Misión de todos en la Iglesia

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Ante este mundo nuestro, está claro que —insisto— la evangelización será nueva no por el contenido esencial de la doctrina que se anuncie, ni por el modelo de vida que se proponga a nuestros contemporáneos. La novedad habrá de residir en las nuevas energías espirituales y apostólicas puestas en juego por todos los fieles, pues todos somos partícipes y responsables de la misión de la Iglesia 14 . Particular importancia tendrá el testimonio coherente de los fieles laicos, a quienes —en palabras de Juan Pablo II— «corresponde testificar cómo la fe cristiana (…) constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible —continúa el Papa— si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud» 15 .

Con gran fuerza y singular eficacia, anunció insistentemente esta doctrina Mons. Escrivá de Balaguer, siempre con acentos más atractivos y con renovado vigor, desde la tercera década de este siglo: «Todos, por el Bautismo —son palabras suyas, del año 1960—, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (I Pet. II,5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» 16 . El amplio progreso doctrinal, por el que la vocación bautismal ha sido comprendida y presentada con el relieve eclesiológico que le corresponde, es sin duda uno de los pilares en los que la Iglesia se apoya para afrontar su futuro evangelizador.

La necesaria insistencia en que los fieles laicos asuman sus responsabilidades, para hacer posible una presencia más viva de la luz cristiana en la sociedad, debe ir a la par con la insistencia en la esencial necesidad de un ejercicio abundante, generoso, humilde y audaz al mismo tiempo, del ministerio público de los sacerdotes: «en la medida en que las familias cristianas y los laicos cristianos asumen en un más amplio nivel (…) sus múltiples compromisos apostólicos, mayor necesidad tienen de sacerdotes que sean plenamente sacerdotes, precisamente para la vitalidad de su vida cristiana. Y, en otro sentido, cuanto más descristianizado está el mundo o carece de madurez en la fe, mayor necesidad tiene de sacerdotes que estén totalmente consagrados a dar testimonio de la plenitud del misterio de Cristo» 17 .

La Iglesia, que queremos ver reflorecer y dar frutos nuevos, «la Iglesia del nuevo Adviento —como leemos en la Encíclica Redemptor hominis—, la Iglesia que se prepara continuamente a la nueva venida del Señor, debe ser la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia. Sólo bajo este aspecto espiritual de su vitalidad y de su actividad, es ésta la Iglesia de la misión divina, la Iglesia in statu missionis, tal como nos la ha mostrado el Concilio Vaticano II» 18 . Y la Iglesia de la Eucaristía y de la Penitencia necesariamente es la Iglesia del ejercicio infatigable del sacerdocio ministerial, es la Iglesia del sacerdote santo, del sacerdote que ama en la raíz de su alma, de todo su ser, por tanto, la llamada que ha recibido del Maestro, para conducirse a toda hora como alter Christus, como ipse Christus 19 .

No es ahora necesario detenernos más sobre la necesidad del ministerio sacerdotal para la nueva evangelización, ni sobre la mutua ordenación entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de todos los fieles: a éstas y a otras cuestiones conexas habéis dedicado ya vuestra atención en estos días. Para todos es, en efecto, bien claro que, sin una abundante dispensación de esos grandes misterios de Dios 20 , que son la Eucaristía y la Penitencia, y con ellos del alimento de la palabra divina, languidecería la vida sobrenatural de los fieles. La nueva evangelización depende, de manera esencial, de que haya ministros que dispensen generosamente —con hambre de santidad propia y ajena— la palabra de Dios y los sacramentos, hombres formados por la Iglesia, que sienten siempre con la Iglesia, para ser, al ciento por ciento, sacerdotes a la medida de la donación de Cristo, siempre bien unidos a su respectivo Ordinario, con veneración a toda la Jerarquía de la Iglesia, y de modo peculiar al Romano Pontífice.

Sacerdotes para la nueva evangelización

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Conferencia de Mons. Alvaro del Portillo, Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en la clausura del XI Simposio Internacional organizado por la Facultad de Teología (1990).

Introducción

1. Necesidad de una nueva evangelización

2. Misión de todos en la Iglesia

3. Necesidad de sacerdotes santos

4. Santidad sacerdotal y vida de oración

5. Santidad sacerdotal y vida de penitencia

6. Santidad sacerdotal y caridad pastoral

7. Una vida radicada y centrada en la eucaristía

8. La dimensión mariana de la vida del sacerdote

9. Conclusión: formación para la santidad

Notas

Monseñor Escrivá de Balaguer y la universidad

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Testimonio de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Yo era el único francés durante un coloquio que reunía en 1952a unos 40 jóvenes profesores españoles. Tres de ellos me habían impresionado profundamente por su moderación, su amplitud de espíritu y su información. Lo comenté con un amigo español que con una media sonrisa me respondió: «Acaba usted de nombrar a los tres miembros del Opus Dei que están aquí». Aunque en aquel momento yo lo ignoraba todo acerca del Opus Dei no le hice más preguntas.

Algunos años después lo encontré de nuevo en la Universidad de Navarra, que se acababa de crear. Allí descubrí profesores y estu­diantes realmente felices. La Universidad carecía de campus uni­versitario, que por entonces se edificaban en todos los lugares. Los profesores se hospedaban con los estudiantes y entre ellos reinaban un afecto y una confianza que evocaban inevitablemente aquellos tiempos en que la universidad era una sociedad de maestros y discípulos, unidos por la misma afición a la cultura y al trabajo. Muchos profesores famosos tenían la sencillez que conviene a los verdaderos maestros. Los estudiantes, procedentes de diversos orígenes y confesiones, mostraban a la vez gentileza y seriedad.

Todas las instituciones tienen su espíritu y de aquélla reflejaba una paz y sencillez que sentí aún más cuando tuve el gran honor de ser recibido por Monseñor Escrivá de Balaguer.

La Universidad de Navarra era obra suya y él le había trans­mitido su espíritu. Tenia una sencillez y una bondad que impre­sionaban. Se llegaba a él con la inquietud que se tiene al tratar a un ser excepcional y, sin embargo, inspiraba confianza. Escuchaba, preguntaba. Sus palabras parecían simples, pero la intensidad de su mirada les confería un sentido sobrenatural. Pienso, por ejemplo, en las primeras frases de Camino: «Son cosas que te digo al oído, / en confidencia de amigo, de hermano, / de padre ./ Y esas confidencias las escucha Dios» (1).( Camino, Monseñor Escrivá de Balaguer)

Otros han dicho, y dirán, más de lo que yo podría expresar sobre el sentido «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», del mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo quiero resaltar la atención particular que ponía en la juventud y en la universidad.

Vivió una época en la que todas la nociones que se tenían por sólidas, los valores de la vida, aquello que podía dar a hombres y naciones alguna confianza en el porvenir, se hallaban com­prometidos.

A la inquietud y la incertidumbre opuso el eterno principio de la libertad de las conciencias: el Opus Dei no «hace suyas las acti­vidades profesionales, sociales, políticas y económicas de sus miem­bros». Cada uno debe actuar según su conciencia, debe buscar la verdad, pero no puede ser obligado a profesar una fe que no ha recibido. Todos aquellos que son «capaces, deben tener acceso a los estudios superiores, cualquiera que sea su origen social, sus medios financieros, su raza o su religión».

Para la universidad, la libertad supone la autonomía, la función del Estado varía según los países. Éste controla, ayuda, pero debe permitir a cada universidad vivir su propia vida, escoger sus pro­fesores y fijar libremente sus programas y métodos.

La libertad no es posible sin la responsabilidad. La de la uni­versidad es responder a su función social; profesores y estudiantes no deben construir «su pequeño mundo para sí mismos». La ciencia no es un medio de poder ni un instrumento de dominación, no es un fin en sí misma, sino que debe ser puesta al servicio del bien común. La universidad debe ser la «casa común» y no el campo de batalla donde se enfrenten bandos rivales. Puede formar para comprender la política, pero perdería su ecuanimidad si debatiera los problemas concretos. Las asociaciones de estudiantes deben evi­tar «atribuirse poderes que no tienen»: que procuren el bien de la universidad y hagan de ella «un hogar irradiador de paz, un foco inagotable de sana inquietud, que permita el estudio y la formación de todos»

Estas frases datan de octubre de 1967 y parecen hoy proféticas. La crisis universitaria que siguió, señaló el peligro de una civiliza­ción que, desde hacía largo tiempo, Monseñor Escrivá de Balaguer había presentido. A profesores y estudiantes les proponía la misma regia de vida que a cualquier hombre: a los ojos de Dios todas las profesiones son válidas, pues son, para quienes las desempeñan lo mejor posible, su instrumento de santificación. Cada uno, en el lugar que le corresponde, debe cumplir su deber de estado y servir no al Estado, sino al bien común.

Si la tarea de la universidad es esencial, pues es ella quien debe formar a aquellos que mañana tendrán las más graves responsa­bilidades, debe inculcarles, ante todo, el respeto a la libertad per­sonal de cada uno y el pluralismo legítimo.

Diez años después de la muerte de Monseñor Escrivá de Bala­guer, es preciso evocar el profundo alcance que dio al mensaje cris­tiano: «Dios al crearnos aceptó el riesgo y la aventura de nuestra realidad».

1. La locura de los hijos de Dios

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Todo fue posible por la ilimitada y filial confianza del Fundador del Opus Dei en su Padre Dios. Sólo así se explica su fe en lo que para tantos era locura: también para él. Declara don Ricardo Fernández Vallespin que, a finales de 1933, el Fundador del Opus Dei les exponía lo que Dios quería que en el futuro fuese el Opus Dei: ¡una locura! Un sacerdote joven, sin medios materiales, les movía a poner el mundo entero a los pies de Cristo. “Y nosotros, que ya no éramos unos chiquillos ‑Isidoro Zorzano tenía la edad del Padre‑, no dudábamos ni un instante que todo aquello se realizaría, porque Dios lo quería”.

Cuando por aquellos días pidió opinión a un sacerdote, amigo suyo, sobre el proyecto que tenía de abrir pronto, en la calle de Ferraz, una residencia de estudiantes, aquel buen sacerdote le objetó que era “como subirse a un aeroplano y tirarse sin paracaídas”.

Las pretensiones de don Josemaría, a juicio de muchos, no eran razonables. Tantas veces debió oírlo que en 1934, en Consideraciones Espirituales, escribió:

Eso ‑tu ideal, tu vocación‑ es… una locura. ‑Y los otros ‑tus amigos, tus hermanos‑ unos locos…

¿No has oído ese grito alguna vez muy dentro de ti? ‑Contesta, con decisión, que agradeces a Dios el honor de pertenecer al “manicomio”.

Cuarenta años después, un chico joven ‑sólo sé su nombre de pila, Gilberto‑ le preguntó en Sáo Paulo qué quiso expresar con esas palabras. Mons. Escrivá de Balaguer le iba contestando. Y de pronto se dirigió a Gilberto:

‑¿Tú no has visto locos?

Gilberto quedó sorprendido por la pregunta. Se limitó a hacer un gesto negativo con la cabeza.

‑¿No? ¿No has visto nunca a nadie que esté loco? ;Mírame a mí!

Gilberto y todos los presentes rieron. Y Mons. Escrivá de Balaguer continuó:

‑Hace muchos años que decían de mí: ¡está loco! Tenían razón. Yo nunca he dicho que no estaba loco. ¡Estoy loquito perdido, pero de amor de Dios! Y te deseo la misma enfermedad.

Que el Fundador del Opus Dei entendió de esas locuras del corazón se confirma leyendo las múltiples referencias que hace en sus obras. En Camino presenta a aquel chiflado, que besaba los vasos eucarísticos recién consagrados:

¡Loco! ‑Ya te vi ‑te creías solo en la capilla episcopal­ en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre Él, cuando por primera vez “baje” a esos vasos eucarísticos (Camino, 438).

Y describió el celo apostólico, el amor por todas las almas, como una chifladura divina, con tres síntomas bien claros: hambre de tratar al Maestro; preocupación constante por las almas; perseverancia, que nada hace desfallecer (Camino, 934). En otro pasaje, referido a la táctica para vencer en las batallas de la lucha interior y de la acción apostólica, se preguntaba: ¿Hay locura más grande que echar a voleo el trigo dorado en la tierra para que se pudra? ‑Sin esa generosa locura no habría cosecha (Camino, 834). Porque, al final, los dementes de verdad son los que no quieren saborear el amor de Dios hacia los hombres: ¿No gritaríais de buena gana a . la juventud que bulle alrededor vuestro: ;locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón… y muchas veces lo envilecen…, dejad eso y venid con nosotros tras el Amor? (Camino, 790).

El Fundador del Opus Dei tuvo la cordura de acometer esa cadena de imposibles que el Señor le pedía, apoyándose en la realidad de su condición de hijo de Dios. Esto le daba una fe y una esperanza inquebrantables. Poco le importaba no ser nada, no valer nada, no tener nada, según decía de sí mismo, si Dios era su Padre. Poco le importaba carecer de lo necesario para poner en marcha una nueva actividad apostólica. Poco le importaban las dificultades ‑reales o imaginarias‑ del am­biente.

Ismael Sánchez Bella, primer rector de la Universidad de Navarra, resume los comienzos de ese centro aludiendo a “la desproporción entre los medios con que se contaba en 1951 y lo que Mons. Escrivá de Balaguer nos había confiado”. Pero esa desproporción “se salvaba con su fe, propia de un hombre de Dios”. Y Edwin Zobel lo corrobora: “Soy testigo de lo que ha sido capaz de hacer el Opus Dei en mi país y con mis paisanos. Jamás lo hubiera creído, ni imaginado. Recuerdo la fe tan impresionante del Padre cuando decía que esperaba con mucha ilusión el fruto apostólico que, con la gracia del Señor, tenía que cuajar en Suiza”. Su fe “superaba todos los obstáculos”.

Don Josemaría contaba sobre todo con el querer de Dios. Pero no al modo quietista. Su aceptación rendida de la voluntad divina le llevaba a poner en primer plano la necesidad de la oración, de la mortificación, del trabajo hecho cara a Diosa Y murió mendigando oraciones, como hizo siempre desde los años veinte, convencido de que era el resorte más importante para mover a las almas. A todos se lo pedía: a sus amigos, a los chicos que trataba, a sacerdotes y religiosos, a los enfermos que atendía.

Los testimonios son innumerables. Sor Cecilia Agut, monja clarisa, conoció al Fundador del Opus Dei en 1935, con motivo de un viaje que realizó a Valencia. Visitó el Monasterio y les rogó que ofrecieran oraciones para que el Señor le ayudara: “Me llamó la atención la fe profunda y la extraordinaria confianza en Dios que se traslucía en sus palabras. Fue tal la visión sobrena­tural y la rectitud de intención con que nos habló, que desde entonces no hemos dejado de pedir al Señor por el Opus Dei y por su Fundador”.

Don Casimiro Morcillo, cuando era arzobispo de Madrid, recordaba perfectamente, al cabo de casi cuarenta años, cómo el Fundador del Opus Dei le había pedido que encomendara al Señor una intención suya. Tal era la vibración que había puesto en sus palabras. Sucedió en 1929. No se conocían. Don Josemaría se cruzaba con él a las seis de la mañana en la calle de Eloy Gonzalo. Un día lo paró y le dijo:

‑¿Va usted a decir Misa? ¿Quiere rezar por una intención mía?

Don Casimiro quedó asombrado. Prometió rezar, y lo hizo. Después llegaron a ser muy amigos, y recordó siempre con cariño aquella primera conversación.

No fue un caso aislado. Aquel joven sacerdote hizo lo mismo con mucha gente que no conocía. Más de una vez, también por la calle, cuando veía la honradez cristiana en el rostro de tantas personas, les decía que rezaran por una intención suya que iba a ser para mucha gloria de Dios. Entonces estaba aún la Obra en su fase de gestación. Con el tiempo, sabrían que habían estado pidiendo por el Opus Dei.

José María González Barredo iba a Misa al Patronato de Enfermos (en la calle de Santa Engracia), y relata que un día el Fundador del Opus Dei, que estaba confesando allí, se le acercó para pedirle que rezase por una intención suya especial. El tono le impresionó y, aunque se fue de Madrid por una temporada larga, siguió encomendando a Dios todos los días, sin dejar ninguno, ese asunto que él no conocía, de un sacerdote a quien tampoco conocía.

Mons. Escrivá de Balaguer supo ser consecuente con lo que había anotado cuando tenía menos de treinta años y publicó después, en 1934, en una de sus Consideraciones Espirituales: Después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagra­das, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos. Por eso, buscó entre los enfermos y los niños más desamparados de Madrid fortaleza para seguir adelante.

Miles de personas, en fin, tienen grabada su imagen en sus correrías apostólicas por todo el mundo, alargando el brazo y extendiendo la mano…

Yo os pido así, como pide un pobrecito por la calle, que recéis por mí ‑como una limosna que me hacéis‑, para que el Padre sea bueno y sea fiel.

Frente a lo que pudiera parecer a primera vista, esta insistencia era justamente fruto de la filial confianza en Dios: un Dios cercano, un Dios ‑como enseñó siempre‑ que no está solamente allá arriba, donde brillan las estrellas, sino que está de continuo junto a nosotros ‑más aún, en nosotros‑, como un Padre que ama ardientemente a sus hijos. La oración era consecuencia de esa proximidad, manifestación de cariño de hijo, que gusta estar con su padre, para aprender de sus gestos y recibir de sus riquezas.

Así, hasta la muerte. El Consiliario del Opus Dei en España, en los funerales que se celebraron en Madrid, evocaba una conversación durante su última estancia en España, en mayo de 1975. Decía don Florencio Sánchez Bella: “Me hablaba de su muerte: me consta que, desde que era sacerdote muy joven, meditaba a diario sobre este tema, y pedía que se rezara por su alma. Era consciente de que ‑como a todos‑ el Señor podía llamarle en cualquier momento, y me pedía de nuevo, con cariño y con fuerza, que rezáramos mucho por él, en cuanto supiéramos de su fallecimiento. Mendigaba así, una vez más, la limosna de la oración, para que el Señor tuviera misericordia con él”.

Ante la muerte, su actitud era la misma que ante la vida: oración filial y confiada, pero tenaz y perseverante, como tantas veces había indicado a los socios de la Obra:

;No hay más remedio que perseverar! ;Pedid, pedid, pedid! ¿No veis lo que hago yo? Trato de practicar este espíritu.

Cuando quiero una cosa, hago rezar a todos mis hijos; les digo que ofrezcan la comunión, el rosario, tantas mortificaciones y tantas jaculatorias, ;miles! Y Dios nuestro Señor, si perseveramos con perseverancia personal, nos dará todos los medios que necesitamos para ser más eficaces y extender su Reino en el mundo.

Universidad de Navarra

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde su fundación, en 1952, la Universidad de Navarra, se ha ido desarrollando gradualmente hasta contar con veinte facultades, escuelas e institutos, en los que cursan estudios más de diez mil alumnos en cursos regulares, y seis mil quinientos en programas de perfeccionamiento. El sistema de enseñanza y de vida universitaria, inspirado en el criterio de la responsabilidad personal y de la solidaridad entre todos los que trabajan allí, se ha demostrado eficaz y constituye una experiencia muy positiva en la actual situación mundial de los estudios superiores. De ella salen hombres y mujeres bien preparados para construir, si quieren, una sociedad más justa.

Esta Universidad, que acoge también a numerosos estudiantes afroasiáticos y latinoamericanos, fue puesta en marcha –con el impulso y la oración constantes de Mons. Escrivá de Balaguer– por un grupo de profesores procedentes de otras universidades, y ha servido para dar cauce a la ayuda de numerosas personas que ven en los estudios universitarios una base fundamental del progreso del país, cuando están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales sean sus recursos económicos.

La mitad, aproximadamente, de los alumnos, son navarros. De ellos, en 1985, el 44% procedía del sector social de rentas inferiores, mientras que el 45% provenía de niveles de rentas medias. Sólo el 9% correspondía a las familias de rentas más elevadas.

Esta realidad ha sido posible gracias al esfuerzo de la Universidad en la provisión de becas –en 1985, el 40% de los alumnos tuvieron becas–, y en el asesoramiento a los estudiantes sobre las convocatorias públicas y privadas de ayudas a las que pueden acogerse.

Por otra parte, los estudiantes tienen acceso al sistema de crédito educativo, por el que diversas instituciones bancarias financian sin intereses el coste de los estudios, sin exigir la devolución del préstamo hasta varios años después de que el beneficiario haya encontrado un empleo fijo.

«La vida de este centro universitario –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– se debe principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas mujeres navarras que hacen la limpieza, todos, han puesto en la Universidad. Si no fuese por esto, la Universidad no hubiera podido sostenerse».

Y, efectivamente, es esta colaboración plural y constante la que explica el funcionamiento, el desarrollo, el rápido prestigio alcanzado en pocos años y sus estrechas relaciones con Universidades históricas como la Sorbona, Coimbra, Munich, Lovaina, Harvard, etc.

Económicamente la Universidad se financia con las matrículas de sus alumnos y con la ayuda de diversas instituciones. El Ayuntamiento de Pamplona concedió una parte de los terrenos. La Diputación Foral colabora en algunos gastos de sostenimiento. El Estado español dio las subvenciones previstas por la ley para la creación de nuevos puestos escolares. Las corporaciones guipuzcoanas colaboran en el sostenimiento de la Escuela de Ingenieros Industriales, cuyo instrumental científico procede de un donativo de los Estados Unidos. La obra asistencial alemana Misereor contribuyó a la financiación del plan de los nuevos edificios. La Fundación Huarte ha aportado recursos para la investigación sobre el cáncer que se realiza en la Universidad. También la Fundación Gulbenkian y numerosas empresas se interesan y cooperan en las tareas de investigación… Y sin embargo, la ayuda más agradecida es la de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, formada por miles de personas, españoles y extranjeros, de todas las clases sociales, muchas de ellas de escasos recursos económicos, que colaboran, en la medida de sus posibilidades, a sostener esta tarea de servicio y de promoción social, de la que son un claro exponente los más de veinte mil alumnos que se han formado en sus aulas.

“Democracy is…”

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Estudiantes de la Universidad de Navarra participan en un concurso de cortometrajes sobre la democracia organizado por el Gobierno de Estados Unidos.

Opus Dei -

Un grupo de estudiantes de la Universidad de Navarra participa en un concurso internacional de cortometrajes que tiene como finalidad reflejar el valor de la democracia. Organizado por el Gobierno de EE. UU, el vídeo está dirigido por Santiago Requejo y coproducido por Euroview y en él han colaborado alumnos y profesores de la Facultad de Comunicación.

Bajo el lema ‘Democracy is…’, los estudiantes debían crear un vídeo de menos de tres minutos de duración, en inglés o subtitulado, y que estuviese basado en cualquier estilo narrativo, incluyendo ficción, documental, comedia, video musical o animación.

Los ganadores, que se conocerán en el mes de junio, recibirán como premio un viaje con todos los gastos pagados a Washington, Nueva York y Hollywood para asistir a la proyección de gala de los videos ganadores, lograr contactos con la industria del cine y televisión de Estados Unidos y reunirse con personas de talento creativo, con líderes gubernamentales y de influencia política.

¿Cómo salir juntos de la crisis?

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Rosa María Calaf, Jim Palos, Presidente del IME-IESE de Nueva York y el ex general de la ONU en el Congo debatirán sobre cómo la integración social y la unión favorece la confianza de los ciudadanos.

Opus Dei -

El Colegio Mayor Albayzín de Granada acoge el sábado a seis personalidades de relevancia internacional para una reflexión esperanzadora de la crisis, en la XIII Jornada de Comunicación Siglo XXI.

Seis personalidades de relevancia internacional para una reflexión esperanzadora de la crisis, en un punto de encuentro abierto entre comunicadores y ciudadanos con la colaboración de las asociaciones de prensa de Andalucía oriental y veinte entidades.

A periodistas se unen universitarios, inmigrantes, gente de la calle, empresarios, sindicatos, acuden hombres y mujeres que desean conocer la opinión de expertos de la comunicación.

Herramientas de comunicación para mejorar el presente laboral
Inicialmente hablan seis expertos, pero luego se inicia el debate. Durante una mañana y una tarde en la que se refleja qué muestran y qué pueden mostrar los medios para la construcción de la paz social.

Opus Dei -  Rosa María Calaf, ex corresponsal de TVE

Rosa María Calaf, ex corresponsal de TVE

Este año entre los seis ponentes está la veterana y ex corresponsal de TVE Rosa María Calaf; el presidente del IME de Nueva York, Jim Palos; o el ex general de la ONU en el Congo, Vicente Díaz de Villegas.

El consultor Miguel Ángel Jimeno expondrá los perfiles laborales para trabajar en una empresa de comunicación, un sector con dificultades fuertes en España donde uno de cada cinco periodistas no tendrá trabajo este año.

Por su parte, el profesor de Publicidad de la Universidad de Navarra, Perez Latre mostrará los modelos positivos que exponen los media en situaciones de crisis. Modelos y slogans como el “yes we can” de la campaña americana o el spot alemán “Tú eres Alemania” de tanto éxito en la red. En definitiva spots, mensajes y contenidos que muestren el esfuerzo colectivo para sacar adelante un país, una comunidad o una familia en tiempos de escasez.

A Perez Latre le seguirá la conocida periodista Lourdes Maldonado, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 televisión” quien abordará “La noticia de la crisis en los telediarios. La dificultad de informar sin alarmar”.

Dimensión humana de la crisis
Este año, siguiendo la estela de la anterior edición con la presencia de Rene Maisner, hija de Ryszard Kapuscinski, se buscará también la dimensión humana.

Opus Dei -  Participará Agustin NDbour, de la Asociación de Senegaleses de España

Participará Agustin NDbour, de la Asociación de Senegaleses de España

“Se analizará la crisis más allá de la economía”, señala el periodista y director de la Jornada Ismael Martínez, miembro de la Asociación UNESCO para la ética en los Medios. “En el fondo no hay un economía abstracta y, menos aún, en la comunicación. Las estadísticas no son datos fríos. Son historias de rostros de personas concretas, hombres y mujeres que sufren. Para ello es importante conocer qué tipo de crisis mimetizan y trasmiten los medios: si la información de la crisis se reduce a cifras o si refleja esa dimensión humana”.

Por ejemplo, en los últimos año hemos visto a los inmigrantes de salvadores de la demografía nacional a noticias que los asocian directamente con la palabra crisis”, señala Marga Valenzuela, de la Asociación Internacional Harambee for Africa, entidad colaboradora de este encuentro internacional.

Opus Dei - Jim Palos Presidente del IME de Nueva York

Jim Palos Presidente del IME de Nueva York

También, en una crisis global, esta jornada mirará más allá de nuestras fronteras con la presencia de Agustin NDbour, de la Asociación de Senegaleses de España.

“Todos estamos en el mismo barco, pues todos sufrimos la crisis, el abandono laboral y vital en amigos, colegas o vecinos. Tras algunos años en España, los inmigrantes formamos y queremos formar parte de la construcción nacional. Participamos en esta jornada de comunicación y justicia porque si hace un año fuimos parte de la mano de obra del país, hoy, seguimos sintiéndonos parte en la construcción de este país. Agradecemos que nos den voz en los medios para salir juntos de esta escasez”. Palabras con las que Agustin Ndbour dará paso al ex Teniente General y Force Commander de la ONU en el Congo, Vicente Díaz de Villegas.

Con verdad y libertad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores… » (11)

Un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei es la valoración del trabajo profesional. Esa tarea que vincula al hombre con el mundo. La parcela de tierra y de historia en que los hombres y mujeres desarrollan sus virtualidades y entran en comunicación -comunión solidaria-, con los demás ciudadanos, en igualdad de circunstancias. De ahí la exigencia de que todos los miembros de la Obra trabajen y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo.

Porque, además, es en el desarrollo de las actividades cotidianas, en el modo de enfrentarse con el esfuerzo, con las situaciones favorables y adversas, con los triunfos y fracasos, donde los miembros de la Obra deben dar testimonio de la luz de su llamada y ayudar a los demás a conocer o redescubrir el amor de Cristo.

Esta necesidad de comunicar aquello que plenifica la propia vida, de ofrecer a los demás lo mejor y más clarividente de la existencia, es la dimensión apostólica del Opus Dei. Porque es preciso comunicar a los demás esta llamada de Dios que pende sobre la vida de tantos que aún ignoran que sus nombres están escritos para una misión de incomparable grandeza.

Al Fundador nada genuinamente humano le es ajeno. Llama, en nombre de Dios, en medio de las circunstancias del trabajo, en el cansancio, en la enfermedad, en la alegría y en el dolor. Rastrea en el oficio de cuantos se acercan a su palabra y abre para todos esa aspillera por la que puede escaparse el pensamiento y anclarse diariamente en el amor de Dios Padre.

Cuando señala a sus hijas e hijos los caminos del apostolado, de la amistad, no limita ni uno solo de los campos donde puede estrenarse el diálogo y la actividad humana de cada día:

«Oradores y conferenciantes, polemistas, productores de películas, escritores para la prensa y la radio, médicos y enfermeras con sentido cristiano de su misión profesional, especialistas de obras sociales (…).

Y en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por vuestra oración, por vuestros consejos, por vuestro ejemplo y por vuestro constante trabajo, serán también portadores de Dios en todos los ambientes de los hombres, según aquellas palabras de San Pablo: glorificate et portate Deum in corpore vestro (1 Cor VI, 20), glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros»(12).

En función de este apasionado amor al mundo se puede describir un templo natural, como él lo hizo, en octubre de 1967, al celebrar la Santa Misa sobre el Campus de la Universidad de Navarra:

«Nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra…

¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»(13)

Y en verdad que los más variados oficios y profesiones vendrán a estar representados en la gran familia del Opus Dei. Ningún otro aglutinante más que la realidad de su espíritu y sus fines exclusivamente sobrenaturales podía reunir una tan abigarrada representación.

Un día, al regreso de un viaje de Pamplona a Madrid, en 1964, se acerca al Colegio Mayor Alcor, entonces todavía en construcción. Al llegar el Padre, un albañil cruza la puerta con la herramienta en la mano. Al verle, instintivamente se quita la boina y esconde las manos manchadas de cal. El Fundador, con una sonrisa, le coge las manos, le saluda y se las besa sin afectación alguna, con toda sinceridad:

-«Hijo mío, tus manos son las de Cristo y están ungidas por el trabajo. Merecen todo el respeto, y puedes hacerte santo. Yo trabajo como tú, aunque -le dijo sonriente- yo me mancho de tinta hasta aquí», y señaló el codo. Después, le da un abrazo(14)

De situaciones muy parecidas recoge, sin duda, su comentario el Marqués de Lozoya:

«Y entiendo también que en aquellas tertulias con miles de personas que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes e intelectuales, o dejara en las manos encallecidas de los trabajadores manuales un par de besos: esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes» (15) .

En cualquier reunión, es un médico quien le aborda:

-«Padre, ¿cómo empujar a Dios a nuestros enfermos?».

-«Ten presencia de Dios. Invoca a la Madre de Dios, como ya lo haces. Ayer estuve con un enfermo al que quiero con todo mi corazón de Padre, y comprendo la gran labor sacerdotal que hacéis los médicos. Tienes que actualizar ese sacerdocio. Cuando te laves las manos, cuando te pongas la bata, cuando te metas los guantes, piensa en Dios y en ese sacerdocio real del que habla San Pedro. Entonces no tendrás rutina: harás bien a los cuerpos y a las almas»(16)

Y aquel hombretón, todavía joven, que le interpela, desde el fondo de un teatro lleno de gentes argentinas:

-«Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, con la barra del café; me convertí a los veinticinco años, y soy de los que dicen que tienen estaño. He conocido la Obra unos años después, y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, con este corazón de barro, y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de la calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor. ¿Cómo puedo hacer?».

-«Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden. Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. Háblales con su lengua, que es una lengua buena. Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios, déjala que se escape. Pero sé sincero, noblote como eres, valiente» (17) .

En otro momento, es una mujer empresaria que le pide un consejo para saber ejercitar a tiempo, y con justicia, la virtud de la firmeza en su trabajo:

-«Tienes que manifestar la fortaleza de un varón, pero con la delicadeza de una mujer (…). Te recomiendo la devoción a San José, el gran empresario de las cosas del alma y de las cosas del cuerpo, porque tuvo que sacar adelante a una familia divina con las fuerzas de un hombre, de un trabajador»(18).

Y ahora es un entrenador, a quien le gusta darle al balón y su mujer se queja porque les atiende poco: a ella y a los hijos. ¿Usted qué dice, Padre?

Y el Padre le anima, de modo divertido, a que haga partícipe a su esposa de las cosas de su trabajo:

-«Digo que, si dejamos hablar a tu mujer, te dirá que sí, que sigas; que lo único que quiere ella es hacer de árbitro alguna vez. Y si le dejas, lo hará maravillosamente » (19) Más tarde es un artista, que le pregunta cómo se puede santificar un trabajo absolutamente desordenado. No parece fácil.

-«Oí contar una vez que había un sacerdote muy fervoroso -hay muchos sacerdotes santos por ahí, gracias a Dios: los conozco en todos los países-, y estaba hablando a sus parroquianos. Les decía que todas las obras de Dios son perfectas: perfecto el mundo, perfecto aquello, perfecto lo otro… Y de pronto, un pobre parroquiano, que era giboso, se subió al presbiterio y le dijo: señor cura, ¿y yo? Yo… ¿también soy perfecto? El sacerdote le miró un poco y le dijo: en el género de los gibosos, no he visto nada más perfecto.

Mirad… El Señor nuestro tiene unos pinceles más hermosos que los de Velázquez. Todos recordáis (…) la figura de aquel valido de Felipe IV, que era giboso: el Conde-Duque de Olivares. Y habéis visto su retrato en el Museo del Prado: un caballero formidable, maravilloso…; no se le ve la giba.

No hay ningún trabajo honesto, por desordenado que parezca, que no se pueda santificar. Nada tiene gibas»(20).

Un comentarista escribirá acerca de las tertulias con Monseñor Escrivá de Balaguer:

«Los oyentes ríen (…), se dejan llevar felizmente hacia lo alto. Pero, en realidad, él no ha subido ni bajado: él no se ha movido de ese punto donde lo divino y lo humano se encuentran, donde orar y trabajar son lo mismo, donde el buen humor terreno y la alegría de Dios se identifican»(21).

Los más diversos estados, oficios y actitudes se convierten en voz que interroga, con la seguridad de oír una respuesta afectuosa, chispeante, llena de trascendencia, pero también con el calor de lo humano, de lo profundamente enraizado en la cotidianeidad de la vida y del trabajo.

Un día se reúne con muchos hijos suyos, jóvenes. Les dice que tienen que ser santos, alegres, responsables de su profesión, donde Dios les ha puesto.

Y uno levanta el brazo preguntando si alguna profesión como la que él había practicado algún tiempo, la de carterista, podría ser superada con un trabajo digno de ser ofrecido a Dios.

El Padre, riendo, pero conmovido, le dice que a él lo que le ha robado ya es el corazón.

Unos años antes escribía:

«Hemos de conquistar para Cristo todo valor humano que sea noble: estad atentos a cuanto existe de verdadero, de honorable, de justo, depuro, de amable, de virtuoso y digno de alabanza (Phil IV, 8) »(22).

En esta línea de afecto y hondura explica Peter Berglar, Profesor de Historia en la Universidad de Colonia (Alemania), cómo después de una larga y agitada vida -en cuyo centro está el día de su conversión a la fe católica con la búsqueda de Dios, el acercamiento a Cristo y la lucha por alcanzar la verdad-, el Opus Dei se ha convertido en su patria espiritual

Y el de un conocido deportista de nacionalidad argentina:

«Cierto día de junio de 1974, me enteré del arribo de Monseñor Escrivá a nuestras playas (…). Acudí a casi todas sus apariciones públicas, que tuvieron por marco el Colegio de Escribanos de Buenos Aires, los teatros General San Martín y Coliseo, abarrotados de público. Comprobé cómo, con sus primeras palabras, el Padre levantaba la temperatura de la sala, poniéndonos sin dilación frente a las realidades sobrenaturales. Realidades que, sin embargo, lejos de contraponerse a las terrenas, se amalgamaban con ellas, otorgándoles una dimensión diferente. Advertimos pronto que Dios andaba entre las butacas»(23).

Y el Profesor Jeróme Lejeune, profesor de Genética en la Universidad de París y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias, que tiene ocasión de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer en Pamplona, en mayo de 1974, cuando le confiere el título de Doctor honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que es Gran Canciller.

Lejeune se manifestará encantado de conocer a un hombre de sus años, con tanta vitalidad y, si pudiera definirse así, con una caridad gozosa que se trasluce en su calurosa acogida.

El Fundador, decía a un hijo suyo que había trabajado cerca de ambientes teatrales y cinematográficos en Roma:

«Es necesario trabajar con empeño y seriedad (…). Sé audaz. No te escandalices de nada. Procura conocer y tratar a las personas de este mundo con mucha comprensión y afecto. Muchos no saben lo que es una amistad verdadera, ni un afecto puro y desinteresado. Encomiéndate y encomienda a las personas que tratarás a la Mater Pulchrae Dilectionis -Madre del Amor Hermoso-. Tantas cosas pueden cambiar también en estos ambientes infiltrados de paganismos (…) si trabajamos con inteligencia y con fe (…).

No hay necesidad de hacer obras teatrales y cinematográficas de carácter hagiográfico o sacro para hacer discursos cristianos (…). Basta afrontar con garbo la vida, los temas de la vida común, con los problemas ordinarios del hombre, con sus dramas, con sus comedias… contando las cosas con cierto estilo y con cierto espíritu (…).

Sé audaz en el trato con las personas. Mira si puedes salvar alguna que está próxima a caer en las puertas del infierno (…). Lo importante es que tengas bien firmes los pies sobre la tierra sólida de tu fidelidad»(24).

En este amplio retablo, todos los miembros del Opus Dei tienen la más absoluta libertad y responsabilidad personales, en cuanto atañe a las múltiples opiniones humanas temporales. Su dispersión por los caminos del mundo es tan dispar como lo son las decisiones y dedicaciones de los hombres. Su único nexo, la necesidad de recalar en la doctrina católica y en el espíritu del Opus Dei. De esto es de lo que la Obra se hace responsable. Lo demás es campo abierto a la conciencia de cada uno.

Decía, una vez más, en el Campus de la Universidad de Navarra, en octubre de 1967:

«Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia -vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde»(25).

Amor al mundo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 8 de diciembre de 1966, se coloca en la ermita de la Universidad de Navarra la Virgen de mármol estatuario que el Padre ha enviado desde Roma. Es aquella imagen que el Papa bendijo en el Centro ELIS y que hoy se queda, definitivamente, a compartir la vida de esta gran familia universitaria. La ermita se ha construido en el Campus, en lo alto, y sobre una encrucijada de caminos que hace inevitable su encuentro. Para subir hasta la ciudad, los alumnos de todas las Facultades, los profesores del Pabellón Central, los que acuden a los Colegios Mayores, pasan ante el gesto bellísimo, digno y acogedor, de la Madre de Dios, que es también la Madre universal de los hombres. Piedra de Navarra, cristal y verja forjada, encuadran el pequeño recinto desde el que espera, día y noche, el piropo, la petición, la confidencia; el amor, en suma, de sus hijos.

Hoy, bajo el frío pamplonés, vienen masivamente a recibirla. Flores de todos los colores se amontonan a sus pies. Y a los del Niño, que se apoya por igual en María y en los libros que le sirven de pedestal: el esfuerzo, el trabajo, la ciencia para abrir a la Verdad las inteligencias de los hombres.

El amor del Fundador a la Virgen María es un amor apasionado y dulce que es también una constante en la vida de la Obra por el ejemplo del Padre. Jamás este afecto íntimo, pero evidente, se ha teñido con el menor matiz de sensiblería o de beatería trasnochada. En Monseñor Escrivá de Balaguer la devoción cobra el recio y verdadero significado de la palabra. Por curtido en el dolor, en la contradicción, tiene en su alma las heridas de una existencia dura, sin concesiones. Pero conserva las dimensiones de la ternura, del detalle afectuoso y comprensivo. Sabe que, ante cualquier situación extrema, toda criatura desea el cuidado, el recuerdo insustituible de su madre. Y por eso, desvela la presencia de esta Madre de Cristo que Dios ha regalado para los momentos felices y duros de los hombres. El Fundador ha sembrado los Centros del Opus Dei y los corazones de sus hijos de esta presencia que se adentra, como un mensaje continuo, por los ojos del cuerpo y del alma.

«María (…), la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad (…), como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia: los ríos van todos al mar y la mar no se llena (Eccl I, 7)»(1).

El Padre, y la Obra con él, hará partícipe a la Señora de todas sus vicisitudes. Y su protección es evidente. Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción de 1966, rubrica su desvelo por la Universidad enviándoles la maravillosa escultura que tallara Sciancalepore en la Ciudad Eterna.

Unos meses más tarde, en octubre de 1967, y con ocasión de celebrarse la II Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, hablará en el Campus, ante una multitud de más de veinte mil asistentes, de los temas que componen el núcleo del espíritu de la Obra. Y al citar el amor de María como algo substancial en la vida del Opus Dei, se refiere a la imagen que acaba de enviar: «Ya lo sabéis, profesores, alumnos, y todos los que dedicáis vuestro quehacer a la Universidad de Navarra: he encomendado vuestros amores a Santa María, Madre del Amor Hermoso. Y ahím tenéis la ermita que hemos construido con devoción, en el campus universitario, para que recoja vuestras oraciones y la oblación de ese estupendo y limpio amor, que Ella bendice»(2).

Desde hace muchos años el Padre, con ocasión de sus repetidos viajes a los países de Europa, se acerca a catedrales y ermitas, a santuarios famosos e imágenes desconocidas, para dejar en todas una palabra ardiente, un piropo amable.

En alguna ocasión le han interpelado:

-«Padre, ¿qué significa la Virgen para el Opus Dei?».

-«¿Qué significa la madre en un hogar? La suavidad, la delicadeza, el amor, la misericordia. ¿No es todo esto? Y cuando esa madre es la Madre de Dios, además de los dones naturales, debe tener todas las prerrogativas de esa maternidad divina»(3).

Cada vez que sus hijos parten hacia un nuevo país en cualquier rincón del mundo, el Fundador les entrega lo mejor, la más segura protección que conoce: una representación de la Madre de Dios. Su presencia es suficiente para allanar las dificultades más rotundas:

«Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Regina apostolorum. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios»(4).

“Yo os llamo amigos”

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros… trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (…). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.


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