Homilía en la Beatificación de Josemaría Escrivá

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Texto de la homilía del Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro durante la Beatificación de Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei.

Opus Dei -

1. “Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22).

A los dos discípulos que iban por el camino a Emaús, Jesús les dice: «¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24, 26).

En la primera Lectura hemos visto a los apóstoles Pablo y Bernabé «confirmando las almas de los discípulos, exhortándoles a permanecer en la fe» (cfr Hech 14, 22). Ellos anuncian la misma verdad de que había hablado Cristo en el camino a Emaús; una verdad que su vida y su muerte habían confirmado: «Es necesario pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.» Por muchas generaciones a lo largo de los siglos, los discípulos de Cristo, crucificado y resucitado, abrazan el mismo camino que el Señor les había indicado. «Os he dado ejemplo» (Jn 13, 15).

2. Hoy se nos ofrece la ocasión de fijar una vez más nuestra mirada en esta vía de salvación: el camino hacia la santidad, y reflexionar sobre las figuras de dos personas que, de ahora en adelante, llamaremos Beatas: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, Fundador del Opus DeI, y Josefina Bakhita, Hija de la Caridad, Canosiana.

La Iglesia desea servir y profesar la verdad completa sobre Cristo, ella quiere ser dispensadora del misterio completo de su Redentor. Si la vía hacia el reino de Dios pasa por muchas tribulaciones, entonces, al final del camino se encontrará también la participación en la gloria: la gloria que Cristo nos ha revelado en su Resurrección.

La medida de dicha gloria nos viene dada por la nueva Jerusalén, anunciada por las palabras inspiradas del Apocalipsis de San Juan: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos» (Apoc 21, 3).

«Ahora hago el universo nuevo» (Apoc 21, 5), dice el Señor glorioso. El camino hacia la «novedad» definitiva de todo lo creado pasa obligatoriamente aquí en la tierra por el mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34).

Este mandamiento nuevo ocupó el centro de la vida de dos hijos ejemplares de la Iglesia, que hoy, en la alegría pascual, son proclamados Beatos.

3. Josemaría Escrivá de Balaguer, nacido en el seno de una familia profundamente cristiana, ya en la adolescencia percibió la llamada de Dios a una vida de mayor entrega. Pocos años después de ser ordenado sacerdote dio inicio a la misión fundacional a la que dedicaría 47 años de amorosa e infatigable solicitud en favor de los sacerdotes y laicos de lo que hoy es la Prelatura del Opus Dei.

La vida espiritual y apostólica del nuevo Beato estuvo fundamentada en saberse, por la fe, hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor al Señor, su ímpetu evangelizador, su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que hubo de superar. «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría nos dice en una de sus Meditaciones tener la cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios.»

Con sobrenatural intuición, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación (cfr. Dominum et vivificantem, 50). En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. «Todas las cosas de la tierra enseñaba , también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios» (Carta del 19 de marzo de 1954).

«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.» Esta aclamación que hemos hecho en el salmo responsorial es como el compendio de la vida espiritual del Beato Josemaría. Su gran amor a Cristo, por quien se siente fascinado, le lleva a consagrarse para siempre a Él y a participar en el misterio de su Pasión y Resurrección. Al mismo tiempo, su amor filial a la Virgen María le inclina a imitar sus virtudes. «Bendeciré tu nombre por siempre jamás»: he aquí el himno que brotaba espontáneamente de su alma y que le impulsaba a ofrecer a Dios todo lo suyo y cuanto le rodeaba. En efecto, su vida se reviste de humanismo cristiano con el sello inconfundible de la bondad, la mansedumbre de corazón, el sufrimiento escondido con el que Dios purifica y santifica a sus elegidos.

4. La actualidad y transcendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y obra de Josemaría Escrivá. Su tierra natal, España, se honra con este hijo suyo, sacerdote ejemplar, que supo abrir nuevos horizontes apostólicos a la acción misionera y evangelizadora. Que esta gozosa celebración sea ocasión propicia que aliente a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei a una mayor entrega, en su respuesta a la llamada a la santificación y a una más generosa participación en la vida eclesial, siendo siempre testigos de los genuinos valores evangélicos, lo cual se traduzca en un ilusionado dinamismo apostólico, con particular atención hacia los más pobres y necesitados.

5. En la Beata Josefina Bakhita encontramos también un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. «Siendo esclava nunca me he desesperado decía , porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía.» El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magdalena de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. «Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios», solía repetir.

6. La nueva Beata transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su «madre morenita» así la llamaban una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita como hermana universal, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico, que llevará ciertamente consuelo a los cristianos de su patria, Sudán, tan duramente probados por un conflicto que dura desde hace muchos años y que ha provocado tantas víctimas. Su fidelidad y su esperanza son motivo de orgullo y de acción de gracias para toda la Iglesia. En este momento de grandes tribulaciones, sor Bakhita les precede por el camino de la imitación de Cristo, de la intensificación de la vida cristiana y de la adhesión inquebrantable a la Iglesia. Al mismo tiempo, deseo una vez más dirigir una cálida exhortación a los responsables de la situación del Sudán, a fin de que lleven a término los ideales afirmados de paz y concordia; a fin de que el respeto de los derechos fundamentales del hombre y en primer lugar el derecho a la libertad religiosa sea garantizado para todos, sin discriminaciones étnicas o religiosas.

Preocupa enormemente la situación de cientos de miles de prófugos de las regiones meridionales, forzados por la guerra a abandonar casa y trabajo; recientemente han sido obligados a dejar también los campos, donde habían encontrado una cierta forma de asistencia, y han sido deportados a lugares desérticos e incluso se ha impedido el paso libre a los convoyes de ayudas de los organismos internacionales. Su situación es trágica y no puede dejarnos insensibles.

Exhorto vivamente a los organismos internacionales de asistencia que sigan enviando su ayuda benévola, necesaria y urgente.

Al saludar a la delegación de la iglesia del Sudán, presente en esta celebración, dirijo mi afectuoso recuerdo, junto con mi plegaria, a toda la Iglesia de aquel país: a los Obispos, al clero diocesano y misionero, a los laicos comprometidos en la pastoral, y también a los catequistas, colaboradores generosos y necesarios para la propagación de la verdad, de la palabra y del amor de Dios. Las poblaciones del Sudán siempre están presentes en mi corazón y en mis plegarias: las encomiendo a la intercesión de la nueva Beata Josefina Bakhita.

7. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros» (Jn 13, 34-35). Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de la Misa de hoy. En esta frase evangélica encontramos la síntesis de toda santidad; la santidad que han alcanzado, por caminos diversos pero convergentes en la misma y única meta, Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita. Ellos han amado a Dios con toda la fuerza de su corazón y han dado prueba de una caridad que ha llegado hasta el heroísmo mediante las obras de servicio a los hombres, sus hermanos. Por eso la Iglesia los eleva hoy al honor de los altares y los presenta como ejemplos en la imitación de Cristo, que nos ha amado y se ha dado a Sí mismo por cada uno de nosotros (cfr Gal. 2, 20).

8. «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31): el misterio pascual de la gloria.

Por medio del Hijo del hombre esta gloria se extiende a todo lo visible y lo invisible: «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado» (Ps 144, 10-11).

Dice el Hijo del hombre: «¿No era necesario que… soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?» Estos son los que de generación en generación han seguido a Cristo: «A través de muchas tribulaciones, ellos han entrado en el reino de Dios.»

«Tu reinado es un reinado perpetuo» (Ps 144, 13). Amén.

12. Fama de santidad

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

En la Presentación de Amigos de Dios, la primera obra póstuma del Fundador del Opus Dei (1977), usted escribió que el Padre “no pretendió jamás ser un autor, a pesar de que figura entre los maestros de la espiritualidad cristiana”. Esto refleja un aspecto de su humildad, que explica su resistencia a publicar libros, aunque (y quizá precisamente por esto) Camino era ya conocido en todo el mundo varias décadas antes. Hablemos ahora de los libros del Fundador, que recapitulo a continuación, con el orgullo de haber preparado sus ediciones italianas. Por orden de composición, el primero es Santo Rosario, escrito en 1931 aunque no se publicaría hasta 1934; Consideraciones espirituales, publicado a ciclostil en 1932, impreso en 1934, y que se amplió y editó con el título definitivo de Camino en 1939; la colección de entrevistas concedidas a la prensa internacional, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, es de 1968; el primer volumen de homilías, Es Cristo que pasa, apareció en 1973. Se han publicado póstumamente Amigos de Dios (1977), Via Crucis (1981), y los otros dos libros de meditación que forman con Camino una trilogía, Surco (1986) y Forja (1987). De carácter científico es el estudio teológico–jurídico La Abadesa de las Huelgas (1944): el Fundador, atento al encuadramiento canónico de la Obra, se interesó por la figura extraordinaria de jurisdicción cuasi–episcopal, de que gozó antiguamente la abadesa de ese monasterio de Burgos.

–Sin duda, las obras de espiritualidad de nuestro Fundador han contribuido decisivamente al nacimiento y difusión de su fama de santidad. Sin embargo, como no buscaba la popularidad, sino el bien de las almas, deseo subrayar que su fama de santidad surgía como consecuencia de los frutos espirituales que obtenían los lectores por la meditación de sus escritos. Disponemos de infinidad de testimonios unánimes en este sentido.

Ya he mencionado el aprecio de Pablo VI hacia Camino, que el Papa utilizaba para su meditación personal. Ese aprecio venía de mucho tiempo atrás, pues uno de los primeros miembros de la Obra que llegaron a Italia, el profesor José Orlandis, entregó en 1945 un ejemplar de Camino al entonces Mons. Montini, quien se lo agradeció con una carta, fechada el 2 de febrero de ese año, en la que decía, entre otras cosas: “Sus páginas son una sentida y poderosa llamada al generoso corazón de la juventud, a la que, descubriéndole elevados ideales, enseñan la senda de la reflexión y seriedad de criterio, que la dispone a vivir plenamente la vida sobrenatural (…). Ofrece ya la consoladora realidad de sus copiosos frutos en el ambiente universitario español. Yo celebro inmensamente que el libro haya tenido tan halagüeño resultado y pido al Señor que siga bendiciéndolo y difundiéndolo, para el bien de muchas almas”.

Son innumerables las personas de toda condición que declaran haber recibido luz y fuerza con la lectura de las páginas de nuestro Fundador. El cardenal Maurice Otunga, Arzobispo de Nairobi, escribió: “Yo no conocí a Mons. Escrivá personalmente, pero he leído muchísimos escritos suyos. Cada vez que he meditado uno de sus libros, he sentido que se hacía posible lo que me parecía imposible: que también yo puedo ser santo”.

Una religiosa española que vive en México, ha referido una historia edificante que tuvo lugar en los años cuarenta. En aquella época, recibió la indicación de trasladarse de España a México, y se dirigió a la Policía para tramitar su pasaporte; surgieron algunos problemas burocráticos y, además, la religiosa se enteró de que el funcionario hacía profesión de ateísmo. No se le ocurrió otra cosa que regalarle un ejemplar de Camino. Consiguió al fin el pasaporte, junto con otra religiosa de su Orden que se marchaba a Colombia. En 1980 regresó a España. Un domingo fue a Misa a la catedral, y a la salida le paró un señor que le dijo: “¡La culpa es suya, la culpa es suya!”. Se quedó sorprendida, y no sabía qué responderle, hasta que el hombre le explicó: “Usted me regaló un ejemplar de Camino antes de marcharse a México, y yo, gracias a aquel libro, me convertí”.

El prestigio del que gozó el Fundador del Opus Dei entre los que le trataron se funde con su fama de santidad. Le pediría que evocase algún testimonio.

–Un capítulo especialmente significativo lo constituyen las declaraciones de muchos seminaristas, sacerdotes y religiosos que, entre los años 1938 y 1945, participaron en alguna de las numerosas tandas de ejercicios espirituales que el Fundador de la Obra predicó por toda España. Me parece interesante recordar el origen de esos testimonios: en aquellos años, como ya he apuntado, se había desencadenado una auténtica campaña de calumnias increíbles contra nuestro Fundador, que fue acusado de hereje, de masón, de embaucar a las almas y ejercitar sobre ellas una influencia nefasta. A pesar de todo esto, muchos obispos diocesanos, que le conocían personalmente y lo consideraban un santo, seguían invitándole a predicar los ejercicios a su clero. De este modo, muchos sacerdotes tuvieron la oportunidad de escucharle, y se sintieron en el deber de defenderle como podían de aquellas acusaciones. Y la manera más sencilla de hacerlo era escribirme a mí: se trata, pues, de testimonios muy próximos cronológicamente a los hechos que describen; en aquellas circunstancias, tienen el gran valor de ser palabras muy sentidas y espontáneas.

Por ejemplo, Mons. Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona, me escribió el 22 de noviembre de 1941: “Muy querido Alvaro: Mi queridísimo amigo Don José María, ese tan buen Padre que Dios os ha dado, ha dictado Ejercicios Espirituales a todos los nuevos párrocos de esta bendita Diócesis de Pamplona, cuyo Clero es ejemplarísimo. Digo a todos, porque aunque nos falta la última Tanda, esperamos que sea también él el que la dicte (…). Que Dios nos lo conserve muchos años, muchos años, para gran gloria de Su santa Iglesia. Vosotros cuidad bien ese tesoro”.

Y el actual Cardenal Ángel Suquía, Arzobispo de Madrid, escribió en 1942, refiriéndose a un curso de ejercicios en el que había participado como seminarista a finales de 1938: “Recuerdo aquel amor a Cristo que respiraban todas sus frases. Conservo imborrable recuerdo de aquellas palabras: Amar a Cristo con locura, con enamoramiento, como un avaro su oro, como un negociante su negocio, como un amante a su amada, como un pobre desgraciado sus placeres sensuales“.

Ya he mencionado que, del 3 al 11 de octubre de 1944, nuestro Fundador predicó los ejercicios a los Agustinos del Monasterio de El Escorial, con su salud muy maltrecha: tenía un antrax enorme en el cuello, y una fiebre altísima. Fue entonces cuando le diagnosticaron la diabetes; sin embargo, cumplió su compromiso de predicarles. El Provincial de los Agustinos, Padre Carlos Vicuña, me escribió el 26 de octubre: “voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don José María Escrivá a los religiosos agustinos del Real Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores; ahora esperamos de Dios que el fruto sea muy abundante. Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse; sus conferencias de 30 y 35 minutos les parecían de sólo diez, cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón. ‘Le sale de dentro, habla así porque tiene vida y fuego interior’; ‘es un santo, un apóstol; si le sobrevivimos muchos de nosotros le hemos de ver en los altares…’, son las expresiones que he escuchado de los oyentes. Es muy de notar la rara unanimidad en los elogios, sobre todo tratándose de un auditorio de intelectuales y especialistas en gran proporción. No se ha oído una sola voz menos favorable. Es verdad que venía precedido de una aureola de santo, pero no es menos cierto que, lejos de defraudarla, la ha confirmado”.

Expresiones semejantes utilizan numerosos sacerdotes que escucharon a nuestro Fundador, tanto en Roma como en distintos países europeos a partir de 1946, o durante sus viajes a América en los años 1970, 1974 y 1975.

Ya he recordado el aprecio que le tenían Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Añadiré que Pablo VI, durante la audiencia que me concedió el 5 de marzo de 1976, afirmó que consideraba al Fundador del Opus Dei “como uno de los hombres que han recibido más carismas en la historia de la Iglesia, y que han correspondido con mayor generosidad a los dones de Dios”; me repitió estas ideas en otra audiencia del 19 de junio de 1978, en la que agregó que había podido advertir, desde el día que lo conoció en 1946, el carácter excepcional de su figura en la historia de la Iglesia.

Deseo evocar también al Cardenal Ildefonso Schuster, Arzobispo de Milán: con profunda convicción, aseguraba a los miembros de la Obra que estaban comenzando las actividades apostólicas en la capital lombarda, que nuestro Fundador era uno de esos santos que la Providencia divina suscita de tarde en tarde, a distancia de siglos, para renovar a la Iglesia. Y lo parangonaba con los grandes fundadores: San Bernardo, San Francisco… También a mí me expresó el Cardenal Schuster su admiración por el Padre con palabras semejantes.

El conocido escritor Mons. Hubert Jedin ha declarado: “Como historiador de la Iglesia puedo afirmar que una influencia tan profunda y universal en la Iglesia de Dios sólo puede generarla un hombre cuando éste se ha puesto por completo a disposición de Dios, convirtiéndose en un instrumento para la santificación de los demás y para la realización del Reino de Dios sobre la tierra. La fecundidad del Fundador del Opus Dei no habría sido posible si no hubiese sido santo”.

Una anécdota más entre las numerosas que se podrían citar. Durante la breve estancia de nuestro Fundador en Guatemala, con ocasión de su viaje a América Latina, en 1975, el Cardenal Casariego, Arzobispo de la Ciudad de Guatemala, manifestó muchas veces el deseo de recibir su bendición. La misma tarde en que llegó, cenaron juntos, y al final, el Cardenal se arrodilló y le pidió que le bendijera; entonces nuestro Fundador se puso de rodillas y le replicó: Yo no doy la bendición a un Cardenal. Ante la insistencia del purpurado, se limitó a hacerle la señal de la cruz en la frente, ganándose su amable protesta: “No me ha dado la bendición hoy, pero no le dejaré marcharse de Guatemala sin que lo haya hecho”. El día de la partida, el Cardenal Casariego vino a buscarlo al Centro de la Obra donde estábamos alojados; entraron juntos en el oratorio y estuvieron unos momentos rezando. Al terminar, mientras el Padre se levantaba para salir, el Cardenal se interpuso y exclamó: “En la presencia de Jesús Sacramentado y delante de estos hijos suyos, ¡no me muevo de aquí, si no me da la bendición!”. Mario, usted obtiene de mí lo que nadie consigue, respondió nuestro Fundador, que se vio obligado a ceder. Después el Cardenal declaró: “¡No podía perderme la bendición de un santo!”.

Durante aquella estancia en Guatemala, sufrió graves molestias físicas y tuvo que renunciar a tener tertulias con muchas personas a las que deseaba hacer llegar su predicación. A pesar de todo, el día en que nos fuimos, millares y millares de personas acudieron al aeropuerto, solamente para verle, aun de lejos, y recibir su bendición.

En su corazón, los miembros de la Obra consideraban un santo a su Fundador, aunque no lo mostrasen externamente, para no provocar sus protestas. Deseaban tener una fotografía suya, y los que consiguieron alguna, con palabras de su puño y letra, la conservaron como una joya que con el tiempo sería una reliquia. Usted, que ha estado a su lado durante cuarenta años, conservará seguramente algunos recuerdos muy personales.

–Desde 1950 el Padre tuvo que acudir al dentista con frecuencia: iba a la consulta de un buen amigo mío, el doctor Hruska. Le pedí que me entregase a escondidas, después de cada sesión, las piezas dentales extraídas, porque quería conservarlas. Aunque intentamos que no se diese cuenta, el Padre acabó enterándose. Y un día de 1961, mientras estaba yo ingresado en una clínica de Roma para someterme a una intervención quirúrgica, el Padre pidió a don Javier Echevarría que le ayudase a descubrir dónde las había guardado: estaba firmemente decidido a tirarlas, porque no quería que conservásemos ningún recuerdo de su persona: Vamos a buscar estas porquerías, le dijo.

En la vida del Fundador se han verificado algunos sucesos extraordinarios, intervenciones sobrenaturales, especialmente ligadas a la fundación de la Obra. Le rogaría que hablase un poco de este aspecto de la vida de un santo.

–No veo posible abordar este tema de un modo exhaustivo y detallado. Su humildad y su prudencia le llevaban a silenciar este tipo de sucesos, aunque no negase que se habían dado en su vida, más de una vez, intervenciones extraordinarias de Dios. De acuerdo con las indicaciones expresas de la Santa Sede, nos hablaba de estos temas pensando en el bien de nuestras almas, pero contando lo mínimo indispensable.

Además, estoy persuadido de que, así como quemó el primero de sus cuadernos de apuntes espirituales, porque reflejaban numerosos hechos sobrenaturales, es muy probable que nunca nos haya revelado muchos otros, sólo conocidos por Dios. Quería evitar, a toda costa, que leyendo aquellos apuntes, alguno pudiese pensar que era un santo.

Por otro lado, no conviene olvidar que el núcleo del espíritu que el Señor confió al Fundador del Opus Dei consiste en esforzarse por encontrar a Dios en la vida ordinaria y a través de las ocupaciones habituales: nada más opuesto, por tanto, a resaltar los fenómenos extraordinarios. Nuestro Fundador repetía con frecuencia: A mí me bastan los milagros del Evangelio; y, en efecto, su conducta y su predicación se distinguieron por la exaltación del valor de las situaciones más normales, y el empeño por imitar la vida oculta de Jesús.

Recuerdo que el 2 de octubre de 1968 el Padre pasó el quadragésimo aniversario de la fundación de la Obra en Pozoalbero, una casa de retiros en Jerez de la Frontera. También le acompañaba yo. Durante una tertulia familiar, agradeció a los que estaban allí que ninguno le hubiera preguntado sobre la fundación del Opus Dei: seguramente –añadió–, se le habría escapado alguna confidencia íntima. Entonces le preguntamos con insistencia cómo había intervenido el Señor en el nacimiento de la Obra, pero el Padre, con habilidad, eludió las preguntas; después nos dijo en tono serio: Hijos míos: intencionadamente no he querido contaros nada. Yo os mentiría si os dijera que el Señor no ha tenido conmigo intervenciones extraordinarias. Las ha tenido siempre que han sido necesarias para la marcha de la Obra. (…) Pero, muy especialmente en un día como hoy, no he querido contaros nada de eso, para que se os quede muy grabado, y lo repitáis en el futuro a vuestros hermanos, que el camino nuestro es lo ordinario: santificar las acciones vulgares y corrientes de cada día, hacer endecasílabos –poesía heroica– de la prosa diaria.

No obstante, deseo recordar algunos sucesos extraordinarios de los que he tenido conocimiento. Ya me he referido a que las locuciones interiores fueron uno de los modos elegidos por el Señor para modelar el alma de nuestro Padre: eran, como solía explicar, locuciones intelectuales, sin ruido de palabras, pero que permanecían como grabadas a fuego en mi alma. Algunas, especialmente importantes, se han dado a conocer ya en las biografías del Padre publicadas: hablaré de otras, a título de ejemplo.

Con frecuencia, aquellas inspiraciones consistían en una comprensión singularmente profunda de algún texto de la Sagrada Escritura. Sucedía así: de pronto, le afloraba a los labios con insistencia un versículo de un salmo o algún otro texto que no se había detenido a meditar hasta entonces con particular atención; después, también de modo repentino e irresistible, sin que la hubiese buscado, se le manifestaba una interpretación espiritual absolutamente nueva, que hacía más elevada aún su contemplación: el Espíritu Santo le tomaba por sorpresa y le mostraba, sin lugar a dudas, que todo era obra del Señor. En sus apuntes íntimos figuran muchos ejemplos.

El Padre me contó que, en medio de las grandes dificultades de los comienzos, el Señor le hacía ver toda su impotencia, pero no dejaba de sostenerle con la serena certeza de la ayuda divina. Así, el 12 de diciembre de 1931, imprimió en su alma, con fuerza inusitada, estas palabras: Inter medium montium pertransibunt aquae (Ps. 103, 10; cfr. Camino n. 12), a pesar de los obstáculos, la Obra se extenderá por todas partes.

Dando un salto en el tiempo, me detendré ahora en algunas locuciones del Señor que tuvieron lugar en época más reciente. Si toda su existencia estuvo sellada por la Cruz, los últimos años parecen quizá más dolorosos: la razón de su profundo sufrimiento fueron los malos tratos inferidos a la Iglesia por tantos que deberían haberla amado y defendido. Errores doctrinales, desórdenes morales y disciplinares, abiertas desobediencias en materia litúrgica, una sangría casi imparable de vocaciones sacerdotales y religiosas, junto a la confusión difundida dentro del Pueblo de Dios, le hicieron padecer un prolongado y agudísimo calvario. Y, en medio de aquella turbación, el Señor intervino: el 8 de mayo de 1970 hizo resonar en su alma, enriqueciéndola con luces nuevas, las palabras: Si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr Rom 8,31). Reafirmado en su fe, tuvo la clara confirmación de que el Esposo no había abandonado a su Iglesia y que la llevaría indefectiblemente a buen puerto después de la tempestad; al mismo tiempo, se consolidó en su alma la conciencia de su responsabilidad y de la de todo el Opus Dei en la tarea de confirmar y propagar la recta doctrina.

La esperanza no atenuó la intensidad de su dolor. Aunque estaba agradecido a Dios por haber ahorrado al Opus Dei tantas tribulaciones, le acuciaba el pensamiento de la tristísima situación que atravesaba la Iglesia. El 6 de agosto de 1970, el Señor hizo resonar en su mente con gran ímpetu las palabras de Isaías: Clama, ne cesses! (Is. 58, 1), y comprendió que Dios le pedía no sólo multiplicar su oración y su penitencia, sino también hacer llegar lo más lejos posible, a través de una predicación enérgica e insistente, la exhortación a la más rigurosa lealtad a la Iglesia. Ésa fue la razón de que el 4 de octubre de 1972 saliera hacia la Península Ibérica, y regresase a Roma el 30 de noviembre, después de haber recorrido España y Portugal: fueron dos meses de infatigable catequesis, en los que su ardiente mensaje de fidelidad llegó a cientos de miles de almas. Más adelante, concretamente del 22 de mayo al 31 de agosto de 1974, y después en febrero de 1975, ya pocos meses antes de su muerte, realizó dos viajes a América Latina: recorrió siete países, desarrollando por todas partes una vasta e intensa catequesis en encuentros con millares de personas que acudían a escucharle. Deseo añadir que estas locuciones interiores, descritas brevemente, además de constituir un nuevo estímulo a la heroica abnegación con que nuestro Fundador gastaba sus energías en servicio de la Iglesia, alimentaron también su certeza en la futura solución del problema de la configuración jurídica definitiva del Opus Dei.

Así, pues, no faltaron en la vida del Padre los dones extraordinarios.

–Soy testigo de cómo sabía dar respuesta precisa a problemas de los que ni siquiera le habían hablado, y de cómo “veía” sucesos que estaban ocurriendo en sitios lejanos, o que tendrían lugar en el futuro. Contaré un hecho, del que fui protagonista en 1939. Al terminar la guerra civil, nuestro Fundador regresó a Madrid. Durante algunos meses no pude estar a su lado, porque el ejército me destinó a un batallón en Olot (Gerona), cerca de la frontera con Francia; tenía el mando de la primera Compañía. Allí conocí a Fernando Delapuente, un teniente muy simpático con el que comencé a hacer apostolado. Un día recibí una carta de nuestro Fundador en la que me decía, más o menos: “Dile a tu compañero Delapuente, que lo que le ha pasado hoy se debe a esto y a esto otro”. Me quedé asombrado: yo no había hablado al Padre ni siquiera de la existencia de aquel amigo mío; además, en la inmediata posguerra, por el pésimo estado en que se encontraban las vías de comunicación, trasladarse de Olot a Madrid era una empresa que llevaba varios días y Fernando no había estado en Madrid, ni conocía al Fundador. Decidí invitar a mi amigo a dar un paseo a caballo fuera de la ciudad, donde podríamos estar más tranquilos. Así le pude contar todo con calma. Fue tal su sorpresa que se cayó de la silla. Me dijo que había pasado un momento verdaderamente difícil y me explicó las razones, añadiendo que hasta entonces no se lo había contado a nadie. Naturalmente, siguió encantado los consejos del Padre.

También por aquella época, sucedió que unas chicas insidiaban a un miembro de la Obra. Pronto supimos que precisamente el día en que intentaban ponerle en un compromiso, nuestro Fundador se encontraba con unos hijos suyos y de repente exclamó: En este momento un hermano vuestro necesita mucha ayuda. Vamos a rezar un Memorare por él. Debo precisar que la persona interesada no había tenido tiempo de informarle de nada. El peligro se desvaneció al instante. Así nació entre los miembros del Opus Dei la costumbre de rezar, por lo menos una vez al día, esta oración que el Padre llamaba oratio saxum, porque la consideraba un apoyo seguro para aquel miembro de la Obra que le hiciera más falta en aquel momento.

En 1948, durante un viaje a Sicilia, nuestro Fundador conoció a don Francesco Ricceri, un sacerdote que desarrollaba su ministerio en Catania; le habló sobre el espíritu y los apostolados del Opus Dei. Yo estaba presente, pero prefiero describir la escena con las propias palabras de su protagonista, que tomo textualmente de la relación que hizo, el 21 de febrero de 1978, cuando era Obispo de Trapani: “Fascinado por la hermosura de esta institución, pedí insistentemente al Padre que abriese una residencia del Opus Dei en Catania, donde yo le habría ayudado con todas mis fuerzas, ya que era el párroco de una parroquia muy bien situada, y Consiliario de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana). El Padre me fue dando largas hasta que, ante mi insistencia, respondió: “Si usted se quedase en Catania, me animaría a abrir con su ayuda la residencia, pero usted se irá. ¿Cómo podrá ayudarme?”. Yo repuse que no tenía ninguna intención de alejarme de Catania y el Padre, mirándome fijamente con sus ojos penetrantes, añadió: “Sepa que dentro de unos años le harán obispo y deberá dejar Catania”. Yo tomé esas palabras como una salida ingeniosa, pero los hechos confirmaron, en 1957, que habían sido proféticas”. En la tarjeta que Mons. Ricceri envió a nuestro Fundador el 24 de abril de 1957 para comunicarle su inminente consagración episcopal, afirmaba que no podía “poner en duda el espíritu profético” del Padre.

En Burgos, en 1938, un alto cargo de la administración pública amenazó con poner una denuncia calumniosa contra un miembro de la Obra, Pedro Casciaro. Sobre la base de un hecho real –la colaboración del padre de Pedro con el gobierno republicano–, este señor pretendía acusarle de ser masón y comunista y le atribuía la responsabilidad de numerosos asesinatos de gentes de derecha en Albacete. Afirmaba, además, que el propio Pedro Casciaro era comunista, y que había propagado esta ideología en Albacete, con ocasión de las elecciones de febrero de 1936, en las que triunfó el Frente Popular; concluía de todo esto que era un infiltrado en la “zona nacional”, con la misión de actuar como espía en el ejército de Franco y, más concretamente, en el cuartel del general Orgaz.

La acusación era absolutamente falsa, aunque se basaba en una verdad parcial, y en aquellas dramáticas circunstancias una denuncia de este tipo resultaba gravísima; Pedro corría el peligro de ser condenado a muerte, en un momento en que los procesos militares eran a menudo sumarísimos, sin todas las garantías necesarias para probar la verdad.

Nuestro Fundador intentó disuadir al acusador, para que no cometiera una injusticia tan grave: fue a verle, acompañado por el profesor José María Albareda. La conversación fue tremendamente dura. Aquel señor mantenía una postura fría e insolente. Nuestro Fundador defendió a Pedro con la serenidad más completa y con todo el cariño paterno de que era capaz. Al principio con dulzura y, después, con gran energía, trató de hacer comprender al interesado que iba a cometer una injusticia: arrancar a la madre de Pedro, de un solo golpe, al hijo y al marido. Le invitó a pensar en su propia mujer.

Pero el hombre replicó que, como en aquel momento era imposible detener y castigar al padre, el hijo tenía que pagar por él, aunque fuese inocente; además –observó–, muchos inocentes morían en el frente o en las prisiones de la “zona roja”. Con una fortaleza que impresionó mucho a José María Albareda, nuestro Fundador le explicó que semejante postura era inconcebible en un cristiano que sabe que deberá dar cuenta a Dios de sus acciones. Añadió que no le gustaría estar en su lugar y presentarse al juicio divino con un rencor tan injusto en el alma. Le exhortó a pensar que el Señor podría llamarle aquel mismo día a responder de lo que iba a hacer o, incluso, castigarle en sus propios hijos. Pero ni las súplicas llenas de caridad, ni la fortaleza del Padre lograron ablandar el corazón de aquel infeliz, que repetía obstinadamente: “¡Lo tienen que pagar, el padre o el hijo!”.

Nuestro Fundador salió entristecido y en silencio del despacho del funcionario. José María Albareda estaba impresionado tanto por el modo en que había defendido a Pedro, como por la dureza y hostilidad demostrada por su interlocutor hasta el último momento. El Padre bajó las escaleras con la mirada baja, y como pensando en voz alta, dijo: Mañana o pasado, entierro.

Aquel mismo día, por la tarde, nuestro Fundador salió de casa en compañía de otro hijo suyo para hacer unas gestiones: también a él le contó lo sucedido y con voz dolorida repitió, aludiendo a la familia del que acusaba a Pedro: Mañana o pasado, entierro. Poco después, el que le acompañaba se paró de repente, y palideció: acababa de leer el anuncio de la muerte repentina de aquel funcionario. Como era costumbre en Burgos, la esquela estaba colocada en los escaparates de los comercios y en los muros de las casas. Nuestro Fundador rezó un responso y dijo que había “interpretado” mal: al oír interiormente las palabras “mañana o pasado, entierro”, había pensado que iba a morir un hijo de aquel hombre, que era de la misma edad que Pedro Casciaro, y en aquel momento se encontraba en el frente.

La noticia afectó tanto al pobre Pedro que se puso enfermo y tuvo que meterse en cama. Nuestro Fundador procuró serenarlo, y le animó a dar gracias a Dios por el modo en que le había protegido a él y a su padre. Le dijo que no se preocupara por la suerte de aquel pobre hombre: aunque el hecho era verdaderamente muy doloroso, tenía la certeza moral de que el Señor se había compadecido de él, y le había concedido la gracia del arrepentimiento final. Le confió que, desde que había salido del despacho, no había dejado de rezar por él y por sus hijos.

Son sucesos impresionantes que ponen de manifiesto su grado de intimidad con Dios. He oído hablar también de la “Virgen de los Besos”, una imagen que el Padre besaba siempre antes de salir de casa.

–Como disponemos de algunos de sus apuntes íntimos, en el quinto cuaderno hemos encontrado esta anotación, que refleja, a un tiempo, los favores divinos de que nuestro Fundador fue objeto, su humildad y su obediencia:

Octava del patrocinio de S. José, 20–IV–32: Después, si tengo tiempo, tomaré muchas otras notas retrasadas. Ahora quiero anotar algo, que pone ¡una vez más! de manifiesto la bondad de mi Madre Inmaculada y la miseria mía. Anoche, como de costumbre, me humillé, la frente pegada al suelo, antes de acostarme, pidiendo a mi Padre y Señor San José y a las Animas del purgatorio que me despertaran a la hora oportuna. (…) Como siempre que lo pido humildemente, sea una u otra hora la de acostarme, desde un sueño profundo, igual que si me llamaran, me desperté segurísimo de que había llegado el momento de levantarme. (…) Me levanté y, lleno de humillación, me postré en tierra (…) y comencé mi meditación. Pues bien: entre seis y media y siete menos cuarto vi, durante bastante tiempo, cómo el rostro de mi Virgen de los Besos se llenaba de alegría, de gozo. Me fijé bien: creí que sonreía, porque me hacía ese efecto, pero no se movían los labios. Muy tranquilo, le he dicho a mi Madre muchos piropos.

Esto, que acabo de contar de intento con tantos y tan nimios detalles, me había sucedido otras veces. No le di importancia, no atreviéndome casi a creerlo. Llegué a hacer pruebas, por si era sugestión mía, porque no admito fácilmente cosas extraordinarias. Inútilmente: la cara de mi Virgen de los Besos, cuando yo positivamente, tratando de sugestionarme, quería que sonriera, seguía con la seriedad hierática que tiene la pobre escultura. En fin, que mi Señora Santa María, en la octava de San José, ha hecho un mimo a su niño. ¡Bendita sea su pureza!

Día de S. Marcos, 25–IV–32: Esta mañana estuve con mi padre Sánchez. Tenía decidido contarle lo del día 20: sentí cierta repugnancia o vergüenza. Me costó, pero se lo dije.

¿Se han dado también intervenciones extraordinarias a través de otras personas?

–Curiosa pregunta. Me viene a la cabeza lo que sucedió en 1935, cuando el Fundador instaló el primer oratorio de un Centro de la Obra, la Residencia de la calle de Ferraz. Era una época de gran estrechez económica, y al Padre le costó trabajo reunir muchos de los objetos litúrgicos y los ornamentos necesarios, pobres pero dignos. Para el Sagrario –lo he mencionado ya–, se dirigió a la Madre Muratori, una religiosa Reparadora que le apreciaba mucho. Esta buena monja le prestó uno de madera; pero parecía imposible conseguir las cosas que faltaban, o el dinero para comprarlas. Entonces el Padre se acordó de la frase de la Sagrada Escritura Ite ad Ioseph, con la que el Faraón respondía a los egipcios cuando le pedían pan. Y empezó a invocar al santo Patriarca, San José, y a pedirle lo necesario para poder tener en casa el Pan eucarístico. Un buen día –él mismo me lo contó–, se presentó un señor en la portería del edificio de la residencia y dejó un paquete. Cuando el Padre lo abrió, vio que contenía, exactamente, los objetos que faltaban para poder empezar el culto.

¿Se dieron casos de favores obtenidos por su intercesión cuando aún vivía?

–En el archivo de la Postulación del Opus Dei se conservan algunos testimonios sobre curaciones obtenidas por la intercesión de nuestro Fundador cuando aún estaba entre nosotros, atribuidas a los méritos de su vida santa; a veces, se trata de favores realmente importantes; otras, de pequeñas gracias obtenidas repentinamente y de un modo humanamente inexplicable.

Estos sucesos muestran que ya durante la vida de nuestro Fundador se le atribuía un particular poder de intercesión delante de Dios: quienes le conocían estaban convencidos de su profunda unión con el Señor, y se sentían impulsados a confiarle las penas y dolores que tenían. Conocí casos, al inicio de los años cuarenta, en que los interesados invocaban a nuestro Fundador en sus oraciones, y presentaban al Señor los méritos de sus virtudes para mover a la misericordia divina a conceder las gracias que pedían. Con significativa naturalidad, estas personas se anticiparon a lo que hacen hoy decenas de miles de fieles en todo el mundo: invocar al Fundador del Opus Dei confiándole sus necesidades.

Por otra parte, más que las intervenciones prodigiosas de nuestro Fundador durante su vida –que no faltaron, desde luego–, me parece más importante, como prueba de su fama de santidad, este hábito de invocarlo privadamente cuando aún vivía, y la gran confianza con que encomendaban a su oración las más graves necesidades. Nuestro Fundador, tuvo fama de que conseguía “favores”, cuando aún estaba en esta tierra.

Recuerdo el siguiente. Por trabajar constantemente a su lado, le he acompañado en la lectura de muchísimas cartas de personas que le contaban sus sufrimientos y se confiaban a su oración; soy testigo de cómo asumía estos problemas y de la fuerza con que los encomendaba al Señor, casi sintiéndose responsable de “arrancar” de las manos de Dios esas gracias. Especialmente recuerdo la impresión que me producía en tantas ocasiones en que quedaba recogido unos momentos después de la lectura de una carta y adoptaba luego un gesto de absoluta tranquilidad, que traslucía la certidumbre de que el asunto se había resuelto. En este sentido me impresionó singularmente el caso de un niño, Octavio Sitjar de Togores, que tenía la boca y el paladar completamente quemados y deformados a causa de un accidente. Cuando el padre de Octavio le contó los sufrimientos del niño, nuestro Fundador le dijo que estaba seguro de su curación, como si tuviese certeza de que el Señor había escuchado su súplica, como realmente sucedió. Recuerdo la misma confianza en el caso de un obrero que, durante la construcción de Cavabianca, sufrió un accidente de trabajo y se cortó la mano derecha y parte del antebrazo: durante varios días el Padre rezó intensamente por su curación, hasta que dejó de preocuparse, con la convicción de que aquel hombre se recuperaría y volvería al trabajo, como sucedió.

6. Familia y milicia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

02 de diciembre de 2008

El Beato Josemaría, que llamaba al cuarto mandamiento el dulcísimo precepto, ha enseñado con su ejemplo a amar a los padres y a la familia con ternura, pero también con el desprendimiento de quien se entregó por entero a Dios. Su hogar respiró un clima profundamente cristiano, lleno de dignidad y señorío incluso en medio de estrecheces económicas, y aprendió algunas costumbres que trasladó con naturalidad a los Centros de la Obra. Don José Escrivá murió repentinamente cuando sólo tenía cincuenta y siete años, el 27 de noviembre de 1924. ¿Cómo se comportó el Padre en aquellas circunstancias?

–Fue un golpe muy duro, tanto más porque nada hacía presagiar ese desenlace. Aquel 27 de noviembre, don José Escrivá se levantó a la hora de siempre, sin sentir ningún malestar; o si lo tuvo, no dijo nada. Después del desayuno, rezó un rato de rodillas ante la imagen peregrina de la Virgen Milagrosa, que se llevaba por devoción popular de casa en casa, y que esos días estaba en la suya. Antes de salir hacia su trabajo, se entretuvo también jugando con su hijo pequeño, Santiago, que entonces tenía cinco años. De pronto, ya en la entrada de la casa, se encontró indispuesto, se apoyó en la jamba de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento.

Al oír el ruido, acudieron rápidamente doña Dolores y su hija Carmen. Avisaron inmediatamente al párroco y al médico, y trasladaron su cuerpo inerte a una habitación. El doctor diagnosticó que no se podía hacer nada; dos horas después moría, sin volver en sí, pero habiendo recibido los últimos Sacramentos.

Se envió un telegrama al Padre –que estaba en el Seminario de Zaragoza–, para que viniese urgentemente, pues su padre no se encontraba bien. En realidad, nuestro Fundador comprendió desde el primer momento la verdad, porque –como nos confió años después– Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza y Presidente del Seminario, le comunicó inmediatamente la noticia.

Con el permiso del Rector, tomó el primer tren para Logroño. Salió a esperarlo a la estación Manuel Ceniceros, empleado del negocio de tejidos La Gran Ciudad de Londres donde don José trabajaba después del cierre de su empresa de Barbastro. Manuel Ceniceros –que era quien había puesto el telegrama– le confirmó enseguida la muerte de don José. Años más tarde, el Padre me contó que se había dirigido rápidamente hacia su casa, abrumado por el dolor, y que durante el trayecto continuó rezando por el alma de su padre, se puso en las manos de Dios y comenzó a pensar también cómo podría sostener a la familia. Se ocupó del funeral y de todo lo necesario para el entierro.

Un sacerdote amigo, don Daniel Alfaro, le prestó el dinero para las exequias. En cuanto le fue posible, se lo devolvió con profunda gratitud, y el Padre no olvidó nunca la generosidad de aquel amigo: rezó por su persona e intenciones todos los días de su vida, en el memento de la Misa, y más tarde, cuando supo que había muerto, encomendó su alma al Señor en la Santa Misa, hasta el 26 de junio de 1975. He podido comprobar cómo se conmovía el Padre recordando la caridad desinteresada de aquel hermano en el sacerdocio.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. El cementerio de Logroño se encontraba en la otra orilla del río, en la carretera de Mendavia. Al volver a casa, sumido en el dolor y en el pensamiento de que ahora el peso de la familia recaía completamente sobre sus espaldas, llegó al puente sobre el río Ebro. En ese momento se acordó de que se había guardado en el bolsillo la llave del féretro, que le había entregado el sepulturero. Entonces pensó: ¿Qué hago con esta llave, que puede ser, para mí, una ligadura?, y con gesto rápido la tiró al río, y ofreció a Dios la separación de su padre, el amigo más querido.

Este gesto, lleno de serenidad y paz interior, le unió todavía más a la Voluntad del Señor: Dios había decidido llevarse a su padre y él aceptaba sin reservas quedarse sin ese sólido punto de apoyo sobre la tierra. Había aprendido definitivamente a desprenderse incluso de lo que es y parece imprescindible.

El Padre vio la mano del Señor también en el hecho de haber recibido ya el subdiaconado el 14 de junio de ese año: ese hecho lo ligaba para siempre a Dios y, por tanto, se confiaba totalmente a la Voluntad divina, también ahora que le correspondía todo el peso de sacar adelante a la familia, como hijo primogénito.

Retornó a Zaragoza enseguida, después de confortar a los suyos, para proseguir sus estudios sacerdotales. Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre de 1924, recibió el diaconado en la capital aragonesa.

El Fundador aprendió de su padre una profunda honradez en el trabajo, y la práctica de la caridad, que supera los límites rigurosos de la justicia; y he pensado siempre que su profunda devoción hacia San José tomó cuerpo a través de la meditación de las virtudes paternas. Doña Dolores, su madre –a la que en el Opus Dei se llama familiarmente Abuela–, también tendría la oportunidad de colaborar directamente con la Obra.

–La entrega sacerdotal de nuestro Fundador no podía dejar de repercutir de alguna manera en su familia. Un pequeño detalle: entre 1927 y 1936, doña Dolores tenía un aspecto joven. Por eso, cuando iban a visitar a una familia amiga, nuestro Fundador le decía: Mamá, no podemos ir juntos por la calle, porque yo no tengo escrito en la frente que soy hijo tuyo, y no quiero exponerme a escandalizar a nadie: ve tú por tu cuenta, que ya nos encontraremos en la casa de esa familia.

Doña Dolores, desde joven, se teñía el pelo para disimular algunas canas prematuras; después de la guerra civil española, el Padre le sugirió delicadamente que dejara de hacerlo, y ella accedió sin dificultades, aunque, por su modo de ser, muy femenino, ciertamente constituyó un sacrificio para ella.

Pero la Abuela supo hacer sacrificios aún mayores por su hijo y por la Obra. Como ya he mencionado, nuestro Fundador habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Durante la guerra civil española, cuando nuestro Fundador se vio obligado a pasarse a la zona nacional, doña Dolores se quedó en Madrid con sus otros dos hijos, y custodió, aun a costa de su vida, el archivo y todos los documentos de la Obra. Los había escondido dentro de un colchón y cuando los milicianos iban a hacer un registro, ella se metía en la cama, como si se encontrase mal (y era cierto): así logró salvar los papeles de su hijo, entre los que había verdaderos tesoros, como los apuntes en que el Padre había anotado sus experiencias interiores, las gracias recibidas de Dios, las reflexiones y primeros proyectos sobre el desarrollo de la Obra, y tantos otros valiosísimos textos.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: “¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención”. Su hijo replicó: Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya! Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: “Y continuaré haciéndolo con mucho gusto”. Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

La Abuela y tía Carmen se ocuparon de la administración doméstica de los Centros de la Obra hasta que pudieron hacerse cargo de estos trabajos las mujeres del Opus Dei.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican –es lo más importante– una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue sólo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz.

La muerte de su madre le sorprendió en un momento muy concreto, mientras estaba predicando un curso de retiro para sacerdotes.

–Fue el 22 de abril de 1941. Desde el fin de la guerra, el Fundador del Opus Dei desarrollaba un extensísimo apostolado en Madrid y en los lugares más diversos de España; entre otras ocupaciones, predicó muchas tandas de ejercicios espirituales para sacerdotes. En abril de 1941 había aceptado la invitación para dirigir unos ejercicios al obispo y al clero de la diócesis de Lleida.

Algunos días antes del viaje de nuestro Fundador a Lleida, su madre había hecho una excursión a El Escorial con algunos de nosotros, y notó luego una leve afección bronquial. Al día siguiente guardó cama por esa indisposición, pero no parecía nada serio. El Padre, prudentemente, preguntó al médico si podía marcharse con tranquilidad, y el doctor le dijo que no se preocupase. Por esto, al despedirse de su madre, le pidió que ofreciese al Señor sus molestias por los sacerdotes que iban a participar en el curso de retiro. Doña Dolores, que tal vez era la única que presentía la gravedad de su dolencia, asintió, pero mientras nuestro Fundador salía de la habitación musitó en voz baja: “¡Este hijo!”

La enfermedad parecía seguir su curso normal; sin embargo, la tarde del 21 de abril se agravó, degenerando en una pulmonía traumática muy grave. Le fueron administrados los últimos sacramentos y el día 22, en las primeras horas de la mañana, expiró. Traté de telefonear inmediatamente a nuestro Fundador. En aquel tiempo podían pasar horas antes de conseguir una comunicación interurbana; por eso, cuando por fin se logró la conexión, me dijeron que nuestro Fundador estaba predicando y hablé primero con el obispo.

Tiempo más tarde supe que el obispo se acercó al Padre con el rostro demudado, pálido, y le dijo que yo le llamaba. Le di la noticia en pocas palabras: “La Abuela ha muerto”. Después me enteré de que, precisamente cuando le llamé por teléfono, nuestro Fundador estaba predicando sobre el papel imprescindible de la madre en la vida del sacerdote: entre otras cosas, había dicho que para un sacerdote su madre es como un Ángel Custodio, y debería morir un día después que su hijo.

Nuestro Fundador se postró inmediatamente a los pies del Sagrario para rezar: Señor, Tú lo has dispuesto así, y yo me había equivocado. Es mejor lo que Tú quieres: acepto de todo corazón tu voluntad, habiéndote llevado a mi madre. Regresó lo antes posible a Madrid. Lloró y rezó ante su cuerpo, con palabras de apenado desahogo filial: Señor, ¿por qué me haces esto? ¡Cómo me tratas! Recuerdo también que me tomó aparte y me dijo: Hijo mío, ayúdame a rezar un Te Deum, y así lo hicimos. Asistió al entierro con una gran serenidad, y consoló a su hermana Carmen y a su hermano Santiago.

¿Cómo se decidió el Fundador a pedir a su madre y a su hermana que colaborasen para lograr el buen funcionamiento de los primeros Centros de la Obra?

–Recuerdo muy bien que un día, a finales de 1938, cuando nuestro Fundador estaba en el hotel Sabadell de Burgos, me propuso como otras veces que le acompañara a dar un paseo por la orilla del río Arlanzón; mientras caminábamos, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros Centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares.

Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. Jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.

El 2 de abril de 1948 el Padre, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Roma, fue a Madrid, y pocos días después, el 15, también Carmen se trasladó a la Ciudad Eterna. Su hermano le había pedido que echara una mano a las empleadas del hogar que desarrollaban el servicio doméstico y a quienes lo dirigían. Ella aceptó con alegría, como siempre que se trataba de sacrificarse por la Obra.

Después Carmen regresó a España y, a comienzos de los años cincuenta, alquiló con su hermano Santiago un apartamento en la calle Zurbano de Madrid. Al fin, después de tantos años, tenía casa propia y podía llevar una vida independiente, y según sus gustos. Pero el descanso duró pocos meses. Antes de que hubiera terminado la decoración de la casa, nuestro Fundador le preguntó si podía dirigir la administración doméstica de una finca que se había comprado en Salto di Fondi, cerca de Terracina. Carmen aceptó inmediatamente, y volvió a Roma en julio de 1952.

Se quedó en Salto di Fondi hasta el verano de 1953: el tiempo necesario para que se terminasen los trabajos de reforma de la casa y las mujeres de la Obra pudieran ir a vivir allí. En lugar de regresar a España, Carmen se estableció en Roma con Santiago en un chalet situado en Via degli Scipioni. Allí pasó los últimos cuatro años de su vida. Tomó esta decisión por el deseo de estar más disponible, más pronta a hacer lo que el Señor le pidiese a través de su hermano. En las peticiones de nuestro Fundador, ella veía realmente la Voluntad de Dios.

Dicho sea de paso, a Carmen no le faltaron ocasiones de formar su propia familia. Es más, podría haberse casado muy bien; de hecho, tenía un pretendiente, un hombre con un título nobiliario que le había pedido la mano formalmente. El Padre me contó la conversación que tuvo entonces con su hermana. Carmen dijo: “Josemaría, por ahora no siento nada por él; pero si le trato llegaré a quererle. Prefiero quedarme contigo y ayudarte todo lo que pueda”.

En efecto, nuestro Fundador tuvo en su hermana una ayuda extraordinaria, sobre todo para la formación en tareas domésticas de algunas entre las primeras vocaciones de mujeres del Opus Dei. Su ayuda consistió en cumplir lo que su hermano le pedía de vez en cuando, pero sin entrometerse nunca en las cuestiones fundacionales, porque comprendía que era una misión confiada por el Señor exclusivamente al Fundador.

Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Padre, ¿podría evocar algún detalle de la muerte de tía Carmen?

–En los primeros meses de 1957 notamos que el estado de salud de Carmen, siempre llena de vitalidad y de energía, se deterioraba. El 4 de marzo los médicos le diagnosticaron un cáncer, y hacia el 20 de abril le anunciaron que sólo le quedaban dos meses de vida.

Apenas lo supo el Padre, quiso que yo se lo comunicase, con toda claridad y con mucha caridad. Quería que aquellos dos meses fueran para su hermana ocasión de unirse aún más con el Señor. El 23 de abril, fiesta de San Jorge, hablé con ella de su enfermedad. Le dije que sólo un milagro podría curarla y que, según el parecer de los médicos, le quedaban dos meses de vida; añadí que, si el tratamiento tenía éxito, quizá podría sobrevivir algo más, pero no mucho. Acogió la noticia con tranquilidad, con serenidad, sin lágrimas, como una persona santa. Y luego dijo: “Alvaro me ha dado ya la sentencia”.

Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche.

Fueron dos meses de oración y recogimiento. En mayo, aprovechando un viaje a Francia, nuestro Fundador se acercó a Lourdes para pedir el milagro de la curación de su hermana, aceptando siempre la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese.

El 18 de junio se agravó la situación de Carmen, y pidió la Unción de los Enfermos. Al día siguiente recibió el Viático, rodeada por el cariño de nuestro Fundador y de todos nosotros.

El 20 de junio, fiesta del Corpus, pasé mucho tiempo a su cabecera; le hablaba y ella me respondía con toda naturalidad, como si estuviese hablando de otra persona. Yo le preguntaba: “Carmen, ¿quieres ir al Cielo?” Y ella me contestaba con decisión: “¡Claro que sí!” Y en un momento me dijo: “Alvaro, quiero ver…”. Al principio pensé que había perdido la vista y le dije: “¿Pero no nos ves? Estamos aquí…”. Ella replicó: “Sí, eso ya lo sé”. Añadí: “Te parecemos poco. Lo que tú quieres es contemplar a la Virgen”. Respondió: “Sí, ¡eso!”

Durante la agonía no podía casi hablar. Repetía balbuceando las jaculatorias que nuestro Fundador, ayudado por algunos de nosotros, le musitaba al oído. Sólo respondía a los estímulos sobrenaturales.

Apenas unos minutos antes de morir, cuando casi había perdido el pulso, el Padre le dijo: ¿Verdad que cuando llegues al Cielo nos encomendarás mucho? Su hermana contestó: “¡Sí!” Fue una de las últimas palabras que pronunció. Poco después moría.

Poco antes de la muerte de Carmen, su confesor, el Padre Fernández, me comentó: “Tiene una paz interior enorme. Se ve que esta docilidad a la Voluntad divina es un milagro de Dios: no he visto nunca un enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí para edificarme, más que para ayudarla”.

Al día siguiente del fallecimiento de Carmen, nuestro Fundador contó a un grupo de hijos suyos: se acabaron las lágrimas en el momento en que murió; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Y al leer en sus rostros la tristeza por la muerte de su hermana, añadió: sí, hijos, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen, y a los Angeles… Ahora continúa encomendándonos.

Enseguida que murió, bajé al oratorio, para celebrar la primera Misa en sufragio por su alma… Encomendadla, ofreced oraciones por ella, pero yo estoy seguro de que ya goza de Dios; ma propio certo: completamente seguro.

El propio Padre me confió el motivo de esta seguridad. No sabía que también había dejado una relación escrita sobre lo sucedido, en un sobre con esta anotación: Para abrir cuando yo muera. Cuando nuestro Fundador se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma de su hermana, le vino a la cabeza la idea de pedir una prueba de que Carmen se encontraba ya en el Cielo. Desechó enseguida ese pensamiento, porque le parecía que era tentar a Dios. Sin embargo, me contó que, tanto en el memento de vivos como en el de difuntos, se olvidó de aplicar la intención de la Misa por su hermana, a pesar de las condiciones espirituales y psíquicas en que se encontraba: estaba muy apenado, nunca había celebrado en aquel oratorio, etc. Apenas se dio cuenta de que se había olvidado de ofrecer la Misa por Carmen, le invadió la certeza de que tal olvido, humanamente inexplicable, era la respuesta de Dios: comprendió que el Señor le quería hacer entender de esa manera que su hermana no necesitaba sufragios.

El Padre advirtió de modo inefable la intervención del Señor, que penetra en lo más íntimo del alma. Por eso tuvo la persuasión de que su hermana “había dado el salto”, como ella misma había deseado y merecido con su vida de entrega a la Voluntad divina.

Padre, me gustaría oírle contar algo más sobre el papel del Fundador como cabeza de familia, sobre todo en su relación con su hermano Santiago, cuando era pequeño.

–Cuando nuestro Padre decidió en 1918 entrar en el Seminario de Logroño –donde fue admitido como alumno externo–, no se olvidó de sus deberes familiares. Aunque sus padres, con mucha delicadeza, para dejarle la más completa libertad de decisión, no le pusieron la más mínima dificultad, se dio cuenta de que su elección desbarataba los planes, humanamente lógicos, lícitos y honestos, que ellos se habían hecho para rehacer el patrimonio familiar con su ayuda. Era consciente de que, al aceptar con generosidad la Voluntad divina, debieron cambiar sus proyectos y resignarse, al menos durante unos años, a la ausencia del único hijo varón.

Entonces, nuestro Fundador, con gran sencillez y confianza, empezó a pedir al Señor que enviase a sus padres otro hijo varón. No era poco pedir, porque sus padres eran ya mayores, y habían pasado casi diez años desde el nacimiento de la última hermana, Rosario, muerta a los nueve meses de edad, en 1910. Transcurrieron algunos meses, y ni Carmen ni Josemaría se dieron cuenta de que su madre estaba embarazada, aunque ya era patente. Su alegría fue enorme, y aún más su agradecimiento al Señor, cuando su madre, algún tiempo después, llamó a los dos hermanos y les comunicó que estaba esperando un niño. Santiago Escrivá de Balaguer nació el 29 de febrero de 1919.

Sobre todo a partir de la muerte de su padre, nuestro Fundador se prodigó en la atención y educación de Santiago. Le dedicó todo el tiempo que pudo, para formarlo bien. Fue para él más que un hermano mayor: casi un padre, un amigo, y un maestro. Le enseñó el catecismo, le introdujo en la vida de piedad, le siguió en los estudios, etc.

He escuchado al Padre que a veces tenía que defenderse de la “colaboración” de su hermano pequeño, que imitaba en todo a su hermano mayor. Como Santiago se había dado cuenta de que nuestro Fundador recortaba artículos de los periódicos y los pegaba en fichas, en una ocasión le llenó el fichero con recortes de revistas tomados al azar. Entonces el Padre se hizo con dos calaveras: a una le llamaba en broma “doña Pelada”; la otra era de un caballero templario, y le puso el nombre de “don Alonso”. Colocó las dos calaveras sobre el fichero y, desde entonces, cesaron las “colaboraciones” del pequeño Santiago.

El Padre recordaba a veces otra anécdota. Un día fue a dar un paseo con su hermano. El niño le pedía siempre que le comprase caramelos. Le gustaban especialmente unos que vendía un viejecito en la esquina de una calle cercana a la casa donde vivían; se llamaban chupetes o chupones. Aquel día, mientras se acercaban al puesto en que el hombre vendía su mercancía, una ráfaga de viento levantó una gran polvareda y ensució los caramelos. Sin pensarlo dos veces, el viejecito los tomó, uno a uno, y los fue limpiando a lametones. Desde ese día, Santiago renunció para siempre a esos caramelos. Nuestro Fundador, que sabía sacar de todo suceso una referencia sobrenatural, se divirtió mucho con la reacción de su hermano y le hizo considerar a veces que las cosas del mundo son como caramelos: después de desearlas tanto, acaban por perder su atractivo, y terminan por repugnarnos.

Incluso cuando Santiago alcanzó la mayoría de edad, el Padre continuó ocupándose de él como un buen hermano y cumplió sus obligaciones fraternas. En 1958, en su calidad de cabeza de familia, acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos.

El Fundador llevó este vivo sentido de la paternidad, aprendido y vivido en su familia, a la gran familia sobrenatural de la Obra.

–El Padre repetía a menudo que sólo tenía un corazón, el mismo corazón con el que amaba a Dios y a sus hijos. No era un cariño abstracto: como buen padre, vibraba al unísono con las alegrías y las penas de sus hijos, y estaba muy pendiente de su salud.

Dos casos concretos. En una época, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, los alumnos perdían horas de clase durante la semana, porque debían ocuparse personalmente de otras muchas cosas, ligadas sobre todo a la necesidad de seguir de cerca las obras (los trabajos de la construcción de nuestra sede central estaban en pleno apogeo). Se decidió entonces recuperar esas clases los domingos. Cuando el Padre se enteró, lo prohibió tajantemente; es más, si hasta entonces había animado siempre a los alumnos a aprovechar los días de fiesta para visitar los monumentos de Roma –que constituyen una maravillosa apología de la fe–, a partir de ese momento sus invitaciones se hicieron mucho más insistentes. De modo análogo, otra vez se enteró, a través de una carta, de que en una determinada nación sus hijos se veían obligados a privarse de horas de sueño, por las exigencias apostólicas. El Padre intervino y señaló, entre los deberes graves de los directores, el de asegurar que todos los miembros de la Obra estuvieran en la cama habitualmente siete horas y media cada noche.

Eran continuas sus delicadezas. Recuerdo que en 1961, después de haber pasado el verano en Inglaterra, había decidido salir de Londres hacia Roma, el 4 de septiembre. Habíamos comprado ya los billetes para el viaje, cuando nos enteramos de que justamente el día previsto para la salida era el santo de una Numeraria auxiliar que se había ocupado de las tareas domésticas de la casa en que habíamos estado. Al Padre le pareció un deber de caridad retrasar un día el regreso, para poder felicitar a aquella hija suya: otra cosa le hubiera parecido una descortesía. Sus atenciones se hacían aún más solícitas si alguno de sus hijos enfermaba. Cuando en 1943 efectué mi primer viaje a Roma, se había propagado por España una epidemia de tifus esantemático, una enfermedad muy contagiosa que en aquella época era llamada popularmente el “piojo verde”. En el mes de marzo el entonces director de la Residencia universitaria de la Calle Jenner, Juan Antonio Galarraga, tuvo mucha fiebre. Se pensó que era tifus, pero en realidad lo que tenía era la viruela. El Padre se ocupó personalmente de él, lo arropó con unas mantas, y se lo llevó en taxi al hospital de enfermedades infecciosas. Lo trató como un padre a su hijo. Después, durante la convalecencia de Juan Antonio, fue muchas veces a verle, y luego pidió a su hermana Carmen que fuese también a visitarle, para que estuviese atendido con gran solicitud y cariño.

La muerte de una hija o de un hijo suyo le producía un dolor inmenso: le he visto llorar muchas veces. Es lógico que sufra, hijos míos –comentaba–, el Señor me ha dado para vosotros corazón de padre y de madre. Cuando se trataba de una persona joven, protestaba filialmente al Señor: no comprendía humanamente por qué Dios había decidido llamarle a Sí cuando podría haberle servido tantos años aún. Pero después se sometía inmediatamente, en un dolido acto de aceptación de la Voluntad divina: Fiat, adimpleatur…

El 18 de diciembre de 1972, el Padre fue a visitar a una joven Numeraria de origen siciliano, Sofía Varvaro, ingresada en una clínica de Roma. Tenía un cáncer de hígado y estaba desahuciada por los médicos. El Padre la consoló y la animó hablándole del Cielo. El diálogo tuvo momentos de gran emoción.

–”Padre –le confió Sofía–, a veces tengo miedo de no saber llegar al final, porque soy muy poca cosa”.

El Padre le replicó inmediatamente: ¡Hija, no tengas miedo!: ¡que te espera Jesús! Yo le estoy pidiendo que te cures, pero que se haga su Voluntad. Cuesta a veces aceptar esa Voluntad divina, que no entendemos, pero el Señor se debe reír un poco de nosotros, porque nos quiere y nos cuida como un padrazo, con corazón de madre, ¿comprendes? Yo, mañana, con la Hostia santa, te pondré en la patena para ofrecerte al Señor. Y tú, aquí o en el Cielo, siempre muy unida al Padre, a las intenciones del Padre, porque os necesito a todos bien metidos en mi petición.

Sofía le dijo que había rezado mucho por los frutos de su reciente viaje a España y Portugal.

¡Hija mía, me habéis ayudado tanto! No me he encontrado nunca solo. Ahora, después de verte, sé que tú me ayudarás en el Cielo, y también en la tierra, si el Señor te deja aquí. Pide intensamente por esta Iglesia, que a mí me hace padecer tanto, para que termine esta situación. Me apoyo en vosotros, y me siento acompañado por vuestra oración y por vuestro cariño.

–”Padre, gracias por su ayuda, y por la ayuda de todos los de la Obra”.

¡No puede ser de otra manera! Estamos muy unidos, y yo me siento responsable de cada uno de vosotros. Sufro, cuando no estáis bien de salud: me cuesta mucho, pero amo la Voluntad del Señor. Como somos una familia de verdad, yo me encuentro feliz con vuestro cariño, y pienso que también a vosotros os tiene que dar alegría que el Padre os quiera tanto.

–”Padre, quiero llegar al final, pero a veces tengo muchos dolores, y me canso”.

Sí, hija mía, te entiendo muy bien. Acude a la Virgen, y dile: monstra te esse Matrem!, o con sólo que le digas ¡Madre!, es suficiente. Ella no nos puede dejar. Además, nunca estaremos solos, tú nos sostienes a los demás, y los demás están bien unidos a ti. Pide tu curación, aceptando la Voluntad de Dios, y estáte contenta con lo que Él disponga: la Iglesia necesita nuestra vida. Reza por los sacerdotes de toda la Iglesia y especialmente por los de la Obra, no porque debamos ser más santos que los demás, sino para que nos hagamos cargo de esta bendita responsabilidad de que hemos de gastarnos de verdad. Fuerza al Señor. Dile: ¡Jesús mío, por tu Iglesia!, y ofrécele todo. Por la Obra, para que podamos servirte siempre más. Tu unión con el Señor, hija mía, ha de ser cada día más grande.

–”Padre, hace mucho tiempo que no puedo asistir a la Santa Misa”.

Hija mía, ahora tu día entero es una Misa, consumiéndote bien unida al Señor. No te preocupes. El Señor está dentro de ti, no le dejes. Hay que rezar mucho. Dirígete a la Santísima Virgen y a San José. Acude con confianza a nuestro Padre y Señor San José, para que nos lleve por el camino de intimidad que él tuvo con su Hijo.

Al salir de la habitación de la clínica, sin esconder el propio dolor, el Padre repitió lentamente la jaculatoria: Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen!

He reconstruido todo este diálogo sirviéndome de los testimonios y recuerdos de algunas personas que estuvieron presentes, porque cada frase constituye un extraordinario ejemplo práctico de cómo en el Padre el cariño humano y la visión sobrenatural iban siempre íntimamente unidos.

El cariño del Fundador hacia sus hijos se manifestaba en la generosa entrega a su formación, sin dejarse vencer por el cansancio.

–En el plano personal, nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas.

Puso un cuidado especialísimo en la formación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, y lo explicaba con cinco razones:

Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.

Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.

Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.

Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran –todos éstos también– la seriedad y la solidez de nuestra labor.

Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios.

De otra parte, el Beato Josemaría era muy exigente, porque exigente es la lucha por la santidad. Afirmó siempre que la Obra es familia, pero también milicia, en el sentido de que los miembros de la Obra reciben una formación adecuada a su tarea sobrenatural de cristianos apostólicamente movilizados para despertar en todos los bautizados la conciencia de la llamada universal a la santidad.

–Proponía metas muy ambiciosas, de acuerdo con un principio que formulaba así: De ordinario, al que pueda hacer siete, le pido catorce, y me hace quince. Y refiriéndose en concreto al trabajo apostólico, decía que, si uno puede hacer diez, hay que pedirle veinte, para que dé dieciocho. En definitiva, los números podían variar, pero el concepto estaba clarísimo.

¿Y cuando debía corregir?

–Cuando debía reprender a alguno, tenía siempre presente la mayor o menor frecuencia de sus relaciones con el interesado. Corregía con inmensa dulzura a aquellos que veía de tarde en tarde y, en cambio, se mostraba más severo con los que tenía cerca. Eran dos modos diferentes de ayudarnos, en función de las diversas circunstancias.

Acabo de explicar cómo el Padre elegía la línea de conducta más adecuada en cada momento para mantener el justo equilibrio entre la necesaria severidad y el cariño. En los primeros años, cuando veía que algo se había hecho mal pensaba: no lo puedo decir inmediatamente porque estaré enfadado, y conviene que lo diga en tono frío, para no herir, ser más eficaz, y no ofender a Dios; dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea. Pero en los últimos años hacía la corrección cuanto antes. Se decía: Si no la hago inmediatamente, pensaré que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío, y corro el peligro de no decirlo. Y por eso intervenía inmediatamente sin pasar nada por alto, porque quería mucho a sus hijos y los quería santos.

¿Y no se equivocaba nunca?

–Las raras veces en que sucedía, rectificaba inmediatamente, y si era el caso, pedía perdón. Recuerdo que en enero de 1955, al regresar a casa a mediodía y pasar por delante del oratorio de San Gabriel, en nuestra Sede Central, me encontré con el Padre, que estaba con algunos alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, entre ellos Fernando Acaso. Después de saludar al Padre, aproveché la ocasión para decir a Fernando que podía ir a recoger unos muebles que nos hacían falta, porque al fin teníamos dinero en el banco. Al oír esto, nuestro Fundador comenzó a excusarse con aquel hijo suyo. Había sucedido lo siguiente: poco antes de que yo llegara, le había preguntado por los muebles. Fernando le había empezado a explicar que no había ido a recogerlos, pero el Padre, sin dejarle seguir, le preguntó de nuevo si los había recogido. Entonces Fernando respondió sencillamente que no, y nuestro Fundador le dijo que no le gustaba que nos excusásemos. Pero al oírme, comprendió inmediatamente lo que había pasado y se apresuró a pedirle perdón, delante de nosotros, porque no le había dejado exponer sus razones. Como si no bastase, luego, en la sala de estar, delante de todos los alumnos del Colegio Romano, le pidió otra vez perdón a Fernando y alabó su humildad. Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar.

Me gustaría ahora hacerle una pregunta tal vez indiscreta. Usted ha estado cuarenta años junto al Fundador, en estrechísima colaboración: ¿podría hablar ahora de su propio vínculo de filiación con el Padre?

Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra.

Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida.

Nuestro Fundador tenía constantes manifestaciones de afecto hacia todos, y personalmente puedo atestiguar que fui objeto continuo de su cariño paterno. Cuando me veía un poco cansado se volcaba conmigo. Parecerá una cosa sin importancia, pero me conmuevo al recordar que, cuando iba a trabajar al Vaticano con mi sotana más nueva, el Padre le decía a don Javier Echevarría poco antes de mi regreso: Vamos a bajar a tu hermano Alvaro la ropa, para que se cambie, porque vendrá cansado. Se esforzaba en conocer los gustos de cada uno, y los recordaba bien; por ejemplo cada vez que me ponía enfermo y tenía que guardar cama o estar a dieta, procuraba que, dentro de las prescripciones médicas, me preparasen platos que me gustaban.

En febrero de 1950 se me agudizaron las molestias que sufría desde algunos años atrás en el hígado y el apéndice. Nuestro Fundador hizo llamar al profesor Faelli, que le trataba la diabetes. El médico dijo que tenían que operarme urgentemente de apendicitis. El Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores. Después de la operación, vino a verme a la Clínica muchas veces, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo; en aquellos ratos, que fueron muchos y prolongados, fui objeto de la inmensa caridad con la que trataba a sus hijos enfermos. No lo olvidaré jamás.

¿Menudencias? Lo considerarán así los que no sepan qué significa querer. Hasta donde era posible, evitaba a sus hijos los disgustos. El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. El Padre lo leyó y, como era ya de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiese dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses, y por tanto he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar los dos la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena.

En la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, para evitar que el interesado se sintiera incómodo. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.

Pero no deseo alargar las citas indefinidamente. Considero un privilegio y una gran responsabilidad haber sido testigo, durante cuarenta años, de su empeño por alcanzar la santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda aunque sólo sea una milésima parte del amor que veía en su corazón. Se suele decir que ningún hombre es grande para su mayordomo; yo no he sido mayordomo del Padre, sino un hijo que, con la ayuda del Señor, ha tratado de serle siempre muy fiel; y debo decir que, desde 1936, cuando comencé a tratarlo con mayor intimidad, hasta aquel 26 de junio de 1975, en que el Señor lo llamó a Sí, mi admiración por su extraordinaria caridad hacia Dios y el prójimo, ha crecido de día en día. Delante del Padre, repito, me siento deudor, deudor insolvente.

El prelado del Opus Dei bendijo la escultura del beato Josemaría Escrivá

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Mons. Echevarría destacó las figuras del Fundador de la Universidad de Navarra y de su primer sucesor, Mons. Del Portillo.

02 de julio de 2001

Opus Dei - Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Mons. Echevarría en el momento de la bendición

Alrededor de un millar de personas de la comunidad universitaria asistió el sábado a la bendición de la escultura del beato Josemaría Escrivá ubicada en el patio del edificio Central de la Universidad de Navarra. Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei y gran canciller del centro universitario, presidió la ceremonia.

Las primeras palabras de su homilía fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría. Destacó la fidelidad al fundador del Opus Dei de quien, “teniendo una personalidad señera, supo poner toda su vida al servicio de Dios, precisamente sirviendo al beato Josemaría. Nunca pagaremos suficientemente a este hombre de Dios lo que ha hecho por nosotros”. “Aquí tenía que estar ahora con pleno derecho don Álvaro”, subrayó.

Trabajo universitario y justicia social

Opus Dei - Al acto asistieron alrededor de mil personas

Al acto asistieron alrededor de mil personas

El prelado del Opus Dei continuó glosando palabras del Fundador en Pamplona con motivo de la investidura de doctores honoris causa de 1972: “La Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres… Al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa”.

Mons. Echevarría invitó a los presentes a mantenerse “en vanguardia, pensando que sólo una cultura que ponga a Dios como punto fundamental de referencia trascendente será una cultura que se desarrolle a favor del hombre, de todos los hombres, y particularmente de todos los necesitados; y será entonces una cultura que no vaya contra el hombre como sucede, y lo vemos, si se prescinde del Creador o se le margina”.

Opus Dei - Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Las primeras palabras del prelado del Opus Dei fueron de recuerdo y agradecimiento para Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del beato Josemaría

Para que la Universidad de Navarra sirva a la sociedad “con el espíritu y el talante que le inculcó su Fundador, resulta necesario que todos luchemos cada día por la santidad, como nos insiste Juan Pablo II, en estos albores del nuevo milenio: Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral, que nos atañe a todos”.

El prelado del Opus Dei recordó unas palabras del Fundador dirigidas al Dr. Eduardo Ortiz de Landázuri -cuyo proceso de canonización está en marcha- “cuando este insigne hombre de ciencia le comentó que ya había cumplido el encargo de hacer la Universidad de Navarra. La respuesta del beato Josemaría fue viva e instantánea: No te he pedido que hagas una Universidad, sino que te hagas santo haciendo una Universidad, y esto sigue siendo válido para todos los que aquí intervenimos de alguna manera”.

La escultura del beato Josemaría es obra de Francisco López Hernández. De 2,4 metros de altura y 400 kilos, ha sido elaborada mediante la técnica del fundido en bronce a cera perdida. La parte musical de la ceremonia de bendición corrió a cargo del Coro de la Universidad de Navarra, dirigido por Fernando Sesma.

Santidad en el mundo, el camino de los laicos

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Hacia el centenario del beato Escrivá: entrevista con el prelado del Opus Dei, Echevarría

07 de julio de 2001
Francesco Ognibene // Avvenire (Milán)

Clima de vigilia para el Opus Dei. Dentro de pocos meses, el 9 de enero de 2002, se celebrarán los cien años del nacimiento del fundador, el beato Josemaría Escrivá, pionero de la santificación de los laicos a través de la vida cotidiana -desde el trabajo hasta la familia, desde la cultura del tiempo libre hasta las relaciones de amistad- y a través asimismo de un espíritu vivido con naturalidad y fundamentado en la oración, la constante formación cristiana, la responsabilidad personal y el apostolado.

En esta antesala del centenario, el obispo Javier Echevarría, segundo sucesor de Escrivá al frente de la que desde 1982 es una Prelatura personal, ha concedido -en la sede central de Roma, en Via Bruno Buozzi, donde reposan los restos mortales de Escrivá- esta entrevista exclusiva a Avvenire, en la que habla de la naturaleza y las actividades del Opus Dei en Italia y en todo el mundo.

Monseñor Echevarría, ¿qué significa para el Opus Dei recordar al beato Escrivá?

Este centenario no supone una simple conmemoración, sino más bien una invitación a reflexionar sobre las enseñanzas del fundador del Opus Dei, y a descubrir modos nuevos de darles siempre más cuerpo en la existencia ordinaria. El beato Josemaría repetía con frecuencia: “es de Cristo de quien hemos de hablar y no de nosotros mismos”. El fundador del Opus Dei gastó todo su tiempo en anunciar a Jesucristo, recordando que se puede ser plenamente discípulo de Cristo en medio del mundo. El Centenario ha de ser un eco de esa verdad cristiana radical, que llena la vida de sentido y de alegría.

¿Qué quiere decir hoy para un laico cristiano ser santo de altar, como predicaba Escrivá? La imperfección es algo connatural a la condición humana….

Precisamente porque somos imperfectos hemos de buscar la santidad, es decir, la identificación con Jesucristo: nos lo ha pedido Él, y Él no pide imposibles. Los pecados y las miserias personales son evidentes, pero no constituyen un peso insoportable ni una condena, sino una oportunidad de convertirnos a Dios. Cristo nos ha redimido y podemos, con su gracia y nuestra humildad, seguirle e imitarle: ser mejores. Los hijos de Dios, que tienen conciencia de lo que significa la realidad de la filiación divina, saben que la vida cristiana es un camino de liberación, una invitación a la felicidad, no un conjunto de ataduras o prescripciones sin espíritu. Y para los laicos, aspirar a la santidad significa, con palabras del Concilio Vaticano II, “buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales”.

¿Dónde se está desarrollando la Prelatura?

Gracias a Dios, la labor apostólica de la Prelatura del Opus Dei va creciendo. En países de mayoría católica (Honduras o Polonia, por citar algunos de comienzo más reciente), son muy numerosas las personas que acuden a las actividades de formación cristiana. En otras naciones, donde los bautizados son minoría (como en Tierra Santa, Singapur o Kazajstán), para muchas personas el encuentro con la Prelatura significa con frecuencia el primer contacto con la Iglesia a través del vínculo de amistad con un colega católico.

¿Cuál es el “estilo” del Opus Dei?

El acento en la formación cristiana del individuo, no en la programación de actividades o en las estructuras. La fe implica un descubrimiento personal y una respuesta también personal a Dios que pregunta por nosotros. El Opus Dei crece siempre de uno en uno. Y el “cada uno”, en la medida en que se identifica con Cristo, ilumina con luz nueva a muchos otros.

El Opus Dei, dijo Escrivá, “es una gran catequesis”: si esto es así, ¿por qué se dice a veces que se trata más bien de una élite espiritual y social y que cultiva la discreción?

Invito a cualquier persona que se considere poco informada a preguntar, a llamar a un fiel o a un Centro de la Prelatura. Basta consultar la guía telefónica o el website de la Oficina de información del Opus Dei.

El fundador del Opus Dei solía decir que para comunicar hacen falta “buenas explicaderas” y “buenas entendederas”. Los fieles de la Prelatura podemos mejorar siempre la capacidad de hablar con claridad. Por otra parte, para entender el Opus Dei basta comprender la naturalidad de la vida cristiana ordinaria y la libertad; porque no llevar distintivos, ni publicar declaraciones conjuntas, ni organizar reuniones masivas, no equivale a ser secretos.

¿Qué significa eso, entonces?

Significa vivir como cristianos corrientes, que actúan igual que cualquier ciudadano personalmente responsable de sus propias decisiones en el ámbito espiritual, político, social, económico, cultural: la vocación cristiana en el Opus Dei supone una llamada de Dios, pero es también elección por parte del fiel católico que libremente decide emprenderla y que la sigue de hecho sin formar un grupo cerrado, sino abierto a toda la Iglesia.

En el contexto del Jubileo, ¿hay un “mea culpa” del Opus Dei?

Pienso que la contrición a la que nos ha impulsado la petición de perdón que el Papa hizo el 12 de marzo del 2000 consiste sobre todo en la humildad de reconocer cada uno las propias culpas presentes. Los miembros del Opus Dei, cada uno por su cuenta, siempre acaban la jornada con una petición de perdón al Señor, después del examen de conciencia. En el Opus Dei es fundamental que cada uno se convierta a diario y sepa pedir perdón con humildad a Dios y a aquellos a quienes ha podido herir u ofender. Aprender a pedir perdón todos los días es un buen propósito después del Jubileo.

¿Es cierto, como alguno afirma, que el Opus Dei, en países como Italia, da prioridad a los ambientes intelectuales y a las clases dirigentes?

El beato Josemaría, a la vez que fomentaba de modo concretísimo la preocupación por los más necesitados, siempre recordó que la labor entre intelectuales es tarea evangelizadora completamente necesaria: los intelectuales configuran la sociedad y la cultura. Si no conocen a Cristo, si no se les anuncia, las consecuencias para la sociedad son evidentes. Ese apostolado estará siempre vigente en el Opus Dei, bien entendido que las dos prioridades son complementarias, porque a la indigencia material se suma hoy en día una tremenda indigencia intelectual y cultural religiosa.

En Italia hay muchas escuelas promovidas por padres de familia relacionadas con el Opus Dei. ¿Cómo valora esta iniciativa?

Esas iniciativas representan una aventura. Responden al principio de que los padres son los primeros responsables de la educación de los hijos. Pero ciertamente, como todas las aventuras, encuentran muchas dificultades, entre otros motivos porque las leyes no facilitan ese protagonismo de las familias en la educación. Lo ha vuelto a recordar recientemente la Conferencia Episcopal italiana. En todo caso, pienso que vale la pena correr el riesgo de emprender ese reto apasionante de educar cristianamente a los hijos y a los amigos de los hijos: la más importante misión de los padres cristianos.

La Obra tiene fama de ser una institución conservadora. ¿Por qué?

El Opus Dei no tiene dogmas propios ni moral particular, ni hace “escuela” de pensamiento. Se atiene en todo a la doctrina de la Iglesia. Si eso significa ser conservador, juzgue usted mismo y sus lectores. En el fondo, se trata de un error de bulto: el de aplicar a la Iglesia categorías políticas que son inadecuadas en el terreno de la fe. Todo cristiano -si es consecuente- lleva en su corazón un amor grande a su historia; y a la vez, cultiva el deseo de influir positivamente en el mundo, de hacerlo más justo, más humano, liberándolo sin miedo de todos esos lastres que las ideologías han acumulado con los siglos; por ejemplo, desde el racismo hasta la despreocupación “global” por las causas de la pobreza. El beato Josemaría solía decir: “si los cristianos nos tomáramos en serio nuestra fe, se produciría la revolución más importante de la historia”. Es una revolución pendiente, y no precisamente una revolución conservadora.

Se asiste actualmente a un nuevo interés por la religiosidad. ¿Qué respuesta ofrece la Obra a esta reencontrada sed interior?

El Opus Dei ofrece un camino formativo basado en los Sacramentos -la Confesión, la Eucaristía-, la meditación de la Escritura y del Magisterio de la Iglesia, el estudio de la doctrina católica y de la moral profesional. La Prelatura proporciona los medios de formación cristiana siempre de manera compatible con la vida ordinaria: sin dejar el propio oficio o la propia profesión, al contrario, animando a descubrir la relación que existe entre contemplación y trabajo. Se puede mantener una profunda unión con Dios mientras se cocina un plato de pasta, se cuida a un enfermo o se juega un partido de fútbol, o también mientras se hace una labor de investigación científica. Porque la unión con Dios se produce en el fondo de un corazón libre: es cuestión de Amor.

Hablemos de la pertenencia a la Obra en el matrimonio o en el celibato: ¿nos podría explicar cuál es la diferencia respecto a la adhesión a un grupo o una asociación?

Prefiero explicar la Prelatura, más que señalar diferencias. La incorporación al Opus Dei es, originalmente, la respuesta personal y libre a una llamada divina, a Dios que llama. Quien se incorpora a la Prelatura se compromete a dos cosas: a buscar la identificación con Jesucristo según el espíritu del Opus Dei, un espíritu que no saca a nadie de su sitio ni de la posición que ocupa; y a permanecer bajo la jurisdicción del prelado en aquellos aspectos de la vida de unión con Cristo y el apostolado que afectan a la misión apostólica de la Prelatura. No existe diferencia entre un fiel de la Prelatura y otro que no tenga la vocación al Opus Dei.

¿Qué proyectos hay en Italia?

Nos gustaría que cualquier italiano interesado en el Opus Dei tuviera la posibilidad de acudir a un Centro de la Prelatura cercano. Actualmente hay Centros en unas veinticinco ciudades. Queda mucho por hacer.

¿Qué espera de los fieles del Opus Dei de Italia?

Que sigan procurando dar testimonio cristiano en su profesión, contribuyendo a resolver los problemas y necesidades de su propio entorno. Este país ha dado muchos santos a la Iglesia. Como italiano (lo soy de corazón, después de cincuenta y un años en Roma), me gustaría que la tradición no se interrumpiera, sino todo lo contrario.

¿Cuándo será la canonización de Escrivá?

No lo sé. No tenemos prisa: llegará en el momento mejor, cuando Dios quiera. Ya se han abierto algunas causas de beatificación y canonización de fieles laicos del Opus Dei en Guatemala, Suiza y España. Y se está preparando la apertura de la causa de Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del fundador.

Usted ha vivido veinticinco años junto a Escrivá: ¿Tiene algún recuerdo de él particularmente unido a Italia?

El beato Josemaría se trasladó a Roma en 1946, y enseguida se adaptó a la vida y a las costumbres de este país, hacia el que sentía un profundo agradecimiento. Aquí murió y aquí reposan sus restos. Nos pedía que si fallecía fuera de Roma trajéramos su cuerpo a esta tierra, porque para él “romano” era sinónimo de “universal”.

Ordenación de 24 diáconos en Madrid

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En la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Mons. Javier Echevarría, ordenó el pasado 6 de abril a veinticuatro diáconos de la Prelatura procedentes de trece países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, España, Gran Bretaña, Honduras, Irlanda, Kenia, México, Nigeria, Portugal y Uruguay.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

En su homilía, el Prelado recordó la relación que guarda el templo de Nuestra Señora de los Ángeles con la fundación de la Obra. El 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría Escrivá vio por primera vez el Opus Dei mientras realizaba unos días de retiro espiritual en la casa central de los PP. Paúles. “Conmovido, me arrodillé – explicaba el Fundador-. Estaba solo en mi cuarto (…) Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles”. En muchas ocasiones afirmó que ese tañer de campanas, que llegaba como un regalo de la Virgen, “nunca ha dejado de sonar en mis oídos”.

El beato Josemaría Escrivá recordaba esos momentos en 1974 ante un grupo de personas en Latinoamérica: “¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?”.

Durante la homilía, Mons. Echevarría agradeció a “la Reina de los Ángeles” toda “la movilización espiritual de cristianos corrientes nacida de la respuesta del beato Josemaría, que en toda la tierra busca la plenitud de la vida cristiana y trata de ejercitar el apostolado mediante las actividades familiares, sociales y profesionales que entretejen las jornadas de la gran mayoría de las personas”.

Habló también del “toque de campana” que ha dado Juan Pablo II en su última Carta Apostólica: “Jesucristo se sirve de su Vicario en la tierra cuando nos exhorta a recorrer con garbo las sendas de nuestra vocación cristiana”. Con la Novo millennio ineunte, “el Santo Padre ha querido despertar a los tibios, animar a los pusilánimes, impulsar a todos”.

Citando al Papa, dijo que “los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias caminan son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida”.

Hasta su ordenación presbiteral, estos diáconos asistirán al clero de la prelatura y trabajarán en la labor que el Opus Dei desarrolla en los diferentes países. Entre la variada procedencia geográfica de los nuevos ordenados, se encuentran algunos que proceden del continente africano: Thomas Joseph Mboya Ayugi, keniano; y Innocent Okwudili Uwakwe, nigeriano. Llegan al sacerdocio, con 32 y 34 años, respectivamente.

Todos los diáconos han realizado alguna carrera universitaria civil y han ejercido su profesión antes de iniciar sus estudios teológicos. Entre ellos hay ocho ingenieros, tres periodistas, cuatro abogados, dos filólogos, dos historiadores, etc.

Un empleado de banca, un abogado y un ingeniero se ordenan sacerdotes

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El Prelado del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, confirió el domingo 2 de septiembre  de 2001 la ordenación sacerdotal a tres fieles de la Prelatura, en una ceremonia que se celebró en el santuario de Torreciudad, y en la que cantó la Coral Oscense.

Opus Dei -

Al acto asistieron numerosos familiares, colegas y amigos de los ordenandos, que llegan al sacerdocio después de haber ejercido durante años su profesión y de haber cursado los estudios previstos por la Iglesia. Desde ahora se dedicarán exclusivamente a su ministerio sacerdotal. Con estos tres, son treinta y siete los fieles de la Prelatura ordenados sacerdotes este año.

Uno de los ordenados es el madrileño Gerardo Güemes Sedano, de 42 años, que ha trabajado como empleado de banca durante casi 25 años. “Comencé a los 14 años como botones y al mismo tiempo cursé el bachillerato y la carrera de Historia por la tarde. Al terminar en la Universidad Autónoma de Madrid decidí seguir en el banco, como gestor comercial”.

Güemes espera con “gran ilusión” el comienzo de su nuevo trabajo, “poniendo al servicio de todos mi ministerio sacerdotal”. Añade que “si tengo algo claro es que me ordeno para servir a todas las almas”

El abogado Conceso Sobradillo Casado, nacido hace 39 años en la localidad vallisoletana de Bercero, perteneció a la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Valladolid, en cuya Universidad estudió la carrera, e impulsó la creación de la Agrupación de Abogados Jóvenes de Valladolid.

El mexicano José Luis López González, nacido en Monterrey hace 41 años, es ingeniero químico, master en Dirección de Empresas, y se ha dedicado a la enseñanza como profesor de Ingeniería Industrial. López González dijo hoy que “espero ser fiel transmisor de las enseñanzas de Cristo”.

El rostro de la misericordia de Dios

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Mons. Javier Echevarría // Revista Mundo Cristiano (Madrid)

El profeta Elías huyó en cierta ocasión, para salvar su vida, y se adentró en el desierto. Exhausto, se sentó bajo una mata de retama «y deseó morir». Pero Dios tenía otros planes. Un ángel tocó a Elías y, mostrándole un pan y un vaso de agua, le dijo: «Levántate y come». El profeta «se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel manjar caminó [...] hasta el monte de Dios» (Libro primero de los Reyes, 19, 1-8).

No han desaparecido los desiertos de la faz de la tierra, y sigue habiendo hombres y mujeres desesperados que «desearían morir». Es superfluo repetir aquí la larga lista de infortunios y desgracias que pueden conducir a la desesperación: se han recordado demasiadas veces. La muerte de la Madre Teresa hace presente la otra cara de la moneda: el rostro de la misericordia de Dios.

Madre Teresa repetía a cuantos querían escucharla que ella pretendía llevar un poco de amor a los últimos de la tierra, para refrescar su memoria dolorida, y confirmarles que Dios les ama. Que Dios ~Creador de la tierra y del universo entero~ recuerda el nombre de cada uno de nosotros como si fuéramos su único hijo.

Sigamos leyendo el libro de los Reyes. Después de que el ángel consoló a Elías, Dios dice al profeta que suba a un monte, porque «va a pasar Yavé». Elías se dispuso a contemplar la insólita escena. Primero «pasó un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas; pero no estaba Yavé en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yavé en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yavé en el fuego. Tras el fuego, vino un ligero y blando susurro. Cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto», porque Dios estaba pasando, Dios estaba en el ligero y suave susurro. Dios, rico en misericordia, no habla mediante la fuerza, sino con palabras pronunciadas en voz tan baja que sólo se pueden escuchar con el corazón.

También en el siglo XX ha mandado el Señor ángeles consoladores que, hablando en susurros al oído de cada uno, han mostrado a los hombres el luminoso camino del Cielo, el camino del Amor misericordioso.

Este susurro de amor se convierte para nuestros corazones en una llamada exigente: «obras son amores y no buenas razones». También a los que el Señor pide que no abandonen el mundo, sino que lo santifiquen desde dentro, les resulta lógico alabar y encomendar una labor tan benéfica para la Iglesia ~es otro modo de hacer Iglesia~ como la de Madre Teresa y su Congregación.


El cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia

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Mons. Javier Echevarría // Il Tempo (Roma)


«He resucitado y viviré siempre contigo»: con estas palabras comienza la Misa del día de Pascua. Cristo nos asegura que su victoria sobre la muerte es garantía y promesa de un renovamiento profundo de la vida de cada cristiano y del mundo entero. Cristo, en efecto, vive, y está con nosotros para siempre. Una mirada superficial al mundo y a las constantes heridas que lo afligen parecería desmentir la confianza de los creyentes en la presencia perenne de Jesús en la historia. Sin embargo, si la Resurrección constituye el fundamento más sólido de la fe, como afirma San Pablo (cfr. 1 Cor 15, 16-17), ninguna tragedia, ni histórica ni individual, puede convertir en ilusoria la esperanza cristiana.

La Pascua nos obliga a mirar con ojos distintos nuestra propia vida y la misma historia del mundo. Desde hace dos mil años ya, los cristianos creen que Cristo ha vencido sobre la muerte y el pecado. Desde hace dos mil años, se obstinan en cultivar la certeza de que el mal pertenece a una fase transitoria del acontecer humano. Y desde hace esos dos mil años la experiencia cotidiana parece querer inducirles al desencanto. Es por eso muy común, aun en países de antigua tradición cristiana, la idea de que la fe es una de las tantas ilusiones propias de la infancia, cuando todavía se cree que todos los hombres son buenos. Después, hay que crecer, afrontar la vida: el hombre maduro -se dice- es aquel que conoce el mal.

Hoy debemos comprender, una vez más y mejor, que Cristo venció verdaderamente al pecado. Esto significa que, para quien mira el mundo con ojos de verdadera fe, el pecado -aunque con su potencia devastadora obstaculice las relaciones entre los hombres, arranque de los corazones la confianza recíproca y reduzca la necesidad de amor al instinto de autodefensa- en realidad no deja de ser algo anecdótico, y un día tendrá fin. Se nos muestra duro, amargo, difícil de combatir; pero, pese a todo, e inevitablemente está destinado a desaparecer de la escena del mundo. El cristiano sabe que la victoria de Cristo es segura. Cree firmemente que el mal se verá cancelado. Cree que triunfarán el amor y la justicia.

Pero el cristiano no puede esperar pasivamente el fin de la historia, porque es ciudadano del mundo, llamado por Cristo a colaborar con la salvación, a la lucha contra el mal. En una homilía sobre la Pascua, el Beato Josemaría Escrivá escribe: «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes (…) no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado (…). Comprendo y comparto esa impaciencia» (Es Cristo que pasa, n. 111). Pero la conclusión de estas consideraciones constituye un grito de optimismo: «La experiencia del pecado no nos debe hacer dudar de nuestra misión» (ibid. n. 114). Estamos llamados a tomar parte en la Pasión de Cristo, para ser así partícipes también de su Resurrección y difundir su potencia salvífica. Mientras estemos sobre la tierra, el mal se mezclará siempre con el bien, como la cizaña con el grano de trigo. Por eso, la vida cristiana es una llamada continua a la conversión, lucha contra el pecado, y no presunción de impecabilidad. «Ave Rex noster: tu solus nostrus es miseratus errores», hemos recitado en la liturgia del miércoles santo: Cristo tiene compasión de nuestros errores y los sana.

La Pascua nos confirma en la esperanza. La victoria de Cristo es también nuestra victoria. Acogiendo la gracia que nos llega por medio de los sacramentos de la Iglesia, podemos verdaderamente eliminar poco a poco el mal de nuestra vida. Y así llegar a ser partícipes del amor salvífico de Cristo, difundiendo en el mundo el don que Él ha venido a traer a los hombres: el amor que perdona y salva.

Si «don» es la palabra más frecuente entre quienes se aman, ¿cómo vamos a maravillarnos de que ese apelativo de «Don» sea uno de los nombres del Espíritu Santo, Persona de la Santísima Trinidad en la que toda la Iglesia medita durante este segundo año de preparación para el Gran Jubileo? Precisamente Él, el Espíritu Santo, como da a entender el apóstol Juan (cfr. Jn 7, 39), no podía ser donado a la humanidad si no hubiera existido el Viernes Santo. La Resurrección sucede a la Cruz.

Esta ciudad de Roma está palpando el empeño apasionado del Vicariato para coordinar los esfuerzos destinados al desarrollo de la Misión Ciudadana de preparación del Gran Jubileo. Se trata de una llamada a nuestro compromiso de testigos del Evangelio, a nuestra fe y a nuestra esperanza en Cristo vivo. Una verdadera movilización al servicio de las necesidades espirituales de todos los romanos, porque, como el Santo Padre ha recordado durante estos días, la Iglesia debe servir al hombre si quiere servir a Dios.

Entrevista con monseñor Javier Echevarría

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El prelado del Opus Dei comenta en una entrevista publicada por la revista Pensamiento y Cultura algunos temas relacionados con el pluralismo cultural, la paz y el papel de la universidad en la sociedad actual.

La cultura de hoy es la cultura del hombre de hoy, con sus avances tecnológicos, sus facilidades de comunicación, pero también sus problemas. ¿Cómo compartir nuestra identidad y al mismo tiempo construir nuestro futuro con fe y razón como nos recomienda Juan Pablo II? ¿Cómo ser cristiano del siglo XXI?

El pluralismo cultural no constituye un problema para los cristianos, sino una realidad con la que contamos, como ciudadanos corrientes que somos. El Papa nos ha impulsado repetidamente a llevar a cabo la nueva evangelización, también de la cultura. No hay razón para el miedo.
En su carta Novo millennio ineunte afirma que «en la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso, tal como se va presentando en la sociedad del nuevo milenio, este diálogo es también importante para proponer una firme base de paz» (n. 55). Y ha dicho también recientemente el Papa que la globalización «no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella. Ningún sistema es un fin de sí mismo, y es necesario insistir en que la globalización, como cualquier otro sistema, debe estar al servicio de la persona humana, de la solidaridad» (Discurso a la Academia pontificia de ciencias sociales, 27-IV-01, n. 2).

El verdadero problema es el individualismo egoísta. El Papa invita a cambiar esa tendencia. «Es la hora de una nueva «imaginación de la caridad que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre» (Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 50). En este sentido, lo que puede y debe fomentarse en el mundo actual —con la ayuda de la ciencia, la tecnología, las artes y la facilidad de comunicación— es la globalización de la caridad. Y no habrá solidaridad global sin solidaridad personal.

Sabemos que Usted sigue muy de cerca los acontecimientos sociales que suceden en Colombia. Muchas veces nos lo ha manifestado por diferentes vías y se lo agradecemos de todo corazón. La enorme mayoría de los colombianos es católica, sabemos que debemos contribuir a configurar una sociedad justa. ¿Qué nos sugeriría para ayudar en la solución de los graves conflictos que atraviesa el país?

Sé que os duele esta situación y que todos, de un modo u otro, estáis sufriendo las consecuencias. Pero, al mismo tiempo, puede haber, quizá inconscientemente, algo de resignación. Hay que evitar la pasividad ante los problemas, hay que buscar incansablemente soluciones a los conflictos, con esperanza y con sentido de responsabilidad. Trabajando cada uno donde le corresponde, desde el lugar que ocupa en la sociedad, pensando en lo que puede aportar personalmente para construir la paz. Porque la paz es como un río caudaloso formado por multitud de afluentes y manantiales: todos son importantes.

Es necesario hacer un apostolado muy grande en favor de la paz. Un apostolado que es la suma de la oración, la comprensión y la colaboración de todos. En Roma, y más aún los días que llevo aquí en Colombia, sufro con vosotros. No es solamente un problema de Colombia, es un problema de todo el mundo. Estoy pidiendo constantemente a Nuestra Señora que nos consiga la paz en esta tierra. La Iglesia prelaticia del Opus Dei, en Roma, tiene como título Santa María de la Paz. Al fondo de la nave se encuentra un candelabro votivo, con lámparas encendidas a nuestra Madre del Cielo para que nos consiga del Señor la paz personal y la paz de toda la humanidad. He decidido que una de las velas de ese candelabro arda permanentemente en petición por la paz en Colombia. Os aconsejo acudir también a la intercesión del Beato Josemaría, gran amigo y promotor de la paz, y que tanto quiere a vuestro país. Yo desearía que mucha gente le pidiera que nos ayude a conseguir la paz en esta tierra estupenda.

¿Y cuál, considera Usted, debería ser el papel de la Universidad de La Sabana, y de la Universidad en general, en esta sociedad convulsionada?

Me viene a la memoria la respuesta del Beato Josemaría a una pregunta análoga, también en una entrevista. Afirmaba que la Universidad no es ajena a ningún problema humano. La Universidad, decía, es el lugar idóneo para adquirir la preparación que permita luego contribuir a dar solución a los grandes problemas sociales y defender los derechos fundamentales de la persona. Sin olvidar que no hay una única manera de afrontar las cuestiones sociales: existen diversas propuestas legítimas sobre las soluciones concretas que se pueden aplicar en cada caso. Para que la Universidad cumpla su papel en la sociedad, dentro del claustro universitario ha de promoverse y respetarse esa libertad.

Juan Pablo II decía hace años a un grupo de universitarios que «la Iglesia no tiene preparado un proyecto de escuela universitaria ni de sociedad, pero tiene un proyecto de hombre, de un hombre nuevo renacido por la gracia» (Homilía a los universitarios , 5-VI-79). Por eso, la Universidad ha de procurar que los alumnos reciban una formación integral, y también que comprendan la grandeza de ese proyecto de hombre nuevo renacido por la gracia. Que lo entiendan de modo vital, iniciando, si libremente lo desean —debemos desearlo todos—, su propio camino de renovación espiritual, con la ayuda —siempre necesaria— de los sacramentos. Porque lo sabéis bien: ciencia y fe caminan de la mano. La fe que profesáis ilumina vuestro trabajo intelectual. Y la ciencia que enseñáis os ayuda a profundizar en la fe.

La sociedad actual se caracteriza por su preocupación por la imagen, por la apariencia, y la verdad es considerada como algo secundario y hasta como algo inconveniente, anticuado. Se acepta la realidad con un guiño del ojo. No obstante, es obvio: sin la verdad no podemos vivir la coherencia de la vida. ¿Qué hacer para cultivar la verdad y ser coherentes?

Vosotros, como universitarios, tenéis un compromiso con la búsqueda y transmisión de la verdad. El cristiano coherente no desea convivir con la mentira, ni con la frivolidad. Por eso los cristianos resultan incómodos para un mundo de intereses, donde cuentan sólo el poder, el dinero y los símbolos de riqueza. Pero en este mundo nuestro son también muchos —en realidad, de un modo u otro, todos— los que sienten “nostalgia” de la verdad, de esa verdad hermosa y limpia y clara: verdad esplendorosa, podríamos llamarla, parafraseando el título de una encíclica del Papa.
¿Quién no desea la compañía de un amigo sincero, que dice la verdad y no engaña ni es egoísta, que ayuda y que corrige, si hace falta? “Decir la verdad con caridad”, es un lema cristiano que sacia la sed de este mundo nuestro.

Su libro Itinerarios de vida cristiana, recién publicado, ha tenido un notable éxito de ventas. ¿A qué atribuye este hecho, en una sociedad como la actual, a veces aparentemente tan lejana de los ideales? ¿Qué aspectos especiales quisiera Usted destacar en su contenido?

Las mujeres y los hombres de hoy tienen hambre de Dios. El Papa lo ha expresado bellamente, diciendo que estamos comenzando una nueva primavera cristiana. Acabamos de celebrar el gran Jubileo del año 2000, un año de acción de gracias por la Encarnación del Hijo de Dios. Porque Jesucristo es, como siempre, la novedad permanente hacia la que apuntan nuestras metas, también las del siglo XXI, que se resumen en llenar de sentido cristiano la vida ordinaria. Ése es el núcleo del mensaje del Beato Josemaría. El libro Itinerarios de vida cristiana, está escrito precisamente a partir de mi experiencia personal de vida ordinaria junto al fundador del Opus Dei, entre 1950 y 1975: venticinco años viendo al Beato Josemaría buscar, tratar y amar a Jesucristo. Con este libro he querido contribuir al redescubrimiento del rostro de Cristo, al que nos ha encaminado Juan Pablo II durante el Jubileo.


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