Telenatura: Festival Internacional de la Universidad de Navarra

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95 películas de 22 países participan en el certamen para la conservación y divulgación de la naturaleza que se celebra entre los días 28 y 31 de octubre

Opus Dei -

El certamen, organizado por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, se celebrará entre los días 28 y 31 en el centro académico y en el Planetario de Pamplona, donde se proyectarán los títulos finalistas. “Más calidad y una mayor participación de producciones españolas” es el balance previo que realiza Bienvenido León, director del concurso.

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De entre todas las películas presentadas 22 han sido elegidas finalistas: 13 en la categoría de documental, 4 en la de reportaje; y 5 en producción amateur. Productoras y cadenas de televisión como NHK (Japón), Scottish Documentary Institute (Gran Bretaña), RTBF (Francia), ABC (Australia), Romanian Television (Rumanía) y RTVE, entre otras, han presentado sus creaciones al festival. Asimismo, han participado obras de EE. UU., Italia, Alemania, Nueva Zelanda, Argentina, Brasil, Holanda, Chile y Dinamarca.

“Estamos muy satisfechos de que Telenatura reciba programas tanto de grandes televisiones y productoras, como de pequeños productores y ONG que realizan documentales sobre conservación de la naturaleza”, aclaró el director de la muestra. “La televisión -agregó- puede hacer mucho más por la educación ambiental de los ciudadanos y el festival trata de sumar esfuerzos en esa línea”.

Para Mónica Herrero, decana de la Facultad de Comunicación, el festival es “una apuesta por un género que en muchas ocasiones no tiene el reconocimiento que se merece”. Asimismo, destacó “lo sorprendente de las propuestas, alejadas de todos los tópicos del documental”.

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Talleres sobre fotografía, música y narrativa del documental

Los nuevos talleres para profesionales y estudiantes serán una de las novedades de Telenatura 2008. El fotoperiodista Antonio Sabater, quien ha colaborado con National Geographic, Geo y Life, impartirá el curso “Introducción a la fotografía de naturaleza”. José Luis Castiñeira de Dios, compositor de más de 40 bandas sonoras con 30 años de trayectoria, dirigirá el taller “Música y cine”. Por último, el escritor y cineasta neozelandés Lloyd Spencer Davis será el encargado del curso “Narrativa del documental: arte y ciencia”.

Al igual que en ocasiones anteriores, Telenatura complementa las proyecciones en el Planetario con la posibilidad del vídeo a la carta, en la Facultad de Comunicación. Además, se expondrá una recopilación del trabajo de Sabater sobre Doñana, en el Civivox de Iturrama, hasta el 2 de noviembre.

El Prelado del Opus Dei escribe al rector de la Universidad de Navarra

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Con motivo del atentado en la Universidad de Navarra, el Gran Canciller ha enviado una carta al rector.

Opus Dei -

Monseñor Javier Echevarría, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, ha enviado una carta al rector en la que expresa su “cercanía total” y “participación más intensa en vuestro dolor, ante este penoso atentado”.

Mons. Echevarría ha rogado al rector que haga llegar su afecto “a todos: autoridades, profesores, estudiantes y trabajadores” de la Universidad.

El Gran Canciller da gracias a Dios porque las pérdidas son “sólo materiales, y los heridos de no gran trascendencia”.

Mons. Echevarría se ha referido concretamente a la concentración de esta mañana en la Universidad. Sugiere en su carta que, además de un “acto de solidaridad”, sea también ocasión de rezar y “expresión de perdón”.

La máxima autoridad de la Universidad de Navarra se une al deseo de lograr “una convivencia social justa y equilibrada, sabiendo respetar a todas las personas y contribuyendo a la paz en el mundo entero”.

Finalmente, el Gran Canciller recuerda que estos momentos son para los cristianos una oportunidad de convertirse en “sembradores de paz y alegría”.

Desde los primeros segundos…

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La Universidad de Navarra publica un informe de divulgación científica sobre la comunicación materno-filial en el embarazo. Los últimos avances en Embriología y Neurobiología muestran el desarrollo del embrión desde el primer día y cómo afecta al cerebro de la mujer

Opus Dei -

Ediciones Universidad de Navarra (EUNSA) acaba de publicar el informe divulgativo presentado en junio sobre los últimos avances científicos de Embriología y Neurobiología del vínculo afectivo en la gestación. El libro, titulado “La comunicación materno-filial en el embarazo”: el vínculo de apego, es el resultado del trabajo de un equipo interdisciplinar de expertos dirigido por Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica.

El libro explica los momentos decisivos en el cerebro de la mujer embarazada y ofrece una lectura divulgativa con referencias a los últimos avances publicados en revistas científicas como Nature, Science, Cell, etc. Destaca que el proceso biológico natural del embarazo reduce el estrés en la mujer, al desactivar la hormona cortisol, y aumenta la confianza, al liberar oxitocina.

También se incluyen nuevos conocimientos que están revolucionando el paradigma de la Embriología, por ejemplo, al observarse la asimetría de la primera célula del embrión. Una división asimétrica el día 1 genera el eje dorsal-ventral en el embrión bicelular. Este eje, junto con el rostral-caudal (rostro-cola) y el derecho-izquierdo dan lugar a la forma corporal.

Día 21, primer latido

La Dra. López Moratalla explica que, “aunque el embrión resulta extraño a la madre, la atmósfera de tolerancia inmunológica creada en el diálogo molecular hace que la mujer perciba al embrión como algo no propio y, sin embargo, sin señales de peligro que activarían las defensas”. Esta tolerancia se inicia a petición del embrión, a través de una red de sustancias que liberan y desactivan todas las células maternas que generarían el natural rechazo hacia lo extraño: las células denominadas “asesinas naturales” (NK o natural killers); los linfocitos T, tóxicos para las células extrañas; y los linfocitos B, que producen los anticuerpos de rechazo.

El informe resume otros avances científicos relevantes, desconocidos para muchos investigadores no especializados y para la ciudadanía. Se expone de forma cronológica la evolución de las células madre: embrión tricelular (día 2), embrión con células madre pluripotenciales de las que derivan los más de 200 tipos de células maduras del cuerpo humano (día 5), inicio de la formación del sistema nervioso y el esbozo cardiaco (día 16), comienzo de la circulación sanguínea propia del embrión (día 20), el primer latido (día 21), etc.

Con verdad y libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores… » (11)

Un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei es la valoración del trabajo profesional. Esa tarea que vincula al hombre con el mundo. La parcela de tierra y de historia en que los hombres y mujeres desarrollan sus virtualidades y entran en comunicación -comunión solidaria-, con los demás ciudadanos, en igualdad de circunstancias. De ahí la exigencia de que todos los miembros de la Obra trabajen y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo.

Porque, además, es en el desarrollo de las actividades cotidianas, en el modo de enfrentarse con el esfuerzo, con las situaciones favorables y adversas, con los triunfos y fracasos, donde los miembros de la Obra deben dar testimonio de la luz de su llamada y ayudar a los demás a conocer o redescubrir el amor de Cristo.

Esta necesidad de comunicar aquello que plenifica la propia vida, de ofrecer a los demás lo mejor y más clarividente de la existencia, es la dimensión apostólica del Opus Dei. Porque es preciso comunicar a los demás esta llamada de Dios que pende sobre la vida de tantos que aún ignoran que sus nombres están escritos para una misión de incomparable grandeza.

Al Fundador nada genuinamente humano le es ajeno. Llama, en nombre de Dios, en medio de las circunstancias del trabajo, en el cansancio, en la enfermedad, en la alegría y en el dolor. Rastrea en el oficio de cuantos se acercan a su palabra y abre para todos esa aspillera por la que puede escaparse el pensamiento y anclarse diariamente en el amor de Dios Padre.

Cuando señala a sus hijas e hijos los caminos del apostolado, de la amistad, no limita ni uno solo de los campos donde puede estrenarse el diálogo y la actividad humana de cada día:

«Oradores y conferenciantes, polemistas, productores de películas, escritores para la prensa y la radio, médicos y enfermeras con sentido cristiano de su misión profesional, especialistas de obras sociales (…).

Y en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por vuestra oración, por vuestros consejos, por vuestro ejemplo y por vuestro constante trabajo, serán también portadores de Dios en todos los ambientes de los hombres, según aquellas palabras de San Pablo: glorificate et portate Deum in corpore vestro (1 Cor VI, 20), glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros»(12).

En función de este apasionado amor al mundo se puede describir un templo natural, como él lo hizo, en octubre de 1967, al celebrar la Santa Misa sobre el Campus de la Universidad de Navarra:

«Nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra…

¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»(13)

Y en verdad que los más variados oficios y profesiones vendrán a estar representados en la gran familia del Opus Dei. Ningún otro aglutinante más que la realidad de su espíritu y sus fines exclusivamente sobrenaturales podía reunir una tan abigarrada representación.

Un día, al regreso de un viaje de Pamplona a Madrid, en 1964, se acerca al Colegio Mayor Alcor, entonces todavía en construcción. Al llegar el Padre, un albañil cruza la puerta con la herramienta en la mano. Al verle, instintivamente se quita la boina y esconde las manos manchadas de cal. El Fundador, con una sonrisa, le coge las manos, le saluda y se las besa sin afectación alguna, con toda sinceridad:

-«Hijo mío, tus manos son las de Cristo y están ungidas por el trabajo. Merecen todo el respeto, y puedes hacerte santo. Yo trabajo como tú, aunque -le dijo sonriente- yo me mancho de tinta hasta aquí», y señaló el codo. Después, le da un abrazo(14)

De situaciones muy parecidas recoge, sin duda, su comentario el Marqués de Lozoya:

«Y entiendo también que en aquellas tertulias con miles de personas que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes e intelectuales, o dejara en las manos encallecidas de los trabajadores manuales un par de besos: esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes» (15) .

En cualquier reunión, es un médico quien le aborda:

-«Padre, ¿cómo empujar a Dios a nuestros enfermos?».

-«Ten presencia de Dios. Invoca a la Madre de Dios, como ya lo haces. Ayer estuve con un enfermo al que quiero con todo mi corazón de Padre, y comprendo la gran labor sacerdotal que hacéis los médicos. Tienes que actualizar ese sacerdocio. Cuando te laves las manos, cuando te pongas la bata, cuando te metas los guantes, piensa en Dios y en ese sacerdocio real del que habla San Pedro. Entonces no tendrás rutina: harás bien a los cuerpos y a las almas»(16)

Y aquel hombretón, todavía joven, que le interpela, desde el fondo de un teatro lleno de gentes argentinas:

-«Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, con la barra del café; me convertí a los veinticinco años, y soy de los que dicen que tienen estaño. He conocido la Obra unos años después, y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, con este corazón de barro, y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de la calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor. ¿Cómo puedo hacer?».

-«Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden. Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. Háblales con su lengua, que es una lengua buena. Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios, déjala que se escape. Pero sé sincero, noblote como eres, valiente» (17) .

En otro momento, es una mujer empresaria que le pide un consejo para saber ejercitar a tiempo, y con justicia, la virtud de la firmeza en su trabajo:

-«Tienes que manifestar la fortaleza de un varón, pero con la delicadeza de una mujer (…). Te recomiendo la devoción a San José, el gran empresario de las cosas del alma y de las cosas del cuerpo, porque tuvo que sacar adelante a una familia divina con las fuerzas de un hombre, de un trabajador»(18).

Y ahora es un entrenador, a quien le gusta darle al balón y su mujer se queja porque les atiende poco: a ella y a los hijos. ¿Usted qué dice, Padre?

Y el Padre le anima, de modo divertido, a que haga partícipe a su esposa de las cosas de su trabajo:

-«Digo que, si dejamos hablar a tu mujer, te dirá que sí, que sigas; que lo único que quiere ella es hacer de árbitro alguna vez. Y si le dejas, lo hará maravillosamente » (19) Más tarde es un artista, que le pregunta cómo se puede santificar un trabajo absolutamente desordenado. No parece fácil.

-«Oí contar una vez que había un sacerdote muy fervoroso -hay muchos sacerdotes santos por ahí, gracias a Dios: los conozco en todos los países-, y estaba hablando a sus parroquianos. Les decía que todas las obras de Dios son perfectas: perfecto el mundo, perfecto aquello, perfecto lo otro… Y de pronto, un pobre parroquiano, que era giboso, se subió al presbiterio y le dijo: señor cura, ¿y yo? Yo… ¿también soy perfecto? El sacerdote le miró un poco y le dijo: en el género de los gibosos, no he visto nada más perfecto.

Mirad… El Señor nuestro tiene unos pinceles más hermosos que los de Velázquez. Todos recordáis (…) la figura de aquel valido de Felipe IV, que era giboso: el Conde-Duque de Olivares. Y habéis visto su retrato en el Museo del Prado: un caballero formidable, maravilloso…; no se le ve la giba.

No hay ningún trabajo honesto, por desordenado que parezca, que no se pueda santificar. Nada tiene gibas»(20).

Un comentarista escribirá acerca de las tertulias con Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Los oyentes ríen (…), se dejan llevar felizmente hacia lo alto. Pero, en realidad, él no ha subido ni bajado: él no se ha movido de ese punto donde lo divino y lo humano se encuentran, donde orar y trabajar son lo mismo, donde el buen humor terreno y la alegría de Dios se identifican»(21).

Los más diversos estados, oficios y actitudes se convierten en voz que interroga, con la seguridad de oír una respuesta afectuosa, chispeante, llena de trascendencia, pero también con el calor de lo humano, de lo profundamente enraizado en la cotidianeidad de la vida y del trabajo.

Un día se reúne con muchos hijos suyos, jóvenes. Les dice que tienen que ser santos, alegres, responsables de su profesión, donde Dios les ha puesto.

Y uno levanta el brazo preguntando si alguna profesión como la que él había practicado algún tiempo, la de carterista, podría ser superada con un trabajo digno de ser ofrecido a Dios.

El Padre, riendo, pero conmovido, le dice que a él lo que le ha robado ya es el corazón.

Unos años antes escribía:

«Hemos de conquistar para Cristo todo valor humano que sea noble: estad atentos a cuanto existe de verdadero, de honorable, de justo, depuro, de amable, de virtuoso y digno de alabanza (Phil IV, 8) »(22).

En esta línea de afecto y hondura explica Peter Berglar, Profesor de Historia en la Universidad de Colonia (Alemania), cómo después de una larga y agitada vida -en cuyo centro está el día de su conversión a la fe católica con la búsqueda de Dios, el acercamiento a Cristo y la lucha por alcanzar la verdad-, el Opus Dei se ha convertido en su patria espiritual

Y el de un conocido deportista de nacionalidad argentina:

«Cierto día de junio de 1974, me enteré del arribo de Monseñor Escrivá a nuestras playas (…). Acudí a casi todas sus apariciones públicas, que tuvieron por marco el Colegio de Escribanos de Buenos Aires, los teatros General San Martín y Coliseo, abarrotados de público. Comprobé cómo, con sus primeras palabras, el Padre levantaba la temperatura de la sala, poniéndonos sin dilación frente a las realidades sobrenaturales. Realidades que, sin embargo, lejos de contraponerse a las terrenas, se amalgamaban con ellas, otorgándoles una dimensión diferente. Advertimos pronto que Dios andaba entre las butacas»(23).

Y el Profesor Jeróme Lejeune, profesor de Genética en la Universidad de París y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias, que tiene ocasión de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer en Pamplona, en mayo de 1974, cuando le confiere el título de Doctor honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que es Gran Canciller.

Lejeune se manifestará encantado de conocer a un hombre de sus años, con tanta vitalidad y, si pudiera definirse así, con una caridad gozosa que se trasluce en su calurosa acogida.

El Fundador, decía a un hijo suyo que había trabajado cerca de ambientes teatrales y cinematográficos en Roma:

«Es necesario trabajar con empeño y seriedad (…). Sé audaz. No te escandalices de nada. Procura conocer y tratar a las personas de este mundo con mucha comprensión y afecto. Muchos no saben lo que es una amistad verdadera, ni un afecto puro y desinteresado. Encomiéndate y encomienda a las personas que tratarás a la Mater Pulchrae Dilectionis -Madre del Amor Hermoso-. Tantas cosas pueden cambiar también en estos ambientes infiltrados de paganismos (…) si trabajamos con inteligencia y con fe (…).

No hay necesidad de hacer obras teatrales y cinematográficas de carácter hagiográfico o sacro para hacer discursos cristianos (…). Basta afrontar con garbo la vida, los temas de la vida común, con los problemas ordinarios del hombre, con sus dramas, con sus comedias… contando las cosas con cierto estilo y con cierto espíritu (…).

Sé audaz en el trato con las personas. Mira si puedes salvar alguna que está próxima a caer en las puertas del infierno (…). Lo importante es que tengas bien firmes los pies sobre la tierra sólida de tu fidelidad»(24).

En este amplio retablo, todos los miembros del Opus Dei tienen la más absoluta libertad y responsabilidad personales, en cuanto atañe a las múltiples opiniones humanas temporales. Su dispersión por los caminos del mundo es tan dispar como lo son las decisiones y dedicaciones de los hombres. Su único nexo, la necesidad de recalar en la doctrina católica y en el espíritu del Opus Dei. De esto es de lo que la Obra se hace responsable. Lo demás es campo abierto a la conciencia de cada uno.

Decía, una vez más, en el Campus de la Universidad de Navarra, en octubre de 1967:

«Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia -vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde»(25).

Navarra, punto de partida

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Universidad de Navarra

El 4 de octubre llega el Padre a Pamplona. La Universidad cuenta ya con los edificios apropiados para cada Facultad; los Colegios Mayores levantan su estructura sobre el Campus, que aparece verde, cuidado, como un toque de suavidad junto a la arquitectura de piedra.

El Fundador va a ofrecer una parte de su tiempo en Pamplona a los profesores de esta Universidad. En un solemne acto académico, confiere el grado de doctor honoris causa a los profesores Ourliac, profesor de Historia del Derecho en las Universidades de Montpellier y Toulouse; el Marqués de Lozoya, profesor emérito de Historia del Arte de la Universidad Complutense; Letterer, profesor de Patología General. Los tres de gran prestigio en el campo del derecho medieval, de la historia del arte o de la investigación genética.

Cuando impone los birretes a los nuevos doctores honoris causa, las normas del protocolo no impiden que se manifieste su condición de afectuosa solicitud.

Habla a los cientos de personas que asisten, durante estos días, al V Consejo de Delegados de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Y atiende con igual dedicación y esmero, a campesinos llegados de los pueblos de la Ribera, del Roncal, Baztán y la Rioja. A las empleadas del hogar, enfermeras y asistentes sociales. A grupos de estudiantes españoles y extranjeros que han venido para saludarle. También los sacerdotes y religiosos ocupan, como siempre, un lugar preeminente en su atención: varios centenares escucharán sus palabras de reciedumbre y optimismo cristiano. Acuden asimismo las autoridades provinciales y locales, incluidas las eclesiásticas, que serán testigos de su afecto y agradecimiento.

Durante su estancia en Pamplona vive en el Colegio Mayor Aralar, y emplea las últimas horas del atardecer en charlar con los universitarios. Lo hace con la misma juventud de ánimo con que abordaba los problemas en aquellos años de su licenciatura, en las aulas de la Facultad de Derecho de Zaragoza.

Grupos de estudiantes nigerianos, alemanes, latinoamericanos, franceses… se reúnen en estas tertulias.

Días después llegarán cartas agradeciendo las atenciones recibidas. Como este profesor de Física, que escribe desde Rennes:

«Este viaje a Pamplona ha sido algo encantador. Gracias a la Obra -caminos se abren en medio de las montañas-, me siento arrastrado irresistiblemente. Con tu ayuda espero responder a Dios con generosidad»(2).

Durante las reuniones -masivas-, que tienen lugar en los Colegios Mayores de la Universidad, sabe dar doctrina en un tono familiar amable, lleno de humor, que pone una nota de alegría en el ambiente. El silencio y la risa subrayan los momentos de sus tertulias: porque pasa, sin transición, de la exigencia seria, grave, a la gracia que cambia repentinamente el clima. Millares de personas guardarán un recuerdo imborrable.

Estas charlas son todo menos un sermón. Tampoco un escenario triunfalista. El Padre sabe pedir con naturalidad; recordar a los cristianos la honda singladura en que están embarcados. Para cada uno tiene la ambientación adecuada: algo así como una parábola cambiante según la condición y el momento. A los campesinos les pregunta por su trabajo, por las preocupaciones de su vida, por los problemas que acucian su jornada:

-«Tú sabes que hay personas a las que yo quiero mucho, en diversas partes del mundo, haciendo una gran labor en el ambiente campesino, con las Escuelas Familiares Agrarias, por ejemplo, y con tantas otras iniciativas de promoción social. No es para alejar a la gente del campo, sino para facilitarles los medios de llevar una vida espiritual y económicamente sana. Tenéis pleno derecho» (3).

Se refiere el Padre a las EFA, creadas con proyección internacional, como centros de formación permanente y de promoción rural. En ellas, el agricultor tiene el máximo protagonismo y las enseñanzas teórico-prácticas se adaptan al medio concreto sobre el que han de trabajar los campesinos.

La participación de jóvenes y adultos, la práctica del trabajo en equipo y la experiencia multidisciplinar de los técnicos y profesionales agrarios que imparten estas enseñanzas han hecho de más de medio centenar de Escuelas Familiares Agrarias, repartidas por todo el mundo, una realidad de importancia incuestionable a nivel personal y social.

En el Instituto de Enseñanza Media y Formación profesional Irabia situado en el barrio obrero de la Chantrea, habla con los profesores y padres de alumnos. El barrio acoge una población flotante, una emigración dentro de la Península. Hay representación de otras regiones españolas, ya que la mano de obra acude a Navarra en busca de un más alto nivel de vida. Son trabajadores que tratan de sacar sus familias adelante después de haber dejado su terruño natal.

Junto a su derecho al trabajo y al respeto de todos, les recuerda que Jesús, un obrero manual, está esperando la santidad… de sus hermanos los hombres. En primera fila está sentado hoy Félix, que es ciego. Sus hijos estudian en Irabía y él es Cooperador del Opus Dei. De pronto levanta su voz:

-«Padre, yo no conozco a mis hijos… ».

El Fundador se inclina hacia él:

-«Sí los conoces, hijo mío. Tú tienes mucha luz, ¿oyes?

Tienes mucha luz de Dios (…). No la rechaces. Recibe siempre con cariño la luz del Señor. Tú tienes más vista que nadie»(4).

Y sabe pedir, también, los medios materiales para llevar a cabo las labores apostólicas. El domingo 8 de octubre habla, en el Colegio Mayor Belagua, con profesores, bedeles, encargados de la limpieza, personal administrativo…

«En estos momentos, en otro sitio, hay reunidas cuatrocientas personas, tratando de encontrar dinero para que todos vosotros podáis salir adelante. Porque la Universidad -lo sabéis como yo- no se sostiene sola. Cuantos más alumnos hay, mejor y peor: mejor, porque hacéis una magnífica labor con estas criaturas. Peor, porque hay más gastos y aumenta el déficit (…).

Vamos a encomendarles para que acierten y saquen cuartos. Ya sabéis que, en la medida de lo posible, no se os paga a nadie por debajo de otras instituciones. Yo querría que ganarais algo más (…).

¿Perdonáis que os haya dicho esto? Es que traigo encima la preocupación de esos cuatrocientos… ».

Pero no quiere que las dificultades económicas frenen las ambiciones buenas:

«Tened miras amplias… Buscad lo mejor para vuestra Facultad, para vuestra Escuela, para vuestro Instituto. Y si os dicen que no hay dinero, insistid. ¡Saldrá! No hemos dejado nunca de hacer nada porque faltara el dinero. No hubiéramos llevado a cabo nada, en ese caso»(5).

Apoyado en la anécdota inmediata de cualquier pregunta, expone de modo diáfano y estimulante el espíritu del Opus Dei. Subraya la necesidad del trabajo serio y profundo. De la perfección en los pequeños detalles que hacen impecable al trabajo total. De la paz de espíritu en el estudio y la investigación, sabiendo que Dios está en el horizonte de todo conocimiento temporal.

En el discurso que ha pronunciado en el acto de investidura de los nuevos Doctores, dice:

«Las ciencias humanas, desarrolladas con principios y métodos propios, avaloradas con el contraste de la Revelación sobrenatural, contribuyen a resolver de modo adecuado los problemas humanos, espirituales y temporales, de todo tiempo y lugar.

La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa… » (6).

Concluye la estancia del Padre en Navarra. Docenas de coches toman el camino de regreso a Logroño, Vitoria, San Sebastián, Tudela, Miranda… Algunos han de cruzar fronteras para volver a su país.

Antes de partir, Monseñor Escrivá de Balaguer se acerca a la ermita donde permanece vigilante la Virgen que preside el Campus. Aquí está, con la serenidad grabada en el mármol. Desde su emplazamiento se pueden ver los edificios que ha levantado esta siembra de esfuerzo y de fe.

Amor al mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 8 de diciembre de 1966, se coloca en la ermita de la Universidad de Navarra la Virgen de mármol estatuario que el Padre ha enviado desde Roma. Es aquella imagen que el Papa bendijo en el Centro ELIS y que hoy se queda, definitivamente, a compartir la vida de esta gran familia universitaria. La ermita se ha construido en el Campus, en lo alto, y sobre una encrucijada de caminos que hace inevitable su encuentro. Para subir hasta la ciudad, los alumnos de todas las Facultades, los profesores del Pabellón Central, los que acuden a los Colegios Mayores, pasan ante el gesto bellísimo, digno y acogedor, de la Madre de Dios, que es también la Madre universal de los hombres. Piedra de Navarra, cristal y verja forjada, encuadran el pequeño recinto desde el que espera, día y noche, el piropo, la petición, la confidencia; el amor, en suma, de sus hijos.

Hoy, bajo el frío pamplonés, vienen masivamente a recibirla. Flores de todos los colores se amontonan a sus pies. Y a los del Niño, que se apoya por igual en María y en los libros que le sirven de pedestal: el esfuerzo, el trabajo, la ciencia para abrir a la Verdad las inteligencias de los hombres.

El amor del Fundador a la Virgen María es un amor apasionado y dulce que es también una constante en la vida de la Obra por el ejemplo del Padre. Jamás este afecto íntimo, pero evidente, se ha teñido con el menor matiz de sensiblería o de beatería trasnochada. En Monseñor Escrivá de Balaguer la devoción cobra el recio y verdadero significado de la palabra. Por curtido en el dolor, en la contradicción, tiene en su alma las heridas de una existencia dura, sin concesiones. Pero conserva las dimensiones de la ternura, del detalle afectuoso y comprensivo. Sabe que, ante cualquier situación extrema, toda criatura desea el cuidado, el recuerdo insustituible de su madre. Y por eso, desvela la presencia de esta Madre de Cristo que Dios ha regalado para los momentos felices y duros de los hombres. El Fundador ha sembrado los Centros del Opus Dei y los corazones de sus hijos de esta presencia que se adentra, como un mensaje continuo, por los ojos del cuerpo y del alma.

«María (…), la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad (…), como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena (Eccl I, 7)»(1).

El Padre, y la Obra con él, hará partícipe a la Señora de todas sus vicisitudes. Y su protección es evidente. Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción de 1966, rubrica su desvelo por la Universidad enviándoles la maravillosa escultura que tallara Sciancalepore en la Ciudad Eterna.

Unos meses más tarde, en octubre de 1967, y con ocasión de celebrarse la II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, hablará en el Campus, ante una multitud de más de veinte mil asistentes, de los temas que componen el núcleo del espíritu de la Obra. Y al citar el amor de María como algo substancial en la vida del Opus Dei, se refiere a la imagen que acaba de enviar: «Ya lo sabéis, profesores, alumnos, y todos los que dedicáis vuestro quehacer a la Universidad de Navarra: he encomendado vuestros amores a Santa María, Madre del Amor Hermoso. Y ahím tenéis la ermita que hemos construido con devoción, en el campus universitario, para que recoja vuestras oraciones y la oblación de ese estupendo y limpio amor, que Ella bendice»(2).

Desde hace muchos años el Padre, con ocasión de sus repetidos viajes a los países de Europa, se acerca a catedrales y ermitas, a santuarios famosos e imágenes desconocidas, para dejar en todas una palabra ardiente, un piropo amable.

En alguna ocasión le han interpelado:

-«Padre, ¿qué significa la Virgen para el Opus Dei?».

-«¿Qué significa la madre en un hogar? La suavidad, la delicadeza, el amor, la misericordia. ¿No es todo esto? Y cuando esa madre es la Madre de Dios, además de los dones naturales, debe tener todas las prerrogativas de esa maternidad divina»(3).

Cada vez que sus hijos parten hacia un nuevo país en cualquier rincón del mundo, el Fundador les entrega lo mejor, la más segura protección que conoce: una representación de la Madre de Dios. Su presencia es suficiente para allanar las dificultades más rotundas:

«Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios»(4).

“Yo os llamo amigos”

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros… trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (…). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.

Vocación docente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Los primeros miembros del Opus Dei recuerdan la pasión con que el Padre estudiaba la posibilidad de establecer centros docentes. Juan Jiménez Vargas oyó de sus labios una clarísima exposición acerca de estas iniciativas en el ámbito de la enseñanza.

Serían promovidas por algunos de los miembros de la Obra dedicados profesionalmente a la docencia, ya que otros muchos preferirían seguir trabajando en áreas del Estado o de entidades privadas. «Puedo asegurar -concluye- que, cuando me hablaron del planteamiento de la Universidad de Navarra, casi veinte años después, no me sorprendió nada, porque era idea conocida». El propio Fundador expone así el proyecto de la Universidad de Navarra: «Surgió en 1952 -después de rezar durante años: siento alegría al decirlo- con la ilusión de dar vida a una institución universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente. Aspiraba entonces -y aspira ahora- a contribuir, codo con codo con las demás universidades, a solucionar un grave problema educativo: el de España y el de otros muchos países, que necesitan hombres bien preparados para construir una sociedad más justa» (19)

«Esta es una Universidad más de España. Yo amo a la Universidad: me honro de haber sido alumno de la Universidad española»(20).

Efectivamente, su licenciatura en Zaragoza, los estudios eclesiásticos en su Universidad Pontificia, los años de profesor en Zaragoza y Madrid así como los Doctorados civiles y teológicos, las investiduras Honoris Causa en Filosofía y Letras y los nombramientos de Gran Canciller de Navarra y Piura, avalan su total dedicación a la Universidad. Y, sobre todo, la entrega de su esfuerzo a la formación de una juventud que acude a las aulas de todo el mundo.

Monseñor Escrivá de Balaguer es, en el sentido más total de la palabra, un universitario. Un hombre universal que se enfrenta a empresas de envergadura con el espíritu de los magnánimos:

«Miremos con ánimo grande hacia el porvenir. Ayudar a forjarlo es labor de muchos, pero muy específicamente empeño vuestro, profesores universitarios. No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los sabores, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes»(21).

El ideal cristiano no se aparta de los problemas que afectan a una sociedad y en un momento histórico, sino que contribuye a resolverlos, precisamente, desde el espíritu cristiano.

Este es el motivo por el que la Obra, corporativamente, se implica en diversas iniciativas. Pero con un criterio claro de que el Opus Dei aborda actividades que constituyan, de modo evidente, un apostolado cristiano.

En «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Padre concluía:

«Para llevar adelante estas labores se cuenta en primer lugar con el trabajo personal de los miembros, que en ocasiones se dedican plenamente a ellas. Y también con la ayuda generosa que prestan tantas personas, cristianas o no. Algunos se sienten movidos a colaborar por razones espirituales; otros, aunque no compartan los fines apostólicos, ven que se trata de iniciativas en beneficio de la sociedad, abiertas a todos, sin discriminación alguna de raza, religión o ideología» (22).

Emprende la tarea de promover la Universidad de Navarra, convencido de que el Señor quiere este servicio a la cultura cristiana; con la confianza de que vale la pena iniciarlo con decisión y generosidad, y que no pueden faltar los medios para llevarlo a cabo; y con un amor muy grande a las almas, capaz de superar las dificultades de todo género que habrán de presentarse.

Con este esquema para el futuro centro docente, llegan a Pamplona, en 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda. Pamplona es una ciudad con dos mil años de historia, con gentes de ruda sinceridad y lealtad probada. Parece un símbolo que Navarra haya sido elegida por el Padre para levantar este empeño porque, ya en 1652, dice la ley 42 de la Corte:

«Y ansi el hacerse la Universidad de Navarra, y con toda presteza, no sólo es de gran servicio a Dios Nuestro Señor sino bien público y común de este Reyno».

Los dos profesores llegan en el mes de abril y se entrevistan con las autoridades civiles y eclesiásticas. Cuentan con las dificultades. Entre otras, tal vez la más importante: conseguir la aceptación de un proyecto docente que rompe con el sistema de monopolio estatal, vigente en materia universitaria desde hace más de cien años. Se remonta a medio siglo el tiempo desde el que no se ha creado una nueva Universidad en España, y no parece sentirse necesidad alguna de aumentar las existentes.

Por si esto fuera poco, no se cuenta con medios económicos para constituir un patrimonio ni para afrontar la financiación de los terrenos, edificios e instalaciones imprescindibles. Tampoco se ve la forma de atender el déficit de sostenimiento: la cuantía de los derechos de inscripción de los estudiantes es muy baja y es de prever un presupuesto fuertemente deficitario.

Pero la fe sobrenatural del Padre y el ímpetu del Amor de Dios que le mueve, en éste como en todos los apostolados que emprende, les contagia e impide cualquier vacilación ante un proyecto que a muchos puede parecer locura. A ninguno de sus hijos se le plantea duda alguna acerca de si va a salir o no adelante la Universidad de Navarra.

En el mes de abril de 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda comunican a don Enrique Delgado, entonces Obispo de la ciudad navarra, el deseo de Monseñor Escrivá de Balaguer de promover en Pamplona un centro de enseñanza superior. En julio volverán, para presentarle al que va a ser Director del Centro: Ismael Sánchez Bella.

El primer mes que Ismael pasa en Pamplona lo dedica íntegramente a la búsqueda de un local apropiado para empezar las clases. La Diputación, que había prometido amplia ayuda económica unos meses antes, acuerda conceder 150.000 pesetas «por dos años y a prueba». Ante esta oferta, a Ismael no le parece prudente dar un paso más sin consultar al Padre la posibilidad de llevar el proyecto universitario a otra ciudad donde se pueda encontrar más ayuda. Pero el Padre le anima a seguir y observa:

«Nunca nos han regalado nada: hay que ganárselo»(23).

La Diputación accede a que la Facultad de Derecho, con la que va a dar comienzo la vida universitaria en la ciudad, pueda instalarse provisionalmente en la Cámara de Comptos Reales. Se trata de un edificio del siglo XVI, antigua Casa de la Moneda y Tribunal de Cuentas del Reino.

También los profesores, nueve en total, de los cuales cuatro son navarros, consiguen alquilar un piso en una calle céntrica y próxima a la futura sede universitaria. El 13 de septiembre de 1952 pasarán a ocuparlo. Es la víspera de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Apenas hay en todo el inmueble algo más que una silla para cada uno. Pero Ismael tiene la suerte de estar rodeado de un pequeño grupo de optimistas incontenibles.

Los días que preceden a la inauguración de la Escuela de Derecho son de gran actividad. Hasta altas horas de la noche se estará trabajando en la Cámara de Comptos. Amanece, por fin, la mañana del día 17 de octubre y, con ella, los imprevistos…, las togas a punto, el borrador de una conferencia, los últimos detalles de instalación…

A las diez y media, se celebra la Misa del Espíritu Santo en el altar de la Virgen del Camino, Patrona de Pamplona. Luego, el cortejo se traslada a la Cámara de Comptos Reales. Aquellas habitaciones, llenas de polvo y con aire de museo histórico, han recuperado su brillantez de otros tiempos: bancos tapizados de terciopelo rojo, mesas de estilo español. Y, al frente, un repostero bordado en colores brillantes: en pie, la figura del Arcángel San Miguel que sostiene en sus brazos el escudo de Navarra, cruzado por las cadenas del Rey don Sancho. Alrededor, unas palabras circunvalando el dibujo: Estudio General de Navarra.

En el Salón de Actos de la Diputación Foral se celebra, después, un Acto Académico. Preside el Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza, y asisten las autoridades provinciales y locales, muchos catedráticos, magistrados, abogados y público. Los profesores llevan la toga respectiva. Dos jefes de protocolo conducen la ceremonia. Hay presentaciones, discurso y lección magistral. A las dos de la tarde, todo ha concluido. Comienza su singladura, pequeño pero ávido de proezas, este barco que hoy ha soltado sus amarras. Sus profesores habrán de ganarse, en arduo esfuerzo, la confianza, el prestigio y el reconocimiento. Parece que hasta el bedel, único en estos primeros tiempos, está convencido de la trascendencia de este acto inaugural. Felipe es timbalero de la Diputación y barítono del Orfeón Pamplonica. Buena voz para llamar cada mañana, amistosamente, a los cuarenta y un alumnos que componen esta primera promoción. Para ser espectador de un crecimiento incesante al que abrirá las puertas en años venideros.

Desde el principio, el Estudio General es para todos los que quieran acudir, con lealtad y empeño, poniendo las fuerzas vivas con que cuenta a su disposición. En palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer, estos estudios «están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales fuesen sus recursos económicos»(24). «La Universidad debe estar abierta a todos y, por otra parte, debe formar a sus estudiantes para que su futuro trabajo profesional esté al servicio de todos» (25) .

También pedirá el Fundador una apertura total al estudio de cuantos problemas plantee la sociedad, la historia, la situación temporal del entorno humano. Ahora bien, cuando el periodista Andrés Garrigó le pregunta, en 1967, acerca de la posibilidad de admitir en el recinto universitario el desarrollo de actividades políticas por parte de estudiantes y profesores, responde sin titubear:

«Me parece que sería preciso, en primer lugar, ponerse de acuerdo sobre lo que significa política. Si por política se entiende interesarse y trabajar en favor de la paz, de la justicia social, de la libertad de todos, en ese caso, todos en la Universidad, y la Universidad como corporación, tienen obligación de sentir esos ideales y de fomentar la preocupación por resolver los grandes problemas de la vida humana.

Si por política se entiende, en cambio, la solución concreta a un determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con los que sostienen lo contrario, pienso que la Universidad no es la sede que haya de decidir sobre esto.

La Universidad es el lugar para prepararse a dar soluciones a esos problemas; es la casa común, lugar de estudio y de amistad; lugar donde deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad existe»(26)

Pero esto no significa «neutralidad» ante los avatares históricos: «La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública»(27).

Similares acontecimientos marcarán el comienzo de la Facultad de Medicina en octubre de 1954. Juan Jiménez Vargas, que ha vivido tantas primeras horas junto al Padre, vendrá una vez más a impulsar este apostolado del Opus Dei. Es Catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona y programará la docencia de asignaturas básicas para la carrera. En 1958 llegará el profesor Ortiz de Landázuri, como organizador de las enseñanzas clínicas en esta nueva Facultad instalada en un edificio del Hospital Civil de Pamplona.

Eduardo Ortiz de Landázuri conocerá al Fundador del Opus Dei después de haber pasado a formar parte del Cuerpo Académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Y conservará siempre un recuerdo vivísimo de esta experiencia:

«Aquella conversación con el Padre duró unos minutos y fue tan entrañable, que rápidamente, después de besarme una y otra vez y de sentarme a su lado, me sentí como si hubiera estado en el Cielo. Con la mayor confianza le conté mi vida, la vida de Laurita -mi mujer-, y de mis siete hijos; mi amor a la Universidad, etc. El, con gesto cariñosísimo y buen humor, me interrumpió para preguntarme:

-Y tú, ¿a qué has venido a Pamplona? Muy ufano contesté:

-Para ayudar a levantar esta Universidad.

El Padre, con la rapidez que le caracterizaba, me dijo con energía y levantando la voz:

-Hijo mío, has venido a hacerte santo; si lo logras, habrás ganado todo.

Entonces, levantando incluso un poco más la voz y dirigiéndose a los presentes -que sólo entonces pude reconocer: don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría, don Florencio Sánchez Bella, don Amadeo de Fuenmayor y Antonio Fontán-, insistió y dijo:

-Esto lo digo para todos, cada uno donde esté; lo importante es el camino de la santidad personal. Y para mí mismo también»(28).

Esta vez, en el contexto de un diálogo personal, el Fundador vuelve a dejar claros los fines últimos de toda actividad: no se trata de instrumentalizar los hechos con fines ajenos a sí mismos sino de llevar las cosas a su más alta dimensión y significado. El Padre suele decir que hay que «elevar las cosas al orden de la gracia». Sin perder nada de su condición humana, cultural, social, estarán transfiguradas con el fin sobrenatural que les corresponde.

El comienzo de la Facultad de Medicina lleva consigo el establecimiento de la Clínica Universitaria; el mismo año 1954 empieza también la Escuela de Enfermeras. En 1955 se pone en marcha la Facultad de Filosofía y Letras; y en 1958 se promueve la creación del Instituto de Periodismo, que habrá de convertirse en Facultad de Ciencias de la Información. En el mismo año comienza en Barcelona el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa. En 1959 inician sus actividades la Facultad de Ciencias y el Instituto de Derecho Canónico, que al año siguiente se convertirá en Facultad.

En el curso académico 1986-87, la Universidad contará con 1.148 profesores; 1.477 colaboradores no docentes; 13.123 alumnos en cursos regulares, y más de 8.652 participantes en programas de formación permanente.

El Fundador recibe el nombramiento de Gran Canciller de la Universidad. Es la máxima representación Académica. En 1954 se constituye la Asociación de Amigos de la Universidad, de la que forman parte todos los que, libremente, quieren aportar su dinero, su esfuerzo, su colaboración y su oración para sacar adelante esta empresa. De ella forman parte personas -españolas y extranjeras- de todos los estamentos sociales. Con su ayuda se amplía, cada vez más, la posibilidad de ofrecer becas a estudiantes de países que inician el camino de su desarrollo.

En 1967, el Gran Canciller se dirigirá a esta Asociación:

«Vosotros, Amigos de la Universidad de Navarra, sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece. Vuestro aliento. cordial, vuestra oración, vuestro sacrificio y vuestras aportaciones no discurren por los cauces de un confesionalismo católico: al prestar vuestra cooperación, sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal; atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y ser sostenida por el pueblo»(29).

En mayo de 1974, durante su última estancia en Navarra con motivo de la investidura de Doctores honorís causa, mientras el Rector Magnífico, el Excelentísimo Doctor don Francisco Ponz, le acompaña y ayuda a revestirse con las vestes académicas, el Fundador le dice:

«Paco, tenemos que ponernos esto por algún motivo sobrenatural, porque si no, no tendría sentido »(30)

Y unas horas más tarde, en la última tertulia emocionada con los amigos y profesores de la Universidad, que le reciben con una ovación:

«Esos aplausos son para vosotros… Para vosotros que os lo merecéis, que hacéis posible, con vuestra oración y con vuestro sacrificio económico, toda la labor de la Universidad de Navarra: Dios os bendiga (…).

Estáis viviendo aquello que dice San Marcos: “Omnia possibilia sunt credentí”: para el que tiene fe, todas las cosas son posibles. Vosotros habéis hecho realidad la Universidad de Navarra. Y yo estoy lleno de agradecimiento, conmovido: ¡gracias!»(31)

Este ha sido el motor, la única fuerza que puso en marcha, una vez más, uno de los centros universitarios más prestigiosos de España.

Supo querer

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Uno de los secretos de Mons. Escrivá de Balaguer fue su gran cordialidad. A su lado era fácil sentirse comprendido, arropado, empujado hacia el amor de Dios. Su corazón desbordaba cariño: hacia Dios, hacia los hombres, hacia el mundo. Amar al mundo apasionadamente es el título de la homilía que predicó en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra. Un título a la medida de su corazón. Pues en él cabían las penas y las alegrías, los cuerpos y las almas, lo grande y lo aparentemente trivial.

Ha asombrado a muchos la prodigiosa memoria del Fundador del Opus Dei. Ex abundantia enim cordis os loquitur: dice la Escritura que de la abundancia del corazón habla la boca (Mt., XII, 34). Mons. Escrivá de Balaguer, porque sabía querer, advertía ‑y recordaba‑ cientos de pequeños detalles que parecían no tener importancia.

La anécdota sucedió un día de 1974 en Brasil. Hacía trece años que Rafael Llano no le veía. El Fundador del Opus Dei respondió a su saludo con la melodía italiana ‑Tímida é la bocca tua‑ que solía entonarle amablemente en Roma, mucho tiempo atrás, haciendo alusión a las dimensiones no pequeñas de la boca de Rafael y de sus hermanos, casi todos socios de la Obra. Por la tarde, le comentaría:

‑Recuerdo que una vez había mucha gente. Vi a uno y le dije: tú eres fulanito. Y me contestó: sí; ¿en qué la boquita! ¿Te acuerdas?

Rafael respondió que sí, que a toda la familia les gustaba ser reconocidos por la boca, y por la canción. Al oírla por la mañana, se había echado a llorar.

La cordialidad del Fundador del Opus Dei era tan espontá­nea, que sorprendía incluso a los que convivían con él. Como sucedió en México, un día de 1970:

En una esquina del vestíbulo principal de ESDAI (Escuela Superior de Administración de Instituciones), obra apostólica promovida por la Sección de mujeres del Opus Dei en México, estaba Victoria, una asociada de la Obra, con su madre anciana, que quería, aunque sólo fuera, ver pasar al Padre. Cuando le dijeron a Mons. Escrivá de Balaguer que era la madre de dos auxiliares del hogar y dos obreros, los cuatro, socios de la Obra, se acercó para decirle que los acababa de ver en Montefalco. Sin dar tiempo a reaccionar a los que estaban a su alrededor, la señora se arrodilló con un gesto de agradecimiento y de respeto, y se empezó a inclinar para besarle los pies. ¡Eso no, hija mía, eso no! Inmediatamente, Mons. Escrivá de Balaguer se puso de rodillas. Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios, con la diferencia de que yo no soy más que un pobre pecador, por el que hay que rezar mucho. El gesto fue tan rápido, que nadie sabía qué hacer. Victoria intentaba levantar a su madre. Don Álvaro del Portillo esperaba poder ayudar a Mons. Escrivá de Balaguer a levantarse. Fue un minuto. Fue largo. Nadie hablaba… Nadie se movía. Sólo se escuchaba la voz afabilísima del Fundador del Opus Dei diciendo cosas a la anciana que, cubierta la cabeza con su rebozo, lloraba. Cuando se retiró, esa campesina decía con voz entrecortada por los sollozos: “Hoy ha sido el día más feliz de mi vida”.

Para don José Orlandis, Mons. Escrivá de Balaguer era “el más cordial, el más afectuoso, el más entrañable de los hombres: era, verdaderamente, el Padre. A nadie he conocido con mayor capacidad de amar, de amar a todos, teniendo para todos los brazos bien abiertos. Parece imposible que un mismo hombre pudiera ser a la vez tan de Dios y tan profundamente humano”.

“El secreto ‑explica Orlandis, repitiendo lo que había escuchado al propio Fundador del Opus Dei‑ estaba, sencilla­mente, en que amaba a Dios y a los hombres con el mismo corazón. Amaba al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a Santa María, con el mismo corazón de carne con que había amado a su madre y con que amaba a sus hijos”.

En 1974, en Sáo Paulo, le preguntaron:

‑Cómo hacer para que todas las personas quepan dentro de nuestro corazón y que nuestro temperamento no nos estorbe con su sensibilidad?

‑¿Qué te crees? Que el corazón humano es pequeñito y cabe una familia, y no cabe más? Toda la familia nuestra ‑somos miles y miles de personas, de distintas razas, de distintas lenguas, de distintos continentes…‑, todos caben. Ya verás qué fácil es. Si no te apartas del trato de Jesús, María y losé; si procuras tener vida interior; si eres hombre de oración; si trabajas, porque si no, no hay vida interior…, entonces el corazón se agranda.

Esa pregunta me la hacía a mí mismo al principio (…). Señor, y cuando seamos muchos, qué sucederás Porque ahora los quiero tanto: pero, cuando seamos una multitud? Ahora somos muchos, muchos, muchos, y el corazón se ha hecho grande, grande: a la medida del Corazón de Cristo, en el que cabe toda la humanidad y mil mundos que hubiera…

Mons. Johannes Pohlschneider, obispo de Aquisgrán, escribió en el Deutsche Tagespost que el día 27 de junio de 1975 recibió, por teléfono, la noticia de la muerte totalmente inesperada del Fundador y Presidente General del Opus Dei. Se quedó profun­damente consternado, con la sensación como si, de repente, una estrella luminosísima se hubiese apagado en el cielo de la Iglesia: “Mucho más potentes aún que las fuerzas de su inteligencia eran los impulsos que su corazón irradiaba a su alrededor. Espontáneamente me viene a la cabeza lo que dice la Iglesia del gran apóstol de la juventud don Bosco, en el Introito de la Misa en la fiesta de este Santo: Dedit illi Deus sapientiam et prudentiam multam nimis, et latitudinem cordis quasi arenam quae est in littore maris. Esa latitudo cordis, en la que cabían todos y todo, pero muy especialmente el Amor de Dios y del prójimo, era la característica esencial de este sacerdote. Amaba, quería a los hombres en el sentido más verdadero de esta palabra, y se preocupaba y cuidaba de ellos”.

A Mons. Escrivá de Balaguer le hacían sufrir la ignorancia, la miseria, el hambre de pan o de cultura, la enfermedad, el desconsuelo, la soledad… Y vivía a fondo aquellas escenas del Evangelio que hablan de la misericordia de Jesús, ante el dolor y las necesidades de los hombres: Se compadece ‑puede leerse en una de sus homilías‑ de la viuda de Naím, llora por la muerte de Lázaro, se preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer, se compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer la luz ni la verdad.

De ahí surgía un propósito claro: tratar filialmente a Santa María, porque, cuando somos de verdad hijos de María com­prendemos esa actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesi­dades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María.

Su desvelo llegaba tanto a las grandes crisis de la humanidad, que afectan a las muchedumbres, como a los pequeños proble­mas que agobian a los que conviven cerca. Vivió y enseñó desde los comienzos de la Obra lo que reiteraba el 1 de octubre de 1967, en Tajamar: Se pasó el tiempo de dar perras gordas y ropa vieja. ;Hay que dar el corazón y la vida!

Darse al que está al lado, olvidarse completamente de uno mismo: era justamente una de las claves de su perenne alegría.

En el trato con los demás, subrayaba siempre los aspectos positivos de sucesos y personas. “No le he visto nunca pesimista, nunca, a pesar de todo; a pesar de las muchísimas con­trariedades, dificultades, y calumnias, que hubo de soportar. Siempre, abrazado a la fe en Cristo Jesús, navegó con se­renidad y caridad”, acredita don Joaquín Mestre Palacio, Prior de la Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados de Valencia.

Unos veinte días antes de morir, el 7 de junio de 1975, en una conversación con más de un centenar de socios del Opus Dei, del enorme corazón de Mons. Escrivá de Balaguer surgió, improvi­sado, un cántico a la alegría de vivir:

Estáis comenzando la vida. Unos comienzan y otros acaban, pero todos somos la misma Vida de Cristo: ;y hay tanto que hacer en el mundo! Vamos a pedirle al Señor, siempre, que nos ayude a todos a ser fieles, a continuar la labor, a vivir esa Vida, con mayúscula, que es la única que merece la pena: la otra no vale la pena, la otra se va, como el agua entre las manos, se escapa. En cambio, ;esta otra Vida! (…)

¿Qué queréis que os diga? Ya os lo he dicho siempre: que habéis sido llamados por Dios para que seáis santos, para que seamos santos, como enseñaba San Pablo. Sed perfectos así como vuestro Padre celestial es perfecto: esas son las palabras de Cristo.

Ser santo es ser dichoso, también aquí en la tierra. Y me preguntaréis quizá: Padre, y usted ¿ha sido dichoso siempre? Yo, sin mentir, recordaba hace pocos días, no sé dónde fue, que no he tenido nunca una alegría completa; siempre, cuando viene una alegría, de esas que satisfacen el corazón, el Señor me ha hecho sentir la amargura de estar en la tierra, como un chispazo del Amor… Y, sin embargo, no he sido nunca infeliz, no recuerdo haber sido infeliz nunca. Me doy cuenta de que soy un gran pecador, un pecador que ama con toda su alma a Jesucristo. Así, que infeliz, nunca; alegría completa, nunca tampoco. ;Ay que lío me he hecho!

Ayudadme a ser santo; pedid por mí para que sea bueno y fiel. Pero que no se quede todo en palabras; poned también obras, que el ejemplo arrastra.

También ocurrió en Roma. Lo firmó Jesús Urteaga en Mundo Cristiano. El Fundador del Opus Dei había advertido en la cara de un estudiante un gesto de contrariedad. Le preguntó qué le pasaba. Y cuando le dijo que estaba cansado, le contestó sonriendo:

‑Hijo mío, yo llevo cincuenta años haciendo las cosas a contrapelo.

Pero no era fácil notarlo, porque, como solía enseñar, muchas veces la mejor mortificación es la sonrisa. Diez días antes de su muerte, el 15 de junio de 1975, decía en otra conversación con un numeroso grupo de socios de la Obra:

Yo tengo la devoción de celebrar frecuentemente ‑cuando lo permite la liturgia‑ la Misa de la Santísima Virgen; me paree que os lo he dicho alguna vez. Y hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis, y después la alegría de vivir. ;Qué bonito! Creen por ahí que la alegría de vivir es cosa pagana, porque lo que buscan es la alegría de morir, de suici­darse neciamente, suicidarse con estiércol hasta por encima de los ojos. Seguir a Cristo, buscar la santidad es tener la alegría de vivir. Los santos no son tristes, ni melancólicos; tienen buen humor.

En esa alegría de vivir se fijó también el profesor Viktor 1 . Frankl, en sus encuentros romanos con el Fundador del Opus:

Dei, y la describe en términos precisos, técnicos: “Evidentemente Monseñor Escrivá vivía totalmente en el instante, se abría a .I completamente, y se entregaba a él del todo. En una palabra. para él debía poseer el instante todas las cualidades de lo decisivo (Kairos‑Qualitiiten)”.

Su buen humor era contagioso, porque respondía a una alegría verdadera, que surgía de la paz de su alma en gracia w tenía también raíces de dolor: el dolor normal que acompaña,,: necesariamente la vida de todo hombre sobre la tierra. Se había fijado en los campesinos de su tierra, que pinchan las brevas, para que el fruto sea más dulce, y así aceptaba contento las contrariedades de cada día, viendo en ellas los alfilerazos con los que el Señor haría que su jornada fuera más fecunda y esperan­zada.

El 27 de junio de 1975 El Noticiero de Zaragoza publicaba un artículo de José María Zaldívar, que refleja el clima cordial que el Fundador del Opus Dei creaba a su alrededor, como por ósmosis. Había ido en octubre de 1960 a Zaragoza, para recibir la investidura como doctor honoris causa de su Universidad. José María Zaldivar acudió al Paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebraba el acto, aunque llevaba unos días sin poder acercarse a los micrófonos en su diaria emisión de la radio, porque la inesperada muerte de su hermano le tenía en un hundimiento total. Había ambiente de fiesta en aquel Paraninfo. Mons. Escrivá de Balaguer entró “sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo, familiar. Comprendí al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demostraba ‑autor de Camino‑ su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas”. Tanto se conmovió José María Zaldívar que aquel mediodía volvió “a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés”.

La anécdota llegó a oídos de Mons. Escrivá de Balaguer, que quiso saludarle. Zaldívar acudió a la cita. En el periódico, quince años después, no recoge el diálogo. Sólo habla de un abrazo, de una bendición y de un regalo: un ejemplar de Camino, con una jaculatoria escrita por la mano del Fundador del Opus Dei: Omrria ira bonum! (“Todo es para bien”). Y concluye José María Zaidívar: “Me ha correspondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas casas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las lecciones.

Su sobrenatural y humana alegría de vivir aparece en toda su fuerza cuando se enfrenta con un dolor tremendo, con una enfermedad incurable, con el lento consumirse de una vida. El Diario de Burgos publicó el 13 de agosto de 1975, el testimonio impresionante de un hombre que quería hacer pública su “deuda con Monseñor Escrivá de Balaguer”. Así tituló su artículo Manuel Villanueva Vadillo: era un hombre joven cuando le diagnosticaron una parálisis progresiva, que le ha llevado a una palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como silla de ruedas, sin ninguna esperanza de volver a andar. Allí aprendió, guiado por el Fundador del Opus Dei, el significado del dolor. Poco a poco fue descubriendo que el sufrimiento, aceptado y ofrecido por amor a Dios, le hacía corredentor con Cristo. Y comprendió el valor auténtico de aquellas palabras: los enfermos son el tesoro del Opus Dei.

Manuel Villanueva rememora cómo el Fundador de la Obra, cuando era un sacerdote joven fue a buscar los medios para hacer la Obra de Dios en los hospitales: “Eran gente desamparada enferma; algunos con una enfermedad entonces incurable, la tuberculosis. Su tesoro estaba allí: repartido entre los enfermos que ofrecían el gozo de su dolor, y entre aquellos que, de su mano, subieron a la presencia de Cristo. Yo formaba ‑y formo‑ parte de ese tesoro”.

Alguien escribió en la prensa, también a raíz de la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, que, de tanto querer, se le había roto el corazón. Y más de uno recordó aquello de morir inadvertido en una buena cama, como un burgués…, pero de mal de Amor (Camino, 743). Sólo que el Fundador de la Obra, en sus últimos años, más bien decía que de amor no se muere, de amor se vive. Como aquel 7 de enero de 1975 en La Lloma, cerca de Valencia. Hubo canciones; entre otras, aquella ‑Si vas para Chile‑ que le cantaron un año antes en Buenos Aires, la víspera de su salida hacia Santiago. Una canción suave, saturada de nostalgia, que habla de amor:

Si vas para Chile te ruego viajero le digas a ella que de amor me muero…

‑Bueno, eso de que se muere de amor… ‑comentó‑, De amor se vive. Quered mucho, quered con todo el corazón, que no os moriréis de amor. ;Hala, a poner el corazón en el Señor, a quererlo de verdad! Amad a su Madre, a San José, y vivid con ellos en Belén, en Nazaret, en Egipto… Que os enamoréis de verdad, y que viváis de amor: que de amor no se muere, no. Eso son cuentos: el amor da la vida; sin amor no se puede vivir. Por eso os quiero enamorados; porque, si lo estáis, no me da miedo nada. ¡Seréis fieles!

Y el Fundador del Opus Dei concluyó:

¡Vivid de amor, hijos míos, aunque digáis, mintiendo, que morís de amor!

DECRETO DE INTRODUCCIóN DE LA CAUSA DE BEATIFICACIóN

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

El Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último» (Motu proprio Sanctitas cdarior, 19–III–1969).

Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia.

El Siervo de Dios nació el 9 de enero de 1902, en Barbastro (España), en el seno de una familia de fervientes raíces cristianas. Desde su juventud se distinguió por la agudeza de su inteligencia y por su carácter fuerte y amable. Hacia los quince años advirtió por primera vez el presentimiento de la llamada del Señor a una misión que el Siervo de Dios aún ignoraba. Para disponerse plenamente a la Voluntad divina, decidió hacerse sacerdote, cultivando una vida de piedad y de penitencia intensísima. Tras haber cursado los estudios en el Seminario de Logroño, primero, y después en el Seminario de San Francisco de Paula y en la Universidad Pontificia de Zaragoza, fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925, en Zaragoza.

En 1927 se trasladó a Madrid, donde ejercitó un vasto apostolado con los enfermos, los necesitados y los niños. Fue Capellán del Patronato de Enfermos desde 1927 a 1931. En 1931 pasó a ser Capellán en el Patronato de Santa Isabel, del cual fue nombrado Rector en 1934.

El 2 de octubre de 1928, durante los ejercicios espirituales, el Señor le mostró con claridad lo que hasta ese momento había sólo barruntado; y el Siervo de Dios fundó el Opus Dei. Movido siempre por el Señor, el 14 de febrero de 1930 fundó la Sección femenina del Opus Dei. Se abría así en la Iglesia un nuevo camino, dirigido a promover, entre personas de todas las clases sociales, la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado, mediante la santificación del trabajo ordinario, en medio del mundo y sin cambiar de estado.

Desde el primer instante, con la bendición y el aliento del Ordinario del lugar, el Siervo de Dios se dedicó plenamente a esta misión, y el Señor le bendijo con frutos abundantes.

Durante la guerra civil española, sin preocuparse por los peligros que le amenazaban, no abandonó su intensa actividad sacerdotal. Al final de la guerra regresó a Madrid, desde donde pudo dar mayor impulso a la labor de la Obra en España: a pesar de la absoluta carencia de medios, abrió nuevos Centros en numerosas ciudades y preparó la expansión fuera de la península ibérica.

Muchísimos sacerdotes y laicos acudían al Siervo de Dios para la dirección espiritual. A petición de los Obispos y de los Provinciales de diferentes órdenes y Congregaciones religiosas, predicó gran número de ejercicios espirituales a sacerdotes y religiosos, además de los dirigidos a los laicos. Con su apostolado, suscitó muchísimas vocaciones de todas clases.

El 14 de febrero de 1943, Mons. Escrivá fundó, dentro del Opus Dei, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, haciéndose así posible la ordenación sacerdotal de algunos miembros laicos del Opus Dei, con una disponibilidad total para la asistencia espiritual de los demás miembros y de las actividades apostólicas promovidas por la Obra. Prácticamente toca el millar el número de profesionales de la Obra (médicos, abogados, ingenieros, periodistas, etc.) que, ya durante la vida del Siervo de Dios, recibieron las órdenes sagradas, dejando perspectivas profesionales muy florencientes para dedicarse enteramente al ministerio sacerdotal.

En 1946el Siervo de Dios se trasladó a Roma, donde fijó definitivamente su residencia. En 1947 obtuvo de la Santa Sede el deeretum laudis para el Opus Dei que, el 16 de junio de 1950, recibió la aprobación definitiva como institución de derecho pontificio. Simultáneamente fue aprobada la Asociación de Cooperadores del Opus Dei, en la que podían ser admitidos también los acatólicos.

Desde Roma, Mons. Escrivá estimuló y guió la difusión del Opus Dei en todo el mundo, prodigando todas sus energías para dar a sus hijas y a sus hijos una sólida formación doctrinal, ascética y apostólica. Ejemplar se demostró la dedicación del Fundador a la propia misión: fue incansable en el trabajo y, movido por su celo, llegó a emprender viajes muy duros y fatigosos por toda Europa y por América, también en épocas en que se encontraba gravemente enfermo. A pesar de las constantes estrecheces económicas, no se desalentó, y puso en marcha los oportunos instrumentos apostólicos, tanto en Roma como en otros países.

Su celo se plasmó en una amplísima gama de iniciativas apostólicas que –como un mar sin orillasse han extendido por los cinco continentes, en todos los sectores en los que más vivamente se experimenta la necesidad de que la verdad de Cristo ilumine el esfuerzo de los hombres: centros de formación profesional, de enseñanza elemental y media; universidades (Mons. Escrivá había fundado y era Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España, y de la Universidad de Piura, en Perú); ambulatorios médicos; clubs para la formación de la juventud; residencias para empleadas del hogar, para campesinos, para estudiantes universitarios; centros culturales; instituciones académicas de especialización; escuelas agrarias, etcétera.

Con sus enseñanzas, el Siervo de Dios ha abierto un capítulo nuevo en la historia de la espiritualidad. Sus escritos han alcanzado una significativa difusión: basta considerar que sólo el libro Camino ha tenido una tirada de tres millones de ejemplares, con traducciones en 34 lenguas. Semejantes son los datos que conciernen a las otras obras de Mons. Escrivá: Santo Rosario, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios.

El Siervo de Dios era doctor en Derecho y en Sagrada Teología; había sido nombrado Prelado doméstico de Su Santidad, Consultor de la Pontificia Comisión para la interpretación del Código de Derecho Canónico y Académico de la Academia Teológica Romana.

En Roma, el 26 de junio de 1975, a mediodía, un repentino ataque cardíaco truncó su vida terrena. Murió después de recibir, cuando ya había perdido los sentidos, la absolución y la Unción de los Enfermos, que ardientemente había deseado toda la vida, dando repetidas veces a sus hijos indicaciones precisas en este sentido. También aquel día –según una confidencia hecha a cuatro miembros de la Obra– había renovado el ofrecimiento de su propia vida por la Iglesia y por el Papa, durante la celebración de la Santa Misa, cuatro horas antes de morir.

A la muerte del Siervo de Dios, el Opus Dei, difundido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 miembros, en representación de 80 nacionalidades.

La raíz de tanta fecundidad consiste en la actualidad del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei y, a la vez, en el vivo ejemplo que en primer lugar dio el mismo Siervo de Dios. Proclamando la llamada a la santidad a través de las ocupaciones cotidianas, enseñó que cada acción del hombre es santificable y santificante y contribuye a la edificación del Pueblo de Dios.

Al enseñar que todos han de buscar la santidad en el marco de la vida ordinaria, Mons. Escrivá subrayó que el trabajo ha de considerarse como instrumento y ámbito de la santificación; por eso, mientras recalcaba la importancia de alcanzar la máxima perfección posible en el cumplimiento de los deberes temporales, insistía en la necesidad de desarrollarlos en unión con Dios mediante la gracia y con una piedad viva y sincera. De ahí su empeño en poner de relieve la primacía de los Sacramentos en la edificación de una existencia auténticamente cristiana, y en mover a las almas a la práctica de la oración.

En la base de la espiritualidad del Siervo de Dios se halla una profunda percepción del misterio de Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, que se manifiesta en el entrelazamiento de lo divino y lo humano, en unidad de vida. En su’ vida personal demostró esta íntima fusión de contemplación y acción, de vida interior y actividad cotidiana. Las virtudes sobrenaturales se unían con las virtudes humanas, haciendo de él el ejemplo de una santidad entretejida de sencillez y naturalidad, construida de fidelidad en las cosas pequeñas. Vivía profundamente el sentido de la filiación divina, que se traducía en un confiado abandono en Dios Padre, en la primacía de la oración respecto al esfuerzo humano –que podía convertirse así en trabajo hecho con Dios y por Dios–, en un amor ardiente a la Humanidad Santísima de Cristo, en una devoción tierna y fuerte a la Virgen, a San José y a los Angeles Custodios, en un espíritu de sobrenatural optimismo y de contagiosa alegría.

En consonancia con esta unidad de vida, el Siervo de Dios no consideró el apostolado como una actividad más junto a otras, ni como una misión reservada a algunos iniciados en las cosas eclesiásticas, sino como un deber constante que concierne a todos los fieles, como consecuencia de las gracias recibidas en el Bautismo y en la Confirmación y sucesivamente desarrolladas por los demás sacramentos, y que debe ejercitarse en cada situación de la jornada.

Estas y otras enseñanzas –piénsese sobre todo en su consideración de la Santa Misa como centra y raíz de la vida interior, y en el amor que, consiguientemente, derrochó por el Sacramento de la Eucaristía y la liturgia toda– han aportado indudables beneficios también a los sacerdotes, para quienes la doctrina predicada por el Siervo de Dios está destinada a producir frutos de alcance insospechado.

Mons. Escrivá vivió el propio ministerio como servicio desinteresado a la Iglesia, y enseñó a sus hijos, repartidos por el mundo, a actuar en firme unión con la jerarquía ordinaria y en absoluta fidelidad al Magisterio, de modo que, en todas las diócesis donde trabaja el Opus Dei, la fidelidad al Romano Pontífice y la lealtad a la Jerarquía son inconfundibles características suyas.

Un papel determinante en el mensaje de Mons. Escrivá lo desarrolla el amor a la verdadera libertad, valor tan agudamente sentido por la mentalidad contemporánea. En particular insistió sobre la libertad en las cuestiones temporales, indispensable en la acción ele los cristianos en el mundo; quiso que siempre se ejercitase con la consiguiente responsabilidad y en el respeto de las normas establecidas por la fe y la moral, según los dictámenes del Magisterio de la Iglesia. Respetó escrupulosamente las legitimas opciones de todos los cristianos en materias opinables. Así defendió una propiedad irrenunciable de la vocación secular cristiana y salvaguardó la finalidad exclusivamente espiritual del Opus Dei.

Digna de particular mención es la atracción que la espiritualidad del Siervo de Dios ejercita sobre los intelectuales: estudiantes, profesores universitarios y profesionales de las ramas más diversas advierten la gran fuerza de un mensaje en el que la vida interior y el empeño por alcanzar una seria competencia profesional constituyen dos aspectos igualmente necesarios de ese camino hacia Dios. Del mismo modo, empleados, campesinos, obreros, padres e hijos, hombres y mujeres, todos los componentes de la sociedad civil –la gente de la calle, como decía Mons. Escrivá encuentran en este espíritu la ayuda para descubrir el divino designio de salvación que late en las más pequeñas realidades de la vida. Perennemente actual se muestra, pues, la figura de este sacerdote, y es punto de referencia desde el que la luz del apostolado cristiano se irradia sobre la sociedad de todos los tiempos.

Lo confirma la vasta fama de santidad que circundó ya en vida al Siervo de Dios, respaldada por abundantes y autorizados testimonios. Desde que el Señor lo llamó a Sí, esta fama de santidad se ha ido progresivamente extendiendo, con significativa espontaneidad. Son millares las cartas –de eminentes personalidades y de gente común– llegadas al Santo Padre desde los más lejanos rincones de la tierra, con el fin de pedir la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios. Entre estas cartas, nos place recordar la de la Conferencia Episcopal del Lazio, con sus expresiones de gratitud por los frutos que sembró en Roma el celo sacerdotal de Mons. Escrivá. Personas de todas las condiciones sociales y de las más variadas nacionalidades atestiguan el cúmulo de favores, grandes y pequeños, espirituales y materiales, recibidos del Cielo por el recurso a la intercesión del Siervo de Dios. La Cripta del Oratorio de Santa María de la Paz, en la Sede Central del Opus Dei, en Roma, donde reposan los restos mortales del Fundador, es meta de una peregrinación ininterrumpida de fieles, que confían a su mediación ante Dios todas sus necesidades o le agradecen favores obtenidos.

Ante esta realidad, el Presidente General del Opus Dei, Revmo. don Alvaro del Portillo, nombró Postulador de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaria Escrivá de Balaguer al Rev. don Flavio Capucci, cuyo cargo fue legalmente reconocido el 4 de febrero de 1978. A petición del Postulador, persuadidos del beneficio que la acogida de nuestra súplica traería a la Santa Iglesia, con fecha 15 de marzo de 1980, dirigimos a la Sede Apostólica la instancia de concesión del Nihil obstat para la introducción de dicha Causa, adjuntando los documentos requeridos a ese fin por el Motu proprio Sanctitas clarior.

Tras un atento estudio de la documentación, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en el Congreso Ordinario del 30 de enero de 1981, concedió el Nihil obstat para que fuese introducida la Causa. El Santo Padre Juan Pablo 11, el día 5 de febrero de 1981, ratificó y confirmó la decisión de la Sagrada Congregación.

En virtud de lo expuesto, y de las facultades que nos competen a tenor del Código de Derecho Canónico y del Motu proprio Sanctitas clarior, DECRETAMOS la introducción canónica de la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Joscmaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador del Opus Dei, y la instrucción del correspondiente Proceso canónico para el día 12 de mayo de 1981.

UGO Carel. POLETTI

Vic. Gen.

Roma, 19 de febrero de 1981


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