Perú: imperio del sol

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Nada más llegar a Perú, Monseñor Escrivá de Balaguer se encamina hacia Los Andes, Centro de la Obra situado en la ciudad de Lima. Hoy se cumplen exactamente veintiún años de la llegada del Opus Dei a esta tierra. Por eso, el Padre va a encontrar, recibiéndole, veintiuna rosas rojas que escoltan estas dos fechas: 9 de julio de 1953 / 9 de julio de 1974.

Los Andes mantiene en su decoración el aire de las viejas casas limeñas; en ella se han acondicionado algunas habitaciones para el Padre y para don Alvaro. Cerca de su mirada, una imagen de la Virgen y otra de San José, de estilo cuzqueño. Un oratorio situado en la misma planta que las otras dependencias, será el lugar de oración y acción de gracias durante su estancia en Lima.

El 12 de julio tiene su primera reunión numerosa en Tradiciones, un Centro Cultural dedicado a la formación de muchachos jóvenes, en el que hoy se dan cita hombres de Lima, Cañete y Piura. También ha venido un grupo de sacerdotes de Yauyos.

Cuando el Padre entra en el vestíbulo, ve en primer término a los sacerdotes:

-«Yo no digo una palabra, si antes no me dan la bendición estos hijos míos sacerdotes. ¡Tengo hambre de vuestras bendiciones! ».

Más de cincuenta sacerdotes le rodean invocando, al unísono, a las Tres Personas de la Trinidad. Después les besará las manos, mientras dedica algunas palabras de cariño a cada uno.

«Estoy orgulloso de vosotros y me da mucha alegría besaros las manos».

Y sigue dialogando con todos:

«¿Qué os voy a decir en este rato de conversación? (…). Unas palabras de Isaías, que se me vienen del corazón a la boca: quoniam bene!, ¡que lo habéis hecho muy bien todo! He visto cómo tratáis al Señor en la Sagrada Eucaristía.

No tengáis vergüenza de ser piadosos. Ha escrito San Pablo en la primera epístola a Timoteo, que la piedad es ad omnia utilis. Es la devoción tierna a Dios Nuestro Señor, el trato, el estar continuamente hablando con El, casi sin darnos cuenta; unas veces con ruido de palabras, y otras veces con esa oración sumisa, honda y ancha, que nos alcanza la paz, que nos trae alegría y fortaleza»(44).

Pero quiere que comiencen las preguntas. Necesita dialogar con todos los que llenan el vestíbulo de Tradiciones. Y se destaca, en primer término, un muchacho que ha venido desde la Universidad de Piura junto con otros profesores, alumnos y empleados. Ha sido toda una aventura cubrir los mil kilómetros que les separaban de Lima.

Más de una hora continuará este diálogo en el que, cada uno, se encuentra a solas con la intimidad del Padre.

Y él sigue haciéndoles participes de las imágenes que cruzan por su memoria. De cómo se dirigía a Dios en su juventud, cuando veía el futuro de la Obra como «un mar sin orillas… ». Y le preocupaba saber si tendría el corazón tan grande como para acoger a todos los hijos que Dios enviaría al Opus Dei.

«Yo había soñado muchas veces, cuando era joven: ¿y cuando tenga sesenta años?, ¿y cuando tenga setenta años, setenta y dos años, me cabrán todos en el corazón? Pensaba en los miles de personas -no en tantos como luego han llegado, empujados por Dios- que habían de venir, y me preocupaba. ¡Claro que cabéis, y hay sitio para más! »(45)

Al doblar las doce se da por terminada la tertulia. En pie, rezan todos el Angelus a María.

Al día siguiente, sábado, el Padre se pone en camino hacia Cañete. Queda lejano aquel 2 de octubre de 1957, cuando don Ignacio Orbegozo tomó posesión de la Prelatura de Yauyos. El estado de este rincón de los Andes parecía la representación literal de estas palabras del Fundador:

«Desde la cumbre -me escribes- en todo lo que se divisa -y es un radio de muchos kilómetros-, no se percibe ni una llanura: tras de cada montaña, otra. Si en algún sitio parece suavizarse el paisaje, al levantarse la niebla, aparece una sierra que estaba oculta.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros… Los haréis, a través de las montañas, al golpe de vuestras pisadas»( 46).

Era la imagen descriptiva de estas cimas sin veredas, sin cultura, sin doctrina, llenas de pobreza. En la vertiente occidental de los Andes, a 2970 metros de altura, está situada la capital. Con la nueva demarcación de 1962, se añade a la Prelatura la provincia de Cañete y se traslada a San Vicente de Cañete la sede del Prelado. La zona confiada a los sacerdotes de la Obra alcanza los quince mil kilómetros cuadrados y tiene más de doscientos mil habitantes.

El tiempo, la oración y el trabajo de los hombres y mujeres del Opus Dei, Cooperadores y amigos han dado un giro a las posibilidades de estas tierras. La formación que se imparte en Valle Grande y Condoray -Centro para la formación de la mujer campesina-, abre hoy un buen surco.

El Instituto rural Valle Grande dirige su actividad a la capacitación de los trabajadores que cultivan sus «chacritas» en los puntos más variados de la Sierra o del Valle de Cañete. En 1968 se creó el Instituto Rural de Formación Acelerada (IRFA); en 1969 aparecieron las granjas experimentales. En una etapa más reciente, se pone en marcha una Residencia para dar alojamiento a los campesinos que siguen estos cursos. Luego, en los viajes por distintos poblados, se atienden consultas, problemas de agricultura, ganadería, plagas. Y también se da un paso ingente en la formación humana y religiosa de estas gentes.

Cuando el Padre llega a San Vicente de Cañete, después de 143 kilómetros de carretera, el auditorio de Valle Grande está repleto. Mirar hacia las butacas equivale a encontrar una muestra del mosaico racial del país: indígenas de rostro anguloso, quemados por el sol de los Andes; blancos y mestizos; mulatos de cabello ensortijado; gente de raza china… Campesinos unos, comerciantes otros; alumnos de Valle Grande y alumnas de Condoray; profesores y maestros; pequeños agricultores. No pasa inadvertida la presencia de un buen grupo de limeños que han viajado esta mañana desde la capital, por el mismo recorrido que ha traído el Padre: desiertos de arena, cultivos fértiles y tramos con vistas al mar. Dos horas por la autopista Panamericana. Los desplazamientos de los habitantes del valle y gentes de la Sierra tienen otras características. Han caminado a pie desde cercados vecinos: Cochahuasí, Boca del Río, San Benito. Algunos vienen de más lejos: Lunahuaná, Pacarán… Y otros han hecho más de ocho horas de viaje, en auto, en mulo y a pie, desde Catahuasí y otros lugares de montaña, de noche, para llegar temprano a Valle Grande: la sala es una explosión de color con las «polleras» y sombreros de paja con cinta negra.

El Padre entra en la sala y se hace un brevísimo silencio que rompe, inmediatamente, un largo aplauso.

Sus palabras iniciales son de aliento y cariño para todos los que promueven y acuden a la formación de Valle Grande y Condoray. Está conmovido ante el auditorio. Deja caer todo su afecto sobre estos hombres y mujeres que trabajan, con sus manos, la dura tierra andina. Todos quieren hacer preguntas. Algunos manejan poco el castellano, pero despacio y con calma logran hacerse entender.

El Padre les habla de promoción humana; de la doctrina de la Iglesia que recibieron de niños y que no pueden olvidar; de las relaciones de amor y servicio entre los hombres. De la igualdad de razas ante Dios.

Y la reunión cobra intimidad por momentos:

-«Nosotros los cristianos vivimos alegres; pero por razones y dificultades que hay en la vida, perdemos esa alegría. Muchos de nosotros, los hombres, recurrimos al licor, al trago, pensando compensar esa pérdida».

-«Oye, hijo mío, si cuando surgen dificultades en la vida hay que recurrir al trago, dentro de esta sotana yo debería tener hectólitros, porque he encontrado muchas -muchas más de las que podéis suponer-, y doy gracias a Nuestro Señor por eso. Cuando aparecen dificultades se va al Dueño, al Señor, que es Todopoderoso, y mejor a través de su Madre y de San José, que hizo las veces de padre del Señor en la tierra. Le presentamos los obstáculos, limpiamos el corazón en la Confesión, y además acudes a un amigo bueno de esos Centros del Opus Dei. Se abre el alma un poquito y se sale decidido a dejar,.el alcohol y a conservar, en cambio, el buen humor de la gracia de Dios».

El Padre ha visto, el día anterior, los cortes bruscos de la tierra en el balneario del Barranco, al Sur de Lima, a causa de un gran terremoto.

Recurre a esta imagen, habitual para estas gentes, para explicarles que las más grandes barreras se deshacen cuando nos apoyamos en la fortaleza que sólo puede darnos Dios.

-«Pues más se deshacen las dificultades, si acudimos al Señor. Se convierte todo en una llanura. ¡Animo, hijo mío!».

Les empuja a mejorar en su trabajo, a realizarlo de un modo digno, eficaz:

-«Si hemos de santificarnos cada uno en nuestro sitio, cada uno a través del trabajo propio, hay que realizar bien ese trabajo. No se pueden hacer chapuzas. No sé si aquí se dice chapuzas. ¿Cómo se dice?».

-« Criolladas » .

-«Criolladas, cosas mal acabadas, donde no se pone el alma y la ilusión. Nosotros hemos de poner ilusión, gusto, en trabajar. Tú puedes realizarlo así, también porque de esta manera ganas dinero y levantas la posición de los tuyos; pero, especialmente, por agradar a Dios, porque el trabajo es oración, porque el trabajo dignifica. Te lleva a ser una persona de categoría, es decir, hace de ti un cristiano cada día más perfecto, santo»(47).

Y de pronto, tercia una campesina; su idioma es el quéchua, pero se esfuerza por preguntar en castellano:

-«Padre, yo he venido de “Condoray”, colegio de mi hija (…). Soy Cooperadora y trabajo en el campo. Padre, yo traí naranjas, leche. ¿Cómo puedo hacer, Padre, para que los vecinos y compañeros del campo, no se rían de mí cuando voy a mi Misa?».

-«Oye, hija mía, no se reirá ninguna persona honrada de ti. Es una pena, si encuentras alguna que se ríe. Quizá lo hacen porque sienten envidia (…). Tú no trates mal a nadie; comprende a tus amigas, a todas tus compañeras, a tus vecinas; no te enfades con ellas, ten paciencia. Y luego, como he dicho por ahí, habla con cada una en particular: a solas, de corazón a corazón (…). Verás como te responden. Si están todas juntas no responden bien, porque tienen vergüenza las unas de las otras. Tú y yo hemos perdido la vergüenza, gracias a Dios, ¿oyes?» (48)

Un taxista, que hace el recorrido San Vicente de Cañete-Imperial, se lanza a preguntar:

-«Padre, en nuestro Perú tenemos dos grandes santos: Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres. San Martín de Porres, un zambo mulato como yo. Padre, quisiera que usted nos hable respecto de la devoción a los santos.

-¡Está siempre al día! ¡No es verdad que en la Iglesia se enseñe ahora a no tener veneración a los santos! De modo que rézales con mucha piedad (…).

¡Todas las devociones de siempre permanecen! (…). De modo que adelante. Y los que rezáis el Rosario, animaos. Yo siempre hago lo mismo, enseñar mi Rosario».

El Padre enseña su rosario, «con muchas medallas, como mi abuela» y dice:

-«¿Todos los días lo reza usted muy bien? Por lo menos lo rezo con amor. Es como un novio o un buen hijo que quiere llevar un obsequio a su novia o a su madre. Va con la guitarra, y unas veces se da cuenta de lo que toca; y otras, se distrae un momento, pero sigue con la guitarra. La madre o la novia lo agradecen lo mismo, porque eso es una manifestación de amor»(49)

La tertulia se prolongaría indefinidamente, pero no hay más remedio que terminar. El Padre bendice a todos y sale. La alegría de la reunión se desborda ahora en numerosos corrillos. En lo más alto de las montañas -las punas- cae un sol ardiente sobre la nieve.

Por la tarde, el Padre irá a la Residencia para campesinos, al Centro Profesional de la mujer Condoray y a la Academia de San José, un Seminario diocesano donde residen y cursan sus estudios los seminaristas de la Prelatura de Yauyos. Después, regresa a Lima.

El domingo día 14 amanece frío y gris. Está programada una gran tertulia en el jardín de Miralba, un Centro de la Obra. El servicio de altavoces multiplicará la voz del Padre por los ángulos del parque. Mil quinientas personas ocupan totalmente el recinto.

Viene, una vez más, a convertir la concurrencia en una reunión íntima, en una familia grande. Así lo dice nada más subir al estrado:

-«Hijos míos, aquí estamos reunidos para hacer un ratito de charla. Veo que sois bastante numerosos, pero es como si estuviéramos diez o doce. Yo sigo hablando, según mi costumbre, al oído de cada uno. Mi conversación es una conversación corriente, la que tiene un hermano con sus hermanos, un padre con sus hijos; una conversación de intimidad, sin pretensiones, pero siempre sacerdotal.

No sé si me podréis escuchar bien, porque tengo un catarro regular. Esta voz está medio afónica. Pero San Pablo, que no está afónico, ha escrito a los de Efeso: in novitate vitae ambulemos. Y no sólo a los de Efeso, sino a todos nosotros, nos dice que hemos de caminar con una nueva vida. Para que no haya duda, escribe a los Romanos: induimini Dominum nostrum Iesum Christum, revestíos de Nuestro Señor Jesucristo (…).

La vida del cristiano está hecha de renuncias y de afirmaciones. La vida del cristiano es comenzar y recomenzar» (50)

En pleno diálogo, Clarita -una incondicional colaboradorade la Universidad de Piura-, coge el micrófono por su cuenta: -«Padre, soy de Piura…

-¡Nada menos! Yo tengo con Piura una deuda inmensa… La próxima vez que venga a esta tierra amadísima del Perú, si el Señor me da esa gracia, lo primero que haré será ir a Piura.

-Padre, ya me ha quemado mi pregunta (…). Mi pregunta era ésta: ¿cuándo nos va a dar el gusto, la satisfacción, de verlo en Piura para que bendiga la Universidad?

-Hija mía, en Piura estoy desde el primer momento. Amo la Universidad, y a toda la población de Piura. Quiero con predilección al profesorado, a los estudiantes, a los empleados, a todos. Es una obligación mía, porque soy el Gran Canciller»(51).

Suenan fuertes los aplausos entusiastas de la representación universitaria que asiste.

-«Esos aplausos, para el profesorado. Esos aplausos, para el alumnado, que no hace nunca, jamás, una huelga. ¿Por qué vais a holgar? ¿Por qué? No son dos fuerzas opuestas el profesorado y los alumnos. Son fuerzas que tiran en la misma dirección, del mismo carro, con un espíritu de sacrificio maravilloso. De modo que hemos de pensar que, con la bendición de Dios, se acrecentará, se aumentará esa labor: iremos poniendo todas las Facultades»(52).

Una larga historia cargada de oración, de empeño y sacrificio, se oculta en este cruce de preguntas. La creación de una Universidad en la primera ciudad fundada por Pizarro en Perú, responde a un viejo sueño norteño. Urgía una Institución para que la gente joven no tuviera que abandonar los estudios superiores por carecer de medios para un costoso desplazamiento.

El esfuerzo de varios grupos privados, ciudadanos de Piura, quedó definitivamente orientado cuando, en 1967 algunos miembros del Opus Dei se desplazaron para llevar hasta aquellas tierras peruanas un acervo universitario, fraguado en experiencias anteriores. La Universidad quedó inaugurada, con todos los reconocimientos legales, en abril de 1969. El primer edificio fue un pabellón de tres pisos construidos frente a un arenal inmenso, quemado por el sol y roto en su monotonía por algarrobos verdes y leñosos. El Claustro Académico lo formaron profesores de Perú y de diversos países de Europa y América: México, Uruguay, Italia, España, Argentina y Suiza.

Nada más concluirla reunión del día 14, un médico aconseja al Padre que suspenda sus charlas en público. La gripe, que aqueja a miles de limeños, está haciendo presa en él. No tiene más remedio que someterse a tratamiento. Pero aprovecha estos momentos para hablar con algunos de sus hijos, para conocer, a través de ellos, la ciudad y el ámbito en el que desarrollan su vida y su trabajo.

Cuando en 1535 Pizarro funda la Ciudad de los Reyes -Lima-, lo hace con esquemas urbanísticos modernos que se habían utilizado por los monarcas de España en la ciudad de Santa Fe, en Granada. Las calles limeñas, estrechas y rectilíneas, se pueblan de edificios barrocos y alternan con la alegría de los patios y balcones andaluces.

Desde la Basílica de San Francisco a la Catedral es un paseo de placer en el que se oye hasta el revolotear de las palomas. En una capilla del recinto catedralicio, cerca de la puerta principal, se conservan los restos de Pizarro, momificados por la técnica incaica. Sobre una de las paredes, grabados en azulejos, figuran los nombres de los trece del Gallo: los hombres fieles del conquistador que no le abandonaron en su primer viaje.

Durante más de diez días, Monseñor Escrivá de Balaguer tendrá que guardar cama siguiendo las prescripciones médicas, desde el 25 de julio al 1 de agosto, atenderá nuevas reuniones de matrimonios y sacerdotes. Otras más con gente joven, en los Clubs Saeta y Altea. Y cuatro en Larboleda, la Casa de Retiros en Chosica, a las que asisten grupos de varios miles de personas.

En las tertulias de Larboleda, a cuarenta kilómetros de Lima, brilla un sol radiante, contrastando con las nubes grises que, en esta época del año, permanecen fijas sobre la capital de Perú. Es la última imagen que el Fundador se llevará de estas tierras: árboles y plantas de todos los colores; el césped de un verde intenso. Una multitud que le escucha, ávida de una palabra que oriente su vida, de un gesto humano que alegre el caminar…

A primera hora del 1 de agosto, el Padre sale en vuelo hacia Ecuador. Uno de sus hijos, español y peruano de adopción, escribe unos días más tarde, desde Cañete:

«He querido pasar un momento por la ermita de a la Virgen -Madre del Amor Hermoso- (…). La imagen tenía flores campesinas frescas. Es un regalo de Monseñor Escrivá de Balaguer y da gusto verla -con el Niño Jesús que tiene una manzana en la mano- vestida de cholita del Perú, con trenzas largas delante de la cara. Un “huayno” popular le canta así: “En el Valle de Cañete, hay una ermita, muy linda y chiquita, esperándome”… „(53)

Un año después, «Camino» aprenderá un nuevo idioma: el quéchua, la lengua que hablan seis millones de peruanos.

La versión, cuidadosa, será llevada a cabo por un sacerdote nacido en Irlanda, párroco de Huancarama en la diócesis de Abancay. Inicia su empeño en 1972, cuando le regalan una versión inglesa de «Camino».

«Lo leí y quedé impresionado por la riqueza y profundidad espiritual de su contenido. El hecho de haberlo traído -entre los pocos libros que llevé a Sudamérica- indica mi estimación por é1» (54).

La tarea no es fácil, porque el quéchua es preciso pero con un vocabulario limitado. Durante tres años, el párroco de Huancarama comprobará todos los vocablos, para asegurar una traducción fiel.

Cuando la versión esté completa, buscará colaboradores para una edición sencilla y digna. En la portada, un cuadro bellísimo de la escuela cuzqueña del siglo XVIII: la Santísima Trinidad y la Sagrada Familia, con el Niño en medio, empezando a caminar.

En esta roca andina, a cuatro mil metros de altura, «Camino» ha cumplido ya dos objetivos entrañables: conducir a don Demetrio, párroco de Huancarama, hacia el Opus Dei hasta pedir la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y adentrarse en el corazón de los peruanos para decir, por las veredas de la sierra cotidiana, palabras de santidad.

Torreciudad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad, a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes…, en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana… a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de Torreciudad por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de Torreciudad. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (…). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad-, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (…). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (…). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen… Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de Torreciudad: hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios

edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de Molinoviejo:

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.

Las siete mil islas

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el Santuario de Torreciudad, escoltando la puerta de entrada, hay dos enormes conchas marinas que contienen el agua bendita. Sus quillas se apoyan sobre garfios de hierro y la aspereza de su exterior se neutraliza por un interior suave, con reflejos de nácar. Fueron enviadas por los miembros del Opus Dei de nacionalidad filipina y tienen, junto a su belleza dura, el mérito de haber sido extraídas de mares profundos, de aguas batidas por la tempestad. En lenguaje tagalo se le llama «taclobo» a este molusco gigantesco, que puede pesar más de doscientos cincuenta kilos, y que existe en el Océano Pacífico.

El mar no fue obstáculo, sino camino, para que la Obra llegara a Filipinas. Es en abril de 1964 cuando llegan los primeros del Opus Dei al archipiélago. Se trata de Bernie Villegas, de Manila, y de Jess Stanislao, de Cebú, que le sigue meses después. Los dos han conocido la Obra en Estados Unidos. Ambos se han doctorado en la Universidad de Harvard y regresan a su país una vez terminados sus estudios. Poco más tarde, se les une Father Sal, que llega desde Boston para acompañarles durante algún tiempo. Escriben frecuentemente al Padre y le cuentan la fecunda tarea que aguarda en una ciudad que, como Manila, bate el record de estudiantes: ciento cincuenta mil, de todos los países asiáticos y occidentales: japoneses, malayos, chinos, norteamericanos, españoles…

Por esta encrucijada han pasado multitud de culturas. En la bahía de Manila fondean barcos de todas las banderas del mundo, y una incansable multitud llena, diariamente, los edificios de las aduanas y los servicios de emigración y salida.

No es fácil contar las islas que integran Filipinas: el cálculo asciende a siete mil, pero, en cualquier momento, emerge una masa de coral que sobrepasa el mar. Su vida es efímera, porque desaparece después de haber oteado el horizonte y de haberse bañado en la espuma del Pacífico. Situadas entre el Ecuador y el Trópico, más del setenta por ciento del archipiélago se encuentra cubierto por una selva de maderas preciosas y bambúes.

En Filipinas se hablan setenta lenguas nativas. Todas pertenecen al grupo malayo-polinésico; desde 1946, el idioma oficial es el tagalo, aunque también se emplean el inglés y un poco el español. Haciendo honor a una fidelidad de siglos, las islas son el mayor bastión cristiano de Asia. El ochenta por ciento de la población es católica, y su gran mensajero evangélico, el agustino P. Andrés de Urdaneta, se remonta a 1565.

Todas estas circunstancias han moldeado el carácter filipino, haciendo de su prototipo un fenómeno único en Asia: el temple de su modo de vida es, al mismo tiempo, movimiento pausado del Este y rápida pulsación del Oeste. Paciente, flexible, tenaz; generoso en la amistad y abierto a todo conocimiento, como corresponde a un país sin fronteras, cuyo confín, casi eterno, lo forma siempre el mar.

En Filipinas se pueden hallar contrastes como las casas sobre troncos de árboles de los nómadas marinos y los ultramodernos edificios de cristal y acero a lo largo de la Avenida de Ayala en Makati; las terrazas de arroz, construidas con piedras hace veinte mil años, y la carretera de la Pan-Philippine, superior a los dos mil kilómetros de longitud, que comunica zonas extremas del país.

Esta es la tierra a la que acaba de llegar el Opus Dei. Se abrirá camino a través de la vocación de dos filipinos que, muy lejos de su patria, decidieron volver para ser la vanguardia de un espíritu evangélico que recaló por primera vez en sus islas en el siglo XVI. Father Sal escribe a Roma que algunos del primer grupo de amigos «nos han ayudado a pintar la casa y a trasladar los muebles. La casa es pequeña, pero queda simpática y acogedora. Mañana empieza un “tutorial” en Economía». A finales de octubre llegará a la Ciudad Eterna una gran noticia para el Fundador: en el día de Cristo Rey, ha pedido la admisión en el Opus Dei el Primero(31).

Pronto llegan otros miembros de la Obra. Se reúnen en el primer Centro unos días antes de la Navidad. Miles de faroles penden en las puertas y ventanas de Manila. Se oyen villancicos por la ciudad y, dentro de la casa, el Niño, moreno como la casta de los que rodean su nacimiento, preside el belén.

Un año más tarde se habrán multiplicado los miembros de la Obra en las islas. Muchas familias comparten el espíritu del Fundador, y escriben a Roma con un cariño y una confianza que sólo Dios puede poner en el corazón. Se está abriendo el horizonte para el Opus Dei en Filipinas: comienzan a ser un buen número los que contribuyen, desde su profesión y oficio, a que los caminos de la Obra se extiendan en todas direcciones. León, profesor universitario, prepara, con todo cuidado, la traducción de «Camino» al tagalo.

A esta primera casa se le pone el nombre de Mayniland. Muy pronto habrán de ampliar espacio para la gran tarea que se les avecina. Y se abre el Centro Cultural Banahaw. También se ponen los cimientos del Makiling Conference Center y del Center for Research and Communication, con una Escuela de post-graduados que será capaz de impartir -en el plazo de un año- el título de Master en Economía Industrial y en Educación Económica.

Las dificultades, lógicas, son lo habitual. Pero la fe, la solidez del trabajo y la fertilidad espiritual de este trozo del mundo responden al esfuerzo.

El Padre sigue de cerca el desarrollo de la labor en Filipinas y sueña con la expansión de la Obra en Asia. Se le amontonan al Fundador en el alma, nombres como Bangkok, Singapur, Taipeh, Jakarta o Hong-Kong. Ciudades y países de colores fuertes, llenos de vida, y que anhelan, sin saberlo, la luz de Cristo.

En 1967, en Los Rosales, el Padre comenta la alegría que le da ver que unos hijos suyos están yendo por Oriente y otros por Occidente. Y añade: «Así daremos un abrazo de amor al mundo»(32)..

Desde el 8 de octubre de 1965 están las mujeres de la Obra en Filipinas. Soledad Usechi, Mª Teresa Martinez Barón, Lali Sastre y Mercedes Garrigosa son la avanzada de este abrazo al mundo. Antes de iniciar el vuelo a las islas han recalado en Roma para recibir la bendición del Padre. Y, una vez más, se cumplirá lo que el Fundador ha dicho tantas veces: “Cuando mando a la gente lejos -he mandado a hijos míos a Asia, a varios sitios de Africa, a toda América, a toda Europa: muchas veces danzan también al otro lado del telón de acero-, ¿sabéis cómo los envío?. Como en el siglo XVIII: les doy una imagen de la Virgen, una Cruz sin crucifijo -para que se pongan ellos en la Cruz-, la bendición…y que trabajen”

Así será también en esta ocasión. El Padre les da una imagen de la Virgen, una cruz de palo y su bendición. Es el 7 de octubre de 1965. Con este tesoro partirán hacia Oriente. En el bolsillo, 130 dólares conseguidos en España, de un donativo. Esta sobreabundancia de fe y coraje sobrenatural será más que suficiente para superar la escasez demedios materiales. Aquí, como en tantos otros sitios, la desproporción entre las posibilidades humanas y los resultados obtenidos resultará tan evidente que sólo un milagro de la gracia podrá explicarlo.

Antes de salir de Roma, el Padre les va a repetir que Filipinas es un pais maravilloso y que pronto tendrán vocaciones firmes para el Opus Dei. Es como una premonición: en diciembre de este mismo año pedirá la admisión Rina Villegas; y en un breve plazo de tiempo, la seguirá un buen grupo de mujeres filipinas.

Años más tarde, el 20 de marzo de 1975, en Roma, dice a un grupo de hijas suyas:

«Si seguís correspondiendo (…), haréis una gran labor no sólo en Filipinas, sino desde Filipinas, porque tenéis este aspecto encantador que os facilita ir por todo oriente: tantos millones y millones de almas que no conocen todavía a Nuestro Señor (…), y son hijos de Dios como nosotros, y si conocieran a Dios serían cien veces mejores que nosotros»(33)

Siempre recordarán las pioneras de esta nueva tierra aquel 8 de octubre de 1965, cuando, después de varias horas de vuelo sobre el interminable mar, las islas aparecieron en el horizonte: llenas de vegetación y bordeadas por la espuma pacífica de las olas. Desde el principio cuentan con amigas que han conocido la Obra; la sonrisa, la plácida presencia de estas nativas en la vida familiar, es como un encuentro de amistad que estaba presentido desde siempre. El espíritu del Opus Dei acaba de irrumpir en la calma apasionada de esta nueva raza, que completa ya la única raza de los hijos de Dios en la tierra.

“Yo os llamo amigos”

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua, dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros… trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar. Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (…). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.

El espiritu de un Concilio

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

01 de diciembre de 2008

En agosto de 1964, Pablo VI publica la encíclica Ecclesiam Suam trazando las directrices por las que ha de caminar la Iglesia en el cumplimiento de su misión. Es, en realidad, el timón que marca rumbo al esquema sobre la Iglesia que el Concilio está estudiando. Desde el 14 de septiembre al 31 de noviembre tiene lugar la tercera etapa de sesiones del Concilio, en la que se aprueban tres nuevos e importantes documentos, uno de ellos la Lumen Gentium, Constitución dogmática sobre la Iglesia.

Entre el 14 de septiembre y el 8 de diciembre de 1965 tiene lugar la cuarta y última etapa.

El día 7 de diciembre, se celebra la Novena Sesión pública, presidida por el Papa. Los últimos documentos son aprobados definitivamente. Antes de la celebración de la Misa, Pablo VI y el Patriárca Atenágoras de Constantinopla leen, ante la imagen de Pedro de Galilea -primer Vicario de Cristo-, una declaración común pidiendo la unión de todas las Iglesias. La Misa solemne de clausura será oficiada por el Papa el día de la Inmaculada Concepción, en la plaza de San Pedro.

A lo largo del Concilio, múltiples aspectos que el espíritu del Opus Dei viene exponiendo y practicando desde 1928, van a ser refrendados y propuestos para todos los fieles por la Iglesia Católica reunida en la mayor asamblea de su historia. El Padre lo hará constar así ante sus hijas e hijos. No por afirmación personal, sino por certeza absoluta de que todo el espíritu de la Obra es sobrenatural y urgido por Dios.

Seis años después del fallecimiento del Fundador del Opus Dei, el 19 de febrero de 1981, se introducirá en Roma su Causa de Beatificación y Canonización. En el número de marzo-abril, la «Rivista Diocesana di Roma» publicará el decreto de introducción de la Causa, dado por el Cardenal Poletti, que contiene una breve síntesis de la vida de Monseñor Escrivá de Balaguer y de la espiritualidad del Opus Dei.

Comienza el decreto recordando, con palabra del Motu proprio Sanctitas clarior, que el Concilio Ecuménico Vaticano II «ha exhortado con premurosa insistencia a todos los fieles, de cualquier condición o grado, a alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Esta fuerte invitación a la santidad puede ser considerada como el elemento más característico de todo el Magisterio conciliar y, por así decir, su fin último». Y añade:

«Por haber proclamado la vocación universal a la santidad, desde que fundó el Opus Dei en 1928, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer ha sido unánimemente reconocido como un precursor del Concilio precisamente en lo que constituye el núcleo fundamental de su Magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia».

Hoy, al concluir el Concilio Vaticano II, el Padre recuerda el arduo camino que ha tenido que abrir en el mundo este «espíritu viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo»:

«Hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne, en la Constitución dogmática De Ecclesia. Se ve que hemos ido delante, que habéis rezado mucho»(18).

Poco después de ser elegido Papa, Pablo VI declara públicamente que el trabajo puede ser santificado y santificante. En una audiencia, el Fundador del Opus Dei tiene la oportunidad de decirle:

-«Vuestra Santidad ha hablado hace poco sobre el trabajo santificado y santificador».

-«Sí. Es verdad».

-«Santidad, por decir eso mismo, hace muchos años, fui acusado al Santo Oficio»(19)

El Santo Padre sonríe con afecto. Las obras de Dios están marcadas, muchas veces, por la paciencia y la contradicción.

Recuerda un Obispo haber oído al Padre comentar en Villa Tevere unas palabras que el Papa le dirigió, y que sintetizan la inspiración sobrenatural de todo el espíritu de la Obra.

«Dios le ha dado a usted el carisma para que ponga en la calle la plenitud de la Iglesia»(20).

El día de la clausura del Concilio Vaticano II, junto a toda la Cristiandad, es fiesta para el Opus Dei, que se siente identificado con las palabras que Pablo VI dice ante los Padres Conciliares. Habla a los gobernantes, a los hombres y mujeres de pensamiento y de ciencia, a los artistas, a los trabajadores, a los pobres, a los enfermos, a los que sufren, a los que se inician en las responsabilidades de la vida.

El Opus Dei se sabe aludido por esta llamada a la plenitud de Cristo. Y subraya, con su entrega incondicional, las palabras con que el Papa clausura hoy el Concilio:

«La Iglesia (…) es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Miradla y veréis en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo (…)”

En un oratorio de Villa Tevere, lejos y cerca de la multitud, el Fundador del Opus Dei sigue, paso a paso, la Cerermonia de Clausura. Su oración es hoy una ancha y honda acción de gracias.

A través de los montes…

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Hacia el año 1940, el Padre cuenta a Alvaro del Portillo que había estado pensando en su paisano aragonés San José de Calasanz, un hombre muy santo, a quien maltrataron injustamente logrando desmembrar la orden religiosa de su fundación, que no lograría rehacerse hasta muchos años después de su muerte. Y comenta: «He pensado que me puede ocurrir lo mismo, y desde ahora lo acepto»(9). Tiene el Padre treinta y ocho años, y en su apasionada entrega a la Obra y a sus hijos ha imaginado lo más doloroso, lo más sombrío que Dios pudiera permitir sobre su vida. Y Alvaro se queda helado ante la aceptación rendida de este casi imposible acontecimiento. Volverá a recordar esta conversación once años más tarde. Estamos en el verano de 1951 y el Fundador lleva varios meses intranquilo. No sabe nada, no le han dado ninguna noticia adversa, pero siente en el corazón la marejada de un peligro que no puede definir. Y le dice a don Álvaro: -«Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo… »(10) . Y como no hay ninguna fuerza humana a la que pedir ayuda, recurre, como siempre, al poder del Cielo. Es Ferragosto, hace mucho calor y las carreteras de Italia están llenas de coches. Sin embargo, decide salir el día 14 por carretera hacia Loreto, para estar allí el día 15, y consagrar la Obra a la Santísima Virgen. Los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz se encuentran en un curso de verano en Castelgandolfo. El Padre llega muy de mañana a verles. Les pide que recen, que acudan a la Virgen, que es Madre de todos y seguridad en cualquier riesgo. Se dan cuenta de que ocurre algo y quieren compartir el peso del Fundador. Ofrecen su trabajo, su vida, su oración, todo… También sus hijas piden a Dios que ayude al Padre. El día 14 salen de Roma el Fundador y don Álvaro camino de Loreto. El calor es sofocante y la sed se dejará sentir durante todo el trayecto. La carretera corre entre valles, se empina para escalar los Apeninos y desciende, en la última parte, hasta llegar al Adriático. Según una tradición multisecular, desde 1294 la Santa Casa de Nazaret está en la colina de Loreto, bajo el crucero de la Basílica edificada con posterioridad. Es rectangular, con muros de unos cuatro metros y medio de altura. Una pared es de factura moderna, pero las otras, desprovistas de cimientos, ennegrecidas por el humo de los cirios, son originales. Su estructura y la formación geológica de los materiales no tienen parecido alguno con los caracteres de la antigua arquitectura de la zona: es perfectamente análoga a las construcciones que se realizaban en Palestina hace veinte siglos: sillares de piedra arenosa, que utilizaban la cal como elemento de unión. El Santuario se apoya sobre una loma cubierta de laureles -de ahí el nombre-, brillando al sol. Aparcan en la plaza Central y el Padre sale rápidamente del coche. Durante quince o veinte minutos, le pierden entre la gente que llena la Basílica. Al fin sale, después de saludar a la Virgen, sonriente y animoso. Son las siete y media y hay que volver a Ancona para pasar la noche. A la mañana siguiente, antes de que el sol se deje caer con aplomo, vuelven a la carretera. A pesar de lo temprana que es la hora, el Santuario está repleto. El Padre se reviste en la sacristía y avanza hacia el altar de la Casa de Nazaret para celebrar la Misa. El pequeño recinto está atestado y el calor es sofocante. Bajo las lámparas votivas, quiere oficiar la Liturgia con toda devoción. Pero no ha contado con el fervor de la muchedumbre en este día de fiesta: «Mientras besaba yo el altar cuando lo prescriben las rúbricas de la Misa, tres o cuatro campesinas lo besaban a la vez. Estuve distraído, pero me emocionaba. Atraía también mi atención el pensamiento de que en aquella Santa Casa -que la tradición asegura que es el lugar donde vivieron Jesús, María y José-, encima de la mesa del altar, han puesto estas palabras: Hic Verbum caro factum est. Aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en un pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios»(11). Durante la Misa, sin fórmula alguna pero con palabras llenas de fe, el Padre hace la consagración de la Obra a la Señora. Y, después, hablando en voz baja a los que están a su lado, vuelve a repetirla en nombre de todo el Opus Dei: «Te consagramos nuestro ser y nuestra vida; todo lo nuestro: lo que amamos y somos. Para ti nuestros cuerpos, nuestros corazones y nuestras almas; tuyos somos (…). Y para que esta consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a tus pies, Señora, la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei (…). Infunde en nosotros amor grande a la Iglesia y al Papa, y haznos vivir plenamente sumisos a todas sus enseñanzas»(12). El Padre ha salido de Roma visiblemente cansado. Pero, al volver, parece renovado. Como si todo obstáculo acabara de pulverizarse en el camino de Dios. Hace unas semanas que ha propuesto a sus hijos una invocación dirigida a la Madre de Jesús; a partir de este día la repetirán para que haya continuamente almas que estén pidiendo a Santa María su protección para las dos Secciones: “Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María, ¡prepáranos un camino seguro! Las rutas del Opus Dei siempre estarán precedidas por la sonrisa y el amor de la Virgen. Una vez más, el Fundador se ha movido en las coordenadas de la fe. Pone los medios humanos, pero confía en la intervención decisiva de lo alto. «Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura». “Ecce non est abbreviata manus Domini” -¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido !(13) Y la Virgen, aquel día caluroso de agosto, escucha al Fundador y atiende su petición. Por estas fechas, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán -murió poco después en olor de santidad- en una visita que le hacen dos miembros de la Obra, les pregunta: -«¿Cómo está el Padre?». -«Muy bien», le contestan. -«¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?». -«Pues si es así, estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que, si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús»(14) Don Juan Udaondo, que es quien ha llevado toda la conversación, escribe inmediatamente al Padre. No le asusta al Fundador, efectivamente, la Cruz. Ha repetido muchas veces que «el camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz: no es desgraciado ese camino, porque Cristo mismo nos ayuda y con El no cabe la tristeza.In laetitia, nulla dies sine cruce!, me gusta repetir; con el alma traspasada de alegría, ningún día sin Cruz»(15) Más tarde, en enero de 1952, de nuevo el Cardenal Schuster hará llegar la voz de alarma al Padre: «Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y… que se mueva»(16). El Padre rememora la historia de este santo aragonés. También aquel hombre había nacido en el Somontano; también llevaba en la sangre la férrea decisión de servir a Dios, según su alta inspiración, sin acepción de sufrimientos ni contradicciones. El Fundador se entera de que existen ciertas maniobras con la finalidad de apartarle de la Obra y dividirla en dos diferentes Instituciones: una de hombres y otra de mujeres, separadas de la unívoca dirección del Fundador. Con santa valentía protesta y pone todos los medios, porque sabe que esta idea contradice la Voluntad de Dios. Pone en sus argumentos toda la voluntad y la fuerza de su temperamento, pues tiene la determinación de cumplir los designios divinos y espera en la poderosa intercesión de la Virgen, a quien ha acudido en busca de ayuda. Pronto la situación se aclara y la Obra, intacta, sigue su camino. Monseñor Escrivá de Balaguer hace colocar, junto a su cama, un pequeño cuadro con la imagen de José de Calasanz: «Había un gran santo (…). Era español, aragonés, pariente mío por parte de mi padre y de mi madre. Vivió muchísimos años aquí, en Roma, donde le hicieron sufrir mucho. La vida suya es un encanto (…). Pues este hombre murió muy viejo, a los noventa y tantos años, sirviendo a los pobres de los barrios extremos, habiendo padecido toda clase de calumnias y de injurias. Lo llevaron a la Inquisición cuando era muy anciano -con toda solemnidad, por supuesto-, para que fuera ludibrio de la gente de la calle. Llegó al Santo Tribunal y, mientras lo estaban juzgando, se durmió. Tenía paz en su conciencia (…). Pues él decía: si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde (…). Llega un momento en el que a uno no le importan nada todas las cosas de la tierra (…), pero para esto hay que hacer ese desprendimiento » (17). Por eso, porque no busca nada más que la gloria de Dios, igual que su paisano, recibe, una vez más, la respuesta afirmativa del Cielo. Una lápida que se alza en Villa Tevere conmemora, con palabras de fe y unidad, estos acontecimientos: «Cuando estas casas se alzaban en servicio de la Iglesia a fuerza de una abnegación mayor en cada jornada, permitía el Señor que de fuera vinieran duras y ocultas contradicciones, mientras el Opus Dei, consagrado al Corazón Dulcísimo de María el XV de agosto de MDCCCCLI, y al Corazón Sacratísimo de Jesús el XXVI de octubre de MDCCCCLII, firme, compacto y seguro se fortalecía y dilataba. Laus Deo”».

El último jalón

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Verano de 1950. El calor se deja caer, vertical y cegador, sobre la carretera de Roma a Castelgandolfo. El coche entra en la penumbra de la casa, junto al Lago: bajan el Padre y don Alvaro. Caminan luego hacia el oratorio, ya que vienen a oficiar la Bendición con el Santísimo y un solemne Te Deum. Cuando el Padre levanta la Custodia, le tiemblan las manos. Y su voz también suena velada al entonar las preces.

Ha venido para comunicar personalmente a sus hijos la aprobación definitiva del Opus Dei por la Santa Sede, que ha tenido lugar el 16 de junio. Todos conocen, porque lo han vivido de muy de cerca, que las etapas jurídicas han ido precedidas por la oración, sacrificio y constante trabajo del Fundador. Así les ha enseñado, de modo indeleble, a sacar adelante las cosas de Dios.

Les hace notar el detalle de amor, por parte del Cielo, que ha elegido la fiesta del Corazón de Cristo para enviarles la aprobación de la Iglesia. Les recuerda el intenso cariño que deben profesar al Pontífice -sea quien sea-, y concretamente en este caso a Pío XII, que ha concedido esta aprobación.

También expresa su agradecimiento a los ciento veinte Obispos de todo el orbe que han enviado cartas comendaticias a la Curia Romana, solicitando la aprobación definitiva del Opus Dei.

Siente el deseo de hablar con sus hijos de «la anchura, longitud, altura y profundidad»(1) con que Pablo de Tarso describiera el ilimitado querer del Corazón de Cristo. Dios ha puesto en sus manos el quehacer de esta empresa divina en la que todos permanecen unánimes. Les dará a entender, como a aquellos primeros cristianos, las dimensiones de una entrega que hoy bendice el Papa.

Un año más tarde, el Padre convoca en España a una representación de sus hijas e hijos repartidos ya por Europa y América: se trata de celebrar el Primer Congreso General del Opus Dei. Los hombres tendrán sus días de trabajo, con el Padre, en Molinoviejo en el mes de mayo; la Sección de mujeres lo hará en Los Rosales en octubre.

Las reuniones con el Fundador son sencillas. Importantes por cuanto se está hablando en ellas: la expansión del espíritu del Opus Dei, los apostolados que han de abrirse en el mundo entero. Sencillas, porque así es la actitud de Monseñor Escrivá de Balaguer siempre. Cuando preside, medita sus palabras con prudencia y sentido sobrenatural. Expone los temas con mente clara, jurídica. Dedica horas de estudio a cada problema. Lo piensa en la oración. Tiene un serio respeto a la libertad de opinión. Y confía por completo en sus hijos, en los que apoya el peso y el amor de la Obra. Su presencia llena las situaciones de humanidad afectuosa y serena: «las cosas urgentes pueden esperar y las más urgentes deben esperar»(2), les dice.

A su lado se perfilan los rasgos del modo de gobernar. Le oirán decir que «los cargos en el Opus Dei son cargas»(3) y no significan más que una exigencia de servicio, disponibilidad y entrega. No existe en el Opus Dei un gobierno personal; las resoluciones se toman en un consenso colegial. A los directores, que han de impulsar el quehacer de sus hermanos en todo el mundo, les hace ver la urgencia de Dios para salir al encuentro de las almas y les explica que ha llegado el momento de cambiar aquel ¡calma! que como exigencia de los primeros momentos les había recomendado, por ¡deprisa, al paso de Dios!(4).

También les anima a pedir la santidad para cuantos trabajan y se acercan a esta parcela de la Iglesia, que es la Obra, a pesar de los defectos patentes e innegables que puedan tener: a nadie deben asustar los propios errores o los de los demás ya que no son impecables; eso son los ángeles. El Fundador no los quiere ángeles, sino hombres y mujeres, hijos de Dios, con la humillación de las caídas y con la lucha del esfuerzo diario(5).

Proyecta también el primer Plan de Estudios para todos los miembros de la Obra. Fiel a su convencimiento de que el desarrollo en las ciencias humanas debe llevar adscrita una madurez en las ciencias del espíritu, establece los programas con la amplitud e intensidad de la más exigente Universidad Pontificia. Aconseja el uso del latín en el estudio de la ciencia teológica como lengua perenne de la Iglesia y como vehículo universal desde los tiempos de la primitiva cristiandad romana.

Expansión de la Obra en Portugal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Verano de 1944. Tres miembros del Opus Dei acuden, para ampliar estudios, a la Universidad de Coimbra. Además, llenando las maletas, donde se amontonan los libros de estudio, llevan la ilusión del Padre por extender la Obra de Dios en Portugal. Cuando vuelvan a Madrid traerán experiencia acerca del ambiente, la Universidad -profesores y alumnos- y amigos de Coimbra.

En septiembre de ese mismo año, el P. José López Ortiz, agustino, es nombrado Obispo de Tuy. Pocas semanas después, toma posesión de la diócesis gallega, que se encuentra en la frontera con Portugal.

La amistad del Fundador del Opus Dei con este religioso es antigua, ligada por acontecimientos difíciles y conmovedores de la historia de la Obra. Cuando la contradicción ha sembrado dolor y trabajo sobre la figura del Padre, el P. López Ortiz ha sido un reducto de confianza.

El Palacio Episcopal se ha construido entre los muros de un antiguo castillo de la Edad Media; una galería encristalada permite admirar un paisaje incomparable: el río Miño fertilizando, sin brusquedades, los campos de Portugal y de Galicia. Cerca, los montes y valles gallegos asomando en la niebla de cada mañana.

El Padre se desplaza a Portugal en febrero de 1945. Le acompaña don Alvaro, y se hospedan en el Palacio Episcopal de Tuy respondiendo a la invitación del Obispo. Quiere el Padre asomarse a este país vecino para que también se sume, lo antes posible, a esta renovadora tarea de llevar el espíritu de la Obra por el mundo. Hace muchos años que reza y pone su corazón sobre la futura labor apostólica de Portugal.

El primer miembro de la Obra que llega a Portugal, para establecerse allí es Paco Martínez (13), que lleva, como mejor equipaje, varios consejos subrayados por el abrazo del Fundador. El Padre le recuerda la parábola del grano de trigo que «si no muere, no da fruto»; y le dice antes de partir que tendrá que enterrarse y morir como el trigo evangélico para que crezcan nuevas espigas en su trabajo… Y le previene para que no lleve a mal posibles comentarios sobre rivalidades entre los dos países: eso eran cosas -viene a decirle-, riñas de nuestros abuelos. Ya pasaron. Los dos, España y Portugal, cada uno en su sitio, son dos brazos para servir a la Iglesia (14).

Según contará más tarde el Fundador, también Sor Lúcia, la única superviviente de los tres pastorcillos a quienes se apareció la Virgen de Fátima en la «Coya da Iría», «tiene la culpa» de que en Portugal empiece a trabajar el Opus Dei desde 1945.

Sor Lúcia es religiosa Dorotea y reside en Tuy desde 1945. Coincidiendo con el viaje de Monseñor Escrivá de Balaguer, el Obispo le pide que suba al Palacio Episcopal para tener un encuentro con el Fundador del Opus Dei. Sor Lúcia describirá aquella primera entrevista y dejará testimonio escrito de este diálogo, después de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer en 1975:

«Todas cuantas veces he hablado con Mons. Escrivá he sacado la impresión de que era un alma llena de amor de Dios y de amor a Nuestra Señora, a la Santa Iglesia, al Santo Padre y a las almas, que trataba de salvar a todos con todos cuantos medios disponía.

Espero que en el Cielo, cerca de Dios y de la Virgen, se acuerde de mí»(15).

Las entrevistas de este primer viaje del Padre, acompañado por don Alvaro y Monseñor López Ortiz serán muy positivas. Tanto el Obispo de Leiría, como el de Coimbra y el Cardenal Patriarca de Lisboa, le aconsejan que la Obra empiece en la Ciudad Universitaria de Coimbra, a la que acuden anualmente miles de estudiantes. Así se hará. Desde el 5 de febrero de 1946 está en la Ciudad del Mondego Paco Martínez, que establece contacto con profesores y alumnos de las Facultades. Entre ellos, Mario Pacheco, que habrá de ser el primero que pida la admisión en Portugal; porque, de hecho, el primer portugués ya está en la Obra: se trata de Armando Serrano, que ha llegado al Opus Dei durante el curso 1943-44 en Madrid. En esa fecha es residente del Colegio Mayor Moncloa. Ahora, el puente queda definitivamente tendido para que sus compatriotas llenen de vocaciones generosas los caminos del mundo.

En junio y septiembre de 1945, el Fundador, acompañado de don Alvaro del Portillo y Amadeo de Fuenmayor, ha cruzado de nuevo la frontera portuguesa y visitan al Cardenal Patriarca de Lisboa, Monseñor Manuel Goncalvez Cerejeira, y también al Obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, para testimoniarles, una vez más, su absoluta disponibilidad y amistad. De ahí que, cuando sus hijos llegan, las autoridades eclesiásticas les reciben con gran cariño. El Obispo Antunes dirá en una ocasión, a Paco Martínez, que la labor del Opus Dei es como la lluvia fina y permanente que, con suavidad, empapa la tierra y la hace fértil. La lluvia fuerte, en cambio, arrasa y desola los campos. Ni el bien hace ruido, ni el ruido hace bien(16).

El 20 de abril de 1946, otros dos miembros de la Obra anuncian en un telegrama a Paco Martínez su llegada a Portugal con carácter definitivo. La alegría de este solitario iniciador es formidable. Al fin, puede abrazar a los que vienen de España. De momento, se hospedarán en el Hotel Avenida. La pequeña habitación que ocupan será frecuentada, en breve, por varios compañeros de estudios.

Pero llega el día en que se hace imprescindible una sede para el primer Centro. Un industrial, Antonio Amado, se ofrece a acompañarles en la búsqueda de un inmueble adecuado. Su intervención será decisiva. Al día siguiente de iniciar las gestiones encuentran una casa en alquiler: es el número 30 de la Rua Antonio José de Almeida y será «bautizada» con el antiguo nombre de la calle en que se alza: Montesclaros.

El hallazgo se comunica al Padre, ya que es muy frecuente el contacto del Fundador con sus hijos de Portugal. Y todos comparten esta ancha alegría de los comienzos. Aún pasarán dos meses hasta que el nuevo local pueda estar acondicionado para vivir. Mientras tanto, el 27 de junio, en el Hotel Avenida, Mario Pacheco escribe pidiendo su admisión en la Obra. Sólo unos días después, el 10 de julio, el Avenida se convertirá en recuerdo porque Montesclaros inicia su vida como Centro del Opus Dei. El 17 de diciembre del mismo año, el Obispo de Coimbra bendecirá el oratorio y celebrará la primera Misa. Dios se queda ya en la casa.

Desde junio de 1946, «Camino» está a la venta en las librerías portuguesas. La versión al idioma luso ha corrido a cargo del doctor Urbano Duarte, profesor del Instituto de Coimbra y gran amigo de la Obra.

El Padre sigue muy de cerca la vida de los primeros portugueses. Y para que estén atendidos por un sacerdote de la Obra, les enviará a don José Luis Múzquiz.

Cuando llega por primera vez a Montesclaros se encuentra, saltando por las ramas del jardín, a los «macaquinhos» que ha regalado el Cardenal Gouveia, Arzobispo de Lourenco Marques, a los de la Obra: les ha dicho, riendo, que así recordarán de un modo vivo y diario la promesa que le han hecho de llevar el Opus Dei a Mozambique, como en las antiguas «Luisiadas», desde Portugal a las colonias.

Don José Luis siente gran emoción al arrodillarse ante el sagrario de Coimbra: el primero de la Obra fuera de España. Y su entusiasmo le lleva a dar, en breve plazo, un retiro en idioma portugués. Aunque lo practica, aún, de un modo inseguro.

El Padre hará frecuentes viajes a Portugal. Siempre, después de grandes trayectos de norte a sur del país, acabará recalando, incluso a altas horas de la noche, en la «capelinha» de Fátima, rezando con gran amor, fe y confianza.

Este es un país bendecido por las apariciones de la Virgen que la Iglesia ha subrayado con su asentimiento. No puede faltar la protección de la Señora. Monseñor Escrivá de Balaguer la invocará aquí con especial intensidad. Pedirá a su Maternidad -el título que más le gusta invocar al dirigirse a María- la protección necesaria para sus hijos y para las tareas y dificultades que les aguardan en cada curva del camino.

En 1972, durante unos días de catequesis en Portugal, dirá:

«En esta tierra sabéis amar muy bien a la Virgen. Por todos los caminos, por las carreteras, encuentro imágenes de Nuestra Señora. La queréis de verdad, pero la tenéis que meter en vuestro corazón, llevando una vida cristiana»(17).

Y en otra reunión:

«Vengo con frecuencia a Portugal, sin que me vea nadie, y me acerco a Fátima (…). Voy encantado, feliz… Si no os reís, os diré que a veces he ido descalzo (…). Si no os reís, os diré que, cuando estoy solo, lo mismo que cuando hay gente delante, beso las medallas del rosario. Llevo tantas como mi madre… Las beso una por una (…). Uno de estos hijos míos portugueses (…) me había visto rezar en Fátima y besar las medallas. Después me escribió y me decía: me ha gustado verle rezar con su rosario, porque besa las medallas como las viejas. Pedí al Señor rezar como las viejas, teniendo doctrina de teólogo»(18).

En marzo de 1948 hay ya algunos miembros de la Obra que viven también en Oporto. A principios de verano se puede contar ya con una casa alquilada en la Rua de Ricardo Severo 131, para abrir una Residencia de estudiantes que debe empezar a funcionar en octubre del mismo año. No se anotan las dificultades de toda índole porque ya son de ordinaria administración. Esta Residencia, que recibe el nombre de Boavista, cuenta el 7 de octubre con las paredes, y en una de ellas, empotrado, como acelerando el tiempo, un reloj. Poco más. Sin embargo, el 8 de diciembre, el Obispo de la ciudad, don Agostinho, bendice el oratorio y el nuevo sagrario de la Obra. No hay bancos pero, presenciando la ceremonia en pie, están los ya numerosos amigos que frecuentan los medios de formación del Opus Dei en Oporto. Y al otro lado del río Duero, allá arriba, en Vila Nova de Gala -el monte de la Virgen, como le llaman en la ciudad-, la Señora guarda en su corazón el amor y las frecuentes visitas que ha recibido de los miembros de la Obra desde su llegada a Oporto.

Iniciado el otoño, el 13 de octubre, el Padre llega a Coimbra. Después de celebrar la Santa Misa en el oratorio de Montesclaros se lleva a dar un paseo largo con él a Mario y a Nuno, las primeras vocaciones de Portugal. Les habla de un inmenso trigal que la gracia de Dios aventará por todos los rincones del mundo. Y de santidad personal. No es una palabra vacía o altisonante: es el trato habitual y cotidiano con Dios. Es el amor sobrevolando las cosas del quehacer diario. Antes de salir camino de Oporto se acerca al cementerio para rezar ante la tumba de Monseñor Antunes, fallecido unos meses antes: el Obispo que tantas pruebas de cariño dio a los primeros de la Obra en Portugal.

Al día siguiente llega a Oporto y disfruta hasta el infinito en la nueva casa de Boavista. Los pocos muebles que hay son prestados. El Padre se reúne con un buen grupo de gente joven y, sentados en el suelo, les transmite su alegría, su amor a Cristo y la vibración de ser instrumentos suyos para acercar a Dios a los compañeros de estudio y de trabajo. Le gusta mucho la casa, y les dice que comienza como todas, sin un mueble (l9)

Se lo hace notar para que comprueben que todo cuanto suceda no será obra suya sino de Dios.

En marzo de 1949 repite su visita. Con el cariño de siempre, que impresiona a los mayores y a los jóvenes que le conocen por primera vez, les habla de Roma, de su última audiencia con el Santo Padre; de sus hermanos de España; de la próxima partida de don José Luis Múzquiz a los Estados Unidos.

Esta vez tiene delante a Emérico, el primero de Goa que ha pedido la admisión en el Opus Dei. El Fundador bromea con él. Le gustan la capa y la batina -vestes de la Universidad- que lleva puestas; se interesa por su familia; le pregunta sobre su país de origen. Al tocar el tema de las castas y razas en la India, el Padre le dice que al llegar a la Obra ha pasado a formar parte de una sola raza: la de los hijos de Dios. Y antes de partir le dejará una dedicatoria:

«No olvides que El te llamó, dilatare regnum Dei Inter gentes, para extender el reino de Dios entre todas las gentes»(20).

Le promete, además, enviarle una pequeña cruz de madera que reserva a la primera vocación de cada país. Y añade: «a éste le vi yo cuando di la Bendición a aquellos tres primeros… »(21). Se refiere al asilo de Porta Coeli de Madrid, cuando, en 1933, con el Santísimo entre las manos, vio con los ojos del alma que una multitud de todos los continentes acudiría hasta el espíritu de la Obra.

De Oporto será también la primera vocación portuguesa para la Sección de mujeres del Opus Dei. Se trata de María Sofia Pacheco. En mayo de 1949, Encarnita Ortega emprende su primer viaje a Portugal. De camino, pasa por la ciudad española de Vigo, en donde, nada más llegar, inicia una lista de llamadas telefónicas desde el Hotel Continental: Lourdes Bandeira, Lila Massó, las hermanas Cameselle, Julia de Haz, Montse Bordas… Es asombrosa la actitud de generosidad con que responden estas chicas. En muy pocas jornadas, Encarnita tiene la inmensa alegría de llevarse varias cartas para el Padre solicitando la admisión en la Obra.

Llega a Oporto, y allí establece contacto con María Sofía Pacheco. Es una persona serena, intelectual, alegre… Charla con ella a lo largo y a lo ancho de los minutos y los días. No puede prolongar la estancia porque se acaba el dinero. Pero la misión de siembra ha sido cumplida. En el otoño de 1949, María Sofía llega a España y habla largamente con el Padre. Esta mujer acaba de entregar su vida sin regateos; intuye una expansión inmensa por el pedazo de mundo que han colonizado los portugueses. Pero esta vez la conquista es de amor, y es Dios el único viento impulsor de la empresa.

En diciembre de 1949 ya hay también un buen grupo de miembros de la Obra en Lisboa. No tienen casa y han de hospedarse en una pensión de estudiantes. Allí, entre libros, exámenes y paseos frente al «mar do palpa», se forja la amistad, la expansión de esta familia espiritual del Opus Dei. Su optimismo es tan proverbial, y su alegría, cara al presente y el futuro, tan notoria, que la buena mujer, dueña de la casa de huéspedes, no tiene más remedio que pensar en voz alta:

-«¡Os senhores sempre estaó contentes!… »(22).

El 1 de diciembre de 1951 llega, para quedarse en Lisboa, un grupo de la Sección de mujeres. Se ha podido acondicionar para ellas una casa decorada con objetos lisboetas típicos y del ultramar portugués.

La última vez que el Fundador de la Obra pise suelo portugués en 1972, dejará traslucir la formidable expansión que ha presenciado:

«He vuelto de Portugal encantado, feliz. Son muchos los miles de personas que hemos visto en este viaje»(23).

Miles de almas. Es lo que soñaba junto a sus hijos. A lo único que fue e irá la Obra por el mundo. Y porque el Cielo le regala esta hermosa realidad, el Padre ha pasado por Fátima para dar gracias una vez más a la Señora que ha guiado, que guía siempre, los pasos de este caminar divino.

Y deja escritas, a sus hijos portugueses, unas palabras que resumen su estímulo humano y sobrenatural:

-«Vale la pena. Una vida es muy poco. ¡Cien vidas es muy poco! Vale la pena»(24).

Dios ha hecho de nuevo realidad la frase que tanto repite a los miembros de la Obra: «soñad y os quedaréis cortos… ». No se deja ganar en generosidad y, a cambio de la fidelidad de los que llamó a trabajar en el mundo, la respuesta desborda cualquier cálculo humano.

Por eso vale la pena entregar la vida y aun cien vidas, porque es un precio desproporcionado para pagar la respuesta del Cielo.

Sin fronteras

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es en Roma y en 1943 cuando Salvador Canals y José Orlandis conocen a Wladimir Vince y Anton Würster, de nacionalidad croata. El primer contacto tiene lugar en el Laterano, ateneo donde cursan los estudios de Derecho Canónico; al igual que el resto de los edificios de la Santa Sede en Roma, este Ateneo goza del status de extraterritorialidad. En el Laterano estudia un grupo reducido de alumnos que quiere conocer el Derecho de la Iglesia; y un contingente heterogéneo y numeroso de hombres que se refugian tras un carnet con el escudo pontificio para protegerse de la ocupación alemana en Italia. Este es el caso de dos croatas exiliados. No tardan muchos días en descubrir la amistad y el afecto de Salvador y José.

Wladimir Vince es natural de Djacobo y tiene 20 años. Iniciaba los estudios de Derecho en Zagreb cuando fue destinado a la Embajada de su país en Roma, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Anton Würster le acompañará durante esta etapa de sus vidas. Cuando los azares políticos cambian el régimen de su patria, tienen que abandonar la tarea que les llevó a Italia y adoptar la condición de refugiados.

En los primeros días de junio de 1944, los alemanes salen de Roma porque el ejército aliado ha logrado romper el frente.. La situación de Wlado y Anton es, cada vez, más comprometida; se ven obligados a abandonar el lugar que les ha dado protección hasta este momento. Los amigos españoles acuden en su ayuda: a través de los PP. Claretianos Larraona y Goyeneche consiguen que el Abad de los Benedictinos -que acoge sin diferencias a todos los refugiados en peligro- habilite para ellos unas habitaciones en su convento de St. Stefano.

Es singular que los bandos de la guerra respetaran, sucesivamente, esta moderna versión del derecho de asilo en los edificios eclesiásticos, y así salvaran sus vidas multitud de personas de muy diversa ideología. El día del triunfo aliado saldrán de su refugio en el Laterano personalidades tan dispares como Pietro Nenni, socialista, y Alcide de Gasperi, jefe de la Democracia Cristiana. Puede decirse que este 4 de junio de 1944 se produce un auténtico «relevo de la Guardia». Salen de sus refugios los antifascistas y dejan su sitio a los representantes del fascio que se ven obligados a huir.

Después de la ocupación aliada, Salvador Canals y José Orlandis siguen su trabajo habitual y, cada semana, acuden a ver a los amigos croatas en su refugio de St. Stefano.

Wladimir Vince será el primer croata que pide la admisión en la Obra, en 1946. Este hombre simpático, oportuno y tenaz, pone su vida entera en manos de Dios. Años más tarde, con el recuerdo de las vecinas montañas de Croacia que no podrá volver a contemplar y en su querida ciudad de Zagreb, traducirá, con infinito cariño, los puntos de «Camino» a su lengua natal. La universalidad que ha subrayado tantas veces el Fundador, empieza a materializarse en estas vocaciones fuera de España.

Mientras tanto, Luka Brajnovic, otro compatriota yugoslavo, logra huir de un campo de concentración y se reúne con ellos en la capital italiana.

En 1945, Croacia pasa a formar parte de la República Federal Yugoslava. Como consecuencia del exilio de su marido, Ana Tiján de Brajnovic, que vive allí con una hija de pocos años, tendrá que sufrir las consecuencias de la persecución religiosa, trabajos forzados y cárcel. No volverá a reunirse con su marido hasta 1956. De un modo providencial lograrán abandonar Yugoslavia y llegar a este reencuentro tras doce años que les resultan casi eternos.

Años más tarde, también Luka Branovic y Anton Würster pedirán la admisión en la Obra.

Y como muestra del cariño humano y la profunda preocupación del Fundador del Opus Dei por la vida de cuantos pasan a su lado, he aquí el testimonio conmovedor de Ana Tiján:

«He tenido poco contacto directo con el Padre. Sin émbargo, él se ha convertido, de un modo especial, en el personaje central de mi familia y de cada uno de sus miembros. Todo este contacto se reduce a un fuerte apretón de manos, a una mirada indescriptible, llena de bondad, profundidad y vida, a un ruego sincero de oración por él, a una alegría no simulada y expresada de poder conocerme, y, años después, de reconocerme y saludarme de nuevo. Todo esto sin dejar casi tiempo de poder agradecerle todas las atenciones que ha tenido con mi familia; felicitándonos por las bodas de plata de nuestro matrimonio, compartiendo la alegría del reencuentro de mi marido y mío después de doce años de separación»(13).

Así, con el espíritu que Monseñor Escrivá de Balaguer había inculcado en sus almas, los hombres del Opus Dei supieron tender un puente de amistad y fraternidad con los hermanos de otros países; compartieron sus dificultades y pusieron en sus vidas la fortaleza de una misión divina. Les brindaron el amor de una familia universal, sin fronteras, que Dios abría a los hombres de todas las latitudes del mundo.

Con entraña universal

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En los edificios de Villa Tevere se alza un torreón circular. Su vértice está rematado por una cruz griega que pregona a los cuatro vientos, con los brazos terminados en punta de flecha, el deseo de caminar el mundo. En los primeros escritos, el Padre dibujaba con frecuencia esta cruz. La trazaba con rasgos fuertes, a pluma, como un vector de universalidad.

«Hemos de ser ciudadanos del mundo; tener el corazón grande para querer mucho (…). Ahora está de moda abrir un brazo y el otro, no. Nosotros extendemos los dos, repitiendo el gesto sacerdotal de Cristo, para que quepan todas las almas: todas (…). Amamos a los católicos y a los no católicos. Transigimos con las personas, aunque seamos intransigentes con la doctrina, porque no es nuestra. Transigimos en todo lo que no sea ofensa a Dios y, cuando hay error, disculpamos a quienes yerran y los comprendemos. Si no los quisiéramos, si no los tratáramos, si no conviviéramos con todos, no podríamos llevarlos a Cristo: no podríamos contribuir a que tuvieran la luz de la fe. Este ha sido el fondo cierto de nuestra caridad, que no excluye a nadie, desde los primeros tiempos de la Obra»(2).

Monseñor Escrivá de Balaguer clavó en el alma de sus hijas e hijos la convicción de que la Obra es universal, católica. Y que no nacía para dar solución a problemas concretos de un país o de una situación histórica. Nacía para «decir a hombres y mujeres de todos los países, de cualquier condición, raza, lengua o ambiente -y de cualquier estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes-, que podían amar y servir a Dios, sin dejar de vivir en su trabajo ordinario, con su familia, en sus variadas y normales relaciones sociales»(3).

De nuevo iban a decirle al mundo que ahí, en el centro de su quehacer cotidiano, sus gentes debían buscar y ayudar a los demás a encontrar la dimensión sobrenatural de la existencia. Que el espíritu del Evangelio venía de nuevo a recordar la llamada de Cristo a santificarse en su trabajo, a santificar su trabajo y a santificar a los demás con su trabajo.

La expansión de la Obra por los cinco continentes llevará a los hombres y mujeres de su espíritu a desarrollar todas sus capacidades humanas en la nueva tierra a que Dios les haya destinado. Y serán testimonios de esta vocación divina, que abarca a todos, a través de su trabajo profesional.

Pero lo impresionante es que logre transmitir esta seguridad al grupo que le sigue en los comienzos de la Obra. Personas muy jóvenes, que apenas han salido de su país y que solamente se proyectan en la visión cotidiana del ámbito familiar y profesional que les rodea, van a captar en toda su amplitud esta dimensión del Opus Dei.

Cuarenta años después de haber conocido al Padre, don Pedro Casciaro será abordado por la pregunta de un mexicano:

-«¿Se daban ya cuenta de que la Obra era universal?, ¿creían poder verla extendida por tantos países?»(4).

El interrogante cae sobre una tertulia que tiene lugar en Los Pinos, la casa de Retiros situada en el cruce de los valles del Estado de Coahuila. Allí se han reunido hombres de Monterrey, Torreón, Aguascalientes y San Luis de Potosí. Aquí, muy lejos de España. Y don Pedro Casciaro ve desfilar, en entrañable y apasionante historia, los acontecimientos que han impulsado al Padre a enviarle, como a tantos otros, más allá del mar. Recuerda aquel verano de 1935, en Torrevieja, Alicante. Frente al horizonte de plata que abre el Mediterráneo cada amanecer. Han mediado solamente seis meses desde que supo la existencia de la Obra. Su única relación, en el pequeño pueblo marinero, es una hoja de noticias escrita a velógrafo, con tinta de color violeta. Leyendo aquellas breves líneas, se siente parte indisoluble, no de un grupo circunstancial, sino de un hecho sobrenatural que ha de perdurar siempre, como patrimonio de todo el mundo. En pie, junto al mar abierto, mira los barcos que salen del puerto con rumbo desconocido. Y siente nacer en su alma la semilla de la universalidad, de disponibilidad total para cruzar los caminos enteros de la tierra. Inunda su interior la pleamar de aquella frase que ha oído al Fundador: «Soñad y os quedaréis cortos»(5).

Más tarde, ni en los momentos más duros de la guerra civil española se perderá una línea de este perfil de la Obra. En 1938, el Padre les escribirá:

«¿Por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un idioma? Un diccionario y un libro para traducir, se llevan en cualquier parte (…). ¡En Madrid mismo, hay un amigo vuestro que repasa japonés, con ánimo de meter en nuestro camino a los universitarios de Tokio! »(6).

Don Pedro es testigo de esta misma andadura del Padre en los ratos de oración de sus meses de Burgos, a la orilla del Arlanzón, por Las Huelgas, Fuentes Blancas o La Cartuja. Y también don Alvaro del Portillo, cuando camina cerca del Padre por las llanuras castellanas de Valladolid y oye sus palabras, que abren rutas universales, junto a la estatura verde de los chopos.

«¿Te acuerdas? -Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. -Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles»(7).

La Segunda Guerra Mundial retrasará la llegada de los primeros miembros del Opus Dei a París. No es posible obtener visado de residencia. Pero las dificultades no atenúan ni desalientan la urgencia del Padre para que el Opus Dei rompa las fronteras del mundo. A nivel familiar se lo recordará a sus hijos en las ocasiones más imprevistas y cotidianas.

Un día de agosto de 1947, en Molinoviejo, junto al silencio de la montaña, sus hijas, que trabajan en la Administración de esta casa de Retiros en la provincia de Segovia, recuerdan su conversación con el Padre en un pequeño patio a la sombra de la tejavana. Les cuenta cómo será en breve, al paso de Dios, la expansión de la Obra. Está sentado sobre una silla de enea; las mujeres del Opus Dei que cuidan la casa caben, todas, en un pequeño banco corrido. Y el Padre les dice con su modo convincente, que irán, para difundir el espíritu de la Obra, a los cinco continentes. Y extiende, una vez más, las líneas de su quehacer profesional: médicos, campesinas, periodistas, investigadoras… Un interminable horizonte de apostolado con gentes de toda raza y condición.

Más de una vez hacen su oración frente a un mapa del mundo. Y recorren caminos por los que no han de tardar en ir con la fe y el impulso de su Fundador. No hacen falta grandes preparativos. Marcharán a realizar su trabajo ordinario, en muchos casos el estudio, a diversos países sin más equipaje ni alforja que el Crucifijo y el Evangelio, sin otra seguridad que la de contar con el trabajo, la contradicción y el seguro apoyo del Cielo, que es quien está empeñado en que la Obra se realice. Sus hijas e hijos aportarán a esta enorme misión el contrapeso de su fidelidad. Ni un solo día Dios dejará de protegerles con grandes y menudos detalles de su providencia ordinaria. Su Presencia, y el aliento del Padre, respaldarán la alegría con que emprendieron el viaje del mundo.

Les dice lo que habrán de llevar: «El espíritu del Opus Dei, que es universal, que ama a todas las almas sin excepción, que no es nacionalista, que es alegre, que es de entrega, que es de servicio y no de triunfo; espíritu de amor… »(8).

En la entrevista concedida a Peter Forbath, del «Time», en el año 1967, y recogida en «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Fundador recordaba los hitos de la expansión del Opus Dei:

«Para mí, es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerca a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres.

Quizá quería que le hablara de los puntos cruciales cronológicos. Aunque no son los más importantes, le daré de memoria unas fechas, más o menos aproximadas. Ya en los primeros meses de 1935 estaba todo preparado para trabajar en Francia, concretamente en París. Pero vinieron primero la guerra civil española y luego la segunda guerra mundial, y hubo que aplazar la expansión de la Obra. Como ese desarrollo era necesario, el aplazamiento fue mínimo. Ya en 1940 se inicia la labor en Portugal. Casi coincidiendo con el fin de las hostilidades, aunque habiendo precedido algunos viajes en los años anteriores, se comienza en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en México»(9).

En 1976, don Alvaro del Portillo, nombrado ya sucesor del Padre, recordaba:

«El Opus Dei tuvo desde el comienzo entraña universal, católica: debía extenderse a lo largo y a lo ancho de la tierra y llegar a hombres de toda clase y condición, porque Dios lo quería para vivificar con espíritu cristiano todas las tareas y realidades humanas. Si con el trabajo apostólico, con la oración y con la mortificación de Monseñor Escrivá de Balaguer el Opus Dei creció para adentro en esos años inmediatos a la fundación, igualmente se puede afirmar que el Padre ha preparado toda su expansión apostólica.

Muchas veces le he oído hablar de la prehistoria de la labor en un determinado país. La prehistoria consistía en que, mucho antes de que se estableciera el primer Centro de la Obra en las distintas naciones, nuestro Padre, con muchísima anticipación -yo he sido testigo-, había fertilizado aquel terreno con rezos y mortificaciones; había cruzado ciudades, rogado en iglesias, tratado a la Jerarquía, visitado tantos sagrarios y santuarios marianos, para que, al cabo del tiempo, sus hijas e hijos encontraran roturado el terreno en aquel nuevo país. Roturado y sembrado, porque, como solía decir, había lanzado a manos llenas por tantas y tantas carreteras y caminos de esa nación la semilla de sus avemarías, de sus cantos de amor humano que convertía en oración, de sus jaculatorias, de su penitencia alegre y confiada»(10).

Este rastro de amor, rezando y cantando bajo las más variadas latitudes, es el que han seguido sus hijos.

La universalidad del Fundador se vio refrendada por una gran facilidad de comunicación y un don de lenguas con el que se hacía entender cualquiera que fuese la mentalidad e idiosincrasia del auditorio.

Pero ésta y otras cualidades naturales no han mitigado la dureza de su entrega a la vocación universal para la que fue llamado. El Padre ha dibujado la imagen del Opus Dei bajo la inspiración de Dios, a costa de su vida; al precio de contradicciones y fatigas. Por ello, sin duda, Dios quiso regalarle, antes de morir, la caricia de una realidad espléndida.

«¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, le han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones hambrientos de Verdad, bien dispuestos, y ahora tenemos tantas vocaciones, y somos una familia numerosísima, y hay millones de almas que admiran y aman a la Obra, porque ven en ella una señal de la presencia de Dios entre los hombres, porque advierten esa misericordia divina que no se agota»11

En verdad, sus hijas e hijos, de toda raza y condición, pueden decir que Dios puso en las manos de su Fundador la llave para abrir, de un modo nuevo, los caminos divinos de la tierra.


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