“Live the Family – Home zoom ”

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Bajo el marco “Live the Family”, desde hace 3 años, en el congreso “Incontro Romano” que tiene lugar en Roma durante la Semana Santa, se ha tratado sobre el hogar como ámbito en torno al que surge la familia, y el trabajo doméstico como una de las causas que contribuyen a crear su atmósfera propia.

“Home Management” se centró en la gestión doméstica de la casa, las consecuencias personales y sociales de una adecuada competencia profesional.

 

Opus Dei - Las  participantes acudieron a Roma desde diversos países.
Las participantes acudieron a Roma desde diversos países.

En el 2007, “Home art” resaltó las cualidades artísticas, la sensibilidad y las destrezas necesarias para este trabajo. Para cerrar el ciclo, el Incontro Romano 2008 tuvo como título “Live the Family – Home Zoom”. Se trataba de una aproximación de carácter sociológico y de opinión pública al trabajo del hogar.

Opus Dei - Estudiantes  de la Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón) presentaron un estudio  basado en cómics.
Estudiantes de la Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón) presentaron un estudio basado en cómics.

La literatura, el estudio de civilizaciones, el análisis de una serie de películas y de programas de televisión, han sido los referentes de las ponencias presentadas durante estos días. Destacó el estudio realizado sobre cómics de Mikawa Cooking School de Nagasaki (Japón).

Elisabetta Ciavarella, vicepresidenta de la Cooperativa Social Educatica ELIS, bajo cuyo patrocinio se realiza el Congreso, resaltó que el espíritu de servicio –tan manifiesto en el trabajo del hogar- es el eje central de todo trabajo humano, y la base del trabajo educativo que promueve el ELIS.

Como señalaba san Josemaría Escrivá:

“Las tareas profesionales —también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden— son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera…
 

Opus Dei - Una ponente  del Atlantika Cultural Centre, de Lagos (Nigeria).
Una ponente del Atlantika Cultural Centre, de Lagos (Nigeria).

- Para un cristiano, estas perspectivas se alargan y se amplían aún más, porque el trabajo -asumido por Cristo como realidad redimida y redentora- se convierte en medio y en camino de santidad, en concreta tarea santificable y santificadora”.

La conferencia principal corrió a cargo de M. Angeles Nogueras, presidente de la asociación holandesa O.F.A. (Organización, Familia e Iniciativa).

Marta Brancatisano cerró la jornada con una intervención en la que destacó la personalidad que se requiere para desempeñar un trabajo que, en la mayoría de los casos, aún suponiendo un gran beneficio para todos, pasa oculto.

Portico Books

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Portico Books es una librería de Sydney en la que procuran ofrecer una selección de libros con buena doctrina, que poco a poco va despertando el interés del público, también a través de Internet

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Muchos de los nuevos clientes provienen del website, que da acceso a una amplia información bibliográfica sobre espiritualidad y educación de los hijos. Muchos optan por visitar luego la librería; otros siguen en contacto por teléfono o e-mail.

Portico espera servir a la Iglesia ofreciendo nuevos recursos cuidadosamente seleccionados según las exigencias de cada cliente. Las visitas a la librería son oportunidades para ayudar a la gente a entender mejor la fe a todos los niveles, ya se trate de un sacerdote que pregunta por el Comentario al Código de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra o de una madre de familia en busca de un regalo para la Primera Comunión de su hijo.

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En la mayoría de los casos, este contacto inicial lleva a una relación duradera. Un sacerdote del norte de Nueva Gales del Sur localizó la librería en internet y descubrió la posibilidad de pedir libros on line. En el espacio de una hora se recibieron en Portico cuatro pedidos suyos, ya que cada vez descubría algo más que añadir. A los pocos días se presentó en persona y pasó largo rato revisando todo. Con ocasión de un viaje de promoción a Brisbane, Portico puso un stand en su parroquia, lo que permitió hablar con la gente sobre buenas lecturas. El sacerdote, por su parte, lo comentó con colegas suyos de la zona, y la voz se corrió hasta las catequistas y bibliotecarias, que quedaron encantadas de encontrar buen material para su trabajo.

Otros sacerdotes han invitado a Portico a poner stands en sus parroquias para introducir a sus feligreses en la lectura espiritual. Entre otras cosas, se ha podido hablar del mensaje del Fundador de la Opus Dei —la búsqueda de la santidad en la vida ordinaria— a mucha gente. Una señora de una de estas parroquias rurales compró un libro de homilías, y desde entonces sigue en contacto, satisfecha de haber descubierto a San Josemaría. Portico ofrece también muchas otras publicaciones populares: libros sobre oración mental y los sacramentos, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, comentarios sobre la liturgia aplicada a la vida espiritual…

Además, el público tiene la posibilidad de asistir a Book Parties en hogares privados. En esas ocasiones se habla con más detalle sobre libros apropiados a las características de cada grupo. De este modo se ha llegado a gente no católica o no cristiana, o bien cristiana que no practica su fe. Una madre no católica de la zona meridional de Nueva Gales del Sur estaba feliz de comprar libros sobre los sacramentos para que su marido, católico, pudiera explicar a sus hijos su fe.

La buena lectura, por otra parte, se ha mostrado como una gran ayuda en la trayectoria espiritual de todo tipo de gente. Se comprueba también que a veces personas que han tenido una buena biblioteca no están al día de nuevos títulos, especialmente para niños y padres de familia.

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En esos casos, les suele dar mucha alegría encontrar buenos productos: guías para el examen de conciencia; libros ilustrados sobre la historia de la devoción a la Sagrada Eucaristía; preguntas y respuestas sobre las enseñanzas de la Iglesia acerca del amor y el matrimonio; publicaciones con argumentos de credibilidad en relación con la existencia de Dios para adolescentes…

Madrid, 17 de octubre de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid, está llena a rebosar. Cuando Mons. Escrivá sale de la sacristía para celebrar la Santa Misa, le embarga una gran emoción al contemplar la multitud de fieles, en su mayor parte miembros de la Obra y de edades y condiciones tan variadas como la sociedad misma.

Precisamente en esta misma iglesia había celebrado su primera Misa cuando se traslada definitivamente a la capital de España un día de la primavera de 1927, al llegar procedente de Zaragoza.

En la homilía que pronuncia después del Evangelio, evoca los años ya lejanos en los que completamente solo y lleno de aquellos barruntos divinos que desembocarían en la Fundación del Opus Dei, todavía estaba lejos de imaginar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo.

La emoción, perceptible en su voz, se propaga como un eco en los corazones.

Una familia que crece

Una atmósfera similar se respiraba la víspera entre los grupos reducidos de personas que había recibido el Padre. Entre ellos, algunos empleados y obreros que venían viviendo desde hacía algún tiempo -meses o años- la vocación específica de la Obra en su trabajo ordinario, llevando a cabo un apostolado activo de presencia y testimonio en su propio ambiente.

Una voz se había alzado durante una de esas tertulias en las que el

Padre había hablado, como siempre, de la necesidad de santificarse en las ocupaciones habituales: “Padre, ¿y los que hemos sido carteristas?”

El que acababa de decir eso, provocando un estallido de risas entre los asistentes, era un antiguo ratero a quien el encuentro con un miembro del Opus Dei le había servido para “reconvertirse”. El Padre, impresionado, no le había dejado terminar: Hijo mío: a mí no me puedes robar la cartera, porque no la tengo; pero me has robado el corazón.

Dirigiéndose a todos los que se encuentran en la basílica de San Miguel, ha hecho una discreta alusión a esa anécdota del día anterior.

Sus palabras son las de siempre, pronunciadas con voz fuerte, como corresponde a las dimensiones de la iglesia: fidelidad a la vocación, renovada día a día; santificación del trabajo; continuo diálogo filial con el Señor; acción responsable en el mundo obrando siempre -según la expresión de San Pablo- con “la libertad de los hijos de Dios”; voluntad de vivir la vida cristiana en todas sus exigencias, sin miedo a basar en ese testimonio discreto y eficaz un apostolado activo y constante: que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos. No hagáis nada raro, que no es propio de nuestra vida. Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo.

Para ensanchar el afán apostólico de quienes le escuchan, el Padre les pide que recen y ofrezcan sus pequeños sacrificios diarios, así como su trabajo, por la fecundidad del apostolado en aquellos países donde la Obra está iniciando su labor. Piensa seguramente en Colombia, en Venezuela y en Chile, donde algunas hijas suyas acaban de establecerse para trabajar profesionalmente y ejercer el apostolado. Piensa también en el Uruguay, donde se ha iniciado la labor en 1956, y en Suiza -concretamente en Zurich-, donde trabajan desde ese mismo año un sacerdote que había ejercido antes como médico psiquiatra, don Juan Bautista Torelló, y un joven arquitecto, Pedro Turull. Y en Brasil, adonde han llegado los primeros en marzo de 1957; y en Austria, y en Canadá… Y en el Perú, donde otro médico, sacerdote desde 1951, don Ignacio Orbegozo, ha sido nombrado por el Santo Padre prelado nullius de un amplio territorio de 13.000 kilómetros cuadrados, en medio de los Andes, entre picachos de más de 5.000 metros de altitud… Y en Kenya, y en el Japón, donde hay hijos suyos desde 1958…

Por lo que se refiere a España, cuna de la Obra, el desarrollo es tan considerable que para procurar ver a todos sus hijos e hijas y decirles todo lo que les quiere decir ha recibido incansablemente grupos muy numerosos de personas.

En este mismo Madrid, donde el Padre abraza ahora a tantos hijos suyos, algunos de ellos habían fundado, hace cinco años, un club deportivo situado en aquel mismo barrio obrero de Vallecas que don Josemaría solía visitar, para ejercer su ministerio, antes de la guerra civil. El Club Tajamar no había tardado en convertirse en núcleo inicial de un Centro de enseñanza media y formación profesional que, provisionalmente, venía funcionando en unos barracones prefabricados de una antigua vaquería situada en terrenos baldíos. La influencia de este Centro en aquel barrio popular era ya considerable y con el tiempo lo sería mucho más…

En Zaragoza y en Pamplona

Este viaje a España de Mons. Escrivá de Balaguer está motivado, en realidad, por su deseo de asistir a la ceremonia en la que el Estudio General de Navarra va a ser erigido en universidad. Antes, sin embargo, tiene que detenerse en Zaragoza, pues el 21 de octubre va a ser investido doctor honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de esa ciudad…

El vasto paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebra la ceremonia, resulta insuficiente para albergar a los invitados, procedentes no sólo de Zaragoza y otras ciudades próximas, sino de numerosas provincias españolas.

En su discurso de agradecimiento, el Padre evoca los tiempos lejanos en que era seminarista en el gran Seminario de Zaragoza y los años en los que cursaba sus estudios civiles en la Facultad de Derecho. Luego, se recrea en el recuerdo de algunas personalidades aragonesas que habían destacado en la historia de Aragón, de España y del mundo.

Terminada la ceremonia, tarda media hora en llegar a una sala contigua, pues tiene que abrirse camino, casi a viva fuerza, entre la muchedumbre que abarrota el paraninfo.

Al día siguiente, celebra la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos; su emoción es grande al volver a pisar el templo donde había sido ordenado diácono y había dado la comunión a su madre por primera vez.

Y, por fin, Pamplona, objetivo principal de su viaje, la ciudad que, en 1952, había visto nacer la Universidad de Navarra, de manera modesta, pero con el propósito de llegar a convertirse en una institución de enseñanza superior muy fecunda.

A la inicial escuela de Derecho, convertida ahora en Facultad, han venido a unirse otras: la de Medicina, la de Filosofía y Letras, la de Ciencias, la de Derecho Canónico… Y una Escuela de Periodismo y otra de Enfermeras. Incorporados a la Universidad, funcionan también el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, radicado en Barcelona, y una Escuela de Ingenieros, sita en San Sebastián.

Como el Estado español tiene el monopolio de la enseñanza superior, la Santa Sede, utilizando por primera vez la facultad que le otorga el Concordato establecido en 1953, ha erigido el Estudio General de Navarra en Universidad de la Iglesia. El Fundador del Opus Dei, que iba a ser Gran Canciller de la Universidad, habría preferido que hubiese podido conservar su carácter civil, pero había aceptado de momento esta solución, porque así se lo pidieron expresamente en la Santa Sede.

La ceremonia de erección tiene lugar el 25 de octubre en una sala gótica contigua al claustro de la catedral de Pamplona y se inicia con la lectura del correspondiente decreto, fechado el 6 de agosto de 1960 y firmado por el Cardenal Pizzardo en nombre del Papa Juan XXIII. Una vez terminada la ceremonia, el Gran Canciller y el Claustro de profesores abandonan la sala, rodeados de una gran muchedumbre. Como en Zaragoza, Mons. Escrivá de Balaguer se pliega de buen grado a las exigencias del protocolo. Luego, en el nuevo Campus, situado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, asiste a la bendición y colocación de la primera piedra de la Universidad.

Pero no han terminado con eso los actos oficiales, porque esa misma tarde, en el Ayuntamiento, recibe el título de hijo adoptivo de la ciudad.

Nuevo discurso en el que, tras evocar a grandes rasgos la variedad de las tierras de España, confiesa que siente “debilidad” por Navarra. Su tono es cordial, casi íntimo…

De la plaza donde se alza el Ayuntamiento llega el murmullo de la muchedumbre, congregada para aclamar al Padre, y el sonido de una música folklórica. Mons. Escrivá de Balaguer no tiene más remedio que asomarse a un balcón, rodeado de las autoridades allí presentes. Recogido en profundo silencio, contempla a la multitud, que le ovaciona calurosamente. Muchos agitan sus pañuelos y un grupo de bailarines ejecuta una danza regional.

No se trata, sin embargo, de uno de esos homenajes convencionales -mezcla de curiosidad y simpatía- que congregan grandes muchedumbres. Aquí se palpa una intensa corriente de afecto que une al Padre con esos hombres y mujeres de toda edad y condición, que han venido, en algunos casos, desde muy lejos, para testimoniarle su cariño y su reconocimiento.

El Fundador del Opus Dei contempla a todos largamente, profundamente conturbado, casi desconcertado, como si las aclamaciones no fueran con él. Y cuando algunos empiezan a gritar “¡Viva el Padre!”, él corta aquellos vítores proponiendo gritar: ¡Viva el Papa!, ¡Viva Navarra!.

El Nuncio apostólico, Mons. Antoniutti, que asiste a la ceremonia y contempla aquel espectáculo desde el balcón, al lado de Mons. Escrivá, no puede ocultar su emoción…

A1 día siguiente, a mediodía, el Padre celebra la Santa Misa en la catedral, llena también a rebosar. Como en Madrid, dirige algunas palabras a las cinco o seis mil personas allí reunidas, hablándoles de modo fraterno, paterno, materno, con el corazón, con la mente puesta en Dios.

Recordando el Evangelio, tan viejo y tan nuevo, y su propia vocación, sus treinta y tres años de vocación en el Opus Dei, se dirige a sus hijos, a sus hijas, y también a los padres y las madres de ellos, corona del Opus Dei, para pedirles que continúen ayudando a sus hijos, con sus oraciones, a perseverar en su camino.

Finalmente, tras la acción de gracias de la Misa, durante la cual vuelve a pronunciar unas palabras, recibe a centenares de personas en el claustro de la catedral.

No se pueden poner diques al mar…

La presencia de tantos hombres y mujeres -padres y madres de familia en su mayor parte- atestigua el desarrollo de la Obra en España, aunque no han faltado las dificultades, ni todavía faltan. Las antiguas calumnias han cambiado un poco y ahora hay quienes se empeñan en confundir al Opus Dei con un grupo político, basándose en que, desde 1957, dos miembros de la Obra, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad personales, han aceptado ser ministros del Gobierno en España.

Mons. Escrivá sufre con una calumnia -a veces, voceada sin mala fe- que niega uno de los aspectos más esenciales de la vocación al Opus Dei: la libertad de pensamiento y acción de que gozan todos y cada uno de sus miembros en las cuestiones temporales. En palabras suyas, la vinculación al Opus Dei es exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra.

Por lo tanto, el Opus Dei no persigue ningún fin de carácter temporal, ni puede intervenir o solidarizarse con las actividades profesionales, sociales o políticas de sus miembros: son éstas, actividades puramente personales. Por consiguiente, un miembro del Opus Dei no tendrá otras limitaciones en su actuación temporal que las derivadas de los principios éticos comunes a todos los cristianos.

El pluralismo de pensamiento y de acción política de los miembros del Opus Dei -que proceden de países de los cinco continentes y pertenecen a los más diversos estamentos de la sociedad- lo comprenderá con facilidad quien crea sinceramente en la existencia de ideales religiosos y valores morales, capaces de hermanar a todos los hombres en una empresa común, que están por encima -muy por encima- de las divisiones políticas y sociales. Nunca lo entenderá, por el contrario, quien tenga una triste mentalidad intransigente o de partido único, dentro o fuera de la Iglesia. Quizás muchos ignoren que Mons. Escrivá, siendo fiel a la Voluntad

de Dios, por dos veces, en situaciones políticas muy diversas, se ha negado en redondo a fomentar la creación en España de un “partido católico”: en los años treinta, durante los tiempos turbulentos de la Segunda República, y diez años después, durante la posguerra. Lo que le interesa no es el éxito político o social, sino la santidad de sus hijos; si triunfan o no, es un problema suyo. Es lo que había respondido, con viveza, a un cardenal que quiso felicitarle por el nombramiento de un miembro de la Obra para un puesto relevante.

Todo está previsto para que el Opus Dei no se desvíe jamás de esta línea; sus fines son exclusivamente sobrenaturales, y se puede constatar, incluso en España, donde no están reconocidos por entonces los partidos políticos, la variedad de tendencias de aquellos miembros de la Obra que intervienen en la vida pública. Lo cual no quiere decir que no tenga que pasar algún tiempo antes de que las mentes de muchos estén dispuestas a admitir que los católicos puedan asociarse -y se asocien de hecho- para fines que no tienen nada que ver con la política…

Con todo, este deseo de dejar bien sentada la realidad de una característica esencial del Opus Dei no es una de las principales preocupaciones del Padre. Lo que verdaderamente le urge es la expansión de los apostolados por todo el mundo. Por eso, antes de regresar a Roma, se llega hasta París, para animar a sus hijos e hijas.

El Padre llega el 29 de octubre, muy cansado y, al mismo tiempo, muy contento por haber conocido y hablado con tantas personas en tan pocos días. A la primera tertulia con sus hijos, asisten tres franceses. Uno de ellos, que ha estado en Pamplona, le pregunta qué había pensado al ver la multitud que le rodeaba. El Padre responde que en su fe y en su cariño. ¡Qué fe la suya!, repite una y otra vez, refiriendo sólo a Dios aquellas manifestaciones de entusiasmo. Luego, divertido y admirado, cuenta algunas anécdotas acaecidas durante el viaje. Está claro que este encuentro con grupos numerosos de sus hijos le ha conmovido, haciéndole olvidar el sonrojo que ha experimentado al verse convertido en el protagonista, a pesar suyo.

Las anécdotas de su viaje a España se mezclan con relatos de su vida en Roma y con las noticias que le dan sus hijos sobre la marcha de la labor en Francia. El Padre se encuentra a gusto y, como siempre, lleva el peso de aquella reunión de familia.

De pronto, suena el teléfono. Llaman al Padre… Cuando vuelve, trae el rostro demudado: acaban de comunicarle que tres de sus hijos, de regreso de Pamplona, han resultado muertos en accidente de automóvil. Entre ellos, uno de los primeros chilenos, recién ordenado sacerdote.

El Padre se dirige al oratorio, donde reza un responso por el eterno descanso de sus almas; luego se queja filialmente, dolorosamente, como suele hacer en tales casos: Pero, Señor, ¿cómo te llevas a estos hijos? Con la falta que hacen… Tú sabes más. “Fíat, adimpleatur…”.

El tono de la reunión de familia cambia. El Padre habla del Cielo y pide a los que le rodean que acudan a la intercesión de esos tres hermanos suyos que están ya junto al Señor, para que les ayuden a sacar adelante sus apostolados en Francia.

Por la tarde, vuelve al piso del Boulevard Saint-Germain, luego de haber visitado, en los alrededores de París, una casa que puede ser apta para instalar una residencia. A pesar de los esfuerzos que hace por hablar de otras cosas, no se le van de la cabeza los tres hijos suyos que han volado al cielo. Piensa que han hallado la muerte con ocasión de su viaje a Pamplona y eso le hace sufrir mucho.

Nada más saber lo ocurrido, ha redactado una nota advirtiendo a los miembros de la Obra que tienen que viajar en automóvil que no dejen de tomar una serie de medidas de prudencia. Luego, por la tarde, pide que se haga lo necesario para que la familia de una de las víctimas reciba la ayuda económica a que tiene derecho.

Pronto, se advierte que no puede más, y se levanta para marcharse. Sus hijos quedan profundamente emocionados viendo el dolor del Padre y los esfuerzos que hace para dominarse y sacar hondas consecuencias sobrenaturales, aplicando a la letra una frase de San Pablo que suele citar a quienes sufren penas o contradicciones: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28).

JAPÓN Espíritu de descubrimiento

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Aunque no faltaba mucho para la primavera, todavía nevaba en Tokio. El tren-bala de Osaka iba lleno de hombres de negocios. Pocas conversaciones. Ninguna risa. Los pasajeros, incluidas las jovencitas que distribuían refrescos o arrastraban carritos, tenían un aire disciplinado, militar. ¿Por qué había venido al país de los samuráis, de Shinto y de Buda, en busca de algo católico? Mi idea era que para valorar algo es importante tratar de verlo como nuevo. En Japón, la mayoría de los miembros del Opus Dei eran conversos, y, por tanto, no sólo veían al Opus Dei como algo nuevo, sino también al Cristianismo. Así pues, lo que me atraía del Japón era la posibilidad de averiguar lo que veían los que contemplaban al Cristianismo por primera vez.

En la estación de Osaka había un bar con reproducciones en plástico de diversos platos en el escaparate. Una manera un tanto extraña de anunciar comida, aunque útil para superar barreras idiomáticas. Un cocinero sin afeitar preparaba algunos platos detrás del mostrador. Parecía bastante triste. Profundas arrugas surcaban su cara y en sus ojos negros se leía que detestaba lo que estaba haciendo. Un trozo de carne se le cayó de un plato y fue a caer encima de un hornillo. Miró de reojo a los clientes, lo recogió y volvió a echarlo al plato.

¿Cómo explicar a un tipo así lo que es el Opus Dei?, me pregunté. La idea básica se halla resumida en la oración para la devoción privada del Fundador, Monseñor Josemaría Escrivá: “Camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano”. Dicho de otra manera: un camino para ir estando cada vez más cerca de Dios haciéndolo todo, incluido el propio trabajo profesional, lo mejor posible. Y con palabras de Monseñor Escrivá: el milagro “de convertir la prosa diaria en endecasílabo, verso heroico” gracias al amor que se pone en el trabajo ordinario.

Fuera del bar, la gente andaba de compras. Según Monseñor Escrivá, hasta las tareas más mundanas en apariencia, como ir de compras, pueden convertirse en una forma de contemplación cristiana; Dios está en todas partes, deseoso de revelarnos algo a través de los acontecimientos más banales.

A comienzos de la década de los años treinta, cuando el fundador del Opus Dei empezó a predicar esta idea, es decir, que la gente corriente podía ser contemplativa y aspirar a la perfección espiritual a través de su trabajo ordinario, no a pesar del mismo, a muchos les parecía algo absurdo. Algunos incluso llegaron a considerar como hereje al joven sacerdote, aunque ciertos textos en las Sagradas Escrituras apoyaban su tesis y no pocos teólogos, empezando por San Agustín, se referían a ello. Sin embargo, nadie, ni siquiera los monjes que consideraban el trabajo como algo importante, habían pensado en formular una espiritualidad en torno al trabajo de la gente corriente, entre otras cosas porque no se creía que fuese posible.

También en Japón esta idea era una novedad. En Oriente siempre se había creído que quien buscaba la perfección espiritual debía retirarse a un monasterio o, al menos, apartarse del bullicio de la vida laboral ordinaria. La idea de que alguien con una familia y unas obligaciones profesionales y sociales pudiera aspirar a la misma meta que un monje era tan extraña para un japonés como para un europeo.

Sin embargo, el fundador del Opus Dei insistía: “Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡todo por darle gusto a El, a Nuestro Padre Dios!”

Desde Osaka tomé otro tren para Ashiya, con objeto de visitar el Seido Language Institute, instalado en un edificio de cuatro plantas, cuyo distintivo rojo es uno de los más visibles puntos de referencia de esta ciudad.

Seido comenzó a funcionar a finales de la década de los cincuenta, cuando dos sacerdotes, Ray Madurga y Fernando Acaso, con un puñado de miembros seglares del Opus Dei, llegaron al Japón. No tenían dinero, hablaban muy mal el japonés y desconocían su cultura, por lo que fundar una escuela de idiomas fue un acto de audacia. Hoy, más de 15.000 estudiantes de todas las edades y religiones -o sin ninguna- han pasado por Seido Language Institute. Los libros de idiomas publicados por el Instituto compiten con éxito, en Japón, con los de las universidades de Oxford y Cambridge.

Un asiduo alumno del Instituto fue Yokoe Tomonori, abogado y ex jugador de rugby. Una o dos veces por semana asistía a clases de Doctrina católica y a las meditaciones que dirigía uno de los sacerdotes del Opus Dei. `Hablando de la larga trayectoria espiritual que le condujo al bautismo, me dijo: “Nosotros los japoneses tenemos una palabra, Bushido, el código del samurai. Indica paciencia, fuerza de voluntad y resistencia. Yo conocía esto, pero luchar para ser fuerte y paciente, sin más, no me parecía suficiente. Cuando supe que podía ofrecer esa lucha por Dios, santificarme, todo cambió. Eso es lo que me atrajo del Opus Dei; gracias a él aprendí a encontrar un significado en los detalles pequeños de mi vida; supe que el trabajo tenía un especial significado, un valor ante Dios”.

Esta idea de buscar a Dios en las cosas pequeñas de cada día no era una novedad en la Iglesia. Los cristianos de la Edad Media lo entendieron bastante bien y lo reflejaron en los detalles de las grandes catedrales de Europa y en las miniaturas de los códices. Es el romance de lo excelso, la idea de que se puede encontrar una chispa divina en las cosas corrientes de la vida. Y uno de los aspectos más ,estimulantes de ella es que puede ser una fuente de inspiración espiritual para cualquiera, sea bioquímico o peón de albañil.

Otro visitante de Seido era Kazuhico Eguchi, un hombre de negocios de mediana edad, que se relacionó con miembros del Opus Dei siendo estudiantes Luego se alejó. Tras formar una familia, decidió buscar a quienes había conocido en Seido. “Recordaba sus rostros sonrientes… me cuesta decirlo… creía que tenían… algo especial. ¡Qué expresiva era aquella mirada! Pero, más que todo eso, lo que más me atraía era la paz que de ellos emanaba.”

Como casi todos los japoneses, Kazuhico trabajaba mucho, pero sin un objetivo concreto. “Lo primero era ganar mucho dinero y ascender en mi compañía, pero eso no me satisfacía, no me daba paz. Hasta que leí los escritos’ de Monseñor Escrivá; entonces supe que había muchas otras cosas en la vida. Aprendí a amarla vida de cada día, pues Monseñor Escrivá decía que es muy importante tener presente que el cielo es el destino final de la rutina diaria. Yo solía estar siempre muy ocupado, demasiado ocupado para preocuparme de los demás, en especial de mi familia. Pero en el Opus Dei me enseñaron qué cuando se tiene orden, y un objetivo, el tiempo se multiplica. Ahora tengo tiempo para todo, también para los demás, y para mi familia.”

El comentario de Kazuhico sobre cómo se multiplica el tiempo ya se lo había oído a otros. Dicen que parece que se estira y que sus tareas diarias ya no les agobian. Procurando hacerlo todo lo mejor posible, hasta las cosas más pequeñas, se han visto sorprendidos por un extraño gozo.

Otro visitante de Seido, Kiyoyuki Fuwa, se convirtió al cristianismo tras conocer el Opus Del. Como Yokoe, se vio a sí mismo como contemplativo: un contemplativo -me explicó- con mujer e hijos a su cargo. Kiyoyuki había entrado en contacto con el Opus Dei en 1968.

Cuando yo le conocí era director de ventas; antes, siendo estudiante en la Universidad de Kyoto, se había comprometido con un movimiento radical y se había lanzado a la calle con otros estudiantes de izquierdas durante la “revolución” de 1968. Poco después, en Seido, conoció a otro antiguo estudiante de su universidad que era miembro del Opus Dei, Koichi Yamamoto.

“Koichi me habló de Dios. -me dijo Fuwa-. Yo era anarquista. Mi. padre, budista. Koichi era-encantador, pero yo no pensaba en Dios.”

La cultura y la educación japonesas, como me indicó Fuwa, no implican un Dios todopoderoso creador de todas las cosas. Aunque es cierto que en el sintoísmo hay muchos dioses, ninguno de ellos es creador de todas las cosas, y esto, sobre todo, dificultaba grandemente el que Fuwa pudiese apreciar lo que movía a su amigo Koichi. Con todo, escuchaba atentamente lo que Koichi le decía; luego le sucedieron cosas que le hicieron pensar más en Dios. Fuwa no era capaz de expresar lo que le inspiró su conversión al cristianismo, pero su amistad con Koichi, que murió después, influyó sin duda. Se le notaba, cuando hablaba de él, en los labios.

Del Opus Dei, Fuwa me dijo: “Una razón para incorporarme a la Obra fue la idea del trabajo como una forma de santificarme. Siempre había odiado mi trabajo, que me cansaba muchísimo. Pero cuando acepté esa idea empecé a tratar de hacer mi trabajo lo mejor posible y poco a poco se me fue haciendo agradable. Ya no me cansaba; iba sobre ruedas”.

Fuwa me dijo también que había aprendido a dominar su mal carácter. “Tenía que tener mucho cuidado. Cuando me enfadaba tenía que morderme la lengua. En Camino, un libro de Monseñor Escrivá, había leído que hay que moderar el genio, así que a veces mantenía la boca cerrada durante dos o tres días.”

Me sorprendió que la gente de Seido fuese tan franca sobre sus vidas, pues los japoneses tienen fama de ser muy reacios a expresar sus sentimientos, sobre todo a los extranjeros. Se dice que tienen tres corazones: uno para los amigos, otro para la familia y un tercero que ni siquiera ellos saben para quién es.

Las estadísticas muestran que pocos japoneses practican su religión. Menos del 1 por 100 son cristianos, la mayor parte de ellos son procedentes del período anterior al cierre del Japón a la influencia occidental. Eiko Iseki, una joven que conoció el Opus Dei mientras estudiaba en Londres y luego colaboró con un centro del Opus Dei en Ashiya, decía, antes de ir a Londres, que no creía que nadie pudiese creer en Dios. “Siempre me había atraído Jesucristo, pero no creía en Dios. Cuando visité un centro del Opus Dei comprobé que allí todo el mundo creía, que era lo natural, y eso me impresionó. Los ingleses no son muy cordiales, pero en Dawliffe Hall todo el mundo era muy amable y estaba muy alegre. Una impresión que luego se confirmó. Yo saqué la consecuencia de que era porque tenían fe en Dios y todo se lo ofrecían a Él.

Nosotros los japoneses, tendemos a ser materialistas. Solemos triunfar, pero eso no nos satisface. Trabajamos mucho, pero no sabemos cómo ser felices. Mi madre, que es budista, aunque no practica, me dijo cuando decidí hacerme cristiana: “Nosotros, los japoneses, somos muy distintos”. Pero no es verdad. Somos como los demás y necesitamos lo mismo. Muchos jóvenes japoneses buscan una razón de vivir. Si uno se toma la molestia de hablar con ellos y explicarles el cristianismo, responden.

Muchas amigas mías vienen a este centro del Opus Dei y han aprendido a buscar a Dios en todo lo que hacen. Algunas son ahora fieles de la Prelatura.”

Antes de dar por terminada mi visita a Seido, uno de los profesores me enseñó todo el Instituto. Estaba lleno de estudiantes de todas las edades. Había empezado con sólo 16 alumnos, que se sentaban en el suelo, sobre esterillas, en una casa alquilada. Ahora eran 1.400. Un ala del edificio es una residencia en la que viven unos cuantos miembros del Opus Dei, numerarios y sacerdotes en su mayor parte. Además de japoneses, había varios brasileños, un norteamericano, un alemán y dos españoles. Unos eran profesores, otros administradores y otros trabajaban fuera del Instituto de idiomas.

Los residentes llevan, una vida bastante regular, salvo excepciones. Se levantan alrededor de las seis y media de la mañana y tienen media hora de oración mental en la capilla del centro antes de oír Misa. Algunos trabajan en el Instituto, otros en distintas actividades. Por la tarde, tienen otra media hora de meditación y quince minutos de lectura espiritual. Su vida, por lo demás, es muy semejante a la de cualquier familia. Hacen deporte, comen o cenan fuera, van de compras, hacen excursiones, etcétera.

Desde Ashiya viajé a Nagasaki, cuna del cristianismo en el Japón, donde los cristianos sobrevivieron a más de dos siglos de aislamiento y persecución (26 mártires de Nagasaki han sido elevados a los altares). En las afueras de la ciudad, entre la Colina de Santa María y la Colina de la Santa Cruz, al fondo del valle de los Tres Ríos, se encuentra Seido School. Rodeada de edificios de tejados rojos y situada al fondo de un empinado camino que serpentea por el valle, la escuela se alza sobre una colina de difícil acceso. Fue preciso remover la “montaña” para construir el edificio. Fue una especie de milagro que los que se lanzaron a la aventura en 1976, sin apenas recursos, lo lograran.

Sólo una tercera parte de los estudiantes de la escuela son católicos. Pronto se dividió en dos secciones, una para chicos y otra para chicas. La escuela procura promover la igualdad en todos los niveles; se sirven comidas calientes en la cafetería, para que todos, con más o menos recursos económicos, coman lo mismo. La existencia de un uniforme de la escuela obedece a la misma razón. Se conceden créditos para pagarlo y nadie es rechazado por razones económicas.

Muchos de los que dirigen Seido, aunque no todos, son miembros del Opus Dei. Uno de ellos, Saiki Tetsuya, había trabajado con una firma de decoración de interiores antes de hacerse cargo de la administración de la sección masculina. Dejar la firma supuso para él un gran sacrificio, pues los japoneses son enormemente leales a la empresa para la que trabajan; además, los miembros del Opus Dei no suelen abandonar el trabajo que tenían antes de pedir la admisión en la Obra. Pero a Saiki le entusiasmaba lo que había detrás de Seido y quería participar activamente en la escuela.

Saiki me invitó a ir a su casa, para que conociera a su mujer y a sus tres hijos, y mientras tomábamos una taza de té verde, acurrucados alrededor de una mesita muy baja, me explicó cómo había descubierto el cristianismo a través de los escritos de Monseñor Escrivá.

“Para mí, el cristianismo era como un mundo nuevo -me dijo-. Yo pensaba que las enseñanzas de Monseñor Escrivá eran bellas porque no cambiaban mi vida, pero me cambiaron por dentro. A veces pensaba que me había ocurrido lo que a San Pablo cuando se le apareció Jesús en el camino de Damasco. Cambió toda mi perspectiva vital.”

Cuando conoció el Opus Dei, Saiki era administrador y encontraba difícil su trabajo. “Pero me ayudó mucho lo que me enseñaron en el Opus Dei: a ofrecer a Dios el trabajo, a buscarle en lo pequeño, haciendo las cosas bien y siendo ordenado. Pero no se trataba tan sólo de trabajar mucho y bien, sino de una nueva manera de tratar a los compañeros de trabajo. En el Opus Dei aprendí que debía amar a los demás y tratarles con consideración y respeto. En las empresas japonesas las relaciones son muy frías. El jefe de cada sección y los empleados no. quieren tener más que un trato superficial, pero yo aprendí a interesarme por los demás y tener con ellos un trato de amistad.”

Saiki me dijo también que le parecía que la mayoría de los japoneses buscan la prosperidad material por encima de todo. Por eso, a menudo, no quieren tener hijos.

El tema de la familia empezó a interesarme desde que llegué al Japón. Los problemas potenciales que debían plantearse a las familias japonesas los presentí ya en la estación de Tokio. Serían las nueve de la noche y masas de oficinistas, en apretadas filas, se precipitaban al interior de bares y restaurantes para tomar algo con sus colegas antes de partir a toda velocidad hacia sus hogares para acostarse cuanto antes. Escena que se repetiría a la mañana siguiente, pero en dirección contraria. Dado que los hombres de negocios japoneses aprovechan los fines de semana para jugar al golf, tener reuniones de negocios o establecer contactos, no es fácil que saquen tiempo para atender a sus hijos, si los tienen. Un joven, en Ashiya, me confesó entristecido que casi no conocía a su padre; era para él como un extraño. Algo que no es tan raro en el Japón. Una encuesta realizada por el gobierno en 1987 mostraba que sólo el 40 por 100 de los niños japoneses quería a sus padres. El 28 por 100 aseguraba que sus padres nunca los sacaban de paseo o jugaban con ellos. Por término medio, los padres japoneses sólo pasan media hora al día con sus hijos.

Actualmente la familia está siendo atacada desde distintos frentes, pero mucho antes de que esto sucediese, el fundador del Opus Dei destacaba la importancia de la vida de familia, en parte por su propia capacidad para captar la grandeza de la vida ordinaria. Veía en el matrimonio y en la formación de una familia algo de un significado profundísimo para la vida espiritual de los seglares. Insistía en que el matrimonio era un “camino”, una vocación divina, como el sacerdocio o la vida religiosa. Los hombres y mujeres de Seido no estaban interesados tan sólo en traer vidas a este mundo; subrayaban la importancia de cada miembro de la familia, de su papel en ella. Como decía Monseñor Escrivá, el secreto de una vida de familia sana está en los pequeños detalles de cada día, no en las quimeras. “Está en encontrar la alegría escondida que da la llegada al hogar; en el trato cariñoso con los hijos; en el trabajo de todos los días, en el que colabora la familia entera; en el buen humor ante las dificultades, que hay que afrontar con deportividad; en el aprovechamiento también de todos los adelantos que nos proporciona la civilización, para hacer la casa agradable, la vida más sencilla, la formación más eficaz.”

“Digo constantemente a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio -que es un sacramento, un ideal y una vocación-, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae -las muchas dificultades, físicas y morales- non potuerunt extinguere caritatem (Cant 8, 7), no podrán apagar el cariño.”

En Japón la gente habla de los sacrificios que ha hecho por su familia, como comprar una casa más cerca de su lugar de trabajo para perder menos tiempo en los desplazamientos y dedicar más tiempo a los hijos los fines de semana.

Miembros del Opus Dei me dijeron en Nagasaki que estaban convencidos de que divulgar las alegrías de la vida de familia era una de las cosas más importantes que trataban de hacer. La directora de la escuela femenina Seido, Nakajima Kazuko, me habló de una mujer que fue a verla con un niño recién nacido en sus brazos y le dijo: “Ese niño es de Seido. Antes de traer a mis otros hijos aquí decidí no tener más hijos. Pero luego me di cuenta de lo maravillosos que son y de lo feliz que le hacen a una. Por eso, a éste le llamo él niño de Seido”.

Fukahori Eiji, además de pianista de jazz y miembro del Opus Dei, es profesor en Seido. Me invitó a su casa, un hotelito de madera cerca de un canalillo, y allí hablamos largo y tendido sobre el Opus Dei y la influencia que ha tenido sobre su familia. Respecto a los hijos, me dijo: “Solía verlos como una carga, pero ahora los veo como una bendición de Dios. Tampoco me, preocupa ya cómo los sacaré adelante, pues, si Dios me ha dado siete, no es posible que me deje de la mano”.

Y su esposa me dijo que su actitud al respecto había dado un giro de 180 grados. Antes se sentía desgraciada con su suerte en la vida. “No me gustaban nada las faenas domésticas, la vida del ama de casa. Pensaba que estaba perdiendo el tiempo, en gran parte porque eso era lo que la gente me decía. Pero en el Opus Dei aprendí que educar a los hijos y cuidar del hogar es lo más noble y hermoso que existe. Empecé a disfrutar con lo que hacía como esposa y madre, sobre todo porque aprendí a ofrecerlo todo a Dios. Lo cual no quiere decir que no haya contrariedades y disgustos en la vida de familia y en la educación de los hijos, pero es precisamente entonces cuando la ayuda del Opus Dei resulta enormemente valiosa. Puedo contarlo todo y recibir dirección espiritual, algo que no he encontrado en ningún otro sitio. ”

Los Fukahori me enseñaron también algo que había escrito uno de sus hijos, Yoshihiki, de trece años, que estudiaba-en Seido, para un concurso de redacción:

“Hoy me gustaría hablar de los abuelos y las abuelas… ¿Estáis ahí? ¡Seguro que estáis! Siempre estáis pendientes de nosotros, vuestros nietos y nietas: cuando dormimos y cuando nos despertamos, cuando decimos tonterías y cuando nos reímos, cuando nos vamos haciendo mayores, porque queréis que seamos libres y responsables. Y todo lo hacéis con alegría en el corazón… En mi familia somos 11: mi padre, mi madre, seis hermanos y hermanas, el abuelo y la abuela. Mi padre trabaja todo el día y mi madre no se suele mover de casa. Cuatro de nosotros vamos a la escuela todos los días. El abuelo y la abuela trabajan media jornada. Somos una familia como las demás, excepto tal vez más grande, y con abuelos, que son realmente una gran ayuda para la familia. Al llegar a casa, por ejemplo, lo primero que el abuelo hace es ir a ver a mi hermanita pequeña y estar con ella un ratito. Siempre le canta la misma canción: Kita Kuni no Haru. Ella lo escucha una y otra vez, y ahora ya es capaz de cantarla con él. Nosotros la hemos oído tantas veces que también la cantamos. Todo el mundo canta Kita Kuni no Haru en nuestra familia.

Mi abuelo tiene también un huertecito en el que cultiva frutas y legumbres. Es muy generoso con los vecinos y a veces les da parte de la cosecha. No es raro oír cómo nuestros vecinos le dan las gracias. En casa, compartimos lo que él cultiva. Mi abuela, por su parte, suele llegar a casa muy cansada. Sin embargo, ayuda a mi madre en las faenas domésticas sin una palabra de queja.

Al verles ofrecer sus vidas en el pequeño y “oculto” sacrificio de cada día, me lleno de admiración y respeto. Su ejemplo, más que sus palabras, es un estímulo constante. Éste es, pues, abuelos y abuelas, un tributo de honor para vosotros por vuestro sacrificio silencioso, por todo cuanto habéis soportado por nuestro bien y nuestro bienestar. Muchas gracias. Os. aseguro que vuestro sacrificio no ha sido vano.”

Este ingenuo y sencillo relato refleja algo esencial del espíritu del Opus Dei, perfectamente captado por el joven Fukahori: la importancia del trabajo ordinario, del esfuerzo diario con vistas_ a crear un ambiente grato en la vida de familia. Evidentemente, la preocupación por la familia no es algo exclusivo-del Opus Dei, ni siquiera de los cristianos. Lo que sí es característico -del Opus Dei es considerar la vida de familia como un medio de santificación, de crecimiento, espiritual; lo cual quiere decir que los cristianos corrientes no sólo se acercan a Dios cuando hacen un retiro espiritual o rezan en una iglesia, sino también cuando se esfuerzan por crear un auténtico ambiente de familia en su propio hogar. En este aspecto, como en otros muchos, el Opus Dei es, en esencia, un camino de santidad para el hombre de la calle.

Al final de mi estancia en el Japón, acudieron a mi mente unas palabras que San Francisco Xavier escribió en 1549, a poco de llegar al país del Sol Naciente: “Las gentes que hemos encontrado hasta ahora son las mejores de cuantas hemos conocido… Son muy educadas, buenas de ordinario, nada maliciosas; los varones son hombres de honor hasta un extremo que maravilla y aprecian el honor por encima de todo en este mundo”.

Teniendo en cuenta estas virtudes, ¿qué podía ofrecer el cristianismo a los japoneses? Varios conversos me hablaron de lo que más apreciaban de su nueva fe y de lo que el pueblo japonés podía ofrecer. Uno me dijo que creía que los japoneses eran ya cristianos de corazón en muchos aspectos y que tal vez por eso pensaban que no necesitaban el cristianismo, pues, al fin y al cabo, muchos cristianos carecían de las virtudes que ellos tenían. Sin embargo, me hizo notar que lo que les faltaba a los japoneses era sentido sobrenatural, capacidad para centrar sus acciones en Dios. Aunque algunos tenían conciencia de la existencia de Dios, para ellos no era, como para los cristianos, padre amoroso de los hombres -sujeto y objeto de amor-, ideas difíciles de entender para los japoneses. “Pueden comprender que sea poderoso, pero no que sea Amor y que uno se pueda unir a Él mediante el amor que pone en todo lo que hace -me dijo-. Algo que el Opus Dei me ha ayudado a comprender y de lo que los japoneses no son conscientes.”

Una mujer mencionó la escasa capacidad para hacer frente al sufrimiento. En las religiones orientales, la búsqueda de la paz espiritual, de la quietud, es absoluta. Por eso hay tantas imágenes de Buda en reposo o meditando en pacífica soledad. En este contexto, el sufrimiento humano se presenta como un obstáculo. La mujer a la que me refiero me habló de su padre, que había muerto hacía tres años. Era un hombre bueno, un budista practicante con altos principios morales. No se sentía próximo al cristianismo, pero contrajo un cáncer que le hacía sufrir muchísimo, y no cesaba de preguntarse por qué tenía que padecer tantos dolores. Pensaba que había procurado ser bueno y no comprendía por qué le sucedía eso. “A todos nos pasa lo mismo, cuando sufrimos -me dijo su hija-. Nos preguntamos por qué y buscamos una explicación. No creo que se pueda encontrar fuera del cristianismo.”

Con distintos matices, todos aquellos con quienes hablé coincidían en una cosa con Mitsui Takeshi, un ingeniero eléctrico de Mitsubishi, en Tokio, quien me dijo que lo más importante que el Opus Dei tenía que ofrecer a. los japoneses era una comprensión clara de la contemplación en la vida ordinaria. “Generalmente, nosotros, los laicos, no somos capaces de encontrar el camino ideal hacia el cristianismo. Creo que el concepto de contemplación no es fácil de captar para la gente corriente, pero es necesario. En primer lugar es importante tener orden en la vida, hacer un buen uso del tiempo, y luego tener espíritu de contemplación en el trabajo y en la vida de familia. Contemplación significa intimidad con Dios, trato mutuo. Algo difícil, pero atractivo. Sin contemplación, la vida diaria resulta dura, pero con ella todo se suaviza, aunque las cosas se tuerzan.”

Así pues, para los japoneses, descubrir el cristianismo a través del Opus Dei significa descubrir, entre otras cosas, el valor sobrenatural de la vida corriente. Lo esencial es el compromiso de ser contemplativo en medio del mundo. Esto, sobre todo, era lo que buscaba Monseñor Escrivá cuando fundó el Opus Dei: abrir un camino -no el único, pero sí un camino- por el que la gente pudiese ser contemplativa en y a través de su vida de trabajo ordinario.

Cuando a algunas personas se les dice que ofrezcan su trabajo a Dios, a veces dicen, despreocupadamente: “De acuerdo. ¿Y qué más?” Pero Monseñor Escrivá insiste: “Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás -precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano- las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad! ”

Esta convicción la comparten todos los miembros del Opus Dei con los que he hablado, en distintos países del mundo. A cada uno de ellos el Opus Dei les inspiraba algo distinto, pero en todos encontré el mismo espíritu; un espíritu difícil de expresar con ideas, pues hay que verlo encarnado en la vida de sus miembros. Por eso, donde mejor se aprecia ese espíritu es en la vida de su fundador.

ESTADOS UNIDOS La pobreza de las ciudades

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Yendo en la línea L de tren desde la estación Racine de Chicago, una vez pasadas las fábricas, las altas chimeneas y los coches oxidados, se llega a South Loomis Street, calle en la que hay un par de edificios de ladrillo, de la época victoriana, que pertenecieron un dia a un miembro de la banda de Al Capone. Lo único insólito de esas dos casas es que están unidas, por un campo de baloncesto. Ninguna otra cosa indica ue sea un lugar que atrajo la atención de la nación en otro tiempo.

Por dentro, el edificio principal es corno cualquier hogar, con su escalera de madera barnizada, su cuarto de estar con muebles confortables, antigüedades, pinturas y fotos. El centro, Midtown, es un audaz experimento destinado a ayudar a los chavales negros y de origen hispánico a estudiar y a adaptarse a la vida escolar.

Incluso sin Al Capone, el interior 01 Wide Side de Chicago, con sus sectores raciales -Hisponic Pilsen, Chinatown y los ghettos negros- sigue siendo una de las zonas más duras de una dura ciudad. Uno de cada 26 jóvenes negros que pasean por las calles encontrará una muerte violenta. Midtown ha perdido en luchas callejeras de gangs a cinco estudiantes y a una madre, pues la ciudad está dividida en bandas rivales cuyos símbolos pueden verse pintarrajeados en las fachadas de los edificios. Con frecuencia, la única forma de que un chico joven esté a salvo es que se traslade, aunque sea en trayectos muy cortos, en coche o en autobús.

Alrededor del 75 por 100 de los jóvenes del West Side son hijos de divorciados; el 50 por 100 no llega a terminar sus estudios y los negros y los hispanos tienen grandes dificultades para obtener un título. Durante las vacaciones de verano y. fuera del horario escolar a lo largo del curso, Midtown se esfuerza por remediar esa situación proporcionando a los estudiantes -hispanos, negros, asiáticos- ayuda en sus estudios y orientación profesional. También se da bastante importancia a los deportes. Un folleto explicativo de las actividades del centro añade: “Una o dos veces por semana, los estudiantes pueden hablar personalmente con un preceptor y reflexionar sobre el pasado y proyectar su futuro”.

Este último aspecto es clave en el programa de Midtown, que tiende a fortalecer el carácter de los jóvenes tanto como a desarrollar su inteligencia. Los preceptores actúan como modelos a imitar para que los chicos sé motiven. Generalmente son personas todavía jóvenes que han vivido en el barrio, pero que fueron capaces de salir adelante.

Uno de ellos, Jimmy Palos, poseedor de un brillante currículum universitario, explica: “Había chicos mucho más inteligentes que yo que se vieron atrapados en los gangs y se pasan la vida peleándose con cadenas, cuchillos y escopetas. Y no eran malos. Lo que pasa es que no tuvieron la suerte de venir por Midtown; y ahí siguen, en la calle”.

Y un estudiante declaró a un periódico local: “Si no hubiese conocido Midtown, seguramente hubiese dejado la escuela mucho antes. Mis amigos de entonces no hacen nada”. Y añadía que dos de ellos habían encontrado la muerte en luchas callejeras.

Otro decía: “Crecí en la calle 18, que ahora es un ghetto hispano. Si no hubiese frecuentado Midtown, todavía estaría allí, pues no creo que hubiese sido capaz de hacer nada solo”.

“Tratamos de estimularles -me explicó uno de los que trabajan en Midtown, Joe Mayor-. Procuramos abrirles los ojos para que se den cuenta de lo que valen, porque muchos de ellos tienen horizontes muy cortos. Entre otras cosas, les explicamos temas profesionales y les facilitamos becas y recursos financieros. Y también les damos clases de formación cristiana, procurando que sean aptas para todos, católicos y no católicos.”

Alrededor del 60 por 100 de los chicos que frecuentan Midtown asisten regularmente a la escuela, mientras la media, en la zona, es del 30 por 100. De ellos, el cien por cien acaba sus estudios. Estos datos estadísticos han atraído la atención tanto de las autoridades locales como de las nacionales. Midtown, actualmente, cuenta con la ayuda del alcalde de Chicago y ha recibido una subvención del gobierno federal, siendo visitado por relevantes personalidades políticas, como el ex presidente Carter. La televisión local se ocupó de Midtown en un documental titulado “Caminos hacia el éxito”.

Leo Gómez, un joven graduado en Psicología, actúa como consejero en Midtown. Vestido con pantalón corto, camiseta de deporte y gorro puntiagudo, no da la imagen de un psicólogo profesional. Es vivo y animado al hablar, dando la impresión de estar encantado con su trabajo. “Disfruto aconsejando a estos chicos, porque yo era como ellos -dice-. No me agrada la idea de ser autoritario, prefiero ser su amigo. No me envanezco con la idea de ser un modelo, porque yo sé que no soy perfecto, pero trato de hacerles comprender que tienen toda una vida por delante. Lo que Midtown pretende es hacerles ver que se puede estudiar y salir adelante.

Gran parte de nuestra ayuda consiste en hacerles más comunicativos. A veces, los padres se encuentran desorientados. “¿Qué podemos hacer?”, preguntan. Y yo les pregunto si hablan con sus hijos, y a los chicos si hablan con sus padres de sus amigos y amigas. Suelen creer que no deben hablar a sus padres de esas cosas, pues se enfadarían. La clave está en incitarles a que hablen y en aconsejar a los padres que no se enfaden si les cuentan algo que no les gusta. Lo que los chicos necesitan es que se les escuche, que haya alguien que se interese por sus asuntos; que los padres les pregunten “¿cómo van las cosas?” y se sienten a hablar con ellos con calma.

Son chicos de la calle. Hay que dejarles que hablen del porro, de la coca y de la panda. Y hablar como ellos, para que te comprendan. Yo les digo, cuando vienen, que desembuchen, que no se inhiban. Lo que pretendemos en Midtown es que se den cuenta de lo importante que es su formación. Yo les digo que ahora que soy mayor sé la importancia que tiene. Lo único que se puede hacer es esperar que se esfuercen por comportarse bien. Yo creo que uno empieza a ser un buen cristiano cuando lucha, cuando carga con su cruz. Si no se hace así, sé por experiencia lo que pasa. Uno se vuelve indiferente, arrogante y demás. Y eso es lo que les digo a los chicos: ¡chicos, tenéis que luchar!”

Luis Hymie y su mujer, Petra, viven en uno de los suburbios más pobres de Chicago. Han padecido enfermedades, desempleo y pobreza durante muchos años, pero eso no parece haberles amargado. Y me cuentan cómo han utilizado todas esas pruebas para crecer espiritualmente.

A comienzos de los años setenta, Luis, un hombre robusto que siempre había trabajado con sus manos, sufrió un ataque al corazón. Los médicos dijeron que sus posibilidades de sobrevivir eran una entre un millón. Le hicieron tres operaciones a vida o muerte. Luis se salvó, pero los riñones le fallaban. Su familia no había cesado de rezar en todo ese tiempo, pero ahora se redoblaron sus oraciones y los hijos fueron, con flores, a una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe.

La señora Hymie recuerda que, durante todo un día, nadie en el hospital, ni médicos ni enfermeras, se acercó a ella, pues pensaban que su marido iba a morir de un momento a otro. Luego, a las tres de la tarde, un médico fue a examinarle; inmediatamente llamó a’ otros colegas y estuvieron tratándole hasta las ocho, hora en la que fueron a anunciarle que su esposo estaba fuera de peligro. La señora Hymie entonces miró el reloj y se dio cuenta de que a esa hora sus hijos estarían rezando el rosario en la capilla de la Virgen. “No sé por qué he hecho lo que he hecho -le dijo el médico-. Si sale adelante, no podrá moverse, ni andar, ni hablar. Nada. Será como un vegetal.”

Luis salió de la unidad de cuidados intensivos, pero los médicos seguían pensando que no se recobraría. El hospital se ofreció a pagar las enfermeras, porque les daba pena. “Además, pensaban que no tardaría en morir”, comenta la señora Hymie.

Al cabo de unas semanas, Luis había mejorado tanto, que pudo ser enviado a un centro de rehabilitación, para ser sometido a una serie de pruebas; éstas mostraron que tenía extensas e irreversibles zonas dañadas en el cerebro, y los médicos confirmaron los pronósticos anteriores. Así pues, aconsejaron a la señora Hymie que ingresara a su esposo en un asilo, porque nunca volvería a andar ni a hablar; sería siempre un vegetal.

“Pero me lo llevé a casa -comenta la señora Hymie-. Por entonces, un amigo nuestro fue a Venezuela para ver a Monseñor Escrivá, que estaba allí visitando el país. Cuando le habló de Luis, Monseñor Escribá le dijo que ya le habían hablado de él y que Dios sería muy generoso con Luis, pues Luis había sido muy generoso con Dios”.

Seguimos rezando. Cuando el médico volvió a verle se quedó desconcertado. Dijo que veía cambios en él y que merecía la pena someterle a terapia, cuando antes había dicho que no valdría para nada. Así que empezó la terapia. Fue como si renaciera, física y mentalmente. Se recuperó como un niño pequeño. Cuando empezó a caminar y todo lo demás, el médico me dijo que no sabía lo que yo había hecho ni lo que había sucedido, pero que no era posible.

Vea cuál ha sido la providencia de Dios en estos diez años, cómo Dios se ha ocupado de todo. Tantas cosas que han sucedido en nuestra familia… Yo- nunca fui a trabajar, y eso que éramos muy muy pobres. Y los chicos, todos, pudieron seguir yendo a la escuela. Fue la divina providencia y la ayuda de Monseñor Escrivá -decíamos su oración, los chicos la conocen nunca podríamos contar todas las cosas que nos han sucedido día tras día. Creo que los chicos han. aprendido mucho con lo de mi marido, y eso nos hace muy felices.”

Retrocedamos en el tiempo: Antes de que Luis cayera enfermo, los Hymies tenían nueve hijos y no querían tener más. Pero un sacerdote les recordó lo bueno que era ser generosos con Dios. “Qué quiere que le diga, aquello no me agradó -comenta la señora Hymie-. Pero aceptamos el consejo y lo dejamos todo en manos de Dios. Y Dios quiso que tuviéramos dos hijos más, y los dos han sido una bendición. Esos dos niños… de no haber sido por ellos… Josemaría, el más pequeño, tenía sólo un año cuando mi marido enfermó, así que han “crecido” juntos, lo cual es algo tan raro…; él respetaba a su padre y cuidaba de él.”

Luis me comentó: “Un día fui a un estanco y compré unos pitillos. ¿Sabe? Yo fumaba antes de caer enfermo. El caso es que me fui al porche y encendí un pitillo y empecé a fumar. Joe, entonces, se me acercó -tendría poco más de tres años- y me dijo: “Papá ¿estás fumando?”. Yo le dije que sí. “No debes fumar -repuso el-. Así que tira ese pitillo. Sabes que te perjudica”.”

La Sra. Hymie dice: “Sabía cómo cuidar a mi marido. Porque, a veces, Luis creía que podía hacer lo mismo que antes. Joe lo respetaba y al mismo tiempo cuidaba de él, dos cosas difíciles de compaginar. Y crecieron como amigos. Jugaba con mi marido, y le leía, y le ataba los zapatos, y yo creo que le ayudaba a madurar…” .

De su enfermedad, el señor Hymie dice: “En cierta manera me alegro de ella, porque así he tenido ocasión de ofrecer algo a Dios por mi mujer y mis hijos. Fue muy duro, ¿sabe? No podía hacer nada, no podía trabajar… A veces me siento mal, porque ni siquiera puedo segar el césped. Pero, como le he dicho, me alegra tener algo que ofrecer. Y mis hijos han aprendido a tener fe”.

El Club Metro, cerca de Midtown, reliza entre las chicas una labor semejante. Fue posible ponerlo en marcha, en parte, gracias al US President’s Inaugural Committee, que selecciona, entre miles, 23 proyectos dignos de ser subvencionados. Las clases incluyen, entre otras muchas cosas, expresión oral, formación cristiana, baile y orientación profesional. Las estudiantes son, en su mayoría, de origen hispánico, asiático y negro.

La coordinadora de programas, Margaret Black, dice que el club trata de evitar que las chicas se pasen el día en la calle, pues terminarían cayendo en la delincuencia organizada de las bandas. Muchas de ellas solo piensan en dejar de ir a la escuela cuanto antes y obtener un empleo cualquiera. Una de cada tres suele quedarse embarazada antes de dejar la escuela.

Como en Midtown, la clave del programa de Metro es el preceptor -en este caso preceptora- personal. Es casi la única persona “de fuera” con la que las chicas son capaces de hablar. “Se dan cuenta de que no están solas -dice Margaret-, de que tienen quien las ayude a salir adelante.” El resultado, en muchos casos, es que las chicas han avanzado considerablemente en la escuela. De ser las últimas han pasado a ser de las primeras. Para otras, el Metro Club les ha proporcionado mayor estabilidad emocional.

La directora del club, Natalie Jakueyn, me explica qué en el ámbito cultural negro del West Side de Chicago ya casi se ha perdido el concepto de familia, algo a lo que el club trata de poner remedio. Al parecer está dando buenos resultados, pues maestros, educadores y padres aseguran que las chicas tienen más confianza en sí mismas y progresan en su trabajo. “Hablando con ellas una a una -dice Natalie- tratamos de mejorar su autoestima, sus resultados académicos y su relación con Dios.”

Algo parecido oí cuando visité un centro similar del Opus Dei en Nueva York, concretamente en el Bronx.

Si Manhattan es frío y deshumanizado, cuando por la Quinta Avenida se desemboca en el Bronx uno tiene la sensación de haber entrado en una zona bombardeada. Todo está sucio, descuidado, semiderruido. La mayoría de las casas tienen las escaleras de incendios rotas y oxidadas y las fachadas ennegrecidas y desconchadas. La única diferencia entre los pisos habitados y los deshabitados son los visillos en las ventanas.

El taxista que me llevó, hacia diez años que no entraba en aquella zona, y se perdió. Fuimos a parar a una calle sin salida rodeada de viviendas quemadas. Los mendigos vagabundeaban por allí; otros, sentados en el suelo, nos miraban. No se veía ningún blanco. El motor se caló dos veces, a causa del sofocante calor, y el taxista empezó a ponerse nervioso. Temblaba tanto que no era capaz de leer la guía. Hasta que decidió buscar un puesto de policía para informarse. Luego se volvió hacia mí y preguntó malhumorado: “¿Se puede saber qué demonios viene usted a hacer aquí?”

Por fin dimos con East 174th Street, una casa pequeña, de dos pisos, que alberga Rosedale Club, un club para chicas. Abierto en 1978, ayuda a las jóvenes del Bronx a desarrollar su personalidad y mejorar sus estudios. Por él han pasado ya unas 500 chicas. Quienes dirigen el club dicen que lo más difícil es luchar con las consecuencias de los hogares rotos, de las malas relaciones entre padres (o padrastros) e hijos, de la droga y del ambiente de violencia. “En muchos casos, los padres declinan sus responsabilidades -dice Elizabeth Nonnemacker, que fue una de las fundadoras de Rosedale-. Lo que pretendemos es fortalecer a las familias. Muchas de nuestras actividades están orientadas a las “artes del hogar”, para que las familias se den cuenta de la importancia de tener un hogar digno.”

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, el gobierno de los Estados Unidos trató de resolver el problema de los ghettos empleando en ello mucho dinero, pero no se tardó en comprobar que el dinero no basta y que, en algunos casos, incluso se agrava el problema. Ahora casi todo el mundo reconoce que el problema básico es la ausencia de vida familiar, la falta de unos vínculos sólidos.

“A veces, la situación familiar de las chicas que vienen a Rosedale es terrible -dice Elizabeth-. En sus casas todo el mundo se insulta y se pelea, así que procuramos que las chicas vuelvan a sus hogares después de haber pasado un buen rato aquí. Y les animamos a hacer algo por sus padres. Esta semana, por ejemplo, las chicas están preparando un “show” para el Día de la Madre. Eso une a las familias. También les damos formación espiritual; tienen clases de doctrina católica, retiros espirituales, etc. Y no sólo para las chicas, sino también para sus padres. Algunos se han bautizado y otros han recibido la Primera Comunión.”

Nueva York es más impetuosa, brillante y espectacular que las películas que se han hecho sobre ella. Una ciudad en la que todo el mundo camina deprisa, sin mirar hacia los lados. Eso me recordó algo que un miembro español del Opus Dei, el doctor José María Barredo, me había dicho. Había emigrado a los Estados Unidos en 1946 y había permanecido allí 38 años. Según él, los norteamericanos siempre tienen prisa, por lo que sólo se puede hablar tranquilamente con ellos en los transportes públicos. “Recuerdo que una vez, en un taxi, empecé a hablar con el taxista y pronto nuestra conversación recayó en temas espirituales. Al cabo de un rato me di cuenta de que no nos acercábamos nada a mi punto de destino. Cuando se lo dije me contestó que llevaba un rato dando vueltas, porque tenía pocas ocasiones de hablar de temas serios.”

El taxista de un taxi que tomé a la puerta de la Estación Grand Central me dijo que llevaba veinte años trabajando en Manhattan, justo desde que llegó de Sudamérica, y que ya estaba cansado. “Tengo cuarenta años -me explicó- y quiero regresar a Colombia, donde hay tiempo para hacer cosas. Allí yo iba a Misa todos los días. Aquí, si no trabajo en domingo, el dinero no me llega. La mayoría de los neoyorquinos sólo piensan en tres cosas: trabajar, ganar dinero y ser los primeros…”

Pregunté a varios miembros norteamericanos del Opus Dei sobre la manera de encarar la vida en el país del trabajo, el dinero y el prurito de ser los primeros. Uno de ellos, Don Popp, editor estadístico de una importante revista financiera de Nueva York (hombre bajito, fuerte, de aire energético), me habló así de su actitud ante el trabajo: “Tengo un amigo judío que es muy buen profesional -empezó diciendo-, pero no le gusta trabajar. Prefiere quedarse en casa o ir a la sinagoga, si puede. No se da cuenta del valor del trabajo, así que yo trato de imbuirle la idea de lo bueno que es trabajar. Y es que mucha gente no considera el trabajo como algo bueno en sí mismo, sino como una necesidad; es un problema de nuestra cultura. La gente trabaja muchísimo con objeto de adelantar todo lo que puede la edad de jubilación. Vivimos inmersos en una cultura que lo quiere todo. Nos hemos creado infinidad de necesidades y la gente sacrifica muchas cosas para darse la buena vida. Tienen dos empleos, su mujer trabaja, pero siempre para tener más cosas, para comprar. Parece que nunca tenemos lo suficiente, por mucho que tengamos. No he encontrado nadie que esté contento con lo que gana.

El espíritu del Opus Dei me ha ayudado mucho a superar todo esto, sobre todo la idea de que uno debe estar desprendido de las cosas materiales y trabajar, sobre todo para santificar el trabajo, para agradar a Dios. Ése es mi objetivo: agradar a Dios haga lo que haga. Lo cual no quiere decir que no cometa errores. Soy estadístico y manejo cifras. Me equivoco, aunque procuro evitarlo. Procuro ser honrado. Disfruto enormemente con mi trabajo -bueno, con la mayoría de lo que hago-. Tras 25 años en este trabajo, siempre hago lo mismo, pero no me aburro. A veces me canso, pero si no me olvido de por qué trabajo, si recuerdo que lo estoy haciendo por Dios y para servir al prójimo, me siento alegre.

Procuro mejorar la calidad de mi trabajo, pero mi mayor deseo no es llegar a ser presidente de mi compañía. Mi antiguo jefe, que tuvo el trabajo que yo tengo ahora, no quería más que subir y subir. Ahora gana muchísimo dinero y quiere seguir subiendo. Ése no es mi caso. prefiero seguir donde estoy e influir favorablemente en quienes trabajan conmigo.

Es maravilloso saber que nuestro trabajo puede ser obra de Dios, trabajo de Dios. Me ilusiona poder transmitir a los demás que el trabajo puede ser un medio de santificación, ya sea el trabajo físico de un peón que trabaja de nueve de la mañana a cinco de la tarde, un trabajo intelectual, el de un ama de casa, e incluso el esfuerzo que supone practicar algún deporte. Esto, para mucha gente, es toda una revelación”.

Eric Streiff, director de fotografía, converso al catolicismo, poseedor de unos grandes almacenes en Nueva York, y su mujer, Jolene, diseñadora de moda que ya no ejerce, dedican mucho tiempo a formar una familia, “pasatiempo” pasado de moda entre sus colegas. Eric dice que en Nueva York es corriente que un fotógrafo trabaje de 12 a 13 horas diarias. Pocos de ellos son felices en su matrimonio. Como la de otros muchos neoyorquinos, la vida de Eric y Jolene es trepidante, pero, a diferencia de otros’ muchos, pasan todo el tiempo que pueden en su hogar. Su casa está en las afueras, pues decidieron dar prioridad a los hijos frente a un BMW y un apartamento de lujo en la Quinta Avenida. “Creo que si los dos trabajásemos y no parásemos nunca en casa, el trabajo acabaría por absorber nuestra vida -dice Eric-. Es lo que le pasa a mucha gente con la que trabajo. Solo piensa en triunfar, en tener éxito, y trabaja sin pausa. Es como si no supiesen hacer otra cosa, no encuentran satisfacción con nada. Por eso son tan desgraciados. En mi caso, mi familia constituye todo un mundo. Cuando termina mi jornada de trabajo, estoy deseando, volver a casa.”

Jolene confiesa que crear una verdadera familia en el ambiente neoyorkino que les rodea no es tarea fácil. “Hay momentos en los que me entran ganas de llorar. Pero, si se tiene fe en Dios, una pronto se serena y todo vuelve a su cauce. Yo creo. que la gente ahora no deja a Dios actuar. Quieren decidir y resolverlo todo por sí mismos, controlar las situaciones en el acto.”

Chris y Ann Woolf son protagonistas de una historia similar, escrita a contracorriente, aceptando los hijos que Dios ha querido que tuviesen. Chris es profesor asociado de Derecho Constitucional en la Universidad de Marquette, y Anne, aunque graduada en Ciencias, se dedica exclusivamente a ser ama de casa, esposa y madre. Anne dice que la cultura norteamericana está orientada hacia el triunfo, por lo que limitarse a ser madre y ama de casa significa renunciar a esa especie de reconocimiento público que muchas de sus amigas tienen en el mercado del trabajo. “Nadie aprecia lo que haces en casa y por eso tienes que fortalecerte interiormente. El Opus Dei me ha ayudado mucho, enseñándome a procurar vivir constantemente en la presencia de Dios.”

Cuando los Woolf empezaron a tener hijos, Chris era un simple graduado. Vivían en una ciudad universitaria en la que era “casi tabú” tener un hijo. “Todo el mundo mostraba hostilidad -cuenta Anne-. El movimiento defensor del crecimiento cero de la población era muy activo y su actitud prevalente que tener hijos era algo que sólo hacía la gente con un nivel muy bajo de educación. Aquello era muy duro. Por eso, lo que aprendí en el Opus Dei me ayudó mucho. Me dijeron que me preguntase a mí misma por qué las’ críticas me irritaban tanto, así que reflexioné y me dije: “Está bien. Lo que yo creo y lo que yo hago no tiene por qué verse afectado por lo que hagan o piensen los demás”. Sí, era tiempo de crecer por dentro, de abandonar la estúpida idea de que una tiene que hacer lo que los demás creen que es importante, de que hay que estar en escena, viviendo para que a una la aplaudan. Al contrario: aprendí a ser yo misma.”

Habla Chris: “La maternidad ayuda a lograr eso”.

Anne: “Claro que sí. Es muy bueno tener alguien con quien hablar de todas estas cosas. En la dirección espiritual una se hace más realista, se olvida de sí misma y adquiere sentido del humor. Es muy difícil para una madre encontrar significado en cambiar pañales, recoger juguetes y lavar el suelo. Sólo se encuentra cuando se concibe el cristianismo como algo que da sentido a los detalles más insignificantes de nuestra vida. Entonces todo cambia. Se da una cuenta de que aunque esas cosas, aisladas, no tienen sentido, juntas integran un todo que proporciona a la vida un cambio tremendo, pues contribuyen a crear un ambiente en el que los demás pueden desarrollar más fácilmente su personalidad y crecer espiritualmente. Pienso que se trata de adquirir una especie de profesionalidad. Se trata de crear una atmósfera adecuada para que florezcan los demás y resulta apasionante encontrar la mejor forma de lograrlo”.

Chris: “Creo que la idea de dar una orientación sobrenatural al trabajo no tiene nada que ver con los motivos por los que la mayoría de los norteamericanos trabajan. Antes de conocer el Opus Dei, la idea de ofrecer a Dios el trabajo era para mí algo teórico, inefectivo. Procurar que tuviese consecuencias prácticas a lo largo del día, minuto a minuto, era algo nuevo, que me ha dado, creo, la capacidad de apreciar mejor la eficacia sobrenatural del trabajo. Corría el mismo peligro que otros muchos americanos: tratar de superarme por motivos humanos, para sobresalir y ser admirado.

Hubiese sido una persona muy ambiciosa por motivos muy poco nobles. Ciertamente es bueno procurar hacer las cosas lo mejor que uno puede. Un punto de Camino habla de no tener una visión chata, estrecha, de “ave de corral”. Pero el Opus Dei me enseñó a distinguir entre ambición egoísta y ambición para la gloria de Dios y el bien de los demás. Algo que he tenido muy presente últimamente, pues acabo de publicar un libro que seguramente será citado por el fiscal general al final del año. Ya antes de que apareciese, me repetía a mí mismo: “Toda la gloria para Dios, no para mí”. Algo que con toda seguridad no habría hecho antes.

El Opus Dei hace también que uno desee transmitir la fe a los demás de una forma espontánea. Hay un alumno en mi clase de Derecho Constitucional que estaba tan deprimido que quería suicidarse. Tras hablar con él largo y tendido, hace poco vino y me dijo: “Te voy a dar una buena noticia: soy un alcohólico”. Comprendí enseguida que era una buena noticia porque, por fin, lo había reconocido. Procuro ayudarle y animarle todo lo que, puedo, también espiritualmente. Si eso le hace crecer en sentido religioso, tanto mejor. Hay muchas maneras de hacer apostolado, es decir, de ayudar a la gente para que vea las cosas como son…”.

Jack Burns es un telefonista de mediana edad que vive en un barrio obrero del West Side, en Chicago. Es corpulento, extravertido, y tiene mucho sentido del humor. Cuando pidió la admisión en el Opus Dei, su mujer, Dorothy, quedó tan impresionada por el cambio que experimentó que ella misma se interesó por la Obra y terminó pidiendo la admisión también.

Jack: “Para mí el Opus Dei trata de santificar mi vida y mi familia y de animar a otros a hacer lo mismo. En el trabajo, procuro dar ejemplo y conocer mejor a mis compañeros, para poder ayudarlos. A veces, necesitan un consejo y yo les digo lo que pienso. No sermoneándoles, claro, sino de una manera natural”.

Dorothy: “Lo que más me impresionó cuando Jack se hizo del Opus Dei es que empezó a ayudarme mucho más en la casa. Tenemos seis hijos y fue como si de repente se diese cuenta de que yo necesitaba colaboración para hacer la vida agradable en el hogar. Solía jugar al béisbol al salir del trabajo, al menos tres días por semana, pero lo dejó. Llegaba a casa antes y bañaba a los niños. Parece una tontería, pero me impresionó y me hizo pensar…

Cuando la familia es numerosa, una llega a sentirse abandonada si carece de vida interior. La vida interior proporciona seguridad y fuerza para afrontar las dificultades. La gente se enfada y se altera por cualquier cosa. Mi experiencia es que, rezando, las cosas se resuelven. No es que todo salga a pedir de boca, pero ayuda. La gente quiere que todo le salga bien… Yo hago lo que puedo, procuro hacerlo, y dejo que Dios haga el resto.

Hay tantas cosas que alejan de Dios, tantas cosas materiales, tantas ideas que tratan de arrancarnos la fe… Una vez, leyendo en una revista femenina un artículo de una doctora en Filosofía, católica, me extrañó que tratara de justificar por qué solo quería tener dos hijos. Se lo di a leer a Jack, que, cuando lo hubo leído, me dijo: “No menciona a Dios ni una sola vez. Sólo habla de sus deseos: yo quiero, yo quiero…” Era cierto”.

Jack: “Es todo muy sutil. La gente escribe muy bien y parece que tiene razón. Pero, cuando se reflexiona, uno se da cuenta de que se olvida de Dios, de que sólo trata de hacer lo que le apetece. A mí, por ejemplo, me apasiona la pesca, pero si dejara que me absorbiese y me apartase de mi vida espiritual y mi familia…

En junio iremos todos de pesca, con los chicos y los vecinos. Disfrutaremos de lo lindo y, al mismo tiempo, tendremos oportunidad de hablar con los demás y procuraremos ayudarles, si hace falta. Lo malo es que cuando se va de pesca se suele beber mucho, así que tendremos que tener cuidado…”.

Un Evangelio con “efectos especiales”

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Juan Ignacio Valdivieso vive en Chile y es ingeniero de sonido y dueño de un estudio de grabación. En este relato cuenta cómo conoció el Evangelio a partir del trabajo de edición que realizó con un amigo

Opus Dei - Juan  Ignacio Valdivieso: “Me siento un afortunado y eterno agradecido de  haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño que  descubrí al reencontrar mi relación con Dios”.

Juan Ignacio Valdivieso: “Me siento un afortunado y eterno agradecido de haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño que descubrí al reencontrar mi relación con Dios”.

“Todo comenzó cuando mi amigo Raúl Bezanilla me pidió que mejorara la calidad de un CD con pasajes del Evangelio que le había llegado de España a don Álvaro Rocha, sacerdote del Opus Dei. Como el resultado no era bueno, me tomé la libertad de cambiar las voces españolas por chilenas y ambienté los pasajes con sonidos de la naturaleza, música y otros ‘efectos especiales’. A todos les encantó y María Paz, la señora de Raúl, sugirió que grabáramos el Evangelio completo.

“Yo estaba absolutamente alejado de la Iglesia desde los trece años: llevaba treinta y cinco sin acudir a Misa, sin confesión, sin recibir la Comunión.

“Acepté el proyecto sólo por cariño y compromiso hacia las personas que me lo pidieron. Me fui metiendo y a los pocos meses de trabajo, desayunaba Evangelio, almorzaba Evangelio y comía Evangelio. Gracias al apoyo y amistad de don Álvaro, me reencontré completamente con Dios y me vino una tranquilidad absoluta. Comencé a asistir a Misa los domingos y luego los días de semana”.

“No me importa el dinero”

Lo que al comienzo parecía tarea de unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación que se concretaron en ocho CD, con 279 pistas.

Existía un solo problema, el económico, porque el proyecto era totalmente inviable.

Para el personaje de narrador, Juan Ignacio quería a Fernando Solís, uno de los tres locutores más importantes del mercado latinoamericano de publicidad, además de ser la voz en español de todas las sinopsis de Universal Pictures.

Opus Dei -  Carátula del CD “Jesús de Nazaret”: Lo que al comienzo parecía tarea de  unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que  involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación.

Carátula del CD “Jesús de Nazaret”: Lo que al comienzo parecía tarea de unos pocos meses, se transformó en un gigantesco proyecto de audio que involucró a treinta y siete actores y más de mil horas de grabación.

“Me decidí a llamarlo y contarle sobre el proyecto, explicándole que desgraciadamente los honorarios para este personaje eran más bien simbólicos, ya que equivalían a lo que él ganaba por grabar dos comerciales que le tomaban diez minutos.

“Me escuchó muy tranquilo, sin pronunciar palabra al otro lado del teléfono; cuando terminé de hablar, me dijo: ‘Yo estoy todo el día grabando textos sobre pastas de dientes, bancos, etc. Mi voz es un don de Dios y qué mejor manera de retribuirle este don que participar en este trabajo; no me importa el dinero: dime tú cuanto tienes y no nos hagamos problema por esto’.

“Yo no podía creer lo que estaba escuchando y me dejaron muy impresionado sus palabras.

“Durante quince meses, Fernando grabó prácticamente todos los días. Nunca tuvo una mala palabra, un gesto de desgana, una grabación mal hecha. Fue un ejemplo de generosidad y profesionalismo para todos”.

“En los momentos difíciles, el nivel de compromiso, incluso en personas alejadas de la fe, nos motivaba a seguir adelante. Aportaron su trabajo (había que grabar hasta doce veces, pues nada resultaba a la primera) sin pensar en la retribución económica, a pesar de que muchos no tenían una buena situación. Patricio, el actor que interpreta a Jesús, me confesó que después de cada grabación dejaba de hacer comerciales durante tres días por lo emocionado que quedaba. Al final, me dijo: “¡gracias, gracias por haberme permitido participar en este proyecto. Es lo mejor que he hecho!”

“Otro que se involucró completamente y del cual aprendimos mucho fue Daniel Lencina hijo, compositor de los quince temas de música original. Pese a que varias veces debía tocar con su grupo hasta la madrugada, aparecía impecable cada mañana en el estudio”.

Parada junto a la puerta, no pudo aguantar la emoción

Opus Dei -  “Dediqué a este proyecto infinitos desvelos y muchas levantadas al alba,  con un amor y perseverancia que es difícil de trasmitir. Cuando  estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación”,  señala el ingeniero de sonido.

“Dediqué a este proyecto infinitos desvelos y muchas levantadas al alba, con un amor y perseverancia que es difícil de trasmitir. Cuando estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación”, señala el ingeniero de sonido.

Para el personaje de Zacarías, Juan Ignacio quería a una vieja gloria de los locutores chilenos. “Hablé con él y me dijo que lo haría encantado, pero que no vendría al estudio, sino que mandaría por internet el texto grabado. La primera grabación enviada no sirvió, pues era muy débil y necesitaba una dirección. Hablé con él nuevamente y le comenté que no estábamos llegando al personaje. Me mandó una nueva grabación que tampoco pudimos usar. Logré convencerlo de que fuera al estudio a grabar y no llegó de muy buen humor. Lo puse a escuchar el resto de la pista ya terminada en la que faltaba sólo su voz y le dije que se imaginara el tiempo, el lugar y el personaje. Al concluir, nos pusimos a oír. Vi que tenía los ojos húmedos, me dio un fuerte abrazo, me dijo: ‘gracias’ y se fue. Grabamos una vez solamente y creo que salió perfecto.

“En otra ocasión, le mandé una copia del pasaje de la Anunciación al actor que prestó su voz al arcángel Gabriel. Luego de un par de horas me llamó para contarme lo que le había pasado: estaba en su dormitorio oyendo muy concentrado cuando cerca del final del audio escuchó unos sollozos; se dio vuelta y vio a la empleada de su casa que se había quedado en silencio, parada junto a la puerta. No había podido aguantar la emoción.

“Dediqué a este proyecto más de mil horas de trabajo en estudio, infinitos desvelos y muchas levantadas al alba, con un amor y perseverancia que es difícil de contar y trasmitir. Cuando estábamos en la mitad de la grabación, quise hacer mi Confirmación. “Me siento un afortunado y eterno agradecido de haber podido participar en este proyecto y de recibir todo el cariño y amor que descubrí al reencontrar mi relación con Dios.

“Sólo puedo dar gracias a las personas que me pidieron participar en este trabajo e infinitas gracias a Dios por haberse fijado en mí y haberme entregado y enseñado tanto en este año y medio”.

Los ocho CD pueden obtenerse en el Club de Lectores de El Mercurio o en www.jesusdenazaret.cl. En este sitio también es posible oír parte de la grabación del Evangelio.

El quinto continente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En realidad, la historia del Opus Dei en Australia comienza con un australiano, profesor de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Sydney, y que cuenta 37 años. Está casado y tiene una familia de siete hijos. 1960 es un año sabático y lo aprovecha desplazándose a Boston, en los Estados Unidos. Cuando conoce la existencia de una Residencia universitaria católica llega, con su maleta y su buena voluntad de estudioso, a Trimount House, dirigida por miembros del Opus Dei. A pesar de su calidad de profesor, comparte la vida de los estudiantes. Procura aprender todo cuanto los Estados Unidos pueden darle en este tiempo. Encuentra también algo inesperado: la voz de Dios, que le llama en su profesión, en su familia, en su ambiente habitual de trabajo. Y pide la admisión en la Obra.

Repetidamente, el Padre ha dejado muy clara la idea de que la vocación al Opus Dei es única. Santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario, elevando a Dios las realidades temporales, es algo que no exige condicionamientos de estado. Algunos miembros ofrecen a Dios su vida entera y permanecen solteros, por razón de disponibilidad y entrega a los demás miembros de la Obra y a las tareas de apostolado. Pero hay un gran número de miembros -hombres y mujeres- que llevan adelante su vocación en medio de las obligaciones profesionales y familiares propias de su estado y condición. Estos miembros -Supernumerarios- han sido y serán columnas firmes del Opus Dei.

Con este apoyo humano, empieza el Opus Dei en Australia. En el verano de 1961, aquel profesor, Lanold Woodhead, vuelve a su patria.

Oceanía es el único continente en el que no hay aún Centros del Opus Dei. Y porque no existen distancias para los que desean abrazar el mundo en el amor de Dios, en 1963 salen, camino de las antípodas, cuatro miembros de la Obra. Han pasado unos días junto al Padre y ahora, con su bendición, su abrazo y un tríptico de la Virgen que reza: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, navegan los mares de Asia. El 16 de noviembre llegarán a Sydney.

Está cerca la Navidad, y las cartas con Roma menudean. Cuentan al Padre las incidencias de esta nueva tierra. Cuando llega una carta con la letra inconfundible del Fundador, se reúnen para saborear las palabras: « ¡Que Jesús me guarde a esos hijos!… El mar, el inmenso mar que rodea Australia, se vuelve corto y fácil porque esta comunión de sentimientos y motivos les une por encima de las distancias. No resulta extraño leer, en un párrafo que llega de cualquier parte del mundo: «Nunca pensé que Australia estuviera tan cerca: leyendo tu carta, me parecía que estabas aquí, entre nosotros, terminando una tertulia… » (29). Estas primeras Navidades pasarán muy deprisa, junto al belén sencillo que ponen en el Centro de Sidney.

La ciudad tiene casi tres millones de habitantes. Es una población en la que los asiáticos, a pesar de las restricciones inmigratorias, forman una gran parte del censo estudiantil. Algunas personas están interesadas y dispuestas a financiar la construcción de un College en la Universidad de Nueva Gales del Sur, que ofrezca a los estudiantes un ambiente y formación cristianos. Han tomado contacto con el Opus Dei y desean confiarle esta actividad. En la Universidad de Nueva Gales del Sur, con un aforo de dieciséis mil alumnos de diversas Facultades, existen ya ocho Colleges. Algunos pertenecen al propio estamento de la Universidad. Hay uno judío y otro dirigido por profesores anglicanos. En 1971, se inaugura el último: Warrane College, dirigido por miembros de la Obra, con servicios para ochocientos estudiantes y residencia para doscientos. Warrane es el nombre que utilizaban los aborígenes para designar la zona de Sydney Cove, donde se estableció james Cook en 1770, durante sus expediciones colonizadoras. Desde la última planta de Warrane College se podrán distinguir los rascacielos y el famoso puente de Sydney, el aeropuerto Mascot, el Centenial Park y el Showground. Todo, unido a un espectáculo natural espléndido, evidencia la riqueza de una tierra inmensa.

Cuando Warrane College se inaugure oficialmente, estarán presentes el Gobernador de Nueva Gales del Sur, el Ministro de Obras Públicas, miembros del Parlamento, el Canciller, Vicecanciller y Claustro de la Universidad. Más de cuatrocientas personalidades civiles y académicas asistirán también al acto. En su discurso de apertura, el Presidente del Comité de Promoción destacará que el College se abre, desde el principio, a personas de todas las religiones, nacionalidades, razas y estratos sociales.

La mayoría de los estudiantes procederá de familias con escasos medios económicos y acudirán con becas del Gobierno. Muchos han de compartir el estudio con un empleo remunerado. La convivencia será muy internacional: de Afganistán a Ghana, de Malasia a Turquía, de Vietnam a México, llegarán a este Centro que ofrece mucho más que un sitio donde vivir. Es también un lugar donde se respetan creencias y convicciones; en el que existe colaboración para el estudio mediante sistema de dirección tutorial; y que se brinda a un trabajo compartido y sincero.

El espíritu del College responde al modo de ser del Opus Dei. Por eso, desde su creación, es fiel a un inconformismo que aprendió de su Fundador y practica en toda latitud: dar a todas las actividades humanas su más honda y trascendente dimensión; negarse a la degradación de ideales e instituciones, lo mismo en un ambiente propicio que hostil. Warrane College será una nueva demostración de este programa.

En noviembre de 1965 llega la primera expedición de mujeres de la Obra a Australia. Toman el avión en Roma. El día 6, y en un vuelo que hace la ruta de Oriente, aterrizan en Sydney. En el pequeño grupo llegan a este nuevo país tres Numerarias Auxiliares de la Obra. Dios quiso que nacieran en pueblos pequeñitos de Galicia y Aragón para llamar luego a la puerta grande de sus corazones. Estas mujeres, jovencísimas, que han entendido perfectamente el espíritu de la santificación del trabajo -en su caso, las tareas del hogar-, no dudan en cruzar el mundo para llegar hasta una tierra en la que raza, idioma, costumbres, son radicalmente distintos. Y ahora, sobrevuelan el Pacífico para seguir extendiendo allí ese mismo espíritu.

Allí, en la pista, les esperan Margareth Horsch y varias amigas suyas. Margareth ha conocido la Obra en los Estados Unidos, siendo profesora de un Colegio de Milwaukee. Pertenece ya a la Obra, y al saber que las primeras mujeres del Opus Dei tomaban el camino de Australia, solicita el regreso a su país de origen, busca un nuevo trabajo en Sydney y comienza los preparativos para recibirlas.

Por eso se adelanta, radiante, para dar un abrazo que tiene preparado desde hace varios meses. La primera casa que van a ocupar es un pequeño chalet rodeado de jardín. Más tarde, este Centro se llamará Eremeran. En lenguaje aborigen significa roca. En la mejor habitación -reservada para el oratorio- se encuentran instalados ya la tarima y el altar que ha de acoger la presencia de Jesucristo. Dos días más tarde, una iglesia cercana les presta un sagrario. Con el dinero sobrante del viaje, se comprará lo necesario para que el Señor se quede ya en el primer Centro que abre la Sección de mujeres en el quinto continente.

Una de las señoras que acudió al aeropuerto el día de la llegada, les envía a su hija mayor para que ayude en la instalación de la casa. Años más tarde, Rosemary Mullins será la primera mujer que solicitará la admisión en el Opus Dei en Australia.

Al empezar el nuevo año académico de 1966, habrán llegado otras mujeres de la Obra, procedentes de Perú, Chile y España. Algunas promueven la apertura de Creston, una Residencia Universitaria femenina. En esta casa pedirán la admisión al Opus Dei un buen grupo de australianas.

El Padre sigue, paso a paso, los caminos de sus hijos por este continente rodeado de mar y de esperanza. Cuando María Jesús Mancisidor, una Numeraria Auxiliar, se dispone a partir hacia Australia, el Padre le pregunta si se va contenta:

La respuesta es inmediata:

-«¡Padre: ¡Me voy contentísima! »(30).

Y Monseñor Escrivá de Balaguer lleva a su oración, a su conversación diaria con Dios, el agradecimiento de ver cómo sus hijos se van a las antípodas con esa alegría grande; con esa divina capacidad de realizar lo costoso con toda sencillez, sin darle mayor importancia.

“Yo os llamo amigos”

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros… trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (…). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.

3. Cómo era el Padre

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Usted ha vivido cuarenta años junto al Padre. Soy consciente de que es prácticamente imposible describir una personalidad tan rica en cualidades humanas y dones sobrenaturales como la del Fundador del Opus Dei. Pero, por otra parte, ¿quién, fuera de usted, podría ofrecer un retrato lo menos incompleto posible?

–Su personalidad era tan rica de facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales. Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracia de Dios y la lucha ascética. He dicho intencionadamente “distinguir” y no “separar”, porque uno de los rasgos fundamentales de su personalidad era la perfecta unidad, la plena compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos de su vida. Sería imposible diferenciarlos.

Nos enseñó siempre que las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales: quienes han tenido la suerte de vivir a su lado han visto realizada en su comportamiento aquella unidad de vida que predicaba con tanta pasión.

Para trazar un cuadro de conjunto, se podría decir que, ya fuera por sus virtudes o por sus dotes naturales –inteligencia, simpatía, carácter–, el Padre tenía la perfección del instrumento preparado por el Señor para la misión de fundar el Opus Dei.

Para comprender el carácter de nuestro Fundador es preciso tener presente una cualidad fundamental, que penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por Él; la disponibilidad para corresponder generosamente a la Voluntad del Señor. Este fue el norte de toda su vida. Como hombre enamorado, había descubierto el secreto que describió en el punto 1006 de Forja: Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer –en una palabra–, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. –Este es el secreto infalible –insisto– del gozo y de la paz.

Su entrega no era fría, “oficial”. Brotaba del amor y por eso se traducía en muestras sinceras de cariño y comprensión: tenía un corazón grande y noble. Estaba abierto a todos. Amaba el mundo apasionadamente, porque había sido creado por Dios. Le atraían todas las realidades humanas. Leía los periódicos, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna… Era muy afable, sabía dar confianza y acoger a los demás.

A propósito de canciones: al Fundador le gustaba oír cantar, y refiriéndose a los viajes apostólicos realizados para preparar la “prehistoria” del Opus Dei en distintos países, afirmaba que había sembrado Europa de Avemarías y canciones…

–Sí, cantaba muy a menudo, con aquella voz suya de barítono, tan afinada y agradable. No era un hombre hosco, distanciado; al contrario, rebosaba humanidad, cordialidad, alegría. Nos enseñó que una sonrisa es, muchas veces, la mejor mortificación, porque nuestras mortificaciones nunca deben molestar a los que están a nuestro alrededor. Y fue por delante cumpliendo fielmente esta enseñanza. Su vida de oración y de penitencia, lejos de entristecer a los demás, infundía un auténtico gozo sobrenatural y humano a los que estaban a su lado.

Volvamos al temperamento del Padre…

–Puedo asegurar que su vida fue paradigma de hombre que sabe querer con todo el corazón y que desea servir a los demás y hacerles felices.

Estaba dotado de una inteligencia rápida y aguda, complementada por una cultura nada común y abierta a todas las ramas del saber, una destacada mentalidad jurídica y un notabilísimo gusto estético. Su personalidad humana era vigorosa y recia; su temperamento, valiente e impetuoso, fuerte y enérgico, y supo adquirir pleno dominio de sí mismo. Más de una vez me contó lo que le sucedió cuando era un sacerdote joven. Por un grave contratiempo había perdido un momento la serenidad: Me enfadé… y después me enfadé por haberme enfadado. En aquel estado de ánimo, caminaba por una calle de Madrid y se tropezó con una de esas máquinas automáticas que hacían seis fotos de carnet por unas monedas: el Señor le hizo comprender que tenía al alcance de la mano una buena ocasión para humillarse y recibir una lección ascética sobre la alegría. Entró en la cabina y se hizo las fotografías: ¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! Después rompió todas menos una: La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía.

El Fundador nos ha enseñado la corrección en el vestido, y una cierta elegancia según las circunstancias sociales de cada uno. Es un modo “secular” de entender la pobreza en este campo, en el que también fue por delante.

–Solía tener dos sotanas, que utilizaba en días alternos para que le durasen más; pero en algún periodo, por ejemplo, entre 1941 y 1944, no tuvo más que una, y así, cuando era preciso repasarla, no le quedaba más remedio que encerrarse en su habitación hasta que su hermana Carmen terminaba de coserla. También alguna vez en Roma tuvimos que pedir a sus hijas que la repasaran mientras esperaba en su habitación, en mangas de camisa.

Todas las noches cepillaba con cuidado el polvo de la sotana y, si tenía alguna mancha, la limpiaba con un poco de agua: yo le he ayudado muchas veces en esta operación, sosteniendo la tela. Cuando hacía falta lavarla, la pasaba a sus hijas que trabajaban en la Administración de la casa. Por eso le duraban tanto tiempo.

Hasta la fundación del Opus Dei, el Padre tenía la ropa sacerdotal necesaria tanto para invierno como para verano: cada año –cuando estaba todavía en Zaragoza–, se ponía la ropa de invierno el doce de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, y el siete de marzo, entonces fiesta de Santo Tomás, la de verano. Esto significa que pasaría calor en octubre, y frío en marzo y abril. Desde la fundación del Opus Dei en adelante, como otro signo de sobriedad y pobreza, decidió usar las mismas prendas todo el año.

No le gustaba llevar camiseta, y esto desde que era niño. Pero estando en Turín el 27 de noviembre de 1949, pescó un fuerte resfriado por el intenso frío. Le compré entonces una de lana y le rogué que se la pusiera. Accedió, pero, como no estaba acostumbrado a llevarla, le cortó las mangas. Años después, para combatir el reumatismo, los médicos le prescribieron que usase rodilleras: nuestro Fundador empleó entonces aquellas mangas como “rodilleras”.

Padre, algún otro detalle de su vida cotidiana…

–El Padre amaba la limpieza y el aseo personal, pero no usaba ningún tipo de perfume, convencido de que para un sacerdote el mejor olor es no oler a nada; sólo al cabo de los años aceptó nuestro consejo de emplear un agua de lavanda para desinfectar eventuales cortes al afeitarse.

Durante muchos años se cortaba el pelo en casa con nuestra ayuda; en un momento determinado, quiso comprar uno de esos peines con cuchilla pensados expresamente para cortarse el pelo uno mismo. Pero acabamos aconsejándole que recurriera al peluquero, porque el pequeño ahorro económico no compensaba los resultados tan poco satisfactorios.

Como estaba heroicamente desprendido de sí mismo, no tenía nada superfluo. Por ejemplo, desde los años cuarenta hasta 1970 usó siempre las mismas gafas, aunque eran de un modelo bastante anticuado. Se decidió a cambiarlas por la insistencia de don Javier Echevarría y mía.

Desde 1953 el Padre dormía, en la Sede Central, en una habitación pequeña y fría con el pavimento de baldosas. Un día de 1973, al levantarse por la mañana, se cayó al suelo y estuvo algunos instantes sin conocimiento sobre las frías losas. Cuando lo supe, me preocupé, por su predisposición a las enfermedades bronquiales: poco tiempo antes le había sucedido algo similar a un cardenal de la Curia Romana, el Cardenal Larraona, quien contrajo una pulmonía y murió repentinamente. Por eso, aprovechando un viaje de nuestro Fundador, en 1974 revestimos el suelo de moqueta. A su regreso se molestó, porque habíamos tomado aquella iniciativa sin que lo supiera, y sólo la aceptó cuando le dijimos que lo habíamos hecho por consejo del médico.

Sé que el Padre no fumaba. Lo había dejado cuando entró en el seminario, y regaló el tabaco y las pipas al portero.

Sin embargo, vivió siempre con personas que fumaban, sin quejarse nunca. Es más, si recibía como regalo de alguna visita una caja de puros, los guardaba para los demás. Los dejaba en un armario empotrado de su dormitorio con un frasco de agua al lado, que iba sustituyendo periódicamente, para que no perdiesen humedad. Los días de fiesta los llevaba a la tertulia, después de comer, con gran alegría, y dejaba encendida una vela fina para que los fumadores pudieran prender sus cigarros.

Estas anécdotas traducen la sencillez, la delicadeza, el espíritu de servicio, el orden y el buen humor del Padre. Y, ya que hablamos de su vida cotidiana, ¿sería posible trazar el esquema de una de sus jornadas habituales?

–En realidad, no se puede hablar de una jornada “habitual”, porque su actividad se organizaba siempre en función de lo que el Señor le pedía: servir a todas las almas por amor. Lo verdaderamente habitual para nuestro Fundador era la disponibilidad de secundar en todo momento el querer divino.

Es verdad que a lo largo de su existencia terrena se sujetó a un plan de vida que tenía puntos de referencia intocables: la oración mental, la Santa Misa, el rezo del Breviario y del Santo Rosario, y otras prácticas de piedad. De hecho, y contrariamente a lo que podría pensar quien le hubiera escuchado hablar tan sólo de la santificación del trabajo, sin conocer bien el espíritu del Fundador de la Obra, repetía constantemente esta verdad fundamental: El arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración, y tenemos alma contemplativa.

Aun conservando estos puntos esenciales, la jornada del Padre tuvo características muy diferentes según las distintas épocas: por ejemplo, sus jornadas de los años treinta, cuando desarrollaba una intensa y directa actividad pastoral por los barrios de Madrid, eran muy diferentes de las de los años sesenta, en Roma, cuando su ocupación fundamental era el gobierno y la atención al desarrollo del Opus Dei.

Hablemos entonces de una jornada–tipo del Padre, en Roma, durante los últimos años.

–Al final de los años sesenta, el Padre, obedeciendo a lo que le habían prescrito los médicos, descansaba todas las noches entre siete horas y media y ocho: era tan fiel a la indicación recibida que, aunque se despertaba mucho antes, no se levantaba de la cama hasta que no se lo decía uno de sus Custodes, don Javier Echevarría; el otro Custos era yo. Antes de recibir esta prescripción médica, tenía la costumbre de levantarse en cuanto se despertaba, o apenas sonaba el despertador, aunque hubiera dormido sólo dos o tres horas: nunca se quedaba en la cama más del tiempo previsto, ni durmió jamás la “siesta”. Para no darnos preocupaciones, no le gustaba hablar de sus largas horas de insomnio, que pasaba haciendo oración. Siempre me he divertido cuando alguno le preguntaba por la mañana si había descansado bien; el Padre respondía con frecuencia: Muchas gracias, igualmente; así daba la impresión de que contestaba a la pregunta, pero, de hecho, la eludía.

En cuanto se despertaba, vivía el minuto heroico: saltaba de la cama y besaba el suelo, pronunciando como jaculatoria un vibrante Serviam! Ofrecía toda su jornada al Señor, y hacía la señal de la cruz sobre su frente, sobre los labios y sobre el pecho, mientras repetía: Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor. Besaba también el crucifijo y la imagen de la Virgen que tenía sobre la mesilla de noche.

Mientras se afeitaba solía repetir las oraciones que había aprendido en su infancia de labios de sus padres. Muchas veces, sobre todo a partir de los años cincuenta, en que ya tuvo una habitación personal, rezaba estas oraciones en voz alta, e incluso cantando. Después del aseo personal se preocupaba de dejar bien limpio el baño, arreglar la habitación y de que todo quedase en orden, por delicadeza con las personas que se ocupaban de las tareas del hogar, y para facilitarles su trabajo.

Acto seguido, continuando con la oración mental que había hecho mientras estaba despierto, en la cama, hacía otra media hora como preparación inmediata para la Santa Misa. A veces dirigía la meditación en voz alta para los que estábamos en el oratorio; debo decir que todos esperábamos, como un gran regalo del Señor, los momentos en los que el Padre, por decirlo así, nos abría su alma y nos confiaba, en la presencia de Dios, detalles de su vida interior. Pero la mayor parte de las veces, sobre todo en los últimos años, utilizaba los libros de Meditaciones escritos por indicación suya.

En cuanto a la Santa Misa, habría que extenderse mucho más…

Sobre este tema me reservaría una pregunta específica para cuando hablemos de la vida sacramental del Padre.

Conforme, lo dejamos para entonces. Su desayuno era frugal y rápido, de acuerdo con su profundo espíritu de mortificación y la severa dieta que los médicos le habían impuesto desde que le diagnosticaron la diabetes. Se limitaba a una taza de café con leche sin azúcar, y sin pan, y a una fruta, generalmente una manzana o una pera. Mantuvo este régimen después de curarse de la diabetes, sustituyendo la fruta por un pequeño trozo de pan. Siempre era café poco cargado, y la leche, descremada.

Después del desayuno, el Padre dedicaba unos minutos a la lectura del periódico. Antes, dividía las páginas en dos mitades, y me las iba pasando a mí, que desayunaba a su lado. Se notaba que, mientras leía, rezaba por tantos problemas del mundo y de la Iglesia. En los últimos años, se puede decir que prácticamente no conseguía leer el diario porque, muchas veces, le sucedía que, nada más empezar, prescindía inmediatamente de las noticias, y su mente se sumergía por completo en Dios: apoyaba la frente sobre la palma de la mano derecha, cerraba los ojos y rezaba, aprovechando que estaba a solas conmigo. Mirándole, y viéndole tan absorto en Dios, yo también rezaba.

Tras el Breviario, que solía recitar condon Javier Echevarría y conmigo, antes de empezar a trabajar, el Padre dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde, etc. Tengo la certeza de que siempre sacaba por lo menos una consideración para meditarla durante el día en la presencia de Dios.

La mañana de trabajo comenzaba normalmente con el despacho de asuntos relacionados con el gobierno del Opus Dei. En este trabajo de gobierno, nuestro Fundador veía siempre almas detrás de los papeles. Para mantenerse en la presencia de Dios se valía de algunas “industrias humanas”; por ejemplo, miraba frecuentemente al crucifijo de la pared o a la imagen de la Virgen que estaba en su escritorio. Me impresionó siempre el cariño con que besaba esta imagen cuando yo la hacía caer, sin darme cuenta, al cambiar de sitio alguna cosa.

Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí –y en los últimos años también a don Javier–, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla. Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía.

Terminada la lectura del correo, rezaba el Angelus al mediodía. Constituía un momento importante de su jornada, porque además de ser una conversación filial con la Virgen, marcaba el tiempo en que su devoción eucarística cambiaba de signo: hasta entonces había pasado la mañana dando gracias a Dios por la Misa que había celebrado; a partir del Angelus comenzaba a prepararse para la Misa que celebraría al día siguiente.

A continuación iniciaba el espacio dedicado a recibir a las numerosas personas que acudían, a veces desde países muy lejanos, para visitar a nuestro Fundador y recibir su estímulo y sus consejos. Dispuso que, salvo algún caso excepcional, cada visita durase diez minutos: en parte, por motivo de orden, ya que eran muchos los que deseaban conocerle; y en parte, por mortificación, para evitar entretenerse más con las personas cuya compañía, por la razón que fuese, le resultaba más grata. Naturalmente, cuando era oportuno, el Padre dedicaba el tiempo que hiciera falta y no dudaba en quedar de nuevo para otra entrevista.

Después de despedirse de la última visita con una bendición sacerdotal y paterna, rezaba con los miembros del Consejo General las Preces de la Obra: como es costumbre en el Opus Dei, besaba el suelo diciendo Serviam! y renovaba interiormente el ofrecimiento de obras que había hecho por la mañana; después rezaba las invocaciones de alabanza y súplica a la Trinidad, a Jesucristo, a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios; rezaba por el Papa y por el obispo de la diócesis –cuando estaba fuera de Roma–, por la unidad en el apostolado, por los benefactores de la Obra, por sus hijos y por los difuntos, y terminaba con una oración y seis invocaciones a los Patronos del Opus Dei: tres Arcángeles y tres Apóstoles.

Al final de las Preces, el Padre hacía un breve examen de conciencia sobre la mitad de la jornada transcurrida y consideraba, en particular, cómo había cumplido el propósito formulado en el examen de conciencia de la noche anterior. Si se daba cuenta de que aquella mañana había algo por lo que debía pedir perdón a alguien, actuaba con rapidez, buscando inmediatamente al interesado.

Normalmente comíamos con el Padre sólo don Javier Echevarría y yo, por la sencilla razón de que no quería obligar a sus hijos más jóvenes, que seguramente necesitaban comer más, pues era muy austero en las comidas. También por este motivo, cuando tenía invitados, se las ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los otros comensales. En el almuerzo, como en el desayuno, seguía la dieta prescrita por los médicos, pero, además, procuraba añadir a cada plato el condimento de la mortificación. De primero, tomaba verdura cocida y sin sal. De segundo, un poco de carne o de pescado, generalmente a la plancha, con un mínimo de guarnición. De postre, fruta. No probaba el pan ni el vino, y bebía uno o dos vasos de agua, por expresa indicación médica, pues, por su parte, tendía a mortificar severamente la sed. También por mortificación, nunca empezaba a comer hasta que nos habíamos servido don Javier Echevarría y yo.

Después del almuerzo el Padre hacía la Visita al Santísimo. Luego pasaba un rato, treinta o cuarenta minutos, charlando con sus hijos: era una costumbre que nuestro Fundador practicó siempre, a diario, desde que los miembros del Opus Dei comenzaron a vivir en familia en nuestros Centros, e indicó expresamente que se viviera en todos los Centros de la Obra. En el ambiente sencillo y acogedor del cuarto de estar, como sucede en toda familia cristiana, la conversación discurría sobre los sucesos cotidianos, y anécdotas apostólicas, o también temas divertidos; el Padre aprovechaba para formar en nosotros un criterio doctrinal seguro, para dar tono sobrenatural a las noticias del día, y hacer descansar a sus hijos. En muchas ocasiones nos abría confidencialmente su alma, y transmitía su espíritu, mejorando la formación espiritual de quienes le escuchaban. Me ha admirado siempre ver cómo se entregaba el Padre en estas reuniones, completamente olvidado de sí mismo, incluso cuando se encontraba agotado por el cansancio, las noches de insomnio o por haber sufrido una dura contrariedad.

Después de este rato de familia hacía la lectura espiritual, preferentemente con tratados clásicos de ascética, y volvía otra vez al trabajo: no le gustó nunca la siesta, hasta el punto de disponer que los miembros de la Obra no la hiciesen salvo por prescripción médica. A primera hora de la tarde continuaba la tarea de la mañana, y era muy frecuente que llamase a algún miembro del Consejo General para estudiar juntos algún asunto concreto. Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde.

Durante el tiempo de trabajo que precedía a la media hora de oración de la tarde, se preparaba interiormente para esta cita con el Señor. Después, antes de volver a las ocupaciones interrumpidas, la merienda, que consistía en un vaso de agua y una pieza de fruta, que con frecuencia dividía con don Javier o conmigo.

Todos los días recitaba y meditaba las tres partes del Rosario: las distribuía oportunamente a lo largo de la jornada, y terminaba con la parte del día, junto con las letanías lauretanas, después de la oración y la merienda.

La cena era aún más frugal que el almuerzo: un plato de menestra, de caldo o de verdura, sin pan; en los últimos años el médico le mandó tomar también un poco de queso, o una tortilla, además de fruta.

Después de la cena, el Padre veía a veces el telediario. También en estos momentos se valía de algunas “industrias” para vivir la presencia de Dios: por ejemplo, cuando aparecía sobre la pantalla la carátula del programa, con la imagen del globo terráqueo girando sobre su eje, aprovechaba para rezar por la evangelización de la Iglesia en todo el mundo, y por el trabajo apostólico del Opus Dei. Puedo afirmar que, especialmente en los últimos años, el Padre rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo.

Después del telediario volvía a su trabajo hasta las nueve y media. A esta hora pasaba otro rato con sus hijos en una tertulia familiar como la del mediodía. Al terminar, antes de salir de la habitación, se paraba un instante en la puerta, de modo casi imperceptible, para “dejar pasar a sus dos ángeles”: era un pequeño detalle que pasaba inadvertido a los demás y que muestra cómo vivía el trato con su ángel custodio y su arcángel ministerial. No era un gesto teatral, pues hacía falta estar muy atento y al corriente del “secreto”, para darse cuenta.

Inmediatamente después de esta tertulia con sus hijos, se retiraba en profundo silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones. Antes de acostarse recitaba a diario el salmo Miserere, postrado en tierra: después, de rodillas con los brazos en cruz, tres Avemarías, pidiendo la pureza para todas las almas, y especialmente para sí, y para sus hijos del Opus Dei. Solía meter en el bolsillo del pijama un crucifijo, que besaba repetidamente antes de dormirse, mientras repetía jaculatorias, comuniones espirituales, etc., o acompañaba con la imaginación al Señor presente en los tabernáculos de lugares lejanos.

A través de los montes…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9).

Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro:

-«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo… »(10) .

Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen.

Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo… También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre.

El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático.

Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión.

El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche.

A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante.

Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta:

«Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11).

Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei:

«Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (…).

Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (…).

Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12).

El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro!

Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto.

«Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura».

“Ecce non est abbreviata manus Domini” -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13)

Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición.

Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta:

-«¿Cómo está el Padre?».

-«Muy bien», le contestan.

-«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?».

-«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14)

Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15)

Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre:

«Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y… que se mueva»(16).

El Padre rememora la historia de este santo aragonés.

También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones.

El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda.

Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz:

«Había un gran santo (…). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (…).

Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (…).

Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (…).

Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (…), pero para esto hay que hacer ese desprendimiento » (17).

Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo.

Una lápida que se alza en Villa Tevere conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos:

«Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. Laus Deo”».




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