Una historia de “negocios”

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Un joven empresario catalán, Martín Frígola, afincado desde hace veinte años en Costa de Marfil, habla de los diversos negocios que ha emprendido en su vida

Opus Dei -

Palau-sator, Gerona, años setenta

Soy de Palau-Sator, un pueblo de Girona que data de la época romana. Si uno busca en Google cuántos habitantes tiene el municipio, se encuentra con pocas variaciones: según una web, 283; y según otra, 284. El pueblo –que no llegará a los doscientos habitantes- conserva su aspecto feudal, con su recinto amurallado y la torre del antiguo castillo medieval que sobresale, imponente, sobre los tejados.

Allí pasé mi infancia, ayudando a mis padres –y pasándomelo en grande, todo hay que decirlo- en el negocio familiar: en aquel tiempo tenían diversos cultivos de cereales, hortalizas y frutales, junto con una granja de cerdos.

Doy gracias a Dios por aquella infancia rural en los años setenta, cuando tantos niños europeos sólo conocían las cabras gracias a la televisión. Yo pasé muchas horas de mi infancia y de mi adolescencia rodeado de animales y regando melocotoneros. Realicé mis primeras experiencias comerciales en el mercado de Palafrugell, donde vendía frutas y tomates, y disfrutaba de lo lindo.

Pero sobre todo le agradezco a Dios haber nacido en una familia cristiana –mi padre es supernumerario del Opus Dei- y haber conocido la Obra en Bell-lloc del Pla, un colegio de Girona donde estudié el Bachillerato a partir de los doce años. En Girona descubrí mi vocación y pedí la admisión en el Opus Dei como numerario. Poco después me fui a Valencia, donde estudié algo previsible por mis antecedentes familiares: soy ingeniero agrónomo.

Un cambio inesperado

Opus Dei - Palau-Sator

Palau-Sator

En 1987, al acabar la carrera, empecé a trabajar en una empresa de proyectos agrícolas. Hasta aquí, nada de singular. Es el currículum habitual de tantas personas de mi generación. Lo novedoso fue cuando los directores del Opus Dei me preguntaron si estaría dispuesto a ejercer mi profesión y ayudar en la labor apostólica en Costa de Marfil, que estaba en sus comienzos.

¡Costa de Marfil! No tenía la menor idea de dónde se encontraba. Lo localicé en el mapa y acepté la propuesta sin dudar, aunque el contacto más cercano que había tenido con el trópico habían sido las palmeras tinerfeñas de mi servicio militar…

Empecé a buscar medios para ganarme la vida en el que iba a ser, dentro de muy poco, mi nuevo país. Pedí información en la Cámara de Comercio de Valencia sobre las empresas que mantenían relaciones comerciales con Costa de Marfil, y comencé a hacer entrevistas. Hice un curso de francés de pocas semanas en París. porque dudaba que con mi nivel de Octavo de Básica pudiera mantener una conversación inteligible, y al final encontré una posible línea de negocio: la exportación de pieles de cabra y oveja para la fabricación de bolsos y zapatos. Y comenzó la aventura.

Una aventura humana, profesional y espiritual. Al bajar de la escalerilla del avión, tras el trayecto Madrid-Abidján con escala en Lagos, me encontré ante un país y un ambiente tan desconocido como fascinante.

Hacía tanto calor cuando llegué, que pensé que no habían parado los motores del avión; pero no; así era –es- el clima de este país: un calor húmedo, denso, mezclado con el olor inconfundible de la selva. Luego vino el encuentro con la cama con mosquitera, y al día siguiente, el saludo de los pájaros tropicales al despertarme, con unos sonidos agudísimos que yo sólo conocía por las películas de safaris…

Nuevas experiencias

Opus Dei -

La aventura profesional no tenía nada que envidiar a la humana. Había hecho en España una serie de contactos; pero eran sólo eso: una serie de contactos. Afortunadamente, en la Oficina Comercial de la Embajada española me dejaban enviar un télex de vez en cuando. Fui tanteando el terreno y al fin me planteé la posibilidad de montar un negocio de cemento; pero aquello se quedó en nada. Hablando con unos y con otros, me lancé a comprar pieles en la vecina Mali.

Fueron unos años en los que tuve que ingeniármelas por mi cuenta, porque en la carrera no me habían enseñado nada sobre los agentes de aduanas y las compañías marítimas. Pero a caminar se aprende andando y empecé a exportar las primeras pieles de cabra desde Costa de Marfil y Mali. Y vinieron las experiencias, unas buenas y otras malas, porque en unos negocios saqué lo comido por lo servido; en otros me fue bastante bien; y en otros… me estafaron.

Pascal

Al principio estaba solo, hasta que en 1992 conocí a Pascal, un joven despierto que trabajaba de albañil. Vi que era un hombre honrado y valioso, de gran inteligencia práctica, y le propuse un pequeño negocio de materiales de construcción: yo los traería de Europa y él se encargaría de venderlos en el país. El negocio cuajó, aunque luego lo dejamos, porque no tenía expectativas de futuro.

Lo bueno es que Pascal se convirtió en un colaborador cada vez más eficaz: aprendió informática y viajó a Vic para adquirir experiencia. Dio el salto de albañil a pequeño empresario.

Yo también tuve que dar mi propio salto y hacer una transformación profesional, ya que como fruto de las importaciones de material de construcción que hice, me fui convirtiendo poco a poco en un constructor. Y luego, he ido poniendo en marcha diversos negocios –exportación de aceites esenciales, de hierbas medicinales, de colorantes alimentarios, etc.- junto con algunos amigos africanos, con el deseo de ayudar al progreso de este joven país.

Opus Dei - Costa de Marfil

Costa de Marfil

Un país joven en la fe

Costa de Marfil es un país joven en muchos aspectos, también en lo que se refiere a la fe cristiana: cuenta sólo con poco más de un doce por ciento de católicos. Y si la aventura resulta apasionante desde el punto de vista humano y profesional, lo es mucho más desde el punto de vista espiritual. Costa de Marfil ha celebrado recientemente su primer siglo de cristianismo y se encuentra en una situación de gran desarrollo apostólico.

Cuando llegué, hace casi veinte años, era difícil encontrar una Misa entre semana en la capital, Abidján. Ahora hay misas todos los días en todas las parroquias, y están abarrotadas de fieles, con muchos jóvenes. Se multiplican las conversiones; y también se multiplica, como es lógico, el trabajo de formación en la fe.

La familia

Un campo importante de esa formación es la familia, porque hay todavía pocas familias cristianas que sirvan como punto de referencia a los matrimonios cristianos jóvenes de Costa de Marfil. Aunque las leyes prohíban formalmente la poligamia, muchos marfileños han nacido -y siguen naciendo- en el seno de unas familias con relaciones poligámicas, de carácter matriarcal, donde la autoridad del tío materno es, con frecuencia, mucho más importante que la del padre. Esto explica que con frecuencia los padres no se sientan responsables de la educación de sus hijos.

En el pasado era el clan el encargado de educarlos, en un sentido muy amplio; pero en la actualidad, con la progresiva desaparición de los clanes, los padres de familia cristianos necesitan ejemplos para imitar: ejemplos de padres y madres que se ocupen de sus hijos y velen por su educación humana, profesional, cristiana, moral….

Eso me llevó a impulsar, junto con varios amigos africanos, unos cursos de orientación familiar, que están viniendo como agua de mayo.

Los colegios

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Pero las necesidades no se quedan ahí. Se necesitan colegios. Hasta 1990 el país contaba con instalaciones suficientes de carácter educativo, pero con la crisis económica dejaron de construirse edificios con fines docentes y a causa del conflicto armado del 2002 se destruyeron bastantes colegios y hubo un gran movimiento de la población hacia el Sur.

Las carencias en este campo son enormes y la necesidad de poner en marcha nuevos proyectos educativos es tan urgente como evidente.

He colaborado con varias familias en el primer “granito de arena” en este campo: un parvulario que abrió sus puertas el 13 de noviembre de 2006 y que desea ser el germen de una serie de colegios en el país, donde muchas familias encuentren una ayuda valiosa para la educación de sus hijos.

Contamos para este proyecto, además, con la ayuda y el aliento espiritual del Opus Dei. Cuando escribo estas líneas me encuentro en España, donde he venido para asesorarme en la puesta en marcha de este tipo de empresas educativas. En octubre de 2007 comenzará la andadura del primer colegio.

Para la formación de directivos

Las necesidades formativas del país abarcan diversos sectores. Un sector decisivo es la formación de directivos y de empresarios, que deben ser los motores económicos de Costa de Marfil.

Esto me parece un punto vital para el desarrollo de una sociedad como la nuestra, que sufre tantas carencias, y que soporta desde hace tantos años unos conflictos armados. Por esa razón, un grupo de empresarios y directivos de diversas empresas nos hemos unido para prestar este servicio a la sociedad, con el afán de poner en marcha una institución de formación continua de empresarios sin ánimo de lucro.

Ya hemos organizado varios seminarios, asesorados por entidades españolas como el IESE, con gran éxito. Por el seminario de Ética en los negocios ya han pasado 250 ejecutivos.

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Este tipo de formación empresarial es muy importante, porque la corrupción y la estafa –que yo he sufrido en mis propias carnes- son grandes obstáculos para el desarrollo de cualquier país.

Como las selvas africanas

Durante estos casi veinte años muchos de mis amigos africanos se han ido acercando al Opus Dei, y Dios les ha concedido a algunos la gracia de la vocación.

También, gracias al apostolado personal, el espíritu de la Obra va empapando el ambiente de numerosas personas y sus familias, y va vivificando muchas vidas y costumbres, del mismo modo que el agua vivifica estas impresionantes selvas africanas.

Recibo muchas lecciones de los africanos, y procuro –como enseñaba san Josemaría- aprender cada día algo de ellos: tienen una gran vitalidad, grandes deseos de progreso y de mejora espiritual; y algunos son muy buenos comerciantes.

El mejor negocio

A estos amigos míos les hago partícipes del mensaje del Opus Dei: la empresa más importante de nuestra vida es la propia santificación. Afortunadamente, en ese negocio, el negocio de la santidad personal, contamos con un Socio que nunca nos falla y que nos da toda su gracia; pero al mismo tiempo espera nuestro trabajo y  nuestra correspondencia.

Los hombres de negocios que son padres de familia entienden muy bien algo que recordó muchas veces san Josemaría: el mejor negocio para unos padres es darles a sus hijos una buena educación humana, profesional y cristiana.

Luego están los otros negocios humanos, que hay que santificar y donde podemos encontrar a Dios, realizándolos con la máxima perfección humana y espiritual que podamos.
El objeto de esos negocios puede ser muy variado: desde la exportación de pieles de cabra, ladrillos y colorantes, hasta los tomates de huerta, que me recuerdan tanto mi primera y decisiva escuela de negocios: el mercado de Palafrugell.

Con temple

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1972, Antonio Bienvenida -miembro Supernumerario del Opus Dei- sufre la cornada de un toro. Es una de las muchas faenas que rubricó con sangre en su buen hacer de maestro. El Padre anda entonces por España y se interesa vivamente por el torero. Llama a un amigo de Antonio y le insiste:

-«Dile que tenga cuidado, que me he enterado del percance que ha sufrido, y que se cuide»(36)

Antonio lo sabe y, cuando se restablece un poco, va con su mujer a Pozoalbero, la Casa de Retiros de Jerez de la Frontera, para dar las gracias a Monseñor Escrivá de Balaguer. Le lleva, bien puesta en un marco, la mejor fotografía de uno de sus lances: un momento muy arriesgado y muy torero.

Nada más conocer su llegada, el Padre les recibe y les invita a almorzar. Durante la comida, Antonio cuenta anécdotas de toros, situaciones difíciles y brillantes, miedo y triunfo: las dos caras del peligro. La conversación se acompaña de lances figurados, y le explica los sentimientos artísticos que le animan cuando está sobre el albero de la plaza: eso que los taurinos llaman torear con temple, porque, como es un momento de arte que se va, quieren hacerlo muy despacio para retenerlo el mayor tiempo posible (37).

Sin duda, por la mente del torero desfilan momentos de aquel toreo suyo tan puro, tan de verdad. Y el dolor que le ha causado, muchas veces, colocarse tan cerca de las astas. Se acuerda de un 18 de mayo de 1958 con la Monumental de las Ventas llena hasta la bandera: más de treinta mil aficionados. Un toro le cornea y la sangre sale a borbotones. Está a punto de morir. Tanto, que ha de plantearse seriamente el seguir con el oficio y el arte de una dinastía torera o cambiar de profesión.

Cuando recobra la salud, reaparece en la misma plaza, el 16 de mayo de 1959. Lleva un traje de luces idéntico al de la vez anterior. Brinda el toro, desde el centro, a todos cuantos le miran, en silencio absoluto, desde las gradas nuevamente abarrotadas. Y se lanza con más fuerza que nunca, con el mejor valor. Entre la arena y el cielo de Madrid, liga, esa tarde, la más formidable faena de su vida.

Algún tiempo después, el Padre explica ante una tertulia numerosa:

«Una vez, no os diré cuando, oí a un hijo mío al que quiero mucho -es un torero estupendo- que cuando está con el capote y viene el toro -un toro leal, majo, que hasta le da pena pensar que lo va a matar: él al toro, claro-, se recrea en la suerte, y hace despacio con el capote…».

Y aquí el Padre se marca una verónica… Y continúa, bromeando:

-«Yo no lo sé hacer. No he toreado en mi vida (…). Pues sí, recrearse, recrearse en la suerte, como un artista, ¡con amor!. Esto es también lo que hay que hacer con Dios Nuestro Señor»(38).

Este faenar entre lo divino y lo humano tal vez fuera lo que dio contenido a una conversación de Antonio Bienvenida, un día que regresaba de Valencia, junto a un conocido crítico de toros. Este tenía miedo al vuelo en avión, y Antonio bromeaba con ello. De pronto, se puso serio y dijo:

-«La muerte es lo más hermoso de la vida del hombre. A mí me acompaña constantemente. Me es familiar. La llevo dentro de mí como tú, como todos, pero yo la siento más cerca, a veces se palpa cuando se está delante del toro.

-¿Y no te aterra?

-No. Por dos razones muy poderosas: porque estoy acostumbrado a vencerla siempre, y porque tengo una gran fe en Dios, en que esto no se acaba… en que no puede acabarse

aquí… »(39)

En otra ocasión, comentaba:

«El último toro que pienso lidiar -si Dios quiere lo mejor posible- es el de la muerte, a la que estoy acostumbrado a tratar. Quisiera darle una lidia alegre y… templada. Despacio, lo más despacio que pueda, hasta que pueda llegar a poderla besar; a poderla besar con alegría. Por eso la fe es importantísima»(40)

Antonio morirá en una «tienta», de una cornada por la espalda que le da uno de los astados, en un momento de descuido. Es el año 1975 y sólo hace unos meses que se ha retirado definitivamente de las plazas. Ese mismo año ha fallecido el Fundador del Opus Dei. Tal vez no olvidó el torero, en sus momentos de agonía, el consejo afectuoso y sincero que recibía siempre, después de cada encuentro con Monseñor Escrivá de Balaguer: «que me cuidara mucho y que hiciera todo con mucho temple»(41)

En olor de multitud, como en las tardes de triunfo, fue llevado a hombros por la Plaza de las Ventas. Dijeron los comentaristas que se había cerrado un capítulo importante. Lo que ignoraban era que, montera en mano, el espíritu de Antonio brindaba su mejor lance al Dios que ha pintado el color de los alberos. Tal y como le dijo el Padre que había que hacer a lo largo de su oficio: despacio, sonriendo, sin miedo.

Avenida Menéndez Pelayo

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus  Dei - Tomás Alvira, en la época en que conoció a San Josemaría

Tomás Alvira, en la época en que conoció a San Josemaría

Saliendo por la puerta principal del Cementerio de la Almudena. por la Avenida del Marqués de Corbera, se cruza por un puente sobre la M-30, y se llega, recorriendo toda la calle Alcalde Sáinz de Baranda, hasta la calle O´Donnell. Si se sigue la calle O´Donell hasta el cruce con la Avenida Menéndez Pelayo, y se tuerce por esa avenida junto a la larga veja que rodea el Parque del Retiro, se llega hasta el nº 13.

Encuentro con Tomás Alvira

En este edificio, en el piso 4º bis, estaba la pensión en que residía José María Albareda, uno de los miembros más antiguos del Opus Dei. Fue escenario de uno de los sucesos de la vida de san Josemaría en plena guerra civil.

En la tarde del 1 de septiembre de 1937 se presentó en esa pensión el Fundador del Opus Dei, vestido con un mono de trabajo gris, a causa de la persecución religiosa. Con José María Albareda estaba un amigo suyo, un joven profesor aragonés, Tomás Alvira escuchó sorprendido, como el Fundador hablaba sobre la santificación de la vida cotidiana. Al salir a la calle le preguntó el Fundador a Tomás Alvira:—¿Dónde vas?

Alvira respondió con gran resolución —Donde usted vaya; y le abrió su alma con plena confianza, mientras caminaban por la calle Menéndez Pelayo, cerca de la verja del Retiro. Tomás Alvira fue, con el paso de los años, el primer miembro supernumerario del Opus Dei.

En esta pensión de Menéndez Pelayo durmió san Josemaría la noche del 8 al 9 de agosto de 1936, a comienzos de la guerra civil, en espera de encontrar un lugar mejor para refugiarse.

Y en esta misma pensión, ya que el dueño de la casa inspiraba confianza, se celebró algún acto del retiro espiritual que san Josemaría dirigió en diversas sedes, para no llamar la atención, durante la mañana del 20 o 21 de septiembre de 1937.

Plaza de Toros de Ventas

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

Opus Dei - Monumento  erigido por el pueblo de Madrid a Antonio Bienvenida, junto a las  Ventas

Monumento erigido por el pueblo de Madrid a Antonio Bienvenida, junto a las Ventas

En esta Plaza de Toros hay varios monumentos a toreros. Entre ellos está el de Antonio Bienvenida, “el torero de Madrid”. Además de buen torero, Bienvenida fue buen cristiano y respondió con generosidad a la llamada de Dios en el Opus Dei, como miembro supernumerario. Nos detenemos en este punto porque refleja de la siembra de vida cristiana que realiza el mensaje de san Josemaría entre personas de todas las profesiones.

San Josemaría aludió en su predicación al arte taurino de Bienvenida, empleando el término “temple” con un sentido espiritual.

Contaba el diestro como procuraba santificar cada faena, toreando, como decía, “por partida doble”. “Toreo dos veces. Es lo que llamo la “Corrida grande” y la “Corrida chica”. La grande se la dedico al Señor en el patio de cuadrillas, antes de salir al ruedo. Me preparo bien, repaso los detalles, cuido hasta de no tener polvo en las zapatillas y toreo para Él solo. (…) Espero que le gusten los pases que le doy con el corazón y no con la mano… ¡Esa es la corrida importante! Además, con Él nunca fracaso… Es el mejor Presidente de las dos corridas. Después, salgo al ruedo y allí… bueno, pues hago lo que puedo, pero la llamo “la Corrida Chica.

Biografía de Tomás Alvira Alvira y Paquita Domínguez Susín

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Fieles al espíritu del Opus Dei, transmitieron a sus hijos y a otras muchas personas un ejemplo de vida cristiana. Con palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer, hicieron de su casa “un hogar luminoso y alegre”

Tomás Alvira Alvira nació en Villanueva de Gállego (Zaragoza) el 17 de enero de 1906 y falleció en Madrid el 7 de mayo de 1992. Doctor en Ciencias Químicas, Investigador del CSIC y Catedrático de Instituto en Ciencias Naturales.

Paquita Domínguez Susín nació en Borau (Huesca) el 1 de abril de 1912 y falleció en Madrid el 29 de agosto de 1994. Era Maestra. Se casaron en Zaragoza el 16 de junio de 1939. Tuvieron nueve hijos, de los que el primero, José María, falleció a la edad de cinco años. La familia se trasladó a Madrid en noviembre de 1941, al incorporaras Tomás a su plaza de catedrático en el Instituto Ramiro de Maeztu.

Fueron ambos Supernumerarios del Opus Dei: Tomás desde el 15 de febrero de 1947 y Paquita desde el 1 de febrero de 1952. Fieles al espíritu del Opus Dei, transmitieron a sus hijos y a otras muchas personas un ejemplo de vida cristiana. Con palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer, hicieron de su casa “un hogar luminoso y alegre”.

Se santificaron en el ejercicio heroico y perseverante de las virtudes cristianas. La Santa Misa constituía el centro y la raíz de su vida interior. Ayudados por la gracia divina y procurando mantenerse en presencia de Dios, supieron llenar de contenido sobrenatural sus quehaceres ordinarios, familiares, profesionales y sociales.

Ambos padecieron dolorosas enfermedades, que llevaron con gran sentido sobrenatural: Tomás falleció a raíz de un proceso canceroso y Paquita entregó su alma a Dios tras una enfermedad cerebral.

Biografía de Ernesto Cofiño Ubico

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Ernesto Cofiño Ubico nació en la ciudad de Guatemala el 5 de junio de 1899, donde también cursó sus primeros estudios.

En la Facultad de Medicina de la Universidad de París obtuvo con honores el título de Médico Cirujano en 1929. Contrajo matrimonio en 1933 y tuvo cinco hijos.

Se dedicó plenamente al ejercicio de su profesión con un admirable espíritu de servicio que le llevaba, no solamente a ocuparse de la salud física de sus pacientes, sino a hacer suyos sus problemas personales.

Su gran sentido sobrenatural y su hondo sentido humano le llevaron a fomentar y defender el derecho y el amor a la vida, propiciando iniciativas y realizando él mismo muchas de ellas, con gran caridad, en beneficio de futuras madres, de niños y niñas de la calle, de huérfanos, y ofreciendo soluciones a los problemas públicos. Fundó asilos y centros asistenciales. Dirigió durante 4 años el Hospicio Nacional

Pionero de la investigación pediátrica en Guatemala, ocupó la Cátedra de Pediatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos (USAC), máxima distinción de ese centro universitario.

En 1956 pidió su admisión en el Opus Dei como miembro Supernumerario. A partir de esa fecha, intensificó su trato con Dios en la oración, en la mortificación, en la Santa Misa y Comunión diarias, en la Confesión semanal; creció su devoción a la Madre de Dios, convirtiéndose en gran propagador del rezo diario del Santo Rosario; se aplicó al estudio y la formación doctrinal-religiosa.

E intensificó su apostolado buscando comunicar su alegría y su generosidad a muchísimas personas, a las que animaba a colaborar económicamente y con sus oraciones en el impulso de labores de promoción humana y cristiana, en las cuales trabajaba con gran espíritu de sacrificio, dispuesto a poner en práctica la doctrina social de la Iglesia.

Colaboró heroicamente con organizaciones dedicadas a la educación y capacitación de campesinos, de obreros, de mujeres de muy escasos recursos y en la formación de la juventud universitaria. Este servicio en favor del prójimo lo siguió realizando con abnegación hasta los 92 años.

Murió de cáncer, después de una enfermedad larga y dolorosa, llevada con fortaleza y conformidad heroicas, el día 17 de octubre de 1991 en la ciudad de Guatemala.

De Togo a Granada, guiado por la Providencia

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“Con ocho años abandoné Togo, camino de Francia. A los doce años volví a mi país, aunque me trasladé a estudiar a Costa de Marfil. Yo pensaba que España era un país lleno de toros, ángeles y santos. Tras conocer el Opus Dei vi que el santo… podía ser yo”. Testimonio de Ramón Takely, togolés, supernumerario del Opus Dei.

Ramón, con su mujer e hijos, en Granada.

Tengo 23 hermanos. Nací en Togo donde mis padres me transmitieron una educación cristiana en un país de mayoría católica. Los domingos no encuentras nunca un sitio libre en la Misa. Cuando era pequeño, pensaba que España era un país lleno de toros, ángeles y santos. Desde joven esa idea es la que tenía en mi cabeza. Y claro, tampoco España era realmente así. Pero cuando conocí el Opus Dei en Granada pensé que la santidad estaba cerca, y que no iba descaminado en que el santo… podía ser yo.

Ahora, con 43 años, una mujer y dos niños, intento vivir un cristianismo cercano, del día a día. La historia no es muy larga. Abandoné Togo con ocho años camino de Francia, ya que es el destino habitual de los togoleses.

Regresé de nuevo al continente africano a los doce años. Entonces viví en Costa de Marfil, donde terminé bachillerato. Como quería estudiar en la universidad, me enviaron de nuevo a Francia. Así que estuve en Marsella con una beca de la UNESCO. A los tres años decidí acabar los estudios más al sur… por lo que me trasladé hasta la Universidad de Granada para licenciarme en filología francesa y en pedagogía.

Al final, entre tanto mareo de viajes y países, “me he quedao aquí, en Graná”. Han pasado casi doce años desde que llegué al final de este viaje. Para mí fue una maravilla poder terminar mis estudios universitarios en esta ciudad andaluza, aunque los primeros meses fueron duros. Me costó el acento. Como la gente se come tantos finales de palabra, estaba a dos velas y al principio recuerdo, por ejemplo, que un señor me dijo “na de na” y estuve preguntándome seis meses por aquella expresión “na de na”, hasta que ya capté su significado.

Mientras tanto, proseguía mis estudios. En la Facultad de Pedagogía conocí a una religiosa (sor Milagros) quién me apoyó en mi formación católica y a través de ella contacté con otros españoles que tenían interés por recibir formación e impartir catequesis. Así es como conocí a Inmaculada, mi mujer con la que me casé tres años después.

No es casualidad, es providencia

Durante un tiempo me dediqué a trabajar impartiendo clases particulares de francés e inglés. Un alumno me habló del Opus Dei. Al cabo de otros tres años, no sé porqué (la casualidad no existe: en África lo llamamos providencia) comencé trabajar en el colegio Mulhacén, en el que el Opus Dei se hace cargo de la formación religiosa.

En el colegio me llamó la atención el afecto humano de la gente hacia los demás. No te dan una cara falsa, se abren de corazón. Y eso me impactó de las personas del Opus Dei. Un amigo me prestó un libro, charlamos… Así que pensé que, si esto no era casualidad, me pregunté: ¿qué puedo hacer yo por Dios, por los demás y por mi familia? Me di cuenta de que en Granada si había encontrado a mi mujer y mi carrera, también podría encontrar más fuerza en Dios.

Hoy soy del Opus Dei. Mi mujer no lo es, pero se da cuenta de que ser del Opus Dei es una entrega de servicio a la familia y a los demás gracias al de Arriba. No hago cosas raras. Rezo cuando debo y trabajo cuando me toca, y cansado por las noches cuando llego a casa les cuento cuentos a mis hijos.

Togo y el mensaje cristiano del Opus Dei

David y Sergio, con cinco y tres años y medio me miran con los ojos abiertos y así pienso que hace Dios. Nos educa en sus misterios mientras nos pasmamos. Nos cuenta la vida pero sin pedir explicaciones a cambio. A eso lo llaman fe ¿no?

Quizá hoy sea el único togolés del Opus Dei en el mundo, pero eso no importa, porque en el futuro rezo para que haya muchas más personas que se acerquen a Dios a través de esta institución de la Iglesia. A principios de este curso académico conocí en Torreciudad al Prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, y estuve a punto de hacerle una pregunta sobre de la labor de la Obra en Togo, un país que acogería muy bien el espíritu cristiano del trabajo cotidiano.

De momento, como yo soy el único Opus Dei de Togo en todo el mundo, he puesto en marcha una pequeña fundación. Un proyecto personal para ayudar a que niños desfavorecidos puedan escolarizarse en la escuela y ser educados cristianamente: es la Fundación Takely. De esta forma, espero confío en que en Togo y desde Togo siempre haya más canteras de ángeles y santos.

“A través del trabajo, colaboro con los planes de Dios”

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Diego Álvarez, de 30 años recién cumplidos, fue durante tres años militar profesional y desde hace cinco trabaja como estibador en el Puerto de Valencia. Está casado con Tania y es supernumerario del Opus Dei.

¿Cómo conociste el Opus Dei?

A través de unos tíos míos que viven en Galicia. En 1998, mi tía Marina me habló del Opus Dei y me puso en relación con una persona de la Obra aquí en Valencia. Esta persona me invitó a la Jornada de la Juventud que tenía lugar en el santuario mariano de Torreciudad en mayo. Allí hice mi primera romería a la Virgen. Fue una sorpresa. Hasta ese momento no era consciente de lo que era la vida cristiana, pensaba como tantas personas que eso de rezar no se llevaba, que no era moderno. Descubrí la devoción al santo Rosario, y empecé a rezarlo con asiduidad, cuando podía…

¿Qué pasó después?

Nada especial. No volví a entrar en contacto con la Obra hasta unos años después. Mientras tanto, me hice militar profesional. Con la idea de ayudar a los demás, pensé que sería una buena idea participar en una misión internacional de la OTAN en Kosovo. Justo antes de esta decisión, volví a hablar con esa persona de la Obra, que tenía conocimiento de ese tipo de misiones. Pero fue un contacto superficial. Y de hecho mi conocimiento de la vida cristiana era muy superficial. En Kosovo estuve 4 meses. Allí me apoyé mucho en el Rosario. Entre las tareas que hice, escolté a un sacerdote ortodoxo, con el que trabé cierta amistad y, de hecho, nos intercambiamos los rosarios.

Entonces, ¿cuándo descubriste que el Opus Dei podía ser tu camino?

Eso fue a la vuelta de Kosovo, a finales del año 2001. Mi madre me dejó una biografía de San Josemaría que le había gustado mucho. El conocimiento de la vida del fundador del Opus Dei supuso el descubrimiento de que podía ayudar a la gente siempre, en mi propio ambiente, sin necesidad de ir a otros lugares. Comencé a hablar con unsacerdote de la Obra, a acudir a retiros espirituales, y a recibir clases de catecismo, pues no tenía idea de nada. También empecé a hacer oración.

¿Cambió tu vida?

Radicalmente. El espíritu del Opus Dei me mostró que el trabajo es mucho más que un medio de sustento: a través del trabajo, colaboro con los planes de Dios. Además, la formación me ayudó a ver que los prejuicios que tienen muchas personas sobre Jesucristo y la Iglesia –y que yo había tenido hasta hacía poco– procedían del desconocimiento de la realidad. La Obra me da formación, que es algo que necesitas para ti mismo y para ayudar a los demás. Tania –entonces mi novia, en la actualidad mi esposa– fue la que más notó el cambio.

¿Cómo es tu trabajo de estibador? ¿Es compatible con una vida de entrega a Dios en medio del mundo?

Los estibadores nos dedicamos a la carga y descarga de barcos. Se trata de un trabajo muy duro, porque los horarios están sujetos a cambios constantes, se saben de un día para otro, lo que supone trastornos importantes en el sueño y las comidas. Además, el manejo de grúas y otras tareas exigen mucha concentración durante las seis horas que dura cada turno. ¡Por supuesto que es compatible! En esas circunstancias, en la grúa, sé que me espera Jesucristo, cada día. Trato de hacer las cosas lo mejor posible y de ser un buen compañero.

¿Qué te dicen tus colegas y amigos cuando conocen tu planteamiento de la vida?

La gente me pregunta mucho sobre la Iglesia y la vida cristiana. Los prejuicios que pueda haber en el ambiente proceden del desconocimiento, como decía antes. Yo sólo tengo motivos para dar muchas gracias a Dios por haber encontrado el norte, y una manera de agradecérselo es ayudar a los demás y explicarles todo lo que sé y voy aprendiendo.

Si no es indiscreción, ¿qué le sueles pedir a San Josemaría?

Muchas cosas, de todo tipo, pero me gusta pedirle en ocasiones por la paz social en mi ambiente de trabajo, pues es conflictivo y con alguna frecuencia hay choques lógicos entre las propuestas de la patronal y el comité de empresa. Le pido que las relaciones sean más llevaderas. En cualquier caso, el nivel de profesionalidad de los estibadores es muy alto. En el trabajo se cumple. Cuando hay que ceder para lograr mejoras, se cede.

“A través del trabajo, colaboro con los planes de Dios”

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Diego Álvarez, de 30 años recién cumplidos, fue durante tres años militar profesional y desde hace cinco trabaja como estibador en el Puerto de Valencia. Está casado con Tania y es supernumerario del Opus Dei.

¿Cómo conociste el Opus Dei?

A través de unos tíos míos que viven en Galicia. En 1998, mi tía Marina me habló del Opus Dei y me puso en relación con una persona de la Obra aquí en Valencia. Esta persona me invitó a la Jornada de la Juventud que tenía lugar en el santuario mariano de Torreciudad en mayo. Allí hice mi primera romería a la Virgen. Fue una sorpresa. Hasta ese momento no era consciente de lo que era la vida cristiana, pensaba como tantas personas que eso de rezar no se llevaba, que no era moderno. Descubrí la devoción al santo Rosario, y empecé a rezarlo con asiduidad, cuando podía…

¿Qué pasó después?

Nada especial. No volví a entrar en contacto con la Obra hasta unos años después. Mientras tanto, me hice militar profesional. Con la idea de ayudar a los demás, pensé que sería una buena idea participar en una misión internacional de la OTAN en Kosovo. Justo antes de esta decisión, volví a hablar con esa persona de la Obra, que tenía conocimiento de ese tipo de misiones. Pero fue un contacto superficial. Y de hecho mi conocimiento de la vida cristiana era muy superficial. En Kosovo estuve 4 meses. Allí me apoyé mucho en el Rosario. Entre las tareas que hice, escolté a un sacerdote ortodoxo, con el que trabé cierta amistad y, de hecho, nos intercambiamos los rosarios.

Entonces, ¿cuándo descubriste que el Opus Dei podía ser tu camino?

Eso fue a la vuelta de Kosovo, a finales del año 2001. Mi madre me dejó una biografía de San Josemaría que le había gustado mucho. El conocimiento de la vida del fundador del Opus Dei supuso el descubrimiento de que podía ayudar a la gente siempre, en mi propio ambiente, sin necesidad de ir a otros lugares. Comencé a hablar con un sacerdote de la Obra, a acudir a retiros espirituales, y a recibir clases de catecismo, pues no tenía idea de nada. También empecé a hacer oración.

¿Cambió tu vida?

Radicalmente. El espíritu del Opus Dei me mostró que el trabajo es mucho más que un medio de sustento: a través del trabajo, colaboro con los planes de Dios. Además, la formación me ayudó a ver que los prejuicios que tienen muchas personas sobre Jesucristo y la Iglesia –y que yo había tenido hasta hacía poco– procedían del desconocimiento de la realidad. La Obra me da formación, que es algo que necesitas para ti mismo y para ayudar a los demás. Tania –entonces mi novia, en la actualidad mi esposa– fue la que más notó el cambio.

¿Cómo es tu trabajo de estibador? ¿Es compatible con una vida de entrega a Dios en medio del mundo?

Los estibadores nos dedicamos a la carga y descarga de barcos. Se trata de un trabajo muy duro, porque los horarios están sujetos a cambios constantes, se saben de un día para otro, lo que supone trastornos importantes en el sueño y las comidas. Además, el manejo de grúas y otras tareas exigen mucha concentración durante las seis horas que dura cada turno. ¡Por supuesto que es compatible! En esas circunstancias, en la grúa, sé que me espera Jesucristo, cada día. Trato de hacer las cosas lo mejor posible y de ser un buen compañero.

¿Qué te dicen tus colegas y amigos cuando conocen tu planteamiento de la vida?

La gente me pregunta mucho sobre la Iglesia y la vida cristiana. Los prejuicios que pueda haber en el ambiente proceden del desconocimiento, como decía antes. Yo sólo tengo motivos para dar muchas gracias a Dios por haber encontrado el norte, y una manera de agradecérselo es ayudar a los demás y explicarles todo lo que sé y voy aprendiendo.

Si no es indiscreción, ¿qué le sueles pedir a San Josemaría?

Muchas cosas, de todo tipo, pero me gusta pedirle en ocasiones por la paz social en mi ambiente de trabajo, pues es conflictivo y con alguna frecuencia hay choques lógicos entre las propuestas de la patronal y el comité de empresa. Le pido que las relaciones sean más llevaderas. En cualquier caso, el nivel de profesionalidad de los estibadores es muy alto. En el trabajo se cumple. Cuando hay que ceder para lograr mejoras, se cede.

“Es muy importante hablar con los hijos, pero aún más que tu vida responda a lo que les dices…”

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Guadalupe Ortíz de Landázuri, filóloga, especialista en lengua catalana y crítica literaria evoca algunos rasgos de su padre, Eduardo Ortíz de Landázuri, que fue uno de los creadores de la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra.

-Su padre era conocido por su cariño y también por su exigencia…

-Sí; solía decir: mira, a las diez, o las once de la noche quizá puedas salvar a uno de defunción”. Recuerdo que hubo un médico joven que tenía un enfermo grave y se fue durante unas horas a otra ciudad para ver a su novia. Le reprendió. Es verdad: era muy exigente en el trabajo. Y muy comprensivo también. Sin esa exigencia no hubiese dado el aliento que necesitaba a la Clínica y la Universidad de Navarra cuando estaban en sus comienzos.

Pero no vivía para trabajar, ni el trabajo era el único sentido de su vida. La gran clave de su vida fue siempre el amor a Dios. Si no, no hubiese tomado decisiones como la de trasladarse desde Granada, con toda la familia a cuestas, a Pamplona, para comenzar la Universidad. En Granada estaba muy bien situado y gozaba de gran prestigio y reconocimiento público. Y en Pamplona estaba todo por hacer: la universidad que había impulsado san Josemaría estaba en sus comienzos, y muchas de las realidades actuales –como la Clínica Universitaria- eran un sueño.

-Un soñador…

-Sí, pero no en el sentido de “ingenuo”; era un hombre de carácter optimista; un hombre de fe con una enorme capacidad de trabajo, y con la energía y el tesón necesarios para superar las dificultades de cada día, con paciencia y tenacidad, hasta convertir los sueños en realidad.

-Su padre era supernumerario del Opus Dei. ¿Qué significaba eso en la vida familiar?

Eduardo Ortíz de Landázuri

-Muchas cosas… un ejemplo de vida cristiana, una fuente de alegría constante. Veíamos que hablaba de lo que vivía, porque es muy importante hablar con los hijos, pero aún más que tu vida responda a lo que les dices… Su vida era la un hombre plenamente volcado en Dios, en su familia, en los demás. Siempre, con un gran respeto hacia nuestra libertad.

Le gustaba contar su primer encuentro con el fundador del Opus Dei. -Padre –le dijo- nos pidió una Universidad… ¡y aquí está la Universidad! –No, Eduardo –le dijo san Josemaría-; yo no te pedí que vinieras a hacer una Universidad. Yo te pedí que vinieras a hacerte santo haciendo una Universidad-.” Aquella expresión se le quedó muy grabada, y luchó con toda su alma por identificarse con Cristo en medio de su vida, que no fue nada fácil.  Tuvo que afrontar muchos problemas; y se encaraba con ellos con confianza en Dios, con esperanza y también con realismo, llamando a cada cosa por su nombre: enfermedades, fallecimientos, negativas, incomprensiones…

Cumplía con su deber aunque a veces le costaba. Recuerdo que al acabar de comer se nos quedaba mirando, como disfrutando de ese instante, y enseguida hacía un gesto muy característico y decía: “-Anda, vamos, que hay que empezar de nuevo.-” Se lo decía a sí mismo. Y se volvía al hospital, en medio de la nieve y el frío. Era fuerte consigo mismo pero se enternecía con los demás, especialmente con los débiles, los enfermos, los pequeños.

Y alguna vez, cuando alguien le decía, al ver las horas que pasaba en el Hospital visitando a los enfermos, desviviéndose por ellos, dejando de comer muchas veces para atenderles: “pero es que usted es especial, don Eduardo, es de otra pasta, no necesita dormir…”, comentaba con buen humor que a él le gustaba comer y dormir como a todo el mundo, pero se sacrificaba porque sabía que sus enfermos le necesitaban, le estaban esperando.

Estaba muy unido a mi madre; sin eso, su vida no se puede entender. Siempre estaba pendiente de ella; le preguntaba su opinión en muchas cosas: “¿qué te parece, Laurita?” Su amor mutuo era práctico y a los pequeños no nos pasaba desapercibido. Estaban muy unidos entre sí y a Dios; de esta manera hacían frente –juntos- a las dificultades, los imprevistos, etc. Mi madre algunas veces le hacía una observación con cariño –por ejemplo: “Eduardo, hoy me parece que no has comido, y no puede ser”- y él la aceptaba con humildad: “sí, Laurita, tienes razón.”


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