Jesús, la Iglesia católica y el mundo judío

iglesia  Tagged , , , , , , No Comments »

Entrevista al profesor Francisco Varo, de la Universidad de Navarra, que ha participado en las XLIII Jornadas de Cuestiones Pastorales en Castelldaura

Opus Dei -  Prof. Francisco Varo.

Prof. Francisco Varo.

El profesor Francisco Varo, doctor en Teología (especialidad de Sagrada Escritura) y en Filosofía y Letras (división de Filología, Sección de Filología Bíblica Trilingüe), es profesor de Pentateuco y Libros Históricos del Antiguo Testamento, también de lengua hebrea e Historia de la exégesis moderna y contemporánea en la Universidad de Navarra.

-¿Cómo ha sido recibido el libro de Ratzinger en el ámbito judío?

El mundo judío no es uniforme: no hay un papa judío, por decirlo de alguna manera, y no se define una ortodoxia porque son personas concretas. Dentro del mundo judío, es interesante la respuesta hecha por Jacob Neusner, uno de los autores que aparecen citados en Jesús de Nazaret. Agradece no sólo la cita y el diálogo que recoge, sino el que esté iniciando el camino que él mismo siempre ha propugnado: hablar manteniendo claras las especificidades de cada uno, dentro del respeto y del aprecio de los unos a los otros.

-En la conferencia ha afirmado que el libro de Joseph Ratzinger no tiene una intencionalidad estratégica de aproximación al judaísmo. ¿Qué propone Benedicto XVI con Jesús de Nazaret?

La intencionalidad del libro es acercarse, con los medios técnicos posibles, desde la exégesis histórico-crítica contemporánea y desde la fe católica, a conocer a Jesús de Nazaret. Todo lo que ayude a comprender la verdad de cómo era Jesús resulta de gran interés. En ese acceso a su figura histórica, una de las luces que resaltan con evidencia es que Jesús era judío; un judío singular, que para los cristianos lleva a su plenitud la Torah, pero siempre judío. En este sentido, en el libro queda muy bien retratado dentro del marco cultural e histórico del judaísmo del siglo I.

-En la opinión pública actual, con frecuencia se muestra una fuerte escisión entre la Iglesia como jerarquía y la Iglesia de Jesús, su fundador. ¿Cómo explicar la unidad entre ambas?

Hay un viejo mito que resume esta concepción: Cristo sí, Iglesia no. Existen aquellos a quienes resulta atractiva la imagen de Jesús y, en cambio, no sienten esa cercanía con respecto a la Iglesia católica. En el fondo, esta distinción tiene su fundamento en que no ven al Jesús verdadero y, por tanto, desconocen la Iglesia verdadera. Cuando uno intenta diseñar la figura de Cristo según su propia visión, le gusta ese Jesús pero no el de verdad. En cambio, al conocer el Jesús verdadero, se da cuenta de que donde realmente lo encuentra es en la Iglesia que fundó, es decir, en la que sigue siendo hoy la Iglesia católica.

Polémica de Newsweek (13-I-92) sobre el supuesto antisemitismo de San Josemaría

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Ante las calumnias vertidas por el semanario, la Oficina de información publicó unas declaraciones desmintiéndolas.

A) Declaraciones de Mons. Álvaro del Portillo, sucesor de San Josemaría:

“Estoy asombrado y dolorido por las afirmaciones recogidas en algunos medios de comunicación sobre una supuesta simpatía del Fundador del Opus Dei por Hitler. Es absolutamente contrario a la realidad afirmar eso de una persona que amó profundamente al pueblo hebreo y siempre condenó vigorosa­mente cualquier tiranía. Tan pronto como he leído la prensa de hoy, me he puesto en contacto con la Embajada de Israel y con representan­tes de la comunidad is­raelita, y les he expresado mi solidaridad y mi indignación por semejantes mentiras. Sé que de este modo no hago otra cosa que participar del dolor de Mons. Escrivá por el holocausto sufrido por el pueblo hebreo, por obra del criminal programa nazi”.

(nota de prensa distribuida por la Oficina de Información el 7-I-1992).

B) Algunos datos sobre Vladimiro Feltzmann:

-La única relación que mantuvo con San Josemaría Escrivá de Balaguer fueron unos pocos encuentros esporádicos durante su estancia en Roma como estudiante de Teología durante sólo tres años. Esos pocos encuentros, además, fueron siempre públicos y delante de, al menos, un centenar de personas. Por supuesto, ninguna de esas personas coincide con el testimonio de Feltzmann.

-El señor Feltzmann puso por escrito en diversas ocasiones (la última en 1980, cuando tenía 41 años) su alta opinión de San Josemaría Escrivá, mostrándose partidario de su santidad. Además, no sólo no vertió esas acusaciones sólo después de abandonar el Opus Dei, sino que esperó hasta que pudieran ser noticia con motivo de su beatificación en 1992.

- El señor Feltzmann añadió, en 1992, a sus acusaciones de antisemitismo, una imaginativa interpretación de un viaje que realizó San Josemaría a Grecia, atribuyéndole intenciones de pasarse a la Iglesia Ortodoxa. Se demostró, con criterios históricos, que ese viaje fue uno más de los muchos que realizó en su vida y que informó previamente al entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Dell’Acqua para que lo supiera también el Santo Padre Pablo VI. Es más, de regreso les trajo a cada uno, de regalo, un icono de aquella tierra.

Segundo número de “Studia et Documenta”

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

Studia et Documenta es una revista científica editada por el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer que reúne artículos sobre el santo y sobre la historia del Opus Dei. Recientemente se ha publicado el segundo volumen.

Opus Dei -

El segundo volumen de “Studia et Documenta” dedica una sección monográfica a los estudios de doctorado de san Josemaría, parte de su formación académica.

Según el profesor José Luis Illanes, director del Instituto Histórico, esta sección permite conocer el aprecio de san Josemaría “por la actividad intelectual y cuanto con ella se relaciona, y, en consecuencia, por todo lo que contribuye al progreso del saber y de la cultura”.

Aunque el santo comprendió pronto que debía dedicar su vida a la labor pastoral que conllevaba la fundación del Opus Dei, estuvo siempre próximo al mundo académico, primero como estudiante y más tarde como impulsor de iniciativas universitarias.

Los artículos más extensos de este número de la revista analizan el doctorado de san Josemaría en la Universidad de Madrid y sus estudios de Teología.

Además, hay también artículos sobre su atención a los enfermos de Madrid, la puesta en marcha del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (España) y la creación de la escuela para campesinas en Montefalco (México), entre otros.

Asimismo, se analiza la correspondencia que un estudiante de Bilbao, Emiliano Amann, mantuvo con su familia mientras vivía en la primera residencia de estudiantes impulsada en Madrid por san Josemaría. Sus cartas muestran, con sus impresiones personales, algunos rasgos de la vida en el Opus Dei en la etapa inmediatamente anterior a la guerra civil española.

En la sección bibliográfica, se reseñan con detalle diez libros y se ofrece una breve recensión de otros 17.

Opus Dei -

Entrevistamos a María Eugenia Ossandón, miembro del Comité de redacción de “Studia et Documenta” e investigadora del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer:

- ¿Por qué se dedica una sección monográfica a la formación académica de san Josemaría?

El profesor Pedro Rodríguez nos había hecho saber que estaba investigando sobre el doctorado en derecho de san Josemaría Escrivá de Balaguer, lo que podría dar origen a un artículo en la revista. A esto se unió que, más o menos a la vez, el profesor Francesc Castells iba a terminar un trabajo semejante sobre los estudios de teología. Por un asunto práctico, el número de páginas que sumaban ambos artículos, se decidió que el cuaderno monográfico de la revista estuviera constituido por esos dos estudios solamente.

- ¿La formación académica de san Josemaría marcó de alguna manera a la fundación que realizó?

La formación en derecho le dio las herramientas intelectuales para trabajar en la figura jurídica adecuada para la institución que promovía; la formación teológica era, en cambio, una exigencia de su ministerio sacerdotal y a la vez del camino de santidad que difundía. Como explica Castells, en la preparación sacerdotal que san Josemaría había previsto para los fieles del Opus Dei que se ordenarían, se incluía una formación teológica de máximo nivel y eso, en términos académicos, se traduce en alcanzar el grado de doctor.

- ¿Cuáles son las principales novedades históricas –hasta ahora no publicadas- que salen a la luz en este segundo volumen?

En cierto sentido todo es novedoso: todos los estudios profundizan en aspectos de la vida de san Josemaría o en iniciativas nacidas al alero de su formación espiritual que se conocían sólo superficialmente.

Si se refiere Ud. a escritos de san Josemaría o dirigidos a él que no se habían publicado, en este número de Studia et Documenta se da a conocer parte de la correspondencia con uno de sus profesores, José Pou de Foxá, porque está en relación con la tesis doctoral en derecho. Hay también un artículo sobre la tarea sacerdotal de san Josemaría entre los enfermos de Madrid entre 1927 y 1931: este artículo incluye algunas de las notas que recibió de las Damas Apostólicas, la fundación con la que colaboraba en aquellos años, acerca de los enfermos que debía atender espiritualmente.

Quisiera destacar la última sección de la revista: una lista de publicaciones sobre san Josemaría, ordenadas según tipo y año de publicación, que recoge unos 550 títulos. Es sólo la primera parte: falta aún la segunda, que se publicará en el próximo número. Para cualquier investigador, esta sección es una herramienta indispensable.

- Estudios universitarios y atención de enfermos; Facultad de Periodismo en Navarra e Instituto rural para formación de campesinas en Montefalco. ¿Cómo se compaginan actividades e iniciativas tan variadas?

Por una parte, evidentemente todas tienen relación con la persona de san Josemaría. Las dos primeras actividades las realizó personalmente, las otras dos son iniciativas que nacieron bajo su directo impulso y que en su desarrollo contaron con su aliento y, en ocasiones, con sus sugerencias y orientaciones prácticas.

Otro rasgo en común que yo veo es la centralidad de la persona. Enfermos, estudiantes, campesinas…, no son sólo categorías genéricas: para san Josemaría, cada persona es única y por eso merece una educación y atención esmeradas.

- Las cartas del residente de la DYA reflejan la vida normal de esta primera residencia. ¿Qué detalles resaltaría?

Los autores del artículo destacan el ambiente de estudio serio y el clima de familia que había en la residencia. Me llamó la atención que Emiliano Amann tenía 15 años cuando llegó a Madrid para preparar el ingreso a la carrera de Arquitectura. Amann se adaptó rápidamente a la residencia DYA, en la que se estudiaba y trabajaba con intensidad -son interesantes los datos sobre el ritmo de estudio y sobre las actividades para los residentes- y en la que había un verdadero ambiente de familia. Por ejemplo, es notable una carta en la que Amann cuenta a sus padres los cuidados que se han tenido con él con ocasión de una enfermedad.

- ¿Qué reacciones ha habido al primer volumen de Studia et Documenta, editado en 2007?

Se ha llegado a un importante número de suscriptores en todo el mundo, pero hace falta seguir trabajando para llegar a más universidades, bibliotecas, centros de investigación, etc. En la medida en que aparezcan los siguientes números esperamos conseguir este objetivo. La calidad de la revista es la mejor carta de presentación y en eso trabajamos.

- ¿A qué público está dirigida la revista?

Está dirigida al mundo académico, porque publica estudios especializados principalmente de historia, aunque no exclusivamente. Sin embargo, los escritos de historia han tenido siempre un público lector más amplio que el de los especialistas, porque el lenguaje no es técnico. Contiene artículos en diferentes idiomas: los autores pueden enviar sus colaboraciones en francés, inglés, castellano, italiano, alemán o portugués.

- ¿Cómo es posible suscribirse a esta revista?

El método más sencillo de hacerlo es a través de la página web del Instituto Histórico, www.isje.it.

Primeros emisarios

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el mes de septiembre de 1942, José Orlandis -que es catedrático de Historia del Derecho Español- y Salvador Canals consultan con el Padre la posibilidad de continuar su formación académica en Roma, con unas becas que acaban de obtener.

Estos jóvenes profesionales -los dos tienen menos de veinticinco años- serán uno de los primeros testimonios vivos del espíritu de la Obra lejos de las fronteras de España.

En la última decena de octubre están ya listos para la marcha. Llevan la bendición del Padre. Conocen a don Manuel Fernández Conde, sacerdote español que trabaja en la Secretaría de Estado del Vaticano. Salvador Canals tiene una tarjeta de presentación para un profesor ordinario de Derecho Comercial en la Universidad de Roma. Eso es todo. Además de sus estudios civiles, a través de los que establecerán relaciones y darán a conocer el Opus Dei en la ciudad de los Papas, procurarán exprimir las horas del día y de la noche para cursar Teología en el Laterano, Ateneo dirigido por la Orden de Santo Domingo.

El vuelo está previsto de Sevilla a Roma. Antes de salir de Madrid, se despiden de Isidoro Zorzano. Cuando le dicen que van a pasar diez meses en Roma, con toda naturalidad contesta:

-«Pues a la vuelta no me encontraréis,porque ya no estaré aquí; así que nos despedimos hasta el Cielo». (1)

El Padre les da un fortísimo abrazo en Diego de León. El 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, José Orlandis y Salvador Canals llegan al aeródromo italiano de Guidonia.

En estas fechas, la Segunda Guerra Mundial se encuentra en un momento decisivo. Con el avance aliado en Africa, la contienda desplaza su escenario al Mediterráneo: Italia está inmersa en el área conflictiva.

Cuando José y Salvador llegan, Roma es un hervidero de tropas alemanas. La Marina de Guerra ocupa las ciudades de la costa y los ataques aliados no pueden tardar. El clima de la ciudad traspira tensión.

Pero ninguna circunstancia les hace desistir: la ampliación de estudios que van a realizar será muy importante para su futura labor profesional, y permitirá que la Obra comience a ser conocida en los ambientes romanos.

Aprovechando las pausas en su tarea podrán saludar y conversar con el Obispo de Vitoria, Monseñor Lauzurica, tomando ocasión de uno de sus viajes a Roma; con el Abad de Montserrat, Aurelio María Escarré; el P. Arcadio Larraona, futuro Cardenal; el P. Montoto, Vicario General de los Dominicos; el P. Manuel Suárez, Rector del Angelicum; el P. Maximiliano Canal, profesor de Teología del Laterano… y muchos personajes de la Curia Romana, que conocerán y querrán a la Obra a través de estos profesores que multiplican su actividad a costa de horas sin descanso. Así, el Cardenal Tedeschini, Monseñor Ruffini -futuro Cardenal- y Monseñor Montini, que habrá de ocupar un día la Silla Pontificia con el nombre de Pablo VI.

A mediados de enero de 1943, Su Santidad el Papa Pío XII recibe en audiencia a José Orlandis y Salvador Canals. En la antecámara viene a saludarles el Maestro de ceremonias, que se asombra de la juventud de los dos españoles: «¡tan jóvenes y ya profesores!… ».

El Papa los recibe -según el protocolo- en uno de los saloncitos que conducen a su Biblioteca privada. Los dos se ponen de rodillas para saludarle, pero Pío XII, tomando a cada uno de la mano, les invita a levantarse. Y así, con actitud llena de cariño, les escucha durante los quince minutos que dura la audiencia. Quiere que la conversación sea en castellano, ya que el Papa lo habla bien aunque con modismos argentinos; lo aprendió en 1934, siendo Legado Pontificio en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires.

Aunque ya lo sabe, José y Salvador le dicen, inmediatamente, que son del Opus Dei. Le hablan de la veneración y el cariño que el Padre les ha enseñado a tener por el Papa y le exponen, a grandes rasgos, las características de su vocación y del espíritu de la Obra.

El Pontífice es paternal y afectuosísimo. Y les interrumpe de vez en cuando para manifestarles su aprecio. Al terminar les bendice, y en la amplitud ascética de sus brazos incluye también al Fundador y a la Obra entera.

En el mes de mayo de 1943 llega a Roma la noticia de que Alvaro del Portillo se va a desplazar desde Madrid a la Ciudad Eterna en fecha próxima. Viene a presentar en la Santa Sede la documentación necesaria para la concesión del Nihil Obstat en orden a la erección diocesana de la Obra. Esta declaración tiene extraordinaria importancia y es, además, paso obligado en el camino de otras aprobaciones que habrán de venir después.

Alvaro viene cargado con el trabajo, el sacrificio y la oración de todos los miembros de la Obra para lograr el reconocimiento de la Santa Sede antes de que el desembarco aliado y el estallido final de la guerra, quiebren las comunicaciones.

Llega a Roma a finales de mayo. Durante los días que pasa en la Ciudad Eterna -hasta el 21 de junio- su gestión es incansable. Tiene una audiencia con el Cardenal Luigi Maglione, Secretario de Estado; con los Monseñores Montini y Ruffini. Visita a Monseñor Alfredo Ottaviani, Asesor del Santo Oficio. Se multiplica para hablar con las autoridades eclesiásticas con las que José y Salvador han tenido ya contactos repetidos. Y todavía acude a varias audiencias con los Cardenales Tedeschini, La Puma, Vidal y Barraquer, Marchetti-Selvaggiani, Pizzardo…

A todos les habla de esta Institución cuyo espíritu debe abrir un hito en la historia del Derecho Canónico, del cauce para esta Fundación que Dios ha traído a la tierra el 2 de octubre de 1928.

Estudios de Derecho

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

En junio de 1923, Escrivá terminó su cuarto año de Teología cumpliendo así los requisitos para lograr el grado de licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Zaragoza. Se propuso también hacer el doctorado ya que el quinto año tenía menos clases y era más fácil obtener permiso del cardenal Soldevilla para comenzar los estudios de Derecho al tiempo que continuaba con los eclesiásticos.

Los seminaristas y sacerdotes que estudiaban en universidades civiles eran muy pocos, pues las autoridades eclesiásticas no se fiaban del todo de aquellas universidades que no podían controlar. En 1918 el Vaticano alertó de que una “dilatada y triste experiencia” venía demostrando que dichas universidades representaban un serio peligro para los sacerdotes. El cardenal Soldevilla, sin embargo, concedió a Escrivá el permiso solicitado para asistir a la Facultad de Derecho.

En aquellos años, las universidades españolas ofrecían a los estudiantes dos formas de seguir sus estudios. Por una parte, estaban los “alumnos oficiales” que debían acudir a todas las clases y, por otra, existía la figura del llamado “alumno no oficial”, cuya asistencia no era obligatoria y podía, por tanto, hacer el examen sin haber tenido que acudir a un número determinado de clases. Escrivá se apuntó como alumno no oficial. Los cursos no se dividían en semestres, sino que las asignaturas comenzaban en octubre y acababan en junio, con los consabidos períodos de vacaciones en Navidad y Semana Santa. Había exámenes finales –orales– antes del verano y en otoño, justo antes de que comenzara el curso académico. Los alumnos podían elegir cuándo hacer los exámenes y no era infrecuente que muchos repartieran los exámenes entre el verano y septiembre.

En el verano de 1923, Escrivá hizo por libre dos cursos introductorios de Derecho, examinándose en otoño de ese año. El curso académico siguiente se apuntó a siete asignaturas en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza, además de las tres asignaturas del quinto curso de Teología. Aprobó algunos exámenes en junio y otros en septiembre.

Derecho Canónico era una materia que se estudiaba tanto en la Universidad Pontificia como en la Facultad de Derecho. Escrivá tuvo la suerte de haber contado con prestigiosos canonistas en sus años de universidad que le formaron muy bien, como el ya mencionado Elías Ger, de la Universidad Pontificia, y Juan Moneva, de la Facultad de Derecho. Escrivá se hizo gran amigo de éste último, brillante catedrático a la sazón, si bien un tanto excéntrico, con quien mantuvo una afectuosa relación hasta su muerte. También forjó una sólida amistad con el profesor de Derecho Romano, José Pou de Foxá, a quien acudiría en sus primeros años de estancia en Madrid para pedir consejo.

Zaragoza

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

El espíritu teológico de CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

13 Antonio Aranda

«Sal afuera y ponte en el monte ante Yahweh. Y he aquí que va a pasar Yahweh. Y delante de él pasó un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas; pero no estaba Yahweh en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yahweh en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yahweh en el fuego. Tras el fuego vino un ligero y suave susurro. Cuando lo oyó Elías, se cubrió el rostro con su manto y saliendo se puso en pie a la entrada de la caverna y oyó una voz que le dirigía estas palabras: ¿Qué haces aquí, Elías…» (1 Reg 19, 11-13).

13 Un suave pasar de Dios que percibe el alma. Una imprevista tensión del espíritu que se halla dispuesto a escuchar. Un amoroso hablar de Dios que compromete… El nacimiento de una inquietud que parece brotar desde el interior de la persona, y que trae voces que hablan de Cristo, de la fe, de la Iglesia, de la santidad…(1). ¿Cuántos millones de hombres han experimentado con la lectura de Camino un íntimo sobresalto, como un don de gracia casi intraducible a palabras que les atrajo hacia la realidad del mundo sobrenatural, quizás escondida hasta entonces para ellos?

Un libro digno de su Autor

Hablaba en ocasiones el Siervo de Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer de la influencia espiritual del Opus Dei, por él fundado, en el mundo comparándola a «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»(2). Y ésa es, precisamente, la manera más adecuada de expresar el hondo y extenso influjo de su libro, que en estos últimos cincuenta años (a partir de su primera edición bajo el título de Consideraciones Espirituales) ha ido produciendo dentro de la Iglesia —como humilde instrumento de la gracia de Dios— una silenciosa renovación de las conciencias, junto a una masiva apertura de corazones al encuentro con Jesucristo: un fenómeno universal de vida cristiana vivida.

Con ser esto que acabamos de escribir un hecho de gran importancia, no es, sin embargo, sólo en el seno de la Iglesia donde se ha dejado sentir el influjo espiritual de Camino. Es sabido que entre sus lectores se encuentran por miles los no católicos, e incluso los no cristianos. Así pues, al fenómeno universal de vida cristiana vivida que el libro, calladamente, viene promoviendo desde aquella primera edición, se ha unido otro —de menor extensión cuantitativa, pero también de alto valor cualitativo—, que se podría denominar como «fenómeno catalizador de vida religiosa» o, quizás, «de vida humana dignificada por los valores del espíritu». Este segundo fenómeno ha supuesto, además, un movimiento de aproximación al sentido cristiano del hombre y de la vida, y de simpatía hacia el mensaje evangelizador de la Iglesia católica, por parte de personas no relacionadas religiosamente con ella(3).

El simple enunciado de estas realidades, que hemos calificado de fenómenos por su carácter de hechos constatables, pero también por su condición de sucesos de sorprendente extensión, pone de manifiesto la peculiar fuerza espiritual de este libro, e invita a un análisis de sus características internas que permita diferenciar a partir de ellas las razones de su eco universal. Dicho esto, hay que añadir inmediatamente una advertencia acerca de la dificultad de la tarea: para aproximarse a esas razones habría que realizar un análisis multidisciplinar, compuesto de estudios históricos, teológicos, sociológicos, literarios, etc.; es decir, llevar a cabo un empeño intelectual que requeriría un equipo de especialistas y un amplio trabajo de investigación y de síntesis.

A nuestro entender va acercándose el momento de emprender esos estudios, tanto por la importancia objetiva de Camino como por su íntima trabazón con la entera producción bibliográfica de su autor, cuya figura humana y eclesial (de la que forman parte sus renovadoras aportaciones doctrinales) se agiganta de manera sensible.

Escribo estas palabras sobre Mons. Escrivá de Balaguer con íntima certeza…, pero también con los necesarios datos objetivos. Soy consciente de que, para algunos, estas palabras pueden tener un tono de elogio, honesto pero quizás no suficientemente alejado de su persona y de su tarea apostólica. Admito que esa opinión es posible, y ella, junto a otras razones, justifican el deseo de poder saludar la aparición en un plazo prudente de los estudios antes mencionados. No obstante, ya ahora se deben señalar algunos elementos objetivos de nuestra certeza.

Uno de ellos, sumamente significativo, es la rápida incoación de su proceso de canonización —solicitada a la Santa Sede por miles de Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos—, cuyo camino jurídico progresa con la necesaria minuciosidad, pero también con diligencia(4). Otro es la progresiva intensificación por todo el mundo de su devoción privada, que se encuentra arraigada en muchos miles de personas de las que la mayor parte nunca le conocieron en vida, ni mantenían relación con el Opus Dei por él fundado. Van apareciendo, además, biografías suyas en diversas lenguas(5), con notable éxito editorial; el conocimiento de su vida santa y de sus enseñanzas se ha convertido en un poderoso estímulo espiritual, en una llamada atractiva hacia la santidad, entre muchos cuya vida cristiana adolecía quizás de un más alto horizonte.

Al mismo tiempo, son ya numerosas las voces que, de modo público, señalan la importancia de sus aportaciones doctrinales ya sea por su carácter precursor (como se dice con frecuencia en relación a diversos temas conciliares), ya por su perfecta adecuación a los tiempos, ya sobre todo por su fuerza carismática para abrir nuevos caminos en la Espiritualidad y —de manera sucesiva pero inseparable— en la Pastoral, en el Derecho Canónico y en la Teología(6). Estamos, sin embargo, en el comienzo de los estudios sobre dichas aportaciones, contemplándolas sólo aún en su conjunto y en sus efectos —principalmente en la admirable extensión del espíritu y de los apostolados del Opus Dei—, pero todavía no ha habido tiempo de analizar, de individuar los temas, de trabajarlos sistemáticamente, etc. Es una labor que se irá desarrollando en los próximos años, si bien apoyada en lo que ya ha sido realizado(7).

Primero es la vida, luego la teología

Hace casi tres décadas, años antes de conocer personalmente a Mons. Escrivá de Balaguer, tuve ocasión de leer Camino por primera vez. De aquella lectura, primero salteada y curiosa y casi inmediatamente sistemática y detenida, surgió una disposición interior nueva para mí aunque no del todo extraña a mi espíritu, semejante a la que he podido encontrar a lo largo de los años en otros lectores. Una actitud personal comparable a la de quien, de manera imprevista, redescubre con alegría lazos familiares largo tiempo olvidados, ya casi desconocidos y ajenos a la vida de cada día, y se ve a sí mismo asentado en un ámbito de vida, de libertad y de sentido que en la práctica era inexistente.

De aquella lectura de Camino brotaba una seguridad íntima de la cercanía de Dios(8), de la presencia viva de Jesucristo(9); un aparecer sugestivo de lo que, no entonces pero sí ahora, puedo denominar el misterio de la Iglesia(10); en definitiva, una comprensión real, experimentable, de la grandeza de ser cristiano(11): como un cierto pasar de la ficción a la realidad. ¿Cómo expresar aquello que entonces comenzaba a ser poseído sin ser todavía reflexionado? Hoy puedo afirmar que «aquello» era el encuentro con el Evangelio, es decir, con la Vida y la Palabra del Redentor, con el mundo sobrenatural que suavemente, sin estridencias, con impensable naturalidad, se hacía presente en las cosas ordinarias de cada día.

Desde entonces he meditado mucho sobre Camino. Pienso, sinceramente, que lo conozco bien; pero eso no obsta para que siga descubriendo en él nuevos aspectos y líneas de reflexión: luces que, en tantas ocasiones, me continúan sorprendiendo. El contenido de estas páginas, así lo espero, dejará ver algún reflejo de esas luces.

No es Camino un libro escrito de una vez, sino que, por el contrario, ha visto la luz tras un proceso creador de algunos años. La expresión «proceso creador» es en este contexto aceptable siempre que dicho proceso se contemple, primariamente, en la unidad de su origen, y más secundariamente en su realización material. Los puntos de Camino, tan variados en su temática, surgen de manera sucesiva pero a la vez unitaria de una misma matriz y a partir de un mismo impulso vital: del espíritu contemplativo de su Autor, en el que la vida humana personal (la suya, la de los demás) y colectiva es vista en su raíz teologal, y entendida bajo la luz de la fe según la trascendencia de su destino. La vida humana es don y proyecto, gracia y libertad, origen hacia un fin prefijado por el Amor paterno de Dios: la vida es camino, es decir, todo o nada según que alcance o no llegue a la meta a la que fue orientada por el designio creador.

Y, por ello, la vida humana es, en el más profundo sentido de su realidad histórica, un misterio de amor y salvación. Un misterio que, a la luz de la fe, se desvela en Cristo. El es el Camino, Él es propiamente la Vida, Él es el Destino. Mi vida personal es ser Cristo en el sucesivo presente del aquí y del ahora, y en el eterno presente del Amor del Padre.

Desde esta luminosa comprensión de la vida humana en cuanto, originaria y terminativamente, llamada a ser vida real en Dios, y en cuanto, históricamente, realizada ya en Cristo y en el Espíritu Santo, se advierte con claridad el proceso creador de Camino en su unidad y en su organicidad. Sus puntos son chispazos de luz, de una misma luz, que alumbra de manera instantánea un aspecto del vivir de los hombres, es decir, de su corazón, de su carácter, de sus pensamientos e intenciones, de sus obras, de su fe… Una misma luz, que hace ver —o intuir, o atisbar en la oscuridad— la señal divina que puso el Amor creador en el hombre, obra modelada a su imagen y semejanza. Una luz que es, al tiempo, un eco de la llamada hacia el padre, hacia el hogar, en que consiste el discurrir de la vida personal y de la historia. Los puntos de Camino son justamente eso: un chispazo de luz para el camino. Y ese camino y esa luz son Cristo(12).

Se escribieron paso a paso, brotando de la fragua del alma de Mons. Escrivá de Balaguer, al hilo de su vida apostólica y sacerdotal. En él se apoyó Dios para fundar el Opus Dei, que anuncia y ayuda a alcanzar la santidad en la vida ordinaria. Y este espíritu de santificación está siempre presente a lo largo de sus 999 puntos. Late en ellos el encuentro del carisma fundacional con aquellos primeros cientos de almas, que Dios puso cerca del que era instrumento suyo fidelísimo(13).

Aquellos encuentros apostólicos con hombres y mujeres corrientes y, como tales, diferentes, de variada condición intelectual, social, psicológica, profesional, etc., son la ocasión del chispazo de luz, del anuncio de Cristo, de la llamada a la santidad en las circunstancias personales(14). El impacto de aquel espíritu de Vida en la vida de aquellas personas hace brotar la reflexión, la experiencia, el elogio, la advertencia, el fuego de la entrega, la frialdad de la negativa, el compromiso abrazado, el consejo, la alabanza a Dios, la sincera manifestación de incapacidad, de dificultad o de miseria, la petición de ayuda, el ánimo de unas palabras, el impulso a la fidelidad, la apertura de insospechados horizontes… Y siempre como cosas dichas al oído «en confidencia de amigo, de hermano, de padre (…) para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. No te contaré nada nuevo», se puede leer también en el Prólogo del Autor. La novedad, sin embargo, es patente en la fuerza del espíritu con que esas «confidencias» están dichas, en el modo de decirlas, en la nueva espiritualidad —un camino nuevo, vino nuevo de Cristo— que delicadamente anuncian, en el dinamismo teológico que transmiten.

El dinamismo teológico de «Camino»

Resulta obvio señalar que nuestro libro no está concebido como una aportación científica a la Teología. En ninguna de las obras que conocemos de su Autor se pretende teologizar, aunque, sin embargo, es patente que están en ellas los elementos configuradores de la reflexión teológica: la meditación de la Sagrada Escritura, la consonancia con el sentir de la Tradición, una adhesión indiscutida al Magisterio, en una atmósfera esencialmente teologal donde la fuerza de la fe extrae constantemente nuevas consecuencias. Sin estar formuladas como tales, hay en estas obras un caudal de sugerencias de orden teológico que abren vías de desarrollo al anuncio evangelizador cristiano. Si hablamos de dinamismo teológico es, precisamente, para subrayar esta característica(15).

En Camino se hace presente tal dinamismo en planos profundos, en los terrenos donde se afianzan las raíces de la vida cristiana y de la teología que le es propia, es decir, allí donde la fe se hace compromiso vital, allí donde el seguimiento de Cristo se experimenta como un don, allí donde creer y amar se transforman en anuncio de salvación. En dichos terrenos —donde la conciencia cristiana personal o colectiva despierta por la gracia al conocimiento del Padre y descubre la grandeza del Don—, se establece también el fundamento último del pensamiento teológico. Antes de ser formulado por medio de conceptos y, por tanto, antes de responder a tal nombre, rueda ya por la inteligencia creyente y está asentado en la voluntad amante urgidas por la Verdad y el Amor. La Teología brota de la auténtica vida cristiana de manera necesaria y constante; en ella es engendrada.

En este sentido, los textos que dejó escritos Mons. Escrivá de Balaguer, muchos todavía inéditos, otros ya —como Camino universalmente conocidos, están llamados a ser fuente generadora de un nuevo despertar teológico consiguiente al fenómeno de vida comprometida con Cristo que fomentan. Cuando millones de personas son movidas, a través del ejemplo y los escritos del Siervo de Dios, a sentir con Cristo y con la Iglesia, a amar de manera ordenada pero bajo un mismo impulso a Dios y al mundo, a comprenderse como testigos de la fe en la vida cotidiana…, cuando todo eso no es ilusión teórica sino un hecho real en expansión permanente, entonces se está abriendo también paso desde la vida a una dinámica teológica renovadora. Y, lo que es asimismo importante, hermanada con las inquietudes actuales de los hombres, no menos que con las urgencias pastorales de la Iglesia.

El todo en la parte

Aquellos lectores de Camino que hayan experimentado en sus páginas el suave o súbito impulso de su llamada hacia Dios —y pienso que son la mayoría—, convendrán también probablemente en otra experiencia: la que, con el título de este apartado, podemos denominar «el todo en la parte». Es un modo de expresar la orgánica armonía de su unidad, derivada primariamente, como antes se señalaba, del espíritu contemplativo de su Autor que actúa como verdadero principio unificador.

La diversidad literal de sus puntos, alejados por ejemplo en el tema tratado o en el tono de su enunciado, parece estar descansando en un mismo fundamento o nutriéndose de una misma raíz. No nos referimos, como es lógico, a la evidente unidad literaria del libro, tan alabada y tan hermosa. Nuestra apreciación se dirige a señalar aquella esencial unidad de espíritu que muestra en su conjunto, o en cada uno de sus capítulos, o en cada uno de sus puntos separados del resto. Hay un mismo aire, una misma atmósfera en la que se respira el compromiso personal cristiano, una misma finalidad fontal.

Esta experiencia de unidad, o de presencia del todo en la parte, depende de la dinámica teológica interna del libro y, por ello, es también susceptible de ser analizada teológicamente. Una de sus claves es, a nuestro entender, ya lo hemos señalado más arriba, la consideración de la vida humana desde Cristo como un misterio de amor y de salvación, es decir, la concepción del existir humano personal o colectivo como vocación, como llamada hacia el Padre.

Esa savia, si es puesta como alimento y como portadora de sentido en los canales de la existencia, produce una misma cadencia en los diferentes frutos: una armonía de inquietudes, orientaciones y respuestas: la unidad del Amor, que pide ser realizada a través del pensamiento o de la acción, en referencia inmediata a Dios o a los hombres, ante obligaciones profesionales o exigencias de la fe, en la oración o en el trabajo, en la vida matrimonial o en la entrega incompartida a Dios, en la actividad apostólica o en la intimidad del corazón… Pide ser realizada y se oye su clamor en toda situación.

Ése es el clamor que resuena en cada punto de Camino, y que hiere dulcemente la conciencia: el compromiso del Amor. A través de él laten al unísono el corazón de Cristo y el del cristiano; en él se engarza con la Libertad amorosa de Dios la libertad agradecida de la criatura, en cuyo espíritu —habitado por el mismo Espíritu del Padre y del Hijo— actúan los gérmenes de vida humana divinizada que denominamos virtudes teologales. De ellas, «que componen el armazón sobre el que se teje la auténtica existencia del hombre cristiano, de la mujer cristiana»(16), trataremos a continuación.

La estimulante certidumbre de la fe

Uno de los capítulos del libro trata expresamente de la fe(17); muchos otros de sus puntos, ajenos a este capítulo, la tienen también como tema. Pero lo más exacto es decir que, aparezca o no el término fe, su presencia es dominante de principio a fin, absoluta. Todo en Camino es reflexión desde la fe, sobre la fe y en la fe; más aún, al servicio de la fe. He aquí, pues, otra línea teológica característica, no proclamada explícitamente pero configuradora de su esencia y de su contenido.

En una comprensión del hombre desde su vocación originaria, y más todavía desde el don posterior de su vocación en Cristo que reconduce aquélla por la vía verdadera establecida por el Amor divino, el tema de la fe asume un papel protagonista. El sentido vocacional de la existencia, que es una de las fundamentales luces cristianas, trasvasa la trascendencia del fin a cada momento puntual de las etapas de la vida. Ésta en su conjunto y cada una de sus parcelas (hechas de tiempo, de acción, de pensamiento, de lucha, de convivencia, de tropiezo, de oración…) se encuentran inmersas en el don y en la espera de Dios. Él es Quien da y Quien espera; y el hombre, en Cristo, se sabe encaminado hacia el don final todavía alejado pero ya activo y presente en la unidad indivisible de la fe y de la esperanza.

Cada situación personal exige así el aliento vital de la fe que se espera de Dios y que, al tiempo que se pide, se pone en ejercicio como acto propio(18). No es sólo un deseo humano, sino una necesidad exigida por la presencia del fin trascendente. Su presión sobrenatural, que produce un enriquecimiento de la libertad de la persona, se traduce en amor, en acción, en vida: vida de fe.

Visión sobrenatural, presencia de Dios, misión apostólica, cosas pequeñas, lucha ascética, y tantas cosas más, son sinónimos en Camino de esta vida de fe. En ellos, es decir, en los numerosos puntos que los desarrollan, se advierte la fuerza estimulante que la fe engendra: su inaferrable seguridad, su oculta eficacia, su impulso inexpresable.

La realidad de la fe en Jesucristo, en Quien Dios manifiesta plenamente su amor y su designio de salvación, es don divino al mundo y patrimonio cristiano para ser poseído y anunciado. De ella se alimentan la vida y la reflexión cristianas, que son en si mismas, por ella, movimiento, transmisión, acción, sin dejar de ser amorosa aceptación y contemplación. La luz de la fe se refleja en Camino con su tonalidad precisa, aquella que encontramos en el Nuevo Testamento expresada en términos de conversión a Dios y de agradecimiento, de alegre posesión y gustosa obligación de llevarla por el mundo.

Esperar en Dios

«Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —El obrará, si en Él te abandonas» (n. 731). Son palabras de tono autobiográfico, aparecidas en la primera edición de Camino (Consideraciones Espirituales, 1934), que su Autor comentaba así años después: «Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras»(19).

La esperanza del cristiano es lucha, a la par que abandono en Dios; seguridad y certeza del fin, junto con la íntima convicción de que es necesario poner cuantos medios estén a su alcance. Algo vivo, en definitiva, virtud de caminantes que se saben cercanos a la meta aunque aún falten largos tramos por recorrer y muchas batallas por pelear. Una virtud, un motor de actividad sobrenatural, propia de quienes han recibido en Cristo una misión semejante a la suya, para la cual han sido constituidos por la gracia en portadores y testigos de la verdadera Vida. Para que esa Vida fecunde ésta terrena, para que la Redención se realice por medio de la Cruz, ha de plantarse el signo del Redentor «en la cumbre de todas las actividades humanas»(20). Y eso no sucede sin combate,

sin esfuerzo, sin la pelea espiritual de los hijos de Dios. La marca del Bautismo deja grabada en el alma del cristiano la palabra Esperanza, que parece traer los ecos de una voz de Dios: debes esperar alcanzar en Mí cuanto Yo espero que hagas por Mí.

La reflexión teológica sobre la vocación cristiana es así, en cierto modo, una reflexión sobre la esperanza, es decir, sobre la deseada configuración cristiana de los individuos singulares y de la colectividad humana en cada uno de los segmentos de la historia, por medio de la Cruz(21). Esperar en Dios es, por tanto, inseparablemente, amar al mundo, trabajar como el que más con perfección, construir ámbitos de libertad donde no padezca la dignidad del hombre y reluzca su imagen divina, luchar por la paz desde la paz de Cristo que es propia de la conciencia, recomenzar una y otra vez sin desánimos, estar presente… «Este es nuestro destino en la tierra: luchar por Amor hasta el último instante. “Deo gratias!”»(22).

Este es el aroma de la esperanza como virtud sobrenatural que nos introduce, con las otras virtudes, en el campo de actuación de Jesucristo, Dios hecho Hombre, cuya vida humana, cuya misión, se realizó también paso a paso, sin saltarse etapas, con sacrificio, gastándose alegremente. En realidad, la esperanza estriba en la certeza que el Espíritu Santo nos comunica de que es Cristo el que obra con nosotros. «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. —Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!» (n. 473).

«A la izquierda de esas negaciones», es decir, sin formar parte de ellas pero unido con ellas para constituir una «cifra inconmensurable», una cifra nueva en la que cuenta tanto el primer número como los ceros que le siguen. Es una imagen que expresa, como es evidente, la misteriosa realidad del hombre cristiano en el que por la gracia habita Cristo y opera el Espíritu Santo. Nos encontramos ante una contemplación implícita del fundamento de la concepción antropológica cristiana, desde la cual el misterio del hombre —que se ilumina desde el misterio del Verbo Encarnado(23)— pide un tratamiento teológico bajo la perspectiva de su misteriosa incorporación al Hijo de Dios, que se realiza desde la gracia según un proceso dinámico en el que el propio obrar del hombre es esencial.

Estamos, en otras palabras, ante la doctrina del cristiano como ipse Christus, expresión tradicional que Mons. Escrivá de Balaguer, bajo la luz del carisma fundacional, desarrolla hasta sus últimas consecuencias. Ese «ser Cristo» del cristiano constituye un rasgo primordial de su enseñanza, y lo transmite sin cesar en su intensa actividad pastoral; muchas veces de manera plástica e inolvidable para quienes le oían, como sucede con una de sus frases características: «Veo bullir en vosotros la Sangre de Cristo»(24). Vosotros, cada uno —cabría comentar—, sois quienes sois, pero también sois Cristo que vive y actúa en vosotros, que os da su Espíritu y os conduce al Padre: Cristo que obra con vosotros la Redención.

Recuerdo que, en cierta ocasión, preguntaron a Mons. Escrivá de Balaguer cuál era el rasgo fundamental del espíritu del Opus Dei, lo que era tanto como preguntar por el trazo más determinante de su propia espiritualidad, es decir, por el nervio de su mensaje fundacional. La respuesta fue inmediata: la filiación divina, ser y sabernos hijos de Dios, Cristo en nosotros(25). Del cristiano se puede decir entonces que es «Cristo que pasa entre los hombres», que está entre ellos, que es uno de ellos, para construir a lo divino la ciudad terrena, e iluminar en ella los caminos que conducen a la ciudad celestial.

Esperanza sobrenatural de los hijos de Dios: confianza inquebrantable en Él, alegría en la Cruz, compromiso con el mundo para reconducirlo —alzarlo— hasta Dios, leal servicio a la sociedad, donación a los demás…, y tantas cosas más que brillan en el espejo de Cristo(26).

Amor a Dios, amor a los hombres

Entre los puntos 417 y 439 de Camino nos ofrece su Autor un capítulo titulado Amor de Dios. Uno de los más hermosos. Se abre con una afirmación que es un grito de alegría y de certeza: «¡No hay más amor que el Amor!» (n. 417). Fuego que quema, don experimentado. Habla Camino del Amor con lenguaje de enamorado, con pasión, con poesía, sin disimularlo(27). «Considera lo más hermoso y grande de la tierra…, lo que place al entendimiento y a las otras potencias…, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos… Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas…, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!—, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa… y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía» (n. 432).

Conforme transcribo estas palabras, vienen a mi memoria otras cuyo contenido puede quizás facilitar el comentario y conducirlo, como en los casos anteriores, hacia una vertiente teológica. En Amigos de Dios se lee lo siguiente: «…he predicado en millares de ocasiones que nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas»(28), texto semejante a este otro de Es Cristo que pasa: «Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón»(29). Se podrían multiplicar las referencias del mismo tenor, bien tomadas de esas obras de Mons. Escrivá de Balaguer, bien de otras.

Una primera lectura de tales palabras abre ya el entendimiento a una sugerente comprensión de la relación del hombre con Dios: la más adecuada, sin duda, conforme a la verdad revelada de un Dios que es Amor, de un Dios que establece en el amor —y manifiesta con lenguaje de enamorado, pues sólo quien ama habla así— el camino real del hombre hacia su destino: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37; cfr. Dt 6, 5). Sólo el Amor puede hacer del amar el principal Mandamiento. Los textos que hemos transcrito se mueven en esta dirección; son casi un comentario del citado pasaje de S. Mateo. Pero tienen también una dimensión teológica.

Se contempla en ellos la unión sin confusión entre lo natural y lo sobrenatural con que la revelación —que sólo llega a ser plena en el Verbo Encarnado, que es también misterioso Modelo—expresa la condición del hombre en quien por la gracia habita Dios. De nuevo nos situamos ante la realidad del ser del cristiano en su dimensión ontológica y existencial, con sus consecuencias teológicas. El amor sobrenatural a Dios, cabría decir, no es heterogéneo con la capacidad de amar del hombre, sino más bien una consecuencia de la elevación y plenificación de dicha capacidad sin desencajarla de su propia realidad, sin destruirla para recrearla después. Amar con amor sobrenatural no exige otra novedad que la de ser un hombre renovado —pero no desarraigado de su condición ontológica— por la gracia. Y el ejercicio de ese amor se realiza bajo las mismas directrices que establece el puro amar humano: con el corazón, como solemos decir, con afecto, hasta con pasión(30).

La vida humana puede llegar a ser, entonces, verdadera vida teologal incluso en sus más menudas manifestaciones(31). Y el Amor se convierte en necesario contenido del vivir «Vive de Amor»(32), del sufrir «Dolor de Amor»(33), del diario quehacer «Hacedlo todo por Amor»(34), del trabajo «Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor»(35), y, en fin, de la perseverancia en el caminar hacia el Padre «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate y no “le” dejarás» (Camino, n. 999).

Consecuencia directa, inmediata del amor sobrenatural a Dios, tan íntima a él que con él, en cierto modo, se identifica, es el amor a todos los hombres. Su esencia es, asimismo, cristológica porque en Cristo —en cuya donación nos muestra Dios su amor ilimitado— somos los hombres hijos de un mismo Padre. La caridad que Dios infunde en el alma para que nuestro amor participe del suyo, y le amemos como El se ama y nos ama, convierte el amor natural a nuestros semejantes en ejercicio de vida sobrenatural. Amor de hijos, amor de hermanos: a Dios «con todo tu corazón», entre vosotros «como Yo os he amado»; es el signo definitorio de la presencia de espíritu cristiano en el mundo, la característica que distinguirá a los seguidores de Cristo(36). «Los hijos de Dios —escribe Mons. Escrivá de Balaguer— nos forjamos en la práctica de ese mandamiento nuevo, aprendemos en la Iglesia a servir y a no ser servidos (cfr. Mt 20, 28), y nos encontramos con fuerzas para amar a la humanidad de un modo nuevo, que todos advertirán como fruto de la gracia de Cristo. Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar —insisto— la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo»(37).

Ese amor a todos por Dios en Cristo incluye lógicamente, de manera necesaria, el deseo de que a todos llegue la buena nueva de la fe cristiana, o de que la redescubran bajo una nueva luz. «Universalidad de la caridad significa universalidad del apostolado»(38), «amar en cristiano significa “querer querer”, decidirse en Cristo a buscar el bien de las almas sin discriminación de ningún género, logrando para ellas, antes que nada, lo mejor: que conozcan a Cristo, que se enamoren de El»(39).

Bajo el signo de la Redención

«Si tú quieres…, llevarás la Palabra de Dios, bendita mil y mil veces, que no puede faltar. Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo: que “omnes cum Petro ad Iesum per Mariam”.»

Pertenecen estas palabras al punto 833 de Camino. Las tomamos como ejemplo, entre otras, de esta línea de reflexión que ahora apenas incoaremos, línea que remonta su origen al vivísimo sentido de la Redención que ardía en el corazón de Mons. Escrivá de Balaguer, del que están empapados todos sus escritos.

La noción teológica de Redención sintetiza los rasgos esenciales del cristianismo, entendido éste como realidad de encuentro del misterio de Dios y el misterio del hombre. La encrucijada del Amor paterno de Dios y de la historia humana (urdida originariamente según un plan de salvación que se inicia en el acto creador, y reconducida por la misericordia divina tras el pecado), tiene forma de Cruz, y en la Cruz —plantada sobre el suelo del monte Calvario— se consuma. El Crucificado es el signo y la realidad del destino eterno del hombre, verdadero sacramento primordial del que emana el ser sacramental de la Iglesia y sus medios de gracia y salvación.

Ese signo, puesto por Dios en el vértice de la historia, es la nueva y definitiva imagen del Amor divino; y es también el molde de la novísima imagen y semejanza divinas en el hombre. Es el nuevo molde de los hijos de Dios después del pecado, la señal del Hijo del Hombre que conforma los espíritus para la vida eterna.

En la Cruz de Cristo hemos de gloriamos y a Cristo crucificado hemos de anunciar, según la doctrina paulina. Ésa es la misión cristiana: tarea que no admite nuevos perfiles definitorios, pues en el signo del Crucificado y Resucitado ha sido todo dicho y dado, pero que requiere el esfuerzo permanente e inconcluso de remodelar con ese signo la entera creación. La Redención está hecha y se está haciendo: ambas cosas a la vez sin la menor contradicción, antes bien con profunda implicación.

Está, pues, en trance de hacerse —estamos haciéndolo los hijos de Dios— el reino de Quien ya es Rey. Y menciona Camino ese «reinado de Cristo» como «tu santificación personal» y «la de los demás» (la vida humana recreada con la arcilla de la Cruz bajo el aliento del Amor), en la unidad misteriosa de la Iglesia —«omnes cum Petro»— y siguiendo las huellas de la Primera Redimida y Corredentora —«cum María».

Bajo el signo de la Redención se comprenden con toda su hondura los puntos de Camino que hablan de trabajo, del apostolado y el apóstol, de la audacia, de la Iglesia, del dolor, de la penitencia, de la santidad, de la entrega…, y un extenso elenco de temas que coincide prácticamente con el índice de sus voces. Un reflejo perfecto de esa luz de fondo lo encontramos, por ejemplo, en este texto: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi”— la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301). Cada actividad humana, es decir, todo lo humano en su dimensión activa, en su hacerse, es contemplada bajo la perspectiva del reinado de Cristo como algo que tiene necesidad, para realizarse, del hombre santo, del hombre de Dios. Lo que hayan de aportar esos hombres a cada actividad ni siquiera precisa ser dicho, porque es sencillamente su santidad: lo que antes denominábamos el nuevo molde de los hijos de Dios, la dinámica de la Cruz y el Amor.

Así pues, no se trata de realizar otra actividad, ni de trabajar en la propia de manera distinta a la que su realidad y el hacer de los hombres impone(40). Se trata de laborar en ella, codo con codo junto a los demás, santificándola desde dentro, elevándola con uno mismo al plano de la gracia y de la caridad, convirtiéndola en instrumento de servicio, de unidad y de apostolado. La luz de la Redención permite descubrir en lo más cotidiano —ya lo hemos escrito— la imbricación de naturaleza y gracia, de lo humano y lo sobrenatural. El hacerse del mundo parece recuperar entonces la melodía de la creación, largo tiempo perdida, y todavía desgraciadamente distorsionada por el ruido del pecado. Es una recuperación de la verdad íntima de las cosas, del ser y del sentido: del designio de Dios(41).

«Et renovabis faciem terrae»

Es hora de concluir nuestras reflexiones. Sencillas reflexiones ante un tema importante, ante un filón de buen metal cuya riqueza espiritual y teológica es, desde hace más de medio siglo, fermento eficaz al servicio de la Iglesia.

A Ella, vivificada y regida por el Espíritu Santo, le corresponde como misión permanente la renovación del hombre, de las realidades humanas, por medio de los medios de salvación en Ella depositados.

Los textos del Fundador del Opus Dei —uno de los testimonios de su vida ejemplar de hombre de Dios, hijo fiel de la Iglesia, para la que vivió y por la que ofrendó su vida— son un eco del mensaje salvífico. Son una voz que se escucha en todos los rincones de la vida católica, y en estratos cada vez más extensos de la sociedad. Textos que hablan de un amor incondicionado a Dios y a todos los hombres, de un espíritu universal, católico, que enciende fuegos nuevos al tiempo que reaviva otros ya antiguos. Camino es un ejemplo particular de lo que decimos. Ya desde su primera aparición editorial ha prestado un servicio importante a la Iglesia, como agente dinamizador de aspiraciones e inquietudes cristianas presentes, explícita o implícitamente, en el alma de innumerables personas. Su eficacia debe contemplarse —hacemos ahora abstracción de la difusión alcanzada— en las raíces de su mensaje doctrinal, plenamente imbuido del espíritu del Nuevo Testamento y de la gran Tradición católica. Muestra una visión teológica y antropológica en la que se advierten sin dificultad las bases permanentes del pensamiento católico, igualmente cercana del patrimonio patrístico que de los recientes documentos conciliares.

Trajo consigo, cuando se dio a conocer, un aire renovador que nunca, desde entonces, ha dejado de sentirse. Pero no se entienda dicha renovación en términos anecdóticos, sino en su consonancia con la misión evangelizadora, renovadora, de la Iglesia: el anuncio operativo de la voluntad salvífica de Dios; más aún, la entrega a los hombres de la salvación.

Un último texto de Mons. Escrivá de Balaguer permite poner punto final a estas reflexiones, que permanecen, sin embargo, abiertas a futuros desarrollos. Las palabras que siguen son, en cierto modo, un resumen de cuanto aquí hemos escrito.

«Veo todas las incidencias de la vida —las de cada existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de la historia— como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos (cfr. Lc 9, 55).

Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con “don de lenguas”, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio. (…)

A todos esos hombres y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés: Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque fuera de El no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual podamos ser salvos (Act 4, 12)»(42).

* Una advertencia preliminar sobre el título y el contenido de estas páginas. No vamos a tratar, propiamente, de lo que podría denominarse «teología de Camino», sino que ofrecemos unas reflexiones personales sobre algunos de los aspectos del libro, considerados desde una perspectiva teológica. Por otra parte, si bien es en esta obra de Mons. Escrivá de Balaguer en la que centramos nuestro interés, utilizamos también diversos pasajes de otras por él escritas, que permiten obtener una visión más global del pensamiento del Autor, o, dicho con mayor propiedad, de su enseñanza doctrinal y espiritual. La mayor parte de los textos citados van incluidos en nota, sin comentario nuestro, para dejar hablar al Autor.

(1) «¿ Te acuerdas? —Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. —Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles» (Camino, n. 811).

(2)RHF 21500, n. 42.

(3) En este sentido, aunque el tenor de las palabras sobrepasa el marco de Camino, es significativo el siguiente testimonio de su Autor: «(…) una vez comenté al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Son muchos, efectivamente —y no faltan entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones—, los hermanos separados que se sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestros apostolados. Y son cada vez más frecuentes —a medida que los contactos se intensifican— las manifestaciones de simpatía y de cordial entendimiento (…)». (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 22).

(4) Tomamos del prólogo del libro citado en la nota anterior los siguientes datos: «La fama de santidad de que ya gozó en vida se ha ido luego extendiendo, después de su muerte, por todos los rincones de la tierra, como lo ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales, que se atribuyen a la intercesión del Fundador del Opus Dei; entre ellos, algunas curaciones médicamente inexplicables.

Han sido también numerosísimas las cartas provenientes de los cinco continentes, entre las que se cuentan las de 69 Cardenales y cerca de mil trescientos Obispos —más de un tercio del episcopado mundial—, pidiendo al Papa la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer. La Congregación para las Causas de los Santos concedió el 30 de enero de 1981 el nihil obstat para la apertura de la Causa, Juan Pablo II lo ratificó el día 5 de febrero de 1981; y el acto de apertura del Proceso tuvo lugar en Roma el 12 de mayo de 1981. También en Roma, el Card. Vicario de la Diócesis clausuró el Proceso cognicional sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios, Mons. Escrivá de Balaguer, el 8 de noviembre de 1986.

(5) S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, o. c. (hay traducciones de esta obra en francés, inglés, italiano, portugués, alemán y holandés); F. GONDRAND, Au pas de Dieu. Josemaría Escrivá de Balaguer, fondateur de l’Opus Dei, France-Empire, París 1982 (existen traducciones en castellano e italiano). P. BERGLAR, Opus Dei. Leben und Werk des Gründers Josemaría Escrivá, Otto Müller, Salzburg 1983 (existen traducciones al italiano y castellano); A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1983.

(6) El gran número de trabajos publicados —y que siguen publicándose sin cesar—sobre estas cuestiones hace materialmente imposible su cita literal en esta nota. Sin em- bargo, me atengo a la excelente recopilación de testimonios y datos publicados en la obra colectiva: Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 Aniversario de su Fundación, Eunsa, Pamplona 1985, 2.’ ed.

(7) Cfr. obra citada en la nota anterior, pp. 540-572, en las que L. F. Mateo-Seco ofrece un resumen de importantes trabajos.

(8) «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…)

Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (Camino, n. 267).

(9) «Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia.

¡Vive!: «Iesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula!» —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!» (Camino, n. 584).

(10) «¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia santa!» (Camino, n. 518). Textos que hablan de este amor a la Iglesia, y que desde él manifiestan una profunda veneración de su misterio, se encuentran constantemente en todas las obras del Fundador del Opus Dei. Un ejemplo son los que se recogen en el libro: Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid, 1986.

(11) «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón» (Camino, n. 1).

(12) «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”.

—Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, n. 382).

«Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. lesus Christus heri, et ipse et in saecula (Hebr 13, 8). ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. (…) ¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna». (Amigos de Dios, n. 127).

(13) «Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio» (Camino, Prólogo del Autor).

(14) «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores…

Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos». (Camino, n. 799).

(15) Sobre estas mismas ideas ha escrito lo siguiente Mons. Alvaro del Portillo, en la Presentación del libro de homilías Es Cristo que pasa, pp. 12-13: «Las Homilías no constituyen un tratado teológico, en el sentido corriente de la expresión. No han sido concebidas como un estudio o una investigación sobre temas concretos; están pronunciadas a viva voz, ante personas de las más diversas condiciones culturales y sociales, con ese don de lenguas que las hace asequibles a todos. Pero esos pensamientos y consideraciones están tejidos en el conocimiento asiduo, amoroso de la Palabra divina. Nótese, por ejemplo, cómo el Autor comenta el Evangelio. No es nunca un texto para la erudición, ni un lugar común para la cita. Cada versículo ha sido meditado muchas veces y, en esa contemplación, se han descubierto luces nuevas, aspectos que durante siglos habían permanecido velados. (…) No sorprende, por eso, la coincidencia de los comentarios de Mons. Escrivá de Balaguer con esos otros, hechos hace más de quince siglos, por los primeros escritores cristianos. Las citas de los Padres de la Iglesia aparecen entonces engarzadas con naturalidad en el texto de las Homilías, en sintonía de fidelidad a la Tradición de la Iglesia».

(16) Amigos de Dios, n. 205.

(17) Cfr. Camino, nn. 575-588.

(18) «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura.

—”Ecce non est abbreviata manus Domini” brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (Camino, n. 586).

(19) Amigos de Dios, n. 205.

(20) «Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioh 12, 32), si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!» (Es Cristo que pasa, n. 183).

(21) «Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus,otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención» (Ibídem).

(22) RHF 20161, pág. 59.

(23) Cfr. Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 22.

(24) RHF 20166, pág. 122.

(25) Como escribe Mons. A. del Portillo en el texto que hemos citado en la nota 15, refiriéndose a la enseñanza del Fundador del Opus Dei: «El nervio central es el sentido de la filiación divina». Un interesante estudio sobre este tema es el artículo de F. Ocariz, La filiación divina, realidad central en la vida y en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, en «Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei…», o.c. en nota 6, pp. 173-214.

(26) «Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; levar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano» (Amigos de Dios, n. 210).

(27) «Es una pena no tener corazón», se lee en Amigos de Dios. «Son unos desdichados los que no han aprendido nunca a amar con ternura. Los cristianos estamos enamorados del Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere impregnados de su cariño!» (n. 183).

(28) Amigos de Dios, n. 229.

(29) Es Cristo que pasa, n. 142.

(30) «Me has hecho reír con tu oración… impaciente. —Le decías: “no quiero hacerme viejo, Jesús… ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde. Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel”» (Camino, n. 111); «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer?

—¿No? —Entonces no quieres» (Camino, n. 316).

(31) «… hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey» (Es Cristo que pasa, n. 181).

(32) Camino, n. 433.

(33) Camino, n. 436.

(34) Camino, n. 813.

(35) Camino, n. 994.

(36) «La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto —precisamente en esto— conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros (Ioh 13, 35). Me parece perfectamente lógico que los hijos de Dios se hayan quedado siempre removidos (…) ante esta insistencia del Maestro» (Amigos de Dios, n. 224).

(37) Amigos de Dios, n. 230.

(38) Ibídem.

(39) Amigos de Dios, n. 231. «¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón… y muchas veces lo envilecen…, dejad eso y venid con nosotros tras el Amor?» (Camino, n. 790). «Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. —Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles» (Camino, n. 796).

(40) «El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión «bendecir las actividades humanas» se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras» (Es Cristo que pasa, n. 184).

(41) «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…) No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo» (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114).

(42) Es Cristo que pasa, n. 132.

1. Los barruntos de una especial llamada

compromiso  Tagged , , , , , , , No Comments »

Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, ni en dedicarme a Dios. No se me había presentado ese problema, porque creía que no era para mí. Más aún: me molestaba el pensamiento de poder llegar al sacerdocio algún día, de tal manera que me sentía anticlerical. Amaba mucho a los sacerdotes, porque la formación que recibí en mi casa era profundamente religiosa; me habían enseñado a respetar, a venerar el sacerdocio. Pero no para mí: para otros.

Así lo manifestó Mons. Escrivá de Balaguer. Y, por otra parte, ninguno de los que le trataron de niño pensó que sería sacerdote. Pero la vocación divina fue abriéndose paso, poco a poco,  sin nada aparentemente extraordinario. Esto, que ha sucedido en la historia de tantas almas, resulta especialmente pro­videncial en el caso del que sería luego Fundador del Opus Dei, y tendría que enseñar a santificar lo habitual, lo de cada día, pre­viniendo a los que le escuchaban contra la tentación de lo ex­traordinario: para el cristiano corriente, la santidad no consiste en hacer cosas raras, o difíciles, sino justamente en transformar la prosa diaria en endecasílabo, en verso heroico.

La tentación de lo extraordinario aparece en varios momentos las páginas del Evangelio. El diablo ‑al final del a lo largo de ayuno en el desierto‑ quiere apartar a Cristo de su misión redentora evitándole los padecimientos humanos ‑el hambre, la sed, el dolor‑, con los que justamente llevaría a cabo la Reden­ción de los hombres. Pero no es sólo Satanás. Los parientes de Jesús quieren que vaya con notoriedad a Judea, en la Fiesta de los Tabernáculos. Y sus propios discípulos le incitan a hacer algo que llame la atención de las gentes. Cuando Juan y Santiago le piden que baje fuego del cielo y devore a los habitantes de aquella ciudad de Samaria, el Señor tiene una vez más que repri­mir su tentación de apoyarse en lo anormal: “No sabéis a qué espíritu pertenecéis”. Y así hasta el momento dramático del Cal­vario, cuando los príncipes de los sacerdotes y los escribas se burlan de Él diciéndole que descienda de la Cruz, y creerán en sus palabras. Cristo rechaza la tentación: redime al género humano con el dolor y la muerte, no con éxitos espectaculares. Qué sentido hubieran tenido, en otro caso, sus treinta años de vida oculta y de trabajo en Nazareth.

Dios se sirve de sucesos corrientes para atraer las almas a su amor. En ocasiones hace grandes milagros, que pasan inadver­tidos a la mirada humana. Pero el mayor milagro sigue siendo el camino habitual, sencillo, de su providencia ordinaria. Por estos senderos se abrió paso la vocación de Josemaría Escrivá de Bala­guer. Muchas veces lo repetiría a los socios de la Obra, también para prevenirles contra la tentación de lo espectacular, de lo fulgurante:

‑Acuden a mi pensamiento tantas manifestaciones del Amor de Dios en aquellos años de mi adolescencia, cuando barruntaba que el Señor quería algo de mí, algo que no sabia lo que era Sucesos y detalles ordinarios, aparentemente inocentes, de los que Él se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divina de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de ese estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purifica­ción, a la confesión y a la penitencia.

Hacía considerar este modo divino de proceder, ante el caso de personas que ofreciendo signos claros de que Dios les llamaba, tenían miedo, o les faltaba generosidad. Una vez mas lo plantearon en Buenos Aires en 1974. Alguien amigos suyos, a los que sólo parecía faltar un chico…

‑No seré yo quien se lo dé… Porque la vocación al Opus Dei es divina. Y porque, hijo mío, yo… me resistí lo que pude. Mea culpa, mea culpa. Me resistí. Yo distingo dos llamadas de Dios: una al principio sin saber a qué, y yo me resistía. Después…, después ya no me resistí, cuando supe para qué.

Dios fue preparándole de una manera progresiva, en contra, incluso, de su personal inclinación y de sus propios planes:

Recuerdo que, cuando cursaba el bachillerato, estudiábamos latín en el colegio. A mí no me gustaba; de una manera necia ‑;estoy ahora tan dolido de eso!‑ decía: el latín, para los curas y los frailes… ¿Veis que estaba bien lejos de ser sacerdote?

El 1 de julio de 1974, en Santiago de Chile, el Fundador del Opus Dei alentaba a un grupo numeroso de personas a luchar por Jesucristo y a llevar a Dios muchas almas. Y, para que su­pieran vencer posibles cobardías, o falsos respetos a la libertad ajena, concluía: A mí, Jesucristo no me pidió permiso para me­terse en mi vida. Si a mí me dicen, en ciertos tiempos, que iba a ser cura… ¡Y aquí estoy!

Muchas veces reiteró esta idea: Nunca pensé en dedicarme a Dios. No se me había presentado el problema, porque pensaba que eso no era para mí. Pero el Señor iba preparando las cesas, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis de­fectos, mis errores de niño y mis errores de adolescente…

Un día de fuerte helada, en pleno invierno de Logroño, Josemaría ‑aún adolescente‑ vio las huellas de los pies descalzos de un Carmelita sobre la nieve. Estas huellas removieron su cora­zón, que se encendió en deseos de un amor grande. Ante el sacrificio, por amor de Dios, de aquel fraile, Josemaría se preguntaba qué hacía él por su Dios.

Sintió Josemaría estos barruntos del Amor cuando tenía quince o dieciséis años. A la vez, se daba perfectamente cuenta de que el Señor quería algo de él, pero no sabía qué era. En aquellos días de invierno, en los primeros meses de 1918, fui a charlar en varias ocasiones con el P. José Miguel, uno de los frai­les que vivían al lado del Convento de las Carmelitas descalza, y atendían su iglesia.

Después, Josemaría pensó ser sacerdote. Por qué me hice sacerdote?, se preguntaría años más tarde: Porque creí que así sería más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho años antes de mi ordenación la barruntaba, pero no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928. Por eso me hice sacerdote.

Fue constante desde entonces su oración por aquello que ~.aún ignoraba. En su alma cuajaría con los años un clamor hecho de jaculatorias: Domine, ut sit! Domina, ut sit! (Señor, Señora, ;fue sea!). Y exclamaría, como cantando, aquellas palabras del Señor: Ignem ven¡ mittere in terram, et quid volo nisi ut accen­datur? (“Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?”). La respuesta se imponía inequívoca: Ecce ego, quia vocasti me! (“Aquí estoy, porque me has llamado”).

Josemaría habló con su padre. Don José Escrivá oyó, sorpren­dido, sus confidencias. Como siempre había aceptado dócilmente la Voluntad de Dios, respetó y amó el camino que el Señor tra­zaba para su hijo. Le debió costar mucho, porque él tenía otra idea, pero favoreció la decisión: A él le debo la vocación, obser­varía siempre el Fundador del Opus Dei.

La Baronesa de Valdeolivos detalla una anécdota que sucedió en el verano de 1919. Don José Escrivá fue a Fonz para payar unos días con sus hermanos y les enseñó fotografías de sus hijos: de Santiago, que acababa de nacer ‑”éste es el benjamín”, señalaba‑, de Carmen y de Josemaría. Se le notaba muy orgu­lloso de ellos. Y mostrando una foto de Josemaría, anunció pen­sativo: ‑Este me ha dicho que quiere ser sacerdote, pero a la vez va a estudiar para abogado. Nos costará un poco de sacrificio..

Por su parte, el propio Fundador del Opus Dei contaría:

Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. Él tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me dijo:

‑Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos… Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré.

Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el abad de la colegiata de Logroño.

La colegiata de Logroño ‑llamada vulgarmente “La Redon­da”‑ es hoy concatedral de la diócesis de Calahorra, Logroño y La Calzada. Entonces, el abad era don Antolín Oñate Oñate ‑más tarde nombrado chantre de Calahorra, en 1943‑, una verdadera institución en Logroño.

También orientó a Josemaría, por encargo de su padre, don Albino Pajares, sacerdote castrense que estuvo destinado en Lo­groño desde febrero de 1917 hasta mayo de 1920.

Don Antolin y don Albino le animaron a que siguiera en su vocación y le ayudaron, como profesores, para completar los cur­sos de Filosofía, para profundizar en el latín y para el primer año de Teología, que hizo como alumno externo en el Seminario de Logroño. El Fundador del Opus Dei estuvo siempre muy agrade­cido a estos dos sacerdotes.

Sabemos, sin embargo, que no le interesaba la carrera ecle­siástica; no le atraía ser cura, en el sentido usual que el término tenía entonces para el gran público: Aquello no era lo que Dios me pedía, y yo me daba cuenta: no quería ser sacerdote para ser sacerdote, el cura, que dicen en España. Yo tenía veneración al sacerdote, pero no quería para mi un sacerdocio así.

Desde octubre de 1918 fue alumno externo del Seminario. Además, estudiaba en casa con un profesor particular, Manuel Sanmartín. En el curso 1919‑1920 terminó primero en Teología. Obtuvo la calificación de meritissimus en todas las asignaturas, menos en una, en la que fue benemeritus.

Un condiscípulo, don Manuel Calderón, declara que era buen estudiante, y mostraba tener una gran cultura general: “pulcro, elegante, de finos modales, parecía que venía de casa principal”. Otro compañero, don Amadeo Blanco, recuerda con precisión su chaqueta azul, con cuello alto y lazo; sin embargo, lo que más le llamaba la atención era su sonrisa, su carácter agradable, amable, risueño. Algo semejante apreció don Máximo Rubio: era bien educado, cuidadoso en el vestir y cuidadoso en los modales al tratar a los demás; buen estudiante, serio, aunque ‑a su juicio‑ con un carácter más bien reservado: “hablaba lo justo y era muy observador y piadoso”. Sin embargo, don Pedro Baldo­mero Larios ‑hijo de un encuadernador muy amigo del padre de Josemaría‑ lo veía “simpático, comunicativo, alegre y muy agra­dable. A mí me impresionaba mucho, porque le consideraba como de gran talento”.

Don Pedro Baldomero Larios era alumno externo del Semina­rio, de cursos inferiores a don Máximo y a don José María Millán, ya fallecido, que, al parecer, fue en aquellos años el más amigo del futuro Fundador del Opus Dei. Su vida discurría entre la familia y las clases, y poco más. Se reunían de vez en cuando en casa de los Larios, o de los Escrivá o en la de los Rubio. En ocasiones paseaban hacia Lardero ‑entonces les parecía camino lejano‑, o iban al río a coger cangrejos.

Larios ‑quizá por ser más joven‑ no aporta nada digno de especial mención en cuanto a la vida de piedad: “solíamos ir diariamente ‑aunque éramos externos‑ a Misa al Seminario. Después íbamos a desayunar a nuestras casas y luego a clase”. Es Máximo Rubio quien corrobora que Josemaría, durante una temporada, acudió mucho y pasó ratos largos en el convento de los Carmelitas. Máximo Rubio alude también a la inquietud apostólica de Josemaría: en las conversaciones que tenían al salir de las clases, les hacía pensar en la labor que se podría realizar con los alumnos del Instituto, y les manifestaba su pena por la falta de espíritu cristiano que se notaba en aquella juventud.

En el Seminario había una catequesis, muy numerosa, que llevaban los internos. No parece que los alumnos externos ayu­dasen mucho en el catecismo, porque a don Amadeo Blanco

‑interno‑ se le quedó grabada la presencia de Josemaría: todos los domingos, sin tener obligación, iba allí ‑la catequesis se hacía en la propia iglesia del Seminario‑, y se ponía a dispo­sición “para lo que le mandasen”.

Josemaría estuvo poco tiempo como alumno externo del Semi­nario de Logroño. Pronto, en septiembre de 1920, se trasladó a

Zaragoza, para seguir los estudios de Teología en la Universidad Pontificia de San Valero y San Braulio.

Discurso del Cardenal Dr. Joseph Ratzinger con motivo de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Navarra

movimiento Opus Dei  Tagged , , , , , No Comments »

31 de enero de 1998

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Gran Canciller,
Respetable Claustro Académico,
Señoras y Señores:

Quisiera expresar ante todo a Vuestra Excelencia, muy estimado y querido Señor Gran Canciller, y a la ilustre Facultad de Teología, mi profunda y sentida gratitud por el gran honor que se me confiere con esta investidura como Doctor honoris causa. De modo particular, quiero manifestarle a Usted, muy estimado colega Profesor Rodríguez, mi agradecimiento por la atenta y delicada valoración que ha hecho de mi trabajo teológico, en la que ha ido más allá de mis méritos.

Usted, Profesor Rodríguez, con el descubrimiento y la edición crítica del manuscrito original del “Catecismo Romano”, ha prestado a la teología un servicio que trasciende unas concretas circunstancias históricas, y que ha revestido también gran importancia para mis trabajos durante la preparación del “Catecismo de la Iglesia Católica”. Forma Usted parte de una Facultad que, en el tiempo relativamente breve de su existencia, ha conseguido ocupar un puesto relevante en el diálogo teológico mundial. Significa, por tanto, para mí un honor y una alegría grandes ser recibido a través de este Doctorado en el Claustro de esta Facultad, con la que estoy unido desde hace ya bastantes años con lazos de amistad personal y de diálogo científico.

Ante un acontecimiento como el de hoy, surge inevitablemente una pregunta: ¿qué es propiamente un doctor en teología? Y, en mi caso, además, una pregunta muy personal: ¿tengo yo derecho a considerarme como tal? ¿Respondo yo al criterio que con esta dignidad se significa? Quizá pudiera plantearse, en este sentido, para muchos una objeción seria respecto de mi persona: ¿el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe -al que hoy gusta caracterizar de nuevo (y con esto también criticarle) con el título de “Inquisidor”- no estará quizás en cierta contradicción con la esencia de la ciencia y, por tanto, también con la naturaleza de la teología? ¿No se excluirán quizás ciencia y autoridad externa? ¿Podría acaso la ciencia reconocer otra autoridad que no fuese la de sus propios conocimientos, es decir, la de sus argumentaciones? ¿No es contradictorio en sí mismo un Magisterio que quiera imponer límites en materia científica al pensamiento?

Preguntas como éstas, que tocan la esencia de la teología católica, requieren sin duda un continuo examen de conciencia, tanto por parte de los teólogos como de aquellos otros que están constituidos en autoridad dentro de la Iglesia, quienes además deben ser también teólogos para poder realizar adecuadamente su oficio. Nos ponen esas preguntas ante la cuestión fundamental: ¿Qué es propiamente la teología? ¿Quedaría ya suficientemente caracterizada si la describiésemos como una reflexión metódica y sistemática sobre los interrogantes de la religión, de la relación del hombre con Dios? Mi respuesta sería: no, pues de ese modo sólo habríamos alcanzado a situarnos ante la llamada “ciencia de la religión”. La filosofía de la religión y, en general, la ciencia de la religión son indudablemente disciplinas de gran importancia, pero sus limitaciones se hacen patentes cuando tratan de traspasar el ámbito académico, pues no son realmente capaces de ofrecer una verdadera guía. O bien tratan de cosas del pasado, o bien se ocupan en describir las cosas del presente desde la confrontación existencial de los unos con los otros, o acaban siendo, en fin, un puro tantear acerca de los interrogantes últimos sobre el hombre, un tantear que, en definitiva, debe siempre quedarse en simple interrogante, pues no puede superar las tinieblas que rodean al hombre precisamente cuando se pregunta por su origen y por su fin, es decir, cuando se pregunta por sí mismo. Si la teología quiere y debe ser algo distinto de la ciencia de la religión, algo distinto de un simple tratar las cuestiones irresueltas sobre lo que nos trasciende y a la vez, sin embargo, nos constituye, entonces ha de basarse únicamente en el hecho de que surge de una respuesta que nosotros no hemos inventado. Pero para que ésta respuesta sea verdaderamente respuesta para nosotros, debemos esforzarnos en comprenderla y no dejar que se diluya.

Lo peculiar de la Teología es ocuparse de algo que nosotros no nos hemos imaginado y que puede ser fundamento de nuestra vida precisamente porque nos precede y nos sostiene, es decir, porque es más grande que nuestro propio pensamiento. El camino de la teología se encuentra bien expresado en la fórmula Credo ut intelligam: acepto un presupuesto previamente dado para encontrar, desde él y en él, el acceso a la vida verdadera, a la verdadera comprensión de mí mismo. Esto significa a su vez que la Teología presupone, por su propia naturaleza, una auctoritas. Sólo existe porque sabe que la esfera del propio pensamiento ha sido trascendida, porque sabe que -por decirlo así- ha sido tendida una mano en ayuda del pensamiento humano, una mano que tira de él hacia lo alto por encima de sus propias fuerzas. Sin este presupuesto dado, que supera siempre la capacidad del propio pensamiento y que nunca se diluye en algo puramente personal, no habría Teología.

Pero entonces debe plantearse una nueva pregunta: ¿Cómo es este presupuesto que nos es dado, esa respuesta que encauza por completo nuestro pensar y le señala el camino? Esa autoridad es, así lo podemos decir como en una primera aproximación, una Palabra. Vista desde nuestro tema, tal afirmación resulta completamente lógica: la palabra procede del entender y quiere ayudar a entender. El presupuesto que ha sido dado al espíritu humano que se pregunta es, de modo plenamente razonable, una Palabra. En el proceso de la ciencia el pensamiento precede a la palabra. Y se traduce en la palabra. Pero aquí, donde nuestro pensamiento fracasa, es enviada la Palabra desde el Pensamiento eterno, en la que esconde un fragmento de su esplendor, tanto cuanto somos capaces de resistir, tanto cuanto necesitamos, tanto cuanto puede la palabra humana formular. Conocer el significado de esta Palabra, entender esta Palabra es la más honda razón de ser de la Teología, razón que nunca podrá tampoco faltar del todo en el camino de fe de los fieles sencillos.

El presupuesto que nos ha sido dado es la Palabra, la Escritura, deberíamos decir, y a continuación deberíamos seguir preguntándonos: junto a esa autoridad esencial para la Teología, ¿puede quizá existir otra? Parecería, a primera vista, que la respuesta debería ser: no. Este es un punto crítico de la controversia entre teología de la reforma y teología católica. Hoy en día también una gran parte de los teólogos evangélicos reconocen, de un modo u otro, que la sola scriptura, es decir, la reducción de la Palabra al Libro, no es sostenible. La Palabra, por su estructura interna, supera siempre lo que pudiera entrar en el Libro. La relativización del principio escriturístico, en la que también la teología católica tiene que ahondar, y en la que ambas partes podrían llegar a un nuevo motivo de encuentro, es por una parte fruto del diálogo ecuménico, pero se ha visto también motivada por el progreso de la interpretación histórico-crítica de la Biblia, que a su vez ha aprendido también, por eso mismo, a autolimitarse.

En el proceso de la exégesis crítica, sobre la naturaleza de la Palabra bíblica han sido puestas de manifiesto sobre todo dos cosas. En primer lugar, se ha tomado conciencia de que la Palabra bíblica, en el momento de su fijación escrita, ya ha recorrido un proceso más o menos largo de configuración oral, y que, al ponerse por escrito, no ha quedado solidificada, sino que ha entrado en nuevos procesos de interpretación -relectures-, que han desarrollado ulteriormente sus potencialidades ocultas. La extensión, por tanto, del significado de la Palabra no puede quedar reducida al pensamiento de un autor singular de un determinado momento histórico. Más aún, la Palabra no pertenece a un único autor, sino que vive en una historia que progresa, y posee, por eso, una extensión y una profundidad hacia el pasado y hacia el futuro que finalmente se pierden en lo imprevisible. Sólo a partir de aquí se puede empezar a comprender qué quiere decir Inspiración; se puede ver cómo Dios entra misteriosamente en el ámbito del hombre y trasciende al autor meramente humano. Pero esto significa también que la Escritura no es un meteorito caído del cielo, que como tal se contrapondría a toda palabra humana con la rigurosa alteridad de un mineral celeste no procedente de la tierra.

Ciertamente, la Escritura es portadora del pensamiento de Dios. Esto hace que sea única y que se convierta en “autoridad”. Pero viene mediada por una historia humana. Encierra el pensar y el vivir de una comunidad histórica, a la que llamamos “Pueblo de Dios” precisamente porque ha sido reunida y mantenida en la unidad por la irrupción de la Palabra divina. Y existe entre ambas un mutuo intercambio. Esta comunidad es la condición esencial del origen y del crecimiento de la Palabra bíblica; y, a la inversa, esta Palabra confiere a la comunidad su identidad y su continuidad. Y así, el análisis de la estructura de la Palabra bíblica ha puesto de manifiesto una compenetración entre Iglesia y Biblia, entre Pueblo de Dios y Palabra de Dios, que teóricamente conocíamos de algún modo desde siempre, pero que nunca se nos había hecho tan patente.

De lo dicho hasta aquí se deduce un segundo elemento, a través del cual queda relativizado el principio escriturístico. Lutero estaba convencido de la perspicuitas de la Escritura, de su univocidad, que haría superflua cualquier instancia oficial de explicación. La idea de la univocidad es constitutiva del principio escriturístico. Pues, si la Biblia como libro no fuera unívoca en sí misma, tampoco podría constituir por sí sola, es decir, únicamente como libro, el presupuesto que nos ha sido dado, y que nos ha de guiar. Quedaríamos, por tanto, de nuevo abandonados a nosotros mismos. Permaneceríamos otra vez solos con nuestro pensamiento, que se encontraría desamparado frente a lo esencial del ser. Pero, a raíz de la estructura de la Palabra y de las experiencias concretas de la exégesis bíblica, ha habido que renunciar a este postulado fundamental de la univocidad. No puede ser mantenido por la estructura objetiva de la Palabra que, a causa de su propia dinámica, trasciende lo escrito. Precisamente lo más profundo de la Palabra se hace perceptible sólo al superar el nivel de lo meramente escrito. Pero también desde el punto de vista subjetivo, es decir, desde las leyes esenciales de la razón histórica, es imposible mantener dicho postulado. La historia de la exégesis es una historia de contradicciones. Las aventuradas propuestas de algunos exégetas modernos, que han llegado hasta el extremo de ofrecer la interpretación materialista de la Biblia, han puesto de manifiesto que la Palabra queda indefensa cuando es reducida simplemente a un libro, y se encuentra entonces expuesta a ser manipulada por intenciones y opiniones preconcebidas.

La Escritura, la Palabra que nos ha sido dada como presupuesto, la que está en el centro de los esfuerzos de la Teología, no está aislada, por su misma naturaleza, ni es solamente un libro. Su sujeto humano, el Pueblo de Dios, está vivo y se mantiene idéntico consigo mismo a través de los tiempos. El espacio vital que ha creado y que la sostiene es una interpretación que le es propia e inseparable. Sin su sujeto vivo e imperecedero que es la Iglesia, le faltaría a la Escritura la contemporaneidad con nosotros. Ya no estaría en condiciones -como es su razón de ser- de unir sincronía y diacronía, historia y presente, sino que decaería en lo irrecuperablemente perdido en el pasado. Quedaría reducida a simple literatura que es interpretada, como se puede interpretar cualquier obra literaria. Y de ese modo, también la Teología quedaría convertida, de una parte en pura historia de la literatura y en historia de tiempos pasados y, por otro lado, en filosofía de la religión y en ciencia de la religión en general.

Quizá sea útil concretar aún algo más esta reflexión con respecto al Nuevo Testamento. A lo largo del entero camino de fe desde Abraham hasta el final de la constitución del canon bíblico se fue formando la confesión de la fe, que tiene en Cristo su verdadero centro y su figura definitiva. Pero el ámbito vital originario de la profesión de fe cristiana es la vida sacramental de la Iglesia. El canon bíblico se ha formado según este criterio, y es éste también el motivo por el que el Símbolo es la primera instancia de interpretación de la Biblia. Pero el Símbolo no es una pieza literaria. Durante mucho tiempo la Regla de Fe correspondiente al Símbolo no se puso, a propósito, por escrito, precisamente porque es vida concreta de la comunidad creyente. De esta manera, la autoridad de la Iglesia que habla, la autoridad de la sucesión apostólica, se encuentra inscrita, por medio del Símbolo mismo, en la Escritura, y no puede separarse de ella. El Magisterio de los sucesores de los Apóstoles no yuxtapone una segunda autoridad a la Escritura, sino que pertenece desde dentro a ella misma. Esta viva vox no está llamada a reducir la autoridad de la Escritura o a limitarla o incluso a sustituirla por otra. Antes al contrario, su misión es asegurar la indisponibilidad de la Escritura, garantizar su no manipulación, conservar intacta, en medio de la disputa entre las diversas opiniones, su propia perspicuitas, su univocidad. Se da así una misteriosa interacción mutua. La Escritura señala la medida y el límite a la viva vox; y la Voz viva garantiza que la Escritura no venga a ser manipulada. Comprendo perfectamente el temor de los teólogos protestantes -y hoy también de muchos teólogos católicos-, especialmente de los exégetas, de que el principio Magisterio pudiera menoscabar la libertad y la autoridad de la Biblia, y de ese modo también de la Teología en general.

Viene a mi memoria un pasaje de la famosa correspondencia entre Harnack y Peterson del año 1928. Peterson, el más joven, que estaba en búsqueda, en una carta había hecho ver a Harnack que él mismo, en su estudio sobre “El Antiguo Testamento en las cartas paulinas y en las comunidades paulinas”, había expresado prácticamente la doctrina católica acerca de Escritura, Tradición y Magisterio. Harnack en efecto, había expuesto en ese trabajo que en el Nuevo Testamento la autoridad de la doctrina apostólica se agrega a la autoridad de la Biblia, organizándola y delimitándola, y, de esta manera, constituye un correctivo saludable del biblicismo. Con relación a esta advertencia de Peterson, Harnack despreocupado como era, contestó al joven colega: “Es un truism que el llamado principio formal del viejo protestantismo es una imposibilidad crítica, y que -comparado con él- el principio católico es formalmente el mejor; pero materialmente el principio católico sobre la tradición asola la historia mucho más…”. Eso que, en cuanto principio, parece evidente e incluso innegable, en la realidad infunde cierto temor.

Se podría decir mucho más sobre el diagnóstico de Harnack, sobre qué ha asolado más la historia, sobre dónde por tanto el presupuesto que nos ha sido dado con la Palabra ha sido más amenazado. No es éste el momento. Por encima de toda discusión, queda patente que ninguna de las dos partes puede prescindir de la confianza en el poder de protección y guía del Espíritu Santo. Una autoridad eclesiástica podría llegar a ser arbitraria, si el Espíritu no la guardase. Pero, sin duda, la arbitrariedad de una exégesis dejada en manos de sus propios recursos constituiría, en sus múltiples manifestaciones, un peligro no menor, como demuestra la historia. Es más, el milagro que haría falta allí para mantener la unidad y hacer valer la Palabra en toda su grandiosa exigencia es mucho más improbable que ese otro milagro que se necesita para mantener dentro de sus límites y medidas el ministerio de los sucesores de los Apóstoles.

Pero dejemos de lado las especulaciones. La estructura de la Palabra es suficientemente unívoca, pero la exigencia que implica para los llamados a la responsabilidad de suceder a los Apóstoles es de hecho muy ardua. Es misión del Magisterio no oponerse al pensamiento, sino dar voz a la autoridad de la Respuesta que nos ha sido dada, y así crear espacio para la Verdad misma que viene a nosotros. Ser portador de tal misión es excitante y arriesgado. Requiere la humildad de someterse, de escuchar y de obedecer. Se trata, no de hacer valer lo propio, sino de mantener abierto el espacio para el hablar del Otro, sin cuya Palabra presente todo lo demás cae en el vacío. El Magisterio bien entendido debe ser un servicio humilde para que siempre sea posible la Teología verdadera, y así se puedan oír las respuestas sin las cuales no podemos vivir rectamente.

“El ecumenismo es, en primer lugar, una cuestión de oración y de caridad”

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

La teóloga Jutta Burggraf afirma que el ecumenismo no es sólo una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino en primer lugar de oración y de caridad

Opus Dei -

Jutta Burggraf es profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y es autora de «Conocerse y comprenderse. Una introducción al ecumenismo», Madrid 2003, 2ª ed. 2003 y del folleto: «Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se vive?», Madrid 2006.

¿Por qué es necesaria, la semana de oración para la unidad?

Durante el octavario, los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes de todas las denominaciones -esparcidos por el mundo entero- están invitados a rezar juntos por su unidad. Lo expresa claramente el lema de este año: «No ceséis de orar».

La Semana se celebra del 18 al 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora la conversión de San Pablo. La fecha es significativa: nos recuerda que no podemos acercarnos unos a otros sin una profunda conversión interior, sin buscar cada uno vivir en intimidad con Cristo. Es en Él donde nos uniremos algún día.

“La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo”

La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo, quien nos conduce, por los caminos que quiere, hacia la madurez cristiana.

En la oración encontramos sobre todo a Dios, pero de manera especial también a los demás. Cuando rezo por alguien, le veo a través de otros ojos, ya no con aquellos llenos de sospecha o de ánimo de control, sino con los ojos de Dios. De esta manera, puedo descubrir lo bueno en cada persona, en cada planteamiento. Dejo aparte mis prejuicios y comienzo a sentir simpatía por el otro.

Rezar significa, purificar el propio corazón, para que el otro verdaderamente pueda tener sitio dentro de él. Si tengo prejuicios o recelos, cualquiera que entre en ese recinto recibirá un golpe rudo. Tenemos que crear un lugar para los demás en nuestro interior. Tenemos que ofrecerles nuestro corazón como lugar hospitalario, donde puedan encontrar mucho respeto y comprensión.

Si conseguimos esto, será más auténtico el diálogo. A veces, creemos poder disimular fácilmente nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Tratamos de guardar las apariencias, y luego nos asombramos que los demás desconfíen de nosotros. La razón es muy sencilla: los demás suelen percibir con gran nitidez lo que pasa en nuestro interior. Notan si los aceptamos o los rechazamos, y actúan en consecuencia. Así vemos la importancia de empezar por nosotros mismos en la búsqueda de la unidad.

Se insiste mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»…

Con razón, porque el ecumenismo no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad. Así como la falta de amor engendra desuniones, la «santidad de vida» puede considerarse como el «alma» o motor de todo el movimiento ecuménico.

Es significativo que Juan Pablo II haya invitado repetidas veces a una purificación de la memoria a todas las personas y asociaciones. Sabemos bien que la memoria no es sólo una facultad relativa al pasado; por el contrario, influye profundamente en el presente. Lo que recordamos afecta, con frecuencia, a nuestras relaciones con los demás. Si una herida del pasado queda en la memoria, esta herida puede llevar a una persona a encerrarse en sí misma; puede traducirse en una cierta resistencia a encontrarse de una manera serena entre los demás, y puede dificultar o incluso impedir una amistad.

Teniendo esto en cuenta, Benedicto XVI ha dado ejemplos elocuentes: cuando, por ejemplo,a causa de su famosa conferencia de Ratisbona había llegado a ser la víctima de una campaña organizada por algunos adversarios de la Iglesia, no culpó a nadie; es más, sobrepasó las reglas de la mera justicia y pidió perdón a los musulmanes por las palabras que podrían haberles herido.

Podemos estar seguros de que una persona contribuye más a la unidad de la Iglesia cuando procura transmitir el amor de Dios a los demás, que cuando se dedica a los diálogos teológicos más eruditos con un corazón frío.

El Papa está demostrando continuamente su compromiso ecuménico. ¿Advierte un celo análogo, entre los católicos en general?

Benedicto XVI señaló, desde el comienzo de su pontificado, que está dispuesto a «trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo».

Está realizando una gran labor ecuménica, hecha no sólo de palabras, sino, sobre todo, de gestos fraternos. Así, por ejemplo, ha donado una considerable cantidad de dinero al patriarcado de Moscú para la reconstrucción de la catedral de la Trinidad en San Petersburgo.

Y, a pesar de las dificultades, que se experimentan actualmente entre anglicanos y católicos por cuestiones de carácter teológico y ético, ha firmado, hace algo más de un año, una animante declaración conjunta con el primado de la Comunión anglicana.

Los católicos están cada vez más familiarizados con el reto que supone la unidad de todos los cristianos. Comprenden mejor que antes lo que afirma el Cardenal Walter Kasper: “El ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado”. Así, muchos participaron en la “Asamblea ecuménica europea”, celebrada en septiembre del año pasado en Sibiu-Hermannstadt (Rumanía), y juntamente con los diálogos oficiales, tuvieron lugar grandes encuentros de los nuevos movimientos que se dedican a la labor ecuménica, por ejemplo en Stuttgart en 2004 y en 2007.

A la vez, se dan cuenta -y el Papa insiste también en esto- de que el diálogo tiene distintos niveles o «círculos». Tiene que comenzar antes, en la «propia casa», entre los mismos católicos, que tienen que conocerse para entenderse bien. No debemos excluir de nuestro interés y cariño a las personas de otras comunidades católicas. Hay mucha variedad en nuestra Iglesia.

Asimismo, los católicos tienen una viva conciencia de que el diálogo va más allá del ecumenismo. Se dirige también a los seguidores de otras religiones y al mundo secularizado. Allí nos espera una inmensa tarea, que sólo podemos afrontar si estamos unidos: con Dios, entre nosotros los católicos y con todos los cristianos.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder