Darse sin pedir nada a cambio

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Seleccionamos algunas intervenciones de diversos sacerdotes de España que recibieron la ordenación del Prelado el  21 de mayo de 2005.

Jóse Fernández Castiella e Iñaki Izco.

Eduardo Díez-Caballero, vitoriano, trabajó en la radio Onda Cero Vitoria antes de viajar a Roma para estudiar Teología. Conserva muchos recuerdos de las horas ante los micrófonos, donde se especializó en retransmisión de encuentros deportivos.

“Para muchos de mis familiares y compañeros de trabajo la sorpresa fue el que dejara mi vida profesional y me viniera a estudiar ¡¡Teología!! a Roma. ‘Pero estás loco’ –me decían–, y yo les contestaba: por supuesto que estoy loco. Igual que cuando decidí estudiar Periodismo. ‘Te morirás de hambre me decían entonces’, y pasaron los años… y no me morí de hambre. Ahora no me dicen que me voy a morir de hambre, menos mal. Esta sorpresa viene acompañada de la oración de todos. Una oración que te sostiene y te da alas para sacar adelante esta vocación al sacerdocio que es una aventura apasionante, darse a los demás por Dios sin pedir nada a cambio”.

Jorge Llop, del País Vasco, relata cómo la enfermedad le preparó para el sacerdocio: “Me trasladé a Roma en septiembre de 1994 con la intención de realizar la licenciatura y el doctorado en Teología Moral en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. En otoño de 1999 viajé a Pamplona por motivos de salud. Meses antes me había aparecido lo que después fue diagnosticado como una metástasis de melanoma, cáncer de piel, en el estómago y en la pierna. Este periodo de enfermedad y recuperación, de alguna forma, ha servido para una mejor preparación desde el punto de vista interior. Tanto un periodo como otro me han servido para prepararme por un camino no recto a la llamada al sacerdocio”.

Y tiene un recuerdo especial para Juan Pablo II. “Cuando uno ha estado comprometido con una enfermedad grave –continúa- hay algunas cosas que dejan poso, entre otros una cierta sensibilidad por el dolor y la enfermedad ajena. En el caso de Juan Pablo II me permitió unirme más a él, acompañarle en sus últimos días. Algunos enfermos se preguntan por qué me tiene que ocurrir a mi estas cosas o tengo que sufrir esta enfermedad. Cuando se tiene fe, el planteamiento es distinto: qué espera Dios de mí en esta situación que humanamente puede parecer tan dura. En este sentido, me atrevo a decir que ahí esta la respuesta de Juan Pablo II”.

Otros sacerdotes que recibieron la ordenación.

Iñaki Izco, de Pamplona, se refiere al reciente fallecimiento de Juan Pablo II, cuya marcha al Cielo ha marcado a estos nuevos sacerdotes: “La muerte de Juan Pablo II ha sido, particularmente en Roma, una manifestación enorme de fe y de oración, de afecto y gratitud por un Papa que –estaba a la vista de todos- había dado su vida entera por la Iglesia. Y ese clima espiritual ha perdurado en las jornadas del precónclave y del cónclave. Acompañado, lógicamente, de una gran expectación”.

José Fernández Castiella, también de Pamplona, explica que para él el sacerdocio es un servicio: “Antes de venir a estudiar a Roma he participado en algunos voluntariados relacionados con labores sociales. Tengo un recuerdo maravilloso de aquellas horas dedicadas a prestar aquellos servicios, aunque requerían bastante tiempo y esfuerzo. Ninguno de los que participábamos lo considerábamos como una pérdida de tiempo o renuncia a otras actividades. Es más, con este tipo de experiencias uno tiene conciencia clara de que es el primer beneficiario. Creo que con el sacerdocio pasa algo parecido, porque es una dedicación total al servicio de las personas, a quienes se les da “con las dos manos” la gracia de Dios. Creo que la clave es entenderlo así, como una labor en favor de servicio a Dios y a las almas de la que uno mismo es el primer beneficiario”.

Mi testimonio sobre Monseñor Escrivá de Balaguer

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Testimonio de Silvestre Sancho Morales O.P. Rector de la Universidad Santo Tomás en Manila

Conocí a Monseñor Escrivá de Balaguer en 1935, con ocasión de un viaje mío a España desde Manila. Recuerdo que en ese primer encuentro hablamos mucho de apostolado. Sin embargo, lo que se me quedó más grabado fueron algunos rasgos de su carácter, en especial su entusiasmo, su alegría.

No volvimos a vernos hasta finales de 1941, cuando regresé a España, donde permanecí diez años. Desde entonces, y hasta que el fundador del Opus Dei fijó su residencia en Roma, en 1946, tuvi mos ocasión de encontrarnos con mucha frecuencia y trabar una profunda amistad. Más tarde seguí viéndole periódicamente en Roma. Nuestras conversaciones siempre me acercaban más a Dios.

Durante los años de nuestra común estancia en Madrid, iba con frecuencia al domicilio de don Josemaría para dar clases de Teología a socios de la Obra, algunos de los cuales fueron ordenados después. A través de estos contactos con el fundador del Opus Dei y con algunos de sus hijos tuve ocasión de conocer más a fondo el espíritu que animaba a don Josemaría.

CELO POR LAS ALMAS

La primera nota que yo destacaría de Monseñor Escrivá de Balaguer es su caridad, un amor a Dios que se desbordaba en un celo infatigable por todas las almas. Siguiendo el orden de la cari dad, sobresalía en primer lugar su cariño paterno y un entrañable desvelo por sus hijos, los socios de la Obra. Les exigía con fortaleza para que fueran santos, y, a la vez, con la ternura y la delicadeza que un padre tiene con sus hijos. A mí, en un principio, no dejó de sorprenderme esa forma de tratarles, especialmente a aquellos que ya eran hombres hechos y derechos y gozaban de un merecido prestigio profesional. Sin embargo, pronto comprendí que para don Josemaría eran fundamentalmente eso: sus hijos.

Cuando falleció uno de los primeros socios del Opus Dei, Isidoro Zorzano, el padre -como le llamaban sus hijos- dio ejemplo de fortaleza cristiana. Su corazón sentía la pena de la separación física, y me habló de que se había encarado amorosamente con el Señor, como intentando comprender por qué se había llevado a un hombre joven que tanto podía servirle en la tierra; pero que inmediatamente había aceptado sin reservas la voluntad de Dios, repitiendo una recia jaculatoria que ya había recogido en el núme ro 691 de Camino: «Hágase, cúmplase,  sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén». Me contaba que se quedó lleno de paz; además, con el consuelo de que Isidoro había fallecido como un santo.

Pero, como ya he dicho antes, su amor no se detenía en sus hijos; se extendía a todas las almas. Su caridad era encendida y abar caba a todas las gentes de cualquier condición. De su ingente labor apostólica, siempre me impresionó la gran tarea que llevó a cabo con sacerdotes diocesanos. Continuamente predicaba por España entera cursos de retiro espiritual para sacerdotes. Lo hacia a petición de los obispos, que conocían la fuerza de su palabra, llena siempre de visión sobrenatural y de vibración apostólica. Su afectuosa comprensión, su sencillez y la llaneza y afabilidad de su trato, gana ban enseguida el corazón de quienes le oían y creaban un ambiente que facilitaba grandemente la reforma.

Contra lo que era costumbre general, jamás solicitó retribución alguna por esta labor con sacerdotes: no sólo no quería cobrar nada, sino que tampoco aceptaba regalos y además se costeaba personalmente los viajes. Desarrollaba este trabajo pastoral sin ruido, calladamente, yendo de acá para allá de modo incansable. Algunas veces, a su regreso, hablábamos de los conocimientos que había hecho en esas «escapadas» de Madrid. Esas conversaciones siem pre me dejaron el convencimiento del enorme alcance de su labor con sacerdotes; muchos miles de almas se beneficiarían luego de la piedad y del celo que don Josemaría había sabido infundir en sus pastores. Sólo Dios puede valorar este silencioso servicio a la Iglesia.

VIDA DE PIEDAD Y FILIACIÓN DIVINA

En don Josemaría la conciencia de la filiación divina era par ticularmente viva. Esa profunda realidad iluminaba toda su vida y se contagiaba a cuantos se le acercaban; Monseñor Escrivá de Balaguer enseñó siempre a empapar y a edificar la vida de piedad sobre esta convicción fundamental: que somos hijos de Dios. De hecho, el sentido de la filiación divina es uno de los rasgos distintivos de la espiritualidad del Opus Dei.

Su oración personal, muy intensa, le mantenía en una presencia de Dios constante. Recuerdo especialmente la devoción con que celebraba la Santa Misa. Su amor al Santo Sacrificio se ponía de manifiesto en el recogimiento con que se acercaba al altar, en el espíritu de oración con que llenaba cada una de las ceremonias, en la pausa de sus movimientos y palabras y también en su delicada fidelidad a las rúbricas del Misal. Terminada la Santa Misa per manecía siempre en una intensa y fervorosa acción de gracias a Jesús Sacramentado. Este cariño a la Sagrada Eucaristía se mos traba igualmente en sus frecuentes visitas al Santísimo, que hacía mos también en el oratorio de aquella casa de la calle Diego de León, nada más levantarnos de la mesa siempre que me invitaba a almorzar.

Todo el comportamiento de don Josemaría era consecuencia de una vida interior muy intensa. Su abandono en Dios, basado en la fe y en la esperanza, era total y se advertía en todas las cir cunstancias de su vi da; desde las más ordinarias hasta los momentos más duros y dolorosos. Su confianza en el Señor se extendía también a la Virgen y a San José, a los Santos y a los Ángeles Custodios, con quienes mantenía un trato amistoso y a los que recurría fre cuentemente -según me explicó- para pedirles muchas cosas y tenerlos como aliados poderosos en el apostolado.

CARIDAD HEROICA

Cuando a comienzos de los años cuarenta –lejano aún el Con cilio Vaticano II–se produjo una fuerte campaña de calumnias con tra don Josemaría, desatada por algunos que, tal vez, no calaban la profundidad teológica de su predicación, pude comprobar, una vez más, su heroico sentido de la caridad y de la justicia. En muchas ocasiones observé su silencio y cómo cambiaba con naturalidad de tema cuando, en nuestras conversaciones, salía a relucir alguna per sona a la que, en justicia, no podía alabar. Vivía a la letra lo que aconsejaba: «Sí no puedes alabar, cállate». A lo largo de su vida, en la que no faltaron abundantes incomprensiones y calumnias, le vi poner en práctica este consejo, tan difícil, de modo constante y con irrebatible fortaleza. A pesar de que le sobraba razón y razones para responder a quienes le agredían, siempre escogió la oración y el silencio, en un ejercicio heroico de la caridad que le inducía a amar a todos los hombres por Dios, siempre, y de manera nada común.

Pero hay todavía más: en cierta ocasión me confió que, diaria mente, en la Santa Misa, elevaba a Dios por los que habían inten tado hacer daño a la Obra de Dios los mismos sufragios que ofrecía por sus padres y por sus hijos vivos o difuntos del Opus Dei. Y eso día tras día, año tras año…

Vivir las contradicciones con una alegría grande, enraizada en un profundo espíritu de mortificación. Siempre, en todas esas oca siones, le sostuvo una firmísimo fe y esperanza sobrenaturales que le hacían olvidar se por completo de su persona.

Monseñor Escrivá de Balaguer tuvo total confianza en Dios en medio de las incomprensiones; tenía la seguridad se lo oí muchí simas veces de que, como la Obra era cosa de Dios, saldría ade lante. Y solía recordar que el grano de trigo que muere siempre es fecundo, y que si viene un vendaval, una persecución, y se lleva el trigo y lo esparce, al cabo de algún tiempo se produce fruto en muchas partes. Así ha ocurrido con el Opus Dei, que actualmente cuenta con más de setenta mil socios de ochenta nacionalidades distintas.

AMOR A LA LIBERTAD

Otra característica del fundador del Opus Dei era su profundo respeto a la libertad personal. Recuerdo, por ejemplo, cómo me expli caba que en el Opus Dei todos debían conseguir con su trabajo profesional medios suficientes para mantenerse y sacar adelante los apostolados, de tal manera que si un día querían abandonar la Obra, pudie ran hacerlo tranquilamente, sin miedo a su futuro en la vida. Así los motivos de su perseverancia serían siempre exclusivamente sobrena turales. «La perseverancia en el Opus Dei -decía– ha de ser con secuencia siempre de un amor actual, constantemente renovado».

Tuve ocasión de comprobar muchas veces cómo ponía todos los medios sobrenaturales y humanos para asegurar esa libre per severancia, enseñando a sus hijos a que también los pusieran. Reza ba mucho y vivía duras penitencias pidiendo por la fidelidad de los socios de la Obra y al mismo tiempo derrochaba cariño com prensión con ellos. En ocasiones hizo viajes muy largos en la tercera clase de los trenes de entonces, y sin dinero para comer, porque quería hablar con alguno que atravesaba dificultades.

ALEGRÍA SOBRENATURAL

Aunque considero imposible bosquejar en unas cuantas páginas todas las virtudes del fundador del Opus Dei, no quiero dejar de insistir en una que, como he dicho al principio de estas líneas, des cubrí en nuestra primera conversación: la alegría.

Era un consuelo hablar con don Josemaría: por su sentido sobre natural y porque siempre estaba de buen humor. Para mí, la alegría era su virtud más característica, fundamentada sin duda, en el profundo conocimiento que Dios le había dado de la filiación divina. «Que estén tristes -decía– los que no se consideren hijos de Dios». Muchas veces comentaba: «Yo quiero que mis hijos estén siempre muy alegres».

Su alegría me parece una consecuencia clara de su gran fidelidad aJesucristo y a su vocación y me hace entender mejor su profunda humildad, porque la soberbia, aunque sea en grado mínimo, es incompatible con la alegría. Monseñor Escrivá de Balaguer pudo tener siempre, durante toda su vida en la tierra, esa inmensa alegría, sobrenatural y humana, porque era extraordinariamente humilde. Se consideraba un instrumento inepto y sordo en las manos de Dios y se había propuesto una norma de conducta firmemente arraigada en la humildad: «Ocultarme y desaparecer es lo mío; que sólo Jesús se luzca».

La impresión que guardo del padre es la de un hombre de muchí sima virtud, aunque su humildad profunda hacía que su vida se con sumase en una gran naturalidad. Amaba y vivía heroicamente la pobreza, sin alardes; era comprensivo, sin falsos respetos humanos; sereno, de una gran moderación en todo; generoso, magnánimo y a la vez atento a los detalles más pequeños.

Además de sus virtudes y de su fidelidad plena a la voluntad de Dios, el temperamento de Monseñor Escrivá de Balaguer, su modo de ser y su postura optimista ante la vida, al igual que el resto de sus excepcionales cualidades naturales, formaban parte de su vocación de instrumento de Dios para hacer el Opus Dei.

Enseñó siempre a utilizar en servicio de Dios toda las buenas cualidades que nos ha concedido y dio ejemplo procurando cada día crecer en las virtudes y gastando su vida entera en la misión divina que había recibido: trabajar por Dios y para Dios en el mun do, llevando a las almas por «los caminos divinos de la tierra».

Por eso tengo tanto cariño al padre, porque tuve ocasión de comprobar que era un hombre santo lleno de alegría, ya que, como decía Santa Teresa, y le gustaba repetir al fundador del Opus Dei, «un santo triste es un triste santo». Gastó toda su vida heroica y alegremente en la misión que Dios le confió: formar a Cristo en las almas de cristianos corrientes que viven en medio del mundo.


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