Un mes para la JMJ en Sidney

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Falta un mes para que comience en Australia la Jornada Mundial de la Juventud. Allí, Benedicto XVI se reunirá con jóvenes de todo el mundo.

Opus Dei -

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” .

La Jornada Mundial de la Juventud es el evento juvenil más grande del mundo y tendrá lugar en Sydney del 15 al 20 de julio próximos.

La Jornada Mundial de la Juventud es una invitación del Papa a los jóvenes del mundo a celebrar su fe en un tema particular.

El tema de la JMJ08 elegido por el Santo Padre es: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos” (Hch 1,8)

El Señor se dirigió con esas palabras a los Apóstoles tras su Muerte y Resurrección, justo antes de la Ascensión. Representa el nacimiento de la Iglesia.

ESTADÍSTICAS DE LA JMJ 2008

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura.

Se esperan la participación de 225.000 peregrinos inscritos, 100.000 de ellos australianos; la ayuda de 8.000 voluntarios; 2.000 sacerdotes; 5.000 periodistas.

El Papa llegará a la bahía de Sidney el 17 de julio a bordo de un barco. El sábado 19 será la vigilia con el Santo Padre y, al día siguiente, la Misa de clausura. Desde el día 15 los jóvenes participarán en actividades, como catequesis o peregrinaciones.

Se espera que 500.000 personas asistirán a la Misa de Clausura en el hipódromo de Randwick y Centennial Park.

Testigos de lo eterno

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El  28 de marzo de 1975 se cumplían los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Monseñor Escrivá de Balaguer. El tiempo y el esfuerzo por extender el fuego de Dios en la tierra habían marcado su cuerpo. Pero el alma seguía joven. Con aquella apasionada adolescencia de Amor que le llevó camino del Seminario de Zaragoza.

Dos meses antes de sus bodas de oro sacerdotales, escribe:

«Conmemoremos, por tanto, hijas e hijos queridísimos, este aniversario sacerdotal, renovando el propósito de aprovechar cada jornada agradecidamente al pie de la Cruz -del Altar- la Vida que Jesucristo nos da: que sea siempre la Santa Misa el centro y la raíz de nuestra existencia»(1).

Y el 27 de marzo de 1975, jueves Santo, dirige una meditación a un grupo de miembros del Opus Dei y deja que hable su corazón:

«Una mirada atrás… Un panorama inmenso: tantos dolores, tantas alegrías. Y ahora, todo ‘alegrías, todo alegrías… Porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un crucifijo, un Cristo, el “alter Christus” que hemos de ser»(2).

Sus palabras expresan, en este día, una maravillosa realidad: el Fundador ha vivido sus años de sacerdocio absorto, centrado en el Sacrificio del Altar, la Santa Misa.

Durante muchos años ha repetido que todos en el Opus Dei, sin distinción, tienen alma sacerdotal. Han sido llamados desde el anónimo de la historia colectiva para ser testigos de la eternidad. Capaces de entregar su vida en testimonio de la presencia de Dios entre los hombres. Pero el «muro sacramental» sólo es franqueado por el sacerdocio ministerial.

En su homilía «Sacerdote para la eternidad», el Padre se refiere una vez más a un grupo de hombres que serán ordenados sacerdotes y habla de esta dedicación en cuerpo y alma a la oración, a la Palabra y a la administración de Sacramentos: «Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón muy sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario, a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea profesional, la santificación de los demás (…).

La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede, para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio sacrificado y alegre a la humanidad entera (…).

En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal redimido por Cristo y está, además, marcado con el carácter del sacerdocio ministerial, que se diferencia “esencialmente, y no sólo en grado”, del sacerdocio común de los fieles»(3).

El Opus Dei, para continuar su camino necesita de la presencia de sacerdotes con el mismo espíritu que los laicos de la Obra.

Hombres que, con la misma dedicación y entrega, puedan constituirse en dispensadores de la gracia sacramental, con mentalidad laical y santificando su trabajo profesional.

Abundando en esta idea del Fundador, ha escrito Monseñor Alvaro del Portillo:

«El sacerdote, además de ser un cristiano -un hombre incorporado (a Cristo) por el bautismo-, por la consagración recibida en el sacramento del orden se hace representante -la expresión más adecuada en este caso sería, con los debidos matices, alter ego- de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, para cumplir en su nombre y en su misma potestad la función de enseñar, santificar y dirigir pastoralmente a los demás miembros de su Cuerpo, hasta el fin de los tiempos»(4).

Si todo el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal, puesto que tiene la misión de consagrar el mundo a Jesucristo, los ordenados sufren «una configuración, una transformación sacramental y misteriosa de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, único Mediador»(5).

La luz y la convicción de esta realidad divina sembró en Monseñor Escrivá de Balaguer un intenso amor al sacerdocio, y deseó trasvasarlo plenamente a todos sus hijos. El itinerario de su vida está marcado por una dedicación sin límites a los sacerdotes. He aquí lo que escribe, de este amor entrañable y activo, el actual Prelado del Opus Dei:

«Hablar de Dios, acercar los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1934. Catequesis, días y cursos de retiro espiritual, dirección de almas, cartas breves e incisivas, que llevaban en los trazos -rápidos y definidos- la paz a muchas conciencias. En los primeros meses de 1936 llegó a enfermar; los médicos diagnosticaron sólo cansancio. Predicaba, a veces, hasta diez horas diarias. El clero de casi todas las diócesis españolas recibió su predicación; lo llamaban los Obispos y él recorría el país, a sus propias expensas -en aquellos trenes de entonces-, sin más pago que la amorosa obligación de hablar de Dios»(6).

Y algunos de los que fueron testigos directos de esta dedicación como el Reverendo don Carlos Vicuña, Provincial de los Agustinos de España, en una carta a don Álvaro del Portillo, escrita en octubre de 1944:

«Voy a darle una breve impresión de los ejercicios espirituales dados por don Josemaría Escrivá de Balaguer a los religiosos agustinos del R. Monasterio de El Escorial en este mes de octubre. Todos coinciden en que superó todas las esperanzas y satisfizo plenamente los deseos de los Superiores (…). Todos sin excepción (Padres, teólogos, filósofos, hermanos y aspirantes) estaban pendientes de sus labios sin respirar, como suele decirse (…), cautivados por aquel torrente de fervor, entusiasmo, sinceridad y efusión de corazón».

Desde el 2 de octubre de 1928, el Padre vio la Obra como una totalidad en la que estaban también incluidos los sacerdotes. Y por eso empezó a rodearse de algunos clérigos amigos que practicaban una honda vida de piedad. Se unieron al Padre y le ayudaron en su labor apostólica; aunque no todos lograron entender lo que don Josemaría Escrivá de Balaguer llevaba en el alma.

Por ello, el Padre se da cuenta muy pronto de que los sacerdotes idóneos para atender la Obra deben proceder de sus propios hijos, para que el espíritu del Opus Dei permanezca intacto.

Pero insiste en que recibir el Sacramento del Orden es un hecho accidental para la vocación a la Obra. Todos han entregado su vida al servicio de Dios. Y Dios elegirá, libremente, aquellos que han de servir con el sacerdocio ministerial a sus hermanos y a todas las almas. El Opus Dei acoge dedicaciones tan multivarias como la extensa vocación con que los hombres pueden sentirse llamados en medio del mundo:

«El constituyó a los unos apóstoles, a los otros profetas, a éstos evangelistas, a aquéllos pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo»(7).

Tan arraigada está en el Fundador la certeza de que los sacerdotes del Opus Dei han de proceder de los miembros de la Obra que, ya en 1936, cuando solamente existe en Madrid la Residencia de estudiantes de la calle Ferraz, tiene lugar un hecho muy significativo. Son los primeros días de mayo. Pedro Casciaro, que lleva seis meses de vocación en la Obra, sale del oratorio donde ha estado haciendo un rato de oración. Es una mañana en la que no ha tenido clase en la Universidad. La casa ha quedado desierta porque los demás han acudido a su trabajo. En un banco, fuera del oratorio, está el Padre rezando el Breviario. Pasa despacio para no distraerle, pero el Fundador, sin apartar los ojos del libro, le hace un gesto de que espere. Coloca una señal en la página que acaba de terminar y, mirándole afectuosamente, pregunta:

-«¿Estarías dispuesto a ser sacerdote, si recibieras la llamada?»

Casi sin reflexionar, Pedro responde:

-«Pienso que sí, Padre».

Pero, al tomar conciencia del contenido de la pregunta que acaba de escuchar, vuelve instintivamente ante el sagrario. Poco después el Padre se reúne con él y, de rodillas a su lado, señala la alfombra roja que cubre la tarima del altar. En voz baja le dice:

-«El sacerdote tiene que ser como esa alfombra; sobre ella se consagra el Cuerpo del Señor; está en el altar, sí, pero está para servir; más aún, está para que los demás pisen blando, y ya ves, no se queja, no protesta… ¿Comprendes cuál es el servicio del sacerdote?: ya verás que más adelante, en tu vida, reflexionarás sobre esto»(8).

Sin embargo el acceso de algunos miembros de la Obra al sacerdocio es un fenómeno teológico y pastoral que requiere fórmulas jurídicas adecuadas. Y esto, será un capítulo más que habrá de contar con la oración, el sufrimiento del Padre y, sobre todo, con la Providencia de Dios.

TEMA 11. Resurrección, Ascensión y Segunda venida de Jesucristo

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La Resurrección de Cristo es verdad fundamental de nuestra fe como dice San Pablo (cfr. 1 Co 15, 13-14). Con este hecho, Dios inauguró la vida del mundo futuro y la puso a disposición de los hombres.

1. Cristo fue sepultado y descendió a los infiernos

Tras padecer y morir, el cuerpo de Cristo fue sepultado en un sepulcro nuevo, no lejos del lugar donde le habían crucificado. Su alma, en cambio, descendió a los infiernos. La sepultura de Cristo manifiesta que verdaderamente murió. Dios dispuso que Cristo sufriera el estado de muerte, es decir, de separación entre el alma y el cuerpo (cfr. Catecismo, 624). Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro tanto su alma como su cuerpo, separados entre sí por causa de la muerte, continuaron unidos a su Persona di­vina (cfr. Catecismo, 626).

Porque continuaba perteneciendo a la Persona divina, el cuerpo muerto de Cristo no sufrió la corrupción del sepulcro (cfr. Catecismo, 627; Hch 13, 37). El alma de Cristo bajó a los infiernos. «Los ‘infiernos’ –distintos del ‘infierno’ de la condenación– constituían el estado de todos aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo» (Compendio, 125). Los justos se encontraban en un estado de felicidad (se dice que reposaban en el “seno de Abraham”) aunque no tenían aún la visión de Dios. Diciendo que Jesús bajó a los infiernos, entendemos su presencia en el “seno de Abraham” para abrir las puertas del cielo a los justos que le habían precedido. «Con el alma unida a su Persona divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios» (Compendio, 125).

Cristo, con el descenso a los infiernos, mostró su dominio sobre el demonio y la muerte, liberando a las almas santas que estaban retenidas para llevarlas a la gloria eter­na. De este modo, la Redención –que debía alcanzar a los hombres de todas las épocas– se aplicó a los que habían precedido a Cristo (cfr. Catecismo, 634).

2. Sentido general de la glorificación de Cristo

La glorificación de Cristo consiste en su Resurrección y su Exaltación a los cielos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. El sentido general de la glorificación de Cristo está en relación con su muerte en la Cruz. Como por la pasión y muerte de Cristo, Dios eliminó el pecado y reconcilió consigo el mundo, de modo semejante, por la resurrección de Cristo, Dios inauguró la vida del mundo futuro y la puso a disposición de los hombres.

Los beneficios de la salvación no derivan sólo de la Cruz sino también de la Resurrección de Cristo. Esos frutos se aplican a los hombres por la mediación de la Iglesia y por los sacramentos. Concretamente, por el Bautismo recibimos el perdón de los pecados (del pecado original y de los personales) y el hombre se reviste por la gracia con la nueva vida del Resucitado.

3. La Resurrección de Jesucristo

“Al tercer día” (de su muerte), Jesús resucitó a una vida nueva. Su alma y su cuerpo, plenamente transfigurados con la gloria de su Persona divina, volvieron a unirse. El alma asumió de nuevo el cuerpo y la gloria del alma se comunicó en totalidad al cuerpo. Por este motivo, «la Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena. Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su Pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso» (Compendio, 129).

La Resurrección del Señor es fundamento de nuestra fe, puesto que atesta en modo incontestable que Dios ha intervenido en la historia humana para salvar a los hombres. Y garantiza la verdad de lo que predica la Iglesia sobre Dios, sobre la divinidad de Cristo y la salvación de los hombres. Por el contrario, como dice S. Pablo, «si Cristo no resucitó, es vana nuestra fe» (1Co 15, 17).

Los Apóstoles no pudieron engañarse o inventar la resurrección. En primer lugar si el sepulcro de Cristo no hubiera estado vacío no habrían podido hablar de la resurrección de Jesús; además si el Señor no se les hubiera aparecido en varias ocasiones y a numerosos grupos de personas, hombres y mujeres, muchos discípulos de Cristo no habrían podido aceptarla, como ocurrió inicialmente con el apóstol Tomás. Mucho menos habrían podido ellos dar su vida por una mentira. Come dice San Pablo: «Y si no resucitó Cristo (…) somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó» (1Co 15, 14.15). Y, cuando las autoridades judías querían silenciar la predicación del evangelio, San Pedro respondió: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. (…) Nosotros somos testigos de estas cosas» (Hch 5, 29-30.32).

Además de ser un evento histórico, verificado y atestiguado mediante signos y testimonios, la Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente porque «sobrepasa la historia como misterio de la fe, en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios» (Compendio, 128). Por este motivo Jesús Resucitado, aun poseyendo una verdadera identidad físico-corpórea, no está sometido a las leyes físicas terrenas, y se sujeta a ellas sólo en cuanto lo desea: «Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde quiere y bajo diversas apariencias» (Compendio, 129).

La Resurrección de Cristo es un misterio de salvación. Muestra la bondad y el amor de Dios que recompensa la humillación de su Hijo, y que emplea su omnipotencia para llenar de vida a los hombres. Jesús Resucitado posee en su humanidad la plenitud de vida divina para comunicarla a los hombres. «El Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo» (Compendio, 131). Cristo es el primogénito entre los muertos y todos resucitaremos por Él y en Él.

De la Resurrección de Nuestro Señor, debemos sacar para nosotros:

a) Fe viva: «Enciende tu fe. -No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia ¡Vive!: “Jesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula!” -dice San Pablo- ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!»;

b) Esperanza: «Nunca te desesperes. Muerto y corrompido estaba Lázaro: “iam foetet, quatriduanus est enim”: hiede, porque hace cuatro días que está enterrado, dice Marta a Jesús. Si oyes la inspiración de Dios y la sigues -“Lazare, veni foras!”: ¡Lázaro, sal afuera!-, volverás a la Vida»;

c) Deseo de que la gracia y la caridad nos transformen, llevándonos a vivir vida sobrenatural, que es la vida de Cristo: buscando ser realmente santos (cfr. Col 3, 1 y ss). Deseo de limpiar nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia, que nos hace resucitar a la vida sobrenatural -si la habíamos perdido por el pecado mortal- y reco­menzar de nuevo: nunc coepi (Sal 76, 11).

4. La exaltación gloriosa de Cristo: “Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”.

La Exaltación gloriosa de Cristo comprende su Ascensión a los cielos, acaecida cuarenta días después de su Resurrección (cfr. Hch1, 9-10), y su entronización gloriosa en ellos, para compartir, también como hombre, la gloria y el poder del Padre y para ser Señor y Rey de la creación.

Cuando confesamos en este artículo del Credo que Cristo «está sentado a la derecha del Padre», nos referimos con esta expresión a «la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada».

Con la Ascensión termina la misión de Cristo, su envío entre nosotros en carne humana para obrar la salvación. Era necesario que, tras su Resurrección, Cristo continuase su presencia entre nosotros, para manifestar su vida nueva y completar la formación de los discípulos. Pero esta presencia terminará el día de la Ascensión. Sin embargo, aunque Jesús vuelve al cielo con el Padre, se queda entre nosotros de varios modos, y principalmente en modo sacramental, por la Sagrada Eucaristía.

La Ascensión es signo de la nueva situación de Jesús. Sube al trono del Padre para compartirlo, no sólo como Hijo eterno de Dios, sino también en cuanto verdadero hombre, vencedor del pecado y de la muerte. La gloria que había recibido físicamente con la Resurrección se completa ahora con su pública entronización en los cielos como Soberano de la creación, junto al Padre. Jesús recibe el homenaje y la alabanza de los habitantes del cielo.

Puesto que Cristo vino al mundo para redimirnos del pecado y conducirnos a la perfecta comunión con Dios, la Ascensión de Jesús inaugura la entrada en el cielo de la humanidad. Jesús es la Cabeza sobrenatural de los hombres, como Adán lo fue en el orden de la naturaleza. Puesto que la Cabeza está en el cielo, también nosotros, sus miembros, tenemos la posibilidad real de alcanzarlo. Más aún, Él ha ido para prepararnos un lugar en la casa del Padre (cfr. Jn 14, 3).

Sentado a la derecha del Padre, Jesús continúa su ministerio de Mediador universal de la salvación. «El Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado» (Compendio, 132).

En efecto, diez días después de su Ascensión al cielo, Jesús envió el Espíritu Santo a los discípulos conforme a su promesa. Desde entonces Jesús manda incesantemente a los hombres el Espíritu Santo, para comunicarles la potencia vivificadora que Él posee, y reunirles por medio de su Iglesia para formar el único pueblo de Dios.

Después de la Ascensión del Señor y de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la Santísima Virgen María fue llevada en cuerpo y alma a los cielos, pues convenía que la Ma­dre de Dios, que había llevado a Dios en su seno, no sufriera la corrupción del sepulcro, a imitación de su Hijo.

La Iglesia celebra la fiesta de la Asunción de la Virgen el día 15 de agosto. «La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» (Catecismo, 966).

La Exaltación gloriosa de Cristo:

a) Nos alienta a vivir con la mirada puesta en la gloria del Cielo: quae sursum sunt, quaerite (Col 3, 1); recordando que no tenemos aquí ciudad permanente (Hb 13, 14), y con el deseo de san­tificar las realidades humanas;

b) Nos impulsa a vivir de fe, pues nos sabemos acompañados por Jesucristo, que nos conoce y ama desde el cielo, y que nos da sin cesar la gracia de su Espíritu. Con la fuerza de Dios podemos realizar la labor apostólica que nos ha encomendado: llevarle a todas las almas (cfr. Mt28, 19) y ponerle en la cumbre de todas las actividades humanas (cfr. Jn12, 32), para que su Reino sea una realidad (cfr. 1Co15, 25). Además Él nos acompaña siempre desde el Sagrario.

5. La segunda venida del Señor: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”.

Cristo Señor es Rey del universo, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo (cfr. Hb2, 7; 1Co15, 28). Concede tiempo a los hombres para probar su amor y su fidelidad. Sin embargo, al final de los tiempos tendrá lugar su triunfo definitivo, cuando el Señor aparecerá con “gran poder y majestad” (cfr. Lc21, 27).

Cristo no ha revelado el tiempo de su segunda venida (cfr. Hch1, 7), pero nos anima a estar siempre vigilantes y nos advierte que antes de esta segunda venida o parusía, habrá un último asalto del diablo con grandes calamidades y otras señales (cfr. Mt 24, 20-30; Catecismo, 674-675).

El Señor vendrá entonces como Supremo Juez Misericordioso para juzgar a vivos y muertos: es el juicio universal, en el que los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y con respecto al prójimo. Este juicio sancionará la sentencia que cada uno recibió después de su muerte. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se consumará el Reino de Dios, pues «Dios será todo en todos» (1Co 15, 28).

En el juicio final los santos recibirán, públicamente, el premio merecido por el bien que hicieron. De este modo se restablecerá la justicia ya que en esta vida, muchas ve­ces los que obran mal son alabados y los que obran bien son despreciados u olvidados.

El Juicio final nos empuja a la conversión: «Dios da a los hombres to­davía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete con la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada es­peranza” (Tt 2,13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2Ts 1, 10)» (Catecismo, 1041).

Antonio Ducay

La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer

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I. El Opus Dei en el mundo

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

Al aterrizar la muchacha sintió vergüenza torera y, mientras el avión se acercaba lentamente a los edificios del aeropuerto, tomó en firme su decisión: buscaría en la guía telefónica la dirección del Opus Dei en Madrid y acudiría allí directamente, desde Barajas, para enterarse de una vez y para siempre del asunto. Porque otra como aquélla no le volvería a pasar en su vida.

Terminado el trabajo que sigue normalmente a todo vuelo, marchó al aparcamiento, se metió en su coche y, vestida todavía de azafata, se presentó en la dirección que encontró en la guía: la de la Oficina de Información del Opus Dei.

–Vengo aquí a saber con detalle lo que es el Opus Dei. Acabo de llegar de Londres y durante el vuelo me ha ocurrido algo que, la verdad, me ha llenado de vergüenza, porque soy católica y…

Lo ocurrido era sencillo. Un pasajero británico, anglicano, entabló conversación con su vecino, un cató] ico español, acerca del Opus Dei. Como éste no hablaba bien el inglés, había solicitado de la azafata que hiciese ella misma de intérpretc, «aunque mejor habría sido que no la hubiera llamado», porque, mientras el católico «navegaba» sobre el tema, el anglicano daba muestras cada vez más evidentes de conocerlo en profundidad, con lo cual el interrogatorio se convirtió al final, tanto para la azafata como para el pasajero, en una auténtica disertación sobre el Opus Dei a cargo de aquel señor alto y rubio que desapareció por la aduana con los demás viajeros procedentes de Londres.

Entre lo que había traducido en el avión y lo que le dijeron aquella tarde en la oficina, la azafata supo lo que era el Opus Dei y se llevó además unos cuantos títulos de libros y de folletos, que podía encontrar en cualquier librería. Sin embargo su mayor sorpresa fue la de descubrir por su propia cuenta, al darle vueltas a lo que acababa de conocer, que a lo mejor en el pasaje del avión había alguien del Opus Dei y que también en el aeropuerto podrían serlo la mujer de la limpieza, el empleado o el piloto de cualquier compañía, el mecánico, el técnico de la torre de control, el camarero, la telefonista, el mozo, la chica que vendía «souvenirs», la florista, el jefe del aeropuerto, el hombre del quiosco de periódicos, la compañera que pasaba de un avión a otro a los pasajeros en tránsito o acompañaba a aquellos niños que viajaban solos, o cualquiera de los que esperaban pacientemente su vuelo –hombres, mujeres, casados, solteros, viudos, enfermos, sanos–, de cualquier raza, de cualquier país, de cualquier cultura. «Bueno –seguía pensando la muchacha, dinamizada por el ritmo de su profesión–, y quien dice en un aeropuerto lo puede decir también en una estación de trenes o de autobuses, en el metro o en un barco, en Cabo Cañaveral o en una nave espacial… Pero, ¿entonces el Opus Dei…?».

Efectivamente. Cualquier hombre, cualquier cristiano lo puede comprender si se detiene un momento en la rabiosa carrera que le lleva a todo gas hacia cualquier parte y se para a reflexionar sobre las cosas sencillas, mira con ojos más humanos a la gente que se mueve a su alrededor (¡cuánta petulancia en este «alrededor», que decimos siempre y que nos convierte en centro del mundo!), y descubre esa formidable dignidad que está al alcance de todos sin más exigencia que la de la buena voluntad.

«Desgraciadamente –comenta Michael Kirke en The Word (mayo de 1972) de Dublín– muchas personas son capaces de tener muy buenas intenciones, pero rara vez de cumplirlas. Hay que enfrentarse a los hechos tal como son: los cristianos tenemos una triste tendencia –a veces escandalosa– a permanecer muy por debajo de nuestros ideales. ¿No es verdad que necesitamos a menudo medios más eficaces para acercarnos un poco más a esos ideales?… Eso es lo que e) Opus Dei se propone».


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