Hogar universal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando se cruza la puerta de un Centro del Opus Dei, en cualquier lugar del mundo, se reconoce, inmediatamente, un inconfundible aire de familia: un ambiente grato, donde la unidad y el afecto son alfombra que suaviza la vida de todos.

Por eso, en una tertulia numerosa celebrada un domingo de junio de 1974, en Argentina, el Padre puede sostener este diálogo con uno de sus hijos. La voz le habla desde el patio de butacas de un salón de conferencias:

-«Mi madre está muy contenta con mi vocación, lo que pasa es que ella a veces se preocupa, y piensa qué va ser de mí cuando sea viejo… Dice que no voy a tener familia… Y como ella está acá, al lado mío, yo quiero que usted le explique (…) que tenemos familia».

Y el Padre responde:

-«Tú ya sabes que tu hijo tiene familia y tiene hogar; y que morirá rodeado de sus hermanos con un cariño inmenso. ¡Feliz de vivir y feliz de morir! ¡Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte! ¡A ver quién dice por ahí esto! (…). ¡Es el mejor sitio para vivir y el med or sitio para morir: el Opus Dei! ¡Qué bien se está, hijos míos!(6) » .

Pero esta unidad y afecto de familia han tenido que ser defendidos muchas veces en la historia de la Obra. A causa de estas circunstancias adversas, en la vida del Opus Dei hay costumbres que han nacido «con naturalidad, como brota el agua del manantial». De cada situación surgieron las Consagraciones de la Obra, que -como decía el Prelado del Opus Dei, don Alvaro del Portillo-, «han sido como arrancadas por Dios Nuestro Señor, al atravesar (…) momentos muy duros de incomprensión, de calumnia, de soledad: de soledad humana, porque siempre hemos estado todos tan pegados a nuestro Padre y nuestro Padre tan pegado a Dios (…), que nunca nos hemos sentido solos»(7).

Se refiere a momentos en los que el Fundador del Opus Dei vuelve a poner en manos de la Providencia la totalidad de su tarea. Su vida y la de aquellos que le han seguido. Y con él, unánimes, todos los miembros de la Obra.

La primera Consagración tendrá lugar el 14 de mayo de 1951. El Fundador quiere poner, bajo la mirada protectora y amable de Jesús, María y José, a las familias de los miembros del Opus Dei, para que logren participar de la alegría y la paz de la Obra. Para que Dios les conceda un gran cariño por la vocación de sus hijos.

Es una etapa difícil, y la contradicción pesa. Las falsas interpretaciones han surgido ya en España; pero, en Roma, centro de la Iglesia, toman con facilidad el camino de la Curia y de la Santa Sede. Algunas familias de los primeros miembros italianos de la Obra se angustian ante las opiniones de personas a quienes conceden amplio crédito.

El Fundador, que tiene un afecto sincero por los padres de sus hijos, sufre por la duda y el temor que puede asaltar el ánimo de estos hogares. Y también por las dificultades injustas que algunos ponen a la fidelidad de las vocaciones italianas.

Por eso, este día de mayo, en un oratorio todavía en construcción dentro de Villa Tevere, superando la prisa de su fe al esfuerzo realizado por los encargados de las obras, hace el Padre la Consagración de todas las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia de Nazaret. Una pintura de escuela italiana del siglo XVII que representa a la Sagrada Familia será el futuro retablo.

Esta Consagración, que se renueva anualmente, ha quedado grabada en una lápida de mármol, con la fecha de su primer ofrecimiento. En ella quiere hacer partícipes a todas las familias del espíritu del Opus Dei, del calor de su propia vida, de la grandeza y la paz de esta llamada divina. Les desea la felicidad, en la tierra y en el Cielo, junto a aquellos, hijos que se han entregado generosamente para andar, en la Obra, los caminos de Dios.

Suele repetir el Fundador a los miembros de la Obra que deben el noventa por ciento de la vocación a sus padres. Tan alta responsabilidad les concede.

Y, años después, seguirá insistiendo ante un grupo de familiares:

«No habéis terminado vuestra misión; tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos, una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos con vuestra oración (…), con vuestra vida profesional; poniendo en cada momento la última piedra»(8).

En este día romano de 1951, el Fundador pone la serenidad de cada hogar en manos de María y José. Porque ellos velaron y supieron entregar, para que cumpliera su destino, al Hijo de Dios hecho Hombre entre los hombres.

En la ciudad de Logroño

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La mayor parte de la ciudad de Logroño se acomoda en la margen derecha del Ebro. El encuentro entre este río y el Iregua ha dado origen a un terreno de aluvión enormemente fértil y que ha matizado la vida económica y social de esta ciudad desde sus comienzos. Es una capital de extensión media, edificada con gran generosidad de espacios y salpicada, como toda urbe abrazada por un río, de alamedas, paseos y sorpresas verdes que suavizan el rigor de las construcciones de piedra y hormigón. Los monumentos históricos están bien cuidados y, cada atardecer, sus fábricas se reflejan en el espejo del agua que pasa a pocos metros. Tiene Logroño dos puentes para cruzar el Ebro: el de piedra, que fue reconstruido en 1884 y que tiene siete arcos sobre 189 metros de longitud; y el de hierro, que se construyó en 1882. Este último posee once tramos rectos sobre pilares circulares de piedra revestidos de hierro, con andenes laterales y tránsito central. Su longitud es de 330 metros y sirve como prolongación de la calle de Sagasta. De las murallas que la circunvalaban en el siglo XII apenas queda un lienzo para exhibir como recuerdo histórico. En cambio, y pese a las transformaciones de esta ciudad ribereña, el Espolón, paseo central, sigue conservando su primio tivo encanto señorial, pacífico y romántico. Los álamos, que ya describiera Jovellanos en 1795, los castaños y acacias, prestan una grata y reposada sombra a los antiguos bancos de talla y hierro. Hay juegos para los niños, toboganes, columpios, pérgolas; y un quiosco que se anima con la banda de música en las mañanas domingueras.

Por la calle Muro del Carmen, se llega a la plazoleta del Instituto. Este es un gran edificio de finales del siglo XIX, construido con espacios suficientes para acoger holgados planes docentes.

Sobre Logroño se yergue la más primitiva de todas las flechas góticas de España: Santa María del Palacio, antigua sede residencial de la Orden del Santo Sepulcro en tiempos de Alfonso VII. Después, y en orden cronológico, se pueden anotar la iglesia de San Bartolomé, la de Santiago y Santa María la Redonda, con sus agudas torres gemelas.

Establecida en un punto confluente de fronteras naturales, debe su expansión a ser incluida en la ruta o camino de Santiago. En ella se neutralizan las fuerzas de atracción de dos ciudades poderosas: Zaragoza y Bilbao. Apoyada en un terreno fértil, Logroño vive de sus industrias vinícola y conservera. El valle del Ebro ofrece a los agricultores una exquisita colección de frutas que podrán recoger y enviar a toda España. Ello explica la alta inscripción de comerciantes que integran su población desde hace muchos años.

La docencia se imparte en el Instituto de Enseñanza Media, y cuenta también con la Escuela Normal del Magisterio, Escuelas de Comercio y de Peritos Industriales, promovidas a lo largo de diversas décadas del siglo. Hay un Seminario Diocesano y una iglesia Colegiata: Santa María la Redonda.

En los primeros meses de 1915 llega a Logroño don José Escrivá, para sacar adelante a la familia después de la quiebra de su negocio en Barbastro. Es de suponer que la dedicación anterior al comercio textil le ha permitido establecer relaciones que podrán, ahora, servirle de respaldo y garantía. Estos conocimientos le encaminan hacia la más importante tienda de tejidos existente, en este tiempo, dentro de Logroño. Tiene el nombre de «La Gran Ciudad de Londres», y su dueño es don Antonio Garrigosa.

Conociendo su limpia trayectoria, así como la motivación que le ha llevado hasta Logroño, Garrigosa no duda en aceptar a don José Escrivá entre los colaboradores de su empresa. Y así, en septiembre de este mismo año, puede venir a la ciudad toda la familia. Don José ha buscado un piso en la céntrica calle de Sagasta. Es el número 18 -hoy, número 12-, cuarto piso; le preocupa el exceso de escaleras, pero es lo mejor que ha podido encontrar para los suyos. Desde las ventanas se puede llegar a ver el Espolón y la estructura horizontal que forma sobre el río el gran puente de hierro. Este último piso de la casa tiene encima solamente la buhardilla: durante tres años sentirán el riguroso clima de Logroño.

Carmen se ha matriculado en la Escuela Normal y sigue sus estudios de Magisterio. Josemaría presenta su instancia, fechada en abril de 1916, para examinarse del cuarto año de Bachillerato como alumno no oficial del Instituto de Logroño. Ha cursado los otros tres en los Institutos de Huesca y Lérida, como hacen tradicionalmente los alumnos del Colegio de los Escolapios de Barbastro(1). Sus notas demuestran -antes y después del traslado a Logroño- una buena aptitud tanto para las Ciencias como para las Letras, ya que alternan los Premios o Matrículas de Honor en Aritmética y Geometría con los de Preceptiva, Derecho y Composición.

Garrigosa se da cuenta de la situación económica de la familia Escrivá y quiere suavizar, en lo posible, lo que ha de significar para ellos el traslado, la pérdida del negocio, la soledad de una ciudad desconocida en la que aún no tienen amigos. Hay en «La Gran Ciudad de Londres» un empleado de toda confianza: se llama Antonio Royo. El y los suyos ayudan a ambientarse a los recién llegados y les brindan su amistad. Don José lo agradece y comparte sus años de Logroño con esta familia, aunque hace una vida profundamente hogareña y sus salidas son escasas(2).

Nadie le oirá un comentario amargo o desalentado. No pierde la simpatía especial que le caracteriza y que no le impide manifestar, de vez en vez, su rotundo ser aragonés. Su educación y conocimientos revelan otro origen y otra posición, aunque él jamás toca este asunto. Es un hombre metódico, cumplidor de su deber, trabajador serio y responsable. Su puntualidad es proverbial: todos los días llega al comercio tres o cuatro minutos antes de abrir. Previamente, ha pasado por la encuadernación de Antonio Larios que está en la calle del Mercado, llamada popularmente Portales. Una espontánea afinidad se ha establecido entre don José y Larios; se saludan, unos momentos antes del trabajo, por la mañana y por la tarde.

Algunas veces, a la salida, se reúnen en una pequeña tertulia en la que se habla de casi todo, pero muy en especial de lo que preocupa las vidas y las mentes en Europa entera: la Primera Guerra Mundial, que ha estallado en agosto de 1914. Francia, Inglaterra, Rusia e Italia se enfrentan a Alemania, Austria y Turquía. Mueren los hombres en los campos de batalla y las ciudades son bombardeadas. La inflación económica se hace sentir en todos los países y niveles sociales. Y las gentes se preguntan hasta dónde va a proseguir y a qué nuevos lugares puede comprometer la conflagración.

Don José opina y escucha. Dice una frase amable y se interesa por todo y por todos, mientras juega, en un gesto muy habitual, con su anillo. Flotan aires de irreligiosidad; se habla de la Iglesia con despego. Sin embargo, su persona impone en los demás un profundo respeto a sus creencias.

Manuel Ceniceros tiene entonces doce años. Se encarga de limpiar las lunas de los escaparates, barrer la tienda y de una multitud de pequeños recados y servicios que le ocupan todo el día. Siempre recordará la amabilidad de don José, un señor que no daba órdenes, sino que pedía las cosas por favor; que era capaz de poner una broma oportuna sobre el trabajo para que resultara más grato. Que llevaba en su pitillera de plata, perfectamente alineados, los seis cigarros, liados a mano en casa, que se fumaría durante toda la jornada(3).

Doña Dolores y Carmen también han tenido que acomodar su vida a la nueva situación. Ellas deben llevar a cabo el trabajo de la casa: ya no tienen quien ayude. Sin embargo, todo sigue igual,, con el mismo detalle de siempre.

Mientras tanto, Josemaría continúa sus estudios. Ha logrado ser admitido como alumno no oficial en el Instituto de Logroño, del que es director don Joaquín Elizalde. Por las tardes, bastantes muchachos están libremente adscritos por sus padres a un colegio

privado, en el que estudian y repasan para adelantar y dominar las asignaturas. Dos grandes Centros de Enseñanza Media tiene la ciudad en este tiempo: uno que rigen los HH. Maristas y otro, llevado por seglares, cuyo director es don Bernabé López Merino, farmacéutico de Alfaro y que, posteriormente, llegará a ganar la Cátedra de Ciencias. Este último se llama Colegio de San Antonio.

Josemaría es alumno del San Antonio. Allí empieza a ir todos los días por la tarde; en el camino, le alcanza y se le une Julián Gamarra, que viene desde la calle Carnicerías, contigua a la de Sagasta. Juntos, llegan hasta el colegio, en la calle del Marqués de Murrieta, aunque su entrada se abre a la contigua Avenida de Portugal. Se encuentran también con otros muchos: Francisco Lapeña, Gabino Gómez Arteche y Antonio Urarte Balmaseda… Cerca de la puerta de entrada hay un rincón que los chicos han bautizado con el nombre de «El Casino». En ese pequeño reducto charlan cada día unos minutos antes de que llegue, inexorable, la hora de entrar en las aulas. Josemaría es uno más, aunque destaca por sus notas y por su carácter serio, pero sonriente.

Los domingos se le puede ver por la carretera de Laguardia, que sirve de prolongación a la calle de Sagasta y al Puente de Hierro. Camina cerca de sus padres y de su hermana Carmen, mientras habla animadamente con los hijos de la familia Royo. Suele llevar un traje de color gris, pantalón corto y medias oscuras hasta la rodilla. Incluso acostumbra a calarse una boina pequeña al estilo de los hombres de la Rioja. Sus amigos dicen que tiene una simpatía contagiosa y que es muy comunicativo.

Pero también es un adolescente reflexivo y observador, que sufre hondamente por la situación de la familia; aunque, por temperamento, no cede ante las dificultades. Tal vez, si algo no entiende aún, es la paz con que don José ha aceptado las contradicciones. Tendrán que pasar algunos años para que sepa calibrar, en honda magnitud, toda la dignidad con que actuaron sus padres.

Porque su modo de ser, desde niño, se ha revelado fuerte. Cuando se irrita, su madre suele decir afectuosamente: «Josemaría, ¡pones una cara!… »(4).

Cursa sus estudios con facilidad. Le gusta ampliarlos leyendo a los clásicos; también dedica bastante tiempo a escribir. Sin embargo soporta mal el latín, aunque lo aprueba holgadamente. Piensa que esta lengua está bien para los curas y frailes, sólo para ellos. Si en este año de 1916 alguien hubiera dicho a Josemaría que acabaría siendo sacerdote, probablemente le habría contestado con una carcajada. Nunca ha pensado tal cosa. Ha recibido una profunda formación religiosa en su hogar, pero ni es clerical el ambiente en que se mueve, ni ha considerado jamás la posibilidad de conducir su vida por esos caminos. Admira y ama, además, la unidad y devoción que se profesan sus padres.

Unidad de espíritu y jurisdicción

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Para describir con exactitud esta institución, voy a seguir el trabajo publicado por Andrew Byrne. La Prelatura Opus Dei constituye una unidad pastoral orgánica e indivisible, que realiza sus apostolados por medio de la Sección de varones y de la Sección de mujeres. El Prelado, cuyo nombramiento requiere la confirmación del Papa, lleva a cabo su tarea pastoral ayudado por los sacerdotes incardinados en la Prelatura, que son muy pocos respecto al número total de miembros, laicos en su inmensa mayoría.

El gobierno del Opus Dei se basa en dos principios, que fijó con claridad su Fundador: descentralización y colegialidad. Por ejemplo, los Consejos que ayudan al Prelado están compuestos en la actualidad por personas de treinta y cinco nacionalidades. Además, en cada país donde está establecido el Opus Dei existe un gobierno colegiado, presidido por el Vicario Regional. Los nombres de los Directores de la Obra aparecen en el Anuario Pontificio y, en cada nación, en los directorios y anuarios que edita el Episcopado.

Inseparablemente unida a la Prelatura Opus Dei está la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de la que es Presidente General el Prelado del Opus Dei, y a la que pueden asociarse sacerdotes incardinados en las diócesis, que deseen buscar la santidad en el ejercicio de su ministerio, de acuerdo con la espiritualidad y la ascética del Opus Dei. Esta adscripción no afecta en lo más mínimo a su dependencia del propio Obispo diocesano, que continúa siendo su único Superior. Por otra parte, en el Código de Derecho Canónico, está expresamente reconocido el derecho de asociación de los sacerdotes.

“Que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios”

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Audiencia general del Santo Padre en la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Opus Dei - San Pablo Extramuros

San Pablo Extramuros

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo pasado comenzó la “Semana de oración por la unidad de los cristianos”, que concluirá el domingo próximo, fiesta de la Conversión del apóstol san Pablo. Se trata de una iniciativa espiritual preciosa, que se está difundiendo cada vez más entre los cristianos, en sintonía y, podríamos decir, en respuesta a la apremiante invocación que Jesús dirigió al Padre en el Cenáculo, antes de su Pasión: “Que sean una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Durante esta oración sacerdotal, el Señor, en cuatro ocasiones, pide a sus discípulos que sean “una sola cosa”, según la imagen de la unidad entre el Padre y el Hijo. Se trata de una unidad que sólo puede crecer siguiendo el ejemplo de la entrega del Hijo al Padre, es decir, saliendo de sí y uniéndose a Cristo. Además, por dos veces, en esta oración Jesús añade como fin de esta unidad: para que el mundo crea. Por tanto, la unidad plena está conectada con la vida y la misión misma de la Iglesia en el mundo. La Iglesia debe vivir una unidad que sólo puede derivar de su unidad con Cristo, con su trascendencia, como signo de que Cristo es la verdad. Esta es nuestra responsabilidad: que sea visible en el mundo el don de una unidad en virtud de la cual se haga creíble nuestra fe. Por esto es importante que cada comunidad cristiana tome conciencia de la urgencia de trabajar de todas las formas posibles para llegar a este gran objetivo. Al mismo tiempo, es importante implorarla con oración constante y confiada, sabiendo que la unidad es ante todo “don” del Señor. Sólo saliendo de nosotros mismos y yendo hacia Cristo, sólo en la relación con él podemos llegar a estar realmente unidos entre nosotros. Esta es la invitación que, con la presente “Semana”, se nos dirige a los creyentes en Cristo de toda Iglesia y Comunidad eclesial. Queridos hermanos y hermanas, respondamos a esta invitación con generosidad diligente.

Este año la “Semana de oración por la unidad” propone a nuestra meditación y oración estas palabras tomadas del libro del profeta Ezequiel: “Que formen una sola cosa en tu mano” (37, 17). El tema ha sido elegido por un grupo ecuménico de Corea, y revisado después para su divulgación internacional por el Comité mixto de oración, formado por representantes del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y por el Consejo mundial de Iglesias de Ginebra. El mismo proceso de preparación ha sido un estimulante y fecundo ejercicio de auténtico ecumenismo.

En el pasaje del libro del profeta Ezequiel del que se ha sacado el tema, el Señor ordena al profeta que tome dos maderas, una como símbolo de Judá y sus tribus y la otra como símbolo de José y de toda la casa de Israel unida a él, y les pide que las “acerque”, de modo que formen una sola madera, “una sola cosa” en su mano. Es transparente la parábola de la unidad. A los “hijos del pueblo”, que pedirán explicación, Ezequiel, iluminado desde lo Alto, dirá que el Señor mismo toma las dos maderas y las acerca, de forma que los dos reinos con sus tribus respectivas, divididas entre sí, lleguen a ser “una sola cosa en su mano”. La mano del profeta, que acerca los dos leños, se considera como la mano misma de Dios que reúne y unifica a su pueblo y, finalmente, a la humanidad entera. Las palabras del profeta las podemos aplicar a los cristianos como una exhortación a rezar, a trabajar haciendo todo lo posible para que se realice la unidad de todos los discípulos de Cristo; a trabajar para que nuestra mano sea instrumento de la mano unificadora de Dios.

Esta exhortación resulta particularmente conmovedora y apremiante en las palabras de Jesús después de la última Cena. El Señor desea que todo su pueblo camine —y ve en él a la Iglesia del futuro, de los siglos futuros— con paciencia y perseverancia hacia la realización de la unidad plena. Este empeño que comporta la adhesión humilde y obediencia dócil al mandato del Señor, que lo bendice y lo hace fecundo. El profeta Ezequiel nos asegura que será precisamente él, nuestro único Señor, el único Dios, quien nos tome en “su mano”.

En la segunda parte de la lectura bíblica se profundizan el significado y las condiciones de la unidad de las distintas tribus en un solo reino. En la dispersión entre los gentiles, los israelitas habían conocido cultos erróneos, habían asimilado concepciones de vida equivocadas, habían asumido costumbres ajenas a la ley divina. Ahora el Señor declara que ya no se contaminarán más con los ídolos de los pueblos paganos, con sus abominaciones, con todas sus iniquidades (cf. Ez 37, 23). Reclama la necesidad de liberarlos del pecado, de purificar su corazón. “Los libraré de todas sus rebeldías —afirma—, los purificaré”. Y así “serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Ez37, 23). En esta condición de renovación interior, ellos “seguirán mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica”. Y el texto profético se concluye con la promesa definitiva y plenamente salvífica: “Haré con ellos una alianza de paz… pondré mi santuario, es decir, mi presencia, en medio de ellos” (Ez 37, 26).

La visión de Ezequiel es particularmente elocuente para todo el movimiento ecuménico, porque pone en claro la exigencia imprescindible de una renovación interior auténtica en todos los componentes del pueblo de Dios que sólo el Señor puede realizar. A esta renovación debemos estar abiertos también nosotros, porque también nosotros, desperdigados entre los pueblos del mundo, hemos aprendido costumbres muy alejadas de la Palabra de Dios. “Así como hoy la renovación de la Iglesia —se lee en el decreto sobre el ecumenismo del concilio Vaticano II— consiste esencialmente en el crecimiento de la fidelidad a su vocación, esta es sin duda la razón del movimiento hacia la unidad” (Unitatis redintegratio, 6), es decir, la mayor fidelidad a la vocación de Dios. El decreto subraya también la dimensión interior de la conversión del corazón. “El ecumenismo verdadero —añade— no existe sin la conversión interior, porque el deseo de la unidad nace y madura de la renovación de la mente, de la abnegación de sí mismo y del ejercicio pleno de la caridad (ib., 7). La “Semana de oración por la unidad” se convierte, de esta forma, para todos nosotros en estímulo a una conversión sincera y a una escucha cada vez más dócil a la Palabra de Dios, a una fe cada vez más profunda.

La “Semana” es también una ocasión propicia para agradecer al Señor por cuanto nos ha concedido hacer hasta ahora “para acercar” unos a otros, los cristianos divididos, y las propias Iglesias y Comunidades eclesiales. Este espíritu ha animado a la Iglesia católica, la cual, durante el año pasado, ha proseguido, con firme convicción y segura esperanza, manteniendo relaciones fraternas y respetuosas con todas las Iglesias y Comunidades eclesiales de Oriente y Occidente. En la variedad de las situaciones, a veces más positivas y a veces con más dificultades, se ha esforzado por no decaer nunca en el empeño de realizar todos los esfuerzos para la recomposición de la unidad plena.

Las relaciones entre las Iglesias y los diálogos teológicos han seguido dando signos de convergencias espirituales alentadoras. Yo mismo he tenido la alegría de encontrar, aquí en el Vaticano y en el curso de mis viajes apostólicos, a cristianos procedentes de todos los horizontes. Con gran alegría acogí en tres ocasiones al Patriarca ecuménico Su Santidad Bartolomé I y, como acontecimiento extraordinario, le oímos tomar la palabra, con calor eclesial fraterno y con confianza convencida en el porvenir, durante la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos. Tuve el placer de recibir a los dos Catholicós de la Iglesia apostólica armenia: Su Santidad Karekin II de Etchmiadzin y Su Santidad Aram Ide Antelias. Y, finalmente, he compartido el dolor del Patriarcado de Moscú por la partida del amado hermano en Cristo, el Patriarca Su Santidad Alexis II, y continúo permaneciendo en comunión de oración con estos hermanos nuestros que se preparan para elegir al nuevo Patriarca de la venerada y gran Iglesia ortodoxa. Igualmente, tuve ocasión de encontrar a representantes de las diversas Comuniones cristianas de Occidente, con los que prosigue el diálogo sobre el importante testimonio que los cristianos deben dar hoy de forma concorde, en un mundo cada vez más dividido y que se encuentra ante numerosos desafíos de carácter cultural, social, económico y ético. De esto y de tantos otros encuentros, diálogos y gestos de fraternidad que el Señor nos ha permitido poder realizar, démosle gracias juntos con alegría.

Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos la oportunidad que la “Semana de oración por la unidad de los cristianos” nos ofrece para pedir al Señor que prosigan y, si es posible, se intensifiquen el compromiso y el diálogo ecuménico. En el contexto del Año paulino, que conmemora el bimilenario del nacimiento de san Pablo, no podemos no referirnos también a cuanto el apóstol san Pablo nos dejó escrito a propósito de la unidad de la Iglesia. Cada miércoles voy dedicando mi reflexión a sus cartas y a su preciosa enseñanza. Retomo aquí sencillamente cuanto escribió dirigiéndose a la comunidad de Éfeso: “Un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4, 4-5). Hagamos nuestro el anhelo de san Pablo, que consumó enteramente su vida por el único Señor y por la unidad de su Cuerpo místico, la Iglesia, dando, con el martirio, un testimonio supremo de fidelidad y de amor a Cristo.

Que cada comunidad, siguiendo su ejemplo y contando con su intercesión, crezca en el empeño de la unidad, gracias a las diversas iniciativas espirituales y pastorales y a las asambleas de oración común, que suelen hacerse más numerosas e intensas en esta “Semana”, haciéndonos ya pregustar, en cierto modo, el día de la unidad plena. Oremos para que entre las Iglesias y las Comunidades eclesiales continúe el diálogo de la verdad, indispensable para dirimir las divergencias, y el de la caridad, que condiciona el diálogo teológico mismo y ayuda a vivir unidos para un testimonio común. El deseo que habita en nuestros corazones es que llegue pronto el día de la comunión plena, cuando todos los discípulos del único Señor nuestro podrán finalmente celebrar juntos la Eucaristía, el sacrificio divino para la vida y la salvación del mundo. Invocamos la intercesión maternal de María para que ayude a todos los cristianos a cultivar una escucha más atenta de la Palabra de Dios y una oración más intensa por la unidad.

“Procesos como éste son muestra de la vitalidad de la Iglesia”

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Monseñor César Franco clausuró la fase diocesana del proceso de canonización del siervo de Dios José María Hernández Garnica

Opus Dei -

El obispo destacó “la importancia de la santidad en la vida de la Iglesia, que espera santidad como primera aportación de los cristianos”.

César Franco glosó “la fidelidad” y “la unidad” del siervo de Dios para “dedicar su vida a la santificación de muchas personas”, a “propagar el carisma con que el Espíritu Santo ha enriquecido a la Iglesia a través de san Josemaría Escrivá”.

Pidió además que su figura “sea incentivo para nosotros, estímulo para la santidad, como todo cristiano debe ser. Ojalá tengamos que hacer más procesos como éste, que son muestra de la vitalidad de la Iglesia”.

En el acto se cerraron y lacraron las cajas que contienen los más de cinco mil folios con las pruebas documentales y testificales reunidas por el tribunal desde febrero de 2005, y que serán enviadas a la Congregación para las Causas de los Santos para la obtención del decreto de validez del proceso.

Hernández Garnica fue uno de los primeros fieles del Opus Dei, en el que pidió la admisión en 1935. Dedicó su vida a la evangelización a través de esta institución, tanto en España como en  Inglaterra, Irlanda, Francia, Austria, Alemania, Suiza, Bélgica y Holanda.

Opus Dei -  Familiares de José María Hernández Garnica con el obispo César Franco al  término del acto

Familiares de José María Hernández Garnica con el obispo César Franco al término del acto

Para el postulador de la Causa, José Carlos Martín de la Hoz, “el haber caminado por caminos tan distintos, en continua adaptación a diversas culturas y ambientes, le hace ser un buen ejemplo para la evangelización de la vieja Europa”.

Hernández Garnica fue uno de los principales colaboradores del fundador san Josemaría Escrivá. Doctor Ingeniero de Minas, en Ciencias Naturales y en Teología, fue uno de los tres primeros fieles del Opus Dei que se ordenaron sacerdotes en 1944, junto con Álvaro del Portillo y José Luis Múzquiz.

Se santificó en sus tareas profesionales y luego en las propias del sacerdote, con gran generosidad: aprendió varios idiomas, se adaptó a diferentes ambientes e hizo frente a incomodidades de todo orden en países en los que comenzaba la labor apostólica del Opus Dei.

“El ecumenismo es, en primer lugar, una cuestión de oración y de caridad”

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La teóloga Jutta Burggraf afirma que el ecumenismo no es sólo una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino en primer lugar de oración y de caridad

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Jutta Burggraf es profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y es autora de «Conocerse y comprenderse. Una introducción al ecumenismo», Madrid 2003, 2ª ed. 2003 y del folleto: «Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se vive?», Madrid 2006.

¿Por qué es necesaria, la semana de oración para la unidad?

Durante el octavario, los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes de todas las denominaciones -esparcidos por el mundo entero- están invitados a rezar juntos por su unidad. Lo expresa claramente el lema de este año: «No ceséis de orar».

La Semana se celebra del 18 al 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora la conversión de San Pablo. La fecha es significativa: nos recuerda que no podemos acercarnos unos a otros sin una profunda conversión interior, sin buscar cada uno vivir en intimidad con Cristo. Es en Él donde nos uniremos algún día.

“La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo”

La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo, quien nos conduce, por los caminos que quiere, hacia la madurez cristiana.

En la oración encontramos sobre todo a Dios, pero de manera especial también a los demás. Cuando rezo por alguien, le veo a través de otros ojos, ya no con aquellos llenos de sospecha o de ánimo de control, sino con los ojos de Dios. De esta manera, puedo descubrir lo bueno en cada persona, en cada planteamiento. Dejo aparte mis prejuicios y comienzo a sentir simpatía por el otro.

Rezar significa, purificar el propio corazón, para que el otro verdaderamente pueda tener sitio dentro de él. Si tengo prejuicios o recelos, cualquiera que entre en ese recinto recibirá un golpe rudo. Tenemos que crear un lugar para los demás en nuestro interior. Tenemos que ofrecerles nuestro corazón como lugar hospitalario, donde puedan encontrar mucho respeto y comprensión.

Si conseguimos esto, será más auténtico el diálogo. A veces, creemos poder disimular fácilmente nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Tratamos de guardar las apariencias, y luego nos asombramos que los demás desconfíen de nosotros. La razón es muy sencilla: los demás suelen percibir con gran nitidez lo que pasa en nuestro interior. Notan si los aceptamos o los rechazamos, y actúan en consecuencia. Así vemos la importancia de empezar por nosotros mismos en la búsqueda de la unidad.

Se insiste mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»…

Con razón, porque el ecumenismo no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad. Así como la falta de amor engendra desuniones, la «santidad de vida» puede considerarse como el «alma» o motor de todo el movimiento ecuménico.

Es significativo que Juan Pablo II haya invitado repetidas veces a una purificación de la memoria a todas las personas y asociaciones. Sabemos bien que la memoria no es sólo una facultad relativa al pasado; por el contrario, influye profundamente en el presente. Lo que recordamos afecta, con frecuencia, a nuestras relaciones con los demás. Si una herida del pasado queda en la memoria, esta herida puede llevar a una persona a encerrarse en sí misma; puede traducirse en una cierta resistencia a encontrarse de una manera serena entre los demás, y puede dificultar o incluso impedir una amistad.

Teniendo esto en cuenta, Benedicto XVI ha dado ejemplos elocuentes: cuando, por ejemplo,a causa de su famosa conferencia de Ratisbona había llegado a ser la víctima de una campaña organizada por algunos adversarios de la Iglesia, no culpó a nadie; es más, sobrepasó las reglas de la mera justicia y pidió perdón a los musulmanes por las palabras que podrían haberles herido.

Podemos estar seguros de que una persona contribuye más a la unidad de la Iglesia cuando procura transmitir el amor de Dios a los demás, que cuando se dedica a los diálogos teológicos más eruditos con un corazón frío.

El Papa está demostrando continuamente su compromiso ecuménico. ¿Advierte un celo análogo, entre los católicos en general?

Benedicto XVI señaló, desde el comienzo de su pontificado, que está dispuesto a «trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo».

Está realizando una gran labor ecuménica, hecha no sólo de palabras, sino, sobre todo, de gestos fraternos. Así, por ejemplo, ha donado una considerable cantidad de dinero al patriarcado de Moscú para la reconstrucción de la catedral de la Trinidad en San Petersburgo.

Y, a pesar de las dificultades, que se experimentan actualmente entre anglicanos y católicos por cuestiones de carácter teológico y ético, ha firmado, hace algo más de un año, una animante declaración conjunta con el primado de la Comunión anglicana.

Los católicos están cada vez más familiarizados con el reto que supone la unidad de todos los cristianos. Comprenden mejor que antes lo que afirma el Cardenal Walter Kasper: “El ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado”. Así, muchos participaron en la “Asamblea ecuménica europea”, celebrada en septiembre del año pasado en Sibiu-Hermannstadt (Rumanía), y juntamente con los diálogos oficiales, tuvieron lugar grandes encuentros de los nuevos movimientos que se dedican a la labor ecuménica, por ejemplo en Stuttgart en 2004 y en 2007.

A la vez, se dan cuenta -y el Papa insiste también en esto- de que el diálogo tiene distintos niveles o «círculos». Tiene que comenzar antes, en la «propia casa», entre los mismos católicos, que tienen que conocerse para entenderse bien. No debemos excluir de nuestro interés y cariño a las personas de otras comunidades católicas. Hay mucha variedad en nuestra Iglesia.

Asimismo, los católicos tienen una viva conciencia de que el diálogo va más allá del ecumenismo. Se dirige también a los seguidores de otras religiones y al mundo secularizado. Allí nos espera una inmensa tarea, que sólo podemos afrontar si estamos unidos: con Dios, entre nosotros los católicos y con todos los cristianos.


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