Mis padres y mi vocación

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¿Quién dijo que las leyes están reñidas con la poesía? Manuel Ballesteros, supernumerario del Opus Dei, cultiva dos profesiones aparentemente dispares: es registrador de la propiedad y un reconocido poeta.

Conocí el Opus Dei en León, en el año 70. Algunos universitarios de la Obra viajaban periódicamente de Valladolid a León. Yo era el mayor de cinco hermanos. Mis padres eran químicos: él trabajaba en la industria azucarera y además era profesor. Había sido durante años articulista de prensa. Mi madre era también profesora. Cultivaban aficiones intelectuales y  hablaban a diario de los libros que estaban leyendo. Recibí de ellos una buena formación humana y cristiana. Recuerdo una ocasión en que mi madre, nos decía emocionada a sus hijos que lo único que quería transmitirnos era la fe. Nos insistían mucho en que un cristiano debe ser responsable en el trabajo y  cumplir con sus deberes familiares y sociales.

Esa formación me facilitó entender el espíritu del Opus Dei. Cuando conocí las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo fue como si me abriesen nuevos horizontes: había, sí, que cumplir con el deber, pero ya no a palo seco, sino por motivos más altos, de carácter sobrenatural; debía trabajar mucho y bien, pero no bastaba con eso…

Aprendí a ofrecer el estudio a Dios y a convertirlo en oración. Comprendí que tenía vocación en la Semana Santa del año 71, en Roma, en el centro Elis, durante una meditación sobre la Virgen en que el sacerdote nos repetía de vez en cuando unos versos de Bartolomé LLorens -un poeta miembro del Opus Dei, que falleció muy joven- que me han acompañado siempre:


“Dejó mi amor la orilla
y se perdió en las aguas.
No volvió a la ribera,
Que su amor era el agua”

Por entonces empezaba yo a escribir poesía y tenía una tertulia literaria con varios amigos. Ahora pienso que Dios quiso servirse de aquella incipiente vocación mía para manifestarme su voluntad.

En esa época comencé los estudios de Derecho y desde entonces mi tiempo se ha ido repartiendo entre la literatura y las leyes. Desde 1980 soy registrador de la propiedad y escritor.  El espíritu del Opus Dei me ayuda a armonizarlas entre sí y con los diversos aspectos de mi vida: mi familia, mis amigos, las relaciones sociales…

Mi esposa y mis hijos

A María, mi mujer, la conocí en Asturias, durante mi primer destino profesional. Estudió Derecho como yo, aunque decidió dedicarse por entero a la familia. Este año celebraremos nuestros primeros veinticinco años de casados.

Hemos tenido ocho hijos. Uno de ellos, Santiago, vivió sólo unas horas. Es el patrono de la familia. Los demás tienen entre veintitrés y once años. Ya se puede suponer que nuestra casa es bastante “movida”. Nos ha ayudado mucho en su educación el consejo que nos dieron, al comienzo de nuestro matrimonio, unos amigos nuestros, que eran padres de doce hijos: nos dijeron que debíamos esforzarnos por hacer una comida al día todos juntos por lo menos, con un rato de tertulia, en que cada cual hablase de sus cosas. De esa forma,  toda la familia se enriquece.

Juego al juego de quererte

Con ocasión de las primeras comuniones de mis hijos solía componer algunos versos para los recordatorios. Uno de esos poemas es, quizá, el más conocido de los míos.


Juego al juego de quererte,
de hacer como que te quiero.
Juego al juego verdadero
que has inventado: comerte.

Juego al juego de tenerte
dentro, escondido, callado
y a meterme en tu costado
y a pedirte cosas buenas
y a que me quites las penas
y a acurrucarme a tu lado.

Un hijo mío pequeño me contó que, le había oído a un sacerdote -cuando estaba ayudándole como monaguillo- decir esas palabras en voz baja al Señor Sacramentado.

Pero la mayor parte de mis horas no se las lleva la poesía, sino mi profesión. La búsqueda de la santidad en el trabajo me lleva a esforzarme para que la oficina del registro funcione bien, velando para que se cumplan las leyes y cuidando los aspectos deontológicos y las normas laborales… También me lleva a estudiar y a mantenerme al día en cuanto a la legislación, la doctrina y la jurisprudencia.

He aprendido en el Opus Dei a comenzar mi trabajo haciendo un acto de presencia de Dios. Eso me ayuda a ser consciente de que aquello es más que “papeleo” o que una aplicación mecánica del derecho positivo: es un servicio concreto a la sociedad y a unas concretas personas.

Trabajar con presencia de Dios me estimula a rezar por ellas, una a una: por las que vienen por el despacho, por las que trabajan en la oficina o por aquellas cuyos nombres aparecen en los documentos. Encomiendo a los que intervienen en el documento que tengo que calificar: el comprador, el vendedor, el que pide un préstamo, al fallecido -si es una herencia-,  el Notario, el Juez, el Secretario de Ayuntamiento… Todo, claro está, sin distraerme mi labor esencial de calificación jurídica.

Mi trabajo de escritor

En mi otra vocación, la literaria, también está presente el espíritu del Opus Dei que me ayuda a mantener el equilibrio entre mis ocupaciones, porque la literatura, como la hiedra, tiende a invadirlo todo. Por otra parte, la conciencia de que me debo santificar con la literatura me espolea a buscar el tiempo necesario para leer y escribir.

Mis temas son similares a los de tantos poetas: el paso del tiempo, la contemplación de la naturaleza, la muerte, la relación con Dios, el desamor o el amor, como en este poema:


Qué clase de locura es este bosque

que me ofreces ahora, los jardines
que sólo tienes tú y en que pretendes
me pierda, te me entregue. Ya se adensa
la selva tras de mí como una noche
cerrada y sin caminos. No me queda
ninguna escapatoria. Ni la quiero.


(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001)

o como este otro:


“No te gustan algunos de los muchos

que albergo en mi interior: a mí tampoco.
Laberinto difícil al que has dado
raramente en querer y que te quiere
con exceso de rostros, tan proclive
a no mirarte a ti, con tantos ojos.

Con tantos ojos, sí, y, al fin, tan ciego”

(del libro “Los primeros avisos”, Madrid, 2002).

Algunos de mis poemas tratan de experiencias cotidianas:


Has llegado hasta aquí con mucho esfuerzo

dejando de apreciar (siempre las prisas)
gestos, personas, circunstancias, cosas.

Y es hora de frenar, de andar despacio,
de dar con otro estilo, de otro temple
más reposado, más sereno: y eso
no porque quede mucho tiempo, sino
precisamente porque ya se acaba
la arena del vivir y están de sobra
todas esas angustias, estrecheces
que te han desdibujado. Quizá puedas,
paseando por el parque, todavía,
donde se filtra el sol, mirar los árboles,
disfrutar del otoño, leer un libro
divertido e inútil, escribirme,
jugar toda la tarde con tus nietos
y otros lujos asiáticos que llevas
lustros enteros despreciando, bobo.

(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y otros se dirigen a Dios:


Nos das las cosas sin hacer, completas

y al mismo tiempo sin hacer, dejando,
con extraña humildad, con ese gusto
que tienes siempre Tú por los segundos
planos que te enmendemos. Como el bosque
oscuro, confusísimo, que pide
senderos, avenidas, orden, claros.

(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001).

Disfruto con la literatura y le doy gracias Dios por haberme descubierto que esta aventura literaria forma parte de mi vocación sobrenatural. Puedo santificarme, en medio de tantas dificultades, haciendo justamente lo que me gusta hacer.


Entre Bankog y Singapur la calma

cayó sobre nosotros como una
extraña maldición. Mostró la mar
su rostro más temible, el más oculto,
y en muy pocas jornadas dejó al buque
prácticamente a la deriva entre
los odiosos islotes de esta costa.

Los días eran largos, y las noches
irrespirables como el humo, espesas.

Se apagaban de espanto los fanales

y las lonas pesaban en los palos
como pecados viejos. La silueta
de la isla de Koh-Ring, deshabitada,
inhóspita y huraña aparecía,
a proa o en la popa, un día y otro,
como una sombra de otro mundo. El cólera
hizo, por fin, presa en mis hombres. Nada
podía ya librarnos de la muerte.

Sólo la voluntad, sólo la gracia,
que rasgó el firmamento y se hizo lluvia
y viento y temporal y empujó al barco
hasta abocarlo nuevamente a puerto.

Nos dejamos llevar: igual que antes,
que en la horrible bonanza, nuestras fuerzas
no sirvieron de nada. Y nos salvamos.


(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y no faltan –para terminar- los poemas que abordan un tema frecuente en la poesía: el sentido de la muerte:


“Y me pondrán sandalias y un anillo

y túnica y pendientes y quizá
también un cuerpo nuevo que reemplace
a éste que ya no sirve para nada,
gastado como está por el dolor
y los experimentos siempre llenos
de buenas intenciones de los médicos.

Y me abrirán las puertas y habrá incluso
un convite en mi honor, un gran banquete,
con música y con vino con amigos
de los que se perdieron en las trampas
de la vida y del tiempo. Y después
un sueño sin zozobras, que restaure,
fértil y duradero. Y me darán
otra vez posesión de todo lo que
me han ido arrebatando cuando iban,
a veces con ternura y otras veces
con violencia inaudita, preparándome
para el día de hoy, para esta fiesta.”

(del libro “Las casas abandonadas”, Sevilla, 2003, VI Premio de poesía “Alegría” del Ayuntamiento de Santander).

Manuel Ballesteros

Mis padres y mi vocación

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¿Quién dijo que las leyes están reñidas con la poesía? Manuel Ballesteros, supernumerario del Opus Dei, cultiva dos profesiones aparentemente dispares: es registrador de la propiedad y un reconocido poeta.

Conocí el Opus Dei en León, en el año 70. Algunos universitarios de la Obra viajaban periódicamente de Valladolid a León. Yo era el mayor de cinco hermanos. Mis padres eran químicos: él trabajaba en la industria azucarera y además era profesor. Había sido durante años articulista de prensa. Mi madre era también profesora. Cultivaban aficiones intelectuales y  hablaban a diario de los libros que estaban leyendo. Recibí de ellos una buena formación humana y cristiana. Recuerdo una ocasión en que mi madre, nos decía emocionada a sus hijos que lo único que quería transmitirnos era la fe. Nos insistían mucho en que un cristiano debe ser responsable en el trabajo y  cumplir con sus deberes familiares y sociales.

Esa formación me facilitó entender el espíritu del Opus Dei. Cuando conocí las enseñanzas de san Josemaría sobre la santificación del trabajo fue como si me abriesen nuevos horizontes: había, sí, que cumplir con el deber, pero ya no a palo seco, sino por motivos más altos, de carácter sobrenatural; debía trabajar mucho y bien, pero no bastaba con eso…

Aprendí a ofrecer el estudio a Dios y a convertirlo en oración. Comprendí que tenía vocación en la Semana Santa del año 71, en Roma, en el centro Elis, durante una meditación sobre la Virgen en que el sacerdote nos repetía de vez en cuando unos versos de Bartolomé LLorens -un poeta miembro del Opus Dei, que falleció muy joven- que me han acompañado siempre:


“Dejó mi amor la orilla
y se perdió en las aguas.
No volvió a la ribera,
Que su amor era el agua”

Por entonces empezaba yo a escribir poesía y tenía una tertulia literaria con varios amigos. Ahora pienso que Dios quiso servirse de aquella incipiente vocación mía para manifestarme su voluntad.

En esa época comencé los estudios de Derecho y desde entonces mi tiempo se ha ido repartiendo entre la literatura y las leyes. Desde 1980 soy registrador de la propiedad y escritor.  El espíritu del Opus Dei me ayuda a armonizarlas entre sí y con los diversos aspectos de mi vida: mi familia, mis amigos, las relaciones sociales…

Mi esposa y mis hijos

A María, mi mujer, la conocí en Asturias, durante mi primer destino profesional. Estudió Derecho como yo, aunque decidió dedicarse por entero a la familia. Este año celebraremos nuestros primeros veinticinco años de casados.

Hemos tenido ocho hijos. Uno de ellos, Santiago, vivió sólo unas horas. Es el patrono de la familia. Los demás tienen entre veintitrés y once años. Ya se puede suponer que nuestra casa es bastante “movida”. Nos ha ayudado mucho en su educación el consejo que nos dieron, al comienzo de nuestro matrimonio, unos amigos nuestros, que eran padres de doce hijos: nos dijeron que debíamos esforzarnos por hacer una comida al día todos juntos por lo menos, con un rato de tertulia, en que cada cual hablase de sus cosas. De esa forma,  toda la familia se enriquece.

Juego al juego de quererte

Con ocasión de las primeras comuniones de mis hijos solía componer algunos versos para los recordatorios. Uno de esos poemas es, quizá, el más conocido de los míos.

Juego al juego de quererte,
de hacer como que te quiero.
Juego al juego verdadero
que has inventado: comerte.

Juego al juego de tenerte
dentro, escondido, callado
y a meterme en tu costado
y a pedirte cosas buenas
y a que me quites las penas
y a acurrucarme a tu lado.

Un hijo mío pequeño me contó que, le había oído a un sacerdote -cuando estaba ayudándole como monaguillo- decir esas palabras en voz baja al Señor Sacramentado.

Pero la mayor parte de mis horas no se las lleva la poesía, sino mi profesión. La búsqueda de la santidad en el trabajo me lleva a esforzarme para que la oficina del registro funcione bien, velando para que se cumplan las leyes y cuidando los aspectos deontológicos y las normas laborales… También me lleva a estudiar y a mantenerme al día en cuanto a la legislación, la doctrina y la jurisprudencia.

He aprendido en el Opus Dei a comenzar mi trabajo haciendo un acto de presencia de Dios. Eso me ayuda a ser consciente de que aquello es más que “papeleo” o que una aplicación mecánica del derecho positivo: es un servicio concreto a la sociedad y a unas concretas personas.

Trabajar con presencia de Dios me estimula a rezar por ellas, una a una: por las que vienen por el despacho, por las que trabajan en la oficina o por aquellas cuyos nombres aparecen en los documentos. Encomiendo a los que intervienen en el documento que tengo que calificar: el comprador, el vendedor, el que pide un préstamo, al fallecido -si es una herencia-,  el Notario, el Juez, el Secretario de Ayuntamiento… Todo, claro está, sin distraerme mi labor esencial de calificación jurídica.

Mi trabajo de escritor

En mi otra vocación, la literaria, también está presente el espíritu del Opus Dei que me ayuda a mantener el equilibrio entre mis ocupaciones, porque la literatura, como la hiedra, tiende a invadirlo todo. Por otra parte, la conciencia de que me debo santificar con la literatura me espolea a buscar el tiempo necesario para leer y escribir.

Mis temas son similares a los de tantos poetas: el paso del tiempo, la contemplación de la naturaleza, la muerte, la relación con Dios, el desamor o el amor, como en este poema:


Qué clase de locura es este bosque

que me ofreces ahora, los jardines
que sólo tienes tú y en que pretendes
me pierda, te me entregue. Ya se adensa
la selva tras de mí como una noche
cerrada y sin caminos. No me queda
ninguna escapatoria. Ni la quiero.


(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001)

o como este otro:


“No te gustan algunos de los muchos

que albergo en mi interior: a mí tampoco.
Laberinto difícil al que has dado
raramente en querer y que te quiere
con exceso de rostros, tan proclive
a no mirarte a ti, con tantos ojos.

Con tantos ojos, sí, y, al fin, tan ciego”

(del libro “Los primeros avisos”, Madrid, 2002).

Algunos de mis poemas tratan de experiencias cotidianas:


Has llegado hasta aquí con mucho esfuerzo

dejando de apreciar (siempre las prisas)
gestos, personas, circunstancias, cosas.

Y es hora de frenar, de andar despacio,
de dar con otro estilo, de otro temple
más reposado, más sereno: y eso
no porque quede mucho tiempo, sino
precisamente porque ya se acaba
la arena del vivir y están de sobra
todas esas angustias, estrecheces
que te han desdibujado. Quizá puedas,
paseando por el parque, todavía,
donde se filtra el sol, mirar los árboles,
disfrutar del otoño, leer un libro
divertido e inútil, escribirme,
jugar toda la tarde con tus nietos
y otros lujos asiáticos que llevas
lustros enteros despreciando, bobo.

(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y otros se dirigen a Dios:


Nos das las cosas sin hacer, completas

y al mismo tiempo sin hacer, dejando,
con extraña humildad, con ese gusto
que tienes siempre Tú por los segundos
planos que te enmendemos. Como el bosque
oscuro, confusísimo, que pide
senderos, avenidas, orden, claros.

(del libro “Recuerda a un bosque”, Barcelona 2001).

Disfruto con la literatura y le doy gracias Dios por haberme descubierto que esta aventura literaria forma parte de mi vocación sobrenatural. Puedo santificarme, en medio de tantas dificultades, haciendo justamente lo que me gusta hacer.


Entre Bankog y Singapur la calma

cayó sobre nosotros como una
extraña maldición. Mostró la mar
su rostro más temible, el más oculto,
y en muy pocas jornadas dejó al buque
prácticamente a la deriva entre
los odiosos islotes de esta costa.

Los días eran largos, y las noches
irrespirables como el humo, espesas.

Se apagaban de espanto los fanales

y las lonas pesaban en los palos
como pecados viejos. La silueta
de la isla de Koh-Ring, deshabitada,
inhóspita y huraña aparecía,
a proa o en la popa, un día y otro,
como una sombra de otro mundo. El cólera
hizo, por fin, presa en mis hombres. Nada
podía ya librarnos de la muerte.

Sólo la voluntad, sólo la gracia,
que rasgó el firmamento y se hizo lluvia
y viento y temporal y empujó al barco
hasta abocarlo nuevamente a puerto.

Nos dejamos llevar: igual que antes,
que en la horrible bonanza, nuestras fuerzas
no sirvieron de nada. Y nos salvamos.


(del libro: “Los primeros avisos”, Madrid, 2002)

Y no faltan –para terminar- los poemas que abordan un tema frecuente en la poesía: el sentido de la muerte:


“Y me pondrán sandalias y un anillo

y túnica y pendientes y quizá
también un cuerpo nuevo que reemplace
a éste que ya no sirve para nada,
gastado como está por el dolor
y los experimentos siempre llenos
de buenas intenciones de los médicos.

Y me abrirán las puertas y habrá incluso
un convite en mi honor, un gran banquete,
con música y con vino con amigos
de los que se perdieron en las trampas
de la vida y del tiempo. Y después
un sueño sin zozobras, que restaure,
fértil y duradero. Y me darán
otra vez posesión de todo lo que
me han ido arrebatando cuando iban,
a veces con ternura y otras veces
con violencia inaudita, preparándome
para el día de hoy, para esta fiesta.”

(del libro “Las casas abandonadas”, Sevilla, 2003, VI Premio de poesía “Alegría” del Ayuntamiento de Santander).

Manuel Ballesteros

Comienzo de nuevo!

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Un psiquiatra del siglo XX, Victor Frankl, invitaba a vivir “como si se viviera por segunda vez”. Es un consejo que intenta seguir Gianluca Segre, supernumerario italiano del Opus Dei, quien recuerda a diario las palabras de san Josemaría: “Nunc Coepi: ¡Ahora comienzo!”.

“El camino de la santidad se encuentra en todas las circunstancias, a todas horas, en todos los minutos, en cada uno de los sesenta segundos, diría Kipling”.

Conocí el Opus Dei cuando era un joven estudiante, poco antes de empezar la Universidad. Me impactaron el clima de alegría y el nivel humano y profesional de algunas personas.

Pertenezco a la Obra desde finales de los años 70.

¿Cuál es la ayuda que ha recibido en estos años?

Sobre todo, me han animado a corregir mi camino continuamente, primero como estudiante, luego como profesor –soy maestro de filosofía en un instituto de Turín- y, finalmente, como marido y padre.

He valorado especialmente la apertura de horizontes en la vida, que atribuyo a la constante formación cristiana recibida.

Recuerdo ahora que cuando era estudiante, acudí a una actividad organizada en un centro del Opus Dei, en la que repasamos a los grandes pensadores, clásicos y contemporáneos.

Pero la principal ayuda ha sido, fundamentalmente, interior: los medios de formación cristiana, en especial la dirección espiritual, me han orientado con gran libertad al continuo descubrimiento de Dios y de su presencia. Así, día a día, he procurado tratarle como a un amigo.

¿Pero que ocurre si es inconstante esta relación o esta formación?

“Me he dado cuenta de que el gran ideal –mostrar a Cristo en toda realidad humana- exige que yo sea capaz de luchar contra mis defectos”.

Bueno, volvemos a poner la pelota en juego en alguno de los encuentros mensuales o semanales que se organizan.

En el fondo, la formación cristiana que se recibe en el Opus Dei es más o menos como llenar el depósito de gasolina. El coche sigue adelante, pero soy yo quien decide a dónde.

Es otra de las cosas que me gusta de mi vocación. Ser del Opus Dei no supone encerrarse en un grupo. Más bien te invitan a vivir la responsabilidad y la iniciativa personal en medio del mundo.

¿Y recibir tanto a qué le lleva?

He recibido tanto que, como el bien es difusivo, tengo la necesidad de dar de lo que he recibido.

“La principal ayuda ha sido, fundamentalmente, interior: los medios de formación cristiana, en especial la dirección espiritual, me han orientado con gran libertad al continuo descubrimiento de Dios y de su presencia. Así, día a día, he procurado tratarle como a un amigo”.

Por ejemplo, como profesor, sugiero metas atractivas humanas y cristianas a los alunos. Una lección de filosofía o de Historia permite tratar cuestiones éticas y antropológicas que interesan a los alumnos.

A veces son ellos mismos quienes sacan el tema. Recuerdo que no hace muchos días, hablando sobre el Concilio de Trento, me hicieron un montón de preguntas sobre la confesión, la conciencia, y el sentido del bien y del mal.

Uno de los mayores deseos de un cristiano debe ser, como nos recordaba san Josemaría, “dar doctrina”. Yo trato de hacerlo con naturalidad, respetando las conciencias de todos, y al mismo tiempo sin lesionar la verdad.

Muchas etapas de la historia merece ser analizadas con otro espíritu. Mis alumnos, por ejemplo, saben que me niego a tratar la época medieval como un periodo oscuro. Tampoco presento la ciencia como algo opuesto a la fe, sino más bien todo lo contrario.

Es siempre una alegría descubrir que algunos alumnos leen por su cuenta los libros que recomiendo en clase o que les aconsejo que lean en verano. Se ve que tienen hambre de saber la verdad.

En los últimos años, junto con otros amigos, hemos organizado unos cursos llamados “Minimaster”. En ellos, repasamos algunos temas de historia, de pensamiento político o económicos, bioética, u otros aspectos que afectan a la ciencia, a la filosofía y a la fe. Todos unidos por el denominador común del humanismo cristiano.

Junto con mi mujer, he tenido la alegría de ver que nuestros hijos, junto con los de otros amigos, participan en un club para chicos, en el que otros jóvenes mayores organizan actividades formativas y de tiempo libre. La formación religiosa está encargada al Opus Dei.

Me he dado cuenta de que el gran ideal –mostrar a Cristo en toda realidad humana- exige que yo sea capaz de luchar contra mis defectos, como la impaciencia o el nerviosismo. Cristo me pide que le encuentre en mi vida, en mi trabajo, en mi familia.

El camino de la santidad se encuentra en todas las circunstancias, a todas horas, en todos los minutos, en cada uno de los sesenta segundos, diría Kipling. Con este convencimiento, puedo comenzar cada jornada con nuevos ánimos y nueva esperanza.

Así, la aventura de la vida continúa.

“Intento que el ser cristiano sea algo que me comprometa”

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Paco Sánchez Toucedo es marinero y se dedica al cultivo del mejillón en las bateas de la Ría de Arousa en Galicia. Está casado, tiene un hijo y es supernumerario del Opus Dei

Me llamo Paco Sánchez Toucedo y nací en 1951 en Abanqueiro (Boiro), en A Coruña, donde comencé a trabajar muy joven en barcos de pesca (merluza) al sur de África y después, como marinero en barcos mercantes alemanes. Luego me dediqué al cultivo del mejillón en las bateas de la Ría de Arousa, y al campo, donde tengo algunas vides, miel, patatas y lechugas.

Estoy casado, tengo un hijo y soy supernumerario del Opus Dei, donde recibo una formación que compromete mucho con Dios. Conocí la Obra gracias a mi párroco, que es quien me puso la primera inyección espiritual, como yo digo, aunque yo iba a Misa desde chico y conocía la religión, porque se vivía a fondo en casa de mis padres.

Ahora, con mi vocación al Opus Dei, intento que el ser cristiano sea algo que me comprometa por entero, a toda mi persona. Antes pensaba mucho menos, estaba como un poco embrutecido; ahora, además de rezar más, pienso más, y reflexiono en lo de aquí y lo de allá… Porque si queremos ser cristianos de verdad tenemos que pensar más en la otra vida.

Desde que formo parte del Opus Dei trabajo como siempre y vivo como siempre, pero la vocación me anima a ir cambiando día a día, mejorando poco a poco… Ahora, por ejemplo, cuando estoy con mis compañeros en el trabajo, trato de no saltar a la primera, porque yo he sido siempre un hombre de bastante genio.

Y a Dios le pido todos los días que me ayude a ser mejor. Eso es una de las cosas importantes: tener presencia de Dios a menudo. En el trabajo procuro acordarme de Él, para que me ayude a hacerlo cada día mejor. Rezo mucho, pidiéndole que las cosas nos salgan bien, y aceptando las que salen mal y ofreciéndole los trabajos de cada día, pues sin la ayuda de Dios nada somos. También le pido que nos dé más fe, porque todos somos bastante incrédulos como Tomás, tomasinos lo llamo yo. Si tuviéramos una fe firme, como decía Jesucristo, no deberíamos dudar: ¡moveríamos montañas!

Costa de Finisterre

Recuerdo que un día, navegando en Finisterre, el mar estaba bravo y cuando trataba de alcanzar un cesto que estaba en al agua, me caí en un remolino, y de la peor forma en que se puede caer al mar: con ropa de agua y botas altas. Entonces recé: “¡Virgen Santísima, ayúdame!” pidiendo que no me viniese una segunda ola, porque el mar estaba rompiendo fuerte sobre las rocas y yo veía que si venía una segunda ola me mataba. Seguí rezando y comencé a nadar hacia tierra, como pude, con las botas altas llenas de agua; y venga a nadar y a nadar… Y no vino la segunda ola; cuando llegué a tierra firme el mar estaba en calma; me agarré a las piedras y vi a mis compañeros asustados, gritándome desde la otra punta. Trepé rocas arriba y seguí trabajando. Y de ahí como a las dos horas me comenzó a temblar todo el cuerpo de sólo pensar en lo que me había sucedido. Me salvó la Virgen. Cuando años antes había contemplado el mar en ese sitio, pensé: “el que se caiga ahí, no lo cuenta”.

Yo a mis amigos les digo que tenemos que rezar y pedirle a Dios perdón por nuestros pecados y los de los demás. Cada uno tenemos que mejorar este mundo en lo que podamos, ayudando a tanta gente que no tiene fe porque nadie les habla de Dios, como decía San Josemaría, que fue un santo muy bueno y un hombre muy alegre y muy jovial, por lo que yo he visto en las filmaciones que le han hecho.

Un Huracán

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Alberto Guerrero, supernumerario del Opus Dei, trabaja desde hace siete años en el Club Huracán, una iniciativa social para la formación en valores de jóvenes del barrio de El Saladillo de Algeciras

¿Qué le llevó a poner en marcha esta iniciativa?

Desde siempre he tenido una preocupación por la formación de los jóvenes; una vez jubilado −yo tenía una tienda de ropa en Algeciras−, pensé hacer algo en este sentido, pero no sabía por donde tirar, cómo conectar con ellos… Comencé −como he aprendido desde hace muchos años de las enseñanzas de San Josemaría− rezando y poniendo este empeño en las mejores manos, las de Dios. Poco a poco, mis dudas se fueron disipando.

Un padre de familia de la barriada de El Saladillo, en Algeciras, me habló un día de la preocupación que tenía por sus hijos; otro día, caminando por la calle, me paró un indigente para pedir una limosna y a cambio me dio una estampa del Arcángel San Miguel: era el 1 de noviembre de 1999, y al dorso de la estampa estaba escrita una Oración al Arcángel muy conocida: decidí rezarla todos los días con fuerza pidiendo luces para encontrar una solución concreta para este empeño de ayudar a los jóvenes.

Pasadas unas semanas, volví a encontrarme con este padre de familia. Decidimos reunirnos en su casa con sus hijos y montar un club deportivo.

Para hacerse cargo del proyecto hay que aclarar que, según un estudio municipal, en El Saladillo y su área de influencia, nos encontramos con unos 2.000 niños en edad escolar, cuyos problemas más relevantes son el absentismo y el fracaso escolar, los malos tratos, cercanía al mundo de las drogas, abandono y deficiente atención en cuanto a la higiene y alimentación… A todo esto hay que unir el distanciamiento existente dentro de la familia y la escasa importancia que los padres dan a la educación de sus hijos. En lo que se refiere a los jóvenes de la zona, se aprecia que un alto porcentaje manifiesta un gran desinterés a la hora de continuar con los estudios, una vez completados los de carácter obligatorio. Una gran parte de los jóvenes de la barriada, con edades comprendidas entre los 15 y los 25 años, se enfrentan a la difícil tarea de encontrar trabajo por primera vez sin tener una cualificación profesional adecuada. La solución: volver a ilusionar a la juventud, responsabilizarlos, formarlos en valores.

El club se llama Huracán… ¿Por qué ese nombre?

El nombre que le pusimos al club también tiene su historia: en el año 1999, decidimos que el club se llamaría Huracán. Los que hemos sacado adelante esta iniciativa, teníamos muy claro que se trataba de organizar un “huracán del bien para ahogar el mal”. Esta es una idea que aprendí de San Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei. Muchas veces nos recordaba que los cristianos teníamos que “ahogar el mal en abundancia de bien”. Así que decidimos inscribirnos tanto en el Ayuntamiento como en la Junta de Andalucía como “Asociación Huracán J. E. De B.”. Las letras “J. E. De B” significan “Jóvenes Educadores de Barrio”, pero para los que iniciamos Huracán significan también Josemaría Escrivá de Balaguer, ya que gracias a su impulso, Huracán es hoy una realidad.

¿Qué actividades oferta el club?

En el club Huracán ya tenemos varios equipos de fútbol sala; también hemos organizado un taller de periodismo, en el que editamos la revista “Huracán”, de la que hemos sacado ya nueve números y que se distribuye entre las familias del barrio y los comercios de la zona. Estamos organizando también un taller de soldadura y otro de mecánica de vehículos. Recursos económicos no tenemos, pero eso no es nuevo, porque nunca los hemos tenido y, de una manera o de otra, al final, gracias a Dios, han llegado los que necesitábamos para iniciar estas actividades con los jóvenes. Los comerciantes de la zona y muchas otras personas que valoran el trabajo que se está haciendo en el club nos ayudan siempre que lo necesitamos.

Este trabajo tendrá sus momentos buenos, y otros no tanto…

Puerto de Algeciras

El trabajo en Huracán es duro, pero merece la pena. Cada día es una historia para ser contada. Por ceñirme a la pregunta, contaré la historia de Agustín, un joven de 23 años que es drogadicto. Él es muy buena persona y un día decidí charlar con él tranquilamente y exponerle con fuerza que tenía que cambiar su vida. Le dije las cosas con claridad, y que me disculpara si le había ofendido. Él me dijo que no se había ofendido y que ojalá le hubieran hablado así de claro cuando él era un chaval. Esta conversación me sirvió mucho para comprender y querer a los jóvenes que sufren en sus vidas el drama de la drogadicción.

Juan y Fermín −padres de chavales que frecuentan el Club− han decidido volver a practicar la fe y me acompañan a charlas de formación cristiana.

Carmen tiene dos nietos con problemas parecidos a los de Agustín. Ella cuida y educa a sus nietos porque, desgraciadamente, sus padres fallecieron a causa de la droga. Charlé con ella y le di una estampa de San Josemaría. La aceptó, pero me dijo que no la podría rezar porque no sabe leer. A los pocos días me buscó para pedirme más estampas, ya que sus vecinos que se la leen a diario querían una para ellos.

Los maestros de los colegios de la zona colaboran en la revista del club, y además nos invitan a impartir charlas de valores a los alumnos; además, nos ceden las pistas deportivas para que los chicos puedan entrenar.

Últimamente estoy teniendo una pega, y es que los días tienen pocas horas para poder atender a tantas familias que vienen a Huracán.

“24 horas al día me parecen pocas”

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Luis Torres es un supernumerario del Opus Dei de 70 años que desde su jubilación como directivo se ha implicado intensamente en una institución atiende al colectivo de los llamados “sin hogar” en Gijón

La centenaria Asociación Gijonesa de Caridad, una institución que con la ayuda de la Congregación de las Hijas de la Caridad atiende al colectivo de los llamados “sin hogar”, está formado por indigentes, reclusos, inmigrantes, refugiados y personas carentes de medios económicos.

Luis está entusiasmado con esta tarea y además de ser, como dice una de las religiosas, uno de los “motores”, se ha encargado de escribir un libro que cuenta la historia de esta institución.

¿Cómo te lanzaste a esta aventura?

Un amigo recientemente fallecido, también del Opus Dei, que llevaba trabajando a tope en la Asociación desde la posguerra, me animó a tomar las riendas. Yo acaba de prejubilarme. Mi último empleo fue la Jefatura de la explotación de Repsol-Butano en el Noroeste de España. No me lo pensé dos veces. Es una tarea apasionante.

¿Quién atiende esta institución?

Gijón

Diez Hijas de la Caridad, que trabajan con una entrega envidiable. Aquí vivió Sor María Casado, que fue testigo, durante su juventud, de los comienzos del Opus Dei entre los enfermos incurables de Madrid. En 1932, cuando estaba en la Enfermería del Hospital del Rey, Sor María atendió en su lecho de muerte al capellán de la Enfermería, que era don José María Somoano, un joven sacerdote asturiano, de Arriondas. Don José María fue uno de los primeros sacerdotes diocesanos que se  vincularon con el Opus Dei.

Contamos con más de 70 voluntarios (jubilados, amas de casa y jóvenes solidarios) y algunas personas contratadas.

¿Cuál es el cometido de esta institución?

Las personas a las que atendemos carecen de vivienda y de recursos económicos, y eso les aboca a la marginación social. Muchos viven en las calles, practican la mendicidad, tienen graves problemas materiales, de afecto y deterioro físico-psíquico debidos a drogas, alcohol, enfermedades psíquicas, etc.

¿Qué les ofrecéis?

El comedor

En primer lugar, cariño. Esto es fundamental. Después, todos los servicios materiales más perentorios. En primer lugar, una “cocina económica”. Damos alrededor de 260 comidas y cenas diarias. Sólo cobramos 70 céntimos a quien pueda darlos. Contamos con un comedor de 80 plazas y ofrecemos un menú de tres platos. Es un buen autoservicio. Por supuesto, funciona también los días festivos.

¿Qué más servicio?

Es muy importante también el “albergue nocturno” para personas sin hogar y transeúntes, con una superficie de 500 m2, dotado de calefacción, servicios sanitarios, salón de TV y habitaciones de dos o tres camas, con capacidad para 28 plazas. Se sirve además el desayuno. Como habrás visto, las instalaciones nada tienen que envidiar a un hotel modesto.

¿En qué consiste el “Centro de acogida”?

Es un centro para el colectivo de jóvenes sin hogar, con problemas de adicción a las drogas, al alcohol, al juego. También para inmigrantes sin techo o los que se encuentran en prisión o acaban de salir de ella, desempleados, etc.

Para esto hará falta personal especializado…

La cocina

Para esta labor concreta contamos con 5 educadores especializados que les atienden las 24 horas del día. Por ejemplo, recogemos a los drogadictos que han tomado la decisión de dejar las drogas. Nosotros los preparamos para que cuando se encuentren en condiciones puedan pasar al “Proyecto Hombre” con el que mantenemos una estrecha relación.

¿En qué consiste la atención a los presos?

Hay internos que pasan los permisos con nosotros. También recogemos a quienes han terminado de cumplir la condena y no tienen dónde trabajar. Viven aquí hasta que se encuentran en condiciones de tener un empleo. También vamos a visitarlos a la cárcel. No te puedes imaginar la alegría que se llevan. Los que visitamos por primera vez no salen de su asombro.

¿Cómo emplean el tiempo los presos y los adictos?

Contamos con un buen taller de encuadernación sin fines lucrativos. Un instructor les forma para que realicen esta tarea de modo profesional. Además, cada interno puede desarrollar su oficio en el centro o prestar ayuda en otros servicios. Trabajo nunca falta. Y contamos con servicio de lavandería para todos los que viven o pasan por el Centro. Igualmente disponemos de un servicio de peluquería y otro de ropa gratuita, para vestir dignamente.

La ropa proviene de la que entregan grandes almacenes a bajo coste, ropa usada que llega limpia o la lavamos aquí. Como anécdota, te puedo contar que hace poco vestimos a un novio de pies a cabeza para su boda. ¡Ah!…no te lo pierdas, también contamos con un servicio higiénico y de duchas. Pueden utilizarlo cuantas personas lo deseen.

¿Proyectos?

La capilla

Estamos a punto de ofrecer unos apartamentos para gente que lo necesite. Enseguida vendrá una madre con su pequeño y una abuela, madre y nieta. Acogeremos a mujeres gestantes y familias muy necesitadas. Además, a partir de una herencia recibida, en breve comenzará a construirse un geriátrico para 170 ancianos necesitados y una unidad de cuidados paliativos para enfermos terminales.

¿Cómo se subvencionan esta ingente actividad?

Contamos con 150 socios que cooperan con cantidades mensuales. Recibimos ayuda también de entidades públicas y financieras. Y yo diría que de toda la ciudad. Todo el mundo está al corriente de nuestra labor.

¿Pero esto, no lo realizaría igualmente una institución pública?

No se podría. Las personas que trabajan aquí ofrecen un plus de atención personal, de total entrega y cariño de clara inspiración cristiana que sería impensable llevarlo a cabo de otro modo. Toda la ciudad sabe que es una actividad de la Iglesia de primer orden. La capilla es el corazón de todo nuestro trabajo.

“El mayor fracaso de mi vida sería el no haber ayudado a un hijo a encontrarse con Dios”

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Jesús San Miguel es Catedrático Hematología y Jefe de este Servicio en el Hospital Clínico de la Universidad de Salamanca

Tiene 54 años que no aparenta, aspecto jovial y amplia sonrisa. Este supernumerario del Opus Dei es miembro de la Real Academia de Medicina así como de importantes Comités científicos, Fundaciones y asociaciones médicas internacionales. Su servicio es puntero a nivel mundial en la investigación de enfermedades sanguíneas y especialmente en el Mieloma. Acaba de recibir el prestigioso premio internacional “Waldenström Award” en un Congreso celebrado en Grecia.

¿Cómo conociste la Obra?

Se puede decir que “desde la otra esquina”. Vivía en Burgos y por diversos avatares me fui a estudiar medicina en la Universidad de Navarra. Allí residí en el Colegio Mayor Belagua, que lleva el Opus Dei. Iba bastante aleccionado, por parte de mi padre y de algunas otras personas, para que ni de lejos me acercase a la Obra. La verdad es que iba cargado con todo tipo de prejuicios en contra de la institución.

¿Pero ahora eres miembro del Opus Dei?

Sí. Pedí la admisión en la Obra en el año 1974 cuando estudiaba cuarto de Medicina.

¿A qué se debió ese cambio?

“La idea de que buscar la santidad en la vida en familia era algo querido por Dios me descubrió algo más que una nueva perspectiva”

Cuando empecé a conocer a personas de la Obra (algunos de ellos hoy grandes amigos míos). Me sorprendió el contraste abismal que había entre la idea que yo tenía, llena de prejuicios, y la realidad. La vida y actitud de esas personas me dio mucho que pensar.

Pero de ahí hasta pedir la admisión…

Fue un proceso lento de asombro y asimilación. La idea de santificar los estudios, el trabajo, me fascinaba. A su vez, me sorprendía y atraía el cariño que encontraba en el Colegio Mayor.

¿A qué te refieres?

Fundamentalmente al ambiente de familia que encontré. Por ejemplo, cogí una gripe muy fuerte que me tuvo más de una semana en cama. Me sentí en todo momento muy arropado, como si estuviera en mi propia casa. Hasta el capellán me llevaba la comida y me acompañaba durante un buen rato.

¿Y eso fue decisivo?

No, realmente sólo fue como una gota más entre otras muchas que terminaron por colmar el vaso, después de que poco a poco hubiera ido calando en mí la coherencia de vida de muchas personas. En el Colegio pude comprobar la pluralidad de ideas políticas y sociales de los miembros de la Obra; nada que ver con el conjunto de tópicos que llevaba en mi mochila cuando aparecí por allí.

Antes me hablabas de la santificación del trabajo…

Fue un factor decisivo. He de reconocer que era un poco empollón. Tenía una gran inquietud profesional. Las perspectivas que se me abrían para mi futura labor como médico me parecían apasionantes, soñaba con llegar muy lejos… Pues bien, descubrir que ese trabajo no era un obstáculo sino el mejor de los instrumentos para unirse a Dios y realizarlo con una visión de servicio a los demás suponía dar un giro radical a los motivos que hasta entonces me movían (me enseñaron que en lugar de trabajar por “algo”, lo haría por “alguien”….)

¿Influyeron más aspectos?

Otra cuestión que me pareció inaudita fue enterarme que el matrimonio era una más de las vocaciones cristianas. Me pareció sorprendente, nunca me lo había planteado así. A mí me atraía mucho la idea de compartir la vida con la mujer de la que me enamorara, de formar un hogar, de gozar con los hijos. La idea de que eso era algo querido por Dios me descubrió algo más que una nueva perspectiva. Trabajo y familia eran y son dos aspectos nucleares en mi vida. Tenemos 6 hijos. En los Congresos muchos colegas de todo el mundo me conocen como el “family man”

“Hoy en día la virtud no es fácil, aunque mi visión de la juventud es muy positiva. A los chicos basta con mostrarles con sinceridad el camino del bien”

¿Tu mujer es también del Opus Dei?

Sí, lo que facilita muchas cosas, pero podía no haber sido así porque la vocación es personal. En el matrimonio lo más importante es compartir un proyecto común de vida, eso es fundamental a la hora de educar a los hijos.

A veces se dice que los hijos dan muchos problemas…

Sí, y también muchas alegrías. Lo importante es esforzarse cada día por buscar su bien, compaginando un alto grado de cariño con la transmisión de una educación humana y cristiana recia y coherente. Eso me ha llevado a implicarme, junto a otros padres, en un proyecto educativo en la ciudad, un Colegio que cuenta ya con unos 600 alumnos. Gracias a Dios yo estoy teniendo muchísima suerte con mis hijos. Dos de ellos son del Opus Dei y les veo muy felices. Todos los días pedimos para que todos ellos sean buenos hijos de Dios.

Los que son de la Obra, ¿no pueden estar un poco condicionados porque lo sois tú y tu mujer.

Les hemos educado en un clima de gran libertad y hemos procurado darles lo mejor de nosotros. Ellos son los que libremente, “porque les ha dado la gana”, han elegido ese camino y parecen felices. Nosotros, lejos de empujarles, les hablamos con claridad de la dureza del camino que emprendían y de que lo importante en cualquier camino no son las ilusiones iniciales sino la perseverancia para llegar a la meta.

Efectivamente, hoy los jóvenes no lo tienen fácil…

También les hemos dicho que nos tendrán siempre a su lado…Tal y como están las cosas ningún joven “puede andar por la buena senda” si no es con un elevado grado de libertad. Hoy en día la virtud no es fácil, aunque mi visión de la juventud es muy positiva. A los chicos basta con mostrarles con sinceridad el camino del bien, un camino que es más exigente pero, a la vez, más atractivo que cualquier otro. También te digo una cosa, el mayor fracaso de mi vida sería el no haber ayudado a un hijo a encontrarse con Dios.

Eres Jefe de un Servicio que goza de bastante prestigio en España y más en concreto del Mieloma a nivel internacional lo que supone muchos viajes y participación en múltiples congresos ¿cómo llegas a todo?

Lo del prestigio es un poco exagerado y, en todo caso, fruto del trabajo de las 100 personas que formamos el equipo. Cuesta un poco llegar a todo, pero con esfuerzo se llega.

¿Saben tus colegas y amigos que eres del Opus Dei?

Por supuesto. Lo saben todos, no sólo los de Salamanca, sino también los colegas de otros países con los que coincido en numerosos Congresos. Esto forma parte de mi concepto de amistad. No creo en las amistades superficiales, me gusta tocar fondo (por ejemplo, no podría, no sabría permanecer al margen de un problema familiar de un amigo)

“Siento mi responsabilidad de cristiano al moverme en el mundo científico internacional. Aprovecho todas las ocasiones para explicar mi fe, mi vocación y los ideales que me mueven”

¿Y les hablas del Opus Dei?

Siempre que puedo. Siento mi responsabilidad de cristiano al moverme en el mundo científico internacional. Aprovecho todas las ocasiones para explicar mi fe, mi vocación y los ideales que me mueven. Agradecen siempre mis explicaciones sobre puntos controvertidos de la doctrina de la Iglesia. Muchos amigos han vuelto a practicar la fe, y a bastantes les he puesto en contacto para que asistan a los medios de formación que la Obra imparte en sus distintos países.

¿Conociste a san Josemaría?

Tuve la suerte de asistir a una tertulia con él en el año 1972. Entonces no era de la Obra y me impresionó su fuerza espiritual y la claridad de los mensajes. Intento vivir su enseñanza de buscar la santidad en medio del mundo. Personalmente, probablemente por mi trabajo, hay una expresión suya que me produce una gran satisfacción. Decía con frecuencia que el Opus Dei es “una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad”. Esta imagen, para un hematólogo, tiene un significado muy familiar.

¿Hay que ser especial para ser del Opus Dei?

No se trata de pensar que las personas del Opus Dei somos mejores que los demás, nada de eso. Sólo somos (cada uno de nosotros) un poco mejores de lo que seríamos sin esta vocación (o al menos por ello luchamos), y con todos nuestros defectos intentamos contribuir a que la sociedad camine más cerca de Dios.


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