El prelado del Opus Dei bendijo la escultura del beato Josemaría Escrivá

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Mons. Echevarría destacó las figuras del Fundador de la Universidad de Navarra y de su primer sucesor, Mons. Del Portillo.

02 de julio de 2001

Opus Dei - Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Alrededor de un millar de personas de la comunidad universitaria asistió el sábado a la bendición de la escultura del beato Josemaría Escrivá ubicada en el patio del edificio Central de la Universidad de Navarra. Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei y gran canciller del centro universitario, presidió la ceremonia.

Las primeras palabras de su homilía fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría. Destacó la fidelidad al fundador del Opus Dei de quien, “teniendo una personalidad señera, supo poner toda su vida al servicio de Dios, precisamente sirviendo al beato Josemaría. Nunca pagaremos suficientemente a este hombre de Dios lo que ha hecho por nosotros”. “Aquí tenía que estar ahora con pleno derecho don Álvaro”, subrayó.

Trabajo universitario y justicia social

Opus Dei - Al acto asistieron alrededor de mil personas

Al acto asistieron alrededor de mil personas

El prelado del Opus Dei continuó glosando palabras del Fundador en Pamplona con motivo de la investidura de doctores honoris causa de 1972: “La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres… Al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa”.

Mons. Echevarría invitó a los presentes a mantenerse “en vanguardia, pensando que sólo una cultura que ponga a Dios como punto fundamental de referencia trascendente será una cultura que se desarrolle a favor del hombre, de todos los hombres, y particularmente de todos los necesitados; y será entonces una cultura que no vaya contra el hombre como sucede, y lo vemos, si se prescinde del Creador o se le margina”.

Opus Dei - Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Para que la Universidad de Navarra sirva a la sociedad “con el espíritu y el talante que le inculcó su Fundador, resulta necesario que todos luchemos cada día por la santidad, como nos insiste Juan Pablo II, en estos albores del nuevo milenio: Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral, que nos atañe a todos”.

El prelado del Opus Dei recordó unas palabras del Fundador dirigidas al Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri -cuyo proceso de canonización está en marcha- “cuando este insigne hombre de ciencia le comentó que ya había cumplido el encargo de hacer la Universidad de Navarra. La respuesta del beato Josemaría fue viva e instantánea: No te he pedido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una Universidad, y esto sigue siendo válido para todos los que aquí intervenimos de alguna manera”.

La escultura del beato Josemaría es obra de Francisco López Hernández. De 2,4 metros de altura y 400 kilos, ha sido elaborada mediante la técnica del fundido en bronce a cera perdida. La parte musical de la ceremonia de bendición corrió a cargo del Coro de la Universidad de Navarra, dirigido por Fernando Sesma.

Los santos siguen siendo los grandes evangelizadores

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“La mejor manera que tiene la Iglesia y cada católico de transmitir la fe a los demás –afirmó Javier Sesé, presidente del XXVIII Simposio Internacional de Teología celebrado en la Universidad de Navarra en el mes de abril– es la santidad; por eso los santos han sido y seguirán siendo los grandes evangelizadores”

Opus Dei - Esculturas de santos en el Vaticano
Esculturas de santos en el Vaticano

Los más de 200 participantes en el Simposio han reflexionado sobre los retos con los que se enfrentan los católicos actuales a la hora de transmitir la fe cristiana, ya que el hecho religioso, como puso de manifiesto el Presidente del Simposio, no puede, ni debe, reducirse al ámbito privado.

Misión de la familia

Algunos ponentes han resaltado que no hay ninguna técnica pastoral que pueda sustituir al testimonio personal de fe, que debe venir refrendado siempre por la lucha personal por ser santos.

Se ha hablado especialmente de la misión de la familia, como primer lugar en el proceso de transmisión de la fe: es el primer lugar en el tiempo y también el primer lugar en importancia y en trascendencia.

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Algunos de los ponentes han destacado el dinamismo apostólico que se aprecia en la actualidad entre los católicos practicantes, y en particular entre los jóvenes. Son muestras alentadoras los encuentros de los jóvenes con el Romano Pontífice; el vigor evangelizador de tantas comunidades y movimientos; el incremento de vocaciones en numerosas instituciones de la Iglesia, etc.

“Por eso –según Javier Sesé– los motivos de esperanza son muchos, y la historia bimilenaria de la Iglesia nos muestra la enorme capacidad cristianizadora que puede tener un simple puñado de buenos católicos, y ahora somos muchísimo más que un puñado”.

“Es muy importante hablar con los hijos, pero aún más que tu vida responda a lo que les dices…”

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Guadalupe Ortíz de Landázuri, filóloga, especialista en lengua catalana y crítica literaria evoca algunos rasgos de su padre, Eduardo Ortíz de Landázuri, que fue uno de los creadores de la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra.

-Su padre era conocido por su cariño y también por su exigencia…

-Sí; solía decir: mira, a las diez, o las once de la noche quizá puedas salvar a uno de defunción”. Recuerdo que hubo un médico joven que tenía un enfermo grave y se fue durante unas horas a otra ciudad para ver a su novia. Le reprendió. Es verdad: era muy exigente en el trabajo. Y muy comprensivo también. Sin esa exigencia no hubiese dado el aliento que necesitaba a la Clínica y la Universidad de Navarra cuando estaban en sus comienzos.

Pero no vivía para trabajar, ni el trabajo era el único sentido de su vida. La gran clave de su vida fue siempre el amor a Dios. Si no, no hubiese tomado decisiones como la de trasladarse desde Granada, con toda la familia a cuestas, a Pamplona, para comenzar la Universidad. En Granada estaba muy bien situado y gozaba de gran prestigio y reconocimiento público. Y en Pamplona estaba todo por hacer: la universidad que había impulsado san Josemaría estaba en sus comienzos, y muchas de las realidades actuales –como la Clínica Universitaria- eran un sueño.

-Un soñador…

-Sí, pero no en el sentido de “ingenuo”; era un hombre de carácter optimista; un hombre de fe con una enorme capacidad de trabajo, y con la energía y el tesón necesarios para superar las dificultades de cada día, con paciencia y tenacidad, hasta convertir los sueños en realidad.

-Su padre era supernumerario del Opus Dei. ¿Qué significaba eso en la vida familiar?

Eduardo Ortíz de Landázuri

-Muchas cosas… un ejemplo de vida cristiana, una fuente de alegría constante. Veíamos que hablaba de lo que vivía, porque es muy importante hablar con los hijos, pero aún más que tu vida responda a lo que les dices… Su vida era la un hombre plenamente volcado en Dios, en su familia, en los demás. Siempre, con un gran respeto hacia nuestra libertad.

Le gustaba contar su primer encuentro con el fundador del Opus Dei. -Padre –le dijo- nos pidió una Universidad… ¡y aquí está la Universidad! –No, Eduardo –le dijo san Josemaría-; yo no te pedí que vinieras a hacer una Universidad. Yo te pedí que vinieras a hacerte santo haciendo una Universidad-.” Aquella expresión se le quedó muy grabada, y luchó con toda su alma por identificarse con Cristo en medio de su vida, que no fue nada fácil.  Tuvo que afrontar muchos problemas; y se encaraba con ellos con confianza en Dios, con esperanza y también con realismo, llamando a cada cosa por su nombre: enfermedades, fallecimientos, negativas, incomprensiones…

Cumplía con su deber aunque a veces le costaba. Recuerdo que al acabar de comer se nos quedaba mirando, como disfrutando de ese instante, y enseguida hacía un gesto muy característico y decía: “-Anda, vamos, que hay que empezar de nuevo.-” Se lo decía a sí mismo. Y se volvía al hospital, en medio de la nieve y el frío. Era fuerte consigo mismo pero se enternecía con los demás, especialmente con los débiles, los enfermos, los pequeños.

Y alguna vez, cuando alguien le decía, al ver las horas que pasaba en el Hospital visitando a los enfermos, desviviéndose por ellos, dejando de comer muchas veces para atenderles: “pero es que usted es especial, don Eduardo, es de otra pasta, no necesita dormir…”, comentaba con buen humor que a él le gustaba comer y dormir como a todo el mundo, pero se sacrificaba porque sabía que sus enfermos le necesitaban, le estaban esperando.

Estaba muy unido a mi madre; sin eso, su vida no se puede entender. Siempre estaba pendiente de ella; le preguntaba su opinión en muchas cosas: “¿qué te parece, Laurita?” Su amor mutuo era práctico y a los pequeños no nos pasaba desapercibido. Estaban muy unidos entre sí y a Dios; de esta manera hacían frente –juntos- a las dificultades, los imprevistos, etc. Mi madre algunas veces le hacía una observación con cariño –por ejemplo: “Eduardo, hoy me parece que no has comido, y no puede ser”- y él la aceptaba con humildad: “sí, Laurita, tienes razón.”

En el aniversario de la muerte del Fundador de la Obra

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Testimonio de Cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de Cultura

¡Qué profundidad evangélica tiene el «apostolado de la inteligencia»! Cuando el joven sacerdote Josemaría Escrivá escribía esta frase en el punto 978 de su libro Camino (la primera edición es de 1934) trazaba un programa al que se atiene toda su vida: precisamente porque el Opus Dei quiere llevar a todos los hombres, de todas las clases sociales, el mensaje de la llamada a la santidad cristiana mediante el trabajo profesional. El fundador ha dedicado siempre la máxima atención a los intelectuales, a aquellos que trabajan con las ideas y las transmiten, porque hoy como nunca el problema de los problemas es la relación del Evangelio con las culturas, es decir, la «inculturación de la cultura» del Evangelio.

Me han contado que una vez, todavía en los años 30, Monseñor Escrivá, al contemplar un paisaje de cumbres nevadas comento con un amigo: «¿Ves esas cumbres brillantes bajo el sol? Parecen distantes, ajenas, sólo decorativas. Y por el contrario, de ellas depende la reserva hidráulica que hará fecunda toda la llanura. Lo mismo sucede con los intelectuales».

Esta afición por las ideas se manifiesta en la promoción de iniciativas culturales de reconocido prestigio, como la Universidad de Navarra, en Pamplona, la Universidad de Piura, en Perú, y la Universidad La Sabana, en Colombia; hay dispersos por todo el mundo centros culturales y escuelas de todas clases y condiciones que los miembros del Opus Dei han creado para responder a las exigencias locales; y para los estudios específicamente eclesiásticos existe la Universidad Romana de la Santa Cruz, con las Facultades de Filosofía y Teología. Esto es mucho, pero no es todo: de hecho, el apostolado personal de los miembros del Opus Dei, como decía siempre el fundador, es «apostolado de la doctrina», es decir, de las ideas y de la cultura a todos los niveles y para todo el mundo, porque «a los hombres -como a los peces– se les coge por la cabeza», y Cristo ha querido que sus discípulos, es decir, todos los cristianos, fueran «pescadores de hombres».

Este mensaje, perenne como el Evangelio, es de extrema actua lidad en nuestra época, porque, como dice el historiador inglés Christopher Dawson, «la ruptura de la comunión entre el orden espiritual y el orden racional es el problema más serio al que el mun do moderno debe enfrentarse». El tema lo ha enfocado el Concilio Vaticano II y los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II lo han situado en el centro de su acción pastoral: la Iglesia está cada vez más comprometida en el diálogo con las distintas culturas, para res ponder a las esperanzas secretas de las culturas mismas.

El diálogo tiene una dinámica propia que se desarrolla normalmente en tres fases: la primera es la del respeto, que no separa ni confunde el Evangelio y las culturas, sino que respeta los distintos planos, al abrigo de injerencias indebidas; la segunda fase es la elevación de lo que es humanamente válido en toda cultura, para llegar a la tercera fase, la de la integración.

El diálogo también es confrontación y, algunas veces, desafio, porque algunas culturas deben purificarse de todo aquello que humilla y ofende al hombre. La Iglesia, hoy en día, está llamada a defender al hombre de sí mismo, y de la tentación de la «cultura de muerte». Y lo hace cuando, por ejemplo, proclama que la ciencia debe aliarse con la conciencia e inspirarse en la ética, porque no todo lo que es posible técnicamente es lícito moralmente.

Es una tarea difícil, pero no eludible. Monseñor Escrivá, a quien el Papa ha proclamado «Venerable» el pasado día 9 de abril, ha podido escribir: «No nos podemos cruzar de brazos, cuando una sutil persecución condena a la Iglesia a morir de inedia, relegándola fuera de la vida pública y, sobre todo, impidiéndole intervenir en la educación, en la cultura y en la vida familiar. No son nuestros derechos: son los de Dios, y a nosotros, los católicos, nos los ha confiado Él… para que los ejerzamos». El Opus Dei que, en cuanto a prelatura personal se refiere, es una institución al servicio directo del Papa y de la Iglesia, desarrolla precisamente en el campo de la cultura su peculiar función eclesial.

Monseñor Escrivá de Balaguer y la universidad

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Testimonio de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia

Yo era el único francés durante un coloquio que reunía en 1952 a unos 40 jóvenes profesores españoles. Tres de ellos me habían impresionado profundamente por su moderación, su amplitud de espíritu y su información. Lo comenté con un amigo español que con una media sonrisa me respondió: «Acaba usted de nombrar a los tres miembros del Opus Dei que están aquí». Aunque en aquel momento yo lo ignoraba todo acerca del Opus Dei no le hice más preguntas.

Algunos años después lo encontré de nuevo en la Universidad de Navarra, que se acababa de crear. Allí descubrí profesores y estudiantes realmente felices. La Universidad carecía de campus universitario, que por entonces se edificaban en todos los lugares. Los profesores se hospedaban con los estudiantes y entre ellos reinaban un afecto y una confianza que evocaban inevitablemente aquellos tiempos en que la universidad era una sociedad de maestros y discípulos, unidos por la misma afición a la cultura y al trabajo. Muchos profesores famosos tenían la sencillez que conviene a los verdaderos maestros. Los estudiantes, procedentes de diversos orígenes y confesiones, mostraban a la vez gentileza y seriedad.

Todas las instituciones tienen su espíritu y de aquélla reflejaba una paz y sencillez que sentí aún más cuando tuve el gran honor de ser recibido por Monseñor Escrivá de Balaguer.

La Universidad de Navarra era obra suya y él le había transmitido su espíritu. Tenia una sencillez y una bondad que impre sionaban. Se llegaba a él con la inquietud que se tiene al tratar a un ser excepcional y, sin embargo, inspiraba confianza. Escuchaba, preguntaba. Sus palabras parecían simples, pero la intensidad de su mirada les confería un sentido sobrenatural. Pienso, por ejemplo, en las primeras frases de Camino:«Son cosas que te digo al oído, / en confidencia de amigo, de hermano, / de padre ./ Y esas confidencias las escucha Dios» (1).( Camino, Monseñor Escrivá de Balaguer)

Otros han dicho, y dirán, más de lo que yo podría expresar sobre el sentido «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», del mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo quiero resaltar la atención particular que ponía en la juventud y en la universidad.

Vivió una época en la que todas la nociones que se tenían por sólidas, los valores de la vida, aquello que podía dar a hombres y naciones alguna confianza en el porvenir, se hallaban comprometidos.

A la inquietud y la incertidumbre opuso el eterno principio de la libertad de las conciencias: el Opus Dei no «hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas y económicas de sus miem bros». Cada uno debe actuar según su conciencia, debe buscar la verdad, pero no puede ser obligado a profesar una fe que no ha recibido. Todos aquellos que son «capaces, deben tener acceso a los estudios superiores, cualquiera que sea su origen social, sus medios financieros, su raza o su religión».

Para la universidad, la libertad supone la autonomía, la función del Estado varía según los países. Éste controla, ayuda, pero debe permitir a cada universidad vivir su propia vida, escoger sus profesores y fijar libremente sus programas y métodos.

La libertad no es posible sin la responsabilidad. La de la universidad es responder a su función social; profesores y estudiantes no deben construir «su pequeño mundo para sí mismos». La ciencia no es un medio de poder ni un instrumento de dominación, no es un fin en sí misma, sino que debe ser puesta al servicio del bien común. La universidad debe ser la «casa común» y no el campo de batalla donde se enfrenten bandos rivales. Puede formar para comprender la política, pero perdería su ecuanimidad si debatiera los problemas concretos. Las asociaciones de estudiantes deben evi tar «atribuirse poderes que no tienen»: que procuren el bien de la universidad y hagan de ella «un hogar irradiador de paz, un foco inagotable de sana inquietud, que permita el estudio y la formación de todos»

Estas frases datan de octubre de 1967 y parecen hoy proféticas. La crisis universitaria que siguió, señaló el peligro de una civiliza ción que, desde hacía largo tiempo, Monseñor Escrivá de Balaguer había presentido. A profesores y estudiantes les proponía la misma regia de vida que a cualquier hombre: a los ojos de Dios todas las profesiones son válidas, pues son, para quienes las desempeñan lo mejor posible, su instrumento de santificación. Cada uno, en el lugar que le corresponde, debe cumplir su deber de estado y servir no al Estado, sino al bien común.

Si la tarea de la universidad es esencial, pues es ella quien debe formar a aquellos que mañana tendrán las más graves responsabilidades, debe inculcarles, ante todo, el respeto a la libertad personal de cada uno y el pluralismo legítimo.

Diez años después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, es preciso evocar el profundo alcance que dio al mensaje cris tiano: «Dios al crearnos aceptó el riesgo y la aventura de nuestra realidad».


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