Lo raro de no ser raros

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

El modo en que nació la obra (al menos, según se cuenta) exige algunas consideraciones, para intentar conocer no sólo el origen sino también la naturaleza de esta institución, su presente y su posible futuro.

En primer lugar, y por decirlo con la crudeza propia de laicos (que tienen fe, pero que están también convencidos de que la razón es un don divino que no hay que dejar de lado): dejando obviamente al Misterio el lugar que le corresponde, ¿hay motivos humanos para dar crédito a esa narración que atribuye el nacimiento de la institución nada menos que a una explícita iluminación celestial? ¿Se le puede conceder cierto margen de confianza para no descartar a priori los escritos internos, que definen a la Obra como «el resultado de una intervención divina en la historia»?

La Iglesia ha reconocido oficialmente ese origen, después de haber realizado pacientemente las comprobaciones exhaustivas que se requieren en estos casos (recordemos las decenas de miles de páginas de las actas de los sucesivos procesos canónicos sobre el Beato). Este tipo de reconocimiento no es en absoluto irrelevante, como bien saben los activistas antisectas y los oponentes de diverso signo, que dirigen precisamente sobre este punto sus mejores invectivas contra la institución.

En efecto, si la Iglesia se equivocase -confundiendo por ejemplo un alucinado con un místico; o peor aún, un embaucador con un testigo del evangelio-, se crearían tantos problemas que la teología, también la posconciliar, prefiere prevenir y cortar por lo sano. No, no puede equivocarse. En este punto está en juego algo crucial: nada menos que proponer a todos los fieles un «modelo» ejemplar. Por eso, la fe habla de una «especial asistencia del Espíritu Santo», que evita que se puedan cometer errores de ese calibre.

En consecuencia, una vez conocida la decisión papal, quienes rechazaron la beatificación de Escrivá de Balaguer -desde dentro de la Iglesia, se entiende-, deberían haberse callado y, si realmente tenían interés en seguir siendo «católicos», aceptarla.

Uso el condicional, porque no hay que dar por supuesto que ciertos disidentes, aunque sean «gente de Iglesia», conozcan la teología católica. Si la conocen -añaden algunos maliciosos- es sólo para protestar contra ella, sosteniendo que no es «católica», sino únicamente expresión de un arcaico grupo vaticano de poder: la ideología del Sistema, del «papa polaco».

Semejante religiosurn obsequium tiene sentido sólo dentro de una dimensión de fe. Pero, ¿fuera de ella?

Mantengámonos ahora sólo en el plano de los hechos. Un plano que no debe a priori excluir nada, ni siquiera la posibilidad escandalosa de intervenciones por decirlo de algún modo «extraterrestres», en los asuntos del mundo (aunque se trate, como sucede en este caso, de sucesos poco llamativos, que ocurren en la intimidad de la conciencia). En este punto, justo al contrario de lo que se suele suponer, el creyente es mucho más «abierto» que quien no cree: este último, en efecto, está obligado a excluir, por principio, un montón de cosas que no encajan en el esquema teórico y lleno de prejuicios que se ha construido y que ha aceptado de una vez para siempre.

Siguiendo por tanto en el plano objetivo, fáctico, es preciso reconocer que hay suficientes motivos para confiar. En primer lugar, el carácter, la personalidad del testigo que estamos examinando: Josemaría Escrivá. Durante más de medio siglo dio abundantes pruebas de sentido de lo concreto, de realismo, de espíritu emprendedor y de una voluntad de hierro, unido todo esto a un fortísimo celo religioso. Otros muchos santos -como don Bosco, y en general, casi todos los «fundadores», entre los que no se puede dejar de citar al otro ibérico, San Ignacio- comparten estos rasgos de Escrivá, que fue un místico, pero con los pies bien plantados en la tierra; un contemplativo, y al mismo tiempo un organizador. Un hombre espiritual, pero doctor en derecho. Un aragonés, procedente de una familia de comerciantes, empresarios, artesanos, más bien acomodados.

Nada en común, ni siquiera por formación familiar, con los alucinados. Su religiosidad (la suya personal y la que inculcó en la Obra) desconfió siempre de esos devocionalismos estáticos que acuden a visiones, hechos sobrenaturales, profecías sobre el futuro y ostentación de prodigios.

Decía don Josemaría que nunca había dudado, ni siquiera un instante, sobre la verdad del evangelio (su camino no fue el de una conversión, sino el de una profundización cada vez mayor, hasta el extremo, en las exigencias del catolicismo que recibió y aceptó desde niño), porque había recibido el don -son palabras suyas- «de una fe tan gorda que se podía cortar con un cuchillo».

Tuvo siempre una seguridad que no requería de pruebas, pues éstas sólo son necesarias para quien duda secretamente, y no para quien no vacila. Quizá precisamente por esto, fue siempre partidario -y recomendó a los suyos- una naturalidad muy «laica», que le llevó a difundir el cultivo de una «piedad sin beatería».

Escuchemos a un buen conocedor del Opus Dei, Rafael Gómez Pérez, profesor de antropología de la universidad de Madrid, ensayista conocido en los países hispanohablantes, y numerario: «El fundador del Opus Dei utilizaba con frecuencia una expresión para explicar la normal condición civil de los miembros de la Prelatura: “lo raro de no ser raros”. La vida corriente, normal, de los miembros del Opus Dei no lleva a costumbres o a actitudes que, según el estereotipo corriente, entran en la manera de ser de las personas “muy religiosas”. El estilo del Opus Dei no es nada aparatoso, nada “fundamentalista”. En la casa de una persona casada, miembro del Opus Dei, no se encontrarán -si es él o ella quienes pueden decidir- imágenes religiosas por todas partes; a esa casa no irán tampoco con frecuencia sacerdotes, por lo menos no sacerdotes del Opus Dei; las prácticas de vida cristiana como, por ejemplo, el rezo del Rosario, no serán algo impuesto, sino libre». Ya lo aconsejó el mismo Jesús: «cuando recéis, no hagáis como los hipócritas, que aman rezar derechos en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los hombres» (Mt 6, 5).

Estas líneas se refieren específicamente a los supernumerarios (y a los agregados, como veremos), que viven en sus casas.

Pero no es distinto el «ambiente emocional», como se dice ahora, de los Centros del Opus Dei donde viven los numerarios y las numerarias. Prosigue el mismo Gómez Pérez: «en los Centros del Opus Dei, el estilo, desde el principio, es el de una casa de familia. Como la vinculación al Opus Dei implica una voluntariedad renovada -quien no quiere seguir se va-, el ambiente emocional de un Centro es el de una familia bien avenida».

Por lo que yo he visto, en el Opus Dei -por poner un ejemplo no despreciable- no se da ninguna de esas obsesiones alimenticias, ni esos tabús dietéticos que son una de las señales inequívocas del sectario y del maniaco religioso. A pesar de declararse seguidores de ese Jesús que tuvo que padecer el rigorismo farisaico, con su tormento de establecer qué alimentos eran «puros» y cuáles «impuros»; ese Jesús que comió y bebió libremente, recordando que lo que contamina al hombre no viene de fuera sino de dentro; a pesar de seguir a semejante Maestro de libertad, las infinitas sectas e «iglesias» que se autodenominan cristianas se atormentan, y atormentan a sus seguidores con sus listas de comidas y bebidas «prohibidas» y «lícitas».

Unos admiten la carne y otros la maldicen; algunos precisan con más detalle qué carne sí y qué carne no; hay quien acepta el pescado y quien lo rechaza; algunos beben vino y otros lo excluyen; luego, están los que admiten el vino pero no las demás bebidas alcohólicas… En una «iglesia» concreta (y no de las menos importantes por número de seguidores y por prestigio), se llegó hasta un cisma, al no ponerse de acuerdo sobre si el café, el té y el cacao debían ser consideradas «drogas», en sentido bíblico, y por tanto deberían figurar en el elenco de alimentos proscritos para un cristiano…

Y no hablemos de la aversión, rayana hoy en el histerismo, a una planta que incluso fue sagrada en muchas culturas, y que Jesús -que no pudo llegar a conocerla: faltaban quince siglos para el descubrimento de América- no pudo ni aceptar ni rechazar: el tabaco.

En el Opus Dei, al menos por lo que se refiere a la variedad de alimentos y bebidas, se come y se bebe lo que a uno le da la gana, con la salvedad de las prescripciones aún vigentes de la Iglesia, y el cuidado (confiado a la responsabilidad personal) de la salud, además de la preocupación por conservar la libertad frente a cualquier exceso, gula incluida, que es un precepto válido para todo creyente llamado a seguir la «virtud cardinal» de la templanza.

También en este punto -es preciso reconocerlo-, se busca obedecer al precepto evangélico: «Cuando ayunéis, no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan (…) Tú, en cambio, cuando ayunes perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no adviertan que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto» (Mt 6, 16 y ss.).

Más aún: en el Opus Dei (escándalo máximo para los exaltados «religiosos» y también para tantos bienpensantes «laicos»), fuma quien quiere. En las mesas de los Centros se pueden encontrar esos ceniceros que el pequeño burgués «políticamente correcto» ha expulsado de su casa con horror fanático, desfogando la eterna necesidad de intolerancia no ya con los negros, los judíos, las mujeres o los homosexuales (muy a su pesar, la mentalidad dominante le prohibe hacerlo), sino contra esa única minoría indefensa que queda en el mercado del desprecio, el grupo superviviente de los zafios y malvados fumadores. El cigarrillo es visto como el enésimo sustituto del diablo, padre de todos los males (no hay enfermedad que no se le atribuya: desde la rodilla de lavandera a la pelagra); y se mira a su consumidor como a un poseso del Maligno, envenenador no sólo de sí mismo sino también de niños inocentes, vírgenes pudibundas, ancianos venerables…

Pues bien, para escándalo de los actuales moralistas intolerantes, hay en la vida del beato Escrivá un episodio en apariencia menor pero que me parece altamente significativo.

Lean con atención este suceso: el 25 de junio de 1944, el obispo de Madrid ordena a los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres son ingenieros (y el fundador, como sabemos, es un arquitecto frustrado: conviene tener presente esta señal de espíritu concreto, poco dado a los «misticismos»). Estos nuevos sacerdotes podrán aliviar, por fin, el peso que recaía en exclusiva sobre los hombros de don Josemaría: la atención espiritual de los miembros. La misma tarde de la ordenación, el fundador pregunta si alguno de los recién ordenados fuma. No, ninguno fuma.

Entonces, aquel hombre benemérito dio una singular indicación. Esta fue su determinación liberadora: si ninguno de los tres fuma, uno al menos deberá comenzar a hacerlo. Que el Dios de Jesucristo -enemigo de puritanos y de su fariseísmo, que se convierte en «virtud» narcisista y persecutoria- le recompense también por este rasgo encantador, que lo aparta radicalmente de la triste mentalidad de los sectarios, del fanatismo «sanitario» de los gnósticos de siempre, del conformismo de los bienpensantes, de la hipocresía de la subcultura dominante. Hay quizá una parte de verdad en el antiguo refrán según el cual qui vitia odit, homines odit, quien odia los vicios odia a los hombres.

En efecto, Escrivá quiere gente «normal», gente dispuesta a cualquier sacrificio y a todas las renuncias, pero en privado («buscad mortificaciones que no mortifiquen a los

demás», es una de sus enseñanzas), gente que conserve externamente la misma apariencia que sus semejantes. En la España y en todo el Occidente de aquellos años cuarenta, «normalidad» quiere decir que al menos la mitad de la población adulta es fumadora (como se dividían antes, fi fifty, los vagones de tren, espejo de la sociedad). Este hábito debía estar presente también entre los suyos, incluidos los sacerdotes.

El puro, la pipa, el cigarrillo -al menos de vez en cuando- servirán para mostrar que la vida en el Opus Dei no es rara, no es extravagante: es sencillez, normalidad, aun dentro de la radicalidad del compromiso cristiano. Quien asumió el encargo de «aprender» a fumar fue el ingeniero -desde pocas horas antes, «don»- Alvaro Del Portillo: mira por dónde, precisamente el que treinta y un años después sucedería a Escrivá. Y es curioso observar que el hábito adquirido por obediencia -tenía entonces treinta años- no debió disgustarle, ya que (como me dijo alguien que lo ha tratado y lo conoce bien), no hace mucho que el obispo-prelado del Opus Dei decidió dejar de fumar. Es decir, tras muchos años de filial obediencia a la invitación del fundador; para ayudar, también de ese modo, a entender qué es la vida «normal» de quien tiene vocación en esta Obra.

Decía que esta anécdota no me parece en modo alguno insignificante, sino una confirmación de que en la Obra no se da ese clima de fanatismo que favorece, entre otras cosas, fenómenos de credulidad «mística». «Visiones» y «mensajes divinos personales» incluidos.

Este clima en los hombres y mujeres de la Obra, perceptible incluso para un observador ajeno, es el fruto directo del árbol-Escrivá, que prevenía frente a los prodigios. El mismo era el primero en poner en práctica esa indicación de no confiar demasiado, y mucho menos desear, en quién sabe qué milagros, porque el más grande de todos es la vida misma, ese trabajo corriente que el cristiano está llamado a santificar y que santifica precisamente con la tranquila y confortante normalidad de su vida diaria (Forja, número 60: «Siente cada día la obligación de ser santo. ¡Santo!, que no es hacer cosas raras: es luchar en la vida interior y en el cumplimiento heroico, acabado, del deber»).

Es significativo que el Opus Dei, durante la causa de beatificación de su fundador, parece no haber seguido el método tradicional en este tipo de procesos, es decir, la búsqueda a cualquier precio de milagros, prodigios, hechos inexplicables, dones divinos, que el candidato a los altares hubiera protagonizado y recibido en vida. (Otra cosa distinta es el don de intercesión ante Dios, pero post mortem, como se comprueba en los ochenta mil «casos» de gracias, favores, intervenciones de distinto tipo señalados antes, y los otros miles después de la beatificación).

Al examinar las actas del proceso pude comprobar que la investigación se propuso dilucidar no los hechos extraordinarios (siempre presentes, por otra parte, en el fondo de toda perspectiva religiosa), sino la práctica de las virtudes cristianas y humanas, tanto más heroicas por ser cotidianas, ajenas a la ostentación y al espectáculo. Parece como si se quisiera confirmar así que también el fundador fue «normal» (como quería que fuese todo el Opus Dei), aun en la radicalidad de su compromiso evangélico.

Da la impresión, por tanto, de que no se puede desconfiar a priori de la pretensión del Opus Dei, que asegura que el origen de la institución se sitúa en un hecho misterioso. En efecto, este «hecho» inicial está como aislado, y no es el comienzo de una tradición de «prodigios» o, al menos, de cosas extraordinarias. Si hay algo fuera de lo común en la Obra -enemiga jurada de toda ostentación, tanto colectiva como individual: «Gloria Operis Dei summa est sine humana gloria vivere» (la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana), afirman solemnemente los estatutos oficiales-, debe permanecer escondido, in interiore hominis, en la intimidad de una casa, de una familia, entre las cuatro paredes de un lugar de trabajo.

La fama de secretismo procede, entre otras cosas, de este deseo de evitar cualquier cosa que llame la atención. Por eso, no cuadraría en absoluto que, sin fundamento, proclamaran un «milagro» y ostentaran dones «proféticos».

A esto hay que añadir el retraimiento de Escrivá para hablar de aquel dos de octubre, de aquel 14 de febrero (las mujeres…): sólo en poquísimas ocasiones, a petición de sus hijos, habló de ello, y limitándose a decir que «vio», pero sin entrar en detalles. Más aún, en todas esas ocasiones no dejó nunca de recordar que aquella misión que se abría ante él era, juzgando a lo humano, más una carga que debía aceptar obedientemente, que el premio soñado que coronaba una búsqueda mística personal.

No parece que haya apoyado nunca su autoridad como «fundador» sobre aquel hecho carismático; ni que haya recurrido a él para acrecentar su prestigio, atraer discípulos o afrontar los muchos obstáculos que levantaron en su camino, incluso dentro de la Iglesia. Al contrario: cuando se sintió obligado a hacer referencia a ese suceso -siempre y sólo entre los suyos, y a petición de estos- pedía que se le permitiera pasar por alto algunos pormenores, que no le pidieran demasiado. Hablaba de aquello, en definitiva, como de un «suceso» objetivo que él mismo, con sorpresa, se había visto obligado a aceptar; no como de un privilegio que Dios le hubiera concedido, sobre el que pudiera «elucubrar», aunque fuera de modo espiritual.

Estaba profundamente convencido de que el comienzo de aquella aventura había sido extraordinario; pero, una vez puesto en marcha, pensaba que su deber consistía en llamar la atención sobre lo ordinario, ayudando a la gente a descubrir las escondidas potencialidades de la vida «normal».

Confirma Peter Berglar: «Era extremadamente parco cuando hablaba de las gracias místicas o carismáticas que el Señor le concedía, y que no se agotaron en aquel día de octubre. El que actuara así no sólo era algo completamente natural en él, sino también un síntoma seguro de ser fidedigno. Cualquier comunicación expresa de un encuentro con Dios que haya tenido carácter místico y extraordinario suscita dudas sobre su autenticidad».

En resumen: me parece que hay bastantes elementos para atreverse a señalar que «no es así como se inventa». Hay que excluir la posibilidad de un fraude, por los motivos expuestos (que me parecen evidentes para quien no se empeñe en ser sectario). Los decenios transcurridos desde 1928 están ahí para testimoniarlo: tse puede engañar durante medio siglo?, ¿y con qué fin? En efecto, no es así como se comportan los alucinados. El Opus Dei -representado por el presunto «visionario»: enérgico, pragmático, realista, paciente, tanto como para darle como símbolo un burro atado a la noria- no es el tipo de institución que tiene su origen en fenómenos alucinantes o en ilusiones místicas.

Ya advertí al comienzo de estas páginas que no soy proclive a las hipócritas abstenciones de juicio. Si mi opinión les interesa, no tengo dificultad en darla. Para el escriba que se enorgullece de presentarles este informe, aquella mañana, en la madrileña calle de García de Paredes (y después, pocos meses más tarde, aquella otra mañana en la calle Alcalá Galiano, en la capilla de la marquesa de Onteiro), la historia de la Iglesia sufrió un viraje imprevisto e imprevisible. Y con ella, el mundo. «Algo» sucedió entonces, y no por iniciativa humana.

Esta es mi opinión. Pero eso no importa mucho. Lo que sí importa es que así piensa una multitud de personas que va creciendo, año tras año, siguiendo al curita joven que -cuando recibió el encargo, con sólo 26 años, de eso que ni esperaba ni deseaba- no tenía más que «gracia de Dios y buen humor».

Para lectores con experiencia, no hace falta explicar con mucho detalle qué puede significar para esa masa de hombres y mujeres la persuasión de participar en un proyecto que Dios mismo ha querido, cuyos confines son el mundo entero y su término el fin mismo de la historia.

Probablemente, el grito de los cruzados era ilusorio: Deus vult! La historia trágica que siguió y que -después de un par de siglos de sangre y fatigas, de heroísmos y de miserias, de sacrificios y de codicia- acabó en fracaso, pareció demostrar (por lo que está a la vista de los ojos humanos) que, en realidad, Deus non volebat. Aquí, en cambio, todo parece mostrar -al menos para quien lo contempla desde una perspectiva de fe- que esta vez no se trata de una ilusión: que el Dios cristiano, hacia el final del Segundo Milenio, habría querido una «obra» que fuese «suya», llamando a hijas e hijos en todas partes del mundo para que participaran en ella.

Importan poco, entonces, el escepticismo, las perplejidades, las ironías, los reparos y las negaciones de los de «fuera». Lo que importa es la certeza de los de «dentro»: esa es la fuente de energía que alimenta, con un impulso extraordinario, los motores de este panzer (usando de nuevo la afectuosa y admirada metáfora de don Giussani).

En cualquier caso, puedo garantizarles que, al menos por lo que he intuido y visto, ningún «fanatismo» al estilo de los cruzados puede achacarse a la Obra. Ninguno de sus miembros piensa en grabar a fuego en bandas ni estandartes una reedición de cualquier Gott mits uns de infausta memoria. Entre otras cosas, porque no existen: precisamente para evitar triunfalismos e orgullos colectivos, el Opus Dei no tiene un escudo oficial, ni tampoco un nombre para designar al conjunto de sus miembros: «opusdeístas» es una palabra inventada por «extraños», que no gusta a los de dentro.

No hay, pues, ni rastro de fanatismo. Al menos, por lo que un observador ajeno a la Obra puede ver: confieso que mi celo investigador no ha llegado hasta el punto de introducir grabadoras encondidas en las habitaciones «secretas», ni a practicar el espionaje a través de las cerraduras.

En el Opus Dei, hay rasgos que lo distinguen de actitudes propias de las sectas, como el rechazo de los tabús alimenticios y de las obsesiones maniacas contra presuntas «drogas» como alcohol, café, tabaco, cacao. Entre estos rasgos, destaca la ausencia de exaltación. La mentalidad sectaria, en efecto, siempre emplea como carburante la excitación acrítica en su defensa de la «causa» y en la afirmación del grupo. (A este propósito, es significativa una anotación de Surco, número 870: «Con la polémica agresiva, que humilla, raramente se resuelve una cuestión. Y, desde luego, nunca se alcanza esclarecimiento cuando, entre los que disputan, hay un fanático»).

En mi viaje por el interior del Opus Dei no encontré fanáticos (si los hay, me los deben haber ocultado cuidadosamente). Por el contrario, he visto cristianos que, a diferencia de cierta intelligenzia clerical de ahora, no consideran como una enfermedad el razonado entusiasmo por el descubrimiento de los horizontes de la fe. Son personas decididas a intentar vivir esa fe; y a proponer a otros, comenzando por los más próximos, la alegría que han experimentado. Y sobre esto no tienen intención de claudicar. Escuchen el número 131 de Forja: «Sería una falsa caridad, diabólica, mentirosa caridad, ceder en cuestiones de fe (…) No es fanatismo, sino sencillamente vivir la fe: no entraña desamor para nadie. Cedemos en todo lo accidental, pero en la fe no cabe ceder…».

En definitiva, me he encontrado con cristianos convencidos de que haber sido llamados por la gracia de Dios (pues para entrar se requiere una «vocación») a formar parte de una aventura nacida no de un proyecto humano sino de una voluntad divina, es un gran privilegio al que hay que corresponder con el máximo empeño, día tras día.

Esta energía poderosa no es ajena, sino que está esencialmente unida a la certeza de que el 2 de octubre de 1928 Dios dio uno de sus imprevisibles golpes de gong, haciendo «ver» a un joven en un lugar remoto e insignificante lo que deseaba que se llevara a cabo.

Esta es la certeza que anima a la Obra, esta es la certeza que ninguna dialéctica humana puede deformar (sin ser irracional en sí misma, porque va más allá de cualquier razón, y se apoya sobre la roca de la fe). Y esta certeza ha sido confirmada por el mismo Cristo con la mano de su vicario en la tierra que, para los católicos, es el Papa. Esta es, a mi juicio, una de las razones que justifican mi previsión: habrá no poco Opus Dei en el futuro de la Iglesia.

No sólo por la granítica motivación «sobrenatural» que impulsa a sus miembros, desde el Prelado al más anónimo de los supernumerarios; sino también porque lo que el joven español «vio» es de tal categoría que puede asegurarse -desde una perspectiva no sólo cristiana sino probablemente también humana- un desarrollo ilimitado: el «mar sin orillas» del que hablan «dentro».

Pero, ¿qué es lo que vio aquel joven en la fiesta de los Santos Angeles custodios de 1928?

Ha llegado el momento de pasar de los «modos» (y la posibilidad) de aquel suceso a informar sobre los contenidos.

Laicos, pero de verdad

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Un capítulo del libro “Opus Dei. Una investigación” de Vittorio Messori

No le faltaba razón al que dijo: «antes del Concilio, la Obra fue acusada de “herejía” porque decía lo que redescubriría el Vaticano II. Después del Concilio también fue acusada de herejía, pero de la “herejía” de obedecer al Papa y de enseñar la fe y la moral de la Iglesia».

En cualquier caso, es un hecho documentable que el mismo status de «Prelatura personal» -aplicado por primera vez en la historia al Opus Dei- es un fruto directo del Vaticano II. Sin aquel Concilio, que introdujo esa novedad, la Obra no habría encontrado su «puerto».

Podríamos añadir otras pruebas de sintonía con el Concilio: por ejemplo, la visión optimista del mundo y de los hombres, unida a un sentido realista de la fragilidad de las criaturas, expuestas siempre al pecado. Una célebre homilía de Escrivá tiene por título, significativamente, Amar al mundo apasionadamente. Estos rasgos confirman las consideraciones que hice sobre el futuro de la Obra. A diferencia de casi todas las demás instituciones de la Iglesia, el Opus Dei no ha necesitado aggiornamento de ningún tipo. Aquella asamblea episcopal, que hizo tambalearse a árboles seculares y puso en crisis a instituciones que habían desafiado los siglos, supuso una confirmación de lo que el Opus Dei repetía casi en solitario.

Por su parte, el beato, con humildad serena, puso de manifiesto lo que debería admitir cualquier observador objetivo que conozca la dinámica de la Iglesia y la de esta institución: «El Opus Dei no tendrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque todos sus miembros son del mundo; no tendrá que ir detrás del progreso humano, porque son todos los miembros de la Obra, junto con los demás hombres que viven en el mundo, quienes hacen ese progreso con su trabajo ordinario».

En los años duros que siguieron al Concilio, marcados por crisis de identidad -y a veces de fe-, y por la caída del número de practicantes y el de vocaciones, el Opus Dei marcha claramente contra corriente, puesto que ha crecido año tras año, de modo discreto pero sin pausa, como es su estilo.

Por hacer una comparación con la crudeza de las cifras (pero sin olvidar que, en el espíritu del evangelio, la «cantidad» no es signo indicativo por sí mismo, y que en este campo con frecuencia small is beautiful, los Jesuitas (primera Orden católica masculina por número de miembros) eran 35.919 en 1966 y en 1990 habían bajado a 23.778, con una media de edad muy avanzada; los Franciscanos (segunda Orden por número de miembros) pasaron de 25.272 a 18.738. Por lo que se refiere a las mujeres, el primer instituto femenino, las Hijas de la Caridad de San Vicente, en el mismo periodo descendieron de 45.048 a 28.999. Lo mismo sucedió con casi todas las demás familias religiosas, hasta el punto de que algunas se juntan con otras para no desaparecer.

El Opus Dei, durante esos mismos años, siguió creciendo hasta llegar a los actuales 80.000 miembros, llamados todos ellos a alimentarse del mismo puchero. Una única vocación les impulsa a reunirse en una Obra en la que no se hacen «votos» sino «contratos», y en la que «no hay categorías distintas de miembros». Porque, recordémoslo, «para todos la vocación es siempre «plena y completa».

Si eso es cierto, ¿cómo se organiza? Si no hay «categorías» diferentes ni «clases» distintas, ¿qué consecuencias tienen esos nombres que hemos escuchado: numerarios, agregados, supernumerarios? ¿Y de dónde proceden los sacerdotes? ¿A qué se dedican?

En la Obra os responderán en seguida que esos términos (escogidos por espíritu laical, como hemos visto, y probablemente no del todo acertados), indican simpemente «situaciones personales distintas, que implican que la misma vocación se viva de un modo o de otro. Lo que de veras importa -los compromisos espirituales al servicio de una llamada, que es única- es igual para todos».

Como en la Institución se persigue el más alto de los ideales -que, en ocasiones, no excluye el heroísmo-, pero esforzándose por hacer compatible el radicalismo de la fe con la sencillez y la normalidad, convendrá empezar por entender las distintas situaciones. Comencemos no por los sacerdotes ni los miembros célibes (numerarios y numerarias, agregados y agregadas), sino por los supernumerarios.

El nombre es engañoso porque parece dar idea de añadido (el prefijo «super»), o de algo incompleto y superpuesto. En realidad, las mismas fuentes oficiales recuerdan que «la inmensa mayoría de los miembros son supernumerarios y esta es, por decirlo de algún modo, la situación normal en la Obra, puesto que un mayor número de personas, en fidelidad a la vocación cristiana, encuentran su camino en el matrimonio más que en el celibato». En efecto, los supernumerarios -hombres y mujeres- representan actualmente el 70% de los miembros del Opus Dei.

Sigamos con esa explicación oficial, clara y precisa. «Los supernumerarios son fieles laicos (solteros, casados o viudos) que son llamados a una completa vocación divina -la misma que la de los numerarios y agregados- y que viven esta vocación según la disponibilidad que sus obligaciones familiares les permiten».

Por consiguiente, queda claro que «la ordinaria vocación de supernumerario resalta en primer lugar la realidad de que el matrimonio y la vida familiar son un camino real de santificación».

Pero entonces, ¿por qué los frailes, los curas, las monjas (y también, dentro del Opus Dei, los numerarios y los agregados) no se casan? Transcribo tal cual su respuesta, y que cada uno piense luego como le dé la gana: confieso que este es uno de los nudos más complicados. «Aunque la teología dice que el “celibato por el reino de los cielos” -es decir, no casarse para estar más disponible al servicio de Dios y de los hombres- es superior al estado matrimonial, esto no quiere decir que la renuncia a casarse asegure por sí misma un mayor grado de santidad. En cualquier situación humana, la santidad (que es la meta a la que todos deben tender) depende únicamente de la fidelidad a Dios». En cualquier caso, aseguran que «en el Opus Dei, celibato y matrimonio son vistos no como estados contrapuestos, sino que están entrelazados y orientados ambos hacia el objetivo común: la santificación en la vida profesional». Que, para los sacerdotes, es su «oficio de cura».

Los supernumerarios representan la «normalidad», la vocación estadísticamente más frecuente, y en la que quizá aparece más claro el fin del Opus Dei de cristianizar el mundo desde dentro con gente «del mundo», pero no «mundana». Al mismo tiempo, también es cierto que los numerarios y las numerarias constituyen el «esqueleto» de toda la estructura. Estos últimos son en la actualidad algo menos del 20% del total de miembros.

Acudamos de nuevo a la descripción que hacen las fuentes oficiales: «Numerarios y numerarias son aquellos que han recibido la llamada de Dios a vivir el celibato apostólico y a estar en completa disponibilidad para las tareas de la Prelatura: tareas que se reducen a las de dirección y formación de los demás miembros de la Obra». Sigamos: «Viven habitualmente en los Centros de la Prelatura, pero pueden hacerlo también en otros lugares, si así lo exigen, por ejemplo, las circunstancias del trabajo profesional».

No olvidemos que los numerarios, como cualquier otro «opusdeísta» -del mismo modo, pues, que los supernumerarios-, tienen una profesión, un trabajo «normal», «civil», que ejercen gracias a que todos ellos (y todas ellas) tienen un título académico universitario. «Las tareas de dirección y de formación», por tanto (salvo casos especiales, y en cualquier caso temporales, de llamada a encargos de gobierno interno), se desarrollan en el tiempo libre: cuando cualquier otro hombre o mujer se ocupa de su familia. Que para estos es, más que nunca, el Opus Dei.

A propósito: si en apariencia hablo poco de las mujeres y no les dedico un capítulo especial, no es porque al estudiar los documentos y los textos de formación, o al observar su actividad, haya apreciado en la institución un residuo de antifeminismo. Sucede todo lo contrario: no hay mucho «especial» que decir.

La insistencia en la unidad de vocación se extiende a los dos sexos: tanto hombres como mujeres pueden ser llamados a santificarse allí donde están y por medio del trabajo. Dejando al margen lógicamente al sacerdocio ministerial, a cada «figura» masculina (numerario, agregado, supernumerario) corresponde otra femenina, con iguales derechos y deberes y con igual variedad de situaciones personales: solteras, viudas y casadas; doctas y poco formadas; pobres y ricas.

Las mujeres del Opus Dei son la mitad del total de los miembros. Si se adhieren a él libremente de forma tan numerosa, a pesar de que Escrivá pensara que no había lugar para ellas; si son tan activas y motivadas, tanto que el número de los «abandonos» -ya singularmente bajo entre los hombres de la Obra, incluso en los tiempos posconciliares- es casi irrelevante; si esta es la realidad, no deben encontrarlo nada malo. Es una comprobación pragmática, pero que vale mucho más que tantas teorías de teología feminista abstracta.

También es significativo lo siguiente: «La presencia de las mujeres en el Opus Dei no significa sólo que la espiritualidad y la misión de la Prelatura están abiertas a todos, sino que tal presencia es necesaria para que reine efectivamente el espíritu de familia (una familia con vínculos sobrenaturales) y se muestre que la Iglesia es verdaderamente familia Dei». Estas casi 40.000 mujeres hacen lo mismo que hacen las demás, según su cultura y su país. Las numerarias tienen un título de estudio, como también lo tienen muchas agregadas (hablaremos también de ellas), y muchas trabajan como directivas, empleadas, empresarias, propietarias de comercios, etc.

Además, algunas numerarias son «administradoras» de los Centros de varones, y en ese puesto coordinan el trabajo de otras mujeres, pertenecientes o no al Opus Dei. Su labor no se equipara a la del voluntariado, al menos en sentido económico y social: es su profesión, que deben santificar y en la que han de santificarse, y -aunque trabajan «para los de dentro»- reciben el salario normal por esas ocupaciones, junto con las demás prestaciones sociales propias de un contrato laboral.

También es trabajo profesional -y uno de los más valiosos y dignos- el de «ama de casa». Así lo describía el fundador: «Ciertamente habrá siempre muchas mujeres que no tengan otra ocupación que llevar adelante su hogar. Yo os digo que ésta es una gran ocupación, que vale la pena. A través de esa profesión -porque lo es, verdadera y nobleinfluyen positivamente no sólo en la familia, sino en multitud de amigos y de conocidos, en personas con las que de un modo u otro se relacionan, cumpliendo una tarea mucho más extensa a veces que la de otros profesionales».

Pero añadía a continuación: «Eso no se opone a la participación en otros aspectos de la vida social y aun de la política, por ejemplo. También en esos sectores puede dar la mujer una valiosa contribución, como persona, y siempre con las perculiaridades de su condición femenina».

La clave parece estar aquí: «peculiaridad», «especificidad» de cada sexo. Por tanto, radical igualdad de derechos y de deberes, idéntica dignidad frente a Dios y a los demás, pero sin olvidar que se encarna en una «diversidad» sexual que -como sabemos por la fe- forma parte del plan mismo del Creador; y que no es un simple rasgo de la historia, de las costumbres, de la cultura, que pueda cambiarse por gusto.

El feminismo está marcado por ese sufijo, “¡sino “, frecuentemente preñado de desgracias. El rechazo de la ideología feminista es una defensa de lo más propio de la feminidad, que es indispensable para el mundo: tanto para las mujeres como para los hombres, tanto para las familias como para las profesiones.

Sobre el papel de las mujeres en la Obra y sobre la existencia de «numerarias auxiliares» cuyo trabajo es la administración de los Centros, ha habido clamores y polémicas. Puede ser interesante recoger las palabras al respecto de Peter Berglar, un biógrafo de Escrivá. Sirvirán para entender con qué perspectiva se ven las cosas desde dentro. Perspectiva que no es otra que la católica tout court, pero que corre el peligro (por falta de información quizá) de ser rechazada antes de ser conocida, antes de que se comprendan sus motivos.

Escuchemos al historiador alemán: «En nuestros días, una de las más frecuentes deformaciones de la persona humana, con consecuencias catastróficas, es el desprecio del espíritu de servicio, la sospecha de que favorecer ese espíritu es un maligno fraude de los “poderosos” para humillar a los “oprimidos”, que no serían conscientes del engaño. Se piensa que servir es el principal obstáculo para la “autorrealización” personal; por eso, son cada vez más numerosos quienes rechazan servir a otras personas, o que lo hacen con repugnancia. Es ya de por sí un mal que los hombres no quieran servir, pero es un auténtico desastre cuando también las mujeres se contagian de ese rechazo. Muchas jóvenes se someten a todo tipo de humillaciones con tal de trabajar en una oficina o en una fábrica, porque consideran deshonroso trabajar como empleadas del hogar en la cocina u ocupándose de los niños (más aún si es para sus propios hijos, porque entonces no reciben sueldo y “por su culpa” deben quizá abandonar una profesión donde, dicen, “se realizan plenamente”). Innumerables mujeres y madres sufren una frustración crónica, porque se les ha sustraído la conciencia de la dignidad de su vocación específica, una vocación que se funda en las raíces mismas de la humanidad, y permanece en toda época. Por el contrario, tienen una falsa brújula. «Mejor en el paro, me dijo una vez una joven, antes que limpiar los zapatos de otros o hacer las camas. Esas cosas no se me pueden exigir».

Continúa Berglar: «A don Josemaría siempre se le pudo exigir. Dios esperaba mucho de él, y él mismo enseñó durante casi cincuenta años que un serviam! (¡serviré!) dicho por amor de Dios y, en atención a Dios, por amor a los hombres, es el nervio del camino hacia la santidad y, además, condición indispensable para una auténtica e indestructible alegría de vivir. Innumerables veces rechazó la distinción entre trabajos “prestigiosos” y trabajos “modestos”: el trabajo y el servicio reciben valor sólo por el grado de amor con que se realizan. Es evidente, por tanto, que el trabajo del hogar, el “servicio” doméstico en la propia familia o en la de los demás, tiene un valor eminente; y cuando se vive con un amor que se materializa en mil pequeños detalles para crear un hogar de familia agradable, es algo totalmente positivo y natural, especialmente para la mujer. “No hay que olvidar” -decía en 1968 a una periodista- “que se ha querido presentar este trabajo como algo humillante. No es cierto (…) Es necesario que la persona que preste ese servicio esté capacitada, profesionalmente preparada (…). Toda tarea social bien realizada es eso, un estupendo servicio: tanto la tarea de la empleada del hogar como la del profesor o la del juez (…). Para mí igualmente importante es el trabajo de una hija mía que es empleada del hogar, que el trabajo de una hija mía que tiene un título nobiliario».

Concluye Berglar: «Partiendo de estos principios, animó desde el principio a la Sección de mujeres a que erigieran escuelas de ciencias domésticas, donde las jóvenes pudieran aprender a cumplir el trabajo del hogar de modo completo y moderno, a conocer los medios técnicos y los criterios económicos más avanzados y, en fin, a realizar este trabajo con amor, para estar más cerca del corazón de Dios. En cualquier parte del mundo, muchas mujeres viven la vocación al Opus Dei a través de esta forma específica de entrega».

Pero volvamos no a las «categorías», ni mucho menos a las «clases» -quien siguiera hablando así habría entendido bien poco de la Obra-, sino a las «diferentes situaciones personales» que determinan distintas situaciones también en el modo de vivir la única vocación. Subrayo única como recordatorio de lo ya expuesto.

Para acabar con los laicos antes de pasar a los sacerdotes, hay un tercer nombre después de numerarios y supernumerarios: el de agregados (y agregadas). Es una especie de posición intermedia: tiene en común con los numerarios la elección del celibato y la mayoría de los demás compromisos; y se parece a los supernumerarios en otros aspectos. Como señalan los Estatutos: «Son agregados los que, por circunstancias permanentes de carácter personal, familiar o profesional, viven ordinariamente con su familia natural».

Con la familia o solos, pero siempre por su cuenta, y no -como hacen los numerarios, al menos de ordinario- en los Centros de la Obra.

Este podría ser su retrato robot: «en general, los agregados, por responsabilidades contraídas de tipo familiar, profesional o de otro tipo, tienen menos movilidad y disponibilidad de tiempo que los numerarios. No hay gran diferencia entre los numerarios y los agregados. Con esta figura se da acogida a una situación objetiva en la vida de algunas personas llamadas al Opus Dei: un modo distinto, por circunstancias permanentes, de vivir la misma y única vocación. Esas circunstancias implican que los agregados pueden participar menos en las tareas de gobierno, pero se ocupan ampliamente de las tareas de formación de los demás miembros, haciéndolas compatibles con su disponibilidad».

En resumen, el principio es claro: como todos pueden ser llamados, todos deben encontrar un modo adecuado de vivir eso que advierten como una llamada del mismo Dios. Una vocación para cada uno, y un puesto para vivirla según su condición personal y concreta.

Creo que entre las razones prácticas que indujeron a Escrivá a definir la figura de los agregados está también el hecho de que entre estos tienen cabida se también a los que, a diferencia de los numerarios, no poseen un título universitario.

Por lo que dicen «los de dentro», una de las señales de que la Obra está aún en plena adolescencia es el número considerado aún relativamente exiguo de agregados, que actualmente corresponde sólo al 10% de los miembros. Hay que precisar que este estado de «adolescencia» se refiere a la distribución de los miembros, pues la espiritualidad y la organización se consideran desde hace tiempo completas e inmodificables.

Como las condiciones de vida propias de los agregados son muy frecuentes, el Opus Dei del futuro tendrá un número de agregados y de agregadas dos o tres veces superior al de los numerarios. Lo contrario de lo que sucede ahora, cuando los numerarios los duplican: el veinte, respecto al diez por ciento de los agregados.

Ponen todo el esfuerzo posible para no dar la impresión (ni siquiera «inconscientemente») de que unos sean «superiores» a los «del segundo grupo». La vocación del peón peruano está al mismo nivel de la del más prestigioso sacerdote de la Obra: más aún, de la del mismo Prelado. Igual es el fin, iguales los medios espirituales para conseguirlos, igual la esperanza que orienta la vida. La esperanza no sólo de encontrar a Cristo después de la muerte, sino de escuchar de él las mismas palabras del evangelio: «Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 21). Si no se pone de relieve la tensión hacia esta meta, se corre el peligro (repetita juvant…) de no entender nada de esas personas.

La «batalla» de la formación

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde siempre han oído comentar al Padre que uno de los más importantes enemigos, en todos los campos, es la ignorancia. Y fundamentalmente en lo que podríamos llamar las ciencias sagradas. Incluso intelectuales que exhiben una magnífica cultura en multitud de campos han interrumpido su formación doctrinalreligiosa en un eslabón casi elemental.

Por eso, la formación humana y sobrenatural ocupará un lugar primordial para esta batalla, hermosa batalla de amor y de paz, para la que Dios le ha convocado. Señala la necesidad de apoyar la vida interior en la doctrina -piedad doctrinal- y llegar al conocimiento y al amor de la fe con una sólida preparación científica.

Como esto solamente se consigue a través de un trabajo y estudio serios, es preciso hacer compatible esta dedicación con las actividades profesionales propias de cada uno de los miembros de la Obra. Y adaptar los diversos planes y programas a las posibilidades que ofrezca la formación intelectual previa.

Se delinearán ya las horas dedicadas durante los meses de invierno; la formación intensiva que se impartirá en los de verano, aprovechando las vacaciones de los diversos trabajos que ocupan las jornadas habituales. De un modo flexible, y durante varios años, los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei, en las dos Secciones, cursarán Filosofía y Teología. A esto se añade el resto de las asignaturas que integran los programas de las Universidades Pontificias. Todos reciben, igualmente, formación doctrinal-religiosa en clases, charlas y cursos de retiro espiritual que se desarrollan durante el año completo. Las Numerarias Auxiliares de la Obra cursarán programas de acuerdo con sus circunstancias, pero recibirán la misma formación en cuanto a la doctrina de la Iglesia y el espíritu de la Obra.

Los miembros Supernumerarios del Opus Dei, en ambas Secciones, compartirán sus obligaciones profesionales y su vida familiar -en su mayoría casados- con programas completos de formación en el orden doctrinal-religioso.

En un futuro próximo, tanto los clérigos como los laicos de la Obra estarán en condiciones de impartir, a sus hermanos y hermanas más jóvenes en el Opus Dei, las clases y medios de formación establecidos en programas sucesivos, independientes para cada Sección.

Al acabar esta reunión en la que se fijan las líneas de una tarea ingente, Su Santidad Pío XII enviará un telegrama cuyo texto cierra estas jornadas de trabajo. Desea de corazón la luz y la gracia del Cielo para este Congreso General y espera, siempre, un incondicional y eficaz servicio a la Iglesia. Imparte al Fundador y a todos los Congresistas Su Bendición Apostólica. Está firmado por Monseñor Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado.

Sacerdotes y laicos

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El Opus Dei está constituido por un prelado, un presbiterio o clero propio y laicos, tanto mujeres como hombres.

Opus Dei -

Quien solicita incorporarse al Opus Dei lo hace movido por una llamada divina, que es una determinación específica de la vocación cristiana recibida con el bautismo y que lleva a buscar la santidad y a participar en la misión de la Iglesia según el espíritu que el Señor inspiró a san Josemaría.

La incorporación formal a la prelatura se realiza mediante una convención bilateral que estipula los compromisos mutuamente asumidos por el interesado y por la propia prelatura.

Modos diversos de vivir una misma vocación cristiana
En el Opus Dei no existen distintas categorías de miembros, sino un único e idéntico fenómeno vocacional por el que todos los fieles de la prelatura son y se sienten en igual grado miembros de una misma porción del Pueblo de Dios. Existen simplemente modos diversos de vivir una misma vocación cristiana según las circunstancias personales de cada uno: solteros o casados, sanos o enfermos, etc.

La mayoría de los fieles del Opus Dei son los miembros supernumerarios: se trata por lo general de hombres o mujeres casados, para quienes la santificación de los deberes familiares forma parte primordial de su vida cristiana. Los supernumerarios constituyen actualmente alrededor del 70 % del total de miembros del Opus Dei.

El resto de los fieles de la prelatura son hombres o mujeres que se comprometen a vivir el celibato, por motivos apostólicos. Algunos viven con sus familias, o donde les resulte más conveniente por razones profesionales: son los agregados de la prelatura. A otros, las circunstancias les permiten permanecer plenamente disponibles para atender las labores apostólicas y la formación de los demás fieles de la prelatura: son los numerarios, que ordinariamente pueden vivir en centros del Opus Dei. Las numerarias auxiliares se dedican principalmente a la atención de los trabajos domésticos de las sedes de los centros de la prelatura, como su actividad profesional ordinaria.

Sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei
Los sacerdotes de la prelatura provienen de los fieles laicos del Opus Dei: numerarios y agregados que, libremente dispuestos a ser sacerdotes y después de años de pertenencia a la prelatura y de realizar los estudios previos al sacerdocio, son invitados por el prelado a recibir las sagradas órdenes. Su ministerio pastoral se desarrolla principalmente al servicio de los fieles de la prelatura y de las actividades apostólicas promovidas por ellos.

Familia cristiana
Una característica de la fisonomía del Opus Dei es el ambiente de familia cristiana. Ese tono familiar está presente en todas las actividades que organiza la prelatura. Se materializa también en el calor de hogar de sus centros, en la sencillez y confianza en el trato, y en las actitudes de servicio, comprensión y delicadeza en la vida cotidiana que se procuran vivir siempre.

Ledicia cativa” (Pequeña alegría)

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Mercedes y José Manuel son los fundadores de la asociación “Ledicia cativa”, que ha acogido en Galicia, durante los últimos 10 años, a más de 400 niños rusos afectados por el accidente de la central nuclear de Chernobyl en 1986.

Mercedes y José Manuel en una estación del metro de Moscú

José Manuel Borrajo y su esposa Mercedes Gil viven en Ourense, Galicia, y un buen día de 1997, gracias a un recorte de prensa, tuvieron conocimiento de un programa de acogida temporal de niños rusos en proceso de recuperación de salud. El proyecto les interesó vivamente y poco después fundaron una ong llamada “Ledicia cativa”, que en gallego significa “Pequeña alegría”. Es un programa humanitario auspiciado por varios organismos de las Naciones Unidas.

Gracias a esa ong han pasado por Galicia más de 400 jóvenes de varias regiones de Rusia afectadas por la radiación de Chernobyl. Proceden de orfanatos, casas de acogida y familias de diversos estamentos sociales. Las edades varían entre los 6 y los 17 años. En opinión de varios institutos epidemiológicos rusos, por cada verano que pasan en Galicia ganan dos años más de esperanza de vida.

José Manuel –que trabaja en una Caja de Ahorros- nunca había pensado en fundar esto: “ni crear primero la Asociación –cuenta- y luego la Federación de Asociaciones Niños del Mundo”. Realizaron también un convenio de cooperación internacional con una organización benéfica que ejerce de contraparte en Rusia. “¡Ni en sueños –declara- me hubiera sentido capaz de hacer una cosa así! Pero el Señor nos ha ayudado en cada dificultad”. Tanto Mercedes como José Manuel coinciden en que el motor íntimo de su actividad está en su compromiso cristiano. Son supernumerarios del Opus Dei y esto –declara Mercedes- “nos lleva a ser especialmente sensibles ante los problemas de los demás”.

La tarea de José Manuel y Mercedes es bastante compleja: primero deben informar a las familias gallegas que se sensibilizan con este drama humano; a continuación organizan el programa de acogida de cada verano, que exige un laborioso trabajo de documentación. Ese programa les lleva a ocuparse de solucionar cualquier incidencia durante la acogida en el verano, ya con los niños en Galicia.

Mercedes en Moscú en uno de sus viajes para gestionar la acogida

“Es laborioso y al mismo tiempo muy ilusionante –dice Mercedes- porque significa rescatar la salud y la dignidad de un pequeñín. Emociona ver el cariño de las familias que le acogen. Porque a veces enrocamos nuestro corazón, por miedo al sufrimiento, sin darnos cuenta que al hacerlo nos aislamos y nos empobrecemos como personas”.

“Este empeño –dice José Manuel- nos permite ser útiles a los demás, en especial a unos niños que son víctimas inocentes de una sociedad con unos valores sociales y morales donde impera la simple supervivencia”.

“Las familias –continúa Mercedes- recibimos a cambio unas enseñanzas muy valiosas. Nos damos cuenta de todo lo que tenemos y comprendemos con mayor profundidad que el camino de la felicidad es el amor y la entrega a los demás. Además estos niños se benefician de todo lo bueno que tenemos en nuestras familias en todos los aspectos. Por ejemplo, aprecian mucho los valores de raíz cristiana que se viven en tantas familias gallegas”.

Buenos días, esperanza

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“Algunos días, cuando me levanto –cuenta Pilar Fernández-Loza, una madre de familia de Asturias (España)- y pienso en la enfermedad de Cayetano, mi marido, me inunda una sensación de tristeza que me recuerda aquella canción de Edith Piaf: Buenos días tristeza. Pero rectifico enseguida y le pido ayuda a Dios para decir: Buenos días, esperanza”.

Bodas de oro

“Acabamos de celebrar las bodas de oro. Por eso tengo la casa más bonita que nunca, con estos ramos de flores y estos regalos de mis hijos. Mi hijo vive en Bilbao y tiene dos hijos, de diecisiete y catorce años. Mi hija vive en Estados Unidos y tiene dos, de trece y ocho años. Durante la celebración, en la que comimos rico y lo pasamos muy bien, mi nieta María me estuvo preguntando por mi boda. Empecé a contarle que el abuelo y yo nos casamos el 12 de octubre de 1956, en Covadonga, junto a la Santina, y fue muy emocionante.  Y también muy divertido, porque cuando salía del Hotel Pelayo y me dirigía hacia la Gruta me avisaron que esperara un ratín, porque estaban poniéndole el manto blanco a la Virgen y colocando los gladiolos blancos sobre el altar, como habíamos pedido. Y durante ese tiempo se me acercó un obispo, muy solemne, con solideo y capa púrpura –vendría de alguna ceremonia, supongo- y me preguntó:

-Pero hija mía, ¿dónde vas vestida así?

Y yo le dije, con todo respeto:

-Pues señor obispo, es evidente: ¡me voy a casar!

En fin; les estuve contando los recuerdos habituales de las Bodas de Oro de cualquier matrimonio que tenga la alegría de celebrarlo.

Nuestras Bodas de Oro han sido, cómo diría yo… algo especiales. Antes pensábamos que cuando fuéramos mayores tendríamos los típicos achaques, la tensión alta o cosas así. Ahora, algunos días, cuando me levanto y pienso en su enfermedad, me inunda una sensación que me recuerda aquella canción de Edith Piaf: Buenos días, tristeza. Pero rectifico enseguida y le pido  ayuda a Dios para identificarme con su Voluntad.

Cayetano lleva enfermo desde hace diez años. El primer síntoma fue en la Navidad de 1996, cuando fuimos a Bilbao a visitar a mi hijo. A la vuelta venía conduciendo y se perdió en dos ocasiones. Yo me quedé extrañada, porque se conocía la carretera como la palma de su mano. A partir de entonces empezó a tener dudas y distracciones. Bajaba, compraba el periódico y lo dejaba sobre la mesa, sin abrir…

- Pilarina (me decía, a la asturiana, aunque él es de Almería), algo me está pasando…

Un día, en la primavera del 98, se puso a hacer la declaración de la renta, como todos los años. Ejercía de auditor de banco y no sabía hacerla… Hasta que dijo: “vamos al médico”.

Era Alzheimer.

Desde entonces ha ido perdiendo progresivamente la memoria, y eso es muy duro, porque está… pero no está. Un día, durante una reunión, comentaban como van cambiando de expresión, de gesto, como van perdiendo la mirada… –“Quizá –les dije yo-. Pero los ojos de mi marido siguen siendo azules”.

“Gracias a Dios hemos sido un matrimonio muy afortunado: nos hemos querido mucho y nos seguimos queriendo, aunque ahora él no pueda expresarl0.

A veces, le acerco mi mejilla a sus labios, y aunque tarda en reaccionar, siempre me acaba dando un beso.

La gracia de la vocación

Hemos sido muy felices en nuestro matrimonio, aunque no nos han faltado penas. Se nos murió un hijo con diecinueve años. Pero hemos tenido siempre la fuerza y el consuelo de la fe. Además, hemos recibido la gracia de la vocación. Somos supernumerarios del Opus Dei desde finales de los sesenta.

Cayetano se decidió poco antes que yo. Ahora siento mucha alegría al recordar que nunca le puse dificultades cuando se iba unos días de curso de retiro, por ejemplo, y yo me quedaba en casa sola con los niños. Yo no era del Opus Dei, pero pensaba: “esto es bueno para él; y si es bueno para él, es también bueno para mí”.

Luego, cuando me hice del Opus Dei, él tampoco me puso ningún obstáculo: al contrario, me ha ayudado siempre en mi vocación, gracias a la cual hemos recibido tantas orientaciones buenas para la educación de nuestros hijos, para nuestra relación humana y espiritual…

Desde luego, la vocación es de lo más maravilloso que nos ha pasado, y si Cayetano estuviera bueno, también lo diría. Esto lo he sabido siempre, pero ahora lo palpo con las manos, sin forofadas de ningún tipo. Estamos recibiendo cariño a raudales. Vienen, me alientan, me animan… Hay un sacerdote que viene a verle con frecuencia, y aunque no se sabe hasta qué punto comprende, su presencia es muy buena para él y para mí. El otro día, para mi aniversario de boda, me trajeron ese ramo de crisantemos y me puse a llorar. “¿Pero, Pilar, por qué lloras?” –me preguntó una. Le expliqué que también se llora de alegría, al ver esas delicadezas que tiene la Obra; esas muestras de cariño que son como si te envolvieran en una bufanda de cachemir…

Son delicadezas de madre: yo perdí la mía a los tres años, y me criaron dos tías que han sido dos madres para mí. Murieron las dos con más de cien años y me estuvieron ayudando y confortando, por medio del teléfono, hasta el último momento. A mí me daba muchísima pena no poder ir a verlas desde Madrid, a causa de mi situación, pero ellas me decían: “No te preocupes: ahora, tu primera obligación es cuidar de tu marido; y la segunda, cuidarte tú”.

Por eso, siempre que acudo a un medio de formación, aunque me planteen metas muy exigentes de vida cristiana, doy las gracias. Cuando me preguntan por qué lo hago, como soy asturiana y me gusta hablar claro, contesto: “¡porque me estáis ayudando!”.

Naturalmente, hay aspectos del espíritu del Opus Dei que me han costado vivir, y cosas que no he comprendido a la primera. También le doy gracias a Dios por eso:  he ido ganando en docilidad a la Voluntad de Dios, y Dios me ha ido preparando para esto…

Me han ayudado a ver el amor de Dios en todo esto, a intentar encariñarme con esta enfermedad; a sonreír y a estar contenta, aunque tenga mis sesiones de llantos, pero sin amargura, con sosiego, con paz. Es mi forma de ser fiel a Dios y de serle fiel a Cayetano en estos momentos.

En mi Asociación

Yo pertenezco a una Asociación de Familiares con Alzheimer, AFAL, y formo parte de un grupo de cuidadores de personas con esta enfermedad, que procuramos ayudarnos entre nosotros, porque nuestra situación es muy difícil y dura. AFAL funciona muy bien: nos orientan, nos confortan, nos dan afecto y nos fijan metas; y contamos con las orientaciones de un psicólogo para el grupo que nos anima a cuidar de nosotros mismos, para transmitirle al enfermo el propio bienestar.

Porque esta enfermedad tiende a aislarte de los demás y las amistades vienen menos a verte, quizá como autodefensa: es tan triste contemplar a una persona se va apagando lentamente…

Santuario de Covadonga

Recuerdos

Yo a Cayetano le hablo mucho, aunque no me pueda contestar y no sepa si me comprende del todo. Y siempre, cuando regresa del centro de día, ayudado por otra persona, salgo a esperarle a la puerta de la calle, como cuando éramos novios.

Ahora, cuando pienso en aquellos años, me da mucha alegría haber tenido un noviazgo cristiano: se lo agradezco mucho a Dios. Me parece que en estos momentos gran parte de la juventud desconoce el verdadero amor. El otro día, cuando mi nieta María me preguntaba por mi boda, le conté algo personal, muy íntimo quizá, pero que refleja el modo de ser de Cayetano. Lo cuento, porque si puede hacer bien a alguna persona. La primera noche tras la boda quisimos pasarla en Covadonga, en un hotel de finales del siglo XIX que tenía una habitación con una ventana desde la que se veía la Santina. Y al acostarme, bajo la almohada, me encontré una carta. Era un detalle de delicadeza muy suyo.

Habíamos sido novios durante cuatro años, y casi todo nuestro noviazgo fue por carta, porque él era de Almería y yo de Gijón, y entonces ni las comunicaciones ni las posibilidades económicas eran las de ahora. Total: que nos habíamos visto relativamente poco, aunque durante cuatro años nos habíamos escrito todos los días: to-dos-los-dí-as. En esa carta, la primera de casado, me manifestaba todo el amor que me tenía, su alegría por haber recibido el sacramento del matrimonio, y su deseo de serme fiel durante toda la vida.

Hace unos años no hubiese contado estas cosas. Pero ahora las digo, porque hay jóvenes que lo reducen todo a pura biología y eso no dura, no puede durar. Nosotros, gracias a Dios, teníamos clarísimo en aquellos momentos, por nuestra formación cristiana, que el matrimonio es un sacramento y un camino de santidad; que nos casábamos para siempre y con todas las consecuencias.

Recuerdo que hace años, cuando vivíamos en Bilbao, Cayetano tenía que viajar mucho a causa de su trabajo, y me contó que, después de hacer una auditoría, no recuerdo ahora en qué ciudad, había ido con el equipo de auditores a tomar una cervecina a un bar. Eran un grupo de solteros y casados. En el bar se encontraron con unas chicas y empezaron a hablar. Unas chicas normales. Todo normal. Al día siguiente, volvieron, y al ver que estaban las mismas chicas, él se despidió. -¿Por qué te vas? –le preguntaron. –Porque yo tengo una mujer que me está esperando en Bilbao, les dijo. Ya digo que no había pasado nada en especial: pero él decía que en esas circunstancias de soledad hay que ser especialmente cautos y saber alejarse a tiempo.

Recuerdo con qué cuidado preparaba las auditorias; quería hacerlas lo mejor posible, para ofrecérselas a Dios. Y siempre, antes de entregarlas, me pedía consejo sobre tal o cual expresión. –“¡Pero si yo no tengo ni idea de banca!” –le decía yo. –“Sí, pero las mujeres sois más delicadas que los hombres –me explicaba-, y sabéis decir lo mismo de forma más amable. Yo quiero decir la verdad, pero sin herir a nadie. Anda, léete esta frase, a ver si se puede decir mejor”.

¿Esto son tonterías? Pienso que no; es coherencia cristiana. ¿Y de dónde salía todo esto? Está claro: de lo que rezaba, del espíritu del Opus Dei que vivía… y que vive ahora, porque esta enfermedad también es Opus Dei, Obra de Dios.

Esto que voy a contar ahora sí que puede parecer una tontería: tengo un bol en la cocina para la sal y un día se me ocurrió escribir en él: “la sal de la tierra”, que es una idea que me gusta mucho. ¡Pues Dios se sirve hasta de estas tonterías! El otro día mi nieta María entró en la cocina y me preguntó: “abuela, ¿y esto que significa? “ Y antes que yo le contestara, su padre le explicó que eran unas palabras del Evangelio. Fue algo muy pequeño, pero yo descubrí que Dios se sirve de cualquier medio, por pequeño que parezca, para remover a los demás. Como esos pequeños detalles de cariño que son tan importantes. “-¿Y le cuidan?”, me preguntó un día mi hijo, refiriéndose a las personas del Opus Dei. “No; -le expliqué –a tu padre le cuido yo, que soy la que tengo que cuidarle. A tu padre le quieren.” ”


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