Barcelona

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Durante las semanas pasadas en Barcelona en 1937 antes de ir a Andorra, los miembros de la Obra habían rezado mucho por el futuro apostolado del Opus Dei en la ciudad. Dos años después, el 30 de diciembre de 1939, Escrivá y del Portillo pasaron un día en Barcelona. Visitaron a Alfonso Balcells, joven médico que había conocido a Jiménez Vargas durante la guerra y había asistido al curso de retiro predicado por Escrivá en Valencia en septiembre de 1939. También intentaron ver a Rafael Termes, compañero de del Portillo en la academia de oficiales, pero no se encontraba en la ciudad. Le dejaron una nota y, unos días más tarde, Casciaro, que debía resolver en Barcelona unos asuntos familiares, le fue a ver.

Estas breves visitas fueron el comienzo de las actividades del Opus Dei en Barcelona. Los jóvenes de la Obra escribían regularmente a su amigos y acompañaban sus cartas de abundantes oraciones. En una carta a los fieles de la Obra en Valencia Escrivá preguntaba: “¿Escribís a Ballcells? Creo que le he puesto un apellido algo enrevesado. Pero lo encomiendo a su Custodio, y algún día me dará las gracias”[1].

A mediados de febrero de 1940, Vallespín y Fuenmayor viajaron de Valencia a Barcelona. Unos días después, Múzquiz aprovechó un viaje profesional para pasar algún tiempo con Balcells y Termes. Regresó a Madrid con la noticia de que Termes estaba dispuesto a pertenecer al Opus Dei, aunque primero quería hablar con Escrivá.

Escrivá, del Portillo, Zorzano y Hernández de Gárnica fueron de Zaragoza a Barcelona el 31 de marzo de 1940. Termes no podía reunirse con ellos por la mañana, ya que tenía que desfilar con motivo del primer aniversario del final de la Guerra Civil. Por la tarde fue a ver a Escrivá, todavía vestido con su uniforme de oficial adornado con cintas de combate. “Recuerdo muy bien sus primeras palabras”, recuerda Termes. “De entrada, sin duda para facilitarme el diálogo, me dijo cariñosamente: “¡valiente oficial, que no se atreve a saltar el parapeto!”. Después todo fue fácil y, disipadas mis dudas por la seguridad y confianza que me inspiraban las palabras y la persona de nuestro Padre, pedí la admisión en la Obra”[2].Termes, que más tarde sería un prestigioso banquero, fue la primera persona que pidió la admisión en la Obra en Barcelona.

José María Casciaro, hermano menor de Pedro, vivía en Barcelona mientras terminaba sus estudios de secundaria. Vivía con un tío suyo, ya que sus padres tuvieron que exiliarse en Orán. Por Pedro, sabía ya bastante de la Obra y su espíritu y había conocido a Escrivá durante un viaje a Madrid en la primavera de 1939. Poco a poco, había pasado de la indiferencia hacia la religión a tener una vida espiritual relativamente fervorosa, y había empezado a pensar en la vocación al Opus Dei. En sus memorias describe su estado de ánimo: “La gracia de Dios me hacía ver, con bastante nitidez, que mi camino era el de elegirle a Él, en una aventura divina, por encima de todas las criaturas. Se me presentaba, sí, como una aventura, pero al mismo tiempo sentía una seguridad serena, una confianza interior, que no puede venir más que de Dios mismo, que llama. Pienso que no me costó mucho hacerme a la idea de una entrega total, y decidirme a ella libremente, sin traumas, aunque consciente de que aquella decisión implicaba algo muy serio. Y cada vez que consideraba esa elección –decir que sí a la llamada de Dios-, experimentaba un poco de miedo, pero mucha mayor alegría interna”[3].

Aprovechó la estancia de Escrivá en Barcelona en mayo de 1940 para decirle que quería pertenecer al Opus Dei. Después de interrogar al joven con bastante detalle para comprobar que entendía lo que suponía la llamada al Opus Dei, Escrivá le preguntó en un tono serio: “¿Te ha presionado tu hermano Pedro?”. Ante su respuesta negativa, Escrivá le volvió a preguntar lo mismo otras dos veces con diferentes palabras. Después de comprobar que José María actuaba con libertad y que sabía a qué se comprometía, Escrivá le recibió en el Opus Dei.

Como en otras ciudades, los miembros de la Obra en Barcelona pronto se pusieron a buscar un piso en el que tener sus actividades. Como ninguno era mayor de edad para firmar un contrato, le pidieron a Balcells que firmara el alquiler del apartamento que encontraron cerca de la Universidad. No era de la Obra -y no lo sería hasta varios años más tarde-, pero accedió. Con un toque de ironía, llamaron “El Palau” al diminuto nuevo centro.

Desde Ávila, donde predicaba un curso de retiro a sacerdotes diocesanos, el 1 de julio de 1940 Escrivá decía a sus hijos de Barcelona: “¡Ya tenemos casa en Barcelona!: no imagináis la alegría que me produjo esa noticia. Ha sido, sin duda, la bendición de ese Señor Obispo -¡os bendigo con toda mi alma, y bendigo la casa!, dijo nuestro D. Miguel Díaz Gómara, la última vez que estuve yo ahí-, ha sido esta bendición la causa de que vuestros trabajos para encontrar el Palau tuvieran éxito. Se va muy seguro, no apartándose jamás –es nuestro espíritu—de la autoridad eclesiástica ordinaria. Siento que el Palau, silenciosamente, ha de dar mucha gloria a Dios”[4]. Terminaba la carta con una urgente petición de oraciones, unidos a sus intenciones: “!Orar, orar, y orar!: ésta es mi consigna. Así saldrá todo muy bien”[5].

El crecimiento del Opus Dei en Barcelona fue paralelo al de otras ciudades, pero la campaña de calumnias contra la Obra, que tuvo lugar por toda España durante los siguientes años, fue particularmente virulenta en esa ciudad. La situación era muy difícil, ya que los miembros de la Obra de allí eran pocos, muy jóvenes y se encontraban a bastantes kilómetros de Escrivá y los demás. Hasta mayo de 1943 ni siquiera tuvieron un oratorio con el Santísimo Sacramento reservado en el sagrario. Uno de ellos resumiría la situación más tarde: “Éramos un puñado de estudiantes de primeros años de carrera, a quienes la gracia de Dios había hecho entender la Obra. No disponíamos de material escrito a excepción de “Camino”, ni de sacerdotes que conocieran nuestro espíritu, ni de experiencia espiritual y apostólica, ni de posibilidades de viajar a menudo a Madrid para hablar con nuestro Padre y con nuestros hermanos mayores. Sin embargo, ¡qué claro estaba el camino!: la entrega sin reservas, la santificación del trabajo ordinario, el apostolado entre los amigos, la humildad colectiva, la vida de oración… Aunque ignorábamos todavía muchos otros detalles de nuestro espíritu, teníamos una fe absoluta en nuestro Fundador”[6].

En medio de la más amarga fase de la persecución, en mayo de 1941, Escrivá envió una breve nota a sus hijos de Barcelona. Resume en pocas palabras la primera historia del Opus Dei en la ciudad: “!Que Jesus bendiga a mis hijos del Palau! Spe gaudentes, in tribulatines patientes, orationi instantes. Os abraza, Mariano”[7].

[1] Ibid. p. 555

[2] Ibid. p. 561-562

[3] José María Casciaro. Ob. cit. p. 83

[4] AGP P03 1990 p. 21-22

[5] Ibid. p. 23

[6] AGP P01 1981 p. 898

[7] Ibid. p. 902. “Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación, constantes en la oración”. Durante la Guerra Civil, Escrivá usó su cuarto nombre –Mariano- para evitar sospechas con la censura postal. Por devoción a la Virgen, continuó utilizándolo frecuentemente en sus cartas hasta el final de su vida.

Una isla de paz y trabajo en un mar turbulento

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

DYA se caracterizaba por su ambiente de estudio. Además de las tutorías y de clases de Derecho y Arquitectura, la academia ofrecía una sala de estudio donde trabajar tranquila e intensamente. Escrivá recordaba continuamente a los estudiantes que allí acudían que tenían la obligación de aprender todo lo que pudieran, y si fuera posible, destacar: “Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado…, pero no estudias. No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros”[1]. Uno de los primeros miembros del Opus Dei cuenta que sus primeros recuerdos del centro son que le animaron a superarse a sí mismo, a adquirir una preparación exhaustiva y a tener celo apostólico.

En esa época, la universidad estaba desgarrada por conflictos políticos y muchos alumnos descuidaban sus estudios en favor de una actividad política desbordante. DYA constituía un oasis de caridad cristiana y de comprensión. Su primer director, Fernández Vallespín, decía que tenía un ambiente “de paz, de amor de Dios y de serenidad ante las circunstancias adversas del ambiente político y social”[2].

De una de las paredes de la sala de estudio pendía, enmarcado, un pergamino con el texto latino de las palabras del Señor en la Última Cena: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros” (Juan 13:34-35). El ambiente se tornaba cada vez más tenso y Escrivá alentaba a los jóvenes que acudían a DYA a poner en práctica este mandamiento en su vida cotidiana, por difícil que resultara. Les advertía continuamente contra el peligro del sectarismo y les animaba a no permitir que las diferencias políticas degeneraran en odio. Les explicaba que cada uno podía tener su visión de las cosas, pero que eso no impedía que fueran codo con codo por el mismo camino.

Pedía a los estudiantes que acudían a la academia que dejaran sus diferencias políticas a la puerta y evitaran las discusiones. Así, convivían cordialmente estudiantes de opiniones políticas diversas. Esto no era lo habitual en la sociedad, ya que, de ordinario, la fuerte polarización política impedía que se entendieran entre sí personas de opciones diferentes.

En DYA se hacía hincapié en el estudio y, como ya se ha dicho, estaban de más las discusiones políticas. Esto no se debía a la falta de preocupación por la sociedad y sus problemas. Al contrario, Escrivá y Vallespín animaban a los jóvenes que acudían a la academia a cultivar una sincera preocupación por los demás y por la sociedad. Insistían en que los estudiantes debían contribuir a la paz y al progreso de la sociedad, llevándo el mensaje de amor de Cristo y no el espíritu de división y odio que parecía extenderse por España. Pero también aclaraban que no podrían construir una sociedad mejor sin una sólida preparación profesional: “Estudia. Estudia con empeño. Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad”[3]. Fuera de DYA, los estudiantes podían participar en la organización política que quisieran; Escrivá y Vallespín, por su parte, les explicaban que si pasaban la mayor parte de sus años universitarios en mítines políticos, no adquirirían la competencia y prestigio profesional necesarios para contribuir eficazmente al progreso de la sociedad.

Aunque DYA estaba abierta a estudiantes de todos los credos políticos, no tiene nada de extraño que quienes acudían a la academia no cubrieran todas las tendencias políticas españolas de entonces. Apenas había universitarios en los movimientos obreros de izquierdas, principalmente el Partido Socialista y los anarquistas con sus respectivos sindicatos. Además, aquellos partidos eran en aquellos momentos enemigos declarados de la Iglesia. Por consiguiente los escasos estudiantes socialistas o anarquistas poco se interesarían por una academia que tenía capellán, donde se daban clases de doctrina católica y cuya sala de estudio estaba presidida por una imagen de la Virgen María y el texto del Mandamiento Nuevo de Jesucristo.

Había más universitarios en los partidos de centro izquierda, como el Radical Socialista. En aquellos años, los programas de esos partidos de caracterizaban por una dura oposición a la Iglesia y el deseo de eliminar la influencia católica en la educación y la cultura. Lógicamente, el estudiante que abrazaba su ideología tampoco se interesaba por una academia que animaba a sus alumnos a vivir una vida de piedad y a difundir la doctrina de Cristo por la sociedad. Por consiguiente, era normal que los alumnos interesados por DYA y sus actividades fueran, casi inevitablemente, apolíticos o miembros de partidos de centro-derecha y de derecha.

[1] Ibid. n. 334

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 560

[3] Josemaría Escrivá de Balaguer. Ob. cit. n. 340

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. A1 encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso?

–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.

Entrevista a Javier Escrivá, director del Master Universitario en Matrimonio y Familia y del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra

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¿Cómo se diseñó el Master?
Lo hicimos intentando convertir y expresar en un título universitario el concepto científico e interdisciplinar de “ciencias para la familia”. Han sido años de trabajo. Tratamos de concebir de modo sistemático e interdisciplinar la temática matrimonial y familiar, ordenándola en áreas científicas y asignaturas.

Era la primera vez que se hacía un intento semejante. Luego, organizamos el proyecto Master desde tres frentes distintos, aunque muy estrechamente articulados entre sí: la investigación interdisciplinar, la docencia y el diseño de la metodología adecuada a los objetivos y las nuevas tecnologías.

¿Qué se pretende con este Master? ¿Cuáles serían los objetivos?
En definitiva, mejorar, prevenir y solucionar. Pretendemos formar sistemáticamente sobre los elementos estructurales del matrimonio y de la familia, aportados por las diversas ciencias. Todo esto, a la vez que instruimos una metodología que capacite para evaluar, educar y asesorar en las relaciones conyugales y familiares. Así, esperamos prevenir y evaluar conflictos en un primer nivel, para reorientar, en su caso, al correspondiente profesional especializado. Por último, buscamos abrir nuevas perspectivas profesionales en el amplio campo del asesoramiento familiar y conyugal.

Opus Dei - Foto posterior al acto de graduación de los alumnos

Foto posterior al acto de graduación de los alumnos

¿Por qué incide en que “no basta la buena voluntad”?
Nuestros alumnos son conscientes de que la intervención en el ámbito del matrimonio y de la familia, junto con la complejidad de una sociedad afectada por tantas interacciones, exige, cada vez más, una formación de alto nivel: No basta la buena voluntad. Aunque con el master no hemos pretendido crear una profesión nueva sino formar cualificados especialistas que sepan enfrentarse, desde sus especialidades de origen, a las diversas cuestiones que la rica temática matrimonial y familiar plantea.

Pero no cabe duda que la calidad de este Master abre unas perspectivas profesionales hasta ahora inéditas, tanto a juristas, economistas o especialistas en recursos humanos, como a responsables y técnicos de departamentos de la administración pública relacionados con el diseño, puesta en marcha y ejecución de las nuevas políticas familiares y sociales, pasando por educadores, psicólogos o terapeutas familiares, etc.

Opus Dei - Algunos alumnos en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra

Algunos alumnos en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra

El éxito de los estudios sobre matrimonio y familia no debe interpretarse fundamentalmente como una reacción ante un problema, sino como una respuesta universitaria ante los nuevos retos para mejorar la calidad de vida de las personas, de las familias y de la sociedad.

¿Qué papel desempeña el Master dentro de la Universidad?
El Master Universitario en Matrimonio y Familia, no es sólo un empeño docente, más o menos brillante. El Master es un reto de investigación, es un reto docente y es un reto tecnológico. En definitiva, es un gran reto universitario para el siglo XXI. A través del Master, el Instituto de Ciencias para la Familia (Universidad de Navarra) también participa y colabora en el objetivo de crear una Universidad en la Red, dentro de un contexto de mejor servicio a los alumnos.

Universidad y vida

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Con motivo de la nueva ley del aborto Universidad de Navarra, la Universidad de Navarraha difundido una declaración, en la que afirma que “la historia juzgará nuestra pasividad cómplice o nuestro compromiso solidario con el débil. No hay mejora sin cambio. Hoy es el día de cambiar en España, en Europa y en el mundo”.

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El texto de la declaración señala que “el avance científico nos brinda hoy datos clave desconocidos en buena parte del siglo XX” y se pregunta “qué coraje social mostramos con esa evidencia desde los ámbitos universitarios, políticos, económicos…”.

Opus Dei -

El documento está firmado por los decanos de las Facultades de Medicina, Enfermería, Ciencias y Farmacia, y el director general de la Clínica Universidad de Navarra.

Tras expresar su apoyo a las mujeres con embarazos imprevistos, afirma que “saber es un derecho”, “la vida que comienza es asunto de tres” y que “una sociedad que protege al débil es fuerte”.

Opus Dei -

La declaración afirma que “todos tenemos alguna responsabilidad ante la historia y 2009 puede marcar el comienzo de un hito, como en su momento fue la abolición de la esclavitud y como ojalá pronto sea la derrota del hambre y la pobreza”. Concluye que “la historia juzgará nuestra pasividad cómplice o nuestro compromiso solidario con el débil. No hay mejora sin cambio. Hoy es el día de cambiar en España, en Europa y en el mundo”.

Declaración completa
Con motivo de la nueva ley del aborto en España, los decanos de las Facultades de Medicina, Enfermería, Ciencias y Farmacia, y el director general de la Clínica de la Universidad de Navarra queremos proponer y compartir una reflexión serena sobre una realidad compleja que trasciende los límites de nuestro país y el presente que nos toca vivir.

Celebramos que la humanidad ha avanzado tanto a lo largo de la Historia, entre otras razones, porque nos hemos equivocado mucho. Todos. Todos tenemos alguna responsabilidad ante la historia y 2009 puede marcar el comienzo de un hito, como en su momento fue la abolición de la esclavitud y como ojalá pronto sea la derrota del hambre y la pobreza.

Comprendemos el sufrimiento de muchas mujeres ante un embarazo imprevisto. Necesitan un apoyo que sólo personas con corazón pueden prestar… y hay muchas personas así. La defensa de esas mujeres clama a nuestra conciencia y una mirada compasiva nos recuerda que otro ser humano comparte esa tragedia en una posición de mayor debilidad todavía. El avance científico nos brinda hoy datos clave desconocidos en buena parte del siglo XX. Qué coraje social mostramos con esa evidencia desde los ámbitos universitarios, políticos, económicos…

Nos negamos a solucionar la tragedia de un embarazo indeseado con la tragedia superior del aborto. Nos negamos a incorporar las técnicas abortivas a los contenidos de la educación. Nos comprometemos a formar profesionales para curar, investigar y ayudar.

Nuestra ilusión es que la educación y la información lleguen a todas las mujeres. Saber es un derecho.

Nuestra ilusión es que una mujer embarazada nunca se encuentre sola, sino que el padre y el hijo también cuenten. La vida que comienza es asunto de tres.

Nuestra ilusión es que la pugna política y la legislación compitan por la defensa de los más débiles, el hijo y la madre. Una sociedad que protege al débil es fuerte.

Nuestra ilusión es facilitar que padres incapaces de hacerse cargo de un niño encuentren a otros que pueden y lo desean. Una solución para dos problemas.

Nuestra ilusión es que pronto se estudie como histórico el triunfo de una humanidad valiente que superó el aborto como superó la esclavitud. El orgullo de ser humano.

Nuestra ilusión es que los hombres y las mujeres tomemos decisiones hoy que nuestros hijos aplaudan mañana. Podemos transmitir más de lo que heredamos.

Nuestra ilusión es que la medicina, la enfermería, la biología, la farmacia y la universidad en general sean aliados por la vida.

La historia juzgará nuestra pasividad cómplice o nuestro compromiso solidario con el débil. No hay mejora sin cambio. Hoy es el día de cambiar en España, en Europa y en el mundo.

Declaración firmada por:

José Andrés Gómez Cantero, director general de la Clínica Universidad de Navarra;
María Pilar Civeira, decana de la Facultad de Medicina;
Iciar Astiasarán, decana de la Facultad de Farmacia;
Ignacio López Goñi, decano de la Facultad de Ciencias;
Mercedes Pérez, directora de la Escuela de Enfermería

Pamplona, 15 de diciembre de 2009

Entrevista con monseñor Javier Echevarría

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El prelado del Opus Dei comenta en una entrevista publicada por la revista Pensamiento y Cultura algunos temas relacionados con el pluralismo cultural, la paz y el papel de la universidad en la sociedad actual.

La cultura de hoy es la cultura del hombre de hoy, con sus avances tecnológicos, sus facilidades de comunicación, pero también sus problemas. ¿Cómo compartir nuestra identidad y al mismo tiempo construir nuestro futuro con fe y razón como nos recomienda Juan Pablo II? ¿Cómo ser cristiano del siglo XXI?

El pluralismo cultural no constituye un problema para los cristianos, sino una realidad con la que contamos, como ciudadanos corrientes que somos. El Papa nos ha impulsado repetidamente a llevar a cabo la nueva evangelización, también de la cultura. No hay razón para el miedo.
En su carta Novo millennio ineunte afirma que «en la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso, tal como se va presentando en la sociedad del nuevo milenio, este diálogo es también importante para proponer una firme base de paz» (n. 55). Y ha dicho también recientemente el Papa que la globalización «no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella. Ningún sistema es un fin de sí mismo, y es necesario insistir en que la globalización, como cualquier otro sistema, debe estar al servicio de la persona humana, de la solidaridad» (Discurso a la Academia pontificia de ciencias sociales, 27-IV-01, n. 2).

El verdadero problema es el individualismo egoísta. El Papa invita a cambiar esa tendencia. «Es la hora de una nueva «imaginación de la caridad que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 50). En este sentido, lo que puede y debe fomentarse en el mundo actual —con la ayuda de la ciencia, la tecnología, las artes y la facilidad de comunicación— es la globalización de la caridad. Y no habrá solidaridad global sin solidaridad personal.

Sabemos que Usted sigue muy de cerca los acontecimientos sociales que suceden en Colombia. Muchas veces nos lo ha manifestado por diferentes vías y se lo agradecemos de todo corazón. La enorme mayoría de los colombianos es católica, sabemos que debemos contribuir a configurar una sociedad justa. ¿Qué nos sugeriría para ayudar en la solución de los graves conflictos que atraviesa el país?

Sé que os duele esta situación y que todos, de un modo u otro, estáis sufriendo las consecuencias. Pero, al mismo tiempo, puede haber, quizá inconscientemente, algo de resignación. Hay que evitar la pasividad ante los problemas, hay que buscar incansablemente soluciones a los conflictos, con esperanza y con sentido de responsabilidad. Trabajando cada uno donde le corresponde, desde el lugar que ocupa en la sociedad, pensando en lo que puede aportar personalmente para construir la paz. Porque la paz es como un río caudaloso formado por multitud de afluentes y manantiales: todos son importantes.

Es necesario hacer un apostolado muy grande en favor de la paz. Un apostolado que es la suma de la oración, la comprensión y la colaboración de todos. En Roma, y más aún los días que llevo aquí en Colombia, sufro con vosotros. No es solamente un problema de Colombia, es un problema de todo el mundo. Estoy pidiendo constantemente a Nuestra Señora que nos consiga la paz en esta tierra. La Iglesia prelaticia del Opus Dei, en Roma, tiene como título Santa María de la Paz. Al fondo de la nave se encuentra un candelabro votivo, con lámparas encendidas a nuestra Madre del Cielo para que nos consiga del Señor la paz personal y la paz de toda la humanidad. He decidido que una de las velas de ese candelabro arda permanentemente en petición por la paz en Colombia. Os aconsejo acudir también a la intercesión del Beato Josemaría, gran amigo y promotor de la paz, y que tanto quiere a vuestro país. Yo desearía que mucha gente le pidiera que nos ayude a conseguir la paz en esta tierra estupenda.

¿Y cuál, considera Usted, debería ser el papel de la Universidad de La Sabana, y de la Universidad en general, en esta sociedad convulsionada?

Me viene a la memoria la respuesta del Beato Josemaría a una pregunta análoga, también en una entrevista. Afirmaba que la Universidad no es ajena a ningún problema humano. La Universidad, decía, es el lugar idóneo para adquirir la preparación que permita luego contribuir a dar solución a los grandes problemas sociales y defender los derechos fundamentales de la persona. Sin olvidar que no hay una única manera de afrontar las cuestiones sociales: existen diversas propuestas legítimas sobre las soluciones concretas que se pueden aplicar en cada caso. Para que la Universidad cumpla su papel en la sociedad, dentro del claustro universitario ha de promoverse y respetarse esa libertad.

Juan Pablo II decía hace años a un grupo de universitarios que «la Iglesia no tiene preparado un proyecto de escuela universitaria ni de sociedad, pero tiene un proyecto de hombre, de un hombre nuevo renacido por la gracia» (Homilía a los universitarios , 5-VI-79). Por eso, la Universidad ha de procurar que los alumnos reciban una formación integral, y también que comprendan la grandeza de ese proyecto de hombre nuevo renacido por la gracia. Que lo entiendan de modo vital, iniciando, si libremente lo desean —debemos desearlo todos—, su propio camino de renovación espiritual, con la ayuda —siempre necesaria— de los sacramentos. Porque lo sabéis bien: ciencia y fe caminan de la mano. La fe que profesáis ilumina vuestro trabajo intelectual. Y la ciencia que enseñáis os ayuda a profundizar en la fe.

La sociedad actual se caracteriza por su preocupación por la imagen, por la apariencia, y la verdad es considerada como algo secundario y hasta como algo inconveniente, anticuado. Se acepta la realidad con un guiño del ojo. No obstante, es obvio: sin la verdad no podemos vivir la coherencia de la vida. ¿Qué hacer para cultivar la verdad y ser coherentes?

Vosotros, como universitarios, tenéis un compromiso con la búsqueda y transmisión de la verdad. El cristiano coherente no desea convivir con la mentira, ni con la frivolidad. Por eso los cristianos resultan incómodos para un mundo de intereses, donde cuentan sólo el poder, el dinero y los símbolos de riqueza. Pero en este mundo nuestro son también muchos —en realidad, de un modo u otro, todos— los que sienten “nostalgia” de la verdad, de esa verdad hermosa y limpia y clara: verdad esplendorosa, podríamos llamarla, parafraseando el título de una encíclica del Papa.
¿Quién no desea la compañía de un amigo sincero, que dice la verdad y no engaña ni es egoísta, que ayuda y que corrige, si hace falta? “Decir la verdad con caridad”, es un lema cristiano que sacia la sed de este mundo nuestro.

Su libro Itinerarios de vida cristiana, recién publicado, ha tenido un notable éxito de ventas. ¿A qué atribuye este hecho, en una sociedad como la actual, a veces aparentemente tan lejana de los ideales? ¿Qué aspectos especiales quisiera Usted destacar en su contenido?

Las mujeres y los hombres de hoy tienen hambre de Dios. El Papa lo ha expresado bellamente, diciendo que estamos comenzando una nueva primavera cristiana. Acabamos de celebrar el gran Jubileo del año 2000, un año de acción de gracias por la Encarnación del Hijo de Dios. Porque Jesucristo es, como siempre, la novedad permanente hacia la que apuntan nuestras metas, también las del siglo XXI, que se resumen en llenar de sentido cristiano la vida ordinaria. Ése es el núcleo del mensaje del Beato Josemaría. El libro Itinerarios de vida cristiana, está escrito precisamente a partir de mi experiencia personal de vida ordinaria junto al fundador del Opus Dei, entre 1950 y 1975: venticinco años viendo al Beato Josemaría buscar, tratar y amar a Jesucristo. Con este libro he querido contribuir al redescubrimiento del rostro de Cristo, al que nos ha encaminado Juan Pablo II durante el Jubileo.

Saludo del Prelado al Papa en el UNIV 2006

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Breve discurso que Mons. Javier Echevarría ha dirigido a Benedicto XVI en la audiencia que el Santo Padre ha concedido a los participantes en el UNIV 2006.

Deseo agradecer a Su Santidad por haber querido recibir esta mañana a los participantes en el Congreso Internacional UNIV, que el Instituto para la Cooperación Universitaria organiza cada año en Roma desde 1968. El objetivo de este encuentro es sensibilizar a los estudiantes universitarios de los más diversos países sobre los retos que presenta la sociedad actual; ayudarles a que –cada uno y cada una desde su propio lugar de estudio o trabajo- lleven a Jesucristo a todos los ambientes, para que muchas personas –que lo están ya esperando sin quizá saberlo y que lo necesitan- puedan encontrarse con Él y conocerle.

Desde los años 30, san Josemaría Escrivá se dedicó con pasión a la Universidad. Invitaba a los universitarios, uno a uno, personalmente, a “difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio”.

Tener un encuentro con el Santo Padre es siempre, para cualquier hijo de la Iglesia, un motivo de alegría profunda. Y es un motivo de responsabilidad, una confirmación de la misión que la Iglesia da a todos: ser “apóstoles enraizados en la palabra de Cristo, capaces de responder a los retos de nuestro tiempo” (Mensaje para la XXI Jornada Mundial de la Juventud). El Romano Pontífice propone esta meta especialmente a los jóvenes, que se unen de todo corazón a sus oraciones por esta intención; como Su Santidad nos ha sugerido, abandonamos el trabajo de estos días en las manos de María, para estar así más cercanos a la Cruz de Cristo.

Ahora dejo la palabra al presidente de este UNIV 2006. ¡Gracias de nuevo, Santo Padre!


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