La «batalla» de la formación

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde siempre han oído comentar al Padre que uno de los más importantes enemigos, en todos los campos, es la ignorancia. Y fundamentalmente en lo que podríamos llamar las ciencias sagradas. Incluso intelectuales que exhiben una magnífica cultura en multitud de campos han interrumpido su formación doctrinal religiosa en un eslabón casi elemental.

Por eso, la formación humana y sobrenatural ocupará un lugar primordial para esta batalla, hermosa batalla de amor y de paz, para la que Dios le ha convocado. Señala la necesidad de apoyar la vida interior en la doctrina -piedad doctrinal- y llegar al conocimiento y al amor de la fe con una sólida preparación científica.

Como esto solamente se consigue a través de un trabajo y estudio serios, es preciso hacer compatible esta dedicación con las actividades profesionales propias de cada uno de los miembros de la Obra. Y adaptar los diversos planes y programas a las posibilidades que ofrezca la formación intelectual previa.

Se delinearán ya las horas dedicadas durante los meses de invierno; la formación intensiva que se impartirá en los de verano, aprovechando las vacaciones de los diversos trabajos que ocupan las jornadas habituales. De un modo flexible, y durante varios años, los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei, en las dos Secciones, cursarán Filosofía y Teología. A esto se añade el resto de las asignaturas que integran los programas de las Universidades Pontificias. Todos reciben, igualmente, formación doctrinal-religiosa en clases, charlas y cursos de retiro espiritual que se desarrollan durante el año completo. Las Numerarias Auxiliares de la Obra cursarán programas de acuerdo con sus circunstancias, pero recibirán la misma formación en cuanto a la doctrina de la Iglesia y el espíritu de la Obra.

Los miembros Supernumerarios del Opus Dei, en ambas Secciones, compartirán sus obligaciones profesionales y su vida familiar -en su mayoría casados- con programas completos de formación en el orden doctrinal-religioso.

En un futuro próximo, tanto los clérigos como los laicos de la Obra estarán en condiciones de impartir, a sus hermanos y hermanas más jóvenes en el Opus Dei, las clases y medios de formación establecidos en programas sucesivos, independientes para cada Sección.

Al acabar esta reunión en la que se fijan las líneas de una tarea ingente, Su Santidad Pío XII enviará un telegrama cuyo texto cierra estas jornadas de trabajo. Desea de corazón la luz y la gracia del Cielo para este Congreso General y espera, siempre, un incondicional y eficaz servicio a la Iglesia. Imparte al Fundador y a todos los Congresistas Su Bendición Apostólica. Está firmado por Monseñor Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado.

En la inmensa Argentina

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos a 11 de marzo de 1950. Un avión procedente de Madrid toma tierra en Buenos Aires. Por la escalerilla descienden don Ricardo Fernández Vallespín, que ya es sacerdote, Ismael Sánchez Bella y Francisco Ponz, Catedráticos de Universidad. Serán los primeros en lanzar la semilla de la Obra -por medio de su trabajo profesional- en esta tierra fértil, inmensa, que ahora se abre ante sus ojos.

El 24 de junio de 1950 se instalarán en la ciudad de Rosario, en un piso alquilado. Es un inmueble pequeño de la calle de San Juan, número 865, y que recibirá el nombre de Centro Universitario Litoral. Este espacio les permitirá reunir y hablar a los amigos argentinos del fuego de Dios que han traído desde el otro lado del mar.

Muy pronto escriben al Padre: «Aún no ha transcurrido el primer mes en Rosario y ya tenemos “casita” (…). De momento, aquí podemos acomodar a unos pocos residentes. El propietario es muy amigo nuestro (…). La preocupación inmediata es la instalación de la casa»(21).

Poco a poco, irán dejando todo a punto. Contestan al Padre para compartir la feliz noticia de la Aprobación definitiva que la Santa Sede ha concedido al Opus Dei y que el Fundador ha comunicado a todos sus hijos repartidos por el mundo. Escribe don Ricardo:

«Está muy próximo el 2 de octubre, ese día celebraré la Misa de medianoche, y los tres nos sentiremos muy acompañados de todos vosotros. Acabamos de recibir cartas de México. Anima mucho»(22).

Mientras tanto, realizan viajes a varias ciudades en las que es preciso abrir Centros de la Obra. Buenos Aires ocupa el primer lugar. A los pies de Nuestra Señora de Luján acuden con frecuencia para solicitar ayuda a la Señora. Esta Virgen demostró, allá por el siglo XVI, una manifiesta predilección por Buenos Aires; porque, según la tradición, fue transportada por todo el país sobre una carreta de bueyes y, al llegar a lo que hoy es Luján-entonces un pequeño ranchito- los animales se pararon y no hubo fuerza humana capaz de obligarles a dar un paso más. Hasta que no bajaron la imagen no volvieron a moverse. La Señora quería quedarse allí. Hoy, esta Virgen menuda se venera en una gran basílica. Es santuario, y las almas, miles de almas criollas, forman su mejor relicario.

Encuentran pronto un piso reducido en la capital argentina. Es tan chico, que don Ricardo no tiene más remedio que excusarse ante el Nuncio un día que ha ido a visitarle. Le explica que tienen un piso tan pequeño en Buenos Aires, que más que haber puesto el pie en Argentina, parece que han puesto la punta del pie… Por eso no le han invitado todavía a visitarles(23).

El Eminentísimo Cardenal Antonio Caggiano, Obispo de Rosario y Arzobispo de Buenos Aires desde 1959, conoce al Padre hace tiempo: ha tenido ocasión de hablar con él en Roma y quiere y admira al Opus Dei. Años más tarde, desde la casa de Olivos, donde vive retirado, comentará que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía su vida identificada por completo con la Obra de Dios. Le describirá como hombre de gran corazón dispuesto al sacrificio, al perdón, a la comprensión. Y subrayará la importancia de su espíritu como precursor de la llamada universal a la plenitud cristiana proclamada por el Concilio Vaticano II.

El pequeño Centro con que la Obra empieza en Buenos Aires se llama El Cerrito.

Después de 1959, el Cardenal Caggiano pedirá a don Ricardo que acuda a dirigir cursos de retiro para sacerdotes a las diócesis de Rosario, Catamarca, Córdoba, Misiones, Paraná, Corrientes, San Martín… En poco tiempo, conocerán el país al ritmo de su actividad profesional y apostólica. Y habrán aprendido a querer hondamente las soledades de esta inmensa Pampa, la paz de este río Paraná que se remansa y se extiende sin prisa, pero sin pausa, en su camino hacia el Atlántico.

Los primeros que piden la admisión en la Obra son Alfonso Isoardi y Ernesto García. Años más tarde, llegarán otros muchos. Uno de ellos escribirá:

«Cuando pienso en aquellos primeros tiempos -años enteros- desde la perspectiva del presente, con la magnitud que ha adquirido la labor en Argentina, calibro mejor algo de lo que, entonces, casi no alcanzaba a darme cuenta: la pequeñez, la dureza de los comienzos. Una dureza sin ruido, sin estridencias. Sólo la sensación, prolongada, de sembrar sobre piedra o arar en el agua (…). Nos transmitían a los que, muy de a poco, íbamos llegando: vivir de fe, de esperanza, de amor, trabajando con la alegría de saber que se está haciendo la voluntad de Dios. Íbamos creciendo en la identificación con el espíritu de la Obra, aprendiéndolo todo (…).

Y también, desde el principio, fue echando raíces en nosotros -fuerte, entrañable-, el cariño al Padre. Un cariño que crecía, como todo amor, cultivado delicada y asiduamente a través de la oración y la mortificación diarias, de las cartas, de la lectura de sus palabras, de las cosas que nos contaban los que le conocían y habían vivido con él»(24).

En estas palabras de uno de los primeros argentinos, se expresa el modo de formarse en el espíritu de la Obra. La transmisión fiel de las virtudes que el Padre les había enseñado a practicar; la entrega total a la Voluntad de Dios, que les ha llamado por su nombre; la filiación y la fraternidad…

Y, junto a la vertiente sobrenatural, la dedicación seria y profunda al trabajo profesional, quicio sobre el que se mueve la búsqueda de la santidad y el apostolado de la Obra.

Todo ello estructurado en forma de clases, charlas y conversaciones personales. Y, desde el primer día, el conocimiento profundo de la doctrina de la Iglesia en estudios de Filosofía y Teología que se hacen compatibles con toda otra actividad laboral, tanto manual como intelectual.

Hasta el 7 de diciembre de 1952, no llegará la Sección de mujeres a Buenos Aires. Pero, unos meses antes, Julia Capón, la primera argentina, escribe a Roma pidiendo al Padre su admisión en la Obra. Esta vocación es uno de tantos milagros que jalonan el camino del Opus Dei por la tierra. Julia ha oído hablar de estos hombres, entre los que se cuenta un sacerdote, y que viven el espíritu del Evangelio de un modo secular, dentro del mundo, en su trabajo habitual. Sabe que en España ha tenido lugar el comienzo de este espíritu y escribe para tener una referencia más directa. Durante semanas, la correspondencia es intensa. Regularmente cruzan el océano las cuartillas que tienden un nuevo puente de fraternidad. Y el 13 de agosto de 1952, Julia solicita la admisión.

A finales del mismo año, un cablegrama anuncia a Julia la llegada de Sabina Alandes. Entre las dos habrán de poner en marcha las tareas de la Sección de mujeres en esta grande y fecunda tierra americana. Poco antes, apenas comenzado el mes de diciembre, Sabina cruza la calle de Juan Bravo en Madrid: son las siete de la mañana y va al Centro de Diego de León. Sopla un cierzo frío, castellano, que se cuela a través de la bufanda. Ojos llorosos por el hielo de la mañana invernal van a disimular la emoción de la despedida. En Roma están al tanto de la salida del avión Madrid-Buenos Aires. Y cuando calculan que ha despegado, Monseñor Escrivá de Balaguer dibuja una cruz en el aire para bendecir el camino de esta hija suya que emprende una nueva ruta en el quehacer humano y divino de la Obra.

Horas después, el aparato sobrevuela Buenos Aires; Sabina se siente ya en su país. Desde arriba, esta ciudad aparece impresionante. Lo ríos se ven como una red enorme y tranquila que cruza los campos. La Pampa inmensa se alcanza, paradójicamente, de una sola mirada. Ya en tierra, toma su equipaje en el aeropuerto de Ezeiza. Casi en la misma puerta de viajeros la aborda una mujer joven y emocionada por el encuentro:

-«¿Vos sos Sabina?».

_«¡Tú eres Kitty! » . Este es el nombre familiar de Julia Capón (25).

Una alegría enorme. Y luego, el alud de palabras que no tienen más remedio que salir…

Hace un calor húmedo y llueve sobre las pistas del aeropuerto. Un airecillo suave vuela sobre las dimensiones colosales de la ciudad.

Durante algunos meses, Sabina vivirá en casa de Kitty, ya que se acumulan las dificultades de todo tipo para encontrar un inmueble donde instalarse. En las Navidades de 1952 reciben una tarjeta que el Padre envía a todos sus hijos, con un mensaje de aliento. El dibujo representa el empedrado de una vía romana, abierta al caminante. Y en la contratapa se puede leer: «caminad con valor, que se han abierto los caminos divinos de la tierra»(26).

Ceden los contratiempos y aparece -¡al fin!- la primera casa. La llamarán Veinticinco, sencillamente, porque se halla situada en la calle 25 de diciembre. Lo único que poseen son las llaves.

Pero no cabe el desánimo. Sentadas en las escaleras, Sabina y Kitty hacen planes. Sólo les escuchan, en esta tarde de primavera,la Virgen de Luján, distante, pero al filo del corazón; los árboles preciosos, como el ombú y el palo borracho que crecen en todos los jardines; y el azul incomparable de este cielo que se abre a su oración y a su esfuerzo confiado. El 7 de abril de 1953, el Señor se quedará, definitivamente, en el primer Sagrario que la Sección de mujeres de la Obra tiene en Argentina.

Dios en medio del trabajo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en el curso académico de 1929. Cada mañana, desde la calle de Caracas, en Madrid, un estudiante de Ciencias Químicas emprende el camino de la Universidad, pero antes hace una parada en la capilla del Patronato de Enfermos, que le queda de camino, atravesando la calle de Santa Engracia. Es una cita diaria a la que no falta desde su juventud. Ha puesto las raíces de su esfuerzo en las manos de Dios.

Hace meses que advierte la presencia de un nuevo sacerdote en la capilla. Tiene su confesonario muy cerca de la entrada, a la derecha. En las contadas ocasiones en las que se han saludado por la calle, ha podido advertir que es muy joven y se cubre con una «teja» intentando dar a su talante un aire de gravedad. Algunas veces ha coincidido en un acto litúrgico que oficiaba en el Patronato y le han impresionado profundamente su devoción y naturalidad.

Lo que José María González Barredo desconoce es que, desde 1928, este sacerdote reza por él, y ha escrito en un pequeño diario que lleva habitualmente la petición de que llegue a ser del Opus Dei. Porque en su confesonario de la iglesia, don Josemaría Escrivá sigue llamando, a veces “in mente”, a todos los que Dios ha señalado para hacer su Obra en la tierra.

González Barredo tiene diecinueve años y se ha planteado una dedicación de servicio a los demás. Pero no acaba de ver la solución a sus dudas a pesar de repetidos intentos para encontrar el camino.

Entre 1931 y 1932, José María G.B. comienza su actividad profesional en el Instituto de Linares (Jaén) y pierde de vista temporalmente a este sacerdote que le ha saludado en varias ocasiones, pero sin llegar a tener ninguna conversación con él.

En las Navidades de 1932, regresa para trabajar en su Tesis Doctoral en el Instituto Rockefeller de Madrid. Se aloja en una residencia alemana para familiarizarse con este idioma que ahora resulta indispensable en el ámbito científico.

Una mañana, camino de su trabajo, se cruza con aquel sacerdote del Patronato, que le ha reconocido y viene a su encuentro. En un primer momento intenta eludirlo, pero no lo consigue. Y he aquí que le propone, insistentemente, una entrevista este mismo día.

No está muy animado José María G.B. porque imagina que le va a reclamar para cualquier actividad parroquial y no desea dedicar su tiempo a nada que le aparte del quehacer profesional. Con todo se plantea una pregunta: ¿y si tuviera la solución a sus dudas?, ¿y si le diera luz para el camino que está buscando?

Las horas pasan inexplicablemente lentas en el Instituto Rockefeller durante esta jornada. Pero, al fin, puede acudir a la cita concertada.

Don Josemaría le recibe cordialmente y le habla de muchos temas; también le explica en qué consiste la Obra. Años más tarde, este futuro científico, miembro de varias Academias, conferenciante asiduo en las reuniones de más alto nivel técnico, Catedrático de Física y Química, y profesor de dos Universidades americanas, escribirá:

«La impresión que me produjo fue muy intensa. Se veía su santidad, las virtudes sobrenaturales que tenía, y también sus virtudes humanas de cordialidad, fortaleza, fuerza de voluntad, alegría y, sobre todo, un extraordinario sentido del humor. Además, mostraba horror a toda clase de ostentación, a todo lo que pudiera parecer extraordinario (…). Me dijo solamente que la Obra no era una obra puramente humana, que no era un grupo de hombres buenos que se reúnen para hacer una cosa buena: eso es mucho, pero es poco. La Obra es una cosa sobrenatural, que Dios quiere.

(…) A pesar de que yo llevaba tantos años sin ver claro, fue tal la impresión que me produjo el Padre, y la tranquilidad y la paz al mismo tiempo, que me decidí a pedir la admisión en la Obra inmediatamente y sin ningún género de duda»(8).

Más tarde intentará comunicar esta certeza que le inunda a sus amigos. Y cuando expone su entusiasmo, alguno le responde: «Pero… ¿y los medios?».

Cuando traspasa al Padre este interrogante, don Josemaría Escrivá, sin pararse a pensarlo, responderá aquello que un día va a quedar escrito en el punto 470 de «Camino»:

«-Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio…-¿Acaso te parecen pequeños?».

En verdad no tienen ningún medio material. Pero José María G. B. aprenderá del Fundador a confiar plenamente en la Voluntad de Aquel que ha escrito ya la historia de la Obra sobre el mundo. Y con su trabajo incesante contribuirá a abrir los caminos de Dios.

En 1933 encontrará el piso bajo de la calle de Luchana donde va a instalarse la futura Academia DYA. Y aportará para sacar adelante este empeño todos los ahorros que tiene en una cartilla de Banco. Así se paga el primer alquiler. Como anécdota, José María G.B. recuerda que, a los dos días, el Banco anunció suspensión de pagos por quiebra. La Academia había iniciado su andadura con el tiempo justo.

En los primeros tiempos de la Obra en Madrid, José María G.B. será testigo de la dedicación, del espíritu y el esfuerzo del Padre. Recordará siempre la formación espiritual y humana que recibe del Fundador a lo largo de esta etapa. Además, impulsado por su estímulo, no descuida su dedicación profesional e interviene, a pesar de su juventud, en congresos y reuniones de la Sociedad Española de Física y Química.

Acompañará al Padre en múltiples avatares de la guerra civil, y, cuando concluya el conflicto, visitará con él los restos de la Residencia de Ferraz 16. Allí mismo, sobre un montón de escombros, don Josemaría Escrivá de Balaguer improvisará una meditación sobre la generosidad en la entrega total a Dios. Y les hará ver que está contento a pesar de que a la Obra no le queda ninguna cosa más que las ruinas sobre las que están rezando. Desde este punto de partida, todo volverá a empezar con mayor fuerza que antes.

Durante uno de los viajes a que le obliga su constante actividad científica, José María G. B. tiene la oportunidad de ser recibido en Roma por el Papa Pío XII. La audiencia se desarrolla alrededor del mediodía y puede hablar con Su Santidad hasta de amigos comunes: Pío XII ha sido Nuncio en Alemania y conoce al profesor Euken de Góttingen, con quien trabaja actualmente José María. Este punto de encuentro alemán es la Universidad más importante en estudios de Física y Matemáticas. Aquí escribirá este doctor, miembro del Opus Dei, una de sus obras fundamentales: «Distance space and time». Y además va a traducir «Camino» al alemán para enviárselo al capellán de la Universidad.

En 1946, enviado por el Fundador, llega a Nueva York como pionero de la Obra en Estados Unidos. Cargado con un gran arsenal de libros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, sabe, sin embargo, que su mejor equipaje es la bendición con que el Padre le ha despedido camino de un nuevo continente. Sus primeros contactos son difíciles. Un día que sale de la Delegación Apostólica en Washington, ve al otro lado de la Massachusets Avenue el Observatorio Astronómico de la Marina Naval. Y se le inunda la memoria con el recuerdo de su querida Residencia de Ferraz. Porque allí, en un respostero se leía: “Per aspera ad astra” -por lo áspero a las estrellas-. Y el estímulo de esta frase -que también campea en el escudo de los Estados Unidos- vuelve a acelerar su ánimo.

Durante algún tiempo trabajará en la Harvard University y en la Columbia University. Pero no podrá desarrollar su verdadera especialidad en fenómenos de velocidades ultrarrápidas hasta que no consiga un contrato en el National Bureau of Standards. Al fin, por lo difícil -áspero- empieza a llegar a las estrellas. Sus relaciones con científicos de la talla de Enrico Fermi, o de Raman, el primer premio Nobel de la India, no impedirán su dedicación a instalar una Residencia para estudiantes en Chicago, ni la traducción de «Camino» al inglés con un preámbulo escrito por el Cardenal Stritch.

Antes de 1949 el Fundador enviará a los Estados Unidos a Pedro Casciaro. José María G.B. le acompañará a través del Canadá, buscando nuevos horizontes para el Opus Dei.

Cuando uno de los tres primeros sacerdotes de la Obra, don José Luis Múzquiz, llegue para dejar su vida en la inmensidad de esta América del Norte, José María G.B. le acompañará con mayor ilusión e intensidad de las que ha puesto en ningún otro encuentro humano o científico. Porque en la raíz de todo su quehacer permanece intacta aquella vocación por la que rezaba un sacerdote joven, en el año 1928 y en la iglesia del Patronato de Enfermos: ganar el mundo para Cristo santificándose en el trabajo, santificando el trabajo y santificando a los demás con el trabajo.

La aventura de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Aquella frase que don Josemaría oyera en los años de adolescencia sigue repiqueteando en su alma ahora que la misión de Dios está clara y ha de buscar en el mundo gentes que entiendan este mensaje: «Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?… ». El ansia apostólica le impulsa, y sus condiciones humanas facilitan la amistad con muchachos de muy variada procedencia: estudiantes universitarios, obreros, artistas, sanitarios, etc. Durante sus frecuentes visitas a los pobres, en las casas y en los hospitales, encuentra a algunos que han tomado conciencia de la ayuda que es necesario ofrecer; y, otras veces, es don Josemaría quien lleva hasta los lugares donde se consuman el dolor y la soledad de los pobres a estos jóvenes que se aproximan a su apostolado.

Testigos presenciales de aquellos años, como José Manuel Doménech, Jenaro Lázaro y otros, han dejado constancia de la impresión que les causaba este sacerdote durante tantas jornadas al servicio y amor al prójimo. Jamás intenta desgajarles de sus actividades habituales hacia una caridad mal entendida y sentimental que les aparte de su diaria obligación; por el contrario, les anima a emplearse a fondo en su tarea profesional, en el estudio y en el trabajo. Tiene la seguridad de que el único modo de remediar los daños del mundo es una auténtica renovación interior, una donación constante a Dios y a la sociedad a través del perfecto cumplimiento de sus deberes de estado. Y si alguno se siente impulsado a la aventura de seguir más de cerca a Cristo, le habla serena y apasionadamente de los horizontes apostólicos y de los divinos caminos de la tierra que Dios quiere abrir con el concurso de sus vidas.

Y allí, en contacto con la miseria y el abandono, comprenden la necesidad de entregarse a fondo, de poner la Cruz de modo personal, responsable y auténtico, en la cumbre de las actividades humanas, en lo más alto de su entrega y de su sacrificio. Sólo así la vida se convierte en un acto de servicio a los demás.

Ellos verán, en este joven sacerdote, un instrumento fiel movido por las manos de Dios para abrir caminos de santidad en medio del mundo. Les explica que el Opus Dei va a ser como «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»(8), inundando todo tipo de profesiones, personas y niveles sociales. No les pasa inadvertido su espíritu de oración, su modo de rezar, de adorar a Dios en la Eucaristía. Compartir con don Josemaría esta época llenará su experiencia de recuerdos profundos y entrañables; será, sin duda, una especial gracia de Dios para todos ellos.

Hay un grupo que le acompaña siempre en sus actividades apostólicas. En el Hospital General(9) frecuentan las salas atestadas de enfermos: son habitaciones comunes, con dos hileras de camas separadas por una mesita de noche, y a veces solamente por una silla. En el centro de la sala también se instalan más camas. Charlan con los enfermos, les lavan, les cortan las uñas, les peinan. Y, sobre todo, les dicen unas palabras de cariño, les hacen compañía. En ocasiones, les llevan algo divertido para leer, o un paquete de contenido apetitoso, de lo que no acostumbran a disfrutar habitualmente. Y lo compran con los escasos recursos que salen del bolsillo de este grupo amistoso.

A todos, a los muchachos y a los enfermos, les pide don Josemaría, de continuo, su oración y su sacrificio por algo de Dios que tiene que salir adelante. Y les confirma en la seguridad de que, si ellos lo piden, el Cielo no podrá negarse.

«No olvidéis que los enfermos son muy gratos a Dios, que su oración es escuchada y sube a la presencia del Señor»(10).

Una vez que el Señor le ha hecho ver la misión de la Obra en el mundo, tiene tal convencimiento de que «el cielo está empeñado en que se realice»(11), que no cesa de pedir y mendigar esta constante plegaria a todos cuantos tienen la buena voluntad de dirigirse a Dios cada día.

En una calle determinada de Madrid, se cruza a menudo con otro sacerdote, muy joven… Un día el Fundador le para, aunque no le conoce, y le pregunta:

-«¿Va usted a celebrar Misa?» -”Sí”

-«¿Podría usted rezar por una intención mía?»

El otro se le queda mirando, como asombrado, y le contesta:

-«Sí, con mucho gusto»(12).

Con el pasar del tiempo, llegaron a ser muy amigos. Este sacerdote era don Casimiro Morcillo, futuro Arzobispo de la diócesis de Madrid.

En el Hospital de la Princesa trabaja el profesor Blanc Fortacín, Catedrático de la Facultad y conocida personalidad médica en el mundo madrileño. Un día habla de don Josemaría a sus ayudantes como «un gran sacerdote, pariente y paisano mío». Y en otra ocasión les dirá que pertenecía a, «una familia de mucho abolengo» y que «había sufrido un importante quebranto económico » (13).

Un médico de este Centro, el doctor Canales Maeso, recuerda sus primeros contactos con don Josemaría en el año de 1932: «Me llamó profundamente la atención desde el primer momento que conocí al Padre, su elegancia natural, su esmerado trato social, su presencia agradable y su gran simpatía (…).

Desde el día en que me presentaron al Padre, lo veía con mucha frecuencia por las mañanas en el Hospital, por los años 1933-34. Iba de sala en sala (…) con cariño y una simpatía que encantaba al personal sanitario y a los enfermos. Lo veía a distintas horas de la mañana, por lo que deduzco que debía estar tres o cuatro horas»(14)

La encargada de la Farmacia comenta, un día cualquiera, con los médicos:

-«Qué buena persona, qué simpático, tan joven. Es un santo » (15).

Y los practicantes de la sala de enfermedades dermatológicas aprecian el valor y el sacrificio de este hombre de Dios que se acerca a los casos más graves sin arredrarse por las lesiones que presentan algunos pacientes.

Don Josemaría emplea su tiempo generosamente con todos. Desde siempre, para él, un alma es algo precioso ante los ojos de Dios, ya que por cada una ha derramado Cristo su Sangre. Se interesa también por los problemas humanos de los chicos que trata habitualmente, conoce a sus familias, sigue las vicisitudes de su trabajo o de sus estudios. Siente y prodiga auténtica y sincera amistad.

Uno de estos muchachos, comprometido tras los sucesos políticos del levantamiento del 10 de agosto de 1932, ingresa en la cárcel Modelo y queda incomunicado rigurosamente. Dos días más tarde, el oficial de prisiones grita su nombre frente al postigo de la puerta. Se asoma y, a su través, le entrega un sobre. Cuando lo abre, encuentra un Oficio Parvo de Nuestra Señora en el que va escrita la siguiente dedicatoria:

Beata Mater et intacta Virgo, gloriosa Regina Mundi, intercede pro hispanis ad Dominum.”
A José M. Doménech, con todo afecto. Madrid. agosto.932. José Ma Escrivá(16)

El estudiante le había contado en cierta ocasión que conocía y rezaba el Oficio Parvo de la Virgen. Durante los días de prisión, leerá con más devoción que nunca las oraciones tan queridas desde su infancia. Conserva a partir de entonces, como reliquia, este pequeño libro que don Josemaría le hizo llegar, venciendo mil dificultades, hasta aquella celda incomunicada en la cárcel.

No es la primera vez que visita las cárceles, ni será la última. A la hora de la persecución está junto a quien le necesita, sin banderías ni fronteras. Ajeno a las suspicacias desfavorables que pueda acarrearle su actitud. Jamás tiene en cuenta el riesgo personal. En esta ocasión, acude a ver a los estudiantes encarcelados vestido con traje talar. A través de las rejas del locutorio de presos políticos se interesa vivamente por sus necesidades materiales y espirituales. Insiste en que ocupen su tiempo libre en algo útil, que no pierdan la alegría de los que enarbolan la fe del apóstol Pablo: “Omnia in bonum!” Todo es para bien.

Y así, les empuja a convivir leal y sinceramente con todos los presos de signo contrapuesto que ocupan las cárceles en estos momentos.

-«Ahora tenéis ocasión de charlar con ellos, conversando con cada uno, con respeto y cariño» (17).

Mientras tanto, un grupo de chicas visita a otra enferma de 32 años. Es un alma que participa ya del espíritu del Opus Dei; que ofrece a Dios, en esta batalla de amor y de paz, todos los sufrimientos por las intenciones de don Josemaría. A Antonia Sierra no le acompaña familia alguna en el Hospital; se le presentan hemoptisis frecuentes y conoce que no puede vivir mucho tiempo. Recibe con alegría los detalles, los pequeños regalos que le ofrecen fraternalmente aquellas muchachas que llegan hasta su cama. Sabe que los caminos que ella no podrá andar se están abriendo al golpe de pisadas que encuentran su apoyo en el amor y la fe de los enfermos.

Así descubrieron los primeros del Opus Dei las armas con que Dios empieza y termina sus empresas. Y lo vieron, no sólo en el contacto con los pobres, sino también en el ejemplo de su Fundador que apoyaba su fortaleza en la oración y el sacrificio.

«El dolor: ¡aprovéchalo! Aprovecha la inocencia de los niños, el dolor de los enfermos, el candor de las viejitas, y sus suspiros ahogados en la oscuridad de la iglesia… Aprovéchalo todo. Y aprovecha las pequeñas contradicciones que no nos faltan, cuando somos mal entendidos, cuando parece que nos desprecian»(18).

El mensaje de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A partir del 2 de octubre de 1928, el Fundador del Opus Dei predica, con clarividencia y fuerza inconmovibles, la santidad de los laicos en medio del mundo, en el trabajo profesional, en la familia, en todas las encrucijadas de los hombres.

Esta espiritualidad se apoya sólidamente sobre la filiación divina, la identificación con Cristo y la seguridad protectora de la Providencia en los azares de la vida humana. Y de ella brota una consecuencia inmediata: la fraternidad universal en Aquel que es Hermano mayor de los hombres, Jesucristo.

La alegría inevitable de este descubrimiento, de este nuevo sentido que orienta las realidades del mundo, lleva al cristiano a un deseo de comunicación gozosa, de participación de sus propias convicciones. Por tanto, la llamada de Dios es esencialmente apostólica, proselitista. No como táctica ni como ambición de número, sino como entrega amistosa de una verdad que no puede reducirse a un solo corazón. Es la actitud de Pablo, de Pedro, de Juan…, de los primeros discípulos. La necesidad de compartir un hallazgo que entierra, para siempre, la oscuridad y la desesperanza.

El horizonte que Dios abre al Fundador del Opus Dei reconoce a las cosas de la tierra como aptas, válidas para la santidad. Toda circunstancia humana honrada recupera el valor intrínseco de su bondad natural, de su capacidad para hacerse camino, para ser elevadas al orden de la gracia, a la unión con Dios.

Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido calificado como «pionero de la santidad de los laicos»(3). Al cabo de los siglos, volvía a recordar a la humanidad entera que el hombre había sido creado para que trabajara: “ ut operaretur” (4); “homo nascitur ad laborem et avis ad volatum”(5): nace el hombre para el trabajo y el ave para volar.

El Opus Dei viene a decir que la ocupación habitual, la vida ordinaria, son materia para la participación diaria, esforzada, en la Redención de Cristo. Y este trabajo es santo en la medida en que se configura como un acto de servicio a las almas y un encuentro de amor con Dios. «Santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo»(6) es el quicio sobre el que gira toda la espiritualidad del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer despoja al quehacer cotidiano de cualquier carga negativa, y recupera aquel valor que aparece en el Evangelio según San Juan:

«Y les dice Pedro: “Vado piscari”. Voy a pescar. Va a ejercer su trabajo profesional. Las cosas grandes pasan ahí. Es una cosa grande hacer cada día el trabajo ordinario. Esta es la raíz de nuestra ascética. Y los demás le responden: “Venimus et nos tecum“, vamos también nosotros contigo” (7)

Los llamados a realizar la plenitud del mundo en Cristo deben lograr del contacto con las situaciones diarias una conciencia íntima y profunda de la presencia de Dios que les desborda en cada encuentro. Así, «deifican» el mundo. Esto es elevar todo al orden de la gracia: situar de un modo permanente a Dios en el corazón, espacio y tiempo de las criaturas.

Así mirada, cualquier tarea resulta apasionante. Es el idéntico quehacer de cada día, evadido de la rutina por el amor que se agazapa tras los minutos, los cansancios y las limitaciones de todo lo contingente.

Un nuevo hermano

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Josemaría ha sentido la soledad de su padre ante la vocación sacerdotal que le ha anunciado y que, por fuerza, le llevará lejos de los suyos. Ya entonces ha tirado por la borda sus proyectos humanos. Siempre pensó estudiar Arquitectura, por su afición a las matemáticas y al dibujo y por su facilidad estética y técnica para trazar y estudiar planos. Su padre le sugiere que comparta los estudios eclesiásticos con una licenciatura civil que podía ser la de Leyes. Josemaría no desecha esta solución para el futuro; tal vez intuye que el dominio de los campos jurídicos ha de servirle más adelante para cumplir los planes de Dios.

Quizá aquel día, cuando puso en manos de don José los proyectos de su vida sacerdotal, pidió al Cielo un nuevo hijo varón para sus padres. Los ve gastados por la vida y por el trabajo. No parece probable, humanamente, que puedan cumplirse sus deseos. Pero él lo pide con fe. Por eso recibe una alegría grande, en los comienzos del otoño de 1918, cuando su madre les llama a Carmen y a él para decirles llena de gozo: «Vais a tener otro hermano». La noticia le colma de felicidad y le parece ver, en ese anuncio, la gracia de Dios, porque no duda en ningún momento de que será un varón.

Observa,cómo su padre multiplica el esfuerzo para ahorrar trabajo a su madre y hermana. Y también le habrá de notar feliz y rejuvenecido por el acontecimiento que se aproxima. No tienen muchos amigos en la ciudad ni vive aquí pariente alguno. Por eso, la espera de este nuevo hijo les une todavía más y pone gran expectación en el ambiente familiar.

La Navidad de 1918 debió ser especialmente grata por la cercanía de la fecha tan esperada. Doña Dolores conserva, frente a los avatares del tiempo, un aspecto juvenil y una serenidad inalterable.

A principios de 1919, la familia Escrivá se traslada a una casa situada en la calle Canalejas. Es también un cuarto piso, pero tiene la ventaja, sobre la anterior, de que la construcción es de mayor altura y ya no caen directamente, en el techo de la vivienda, los fríos o calores de cada estación.

Aquí la familia va a seguir su ritmo habitual de estudio y de trabajo. Doña Dolores mantiene su actividad normal. Sólo cuando llega el correo mañanero y suena fuerte el silbato en los portales, permite que su vecina, doña Sofia, le suba las cartas. Y agradece, sonriente, el favor de evitarle las fatigosas escaleras. Un día cualquiera, esta buena mujer que ocupa el piso superior tiene que entrar hasta el comedor de la familia Escrivá para darles un recado urgente. Y se asombra del detalle y la gracia con que está puesta la mesa. Es que las contrariedades económicas y el trabajo acumulado no han hecho mella alguna en la condición y el cuidado afectuoso de la señora de la casa(13).

Por fin, el 28 de febrero, a las ocho de la mañana, nace un varón que será bautizado, dos días más tarde, en la Parroquia de Santiago. Son testigos de Bautismo don Marcos López y don José Ruiz; padrinos del niño serán sus tíos Florencio Albás y Carmen Lamartín, representados por Josemaría y Carmen Escrivá. Junto a la pila bautismal, sostienen en brazos a este deseado pero imprevisto hermano, que ha venido a renovar la ilusión y la felicidad de estos tiempos, duros en circunstancias, de sus padres. En recuerdo del padre de su madrina, fallecido poco tiempo antes, recibe el nombre de Santiago, justo. Don Hilario Loza, cura de la Parroquia, derrama sobre él las aguas del Bautismo (14).

Durante los años académicos de 1918-19 y 1919-20, Josemaría prosigue sus estudios en el Seminario de Logroño, donde obtiene las mejores calificaciones. Sus últimos años de Bachillerato, cursados con carácter oficial en el Instituto de la ciudad, han sido superados ya con holgura y brillantez, en junio de 1918.

En septiembre de 1920, de acuerdo con sus padres, Josemaría se traslada a Zaragoza. Allí podrá continuar la carrera eclesiástica en la Universidad Pontificia, vivir en el Seminario de San Carlos y, a su tiempo, matricularse en la Facultad de Derecho.

Cuando en el próximo verano don José se acerque a Fonz, que es su lugar de origen, hablará de sus hijos a los parientes y enseñará, orgulloso, unas fotograbas: las del benjamín -como llama cariñosamente al pequeño Santiago- y las de Josemaría.

-«Este me ha dicho que quiere ser sacerdote, pero a la vez va a estudiar para abogado. Nos costará un poco de sacrificio… »(15).

Josemaría, de la mano de Dios, y respaldado por el amor y la libertad que siempre fue la gran oferta de sus padres, empezará una nueva etapa que se abre ya en el tren, camino de Zaragoza.

La santificación del trabajo

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Aquel médico de Cádiz estaba siempre rabiando en la consulta de la Seguridad Social. En noviembre de 1972 escuchó a Mons. Escrivá de Balaguer en Pozoalbero. A la salida, razonaba con su mujer:

‑Desde ahora, a cada enfermo del Seguro lo voy a tratar como si yo fuera su propia madre.

Miles de anécdotas como ésta se han repetido desde el 2 de octubre de 1928. Al calor de las palabras del Fundador del Opus Dei, hombres y mujeres de todo el mundo hemos hecho el firme propósito de santificar el trabajo. Éste era el gran mensaje que tenía que difundir entre los hombres, haciendo vivo, actual, el designio divino.

Josef Ganglberger, también médico, profesor de la Universi­dad de Viena, escribe en septiembre de 1975 cómo gracias a Mons. Escrivá de Balaguer ha conocido el valor del trabajo como medio de santificación: “Como él mismo decía, cualquier trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales, a manifestar su dimensión divina, y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la Redención del mundo: se eleva así el trabajo al orden de la gracia, se santifica, se convierte en obra de Dios”.

Y un suizo, Edwin Zobel, comenzó a tratar en 1949, por razones de trabajo, a algunas personas del Opus Dei: “En todos ellos admiraba el mismo espíritu de trabajo, trabajo serio hecho a conciencia. A mí ‑que he sido trabajador incansable durante toda mi vida‑ me sorprendía la capacidad de trabajo de aquellos chicos jóvenes”. Hasta que la fuerza del ejemplo de esas personas, que hacían los mayores sacrificios personales con una sonrisa en los labios, le movieron a orientar su vida por nuevos derroteros.

Un catedrático de Derecho del Trabajo mantenía, en el diario Informaciones de Madrid, que una de las más importantes innovaciones de Mons. Escrivá de Balaguer era precisamente su esfuerzo por unir vida cristiana y trabajo ordinario. Juan A. Sagardoy se fijaba en algunas posibles consecuencias sociales de ese espíritu: encontrar un sentido cristiano para el trabajo puede liberar y dignificar al que lo presta, en una época como la nuestra en que con tanta frecuencia sucede lo contrario, que el trabajo acaba con lo mejor del hombre.

Y Alejandro Corniero, comentarista en El Noticiero Universal de temas relacionados con el trabajo y la justicia, improvisaba estas línas el viernes 27 de junio de 1975: “Este hombre muerto ayer dedicó su existencia a ayudar a la gente a realizar su destino sobrenatural por la humana vía de ser más trabajadores y más justos. Enseñó que trabajar con autenticidad es amar el propio quehacer profesional y realizarlo con afán de obra bien hecha. Enseñó que una manera de hacer justicia con autenticidad es poner también aquel afán en el cumplimiento de toda clase de deberes: porque ‑fijémonos bien‑ en la raíz de toda injusticia se encuentra la negación ola limitación del derecho de otros y esta situación se produce cada vez que alguien, obligado frente ¿f ese otro o, genéricamente, frente a la sociedad, incumple ese deber. De tal forma, que si todos cumpliéramos nuestras obliga­ciones, la injusticia sería erradicada: así como suena”.

A Noel Zapico, conocido dirigente laboral español, le parece de justicia señalar “la decisiva aportación de Monseñor Escrivá de Balaguer para que los cristianos sepamos descubrir el sentido humano y sobrenatural del trabajo”.

De este convencimiento participan hoy miles de personas en todo el mundo, que por la predicación y el ejemplo del Fundador del Opus Dei han aprendido que sus desvelos en el trabajo o en la vida de familia pueden convertirse en verdadero servicio a Dios y a los demás. Como corrobora un trabajador madrileño, Juan Muñoz Batanero, vigilante de fincas urbanas, “nos ha hecho un gran bien a muchas personas que, como yo, se dedican a trabajos muy corrientes y pueden pensar que no sirven para casi nada”.

Pero está claro que este enfoque de la vida cristiana no se circunscribe a una época histórica. Es de suyo universal, porque, mientras haya hombres en la tierra, los hombres trabajarán. De manera que, con y desde el trabajo, se abre una vía de santi­ficación en la que caben todos los hombres, de todos los tiempos, de toda cultura. No es preciso cambiar de sitio para buscar la santidad.

Santificar el trabajo exige respetar el orden de la naturaleza de las cosas creadas, la autonomía legítima de lo temporal, porque ‑lejos de todo atisbo teocrático‑ el reino de Dios es una realidad en el corazón de los cristianos, que vivifican el alma de la sociedad entera ‑sin dogmas ni carriles de dirección única‑, cuando pug­nan porque Cristo reine en el centro de su vida ordinaria. El Fun­dador del Opus Dei esclareció muchas veces aquella luz que Dios le hizo ver en los primeros tiempos de la Obra:

Cuando un día, en la quietud de una iglesia madrileña, yo me sentía :nada! ‑no poca cosa, poca cosa hubiera sido aún algo‑, pensaba: ¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla? Y alzaba la Sagrada Hostia, sin distracción, a lo divino… Y allá, en el fondo del alma, entendí con un sentido nuevo, pleno, aquellas palabras de la Escritura: Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann., XII, 32). Lo entendí perfectamente.

El Señor nos decía: ;si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño…, entonces, omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!

El propio Fundador explicó esta idea central en infinidad de ocasiones con palabras precisas y atrayentes. He aquí algunas, entresacadas de varias de sus respuestas a diversos periodistas, que fueron publicadas en un libro con el título conocido de Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer:

El Señor suscitó el Opus Dei en 1928 para ayudar a recordar a los cristianos que, como cuenta el libro del Génesis, Dios creó al hombre para trabajar. Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

El espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima ‑olvidada durante siglos por muchos cristianos‑ de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. En el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia.

Para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto (Mt., V, 48). Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.

Las condiciones de la sociedad contemporánea, que valora cada vez más el trabajo, facilitan evidentemente que los hombres de nuestro tiempo puedan comprender este aspecto del mensaje cristiano que el espíritu del Opus Dei ha venido a subrayar. Pero más importante aún es el influjo del Espíritu Santo, que en su acción vivificadora ha querido que nuestro tiempo sea testigo de un gran movimiento de renovación en todo el cristianismo. Leyendo los decretos del Concilio Vaticano II se ve claramente que parte importante de esa renovación ha sido precisamente la revaloración del trabajo ordinario y de la dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo.

Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas. Las implicaciones de ese mensaje son muchas y la experiencia de la vida de la Obra me ha ayudado a conocerlas cada vez con más hondura y riqueza de matices. La Obra nació pequeña, y ha ido normalmente crecien­do luego de manera gradual y progresiva, como crece un orga­nismo vivo, como todo lo que se desarrolla en la historia.

Pero su objetivo y razón de ser no ha cambiado ni cambiará por mucho que pueda mudar la sociedad, porque el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier trabajo honesto, sean cuales fueran las circunstancias en que se desarrolla.

Hoy forman parte de la Obra personas de todas las profesio­nes: no sólo médicos, abogados, ingenieros y artistas, sino también albañiles, mineros, campesinos; cualquier profesión: desde directores de cine y pilotos de reactores hasta peluqueras de alta moda. Para los socios del Opus Dei el estar al día, el comprender el mundo moderno, es algo natural e instintivo, porque son ellos ‑junto con los demás ciudadanos, iguales a ellos‑ los que hacen nacer ese mundo y le dan su modernidad.

En un extenso artículo, que publicó el diario Avvenire de Milán, el 26 de julio de 1975, el Cardenal Baggio subrayaba la idea: santidad para el hombre de la calle, no ideal para privi­legiados; lo que a muchos pareció herejía, después del Concilio Vaticano II  se había convertido en principio indiscutible: “Lo que continúa siendo revolucionario en el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer es la manera práctica de orientar hacia la santidad cristiana a hombres y mujeres de toda condi­ción, en una palabra: al hombre de la calle.

“El modo de concretar, en la práctica, este mensaje se basa en tres novedades características de la espiritualidad del Opus Dei: 1) ante todo, los seglares no deben abandonar ni despreciar el mundo, sino quedarse dentro, amando y compartiendo la vida de sus conciudadanos; 2) quedándose en el mundo, los seglares deben saber descubrir el valor sobrenatural de todas las normales circunstancias de su vida, incluidas las más prosaicas y materia­les; 3) en consecuencia, el trabajo cotidiano ‑es decir, el que ocupa la mayor parte del tiempo y caracteriza la personalidad de la mayoría de las personas‑ es lo primero que hay que santificar y el primer instrumento de apostolado”.

Mons. Escrivá de Balaguer ha enseñado siempre que los laicos han de seguir el ejemplo de los primeros cristianos: en aquella época los fieles se esforzaban por vivir el Evangelio quedándose en el mundo, y participando plenamente en todas las actividades honestas de la sociedad. Y así como los primeros cristianos ‑hombres y mujeres, jóvenes y viejos, patricios, ple­beyos y esclavos‑ se santificaron en su vida cotidiana y convir­tieron el mundo pagano, igualmente los cristianos de hoy, si no tienen una vocación al estado religioso, están llamados a santifi­car el mundo desde dentro.

¿Tendré que volver a afirmar ‑aseguraba en 1967‑ que los hombres y las mujeres, que quieren servir a Jesucristo en la Obra de Dios, son sencillamente ciudadanos iguales a los demás, que se esfuerzan por vivir con seria responsabilidad ‑hasta las últi­mas conclusiones‑ su vocación cristiana? Nada distingue a mis hijos de sus conciudadanos.

No escapaban a Mons. Escrivá de Balaguer las consecuencias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical:

Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo ‑y no sólo el templo‑ es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando ‑con plena libertad‑ sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en conse­cuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida.

Y he aquí, en este punto, su acusada aversión a todo tipo de clericalismo: Pero a ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos proble­mas. ;Esto no puede ser, hijos míos! Esto seria clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas.

Esta pasión por la libertad es una herencia rica y fecunda que el Fundador del Opus Dei deja a los socios de la Obra y a todos los cristianos:

Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentali­dad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:

a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;

a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen ‑en materias opinables-soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;

y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de Nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías hu­manas.

El valor cristiano de la vida ordinaria lo realza así en esa Homilía de 1967 en el campus de la Universidad de Navarra: Yo solía decir a aquellos universitarios y a aquellos obreros que venían junto a mí por los años treinta ‑y el Cardenal Baggio observa aquí que faltaban otros tantos años y más para la Cons­titución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano ll‑ que tenían que saber materializar la vida espiritual. Quería apartar­los así de la tentación, tan frecuente entonces y ahora, de llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser ‑en el alma y en el cuerpo‑ santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales.

Y el Fundador del Opus Dei insistía, consciente de la novedad de ese planteamiento:

El auténtico sentido cristiano ‑que profesa la resurrección de toda carne‑ se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu.

El trabajo es, pues, la materia prima que hay que santificar, el instrumento de la santificación propia y de la santificación de los demás. La vida del cristiano no se construye con idealismos desencarnados, sino con esfuerzos concretos para la realización de una sociedad más justa, esfuerzos que ennoblecen todas las actividades humanas, desde las más vistosas a las más humildes e inadvertidas. Mons. Escrivá de Balaguer glosaba con frecuencia los conocidos textos de San Pablo: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”… “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios”:

Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra ‑como sabéis‑ en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres al poner amor en las cosas pequeñas de vuestra jornada habitual, descubriendo ese algo divino que en los detalles se encierra.

En una Homilía titulada Hacia la santidad ampliaba: Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, que los pasos del cristiano no se separan de la misma vida humana corriente y habitual. Y que esta santidad grande, que Dios nos reclama, se encierra aquí y ahora, en las cosas pequeñas de cada jornada.

Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la casa del Cielo, a nuestra Patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificul­tades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo co­rriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ;es tan sencillo, tan ordinario!

Y hablando de los socios del Opus Dei, que procuran encarnar este mensaje nuevo ‑y sin embargo tan sencillo y natural‑ de la santificación del trabajo ordinario, el Fundador de la Obra especificaba en aquella Homilía de 1967:

Quienes han seguido a Jesucristo ‑conmigo, pobre peca­dor‑ son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo (…) y la gran muchedumbre formada por hombres y mujeres ‑de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas‑ que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad ‑repi­to‑, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fun­didos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares.

Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.

TRABAJO PARA TODO EL AÑO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante mi veraneo en el balneario de El Pinar, en Uruguay, una señora vino la primera semana a ayudarme en la limpieza de la casa. Conversando con ella, me dijo que era católica. Aproveché la oportunidad para darle la Hoja Informativa y una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer, diciéndole que rezase la oración siempre que pudiera, pues le ayudaría mucho. Ella me respondió:

–Dios quiera que me ayude a conseguir un trabajo estable para todo el año, ya que lo necesito mucho. Mi marido no gana lo suficiente y queremos terminar la casa donde vivimos, pues la estamos construyendo nosotros.

Antes del fin de semana regresó para decirme:

–Señora, el Padre de su estampa es milagroso; me han llamado de una confitería para hacerme cargo de la cocina durante todo el año. Vengo a despedirme porque no la podré ayudar, pero le mando una señora que también necesita trabajo. Ella se hará cargo de la limpieza de la casa, durante las horas que usted desee.

También me dijo que antes le había sido imposible encontrar trabajo, y que desde que el Fundador del Opus Dei le concedió este favor, ha comenzado a rezar diariamente la oración de la estampa.

TRABAJO PARA TODO EL AÑO

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Durante mi veraneo en el balneario de El Pinar, en Uruguay, una señora vino la primera semana a ayudarme en la limpieza de la casa. Conversando con ella, me dijo que era católica. Aproveché la oportunidad para darle la Hoja Informativa y una estampa con la oración para la devoción privada a Mons. Escrivá de Balaguer, diciéndole que rezase la oración siempre que pudiera, pues le ayudaría mucho. Ella me respondió:

–Dios quiera que me ayude a conseguir un trabajo estable para todo el año, ya que lo necesito mucho. Mi marido no gana lo suficiente y queremos terminar la casa donde vivimos, pues la estamos construyendo nosotros.

Antes del fin de semana regresó para decirme:

–Señora, el Padre de su estampa es milagroso; me han llamado de una confitería para hacerme cargo de la cocina durante todo el año. Vengo a despedirme porque no la podré ayudar, pero le mando una señora que también necesita trabajo. Ella se hará cargo de la limpieza de la casa, durante las horas que usted desee.

También me dijo que antes le había sido imposible encontrar trabajo, y que desde que el Fundador del Opus Dei le concedió este favor, ha comenzado a rezar diariamente la oración de la estampa.


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