Una vida, un camino y una herencia

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Eduardo Zaragüeta, O. S. A.
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Ha fallecido don Josemaría Escrivá, fundador y presidente general del Opus Dei. La noticia ha llenado las primeras páginas de los periódicos de medio mundo, porque en setenta países más de setenta mil cristianos de toda condición social le llamaban y le amaban como a padre.

Monseñor Escrivá era, antes que todo, un sacerdote de Cristo, exclusivamente de Cristo y para la Iglesia entendida como tarea de servicio en la cooperación, la cordialidad y el esfuerzo cotidiano. Para otros queda la honrosa tarea de divulgar su rica y generosa biografía. Sólo queremos resaltar aquí el hecho de que su espiri­tualidad adaptada a nuestro tiempo redescubrió el valor de normal, lo oculto e intrascendente como medio eficaz de acercamiento a Dios y, en definitiva, de santificación. Su obra, como interpretación del deseo de Dios, tiene y tendrá contradictores y defensores, pero, como todo empeño grande, no pasará indiferente. Tratar de cris­tianizar y santificar desde dentro las estructuras de nuestro mundo, en lo social, lo político, lo económico, lo artístico, lo familiar es una estrategia audaz que molesta a los demoledores de lo limpio, porque es dar en la diana de los aconteceres que mueven el mundo. Si esta tarea se realiza, además, con eficacia de medios humanos y con amorosa fidelidad al magisterio de la Iglesia y con amor a la tradición vital en tiempos de echarlo todo por la borda y de vul­garizaciones hasta en el culto, entonces esa actitud es una predi­cación, pero también un justo reproche. Matrimonios felices, sacer­dotes ensotanados, limpios, bien plantados y con una o más carreras civiles, además de la eclesiástica, competentes en el medio en que se desenvuelven, solventes, es algo que molesta a muchos sociali­zantes, apostoleadores de taberna y que perdieron la brújula de su vocación.

La vida de Monseñor Escrivá marcó un camino y deja una herencia de espiritualidad en marcha pujante en estos momentos cruciales de la Iglesia y de la humanidad. Los agustinos sabemos de su carácter y de su sencillez cordial cuando dio ejercicios en el monasterio de San Lorenzo el Real, de El Escorial. Escrivá amaba a San Agustín y la rica tradición de la Orden que él fundara hace dieciséis siglos, en circunstancias muy parecidas alas actuales. Fray José López Ortiz, vicario general castrense, agustino, arzobispo de Grado, vivió muy de cerca las vicisitudes y los anhelos fundacionales de Monseñor Escrivá. Era un corazón abierto y exquisito. Esta es la palabra. Exquisitez en un trato nunca clasista ni remilgado, sino vivo de la vivencia evangélica y ardoroso ante las exigencias de la humanidad y de la Iglesia.

Los funerales fueron sencillos, pero solemnes. Latín y grego­riano. En el cálido verano romano de los Santos Pedro y Pablo, en el corazón de la cristiandad. La muerte fue un salto a la eternidad feliz, no le hizo sufrir. Su tarea continúa con mayor eficacia junto a Dios, cara a cara con Él.

La Iglesia pierde en la tierra, la Iglesia militante, un gran peón que, en este caso, es semejante a decir un santo vibrante y sin com­plejos de ser lo que es por deseo de Dios y para el servicio de la fe cristiana.

Descanse en paz Monseñor Escrivá, fundador de la «Obra de Dios».

La muerte de un gran aragonés

fundador  Tagged , , , , , No Comments »

Testimonio de José María Zaldívar, periodista
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Escribo, todavía sorprendido por la noticia. Siento que escribo con mi dolor aragonés. La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer está, y estuvo siempre, por encima de ciertas mezquindades de los hombres; los que gustan de enjuiciar lo ajeno con su propia impotencia de no saber amar. La trayectoria del barbastrino no tiene otro motivo en sus años vitales que una sed ardiente de volar con los brazos abiertos a una suma capacidad de comprensión, de acer­camiento al prójimo, de existir, sabiéndose en la existencia de los demás.

Acertó a vivir nuestra hora confusa con los ojos iluminados por la fe. Como un almogávar abrió fronteras; como un José Pignatelli dio lecciones de fidelidades romanas; cinceló homilías con la ele­gancia argensolesca en los sonetos; y el fuego lo transmitió a su Obra con las propias brasas que, como a San Lorenzo, manos avie­sas, si no a su carne sí a su corazón, aplicaron con injusticia de sayones.

Nada hay más óptimo en la vida que recorrer caminos llevando un acicate de promisión. Él supo de ese júbilo caminante. Y lo hizo acertando a no cambiar de bastón. El que recibió a su ministerio, el que no precisa de permutas peligrosas. Hoy, que tantos bordones quiebran y desfloran, qué beatitud continuar renovándose como la vara bíblica, sin perder el perfume ni la flor.

Yo no he pertenecido a su Obra. Pero, como católico, toda obra hacia Dios merece mi respeto, mi apoyo y mi lealtad. Hay quien murmura por ahí, juzgando por hechos muy personales la totalidad espléndida de la Obra del aragonés. También yo podría testimoniar que en mi propia vida me he encontrado con hombres del Opus Dei, ejemplos ciertos de una cosecha espiritual del sembrador. Y, entre todos los hallados, él.

Cuando Josemaría Escrivá viene a Zaragoza, en octubre de 1960, para tomar la investidura en la universidad, yo llevaba unos días sin poder acercarme a los micrófonos en mi diaria emisión. Un gran dolor íntimo -la inesperada muerte de mi hermano- me tenía en un hundimiento total. Acudí aquella mañana a la fiesta en el Paraninfo de Medicina. Jamás vi en actos similares mayor concurrencia, entusiasmo, recepción de gentes que de toda España habían llegado a acompañar a Monseñor. Él entró –lo recuerdo-, sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo familiar. Comprendí, al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demos­traba –autor de Camino- su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas. La mejor forma a estos días del mundo, de poder estar en él sin perder por ello nuestra legitimidad.

Tanto me conmovió que, alzando ánimos, aquel mediodía volví a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés. Él, que lo supo, mandó a buscarme. Me hallaron y a toda prisa acudí a la cita privada con él.

El diálogo entre ambos lo he conservado para mí solo. Recuerdo bien su abrazo y su ánimo en mí. Me dio su bendición y su encargo para siempre. Y lo guardo, por él escrito, en el pequeño ejemplar de Camino, en férvido latín. «Todo sea para bien». Me ha corres­pondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas cosas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como lección.

Ha venido a morir súbitamente. Pero todavía le quedaba el regusto de aquella jornada en su ciudad de origen. ¡Qué bien hizo Barbastro no cejando en la celebración del homenaje! Hubiese sido penoso, que esta muerte nos hubiese impedido ser, por muy pocas veces, agradecidos a los que no se olvidan de su propio solar. Y su ciudad sí supo serlo. Ahí queda, entre las alturas y los fondos de los remansos de las aguas, la soberbia perspectiva de Torreciu­dad. Una obra que se asienta, para acoger al mundo espiritual, en nuestra propia tierra de Aragón.

A Monseñor podrá discutírsele, pero no afrentándolo. Se podrá discrepar, pero, asimismo, reconocer los méritos que sus años de empresa religiosa han dado a su trascendente menester. Sus actos ahí quedan -como él mismo me contó aquel día- intentando abra­sar el mundo con el fuego de Cristo. Porque para su concepto, había que pegar el fuego de Cristo a todos, olvidándonos nosotros, sus portadores, de nuestra comodidad.

Monseñor ha muerto de pie; caminando le sorprendió la muer­te. Caminando ya sin los pies en tierra, a estas horas en que escribo, yo bien sé que sus pasos habrán remontado Cinca arriba, buscando esa imagen amada, ¡su Virgen altoaragonesa de Torreciudad!

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

testimonio  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi­mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados sacerdotes después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari­dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isi­doro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme­ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar­caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a peti­ción de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siem­pre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana­ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin rui­do, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algu­nas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem­pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par­ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per­manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos­traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía­mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir­cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre­cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con­cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con­tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per­sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria­mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten­tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca­siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí­simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade­lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli­caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie­ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena­turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con­secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per­severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza­ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com­prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des­cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre­natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad a Jesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí­sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con­sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun­do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.

Un recuerdo personal

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Eduardo Poveda, Obispo de Zamora
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Fue en el año 1940. Hacia poco que había ingresado yo en el Seminario Conciliar de Valencia y contaba a la sazón, veinte años. En noviembre llegó el tiempo de los ejercicios espirituales y vino a dirigírnoslos un sacerdote al que no conocíamos, pero que desde el primer momento captó nuestra atención y nos hizo entrar rápi­damente en la vía de la conversión que es propia de los ejercicios. Aquel sacerdote se llamaba don Josemaría Escrivá de Balaguer y había venido a Valencia llamado por la amistad que tenía con cl entonces rector del seminario, don Antonio Rodilla.

Aquellos ejercicios espirituales nos supieron distintos a los demás, a lo que entonces era habitual. Nada de meditaciones tre­mebundas sobre la muerte y el infierno; nada de sentimentalismos facilones; doctrina firme y clara y, sobre todo, exigencias peren­torias para el seguimiento de Cristo.

Los ejercicios de don Josemaría Escrivá quedaron grabados profundamente en la conciencia de todos los que en ellos partici­pamos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y aún conservo vivo su recuerdo. Que Dios se lo haya retribuido en la gloria.

Del recuerdo de aquellos ejercicios quisiera ahora espumar unas ideas fundamentales que ha dejado impresas en su Obra, pero que son doctrina viva y perenne de la Iglesia.

Todo el mundo habla hoy de sus enseñanzas sobre la santifi­cación del cristiano en el trabajo y en el propio ambiente y estado en el que cada cual se encuentra.

A nosotros, seminaristas, nos habló como seminaristas, nos exi­gió como seminaristas, ni siquiera nos hizo mención del Opus Dei que tenía fundado ya desde 1928. Nos habló mucho, recuerdo, de nuestro deber de trabajar, de estudiar, que era nuestra tarea. Sin tomar en serio el estudio ni podríamos ser santos ni buenos semi­naristas. Pero, al mismo tiempo, nos exigía oración, vida de inti­midad con Dios y devoción filial a María.

He aquí una enseñanza de don Josemaría Escrivá que tiene un valor perenne. El tomar en serio el trabajo, el pensar que hacerlo bien glorifica a Dios y nos santifica, es hoy doctrina universal. En cambio, algunos dicen ahora que como el trabajo es oración ya no hace falta que nos dediquemos a hablar con Dios ni a «perder tiem­po» rezando. Don Josemaría Escrivá siempre predicó que eran necesarias las dos cosas. Sin santificar y mejorar nuestro trabajo, la oración es falsa. Pero trabajando no podemos santificarlos si no dedicamos tiempo a la oración. ¡Qué gran verdad elemental y sen­cilla, pero perenne e iluminadora para el cristiano!

Había también otra paradoja en don Josemaría Escrivá que ya en aquellos ejercicios le captamos. Hoy podemos decir que fue un pionero en la tarea de embarcar a los seglares en la obra de la Iglesia. Revalorizó, como pocos, la visión del laicado… Pero amaba pro­fundamente a los sacerdotes. Pocas veces en mi vida he oído hablar con tanto cariño del sacerdocio y pocas veces me han dado unos ejercicios tan llenos de vivencias sacerdotales.

Y es que para don Josemaría Escrivá dignificar al laicado y reconocer su misión específica con la Iglesia no estaba reñido ni con el amor al sacerdocio ni creaba artificiosos antagonismos que últimamente hemos tenido que presenciar. En su amor a la Iglesia en su comprensión amplia, generosa y dilatada del misterio de Jesu­cristo no había lugar para celotipias ni para que la grandeza de unos miembros del Cuerpo de Cristo tuviese que ir en detrimento o en devaluación de otros miembros. Hoy en día esa lección continúa siendo valiosa y necesaria.

Y esto último que acabo de decir fue también una constante del fundador del Opus Dei, su amor a la Iglesia, su amor a la jerar­quía, su amor al Papa.

Poco antes de morir, ya en estos tiempos azarosos, don Jose­maría Escrivá solía decir: «no hay sacerdotes malos». La frase no deja de ser extraña. Él conocía muy bien las miserias que tenemos los ministros de la Iglesia. En aquellos ejercicios y en sus pláticas posteriores habló constantemente de la responsabilidad del sacer­dote y de la cuenta estrecha que tendríamos que dar a Dios en el día del juicio. Sabía que podríamos prevaricar y que muchos, de hecho, prevaricamos. Pero él veía, por encima de todo, que esta Iglesia con sus ministros y fieles era el instrumento de salvación que Cristo nos había dejado en la tierra.

Él no podría distinguir, como algunos hacen ahora, entre Iglesia institucional e Iglesia espiritual o popular, o encarnada. Sabía, eso sí, que el signo de Cristo podría ser peor o mejor hecho por nosotros los cristianos o por los miembros de la jerarquía. Pero sabía también que el Espíritu Santo actúa indefectiblemente a través de esta ins­titución que aun con miembros pecadores es santa porque Jesús la purifica constantemente con su propia sangre.

Todas estas constantes del espíritu de don Josemaría Escrivá son doctrina viva y perenne, doctrina de salvación y, por tanto, necesaria, al mismo tiempo que muy oportunas para ser recordadas en el momento actual.

Por ello, recomendamos a los miembros del Opus Dei que las recuerden siempre. En particular, me atrevería a pedirles en este 50 aniversario que reafirmen esa fidelidad a la Iglesia y al Papa que el padre les dejó como herencia. La Iglesia os necesita mucho hoy, necesita de vuestro trabajo y de vuestra colaboración. Man­tened encendido en vosotros el fuego de este espíritu.

Mi experiencia

testimonio  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de José Luis Olaizola, Escritor
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al cumplirse los cincuenta años del nacimiento del Opus Dei me parece de justicia confesar que su espiritualidad me ha ayudado enormemente a remodelar mi vida. Supongo que mis amigos pen­sarán que, de momento, esa remodelación ha resultado insuficiente, pero uno confia en que Dios le dará aún tiempo para terminar bien el trabajo.

Recuerdo que cuando estudié el bachillerato nunca conseguí que me admitieran en las Congregaciones Marianas ni tan siquiera como aspirante. Los congregantes y los aspirantes tenían derecho a comulgar los jueves y ese día entraban tarde en la primera clase de la mañana, de modo ostensible, porque los profesores sabían de dónde venían. Eran tiempos -en España– en que se insistía mucho en la moralidad oficial y el ser congregante daba enorme prestigio. Por eso yo tenia un cierto complejo de inferioridad, por­que formulaba la solicitud cada año y era rechazada. Un profesor muy bondadoso me consolaba: «Otro año será, hijo mío». Pero ese año no llegó. Terminé el bachiller y entré en la universidad, hacién­dome un poco el agnóstico y jugador de rugby. La relación entre lo uno y lo otro es que los jugadores de rugby hablábamos siste­máticamente mal, aunque sin especial intención. Jugué cinco años la liga nacional en ese deporte, participé en los Campeonatos de España de Bateles, fui campeón juvenil de 800 m. lisos y subcam­peón universitario de 3.000. También fui internacional de balon­mano a 11 y boxeador en la categoría de aficionados. Evidentemente, no me quedaba tiempo para estudiar. Pero repentinamente me enamoré, y como en España entonces no se podía vivir del deporte, me puse a estudiar y terminé la carrera de Derecho. Yo ya entonces escribía e incluso quedé finalista en un premio de novela en 1957, pero como era mucho más rentable la literatura jurídica, me tuve que dedicar a los pleitos, porque ya me había casado y tenía hijos con sorprendente regularidad. Eran tiempos en los que aun a los no piadosos no se nos ocurría hacer cosas raras para no tener hijos.

Soy el menor de una familia de nueve hermanos, y como ya he dicho, mi práctica religiosa era bien escasa, si es que era. No obstante, uno de mis hermanos mayores conoció el Opus Dei, y por su mediación fui a un curso de retiro espiritual en Molinoviejo, provincia de Segovia, calculo que en el año 1958. Comenzó enton­ces un cambio profundo en mi vida. Me llamó especialmente la aten­ción el hecho de que mi trabajo –entonces ejercía la abogacía con entusiasmo relativo– fuera, precisamente, el medio de mi santifi­cación. Me sorprendió que en aquel curso de retiro se hablara con tanta naturalidad de santidad, como algo al alcance de cualquier cristiano. Me quedó muy claro que en la Iglesia no podía haber cristianos en situación de clases pasivas y que los que nos pasábamos el día lamentándonos de que hubiera ricos y pobres éramos una rémora. Entendí bastante bien la pobreza de espíritu, el despren­dimiento de los bienes terrenos y, conexo con lo anterior, que los demás valen la pena. Quizá no entendí todo esto de golpe, pero empecé a mirar las cosas de otro modo.

Fue en 1960 cuando conocí personalmente al fundador de la Obra. Ocurrió en la basílica de San Miguel, en Madrid, en una misa en la que –me figuro– casi todos los asistentes serían socios de la Obra. Tenían gran emoción porque la mayoría de ellos iban a ver por primera vez en su vida al padre. La iglesia estaba abarrotada, todo el mundo hubiera querido estar muy cerca del altar para verle mejor y, sin embargo, aceptaron las indicaciones del que hacía de maestro de ceremonias, mi paisano don Jesús Urteaga. Las mujeres, sentadas en los bancos o en lugares de preferencia; los hombres, detrás, y los que éramos más altos, al fondo del todo. Si alguno llegaba tarde no se cerraban filas, sino que se hacia un esfuerzo para que cupiera; una tontería si se quiere, pero aquella gente sabía estar en una iglesia.

Recuerdo la breve homilía de Monseñor Escrivá de Balaguer corta, pues pienso que no le gustaba distraer la esencia del sacrificio del altar con peroratas, en que nos habló de vida interior, de nuestra lucha para conseguirla, de modo que a veces cuando las cosas hay que hacerlas aunque cuesten– podíamos tener la impresión de que estábamos haciendo «comedia» delante de Dios: pues ¡bendita comedia, con Dios, la Virgen y los ángeles como espectadores!; des­de entonces yo siempre he pensado que en la comedia de nuestra vida tenemos un Espectador benévolo, Dios, deseoso de que nues­tro papel nos salga bien.

En abril de 1965 tuve que ir a Roma a un Congreso de Prensa; entonces trabajaba como directivo en una empresa periodística. Me llevé a mi mujer –Marisa–, que estaba entonces en estado de ges­tación –su estado habitual a la sazón–, esperando a nuestro séptimo hijo. Me la llevé por muchas razones, pero la principal, porque tenía­mos esperanzas de que nos recibiera el padre. Como así fue. Le visitamos en 15 de abril de 1965, a las once de la mañana. Nos recibió en Bruno Buozzi, 73, su residencia.

Aquel día, el padre llevaba una sotana limpia, no demasiado nueva, y una chaqueta de punto, negra, de confección casera. Le recuerdo guapo, con el pelo negro, fino, no demasiado tupido, pei­nado con raya a un lado, el cutis terso, bien afeitado, con aire deli­cado, no de salud, sino de un cierto desprendimiento de su ser, pero muy vigoroso en el hablar. Él habló bastante, nosotros muy poco. Era una catequesis deliciosa, porque, por vía de ejemplo, a mí me dijo que teníamos que vivir mejor, que teníamos que viajar, dis­traernos y, principalmente, distraer a mi mujer. Marisa le interrum­pió: «Pero, padre, entonces dirán que los del Opus Dei nos damos la gran vida». Y el padre le replicó: «Que digan lo que quieran». Lo dijo, porque nunca tuvo respetos humanos ni quería que noso­tros los tuviéramos y, además, aquel consejo era de un excelente ascesis para mí, que era un ejecutivo, un tanto creído, de treinta y tantos años, dispuesto a hacer méritos a todo trance, y que con­sideraba como un día fracasado aquel que no hubiera conseguido trabajar diez horas, por lo menos.

También nos aclaró que lo que en otros tiempos podía ser lujo ahora podía ser necesidad. Se refería a la necesidad de distraerse, de cambiar en ocasiones de ambiente, porque la vida moderna nos imponía ritmos y tensiones que había que aliviar. Aprovechó para explicarnos el modo de vivir la pobreza, que era vivirla en todo, hasta en recoser una sotana antigua para que siguiese durando. Mostró mucho interés en este punto y hurgó en las costuras hasta que encontró una muy deteriorada. «Aquí tengo un roto», dijo. Se puso de pie y buscó una posición favorable de luz para que nosotros también lo viéramos. Pero nos tranquilizó, añadiendo que se la vol­vería a coser para que siguiera sirviendo. Era un cura muy elegante, aunque vistiera una sotana vieja y una chaqueta de punto grueso. Era un hombre santo que, cuando terminó la entrevista, nos acom­pañó a visitar al Señor al oratorio. Se arrodilló muy bien, mirando muy fijo al Sagrario, y me invitó a mí a hacer lo mismo, pero a mi mujer no se lo consintió, por su embarazo. Luego nos acercamos a una imagen sedente de la Virgen y la besó con tanto amor que a mi me imponía respeto hacerlo a continuación. Termino estas líneas y veo que son todo detalles personales, nimios, que yo recuer­do de aquel hombre santo que consumió su vida en servicio de la Iglesia. Ahora, rondando los cincuenta años, sigo tan necio como cuando corría 800 m., pero -por lo menos– he aprendido del fun­dador de la Obra a aceptar como la cosa más natural de mundo lo sobrenatural, de modo que las cosas que son imposibles, huma­namente hablando, las acometo con la paz que él nos enseñó.

Hoy, cuando los críticos tienen la gentileza de ocuparse de algu­nas de mis novelas, me califican como un narrador que les dejo ser a mis personajes y me acerco a ellos de un modo amable. No puedo dejar de pensar que así trató siempre el padre a la gente: les dejó ser y les amó con sus defectos o, precisamente, por sus defectos.

Todo esto lo aprendí de él. Aprendí tanto que, antes de cono­cerle, tengo la impresión de que sabía muy poco.

La enseñanza que tuve la suerte de recibir

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Testimonio de Covadonga O’Shea, Periodista. Directora de la revista «Telva»
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 14 de febrero se han cumplido sesenta años de la fecha en que Monseñor Escrivá comenzó el Opus Dei entre las mujeres. Al hilo de este aniversario, en esta época en la que la mujer ha irrum­pido de lleno en el acontecer del mundo, he querido recordar algu­nas anécdotas, sencillas en apariencia, pero con el valor de lo entra­ñable, y que encierran buena parte de la enseñanza que tuve la suerte de recibir, en directo, del fundador de la Obra.

Es conocido que a partir del 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación del Opus Dei, Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó lo que Dios le había hecho ver: que se habían abierto los caminos divinos de la tierra; que todos los cristianos estarnos llamados por Dios a la santidad, que cada uno en su sitio, en medio del mundo, debe convertir su vocación humana en vocación divina. Esa fue la enseñanza que difundió a lo largo de su vida y que se escuchó en los cinco continentes. «Todas las profesiones honradas han de ser lugar de encuentro con Dios», era el «leitmotiv» de su predi­cación. Todas, incluso… la tan temible y denostada del periodismo, añado yo.

El fundador del Opus Dei, que además de tener una misión divi­na entre las manos, y quizá por eso poseía unas cualidades humanas muy por encima de la media, comprendió la trascendencia humana y cristiana del trabajo de los profesionales de la opinión pública.

No en vano fue durante un tiempo profesor de la vieja Escuela de Periodismo de Madrid. Es muy posible que comprendiera, con la fuerza de la experiencia, la necesidad de inculcar a quienes nos dedi­camos a estas tareas -fuesen o no del Opus Dei– un especial sentido de responsabilidad. Y siempre con un sentido positivo, radicalmen­te optimista, marcaba como pauta de actuación el ahogar el mal en abundancia de bien. Porque dejaba siempre claro que la violencia no es buena ni para vencer ni para convencer. Esta solicitud por nuestra profesión tiene mucho que ver con uno de mis primeros recuerdos de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Era el mes de septiembre de 1963. Hice una escala de varias horas en Roma, en un vuelo de Atenas a Madrid, y pedí una audien­cia con el fundador de la Obra. Yo era entonces subdirectora de Telva, revista recién nacida. Tenía unos pocos años más que la revis­ta, no muchos más; por dejar las cosas claras, veintiséis menos que hoy.

Había ido a Grecia para asistir como enviada especial a la boda del Rey Constantino con la princesa Ana María de Dinamarca. Soy consciente de que no se trataba de un congreso de teología ni tan siquiera de metafísica. Era simplemente un acontecimiento social. Sin embargo, el fundador del Opus Dei me recibió en el acto, me preguntó por el viaje y enseguida trascendió al tema concreto para ir a la raíz: «¿Has trabajado mucho?», me preguntó. «Seguro que lo has hecho lo mejor que sabías». Lo importante para él no era el qué, sino el cómo. Había que realizar el trabajo, el que fuera, intelectual o manual, de más o menos categoría, con ilusión, con empeño, con sentido de responsabilidad, bien rematado… Y aprovechó la ocasión para animarme en mi terreno. Me dijo que los periodistas debíamos utilizar la pluma para iluminar el mundo con la verdad, para tratar de hacer el bien a la familia y a la sociedad. Con pena, lamentó que es triste comprobar tantas veces que ocurre lo contrario, que algunos se dedican a quitar la fama a personas y a instituciones.

Años después, en marzo de 1971, también en Roma, de paso hacia Milán, volví a saludar al Padre. Siempre se interesaba por mi quehacer. Le conté que iba a visitar unas editoriales italianas: Mondadori, Rizzoli… Siempre positivo, dedicó unos cuantos elo­gios a lo bien que trabajaban, a su calidad profesional, al bien que desde estos trabajos se puede hacer. En un momento de entusiasmo, al escucharle, le pregunté cómo pensaba él que podría hacer mejor la revista en que trabajaba. La respuesta fue inmediata y tajante; no me dejó lugar a dudas: «¡Con libertad!», y siguió: «Yo no puedo, ni quiero, meterme en tu trabajo ni en la forma de hacerlo. Además, no te daría un buen consejo porque no entiendo de estos temas…».

Eran dos rasgos muy destacados en él: el amor al trabajo bien hecho y una defensa apasionada de la libertad personal. Junto a ellos, y envolviéndolos, el buen humor, unido a un sentido común aplastante.

Esta vez volvía de Washington –era el mes de octubre de 1971–de un congreso de mujeres periodistas y escritoras. Tuve de nuevo la oportunidad de pasar por Roma y de saludar al Padre. Le conté las mil peripecias de unos días en los que se habían planteado temas conflictivos y difíciles de resolver. Los movimientos de la «Women’s lib» estaban en plena ebullición: control de natalidad, anticoncep­tivos, aborto. Le expliqué por encima la trastienda del congreso. Había un grupo de personas a favor de esa falsa «liberación de la mujer»; otras en pro de la vida, de la familia, de la mujer como Dios manda.

A lo largo de una semana hubo ponencias, coloquios, mesas redondas. El último día había que enviar a los medios de comu­nicación un informe con las conclusiones de lo que allí se había tratado. Al mismo tiempo una Embajada invitaba a un cóctel que a todo el mundo divertía y no había quien se sentara a redactar el escrito. En vista de lo cual me acerqué a la presidenta, mexicana, para decirle que no me importaba quedarme un rato en la sede del congreso y elaborar el artículo para la prensa.

Como me gusta jugar limpio, puse las cartas boca arriba: allí se había dicho de todo, cada cual podía sacar conclusiones diversas. Sin embargo, yo sabía muy bien lo que un buen grupo de mujeres proponíamos como solución. Si me quedaba yo, marcaría en ese artículo el acento en lo positivo. «Pues ándalo», me dijo con su mejor acento, «y hazlo como se te “ofresca”. Ya que te quedas estás en tu pleno derecho. Yo te lo firmo». Se rió el Padre con la historia.

En marzo de 1973 fue la última vez que vi en Roma al fundador del Opus Dei. Pocos meses antes había recorrido España en dos meses de catequesis. Si tuviese que entresacar los temas que trató en las distintas reuniones que tuvo con todo tipo de personas, más de cien mil, destacaría su amor a la Iglesia, al Papa y a los obispos. Y su gran preocupación por la mujer, por lo que supone para ese núcleo fundamental de la sociedad que es la familia. Aquella maña­na, en Roma, volvió a hablarme de las mismas cuestiones. Le dolían las consecuencias que preveía en una situación que empezaba a ser caótica. «Hija mía, de todo esto toma tú unas cuantas notas, dale vueltas a estas ideas y un día que estés de buen humor (en su tono de voz se traslucía que comprendía que podían aburrirme esos temas, por la pesadez con que se tratan tantas veces) escribe sobre ello». Como me insistía en que debía ser valiente y decir las cosas claras, pensó que podía necesitar una ayuda extraordinaria.

«¿Quieres una reliquia de Santa Catalina de Siena?» me pre­guntó. Yo sabía que a esa doctora de la Iglesia, Monseñor Escrivá de Balaguer la llamaba «la gran murmuradora», porque decía las verdades del barquero tanto al Papa como al emperador. Siempre con gran respeto, pero con la verdad por delante.

Rápidamente contesté que, por supuesto, la quería, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer yo con una reliquia. Ante mi asombro, el Padre llamó por teléfono de inmediato para hacer el encargo al Vicariato de Roma, y a quien se lo dijo, le explicó: «Compra después de tener la reliquia un relicario femenino, que es para una hija mía». Al dármela, dos días más tarde, me repitió: «Acude a esta santa para que te enseñe a tener la lengua bien suelta. como ella, en defensa de la verdad».

Podría seguir recordando otros muchos detalles de la vida del fundador del Opus Dei. He querido contar algunos que a mí me dejaron patentes rasgos fundamentales de su vida y sus enseñanzas: el amor a todo tipo de trabajo, su sentido del deber, su buen humor, su amor a la libertad. Y, como música de fondo, su empeño por enseñar a hombres y mujeres de cualquier edad, raza y condición social, a hacer de la vida, desde cualquier profesión, un verdadero servicio a la Iglesia y a la sociedad.

Hablaba de lo que él mismo vivía

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Santos Moro Briz, Obispo dimisionario de Ávila
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando le conocí, el fundador del Opus Dei era un sacerdote muy joven –rondaba los treinta años–, muy cordial y simpático: afable y abierto en el trato; elegante y respetuoso al mismo tiempo. Tanto en mi primera impresión como en el trato de amistad que luego nos uniría, estuve siempre íntimamente convencido de su san­tidad de vida. Por esa razón, no me extrañó saber que el Santo Padre Pablo VI, hace ahora unos dos años, dijo al actual presidente gene­ral del Opus Dei, excelentísimo y reverendísimo doctor don Álvaro del Portillo, en una de las audiencias que le concedió, dándole per­miso explícito para contarlo, que Monseñor Escrivá de Balaguer ha sido el hombre que más carismas ha recibido de Dios y que mejor ha respondido.

Después de la primera entrevista, nuestro trato se fue haciendo paulatinamente más intenso y amistoso, como se manifiesta en la correspondencia que hemos mantenido a lo largo de los años. Car­tas que demuestran su hondo sentido sobrenatural y apostólico, así como el respeto cariñoso y lleno de confianza hacia mi, que durante largos años he tenido la carga honrosa de la diócesis de Ávila.

Don Josemaría basaba siempre su labor en modos y medios sobrenaturales. Era extraordinariamente «pedigüeño» de oracio­nes. Me rogaba que encomendara al Señor a sus chicos; que ofre­ciera oraciones por los cursos de retiro que predicaba a sacerdotes y religiosos, a universitarios o profesionales, por la santidad y el apostolado… Se puede decir que sentía una plena confianza en la ayuda de Dios y en el poder de la oración para obtenerla. La ora­ción, comentaba en ocasiones, es la gran arma para el apostolado.

Don Josemaría vivía pendiente de cumplir la voluntad de Dios y, aun en medio de las tribulaciones, siempre se mantuvo con un carácter abierto y alegre, de contagiosa simpatía. Muchas veces he comprobado que resplandecían en él tres amores que son característicos de la vida de los santos: el encendido amor a Jesús Sacra­mentado, a la Santísima Virgen y al Papa.

La actitud de contar con el prelado de la diócesis fue siempre norma de su trabajo. A todos los obispos nos hablaba con detalle del Opus Dei, de su naturaleza y de sus fines de su universalidad. En honor a la verdad, debo decir que yo no necesitaba una especial explicación porque tenía plena confianza en la rectitud de su criterio, pero siempre considero un deber hacia mi cargo de obispo y quizá también una obligación de amistad mantenerme al corriente de sus actividades: no era amigo de misterios ni secretos. Por el contrario, era franco y abierto. Lo suyo era la naturalidad: hablaba con cualquiera que tuviese interés limpio en conocer la Obra, sin buscar por eso aplauso y publicidad. Y callaba cuando sabía que se buscarían en sus palabras interpretaciones torcidas. En el Opus Dei, que apuntaba entonces, no había más secreto –co­mo expresaba su fundador- que el de la gestación, como el de la criatura que está en el claustro materno.

La confianza que tenía en el espíritu sacerdotal de don Josemaría y la seguridad en el bien que su palabra haría a los sacerdotes de Ávila, me llevó a encargarle –junto con otro sacerdote- de las tandas de ejercicios espirituales para el clero, que organizamos al terminar la guerra civil española. Eran momentos muy importantes para organizar la diócesis, agrupar al clero alrededor del obispo y unirlo en auténtica fraternidad. Yo estuve presente, como es natu­ral, y como resumen de aquellos días puedo destacar la fuerza que tenía la predicación de aquel sacerdote joven, que hablaba de lo que él mismo vivía: de las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hechas obras en las cosas menudas de cada día.

Siempre fue muy generoso a pesar de las indudables dificultades por las que tuvo que pasar; por ejemplo, nunca quiso recibir estipendio alguno por los numerosísimos ejercicios espirituales que dirigía. Don Josemaría prestaba toda la ayuda que podía con su trabajo personal. Ese mismo espíritu es el que siguen practicando sus hijos que colaboran en la formación de sacerdotes y laicos.

Puede decirse así, que los obispos en cuya diócesis se desarrollan apostolados promovidos por el Opus Dei o por sus socios, cuentan, de hecho, con obras que repercuten tan inmediatamente en el bien de la diócesis como las que pueden promover sus sacerdotes o las que llevan a cabo directamente.

Me parece que es digno poner de relieve el esfuerzo de don Josemaría en favor y ayuda de los sacerdotes diocesanos. La intensa ayuda que estos sacerdotes reciben de los socios del Opus Dei es un inefable beneficio para cada diócesis y para toda la Iglesia. El espíritu de Monseñor Escrivá de Balaguer, presente en sus hijos. les lleva a ser fieles y leales colaboradores de los obispos y servidores desinteresados de las diócesis procurando, al mismo tiempo, fomen­tar el sentido de fraternidad humana y sobrenatural entre todos los hombres, y especialmente con sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

Desde que Monseñor Escrivá de Balaguer fijó su residencia en Roma, pasaron unos años en los que no pudimos vernos, aunque la amistad y el afecto los conservamos íntegros. En este tiempo pude conocer la prodigiosa expansión de la Obra, el bien que hacía a las almas y la inmensa ayuda que toda la Iglesia recibía por su acti­vidad apostólica en los más variados campos. No debe extrañar este paréntesis en nuestro trato; la única razón que hubo fue mi propósito de no robarle un tiempo valiosísimo para la Obra y para la Iglesia entera; pero, como he dicho, mi afecto profundo y mis ora­ciones los tuvo en cada momento.

Volví a ver a don Josemaría con ocasión de la erección de la Universidad Navarra. Creí mi deber asistir, no sólo por mi amistad hacia quien la había hecho posible, sino porque la erección de esta universidad revestía una importancia cultural y apostólica de pri­mera magnitud. Así que quise unirme a la bendición de todo el Epis­copado español, estando presente entre los muchos prelados asis­tentes. Todavía recuerdo –me parece que los estoy viendo– el gesto personal y expresivo de don Josemaría, cuando caminando en la presidencia del espléndido cortejo del profesorado de la universi­dad, me acerqué a él para manifestarle mi satisfacción y mi alegría; se llevó las manos a la cabeza y me dijo: «¡Señor obispo, qué ver­güenza; qué vergüenza para mí!». Era la expresión inequívoca de su humildad.

No es preciso acudir a detalles como el que acabo de relatar para realzar la profunda y sencilla humildad de Monseñor Escrivá de Balaguer. En él era lo natural: realizar su labor callada y per­severantemente, mirando más a la renovación profunda de las almas que a un ocasional fulgor con raíces menos profundas. Nunca buscó –y le hubiera sido bien fácil- cargos o prebendas.

Quiero terminar estos breves apuntes insistiendo en un aspecto medular del espíritu, la predicación y la vida del fundador del Opus Dei: la llamada universal a la santidad, la búsqueda infatigable de la santificación personal. Desde la atalaya de mi larga vida, cuando los detalles se difuminan en el tiempo y se recogen mejor los grandes trazos, puedo pensar que quizá hubiera podido aprovechar mejor las gracias actuales que suponía contar con el afecto entrañable e inmerecido de aquel insigne sacerdote, verdadero pionero en tantos aspectos de las iluminaciones doctrinales del Concilio Vaticano II, por su afán nobilísimo de difundir y promover por todo el mundo la llamada universal a la propia santificación.

Una amistad que nos unió para siempre

fundador  Tagged , , , , , , No Comments »

Testimonio de Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado Emérito de México
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Han pasado poco más de cincuenta años desde que Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei; nos acercamos al también áureo jubileo de la fundación de su Sección Femenina, y los frutos con que el Señor ha bendecido a esta querida asociación de fieles son un motivo más para agradecer a Dios esta nueva mues­tra de su misericordia.

Desde el primer encuentro que a principios de 1959 tuvimos con Monseñor Escrivá de Balaguer –se encontraba acompañado por el Dr. Alvaro del Portillo, actual presidente general de la aso­ciación, y siempre lo vimos a su lado–, fuimos conscientes de que el Señor nos brindaba con ello una venturosa oportunidad para nuestra vida espiritual. Las visitas que en cumplimiento de nuestro ministerio episcopal debíamos gustosamente hacer al Romano Pontífice nos brindaron igualmente la oportunidad de visitar con frecuencia al fundador del Opus Dei, quien desde 1946 había esta­blecido en esa ciudad su residencia, y de profundizar en nuestra amistad.

En nuestras conversaciones, rebosantes de un gran cariño sobrenatural y humano y en las que Monseñor Escrivá nos atendía sin prisas produciéndonos la impresión de que no había cosa más importante para él que nuestra persona, pudimos descubrir en el fundador del Opus Dei un alma especialmente favorecida por Dios con gracias singularísimas, y cuyo ministerio sacerdotal trascendía a todo el mundo a través de la Obra a él encomendada por voluntad divina.

Esa amistad que nos unió para siempre propició el descubri­miento de campos nuevos para nuestra actividad, todos ellos movi­dos por un genuino espíritu apostólico; y al mismo tiempo, nos pro­porcionó una confirmación alentadora de nuestros trabajos pasto­rales. Especial importancia supuso para nosotros el concepto que de la formación cristiana, plena e integral, tenía Monseñor Escrivá de Balaguer, y que vino a resolver una de nuestras grandes inquie­tudes en el campo del apostolado con los seglares, presente ya desde nuestra ordenación sacerdotal en 1919, y cuya importancia con­firmamos primero en nuestra pequeña Diócesis de Tulancingo en 1937, y posteriormente, en nuestra enorme Archidiócesis de Méxi­co a partir de 1955. Para el fundador del Opus Dei la formación doctrinal significa «el suficiente conocimiento que cada fiel debe tener de la misión total de la Iglesia y de la peculiar participación y consiguiente responsabilidad específica que a él le corresponde en esa misión única». (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Ed. Rialp, Madrid, 976, núm. 2).

A nadie sorprende que estas relaciones inspiradas por Dios y mantenidas con lealtad y fidelidad entre dos sacerdotes pudiesen ser –como de hecho han sido – fuente de inspiración para ulteriores trabajos en nuestras vidas. La visión que los ojos de Cristo tienen del mundo en toda su integridad es la misma que tienen los ojos sacerdotales que procuran mirar con las pupilas del Señor.

Anterior a nuestro encuentro con él había sido el conocimiento de su Obra en México: un horizonte nuevo, alumbrado por la luz de Cristo, se abría ante nosotros como una expansión del mismo campo pastoral en que hemos vivido consagrados; un horizonte dis­tinto, pero indeleblemente marcado con el sello inconfundible de lo divino, que aparecía hasta en el nombre propio: Opus Dei. Ahora que ha cumplido sus primeros cincuenta años de existencia sobre la tierra, podemos sin dificultad comprobar que la Obra es nueva y antigua a la vez: antigua porque es de Cristo; y nueva porque Cristo es de hoy y propende al futuro, y en él se expande con naturalidad; porque Cristo es de siempre.

Desde el comienzo de la labor de la Obra en México con no poca complacencia contemplamos que se ha mantenido una estre­cha y amistosa relación con el Arzobispo Primado. Fue en junio de 1948 cuando mi predecesor, de gratísima memoria, el Excmo. y Rvmo. Sr. Dr. D. Luis Mª Martínez, concedió amabilísimamente la oportuna autorización para que se estableciera en la Archidió­cesis el primer Centro del Opus Dei en México y de América. Y fue el mismo Sr. Martínez, el 19 de marzo de 1949, atendiendo a la invitación que le hiciera el Consiliario en este país, quien celebró por primera vez la Santa Misa en el oratorio de ese centro y dejó el Santísimo Sacramento en el Sagrario. Una prueba más de esa amistad, entre muchas que se podrían señalar, está en el hecho de haber tenido entre los invitados a la Misa que con motivo de nues­tras Bodas de Plata Episcopales celebramos, sin solemnidad alguna pero con profunda piedad, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana, a un sacerdote del Opus Dei.

De todas nuestras fraternas conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, así como de la meditada lectura de sus escritos, que tanto bien han hecho y hacen a las almas, podemos atestiguar lo que siempre hemos visto en sus hijos en estos treinta años de labor de la Obra en nuestro país: su acendrado amor al Romano Pontífice y a la Iglesia toda: su preocupación siempre presente por el bien de las almas, y su fidelidad inconmovible a la doctrina de Cristo y al Magisterio eclesiástico. Pudimos comprobarlo una vez más en esta misma Archidiócesis cuando en 1970, aun antes de ver a sus hijos, vino a pedirnos las licencias necesarias para desempeñar su ministerio durante su estancia entre nosotros.

Con su natural buen humor nos comentaba en esa misma oca­sión: «Antes de ver a las ovejas, quise ver al Pastor». Se cumplía así lo que con tanta insistencia le encarecíamos siempre que le visi­tábamos en Roma: que viniera a México y visitara a esos hijos suyos que con fidelidad ejemplar estaban sirviendo a la Iglesia. Fue sin embargo su profundo amor a la Virgen de Guadalupe lo que le hizo venir a nuestro país, y se cumplió a la letra lo que con anterioridad había dicho: «Cuando vaya a la Villa, tendrán que sacarme de allí con grúa». A lo que recordamos haberle contestado de inmediato: «No seré yo quien la ponga».

Bastan estas ideas para comprender lo que significó para noso­tros recibir, el mes de junio de 1975, de forma súbita e imprevista, la noticia de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, nuestro amadísimo hermano. Aunque mirando este hecho a la luz de la fe, ¿qué podríamos sentir sino que el amor de Dios se lo llevó para tenerlo cerca de Sí y recompensarlo por la vida que él consagró totalmente a la gloria del mismo Señor y al servicio de todas las almas? Al fin y al cabo todos somos peregrinos y transeúntes, y nuestra vida es corta en comparación con la eternidad.

¡Qué bello resultaba descubrir en Monseñor Escrivá una real madurez humana y sobrenatural, puesta al servicio de las almas, con medidas y aspiraciones inspiradas por el Corazón Misericor­dioso de Cristo, que vivió y murió por todos y cada uno de nosotros!

Sabemos que el 50 aniversario de la fundación del Opus Dei, celebrado con el peso de la Cruz por el dolor que supuso la ines­perada muerte de S.S. Juan Pablo I, estuvo impregnado en todos sus hijos del recuerdo de su fundador y del propósito firme de man­tener una estricta fidelidad al espíritu por él predicado y vivido. Serán el ejemplo de su alma sacerdotal, y el recuerdo de su vida y afán apostólico, el alimento vigoroso que dé a su Obra el ímpetu necesario para difundirse con las mismas medidas generosas que su fundador le imprimió.

Tenernos la seguridad de que ese ejemplo de apostolado grabado en todos sus hijos contribuirá a que ese mismo espíritu suscite en el mundo y en todos los cristianos una actividad concorde para cum­plir la voluntad de Dios, que amó a todos los hombres y que a todos los quiere salvos y estrechados entre sus brazos misericordiosos.

Es grande el servicio que el Opus Dei ha prestado y presta a toda la Iglesia; son muchas las almas que al conocer el espíritu del Opus Dei mejoran notablemente la forma de vivir su vida cristiana, y por ello agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios.

No nos resulta fácil expresar en pocas palabras la profundidad del mensaje del Opus Dei, ni el perfil de la riquísima personalidad de su fundador. Pero para quienes tuvimos la gracia de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer y de tratarlo en múltiples ocasio­nes, sintiendo el calor de su sincera amistad, su entrega ejemplar por la Iglesia hasta el instante en que – en olor de santidad– Dios lo llamó a su presencia, y la fecundidad de esta Obra de Dios que ha superado cualquier previsión humana, no podemos menos que agradecer al Señor esta palpable muestra de su amor por la Iglesia: el Opus Dei.

Un venerable siervo de Dios

fundador  Tagged , , , , , , , No Comments »

Testimonio de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Hace muy poco, el 9 de abril de 1990, la Congregación para las Causas de los Santos ha publicado el Decreto que reconoce que el siervo de Dios Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer practicó las virtudes cristianas en grado heroico. Esta es, sin duda, una gran noticia para los numerosísimos católicos que se sitúan en la pos­teridad espiritual del fundador del Opus Dei. En efecto, reconocida la heroicidad de sus virtudes, sólo queda para que el Santo Padre pueda proceder a su beatificación que se pruebe canónicamente al menos un milagro obrado por Dios mediante la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Cuando se reflexiona en la obra de Monseñor Escrivá, uno se siente impulsado a recordar la palabra evangélica: «El árbol se conoce por sus frutos» (Mt 12, 33). ¿Cuáles son esos frutos? Muchos, muchísimos, pero de entre ellos me parece que pueden destacarse tres.

El primero es el de haber impreso en su obra una fidelidad sin restricciones a la fe católica, al magisterio, a la conducción pastoral del Romano Pontífice. En momentos de incertidumbres y vacila­ciones, los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han dado tes­timonio de firmeza en la fe, de adhesión al magisterio y de amoroso apoyo y obediencia al Papa. Esas actitudes, profundamente cató­licas, las bebieron en el ejemplo y en las palabras del siervo de Dios. Para la Iglesia es importante este testimonio, que toca a lo más íntimo de su ser y que apunta al fundamento de su unidad.

El segundo es el de haber dado un impulso muy sólido y vital a una espiritualidad auténticamente laical. Para Monseñor Escrivá la santidad se busca y se consigue en el medio de vida de cada cual y no a pesar de él, sino precisamente a través de él. Es la santificación por el trabajo, de cualquier tipo que sea, haciendo del lugar donde la Providencia de Dios nos ha colocado, la expresión de la voluntad suya de que nos santifiquemos, y el camino para lograrlo. Un trabajo hecho por amor a Dios (ver Col 3, 22s), con competencia profe­sional, ejecutado con alta calidad, pensando que el fruto del trabajo no es sólo una fuente de recursos para satisfacer las propias nece­sidades, sino que es también un aporte a los demás, al bien común, al bienestar de la comunidad.

El tercero es el profundo aporte espiritual, tan concreto y pre­ciso, tan revelador de una rica experiencia personal y de dirección espiritual, constituido por los tres libro Camino, Surco y Forja. Bajo el género literario de «números», aparentemente independientes unos de otros, pero en realidad profundamente conexos y trabados por una visión de la vida y de la espiritualidad característica del fundador del Opus Dei, el siervo de Dios ha proporcionado a milla­res y centenares de millares de discípulos de Cristo un alimento espiritual singularmente apropiado para el hombre de hoy. Son fór­mulas breves, profundas, cargadas de experiencia, utilísimas para recordar verdades de siempre y para hacerse preguntas altamente pertinentes acerca de la propia vida espiritual y del estado real de nuestro seguimiento de Cristo. Como esas «pepitas de oro» apuntan a realidades de carne y hueso y no a vagos sentimientos o a impre­cisas posturas intelectuales plasmadas en frases que suenen bien, pero que dicen poco y exigen menos, sobre todo en lo que más cuesta, los «números» del Venerable Siervo de Dios son, en el mejor sentido de la palabra, «números»: especie de espectáculos del espí­ritu que golpean la inteligencia, la sensibilidad y el amor. Y no cua­lesquiera, sino los que están arraigados en la fe.

Se ha escrito mucho sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, y se escribirá todavía más, pero lo más grande que tal vez puede decirse de él no será nunca escrito, porque Dios, acogiendo su deseo de desaparecer, no dará plena satisfacción a nuestra curiosidad de medirlo todo y de reducirlo todo a estadísticas, sino que se reservará para el día del advenimiento del Señor, y sólo en ese día nos dará a conocer la verdadera dimensión de quien en este mundo fuera el fundador de una escuela y espiritualidad tan propia del siglo XX, del siglo del laicado cristiano y católico.

El reconocimiento de la heroicidad de las virtudes de Josemaría Escrivá de Balaguer es un hecho reconfortante en la valoración de la espiritualidad que hunde sus raíces en el Evangelio y en las ense­ñanzas del Concilio Vaticano II. No tardará la Iglesia en reconocer algún milagro atribuido a su intercesión, el que vendrá a sumarse al «milagro» de sus frutos y de los de su obra.

Aunque el título de «Venerable» no nos autoriza para rendirle culto público, muchos son y serán, cada día más, quienes desde ya lo veneren en el santuario de su corazón.

Homenaje al Fundador del Opus Dei

General  Tagged , , , , , , , No Comments »

Testimonio de Cardenal Humberto Medeiros, Arzobispo de Boston
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Al poco de ser nombrado Arzobispo de Boston, fui a visitar Elmbrook,  un Centro para estudiantes universitarios, situado a corta distancia de la Facultad de Derecho en la Universidad de Harvard, en Cambridge. Elmbrook es uno de los muchos centros universi­tarios dirigidos por el Opus Dei, la Asociación internacional para seglares y sacerdotes, cuyo fin es fomentar la búsqueda de la san­tidad en la vida secular ordinaria. Yo deseaba conocer, más a fondo, esta asociación porque me preocupaba la profunda insatisfacción espiritual de la inmensa mayoría de estudiantes que pedían a gritos una palabra mágica y el amor a Jesucristo.

VIVIR EN LA FE

En Elmbrook encontré a 50 jóvenes que se sentían tan alegres y felices que la conversación fluía con facilidad. La mayoría de lo que me contaron me dejó impresionado. Uno de los muchachos comentó sus esfuerzos para conseguir que algunos de sus compa­ñeros de clase le acompañaran en peregrinación a una ermita de Nuestra Señora. Pregunté a otro sobre la oración, y me contó cómo a través del Opus Dei había aprendido a vivir en la fe con Jesús, María y José, pero no como si fueran abstracciones o algo lejano, sino como personas reales, cercanas, a las que poder llegar de forma sencilla y confiada, como un niño. Otros hablaron de su vocación de fomentar el deseo de vida interior y de servir a otros a través de la actividad profesional de cada uno. La tarde se fue agotando, y yo me olvidé, por completo, de lo cansado que estaba después de todo un día de trabajo, y cuando me despedí me sentí rebosante de optimismo.

En las siguientes semanas, con motivo de mis visitas a otras parroquias de la archidiócesis, pude conocer a otros miembros del Opus Dei; amas de casa y profesionales, que me hablaron de su apostolado personal en el seno de sus familias y comunidades. Cuan­do me comentaron sus esfuerzos por ser almas contemplativas en su medio secular, me surgieron deseos de conocer al sacerdote que había inspirado este deseo de santidad.

NO BUSCABA LA PUBLICIDAD

Algunos meses más tarde conocí, en su residencia de Roma, a Monseñor Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. Su libro de máximas ascéticas Camino ha vendido casi tres millones de copias pero realmente él no era hombre que buscaba la publi­cidad. Su único deseo era pasar inadvertido para que Dios se mani­festara. Era extraordinariamente franco, tan humilde y modesto, tan calido y cordial, tan entusiasta con la Iglesia y la misión de ésta, que tuve la impresión de conocerle de toda la vida y, por tanto, con derecho a llamarle «padre» como lo hacían más de 60.000 hom­bres y mujeres, que por entonces se esforzaban, en todo el planeta, en lograr su santificación dentro del Opus Dei a través de sus ocu­paciones diarias, siguiendo la espiritualidad laica que él les había enseñado.

Él tenía setenta años cuando tuvimos la primera y, desgracia­damente, última charla, pero su vitalidad era sorprendente. Reco­nocí en él a alguien que está muy cerca de Dios, una auténtica roca de fe. «Eso es lo que necesitamos», me dije después de despedirnos. «Un hombre de oración, un hombre que confiesa abiertamente su gran devoción a Nuestra Señora y su amor a la Iglesia y al Santo Padre».

Me contaron que el 26 de junio de 1975, dirigiéndose a un grupo de sus hijas, en un centro del Opus Dei en la residencia de mujeres de Castelgandolfo, dijo: «Debemos amar a la Iglesia y al Santo Padre, sea quien fuere, y pedir a Dios que nuestro servicio a la Igle­sia y al Santo Padre sea eficaz». Éstas fueron, prácticamente, sus últimas palabras, ya que una hora más tarde, de forma rápida e inesperada, murió en Roma, tras una mañana de intenso trabajo pastoral.

COMPASIÓN Y HUMOR

Después de su muerte he continuado «viendo» a Monseñor Escrivá de Balaguer gracias a las maravillas de la tecnología moder­na. He podido contemplarle en películas, que le muestran de pie en salones, abarrotados, de toda Europa y América, derrochando compasión y humor, afirmando en sus respuestas que la Iglesia, la Esposa de Cristo, será por siempre el pilar de la verdad. El camino de santidad, dice dirigiéndose a su audiencia, así como el método para alcanzar una vida interior plena, es el de siempre; los sacra­mentos, la oración y el sacrificio, la santificación del trabajo diario y el cumplimiento de las obligaciones cristianas en el mundo.

En realidad Monseñor Escrivá de Balaguer había estado pre­dicando la llamada universal a la santidad desde 1928; la santifi­cación a través y en las realidades de la vida cotidiana en la tierra. Estos aspectos de espiritualidad laica fueron incorporados, años más tarde, a los documentos del Concilio Vaticano II.

EL PADRE

Igualmente he continuado «viéndole» en Roma, donde a menudo visitó la casa donde nos encontramos aquella primera vez. Allí, en una preciosa cripta, una losa de mármol verde con la ins­cripción «El Padre», señala el lugar donde descansan sus restos. Ami alrededor hay jóvenes que besan la tumba con devoción. Tam­bién hay amas de casa y trabajadores que visitan la cripta, y en silencio le confían sus necesidades. Y con ellos yo también pido al Padre que rece por mí y por todas las almas que me han sido confiadas, y que continúe avivando esos caminos de santidad en la vida secular que comenzó en 1928, hará cincuenta años, el próxi­mo 2 de octubre.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder