeños para los que siempre hay que estar disponible”

Vocales

Milagros Ariza Soler.
Rosalinda Corbi
Ana Mª González Ramírez.
Manuel García Bernal.
Antonio Hernández.
Juan Jiménez de la Peña.

Asociados

Opus Dei - Presentación de Harambee España

Presentación de Harambee España

Los Asociados de Harambee son personas que colaboran activamente y de forma regular –con la dedicación generosa de su tiempo y con un esfuerzo totalmente desinteresado- al desarrollo de la Asociación.

Colaboradores

En la  actualidad hay cientos de personas que colaboran en España con el Proyecto Harambee.
Las formas de colaboración son muy variadas, lo mismo que la duración de cada actividad.
Pueden concretarse en:

La organización de congresos, conferencias, seminarios y ciclos de carácter científico que favorezcan el conocimiento objetivo de la cultura africana actual.

La creación de premios y de iniciativas que ayuden a la promoción de la mujer africana y contribuyan a su igualdad de oportunidades.

La difusión de los grandes retos y problemas con los que se enfrentan los países africanos en diversos ámbitos, como  la medicina o la educación, en hospitales, universidades o centros similares de nuestro país, mediante proyectos de investigación, artículos, etc.

La recaudación de fondos mediante sorteos, concursos, rastrillos benéficos, etc.

La promoción y colaboración en proyectos de sensibilización en el ámbito escolar.

La participación en eventos de carácter cultural o deportivo (un certamen literario, un concurso de pintura o de fotografía, un campeonato, un cross, etc.) que contribuyan a difundir una nueva visión de la realidad africana.

Opus Dei -

La colaboración con el mantenimiento y actualización de esta página web (realizando traducciones, entrevistas y artículos, enviando noticias, etc.).

Harambee es un proyecto internacional de ayuda, solidaridad y cooperación  con África, con sede en Roma.

Algunos países como Francia, Estados Unidos o  España cuentan con su propia organización nacional.

La mayoría de los proyectos de Harambee tienen carácter autónomo y no requieren estructuras administrativas.

Por esa razón, la estructura administrativa de Harambee (España) es la mínima e indispensable. No necesita de una compleja estructura de gestión, con los gastos económicos que  eso comporta.

Nadie en Harambee (España) -ni  la directiva, ni los asociados, ni los colaboradores- percibe retribución económica alguna por su colaboración o dedicación de tiempo.

El total del importe de las ayudas recibidas se destina a los proyectos concretos en África.

La Ong italiana  ICU – Istituto per la Cooperazione Universitaria- se ocupa de hacer llegar a sus destinatarios las ayudas económicas de Harambee España y realiza el seguimiento de los proyectos.

La “Asociación Harambee” se constituyó en Madrid, el 9 de mayo de 2007.

Forma parte del Proyecto internacional Harambee que promueve iniciativas en África y sobre África en el área subsahariana, impulsando y colaborando en proyectos educativos, asistenciales y de desarrollo.

Realiza también una labor de sesibilización en el resto del mundo dando a conocer los valores y la realidad africana.

Descargate aquí los estatutos

¿CÓMO PUEDO COLABORAR CON HARAMBEE?

Harambee es un gran proyecto de ayuda a África,
con el que usted puede colaborar de muy diversos modos:

Con estas iniciativas de carácter cultural, periodístico, deportivo, etc., se ayuda a cambiar la percepción, frecuentemente negativa, de la realidad africana.

Puede colaborar económicamente con un donativo para los proyectos de Harambee en África.

> Transferencias bancarias

Puede realizar una transferencia bancaria, a nombre de Harambee, a la cuenta

CIC. 2100-3059-96-2200830890

> Enviar un cheque

Proyectos Harambee España 2007
c/ Vitruvio, 3
Teléfono 91 563 47 82
28006 MADRID

Certificados de las donaciones: Fundación Casatejada

¿DESEAS COLABORAR PERIÓDICAMENTE?

Mandar la información:

- por email a info@harambee.es
- por correo postal a c/ Vitruvio, 3, 28006. Madrid
- o en el teléfono 91 563 47 82

Se puede colaborar con iniciativas de carácter cultural, periodístico, deportivo, etc., que den a conocer la realidad del África Subsahariana; y  se puede colaborar económicamente con un donativo para los proyectos de Harambee en África.

Certificados de las donaciones: Fundación Casatejada

Los sombra de Isaac Peral es alargada

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Un grupo de jóvenes cartageneros crea un prototipo de sumergible capaz de coger objetos gracias al uso de una cámara y un brazo mecánico

Opus Dei -

En vida, muchos le negaron el reconocimiento y hasta trataron de hundirlo, pero la magnitud de su pericia y su afán de innovar le hicieron salir a flote. Y, como su submarino, alcanzó la inmortalidad. Así que, seguramente, el ingeniero cartagenero Isaac Peral (18511895), inventor del primer submarino torpedero, animaría hoy a seguir su senda al grupo de chavales del Club Juvenil Estay que han logrado un prototipo de sumergible capaz de realizar diversas acciones bajo el agua.

Supervisados por el profesor de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) Manuel Estrems, un ingeniero industrial formado en esa institución, dos alumnos de 18 años de 2º de Bachillerato y uno de 15 de 4º ESO han diseñado y construido un ingenio que incorpora un brazo mecánico de aire comprimido, una cámara y seis motores eléctricos: cuatro motores son para subir y bajar y dos para la dirección.

«Nuestra idea es dar movilidad a la cámara para facilitar el control remoto y conseguir que el sumergible sea capaz de realizar acciones como coger rocas o medusas. En su día, si este prototipo fuera desarrollado por ingenieros a nivel profesional, podría ser de utilidad para proyectos medioambientales o industriales», explicó ayer el coordinador Álvaro Albaladejo, el joven ingeniero industrial.

Función medioambiental

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Tras varios meses de trabajo en la sede del Club Juvenil Estay -un proyecto educativo de la institución católica Opus Dei-, los componentes del grupo se preparan para presentar su proyecto en el XXI Congreso Jóvenes Investigadores de España, que se celebrará del 29 de septiembre al 3 de octubre en Málaga.

Competirán con otros 39 chicos españoles de 15 a 20 años y serán los únicos representantes de la Región de Murcia en un certamen organizado por el Ministerio de Educación y Ciencia, con la colaboración del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Politécnica de Madrid.

También quieren presentar un prototipo mejorado en Estados Unidos en junio del 2009.

De momento, el grupo ya ha probado de forma «satisfactoria» el prototipo (un tetraedro de 50 centímetros de largo, 35 de ancho y de 30 de altura) en piscinas a una profundidad de cinco metros. En el mar, ensayaron en el Puerto de Cartagena, pero «falló la flotabilidad».

Lejos de arredrarse, los discípulos aventajados de Peral quieren mantienen su empeño de «bajar hasta los veinte metros de profundidad, mejorando la estanqueidad y la flotabilidad».

Claro, que también deberán superar cinco pruebas de habilidad, como bajar a una determinada profundidad y meter un hilo al asa de un tapón para sacarlo a la superficie.

Madrid, 1929-1930

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!… Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía… No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!… Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, “plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo” (Rom. IV, 21).

Abriendo brecha

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere…

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir… Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado “los años locos”- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos…

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas “refuerzos” sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen “por una intención que le interesa mucho”. A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio… Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido…

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse… Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese “algo” nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

En busca de las primeras vocaciones

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios… Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos…

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes…

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones… Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva “locura” divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más “de Dios”.

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro…

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un “algo” que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor…

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos… Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural…

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería “El Sotanillo”, situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en “El Sotanillo” con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!… te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior…

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más…

La ayuda de los pobres y los enfermos

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo…

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.

A esas pobres gentes, aisladas en su miseria física y moral, don Josemaría las conoce bien, pues las ha visitado en los tugurios de Madrid y en los barrios periféricos. Sin embargo, al escuchar a aquel estudiante de Medicina, piensa en los jóvenes que le rodean. Llevarles a los hospitales, ¿no será una forma espléndida de hacerles pensar en los demás y acercarles a Cristo, de formarles, en suma, haciéndoles adquirir visión sobrenatural, esa tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen?.

Sí, los enfermos, como los pobres, les enseñarán a rezar, a sacrificarse, a darse a Dios y al prójimo. Porque la relativa y pobre felicidad del egoísta que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón… no es difícil conseguirla en este mundo. Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma.

El Padre y los estudiantes visitarán, primero, el Hospital General, próximo a la Estación de Atocha y a la iglesia de Santa Isabel. Una congregación, que se ocupa de los enfermos y que tiene mucho que hacer en un ambiente en el que los sentimientos anticristianos están exacerbados, ha dado su conformidad. A partir de ese momento, todos los domingos, a primeras horas de la tarde, los jóvenes de don Josemaría recorren las salas del hospital, charlan con los enfermos, procuran animarles, les llevan unas golosinas, realizan tareas que no se llevan a cabo por escasez de personal: los lavan, les cortan las uñas, vacían sus orinales…

Un día, el Padre encarga a un joven ingeniero, Luis Gordon, que limpie uno de esos vasos de noche, y observa que sale con un gesto de repugnancia. Le sigue hasta los lavabos, para sustituirle en tan ingrata tarea, pero cuando llega, ve que Luis ha vaciado ya el orinal y lo está limpiando con sus propias manos, mientras murmura algo…

Don Josemaría, que ha oído lo que dice, evocará más tarde, en Camino, la conmovedora escena:

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella “sutileza” del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?.

El Padre, por su parte, procura además ayudar a los enfermos en un plano más espiritual. En todo hombre ve siempre un alma que hay que salvar. Algunos le rechazan al principio bruscamente, pero otros que se sienten abandonados por todos, se conmueven al ver que un sacerdote se interesa por ellos. Recobran la esperanza, aprenden a convertir sus sufrimientos en oración y vuelven a encontrar el camino de la fe. ¡Y qué lecciones le dan a veces esos desheredados!

Por ejemplo, aquel gitano, herido en una riña, al que ya han desahuciado. Don Josemaría ruega que le dejen solo con el moribundo y, con delicadeza, le pone al corriente de la gravedad de su estado. El gitano, conmovido, pide confesarse. Don Josemaría le oye en confesión, le absuelve, y le ofrece el crucifijo que siempre lleva consigo para que lo bese. El gitano aparta el rostro y solloza:

-¡Con esta boca mía podrida no puedo besar al Señor!

-Pero, ¡si le vas a dar un abrazo y un beso muy fuerte enseguida, en el cielo!

Y el Padre, emocionado, piensa: Señor, ¿qué diré yo, yo mismo? Con esta boca podrida, ¿cómo te voy a besar?…

Roturando con esfuerzo

De regreso, los jóvenes cambian impresiones con el Padre. Este procura aprovechar su estado de ánimo para ayudarles a dar a su vida mayor hondura: generosidad en las cosas grandes y, sobre todo, en los deberes ordinarios y en las pequeñas renuncias. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!

El Padre no les habla de vocación, pero les abre nuevas perspectivas: trabajar por y para Dios, extender el reino de Cristo, y, para esto, dejarse “clavar” en la Cruz, santificando el trabajo ordinario, haciéndolo con la mayor perfección posible y convirtiéndolo en ofrenda, en holocausto…

Muchos de esos muchachos cambian profundamente, casi sin darse cuenta. Empiezan a asistir a la Santa Misa a diario, a veces a la que don Josemaría celebra -con una concentración que produce escalofríos en la capilla del Patronato de Enfermos, en la calle de Santa Engracia. Llevan con ellos a sus amigos, que pronto se sienten atraídos por la simpatía de este joven sacerdote, cuya forma directa de hablar les impresiona. El inmenso panorama que les desvela -capaz de iluminar toda una vida y de transformar al mundo- les entusiasma…

Algunos, sin embargo, se alejan cuando descubren en sus palabras una invitación personal a dejarlo todo y seguir a Cristo, pero sin abandonar el mundo. ¡Cuántos “jóvenes ricos”, como el del Evangelio, cuya mirada hace pensar en una generosidad sin límites y que se marchan tristes a la hora de la verdad!

Las almas se le escapan entre los dedos como anguilas en el agua.

Algunos de esos jóvenes tienen el valor de confesar que no se sienten con fuerzas, pero otros se despiden a la francesa…

A pesar de todo, lo que Dios quiere tiene que realizarse. Bastaría con que perseverara uno de ellos para empezar…

El Padre no se encuentra solo. En el mes de septiembre de 1929, se traslada, con su madre y sus hermanos, a la pequeña vivienda de que dispone el capellán del Patronato de Enfermos. Tampoco le faltan amigos. Tiene, sobre todo, el gran Amigo, la conversación con el gran Amigo que nunca traiciona, Cristo… Y siempre, en lo más hondo de su corazón, una llama que no se extingue y que le impulsa a seguir abriendo camino, sin cansancio. Lo que Dios quiere se realizará, porque es su Voluntad. ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero.

A1 principio, ni siquiera había pensado en dar un nombre a “aquello”. A quienes se le acercaban, les hablaba de “la labor” (con todo lo que esta palabra de origen latino implica de esfuerzo y tenacidad), o, simplemente de la Obra (también en el sentido de trabajo, de tarea apostólica). Hasta que un día, a comienzos de 1930, su confesor, el P. Sánchez Ruiz, le preguntó como de pasada:

-¿Y cómo va esa obra de Dios?

Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la “Obra de Dios”, en latín Opus Dei, término que evoca también la idea de trabajo: Opus Dei, operatio Dei: ¡Obra de Dios, trabajo de Dios! Un trabajo profesional, un trabajo ordinario, realizado sin abandonar las tareas del mundo, las ambiciones nobles. Un trabajo transformado en oración, en alabanza del Señor, por todos los caminos de la tierra… Opus Dei: ¿qué nombre más apto para designar lo que Dios le había encomendado realizar?

Apostolado entre los sacerdotes

Don Josemaría consagra también parte de su tiempo y de sus energías a animar y a aconsejar en su vida espiritual a algunos sacerdotes, a menudo mayores que él, los cuales confían en su capacidad para dirigirlos, pues saben que es un hombre de Dios.

Desde los tiempos del seminario, le preocupa la santidad de los sacerdotes. Sabe que, ahora, puede proponer a algunos la vocación que él mismo ha recibido el 2 de octubre de 1928: una llamada a santificarse en las actividades ordinarias, para ellos, las de su ministerio sacerdotal, al que habrán de consagrarse totalmente y con una generosidad mayor, lo cual redundará en favor de las almas.

Esos sacerdotes podrán, además, atender espiritual y sacramentalmente a los primeros laicos que pidan la admisión en la Obra: hombres que se comprometerán a poner su vida al servicio de Dios, sin renunciar en absoluto a su condición y mentalidad seculares, y que se esforzarán por vivir las virtudes y los valores evangélicos en todos los ambientes.

En realidad, los sacerdotes estaban también allí, el 2 de octubre de 1928, cuando había visto la Obra en su totalidad, en aquella habitación de la residencia de los Paúles. No sabía aún cómo, es decir, en virtud de qué modalidad jurídica podrían estar, pero de hecho, estar ¡estaban ya!

La tarea es todavía más difícil que con los laicos. Porque cuando se les habla de vida interior, de santidad, los sacerdotes pueden sacar la impresión de que no tienen nada que aprender sobre el tema, ya que ellos son especialistas… Además, ¿qué puede enseñarles ese joven colega?…

Así piensan algunos, que no ven sino una “Obra buena” más en lo que don Josemaría les propone. Eso, sin tener en cuenta a quienes empiezan a pensar -a decir- que don Josemaría está loco…

A pesar de todo, unos cuantos le escuchan con verdadero interés cuando les explica esta nueva labor apostólica, que él describe como un mar sin orillas, poniendo un entusiasmo y una precisión en los detalles que les conmueven y dan a quienes le escuchan la impresión de que aquello se realizará. Unos pocos se deciden a seguirle y empiezan a ayudarle en su trabajo de formación, como don José María Somoano, a quien el Obispo de Madrid ha confiado diversos cargos, entre ellos el de capellán de Porta Coeli, un asilo-reformatorio para golfos; es, sin duda, uno de los que mejor le comprenden y el que más se interesa por su tarea apostólica, que empieza a cristalizar.

Nacimiento de la Sección de mujeres del Opus Dei

Laicos de toda condición y, junto a ellos, unos cuantos sacerdotes que garanticen su asistencia espiritual: la Obra empieza a dibujarse con arreglo al esquema inicial. Pero, ¿será oportuno incluir a las mujeres entre esa variedad de seglares?… En absoluto, piensa don Josemaría. Jamás…

Humanamente, podría haber sido imaginable, pero las mujeres no estaban en lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei, escribe en el mes de febrero de 1930, después de haber recibido documentación concerniente a una institución compuesta por hombres y mujeres.

Unos días más tarde, el 14 de febrero, se dirige a la calle de Alcalá Galiano, donde vive la anciana marquesa de Onteiro, madre de la Fundadora de las Damas Apostólicas, para celebrar en su casa la Santa Misa. En un pequeño oratorio del primer piso, muy cerca del Paseo de la Castellana, nada más recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con la devoción acostumbrada y todo el fervor de que es capaz, siente que el Señor “se introduce” de nuevo en su vida para pedirle algo, otra cosa, pero que está en la misma línea que lo que ha visto el 2 de octubre de 1928: que extienda también a las mujeres la llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo…

No puede haber nada más opuesto a lo que él había pensado y escrito… Una prueba más de que la Obra no es suya, sino verdaderamente “de Dios”.

Su confesor se lo confirma inmediatamente: “Esto es tan de Dios como lo demás”, le dice el P. Sánchez Ruiz.

¡Qué claro está que es el Señor quien lo está haciendo todo! Es capaz de escribir con la pata de una mesa…

Por entonces, anota en una hoja de papel, la siguiente reflexión:

Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capitulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928-14 de febrero de 1930.

Madrid, 1932, 1933

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Mil novecientos treinta y dos trae, para don Josemaría, un largo cortejo de alegrías y de penas, entre las cuales el Opus Dei experimentará un lento crecimiento, mientras, alrededor, se perfilan los prolegómenos de una crisis capaz de degenerar en guerra civil.

Continúa la labor apostólica en todos los frentes. Todos los lunes, hay una reunión para sacerdotes. El Fundador trata de hacerles comprender, en cada una de sus facetas, el espíritu de este nuevo camino que conduce a vivir la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo.

Algunos de los sacerdotes que asisten son jóvenes y emprendedores, como don José María Somoano o don Lino Vea-Murguía, que van a visitar a los enfermos y a enseñar el catecismo a los suburbios, como él, todos los domingos. Otros son ya maduros, pero también podrían ayudarle, mediante la dirección espiritual, para que la Obra fuera creciendo al ritmo querido por Dios.

Estos sacerdotes empiezan a comprender más o menos profundamente, más o menos de prisa, la nueva espiritualidad que les expone el Padre. Don José María Somoano mejor que los demás, hasta el punto de comprometer su vida entera en la empresa, sin dejar de depender de su Ordinario para todo su ministerio sacerdotal como único superior.

La vocación de una enferma incurable

Sus horas de confesionario en la iglesia de Santa Isabel siguen permitiéndole ampliar y consolidar los cimientos de lo que podría ser la Sección de mujeres del Opus Dei.

La Providencia ha querido que una de las primeras piedras sea una pobre enferma que ya no abandonará su lecho en el hospital: María Ignacia García Escobar, la tuberculosa del Hospital del Rey, que sigue pidiendo por la Obra sin saberlo. Don Josemaría sabe que no tiene curación, pero, a pesar de todo, decide revelarle este camino real de santificación en medio del mundo al que ha consagrado su vida desde aquel 2 de octubre de 1928. A pesar de su dolencia, María Ignacia resuelve enseguida ofrecer el tiempo que le quede de vida por este gran ideal.

Dos días más tarde, escribe en su diario: “Este 9 de abril de 1932 no podrá borrarse nunca de mi memoria. De nuevo Tú me eliges, buen Jesús, para seguir tus huellas divinas… Desde este momento, te prometo ser, con tu ayuda, generosa en el lugar donde me has colocado, puesto que toda la gloria debe volver a Ti”.

Las jóvenes que el Fundador de la Obra ha ido llevando por caminos de vida interior se turnan para acompañar a María Ignacia y aprenden de ella una magnífica lección de abandono a la Voluntad divina.

Una muerte dramática

A pesar de las dificultades exteriores y de la lentitud con que se desarrolla esta Obra querida por Dios, el Padre no se inquieta; prosigue rezando y actuando.

Con todo, la noticia que le dan el 17 de julio, por la mañana, le asesta un golpe en el corazón.

Cuatro días antes, don José María Somoano había caído gravemente enfermo. El Padre había pasado largos ratos junto a él, rezando intensamente por su curación. Se rumoreaba en las salas del hospital que lo habían envenenado, rumor que no tenía nada de absurdo en unos tiempos de furioso anticlericalismo. ¿Será cierto?, piensa don Josemaría cuando le dicen que acaba de fallecer.

Aunque estaba convencido de que no le hacía falta, el Padre rezó mucho por él y haría rezar a sus hijos durante muchos años.

Una vez más, es preciso aceptar sin comprender, sufrir sin perder la esperanza, pues un cristiano tiene que esperar, por mucho que el horizonte se cierre y se oscurezca… Hace muchos años que ha aprendido a ir subiendo por las gradas de la aceptación: Resignarse con la Voluntad de Dios: conformarse con la Voluntad de Dios: querer la Voluntad de Dios: amar la Voluntad de Dios.

Todas las circunstancias se prestan a hacer apostolado

Mientras tanto, en Madrid se precipitan los acontecimientos. Hace poco más de un año que se proclamó la República y, tras la quema de conventos y de iglesias, se han sucedido los disturbios.

El 10 de agosto de 1932, en Sevilla, el General Sanjurjo intenta dar un golpe de Estado, que fracasa. Algunos estudiantes que se han lanzado a la calle, en Madrid, son detenidos y conducidos a la cárcel Modelo, para ser juzgados. Entre ellos, hay algunos a quienes don Josemaría dirige espiritualmente. En cuanto se entera, acude a la prisión, vestido con sotana, y consigue hablar con ellos, animándoles a que no permanezcan inactivos y no pierdan la alegría y la esperanza cristianas. Les habla también de oración y les recuerda que son hijos de Dios… Con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre.

Don Josemaría les aconseja que recen a menudo el Padrenuestro, meditando sobre todo las dos primeras palabras: “Padre-nuestro…”. Les recomienda, además, que invoquen con frecuencia a la Santísima Virgen, repitiendo las oraciones que aprendieron de pequeños o rezando el Rosario; que se confiesen y comulguen siempre que puedan y que procuren mantener un ambiente de camaradería y buen humor entre ellos y con los demás prisioneros. Lo necesitan, porque han pedido para ellos nada menos que la pena de muerte…

Tras la reja del locutorio, aquellos jóvenes agradecen al Padre las visitas, porque saben que sus palabras de aliento no son un mero formulismo, sino que le salen del corazón, pues quiere comunicarles el único consuelo que pueden tener en tan difíciles circunstancias.

De aquellos meses de cautividad, van a obtener no sólo una ocasión de progresar interiormente, sino también una lección de caridad y de comprensión mutua, intimando con un grupo de anarco-sindicalistas que están también en la cárcel. Al cabo de unas semanas, católicos y anarquistas, que en la calle andaban a golpes, juegan juntos al fútbol en el patio de la prisión…

Don Josemaría, a quien aquellos jóvenes habían mostrado sus recelos en este sentido, les había animado a confraternizar con ellos, sugiriéndoles que no jueguen en un solo equipo, sino en los dos equipos adversos, para evitar así que se reproduzcan las divisiones políticas en el deporte. Les dice, también, que se les brinda una ocasión de dar a conocer la doctrina cristiana a quienes, sin culpa suya necesariamente, tal vez la ignoren por completo. Incluso les lleva un catecismo, para ayudarles a practicar este nuevo género de apostolado…

Una nueva prueba

En octubre de 1932, a los cuatro años de la fundación de la Obra, don Josemaría pasa otra vez unos días de silencio y recogimiento en un convento de carmelitas situado en las afueras de Segovia. El perfil medieval de la ciudad se destaca en el cielo, alargándose tras la proa rocosa donde se yergue el Alcázar.

En una capilla de la iglesia conventual reposan los restos de San Juan de la Cruz. Allí, recogido en oración, el Fundador del Opus Dei pone las diversas tareas apostólicas de la Obra bajo la protección de los arcÁngeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael y de los apóstoles Pedro, Pablo y Juan.

Poco después, Luis Gordon cae enfermo también. Avisan a don Josemaría de que ha empeorado y, al cabo de unos días -el 5 de noviembre, de madrugada-, entrega su alma a Dios. El Padre. que ha ido a rezar inmediatamente ante el lecho de muerte, celebra además la Santa Misa en el oratorio privado de casa de sus padres. Una vez más, la voluntad divina resulta incomprensible para el entendimiento humano. Luis era un hombre joven, pero ya prestigiado. Su fidelidad y su finura de espíritu hubiesen sido valiosísimos para la Obra. No obstante, Dios había decidido otra cosa. Una vez más era preciso aceptar sin comprender… La Obra tendría que desarrollarse sin ningún medio ni sostén material.

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con una sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo. -Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie. Bien merecido tienes ese desamparo. -Sé humilde, no te busques a ti, ni busques tu comodidad: ama la Cruz -soportarla es poco- y el Señor oirá tu oración. -Y se encalmarán tus sentidos. -Y tu corazón volverá a cerrarse. -Y tendrás paz.

Un libro de oración y de acción

Estas palabras las ha redactado el Padre pensando en él y en todos los que, a lo largo de los siglos, se aproximarán a la Obra.

Para estimular más en su lucha interior a quienes ya han comenzado a acercarse, empieza a poner por escrito algunos aspectos de su predicación y de su labor de dirección espiritual: palabras de ánimo, experiencias íntimas de su continuo diálogo con el Señor, fragmentos de cartas, consejos… No es todavía un libro, pero podría llegar a serlo.

En diciembre de ese mismo año -1932- hace que se tiren unas cuantas copias a ciclostil, agrupadas con el título general de Consideraciones Espirituales: Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre… Cosas que removerán los recuerdos de aquellos a quienes aconseja y dirige, porque estas confidencias las escucha Dios.

Los puntos son breves, muy prácticos. Inspirados en la Escritura, lo mismo que su predicación, e impregnados de amor a la Iglesia y de ansias de llevar el fuego de Cristo hasta los confines de la tierra, tratan de remover al lector para que haga propósitos concretos que mejoren su vida cristiana. Poco a poco, irá completándolos con otros, extraídos de su vida interior y de sus experiencias inmediatas en el trato con las almas. Todos juntos constituirán un programa de vida interior y de lucha ascética: carácter, obediencia, oración, pureza de corazón y de alma, virtudes teologales… Y una serie de devociones básicas: Santa Misa, trato con la Virgen, presencia de Dios… A ello se añade la evocación del camino de la infancia espiritual -ese atajo de las almas enamoradas de Dios- y del sentido de filiación divina, cuya riqueza conoce bien el Fundador del Opus Dei, en especial desde lo que le ocurrió en un tranvía, en el verano de 1931, a su regreso de la estación de Atocha.

Y empapándolo todo, como un motivo constante en ese tapiz divino que anima a tejer a cada uno, con la gracia de Dios, sobre la trama de su vida, el tema central de su predicación y de sus conversaciones desde el 2 de octubre de 1928: la invitación a santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo y santificar a los demás con el trabajo, cumpliendo lo más perfectamente posible las obligaciones propias de la vida ordinaria.

¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.

Con esta perspectiva, las ocupaciones más corrientes adquieren una tercera dimensión, la sobrenatural, y con ella, el relieve, el peso y el volumen.

¿La Cruz sobre tu pecho?… Bien. -Pero… la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. -Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: solamente así serás Apóstol.

A aquellos estudiantes llenos de generosidad que le rodean les propone, sin ambages, el ideal más exigente: el martirio, pero un martirio… al alcance de la mano, en las circunstancias más corrientes de la vida ordinaria: ¿Brillar como una estrella… ansia de altura y de lumbre encendida en el cielo? Mejor.- quemar, como una antorcha, escondido, pegando tu fuego a todo lo que tocas. -Este es tu apostolado: para eso estás en la tierra.

Así era, por lo demás, la vida de los primeros cristianos, que no se distinguían “de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres”, como explicaba un escrito del siglo II, la Carta a Diogneto: “Ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás (…). Habitando en ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente (…). Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”.

Lo mismo podría decirse de los miembros del Opus Dei. También ellos han oído la llamada de Jesús a los primeros discípulos. Sembrar. -Salió el sembrador… Siembra a voleo, alma de apóstol. -El viento de la gracia arrastrará tu semilla, si el surco donde cayó no es digno… Siembra y está cierto de que la simiente arraigará y dará su fruto.

El lector de Consideraciones Espirituales se siente animado así no sólo a soñar con un ideal muy alto, sino también a enfrentarse con una voluntad precisa de Dios a la que puede responder comprometiendo su vida, entregándose por entero sin salirse de su sitio, sin ceder a la tentación de huir, de evadirse.

El libro no va dirigido solamente a los miembros del Opus Dei o a los que han de venir, sino que su difusión ha de contribuir, también, a multiplicar los ecos de la predicación del Padre y, en consecuencia, a remover los corazones para que en ellos pueda madurar, si Dios así lo quiere, la vocación a la Obra (o a otros caminos de santidad, en su caso).

Con los ojos del alma

Los retrocesos de algunos, los fallos de algunos otros, la súbita desaparición de Luis Gordon y la del presbítero Somoano no desalientan al Fundador. Sabe que otros vendrán y que, sobre su fidelidad, se edificará la Obra de Dios por los siglos, mientras haya hombres en la tierra.

Estimuladas sin saberlo por la oración de los pobres y enfermos que visita el Padre, otras personas recibirán la vocación al Opus Dei, una a una, con solidez y convencimiento.

Hacía tiempo que don Josemaría venía viendo a un joven de veintitrés o veinticuatro años que asistía regularmente a la misa que celebraba en el Patronato de Enfermos. Su porte y su piedad le habían hecho pensar que tal vez fuera capaz de comprender lo que se traía entre manos. Había sabido que se llamaba José María González Barredo y que, concluida su licenciatura en Ciencias Químicas, estaba haciendo un curso de especialización en la Universidad. Un día, había decidido abordarle y pedirle que rezase por una intención suya. El joven había accedido y le había dado las gracias, tal vez a causa de la sorpresa. Todo había sido muy breve.

Poco después, don Josemaría le echó de menos en Misa, y se enteró de que se había trasladado a Linares, en la provincia de Jaén, donde había obtenido una plaza de profesor de Instituto. No obstante, había seguido rezando por él, convencido de que volvería a verle.

En diciembre de 1932, José María González Barredo regresa a Madrid para pasar las Navidades con su familia. Amplía un poco su estancia, para realizar ciertos trabajos de investigación en la Universidad. Quiere mejorar su formación científica, entre otras cosas, porque le preocupa el agnosticismo de algunos investigadores y desea contribuir a poner de relieve la armonía entre la ciencia y la fe.

Un día, poco antes de Navidad, bajando por la Gran Vía hacia la Plaza de España, José María ve venir al Padre en dirección contraria. Trata de hacerse el distraído, para evitar que le ocurra lo que con otros sacerdotes que le habían implicado en movimientos o asociaciones que, a su juicio, le hacían perder el tiempo. Pero don Josemaría ya le ha visto y se acerca para saludarle cariñosamente. Cambian unas palabras y el Padre le dice que le gustaría hablar con él sin prisas…

Lo que don Josemaría le propone resulta ser una respuesta asombrosamente exacta a sus aspiraciones más profundas. Solo te preocupas de edificar tu cultura. -Y es preciso edificar tu alma. -Así trabajarás como debes, por Cristo; para que El reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y, desde ellas, ejerciten calladamente -y eficazmente- un apostolado de carácter profesional.

José María González Barredo descubre una perspectiva apostólica que merece, en efecto, que se le dedique la vida entera. Sin embargo, antes de decidirse, le dice al Padre:

-Conozco a un religioso con el que me he confesado varias veces. ¿Podría consultarle, para obrar con mayor seguridad?

-Obra con entera libertad.

Animado con este consejo, va a ver al religioso, pero lo que le dice no le convence:

-Si la Obra de que me hablas está en sus comienzos, ¿no sería mejor que te dirigieras a una institución más desarrollada? Vale más trabajar en una biblioteca ya organizada que en otra que se está empezando a organizar.

José María González Barredo reflexiona. ¿Qué importa que la Obra esté comenzando? La cuestión no es ésa. Lo importante es si vale la pena o no entregarse al ideal que proclama…

Cuando José María vuelve a ver al Padre, ya está decidido. Su respuesta es: ¡sí!

El Espíritu Santo ha empezado a actuar también en otras almas. Durante las vacaciones de Navidad, el Padre ha hablado de la Obra a aquel estudiante de Medicina que le habían presentado al comenzar el año. Sus conversaciones con Juan Jiménez Vargas son intensas: sin decírselo, pide al Paráclito, durante nueve días consecutivos, que ilumine al joven. Hasta que el 3 de enero de 1933 Juan responde con un sí definitivo a las palabras de don Josemaría.

Diez días más tarde, van los dos juntos a visitar el asilo de Porta Coeli, otra de educación y asistencia social donde un grupo de religiosas se esfuerza por enderezar a los golfillos. Hace algún tiempo que don Josemaría lo visita, para confesar y atender espiritualmente a unos muchachos que eran mendigos y, a menudo, delincuentes. Piensa que la sala de visitas, a pesar de ser poco acogedora, podría servirle para reunir a los estudiantes que se acercan a él y darles, así, una formación más regular e intensa. Así pues, invita a varios de ellos a una primera reunión, en la cual el Padre ha puesto muchas esperanzas, haciendo rezar por ella a los primeros miembros de la Obra.

Pero le aguarda una decepción: no acuden más que Juan y dos estudiantes de Medicina, amigos suyos. ¡No importa! La reunión se celebrará, a pesar de todo…

Una imagen de la Virgen Santísima preside esta reunión, y las que vendrán. Se trata de una página arrancada de un catecismo que, dos años antes, había encontrado, arrugada, en plena calle, junto a un árbol, en el barrio de Tetuán. Don Josemaría, para reparar lo que él había interpretado como un desaire, la había recogido y la había hecho enmarcar, colocándola previamente sobre un fondo de tisú de oro.

La reunión es corta, y, como a don Josemaría le gusta, sumamente práctica: un breve comentario del Evangelio del día, exposición de algún aspecto concreto de la vida interior, unos cuantos puntos de examen…

El Padre se ha dirigido a aquellos tres estudiantes con la misma convicción que si fueran muchos. Después de rezar unas oraciones finales, les ha invitado a seguirle a la capilla del asilo. Allí, revestido con sobrepelliz y estola, se ha arrodillado ante el altar, ha abierto el Sagrario y ha incoado la estación al Santísimo Sacramento. Cuando se vuelve para dar la Bendición a aquellos tres jóvenes estudiantes, el Fundador del Opus Dei ve, con los ojos del alma, todos los que vendrán: trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer…

Unos meses más tarde, otro estudiante pide ser admitido en la Obra: Ricardo Fernández Vallespín, que está a punto de terminar la carrera de Arquitectura.

Para sufragar sus gastos, Ricardo daba clases particulares a algunos compañeros suyos. Don Josemaría conocía a uno de ellos, así como a su familia. Un día, había ido a visitarlo y había entrado en la habitación donde Ricardo le estaba dando clase. El joven conocido del Padre le había presentado a su profesor, pero don Josemaría, para no interrumpirles, les había dicho que siguieran trabajando. Sacó su breviario y se puso a leerlo junto a la ventana, hasta qué terminaron la clase.

Ricardo queda tan impresionado por aquel primer encuentro que escribió en su diario ese 14 de mayo de 1933: “Hoy he conocido un sacerdote, muy joven y lleno de entusiasmo que -no sé por qué- pienso va a tener una gran influencia en mi vida”.

El 29 de mayo vuelven a verse, esta vez en casa de don Josemaría. El Padre se muestra locuaz y lleno de entusiasmo. No habla de los problemas políticos del momento, sino que expone, con fervor, unas perspectivas sobrenaturales que, para su interlocutor, son una revelación y una invitación urgente a mejorar su vida interior. Antes de que Ricardo se despida, el Padre se levanta, toma un libro de una estantería y escribe unas palabras en la primera página: Que busques a Cristo: que encuentres a Cristo: que ames a Cristo. Madrid, 29-V-33.

El libro es un ejemplar de la Historia de la Sagrada Pasión, del Padre La Palma.

Formación, oración, sacrificio

Las reuniones -auténticos cursos de formación- prosiguen en la calle de Martínez Campos, ya que el ambiente familiar de aquella casa es más adecuado que el austero asilo de golfos para transmitir el espíritu de la Obra.

Doña Dolores pronto se habitúa a ver grupos de jóvenes en su sala de estar, presidida por un cuadro de la Virgen con el Niño en sus brazos. Aunque hace tiempo que se ha dado cuenta del celo apostólico que despliega su hijo, tantas idas y venidas no dejan de sorprenderle un poco. A sus discretas preguntas sobre el porqué de tal actividad, éste le responde de manera evasiva. No quiere inquietarla y, por eso, no le ha revelado lo ocurrido en su alma en aquel 2 de octubre. Así pues, acepta sin comprender, y le ayuda en lo que puede, con su hija Carmen, preparando la merienda de aquellos estudiantes.

“¡Los chicos de Josemaría se lo comen todo!”, refunfuña, indignado, su hermanito Santiago, al comprobar que han desaparecido las vituallas.

Prosiguen las visitas a los hospitales. Ahora, empiezan a ir al de la Princesa, fundado en el siglo XIX por la reina Isabel II. Es un vasto edificio de dos pisos situado en una zona céntrica. Dos mil enfermos se amontonan allí, en salas de doscientos y hasta de trescientos. Don Josemaría va de sala en sala, habla con ellos, los confiesa, les lleva la Comunión.

Otra actividad viene a unirse a esas visitas: el Padre aconseja a los estudiantes que enseñen el catecismo a grupos de niños desprovistos de toda educación religiosa que habitan en el barrio de Tetuán de las Victorias, como ya lo vienen haciendo algunas jóvenes en otros barrios. Los jóvenes responden con interés, esforzándose por prepararse bien y tratando de profundizar en su fe para mejor transmitirla a aquellos chavales.

A tal efecto, el Padre les da –o procura que otros les den- lecciones de doctrina cristiana. Además, les anima a pasar, una vez al mes, unas horas de recogimiento y silencio en un retiro espiritual en el que les comenta, con sentido práctico, puntos de ascética o de moral seguidos siempre de una invitación a hacer propósitos concretos que les ayuden a mejorar en su vida diaria. El mismo, del 8 al 16 de junio, hace unos ejercicios espirituales, solo, en la casa de los PP. Redentoristas, de Madrid.

Desde hace algún tiempo, no deja de pensar en la manera de ampliar las tareas apostólicas. Sería necesaria una cierta estructura, contar con unos locales adecuados… Y mientras da vueltas al asunto, confía en que, con el esfuerzo de todos, pronto se resolverá el problema.

Desde su lecho de dolor, María Ignacia sigue ayudando. Su mal se ha agravado, pues se trata de una tuberculosis intestinal que se resiste al tratamiento con lámparas de cuarzo. A finales de agosto, su estado es ya muy grave y los dolores continuos. Tiene el cuerpo deformado y cubierto de llagas, pero no pierde la paz y, estrechamente unida a Dios, le ofrece sus dolores.

Las jóvenes que conoce don Josemaría van a verla con frecuencia al hospital y no la dejan sola un momento. El procura, también, visitarla todos los días, pero, si no puede, telefonea.

A comienzos de septiembre, los médicos le dan pocos días de vida. El Padre le comunica la gravedad de su estado y le pregunta si quiere recibir la Unción de los Enfermos: se la administra él mismo, en presencia de una hermana de María Ignacia. Luego, lentamente, va desgranando las oraciones de la liturgia para la recomendación del alma; finalmente, le pide, con intenso fervor, que en el Cielo no se olvide de interceder por el Opus Dei, al que ha entregado los últimos meses de su vida, evocando, una vez más, los futuros apostolados de la Obra, extendidos por el mundo entero… Un panorama que ella podrá contemplar desde arriba.

El 13 de septiembre, en cuanto la hermana de María Ignacia le comunica que ha muerto, corre al hospital. Tras don José María Somoano y Luis Gordon, es la tercera vocación que el Señor se lleva nada más florecer… Tres intercesores más. Tres sólidos pilares sobre los que la Obra de Dios se podrá apoyar para proyectarse a lo largo de los siglos. Un sacerdote y dos laicos, hombre y mujer, que prefiguran todos los que, tras ellos, llevarán la palabra de Cristo a todas las encrucijadas de la tierra.

Nacimiento de un proyecto

Poco después, tras una nueva conversación con el Padre, Ricardo, el joven arquitecto, decide seguir el camino de la Obra. Un nuevo loco… para el manicomio, comenta, como en otras ocasiones, con su optimismo comunicativo, don Josemaría.

Pero, aunque está contento, no puede conformarse con tan lento progreso. La Obra de Dios debe crecer más deprisa. Es preciso relacionarse con más gente…

Don Josemaría sigue pensando en un piso, reservado exclusivamente para el apostolado, que tenga ese ambiente y ese aspecto específicamente seculares que son propios del espíritu del Opus Dei. Una especie de “Academia”, en la que se puedan dar clases y conferencias de carácter cultural y profesional, así como celebrar cursos de doctrina cristiana y otras actividades espirituales. De esta forma, piensa, se dará una perfecta simbiosis entre la formación religiosa y humana de numerosos jóvenes, capaces, luego, de ser testigos de Cristo en los ambientes en que se encuentren.

Para lograrlo, es preciso contar con los recursos indispensables. Pero quienes le siguen todavía no se ganan la vida, con excepción de Isidoro y de José María González Barredo. Así pues, anima a todos a buscar medios económicos, procurando entusiasmarles con ese proyecto, que permitirá ampliar rápidamente el círculo de sus amistades. Que recen más y que le pidan a Dios la audacia necesaria.

Algunos dirán que es otra locura… No hagas caso. Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. -¡Adelante, audacia!-.

“Dios”, “audacia…”.

En la placa de hierro colocada a la puerta de un piso entresuelo del número 33 de la calle de Luchana, se han grabado tres letras: DYA. Son las iniciales del nombre de la Academia: Derecho y Arquitectura. Pero son también, sobre todo, las de la divisa que el Padre recuerda con frecuencia a los estudiantes que lo rodean: Dios y audacia…

Monseñor Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

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Testimonio de Mons. Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda. Secretario General del Celam
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

No tuve oportunidad de conocer personalmente a Monseñor Escrivá de Balaguer, ni me he detenido en profundizar sus escritos. Hace muchos años leí Camino, y no hace tanto algunas de sus plá­ticas y homilías. Debo decir ante todo que me llamó la atención su facilidad de presentar como «a la mano» -encarnado, dicen hoy– el llamado universal a la santidad.

Tampoco mis contactos con el Opus Dei han sido tales que jus­tifiquen una exposición detallada de su espíritu y apostolado. He tratado a algunos de sus miembros; y debo decir que me han pare­cido todos excelentes. Me han atendido afectuosamente en sus cen­tros e informado de sus labores en los diversos ambientes del pueblo de Dios.

Afirmaría que mi conocimiento de esta Obra y de su fundador es un conocimiento «al revés», esto es por sus detractores, los cuales a la verdad, me causan una sensación extraña, mezcla de pena y de gracia. Algunos ataques y testimonios muchas veces son una expresión de mal gusto, por decir lo menos… es una institución de la Iglesia que ha recibido golpes muy furibundos, que recuerdan la desfachatez diabólica. Y por cierto que no todos vienen de afuera…

Pienso entonces en aquello de que las obras de Dios son pro­badas por la adversidad y la persecución… Recuerdo lo que San Lucas relata en el capítulo 5 de «Los Hechos» acerca del prudente Gamaliel: «Si este asunto es cosa de los hombres… pero si es cosa de Dios… no se vayan a encontrar luchando contra Dios». Como creo que estas palabras conservan su validez, por una parte me asal­ta cierta especie de pena porque, naturalmente, no me agrada que se golpee a una institución de la Iglesia; y también cierta gracia entre socarrona y lastimera porque me parece ver a los que golpean, in contrario sensu, como instrumentos de la comprobación de que una obra es de Dios. Algo parecido a los «abogados del diablo». Considero muy útil y necesario el papel que deben desempeñar esos abogados; ¡pero me parece tan antipático!

No sé si Monseñor Escrivá será canonizado. ¡Qué extensa es la lista de grandes figuras de la Iglesia que no lo han sido! Pero cuando personas serias, ponderadas y prudentes, que conocen el sentido de las palabras, tanto lo exaltan y de santo lo califican, me digo que por algo debe ser. Es un hecho sin precedentes contar con la petición de 69 cardenales y 1.300 obispos -entre ellas la mía– dirigidas al Santo Padre solicitando la apertura del proceso. Y como me quedo pensando que si me pidieran el nombre de un pastor -obispo o sacerdote– que yo hubiera conocido personal­mente en mi vida, y a quien considerara digno de que su causa fuera introducida, daría el de uno solo, y con algunas advertencias pre­vias, se me ocurre que tampoco tantas personas piensen y hablen apresuradamente.

Por otra parte, hay algunos hechos que muchos podrán juzgar irrelevantes, pero que yo considero significativos si se los mira desapasionadamente.

El caso de Camino, por ejemplo, que ese libro tan sencillo, algu­nos de cuyos pensamientos han sido criticados con ridícula ligereza, haya tenido tiradas millonarias y traducciones en más de treinta lenguas, ¿no llama la atención? Ya escucho a algunos: «es que la institución…», «Sí, ya sé, interrumpo yo: ¡los de la Obra son tan geniales que lo editan y luego queman los ejemplares, o los venden como papel viejo!, pese a la pequeñez de su tamaño. ¡Muy inte­resante su explicación!».

Otro hecho; cuando murió Monseñor Escrivá, el Opus Dei, así tengo entendido, contaba con mil sacerdotes, más o menos. Estimo que ningún fundador dejó al morir una heredad semejante a la Iglesia.

El tercero: es conocida la amplísima gama de profesionales y estudiosos que pertenecen a la Obra. Se trata, pues, de gente que naturalmente no dejó enmohecer su materia gris. Soy lógico si pien­so que se trata de personas cuya asociación al Opus Dei no ha sido hecha a tontas y a locas, o como llevada por la nariz, o engañadas como niños, o por medio de un espeluznante lavado de cerebro, o después de pasar una temporada en un hospital psiquiátrico del Este…

«¿Ladran, Sancho? Señal es que cabalgamos». (De un libro vie­jo, pero siempre actual.)

“Gracias tumbativas”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Ni Fuenmayor ni Casas Torres conocían el Opus Dei antes del curso de retiro. Hoy en día sería inconcebible que alguien pudiera pertenecer al Opus Dei en tan poco tiempo. Pero, en los días anteriores e inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, Dios concedía a la gente gracias especiales que les permitían percibir la vocación y dedicar su vida entera a Dios en el Opus Dei con tan sólo un breve contacto con la Obra.

Estas gracias, que en alguna ocasión Escrivá llamó “gracias tumbativas”, eran el fruto de su oración y de la de otros miembros de la Obra. Durante el retiro de Burjasot, escribió a los de la Obra en Madrid para decirles que rezaran por los que estaban haciendo los ejercicios. También envió una petición similar a los tres miembros de la Obra todavía movilizados en Olot. Pocas semanas antes había escrito al obispo de Avila, por quien sentía un especial respeto y afecto, pidiéndole oraciones: “Este pecador siempre acude al señor Obispo con la mano extendida: tengo pendientes varias tandas de ejercicios, algunas (en Valencia y Madrid) para sacerdotes…, y necesito sus oraciones y su bendición de Padre y Pastor”[1]. Durante el retiro en Burjasot renovó sus peticiones en otra carta dirigida al obispo: “Ya comencé la primera tanda de ejercicios y, para ésta y las que me quedan, necesito que nuestro Jesús especialísimamente me ayude…, y acudo a mi señor Obispo, porque sé que se lo dirá. ¡Él se lo pague!”[2].

[1] AGP P03 1988 p. 133

[2] Ibid. p. 141-142

El contenido de la visión fundacional

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La clave para entender la historia del Opus Dei, y particularmente sus primeros pasos, se encuentra en la visión fundacional. Antes del 2 de octubre de 1928 Escrivá empezó a llevar una especie de diario al que denominaba “Apuntes íntimos”. Dichos apuntes son la mejor fuente para estudiar el espíritu del Opus Dei. Desgraciadamente, en algún momento del año 1932, Escrivá quemó el cuaderno que contenía las notas que leía cuando recibió la visión fundacional, los apuntes que había tomado el 2 de octubre de 1928 y los que anotó durante el siguiente año y medio.

La destrucción de aquellos papeles y su reticencia a dar detalles sobre lo que sucedió el 2 de octubre de 1928 hacen que sea imposible saber exactamente qué aspectos de su tarea fundacional surgieron claramente de la primera visión y cuáles quedaban por definir. Al explorar esa visión y su primer desarrollo, que en gran parte consistió en la lucha de Escrivá por aplicar a su propia vida el mensaje recibido, no tenemos más remedio que recurrir a la conjetura, basándonos en lo que dijo e hizo posteriormente.

En términos generales, está claro que recibió un mensaje sobre la llamada universal a la santidad, y la misión de promover en la Iglesia la institución que después llamaría Opus Dei. El mensaje y la misión fueron dos aspectos de una misma realidad. El objetivo de la institución sería difundir el mensaje y proporcionar a la gente la ayuda necesaria para ponerlo en práctica en sus vidas. Formarían parte de dicha institución personas que hubieran recibido una vocación para incorporar el mensaje a su vida personal y para difundirlo mediante el ejemplo y la palabra.

El núcleo del mensaje consistía en comprender que aquel mandato de Jesucristo “sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mateo. 5,48) no se dirige a unos pocos escogidos, sino a todos los cristianos. Escrivá vio, y no como una simple posibilidad teórica, sino como una realidad práctica, que todo hombre y toda mujer puede y debe aspirar a amar a Dios con todo su corazón y con toda su mente y con toda su alma, y amar a su prójimo como a sí mismo. En términos más técnicos, que Dios llama a todos los bautizados a la plenitud de la santidad.

Al mismo tiempo, Escrivá entendió claramente que para la inmensa mayoría la vocación a la santidad supone una llamada, pero no para hacerse sacerdotes, monjes o monjas, sino para santificarse en el mundo, en el medio habitual de su vida cotidiana. Él vio que Cristo ha redimido y santificado a toda la creación y llama a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres a poner en práctica el gran mandamiento del amor de Dios y del amor al prójimo precisamente en el trabajo, en la vida de familia, en el descanso y en todas las demás actividades. Agentes de bolsa, trabajadores de fábrica, programadores informáticos, dependientes, estudiantes y jubilados son llamados a la santidad no a pesar de vivir en el mundo, sino precisamente en y a través de las situaciones y actividades que forman su vida cotidiana. Como escribiría en “Camino”: “Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”[1].

Escrivá también entendió, a la luz de la visión fundacional, que la santidad no es una empresa individual, sino que está íntimamente unida al apostolado, es decir, al esfuerzo de acercar otros a Cristo. Vio que todo católico está llamado a ayudar a otros a conocer a Cristo, a amarlo, y a incorporar su doctrina a su vida. En esta visión, el esfuerzo por ayudar a los amigos, parientes y colegas a vivir una vida cristiana más profunda y más auténtica no es algo ajeno al trabajo cotidiano y a las demás actividades de la vida corriente. Al contrario, el trabajo, la vida de familia y el descanso son su contexto habitual y el medio de llevarla a cabo. En palabras de Escrivá: “Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado”[2].

En la época de la fundación del Opus Dei, muchos católicos buscaban modos de hacer más cristiana la sociedad. Desde Roma, el Papa promovía la Acción Católica. En España, muchos católicos trabajaban para desarrollar, dentro de la Acción Católica o como entidades separadas, grupos que promovieran una acción social y cívica inspirada en principios cristianos.

El mensaje que Escrivá recibió se centraba no en cambiar las estructuras sociales, sino en animar a los católicos a hacer un esfuerzo serio por alcanzar la santidad en sus actividades diarias. Como se puede ver en lo que más tarde escribiría en “Camino”, confía que la transformación de las estructuras sociales y el desarrollo de una sociedad más justa sean las consecuencias, esperadas y bien venidas, pero el punto central es la santificación de los individuos: “Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. -Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. -Después… “pax Christi in regno Christi” -la paz de Cristo en el reino de Cristo”[3].

La visión del 2 de octubre exigía la existencia, dentro de la Iglesia, de un grupo de gente, empezando por el propio Escrivá, que luchara por incorporar el mensaje en sus vidas y por ayudar a otros a hacer lo mismo. Ellos formarían una comunidad eclesial, una parte de la Iglesia, al servicio del mensaje. El papel de esa parte de la Iglesia –que se llamaría Opus Dei- sería difundir el mensaje y ayudar a la gente a vivirlo. Como escribió el Papa Juan Pablo II: “Desde sus orígenes, se ha esforzado no sólo en iluminar, sino en realizar la misión de los laicos en la sociedad humana”[4]. En palabras de Escrivá: “Dedicarse a Dios en el Opus Dei no implica una selección de actividades, no supone dedicar más o menos tiempo de nuestra vida para emplearlo en obras buenas, abandonando otras. El Opus Dei se injerta en toda nuestra vida”[5]. La vocación al Opus Dei supone “hacer el Opus Dei siendo personalmente Opus Dei”[6], de modo que se pueda “recordar a todas las almas, con el ejemplo de vuestra vida y con la palabra, que existe una llamada universal a la perfección cristiana y que es posible conseguirla”[7].

La gracia fundacional que Escrivá recibió el 2 de octubre de 1928 estaba destinada a personas de toda condición, tanto solteros como casados, y sus primeros esfuerzos por desarrollar el Opus Dei se dirigieron a un amplio abanico de gente. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que si el Opus Dei debía arraigar en todos los sectores de la sociedad, tenía que haber un núcleo de personas con disponibilidad suficiente para dedicar tiempo a sus actividades apostólicas y a adquirir la formación necesaria para después formar teológica y espiritualmente a los demás. Así pues, pronto centró su atención en estudiantes universitarios y recién graduados a los que presentó el ideal de una vida de celibato apostólico en medio del mundo. Fue de entre estos jóvenes de donde surgieron los primeros fieles del Opus Dei. Por esta razón, durante el periodo de tiempo en que se centra este libro, todos los miembros del Opus Dei fueron célibes, y la mayoría tuvieron títulos universitarios. Gracias a su dedicación y esfuerzo, durante los años siguientes el Opus Dei se pudo extender a sectores mucho más amplios de la sociedad. Hoy día, la mayor parte de los fieles de la Obra están casados y muchos trabajan en profesiones u oficios no universitarios.

[1] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 291

[2] Josemaría Escrivá de Balaguer. ES CRISTO QUE PASA. Ediciones Rialp. Madrid 2001. n. 42

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. CAMINO. Ediciones Rialp. Madrid 2001. n. 301

[4] Pedro Rodríguez, Fernando Ocáriz, José Luis Illanes. EL OPUS DEI EN LA IGLESIA. Ediciones Rialp. Madrid, 1993. p. 85-86

[5] Ibid. p. 164

[6] Ibid. p. 204

[7] Lucas F. Mateo-Seco, Rafael Rodríguez-Ocaña. SACERDOTES EN EL OPUS DEI. Eunsa. Pamplona, 1994, p. 25

En busca de la libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 18 de julio de 1936, Pedro Casciaro está de vacaciones en Alicante. Vive con sus abuelos, que tienen nacionalidad británica, circunstancia que les pone a cubierto de toda persecución. El resto de la familia está adscrita, ideológicamente, al Gobierno de la República. Su seguridad, por tanto, está protegida, pues allí no ha triunfado el alzamiento. Después de ser movilizado por el ejército de Levante se le destina a Valencia, y en la ciudad va a encontrarse, una vez más, con Paco Botella. Este se ha trasladado con su familia desde Alcoy a Valencia, y vive en un piso de la Avenida del Marqués del Turia.

También José María Hernández de Garnica, que ha estado a punto de ser fusilado en Madrid, es conducido a la cárcel de Valencia y, por fin, puesto en libertad.

Hasta aquí les llegan cartas y postales escritas frecuentemente por el Padre. Vienen firmadas con el nombre de Mariano, que consta en la fe de Bautismo de Barbastro, y que adopta ahora para no comprometerles si la censura llega a sospechar su procedencia. Otras veces es Isidoro Zorzano quien transmite las ideas del Padre traducidas a un lenguaje, en clave familiar, con el que se han llegado a entender perfectamente.

A pesar del riesgo que supone y de la zozobra constante que rodea la vida del Fundador en estos meses, no ha dejado de esforzarse para seguir ayudando y dirigiendo a sus hijos, que se encuentran esparcidos por el peligro de frentes, cárceles, embajadas y ciudades.

A primeros de octubre de 1937, llega a Valencia la gran noticia: un grupo de personas conocidas, entre las que se encuentra el Padre, llegará a la ciudad en breve plazo. No se precisa fecha. Pedro y Paco no aciertan a explicarse cómo han podido obtener los pasaportes o salvoconductos necesarios para salir de Madrid y viajar a otra provincia. Es un trámite difícil y arriesgado.

Una de las muchas tardes de este otoño, Pedro, concluido su servicio en la Dirección General de los Servicios de la Remonta, llega hasta la casa de la familia Botella. Abre la puerta la madre de Paco y le dice que unos señores de Madrid le están esperando en la salita. Al entrar en la habitación, iluminada a contraluz por el atardecer, distingue a un hombre delgado, vestido de gris oscuro y que, apenas le ve, se acerca con los brazos abiertos:

«Perico, ¡qué alegría de volver a verte!»(1).

Es la voz del Padre. Al sentir su abrazo, Pedro no puede contener la emoción y ha de pasar un buen rato hasta que logra tranquilizarse. Aprecia los cambios que se han operado desde que le vio por última vez, en Madrid. Parece tener más edad; está enormemente delgado; su mirada sigue siendo penetrante y afectuosa tras unas gafas de montura gruesa. No han cambiado su palabra y su acento.

El Padre explica que han tomado la resolución, después de haber rezado mucho, de cruzar la frontera catalana a través del Pirineo. Lo que no les dice, en ese momento, es cuánto le ha costado tomar esta decisión, y cuántos argumentos han tenido que emplear los que le acompañan para hacerle huir del peligro de Madrid. Mientras quede uno solo de sus hijos expuesto a la persecución, se niega a abandonar la ciudad ante la remota, casi imposible, oportunidad de ayudarle. Tienen que emplear toda clase de dialéctica para que abandone una situación cada vez más comprometida. Sólo la necesidad de seguir realizando el Opus Dei, la convicción de que es preciso hablar libremente de aquello que Dios ha puesto en su alma, le harán plegarse a las razones de quienes le rodean. También deja en la capital de España a su madre y a sus hermanos.

Se han trasladado en coche hasta Valencia. El viaje ha sido largo, con repetidas paradas en controles de milicianos y constantes situaciones de riesgo. Cae el sol, cuando llegan a la ciudad del Turia. Acompañan al Padre José María Albareda, Tomás Alvira y Manolo Sáinz de los Terreros. Es el 8 de octubre de 1937. Les ha precedido Juan Jiménez Vargas, que ha demostrado a lo largo de todo este tiempo una infatigable capacidad de resolver dificultades y hallar recursos que protejan la vida del Fundador.

Unos días antes, paseando por la Avenida del Marqués del Turia, Juan transmite a Pedro y a Paco las ideas que ha oído al Fundador a lo largo de estos meses: todo cuanto sucede es trascendental para la Obra; resulta necesario armarse de madurez humana y de gran valor sobrenatural. El llamamiento de Dios es lo primero, y exige superar todo temor, todo pretexto de juventud; es preciso tener la convicción de que el Opus Dei ha de salir adelante; para esto, hay que ceder planes y compromisos por muy acuciantes que parezcan.

Apenas un mes antes, José María Albareda, el que habría de ser durante largos años uno de los motores de la investigación científica en España, ha pedido su admisión en el Opus Dei. En el estallido de la guerra, ha pagado ya su trágico denario de sangre en las personas de su padre y un hermano fusilados en Caspe. Es la familia de Albareda la que ha encontrado los enlaces precisos, en Cataluña, para intentar el paso del Pirineo y la entrada en zona nacional.

Al día siguiente, el grupo que ha llegado de Madrid se reúne con Pedro y Paco en la mayor discreción posible; caminan hasta una modesta fonda, en la parte vieja de la ciudad. Pedro conoce bien el lugar y sabe que no suele presentar ningún peligro. Y, sin embargo, hay un momento difícil: cuando están comenzando el almuerzo, entra un grupo armado pidiendo documentación. Pedro, al darse cuenta, palidece. El Padre le dice en voz baja, al notar su preocupación:

«Quédate tranquilo; encomiéndalo a los Custodios»(2).

Al llegar a la mesa que ocupan, los milicianos sólo piden la documentación a Pedro Casciaro, que está rigurosamente en regla.

Ese mismo día, por la tarde, acuden a la estación para tomar el tren camino de Barcelona. Los andenes, bajo la estructura de hierro, acogen una multitud abigarrada: soldados, milicianos, gentes con indumentarias indescriptibles, actitudes vociferantes o gestos furtivos de recelo. Maletas de madera, cestos, fusiles, humo y suciedad en vagones repletos. Pedro y Paco, que han venido a despedirles, observan al Padre, en medio de aquella confusión. Querrían acompañarle. Sin embargo, antes de que el tren emprenda la marcha, es don Josemaría quien les infunde ánimo, enviándoles una sonrisa optimista desde la ventanilla. Al arrancar el convoy introduce su mano dentro de la chaqueta y hace allí la señal de la Cruz, bendiciéndoles.

La pitillera de plata, que continúa oculta en el bolsillo interior, lleva Formas Consagradas. Durante este tiempo, muy cerca del corazón del Padre, es el único sagrario de la Obra.

El viaje es lento, con paradas imprevistas e interminables. Todavía no ha roto el alba, cuando el Fundador decide consumir la Eucaristía, por reverencia. La mayor parte de los viajeros duermen en los asientos, en el suelo de los pasillos, apoyados en las paredes; pero algunos grupos hablan y blasfeman a grandes voces.

Nunca olvidará el Padre esta noche. Ni otras muchas que ha pasado en oración pidiendo y reparando por una multitud de almas enajenadas para las que Dios se ha ocultado, igual que la luz, en la tarde de este día.

Al llegar a Barcelona, se distribuyen por diversas casas. Y rápidamente se inician las gestiones para conectar con los guías que han de pasarles a través del Pirineo. Sin embargo, todo es lento y peligroso. Los periódicos publican el asesinato de un grupo numeroso de refugiados que intentaban huir y han sido descubiertos por la vigilancia armada cerca de la frontera. Esto supone un retraso, porque es necesario esperar a que la situación adquiera nueva calma.

Cuando apenas hace una semana que han llegado a Barcelona, Pedro Casciaro recibe un telegrama en su pensión de Valencia: dice que le esperan en la Ciudad Condal.

Ni por un momento duda en afrontar las consecuencias y los peligros de este viaje. Está militarizado; no es posible obtener un permiso de desplazamiento; tiene que desertar de su puesto. Tampoco pone en la balanza de intereses la opinión que su familia -que continúa viviendo en Albacete- pueda formar acerca de esta determinación.

Al día siguiente toma el tren. Cuando llega a la estación terminal de Barcelona, le esperan el Padre y Juan. Como es muy temprano, en la casa donde se alojan tienen todo preparado para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Pedro se conmueve, después de tantos meses, viendo la piedad, la serenidad del Padre que recita las oraciones litúrgicas. No hay ornamentos. Todo es improvisado. Todo menos el amor de la Consagración, del retorno de Cristo vivo hasta los hombres. Hay un momento en que la memoria y el cariño le transportan al primer y querido oratorio de la Residencia de Ferraz.

En Barcelona se entera de que el Padre sufre constantes vacilaciones en su idea de cruzar el Pirineo. No quiere dejar atrás a los que, de algún modo, quedan expuestos al peligro, y al mismo tiempo ve la necesidad de extender la Obra. Le ha llamado para que conozca los trámites que han puesto en marcha para salir de España. El Fundador quiere que, en una próxima expedición, otro grupo pueda seguir sus pasos. Pero aunque la angustia de dejar atrás algunos hijos suyos hace presa en su ánimo repetidas veces, no se trasluce en su gesto ni en su porte. Está alegre con todos. Sigue sembrando buen humor.

Durante un día entero, Pedro disfruta de la compañía del Padre en Barcelona. Pero ha de tomar el tren de regreso a Valencia. En el andén, el Fundador y Juan Jiménez Vargas le despiden. Cuando llega a su acuartelamiento en la ciudad del Turia, el coronel que manda el regimiento ha sido informado de la desaparición del soldado Casciaro. Causa verdadero estupor verle aparecer, un día más tarde, alegando un viaje indispensable para el que no tuvo posibilidad de solicitar permiso.

Gracias a que su conducta siempre fue correcta, y a la suerte, Pedro sale bien parado de esta huida. Sólo van a castigarle con quince días de arresto.

Apenas olvidado el percance, llega JuanJiménez Vargas desde Barcelona. El Padre no desea irse de España si no les acompañan Pedro y Paco. Juan ha emprendido el arriesgado viaje para volver con ellos. También se va a incorporar al grupo Miguel Fisac. Una semana después, llegan por la ruta Valencia-Barcelona. Según consta en sus documentaciones, falsas, se trata de soldados de Servicios Auxiliares que gozan de permiso por asuntos de familia.

En efecto: el Padre y varios hermanos les esperan en Barcelona para resolver importantes asuntos de familia. Es, y esto ya no puede constar en ningún salvoconducto, una familia de vínculo sobrenatural que ha de luchar pacíficamente para seguir haciendo, sin bandos ni prejuicios, con la libertad de los hijos de Dios, el Opus Dei sobre la tierra entera.

Juventud

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fundador del Opus Dei nació el 9 de enero de 1902. Era hijo de José Escrivá, un joven comerciante de 33 años y Dolores Albás, de 23. Los Escrivá se casaron en 1898 y un año después nació la primogénita, María del Carmen. Al segundo hijo le pusieron cuatro nombres: José por su padre, María, por devoción a la Virgen María, Julián, por ser el santo del día en que fue bautizado, y Mariano, en honor a su padrino. Alrededor de 1935 y en consonancia con esa devoción a la Virgen que le inculcaron de pequeño, Escrivá unió los dos primeros nombres en uno solo –Josemaría–, pero de joven y durante sus primeros años de sacerdocio firmaba como José María Escrivá[1].

La familia Escrivá provenía de Barbastro (Huesca), población de unos 7.500 habitantes situada en las estribaciones de los Pirineos, a unos 70 kilómetros de la frontera francesa. Era el centro comercial de una zona eminentemente agrícola. Barbastro no tenía grandes industrias y los distintos negocios familiares prosperaban o caían, dependiendo de lo que ocurriera con las explotaciones agrícolas de la comarca. La ciudad no contaba, por tanto, con una clase alta y los miembros más destacados de la sociedad eran comerciantes y pequeños industriales de clase media.

Don José era socio de un comercio de tejidos y de una pequeña fábrica de chocolates. La familia vivía en un piso cuyos balcones daban a la calle principal del pueblo. Como era habitual en las familias acomodadas de esa época, los Escrivá contaban con cocinera, doncella, niñera y un mozo que iba algunas horas a ayudar en las tareas domésticas.

El único suceso de cierta importancia en la infancia de Escrivá fue la grave enfermedad padecida cuando tenía dos años. Por aquel entonces no había antibióticos y las infecciones eran con frecuencia fatales, de suerte que una tarde el médico de familia que atendía al pequeño predijo que no sobreviviría a esa noche. Su madre encomendó su curación a la Virgen, prometiendo que si sanaba iría con él en peregrinación a la cercana ermita de Torreciudad. A la mañana siguiente, cuando el médico se acercó a la casa de los Escrivá a preguntar la hora del fallecimiento, se encontró a la criatura totalmente recuperada dando brincos en la cuna.

Tal y como se desprende de la reacción de su madre ante la enfermedad del pequeño, los Escrivá eran fervientes católicos, y la devoción a la Virgen María tuvo siempre un papel importante en sus vidas. Aparte de asistir a Misa los domingos, la familia rezaba con frecuencia el Rosario en casa y los sábados por la tarde se acercaban a una iglesia próxima a recitar la Salve en honor de la Madre de Dios. Sus vidas estaban profundamente marcadas por la fe cristiana, plasmada con naturalidad en los quehaceres cotidianos. Por ejemplo, cuando el joven Escrivá mostraba alguna vez su timidez, la madre le decía: “Josémaría, vergüenza sólo para pecar”[2]. De todas formas, no sería ni mucho menos acertado concluir que los Escrivá pertenecieran a ese tipo de gente que mataba inútilmente las horas comentando los últimos chismorreos eclesiásticos como si fueran beatos. Se trataba más bien de una familia que, pasados los años, el propio Escrivá describiría como “gente que practicaba y vivía su fe”[3].

En el hogar de sus padres, el joven Josemaría aprendió las primeras oraciones que luego repetiría y enseñaría a otros a lo largo de su vida, como por ejemplo: “Tuyo soy, para Ti nací. Jesús ¿qué quieres de mí?” o “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿que será de mí? Ángel de la Guarda, ruega a Dios por mí”.

Cuando cumplió seis años, su madre le llevó a su confesor para que recibiera el sacramento de la penitencia por primera vez. Escrivá siempre mostró un gran amor y veneración a este sacramento y le gustaba recordar su primera confesión. Al terminar, el sacerdote le impuso como penitencia pedir a sus padres que le hicieran un huevo frito. Al volver a casa, doña Dolores supuso que el sacerdote le habría mandado recitar unos cuantos padrenuestros y avemarías y le preguntó si necesitaba ayuda para cumplir la penitencia. El pequeño le contó a su madre cuál había sido la penitencia impuesta y le aseguró que era capaz de cumplirla él solo… A partir de esa fecha, Escrivá se confesó de forma regular durante toda su vida y siempre afirmó que el sacramento de la penitencia, lejos de ser una experiencia traumática, como algunos sostienen, fue para él una fuente de paz y serenidad.

La infancia de Escrivá fue la de un niño feliz. La familia iba creciendo poco a poco: María Asunción nació en 1905 y María Dolores en 1907; dos años más tarde vino al mundo su hermana María del Rosario. Los negocios de don José prosperaban y la familia disfrutaba de una vida tranquila. El joven Escrivá sentía una gran admiración por su padre y disfrutaba yendo a pasear por los alrededores de Barbastro. Su padre se interesaba vivamente por todo lo relacionado con su hijo, los éxitos y fracasos de un niño, sus alegrías y tristezas. Sus padres siempre le dieron mucha libertad al tiempo que, lógicamente, estaban pendientes de lo que hacía, pues nunca descuidaron la educación de la prole. En el colegio, Escrivá destacó en dibujo y literatura, y pronto comenzó a disfrutar de los clásicos de la literatura española, un gusto que conservó toda su vida. Siendo apenas un muchacho, leyó el Quijote por primera vez en unos tomos llenos de ilustraciones que su padre guardaba en la biblioteca familiar.

Pero la alegría de los primeros años duraría bien poco. Su hermana más pequeña, Rosario, murió en 1910 con apenas nueve meses. Dos años después le seguiría a la tumba María de los Dolores a la edad de cinco años. Esas muertes entristecieron enormemente a Josemaría que no podía entender cómo un Dios bondadoso permitía que sus hermanas murieran tan niñas. Un buen día, cuando sus dos hermanas y unos amigos estaban construyendo un castillo de naipes, Escrivá entró en la habitación y de un manotazo echó abajo las cartas. Al preguntarle enfadadas el porqué de su actuación contestó que eso mismo era lo que hacía Dios con las personas: se construye un castillo y, cuando está casi terminado, Dios lo tira.

El dolor de Escrivá aumentó aún más –si cabe– en 1913 al ponerse gravemente enferma su hermana Asunción. Una tarde al regresar a casa preguntó a su madre cómo estaba evolucionando la enfermedad de su hermana; doña Dolores le contestó: “Ya está bien, ya está en el cielo”[4]. Pese a la fe y confianza en Dios con que sus padres aceptaron este nuevo y terrible golpe, la serie de muertes, una tras otra, dejó una huella tan profunda en la mente del pequeño Josemaría que llegó a comentar a su madre que el próximo año le tocaría a él. Dejó de decirlo al darse cuenta de que ella se entristecía mucho al oírlo. “No te preocupes –le decía doña Dolores– que tú estás ofrecido a la Virgen y ella te cuidará”.

Por si esto no fuera poco, al año siguiente, los Escrivá sufrieron un nuevo y serio contratiempo: la quiebra del negocio familiar. Los años previos a la Primera Guerra Mundial fueron especialmente difíciles para Aragón y en concreto para Barbastro. El comercio de la ciudad dependía en gran medida de la agricultura, y, cuando las cosechas no eran buenas, surgían dificultades y problemas de todo tipo, pues en la zona no había bancos importantes que concedieran a las pequeñas empresas los créditos necesarios para salir de apuros durante los años de depresión. Entre 1907 y 1914, el número de tiendas de tejidos en Barbastro pasó de once a cinco. Aparte de los problemas causados por la recesión generalizada, el negocio de don José tuvo algunas dificultadas añadidas por los pagos que debía abonar a sus antiguos socios. La situación se vio agravada todavía más porque el antiguo socio no quiso saldar las deudas pendientes y porque hubo de pagar las minutas del juicio celebrado para que se cumpliera el acuerdo. Durante casi todo el año 1914, don José trató de mantener a flote el negocio recortando los gastos del hogar, pero a finales del otoño no aguantó más y entró en bancarrota.

Además del negocio antes mencionado, la familia Escrivá era propietaria de la casa solariega y otros bienes sobre los cuales los acreedores no tenían derecho legal alguno. La venta de esos bienes habría permitido a la familia seguir disfrutando de una relativa comodidad a pesar de la quiebra, pero tras considerar el asunto detenidamente, don José decidió que lo más honroso sería liquidar todos los bienes y pagar a los acreedores, pese a que mucha gente le aseguraba que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Esta medida hizo que la familia se encontrara de buenas a primeras en una situación extremadamente difícil.

En una localidad como Barbastro donde las familias acomodadas no eran muy numerosas, la noticia de la ruina económica de los Escrivá corrió como la pólvora, sobre todo entre los amigos y compañeros de clase del joven Josemaría. Se extendió el rumor de que su estado de pobreza era tal que, literalmente, “se morían de hambre”. Un amigo, con la lógica ingenuidad de un niño, recuerda haberse sorprendido en una ocasión al ver a Josemaría merendar un bocadillo de jamón, y le preguntó a su madre por qué la gente decía que los Escrivá no tenían dinero para comer cuando él le había visto tomar tan suculento manjar. No resulta difícil imaginar las pullas y mofas que el pequeño Josemaría habría de sufrir de boca de sus compañeros. Con los años llegó a decir que esos comentarios le enseñaron que los niños, en ocasiones, no tienen corazón, o cabeza, o las dos cosas.

A los escarnios de los compañeros de colegio, había que sumar los que venían de algunos parientes de doña Dolores, quienes no aplaudían la decisión de don José de pagar a los acreedores, cuando la ley no se lo exigía. Los que estaban en buena posición económica se negaron a ayudar y un tío suyo sacerdote, Carlos Albás, fue muy duro en sus críticas a su cuñado y le acusó de haber hundido a su familia en la miseria, pudiendo haber mantenido una buena posición económica.

La palabra miseria era, sin duda, una exageración, pero es cierto que la familia estaba atravesando momentos muy delicados y Barbastro era un sitio demasiado pequeño como para ofrecer perspectivas de recuperación. Don José, por tanto, comenzó a buscar trabajo en otros lugares y al final encontró un puesto de dependiente en una tienda de paños en Logroño. Y ahí se fue a primeros de 1915, dejando atrás a la familia hasta que acabara el curso académico. Después de pasar el verano en el pueblo de Fonz donde tenían parientes, los Escrivá se mudaron a Logroño en otoño de ese mismo año, cuando el joven Josemaría contaba 13 años.

Logroño era por aquel entonces una pequeña capital de provincia de unos 25.000 habitantes. Pese a que la ciudad y su comercio estaban en auge, los Escrivá pasaron años muy duros, sobre todo los primeros. Consiguieron un piso que carecía de ascensor y calefacción. Debido a que estaba en la última planta del edificio, era muy caluroso en verano y helador en invierno. La situación se hacía más dolorosa al no tener apenas parientes ni conocidos en la ciudad.

En un ambiente en el que las clases sociales estaban por aquel entonces claramente definidas, la posición que tuvieron en Logroño era muy distinta de la que gozaron en Barbastro. Allí los Escrivá pertenecían a la próspera clase media, y en su nueva ciudad de adopción don José dejó de ser propietario de un negocio, para convertirse en un empleado a las órdenes de un superior. La familia ya no pudo disfrutar de los habituales entretenimientos propios de la clase media, ni recibir visitas al estilo acostumbrado, ni tampoco tomar parte en los acontecimientos sociales de la ciudad. En una época en la que todas las familias de su clase tenían servicio, doña Dolores y su hija Carmen se encargaron de las tareas del hogar sin ayuda de nadie. Como tantas familias de entonces, atravesaron tiempos difíciles, pero, en la medida de lo posible, procuraron llevar una vida digna aunque no les fue fácil. Trataron de mantener el interés que siempre habían tenido por la literatura y la cultura en general, pero no podían compartir sus gustos con los nuevos amigos y conocidos de procedencia menos cultivada. Don José y doña Dolores no se quejaban y se esforzaron para que el ambiente en el hogar fuera digno, agradable y tranquilo. No obstante, al echar la vista atrás y recordar los años de Logroño, Escrivá los definió como “tiempos muy duros”[5].

Con el tiempo, supo ver las dificultades familiares como algo inherente al plan que Dios le tenía reservado como fundador del Opus Dei. En Logroño aprendió a vivir la pobreza cristiana con buen humor y dignidad. Siempre se acordó del consejo que su padre daba a toda la familia: “Tenemos que actuar con responsabilidad en todo, porque no podemos permitirnos el lujo de gastar lo que no tenemos, pero hemos de sobrellevar la pobreza con dignidad, aunque sea humillante para nosotros, sin que lo noten los que no son de la familia y sin darla a conocer”. En los últimos años de su vida Escrivá recordaba: “A mi padre no le fue nada bien en los negocios. Y doy gracias a Dios porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido”[6].

De la paciencia y buen humor de su padre en la adversidad, Escrivá aprendió a vivir muchas virtudes como la fortaleza y la alegría que tanto le ayudarían en su vida. “No le recuerdo jamás con un gesto severo: le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años. Le debo mi vocación”[7]. “Vi a mi padre como la personificación de Job. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque despues he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro”[8].

El joven Escrivá ingresó en el instituto de Logroño donde se impartían las clases desde primeras horas de la mañana hasta el mediodía. A principios del siglo XX no eran muchos los que cursaban todo el bachillerato, dado que el nivel académico era alto. Los exámenes resultaban duros y, por ese motivo, muchos alumnos iban también a escuelas privadas donde recibían clases complementarias para poder así dominar las asignaturas que se impartían en el instituto. Por las tardes, Josemaría Escrivá asistía a clases en el colegio de San Antonio. Era un alumno aplicado y sacaba buenas notas, sobre todo en literatura. Leía mucho; libros que le mandaban en la escuela y otros por interés propio, como los clásicos españoles del Siglo de Oro. Seguía también muy de cerca los acontecimientos internacionales, como la evolución de la Primera Guerra Mundial o la lucha irlandesa por alcanzar la tan ansiada libertad religiosa.

Cuando tuvo que decidir la rama del bachillerato que seguiría, Escrivá –que había mostrado durante años gran habilidad en dibujo y matemáticas– resolvió estudiar Arquitectura. Aunque huelga decir que se tomaba en serio lo referente a la religión y rezaba con sincera piedad las oraciones aprendidas de niño, no mostró nunca una predisposición especial hacia el sacerdocio o la vida religiosa y eran frecuentes sus protestas por tener que estudiar latín, idioma que consideraba como algo exclusivo de curas y frailes.

[1] En 1940 la familia Escrivá cambió el apellido por Escrivá de Balaguer para indicar la rama de la familia a la que pertenecían. De ahí que su nombre completo fuera Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás.

[2] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 33

[3] ibid. p. 13

[4] ibid. p. 56

[5] ibid. p. 72

[6] Manuel Garrido. EL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ Y BARBASTRO. Ayuntamiento de Barbastro 1995. p. 56

[7] ibid. p. 57

[8] José Luis Illanes. ob. cit. p. 62-63

Devociones

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría ha escrito en Forja: Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo; amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Creo, espero y amo a la Trinidad Beatísima.

–Hace falta esta devoción como un ejercicio sobrenatural del alma, que se traduce en actos del corazón, aunque no siempre se vierta en palabras (n 296).

Ciertamente, este consejo brota de la vida interior del Fundador, y quisiera arrancar de aquí para que me hablase de sus devociones personales.

–El Padre solía decir, ya a los primeros miembros del Opus Dei, que para crecer en la vida interior, es un buen medio consagrar cada día de la semana a una devoción sólida: a la Santísima Trinidad, a la Eucaristía, a la Pasión, a la Virgen, a San José, a los Santos Angeles Custodios, a las benditas ánimas del Purgatorio. Como siempre, este consejo brotaba de su experiencia personal: lo había vivido desde hacía muchos años. Puedo afirmar que sus principales devociones fueron: la Santísima Trinidad –Dios Uno y Trino, además de las Tres Personas divinas a las que trataba singularmente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo–; Nuestro Señor Jesucristo, sobre todo su presencia en la Eucaristía, su Pasión y sus años de vida oculta; la Santísima Virgen; San José; los santos Ángeles y Arcángeles; los Santos y, en particular, los doce Apóstoles, los Santos que escogió como intercesores de algunos aspectos del apostolado de la Obra –Santa Catalina de Siena, San Nicolás de Bari, Santo Tomás Moro, San Pío X y el Santo Cura de Ars–, otros santos, como San Antonio Abad, Santa Teresa de Jesús, etc., y los primeros cristianos.

Su amor a la Santísima Trinidad se expresaba en mil detalles. Por ejemplo, cuando se construyó Villa Tevere, la Sede Central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. Recuerdo también que, cuando se instaló el belén en la Galería del Fumo, el cuarto de estar donde nos reuníamos en familia después de la comida, el Padre nos pidió que añadiésemos otro angelote a los ocho que ya se habían puesto, y observó: Así habrá nueve: tres por cada Persona de la Santísima Trinidad.

Nuestro Fundador inculcaba en sus hijos un amor muy grande a la Trinidad. Por eso, además de poner al comienzo de las Preces de la Obra una invocación a la Santísima Trinidad, dispuso que el tercer domingo de cada mes se rezase y meditase el Símbolo Atanasiano, y que en los tres días anteriores a la fiesta de la Santísima Trinidad se recitase, o mejor, se cantase, el Trisagio Angélico.

Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esta devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad.

Su tendencia a usar el número tres o el número nueve se manifestaba también en muchos otros detalles. Quizá el más significativo fue los 999 puntos de Camino. Durante una audiencia privada, el Papa Pablo VI le preguntó por qué había escogido este número. Nuestro Fundador respondió: por amor a la Santísima Trinidad. Recuerdo que para la primera edición de Camino hizo diseñar una portada, entonces muy original, que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

El comentario que el Fundador escribió sobre las catorce estaciones del Vía Crucis es un testimonio de su devoción, de su amor a la Humanidad Santísima de Cristo.

–Desde que le conocí observé que en su oración personal, o cuando predicaba una meditación o daba una clase, como también cuando trabajaba en la mesa, se ponía delante un crucifijo, bastante grande –de diez o doce centímetros–, que llevó siempre en el bolsillo, quizá hasta 1950. A su hermano Santiago le llamaban la atención esas dimensiones y decía que era un crucifijo “de ordenanza”, aludiendo a las pistolas de los militares. Y realmente se puede decir que el crucifijo era el arma de nuestro Fundador.

Al terminar la guerra civil, entró en Madrid a la vez que las tropas que habían liberado la ciudad. Se le acercaba mucha gente para besarle la mano, porque desde hacía tres años no veían a un sacerdote con traje talar: pero el Padre les daba a besar el crucifijo; esto le sucedió muchas veces durante aquellos años. También a nosotros nos aconsejaba que llevásemos siempre un crucifijo, y lo pusiéramos sobre la mesa antes de empezar a estudiar, leer o trabajar, para mantenernos en la presencia de Dios y transformar así nuestro trabajo en oración, uniéndolo al sacrificio de la cruz.

En los últimos años de su vida, encargó al escultor romano Sciancalepore un Cristo crucificado. Quería un Cristo aún vivo, que representase al Señor antes de morir, con los ojos abiertos, dirigidos hacia quien rezaba a sus pies. Hizo que se sacasen dos copias, destinada una a la ermita que había hecho construir expresamente en Cavabianca, sede del Colegio Romano de la Santa Cruz, y la otra a una capilla del Santuario de Torreciudad. Me parece que este detalle refleja el espíritu de nuestro Fundador. Deseaba que la gente contemplase a Cristo en la cruz, mirándonos a cada uno antes de morir y diciéndonos: “todo esto lo sufro por ti”. De este modo quería movernos a pensar en la justicia divina, a mirar al Señor que parece decir a los pecadores: “Esto es por ti. Mis sufrimientos son por ti. Si no rectificas, te quedarás separado de Dios para siempre en el Infierno”; pero al mismo tiempo nos animaba a considerar el amor de Dios, que nos mira y nos dice: “todos estos sufrimientos son por ti, tú me debes ayudar a redimir, no me ofendas nunca más”.

Su devoción eucarística era intensísima, ya desde la infancia. Aprendió muy de pequeño de una de sus abuelas estos versos sencillos y conmovedores: “Las doce han dado, Jesús no viene, ¿quién será el dichoso que lo detiene?”. A veces los repetía para expresar su deseo de estar junto al Señor Sacramentado.

Como ya se ha mencionado, consideraba la Misa centro y raíz de la vida interior, y difundió la costumbre descrita en el punto 876 de Camino de “asaltar” Sagrarios.

Así relató a sus hijos un viaje en tren, en una carta escrita en Monzón el 17 de septiembre de 1934: Yo me dediqué –ya desde Madrid– a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino. Además esta mañana he rezado el Breviario con más solemnidad que en el coro de una Catedral: invité a cantar, conmigo, las alabanzas del Señor a todos los Custodios que venían en mi departamento. ¡Nunca me perdáis de vista a los Ángeles, hijos míos! Recuerdo que, poco después de haber pedido la admisión en el Opus Dei, en 1935, me enseñó a vivir la costumbre de saludar al Señor en los sagrarios que encontraba al ir de un sitio a otro.

Ha aludido al rezo del Breviario. ¿Podría añadir algo?

–Nunca lo retrasaba, por ningún motivo. A este propósito me acuerdo de lo que sucedió hacia 1942 ó 1943. Nuestro Fundador estaba enfermo y, aunque tenía una fiebre muy alta, quería recitar el oficio divino. Le dije que en aquellas condiciones no tenía obligación de hacerlo, pero me replicó: Mira, tú no puedes decir esto porque todavía no eres sacerdote, y yo no quiero obrar sin un consejo autorizado. Por lo tanto, hazme el favor de llamar por teléfono a don José María Lahiguera, que es mi confesor; expón la situación, y haré lo que él mande. Así lo hice, y don José María me respondió que el Padre no estaba obligado a rezarlo, después de hacerme varias preguntas sobre la fiebre, el tipo de molestias, etc., que me sorprendieron porque para mí la solución era evidente desde el primer momento. Nuestro Fundador decidió entonces recitar otras oraciones vocales que sabía de memoria. Años después, a causa de la diabetes, perdió mucha vista, tanto que no podía casi ni leer: la diplopía le hacía ver las letras dobles y desdibujadas. Entonces nos pidió a don Javier Echevarría y a mí que rezáramos en voz alta el Oficio divino, para poder unirse a nuestra oración.

Volvamos a su devoción trinitaria. También en una célebre homilía, recogida en Es Cristo que pasa, el Fundador llama al Espíritu Santo el Gran Desconocido.

Precisamente porque la Tercera Persona de la Trinidad es la menos invocada, nuestro Padre le tenía una devoción especial. No dudo en afirmar que el Padre, en su predicación, fue un gran heraldo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Me viene a la cabeza, por ejemplo, que en 1971, llegó un sacerdote de la Obra que se iba a predicar un curso de retiro a L’Aquila. Nuestro Fundador le sugirió: Llévate un tratado de Deo Trino y mételes en el corazón el amor al Espíritu Santo, que es meter el amor al Padre y al Hijo. Porque el Hijo ha sido engendrado por el Padre desde toda la eternidad; y del amor del Padre y del Hijo, también eternamente, procede el Espíritu Santo. No lo entendemos bien, pero a mí no me cuesta creer. Cada día procuro ahondar más en el misterio de la Trinidad Beatísima.

Nuestro Fundador me contó muchas veces que desde 1926 ó 1927 había vivido con mucha intensidad la devoción a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Todos los años hacía el Decenario al Espíritu Santo, utilizando el libro de Francisca Javiera del Valle. En abril de 1934 compuso una oración al Paráclito que le entregó, manuscrita, a Ricardo Fernández Vallespín, entonces director de la primera Residencia del Opus Dei.

Durante los primeros años de sacerdocio tenía en su Breviario unas estampas, que usaba en lugar de las habituales cintas, y un día le pareció que se había apegado a ellas: se desprendió rápidamente de las estampas, y las sustituyó por tiras de papel. Más de una vez me contó: Al ver aquellos papeles en blanco, comenzé a escribir: Ure igne Sancti Spiritus!, ¡quema con el fuego del Espíritu Santo! Le sirvieron, en suma, de eficacísima “industria humana” para rezar el Oficio divino en unión con el Espíritu Santo: Los he usado durante muchos años, y cada vez que los leía, era como decirle al Espíritu Santo: ¡enciéndeme!, ¡hazme una brasa!

Las erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II por parte de algunos pseudoteólogos, desembocaron en una tremenda crisis que afectó durante años a muchas instituciones eclesiásticas, hasta el punto de que el Santo Padre Pablo VI aludió tristemente a un fenómeno de “descomposición de la Iglesia”. En aquellas circunstancias el Padre sufrió de manera indecible; el dolor le llevó a intensificar su oración al Paráclito, que culminaría con la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo el 30 de mayo de 1971. En la extensa fórmula compuesta por el Padre incluyó esta invocación: Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.

El Opus Dei fue fundado el 2 de octubre de 1928, fiesta de los Ángeles Custodios. Bien motivada y comprensible es la devoción del Fundador a los protectores y mensajeros celestes que tenía ya desde su infancia.

–Sí, aprendió de sus padres a tratar al Ángel Custodio. Cuando era seminarista, leyó en un libro de un Padre de la Iglesia que los sacerdotes tienen, además del Ángel Custodio, un Arcángel ministerial. Por eso, desde el día de su ordenación se dirigió a él con gran sencillez y confianza, tanto que decía que estaba seguro de que, si la opinión de ese escritor no fuese correcta, el Señor le habría concedido un Arcángel ministerial, por la fe con que le había invocado siempre.

De todos modos, a partir de la fiesta de los Ángeles Custodios de 1928, nuestro Fundador tuvo por ellos una devoción más intensa. Enseñaba a sus hijos: El trato y la devoción a los Santos Ángeles Custodios está en la entraña de nuestra labor, es manifestación concreta de la misión sobrenatural de la Obra de Dios.

Con la certeza de que Dios ha puesto un Ángel al lado de cada hombre para ayudarle en el camino de la vida, acudía al propio Ángel Custodio en todas las ocasiones, tanto en las necesidades materiales como en las espirituales. En este contexto reconocía: Por años he experimentado la ayuda constante, inmediata, del Ángel Custodio, hasta en detalles materiales pequeñísimos. Por ejemplo, entre los años 1928 y 1940, cuando se le estropeaba el despertador, como no tenía dinero para llevarlo a arreglar, acudía confiadamente a su Ángel Custodio para que le despertase por la mañana a la hora prevista. Nunca le falló. Por eso, le llamaba cariñosamente mi relojerico.

Cuando saludaba al Señor en el Sagrario, agradecía siempre a los Ángeles, allí presentes, la adoración que continuamente prestan a Dios. Le he oído repetir más de una vez: Cuando voy a un oratorio nuestro donde está el tabernáculo, digo a Jesús que le amo, e invoco a la Trinidad. Después doy gracias a los Ángeles que custodian el Sagrario, adorando a Cristo en la Eucaristía

Con heroica y perseverante correspondencia a la gracia, adquirió el hábito de saludar siempre al Ángel Custodio de las personas con las que se encontraba: solía decir que saludaba primero al personaje. Un día de 1972 ó 1973 vino a verle el Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, acompañado de su secretario. Como eran muy amigos, el Padre le saludó y le dijo en broma: –Don Marcelino, ¿a quién he saludado primero? El arzobispo respondió: –Primero, a mí. –No, le dijo el Padre. He saludado primero al personaje. Don Marcelino repuso, perplejo: –Pero, entre mi secretario y yo, el personaje soy yo. Entonces nuestro Fundador explicó: –No, el personaje es su Angel Custodio.

Durante unos días de descanso que pasó en una finca de Premeno, un pequeño pueblo de la montaña junto al Lago Maggiore, de vez en cuando, para hacer un poco de ejercicio físico, jugábamos a las bochas. No nos sabíamos bien las reglas del juego, y a veces nos las inventábamos. Me acuerdo de que, en uno de aquellos partidos, el Padre lanzó una bocha con gran habilidad y consiguió todos los puntos. Pero enseguida dijo: –No vale; me he encomendado a mi Angel Custodio. No lo haré más… Relato esta pequeña anécdota, porque me parece significativa de la constante relación de amistad que mantenía con su Ángel Custodio, y, también, porque me contó más tarde que le había dado vergüenza pedir la ayuda de su Ángel para una cosa de tan poca importancia.

Al Beato Josemaría le gustaban los cuadros y las imágenes en que se representa a San José con aspecto vigoroso, viril. Lo reconoce en una de las homilías publicadas: No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. (Es Cristo que pasa, n. 40). Tenía muy arraigada la devoción al santo Patriarca.

–Era tan notorio que, cuando el Papa Juan XXIII decidió incluir a San José en el Canon de la Misa, el Cardenal Larraona pensó inmediatamente en nuestro Fundador: le llamó por teléfono para comunicarle la noticia y darle la enhorabuena, seguro de que le iba a proporcionar una gran alegría.

Contaré ahora dos anécdotas que le sucedieron durante su estancia en algunos países de América del Sur en 1974. En Ecuador le mostraron un cuadro de escuela quiteña que representaba al Niño Jesús coronando con una guirnalda de flores la cabeza del santo Patriarca. Esta imagen le produjo una alegría inmensa: ¡Una maravilla! Me he puesto muy contento –exclamó– porque yo he tardado años en descubrir esa teología josefina, y aquí no he tenido más que abrir los ojos y la he visto confirmada. ¡Muy bien!

Durante aquel viaje nuestro Fundador empezó a hablar de la presencia misteriosa –inefable, decía– de María y José junto a los Sagrarios de todo el mundo. Lo argumentaba así: si la Santísima Virgen no se separó nunca de su Hijo, es lógico que continúe a su lado también cuando el Señor decide quedarse en esta cárcel de amor que es el tabernáculo: para adorarle, amarle, rezar por nosotros. Y aplicaba a San José la misma idea: estuvo siempre junto a Jesús y a su Esposa; tuvo la suerte de morir acompañado por ellos, ¡qué muerte tan maravillosa! Por eso el Padre repetía que aceptaba la muerte cuando, como y donde el Señor quisiera, pero que rezaba para que le llegase junto a San José: quería morir como él, entre los brazos de Jesús y de María. En definitiva, nuestro Padre metía a San José en todo.

Pero existía una “laguna” en esta familiaridad con San José: ¿qué hacer para no olvidarlo cuando Jesús muere en el Calvario? Durante un viaje en coche, en Brasil, encontró la solución, y nos la dijo apenas regresamos a casa: ¡ya lo he encontrado! ¡Hago sus veces, y ya está! El Padre se ponía a los pies de la Cruz, en lugar de San José, y se imaginaba lo que el Patriarca le hubiera dicho a Cristo de haber estado a su lado, mientras moría por nosotros: actos de reparación, de dolor, de amor.

El Fundador amaba las devociones tradicionales y las practicaba. ¿Usaba también “industrias humanas” para no olvidarlas?

–De su estancia en Perdiguera, recién ordenado sacerdote, Teodoro Murillo, que le ayudaba como monaguillo en la parroquia, se acordaba de un detalle para él inexplicable. A veces don Josemaría le invitaba a dar un paseo, y lo aprovechaba para explicarle algunos aspectos de la doctrina cristiana. Teodoro advirtió que con frecuencia el sacerdote se agachaba, recogía una piedrecita y se la metía en el bolsillo. Cuando lo supe, lo entendí inmediatamente.

Al pedir la admisión en la Obra, nuestro Fundador me explicó el espíritu del Opus Dei, y me aconsejó rezar muchas jaculatorias, comuniones espirituales… y ofrecer numerosas mortificaciones pequeñas durante el día. Al hablarme de las jaculatorias, me explicó: Hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. Y añadió: Yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Angel Custodio.

Evidentemente, el Padre utilizaba en Perdiguera aquella “industria humana” para ver cómo iba en la presencia de Dios. Después abandonó esta contabilidad, probablemente por el mismo motivo que me explicó.

De todas formas, siguió rezando muchísimas jaculatorias. ¿Podría decirme cuáles eran las más habituales?

–Resulta imposible hacer un elenco completo. Generalmente sacaba las jaculatorias de la Escritura o del tesoro de la tradición cristiana, y estaban siempre estrechamente relacionadas con su vida interior: por esto, variaban. A veces, cambiaba algunas palabras para que se adaptasen mejor a las circunstancias del día o de un periodo determinado; quiero decir, en definitiva, que las rezaba siempre poniendo todo el corazón y toda la devoción e intensidad de que era capaz. He aquí algunas:

– ¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

– ¡Dulce Corazón de María, sed mi salvación!

Domine, fac cum servo tuo secundum magnam misericordiam tuam!

Sancte Pater Omnipotens, Aeterne et Misericors Deus: Beata Maria intercedente, gratias tibi ago pro universis beneficiis tuis, etiam ignotis.

Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Comenzó a rezar esta jaculatoria al Corazón de Jesús en torno a 1950; y en 1951, esta otra al Corazón de María: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!

Benedicamus Patrem et Filium cum Sancto Spiritu!

– Con variantes, repitió muchas veces la súplica encendida de sus años de Logroño: Domine, ut videam!, diciendo: Domine, ut sit! Domina, ut videam! Domina, ut sit!

– Repetía la jaculatoria: Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te! no sólo como acto de amor, sino también de contrición.

– Tuyo soy, para ti nací, ¿qué quieres Jesús de mí?

– Jesús te amo.

– Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo. Gloria a Santa María y también a San José. Gracias a los Ángeles que te hacen la corte.

– Señor, me abandono en ti, confío en ti, descanso en ti.

– Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, cre en Dios Espíritu Santo. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Hizo imprimir esta triple invocación en millares de estampas.

Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesus.

Tu es sacerdos in aeternum!

Quod bonum est oculis eius, faciat! Repetía esta jaculatoria como acto de humilde aceptación de la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese, también si resultaba contraria a lo que había pensado.

Monstra te esse Matrem!

– ¡Madre, Madre mía!

Sancta Maria, Refugium nostrum et virtus!

– Santa María, detén tu día. Según cuenta la tradición, en el año 1248, sitiada Sevilla por Fernando III el Santo, algunos caballeros cristianos invocaron a la Virgen con esta jaculatoria pidiéndole que les ayudase a acabar de vencer a los musulmanes: entonces el sol detuvo su curso y pudieron derrotar a los enemigos. Nuestro Fundador nos aconsejaba invocar la ayuda de la Santísima Virgen con esta jaculatoria para llevar a término, con orden y tenacidad, el trabajo diario.

Sancta Maria, filios tuos adiuva: filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis.

Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini, filias tuas adiuva!

Sancta Maria, Regina Operis Dei, filios tuos adiuva!

Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! Comenzó a rezar esta jaculatoria en 1955, durante su primer viaje a Viena.

Dominus tecum!

Sancti Angeli custodes nostri, defendite nos!

– San José, Nuestro Padre y Señor, bendice a todos los hijos de la Santa Iglesia de Dios.

Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae, ut misericordiam consequamur!

– Ave María purísima, sin pecado concebida.

– Recitaba a menudo la antífona: Sub tuum praesidium confugimus…, o simplemente las palabras: Nostras deprecationes ne despicias; recuerdo que en los años setenta las repetía con especial insistencia.

– Bendita sea la Madre que te trajo al mundo.

Cor Mariae perdolentis, miserere nobis! … miserere mei!

Beata Mater et intacta Virgo, intercede pro nobis!

Omnia in bonum! Hizo reproducir esta jaculatoria, como también algunas otras que he ido citando, en muchísimos lugares de nuestros Centros, y la hizo imprimir en miles de estampas que regalaba para animar a la gente a aceptar siempre la Voluntad de Dios y vivir la esperanza cristiana.

Semper ut iumentum!

Ut iumentum factus sum apud te! A veces añadía las otras palabras del Salmo: Et ego semper tecum. Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me, et cum gloria suscepisti me. Y lo traducía así: Señor, yo quiero ser a tu lado como un borriquito, pero Tú me has cogido por el ronzal, y me llevaste adelante, y me recibirás en tu gloria.

Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

– Creo más que si te viera con mis ojos, más que si te escuchara con mis oídos, más que si te tocara con mis manos.

Ut in gratiarum semper actione maneamus! Muchas veces utilizaba esta jaculatoria, y otras que estoy enumerando, para alimentar su oración mental y las meditaciones que dirigía.

Montes, sicut cera, fluxerunt a facie Domini. La repetía para fortalecer su esperanza ante las dificultades que se presentaban a lo largo de nuestro camino.

Qui tribulant me, inimici mei, ipsi infirmati sunt et ceciderunt.

Servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus.

Oportet semper orare, et non deficere.

Ure igne Sancti Spiritus!

Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium, et tui amoris in eis ignem accende!

Oportet illum crescere, me autem minui. Empleaba esta jaculatoria para fomentar, en sí mismo y en sus hijos, la humildad personal y colectiva.

– Repetía muchas veces la oración a San Miguel Arcángel que antiguamente se rezaba después de la Misa: Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae celestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

– Recitaba frecuentemente también la oración por el Papa: Oremus pro Beatissimo Papa nostro… Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

– ¡Dios mío!, que odie el pecado y me una a Ti, abrazándome a la Santa Cruz, para cumplir a mi vez tu Voluntad amabilísima…, desnudo de todo afecto terreno, sin más miras que tu gloria…, generosamente, no reservándome nada, ofreciéndome contigo en perfecto holocausto.

– ¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras…. En nuestro archivo conservamos una copia de esta oración compuesta por el Padre en abril de 1934.

Mediante estas jaculatorias, y otras breves oraciones vocales, nuestro Fundador mantenía su recogimiento interior a lo largo de la jornada. Estas jaculatorias se han difundido por todo el mundo, porque las recitan miles y miles de personas que las han hecho propias. El Fundador no imponía ninguna, porque deseaba que las expresiones del amor fuesen fruto de la inventiva de cada uno: pero su amor era tan grande y su ejemplo tan vivo, que todos sus hijos procuraban imitarlo. Y no sólo los miembros del Opus Dei, sino también otros muchos amigos suyos.

Aunque el tema ha salido ya en la respuesta precedente, me gustaría rematar este apartado pidiéndole que nos hablase de la devoción mariana del Fundador, tan central en su vida y en la vida de la Obra.

–Para responderle exhaustivamente haría falta escribir un tratado. En cualquier caso, ya he indicado antes que el Fundador del Opus Dei, aunque estaba dotado de una fina sensibilidad, no era proclive al sentimentalismo. También su devoción mariana se distinguía por su profundidad teológica. Quiero decir que no se fundamentaba tanto en las “razones del corazón”, como en las de la fe. Me refiero a la fe en las prerrogativas concedidas por Dios a la Virgen y al papel de María en la obra de la Redención.

Por ejemplo: tenía mucha devoción por Santa Teresa, pero cuando la santa de Avila fue proclamada Doctora de la Iglesia, el Padre precisó: No, no es la primera Doctora; la primera Doctora, aunque no tenga el título, es la Santísima Virgen, porque ninguna persona ha tratado ni puede tratar tanto como Ella a Dios Nuestro Señor, y el Espíritu Santo le ha tenido que comunicar luces como a ninguna persona. Ella es la que sabe más de Dios. La que tiene más ciencia de Dios.

Terminaba habitualmente sus homilías y meditaciones con una invocación a la Virgen. En el libro Santo Rosario nos ha dejado rasgos conmovedores de su contemplación de los principales misterios de la vida de Jesús y de María, y también sus demás obras, comenzando por Camino, están impregnadas de devoción mariana. Cada capítulo de Surco y de Forja termina con un pensamiento sobre la Virgen.

Estableció la costumbre de colocar en todas las habitaciones de los Centros de la Obra un cuadro o una imagen pequeña de la Virgen, sencilla y artística. Nos aconsejaba que la saludásemos cariñosamente al entrar o al salir, con la mirada y con una jaculatoria interior.

Visitó innumerables santuarios marianos; tuvo especial importancia histórica la peregrinación que hizo en mayo de 1970 a la Basílica de Guadalupe, en México, para pedir a la Virgen que atendiese a las necesidades de la Iglesia y llevara a término el itinerario jurídico del Opus Dei.

En diciembre de 1973, aludiendo a sus continuas visitas de un santuario mariano a otro, decía expresivamente: Yo no hago más que encender velas; y seguiré haciéndolo mientras tenga cerillas.

El amor a la Santísima Virgen le llevaba a seguir de cerca todo lo que se refería a su culto. Por ejemplo, cuando encargaba una imagen de la Virgen con el Niño, o un cuadro de la Crucifixión en que aparecían las santas mujeres al pie de la Cruz, recomendaba al artista que buscase el modo de que Jesús se asemejase lo más posible a su Madre; incluso desde el punto de vista humano, Cristo debía parecerse mucho a María, porque había sido concebido en su seno, no por obra de hombre, sino por la intervención del Espíritu Santo. Sólo un alma enamorada podía dar tanta importancia a este detalle.

En locales de nuestros Centros como la cocina, el lavadero o el planchero, sugirió que se pusieran cuadros donde se representase a la Virgen lavando, cocinando, dando de comer al Niño: de esta forma las hijas suyas que se ocupan de la administración doméstica pueden recordar, al atender la casa, que deben imitar a la Virgen.

Solía decir a sus hijas que, como no habían tenido una Fundadora, debían considerar que su Fundadora es la Santísima Virgen. Y, para que no lo olvidasen, dispuso que en todos los oratorios de los Centros de mujeres del Opus Dei hubiese siempre una imagen de la Señora.

En cierto modo, la última piedra de su devoción mariana fue el santuario de Torreciudad. Dio indicaciones concretas para su construcción: debía ser grande, con un retablo en alabastro policromado de buenas proporciones –mide cerca de ciento treinta metros cuadrados–; en el centro, según la antigua costumbre aragonesa, hizo situar el tabernáculo, bien visible desde la nave, en una posición elevada, y al que se puede acceder desde una capilla que está detrás. De esta forma, el sacerdote nunca da la espalda al Santísimo Sacramento durante las celebraciones en el altar coram populo. Además, dispuso que en la cripta del santuario se colocasen cuarenta confesonarios, distribuidos en varias capillas dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen. Quiero subrayar que la misma idea de edificar este santuario, al final de los años sesenta, constituyó una prueba verdaderamente extraordinaria de su fe: por el esfuerzo económico que exigía; porque eran años de evidente crisis en la devoción popular; por su ubicación, fuera de toda ruta turística y lejos de una gran ciudad; en fin, por hacer una amplia cripta de confesonarios en un periodo en que decaía la práctica de la confesión.

El 23 de mayo de 1975 volvió por última vez a Torreciudad. Las obras estaban prácticamente acabadas; pudo observar el conjunto arquitectónico; admiró la originalidad de su construcción y la majestuosidad del altar; y no se cansaba de contemplar el retablo: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! ¡Bien! Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos… ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

La Santísima Virgen ha premiado la fe de nuestro Fundador: actualmente el santuario es meta de peregrinaciones procedentes no sólo de España y Europa, sino de otros continentes. Los cuarenta confesonarios resultan muchas veces insuficientes para satisfacer las exigencias de todos los penitentes. Muchísima gente, quizá atraída al principio por la curiosidad, encuentra de nuevo al Señor en una confesión contrita. Me han dicho que con frecuencia se escuchan comentarios de este estilo: “Hacía cuarenta años que no me confesaba: ¡me siento muy feliz!”. El Padre había rezado concretamente para que en Torreciudad se produjesen estos milagros espirituales: A la Virgen de Torreciudad –observó en 1968– no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.

Era el último homenaje que nuestro Padre hizo en esta tierra a la Virgen; un mes después se reunía con Ella en el Cielo. Era el homenaje de un corazón enamorado que, cuando debió elegir durante la guerra civil española un seudónimo para burlar la censura, usó su cuarto nombre de bautismo, Mariano; y más tarde, firmó siempre así, Josemaría, todo unido, para no separar nunca a San José de María.


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