Especial 9 de enero

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El 9 de enero de 1902 nació en Barbastro Josemaría Escrivá de Balaguer. En esta noticia agrupamos algunos textos sobre el fundador del Opus Dei, canonizado por Juan Pablo II en el año 2002.

Opus Dei -

15 días con Josemaría Escrivá

Textos del libro “15 días con Josemaría Escrivá” de D. Guillaume Derville, editado por Ciudad Nueva

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Como un personaje más

Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo (Camino 382): ésta era la dedicatoria habitual de Josemaría Escrivá en la primera página de los libros que relataban la vida de Jesús y que aconsejaba leer, una invitación que también grababa con letras de fuego en los corazones. ¿Cómo llegar a ese encuentro personal con Cristo (cf. Es Cristo que pasa 59, 110, 118; Amigos de Dios 264)?: Leyendo su vida para que quede impresa en la memoria como las imágenes de una película.

Josemaría no se contenta con leer el Evangelio, lo vive como un personaje más (Surco 672; Forja 8). Esta fórmula lapidaria ilustra lo que él mismo hace: entra en la vida de Jesús, o mejor, nuestro Señor se convierte en su vida, introduciéndose en su corazón. En el Evangelio descubrimos la vida de Jesús, pero también la nuestra: Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia (Forja 754).

¡Cuántas personas han conocido a Jesús durante su vida terrena! Las páginas que siguen ofrecen una luz sobre algunos de esos encuentros. El lector está invitado a tomar parte en la escena. En esa contemplación, el Verbo de Dios habla e invita a seguirle. Ahí está la santidad: responder día tras día a una llamada que se dirige a cada uno, una llamada amorosa, exigente, divina, que hará de Josemaría, en cierto modo a pesar suyo, pero a la vez apasionadamente, su heraldo singular.

Agradecemos a la editorial Ciudad Nueva que nos haya permitido reproducir algunos párrafos del  libro “15 días con Josemaría Escrivá”, escrito por D. Guillaume Derville.

“Me concentro en hacer bien y hasta el final cada actividad”

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Casada y con tres hijos, Izabela Siekanska se lanzó a hacer el doctorado en Filosofía y, claro, las horas no le rendían. Tras conocer las enseñanzas de san Josemaría se propuso ordenar su vida y concentrarse en cada cosa sin pensar en lo siguiente. Ofrecemos el testimonio de esta filósofa y madre polaca, extraído del folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Izabela Siekanska, filósofa y madre, en Varsovia (Polonia).

Izabela Siekanska vive en Varsovia (Polonia) y realiza el doctorado en filosofía en la Universidad Cardenal Stefan Wyszynski.

“Comencé los estudios de doctorado cuando tenía ya marido y tres hijos. Tuve que abrirme paso con mucho esfuerzo porque durante algunos años no me había ocupado para nada de la filosofía, ya que estaba totalmente metida en la limpieza de la casa y de la ropa, en la cocina, en los pañales de los niños…

Al principio me resultó muy difícil compaginar las obligaciones domésticas y los estudios. No conseguía hacer nada bien. Trabajaba por las noches, los niños llegaban tarde al colegio y mi estado síquico dejaba mucho que desear.

En esa época empecé a profundizar en las enseñanzas de san Josemaría Escrivá y este conocimiento trajo resultados asombrosos. Empecé a descubrir que cada trabajo, incluso el más monótono, debía estar bien hecho. Entendí que hasta entonces más que ocuparme de las cosas pendientes, me agobiaba con ellas, con independencia de si tenía por delante media hora o medio día.

Para mí resultó un descubrimiento leer el punto 506 de Surco:

Desarrollas una incansable actividad. Pero no te conduces con orden y, por tanto, careces de eficacia. –Me recuerdas lo que oí, en una ocasión, de labios muy autorizados. Quise alabar a un súbdito delante de su superior, y comenté: ¡cuánto trabaja! –Me dieron esta respuesta: diga usted mejor ¡cuánto se mueve!…

Desarrollas una incansable actividad estéril … ¡cuánto te mueves!

La última cosa en la que pensaba era en ordenar mi vida. Estaba más inclinada a no dormir por la noche que a distribuir bien el tiempo entre el trabajo doméstico y el de investigación. Sin embargo, este pensamiento de Surco no me dejaba tranquila y por eso decidí probar. Al principio con poco convencimiento, después cada vez con más, comencé a ordenar todo de modo que cada asunto ocupara el momento que le corresponde.

Esto trajo a nuestra casa paz y armonía. Ahora, cuando me concentro en hacer bien y hasta el final cada actividad, no siento mis deberes en la casa como un peso. Por supuesto, a veces hay imprevistos, o calculo mal las horas, pero, en principio, cada día tiene su plan, que procuro respetar, y hay tiempo para todo.

Si me apoyara en mis propias fuerzas, mi afán por poner orden en mi jornada desaparecería pronto, pero intento descubrir el sentido sobrenatural de mi trabajo y esto me da ánimos para seguir adelante”.

Necesito expresar lo que siento”

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María Faraone, pintora, retrató a San Josemaría. Expone sus pinturas en Nueva York, Moscú, París, Barcelona y Buenos Aires

“Soy un poco audaz y sobre todo cuando se trata de hacer retratos. Cuando me ofrecieron hacer uno de San Josemaría Escrivá dije: ¿porqué no? Para mi era un honor retratar a una figura tan importante.”

María Faraone es una pintora cuya temática es el ser humano y la belleza. Tiene una mirada particular al considerar que “el arte es algo que nos tiene que elevar como personas”. Admite que no todos opinan lo mismo, pero ella reafirma su posición mostrando una fuerte personalidad: “Soy rebelde. Necesito expresar lo que siento. Yo pinto al revés del mundo.” Hoy el arte abstracto quizá goza de mayor prestigio en ciertas escuelas. Sin embargo, Faraone todavía acude a las figuras concretas, a riesgo de ser catalogada de naïf. Ella busca la armonía y trata de reflejarla a través del color, de la alegría, incluso del dolor. Porque afirma que no se puede ser solidario sin conciencia del dolor, y no admite la despersonalización.

***

¿Cómo descubrió a San Josemaría Escrivá?

Conocí el Opus Dei por mi marido. Luego, leí CaminoSurco… He visto películas de San Josemaría Escrivá. Hice retiros espirituales. Me gustó mucho el espíritu de la Obra: la búsqueda de la santidad en los quehaceres de la vida cotidiana, cada cual desde su lugar. Me pareció una maravilla. Nos ayudó a ser mejores. Noté un cambio. Podíamos tener más paz, podíamos entender más cosas, podíamos encontrarle un sentido a las contradicciones. Aprendí a ofrecer los inconvenientes…

¿Qué le parece el “aire” que se respira en las labores promovidas por el Opus Dei?

En el ejercicio de las virtudes que propone el Opus Dei he visto reflejado el espíritu de mi madre. Yo siempre sentí una profunda admiración por ella y era justamente ese espíritu de laboriosidad, de excelencia, de hacer las cosas lo mejor posible, de ponerse en el último lugar… Para mi fue reafirmar valores que había vivido junto a mi madre. Entonces me sentí consustanciada, me parecía lógico lo que escuchaba. Vi que eran propuestas con los ojos en Dios, pero con los pies sobre la tierra.

¿Cómo logró captar la paz y la alegría de San Josemaría en sus cuadros?

Yo creo que influyeron las fotografías y los videos. Además los que hacemos estas cosas tenemos una intuición especial. A mi me gusta la figura humana. En la mirada y en el gesto creo que se manifiesta la personalidad. El retrato tiene que reflejar el espíritu de la persona.

La pintura, ¿le ayuda a hacer oración?

Yo pienso que sí. De alguna manera sí. Porque a mi me gustaría, a través de mi trabajo, dar gloria a Dios. Haber encontrado un vehículo para dar gloria con esto. Pienso que esa es una de las misiones que tengo. Además me siento con el compromiso de hacerlo porque Dios me ha dado esta facilidad. Pienso que el talento no es mío. Me lo ha prestado, entonces lo tengo que devolver.

¿Qué relación tiene con el Opus Dei?

Soy Cooperadora desde hace más de 20 años. Quiero a la Obra como si fuera mía y colaboro en lo que puedo. Veo el espíritu y los medios de formación que ponen al alcance de la gente, y de los jóvenes en particular. 

Un venerable siervo de Dios

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Testimonio de Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Rancagua

Hace muy poco, el 9 de abril de 1990, la Congregación para las Causas de los Santos ha publicado el Decreto que reconoce que el siervo de Dios Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer practicó las virtudes cristianas en grado heroico. Esta es, sin duda, una gran noticia para los numerosísimos católicos que se sitúan en la pos teridad espiritual del fundador del Opus Dei. En efecto, reconocida la heroicidad de sus virtudes, sólo queda para que el Santo Padre pueda proceder a su beatificación que se pruebe canónicamente al menos un milagro obrado por Dios mediante la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer.

Cuando se reflexiona en la obra de Monseñor Escrivá, uno se siente impulsado a recordar la palabra evangélica: «El árbol se conoce por sus frutos» (Mt 12, 33). ¿Cuáles son esos frutos? Muchos, muchísimos, pero de entre ellos me parece que pueden destacarse tres.

El primero es el de haber impreso en su obra una fidelidad sin restricciones a la fe católica, al magisterio, a la conducción pastoral del Romano Pontífice. En momentos de incertidumbres y vacila ciones, los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer han dado tes timonio de firmeza en la fe, de adhesión al magisterio y de amoroso apoyo y obediencia al Papa. Esas actitudes, profundamente cató licas, las bebieron en el ejemplo y en las palabras del siervo de Dios. Para la Iglesia es importante este testimonio, que toca a lo más íntimo de su ser y que apunta al fundamento de su unidad.

El segundo es el de haber dado un impulso muy sólido y vital a una espiritualidad auténticamente laical. Para Monseñor Escrivá la santidad se busca y se consigue en el medio de vida de cada cual y no a pesar de él, sino precisamente a través de él. Es la santificación por el trabajo, de cualquier tipo que sea, haciendo del lugar donde la Providencia de Dios nos ha colocado, la expresión de la voluntad suya de que nos santifiquemos, y el camino para lograrlo. Un trabajo hecho por amor a Dios (ver Col 3, 22s), con competencia profe sional, ejecutado con alta calidad, pensando que el fruto del trabajo no es sólo una fuente de recursos para satisfacer las propias nece sidades, sino que es también un aporte a los demás, al bien común, al bienestar de la comunidad.

El tercero es el profundo aporte espiritual, tan concreto y pre ciso, tan revelador de una rica experiencia personal y de dirección espiritual, constituido por los tres libro Camino, Surco Forja. Bajo el género literario de «números», aparentemente independientes unos de otros, pero en realidad profundamente conexos y trabados por una visión de la vida y de la espiritualidad característica del fundador del Opus Dei, el siervo de Dios ha proporcionado a millares y centenares de millares de discípulos de Cristo un alimento espiritual singularmente apropiado para el hombre de hoy. Son fór mulas breves, profundas, cargadas de experiencia, utilísimas para recordar verdades de siempre y para hacerse preguntas altamente pertinentes acerca de la propia vida espiritual y del estado real de nuestro seguimiento de Cristo. Como esas «pepitas de oro» apuntan a realidades de carne y hueso y no a vagos sentimientos o a impre cisas posturas intelectuales plasmadas en frases que suenen bien, pero que dicen poco y exigen menos, sobre todo en lo que más cuesta, los «números» del Venerable Siervo de Dios son, en el mejor sentido de la palabra, «números»: especie de espectáculos del espí ritu que golpean la inteligencia, la sensibilidad y el amor. Y no cualesquiera, sino los que están arraigados en la fe.

Se ha escrito mucho sobre Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, y se escribirá todavía más, pero lo más grande que tal vez puede decirse de él no será nunca escrito, porque Dios, acogiendo su deseo de desaparecer, no dará plena satisfacción a nuestra curiosidad de medirlo todo y de reducirlo todo a estadísticas, sino que se reservará para el día del advenimiento del Señor, y sólo en ese día nos dará a conocer la verdadera dimensión de quien en este mundo fuera el fundador de una escuela y espiritualidad tan propia del siglo XX, del siglo del laicado cristiano y católico.

El reconocimiento de la heroicidad de las virtudes de Josemaría Escrivá de Balaguer es un hecho reconfortante en la valoración de la espiritualidad que hunde sus raíces en el Evangelio y en las ense ñanzas del Concilio Vaticano II. No tardará la Iglesia en reconocer algún milagro atribuido a su intercesión, el que vendrá a sumarse al «milagro» de sus frutos y de los de su obra.

Aunque el título de «Venerable» no nos autoriza para rendirle culto público, muchos son y serán, cada día más, quienes desde ya lo veneren en el santuario de su corazón.


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