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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; Torreciudad</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>Católicos chinos en Torreciudad</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Oct 2010 08:29:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Católicos chinos]]></category>
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		<category><![CDATA[Ntra. Sra. Emperatriz de China]]></category>
		<category><![CDATA[Papa Benedicto XVI]]></category>
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		<description><![CDATA[Una imagen de Ntra. Sra. Emperatriz de China, traída por alumnos de una escuela de Hon-Kong, presidió los actos Una pequeña comunidad de chinos católicos en España celebró el pasado día 24 de mayo, en el Santuario de Torreciudad, la Jornada de Oración por la Iglesia en China respondiendo al llamamiento general del Papa Benedicto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2>Una imagen de Ntra. Sra. Emperatriz de China, traída por alumnos de una escuela de Hon-Kong, presidió los actos</h2>
<p style="text-align: center">
<div style="text-align: center"><img src="http://www.opusdei.es/image/zhtrr.jpg" alt="Opus Dei - " width="400" height="266" /></div>
<p style="text-align: left">Una pequeña comunidad de chinos católicos en España celebró el pasado día 24 de mayo, en el Santuario de Torreciudad, la Jornada de Oración por la Iglesia en China respondiendo al llamamiento general del Papa Benedicto XVI, en solicitud de apoyo a los fieles del continente asiático.</p>
<div style="text-align: center"><img src="http://www.opusdei.es/image/vemp.jpg" alt="Opus Dei - " width="144" height="211" /></div>
<p>El encuentro estuvo encabezado por el sacerdote José Zheng, que ejerce labores pastorales en Salamanca desde hace tres años, y el rector del Santuario, Javier Mora Figueroa. Entre los asistentes se encontraban varias familias orientales procedentes de Madrid, Barcelona y Zaragoza.</p>
<p>Algunos de los asiáticos presentes han abrazado recientemente la fe católica, como la joven Zhao, <em>sol de la mañana </em>en castellano, que se bautizó en la catedral de Barcelona el año pasado o su amiga Lan, que se incorporó a la Iglesia en Roma en la Semana santa pasada.<a><br />
</a></p>
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		<title>En Torreciudad</title>
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		<pubDate>Mon, 18 Oct 2010 11:28:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[7 de abril de 1970]]></category>
		<category><![CDATA[curación]]></category>
		<category><![CDATA[oratorio]]></category>
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		<category><![CDATA[Santuario]]></category>
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		<description><![CDATA[Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas Estuvo tres veces en Torreciudad durante su vida. En la primera ocasión le llevaron sus padres, con dos años, en agradecimiento por su curación. Y acudió dos veces como peregrino al nuevo Santuario, cuya construcción había impulsado por amor a la Virgen, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José  Miguel Cejas</h2>
<p>Estuvo tres veces en Torreciudad durante su vida. En la primera  ocasión le llevaron sus padres, con dos años, en agradecimiento por su  curación. Y acudió dos veces como peregrino al nuevo Santuario, cuya  construcción había impulsado por amor a la Virgen, mientras se  realizaban las obras.</p>
<p>Su primera peregrinación tuvo lugar el 7 de abril de 1970. Se descalzó  un kilómetro antes de llegar, y fue caminando hasta a la ermita, sobre  los guijarros del camino y la gravilla. <strong>¡Perdóname, Madre mía!</strong> —exclamó, evocando la primera visita de su infancia—. <strong>Desde los dos  años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho,  con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha  alegría pensar en las miles de almas que te han venerado y han venido a  decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán</strong>.</p>
<p>Peregrinó por segunda y última vez a finales de mayo de 1975. El  Santuario estaba prácticamente acabado y a punto de inaugurarse. Le  gustó especialmente el retablo, porque movía a la piedad: <strong>Es todo un  señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas&#8230;, y la gente  joven! ¡Qué suspiros! (&#8230;) ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis  puesto tanto amor aquí&#8230;, pero hay que terminar, hay que llegar hasta  el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen.  Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la  nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!</strong></p>
<p>Quiso que se hicieran en el Santuario varias capillas y oratorios a la  Virgen en sus diversas advocaciones; del Pilar, de Loreto, de Guadalupe,  del Carmen&#8230; Pedía a la Virgen que Dios concediera a los que acudieran  hasta aquel lugar, <strong>un derroche de gracias espirituales</strong> (&#8230;) <strong>que  el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa  pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que  haya muchos confesionarios para que las gentes se purifiquen en el santo  sacramento de la penitencia y —renovadas las almas— confirmen o  renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo,  llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy  la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo  les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace  participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos  hogares, cuando Él les honre escogiendo almas que se dediquen, con  personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.</strong><a><br />
</a></p>
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		<title>Quién va y quién viene</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Oct 2010 09:10:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[Camino]]></category>
		<category><![CDATA[Filipinas]]></category>
		<category><![CDATA[opus dei]]></category>
		<category><![CDATA[Prelatura]]></category>
		<category><![CDATA[Torreciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Vittorio Messori]]></category>
		<category><![CDATA[vocación]]></category>

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		<description><![CDATA[Un capítulo del libro &#8220;Opus Dei. Una investigación&#8221; de Vittorio Messori Llegados a este punto, preveo la pregunta que yo mismo me planteé: ¿cómo se «prueba» la vocación, la llamada específica al Opus Dei? «¿Cómo se sabe que se ha recibido esta llamada? El modo más sencillo -y el más frecuente- sucede cuando una persona [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Un capítulo del libro &#8220;Opus Dei. Una investigación&#8221; de Vittorio  Messori</h2>
<p>Llegados a este punto, preveo la pregunta que yo mismo me planteé:  ¿cómo se «prueba» la vocación, la llamada específica al Opus Dei? «¿Cómo  se sabe que se ha recibido esta llamada? El modo más sencillo -y el más  frecuente- sucede cuando una persona entra en relación de amistad con  otras que ya pertenecen a la Prelatura, conoce su espíritu y, si es el  caso, comienza a preguntarse si no sérá también su camino. Quienes  juzgan si efectivamente hay &#8220;indicios&#8221; de vocación son los responsables  locales del Opus Dei. En definitiva, es la Prelatura quien admite. Como  sucede en cualquier organización voluntaria, el Opus Dei se reserva el  derecho de admisión. Libertad por los dos lados: por parte de quien  solicita ser aceptado, y por parte de la Prelatura de aceptarlo o no».  Así dice un texto oficial.</p>
<p>Y en el caso de que haya «vocación» -o al menos indicios de «vocación»-,  ¿quién puede llamar a la puerta para salir de dudas, y para que otros  lo comprueben de modo objetivo, en la medida que esto es posible para  los hombres?</p>
<p>La respuesta es muy sencilla: todos. Hombres y mujeres, solteros,  casados o viudos, de cualquier condición social, nacionalidad, raza, con  al menos dieciocho años pero sin límite de edad por arriba. Me contaron  que no pocos han entrado en el Opus Dei con ochenta y con más años:  «obreros de la última hora», según las categorías evangélicas, pero no  por eso rechazados.</p>
<p>Bien sé que -más aquí que en otros temas- sospecharéis que he sido  excesivamente benévolo a la hora de investigar la «leyenda negra» sobre  esta «masonería blanca».</p>
<p>Permitidme, sin embargo, que señale un hecho objetivo, que he podido  comprobar personalmente, aunque haya sido «desde fuera». Es cierto que  podrían haberme inducido a error, seleccionando a las personas que me  presentaban; pero son las estadísticas actualizadas sobre la institutión  las que lo confirman. Esas estadísticas demuestran que no estamos ante  un grupo exclusivo y elitista, en el que pueden entrar sólo ricos y  poderosos; o, al menos, gente con posición desahogada y cierta  relevancia social.</p>
<p>La sorpresa es grande al descubrir que -como declaró en varias ocasiones  el Cardenal Jaime L. Sin, arzobispo de Manila- en esa zona deprimida  como son las Filipinas, el Opus Dei es una de las instituciones  católicas que no se limita a «ayudar» a los pobres, sino que hace mucho  más: los cuentan entre sus miembros a pleno título. O cuando se descubre  que el Opus Dei está bien implantado en las favelas y en las villas  miseria de América Latina. O también cuando se observa al más de medio  millón de peregrinos -en gran parte auténticos «proletarios», según las  viejas categorías: es decir, de posición modesta- que cada año invade  Torreciudad, «el» santuario del Opus Dei. Y no pocos de esos  desfavorecidos romeros forman parte del Opus Dei.</p>
<p>Por otra parte, ya vimos que incluso el malévolo «The Economist»  atribuyó a la Prelatura la nota mínima en cuanto a exclusivity: un  miserable «uno» (calificación poco refinada para paladares elitistas),  frente a los «cuatro» y «cinco» de algunos clubes y asociaciones.</p>
<p>Escuchemos de nuevo a Gómez Pérez, ensayista informado y todo lo  objetivo que resulta posible a una persona existencialmente  «comprometida»: «La curva profesional de los miembros responde a lo  normal: una mayoría de personas con profesiones u oficios de los que se  suele obtener una mediana renta; unos pocos de renta alta y algo más que  unos pocos con menores rentas. Pero esa generalización, con ser muy  amplia, no serviría, por ejemplo, para algunos países americanos,  africanos o asiáticos, en peores condiciones de vida. Quizá se pueda  decir que existe una inflación de profesiones intelectuales, sobre todo  profesores. Respecto a la profesión, la idea central que basta para  entender el resto, es que ninguna profesión honrada es obstáculo para  pertenecer al Opus Dei. El hecho de estar situado socialmente más alto  no confiere ningún tipo de privilegio a los miembros del Opus Dei en el  seno de la institución. Para lo que se unen en la Prelatura -la vida  interior y el apostolado- todos son radicalmente iguales: una misma  vocación y unos mismos medios de formación».</p>
<p>En realidad, el porcentaje de intelectuales, más elevado que en los  grupos humanos normales, no es un hecho estadístico casual: parece  derivar de una atención particular hacia aquellos ambientes. Por decirlo  con las palabras «oficiales» del texto de la Postulación que cité  antes: «El fin para el que el Señor la suscitó es que la gente de todas  las categorías sociales, comenzando por los intelectuales, para llegar  después a todos&#8230;».</p>
<p>El punto 978 de Camino es significativo al respecto. Citando la frase de  Jesús a sus discípulos («Venid detrás de mí, y os haré pescadores de  hombres»), Escrivá comenta: «No sin misterio emplea el Señor estas  palabras: a los hombres -como a los peces- hay que cogerlos por la  cabeza».</p>
<p>En efecto, hoy es más superfluo que nunca señalar que a través de los  intelectuales llega al resto de la sociedad la mayoría de las ideas y de  los modos de comportamiento. Como ha escrito el cardenal Paul Poupard,  presidente del Pontificio Consejo para la Cultura: «El beato Escrivá  dedicó siempre la máxima atención a los que trabajaban con las ideas y a  los que las transmiten, porque nunca como en nuestro siglo el problema  de los problemas, para el cristianismo, es la relación del evangelio con  la cultura, es la evangelización de las inteligencias».</p>
<p>Junto a esa estrategia, real, existe también una explicación práctica,  ligada a la historia de la Obra, que comenzó con un grupo de jóvenes  universitarios que siguieron a aquel extraño sacerdote. Las primeras  «obras corporativas» en Madrid fueron una academia y una residencia para  estudiantes, sobre todo de derecho y arquitectura. Y como en la  institución se evangeliza «de igual a igual», difundiendo la propuesta  cristiana, en primer lugar, en el círculo más estrecho de amistades (que  normalmente comparten un mismo ambiente social y cultural), el «mensaje  Opus Dei» penetró de modo prioritario en los millieux intelectuales,  aunque con el tiempo se ha llegado a los demás ambientes. Apuntemos  también que tampoco aquí se cumple la «leyenda»: son los profesores, los  hombres de cultura (que de ordinario no gozan de una posición  desahogada) quienes tienen cierta prevalencia en la Obra: no los  «capitalistas», los profesionales ricos, los hombres de negocios, como  se cree y se escribe.</p>
<p>Es también significativo que, por no salir de Roma, entre las «obras de  la Obra» haya residencias de estudiantes universitarios (la mayor parte  de origen modesto, como señalamos al hablar de Pamplona), pero también  residencias para obreros y artesanos en formación; y que hay Centros  tanto en los barrios acomodados como en los populares.</p>
<p>Una realidad como, por citar un ejemplo de los mil casos posibles, el  Instituto rural Valle Grande, que es una de las más importantes  entidades americanas en favor de los campesinos más pobres del Perú, y  que está gestionada en gran parte por campesinos que -como tantos otros-  pertenecen al Opus Dei.</p>
<p>«Recordad que de cien almas, nos interesan las cien. La del indio de los  Andes tanto como la del hombre de negocios de Wall Street; la del ama  de casa tanto como la del premio Nobel de astrofisica».</p>
<p>Esta indicación del fundador me pareció una de las más presentes en las  actividades de la Prelatura. Así lo prueba también el hecho de que  muchos ataques provengan de los que -tanto dentro como fuera de la  Iglesia- les acusan de no hacer «opciones preferenciales» en el  apostolado, de dirigirse a todos con la misma atención, sin excluir a  priori a nadie; y sin pedir a nadie que trabaje en algo distinto de lo  que hace, ya sea «capitalista» o «proletario». Rechazan así los esquemas  demagógicos (carentes de cualquier justificación en el Nuevo  Testamento, que está a años-luz de tabúes modernos como los marxistas),  difundidos también en ambientes cristianos y que confunden la pobreza  «económica» con la pobreza «evangélica».</p>
<p>Desde una perspectiva cristiana, no hay «pobres» más necesitados de  ayuda espiritual que tantos ricos. La simple «pobreza» de bienes  materiales no es salvífica por sí misma; todo depende no del rédito sino  de la actitud del corazón. Sólo en las fábulas edificantes para  gauchistes ingenuos, el que carece de medios económicos es siempre  bueno, pacífico, altruista. Dice Peter Berglar: «tratar con caridad sólo  a los &#8220;pobres&#8221; es una deformación del espíritu cristiano, desde el  momento que los &#8220;ricos&#8221; -como sabemos por el evangelio- tienen una  necesidad particular de la gracia de Dios para salvarse. Y, por  consiguiente, están más necesitados de la caridad del prójimo».</p>
<p>Una perspectiva «humana, demasiado humana» (del tipo «clases  hegemónicas», «clases inferiores») insidió la visión religiosa, que por  el contrario todo lo juzga en términos de gracia y de pecado, de caridad  y de egoísmo, de desprendimiento y de avaricia.</p>
<p>Con palabras de Oscar Cullmann: «el evangelio no llama a los pobres a la  sublevación, sino a los ricos a la responsabilidad. Al recordar que  todos, sea cual fuere su posición económica, necesitan el  arrepentimiento y el perdón, la &#8220;revolución&#8221; de Jesús no es superficial  como la de los ideólogos modernos: llega hasta el fondo, advierte que la  sociedad no mejorará si cada uno -sea pobre o rico- no mejora  personalmente». No olvidemos que un revolucionario, en sentido  sociopolítico, es una persona que «quiere cambiarlo todo y a todos,  salvo a sí mismo». Uno dispuesto siempre a recitar el mea culpa, pero  golpeando el pecho de los demás.</p>
<p>A este propósito decía Escrivá: «Jesucristo en la cruz no extendió sólo  el brazo derecho o el izquierdo: extendió los dos».</p>
<p>Pero no creáis que todos acepten esta universalidad de la salvación:  algunos clericales «del brazo izquierdo» se lamentan (y algo más que  lamentarse) porque querrían el monopolio de la atención para sus  protegidos, excluyendo a los seguidores de los del «brazo derecho».</p>
<p>Lo contrario sucede también, y con más frecuencia de lo que podría  creerse: no faltan los gritos de protesta y las acusaciones de los  clericales del «brazo derecho», que cuando oyen hablar de un  cristianismo que rechaza ser de algo propio de burgueses (o de  aristócratas), olfatean inmediatamente demagogia, populismo, subversión.</p>
<p>Este fuego cruzado es, desde una perspectiva evangélica, una buena  señal. Como dijo un antiguo Padre de la Iglesia: «Quien pretenda amar a  todos, será salvado. Pero quien pretenda agradar a todos, no será  salvado».<a><br />
</a></p>
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		<title>Una imagen de San Josemaría en un pueblo aragonés</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Oct 2010 12:57:44 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[iglesia de Conchel]]></category>
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		<description><![CDATA[En una capilla lateral de la iglesia de Conchel se acaba de inaugurar una imagen de San Josemaría Conchel es un pequeño pueblo de la provincia de Huesca, de la diócesis de Barbastro‑Monzón, de unos doscientos habitantes. Sus gentes son labradores y algunos trabajan también en las fábricas de Monzón, que está sólo a siete [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">En una capilla lateral de la iglesia de Conchel se acaba de inaugurar una imagen de San Josemaría</h2>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/conchel450.jpg" alt="Opus Dei - " width="400" height="269" /></div>
<p>Conchel es un pequeño pueblo de la provincia de Huesca, de la diócesis de Barbastro‑Monzón, de unos doscientos habitantes. Sus gentes son labradores y algunos trabajan también en las fábricas de Monzón, que está sólo a siete kilómetros. En su templo parroquial se conserva desde la época de los templarios un fragmento de la Vera Cruz. Desde hace años su párroco es don Amadeo, que compagina la atención a esta parroquia con la de otra iglesia y las clases de religión en el instituto de enseñanza media de Monzón. Ahora son tres los chicos de ese pueblo que ya han sido ordenados sacerdotes. Uno de ellos, don José Luis, está en Kazajstán desde hace años. También han salido varias vocaciones de religiosas para distintas comunidades. Y todo ello ‑lo afirma don Amadeo- es gracias a San Josemaría, que no descuida la atención a su tierra natal.</p>
<p>En 2002 se inauguró en Barbastro una iglesia dedicada a San Josemaría. Los barbastrenses se sienten orgullosos de ello y acuden con frecuencia a su intercesión. Don Amadeo quiso también colocar una imagen del fundador del Opus Dei en su parroquia de Conchel; respondía en parte a la petición que Francho, uno de sus monaguillos, le hizo cuando le preguntó: “¿Mosén, por qué no tenemos en la iglesia una imagen de San Josemaría”.</p>
<div><img src="http://www.opusdei.es/image/conche+est200.jpg" alt="Opus Dei - " width="157" height="268" /></div>
<p>Buscó para ello un buen escultor y le proporcionó fotografías y documentación para que le sirviese de modelo. Meses después, el escultor le presentó la imagen acabada. La talla es de madera africana, mide 1,15 metros. Antes de colocarla en la iglesia quiso que fuese bendecida y aprovechó que el Prelado del Opus Dei iba a Torreciudad para ordenar a un grupo de fieles de la Prelatura, para que fuese él quien lo hiciese.</p>
<p>El día convenido D. Amadeo se presentó en el santuario con la imagen, acompañado de los tres seminaristas y otro sacerdote de la diócesis. El Prelado del Opus Dei les recibió y además de bendecir la imagen tuvo con ellos un rato de tertulia.</p>
<p>La imagen fue colocada después en una capilla lateral de la Iglesia de Conchel y desde entonces los feligreses del pueblo la valoran como un tesoro y acuden a su intercesión. Hay una cartela junto a la imagen que recuerda el texto de la bendición. Entre otras cosas dice: <em>Esperamos que la colocación de esta imagen a la veneración pública de los fieles cristianos en la Parroquia de Santa María de Conchel sea motivo de crecimiento espiritual de los fieles de la Parroquia y a todos los que veneren su imagen San Josemaría les obtenga gracias abundantes desde el mismo Trono de Dios, Nuestro Señor</em>.<a><br />
</a></p>
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		<title>Josemaría Escrivá</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Oct 2010 10:23:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[fundador]]></category>
		<category><![CDATA[Calle Mayor]]></category>
		<category><![CDATA[don José Escrivá]]></category>
		<category><![CDATA[providencia]]></category>
		<category><![CDATA[Torreciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Vázquez de Prada]]></category>
		<category><![CDATA[veranos en Fonz]]></category>
		<category><![CDATA[“La Gran Ciudad de Londres”]]></category>

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		<description><![CDATA[Capítulo &#8220;San Josemaría Escrivá de Balaguer&#8221; del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano “Pocas semanas antes de su muerte, tratando de dar el justo enfoque a su existencia –escribe Vázquez de Prada, su biógrafo- manifestaba un hondo sentido de la Providencia divina al decir: El Señor me ha hecho ver cómo me ha llevado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Capítulo &#8220;San Josemaría Escrivá de Balaguer&#8221; del libro  “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano</h2>
<p>“Pocas semanas antes de su muerte, tratando de dar el justo enfoque a  su existencia –escribe Vázquez de Prada, su biógrafo- manifestaba un  hondo sentido de la Providencia divina al decir: El Señor me ha hecho  ver cómo me ha llevado de la mano”</p>
<p>Nació Josemaría en un hogar cristiano, un hogar como muchos de nuestro  país, según confesaba años después, hijo de padres ejemplares que  practicaban y vivían su fe.</p>
<p>En Barbastro, la Calle Mayor, frente a la casa de los Argensola, con  balcones a la plaza del Mercado, nació y jugó de niño Josemaría. Sus  padres, un comerciante conocido por su caballerosidad, don José Escrivá,  respetado y muy conocido, y doña Dolores Albás, una mujer de su casa.  Constituían lo que se llama una familia “buena y desahogada”, muy  estimada. Seis hijos tuvo el matrimonio, cuatro niñas, de las que tres  murieron con nueve meses, cinco años y ocho años de edad, marcando el  carácter de Josemaría. Se salvó Carmen que, parecida a él, le  acompañaría toda su vida. Chon, la que murió con ocho años, sería la  compañera de juegos de Josemaría. También él estuvo a punto de morir.  Angustiada, in extremis, su madre prometió a la Virgen subir a su ermita  de Torreciudad si lo sanaba. Y lo curó. A los pocos días, en brazos de  su madre, haría Josemaría su primera peregrinación a aquel agreste  recinto. “¡<em>Señora y Madre mía</em> –escribiría años después- <em>tu me  diste la gracia de la vocación, me salvaste la vida, siendo niño; me has  oído muchas veces!&#8230;”</em></p>
<p>Siempre recordaría “<em>los blancos días de su niñez</em>”. Su casa, sus  hermanas, sus padres, su ciudad. Su padre, elegante y severo, del que  tanto aprendió. Las misas del domingo en la Catedral. El colegio. La  primera comunión. El bachillerato. Los veranos en Fonz, a la otra margen  del Cinca, en la casa de su abuela Constancia, la madre de su padre.  ¡Los dulces años de su infancia!</p>
<p>Cambió de rumbo su vida cuando el negocio de su padre dio en quiebra, y,  1914, se ven obligados a dejar Barbastro y trasladarse a Logroño, donde  don José entra a trabajar en el comercio, “<em>La Gran Ciudad</em><em> de  Londres</em>”. La aceptación cristiana de aquella ruina por su padre  dejará huella en el alma de Josemaría. “<em>Tengo un orgullo santo: amo a  mi padre con toda mi alma, y creo que tiene un cielo muy alto porque  supo llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una  manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana”, </em>dirá un día.</p>
<p>Pero los caminos del Señor no son nuestros caminos y, hasta pasado el  tiempo, desconocemos su sentido. En el caso de Josemaría, como en el de  tantos, Dios venía preparando su alma para algo especial y trascendente.  “<em>El Señor me fue</em> <em>preparando a pesar mío, con cosas  aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa  inquietud divina”.</em></p>
<p>Entre muchos signos, se refiere concretamente a la huella de los pies  descalzos de un carmelita, recién llegado a Logroño, que dejó en la  nieve. Pisadas que le impresionan vivamente, y le hacen preguntarse, si  ese fraile hace eso por Cristo, ¿qué debo hacer yo? Es la navidad de  1917. Piensa que esa huella le está señalando un camino y que Dios está  esperando que lo siga. Algo se despierta en su interior. Por de pronto  vivirá una vida más cristiana, siente la necesidad de llenar su vida de  Dios, de frecuentar la Eucaristía y comienza a pensar si ese camino no  lo estará llamando al sacerdocio<em>&#8230;”Comencé a barruntar el Amor,  sin darme cuenta que el corazón me pedía</em> <em>algo grande y que fuese  amor. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una  elección. Ya vendría lo que fuera&#8230;”</em></p>
<p>Junto a sus lecturas de los clásicos de espiritualidad, el carmelita  descubría en su alma los brotes de la vida contemplativa. No ignoraba  Josemaría que a esa Orden pertenecían los más altos representantes de la  mística: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, cuyas obras  conocía. Buscó a ese carmelita y le pidió que lo dirigiera  espiritualmente. Este le plantea su posible vocación carmelita, pero él  tiene claro que lo que Dios le pide es otra cosa<em>. Dómine, ut videam</em>!  ¡Señor, que vea! Fue entonces cuando se decidió por el sacerdocio&#8230;</p>
<p>Se lo dijo a su padre. “Yo no me opondré”, le contestó con lágrimas en  los ojos. Y le buscó la persona indicada que le orientara&#8230; Poco  después comenzaría sus estudios eclesiásticos en Logroño. Al año  siguiente, nacía su hermano Santiago&#8230;</p>
<p>Como en mis anteriores semblanzas, lo que más me interesa aquí es  resaltar la vida contemplativa de san Josemaría. Esta es la raíz de su  santidad. Era un hombre de fuertes y arraigadas convicciones religiosas,  de profunda fe cristiana, conocedor de los grandes autores de nuestro  Siglo de Oro, nuestro más importante siglo literario indudablemente  católico, como lo fue también en Arte&#8230;</p>
<p>Josemaría celebraría su primera misa en la Santa y Angélica Capilla del  Pilar de Zaragoza el 30 de marzo de 1925, a las diez y media de la  mañana, por el alma de su padre, quien falleció el 27 de noviembre de  1924.</p>
<p><strong>Zaragoza. Madrid.<br />
</strong><br />
-¿<em>Y qué harás en Madrid</em>?</p>
<p><em>-Me colocaré de preceptor o trabajaré dando clases</em>&#8230;,-contestaría  a la pregunta de un amigo.</p>
<p>Madrid, clases particulares, el Patronato de enfermos, del que sería  capellán. Crucial fue su dedicación sacerdotal y benefactora con los  pobres y enfermos de las barriadas de Madrid. Pedro Rocamora, quien a  veces le ayuda a misa, contaría que “al celebrar, se producía en él una  especie de transfiguración”.</p>
<p><em>-“Josemaría parecía desprendido de contorno humano y como atado por  lazos invisibles a la divinidad. Este fenómeno culminaba sobre todo en  el momento del Canon. Algo extraño pasaba en ese instante, en el que  Josemaría parecía estar como desprendido de la circunstancia real en que  se hallaba (iglesia, presbiterio, altar) y asomarse a misteriosos y  remotos horizontes celestiales”.</em></p>
<p>Y lo que decía Pedro Rocamora, lo decían también otros que solían  ayudarle. “<em>Emoción que terminaba en lágrimas”.</em></p>
<p>El Patronato era un centro asistencial de gente pobre. Las historias de  esta etapa del joven Josemaría es prolija. Le pidieron que confesara a  un moribundo rabiosamente anticlerical. El pobre hombre estaba ya en  coma y pocas esperanzas había de que se confesara. Es más, ya lo había  intentado sin éxito otro sacerdote.  Don Josemaría tenía la costumbre de encomendar a la Virgen sus  enfermos. Y también lo hizo con este, claro.</p>
<p>“-¡<em>Pepe!,-le llamó por su nombre-.¿Se quiere usted confesar? </em></p>
<p><em>El hombre contestó como si despertara.</em></p>
<p><em>-Si,-le dijo.</em></p>
<p><em>Don Josemaría mandó a todos que lo dejaran solo con él. Se confesó  con su ayuda y recibió la absolución&#8230;”</em></p>
<p>¡Nunca, por la gracia de Dios, quedó un enfermo en aquel hospital que no  se confesara antes de su muerte!<a><br />
</a></p>
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		<title>Virgen morena de Guadalupe</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 16:58:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[don Álvaro del Portillo]]></category>
		<category><![CDATA[don Javier Echevarría]]></category>
		<category><![CDATA[fray Juan de Zumárraga]]></category>
		<category><![CDATA[Fundador del Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[Nuestra Señora]]></category>
		<category><![CDATA[promoción humana]]></category>
		<category><![CDATA[Torreciudad]]></category>

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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. «Hijos míos, durante este mes (&#8230;) he ido de romería a Torreciudad, descalzo, a honrar a Nuestra Señora. También he estado en Fátima, descalzo otra vez, a honrar a Nuestra Señora con espíritu de penitencia. Ahora he venido a México a hacer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>«Hijos míos, durante este mes (&#8230;) he ido de romería a <em>Torreciudad</em>, descalzo, a honrar a Nuestra Señora. También he estado en Fátima, descalzo otra vez, a honrar a Nuestra Señora con espíritu de penitencia. Ahora he venido a México a hacer esta novena a Nuestra Madre (&#8230;). Y creo que ruedo decir que la quiero tanto como los mexicanos la quieren»`.</p>
<p>Así explicará el Fundador del Opus Dei el motivo principal de su primer viaje a América en 1970. Alrededor de las tres de la madrugada del 15 de mayo, toma tierra el avión que le trae a la capital azteca.</p>
<p>-«He tardado veintiún años en venir a estas tierras»(32).</p>
<p>Se refiere el Padre a la fecha de llegada de sus hijos al Continente americano. Ahora, Dios le ofrece la oportunidad de presenciar cómo ha bendecido al Opus Dei. La presencia de la Obra en América se extiende, en 1970, a dieciséis países, que comprenden más del noventa por ciento del territorio; hay miles de vocaciones de todas las naciones y razas representadas en el Nuevo Mundo; numerosas tareas de formación y apostolado, que abarcan desde Universidades hasta labores de promoción humana y espiritual para campesinos y obreros; personas de todas las condiciones sociales que comprenden, aman y cooperan con el Opus Dei. Un horizonte abierto en el que no se pueden divisar los límites.</p>
<p>El Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden la escalerilla del avión. Don Javier Echevarría llegó a Roma en 1950 a los dieciocho años de edad. Desde entonces ha permanecido junto al Fundador, en este peregrinar universal, entregado con fidelidad al servicio de la Obra. Cuando el Opus Dei encuentre su configuración jurídica definitiva como Prelatura personal, seguirá ocupando el cargo de Secretario General, que ostenta desde el 15 de septiembre de 1975. Durante los años en los que se lleva a cabo la expansión apostólica del Opus Dei por los cinco continentes, trabajará junto al Padre de modo constante. Hoy, en México, son recibidos con emoción por un grupo de hombres que lleva mucho tiempo en esta tierra. Son momentos para recordar aquellas palabras que escribiera el Fundador treinta años antes:</p>
<p>«Olvidad vuestra pequeñez y vuestra miseria, hijas e hijos míos, y poned los ojos y el corazón en este caudaloso río de aguas vivas, que es la Obra»(33).</p>
<p>Como un río silencioso y pacífico, pero también desbordante, es la alegría con que los hijos suyos mexicanos miran hoy el vuelo de este avión que cruza un cielo plagado de estrellas.</p>
<p>Llegan cartas y telegramas de todas las partes de América. El teléfono es una canción continua:</p>
<p>-Les llamo para felicitarnos mutuamente.</p>
<p>-Encomendamos fuerte la estancia del Padre.</p>
<p>-Damos muchas gracias a Dios, y nos unimos a las intenciones del Padre, ante la Virgen de Guadalupe(34)</p>
<p>Realmente, un solo corazón y una sola alma.</p>
<p>Guadalupe no es sólo un Santuario visitado por casi treinta millones de personas al año: es la fe de todo el pueblo unido a la Virgen morena. El 12 de diciembre, conmemoración de una de las apariciones, es fiesta nacional. Desde la víspera, personas de toda la República y mexicanos que viven en el extranjero hacen noche a las puertas de la Basílica para entrar los primeros a saludarla.</p>
<p>Esta devoción se remonta al año 1531. El sábado 9 de diciembre, antes del amanecer, pasaba al pie del cerro de Tepeyac un indio converso, pobre y humilde. Era Juan Diego, que acudía a la primera Misa en la misión. De pronto oye un canto suave, como de una bandada de pájaros. Y al mirar a la cumbre ve una nube blanca y luminosa en medio del arco iris. Una alegría inexplicable pone alas a sus pies y se siente llamado a lo alto del cerro. Sube, y ve una bellísima Señora cuya presencia ilumina los nopales, los espinos y las piedras. Y le habla en su idioma náhuatl:</p>
<p>-«Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado, ¿a dónde vas?</p>
<p>-A Misa, Señora.</p>
<p>-Hijo mío, muy querido. Yo soy la Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y mi deseo es que se me levante un templo en este sitio, donde como Madre piadosa tuya, y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y me buscan, y de todos los que solicitaren mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones, y donde oiré sus lágrimas y ruegos para darles consuelo y alivio. Dirás al obispo que yo te envío para que me edifique un templo».</p>
<p>Juan Diego corre al Palacio de fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México. Pero tiene poca suerte en su embajada y retorna, cariacontecido, a dar cuenta a la Señora. Ella le anima. Ha de insistir. Y el Obispo le pide una prueba. Tiene que demostrarle que ha visto, efectivamente, algo sobrenatural. La Virgen le cita para la mañana siguiente. Le dará una señal.</p>
<p>Pero el amanecer del día 12, martes, encuentra a Juan Diego de camino y desalentado en busca de un fraile. Su tío, Juan Bernardino, se muere. Ni siquiera pasa por lo alto del cerro para no detenerse porque el tiempo urge al moribundo. Y la Virgen sale a su encuentro en la falda de la cuesta:</p>
<p>«Hijo mío, no te aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa? No temas por tu tío que ya está sano»(35)</p>
<p>La Virgen le pide que antes de ir a casa del Obispo, suba al cerro y recoja las rosas que encontrará en la cumbre.</p>
<p>Nunca hay flores allá arriba en diciembre. Pero ese día, Juan Diego encuentra un vergel y llena la manta india que le sirve de capa. Muy pronto llega ante el Obispo, que le mira asombrado: pensó que no volvería. Y al desplegar la tilma, caen las rosas al suelo y queda dibujada en la manta la imagen de la Virgen de Guadalupe tal como hoy se venera en México. Sobre el tejido de palma silvestre brillan los colores y las formas de una hermosa Mujer de cabello negro, frente serena y color trigueño. Una túnica rosada y con bordado en oro la cubre por entero. El manto es de color verde mar. Lleva corona real e inclina la cabeza hacia la derecha, con los ojos bajos. Todo el sol de México emerge por detrás como si la respaldara: ciento veintinueve rayos. Un ángel de alas desplegadas carga alegremente con el leve peso etéreo de la imagen.</p>
<p>Pintores de gran prestigio acudirán, llamados por el Virrey, Marqués de Mancera, y el Obispo Zumárraga, a informar sobre a pintura. Entre ellos, Juan Salguero, Tomás Conrado, López de Avalos, Alonso de Zárate. Todos afirman la inexplicable textura y calidad del cuadro. El reverso del tejido es muy áspero y gruesa la trama. El lado de la pintura se palpa con tacto de seda. Los colores y técnica, permanecen intactos en el correr del tiempo. En este siglo se ha comenzado a realizar un estudio científico; sin embargo, el misterio continúa a la luz de los conocimientos técnicos y científicos de alta precisión. El sabio Richard Kühn, Premio Nobel de Química, ha atestiguado que la policromía de la Virgen de Guadalupe no procede de colorantes minerales, animales ni vegetales.</p>
<p>Se ha llevado a cabo un análisis más detallado con alta tecnología por los doctores Callaban y Brant, científicos de la NASA, que, mediante rayos infrarrojos han comprobado que la pintura carece de boceto previo y pinceladas. La imagen ha sido pintada directamente. Y, por último, el doctor Aste Tonsmann ha referido, con técnica de digitalización de imágenes fotográficas, el hallazgo de figuras humanas de tamaño infinitesimal en el iris de la Virgen. Figuras que componen una escena equiparable al episodio relatado en náhuatl por Antonio Valenciano en el Nican Mopohua del siglo XVI.</p>
<p>El Padre, al llegar a México, había comentado:</p>
<p>«Cuando vaya a la Villa, tendréis que sacarme de allí con una grúa».</p>
<p>Y lo mismo le repite al Arzobispo, Cardenal Miranda, cuando va a visitarle. Y el Cardenal, que le ha invitado repetidas veces a cruzar el Atlántico para visitar a la Virgen Guadalupana, contesta sonriente:</p>
<p>-«Pues no seré yo quien llame a la grúa».</p>
<p>Está encantado de tener en su país al Fundador de la Obra, y cuando le saluda con una abrazo, dice:</p>
<p>-«¡Por fin lo conseguimos!, ¡por fin lo conseguimos! »(36)</p>
<p>El sábado 16 de mayo, el Padre inicia sus visitas a la Virgen Morena, que se prolongarán durante nueve días. Le acompañan don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría y tres personas más. Un pequeño grupo que se acerca, discretamente, a la Basílica. Acaban de dar las seis de la tarde. El Padre entra, deprisa, con la juventud y el ánimo de quien tiene, desde siempre, una cita gratísima e importante. Llega hasta el presbiterio y se arrodilla. Allí permanecerá largo tiempo rezando, con la mirada puesta en la Virgen.</p>
<p>Suena un reloj distante con campanadas de metal. Don Álvaro del Portillo se acerca al Fundador: «Padre, llevamos dos horas y estamos rodeados de gente del Opus Dei&#8230;».</p>
<p>Mientras hacía su oración, han ido llegando hijas e hijos suyos mexicanos. La Basílica se ha poblado de caras conocidas que rezan, todos a una, por aquello que el Padre está poniendo a los pies de la Virgen.</p>
<p>Los siguientes días ocupará una tribuna alta, localizada sobre el presbiterio, a la derecha de la imagen, desde donde la puede ver con intimidad. Allí pasa varias horas con la Señora. Durante cuarenta días de permanencia en México, el Padre verá a más de veinte mil personas de toda América. En una tertulia, alguien le pregunta qué se puede decir a los que se olvidan de la Virgen:</p>
<p>-«¿Has oído aquellas palabras del Señor cuando, para manifestar su cariño, dice: pero, es posible que una madre se olvide de sus hijos? Aunque eso sucediera, yo en cambio no me olvidaría del amor que os temo. Pues tampoco los hijos nos podemos olvidar de la Madre» Madre»(37).</p>
<p>El indio, por temperamento, es reservado, silencioso. Puede seguir con gran interés una conversación pero mantiene el silencio. Junto al Padre el comportamiento es distinto: los mexicanos campesinos del Valle de Amilpas hablan con él, se ríen, dejan al descubierto la sencillez y el afecto de su corazón.</p>
<p>Y porque les ve y comprende el idioma de su corazón, se hace cargo de sus problemas humanos y sociales, del estado de pobreza de las gentes del campo. Traza los proyectos de vivienda dignas para los campesinos de la zona cercana a Montefalco; se interesa por la formación que reciben los nativos en esta gran escuela profesional que ha representado un esfuerzo gigantesco; se vuelca con las familias de las nativas que acuden a las escuelas del Opus Dei en toda la zona de México.</p>
<p>«Estamos preocupados de que mejoréis, de que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos&#8230; Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis como entre todos lo lograremos, y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto (&#8230;). Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?&#8230; No (&#8230;), ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?»(38).</p>
<p>El 16 de junio se reúne en <em>Jaltepec</em>, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, en el Estado de jalisco, con sacerdotes del Opus Dei que trabajan en México, y con otros muchos que participan de los medios de formación de la Obra. Llegarán desde muy diversos puntos, con la ilusión de tener una charla amable, prolongada y filial con el Fundador de la Obra.</p>
<p>«Estoy muy contento en México, entre otras cosas porque aquí he encontrado un anticlericalismo sano, como el que suelo predicar. Bien es verdad que lo tenéis como fruto de una gran persecución a la Iglesia, pero gracias a Dios ya aquello pasó: entiendo que sabréis mantener siempre el equilibrio que ahora tenéis.</p>
<p>No quise venir sin que lo supieran las autoridades (&#8230;), y de vuestros gobernantes no he recibido más que atenciones».</p>
<p>Conversará con estos sacerdotes de los temas que deben ocupar el corazón de los ministros de Cristo: del trabajo entre las almas, de su dedicación total, de su entrega incondicional y de servicio constante.</p>
<p>«Todo el corazón nuestro es para Cristo y -a través de Cristo- para todas las criaturas, sin singularidades»(39).</p>
<p>Les habla de humildad: esa virtud que hace al hombre grande a pesar de sus errores; de la vocación inmensa a que han sido llamados por Dios desde la eternidad. De la ayuda de unos para otros. De esa fraternidad que distingue, inconfundiblemente, a los hijos de Dios.</p>
<p>«No estáis solos. Ninguno de nosotros puede encontrarse solo. Y menos si vamos a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará»(40)</p>
<p>Pasa el tiempo, entre preguntas y respuestas rápidas, el buen humor del Padre y la alegría espontánea que produce su presencia. Cae fuerte el sol de media mañana y una bruma blanda desciende sobre las aguas de la cercana laguna de Chapala.</p>
<p>El 22 de junio, víspera de su regreso a Roma, el Padre está reunido con un grupo de hijos suyos. Alguien pulsa una guitarra:</p>
<p>-«Padre, es una antigua canción popular. Dicen que es demasiado dulzona, pero a mí me gusta. El comienzo es un poco lento»:</p>
<p>«Quiero cantarte, mujer,</p>
<p>mi más bonita canción,</p>
<p>porque eres tú mi querer,</p>
<p>reina de mi corazón&#8230;».</p>
<p>Y, de pronto, el Padre se pone de pie:</p>
<p>-«¿Por qué no vamos a la Villa todos a cantarle eso a la</p>
<p>Virgen, a darle nuestra serenata?»(41).</p>
<p>El asentimiento es unánime. A las 8,30 de la tarde, todos en la Basílica de Guadalupe.</p>
<p>Media hora antes la iglesia empieza a vaciarse de peregrinos. Pero, en lugar de quedarse el recinto en una penumbra solitaria, hoy se llena a tope de una concurrencia entusiasta. Los encargados del mariachi llegan con sus guitarras y se sitúan en el lugar apropiado. Ya está abarrotada la Villa. Viene el Padre, y los conserjes cierran las puertas. Otra vez, como el primer día de su llegada, el Fundador se arrodilla ante la Virgen de América. Luego entona la Salve, que cantan, unánimes, sus hijas e hijos reunidos en esta despedida imprevista. Se queda en el presbiterio, rodeado de sacerdotes. Los hay ya mayores, encanecidos por el trabajo y el tiempo, y muy jóvenes; todos unidos en un solo afecto. Rompen el silencio las guitarras:</p>
<p>«Tuyo es mi corazón,</p>
<p>oh sol de mi querer».</p>
<p>Después entonan «La Morenita» y, así, una y otra letrilla. La emoción cunde, porque allí está un gran trozo del alma de México: se han reunido junto al Padre todos los que recorren este camino de fidelidad a Cristo que es el Opus Dei.</p>
<p>Al empezar la tercera canción, el Padre se levanta y sale de la Basílica, mientras sigue sonando otra canción a la Virgen: «¡Gracias, por haberte conocido!&#8230; »(42). Después se hace el silencio. La gente abandona la nave y se apagan las luces. Los coches regresan a la ciudad mientras cae una lluvia fina, casi imperceptible. Se diría que el cielo mexicano también ha sucumbido a la emoción sencilla y entrañable de este adiós.</p>
<p>Al día siguiente, un avión llevará a Monseñor Escrivá de Balaguer camino de Roma. Allá en <em>Montefalco</em>, junto a los viejos muros de la iglesia, quedan unos árboles que ha plantado antes de partir. Pasados los años, cuando el tiempo los haya apuntalado, su sombra dará paz al caminante.</p>
<p>Cerca de <em>Jaltepec</em>, el cuadro que representa a la Guadalupana dando una flor al indio Juan Diego guarda una petición del Fundador:</p>
<p>-«Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor&#8230;</p>
<p>Y, después de un silencio, añade:</p>
<p>-«Sí, me gustaría morir ante este cuadro, con la Virgen dándome una rosa»(43)</p>
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		<title>El último adiós</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 16:51:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[fundador]]></category>
		<category><![CDATA[Fundador de la Obra]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, <em>Torreciudad</em> se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.</p>
<p>El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de <em>Torreciudad</em>. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.</p>
<p>La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.</p>
<p>La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.</p>
<p>Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.</p>
<p>En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de <em>Torreciudad</em>: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.</p>
<p>Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.</p>
<p>Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.</p>
<p>Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.</p>
<p>Para evitar que la Virgen de <em>Torreciudad</em>, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.</p>
<p>La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.</p>
<p>Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:</p>
<p>«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».</p>
<p>Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:</p>
<p>«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).</p>
<p>Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.</p>
<p>El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a <em>Torreciudad</em> para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.</p>
<p>El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.</p>
<p>No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.</p>
<p>«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (&#8230;). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).</p>
<p>A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de <em>Torreciudad</em> y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.</p>
<p>Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:</p>
<p>«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (&#8230;), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (&#8230;).</p>
<p>Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (&#8230;).</p>
<p>No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de <em>Torreciudad</em>»(30)</p>
<p>A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.<a><br />
</a></p>
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		<title>De romería</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 16:48:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. En abril de 1970, el Padre sale de Roma camino de Madrid. Su propósito es acercarse hasta Torreciudad como peregrino. En la capital de España, permanece varios días alojado en Diego de León. Allí, sobre un mueble cubierto por un terciopelo rojo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>En abril de 1970, el Padre sale de Roma camino de Madrid. Su propósito es acercarse hasta <em>Torreciudad</em> como peregrino. En la capital de España, permanece varios días alojado en Diego de León. Allí, sobre un mueble cubierto por un terciopelo rojo e iluminada por dos focos, está la Virgen de <em>Torreciudad</em>. Ha sido parcialmente restaurada, apareciendo el color oscuro de la madera y las líneas auténticas de la talla. Ahora va a ser revestida con una lámina de oro que sirva de protección. Solamente la cara y las manos permanecerán al aire.</p>
<p>«Eso cuesta poco, porque la imagen es pequeña y la lámina muy delgada. Allí no habrá ninguna riqueza que atraiga a los ladrones. No se trata de poner riqueza, sino de  poner amor. Aunque se emplearán materiales nobles» (19)</p>
<p>Cuando el Padre entra por primera vez en la habitación en que está colocada la imagen, cruza el umbral con prisa, fijos los ojos en Nuestra Señora. Y repite, al mirarla despacio:</p>
<p>-«¡Es preciosa!»</p>
<p>Y se queda unos minutos a solas con la imagen. Luego, ante los que le acompañan, besa los pies de la Virgen y los del Niño, y reza:</p>
<p>-«¡Perdóname, Madre mía! Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma.</p>
<p>Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en los miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán»(20).</p>
<p>Durante el tiempo que la imagen permanece en Diego de León, recibe la compañía frecuente del Padre. Siente como un compromiso de acudir junto a Ella:</p>
<p>«Voy a rezar a la Virgen con un espíritu de romero del medioevo»(21).</p>
<p>El lunes 6 de abril, parte el Fundador camino de Zaragoza. Está muy alegre de ir a las tierras del Somontano. El día 7 celebra Misa en la Residencia de <em>Miraflores</em> y sale hacia El Pilar. No quiere pasar de largo por la ciudad sin acercarse a esta Capilla que encierra tantos recuerdos de su vida, tantos deseos acumulados en su alma durante aquellos años en los que, diariamente, acudía a sentir el cariño y la protección de Nuestra Señora.</p>
<p>Inmediatamente después, cruzan el Ebro por el puente de Santiago y enfilan la ruta de Huesca. No se detienen en Barbastro. Apenas les da tiempo a ver, sin bajarse del vehículo, la Catedral, el Coso y la placidez del río Vero, que sigue discurriendo más allá del tiempo. Cerca de las once de la mañana llegan al pueblecito de El Grado, donde se inicia la presa del mismo nombre. Desde aquí comienzan a perfilarse ya, en el horizonte, los andamios y las estructuras de hormigón de <em>Torreciudad</em>.</p>
<p>Un kilómetro antes de llegar a la ermita, le esperan los arquitectos y los que dirigen las obras. El Padre se baja del coche y saluda a todos con cariño. Después, rápidamente, se descalza para hacer su romería a la Virgen durante esta última parte del camino. Todavía no están asfaltadas las vías de acceso. Una grava fina y cortante cubre la carretera. No permite que le secunde nadie. Le acompañan contestando las Avemarías que recita con voz fuerte, distinta, sin monotonía. El Rosario tiene matices de saludo, de anunciación alegre.</p>
<p>«Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Amo a la Trinidad Beatísima. Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Espero en la Trinidad Beatísima. Amo a mi Madre la Virgen. Creo en mi Madre la Virgen. Espero en mi Madre la Virgen»(22).</p>
<p>Al cabo de un buen rato de camino, alguien aventura la insinuación de que vuelva a ponerse los zapatos:</p>
<p>«Después de sesenta y seis años, es bien poca cosa lo que estoy haciendo por la Virgen. Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario»(23).</p>
<p>Al llegar a la ermita, se arrodilla en las gradas del altar; enciende unas velas y reza una oración corta.</p>
<p>Más tarde explicará a todos lo bella que es la imagen de la Virgen que se está restaurando en Madrid.</p>
<p>«Han quitado gran cantidad de pintura vieja, porque se ve que a veces le daban capas de pintura con brocha gorda (&#8230;). Tendréis que cuidar mucho la imagen, no sea que alguno, por llevarse cuatro cuartos, nos robe la mitad de nuestro corazón. A mí, me robaría el corazón entero» (24)</p>
<p>Acompañado de don Álvaro del Portillo, don Javier Echeverría y don Florencio Sánchez Bella, sube hasta la zona de obras. Cae una lluvia fina, y allí, junto a las excavaciones, explican los arquitectos cada uno de los futuros cuerpos de edificios y detalles de las construcciones.</p>
<p>La mayor parte se realizará en ladrillo, que dibujará formas geométricas. El interior del Santuario estará separado de la explanada exterior por un atrio con pórtico de columnas al que se accederá por una escalinata de piedra. También habrá un altar al aire libre en un ángulo de la explanada. El retablo de la iglesia será tallado en alabastro, de fácil manejo para los imagineros. En la cripta del Santuario existirán tres capillas, que han de presidir otras tantas advocaciones de la Virgen: Guadalupe, el Pilar y Loreto. Aquí se van a instalar cuarenta confesonarios, porque <em>Torreciudad</em> es un lugar de penitencia, de acercamiento a Dios, de fraternidad cristiana. Por eso, el Sacramento de reconciliación, de humildad y amor que es el perdón de los pecados por parte del sacerdote, en nombre de Cristo, ocupa un gran espacio.</p>
<p>En este momento, sólo existe el gran boquete que han abierto las excavadoras para echar los cimientos. El Padre bendice ya esta zona de los futuros edificios.</p>
<p>La torre del Santuario llevará en su coronación un carrillón con doce campanas de bronce que dejarán oír su Ángelus a muchos kilómetros de distancia. Un saludo a María cuyo eco se adentrará en la tierra alta del Pirineo. Se calculan dimensiones de 53 metros de longitud, 24 metros de anchura y 24 metros de altura para los interiores de la iglesia. En estos momentos, toda la explanada es un magma de grúas, cemento, ladrillos y materiales que se apilan esperando su perfil definitivo. También hay un proyecto de cierre porticado para abrazar la explanada, que tiene una extensión de 20.000 metros cuadrados.</p>
<p>El Padre lo recorre todo. La jornada es agotadora pero fecunda. Bendice a cuantos están trabajando, por su cariño y tesón en una obra de tal envergadura. Unos años después, cuando vea el Santuario prácticamente acabado dirá: «Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos. Lo habéis hecho muy bien (&#8230;). Pero hay que llegar hasta el final (&#8230;). ¡Qué bien se va a rezar aquí!&#8230; »(25)</p>
<p>Regresa ese mismo día a Zaragoza. Cuando las torres de El Pilar aparecen de nuevo, frente a la carretera, comenta:</p>
<p>«Estoy muy cansadico, pero tengo mucha confianza en la honradez cristiana de todos mis hijos y en su deseo de ser muy(26)fieles» .</p>
<p>Piensa, sin duda, en tantos como han sacrificado un sueño, una comodidad, un gusto, o incluso una parte importante de lo necesario, para costear <em>Torreciudad</em>. Después de la muerte del Fundador, don Álvaro del Portillo comentará:</p>
<p>«Hay gente murmuradora que ha dicho barbaridades&#8230; Se ha gastado mucho, pero a base de reunir muchos óbolos como el de la viuda: tantos sacrificios, tantas limosnas. Una familia -y eso ya no son las dos blancas de la viuda- que llevaba años y años ahorrando para construir una casa de descanso, entregó todos esos ahorros para <em>Torreciudad</em>. Los murmuradores no quieren entender que la gente se ha sacrificado por amor a la Santísima Virgen».</p>
<p>Todavía se guarda en Roma aquella carta de una formidable familia argentina:</p>
<p>«Querido Padre: Estos billetes parecen dinero, pero no lo son. Son sueños, ilusiones forjadas durante 24 años; planes de conocer Roma, Europa, en nuestras bodas de plata (&#8230;).</p>
<p>Desde hace años se sumó a esas ilusiones la más grande: visitar, ¡conocer al Padre! Tanto mi esposa como yo, pertenecemos a la Obra desde entonces, así como también dos de nuestros cuatro hijos.</p>
<p>Pero, como el Padre vino a nosotros, pensamos que todo lo demás no tiene importancia. En consecuencia, le rogamos que acepte esta donación para el Santuario de Nuestra Madre de <em>Torreciudad</em>» (27).</p>
<p>Otro matrimonio envía una pulsera de oro con ocho medallas. Son los aniversarios de nacimiento de sus hijos. El orfebre funde todo en la masa noble que ha de convertirse en una patena para ofrecer el pan de la Eucaristía. Cada vez que se alza esta patena, no es oro, sino vida, lo que llega a los pies del Señor y de la Virgen de <em>Torreciudad</em>. Es la vida de aquellos que desean «cantar y bendecir el nombre de Dios, anunciar de día en día su salvación, celebrar su gloria entre las gentes y llenar de luz los pueblos con sus maravillas».<a><br />
</a></p>
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		<title>Torreciudad</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 15:45:55 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[corredor de Molinoviejo]]></category>
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		<category><![CDATA[repoblación forestal]]></category>
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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de <em>Torreciudad</em>, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.</p>
<p>La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.</p>
<p>En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:</p>
<p>«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de <em>Torreciudad </em>para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.</p>
<p>La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes&#8230;, en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana&#8230; a las generaciones presentes.</p>
<p>Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de <em>Torreciudad</em> por la relación que guarda con su venerable Fundador».</p>
<p>En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de <em>Torreciudad.</em> Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:</p>
<p>«Están haciendo un Santuario nuevo allí (&#8230;). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)</p>
<p>Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.</p>
<p>En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.</p>
<p>Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.</p>
<p>Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de <em>Torreciudad</em> con el siguiente texto:</p>
<p>«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».</p>
<p>Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:</p>
<p>«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de <em>Torreciudad</em>-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (&#8230;). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (&#8230;). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).</p>
<p>También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:</p>
<p>«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen&#8230; Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).</p>
<p>Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de<em> Torreciudad</em>: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.</p>
<p>El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios<br />
edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.</p>
<p>Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.</p>
<p>Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.</p>
<p>Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de <em>Molinoviejo</em>:</p>
<p>«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).</p>
<p>No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.<a><br />
</a></p>
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		<title>Las siete mil islas</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2010 15:29:39 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>En el Santuario de <em>Torreciudad</em>, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.</p>
<p>El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles&#8230;</p>
<p>Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.</p>
<p>No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.</p>
<p>En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.</p>
<p>Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.</p>
<p>En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.</p>
<p>Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un &#8220;tutorial&#8221; en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(31).</p>
<p>Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.</p>
<p>Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.</p>
<p>A esta primera casa se le pone el nombre de <em>Mayniland</em>. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural <em>Banahaw</em>. También se ponen los cimientos del <em>Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication</em>, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.</p>
<p>Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.</p>
<p>El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.</p>
<p>En 1967, en <em>Los Rosales</em>, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(32)..</p>
<p>Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Soledad Usechi, Mª Teresa Martinez Barón, Lali Sastre y Mercedes Garrigosa son la avanzada de este abrazo al mundo. Antes de iniciar el vuelo a las islas han recalado en Roma para recibir la bendición del Padre. Y, una vez más, se cumplirá lo que el Fundador ha dicho tantas veces: “Cuando mando a la gente lejos -he mandado a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América, a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón de acero-, ¿sabéis cómo los envío?. Como en el siglo XVIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin crucifijo -para que se pongan ellos en la Cruz-, la bendición…y que trabajen”</p>
<p>Así será también en esta ocasión. El Padre les da una imagen de la Virgen, una cruz de palo y su bendición. Es el 7 de octubre de 1965. Con este tesoro partirán hacia Oriente. En el bolsillo, 130 dólares conseguidos en España, de un donativo. Esta sobreabundancia de fe y coraje sobrenatural será más que suficiente para superar la escasez demedios materiales. Aquí, como en tantos otros sitios, la desproporción entre las posibilidades humanas y los resultados obtenidos resultará tan evidente que sólo un milagro de la gracia podrá explicarlo.</p>
<p>Antes de salir de Roma, el Padre les va a repetir que Filipinas es un pais maravilloso y que pronto tendrán vocaciones firmes para el Opus Dei. Es como una premonición: en diciembre de este mismo año pedirá la admisión Rina Villegas; y en un breve plazo de tiempo, la seguirá un buen grupo de mujeres filipinas.</p>
<p>Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:</p>
<p>«Si seguís correspondiendo (&#8230;), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (&#8230;), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(33)</p>
<p>Siempre recordarán las pioneras de esta nueva tierra aquel 8 de octubre de 1965, cuando, después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar, las islas aparecieron en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.</p>
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