Jesús, la Iglesia católica y el mundo judío

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Entrevista al profesor Francisco Varo, de la Universidad de Navarra, que ha participado en las XLIII Jornadas de Cuestiones Pastorales en Castelldaura

Opus Dei -  Prof. Francisco Varo.

Prof. Francisco Varo.

El profesor Francisco Varo, doctor en Teología (especialidad de Sagrada Escritura) y en Filosofía y Letras (división de Filología, Sección de Filología Bíblica Trilingüe), es profesor de Pentateuco y Libros Históricos del Antiguo Testamento, también de lengua hebrea e Historia de la exégesis moderna y contemporánea en la Universidad de Navarra.

-¿Cómo ha sido recibido el libro de Ratzinger en el ámbito judío?

El mundo judío no es uniforme: no hay un papa judío, por decirlo de alguna manera, y no se define una ortodoxia porque son personas concretas. Dentro del mundo judío, es interesante la respuesta hecha por Jacob Neusner, uno de los autores que aparecen citados en Jesús de Nazaret. Agradece no sólo la cita y el diálogo que recoge, sino el que esté iniciando el camino que él mismo siempre ha propugnado: hablar manteniendo claras las especificidades de cada uno, dentro del respeto y del aprecio de los unos a los otros.

-En la conferencia ha afirmado que el libro de Joseph Ratzinger no tiene una intencionalidad estratégica de aproximación al judaísmo. ¿Qué propone Benedicto XVI con Jesús de Nazaret?

La intencionalidad del libro es acercarse, con los medios técnicos posibles, desde la exégesis histórico-crítica contemporánea y desde la fe católica, a conocer a Jesús de Nazaret. Todo lo que ayude a comprender la verdad de cómo era Jesús resulta de gran interés. En ese acceso a su figura histórica, una de las luces que resaltan con evidencia es que Jesús era judío; un judío singular, que para los cristianos lleva a su plenitud la Torah, pero siempre judío. En este sentido, en el libro queda muy bien retratado dentro del marco cultural e histórico del judaísmo del siglo I.

-En la opinión pública actual, con frecuencia se muestra una fuerte escisión entre la Iglesia como jerarquía y la Iglesia de Jesús, su fundador. ¿Cómo explicar la unidad entre ambas?

Hay un viejo mito que resume esta concepción: Cristo sí, Iglesia no. Existen aquellos a quienes resulta atractiva la imagen de Jesús y, en cambio, no sienten esa cercanía con respecto a la Iglesia católica. En el fondo, esta distinción tiene su fundamento en que no ven al Jesús verdadero y, por tanto, desconocen la Iglesia verdadera. Cuando uno intenta diseñar la figura de Cristo según su propia visión, le gusta ese Jesús pero no el de verdad. En cambio, al conocer el Jesús verdadero, se da cuenta de que donde realmente lo encuentra es en la Iglesia que fundó, es decir, en la que sigue siendo hoy la Iglesia católica.

Mirar a África

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Expertos internacionales han debatido en la Universidad de Navarra sobre las claves para el desarrollo social y económico del ‘continente olvidado’

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Un nivel bajo de la educación, un sistema financiero superficial y unas administraciones débiles son los principales frenos para el progreso de los países africanos, según han coincidido en señalar los expertos reunidos en la Universidad de Navarra en el seminario sobre el desarrollo social y económico de África.

El encuentro, organizado por la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra, reúne a diferentes expertos de universidades europeas y a representantes de instituciones como el Fondo Monetario Internacional y la ONU. De esta entidad, procede Samuel Gayi, oficial de Asuntos Económicos en la División para África de la UNCTAD, quien señaló la debilidad de las administraciones africanas y sus sistemas financieros como los principales obstáculos para el desarrollo económico del continente.

En esta misma línea, Sandrine Mesplé-Somps, del Instituto de Investigación para el Desarrollo (París), ha lamentado las deficiencias del sistema educativo en gran parte del continente africano. A su juicio, los políticos no tienen oposición en esa población analfabeta. “La desigualdad en la educación significa desigualdad en el nivel del poder”, aseguró.

Opus Dei - Samuel  Gayi

Samuel Gayi

Para esta especialista, las ayudas económicas internacionales sólo son eficaces si recaen sobre países con un “sistema democrático consolidado”. “Si la estructura institucional no es buena, las ayudas internacionales no pueden impactar en la sociedad”, apuntó.

Fortalecer los sistemas financieros locales

Por su parte, el representante de la ONU lamentó la falta de independencia financiera de los países de continente africano y el problema de los altos costes de transporte de las mercancías de sus productos, que reducen la competitividad de sus exportaciones. En este punto, recordó que estos costes son un 5% más elevados en África Subsahariana respecto a la media de desarrollo por país, y más de un 10% en los países sin salida al mar.

Opus Dei - Sandrine  Mesplé-Somps

Sandrine Mesplé-Somps

Por este motivo, animó a los países africanos a fortalecer sus sistemas financieros locales frente a las inversiones extranjeras, para evitar condicionamientos y tener más libertad de acción para diseñar las políticas de desarrollo que estimen más urgentes.

Samuel Gayi afirmó también que los países desarrollados, además de ser flexibles con los más pobres, pueden ayudar “especialmente en el área de la asistencia técnica”, para que puedan mejorar sus infraestructuras comerciales y así posibilitar que aumenten sus beneficios.

El Cáliz y la Cruz

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Un equipo de profesores de Historia y Teología de la Universidad de Navarra responde a 10 preguntas sobre lo que sucedió en Jerusalen del Jueves Santo al Domingo de Resurrección.

Opus Dei - Capilla del Santo Grial en Valencia

Capilla del Santo Grial en Valencia

¿Qué pasó en la Última Cena?

¿Por qué condenaron a muerte a Jesús?

¿Quién fue Caifás?

¿Qué era el Sanedrín?

¿Cómo fue la muerte de Jesús?

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¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?

¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

¿Quién fue José de Arimatea?

¿Qué es el Santo Grial? ¿Qué relaciones tiene con el Santo Cáliz?

¿Quién fue Poncio Pilato?

Segundo número de “Studia et Documenta”

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Studia et Documenta es una revista científica editada por el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer que reúne artículos sobre el santo y sobre la historia del Opus Dei. Recientemente se ha publicado el segundo volumen.

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El segundo volumen de “Studia et Documenta” dedica una sección monográfica a los estudios de doctorado de san Josemaría, parte de su formación académica.

Según el profesor José Luis Illanes, director del Instituto Histórico, esta sección permite conocer el aprecio de san Josemaría “por la actividad intelectual y cuanto con ella se relaciona, y, en consecuencia, por todo lo que contribuye al progreso del saber y de la cultura”.

Aunque el santo comprendió pronto que debía dedicar su vida a la labor pastoral que conllevaba la fundación del Opus Dei, estuvo siempre próximo al mundo académico, primero como estudiante y más tarde como impulsor de iniciativas universitarias.

Los artículos más extensos de este número de la revista analizan el doctorado de san Josemaría en la Universidad de Madrid y sus estudios de Teología.

Además, hay también artículos sobre su atención a los enfermos de Madrid, la puesta en marcha del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (España) y la creación de la escuela para campesinas en Montefalco (México), entre otros.

Asimismo, se analiza la correspondencia que un estudiante de Bilbao, Emiliano Amann, mantuvo con su familia mientras vivía en la primera residencia de estudiantes impulsada en Madrid por san Josemaría. Sus cartas muestran, con sus impresiones personales, algunos rasgos de la vida en el Opus Dei en la etapa inmediatamente anterior a la guerra civil española.

En la sección bibliográfica, se reseñan con detalle diez libros y se ofrece una breve recensión de otros 17.

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Entrevistamos a María Eugenia Ossandón, miembro del Comité de redacción de “Studia et Documenta” e investigadora del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer:

- ¿Por qué se dedica una sección monográfica a la formación académica de san Josemaría?

El profesor Pedro Rodríguez nos había hecho saber que estaba investigando sobre el doctorado en derecho de san Josemaría Escrivá de Balaguer, lo que podría dar origen a un artículo en la revista. A esto se unió que, más o menos a la vez, el profesor Francesc Castells iba a terminar un trabajo semejante sobre los estudios de teología. Por un asunto práctico, el número de páginas que sumaban ambos artículos, se decidió que el cuaderno monográfico de la revista estuviera constituido por esos dos estudios solamente.

- ¿La formación académica de san Josemaría marcó de alguna manera a la fundación que realizó?

La formación en derecho le dio las herramientas intelectuales para trabajar en la figura jurídica adecuada para la institución que promovía; la formación teológica era, en cambio, una exigencia de su ministerio sacerdotal y a la vez del camino de santidad que difundía. Como explica Castells, en la preparación sacerdotal que san Josemaría había previsto para los fieles del Opus Dei que se ordenarían, se incluía una formación teológica de máximo nivel y eso, en términos académicos, se traduce en alcanzar el grado de doctor.

- ¿Cuáles son las principales novedades históricas –hasta ahora no publicadas- que salen a la luz en este segundo volumen?

En cierto sentido todo es novedoso: todos los estudios profundizan en aspectos de la vida de san Josemaría o en iniciativas nacidas al alero de su formación espiritual que se conocían sólo superficialmente.

Si se refiere Ud. a escritos de san Josemaría o dirigidos a él que no se habían publicado, en este número de Studia et Documenta se da a conocer parte de la correspondencia con uno de sus profesores, José Pou de Foxá, porque está en relación con la tesis doctoral en derecho. Hay también un artículo sobre la tarea sacerdotal de san Josemaría entre los enfermos de Madrid entre 1927 y 1931: este artículo incluye algunas de las notas que recibió de las Damas Apostólicas, la fundación con la que colaboraba en aquellos años, acerca de los enfermos que debía atender espiritualmente.

Quisiera destacar la última sección de la revista: una lista de publicaciones sobre san Josemaría, ordenadas según tipo y año de publicación, que recoge unos 550 títulos. Es sólo la primera parte: falta aún la segunda, que se publicará en el próximo número. Para cualquier investigador, esta sección es una herramienta indispensable.

- Estudios universitarios y atención de enfermos; Facultad de Periodismo en Navarra e Instituto rural para formación de campesinas en Montefalco. ¿Cómo se compaginan actividades e iniciativas tan variadas?

Por una parte, evidentemente todas tienen relación con la persona de san Josemaría. Las dos primeras actividades las realizó personalmente, las otras dos son iniciativas que nacieron bajo su directo impulso y que en su desarrollo contaron con su aliento y, en ocasiones, con sus sugerencias y orientaciones prácticas.

Otro rasgo en común que yo veo es la centralidad de la persona. Enfermos, estudiantes, campesinas…, no son sólo categorías genéricas: para san Josemaría, cada persona es única y por eso merece una educación y atención esmeradas.

- Las cartas del residente de la DYA reflejan la vida normal de esta primera residencia. ¿Qué detalles resaltaría?

Los autores del artículo destacan el ambiente de estudio serio y el clima de familia que había en la residencia. Me llamó la atención que Emiliano Amann tenía 15 años cuando llegó a Madrid para preparar el ingreso a la carrera de Arquitectura. Amann se adaptó rápidamente a la residencia DYA, en la que se estudiaba y trabajaba con intensidad -son interesantes los datos sobre el ritmo de estudio y sobre las actividades para los residentes- y en la que había un verdadero ambiente de familia. Por ejemplo, es notable una carta en la que Amann cuenta a sus padres los cuidados que se han tenido con él con ocasión de una enfermedad.

- ¿Qué reacciones ha habido al primer volumen de Studia et Documenta, editado en 2007?

Se ha llegado a un importante número de suscriptores en todo el mundo, pero hace falta seguir trabajando para llegar a más universidades, bibliotecas, centros de investigación, etc. En la medida en que aparezcan los siguientes números esperamos conseguir este objetivo. La calidad de la revista es la mejor carta de presentación y en eso trabajamos.

- ¿A qué público está dirigida la revista?

Está dirigida al mundo académico, porque publica estudios especializados principalmente de historia, aunque no exclusivamente. Sin embargo, los escritos de historia han tenido siempre un público lector más amplio que el de los especialistas, porque el lenguaje no es técnico. Contiene artículos en diferentes idiomas: los autores pueden enviar sus colaboraciones en francés, inglés, castellano, italiano, alemán o portugués.

- ¿Cómo es posible suscribirse a esta revista?

El método más sencillo de hacerlo es a través de la página web del Instituto Histórico, www.isje.it.

La sonrisa de África

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Dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra reparten medicinas y material escolar en Gambia

Opus Dei - Cristina Natal Gorgojo (izquierda) y Natalia López Andrés rodeadas de un grupo de niños gambianos

Cristina Natal Gorgojo (izquierda) y Natalia López Andrés rodeadas de un grupo de niños gambianos

Natalia López Andrés y Cristina Natal Gorgojo, investigadoras del Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra, junto con otros 9 navarros, buscaban en una agencia de viajes un destino de vacaciones para el puente foral. No habían pensado en un país en vías de desarrollo como destino, pero decidieron probar y compraron un billete a Gambia, donde permanecieron entre el 30 de noviembre y el 7 de diciembre.

Antes de la fecha de partida, buscaron información sobre el país en Internet y descubrieron la ONG “Colores de África”. “Esta organización pide a los turistas que van a Gambia que aprovechen el viaje para llevar cosas que la población necesita. Esto nos ayudó a priorizar. En vez de llenar la maleta de ropa, la llenamos con material escolar y medicinas”, explica la bióloga Natalia López.

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“Pedimos ayuda a nuestros amigos y también aprovechamos el material que nos dan en congresos y otros eventos. Además, la madre de un compañero de laboratorio tiene una farmacia y nos facilitó los medicamentos”, señala Cristina, licenciada en bioquímica.

La sonrisa de África

Se alojaron en Serekunda, ciudad situada al oeste del país, pero visitaron, con la ayuda de dos guías, escuelas y guarderías donde existe un alto índice de pobreza. También fueron a una de las zonas más deprimidas, Coconut Island. A pesar de la miseria, tanto Natalia como Cristina señalan que Gambia “es un país diferente” y destacan, sobre todo, “las ganas de vivir de la población”. “Hablan de Gambia como la sonrisa de África y hemos podido comprobar que es cierto. La gente es fantástica y a pesar de su pobreza son muy, muy generosos. A todos nos ha hecho pensar mucho”, comenta Cristina.

Opus Dei - Aquí está Gambia

Aquí está Gambia

Las dos investigadoras trabajan en el laboratorio de Hipertensión y Metabolismo del área de Ciencias Cardiovasculares del CIMA de la Universidad de Navarra. Después de este viaje solidario, han decidido repetir experiencia y pasar sus próximas “vacaciones” de Semana Santa en Gambia. “Volveremos con otra mentalidad, porque conocemos el país. Esta vez llevaremos mapas del mundo, pizarras, cosas que sabemos que no tienen los niños…”. Mientras preparan este viaje, en el que también participarán los otros nueve navarros que les acompañaron en el primero, su objetivo es promocionar esta nación: “Cuando nos marchamos, la gente nos dijo: ‘Ahora sois los embajadores del país’”, recuerda Natalia.

A continuación ofrecemos un texto publicado en el “Diario de Navarra” en el que se cuenta como Natalia y Cristina consiguieron enviar:

15 toneladas para Gambia

Opus Dei - Cristina Natal (izda.) y Natalia López, en el laboratorio del CIMA donde trabajan

Cristina Natal (izda.) y Natalia López, en el laboratorio del CIMA donde trabajan

NATALIA López Andrés (soriana de 27 años) y Cristina Natal Gorgojo (leonesa de 30) conocieron Gambia en un viaje del 30 de noviembre al 7 de diciembre. Desde entonces, estas dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra sólo piensan en buscar los medios humanos y económicos para ayudar a los habitantes del país conocido como la sonrisa de África.

El 22 de enero, un lector de Diario de Navarra que había visto un reportaje publicado dos días antes sobre el viaje de las jóvenes a Gambia les llamó para hacerles una oferta que no rechazaron.

Solidaridad anónima

«Nos dijo que tenía preparado un contenedor de 15 toneladas con material quirúrgico, medicinas, ropa, calzado y comida y que nos lo regalaba para que lo mandásemos a Gambia. Nos contó que, desde hace años, él reúne material y se lo da a alguna ONG. Hemos estado con él y hemos visitado el almacén en el que guarda el contenedor, pero no quiere que se sepa quién es. Ahora nos toca a nosotras movernos para conseguir el dinero necesario para mandar el contenedor a África», relató.

Enviar el contenedor en barco a Gambia y transportarlo allí en camión cuesta unos 6.000 euros. «Contamos con el problema de que en Gambia no hay camiones tan grandes para transportar 15 toneladas. Tendríamos que alquilar uno en Senegal y llevarlo a Gambia», indicó López.

Llegada a Gambia el 5 de abril

López y Natal tienen previsto que tanto ellas como el contenedor lleguen a Gambia el próximo 5 de abril. «El contenedor lo mandaremos 15 días antes para que llegue a la vez que nosotras. Todavía no hemos confirmado cuántos vamos a ir, pero seremos bastantes porque además de varias personas de Navarra, País Vasco, Zaragoza o Madrid con las que coincidimos en Gambia y con las que mantenemos contacto, varios compañeros del CIMA nos han dicho que quieren ir», recordó López llena de entusiasmo.

Opus Dei - Moneda oficial de Gambia

Moneda oficial de Gambia

Para conseguir los 6.000 euros, las dos jóvenes iniciaron una campaña el mismo 22 de enero. «Hemos abierto una cuenta en Caja Navarra con el nombre de La sonrisa de África para que todo aquel que lo desee ingrese dinero. También hemos editado un cartel que estamos pegando por toda Pamplona y enviando a todos nuestros conocidos para que lo envíen a más gente».

Barça y Osasuna

Natalia López es una gran seguidora del Fútbol Club Barcelona, al que no dudó en pedir ayuda. «En Gambia había muchísimos niños con la camiseta del Barça y yo me hice fotos con todos. Se me ocurrió mandarlas al club para ver si podían enviarnos camisetas y balones para que las llevemos a Gambia. Sorprendentemente, nos contestaron que sí el mismo día. Y, aprovechando que este domingo vienen a Pamplona a jugar contra Osasuna, hemos quedado con representantes del club para que nos den el material».

Por su parte, el club rojillo, a través de la Fundación Osasuna, también ha respondido afirmativamente a la propuesta que les hicieron las dos investigadoras y también donará camisetas y balones que viajarán a Gambia.

Cursos solidarios

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Pero las ideas de López y Natal no terminan ahí. Estas dos jóvenes también han conseguido involucrar a varias entidades deportivas para que organicen cursos solidarios para recaudar dinero y alcanzar así los 6.000 euros. «El Spinning Club va a organizar en marzo en la A.D. San Juan, en el Polideportivo de Berriozar y en el gimnasio León de la Rochapea cursos solidarios de spinning.

También hemos mandado una invitación a todos los monitores de spinning de España animando a realizar el mismo evento y, de momento, ya nos han contestado de forma positiva desde Zaragoza», señaló López ilusionada, quien añadió: «Estamos muy agobiadas con todo lo que se ha montado porque cuando salimos de trabajar nos pasamos el día mandando e-mails, llamando por teléfono y quedando con gente para comentarles nuestra iniciativa. Pero sabemos que todo nuestro esfuerzo es poco. En Gambia nos trataron con muchísimo cariño y amabilidad. Sabemos cómo viven allí y esperamos que nuestro gesto y el de muchas personas que ya se han visto involucradas en este proyecto, les hagan la vida un poquito mejor.

“Las religiones han contribuido a prevenir y resolver conflictos”

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Así lo ha afirmado Samuel Hadas, ex embajador de Israel en España, en un curso de la Universidad de Navarra sobre el conflicto entre Israel y Palestina

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Samuel Hadas, ex embajador de Israel en España y de la Santa Sede, afirmó en la Universidad de Navarra que “las religiones han contribuido a prevenir y resolver conflictos y lo seguirán haciendo en el futuro”. En el curso de verano “Historia de Israel y del pueblo judío: guerra y paz en la Tierra Prometida”, el asesor del Centro Peres por la Paz destacó el papel de la religión en la promoción del diálogo y la reconciliación.

“En Oriente Medio, la influencia que ejerce sobre la sociedad, al contrario de lo que ocurre en otras partes del mundo, en vez de disminuir, está aumentando. La religión influye en la concepción de vida colectiva de los pueblos y en sus identidades nacionales como, por ejemplo, sucede en el conflicto palestino-israelí”, explicó el especialista.

A escala internacional, el investigador de la Universidad de Tel Aviv apuntó que nos encontramos “en una guerra impuesta por el totalitarismo religioso; una guerra contra la que hay que luchar en escuelas, mezquitas, iglesias y sinagogas”. A su juicio, “no se debe ignorar el potencial de la influencia positiva de la religión en la conciencia de las personas. Es primordial transmitir el verdadero mensaje del judaísmo, el cristianismo y el islam, que es un mensaje de paz opuesto al totalitarismo”, resaltó Samuel Hadas.

Gran oportunidad

En el programa, organizado por el departamento de Historia y enmarcado en los Cursos de Verano de las universidades navarras, se dan cita numerosos expertos procedentes del mundo político, diplomático, periodístico y académico. Entre ellos se encuentra Munther Dajani, director del Issam Sartawi Center for the Advancement of Peace and Democracy. Según afirmó el especialista palestino, “estos días son cruciales en la historia de Israel y Palestina. Si no hay suficiente prudencia y racionalidad para comprobar la fuerza del extremismo y el fanatismo se puede entrar en otro círculo vicioso de violencia”.

El decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Al-Quds señaló el precio que ambas partes deben pagar por la paz: “Los palestinos tienen que asumir las fronteras de 1967 y los israelíes han de aceptar su tierra dentro de los límites de 1948 y 1949, olvidando ambos sus históricas pretensiones”. Asimismo, Munther Dajani abrió una puerta a la esperanza: “En la reunión del próximo noviembre en Washington hay una gran oportunidad. Creo que los corazones y mentes del pueblo israelí y del palestino se encuentran en el lugar correcto; esperemos que no se pierda”.

Fátima, mayo de 1967

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Trece años después de su última peregrinación a Fátima, el Padre vuelve a postrarse a los pies de Nuestra Señora. A pesar de la lluvia, es grande la afluencia de peregrinos; dentro de unos días, el 13 de mayo, el Papa Pablo VI va a presidir las ceremonias conmemorativas del cincuentenario de las apariciones. El Fundador del Opus Dei se une por adelantado a las intenciones del Sumo Pontífice y pide por la Iglesia y por los frutos del Concilio. Luego, recibe a distintos grupos de sus hijos e hijas portugueses en un Centro de la Obra cercano a Oporto, Enxomil.

Transfigurar la vida ordinaria

El 7 de octubre de 1967 preside, en Pamplona, una ceremonia similar a la de 1964. Seis profesores universitarios de diferentes países reciben de sus manos el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra: un portugués, profesor de la Universidad de Coimbra, Guilherme Braga da Cruz; un belga, Mons. Onclin, profesor de Derecho Canónico en la Universidad de Lovaina y Secretario de la Comisión Pontificia para la reforma del Código de Derecho Canónico; Ralph M. Hower, norteamericano, profesor en la Business School de la Universidad de Harvard; Otto B. Roegele, alemán, profesor y Director del Instituto de Ciencias de la Información de la Universidad de Münich; Jean Roche, profesor en el Colegio de Francia y Rector de la Sorbona; y, finalmente, el Dr. Jiménez Díaz, eminencia médica española, ya fallecido, a quien se otorga el nombramiento a título póstumo por lo mucho que había ayudado a la Universidad de Navarra desde sus comienzos.

Esta vez, son más de treinta y cinco mil las personas llegadas a Pamplona, incluso en trenes especiales, no sólo de distintos puntos de la geografía española, sino también de Portugal, Francia, Italia, Alemania y Bélgica.

Reuniones similares a la que había tenido lugar el año 1964 en el Teatro Gayarre se celebran allí y en otros lugares, incluso al aire libre, en el campus de la Universidad. El ambiente de diálogo, espontáneo y abierto, es también el mismo; estudiantes, empleados, obreros, padres y madres de familia, cooperadores y amigos de la Obra acuden en grupos diversos, y el 8 de octubre se reúnen todos para asistir a la Misa al aire libre que va a celebrar el Padre ante el edificio de la Biblioteca.

En la homilía, Mons. Escrivá de Balaguer hace referencia al marco de nuestra Eucaristía, de nuestra Acción de gracias: nos encontramos en un templo singular: podría decirse que la nave es el “campus” universitario; el retablo, la biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra… ¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero “lugar” de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

Decenas de millares de hombres y mujeres escuchan en religioso silencio al Fundador mientras explica, de manera especialmente viva y directa, el mensaje central del Opus Dei: aprender a santificarse allí donde uno esté, en las circunstancias más vulgares, evitando la tentación de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida. Que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales (…) En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…

A finales de 1968, esta homilía aparecerá editada en un libro que, con el título de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, recoge algunas declaraciones del Fundador del Opus Dei a representantes de diversos medios informativos de diferentes países. Porque, desde 1966, el Padre, renunciando a la norma de conducta que siempre se había trazado, ha concedido -porque así lo exigía el bien de las almas- entrevistas a unos cuantos periodistas.

Ya en 1964, en Pamplona, había recibido a algunos. Entre ellos el corresponsal del diario “Le Fígaro” en España, el cual, dos años más tarde, solicitó del Fundador del Opus Dei unas declaraciones para su periódico. Lo mismo hicieron otros redactores del “New York Times”, del semanario “Time” y de varias revistas españolas.

En esas entrevistas -así como en otra aparecida en 1960 en la edición dominical de “L’Osservatore Romano” y recogida también en el libro de Conversaciones- Monseñor Escrivá de Balaguer respondía a diversas preguntas concernientes a la vida de la Iglesia, la situación de la Universidad, el papel de la mujer en el mundo, etc. También hablaba del Opus Dei, definiendo de la manera más clara posible la naturaleza de la Obra que había fundado en 1928: La finalidad a la que el Opus Dei aspira es favorecer la búsqueda de la santidad y el ejercicio del apostolado por parte de los cristianos que viven en medio del mundo, cualquiera que sea su estado o condición (…) Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta (…) El Opus Dei tiene como misión única y exclusiva la difusión de este mensaje (…) Y a quienes entienden este ideal de santidad, la Obra facilita los medios espirituales y la formación doctrinal, ascética y apostólica, necesaria para realizarlo en la propia vida.

Haciendo referencia a quienes seguían empeñados en hablar del Opus Dei sólo en relación con España y con un terreno que no era ni será nunca el suyo, el de la política, repetía una vez más, con energía, que la Obra no está ligada a ningún país, a ningún régimen político, a ningún partido, a ninguna ideología, y que sus miembros abominan de todo intento de servirse de la religión en beneficio de posturas políticas y de intereses de partido.

Para él, está perfectamente claro -y sabe que la realidad da testimonio de ello- que los miembros de la Obra no actúan en grupo, sino individualmente, con libertad y responsabilidad personales.

A1 Fundador no se le oculta que será necesario que pase algún tiempo antes de que se desvanezcan unos prejuicios originados por auténticas campañas de calumnias contra la Obra, pero confía en que los periodistas que le entrevistan dirán la verdad. Es consciente, también, de que en la raíz de estas deformaciones calumniosas, que se remontan a los años cuarenta, hay una visión clerical de las cosas, característica de quienes suele llamar católicos oficiales. Algo que no le sorprende, pero que detesta, porque instrumentalizar al laico para fines que rebasan los propios del ministerio jerárquico es algo absolutamente ajeno al espíritu del Fundador. Por eso, responde así a los redactores de “L’Osservatore della Domenica” que le preguntan sobre este punto: Espero que llegue un momento en el que la frase los católicos penetran en los ambientes sociales se deje de decir… Los socios de la Obra no tienen necesidad de penetrar en las estructuras temporales, por el simple hecho de que son ciudadanos corrientes, iguales a los demás, y por tanto ya estaban allí.

A sus sesenta y cinco años, el Fundador del Opus Dei sigue siendo tan inconformista como lo era ya en los años treinta, cuando predicaba a hombres y mujeres corrientes, de todas las clases sociales, que podían santificarse y santificar su trabajo ordinario en medio del mundo, provocando la indignación, la condena y el escándalo de algunos eclesiásticos, para los cuales los laicos debían ser, como mucho, la longa manus de la jerarquía…

Un gesto simbólico

En 1968, Mons. Escrivá de Balaguer va a dar públicamente una prueba más de su independencia de espíritu al tomar una decisión que -lo sabe- será falsamente interpretada por algunos, aunque esté inspirada en su profundo sentido de la justicia.

En efecto: cuando evoca la manera en que el Opus Dei nació y se ha ido desarrollando, paso a paso, se persuade más y más de que el Señor le ha tratado como a un niño al que su padre le va diciendo cómo colocar las piezas de un rompecabezas una a una; el 2 de octubre de 1928; la fundación de la Sección femenina luego, el 14 de febrero de 1930, sin él haberlo querido; la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz finalmente, otro 14 de febrero, trece años más tarde…

Se da cuenta también, cada vez con más evidencia, de que las duras pruebas a que habían sido sometidos sus padres -y que tanto le habían hecho sufrir a él- eran un medio del que el Señor se había servido en su juventud para purificarle y dejarle más disponible para la inmensa tarea que pensaba confiarle. Calibra cada día con más profundidad el significado del sufrimiento de los suyos: la muerte de sus tres hermanitas, la brusca ruina de su padre, su desaparición prematura… A lo cual vinieron a juntarse luego las consecuencias de su propia entrega al Señor para su madre, su hermana y su hermano.

Más aún: habían aceptado sin protestar infinidad de sacrificios suplementarios que él les había pedido para facilitar el desarrollo de los apostolados de la Obra. Desde la utilización de gran parte de la herencia para financiar la primera residencia, en 1934, hasta el trabajo constante de su madre y de su hermana Carmen en la administración de otros centros, el último de ellos la casa de Salto di Fondi, en Italia, donde tanto había trabajado ésta.

Ahora, a sus sesenta y seis años, don Josemaría siente muy vivo el deseo -el deber filial- de recompensar de alguna manera a su familia, que tanto había sufrido y se había sacrificado, en cierto sentido, por culpa suya. Y como el único superviviente es su hermano Santiago, para hacer algo por él y por los hijos de éste, y para honrar la memoria de sus padres, tan injustamente tratados en sus últimos años en Barbastro, está dispuesto a realizar unas gestiones que, de tener éxito, supondrán un desagravio simbólico, aunque mínimo, por lo mucho que debe a su familia.

La iniciativa había sido de sus hijos, y especialmente de D. Álvaro del Portillo. Hacía años que, al darse cuenta del alcance histórico que cobraría con el tiempo la personalidad del Fundador, había ido investigando en la historia de su familia. Habían salido a la luz vínculos de parentesco -que el Padre conocía, pero que nunca había mencionado, por no darles la menor importancia- con la antigua nobleza aragonesa. Correspondía a la familia un título nobiliario, el del marquesado de Peralta, que Carlos de Habsburgo había otorgado en 1718 a un antepasado de su madre. Hechas las oportunas investigaciones, habían sido informados de que, en efecto, era posible pedir la rehabilitación del título en España. Después de un forcejeo filial, don Álvaro logró que el Padre tomara en consideración el proyecto de reclamar ese título: si lo obtenía, podría transmitírselo a su hermano Santiago al cabo de cierto tiempo… Se trataba de una manera concreta para compensar a los suyos.

Ni que decir tiene que no se le ocultaban los comentarios mordaces que algunos harían, ajenos por completo al hecho de que, a su edad, y con el rumbo que había tomado en su vida, no tenía la menor necesidad ni el menor deseo de reclamar para él un título honorífico. Sabe, sí, que sus hijos e hijas lo comprenderán, pero que otros aprovecharán la ocasión para decir de palabra o por escrito toda clase de perfidias y, de manera indirecta, arrojar puñados de lodo sobre la Obra.

Esto le ha llevado, naturalmente, a consultar el asunto, antes de dar su consentimiento a que se iniciaran las gestiones, con diversas personalidades y organismos de la Curia, incluida la Secretaría de Estado del Vaticano, pues piensa que, como Presidente General de una institución de la Iglesia, debe hacerlo. La respuesta es unánime: no hay ningún inconveniente en que reclame la rehabilitación de ese título. Es más, una alta personalidad de la Curia le dice que debe hacerlo, pues si él, que siempre ha enseñado a sus hijos a cumplir sus obligaciones cívicas y a ejercitar todos sus derechos, no lo hace, les daría mal ejemplo…

Así pues, a comienzos de 1968, escribe al Consiliario del Opus Dei en España para explicarle los motivos de esa decisión, que no son otros que sentimientos de piedad y justicia hacia su familia junto con el deseo de poner en práctica el dulcísimo precepto del Decálogo, el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios: “Honrarás a tu padre y a tu madre.” Al mismo tiempo, le ruega, de antemano, que disuada a sus hijos de querer justificarlo ante la opinión pública: no me importan los comentarios -que no harían si se tratase de otra persona cualquiera, de otro ciudadano español-, y os ruego que, si dicen o escriben algo molesto, que sea lo que sea será injusto, “hagáis oídos sordos”.

Como el Padre esperaba, en cuanto le rehabilitaron legalmente el título, la prensa se hizo eco del hecho, a veces con escándalo farisaico y comentarios de mal gusto. No obstante, ninguna instancia del Opus Dei, en país alguno, salió al paso de los mismos. El Padre, por su parte, guarda también absoluto silencio, hasta que, al cabo de un año, transmite el título a su hermano, para que pueda, a su vez, transmitirlo a sus hijos.

En el deliberado silencio del Fundador ha habido, sin duda, una especie de sano desprecio del “qué dirán”, como si hubiese querido, con su ejemplo, animar una vez más a sus hijos a hacer uso de sus derechos, sin refugiarse en una modestia mal entendida, completamente ajena a la verdadera humildad cristiana. Humildad que él manifiesta, por su parte, en ese ofrecerse en bandeja a las malas lenguas, dándoles un pretexto para insultarle.

Los miembros de la Obra y las personas que lo conocen comprenden perfectamente este gesto del Padre y piensan que, en este asunto, con título o sin título nobiliario por medio, ha sabido comportarse como siempre: como un caballero.

Sufrimiento por la Iglesia

El dolor que le causa la incomprensión -por otra parte esperada- no es nada en comparación con el sufrimiento que experimenta en esta época de su vida.

Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un crucifijo, había escrito en Camino. Pues bien, parece como si Jesucristo hubiese querido conformar aún más a su servidor a su propia imagen en estos años de prueba para la Iglesia universal, que parece como si estuviese influida por las cosas malas del mundo, por ese deslizamiento que todo lo subvierte, que todo lo cuartea, sofocando el sentido sobrenatural de la vida cristiana. Porque se ha ido pasando de discutirlo todo a dudar de todo, de tal forma que es algo más que una crisis lo que sacude a la Iglesia; es un terremoto.

Estamos viviendo un momento de locura -confía el Padre a sus colaboradores más íntimos el 25 de noviembre de 1970-. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los sacramentos -todos, hasta el Bautismo- y los mismos Mandamientos de la Ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias.

El Fundador del Opus Dei sabe que la barca de Pedro no puede hundirse, pero también sabe que Dios permite tiempos de prueba muy duros. Por eso, las fisuras en la fe, las noticias que ponen de manifiesto que el amor a Dios en muchos cristianos se enfría, le llegan al corazón. Piensa en ello noche y día, reza, se mortifica, repara con más generosidad todavía…

Desde hace años, conoce esas largas vigilias nocturnas en las que las sombras parecen hacerse más densas. Son momentos en los que suplica a Dios, con redoblado fervor, que ponga fin a la prueba.

Como la crisis se prolonga, implora que, al menos, pueda ver, si no el fin, el comienzo del fin, y pide a sus hijos que hagan lo mismo, que insistan ante el Señor para que se vea obligado a intervenir, dulcemente constreñido. Él, por su parte, no puede hacer ya más que abandonarse por completo y ponerse en manos de la Providencia.

¡Me duele la Iglesia!, exclama con frecuencia.

La fe que Dios le ha dado desde su infancia y que no ha cesado de crecer en él -una fe tan gorda que se puede cortar-, le dice que al término de esta locura colectiva habrá un vasto resplandor de esperanza, porque el Señor, de los males saca bienes; y de los grandes males, grandes bienes.

Pero el dolor es la piedra de toque del Amor y, por eso, el Padre no puede evitar el sufrir con la Iglesia, no sólo como cristiano, sino también como sacerdote y como responsable de tantas almas que el Señor le ha confiado. Además, no le faltan razones para pensar que el Príncipe de las tinieblas tiene especial empeño en obstaculizar este nuevo camino divino en la tierra que es el Opus Dei.

La mano que sujeta el timón debe, a veces, cuando la tempestad arrecia, adquirir firmeza para mantener el rumbo… Por eso, el sufrimiento de Mons. Escrivá de Balaguer por la Iglesia no es meramente pasivo, sino que va acompañado de un empeño eficaz por evitar que la Obra se desvíe lo más mínimo de la línea señalada por Dios. Se sabe, en efecto, administrador del depósito recibido el 2 de octubre de 1928, y uno de sus elementos esenciales es el carácter secular del Opus Dei.

Sus hijos e hijas, unidos en torno al Fundador e identificados con su espíritu, no tienen la menor duda de que son cristianos corrientes, no religiosos que viven en el mundo o que se adaptan al mundo; saben, en suma, que son ciudadanos iguales a los demás, como lo saben sus parientes y sus amigos. La Iglesia, por su parte, ha reconocido esta característica secular del Opus Dei, pero el Padre, desde hace varios años, está cada vez más preocupado porque, como Fundador, desea que las cosas queden todavía más claras. Piensa que es imprescindible que la Obra tenga un estatuto jurídico más conforme con su naturaleza, cosa que no fue posible conseguir en 1950, pues las mentes no estaban todavía maduras para esto, y el Derecho Canónico no había evolucionado lo suficiente. Ahora, sin embargo, algunas disposiciones del Concilio Vaticano II permitirán, sin duda, obtener ese nuevo estatuto.

El 6 de enero de 1970, mientras contempla con un grupo de hijos suyos el misterio de la Navidad, plasmado en un Nacimiento, invita a sus hijos a la confianza: “Pedid y se os dará…” (Lucas XI, 9).

Buscando refugio en la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, el Padre, con la imaginación, toma al Niño en sus brazos y pide perdón por todo el mal que se hace, por todo el bien que dejan de hacer los cristianos…

No lejos del pesebre, se encuentra Herodes: Pero no podrán nada, Señor, ni contra tu Iglesia ni contra tu Obra. Estoy seguro (…) También la Obra ha encontrado, más de una vez, a Herodes en su camino. Pero, ¡tranquilos, tranquilos! (…); no hemos dejado nuestros intereses personales por una nimiedad.

Los que le rodean están serios. Sufren con el sufrimiento del Padre, pero lo único que pueden hacer es asociarse a sus súplicas y trabajar con más intensidad que nunca, abriendo camino en la dirección que él indica

Dos peregrinaciones en la Península Ibérica

Como ha venido haciendo en los momentos más difíciles de su vida, recurre a la Madre de Dios, proclamada por Pablo VI, al finalizar el Concilio, Madre de la Iglesia. Es lo que le lleva a postrarse varias veces a los pies de Nuestra Señora en 1970.

Iré a visitar dos Santuarios de la Virgen -escribe a sus hijos-. Iré como un creyente del siglo XII: con el mismo amor, con aquella sencillez y con aquel gozo. Voy a pedirle por el mundo, por la Iglesia, por el Papa, por la Obra (…) Unios a mis oraciones y a mi Misa.

Esos dos Santuarios son Torreciudad, en España, y Fátima, en Portugal.

A comienzos de abril, el Fundador del Opus Dei se traslada en avión a España. En la antigua casa de la calle de Diego de León, contempla la imagen de la Virgen de Torreciudad, que está siendo restaurada. Es una representación tradicional de la Virgen con el Niño, similar a la que existe en bastantes Santuarios de Europa surgidos a partir del siglo XI. Se ve la talla de madera, pues se le han quitado varias capas de pintura posteriores para aplicarle el estofado de oro que le hará recobrar su aspecto originario.

Presintiendo la emoción del Padre, sus hijos se retiran. Besa filialmente los pies de la Virgen y los del Niño, expresa a la Señora su agradecimiento con palabras que le salen del alma y le cuenta la alegría que siente al volver a verla, como un hijo que se reúne con su madre tras una larga ausencia.

Unos días más tarde, después de visitar en Zaragoza a la Virgen del Pilar, llega a Torreciudad. Un kilómetro antes de alcanzar la ermita, en una curva de la carretera, todavía en construcción, sin asfalto, el Padre hace detener el automóvil, baja, se descalza y sigue caminando a pie, mientras empieza a rezar los misterios dolorosos del Rosario. El día es gris y cae una suave llovizna, pero él, por dos veces, se niega a ponerse de nuevo los zapatos.

-Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario.

Terminados los misterios dolorosos y tras unos instantes de oración silenciosa, el Padre continúa rezando las otras dos partes del Rosario. Finalmente, al entrar en la ermita, avanza hacia el altar y entona la Salve; luego, de rodillas, reza una oración mariana que ha aprendido en su infancia. Sólo entonces pasa a una habitación próxima para quitarse las piedrecillas que se le han incrustado en las plantas de los pies y calzarse de nuevo…

Instantes más tarde, ya está otra vez bajo la lluvia, visitando los lugares donde se alzará el nuevo Santuario, a unos cientos de metros de la ermita. Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.

El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas.

El 14 de abril ya se encuentra en Fátima. Descalzo también, se dirige a la “capelinha”, rodeado por algunos de sus hijos portugueses. Cerca de la estatua que conmemora la visita de Pablo VI en 1967 -que es asimismo el año de su última peregrinación a Fátima- reza por el Papa.

La piedad de los peregrinos que le rodean le conmueve. Ahora que la fe parece languidecer en bastantes lugares y algunos ponen en entredicho la devoción a la Virgen, ciertas manifestaciones de piedad le enternecen. Por eso suele decir que le gustaría poder expresar sus sentimientos con la misma sinceridad con que los expresa una viejecita que suspira en la penumbra de una iglesia; por eso, también, se alegra tanto cuando, poco después de su visita a Fátima, uno de sus hijos portugueses le dice en una carta que le había visto besar las medallas del Rosario, como hacía su propia abuela…

Estas peregrinaciones son una demostración evidente de la gran fe del Padre y, al mismo tiempo, afirman su convicción de que la Iglesia no tardará en recobrar la unidad y la paz. “Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?” (Rom. VIII, 31), repite con San Pablo.

En México, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe

Pero su preocupación por la Iglesia sigue siendo muy viva. Por eso, poco después de regresar a Roma, el Padre, de repente, decide hacer una tercera peregrinación mariana.

Esta vez, el punto de destino está más lejos, en América, adonde nunca había hablado de ir hasta entonces. Verdad es que sus hijos mexicanos venían pidiéndole insistentemente que fuese desde hacía tiempo, pero de no haber mediado un motivo tan poderoso como éste, tal vez nunca se hubiese decidido a atravesar el Atlántico.

Así pues, el 14 de mayo de 1970, toma el avión que ha de conducirle a México.

Una de las primeras visitas que hace es a la Villa, adonde los mexicanos acuden a diario en gran número para rezar ante el célebre lienzo de la Virgen de Guadalupe, patrona de México y de toda Hispanoamérica, desde que en 1531 la Madre de Dios quiso aparecerse a un pobre indio llamado Juan Diego y dejar estampada milagrosamente su imagen en la manta o tilma que utilizaba para cubrirse.

Arrodillado en el presbiterio de la basílica, no quita los ojos de la imagen de la Señora, cuyo rostro tiene rasgos de la raza de la gente de esa tierra bendita. Por el interior del templo, a menudo de rodillas, avanzan muchas personas.

Hora y media más tarde, se incorpora y abandona la basílica. Numerosos miembros de la Obra que han empezado a afluir al enterarse de que está allí el Padre le acompañan desde la nave en cariñoso silencio. La escena se repetirá durante ocho días consecutivos, del 17 al 24, pero en lo sucesivo, para no llamar la atención, el Padre ocupa un balconcillo o tribuna situado a la derecha del presbiterio que le coloca, sin que se le pueda ver desde la nave del templo, a la misma altura de la célebre imagen. Nadie puede conocer hasta dónde llega la intensidad y profundidad de su oración. Sólo los que están muy cerca, junto a él, pueden oír sus palabras audaces y pueriles… que la pluma no puede, no debe estampar. Palabras en las que se vierten sus preocupaciones de siempre: la Iglesia, el Papa, sus hijos e hijas.

Todos los días expresaba su petición en voz alta. Los que están a su lado -entre ellos don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría, uno de sus más íntimos colaboradores- quedan impresionados por la simplicidad de sus palabras, que son las que un hijo dirige a su Madre. Tal vez las mismas que el pequeño Josemaría dirigía a María, en Barbastro, cuando, durante el mes de mayo, llevaba una flor a la Virgen, como todos los niños, y le presentaba sus peticiones.

También los mexicanos y las mexicanas depositan rosas a los pies de “su” Virgen de Guadalupe durante todo el año, y el Padre no quiere ser menos… El quinto día de la novena se dirige con estas palabras a la Madre de Dios: Señora nuestra, ahora te traigo -no tengo otra cosa- espinas, las que llevo en mi corazón; pero estoy seguro de que por Ti se convertirán en rosas…

Haz que en nosotros, en nuestros corazones, cuajen a lo largo de todo el año rosas pequeñas, las de la vida ordinaria, corrientes, pero llenas del perfume del sacrificio y del amor. He dicho de intento rosas pequeñas, porque es lo que me va mejor, ya que en toda mi vida sólo he sabido ocuparme de cosas normales, corrientes, y, con frecuencia, ni siquiera las he sabido acabar; pero tengo la certeza de que en esa conducta habitual, en la de cada día, es donde tu Hijo y Tú me esperáis.

Luego, el Padre formula su petición con la santa desvergüenza que siempre ha recomendado a las almas que quieren trabajar por Dios:

Aquí estoy, porque ¡Tú puedes!, porque ¡Tú amas! Madre mía, Madre nuestra (…), evítanos todo lo que nos impida ser tus hijos, todo lo que intente borrar nuestro camino o adulterar nuestra vocación. Yo no lo permitiré, porque no quiero condenarme; pero no toleres que actúen las fuerzas del mal. ¡Contra Ti no puede nada el diablo!, ¿cómo no voy a contar con esta seguridad? Dios te salve, María, Hija de Dios Padre; Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo; Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo; Dios te salve, María, templo de la Trinidad Beatísima, ¡más que Tú, sólo Dios!: ¡que se vea que eres nuestra Madre!, ¡lúcete!.

La oración en voz alta del Padre se prolonga. Hasta la tribuna desde donde se dirige a la Virgen, llegan las canciones de los fieles en honor de su patrona, y su alma vibra al unísono de aquellas voces. Sigue rezando con insistencia:

Te amo todo lo que sé y puedo. Me he equivocado tantas veces en mi vida, pero te quiero con todas las fuerzas de mi alma. Dinos qué hemos de hacer y, con tu gracia, lo haremos (…) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!.

Entre una criatura, por muy fiel que sea, y su Creador, parece difícil que pueda existir una transacción, a no ser que lo que se pone en juego sobrenaturalmente ya esté inscrito en los planes divinos, como supo Abraham que lo estaba, después de haber negociado con Yahvé, la salvación de un puñado de hombres de su pueblo…

Lo cierto es que, a partir de ese 20 de mayo de 1970, Josemaría Escrivá de Balaguer, sin dejar por eso de sufrir, reparar y rezar por la Iglesia, aumenta más en su alma la confianza y la paz que ya nada podrá quebrantar. Como si la Virgen María, en el Santuario donde ha ido a visitarla, hubiese querido mostrarle el final de la prueba; sin decirle cuándo ni cómo, está convencido de que todo se arreglará cuando llegue el momento oportuno. Poco importa que no llegue a verlo con los ojos de la carne: el gran río de la Iglesia volverá a su cauce…

Antes de abandonar la tribuna, el Padre hace una promesa a la Virgen de Guadalupe; una promesa sin condiciones, como la que había hecho hace ya muchos años en Madrid, al invocar a San Nicolás de Bari para pedirle que resolviera unas dificultades financieras aparentemente insuperables: para agradecer a la Señora la gracia que le acaba de conceder, mandará colocar, en una capilla de la cripta del Santuario de Torreciudad, un mosaico representando a la imagen de la Virgen de Guadalupe y una inscripción conmemorativa.

La raza de los hijos de Dios

Nada más llegar a México, el Padre había dicho a sus hijos que ellos sólo eran la segunda razón de su viaje, pero, al comprobar su gozo por tenerle entre ellos, se da cuenta de que esa segunda razón casi se confunde con la primera.

El Padre visita Montefalco, una antigua hacienda reconstruida por sus hijos en el estado de Morelos, donde han establecido, entre otras actividades educativas, un centro de formación rural para los campesinos de la zona. En medio de aquellos inditos, que le escuchan embelesados y atentos, el Padre se encuentra tan a gusto como con los habitantes de la capital o de otras grandes ciudades. En esas reuniones, hay un buen número de hijos suyos que han venido de otros países: Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Puerto Rico, Colombia, Argentina, e incluso Canadá y los Estados Unidos. A todos, les dice:

Nadie es más que otro. ¡Ninguno! ¡Todos somos iguales! Cada uno de nosotros valemos lo mismo, valemos la Sangre de Cristo. Fijaos qué maravilla. Porque no hay razas, no hay lenguas; no hay más que una raza: la raza de los hijos de Dios.

Este lenguaje directo es comprensible a todos. Le oyen los de la ciudad y los del campo, gentes de toda condición… y hasta las lenguas de los campesinos más taciturnos se abren en preguntas a aquel sacerdote de prontas respuestas, que elevan y dignifican su vida. Todos quieren acercarse al Padre, saludarle, recibir una palabra o una sonrisa suya, tocarle…

En México D.F., en un Centro de la Sección de mujeres de la Obra, una campesina anciana, de cara completamente arrugada, se ha quedado en una esquina del vestíbulo. Le dicen al Padre que tiene cuatro hijos en el Opus Dei. El Padre se le acerca y la anciana mujer, sin dar tiempo a pensar en lo que sucede, se arrodilla ante el hombre de Dios. Mientras su hija intenta en vano ponerla en pie, ve con profunda emoción que el Padre, a su vez, se arrodilla ante ella para ponerse a su altura y decirle al oído cosas que ella escucha entre lágrimas: Somos iguales, hija mía, somos hijos de Dios…

Hijos míos, yo no he venido a enseñar, sino a aprender. A aprender de los mexicanos, de su fe sin fisuras, de su amor sincero a la Madre de Dios…

El Padre les habla también del apostolado que pueden hacer en su país y en otros países de lengua española del Continente: ¡Cuánto bien podéis hacer! Si fuéramos más, y si yo fuera mejor… y tú, y tú, y todos fuerais mejores, haríamos una labor maravillosa.

Durante los cuarenta días de su estancia en México, recibe a más de veinte mil personas. En una serie de tertulias llenas de espontaneidad, semejantes a las de España y Portugal, habla una vez más de la santificación del trabajo ordinario, de la vida conyugal; de la amistad y del apostolado; de la oración, de la Iglesia, del Papa, de los Sacramentos y, en especial, de la Eucaristía y la Penitencia. En resumen: de todos esos medios que facilitan el intercambio personal entre el alma y Dios y constituyen el secreto de la fecundidad apostólica.

El Padre, a pesar de su edad, responde de manera sorprendente a tanto ajetreo. No obstante, un día, el 16 de junio, mientras habla a un grupo de sacerdotes cerca del lago de Chapala, al noroeste del país, tiene que retirarse a una habitación contigua para descansar unos momentos, pues el agobiante calor del mediodía le sofoca. Su mirada se detiene en un cuadro colgado en la pared de enfrente que representa a la Virgen de Guadalupe entregando una rosa al indio Juan Diego.

-Quisiera morir así -musita en su oración habitual-: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

Lourdes, 3 de octubre de 1972

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

El avión en que viaja el Padre acaba de aterrizar en el aeropuerto de Tarbes y algunos de sus hijos franceses y españoles han acudido para saludarle antes de que continúe viaje a Hendaya, camino de España. Piensa pasar varias semanas en la Península Ibérica y ver a muchas personas. Antes, el 7 de octubre, presidirá en Pamplona una ceremonia durante la cual concederá el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a un alemán, Erich Letterer, profesor de Medicina; a un español, historiador del arte, el Marqués de Lozoya; y a un francés, el profesor Ourliac, catedrático de Historia del Derecho y miembro del Instituto de Francia.

Ante la basílica de Lourdes, adonde se ha trasladado enseguida, Mons. Escrivá de Balaguer habla de los “milagros” que ya han empezado a producirse en Torreciudad, al otro lado de los Pirineos, a pesar de que el nuevo santuario y los edificios anejos no están todavía terminados: confesiones, conversiones, decisiones de entregarse más plenamente al Señor… Todos esos milagros de la gracia con los que él soñaba cuando dio vía libre al comienzo de las obras.

Con paso decidido, el Padre se dirige a la gruta. Como siempre que visita Lourdes, se detiene a beber en la fuente milagrosa; luego, se encamina al lugar de las apariciones, donde va a comenzar un acto de culto y, en cuanto divisa la imagen de la Virgen, se arrodilla en el suelo. Tras unos momentos de intensa oración, atraviesa de nuevo la explanada.

Acto seguido, el Padre se despide de sus hijos franceses y sube al automóvil.

Antes de beber el agua milagrosa, ha dicho a los que le rodean que no quería pedirle nada personal a la Virgen, ni siquiera su salud. No les extraña, porque sus hijos conocen bien el motivo de esta visita a Lourdes, donde el 11 de diciembre de 1937 había celebrado misa tras aquel dramático paso de los Pirineos. Es el mismo motivo de sus otras peregrinaciones a este mismo santuario, y al de Sonsoles, en Ávila, y al Pilar de Zaragoza, y a la basílica de Nuestra Señora de la Merced, en Barcelona, y a los Santuarios de Einsiedeln, en Suiza, y de Loreto, en Italia… Y Torreciudad, en 1970, y Fátima, en Portugal, y Guadalupe, en México…

Lo que pide a la Señora en esos famosos lugares de peregrinación es la paz de la Iglesia, la paz del mundo, la perseverancia de sus hijos e hijas, la fecundidad de los apostolados de la Obra…

Ahora más que nunca, su principal preocupación es la situación de la Iglesia. Ello le lleva a intensificar sus ansias de reparación y a reforzar la fe de sus hijos, tanto de los que le visitan en Roma como de los que encuentra en sus desplazamientos. Antes, habitualmente se reunía con grupos no muy numerosos; ahora, se siente urgido a hablar de Dios de manera directa al mayor número posible de personas, para que profundicen en su vida cristiana. Pero, como para él, el apostolado tiene que ser -como había escrito en Camino- fruto de la oración, que se avalora con el sacrificio, repite con frecuencia las palabras de una oración litúrgica que ya utilizaba desde su juventud: “Ure igne Sancti Spiritus…” Señor, abrásanos con el fuego de tu Santo Espíritu, quema nuestras entrañas y nuestros corazones…

Este deseo se nutre en él con la búsqueda de una mayor intimidad con la Sagrada Familia de Nazaret, a la que invoca como la trinidad de la tierra.

Si nosotros queremos tratar al Señor y a nuestra Madre del Cielo, hemos de aprender de José.

Al lado de San José, su alma se encuentra más cerca de María, y también de Jesús, el Dios hecho Hombre, quien, a su vez, le introduce en el misterio de la Santísima Trinidad. Así es como va, según sus propias palabras, de la trinidad de la tierra a la Trinidad del Cielo, siguiendo ese camino de infancia espiritual del que han hablado los grandes místicos. Un camino que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios, y que requiere la sumisión del entendimiento, más difícil que la sumisión de la voluntad.

Es cristo que pasa

Los temas de su predicación más reciente reflejan claramente los puntos clave de su vida interior: la Iglesia, su fin sobrenatural, la necesidad de que sus hijos sean fieles, el abandono en manos de Dios.

Algunas de las homilías que ha ido pronunciando en distintas fiestas litúrgicas se han ido editando en diversos idiomas durante los últimos años, y para el primer trimestre de 1973 está prevista la aparición, en un solo volumen, de dieciocho de ellas, con el título de Es Cristo que pasa.

En efecto: Mons. Escrivá de Balaguer se esfuerza constantemente por acercar al Señor a las plazas y a las calles de todos los pueblos y ciudades del mundo, consciente de que, en esta época que nos ha tocado vivir, los hombres que deambulan por ellas sienten un gran vacío espiritual y, a veces, se obstinan en no encararse con Cristo y encontrar así la respuesta definitiva a las preguntas que se hacen.

La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez e incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso -el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas- puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? (…) Pero el Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo para que sea -siempre y en todo- signo levantado entre las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (…) No se ha hecho más corta la mano de Dios (Is., LIX, 1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena.

Un acto de confianza

Aunque no deja de sufrir por el mal que causan a las almas las desviaciones doctrinales que se producen en tantos sitios, el Fundador del Opus Dei encuentra en su fe fuerza para renovar su optimismo operante. Las grandes crisis de la historia le han parecido siempre como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten a la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras, ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos. Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo…

Dos años después de haber pronunciado estas palabras -el 30 de mayo de 1971, domingo de Pentecostés-, Mons. Escrivá de Balaguer ha consagrado la Obra al Espíritu Santo en el oratorio del Consejo General, donde unas vidrieras situadas detrás del Sagrario representan la venida del Paráclito sobre el colegio apostólico: Dios Espíritu Santo (…) que has dado siempre a la Iglesia tu paz, tu gozo y tu consuelo, en medio de tantas contradicciones, confirmando nuestra fe, sosteniendo nuestra esperanza, encendiendo nuestro amor: concédenos tu don septiforme, para que en nuestra vida entera, en nuestras obras, en nuestro pensamiento, en nuestra palabra, halle también sus complacencias Nuestro Padre que está en los Cielos, Dios eterno, Uno y Trino.

Te rogarnos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice, para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del Cielo.

Importunar día y noche al Señor en la oración para forzarle a intervenir, reparar todo el mal que él constata mediante una penitencia más intensa, es lo único que el Padre puede hacer. Todo le impulsa a acrecentar la formación personal de sus hijos y a estimularlos a ampliar más y más el radio de su apostolado personal. Y, siempre que puede, a tomar parte en ese empeño, dirigiéndose personalmente a todos aquellos que quieran escucharle…

Dos meses de catequesis

Su visita a España, debida en principio a los actos que van a tener lugar el 7 de octubre en la Universidad de Navarra, le permitirá también recordar a muchos las verdades fundamentales de la fe, porque, para él, todos los apostolados del Opus Dei se reducen a uno solo: dar doctrina, luz.

Tras abandonar Pamplona, el 10 de octubre, el Padre recorre España y Portugal, reuniéndose, en dos meses, con unas ciento cincuenta mil personas de toda clase, edad y condición: Bilbao, Madrid, Oporto, Lisboa, Jerez, Valencia, Barcelona… Los lugares son muy diversos: aquí, un gimnasio convertida en salón de actos, allí un anfiteatro, allá una sala de proyección… Y en Jerez, un antiguo lagar cubierto ahora con una gran lona…

En todas partes, los miembros de la Obra, sus familias, los cooperadores, los amigos, acogen al Padre con el mismo cariño y escuchan, con alegría, cómo les confirma en la fe y les exhorta a tender cada día, con renovado empeño, hacia esa santidad a la que todo cristiano está llamado en razón de su bautismo.

En cuanto llega a un sitio, los asistentes quieren mostrarle su cariño y agradecimiento estallando en aplausos, pero él les detiene con expresivo gesto:

-Habéis aplaudido, y a mi no me va; porque la gente que nos viera creería que esto es una muchedumbre, y en realidad somos una familia, una familia muy unida.

Abordando inmediatamente el tema que le interesa, comenta algún pasaje del Evangelio o un aspecto de la vida cristiana, siempre muy brevemente; luego, pide a los asistentes que le pregunten lo que quieran.

El ambiente se caldea. Cada cual le plantea lo que más le preocupa y el Padre se emociona, pues de esas preguntas tan espontáneas deduce que quienes están presentes desean vivir su vida cristiana con mayor exigencia. Los más jóvenes le preguntan qué pueden hacer para perseverar en la vida interior, cómo ofrecer mejor a Dios sus horas de estudio, cómo hacer que sus amigos vivan con más autenticidad su cristianismo, cómo santificar el amor humano… Los casados, la manera de santificar la vida conyugal, educar mejor a sus hijos, hacer compatibles las obligaciones profesionales con el apostolado y los deberes familiares…

Es patente que la labor apostólica del Opus Dei ha impregnado todas las capas de la sociedad y gentes de todas las edades. El Padre comprueba que los que le rodean -muchos de los cuales no pertenecen a la Obra- procuran vivir su fe sin complejos y, al mismo tiempo, sin ostentación ni agresividad, con una voluntad resuelta de mejorar y de hacer partícipes a los demás de las riquezas sobrenaturales adquiridas.

En sus respuestas, trata de reforzar esas buenas disposiciones con un don de lenguas que le pone a la altura de su interlocutor, utilizando palabras adecuadas y frases que conmueven. Todos y cada uno de los presentes se sienten implicados, no sólo quien ha hecho la pregunta, aunque éste haya sido respondido con mayor profundidad y precisión de lo que esperaba, sobre todo si no conocía al Padre.

Al final, los asistentes salen confirmados en su fe, dispuestos a profundizar en ella y a no contentarse con “la fe del carbonero”; resueltos, también, a frecuentar los sacramentos y a recibirlos con más fervor, a participar con mayor intensidad en el Santo Sacrificio de la Misa, el centro y la raíz de la vida interior, de donde se sacan fuerzas para ejercer ese “sacerdocio real” que es propio de todos los fieles, según la expresión de San Pedro.

Para que se comprenda mejor su mensaje, el Padre recurre con frecuencia a imágenes y anécdotas de la vida real.

-Nosotros tenemos (…) la oración, que es un hilo directo con Dios nuestro Señor, un trato personal, sin anonimato. Cuando hablan del “teléfono rojo” que hay entre los rusos y los americanos, me divierto mucho, porque vosotros y yo tenemos uno de platino. Si no estamos cerca del Sagrario para hablar con Jesucristo nuestro Señor, que se encuentra allí realmente presente, basta que nos metamos dentro de nosotros mismos, y mejor sobre nosotros mismos: Josemaría se pone encima de sí mismo para pisarse, porque sabe que no es nada, que no vale nada, que no tiene nada. Pero dentro del corazón, si no lo echo por el pecado mortal, sé que habita el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo. Somos tabernáculos de la Trinidad Beatísima, podemos ponernos inmediatamente en contacto con el Señor, sin que los demás lo noten, y decirle cosas de amor, actos de desagravio, peticiones de ayuda, porque somos flacos. Yo lo soy más que ningún otro; por eso me apoyo continuamente en vosotros.

Cuando voy a hacer mis ratos de oración, suelo decir al Señor: “ne respicias peccata mea!”; pero mira las virtudes de todos mis hijos, mira esos miles de almas entregadas a Ti, que hay en todo el mundo…

Un tesoro para compartir

Todos se dan cuenta de lo que hace el Padre cuando habla en esas reuniones de familia, y por eso, a veces, el silencio se adensa: levantar un poquito el velo que oculta su vida interior y manifestar, con sencillez, algunos de los “trucos” que utiliza para mantener la unión con Dios. Todo, con objeto de animar a los oyentes a seguirle por ese camino.

A veces, da a su interlocutor un consejo preciso. Si alguien le pregunta, por ejemplo, cómo hacer para mantener durante todo el día un diálogo contemplativo con Dios, el Padre le invita a recogerse interiormente, unos instantes, sin que nadie lo note, cuando está trabajando, cuando camina por la calle, cuando está reunido en el hogar con su mujer y sus hijos. Más aún: le aconseja que busque la intimidad con el Espíritu Santo en la humildad. Eso te llevará -le dice- a colocarte encima de ti mismo, pisoteándote con el deseo; porque tú y yo, ¿qué somos, hijo mío, sino barro de botijo? No valemos nada, ni podemos nada, ni somos nada. Y en cambio, somos trono de Dios, de la Trinidad entera.

A otro padre de familia que le ha preguntado cómo puede aumentar su fe en la Eucaristía, después de responderle detenidamente, termina diciéndole:

-La segunda Persona de la Santísima Trinidad, que asumió carne mortal -igual a la nuestra en todo, menos en el pecado-, con un corazón que latía abundantemente, ha querido quedarse como alimento nuestro (…) Se ha quedado inerme, escondido en las especies sacramentales, sin defensa. Pero espera el amor tuyo y el mío. ¿No te mueve esto a quererle de verdad? ¿No te mueve a irte con el deseo a todos los sagrarios de la tierra, y decirle: Señor, aquí estoy, te amo? ¡Dile esas cosas con tu corazón de hombre fuerte, duro! No busques las palabras, como no las escoges cuando hablas con tu mujer, con tus hijos, o con las personas que quieres, ni cuando haces un rato de oración todos los días. Piensa que quizá nunca como ahora han maltratado a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y deja que tu oración marche…

Oración, vida interior. Ser tanto más contemplativo en cuanto que, por la situación en el mundo, se es más activo. Y así, transformar la propia vida, hacer endecasílabos de la prosa de cada día.

En Barcelona, el Padre exhorta a un cirujano a mantenerse constantemente en presencia de Dios durante su trabajo, desde el momento que se pone los guantes de goma hasta que se los quita. Y para que se dé cuenta de hasta qué punto puede elevar su trabajo a un plano sobrenatural, compara su labor, tan en contacto con el dolor humano, a la del sacerdote.

El cirujano asiente con una sonrisa y agradece al Padre su consejo, que viene a unirse a los que ha dado a una enfermera, a un empresario, a una empleada de hogar… Porque todo trabajo útil para la sociedad es noble y santificable por naturaleza. Tal es la causa de que las enseñanzas del Padre lleguen a todo el mundo, desde la sirvienta orgullosa de su trabajo, del cual hace una verdadera profesión, hasta el catedrático de Universidad que debe ver en el esmero con que prepara sus clases el mejor medio de acercarse a Dios y acercar a los alumnos, tan sensibles a la seriedad y prestigio de quienes les enseñan.

De esta forma prosigue, con el enlazar de estos temas de siempre, una correría apostólica que lleva al Fundador del Opus Dei de ciudad en ciudad, no sólo en esta España que en los comienzos de su labor apostólica ya había recorrido de punta a punta, sino también en Portugal.

Porque los tiempos han cambiado, pero las necesidades de las almas siguen siendo las mismas, y Monseñor Escrivá de Balaguer parece infatigable. Apenas concluida una reunión, ya piensa en la siguiente… Y es que quiere aprovechar al máximo las semanas que va a pasar fuera de Roma.

Lealtad a la Iglesia

El Padre pide vehementemente a sus oyentes que, en esta época en que la desobediencia es moneda corriente, sean fieles a la Iglesia, al Papa, a su propia vocación:

-Es tiempo de deslealtad, de traición, de herejía. Y las herejías salen de las bocas que deberían decir la verdad; gentes que habían de dar testimonio de la fe y dan testimonio de la duda; personas que deberían ser la fortaleza para los demás y son la debilidad; almas que, según el Evangelio, tendrían que ser la sal de la tierra, y son la corrupción del mundo.

La actitud de ciertos sacerdotes le hace sufrir mucho, aunque -precisa- no conoce a ningún sacerdote que sea malo. Lo que pasa es que algunos están un tanto confusos, como “enfermos”: Hay sacerdotes que, en lugar de hablar de Dios, que es de lo único que tienen obligación de tratar, hablan de política, de sociología, de antropología. Como no saben una palabra, se equivocan; y, además, el Señor no está contento. Nuestro ministerio es predicar la doctrina de Jesucristo, administrar los sacramentos y enseñar el modo de buscar a Cristo, de encontrar a Cristo, de alcanzar a Cristo, de amar a Cristo, de seguir a Cristo. Lo demás no es cosa de nuestra incumbencia.

En Bilbao, pide a un grupo de hijos suyos sacerdotes que traten con el máximo respeto a Jesús Sacramentado y celebren con unción la Santa Misa, comunicando a los fieles, con su actitud, sus propios sentimientos:

-¡Por el amor de Dios! Sed sacerdotes, buscad el trato directo con Cristo. ¿No veis que algunos se ponen en mangas de camisa, de cualquier forma? Vosotros revestios con todos los ornamentos, bien limpios, y celebrad el Santo Sacrificio sin prisas, que ahora tienen prisa para todo. No la tienen para comer, ni para divertirse, ni para sus amoríos: sólo para las cosas de Dios… Luego haremos una espléndida labor, si hemos sabido no tener prisa, porque verdaderamente, “in persona Christi”, realizamos una honda tarea sacerdotal.

A estos mismos sacerdotes, les repite lo que ya ha expresado en múltiples ocasiones y repetirá luego ante hombres y mujeres de todas las edades:

-Hermanos, si nosotros no nos empeñamos en estar unidos en la oración y en el cariño, en la caridad de Cristo, todo esto se precipitará. Amemos al Papa actual y también al que va a venir…

Alude a las referencias que hace Pablo VI sobre quienes destruyen la Iglesia desde dentro, pero expresa también sus razones para tener esperanza:

-Lo que está sucediendo ahora en la Iglesia y en el mundo no lo entendemos mucho, pero será un bien para la humanidad. Además, me gusta pensar que así como detrás de la noche oscura viene el día claro, seguramente estamos ya muy cerca de la alborada…

Y revelando una invocación que suele hacer cuando piensa en la situación de la Iglesia, añade: ¡Madre mía, Madre nuestra, dígnate acortar el tiempo de la prueba!

Siempre que pronuncia estas palabras, su alma se llena de paz, como si le proporcionasen la certeza de que, como dijo Jesús a Pedro, “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mat. XVI, 18).

El apostolado de la confesión

Una de las cosas que más hacen sufrir al Padre desde hace algunos años es que no faltan en la Iglesia quienes tratan de poner entre paréntesis el Sacramento de la Penitencia.

Un Dios que nos saca de la nada, que crea, es algo imponente. Y un Dios que se deja coser con hierros al madero de la cruz, por redimirnos, es todo amor. Pero un Dios que perdona es padre y madre cien veces, mil veces, infinitas veces.

Para las personas bien constituidas psicológicamente, la confesión

-además de un don de Dios, porque es un Sacramento instituido por Jesucristo- es también un motivo de felicidad, de paz, de consuelo.

El Padre pide insistentemente a todos que animen a sus amigos a confesarse con frecuencia. Algunos dicen que han perdido la fe, pero, ¿no será que tienen en el alma como una costra grasienta que les impide percibir las insinuaciones del Espíritu Santo?… En el Sacramento de la Penitencia recibirán un buen baño que los limpiará y les dará la fuerza necesaria para volver a vivir cristianamente.

A los jóvenes, los “contestatarios”, los de la generación de la protesta, les incita a rebelarse contra todo lo que envilece al hombre y le coloca al nivel de las bestias. Les invita a luchar día a día, con la ayuda de la gracia, para vencer en esas pequeñas cosas que templan la voluntad, como los deportistas que se entrenan con constancia para mejorar sus propias marcas. Los Juegos Olímpicos celebrados recientemente en Munich le suministran comparaciones que dan en el blanco. Cuando explica que la vida espiritual es lucha y, como el deporte, exige esfuerzo y entrenamiento para vencer los obstáculos, o cuando imita los gestos del atleta que se dispone a saltar, las miradas atentas de los reunidos le revelan que le han entendido perfectamente.

El Padre suele prolongar su diálogo con los asistentes a esas tertulias de familia -como él las llama- durante tres cuartos de hora, más a veces. Antes de despedirse, extendiendo las manos, pide a todos que recen por él:

-Rezad por mí, que lo necesito mucho…, que recéis por mi, como una limosna que me hacéis.

Así el Señor le hará conformarse con lo que quiere ser: un servidor bueno y fiel, un buen canal de la gracia de Dios.

¿Setenta años? ¡No! Siete…

Cuando regresa a Roma, no acusa fatiga, a pesar del mucho trabajo que ha realizado, y se ha quedado con el gozo de haber podido insuflar un poco más de vigor y de optimismo a miles y miles de hombres y mujeres.

Ha podido comprobar también cómo se han ido extendiendo los apostolados de la Obra. Cerrando los ojos, vuelve a contemplar tantos rostros nuevos que han venido a unirse a los que ya le eran familiares; rostros que, para él, son como otras tantas intenciones por las que ofrecer cada día la tarea en apariencia monótona que es la suya, allí, en aquella casa que es como el corazón de la gran familia del Opus Dei.

Desde que el 9 de enero de 1972 ha cumplido los setenta años, se niega cada vez más a considerarse viejo. Gasta bromas con sus años, diciendo que el cero está de más y que le basta con el siete. En la historia de la Iglesia hay muchas almas santas que han sabido, siendo ya viejos, hacerse niños, por caminos muy diversos. ¿No os parece lógico que os diga que no quiero cumplir más que siete años? Tengo la esperanza de que el Señor me irá concediendo, por dentro, lo que le he pedido…

Cuando tenga que hacer alusión a su edad -comenta- dirá que sólo tiene siete años. Y así lo hace, provocando el regocijo de quienes le oyen.

La muerte de un hijo mayor

Algún tiempo después de su regreso a Roma, el corazón del Padre sufrirá un nuevo golpe. Hacía meses que aguardaba la noticia de la muerte de don José María Hernández de Garnica, uno de los primeros miembros de la Obra, que había abierto camino en Irlanda, en Inglaterra y en Francia, y luego en Alemania y en Austria.

Un cáncer de bulbo raquídeo le había provocado una parálisis progresiva que, en los últimos meses, se había agravado. Durante su estancia en España, no había cesado de pensar en él, pidiendo al Señor un milagro. Cuando el Fundador le había visitado, en un Centro del Opus Dei en Barcelona, había tenido que hacer un esfuerzo para no romper a llorar en su presencia.

Don José María había muerto ofreciendo sus sufrimientos por la Iglesia y por la Obra, con una gran paz, confirmando así lo que le gustaba repetir al Padre: que el Opus Dei es el mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir.

Don José María era uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei ordenados en 1944. Punto de arranque de una línea ininterrumpida que aumenta de año en año…

Nuevas ordenaciones

En el verano de 1973, cincuenta y un miembros de la Obra, todos ellos, como sus predecesores, con un título civil superior y con varios años de ejercicio profesional, son ordenados sacerdotes. Pensando en ellos y en quienes les han precedido y les seguirán, el Padre predica, el viernes de Pasión, sobre el tema del sacerdocio.

Quiere que los sacerdotes sean sacerdotes cien por cien. Algunos autores dicen que hay que buscar la identidad del sacerdote, pero para el Fundador del Opus Dei la identidad del sacerdote es la de Cristo.

Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya “alter Christus”, sino “Ipse Christus”: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental. Es “el sacerdocio ministerial”.

¿Qué le pide al sacerdote? Que aprenda a no estorbar la presencia de Cristo en él.
El 25 de junio de 1973, poco después de que el Papa anunciara el próximo “Año Santo”, el Padre evoca ante Pablo VI esas futuras ordenaciones. La audiencia dura casi hora y cuarto. Mons. Escrivá no ignora que el Santo Padre sufre mucho con las tensiones surgidas en la Iglesia. Por eso, como un buen hijo, procura llevarle el consuelo de algunas buenas noticias: anécdotas que ilustran el desarrollo de los apostolados de la Obra y el bien que se hace a muchas almas en aquellos países donde trabajan sus hijos y sus hijas. Porque, desde hace años, no ha cesado de recibir noticias sumamente alentadoras de los cinco continentes. Entre ellas, las de aquellos países donde acaba de establecerse el Opus Dei: de Nigeria, donde la guerra de Biafra acaba de terminar; de Bélgica, de Puerto Rico…

A pesar de la fecundidad de esos apostolados, Mons. Escrivá de Balaguer no olvida que debe procurar a toda costa que sus hijos sean fieles a la doctrina cristiana y al magisterio de la Iglesia.

Tiempo de prueba -les escribe el 28 de marzo de 1973, aniversario de su propia ordenación sacerdotal- son siempre los días que el cristiano ha de pasar en esta tierra. Tiempo destinado, por la misericordia de Dios, para acrisolar nuestra fe y preparar nuestra alma para la vida eterna. Tiempo de dura prueba es el que atravesamos nosotros ahora.

Pero el Padre no se deja ganar por el desaliento. Basta, simplemente, con no dejarse llevar por las modas pasajeras y las corrientes de pensamiento… Vivamos de cara a la eternidad (…) Los días aquí son pocos y urge trabajar en la tarea de la salvación sin perder un momento, ahogando el mal en abundancia de bienes.

En su tarea de gobierno, tiene la obligación de actuar de manera que sus hijos no se vean afectados por esa desorientación que se apodera de muchos fieles.

Pero no se limita a tomar medidas en ese sentido. Como la confusión aumenta, arde en deseos de reanudar en otros países la catequesis iniciada años antes, aunque la haya continuado, de hecho, con nutridos grupos de estudiantes de diversas nacionalidades durante la Semana Santa y a lo largo de todo el año, recibiendo a muchísimas personas de todas las razas. Por eso, respondiendo a las insistentes peticiones de sus hijos de América, el 22 de mayo de 1974, unos días después de haber entregado, en Pamplona, el título de doctor honoris causa por la Universidad de Navarra a Mons. Hengsbach, Obispo de Essen, y al Dr. Lejeune, profesor de genética fundamental en la Facultad de Medicina de París, Mons. Escrivá de Balaguer emprende vuelo rumbo a Sudamérica.

Monseñor Escrivá de Balaguer y la universidad

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Testimonio de Paul Ourliac, Miembro del Instituto de Francia
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Yo era el único francés durante un coloquio que reunía en 1952 a unos 40 jóvenes profesores españoles. Tres de ellos me habían impresionado profundamente por su moderación, su amplitud de espíritu y su información. Lo comenté con un amigo español que con una media sonrisa me respondió: «Acaba usted de nombrar a los tres miembros del Opus Dei que están aquí». Aunque en aquel momento yo lo ignoraba todo acerca del Opus Dei no le hice más preguntas.

Algunos años después lo encontré de nuevo en la Universidad de Navarra, que se acababa de crear. Allí descubrí profesores y estu­diantes realmente felices. La Universidad carecía de campus uni­versitario, que por entonces se edificaban en todos los lugares. Los profesores se hospedaban con los estudiantes y entre ellos reinaban un afecto y una confianza que evocaban inevitablemente aquellos tiempos en que la universidad era una sociedad de maestros y discípulos, unidos por la misma afición a la cultura y al trabajo. Muchos profesores famosos tenían la sencillez que conviene a los verdaderos maestros. Los estudiantes, procedentes de diversos orígenes y confesiones, mostraban a la vez gentileza y seriedad.

Todas las instituciones tienen su espíritu y de aquélla reflejaba una paz y sencillez que sentí aún más cuando tuve el gran honor de ser recibido por Monseñor Escrivá de Balaguer.

La Universidad de Navarra era obra suya y él le había trans­mitido su espíritu. Tenia una sencillez y una bondad que impre­sionaban. Se llegaba a él con la inquietud que se tiene al tratar a un ser excepcional y, sin embargo, inspiraba confianza. Escuchaba, preguntaba. Sus palabras parecían simples, pero la intensidad de su mirada les confería un sentido sobrenatural. Pienso, por ejemplo, en las primeras frases de Camino: «Son cosas que te digo al oído, / en confidencia de amigo, de hermano, / de padre ./ Y esas confidencias las escucha Dios» (1).( Camino, Monseñor Escrivá de Balaguer)

Otros han dicho, y dirán, más de lo que yo podría expresar sobre el sentido «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», del mensaje de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo quiero resaltar la atención particular que ponía en la juventud y en la universidad.

Vivió una época en la que todas la nociones que se tenían por sólidas, los valores de la vida, aquello que podía dar a hombres y naciones alguna confianza en el porvenir, se hallaban com­prometidos.

A la inquietud y la incertidumbre opuso el eterno principio de la libertad de las conciencias: el Opus Dei no «hace suyas las acti­vidades profesionales, sociales, políticas y económicas de sus miem­bros». Cada uno debe actuar según su conciencia, debe buscar la verdad, pero no puede ser obligado a profesar una fe que no ha recibido. Todos aquellos que son «capaces, deben tener acceso a los estudios superiores, cualquiera que sea su origen social, sus medios financieros, su raza o su religión».

Para la universidad, la libertad supone la autonomía, la función del Estado varía según los países. Éste controla, ayuda, pero debe permitir a cada universidad vivir su propia vida, escoger sus pro­fesores y fijar libremente sus programas y métodos.

La libertad no es posible sin la responsabilidad. La de la uni­versidad es responder a su función social; profesores y estudiantes no deben construir «su pequeño mundo para sí mismos». La ciencia no es un medio de poder ni un instrumento de dominación, no es un fin en sí misma, sino que debe ser puesta al servicio del bien común. La universidad debe ser la «casa común» y no el campo de batalla donde se enfrenten bandos rivales. Puede formar para comprender la política, pero perdería su ecuanimidad si debatiera los problemas concretos. Las asociaciones de estudiantes deben evi­tar «atribuirse poderes que no tienen»: que procuren el bien de la universidad y hagan de ella «un hogar irradiador de paz, un foco inagotable de sana inquietud, que permita el estudio y la formación de todos»

Estas frases datan de octubre de 1967 y parecen hoy proféticas. La crisis universitaria que siguió, señaló el peligro de una civiliza­ción que, desde hacía largo tiempo, Monseñor Escrivá de Balaguer había presentido. A profesores y estudiantes les proponía la misma regia de vida que a cualquier hombre: a los ojos de Dios todas las profesiones son válidas, pues son, para quienes las desempeñan lo mejor posible, su instrumento de santificación. Cada uno, en el lugar que le corresponde, debe cumplir su deber de estado y servir no al Estado, sino al bien común.

Si la tarea de la universidad es esencial, pues es ella quien debe formar a aquellos que mañana tendrán las más graves responsa­bilidades, debe inculcarles, ante todo, el respeto a la libertad per­sonal de cada uno y el pluralismo legítimo.

Diez años después de la muerte de Monseñor Escrivá de Bala­guer, es preciso evocar el profundo alcance que dio al mensaje cris­tiano: «Dios al crearnos aceptó el riesgo y la aventura de nuestra realidad».

Un hombre que sabía querer

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Testimonio de Álvaro Domecq, rejoneador y ganadero
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Don Álvaro, ¿cuando conoció a Monseñor Escrivá de Balaguer?

Soy hombre malo para las fechas y no recuerdo con exactitud el día en que le vi por primera vez. Me parece que fue en Pamplona, en otoño del año sesenta y siete. Había una asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. Asistí a la misa que con aquel motivo celebró al aire libre, en el campus de la Universidad de Navarra. Al acabar la ceremonia, pasé a saludarlo y ante mi sorpresa me llamó por mi nombre, me hizo la señal de la cruz en la frente y comentó: «Te sigo». Yo, que soy tímido, me quedé admirado al ver cómo me conocía sin conocerme. También me llamaron mucho la atención las manifestaciones de cariño y afecto que me dirigió y cómo me alentó a que siguiera con mi trabajo, y añadió «pero hecho con mucho amor de Dios».

En esos mismos días acompañé a los toreros que habían par­ticipado en un festival en Pamplona a conocerle. Con cada uno de ellos tenía un detalle de cariño, el apropiado para la circuns­tancia personal de los presentes. Al terminar aquello, uno de los presentes, Luis Miguel Dominguín, que presumía de no creyente, me dijo en un aparte: « ¿Sabes que me voy a tener que hacer par­tidario de este cura tuyo?».

Me acuerdo que cuando vino a Jerez de la Frontera, en el año mil novecientos setenta y dos, tuvo la maravillosa gentileza de invi­tarnos a mi mujer y a mí a un almuerzo porque quería agradecer lo poco que había hecho yo para poner en marcha «Pozoalbero», una casa de retiros y convivencias, que está a las afueras de aquella ciudad y por la que han pasado tantos miles de andaluces. Y es que el fundador del Opus Dei, que era muy agradecido, sabía alen­tarte, a poquito que hubieras hecho, para que fueras a más, que te superaras siempre.

Eso es maravilloso: encontrarte con personas que te alientan, que te piden cosas asequibles, sencillas, pero sin parecer que te lo piden, dándote ánimos, y así casi sin darte cuanta va saliendo ese trabajo, que resulta apenas costoso y hasta alegre. En el roce que he tenido con la Obra, a lo largo de estos años, lo que más me ha impresionado es el aliento que recibes para hacer lo corrien­te con amor de Dios. Y eso, por lo que yo he visto, lo infundía el fundador del Opus Dei a todo tipo de personas: creyentes y no creyentes, a gentes de todas las clases.

Yo, que puse en marcha varios cursos de formación espiritual con toreros, y con poetas y escritores, pude comprobar cómo se sentían honrados de hablar dos o tres días exclusivamente de Dios y de las cosas de Dios. Domingo Ortega, que en gloria esté, me decía: «No se te olvide llamarme cuando haya algo de esto.» Les gustaba, y le gustaba a Domingo, que se ocuparan de ellos en lo espiritual. Eso es demostración de lo que tanto insistía Monseñor Escrivá de Balaguer: a la vida corriente, diaria, hay que darle un sentido para que sea real. Eso me lo enseñó él y te lo transmitía cada vez que te miraba, cuando te veía o cuando te daba uno de aquellos abrazos que él daba.

¿Cuál es la primera impresión que se le quedó grabada al conocerle?

El nivel de confianza, la alegría que te hacia sentir y cómo te pedía esfuerzo sin pedírtelo, señalándote un camino de entrega. Y te daba un empujón suave, pero eficaz, para hacerlo todo por amor de Dios e insuflarle a tu vida normal una espiritualidad importante. Es que, mira, es maravilloso saber que se puede san­tificar e] trabajo. Eso crea una satisfacción en el hombre trabajador que es decisiva, que es fundamental. Por ejemplo, él sabía que yo me dedicaba al toro. Yo no sé si él tendría afición al toro, pero lo parecía, porque me comentaba: «Hay que seguir por ese camino y hacerlo lo mejor posible». No te quitaba tus naturales tendencias, sino que te ayudaba a darles sentido, a poner amor y entrega en lo que haces, sabiendo que eso tiene mucho valor. Es una satis­facción saber que lo que haces tiene valor.

¿Cómo se hace santo un ganadero con su trabajo?

Ante todo procurando ser un buen ganadero. A los ganade­ros no nos calibran en la verdadera medida. El animal que con­seguirnos, el toro que exige la afición de hoy, hay que trabajarlo mucho y saber seleccionar caracteres que no son visibles para el público. Ten en cuenta que –yo al principio creía que hacerse car­go de una ganadería no me llevaría tiempo– hay que estudiar las cualidades de varias generaciones para lograr fijar el carácter y saber entremezclar, en su justa medida, mansedumbre y bravura. El ganadero español que estudia su ganadería puede hacer un toro que se le conozca, no sólo por su expresión física, sino también por el resultado que da en la lidia, y eso es un esfuerzo necesario. Después, o al mismo tiempo, haciendo todo ese trabajo por amor de Dios, por afición al toro por supuesto, pero por amor de Dios.

¿Cuál cree que era, sin embargo, el rasgo más distintivo de su persona?

Monseñor Escrivá de Balaguer rebosaba santidad. No sé si la santidad está perfectamente definida, pero yo lo notaba en ese deseo continuo de infundirte amor de Dios, amor al trabajo y la ilusión por hacer felices a los demás. Además, para el fundador del Opus Dei no había horizontes: cada día se le ocurría una cosa nueva para llegar a más personas y difundir con más amplitud la doctrina de la Iglesia. Eso era impresionante. De hecho, del Opus Dei te llama la atención el milagro de que en tan poco tiempo se haya difundido y establecido entre tantas gentes de tan diverso tipo. Yo, que he tenido que viajar mucho, lo he comprobado y eso es edificante.

Antes se refería a los toreros que usted ha tenido la oportunidad de tratar. ¿Entienden verdaderamente eso de santificar el trabajo?

Claro que sí. A ellos, todo eso les hacía encontrar su verda­dero sentimiento. El hombre tiene una tendencia innata de ir a Dios, lo que pasa es que no sabe cómo. Lo maravilloso de Mon­señor Escrivá de Balaguer es que te enseñaba a abrir ese camino.

Antes la gente pensaba que para ir a Dios sólo había que ir a la Iglesia, pero no sabían que además está en el teatro o en los toros, que Dios está en todas partes, en todas las circunstancias honestas. La gente no se percataba de que Dios está contigo, que puedes santificar toda tu vida, tu vida de aficiones, de relaciones, tus amis­tades. La prueba de que eso es verdad es la extraordinaria acogida que este mensaje ha tenido, a pesar de que haya gente que no lo entienda, porque tal vez no han sido capaces de dar el paso ade­lante. Si lo dieran, lo descubrirían.

Hay gente que dice que para aguantar a un santo hace falta otro santo, ¿era fácil estar con el fundador del Opus Dei?

Estar con el fundador del Opus Dei era sentirse protegido, ilusionado; junto a él, el corazón se removía y la piedad tuya, anti­gua, se hacia más humana, más apetitosa. Incluso lograba que dig­nificaras tus debilidades. Sentías que todos esos defectos se podían quitar; esa convicción te la metía dentro y descubrías que hasta lo más pequeño, hecho por amor de Dios, tiene mucho valor. Siem­pre he pensado que Dios es el mejor pagador, y entonces, cualquier cosa que hagas, por pequeña que sea, Dios te la premia. Como ve, son consejos los suyos llenos de amor, y como el hombre ha nacido para querer, todo eso es fácil de entender.

Don Álvaro, a usted, ¿qué le ha dado el Opus Dei?

Me ha facilitado todo. Según se dice, cuando tienes quien te ayude, puedes agrandar tu negocio. Pues el gran negocio es luchar por la santidad aunque sea un poco, y digo un poco porque siempre se queda uno corto. Esa es la misión del Opus Dei con todo el que se roza: darle a tu vida, a tu vida corriente, unos nuevos horizontes, afán de santidad, y también alegría, simpatía y cor­dialidad, sobre todo con el ejemplo. Decía que me ha facilitado todo, se entiende que en la vida espiritual, porque en lo demás, mi trabajo, mi vida social o mi familia, la Obra no ha intervenido; o para ser más preciso, sólo ha intervenido el espíritu de la Obra moviéndome a buscar en cada ocasión –y bajo mi responsabilidad personal– lo que pensaba sería más grato a Dios; claro que muchas veces habré fallado, pero ese es otro cantar.

Sin embargo, todo esto contrasta mucho con el ambiente actual.

El mundo, es cierto, está desperdigado, pero hay un retorno.

Pienso que la juventud tiene hoy día un deseo de veracidad, de convivencia, de todos esos detalles que supo exponer el fundador del Opus Dei. El mundo está mal, la vida está difícil, pero luego, cuando crees que la gente está alejada de Dios, te das cuenta que no es así, que tienen un claro sentimiento espiritual de mejorar. Todo eso es como el aceite, que va inundándolo todo poco a poco. Por eso no soy pesimista: no soy de los que piensan que el mundo va a peor. El mundo va a ir mejor; es como una revolución silen­ciosa de cuyas consecuencias nos iremos dando cuenta con el paso del tiempo.

Y usted, ¿qué le ha dado al Opus Dei?

Le doy muy poco para lo que me da. Yo procuro ayudar en las obras apostólicas, pero lo hago casi sin esfuerzo porque estoy convencido de que hay que hacer algo –más bien diría mucho–, y es bueno que te tiren de la cuerda, que te exijan. Ahora, con mi edad, con el cansancio de mucha vida vivida, me hace joven y me ilusiona pensar que soy útil, que sirves para algo. Después lo piensas, y te das cuenta que no haces nada, y sin embargo, por poco que haces, silo haces por amor de Dios, se convierte en algo grande. En conclusión, colaboro lo que puedo, pero me quedo corto

El proceso de beatificación de Monseñor Escrivá de Balaguer está iniciado desde el año mil novecientos ochenta y uno ¿usted acude a su intercesión, le reza?

Yo acudo a través de la oración para la devoción privada que hay impresa en una estampita que ha editado la Vicepostu­lación de su causa de beatificación. Ahora le tengo encomendada una cosa importante y tengo seguridad de que la voy a tener pron­to. Me ilusiona saber que tengo alguien, allá arriba, que puede interceder por los matices humanos y espirituales del hombre. Las cosas de los negocios no las mezclo. Me interesa más bien pedirle por mi vida de dentro y por lo que a uno le queda en esta vida.

Me ayuda a acudir a el las cartas suyas que conservo. Soy detallista y tengo la costumbre de felicitar a los amigos Hace anos se me ocurrió mandarle una carta y cual seria mi sorpresa cuando recibí muy pronta contestación Al año siguiente dude en escribirle, para no forzarle a que me contestara pero a la vez pense que tal vez consideraría que me había olvidado De modo que desde entonces siempre me escribió, y en cada caso iba su consejo. Después, cuando murió, he seguido esa costumbre con su sucesor, Monseñor Alvaro de Portillo cuando nos hemos visto, siempre me decía tocayo, que también ha continuado acordándose de mí y me envía unas líneas, Eso me da mucha alegría; siento el tiempo que le puedo hacer perder, pero es un gran detalle y un ejemplo maravilloso.


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