4. Su formación

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.

En Torreciudad

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Estuvo tres veces en Torreciudad durante su vida. En la primera ocasión le llevaron sus padres, con dos años, en agradecimiento por su curación. Y acudió dos veces como peregrino al nuevo Santuario, cuya construcción había impulsado por amor a la Virgen, mientras se realizaban las obras.

Su primera peregrinación tuvo lugar el 7 de abril de 1970. Se descalzó un kilómetro antes de llegar, y fue caminando hasta a la ermita, sobre los guijarros del camino y la gravilla. ¡Perdóname, Madre mía! —exclamó, evocando la primera visita de su infancia—. Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en las miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán.

Peregrinó por segunda y última vez a finales de mayo de 1975. El Santuario estaba prácticamente acabado y a punto de inaugurarse. Le gustó especialmente el retablo, porque movía a la piedad: Es todo un señor retablo. ¡Qué suspiros van a echar aquí las viejas…, y la gente joven! ¡Qué suspiros! (…) ¡Muy bien! Lo habéis hecho muy bien. Habéis puesto tanto amor aquí…, pero hay que terminar, hay que llegar hasta el final. Sin prisa, cuidad de la colocación de la imagen de la Virgen. Visiblemente emocionado, mientras daba la vuelta al altar y miraba la nave, exclamó: ¡Qué bien se va a rezar aquí!

Quiso que se hicieran en el Santuario varias capillas y oratorios a la Virgen en sus diversas advocaciones; del Pilar, de Loreto, de Guadalupe, del Carmen… Pedía a la Virgen que Dios concediera a los que acudieran hasta aquel lugar, un derroche de gracias espirituales (…) que el Señor querrá hacer a quienes acudan a su Madre Bendita ante esa pequeña imagen, tan venerada desde hace siglos. Por eso me interesa que haya muchos confesionarios para que las gentes se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y —renovadas las almas— confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo, llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo: la paz os doy la paz os dejo. Así recibirán con agradecimiento los hijos que el cielo les mande, usando noblemente del amor matrimonial, que les hace participar del amor creador de Dios; y Dios no fracasará en esos hogares, cuando Él les honre escogiendo almas que se dediquen, con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos.

Barbastro. Una caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

—De esta noche no pasa —dijo el doctor Camps.

Aquello fue un mazazo para los Escrivá, un joven matrimonio de Barbastro: su hijo pequeño, Josemaría, se les moría sin remedio. Aquella noche de 1904 le velaron hasta la madrugada, contemplando su rostro dormido y trémulo por la fiebre.

Había nacido dos años antes, el 9 de enero de 1902, y lo habían bautizado enseguida, como de costumbre. Y ahora, ¡tan pronto!, Dios se lo llevaba.

Pero no perdían la esperanza. Su madre, Dolores Albás, había prometido a la Virgen que, si se curaba, lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad.

Y así pasaron la noche, rezando, llenos de fe, esperando el milagro.

El doctor Camps llegó a primera hora de la mañana. Pensó que, para ahorrarles la pena de que tuvieran que comunicárselo, lo mejor era preguntar directamente:

—¿A qué hora ha muerto el niño?

—¡El niño —le contestaron, emocionados— está perfectamente!

Sus padres cumplieron la promesa y le llevaron a Torreciudad. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo.

Fue la primera caricia de la Virgen con Josemaría Escrivá. Con razón le comentaba su madre, años después:

—Hijo: para algo muy grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo.

Salvo ese momento crítico, los primeros años de Josemaría fueron serenos y apacibles. Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención.

Agradeció siempre a Dios la educación humana y cristiana que le dieron sus padres: Mi madre, papá, mis hermanos y yo íbamos siempre juntos a oír Misa. Mi padre nos entregaba la limosna, que llevábamos gozosos, al hombre cojo, que estaba arrimado al palacio episcopal. Después me adelantaba a tomar agua bendita, para darla a los míos. La Santa Misa. Luego, todos los domingos, en la capilla del Santo Cristo de los Milagros rezábamos un Credo. Y, el día de la Asunción (…), era cosa obligada adorar (así decíamos) a la Virgen de la Catedral .

Su infancia fue parecida a la de tantos niños de aquel Barbastro de comienzos de siglo XX: risas y correteos por la Plaza del Mercado, tablas y más tablas de multiplicar en el Colegio de los Escolapios y unos viajes fantásticos en las noches de invierno hasta el centro de la Tierra, o la mismísima Luna, de la mano de Julio Verne. Fue un niño como tantos otros: bueno, generoso, obediente y con los inevitables caprichos y rabietas que sus padres corrigieron con paciencia. Porque los santos no nacen: se hacen.

Se hacen correspondiendo, en lo grande y en lo pequeño a la voluntad de Dios. Y Dios quiso que Josemaría conociera pronto el misterio del dolor: entre 1910 y 1913 —desde los ocho a los once años— fueron muriendo, por enfermedad, sus tres hermanas pequeñas.

Virgen morena de Guadalupe

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

«Hijos míos, durante este mes (…) he ido de romería a Torreciudad, descalzo, a honrar a Nuestra Señora. También he estado en Fátima, descalzo otra vez, a honrar a Nuestra Señora con espíritu de penitencia. Ahora he venido a México a hacer esta novena a Nuestra Madre (…). Y creo que ruedo decir que la quiero tanto como los mexicanos la quieren»`.

Así explicará el Fundador del Opus Dei el motivo principal de su primer viaje a América en 1970. Alrededor de las tres de la madrugada del 15 de mayo, toma tierra el avión que le trae a la capital azteca.

-«He tardado veintiún años en venir a estas tierras»(32).

Se refiere el Padre a la fecha de llegada de sus hijos al Continente americano. Ahora, Dios le ofrece la oportunidad de presenciar cómo ha bendecido al Opus Dei. La presencia de la Obra en América se extiende, en 1970, a dieciséis países, que comprenden más del noventa por ciento del territorio; hay miles de vocaciones de todas las naciones y razas representadas en el Nuevo Mundo; numerosas tareas de formación y apostolado, que abarcan desde Universidades hasta labores de promoción humana y espiritual para campesinos y obreros; personas de todas las condiciones sociales que comprenden, aman y cooperan con el Opus Dei. Un horizonte abierto en el que no se pueden divisar los límites.

El Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden la escalerilla del avión. Don Javier Echevarría llegó a Roma en 1950 a los dieciocho años de edad. Desde entonces ha permanecido junto al Fundador, en este peregrinar universal, entregado con fidelidad al servicio de la Obra. Cuando el Opus Dei encuentre su configuración jurídica definitiva como Prelatura personal, seguirá ocupando el cargo de Secretario General, que ostenta desde el 15 de septiembre de 1975. Durante los años en los que se lleva a cabo la expansión apostólica del Opus Dei por los cinco continentes, trabajará junto al Padre de modo constante. Hoy, en México, son recibidos con emoción por un grupo de hombres que lleva mucho tiempo en esta tierra. Son momentos para recordar aquellas palabras que escribiera el Fundador treinta años antes:

«Olvidad vuestra pequeñez y vuestra miseria, hijas e hijos míos, y poned los ojos y el corazón en este caudaloso río de aguas vivas, que es la Obra»(33).

Como un río silencioso y pacífico, pero también desbordante, es la alegría con que los hijos suyos mexicanos miran hoy el vuelo de este avión que cruza un cielo plagado de estrellas.

Llegan cartas y telegramas de todas las partes de América. El teléfono es una canción continua:

-Les llamo para felicitarnos mutuamente.

-Encomendamos fuerte la estancia del Padre.

-Damos muchas gracias a Dios, y nos unimos a las intenciones del Padre, ante la Virgen de Guadalupe(34)

Realmente, un solo corazón y una sola alma.

Guadalupe no es sólo un Santuario visitado por casi treinta millones de personas al año: es la fe de todo el pueblo unido a la Virgen morena. El 12 de diciembre, conmemoración de una de las apariciones, es fiesta nacional. Desde la víspera, personas de toda la República y mexicanos que viven en el extranjero hacen noche a las puertas de la Basílica para entrar los primeros a saludarla.

Esta devoción se remonta al año 1531. El sábado 9 de diciembre, antes del amanecer, pasaba al pie del cerro de Tepeyac un indio converso, pobre y humilde. Era Juan Diego, que acudía a la primera Misa en la misión. De pronto oye un canto suave, como de una bandada de pájaros. Y al mirar a la cumbre ve una nube blanca y luminosa en medio del arco iris. Una alegría inexplicable pone alas a sus pies y se siente llamado a lo alto del cerro. Sube, y ve una bellísima Señora cuya presencia ilumina los nopales, los espinos y las piedras. Y le habla en su idioma náhuatl:

-«Hijo mío, Juan Diego, a quien amo tiernamente como a pequeñito delicado, ¿a dónde vas?

-A Misa, Señora.

-Hijo mío, muy querido. Yo soy la Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y mi deseo es que se me levante un templo en este sitio, donde como Madre piadosa tuya, y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y me buscan, y de todos los que solicitaren mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones, y donde oiré sus lágrimas y ruegos para darles consuelo y alivio. Dirás al obispo que yo te envío para que me edifique un templo».

Juan Diego corre al Palacio de fray Juan de Zumárraga, primer Obispo de México. Pero tiene poca suerte en su embajada y retorna, cariacontecido, a dar cuenta a la Señora. Ella le anima. Ha de insistir. Y el Obispo le pide una prueba. Tiene que demostrarle que ha visto, efectivamente, algo sobrenatural. La Virgen le cita para la mañana siguiente. Le dará una señal.

Pero el amanecer del día 12, martes, encuentra a Juan Diego de camino y desalentado en busca de un fraile. Su tío, Juan Bernardino, se muere. Ni siquiera pasa por lo alto del cerro para no detenerse porque el tiempo urge al moribundo. Y la Virgen sale a su encuentro en la falda de la cuesta:

«Hijo mío, no te aflija cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa? No temas por tu tío que ya está sano»(35)

La Virgen le pide que antes de ir a casa del Obispo, suba al cerro y recoja las rosas que encontrará en la cumbre.

Nunca hay flores allá arriba en diciembre. Pero ese día, Juan Diego encuentra un vergel y llena la manta india que le sirve de capa. Muy pronto llega ante el Obispo, que le mira asombrado: pensó que no volvería. Y al desplegar la tilma, caen las rosas al suelo y queda dibujada en la manta la imagen de la Virgen de Guadalupe tal como hoy se venera en México. Sobre el tejido de palma silvestre brillan los colores y las formas de una hermosa Mujer de cabello negro, frente serena y color trigueño. Una túnica rosada y con bordado en oro la cubre por entero. El manto es de color verde mar. Lleva corona real e inclina la cabeza hacia la derecha, con los ojos bajos. Todo el sol de México emerge por detrás como si la respaldara: ciento veintinueve rayos. Un ángel de alas desplegadas carga alegremente con el leve peso etéreo de la imagen.

Pintores de gran prestigio acudirán, llamados por el Virrey, Marqués de Mancera, y el Obispo Zumárraga, a informar sobre a pintura. Entre ellos, Juan Salguero, Tomás Conrado, López de Avalos, Alonso de Zárate. Todos afirman la inexplicable textura y calidad del cuadro. El reverso del tejido es muy áspero y gruesa la trama. El lado de la pintura se palpa con tacto de seda. Los colores y técnica, permanecen intactos en el correr del tiempo. En este siglo se ha comenzado a realizar un estudio científico; sin embargo, el misterio continúa a la luz de los conocimientos técnicos y científicos de alta precisión. El sabio Richard Kühn, Premio Nobel de Química, ha atestiguado que la policromía de la Virgen de Guadalupe no procede de colorantes minerales, animales ni vegetales.

Se ha llevado a cabo un análisis más detallado con alta tecnología por los doctores Callaban y Brant, científicos de la NASA, que, mediante rayos infrarrojos han comprobado que la pintura carece de boceto previo y pinceladas. La imagen ha sido pintada directamente. Y, por último, el doctor Aste Tonsmann ha referido, con técnica de digitalización de imágenes fotográficas, el hallazgo de figuras humanas de tamaño infinitesimal en el iris de la Virgen. Figuras que componen una escena equiparable al episodio relatado en náhuatl por Antonio Valenciano en el Nican Mopohua del siglo XVI.

El Padre, al llegar a México, había comentado:

«Cuando vaya a la Villa, tendréis que sacarme de allí con una grúa».

Y lo mismo le repite al Arzobispo, Cardenal Miranda, cuando va a visitarle. Y el Cardenal, que le ha invitado repetidas veces a cruzar el Atlántico para visitar a la Virgen Guadalupana, contesta sonriente:

-«Pues no seré yo quien llame a la grúa».

Está encantado de tener en su país al Fundador de la Obra, y cuando le saluda con una abrazo, dice:

-«¡Por fin lo conseguimos!, ¡por fin lo conseguimos! »(36)

El sábado 16 de mayo, el Padre inicia sus visitas a la Virgen Morena, que se prolongarán durante nueve días. Le acompañan don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría y tres personas más. Un pequeño grupo que se acerca, discretamente, a la Basílica. Acaban de dar las seis de la tarde. El Padre entra, deprisa, con la juventud y el ánimo de quien tiene, desde siempre, una cita gratísima e importante. Llega hasta el presbiterio y se arrodilla. Allí permanecerá largo tiempo rezando, con la mirada puesta en la Virgen.

Suena un reloj distante con campanadas de metal. Don Álvaro del Portillo se acerca al Fundador: «Padre, llevamos dos horas y estamos rodeados de gente del Opus Dei…».

Mientras hacía su oración, han ido llegando hijas e hijos suyos mexicanos. La Basílica se ha poblado de caras conocidas que rezan, todos a una, por aquello que el Padre está poniendo a los pies de la Virgen.

Los siguientes días ocupará una tribuna alta, localizada sobre el presbiterio, a la derecha de la imagen, desde donde la puede ver con intimidad. Allí pasa varias horas con la Señora. Durante cuarenta días de permanencia en México, el Padre verá a más de veinte mil personas de toda América. En una tertulia, alguien le pregunta qué se puede decir a los que se olvidan de la Virgen:

-«¿Has oído aquellas palabras del Señor cuando, para manifestar su cariño, dice: pero, es posible que una madre se olvide de sus hijos? Aunque eso sucediera, yo en cambio no me olvidaría del amor que os temo. Pues tampoco los hijos nos podemos olvidar de la Madre» Madre»(37).

El indio, por temperamento, es reservado, silencioso. Puede seguir con gran interés una conversación pero mantiene el silencio. Junto al Padre el comportamiento es distinto: los mexicanos campesinos del Valle de Amilpas hablan con él, se ríen, dejan al descubierto la sencillez y el afecto de su corazón.

Y porque les ve y comprende el idioma de su corazón, se hace cargo de sus problemas humanos y sociales, del estado de pobreza de las gentes del campo. Traza los proyectos de vivienda dignas para los campesinos de la zona cercana a Montefalco; se interesa por la formación que reciben los nativos en esta gran escuela profesional que ha representado un esfuerzo gigantesco; se vuelca con las familias de las nativas que acuden a las escuelas del Opus Dei en toda la zona de México.

«Estamos preocupados de que mejoréis, de que salgáis de esta situación, de manera que no tengáis agobios económicos… Vamos a procurar también que vuestros hijos adquieran cultura: veréis como entre todos lo lograremos, y que -los que tengan talento y deseo de estudiar- lleguen muy alto (…). Y ¿cómo lo haremos? ¿Como quien hace un favor?… No (…), ¡eso no! ¿No os he dicho que todos somos iguales?»(38).

El 16 de junio se reúne en Jaltepec, a cincuenta kilómetros de Guadalajara, en el Estado de jalisco, con sacerdotes del Opus Dei que trabajan en México, y con otros muchos que participan de los medios de formación de la Obra. Llegarán desde muy diversos puntos, con la ilusión de tener una charla amable, prolongada y filial con el Fundador de la Obra.

«Estoy muy contento en México, entre otras cosas porque aquí he encontrado un anticlericalismo sano, como el que suelo predicar. Bien es verdad que lo tenéis como fruto de una gran persecución a la Iglesia, pero gracias a Dios ya aquello pasó: entiendo que sabréis mantener siempre el equilibrio que ahora tenéis.

No quise venir sin que lo supieran las autoridades (…), y de vuestros gobernantes no he recibido más que atenciones».

Conversará con estos sacerdotes de los temas que deben ocupar el corazón de los ministros de Cristo: del trabajo entre las almas, de su dedicación total, de su entrega incondicional y de servicio constante.

«Todo el corazón nuestro es para Cristo y -a través de Cristo- para todas las criaturas, sin singularidades»(39).

Les habla de humildad: esa virtud que hace al hombre grande a pesar de sus errores; de la vocación inmensa a que han sido llamados por Dios desde la eternidad. De la ayuda de unos para otros. De esa fraternidad que distingue, inconfundiblemente, a los hijos de Dios.

«No estáis solos. Ninguno de nosotros puede encontrarse solo. Y menos si vamos a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará»(40)

Pasa el tiempo, entre preguntas y respuestas rápidas, el buen humor del Padre y la alegría espontánea que produce su presencia. Cae fuerte el sol de media mañana y una bruma blanda desciende sobre las aguas de la cercana laguna de Chapala.

El 22 de junio, víspera de su regreso a Roma, el Padre está reunido con un grupo de hijos suyos. Alguien pulsa una guitarra:

-«Padre, es una antigua canción popular. Dicen que es demasiado dulzona, pero a mí me gusta. El comienzo es un poco lento»:

«Quiero cantarte, mujer,

mi más bonita canción,

porque eres tú mi querer,

reina de mi corazón…».

Y, de pronto, el Padre se pone de pie:

-«¿Por qué no vamos a la Villa todos a cantarle eso a la

Virgen, a darle nuestra serenata?»(41).

El asentimiento es unánime. A las 8,30 de la tarde, todos en la Basílica de Guadalupe.

Media hora antes la iglesia empieza a vaciarse de peregrinos. Pero, en lugar de quedarse el recinto en una penumbra solitaria, hoy se llena a tope de una concurrencia entusiasta. Los encargados del mariachi llegan con sus guitarras y se sitúan en el lugar apropiado. Ya está abarrotada la Villa. Viene el Padre, y los conserjes cierran las puertas. Otra vez, como el primer día de su llegada, el Fundador se arrodilla ante la Virgen de América. Luego entona la Salve, que cantan, unánimes, sus hijas e hijos reunidos en esta despedida imprevista. Se queda en el presbiterio, rodeado de sacerdotes. Los hay ya mayores, encanecidos por el trabajo y el tiempo, y muy jóvenes; todos unidos en un solo afecto. Rompen el silencio las guitarras:

«Tuyo es mi corazón,

oh sol de mi querer».

Después entonan «La Morenita» y, así, una y otra letrilla. La emoción cunde, porque allí está un gran trozo del alma de México: se han reunido junto al Padre todos los que recorren este camino de fidelidad a Cristo que es el Opus Dei.

Al empezar la tercera canción, el Padre se levanta y sale de la Basílica, mientras sigue sonando otra canción a la Virgen: «¡Gracias, por haberte conocido!… »(42). Después se hace el silencio. La gente abandona la nave y se apagan las luces. Los coches regresan a la ciudad mientras cae una lluvia fina, casi imperceptible. Se diría que el cielo mexicano también ha sucumbido a la emoción sencilla y entrañable de este adiós.

Al día siguiente, un avión llevará a Monseñor Escrivá de Balaguer camino de Roma. Allá en Montefalco, junto a los viejos muros de la iglesia, quedan unos árboles que ha plantado antes de partir. Pasados los años, cuando el tiempo los haya apuntalado, su sombra dará paz al caminante.

Cerca de Jaltepec, el cuadro que representa a la Guadalupana dando una flor al indio Juan Diego guarda una petición del Fundador:

-«Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor…

Y, después de un silencio, añade:

-«Sí, me gustaría morir ante este cuadro, con la Virgen dándome una rosa»(43)

El último adiós

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante el tiempo que media entre 1970 y 1975, Torreciudad se configura definitivamente. Hay en toda su construcción una libertad absoluta en cuanto a la creación artística se refiere, pero subordinada al deseo de que el edificio sea un lugar de oración, de conversión y de encuentro con Dios a través de la Señora.

El gran retablo de alabastro, de 15 metros de alto por 9,30 de ancho, capta toda la atención. Su distribución se inspirará en los de estilo plateresco y renacentista, tan abundantes en Aragón, y denominados «retablos custodia» por tener en su centro un óculo a través del que se ve el Sagrario. Todo el conjunto acapara la atención en un único punto de referencia: la Eucaristía. Pero, además, se trata de albergar, con dignidad destacada, a la Virgen de Torreciudad. El resto, serán escenas evangélicas de la vida de María enlazadas como la secuencia de un relato.

La composición de cada escena, utilizando arte figurativo, permite entender los misterios y captar el mensaje del retablo sin perder el contenido de la oración por una interferencia desafortunada.

La única condición que ha puesto el Padre es que sea muy devoto y que invite a rezar.

Se hará cargo de este trabajo el escultor Juan Mayné Torrás, profesor de la Escuela de Bellas Artes San Jorge de Barcelona. La totalidad del alabastro procederá de las minas de Besalú (Gerona), y será trabajado en el taller de José Miret, en San Andrés de la Barca.

En la primavera de 1974, el Fundador hace escala en Madrid con motivo de su primer desplazamiento a Sudamérica. Los arquitectos le informan de la marcha de las obras de Torreciudad: todo estará terminado al cabo de un año, a excepción del retablo. Sólo se ha modelado una escena y, dada la envergadura del conjunto, se calculan dos o tres años más para verlo concluido. Han pensado, incluso, en la posibilidad de inaugurar la iglesia del Santuario con una enorme cortina que cubra la pared frontal. La respuesta del Padre es tajante. La iglesia no puede abrirse al culto sin retablo, porque constituye un elemento fundamental del templo. Además, la colocación de las escenas después resultaría dificilísima y muy penosa. Hay que poner todos los medios para que el escultor, sin rebajar la calidad de su obra, adelante los plazos.

Se concluirá, después de un año incesante de trabajo, en 1975, y tendrá un peso de ciento treinta toneladas. Con el escultor principal y un primer ayudante, han colaborado nueve escultores marmolistas, cuatro alumnos de Bellas Artes y un centenar de personas más, además de los arquitectos y el aparejador. Entre todos, y en unas circunstancias en las que no existe experiencia parecida, llevarán a cabo una tarea que parece inabordable. Pasarán días enteros volcados sobre su tajo; entusiasmados por la idea, por el ambiente, por la pasión que todos ponen en sacar adelante el proyecto.

Juan Mayné no se entrevistará directamente con el Fundador de la Obra. Monseñor Escrivá de Balaguer ha decidido no influir para nada en la concepción artística del escultor. Pero este profesor de Bellas Artes se lleva a su taller y a su casa los libros del Padre. Lee despacio, dejando entrar en su alma las palabras de sus escritos. Su forma de sentir y entender la piedad. Su concepto de las figuras vivas que ha de esculpir. Quiere conocer su modo de ser, de rezar, de ver lo trascendente, para trasladarlo al alabastro.

Así surgirán las escenas: la Coronación de la Virgen, los desposorios de María y José, la Anunciación del arcángel, la Visitación de María a Isabel, la adoración de los pastores al Niño, la huída a Egipto, el taller de Nazaret. Son la representación humana y divina de esta Familia que es imagen y modelo. Aquí están las vicisitudes por la que puede pasar una vida: el trabajo, el amor, el hijo, la persecución, la felicidad, la muerte. La presencia constante de los planes de Dios sobre la existencia de los seres humanos.

Para evitar que la Virgen de Torreciudad, pequeña talla románica, se pierda dentro de una composición tan fuerte, las figuras van cediendo dimensiones, para llegar reducidas de tamaño al camarín que ha de alojarla. Allí los ángeles y las rosas son menudos, como un encaje: todo el conjunto se aproxima a la Señora encerrándola en un enorme relicario que destaca la dignidad de su presencia.

La sillería central, también de alabastro, tiene labrados en sus respaldos símbolos de advocaciones a la Virgen. En la presidencia, la imagen del Buen Pastor. San Rafael, San Juan, Santa Catalina de Siena y un Angel, con el sello de la Obra entre las manos, completan la composición. El retablo se limita con una enorme cadena labrada. En la parte más alta, dos áncoras enlazadas proclaman la llamada permanente a la unidad. La separación de escenas es tan suave que se puede pasar de una a otra sin estorbo: como si el espectador desgranase los misterios de un enorme Rosario esculpido.

Cuando el Padre lo vea, prácticamente terminado, en mayo de 1975, exclamará:

«Me parece un sueño; y es que soy hombre de poca fe».

Mira despacio, una por una, las figuras; se queda absorto en el conjunto. Le gusta mucho. Es lo que había deseado para Dios:

«Señor, me parece todo muy poco para Ti, pero lo hemos hecho lo mejor que hemos podido»(28).

Hace unos meses ha realizado otro viaje agotador por Sudamérica, pero quiere ver las obras de esta «locura» que ha ocupado su oración y esfuerzo.

El día 24 de mayo, sábado, consagrará el altar principal del Santuario. Repetirá su visita a la ermita, como ya hiciera en 1970, y recibirá a las autoridades de Barbastro que se han acercado a Torreciudad para saludarle. Durante una hora larga les hará partícipes de su cariño y agradecimiento.

El domingo 25 de mayo es el Fundador quien acude al Ayuntamiento de Barbastro, donde se le impone la medalla de oro de la ciudad que le vio nacer hace setenta y tres años.

No le gusta al Padre que le rindan honores. De hecho, ha declinado muchos en su vida. Además, hace apenas unas horas que le han comunicado desde Roma el fallecimiento de don Salvador Canals. Está tremendamente afectado y todos respetan el silencio, casi el ensimismamiento, en que le ha sumido la noticia.

«Estuve a verle en la clínica pocos días antes de venirme (…). Me hice ilusiones. Pero, al salir, el médico nos quitó toda esperanza humana»(29).

A pesar de todo, no quiere posponer el acto oficial de Barbastro. En esta mañana llena del sol somontano, el Alcalde pronuncia unas palabras de cariño en las que evoca los años en que el Padre vivió en su tierra natal; agradece la construcción de Torreciudad y le asegura el afecto y las oraciones de todos sus paisanos.

Está entre amigos, aragoneses de ancho corazón, y no oculta su estado de ánimo:

«Perdonad. Yo estoy muy emocionado, por doble motivo: primero por vuestro cariño; y además, porque a última hora de ayer recibí un aviso de Roma comunicándome la defunción de uno de los primeros que yo envié para hacer el Opus Dei en Italia. Un alma limpia, una inteligencia prócer, doctor en Derecho Civil por la Universidad de Madrid (…), doctor en Derecho Canónico por la Universidad Lateranense; abogado Total. Después, en tiempos de Juan XXIII, nombrado auditor de la Rota (…).

Yo debería estar contento de tener uno más en el Cielo, ya que tan frecuentemente en una familia tan numerosa tiene que suceder un hecho de este género. Pero estoy muy cansado, muy cansado, muy abrumado. Me perdonaréis, y estaréis contentos de saber que tengo corazón (…).

No puedo dejar de declararos que mi noble orgullo de barbastrense se siente hoy singular y profundamente agradecido a todos cuantos estáis haciendo posible, unidos a tantos miles de personas esparcidas por todo el mundo, el maravilloso empeño que clava sus raíces junto a Nuestra Señora de Torreciudad»(30)

A las 11,30 del día 26 de mayo, el Padre regresa a Zaragoza. Mientras se aleja, el Fundador mira, con emoción y entusiasmo, la estructura de los edificios que se destacan como una atalaya en el horizonte. Voltean las campanas de la torre y el eco se pierde en los pueblos del Somontano. Ya no volverá nunca. Un mes más tarde habrá cruzado la última frontera en el camino de sus grandes amores: Dios, la Virgen y San José. Aquellos que ha dejado esculpidos en el retablo de este templo que se yergue junto al Pirineo aragonés.

De romería

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En abril de 1970, el Padre sale de Roma camino de Madrid. Su propósito es acercarse hasta Torreciudad como peregrino. En la capital de España, permanece varios días alojado en Diego de León. Allí, sobre un mueble cubierto por un terciopelo rojo e iluminada por dos focos, está la Virgen de Torreciudad. Ha sido parcialmente restaurada, apareciendo el color oscuro de la madera y las líneas auténticas de la talla. Ahora va a ser revestida con una lámina de oro que sirva de protección. Solamente la cara y las manos permanecerán al aire.

«Eso cuesta poco, porque la imagen es pequeña y la lámina muy delgada. Allí no habrá ninguna riqueza que atraiga a los ladrones. No se trata de poner riqueza, sino de ‘ poner amor. Aunque se emplearán materiales nobles» (19)

Cuando el Padre entra por primera vez en la habitación en que está colocada la imagen, cruza el umbral con prisa, fijos los ojos en Nuestra Señora. Y repite, al mirarla despacio:

-«¡Es preciosa!»

Y se queda unos minutos a solas con la imagen. Luego, ante los que le acompañan, besa los pies de la Virgen y los del Niño, y reza:

-«¡Perdóname, Madre mía! Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma.

Me da mucha alegría venir a besarte, y me da mucha alegría pensar en los miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán»(20).

Durante el tiempo que la imagen permanece en Diego de León, recibe la compañía frecuente del Padre. Siente como un compromiso de acudir junto a Ella:

«Voy a rezar a la Virgen con un espíritu de romero del medioevo»(21).

El lunes 6 de abril, parte el Fundador camino de Zaragoza. Está muy alegre de ir a las tierras del Somontano. El día 7 celebra Misa en la Residencia de Miraflores y sale hacia El Pilar. No quiere pasar de largo por la ciudad sin acercarse a esta Capilla que encierra tantos recuerdos de su vida, tantos deseos acumulados en su alma durante aquellos años en los que, diariamente, acudía a sentir el cariño y la protección de Nuestra Señora.

Inmediatamente después, cruzan el Ebro por el puente de Santiago y enfilan la ruta de Huesca. No se detienen en Barbastro. Apenas les da tiempo a ver, sin bajarse del vehículo, la Catedral, el Coso y la placidez del río Vero, que sigue discurriendo más allá del tiempo. Cerca de las once de la mañana llegan al pueblecito de El Grado, donde se inicia la presa del mismo nombre. Desde aquí comienzan a perfilarse ya, en el horizonte, los andamios y las estructuras de hormigón de Torreciudad.

Un kilómetro antes de llegar a la ermita, le esperan los arquitectos y los que dirigen las obras. El Padre se baja del coche y saluda a todos con cariño. Después, rápidamente, se descalza para hacer su romería a la Virgen durante esta última parte del camino. Todavía no están asfaltadas las vías de acceso. Una grava fina y cortante cubre la carretera. No permite que le secunde nadie. Le acompañan contestando las Avemarías que recita con voz fuerte, distinta, sin monotonía. El Rosario tiene matices de saludo, de anunciación alegre.

«Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. Amo a la Trinidad Beatísima. Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo. Creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo. Espero en la Trinidad Beatísima. Amo a mi Madre la Virgen. Creo en mi Madre la Virgen. Espero en mi Madre la Virgen»(22).

Al cabo de un buen rato de camino, alguien aventura la insinuación de que vuelva a ponerse los zapatos:

«Después de sesenta y seis años, es bien poca cosa lo que estoy haciendo por la Virgen. Hay muchos pastores que van descalzos, todos los días, por estos riscos. No hago nada extraordinario»(23).

Al llegar a la ermita, se arrodilla en las gradas del altar; enciende unas velas y reza una oración corta.

Más tarde explicará a todos lo bella que es la imagen de la Virgen que se está restaurando en Madrid.

«Han quitado gran cantidad de pintura vieja, porque se ve que a veces le daban capas de pintura con brocha gorda (…). Tendréis que cuidar mucho la imagen, no sea que alguno, por llevarse cuatro cuartos, nos robe la mitad de nuestro corazón. A mí, me robaría el corazón entero» (24)

Acompañado de don Álvaro del Portillo, don Javier Echeverría y don Florencio Sánchez Bella, sube hasta la zona de obras. Cae una lluvia fina, y allí, junto a las excavaciones, explican los arquitectos cada uno de los futuros cuerpos de edificios y detalles de las construcciones.

La mayor parte se realizará en ladrillo, que dibujará formas geométricas. El interior del Santuario estará separado de la explanada exterior por un atrio con pórtico de columnas al que se accederá por una escalinata de piedra. También habrá un altar al aire libre en un ángulo de la explanada. El retablo de la iglesia será tallado en alabastro, de fácil manejo para los imagineros. En la cripta del Santuario existirán tres capillas, que han de presidir otras tantas advocaciones de la Virgen: Guadalupe, el Pilar y Loreto. Aquí se van a instalar cuarenta confesonarios, porque Torreciudad es un lugar de penitencia, de acercamiento a Dios, de fraternidad cristiana. Por eso, el Sacramento de reconciliación, de humildad y amor que es el perdón de los pecados por parte del sacerdote, en nombre de Cristo, ocupa un gran espacio.

En este momento, sólo existe el gran boquete que han abierto las excavadoras para echar los cimientos. El Padre bendice ya esta zona de los futuros edificios.

La torre del Santuario llevará en su coronación un carrillón con doce campanas de bronce que dejarán oír su Ángelus a muchos kilómetros de distancia. Un saludo a María cuyo eco se adentrará en la tierra alta del Pirineo. Se calculan dimensiones de 53 metros de longitud, 24 metros de anchura y 24 metros de altura para los interiores de la iglesia. En estos momentos, toda la explanada es un magma de grúas, cemento, ladrillos y materiales que se apilan esperando su perfil definitivo. También hay un proyecto de cierre porticado para abrazar la explanada, que tiene una extensión de 20.000 metros cuadrados.

El Padre lo recorre todo. La jornada es agotadora pero fecunda. Bendice a cuantos están trabajando, por su cariño y tesón en una obra de tal envergadura. Unos años después, cuando vea el Santuario prácticamente acabado dirá: «Sólo los locos del Opus Dei hacemos esto, y estamos muy contentos de ser locos. Lo habéis hecho muy bien (…). Pero hay que llegar hasta el final (…). ¡Qué bien se va a rezar aquí!… »(25)

Regresa ese mismo día a Zaragoza. Cuando las torres de El Pilar aparecen de nuevo, frente a la carretera, comenta:

«Estoy muy cansadico, pero tengo mucha confianza en la honradez cristiana de todos mis hijos y en su deseo de ser muy(26)fieles» .

Piensa, sin duda, en tantos como han sacrificado un sueño, una comodidad, un gusto, o incluso una parte importante de lo necesario, para costear Torreciudad. Después de la muerte del Fundador, don Álvaro del Portillo comentará:

«Hay gente murmuradora que ha dicho barbaridades… Se ha gastado mucho, pero a base de reunir muchos óbolos como el de la viuda: tantos sacrificios, tantas limosnas. Una familia -y eso ya no son las dos blancas de la viuda- que llevaba años y años ahorrando para construir una casa de descanso, entregó todos esos ahorros para Torreciudad. Los murmuradores no quieren entender que la gente se ha sacrificado por amor a la Santísima Virgen».

Todavía se guarda en Roma aquella carta de una formidable familia argentina:

«Querido Padre: Estos billetes parecen dinero, pero no lo son. Son sueños, ilusiones forjadas durante 24 años; planes de conocer Roma, Europa, en nuestras bodas de plata (…).

Desde hace años se sumó a esas ilusiones la más grande: visitar, ¡conocer al Padre! Tanto mi esposa como yo, pertenecemos a la Obra desde entonces, así como también dos de nuestros cuatro hijos.

Pero, como el Padre vino a nosotros, pensamos que todo lo demás no tiene importancia. En consecuencia, le rogamos que acepte esta donación para el Santuario de Nuestra Madre de Torreciudad» (27).

Otro matrimonio envía una pulsera de oro con ocho medallas. Son los aniversarios de nacimiento de sus hijos. El orfebre funde todo en la masa noble que ha de convertirse en una patena para ofrecer el pan de la Eucaristía. Cada vez que se alza esta patena, no es oro, sino vida, lo que llega a los pies del Señor y de la Virgen de Torreciudad. Es la vida de aquellos que desean «cantar y bendecir el nombre de Dios, anunciar de día en día su salvación, celebrar su gloria entre las gentes y llenar de luz los pueblos con sus maravillas».

Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes…, en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana… a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de Torreciudad por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de Torreciudad. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (…). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (…). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (…). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen… Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de Torreciudad: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios

edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de Molinoviejo:

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.

Las siete mil islas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Santuario de Torreciudad, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.

El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles…

Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.

No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.

En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.

Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.

En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.

Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un “tutorial” en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(31).

Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.

Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.

A esta primera casa se le pone el nombre de Mayniland. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural Banahaw. También se ponen los cimientos del Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.

Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.

El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.

En 1967, en Los Rosales, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(32)..

Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Soledad Usechi, Mª Teresa Martinez Barón, Lali Sastre y Mercedes Garrigosa son la avanzada de este abrazo al mundo. Antes de iniciar el vuelo a las islas han recalado en Roma para recibir la bendición del Padre. Y, una vez más, se cumplirá lo que el Fundador ha dicho tantas veces: “Cuando mando a la gente lejos -he mandado a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América, a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón de acero-, ¿sabéis cómo los envío?. Como en el siglo XVIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin crucifijo -para que se pongan ellos en la Cruz-, la bendición…y que trabajen”

Así será también en esta ocasión. El Padre les da una imagen de la Virgen, una cruz de palo y su bendición. Es el 7 de octubre de 1965. Con este tesoro partirán hacia Oriente. En el bolsillo, 130 dólares conseguidos en España, de un donativo. Esta sobreabundancia de fe y coraje sobrenatural será más que suficiente para superar la escasez demedios materiales. Aquí, como en tantos otros sitios, la desproporción entre las posibilidades humanas y los resultados obtenidos resultará tan evidente que sólo un milagro de la gracia podrá explicarlo.

Antes de salir de Roma, el Padre les va a repetir que Filipinas es un pais maravilloso y que pronto tendrán vocaciones firmes para el Opus Dei. Es como una premonición: en diciembre de este mismo año pedirá la admisión Rina Villegas; y en un breve plazo de tiempo, la seguirá un buen grupo de mujeres filipinas.

Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:

«Si seguís correspondiendo (…), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (…), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(33)

Siempre recordarán las pioneras de esta nueva tierra aquel 8 de octubre de 1965, cuando, después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar, las islas aparecieron en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.

Cristo en la cumbre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Agosto de 1931. El verano dispersa a las gentes fuera de la capital, y las calles se despejan con el calor que inunda esta mañana de domingo. Don Josemaría acude a celebrar la Santa Misa en el recogimiento de una iglesia madrileña y, de camino, reza por el proyecto que ocupa todos los instantes de su mente.

«¿Tú quieres, Señor, que haga toda esta maravilla?» (8).

El mismo dejará constancia, en unas notas, de la profundidad sobrenatural de su oración de ese día:

«7 de agosto de 1931: hoy celebra esta diócesis la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de residencia en la ex-Corte… y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda al Amor misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: “et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum”(lo 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el “ne timeas”!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana… Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas»(9).

Un altar del Santuario de Torreciudad quiere recordar aquel momento de comunicación divina, que sobrecogió y emocionó el alma de un sacerdote dándole, también, una gran paz. En la capilla del Santísimo, enmarcado por mármoles de estilo neoclásico, hay una imagen de Cristo crucificado, obra del escultor Sciancalepore, que siguió en su trabajo las indicaciones de Monseñor Escrivá de Balaguer. Lo más sugestivo de esta obra -de bronce dorado- es el gesto vivo, la conexión inmediata con el fiel que se coloca ante su mirada. No es un Cristo absorto, inmerso en la trascendencia de su muerte; es el Hombre-Dios que emerge del dolor para mirar al frente. Para dar un mensaje, mezcla de emoción y exigencia, de amor e instancia a la tarea que deja a sus amigos por delante. Es el Cristo del: “ut eatis!”… (¡Qué vayáis!), duc in altum! (¡Mar adentro!), sitio! (¡Tengo sed!), y de tantas urgencias como la Cruz tiene para los cristianos.

A ambos lados del altar hay dos cartelas doradas. En la derecha se puede leer: “Et ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum”(10): Y Yo, cuando sea exaltado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia Mí.

La otra, situada a la izquierda, recoge la frase de Pedro junto al mar de Galilea, que repara la triple negación de su amistad con Cristo en la trágica noche que precede a la Crucifixión: “Domine, tu omnia nosti; tu scis quia amo Te”(11): Señor: Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo.

Son palabras de contrición, de amor y de humildad. El reconocimiento de la propia nada ante la grandeza del Cielo y la manifestación sincera de amor a Cristo. Por alta que sea la misión humana encomendada a un hombre, siempre estará mediatizada por el cero de sus propias limitaciones y por el infinito de Dios.

El propio Fundador escribirá en un viejo papel: «Reconoce la Santa Madre Teresa, en el capítulo II de sus Fundaciones, que es manifestación de la Omnipotencia divina dar osadía a personas flacas para cosas grandes en su servicio. Y me acojo a lo de la osadía y a lo de la flaqueza… 2 de octubre de 1928. 14 de febrero de 1930»(12).

Colocar a Cristo en la cumbre de las actividades humanas no es llevar a Dios sólo a las actividades cumbre. El matiz es muy importante, porque Monseñor Escrivá de Balaguer exigirá de sus hijos una seria humildad, y repetirá que la presencia de Dios está en lo más alto del esfuerzo, de la intencionalidad, del amor que cada ser pone en su tarea cotidiana, y no precisamente en el éxito humano, en el brillo personal o en el triunfo de un profesionalismo.

Esta dedicación lleva implícito un empleo a fondo de la voluntad y de las cualidades, pocas o muchas, en el cumplimiento generoso del deber. Un empeño por las cosas de cada día que tenga raíz sobrenatural y que supere el desgaste inherente a lo humano; un detalle en el trabajo que lo termine de modo cabal, que lo haga amable y propicio para ser holocausto, ofrenda continua en el servicio a Jesucristo. Al margen de lo que, en el terreno humano, pueda considerarse triunfo o derrota.

Campanas de fiesta

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando se camina por la gran explanada de Torreciudad para llegar a los escalones que suben hasta el atrio del Santuario, se ve, a la izquierda, una reproducción de la imagen de Nuestra Señora de los Angeles, en gesto de bienvenida. Tiene delante un altar al aire libre y, a la derecha, en una espadaña, la campana de bronce. Sobre la pared de ladrillo, una cartela perpetúa el siguiente texto en latín:

«Durante la mañana del día 2 de octubre de 1928, mientras volteaban ésta y las demás campanas del templo madrileño de Nuestra Señora de los Angeles y subían al Cielo sus tañidos de alabanza, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer recibió en su corazón y en su mente la semilla divina del Opus Dei. En el mes de octubre de 1972 esta campana fue ofrecida a nuestro Padre, y dispuso que se colocara en este lugar para que su repique de júbilo acompañe al Señor siempre que en este lugar se celebre el Santo Sacrificio de la Misa. Gloria a Dios y a su Madre la Virgen»(1).

En las primeras fechas del mes de octubre de 1928, don Josemaría está haciendo unos días de retiro espiritual. Es la pausa necesaria en el ritmo de su vida, el mismo trato íntimo con Dios, pero al margen de la actividad incesante que lleva a cabo en su oficio diario de sacerdote. La ciudad conoce sus pasos en cualquier mañana, al filo del alba o en caminatas nocturnas, en busca de un ser humano que solicita apoyo material y moral. Mucho tiempo después, sus hijos del mundo entero sabrán que la primera raíz del Opus Dei creció sobre la humildad, la oración, la expiación y el sacrificio constante del Fundador. Todos los interrogantes han vuelto a planteársele aquí, en el convento de los PP. Paúles, donde tiene lugar este retiro. Su respuesta es de entrega incondicional, pero sigue pidiendo luz, claridad para esa llamada a un quehacer cuyas líneas maestras desconoce todavía. El ruego de tantos años: “Domine, ut videam!”, y la pasión de llevar por todos los caminos el fuego de Jesucristo, han acompañado sus jornadas andariegas.

El día 2 de octubre celebra la Santa Misa. Se acerca al altar de Dios y recita las oraciones del introito; eleva la ofrenda del pan y del vino; extiende sus manos sobre las especies y pronuncia las palabras de la Consagración que harán presentes, una vez más, el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Después, se retira a su habitación para continuar rezando y trabajando. Desde muy joven, está acostumbrado a concentrar las potencias del alma y escuchar todo aquello que Dios le insinúa, sin palabras, de modo candente e indeleble. Esta comunicación interior, que es el aguijón de su fortaleza, se le graba a fuego en la memoria. Pero, no obstante, acostumbra a escribir estas inspiraciones en fichas que conserva y rememora cuidadosamente.

En esta tranquila mañana del otoño madrileño, don Josemaría está leyendo, despacio, estas pinceladas que el Espíritu Santo ha ido marcando en las horas de su vida. Continúa su oración hasta que, de pronto, en la soledad de su retiro, se le inundan las puertas del corazón y del entendimiento por la visión clara, inconfundible, de lo que Dios quiere realizar con el concurso de su existencia. Don Josemaría Escrivá de Balaguer ve abiertos a la santidad, en medio del mundo, todos los caminos de la tierra. Acaba de llegar para los hombres el espíritu -«viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»- del Opus Dei.

Siempre que hable de este momento de gracia, el Fundador dirá que vio la Obra tal y como había de ser a través de los siglos. Le estremeció el horizonte sin límites de este panorama, en el que se dieron cita todos los interrogantes, la oración y el sufrimiento de los años anteriores. La luz indecible vino a iluminar la razón última de su misión en la tierra.

Casi a un kilómetro de distancia, la iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, junto a la Glorieta de Cuatro Caminos, celebra su día patronal. Don Josemaría oye, con la misma nitidez que si repicaran dentro de su alma, las voces limpias, alegres y multiformes de las campanas. Nunca olvidará este momento sublime, en medio de una emoción indescriptible, al conocer por fin lo que Dios quiere. En los últimos meses de su vida escribirá a sus hijos recordando la alegría y vigilia de espíritu «que dejaron en mi alma -ha transcurrido ya casi medio siglo- aquellas campanas de Nuestra Señora de los Angeles»(2).

Sólo un bronce de la iglesia de Cuatro Caminos sobrevivirá a la destrucción de la guerra civil. Es el que campea sobre la explanada de “Torreciudad”. Cada vez que su sonido redobla, parece recordar que el Opus Dei vino a la tierra acompañado de un toque festivo en honor de estos amables compañeros de los hombres: los Angeles Custodios.


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