Recuerdos de una amistad

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Testimonio de Mons. Fray José López Ortiz, Arzobispo titular de Grado. Vicario General Castrense Emérito
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer en la Uni­versidad de Zaragoza, en junio de 1924. Yo era presbítero desde hacía poco tiempo, y mis superiores agustinos me habían indicado que estudiara la carrera de Derecho. Durante el curso había tra­bajado con mis libros y apuntes, y en junio fue a rendir examen a Zaragoza: allí conocí y traté, durante los ocho o diez días que duró mi estancia, al futuro fundador del Opus Dei.

Se inició nuestra amistad de un modo muy corriente: cuestiones relacionadas con asignaturas de la carrera, características de los pro­fesores, etcétera: lo normal en vísperas de exámenes. Don Josema­ría estaba muy preparado y conocía el ambiente universitario, des­conocido para mi; generosamente, como lo más natural, me daba valiosas orientaciones, mientras paseábamos por los claustros de la Universidad.

Nos hicimos francamente amigos, sabiendo que esa amistad iba a perdurar. A pesar de los años transcurridos, recuerdo al fundador del Opus Dei, ya entonces, con todas sus cualidades espirituales y humanas que tanto me han llamado la atención siem­pre, y que le hacía ganar la simpatía y el respeto de todos. Era muy piadoso, lleno de vivacidad, muy comunicativo; sencillo, con un gran corazón y con una extraordinaria inteligencia. En la Facultad observé que todos le conocían, y que entre otras muchas cualidades– su carácter alegre hacia que fuera muy apre­ciado por todos.

Pero había otro punto característico de toda su vida, quizá para mi el más importante: desde el momento que comencé a tratar a don Josemaría me di cuenta de que era responsable, piadoso, reza­dor, con un ardiente deseo de ser buen sacerdote; deseo que ali­mentaba con una vida espiritual intensa y con gran dedicación a su formación sacerdotal.

Pasó el tiempo, y en 1934 gané las oposiciones a la Cátedra de Historia del Derecho en la Universidad de Santiago de Com­postela. Después –debía de ser la primavera de 1936– encontré a don Josemaría en la calle de San Bernardo, en Madrid, cuando yo salía de la Universidad Central.

Nuestra conversación, llena de alegría por el reencuentro, duró media hora o algo más. Aunque en esa ocasión no me habló explí­citamente del Opus Dei, me pidió con insistencia que rezase mucho porque el Señor le pedía algo muy superior a sus fuerzas. Aludió genéricamente a un gran empeño espiritual que el Señor le soli­citaba. Se sentía un pobre instrumento en las manos de Dios, pero dispuesto a hacer lo que Él quisiera, con una lucha amorosa para no poner resistencia, pues consideraba que el querer de Dios supe­raba con mucho sus posibilidades. Esta actitud humilde, diametral­mente opuesta a cualquier tipo de triunfalismo, fue una constante de toda la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer, hasta su marcha al Cielo, y daba peso y fundamento a una permanente alegría y a un optimismo desbordante, que sólo la rendida aceptación de la Cruz hace posible.

No nos volvimos a ver hasta el curso 1939- 40. Yo estaba de nuevo en Madrid, al frente de la Cátedra de Historia del Derecho. Mi auxiliar de Cátedra, don Juan Manzano, me había comentado que don Josemaría estaba preparando la tesis doctoral de Derecho. Fui enseguida a verle, a Jenner, 6, donde vivía. La tesis estaba prác­ticamente acabada. Ni las vicisitudes de la guerra civil ni el intenso trabajo apostólico de esos tres años habían sido óbice para que dedi­case tiempo a su trabajo de investigación.

También en el curso 1939- 40 conocí a algunos universitarios que vivían en la residencia de Jenner; al ver que eran académica­mente muy valiosos, que vivían una vida profundamente cristiana y que tenían un notable cariño a don Josemaría, pensé que allí había un espíritu mucho más hondo que el habitual para una residencia de estudiantes. Y un buen día –quizá en otoño de 1941–, volviendo con el fundador del Opus Dei del estudio del pintor Fernando Dela­puente, me fue explicando la Obra, con todo detalle. Me hizo ver que era de Dios, totalmente sobrenatural: el Opus Dei venia a recor­dar la llamada universal a la santidad; el empeño de adquirir una vida contemplativa en medio del mundo, en medio de la calle, para poner a Cristo en la cima de todas las actividades humanas san­tificar el trabajo profesional y las ocupaciones corrientes de cada día… Desde el principio entendí lo que me contaba don Josemaría: todo es obra de Dios, no es obra mía. No podía ser algo basado en el celo sacerdotal y las muchas dotes naturales del fundador, aunque fueran tantas y de categoría excepcional: era, ciertamente, una obra de Dios.

Don Josemaría me relataba todo lo referente a la Obra con una seguridad tal que, repito, me asombraba. Me explicó muchas cosas con una gran viveza, como si las estuviera viendo ya; cosas que después se han ido convirtiendo en fecundas realidades apostólicas, de servicio a la Iglesia y a todas las almas. Por ejemplo, me habló entonces de que, con el tiempo, habría en el Opus Dei hombres y mujeres casados que se santificarían en el matrimonio, en el hogar, en el trabajo.

El padre – como le llamaban millones de personas en todo el mundo – me habló también de la sección de mujeres de la Obra: centros de formación profesional femenina para elevar el nivel cul­tural y social de las jóvenes y fomentar su vida cristiana en todos los ambientes; granjas para enseñar a campesinas esto me sor­prendió especialmente–; labor apostólica con empleadas y obreras de fábricas y talleres; y–sobre todo, lo más importante– del apos­tolado personal de las asociadas con sus compañeras de trabajo –obreras, profesoras de Universidad, empleadas, investigadoras, etcétera–, sus amigas, sus vecinas, etcétera.

Don Josemaría me hablaba de socios de la Obra en el mundo entero, en todos los ambientes sociales, profesiones y oficios, sol­teros y casados, jóvenes y viejos, seglares, sacerdotes, de todas las razas… Y sólo había un puñado de chicos en Madrid, Valencia, Valladolid, Zaragoza y Barcelona, y poco más. El padre, movido por el querer divino de extender el Opus Dei por todo el mundo, les aconsejaba estudiar idiomas: ruso, japonés, inglés, francés, alemán, etcétera. El carácter universal de la Obra –hoy, realidad gozosa–lo vi ya entonces.

Dios quiso la Obra como una Asociación eminentemente laical y secular, y así fue desde el principio. Aquellos chicos que, al salir o entrar en la residencia Jenner, saludaban al Santísimo en el ora­torio, con piedad y naturalidad, que dedicaban mucho tiempo a la oración y se mortificaban durísimamente, que eran abnegados, alegres, obedientes, entregados, con profunda vida interior, apos­tólica… eran exactamente iguales que sus compañeros. Yo vivía, como profesor, en el ambiente universitario, y en esa gran expe­riencia baso mi testimonio; otras muchas personas afirman lo mis­mo respecto a su propio ambiente profesional y social.

Yo me sentía asombrado por la carencia de medios económicos con que e] Opus Dei iba creciendo. No contaba con centros para su labor. Poco a poco, con muy buen gusto y gran falta de medios, iba acomodando pequeños locales – recuerdo, por ejemplo, el que llamaban El Rincón, en Valladolid – ; y si aún no se podía contar ni con esos pobres instrumentos, hacían su apostolado personal reu­niéndose con sus amigos en la calle, en un café, etcétera, como com­probé en Zaragoza, donde muchas veces tenían sus medios de for­mación junto al río. Les daba igual; no perdían la alegría ni dejaban de hacer apostolado por falta de medios.

Todo eso me llamaba más la atención, porque por aquellos tiem­pos no era difícil conseguir subvenciones y ayudas de organismos estatales para fines apostólicos; o, al menos, muchas organizaciones apostólicas lo conseguían, sin que el hecho tuviera la consideración de privilegio ante la opinión pública, tales eran los tiempos y el talan­te eclesial. Sin embargo, don Josemaría nunca actuó así. A los de la Obra, por el contrario, si les decía que se sostuvieran con su tra­bajo, que exigieran sus derechos –becas, ayudas para el estudio, justa remuneración por su trabajo profesional, etcétera–, y que ayu­daran, lo mismo que sus amigos, a sostener las labores apostólicas.

Precisamente en estos años, mientras el padre, con su gran sacri­ficio personal y con tanta falta de medios económicos, impulsaba la Obra por las provincias españolas, se desencadenó una campaña injusta y terrible de falsedades y calumnias contra su persona y contra el Opus Dei. Eran ataques constantes, inhumanos, procedentes de varios sectores muy concretos. Entonces, la caridad, la fortaleza, la alegría y la prudencia sobrenatural de don Josemaría se me hicie­ron patentes.

Hacia 1941 se hicieron especialmente crueles los ataques de fondo. Procedían de ambientes determinados –no quiero yo juzgar intenciones – que veían con malos ojos un apostolado con una espi­ritualidad completamente nueva. También partían las insidias de un grupo de profesores universitarios, que tergiversaban el apos­tolado entre intelectuales que realizaban algunos socios de la Obra, a la que atribuían, falsamente, el propósito de «conquistar» la uni­versidad española, y de hacerlo, además, ayudándose unos socios a otros con medios ilícitos. Se añadió, ya en el año 1942, un grupo político, entonces dominante, que, considerando erróneamente al Opus Dei como otro grupo político, temía su supuesta competencia.

Como queda reseñado, la llamada universal a la santidad que el padre predicaba con palabras y con obras– no fue entendida por algunos. Faltaban muchos años para que el Vaticano lila pro­clamase solemnemente como exigencia divina, y esto dio lugar a acusaciones de herejía contra el Opus Dei y contra el padre, que sufría mucho porque tenía un espíritu abierto, un corazón magná­nimo, y la Obra no venía contra nada ni a hacer sombra a nadie: por el contrario, cualquiera que trabajase en servicio del Señor era muy querido, todos los brazos serían siempre pocos.

Estas dificultades fueron las que más me unieron a don Jose­maría: su reacción ante los ataques –algunos, tremendos – era heroicamente sobrenatural y llena de caridad. Al desahogar con­migo su corazón, me confiaba que, si el Señor lo permitía así, sería para bien, y que perdonaba de todo corazón a todos. Y a la vez, tenía una serena y justa indignación al ver injustamente maltratados a sus hijos y al comprobar el daño que se derivaba para la unidad de la Iglesia y para las almas. Que su persona fuera objeto de fal­sedades y calumnias, por el contrario, no le importaba.

Monseñor Escrivá de Balaguer jamás habló mal de nadie, per­donó siempre y prohibió terminantemente a sus hijos –aunque no era necesario, ya que vivían el espíritu que les había enseñado que comentaran aquellos ataques, exigiéndoles que no criticaran a nadie y que nunca apagaran ninguna luz que se encendiera en nombre de Cristo. Preveía, ya entonces, que cuando los enemigos de la Iglesia combatieran a la Obra, utilizarían – en triste paradoja – especies lanzadas por aquellos católicos a los que perdonaba y dis­culpaba, diciendo que, posiblemente, lo hacían putantes se obse­quium praestare Deo, considerando que así agradaban a Dios.

Tampoco faltaron los que, sin mala intención, presionaron fuer­temente al padre para que los socios de la Obra militasen en movi­mientos católicos de los que surgían iniciativas políticas cristianas.

Desde el primer momento, el fundador del Opus Dei insistió en la plena libertad personal que, en las cuestiones temporales, tienen los socios de la Obra. Lo decía terminantemente: Jamás he preguntado a alguno de los que a mí se han acercado lo que piensan en política: ¡no me interesa! Os manifiesto, con esta norma de mi con­ducta, una realidad que está muy metida en la entraña del Opus Dei, al que con la gracia y la misericordia divinas me he dedicado com­pletamente, para servir a la Iglesia Santa. No me interesa ese tema, porque los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la conse­cuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más lími­tes que los que marca el magisterio de la Iglesia (Amigos de Dios, núm. 11).

Tratar de modo particular de las virtudes sobrenaturales y de las virtudes humanas del fundador del Opus Dei es muy difícil, por­que toda su vida fue una vida de santidad muy intensa, que fue in crescendo, hasta el ultimo instante de su vida en la tierra. Es difícil distinguir qué era fruto de sus excepcionales cualidades humanas y qué lo era de su lucha ascética y de su vida interior, porque todo estaba estrechamente unido. Se pueden distinguir teóricamente sus dotes humanas y sus dotes sobrenaturales, pero, de hecho, estaban totalmente fundidas en su gran amor a Dios. La unidad de su vida radicaba en su entrega plena al Señor, en cumplir amorosamente lo que Él le exigía – el Opus Dei -, en servicio de la Iglesia y de todas las almas.

Don Josemaría era un sacerdote santo que amaba su sacerdocio profundamente; en una ocasión me lo contaba con toda sencillez al cabo de los años – visitó el Palacio Arzobispal de Zaragoza y, cuando estuvo a solas en la capilla donde, hacía años, había recibido la tonsura, besó el suelo con verdadera unción y gozo sacerdotales, mientras saboreaba aquellas palabras de la ceremonia: Dominus pars hereditatis meae et calicis mei… Su amor al sacerdocio y a los sacerdotes resultan evidentes, al recordar el gran número de ejer­cicios espirituales y retiros para sacerdotes y religiosos que predicó durante los años en que yo le trataba más de cerca; recorrió toda España - sin cobrar nunca nada– a petición de obispos de unas y otras diócesis. La abnegada atención espiritual que el Opus Dei ha prestado y presta a los sacerdotes de tantos países es una con­tinuación del trabajo ejemplar e infatigable del padre.

Quiero agradecer aquí – de modo especial – esfuerzo de don Josemaría y de sus hijos sacerdotes para ayudar espiritualmente al clero secular de todas las diócesis de España. Sé que éste es también cl sentimiento de los prelados que han visto surgir, entre sacerdotes suyos, vocaciones al Opus Dei. Como obispo de Tuy–Vigo primero, y como Vicario General Castrense después, he comprobado cómo los sacerdotes diocesanos que se vinculan a la Obra están aún más estrechamente unidos a sus obispos y les obedecen con fidelidad ejemplar, y con heroísmo si es preciso.

El amor de Monseñor Escrivá de Balaguer a Dios y su fe filial y confiada se transparentaban en toda su vida: no tenía otra fina­lidad que cumplir amorosamente la voluntad de Dios y ayudar a los demás a acercarse a El.

Su fe, su visión sobrenatural, su unión con Dios, se manifestaban en todos sus pensamientos, sus afanes, su vida toda. En cuanto la conversación con el padre se hacía íntima, aparecía patente la efu­sión de una vida interior llena de Dios, una vida que no tenía más intereses que los de la gloria de Dios.

Tenía una especialmente intensa y filial devoción a la Santísima Virgen, llena de ternura y fortaleza, que se traslucía hasta en los detalles más pequeños. Amaba entrañablemente a San José, y reza­ba mucho, con amistosa confianza, a los Angeles Custodios, enco­mendándoles asuntos concretos, con la seguridad de que siempre le escuchaban.

Mantenía siempre la serenidad en el juicio. En una ocasión me llegó un documento oficial en el que se le calumniaba de una manera atroz. Me pareció un deber llevarle el original, que me había dejado un amigo mío: los ataques eran tan fuertes que, mientras don Josemaría fue leyendo esas páginas delante de mí, con calma. no pude evitar que se me saltasen las lágrimas. Cuando don Josemaría ter­minó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír, y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gra­cias a Dios, es falso. pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiese dejar en el Ministerio de donde los había tomado. Ten–medijo-, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él.

El espíritu de mortificación y el amor a la pobreza del padre fueron muy grandes. Nunca tuvo nada como propio, estaba des­prendido de todo. Hasta en lo más pequeño cuidaba no apegarse a las cosas; era un cuidado amoroso el suyo. Recuerdo que en una ocasión en Roma acababa de recibir un burrito dorado, de una hechura preciosa, que le hizo mucha gracia porque le gustaba la figura del borrico trabajador y fiel. Al verlo, le encantó. Entonces, reflexionó un momento y me dijo: Llévatelo, es para ti. Me di cuenta, en aquel mismo momento, que era un gesto de desprendimiento.

Podría seguir enumerando, una tras otra, las virtudes que ador­naban el alma de mi inolvidable amigo, un fundador que no hubiera querido fundar nada. Pero no es este el lugar oportuno para recoger por extenso tantas virtudes, vividas heroicamente en un crescendo a lo largo de su vida. Me he limitado a espigar unas cuantas en el hondón de mi alma, recuerdos de una amistad que nunca agra­deceré suficientemente a Dios Nuestro Señor.

Un viraje de espiritualidad

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Testimonio del Cardenal Sebastiano Baggio Prefecto de la S. Congregación para los Obispos
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El 26 de junio moría en Roma el fundador del Opus Dei, Mon­señor Josemaría Escrivá de Balaguer, a los setenta y tres años de edad. En Roma vivía desde 1946, y en Roma ha sido enterrado, en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, en la sede central de la Asociación, calle Bruno Buozzi, 75. Había hecho de Roma el centro del Opus Dei porque quería subrayar el carácter univer­sal, católico y romano de esta Asociación católica internacional, y el sentido de responsable y amorosa fidelidad a la Cátedra de Pedro. En menos de medio siglo, el Opus Dei se encuentra en plena vitalidad y expansión y aparece definitivamente marcado con el carácter que Monseñor Escrivá de Balaguer quiso y supo imprimirle.

Precisamente en aquel año de 1946 tuve la fortuna de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de trabar con él una permanente amistad, respetuosa y discreta, pero no por esto menos afectuosa y profunda. Me había impresionado que la sede de la ya entonces importante Asociación no tuviese nada en común con las construcciones eclesiásticas del tipo convencional: eran habitaciones y ofi­cinas comunicados entre si, distintos unos de otros, como cualquier apartamento o casa del barrio del Parioli, sin placas ni símbolos vistosos, con plantas y flores, decorados con buen gusto y con algu­na exuberancia debida a la proveniencia familiar de sus ocupantes y al amoroso esfuerzo de arquitectos y artistas, socios del Opus Dei, que habían volcado allí su talento.

El amabilísimo anfitrión me explicaba que también aquel estilo, para mi insólito, formaba parte de la espiritualidad laical del Opus Dei: la santificación de la vida ordinaria y de la propia condición social, llevada hasta el heroísmo, pero sin alterar para nada sus tra­zos comunes y, sobre todo, sin alimentar la veleidad de salirse de ese ambiente o el sentimiento de querer ser otra cosa distinta de la que se es. En una homilía dirigida a los universitarios, Monseñor Escrivá de Balaguer desenmascaró esta tentación a la que llamó mística ojalatera, la mística del «ojalá».

A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su fundador –o quizá por eso mismo–, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histó­rico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucio­naria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del fun­dador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos –y así debe ser–– como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo.

Monseñor Escrivá de Balaguer era hombre sencillo y modesto que rehuía la publicidad y los gestos clamorosos; no iba de un lado para otro para dar conferencias, aunque era generalísimo e incan­sable en el ministerio sacerdotal y paterno de la palabra; sólo concedía entrevistas a la prensa cuando ya no era posible evitarías. En su elogio fúnebre fueron recordadas oportunamente las palabras que escribió a los socios del Opus Dei en una ocasión tan clásica como sus bodas de oro sacerdotales: «No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca».

Sin embargo, era conocidísimo. El Opus Dei, la Asociación internacional fundada por él en 1928, cuenta hoy con unos sesenta mil socios de todas las naciones del mundo, de todas las profesiones y clases sociales. Hay que tener en cuenta, además, que millones de personas han encontrado una guía para la oración y para la san­tificación del trabajo cotidiano en los escritos espirituales y pastorales de Monseñor Escrivá de Balaguer. De uno de ellos, Camino que alguien ha llamado «la imitación de Cristo de los tiempos modernos» y que otros tendían a minusvalorar, no entendiendo el valor de la extrema sobriedad de su escritura–, han sido publicadas hasta ahora 120 ediciones en 30 idiomas, con una tirada total que roza los dos millones y medio de ejemplares. Su obra más reciente, Es Cristo que pasa, recoge 18 homilías sobre los principales momen­tos del año litúrgico.

SANTIDAD PARA EL HOMBRE DE LA CALLE

Desde los comienzos del Opus Dei su fundador proclamó que la santidad no es un ideal para privilegiados, sino para todos aque­llos que se esfuerzan en vivir el Evangelio hasta sus últimas con­secuencias, cualquiera que sea su situación en la vida, y siempre atentos al Magisterio de la Iglesia. A muchos parecía eso una herejía (aunque hubiese bastado recordar la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales); después del Concilio Ecuménico Vati­cano II esta tesis se ha convertido en un principio indiscutible. Pero lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Monseñor Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condición, en una palabra: al hombre de la calle.

El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei:

1) Ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mun­do, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circuns­tancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materiales; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas– es lo primero que hay que santificar y el primer instru­mento de apostolado.

Para ilustrar estas tres ideas fundamentales, nada más breve y eficaz que las palabras del mismo fundador del Opus Dei. Las toma­ré de una de sus homilías, pronunciada en 1967, y que ha sido luego publicada con el significativo título de Amar al mundo apasiona­damente, en el volumen Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer.

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LOS LAICOS

Respecto al primer concepto –que teológicamente puede desig­narse como carácter laical y secular–, Monseñor Escrivá de Bala­guer ha enseñado siempre a situarse idealmente junto a los primeros cristianos, en aquella época en la que los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo y participando plena­mente en todas las actividades honestas de la sociedad en que vivían. Y así como los primeros cristianos hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, plebeyos y esclavos– se santificaron en la vida corriente y consiguieron convertir el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santificar el mundo desde dentro. «Tendré que volver a afirmar –decía en aquella ocasión– que los hombres y mujeres que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios son sen­cillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad –hasta las últimas consecuencias– su vocación cristiana. Nada distingue a mis hijos de sus conciu­dadanos».

No escapaban a Monseñor Escrivá de Balaguer las consecuen­cias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical. «Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vues­tra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo –y no sólo el templo es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena prepara­ción intelectual y profesional, va formando –con plena libertad–sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desen­vuelve, y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida». Y he aquí, en este punto, la característica aversión de Monseñor Escrivá de Balaguer por todo tipo de clericalismo: «Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para repre­sentar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. Esto no puede ser, hijos míos. Esto sería cle­ricalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas».

Esta pasión por la libertad que brotaba en él por su vital inser­ción en la unidad orgánica del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y que se proyectaba en la madurez de los seglares formados en su escuela, es una herencia rica y fecunda que el fundador del Opus Dei deja confiada a los socios y a todos los cristianos conscientes; de ese modo puede darse vida a un legítimo y prudente pluralismo, tal como lo ha deseado el Concilio Ecuménico. Escribía a los socios:

«Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laica que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene, y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas».

Estas ideas explican el por qué los hijos y alumnos espirituales de Monseñor Escrivá de Balaguer son unánimes y solidarios en los ideales de santidad y apostolado, mientras adoptan las más diversas posiciones en el campo político e ideológico, manifestando así por tanto un amplio pluralismo de opciones humanas. El secreto está en que, como dice el fundador, en las cosas temporales «están de acuerdo en no estar de acuerdo», coincidiendo solamente en la común fe cristiana y en la búsqueda de la santidad en medio del mundo.

EL «MATERIALISMO» CRISTIANO

El segundo concepto –el valor cristiano de la vida ordinaria es expresado así en la homilía programática de 1967: «Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mi por los años treinta (observemos aquí que faltaban otros tantos años y más para la Constitución pastoral Gaudium et Spes) que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartarlos así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas».

« ¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésta es la que tiene que ser –en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.»

E insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento: «El auténtico sentido cristiano –que profesa la resurrección de toda carne– se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los mate­rialismos cerrados al espíritu».

Con la originalidad y la ortodoxia de este programa de profesión cristiana y de santidad, Monseñor Escrivá de Balaguer neutralizaba con anticipación las diversas teologías reductoras de las realidades temporales que han pululado como parásitos en torno del árbol frondoso de la Gaudium et Spes.

SANTIFICACIÓN DEL TRABAJO

La tercera novedad espiritual a la que antes aludía es la impor­tancia teológica que se da al trabajo profesional, a las ocupaciones cotidianas de los cristianos que viven en medio del mundo. El tra­bajo, en la enseñanza del fundador del Opus Dei, es la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. Así la vida del cristiano no se hace con idealismos descarnados, sino que es un esfuerzo concreto de colaboración en la construcción de una sociedad más justa, un esfuerzo que ennoblece todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Después de haber citado párrafos de las epístolas de San Pablo («Todas las cosas son vuestras; vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios», «Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios».) Monseñor Escrivá decía: «Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra».

En otra de las conversaciones espirituales del fundador con los socios del Opus Dei, una homilía que lleva por título Hacia la santidad, escribe: «Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cam­bio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida huma­na corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada».

«Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos diri­gimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un cami­no, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aun­que nos haga vadear alguna vez un río cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque es tan sencillo, tan ordinario».

SANTA CRUZ Y OPUS DEI

¿Quiénes son, por tanto, los socios del Opus Dei, esos que encar­nan este mensaje nuevo –y sin embargo, tan sencillo y natural – de la santificación del trabajo ordinario? Encontramos la respuesta en otra homilía: «Quienes han seguido a Jesucristo conmigo pobre pecador– son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo… y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres de diversas nacio­nes, de diversas lenguas, de diversas razas– que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más huma­na y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad –repito–, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las reali­dades más vulgares».

Entre tantos millares de personas que han seguido el ejemplo y la enseñanza de Monseñor Escrivá de Balaguer, dos están en cami­no de ser elevados a los altares: se trata de un ingeniero argentino, Isidoro Zorzano, y de una joven española, Montserrat Grases, de los cuales se me ha dicho que se encuentra en fase avanzada el proceso de beatificación.

Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

Junto al Pacífico

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1953, varios miembros de la Obra comienzan a vivir y a desarrollar su trabajo profesional en Guatemala, e inician la labor del Opus Dei en América Central. Nada más llegar, se alojan provisionalmente en un pequeño piso de un barrio popular.

En América Central, como en tantos otros sitios, se comienza dentro de la mayor escasez. Todos viven de su trabajo y esfuerzo personal. Pero es necesario allegar los medios para levantar los primeros Centros de la Obra en el país. Como escribe Peter Berglar:

«Cada labor apostólica también se ocupa por cuenta propia de mantenerse en lo material y en lo económico. Esto se consigue gracias a las aportaciones procedentes de los miembros de la Obra; a los medios públicos de financiación, en el caso de labores formativas; a las pensiones de los residentes, en el caso de Colegios Mayores; a las subvenciones de Patronatos y Asociaciones de Amigos fundadas con este fin, etc. Y cuando todo esto no basta (lo que sucede a menudo) hay que cubrir los “agujeros” por medio de donativos. Y como éstos no alcanzan, la preocupación urgente y constante por recabar los medios necesarios es siempre parte de las ocupaciones de un Director, que, por muy cualificado que sea en otros terrenos, también tiene que ser un “mendigo diplomado”, un mendigo honoris causa, es decir, por causa del honor de Jesucristo… »(6).

La primera carta que les envía el Padre lleva fecha del 12 de septiembre de 1953. Muchas veces leerán y volverán a leer estas líneas, uniéndose a su fe inquebrantable para el apostolado que les aguarda. Las circunstancias del país son difíciles. Un sacerdote a quien explican el espíritu del Opus Dei, el ideal que les mueve, no puede menos de sorprenderse:

«Aquí fracasarán. Si no se consiguen vocaciones para el seminario ni para los religiosos, menos conseguirán ustedes esas vocaciones entre universitarios, que es por donde desean comenzar».

Cuando el Consiliario transmite este vaticinio, recibe una carta del Padre en la que reitera que lo mismo han comentado al comenzar en otros lugares; pero que, si son fieles, tendrán siempre vocaciones(7).

El Arzobispo de Guatemala está muy contento con la llegada de los primeros miembros del Opus Dei, dos de ellos sacerdotes. A estos últimos les pide que colaboren en algunas parroquias. El clero anda un poco escaso para la extensión generosa de estas tierras.

Desde septiembre, dos meses después de llegar a Guatemala, viven en una casa situada en la Octava Avenida. El 2 de octubre de 1953, XXV aniversario de la Fundación del Opus Dei, se sienten muy unidos al Padre. También Roma mantiene un cariño que supera todas las distancias para los primeros de la Obra que han abierto las puertas del mundo. Poco tiempo después, el 19 de agosto de 1954, el piso está instalado. El Arzobispo celebra la Santa Misa y deja al Señor en el nuevo oratorio. Como recuerdo de su bendición y amistad, les regala un cáliz de plata dorada, de estilo colonial, que pertenece ya a la historia entrañable del Opus Dei en Centroamérica.

El 24 de octubre de 1955 llega a Guatemala el primer grupo de la Sección de mujeres de la Obra. Vienen tres: dos mexicanas y una española. Traen la certeza interior de que Dios bendecirá su esfuerzo para sembrar un buen germen sobrenatural en tierras guatemaltecas. Esto, y las cartas que llegan de Roma con mucha frecuencia, alientan su fortaleza. Ni el “xocomil”, especie de oleaje airado que se levanta en los lagos de estas latitudes, puede amenazar la navegación de esta tripulación pequeña que hoy se ha hecho a la mar.

Una residencia universitaria en Valencia

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

A comienzos del verano de 1940, los fieles de la Obra en Valencia empezaron a buscar un local que pudiera servir de residencia durante el año académico 1940-1941. Tras recorrer gran parte de la ciudad, encontraron un lugar en la misma calle que El Cubil. Había servido de hospital durante la guerra y estaba ruinoso, pero era amplio y prometía mucho.

Unos pocos viajes con una carretilla bastaron para trasladar las escasas pertenencias de El Cubil a la nueva residencia, a la que pusieron el nombre de la calle, Samaniego. El 30 de julio de 1940 cerraron El Cubil y empezaron a acondicionar Samaniego, que tendría capacidad para veinte estudiantes. Casciaro, que se traladó de Madrid a Valencia para ser el director, se encargó de la decoración. El vestíbulo de entrada, que tenía un techo extremadamente alto, planteaba un desafío particular. Para llenar el espacio, Casciaro diseñó un gran repostero que cosió Carmen Escrivá. Representaba un escudo con cardos en su mitad inferior y estrellas en la mitad superior con la leyenda “Per aspera ad astra” (“Por la dificultad, hasta las estrellas”).

Cada vez que venía a Valencia, Escrivá procuraba llevar algún objeto que completara la decoración: unos procedían del hogar de su familia, otros eran regalo de la familia de alguien de la Obra, y algunos otros habían sido rescatados de las ruinas de la residencia de la calle Ferraz. Los miembros de la Obra que vivían en Valencia también pidieron a sus padres y familiares muebles para la nueva residencia. Poco a poco, la casa cobró el aspecto de un hogar de familia, aunque había tan poco dinero que, durante varios meses, no pudieron pagar la cuenta de la luz y tuvieron que apañarse con velas.

Escrivá bendijo la residencia el 20 de septiembre de 1940. Durante la ceremonia, expresó su esperanza de que pronto fuera posible tener allí a Jesucristo presente en el sagrario. Antes de destinarla al nuevo uso, la casa tenía un pequeña capilla que pasó a ser el oratorio de la residencia. Podía ampliarse abriendo unas puertas correderas que conectaban con dos habitaciones contiguas. El altar fue decorado con azulejos del siglo XVII. Federico Súarez, estudiante de Historia que se había incorporado recientemente al Opus Dei, los había encontrado entre un montón de escombros en un solar en construcción. Para el retablo del altar, Fernando Delapuente, miembro de la Obra que vivía en Madrid y que más tarde sería un afamado pintor, hizo una copia de una crucifixión de Van der Weyden. Escrivá celebró la primera Misa en el oratorio el 2 de noviembre de 1940. Después de reservar el Santísimo Sacramento en un sagrario prestado exclamó: “Estoy muy contento. ¡Otro Sagrario!”[1].

Cuando la residencia de Samaniego abrió, vivían en ella tres fieles del Opus Dei: Casciaro, Fuenmayor, subdirector, y Jesus Urteaga, que había pedido la admisión en el Opus Dei durante el verano y fue a Valencia a empezar la carrera universitaria. Sólo había uno que no pertenecía a la Obra. Había muchas plazas libres y los residentes tardaban en venir. Para llegar a fin de mes, los miembros de la Obra abrieron una academia dirigida a alumnos de secundaria que se preparaban para ingresar en la universidad y que ofrecía también clases de Derecho Civil.

Poco a poco la residencia se fue llenando hasta alcanzar los veinte residentes previstos. Además, muchos otros universitarios iban allí a estudiar y a las clases de formación cristiana. En el primer año de funcionamiento, pidieron pertenecer al Opus Dei cinco de ellos.

[1] AGP P03 1991 p. 312

Nuevos centros y actividades de formación

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El Opus Dei pronto dejó pequeña la residencia de la calle Jenner. Algunos que ya habían terminado sus estudios y empezado a trabajar se trasladaron en otoño de 1940 a un nuevo centro en la calle Martínez Campos. Entre ellos se contaban Jiménez Vargas, Fernández Vallespín, Botella, Rodríguez Casado y Múzquiz. El piso sirvió de base para actividades con jóvenes profesionales, muchos de los cuales se habían casado hacía poco. También era la sede de la Sociedad de Cooperación Intelectual (SOCOIN) que patrocinaba las actividades culturales y educativas que se organizaban

Por esa misma época, un grupo de miembros de la Obra se trasladó a una elegante casa con un pequeño jardín en la esquina de las calles de Lagasca y Diego de León, en el barrio de Salamanca. Este nuevo local serviría de sede central de la Obra y de centro de formación para las vocaciones recientes. La primera ola de residentes se redujo a Escrivá y su familia, del Portillo, Zorzano y José Orlandis, joven historiador que pidió la admisión al Opus Dei en Valencia al término de la la Guerra Civil. Escrivá celebró la primera Misa en Lagasca, como llamaron al nuevo centro, en la Nochebuena de 1940. Pocos meses después el obispo de Vitoria, Javier Lauzurica, dejó reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en el sagrario del oratorio.

Los jóvenes que por entonces habían pedido la admisión a la Obra en Valencia, Zaragoza y Valladolid pasaron en Madrid unos días de formación más intensa en la primavera de 1941. Aprovecharon que los residentes habían salido de Madrid para pasar la Semana Santa con sus familias y habían dejado sitio en Jenner. A diario, Escrivá predicaba una meditación antes de la Misa. En las tertulias de después de las comidas, se mezclaban la conversación sobre acontecimientos del día, anécdotas de las actividades apostólicas en Madrid y otros lugares, comentarios sobre el espíritu del Opus Dei, canciones y bromas. Los “mayores” de la Obra (del Portillo, Zorzano, Jiménez Vargas, Casciaro y Botella), que tenían alrededor de treinta años, daban las clases sobre el espíritu y el apostolado de la Obra. En los tiempos entre clases, los participantes solían estudiar los textos mecanografiados de las “Instrucciones” que Escrivá había redactado antes de la Guerra Civil. Cada tarde, salían unas horas a hacer deporte o dar una vuelta por Madrid. Esta primera Semana de Estudio –así se llamó– fue precursora de futuros cursos en los que los fieles de la Obra estudiarían Teología y el espíritu del Opus Dei en un ambiente de familia.

Los miembros del Opus Dei estudian Filosofía, Teología y doctrina católica durante toda la vida. Para acelerar su formación, los numerarios normalmente pasan varios años en un centro de estudios donde se dedican más intensamente a esas materias, sin abandonar sus actividades profesionales o los estudios civiles. En otoño de 1941, el Opus Dei abrió su primer centro de estudios en el piso superior de Lagasca, en la parte de la casa que los antiguos propietarios habían reservado para el personal de servicio. Casciaro fue el primer director. Escrivá consiguió que prestigiosos profesores se ocuparan de las clases de Filosofía y Teología. La formación en el espíritu del Opus Dei la impartió el propio Escrivá, ayudado por Casciaro y los demás mayores. Para entonces, el centro de Martínez Campos se trasladó a una nueva sede y se abrió otro para la gente que ya había terminado los estudios universitarios, con lo que en octubre de 1941 el Opus Dei ya contaba con cuatro casas en Madrid.

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”[1].

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”[2].

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 541

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 563

José Orlandis

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Un ejemplo llamativo de esas “gracias tumbativas” es la vocación de José Orlandis, que pidió la admisión en el Opus Dei en Valencia en 1939. Su historia no es única, pero en sus sus memorias proporciona un relato detallado de su experiencia. Orlandis había empezado la carrera de Historia cuando estalló la guerra, durante la cual sirvió como oficial en el ejército nacional. En agosto de 1939 estaba destinado en Mallorca y decidió pedir un permiso de estancia en Valencia. Quería aprovechar la convocatoria extraordinaria de exámenes para quienes habían visto interrumpidos sus estudios por la guerra. Como era imposible predecir la duración de los exámenes, el permiso no fue fijado por un periodo exacto, sino hasta el final de las pruebas.

En Valencia, Orlandis se encontró con su viejo amigo Casas Torres, que acababa de incorporarse al Opus Dei. Casas Torres le sugirió que asistiera al retiro para estudiantes universitarios que Escrivá predicaría en el Colegio del Beato Juan de Ribera a partir del 10 de septiembre. Orlandis dijo que acudiría si le daba tiempo entre el final de los exámenes y la fecha en la que debía regresar a Mallorca.

Aunque no amenazaba directamente a España, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, puso al Ejército en estado de alerta. Para evitar el pánico, las autoridades militares no anularon inmediatamente todos los permisos y Orlandis pudo seguir en Valencia para acabar los exámenes. Sin embargo, la tensa situación internacional aumentaba la presión sobre Orlandis para que regresara a su unidad lo antes posible. Reservó un pasaje de regreso a Mallorca para el 11 de septiembre y le dijo a Casas Torres que no podía asistir al retiro.

A punto de dejar Valencia, Orlandis fue a despedirse de don Antonio Rodilla, a quien conocía tiempo atrás. Se lo encontró con Escrivá en una calle cercana a la catedral. Después de presentarse, le explicó los motivos por los que no podría asistir al retiro: había terminado sus exámenes, se le había acabado el permiso, había comenzado una nueva guerra y ya tenía comprado el billete para volver a su unidad. Para su sorpresa, Escrivá no pareció impresionado: “Pues también puedes hacer otra cosa: si tienes el billete, vas y lo cambias por otro para el barco siguiente; y mañana empiezas el curso de retiro. Y si a la vuelta el coronel te arresta, muy bien, que te arreste: cumples el arresto”[1]. Sorprendentemente Orlandis, que no conocía a Escrivá de nada, respondió “muy bien, Padre” y fue directamente al despacho de billetes para cambiar su pasaje por otro en el barco de la semana siguiente.

Durante el retiro, Escrivá sugirió a los participantes que rezaran por Polonia, recién invadida por Alemania, pero el tema central fue su llamada para seguir a Cristo. Escrivá usaba frecuentemente los textos del Evangelio que narran la vocación de Nuestra Señora, la del joven rico que rechazó la invitación de Cristo a seguirle, y la de Bartimeo, el mendigo ciego, que respondió generosamente a la llamada de Jesús y fue curado. En conversaciones privadas, tanto Escrivá como del Portillo le explicaron a Orlandis la vocación al Opus Dei. El 14 de septiembre de 1939 pidió pertenecer a la Obra. En sus memorias, después de narrar su vocación, escribe: “Es posible que alguien esboce una sonrisa irónica y diga para sus adentros: hablando el propio Fundador y con la enorme personalidad humana que tenía, ¿quién sería capaz de resistirse? A ese escéptico se le podría responder que el atractivo de una gran personalidad puede explicar un arranque entusiasta, pero no una perseverancia de más de medio siglo. Esta sería imposible –y más en el Opus Dei- sin llamamiento de Dios y sin ayuda de la gracia”[2].

Cuando Orlandis regresó a su unidad una semana después, el coronel no le hizo ninguna pregunta.

[1] José Orlandis. Ob. cit. p. 37

[2] Ibid. p. 47

Capítulo 21. Expansión fuera de Madrid (1939-1942)

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Un retiro en Valencia

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En los meses siguientes al fin de la Guerra Civil, el Opus Dei reanudó sus incipientes actividades en Valencia. Escrivá predicó ejercicios espirituales a un grupo de universitarios del 5 al 11 de junio de 1939 en el Colegio del Beato Juan de Ribera, situado en Burjasot a pocos kilómetros de la ciudad. La invitación para predicar los ejercicios vino de su buen amigo don Antonio Rodilla, rector del colegio.

Mientras paseaba por los terrenos del colegio, antes de empezar, los estudiantes se fijaron en un cartelón pintado a mano, abandonado por el ejército republicano, que había ocupado el edificio durante la Guerra Civil. En el cartelón se leía el verso atribuido a Antonio Machado: “Cada caminante siga su camino”. Uno de los asistentes se disponía a romperlo, pero Escrivá le paró, diciéndole que ese lema era un buen consejo. Durante esos días, utilizó repetidamente aquella frase para subrayar la importancia de la libertad en el servicio de Dios.

Este énfasis en la libertad contrastaba radicalmente con la tendencia mayoritaria de la España de posguerra. Uno de los jóvenes, que pidió la admisión en el Opus Dei poco después de la guerra recordaba “aquellos tiempos, en los que no se hablaba especialmente sobre este tema. Se estimaban otros valores como el servicio y el sacrificio por la Patria, la abnegación en los sufrimientos, la heroicidad hasta poner en peligro la propia vida en defensa de ideales nobles”[1].

Lógicamente, Escrivá deseaba vocaciones para el Opus Dei, pero no habló de esto en las meditaciones que predicaba. Durante el retiro, sí charló en privado sobre este tema con varios jóvenes. Al final de esos días de retiro, Amadeo de Fuenmayor, estudiante de Derecho, vio claro que Dios le pedía que le entregara su vida en el Opus Dei. Pocas semanas después, otro de los asistentes, José Manuel Casas Torres, que simultaneaba los estudios de Derecho y Geografía, también pidió la admisión en el Opus Dei.

Escrivá deseaba encontrar gente que pudiera entender y vivir el espíritu del Opus Dei, pero, como director de almas, nunca coaccionaba a nadie, siempre llevaba a cada persona por el camino que Dios tenía previsto. Por ejemplo, a uno de los jóvenes que asistieron a aquellos ejercicios espirituales, aunque le explicó el Opus Dei, le insistió en que se dedicara al apostolado de la Acción Católica. Poco después aquel estudiante, tras consultar a un sacerdote, que era de su misma opinión, decidió renunciar a sus actividades en Acción Católica. Pero cuando consultó de nuevo a Escrivá, éste le aconsejó que siguiera sirviendo a la Iglesia en Acción Católica, según el plan de Dios.

El deseo de Escrivá de ayudar a cada uno a seguir la llamada personal de Dios le llevó a predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos y religiosos. Nada más concluir el retiro de Burjasot para estudiantes universitarios, empezó otro para sacerdotes de la diócesis de Valencia, que había perdido la cuarta parte de su presbiterio durante la Guerra Civil. La mayoría de los supervivientes había pasado escondida durante los tres últimos años. El arzobispo de Valencia conoció a Escrivá en Burgos; ahora, para rejuvenecer las estructuras de la diócesis, destruidas por la guerra, le pedía que predicara unos ejercicios para párrocos recién nombrados. El retiro de Valencia fue el primero de los muchos que Escrivá predicó al clero diocesano de toda España y a numerosas comunidades religiosas.

[1] José María Casciaro. VALE LA PENA. TRES AÑOS CERCA DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI: 1939-1942. Ediciones Rialp. Madrid 1998. p. 98-99

Dificultades en el apostolado con sacerdotes y mujeres

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Los planes de expansión de DYA y los próximos comienzos de las actividades en Valencia y París daban cuenta del lento, pero constante crecimiento del apostolado del Opus Dei con universitarios y recién graduados. Sin embargo, la labor con sacerdotes y con mujeres no iba tan bien.

En 1934 unos cuantos sacerdotes se habían comprometido a obedecer a Escrivá en asuntos relacionados con la Obra. Aunque se trataba de un paso importante para su gradual incorporación al Opus Dei, no se daban cuenta del todo del origen sobrenatural de la Obra ni del papel de Escrivá como fundador. A alguno de ellos la decisión de seguir adelante con DYA a pesar de las dificultades financieras le pareció una locura. Peor aún, solían ir a su aire, y no prestaban atención a lo que Escrivá les decía sobre el espíritu de la Obra.

El problema fundamental, concluyó pronto, era que, con algunas pocas excepciones, “tienen poca visión sobrenatural, y un amor pobre a la Obra, que para ellos es un hijo postizo, mientras para mí es alma de mi alma”. Escrivá decidió: “Procuraré sacarles el partido posible, hasta ver si se maduran en el espíritu de la Obra”[1].

En lugar de mejorar, las cosas empeoraron. En marzo de 1935 ya no se pudieron seguir teniendo las reuniones de los lunes con sacerdotes, que se celebraban semanalmente desde 1931. Tanto el director espiritual de Escrivá, el padre Sánchez, como su gran amigo don Pedro Poveda aconsejaron a Escrivá romper las relaciones con los demás sacerdotes, pero no fue capaz de hacerlo. A la vista de sus virtudes y de su “innegable buena fe”, optó “por el término medio de conllevarles, pero al margen de las actividades propias de la O., aprovechándolos siempre que sea necesario su ministerio sacerdotal”[2].

Pero incluso con esta limitación fueron una fuente de confusión para los miembros laicos de la Obra, hasta el punto de que Escrivá a veces se refirió a ellos como su “corona de espinas”. Al final, prescindió de su ayuda por completo y acudió a otros sacerdotes, que no tenían ninguna relación con la Obra, cuando hacía falta alguien para celebrar Misa o confesar. Escrivá concluyó que los sacerdotes del Opus Dei deberían salir de sus miembros laicos y estar formados en su espíritu desde el inicio de su vocación. Todavía no tenía idea de cómo se podría realizar eso dentro de los límites que el Derecho Canónico imponía a las organizaciones capaces de incardinar sacerdotes. Estaba tan convencido de que se encontraría el modo de hacerlo, que en mayo de 1936 preguntó a algunos miembros de la Obra si estarían dispuestos a ordenarse si les llamara al sacerdocio.

El apostolado con las mujeres no corría mejor suerte. Con el tiempo, un grupo de mujeres pidió la admisión al Opus Dei, pero les resultaba muy difícil entender plenamente su espíritu. Buena parte del problema se debía al poco trato que tenían con Escrivá. Él las veía de vez en cuando en el convento de Santa Isabel y, en ocasiones, les predicaba una meditación en el oratorio de la residencia DYA, aprovechando la ausencia de los residentes. En general, las veía pocas veces fuera del confesionario donde las dirigía espiritualmente.

Había varias razones para este limitado contacto: las otras actividades de Escrivá eran tan exigentes que le dejaban muy poco tiempo; además, no había otro lugar en el que pudiera atenderlas convenientemente; por otra parte, aunque hubiera encontrado una solución a los problemas mencionados, como joven sacerdote decidido a evitar cualquier ocasión que pudiera poner en peligro su vocación, Escrivá no quería mantener ningún trato personal cercano con mujeres jóvenes.

En conclusión, Escrivá confió a la mayoría de las mujeres de la Obra a don Lino Vea-Murguía, sacerdote de la diócesis de Madrid. Había sido uno de los capellanes del Patronato de Enfermos de 1927 a 1932; desde entonces hasta su asesinato a comienzos de la Guerra Civil lo fue de las Siervas del Sagrado Corazón. Vea-Murguía tampoco había entendido completamente el espíritu del Opus Dei y, lógicamente, no pudo transmitirlo claramente a otros. Las pocas mujeres que pertenecían a la Obra al estallar la Guerra Civil quedaron separadas por completo de Escrivá, y aún no habían captado la esencia del Opus Dei. Una de ellas, Felisa Alcolea, comentaba con sencillez años después: “La verdad es que buena voluntad sí teníamos. Pero nada más”[3].

[1] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 541

[2] Ibid. p. 542

[3] Ibid. p. 563


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