¿Qué es el Santo Grial? ¿Qué relaciones tiene con el Santo Cáliz?

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Juan Chapa

La palabra “grial” etimológicamente viene del latín tardío “gradalis” o “gratalis”, que deriva del latín clásico “crater”, vaso. En los libros de caballería de la Edad Media se entiende que es el recipiente o copa en que Jesús consagró su sangre en la última cena y que después utilizó José de Arimatea para recoger la sangre y el agua que se derramó al lavar el cuerpo de Jesús. Años después, según esos libros, José se lo llevó consigo a las islas británicas (ver la pregunta ¿Quién fue José de Arimatea?) y fundó una comunidad de custodios de la reliquia, que más tarde quedaría vinculada a los Templarios. Esta leyenda es probable que naciera en el País de Gales, inspirándose en fuentes antiguas latinizadas, como podrían ser las Actas de Pilato, una obra apócrifa del siglo V. Con la saga céltica de Perceval o Parsifal, vinculada al ciclo del rey Arturo y desarrollada en obras como Le Conte du Graal, de Chrétien de Troyes, Percival, de Wolfram von Eschenbach, o Le Morte Darthur, de Thomas Malory, la leyenda se enriquece y difunde. El Grial se convierte en una piedra preciosa, que, guardada durante un tiempo por ángeles, fue confiada a la custodia de los caballeros de la orden del Santo Grial y de su jefe, el rey del Grial. Todos los años, el Viernes Santo, baja una paloma del cielo y, después de depositar una oblea sobre la piedra, renueva su virtud y fuerza misteriosa, que comunica una perpetua juventud y puede saciar cualquier deseo de comer y beber. De vez en cuando, unas inscripciones en la piedra revelan quiénes están llamados a la bienaventuranza eterna en la ciudad del Grial, en Montsalvage.

Esta leyenda, por su temática, está vinculada al cáliz que utilizó Jesús en la última cena y sobre el que existen varias tradiciones antiguas. Fundamentalmente son tres. La más antigua es del siglo VII, según la cual un peregrino anglosajón afirma haber visto y tocado en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén el cáliz que empleó Jesús. Era de plata y tenía a la vista dos asas. Una segunda tradición dice que ese cáliz es el que se conserva en la catedral de San Lorenzo de Génova. Se le llama el Sacro catino. Es un cristal verde parecido a un plato, que habría sido llevado a Génova por los cruzados en el siglo XII. Según una tercera tradición, el cáliz de la última cena es el que se conserva en la catedral de Valencia (España) y se venera como el Santo Cáliz. Se trata de una copa de calcedonia de color muy oscuro, que habría sido llevada por San Pedro a Roma y utilizada allí por sus sucesores, hasta que en el siglo III, debido a las persecuciones, es entregada a la custodia de San Lorenzo, quien la lleva a Huesca. Después de haber estado en diversos lugares de Aragón habría sido trasladada a Valencia en el siglo XV.

Valencia: un bello recuerdo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El Padre llega al aeropuerto de Manises el 14 de noviembre. Valencia está brillante, como en sus días de verano. Esta es una tierra que sonríe al mar, que se llena de azahares, que explota de alegría cada marzo y convierte sus barros en cosechas y cerámicas. Aquí llegó la Obra cuando los primeros miembros salieron de Madrid: Samaniego fue la primera Residencia universitaria, y El Cubil un pequeño piso en el que se forjaron las vocaciones levantinas. Aquí ha rezado mucho el Fundador, frente a las playas, en esta ciudad fecunda y trabajadora que se enclava en un circuito de naranjos.

«Con qué anhelo deseé -hace ya mucho, y durante largo tiempo- que el Opus Dei viniera a esta ciudad: hasta que el Señor concedió generosamente a su siervo que también aquí tuviera hijos e hijas; al regresar a Valencia, eran incontables las acciones de gracias a Dios que llenaban mi corazón de Padre feliz… »(39)

Estas frases de alegría forman parte del acta depositada en el altar del oratorio del Colegio Mayor Alameda, consagrado por el Padre durante estos días de 1972.

Una semana vivirá en La Lloma, una Casa de Retiros a muy pocos kilómetros de Valencia por la carretera de Sagunto. En este Centro recibirá a grupos de personas que acuden desde Albacete, Murcia, Alicante, Castellón y Teruel. Ha saludado, nada más llegar a la ciudad del Turia, a Nuestra Señora de los Desamparados; la voz de que el Padre acudirá a la Basílica ha cundido, y muchos de sus hijos esperan dentro de la iglesia. Son espectadores de la llegada y de su oración ante la Patrona de la ciudad.

También tiene una cita importante con un amigo ya fallecido, y el Fundador no puede faltar a ella. Acude a la catedral para hablar con Dios del que fue Arzobispo de la ciudad, don Marcelino Olaechea:

-«He querido con toda mi alma a vuestro arzobispo anterior (…), y él a mí. Tuvo mucho cuidado de que me avisaran, a mí y a dos parientes suyos, cuando se moría, y yo quiero corresponder, escaparme a la catedral, ponerme allí de rodillas donde está enterrado y rezarle con tanto cariño… Más que rezar por él, le rezaré a él, para que me bendiga y bendiga a este pueblo bendito de Valencia»(40).

Una multitud de jóvenes cruzará la llanura sobre la que se alza La Lloma para oír a Monseñor Escrivá de Balaguer durante sus días de estancia en Levante: miembros de los Clubs Collvert, Sorní, Azarba, Estay, Tetuán, Martí y Diemal.

Estos Centros, cuya dirección espiritual está confiada a miembros del Opus Dei, se ocupan de completar la educación de la juventud. Orientan sus métodos de estudio y la elección de sus futuras profesiones; organizan actividades culturales; estimulan la convivencia y el respeto en total libertad. Cuidan de que la dimensión transcendente, cristiana, de la persona, se cultive con conocimientos y prácticas desarrollados en paralelo a su formación profesional. En ellos comparten proyectos e inquietudes, miles de adolescentes en todos los países del mundo. Durante los períodos de vacaciones, este intercambio adquiere dimensiones internacionales.

Igualmente, acuden algunos centenares de sacerdotes de Valencia y diócesis vecinas. Residentes y adscritos del Colegio Mayor Alameda, y más de doscientas universitarias de la Residencia Saomar que van a tener, también, la oportunidad de escucharle.

¿De qué habla el Padre especialmente en esta tierra expansiva y apasionada? De uno de sus grandes amores, que comparte con los valencianos: San José. Un testigo sonriente de la pólvora que la ciudad quema cada año, en un alarde de fuego y música, para festejarle.

«Me habéis dado una alegría al poner en La Lloma esos azulejos con San José, a quien tanto quiero. Lo digo descaradamente, llamándole mi Padre y Señor (…). Le quiero mucho, con toda mi alma, porque es el que más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios, el que más le ha amado después de Nuestra Madre. San José era un hombre estupendo, un gran trabajador: estoy seguro de que no se quejó jamás a Nuestro Señor por tener que trabajar tan humildemente, para sostener aquella casa de Nazaret, ni por tener que correr de una parte a otra (…). Cuando me lo encontré allí, detrás de esa reja, me llevé una gran alegría, y le eché dos piropos» (41).

En las reuniones que se celebrarán en el Colegio Guadalaviar, promovido por padres de familia que han encomendado la dirección espiritual al Opus Dei, se contabilizan unas diez mil personas.

Ahora es un profesor de educación física quien aborda al Padre, pidiéndole unas palabras acerca de la deportividad en la lucha interior, y le responde con un recuerdo de las Olimpiadas:

«Veía cómo se acercaban aquellos mozos fuertes, con su pértiga dispuesta para saltar. Se concentraban en silencio hasta que ¡por fin! daba la impresión de que se decidían. Pero no: había pasado una mosca por allí, y se acabó la concentración. ¡Tienen más recogimiento que muchos cristianos a la hora de rezar!

Otras veces no se paraban, querían saltar, pero… no podían. Entonces bajaban la cabeza, se iban de nuevo al punto de partida (…). Luego se lanzaban y, quizá al cuarto o quinto intento, saltaban.

Tú debes decir a tus alumnos que en la vida ocurre eso. Diles que no son animales; que, en estos momentos de violencia, de sexualidad brutal, salvaje, tienen que ser rebeldes. Tú y yo somos rebeldes: no nos da la gana ser unas bestias. Queremos tratar a Dios (…). Para eso es muy bueno saber hacer una gimnasia espiritual, que es muy semejante -paralela por lo menos- a lagimnasia física».(41)

Alguien le pregunta qué han de hacer sus hijos en la Obra para que la pujanza y la frescura y el vigor de los primeros tiempos se mantenga durante siglos. Y el Fundador responde, en serio, pero con tono de broma:

«Que sean humildes (…). A nosotros no nos interesan ni la pujanza ni la frescura… Un poquito de frescura, sí.

Me preguntaba un niño de pocos años: oye, tú, ¿no te da vergüenza estar ahí arriba hablando a tanta gente? De modo que unpoco de frescura también tengo yo; esa frescura hace falta para poder hablar de Dios (…).

Hemos de ser humildes, y el Señor nos ha pedido la humildad colectiva, que algunos se empeñan en no entender. Desde el principio, miles de personas en todo el mundo la han entendido, y ahora, además, la practican, porque forman parte del Opus Dei y no se les va la fuerza por la boca, sino en obras de servicio a los demás, con manifestaciones de amor a las almas (…). Ser humildes no es ñoñería; es hablar con sinceridad, con naturalidad, y después pensar en aquellas palabras de San Pablo: a mí me importa muy poco el pensamiento de los hombres que me critican; me importa el juicio de Dios. ¿Está claro? Me importa el juicio de Dios: todo lo demás me sale por una friolera»(43)

Antes de partir de Valencia, se reúne en la Casa de Retiros La Lloma con un grupo de hijas e hijos suyos, Supernumerarios, que ayudaron a la Obra en Levante desde los primeros tiempos. Algunos hace más de veinte años que no han visto al Padre. La mayoría le conocieron cuando cursaban sus estudios universitarios; aprendieron a entender, a querer al Opus Dei; descubrieron su vocación de mensajeros y testigos de Cristo sin abandonar su profesión, sus ocupaciones, los deberes de su matrimonio, de su vida familiar. Hoy, ya, alguno tiene el pelo encanecido y el rostro surcado por las huellas del tiempo y del trabajo. La reunión es entrañable por los acontecimientos que encierra este gran paréntesis de tiempo, lleno de lealtad, de fe en la Obra de Dios y en el Padre.

«Me da mucha alegría comenzar dándoos las gracias, por varias razones: la primera, porque correspondéis mucho y bien a la gracia divina; la segunda, porque arrimáis el hombro, y eso es muy bueno para la gloria de Dios, para la felicidad vuestra y para el bien de las almas (…). Veis que todos los cristianos tenéis el derecho y el deber de ser santos. Por eso os doy las gracias: porque lo habéis comprendido y lo estáis practicando. Sin vosotros no se podría hacer nada, absolutamente nada; lo hacéis todo vosotros, con la ayuda del Señor»(44).

El Padre habla con ellos de sus hijos, de sus proyectos, de su vida de entrega a Dios… Todos coinciden en haber vivido, junto al Fundador, una jornada inolvidable.

Y para que no falte una expresión cabal del cariño, los valencianos ofrecerán al Padre un castillo de fuegos artificiales acompasados por la banda de música de Mislata.

En la casa de La Lloma, sobre un viejo arcón de madera arrimado a la pared del patio, hay un ejemplar de «Camino». Se apoya en un atril de metal. En la primera página el Padre ha escrito al llegar:

Electi mei non laborabunt frustra. Valentiae, 14-XI-1972 (45). Mis elegidos no trabajarán en vano. Queda como acción de gracias a Dios y a todos aquellos que iniciaron el trabajo del Opus Dei en la ciudad del Turia.

Dios hace una pausa

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los primeros meses de 1936, el Padre viaja a Valencia invitado por don Javier Lauzurica, Obispo Auxiliar y amigo suyo. Le acompaña Ricardo Fernández Vallespín. Van en un coche de turismo grande, de carácter público, de los que constituyen el medio de transporte más barato. En Valencia se alojan en el Hotel Balear, situado en la calle de la Paz.

Aquí vuelven a reunirse con el grupo que les visitó en Madrid. Don Javier Lauzurica les anima a montar una Residencia Universitaria en esta ciudad lo antes posible.

Cuando retornan a la capital de España el ambiente empieza a ser irrespirable. Se puede considerar el país en guerra civil. Hay grandes manifestaciones, acciones violentas; asesinatos, ataques personales y represalias. La violencia está a la orden del día y cuenta con la tolerancia del Gobierno.

El Padre está informado de todo. Sufre por la furia antirreligiosa, pero jamás pierde la serenidad ni consiente que se perturbe el apostolado o se interrumpan los medios de formación. No fomenta el menor aislamiento, sino todo lo contrario. Quiere que todos conozcan la situación y respeta las opciones políticas de cada cual. Nunca ha insistido tanto en que los miembros de la Obra recen y apoyen su fortaleza en el sagrario.

Cuando triunfa en las elecciones el Frente Popular, se recrudece la persecución religiosa y todo parece abocar a un régimen marxista. Por otro lado, la oposición prevé un golpe de Estado contra el Gobierno de la República.

En medio de este clima, el Padre combate todo derrotismo; trabaja como si nada fuese a ocurrir. Varias personas que conocen y aprecian su labor apostólica constituyen una sociedad civil, sin fines lucrativos, llamada “Fomento de Estudios Superiores”. Esta entidad adquiere una casa que pondrá a disposición de don Josemaría para una nueva Residencia de estudiantes en Madrid. Está enclavada en el mismo barrio de Argüelles, próximo a la Ciudad Universitaria. Es propiedad de los Condes del Real, que viven en Francia, y se trata de un inmueble, bien construido y amplio, situado en el número 16 de la calle de Ferraz, frente al Cuartel de la Montaña.

A primeros de julio de 1936, toda la instalación de Ferraz 50, incluido el oratorio, se traslada al número 16. Isidoro Zorzano ya ha solicitado excedencia voluntaria en su puesto de ingeniero de los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, porque es quien se va a ocupar de la nueva Residencia de Madrid. Ricardo se trasladará a Valencia para instalar, también allí, una Residencia Universitaria. El 16 de julio, Paco Botella, que está en Valencia, pone un telegrama anunciando que ha encontrado el local adecuado para llevar a cabo esta iniciativa en su ciudad levantina. Al día siguiente, 17 de julio, Ricardo recibe de nuevo la bendición del Padre en un salón de Ferraz 16, e inicia este viaje que marca la primera expansión de la Obra en España. Poco antes, Isidoro había llegado a Madrid. Su permanencia en Málaga le habría costado la vida: precisamente por su labor abnegada, en servicio de los más humildes, había sido puesto en la «lista negra» de los revolucionarios.

Ese mismo día, 17 de julio de 1936, se conoce el levantamiento del ejército de Africa. Una semana antes y a partir del asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición monárquica en la Cámara Legislativa, se recrudecen en toda España los disturbios y violencias. Sin embargo, el Padre y la Obra que Dios le encomendó siguen su camino. Es la locura de una fe que está más allá de coyunturas humanas.

El 18 de julio se proclama la rebelión dentro de la Península. Madrid y Valencia quedan incomunicadas. Va a dar comienzo una guerra civil que se prolongará casi tres años. Durante este tiempo, resultará arrasado lo que se ha conseguido con tanto esfuerzo. Ferraz 16 va a ser incautado por las milicias populares y luego, en el asedio de Madrid, bombardeado y destruido por las tropas nacionales.

El primer grupo de hombres de la Obra y toda aquella amplia labor apostólica se verá dispersada por avatares de muy diversa índole. Pero algo enraizado ya de modo sobrenatural permanece intacto en todos: la seguridad de que la Obra debe continuar adelante; de que uno sólo que sobreviva habrá de coger la antorcha del mensaje divino y transmitirla. Recordarán, ahora y siempre, las palabras del Fundador:

«La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el Cielo está empeñado en que se realice»(32).

Y, con este coraje en el alma, se inicia un tiempo de espera activa, de oración y penalidades. Una etapa de prueba da comienzo.

Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Encarnación Ortega quedó tan impresionada por “Camino” que asistió al curso de retiro que predicó Escrivá a finales de marzo de 1941 en Alacuás, cerca de su ciudad natal, Valencia. Después de la primera meditación fue a saludar al autor-predicador, que inmediatamente le explicó el Opus Dei y le dijo que necesitaba a unas cuantas mujeres valientes para llevarlo adelante. “Mi susto fue considerable”, recordó. “Perdí el apetito y el sueño y, aunque quería pensar que el retiro terminaría pronto y, tal vez, nunca volvería a encontrarme con nuestro Padre, me martilleaban esos planes divinos que me había dado a conocer”[1].

La meditación final del retiro trató sobre la Pasión de Cristo. “Todo esto, !todo!, lo ha sufrido por tí”, dijo Escrivá al final de la meditación. “Ten la valentía, al menos, de mirarle de frente y de decirle: eso que me estás pidiendo, !no quiero dártelo!”[2].

En cuanto terminó la meditación alguien dio a Ortega una palmadita en la espalda y le dijo: “Don Josemaría querría verte”. “En aquel momento”, cuenta Ortega, “tomé la decisión de decir que sí, que estaba dispuesta a ser una de aquellas mujeres que, muy cerca de nuestra Madre Dolorosa, pudieran ayudar al Padre a hacer el Opus Dei en la tierra”[3].

Cuando ella le habló a Escrivá de su decisión, le señaló los obstáculos que la aguardaban. Sus hijas todavía no tenían un centro donde pudieran vivir juntas, como familia. La gente podría no entender su camino. Debían vivir una pobreza real y dejar no sólo lo que tenían, sino también lo que habían soñado para el futuro. Ortega no se desanimó por este panorama, sino que, a la mañana siguiente, se sintió obligada a decirle a Escrivá que no sabía hacer nada. Escrivá respondió con una pregunta: “¿Sabes obedecer?”[4].

Durante la estancia de Escrivá en Valencia, Enrica Botella también pidió la admisión en el Opus Dei. Su vocación llevaba meses madurando. Su hermano Paco la había presentado, junto con una prima suya, a Escrivá. En su primer encuentro, Escrivá les había pedido que cosieran manteles y otros ornamentos para el oratorio del centro de Valencia, pero no les habló de la vocación al Opus Dei. “Nos ilusionó con ese encargo”, recuerda Enrica, “comentándonos la delicadeza de amor que suponía tener las cosas del Señor siempre bien cuidadas. Nosotras podíamos contribuir a esto, si cosíamos con cariño, en la presencia de Dios, esos lienzos que estarían tan cerca de Jesús Sacramentado”[5].

Pocas semanas después, durante un viaje a Valencia, Enrica habló con su hermano sobre el Opus Dei: “¿Por qué me hablas de esto?”, preguntó. Le explicó que las mujeres también podían pertenecer a la Obra y ella respondió que le encantaba ayudar cosiendo, pero que no tenía ningún interés en incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, durante las semanas siguientes, siguió pensando en lo que su hermano le había dicho y, cuando Escrivá fue a Valencia para predicar un curso de retiro, ella acudió a verle. “Yo estoy pidiendo tu vocación, hija mia”, le dijo. “Desde aquel instante”, sigue relatando, “me consideré ya de la Obra”[6]. Escrivá le escribió un plan de vida y quedó en verla unos días después.

En su siguiente encuentro, Escrivá habló a Enrica y Ortega del inmenso panorama de actividades apostólicas que emprenderían. Las mujeres del Opus Dei, les dijo, se santificarían y practicarían un apostolado personal de amistad y confidencia con sus amigas y compañeras en todos los ambientes, desde el más prestigioso al más humilde. Algunas serían profesoras universitarias, médicos, periodistas, abogadas y farmacéuticas. Otras, dependientes, enfermeras o empleadas domésticas. Además de sus actividades personales, que son el principal apostolado de todos los miembros de la Obra, las mujeres del Opus Dei colaborarían con otra mucha gente para crear centros educativos y sociales, desde universidades y colegios de segunda enseñanza a dispensarios rurales, escuelas técnicas y residencias.

Aquellas aspiraciones contrastaban vivamente con la realidad del momento en Valencia: ni siquiera tenían un pequeño piso donde realizar ninguna actividad. De momento, además de su apostolado personal con familiares y amigas, Escrivá les pidió que bordaran ornamentos para el oratorio, que dieran clases al personal doméstico de la pequeña residencia de Samaniego y que ayudaran a organizar los menús. Estas humildes tareas -decía- les ayudarían a preparar sus alma para las grandes empresas que les aguardaban. Se explicó leyendo un punto de “Camino”: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’ -Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… -Dime: ¿creces también para adentro?”[7].

Tan grande era la fe y la confianza con que Escrivá hablaba de su futuro, que Enrica Botella y Ortega apenas notaron el contraste entre aquellos grandes sueños y las pocas, y tradicionalmente femeninas, responsabilidades que les había pedido que asumieran. “Nos marchamos radiantes”, escribe Botella. “Valencia nos parecía pequeña para la carga de ilusiones que llevábamos dentro”[8]. No les importaba no ver todavía nada del apostolado con las mujeres: “Bastaba la seguridad de nuestro Fundador”[9].

A Ortega nunca se le había dado muy bien coser. En la cárcel de mujeres donde había estado retenida durante la Guerra Civil, prefirió cavar trincheras, cortar árboles y cargar camiones a trabajar en el taller textil. Claramente, sus gustos y ambiciones no casaban con los papeles que se asignaban a la mujer en la España de posguerra. Sin embargo, abrazó con entusiasmo no sólo los objetivos a largo plazo que Escrivá había descrito, sino también las realidades, mucho más prosaicas, de los principios. Escribió a las demás de la Obra: “Estoy dispuesta -si Dios me quiere cosiendo- a pasarme el día sentada en una silla y con la aguja en la mano; mejor que no me apetezca mucho, así tendré algo que poder ofrecer y desde luego, pienso hacerlo con alegría”[10].

[1] AGP P01 1980 p. 911

[2] Ibid. p. 912

[3] Ibid. p. 912

[4] Ibid. p. 913

[5] AGP P02 1981 p. 1214

[6] Ibid. p. 1215

[7] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[8] AGP P02 1981 p. 1217

[9] Ibid. p. 1220

[10] AGP P16 III.1999 p. 79-80

Una residencia universitaria en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.

Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).

Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.

Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”[1].

Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.

Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.

[1] AGP P03 1991 p. 312

“El Cubil”

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del curso académico 1939-40, se proyectó abrir residencias en Valencia y Madrid. Como en Valencia no se encontró un lugar adecuado, en agosto se alquiló un pequeño apartamento. Sus reducidas dimensiones y pobreza sugirieron el apodo de “El Cubil”, nombre con el era llamado habitualmente. Tenía un comedor, un pasillo y dos habitaciones, una de las cuales servía de almacén para la reciente edición de “Camino”. La otra servía para múltiples funciones: sala de estudio, cuarto de estar y lugar de oración a falta de oratorio.

A pesar de tratarse de un piso diminuto, resultaba difícil pagar el alquiler y cubrir otros gastos. En un momento dado, la compañía telefónica cortó la línea por falta de pago. Había tan pocos muebles que, cuando Escrivá cayó enfermo, con fiebre alta, después de predicar un curso de retiro en septiembre de 1939, lo mejor que pudieron ofrecerle fue un camastro militar y una vieja cortina y unos cartones a modo de mantas.

A pesar de la pobreza reinante, el numero de jóvenes que acudía a El Cubil aumentaba. En enero de 1940, asistía ya al círculo de San Rafael que había comenzado en agosto de 1939 una docena de estudiantes. Siguiendo el consejo de Escrivá de que fuera reducido el número de participantes en cada grupo, el círculo se dividió en dos. Pronto llegaron nuevas vocaciones: Salvador Moret, Antonio Ivars Moreno e Ismael Sánchez Bella, y su hermano Florencio, estudiante de Derecho que trabajaba por la noche como linotipista de un periódico local.

Escrivá celebró Misa por primera vez en El Cubil el 1 de febrero de 1940. Un sacerdote amigo prestó los ornamentos y demás objetos litúrgicos. Antes de la Misa, predicó una meditación sobre la eficacia del sacrificio y la necesidad de morir a uno mismo, como el grano de trigo. Aunque no hablaba de sí mismo, su propia vida era un vivo ejemplo de sacrificio. En El Cubil no había un sitio adecuado para hablar con todos los estudiantes que querían dirigirse con él, así que se veía obligado a dar largos paseos con ellos a orillas del Turia. Uno de la Obra anotó en el diario de El Cubil: “El Padre dice que necesita distraerse y tomar el sol; lo cierto es que quiere reventarse a fuerza de andar, pues desde hace dos días tiene los pies hinchados, como siempre que viene a Valencia”[1].

[1] AGP P03 1988 p. 547

Espera sin fin en Barcelona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Llegado el grupo de Valencia, parecía que la partida sería inminente, pero el arresto y ejecución de los miembros de otro grupo, capturado mientras trataban de escapar hacia Andorra, hizo que los contrabandistas no dieran señales de vida durante dos semanas.

La comida en Barcelona escaseaba, incluso para gente con dinero y cartillas de racionamiento. En el edificio donde se alojaban, había una familia de buena posición, cuyo hijo de seis años solía hacer cola durante horas para comprar cigarrillos, que luego cambiaba a un soldado por una ración del mal pan suministrado a las tropas. El perro de la familia con la que Casciaro y los otros residían estaba tan famélico que un día se comió el cinturón de cuero de Casciaro, un par de calcetines que Botella había dejado en el baño y la única pastilla de jabón que tenían.

Los miembros del grupo de Escrivá no disponían de cartillas de racionamiento y hubiera sido peligroso intentar obtenerlas. No tenían dinero suficiente para comer los ocho en un restaurante o comprar alimentos en el mercado negro. La mayor parte de los días el desayuno consistía en una malta aguada con dos o tres pequeñas galletas saladas. Normalmente solo hacían otra comida más, y ésta era poco más sustanciosa que el desayuno. A veces almorzaron en un restaurante, más o menos limpio, donde servían carne de burro con setas estofadas, aunque las raciones eran minúsculas. Casi a diario iban a un pequeño y sucio restaurante donde la comida era menos refinada, pero las raciones más generosas. Escrivá guardaba a menudo sus galletas del desayuno o parte de su escasa cena para dárselas a los niños de la familia con la que se alojaban.

Un día Sainz vio un letrero en el escaparate de un restaurante que anunciaba que al día siguiente se serviría yogur. Jiménez Vargas, el médico del grupo, aconsejó que se gastara un poco más en este nutritivo alimento que ayudaría a fortalecerles para la ardua caminata a través de los Pirineos. Mientras disfrutaban de este manjar, la policía entró y empezó a ir de mesa en mesa, comprobando los documentos de todos. La situación era crítica. En tiempo de guerra, se solían expedir los permisos militares para cortos periodos. Para no levantar sospechas, Botella había rellenado sus pases para sólo unos días. A medida que su estancia en Barcelona se alargaba, se habían visto obligados a cambiar las fechas varias veces, raspando con una hoja de afeitar los dígitos antiguos y escribiendo los nuevos. Los cambios eran evidentes con un examen detenido de los documentos o con una simple mirada al trasluz. Escrivá y sus compañeros se encomendaron confiadamente a sus Ángeles Custodios, mientras trataban de charlar como si nada ocurriera. Cuando sólo faltaba su mesa por ser inspeccionada, la policía salió sin pedirles sus documentos.

Escrivá se enteró por el periódico de que un antiguo compañero de la Facultad de Derecho de Zaragoza, Pascual Galbe, ejercía como juez en el Tribunal de Segunda Instancia de Barcelona. Galbe siempre había manifestado que no era creyente, pero habían sido buenos amigos y Escrivá tenía ganas de verle. Alvira había sido compañero de clase de Galbe en el instituto y le dijo que Escrivá estaba en la ciudad y que le gustaría visitarle. Galbe invitó a Escrivá a comer a su casa. Cuando se encontraron, Galbe se mostró muy emocionado y se ofreció para ayudarle a escapar.

Escrivá declinó su ofrecimiento, ya que ayudarle podía poner en peligro a la familia de Galbe. Entonces, su amigo dijo que le encontraría un trabajo como letrado en el tribunal, pero Escrivá también declinó esa oferta: “No he ejercido antes la profesión de abogado porque me interesaba sólo ser sacerdote, ¿y voy a hacerlo aquí, donde me dais un tiro por el solo hecho de ser cura?”[1]. La conversación giró hacia la religión. Cuando Galbe expresó su escepticismo, Escrivá le urgió con fuerza a estudiar el tema más profundamente: “La lectura de un par de libros te hacen decir esas cosas; una gran cantidad de hombres de inteligencias extraordinarias han escrito muchos libros sobre estas cuestiones. Cuando hayas leído unos cuantos de ellos, podrás hablar con conocimiento de causa”[2].

Galbe invitó a Escrivá a continuar su conversación esa misma tarde, en su oficina del tribunal. Cuando se dio cuenta de que Escrivá estaba resuelto a intentar la huida a través de los Pirineos, le hizo a presenciar el juicio de alguien que había sido capturado y fue condenado a muerte. Le explicó que había órdenes de disparar a matar; y le dijo que si le cogían se hiciera pasar por su hermano, por si podía hacer algo por él.

Los días de espera se habían transformado en semanas y empezaba a ser difícil para grupo de Escrivá no levantar sospechas. El gobierno republicano se había trasladado recientemente de Valencia a Barcelona, y el traslado provocó un incremento de la vigilancia. Para dar la impresión de que habían sido desplazados de sus hogares y de que habían encontrado empleo en Barcelona, Escrivá y sus compañeros dejaban cada día el piso donde se alojaban como si fueran al trabajo. Pasaban gran parte del día caminando por la ciudad. En esos paseos, hacían su oración y rezaban el Rosario. Todas las iglesias habían sido cerradas por orden del Gobierno, pero cuando pasaban delante de una, hacían actos de abandono en las manos de Dios y rezaban comuniones espirituales. Además de que estar en la calle era más seguro que permanecer encerrados en un piso, las idas y venidas por la ciudad fueron un buen entrenamiento para la dura travesía de montaña que se avecinaba. De todas formas, la falta de comida les impidió aumentar mucho su fuerza física.

Mientras esperaban una oportunidad para dejar Barcelona, Escrivá ejercía el ministerio sacerdotal en la medida de sus posibilidades. Un día, un viejo amigo de Zaragoza le dijo que su madre, maestra en un pueblo cercano, llevaba un año sin recibir los sacramentos por no disponer de un sacerdote. Inmediatamente Escrivá se ofreció a tomar, acompañado por otros miembros del grupo, el autobús al pueblecito costero donde vivía aquella mujer.

El autobús les dejó cerca de la playa y se acercaron hasta el agua. Alvira relata: “Al volver la vista, pude ver al Padre con la vista puesta en el mar y diciendo, en voz alta: ‘Salve, Regina, Mater…’. Todos seguimos el rezo de la Salve.

A mí me produjo una gran impresión ver aquella presencia de la Virgen en el Padre. Para todos nosotros, las aguas del mar habían sido un motivo de contento, de admiración ante el paisaje. Para el Padre había sido algo más: el mar le había recordado a la Virgen, y la saludaba con la Salve”[3].

Escrivá fue a la casa de esa señora y la confesó. En el camino de vuelta, un ataque aéreo de los nacionales les hizo bajar del autobús para resguardarse en el campo. Al final, regresaron a Barcelona sanos y salvos.

[1] AGP P03 1981 p. 597

[2] Ibid. p. 597-598

[3] Ibid. p. 593

Planes de expansión

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Escrivá procuraba que las difíciles circunstancias del país no le distrajeran de sus tareas apostólicas. Aunque en el año académico 1935-36 DYA sólo había cubierto la mitad de las plazas, a comienzos de 1936 Escrivá planeaba la adquisición de un local más amplio para el curso siguiente. No contento con esto, el 13 de febrero de 1936 escribió: “Veo la necesidad, la urgencia de abrir casas fuera de Madrid y fuera de España. Siento que Jesús quiere que vayamos a Valencia y a París (…). Ya se está haciendo una campaña de oración y sacrificios, que sea el cimiento de esas dos Casas”[1].

En 1934 explicó al vicario general de Madrid que pretendía abrir centros similares cerca de las principales universidades del mundo. A comienzos de 1936 escribió al obispo auxiliar de Valencia para contarle sus planes de abrir un centro en aquella ciudad. También escribió al vicario general de Madrid para informarle de que esperaba tener una casa en Valencia a finales del verano y que estaba preparando a un pequeño grupo para ir a París.

Mientras tanto, trabajaba en la redacción de una serie de instrucciones que orientarían las actividades del Opus Dei en aquellas dos primeras avanzadillas y en los centros de todo el mundo con los que soñaba. La “Instrucción para los Directores” les urge a considerar su tarea como un servicio: “Os he repetido muchas veces, pues en esta frase se condensa una gran parte de nuestro espíritu: servicio a Dios, repito, a su Santa Iglesia y al Romano Pontífice; servicio a todas las almas”[2]. La instrucción toca muchos puntos, pero su tema fundamental es la necesidad de santidad personal: “Recuerdo a los directores locales que, al darse a los demás en las tareas de formación y en las apostólicas, no deben olvidar que siempre lo más importante para ellos mismos, para la Obra y para la Iglesia, es su propia vida interior: que todo el trabajo exterior o interno, con mayor razón el de los directores, debe fundamentarse en una sólida piedad”[3].

En abril de 1936, Escrivá fue a Valencia con Vallespín, el director de DYA, para hablar con el obispo auxiliar y darle copia de las diversas instrucciones que había escrito para los miembros de la Obra. Estos contactos con la jerarquía no sólo eran una preparación necesaria para la prevista expansión, sino también la forma que tenía Escrivá de cerrarse la retirada. Después de haber informado oficialmente al obispo de Valencia y al vicario general de Madrid de sus planes, ya no podría echarse atrás en su empresa.

Aquellos planes se basaban en la confianza en Dios. El obispo José López Ortiz, agustino y catedrático de universidad, que había conocido a Escrivá en 1924 en Zaragoza describe una conversación que tuvo con él en Madrid en la primavera de 1936: “Él no me habló explícitamente de la Obra, pero me pidió lleno de fe que le encomendase, que rezase mucho por él, porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a que el Señor le enviaba un gran trabajo. Se sentía instrumento en las manos de Dios, dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa por su parte, por no poner resistencia, lucha en la que el Señor iba llevándole por un camino extraordinariamente doloroso. El Señor le había mostrado qué quería de él y de su vida: su vocación, que él veía clara. Consideraba que superaba con mucho sus posibilidades, pero estaba decididamente dispuesto a seguirla con toda fidelidad, rodeado de contradicciones (…).

Aquel día, precisamente por verle sin aquella alegría suya que ha sido característica de toda su vida, se quedó grabada en mí la imagen del hombre que sufre, dispuesto a hacer la Voluntad de Dios sabiéndose nada y menos que nada, un mero instrumento. Esta actitud diametralmente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo –humilde y yo diría que humillada- ha estado siempre en él como oculta, como la raíz con respecto al árbol, dando peso y sentido a esa constante alegría y a ese optimismo desbordante que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible”[4].

Para preparar la expansión a Valencia y el desarrollo de las actividades en Madrid con profesores y graduados universitarios, los miembros de la Obra decidieron formar dos corporaciones. La primera, Sociedad de Colaboración Intelectual, organizaría conferencias y otras actividades para graduados universitarios que finalmente formarían el núcleo de las actividades apostólicas del Opus Dei con gente casada. Escrivá se refería a aquellas actividades con el nombre de obra de San Gabriel. En tiempos de tensión política y de frecuentes redadas de la policía, era necesario tener una entidad reconocida por las autoridades civiles que pudiera organizar aquellas reuniones de diverso tipo sin despertar recelos.

El Opus Dei no podía organizarlo por sí mismo ya que todavía no tenía un reconocimiento formal ni de la Iglesia ni de las autoridades civiles. En cualquier caso, el papel del Opus Dei con respecto a la Sociedad de Colaboración Intelectual se limitaba a dar formación espiritual y doctrinal y a ayudar a sus miembros a acercarse a Dios en su vida cotidiana. Los miembros del Opus Dei organizarían, junto con otras personas, seminarios sobre temas históricos y culturales y muchas otras actividades no relacionadas con los fines espirituales del Opus Dei. Lo harían a título personal o mediante fundaciones civiles como la Sociedad de Colaboración Intelectual, porque tales actividades serían suyas y no de la Obra.

La segunda corporación, Fomento de Estudios Superiores, sería la entidad que alquilaría o compraría los locales necesarios para el nuevo centro en Valencia y otros proyectos apostólicos futuros. El Opus Dei no podía comprar o alquilar propiedades, y además no tenía ningún interés en poseer o alquilar inmuebles, aunque -está claro- necesitaría algún lugar donde llevar a cabo sus tareas de formación. Tales actividades las realizaría mejor una empresa -con o sin ánimo de lucro- cuyos fines corporativos incluyeran la posesión o arrendamiento de bienes inmuebles. No se trataba tanto de que el Opus Dei no quisiera ser visto, sino más bien que no quería verse mezclado en actividades que, siendo legítimas, no estaban directamente relacionadas con su misión espiritual.

[1] Ibid. p. 579-580

[2] Instrucción 31.5.1936, n. 9

[3] Ibid. n. 8

[4] Testimonio de José López Ortiz. UN HOMBRE DE DIOS. TESTIMONIOS SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Ediciones Palabra. Madrid 1994. p. 208-209

Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Encarnación Ortega quedó tan impresionada por “Camino” que asistió al curso de retiro que predicó Escrivá a finales de marzo de 1941 en Alacuás, cerca de su ciudad natal, Valencia. Después de la primera meditación fue a saludar al autor-predicador, que inmediatamente le explicó el Opus Dei y le dijo que necesitaba a unas cuantas mujeres valientes para llevarlo adelante. “Mi susto fue considerable”, recordó. “Perdí el apetito y el sueño y, aunque quería pensar que el retiro terminaría pronto y, tal vez, nunca volvería a encontrarme con nuestro Padre, me martilleaban esos planes divinos que me había dado a conocer”[1].

La meditación final del retiro trató sobre la Pasión de Cristo. “Todo esto, !todo!, lo ha sufrido por tí”, dijo Escrivá al final de la meditación. “Ten la valentía, al menos, de mirarle de frente y de decirle: eso que me estás pidiendo, !no quiero dártelo!”[2].

En cuanto terminó la meditación alguien dio a Ortega una palmadita en la espalda y le dijo: “Don Josemaría querría verte”. “En aquel momento”, cuenta Ortega, “tomé la decisión de decir que sí, que estaba dispuesta a ser una de aquellas mujeres que, muy cerca de nuestra Madre Dolorosa, pudieran ayudar al Padre a hacer el Opus Dei en la tierra”[3].

Cuando ella le habló a Escrivá de su decisión, le señaló los obstáculos que la aguardaban. Sus hijas todavía no tenían un centro donde pudieran vivir juntas, como familia. La gente podría no entender su camino. Debían vivir una pobreza real y dejar no sólo lo que tenían, sino también lo que habían soñado para el futuro. Ortega no se desanimó por este panorama, sino que, a la mañana siguiente, se sintió obligada a decirle a Escrivá que no sabía hacer nada. Escrivá respondió con una pregunta: “¿Sabes obedecer?”[4].

Durante la estancia de Escrivá en Valencia, Enrica Botella también pidió la admisión en el Opus Dei. Su vocación llevaba meses madurando. Su hermano Paco la había presentado, junto con una prima suya, a Escrivá. En su primer encuentro, Escrivá les había pedido que cosieran manteles y otros ornamentos para el oratorio del centro de Valencia, pero no les habló de la vocación al Opus Dei. “Nos ilusionó con ese encargo”, recuerda Enrica, “comentándonos la delicadeza de amor que suponía tener las cosas del Señor siempre bien cuidadas. Nosotras podíamos contribuir a esto, si cosíamos con cariño, en la presencia de Dios, esos lienzos que estarían tan cerca de Jesús Sacramentado”[5].

Pocas semanas después, durante un viaje a Valencia, Enrica habló con su hermano sobre el Opus Dei: “¿Por qué me hablas de esto?”, preguntó. Le explicó que las mujeres también podían pertenecer a la Obra y ella respondió que le encantaba ayudar cosiendo, pero que no tenía ningún interés en incorporarse al Opus Dei. Sin embargo, durante las semanas siguientes, siguió pensando en lo que su hermano le había dicho y, cuando Escrivá fue a Valencia para predicar un curso de retiro, ella acudió a verle. “Yo estoy pidiendo tu vocación, hija mia”, le dijo. “Desde aquel instante”, sigue relatando, “me consideré ya de la Obra”[6]. Escrivá le escribió un plan de vida y quedó en verla unos días después.

En su siguiente encuentro, Escrivá habló a Enrica y Ortega del inmenso panorama de actividades apostólicas que emprenderían. Las mujeres del Opus Dei, les dijo, se santificarían y practicarían un apostolado personal de amistad y confidencia con sus amigas y compañeras en todos los ambientes, desde el más prestigioso al más humilde. Algunas serían profesoras universitarias, médicos, periodistas, abogadas y farmacéuticas. Otras, dependientes, enfermeras o empleadas domésticas. Además de sus actividades personales, que son el principal apostolado de todos los miembros de la Obra, las mujeres del Opus Dei colaborarían con otra mucha gente para crear centros educativos y sociales, desde universidades y colegios de segunda enseñanza a dispensarios rurales, escuelas técnicas y residencias.

Aquellas aspiraciones contrastaban vivamente con la realidad del momento en Valencia: ni siquiera tenían un pequeño piso donde realizar ninguna actividad. De momento, además de su apostolado personal con familiares y amigas, Escrivá les pidió que bordaran ornamentos para el oratorio, que dieran clases al personal doméstico de la pequeña residencia de Samaniego y que ayudaran a organizar los menús. Estas humildes tareas -decía- les ayudarían a preparar sus alma para las grandes empresas que les aguardaban. Se explicó leyendo un punto de “Camino”: “No se veían las plantas cubiertas por la nieve. -Y comentó, gozoso, el labriego dueño del campo: ‘ahora crecen para adentro’ -Pensé en ti: en tu forzosa inactividad… -Dime: ¿creces también para adentro?”[7].

Tan grande era la fe y la confianza con que Escrivá hablaba de su futuro, que Enrica Botella y Ortega apenas notaron el contraste entre aquellos grandes sueños y las pocas, y tradicionalmente femeninas, responsabilidades que les había pedido que asumieran. “Nos marchamos radiantes”, escribe Botella. “Valencia nos parecía pequeña para la carga de ilusiones que llevábamos dentro”[8]. No les importaba no ver todavía nada del apostolado con las mujeres: “Bastaba la seguridad de nuestro Fundador”[9].

A Ortega nunca se le había dado muy bien coser. En la cárcel de mujeres donde había estado retenida durante la Guerra Civil, prefirió cavar trincheras, cortar árboles y cargar camiones a trabajar en el taller textil. Claramente, sus gustos y ambiciones no casaban con los papeles que se asignaban a la mujer en la España de posguerra. Sin embargo, abrazó con entusiasmo no sólo los objetivos a largo plazo que Escrivá había descrito, sino también las realidades, mucho más prosaicas, de los principios. Escribió a las demás de la Obra: “Estoy dispuesta -si Dios me quiere cosiendo- a pasarme el día sentada en una silla y con la aguja en la mano; mejor que no me apetezca mucho, así tendré algo que poder ofrecer y desde luego, pienso hacerlo con alegría”[10].

[1] AGP P01 1980 p. 911

[2] Ibid. p. 912

[3] Ibid. p. 912

[4] Ibid. p. 913

[5] AGP P02 1981 p. 1214

[6] Ibid. p. 1215

[7] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 294

[8] AGP P02 1981 p. 1217

[9] Ibid. p. 1220

[10] AGP P16 III.1999 p. 79-80

Una residencia universitaria en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.

Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).

Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.

Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”[1].

Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.

Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.

[1] AGP P03 1991 p. 312


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