Descubrir la pobreza cristiana

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Maryline y Pascal Forti son profesores de Geografía e Historia en un colegio público de Lyon. Desde allí procuran encontrar a Dios en medio del mundo. Maryline es supernumeraria del Opus Dei.

«Mi madre –explica Maryline- trabajaba en las labores de limpieza en un centro del Opus Dei. Mi tía atendía la recepción del inmueble. De esa forma, conocí el Opus Dei a los diecisiete años».

¿Comenzó entonces a frecuentar ese centro del Opus Dei?

Mi madre deseaba que yo participase en las clases de apoyo escolar que se organizaban los fines de semana, para preparar así mi bachillerato.

¿Qué le pareció aquello?

Me gustaba la bondad de las personas que vivían allí, su sonrisa, su amabilidad. También, el oratorio que había en la casa me parecía muy bonito. En esa casa estaba contenta. Podía hablar de todo. Me ayudaban con mis tareas, y me abrían los ojos a un nuevo mundo: al cristianismo. Me sentía completamente libre, lejos de las críticas.

¿Por qué pidió ser admitida en el Opus Dei?

Porque pensé que ese era mi camino en la Iglesia para ir hacia Dios. Tenía 21 años, y acababa de hacer mi primera comunión y mi confirmación. Lo que me enseñaban me venía bien, aunque se me proponía un modelo de vida exigente. Me atraían el carisma del Fundador y sus palabras. Tenía una convicción profunda de que era lo mío: el Opus Dei me ayudaría a perseverar en la Iglesia.

Puede decirse que los compromisos espirituales de una persona del Opus Dei (asistir a Misa, hacer oración a diario, rezar el Rosario, etc.) son importantes. ¿No es una carga demasiado pesada?

Se aprende a rezar poco a poco. A través de la oración me acerco a Dios. De eso se benefician, en primer lugar, mi familia y mi trabajo. Es una elección de vida. Otros invierten su tiempo libre en otras ocupaciones. Yo lo dedico a encontrar la paz y sentirme feliz por saberme cerca de Dios.

¿Y si no quisiera continuar en el Opus Dei?

Mi marido quedaría decepcionado. Y mi experiencia es que, cada vez que me alejo de Dios, me siento más cansada, soy más egoísta… Si deseara abandonar la Obra, espero que alguien me aconsejara lo contrario, pero sé que respetarían mi decisión.

¿Qué hace con su dinero?

Procuro no malgastarlo y no caer en las trampas de la sociedad de consumo. Por otro lado, entrego una pequeña suma a las labores apostólicas del Opus Dei, de igual manera que si diese dinero en la colecta dominical o a alguna asociación.

¿Ha cambiado su forma de ser?

Sigo siendo yo misma: mismas virtudes, mismos defectos. Pero mi manera de ver y tratar a los demás ha cambiado. ¡Es millones de veces mejor!

¿Le molesta que les etiqueten de “católicos ultra”?

Todo el mundo tiene una etiqueta. Esa me indica que no estoy muy lejos de Cristo.

¿Los miembros del Opus Dei están obligados a hacer apostolado?

Todo creyente –cristiano, musulmán o judío- tiene la necesidad de transmitir su fe, pero es Dios quien la da. Yo, por mi parte, deseo que la Obra se expanda y que muchas otras personas compartan mi alegría y mis convicciones. Es normal, ¿no? También me gusta el fútbol y animo a otros a que vengan conmigo al estadio.

¿Y qué piensa cuando oye que el Opus Dei es rico?

Puedo hablarle del centro de Lyon en el que trabajaba mi madre. Ciertamente, está bien situado y decorado con gusto, pero los muebles siguen siendo los mismos desde hace muchos años. Mi madre me explicaba lo que preparaba allí para comer: era siempre algo simple y no se desperdiciaba nada. Cuando se trabaja en un centro de la Obra, se descubre fácilmente qué significa vivir la pobreza cristiana.

¿Las personas del Opus Dei se mortifican?

Mortificarse es tomar sobre sí cosas no muy agradables para mejorar y acercarse a Dios. La mortificación forma parte del día a día de todos: aguantar y sonreír a alguien que nos molesta, levantarse por la mañana para trabajar aunque no se haya dormido bien… Uno aprende así a controlarse para llevar a otros la paz y la alegría.

Pascal [el marido], ¿no te preocupó saber que tu mujer pertenecía al Opus Dei?

No. Jamás había oído hablar de la Obra. Cuando mi esposa me habló de algunas críticas que sufría esta institución, comencé a documentarme. Leí un libro en el que se realizaban acusaciones sin fundamento y absurdas.

¿Qué opina sobre las “riquezas” del Opus Dei?

He podido constatar que los numerarios viven sin ningún tipo de lujo. Creo que se dice que la Obra es rica porque se suma el número total de centros que posee en el mundo. Pero individualmente, es todo muy normal.

“Nos han dado su mayor bien”

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Juan de la Rubia y Manuela Comos, supernumerarios del Opus Dei, han celebrado sus bodas de oro en Valencia. Uno de sus hijos, del Camino neocatecumenal, cuenta en el semanario valenciano “Paraula” algunos rasgos de la historia de su familia durante estos 50 años.

Mis padres celebraron su boda en la capilla del Santo Cáliz de Valencia, pero la renovación la han hecho en San Juan del Hospital. El sacerdote que ofició la ceremonia es un padre jesuita amigo de la familia. Han tenido 14 hijos, de los cuales Dios se llevó a cinco nada más nacer.

Además, a mi hermano Fernando se lo llevó a los 22 años de edad el 20 de noviembre de 1992, habiéndose encomendado a la Santísima Virgen, de la que era muy devoto. Mis padres son miembros supernumerarios del Opus Dei. Como somos tantos hermanos, hay un poco de todo. Algunos formamos parte del Camino neocatecumenal, otros son supernumerarios del Opus Dei y otros son de Congregaciones Marianas.

Ahora mis padres disfrutan de nada menos que treinta nietos, (con el último de ellos, Carlos, Dios ha bendecido a mi familia con un niño con síndrome de Down). Acaba de llegar el nieto número 31 y mi hermano Pablo y su esposa Margarita están esperando otro niño.

Mis padres tienen los dos 77 años y siempre han estado muy comprometidos con la Iglesia. Ambos han sido un ejemplo de entrega, generosidad y amor para nosotros, sus hijos, y lo siguen siendo para sus nietos.

Mis hermanos y yo les debemos mucho a mis padres, sobre todo porque nos han dado su mayor bien, según sus palabras, que ha sido la Fe. A todos nos encantaría poder seguir unidos y celebrar juntos el próximo mes de julio disfrutando de la presencia del Papa Benedicto XVI.

“Trato de que cada prenda realce la dignidad de la mujer”

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Encontró su profesión de pequeña, cuando veía a su madre reciclar ropa para vestir bien a sus hijos. Hoy, Sofía Carluccio es diseñadora de moda, con colección propia y busca en su trabajo vivir las enseñanzas de San Josemaría.

Sofía Carluccio, modista.

Sofía Carluccio, de Uruguay, diseñadora de moda.

“Me recibí de diseñadora industrial en el área de textil y moda, en el Centro de Diseño Industrial. Quizá mi profesión estuvo pautada desde chica, ya que tuve la influencia de mi madre, a quien siempre le gustó reciclar ropa, entre otras cosas como forma de ahorro para vestirme a mí y a mis diez hermanos. Creo que de ella heredé esa veta artística.

Actualmente soy la encargada del desarrollo del producto de una fábrica de confección para sastrería femenina y masculina. La mayoría de la producción es para exportar a México, EEUU, Brasil, Chile y Argentina.

Por otro lado, con una amiga, he lanzado nuestra propia colección de moda, con la que participamos en agosto del 2001 en la semana de la Moda en Uruguay. Luego nos invitaron a un desfile en el Museo Rally en Punta del Este. Allí presentamos una colección inspirada en el comienzo de este balneario en 1925, que se denominó “El Atardecer” y que tuvo muy buena acogida entre los especialistas.

En el mundo de la moda actual la tendencia viene marcada desde Europa. Nosotros tratamos de tomar parte de esta información y agregarle ciertos valores que entendemos deben ser fundamentales: la elegancia, la armonía, tratando que en cada prenda realce la dignidad de la mujer.

El mundo de la moda es interesante pero difícil. Algunos diseñadores tratan de realizar modelos llamativos buscando captar la atención, apelando al fácil recurso de lo procaz. Algo que tengo muy claro es que la moda es para vestir y no para desvestir, y esto es como un “leit motiv” para mí.

Desde mis primeros pasos en el mundo de la moda me aconsejaron que tuviera un firme criterio y un sano complejo de superioridad, porque el ambiente es muy avasallante. En esto me han ayudado mucho unas palabras de San Josemaría Escrivá: “Se hace especialmente necesario ahora intensificar el trabajo apostólico en el campo de la moda para llevar también el ‘buen olor de Cristo’ a este gran medio de influencia social. Nuestro deseo es encontrar a Dios en este sector –tan paganizado muchas veces– de la vida y de las costumbres humanas, y procurar convertirlo en una ocasión de apostolado, en algo que hable de Dios y a Dios lleve”.

A la hora de diseñar no busco simplemente que las personas estén a la moda sino que combinen la modestia con la elegancia, con pequeños detalles y accesorios. Cada prenda está pensada hasta los más mínimos detalles.

Trabajo con un grupo de costureras muy profesionales que viven en distintos barrios de Montevideo. Generalmente los talleres están en sus propias casas y esto me da la posibilidad de conocer a cada una de sus familias. Las incentivo y estimulo a que realicen su trabajo de la mejor manera posible y de cara a Dios. Recuerdo una idea de Josemaría Escrivá que me quedó muy grabada sobre que las casas de moda podrán ser instrumentos para hacer un apostolado eficaz. Y me doy cuenta que al mismo tiempo que se puede hacer este trabajo de cara a Dios, se puede tener mucho éxito, porque son muchas las mujeres que agradecen y se sienten bien con el estilo que intentamos plasmar”.

“El arte puede dar muchas respuestas al ser humano”

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Eva Latonda es madre de tres niños y actriz. Dirige su propia empresa de gestión de eventos y es presentadora de TV.

“Conocí el Opus Dei en mi adolescencia. Pasado un tiempo vi clara mi vocación como supernumeraria del Opus Dei. Actualmente estoy casada y tengo tres hijos. En este tiempo he aprendido mucho de tantas personas buenas que he visto a mi alrededor. La perseverancia, la alegría y un espíritu de lucha deportista te ayudan a ser mejor madre y mejor esposa. Personalmente, creo que lo segundo es mucho más complicado, y precisamente ser del Opus Dei me ayuda mucho en esta tarea.

En el Opus Dei también he aprendido a ser consciente de una realidad que supera todo lo imaginable: ¡Soy hija de Dios! Esa certeza influye en mi trabajo. Las cosas que escribo, que transmito en el escenario, la cámara o el micrófono, adquieren una dimensión distinta, cuando consigo verlas desde esa perspectiva. Sin dogmatizar, sin imponer, sólo proponiendo. Me pregunto ¿Qué es el hombre? ¿Cómo actúa Dios en él? ¿Cuáles son sus deseos y anhelos más íntimos? La respuesta sólo puede ser una: AMOR. Amar con toda el alma: a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso procuro comenzar siempre todas mis actividades profesionales desde el respeto al otro. El arte puede dar muchas respuestas al ser humano. Yo trato de encontrarlas y exponerlas. Por eso soy responsable (en último término) de todos los guiones que representamos en la compañía. Todo esto, que puede parecer complicado de transmitir, muchas veces se traduce en un simple gesto o una idea que se esboza.

Un día cualquiera para mí comienza a las 7 de la mañana. Después de llevar los niños al colegio, hago un rato de oración, si es posible, frente al sagrario, y voy a Misa. Luego miro la agenda y veo qué toca: “Hoy dos actuaciones en un colegio; mañana, una pase de prensa de una película y escribir la crítica, que ya tengo el cierre encima; pasado, una grabación en la televisión; al otro, el estreno de nuestra última obra de teatro, o la reposición de alguna de las ya estrenadas “¡qué nervios! ¿Saldrá bien?”… Tengo suerte, porque mi trabajo, cada día, es una aventura diferente… También tiene sus cruces: inestabilidad económica, jornadas, a veces, sin término, pero la verdad, no podría hacer otra cosa. No estoy hecha para horarios fijos.

Por las tardes me dedico a los niños y, aunque alguien pueda pensar otra cosa, nada de teatro con ellos. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Soy muy seria con la educación de mis hijos y, aunque fomento la creatividad y la imaginación en sus pequeñas cabecitas, no soy nada “payasa” con ellos. En este caso, el “papel” lo representa mi marido. Otro rato de oración por la tarde, y algún que otro rezo, me acompañan siempre. Finalmente cuando los pequeños están en la cama, aprovecho para hablar con mi marido. Luego suelo sentarme en el ordenador a escribir un rato. Siempre tengo alguna historia que desarrollar. A las 11:00 (los días que puedo) un repaso, y a dormir…

Hace algunos años grabé una autopromoción de una cadena de televisión católica, que hacía ver los beneficios de una cadena como esa. El anuncio lo dirigía un sacerdote, buen amigo mío. Junto a mí, otra actriz protagonizaba el spot. Ella no estaba cerca de Dios, pero comenzó a mantener conversaciones con el sacerdote. Hoy esa chica es monja de clausura. Con el tiempo me enteré de que aquella grabación le hizo replantearse algunos conceptos sobre el cristianismo y por eso comenzó a hablar con el sacerdote… Lo gracioso es que yo no recuerdo haber hecho nada especial aquel día…”.

“El arte puede dar muchas respuestas al ser humano”

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Eva Latonda es madre de tres niños y actriz. Dirige su propia empresa de gestión de eventos y es presentadora de TV.

“Conocí el Opus Dei en mi adolescencia. Pasado un tiempo vi clara mi vocación como supernumeraria del Opus Dei. Actualmente estoy casada y tengo tres hijos. En este tiempo he aprendido mucho de tantas personas buenas que he visto a mi alrededor. La perseverancia, la alegría y un espíritu de lucha deportista te ayudan a ser mejor madre y mejor esposa. Personalmente, creo que lo segundo es mucho más complicado, y precisamente ser del Opus Dei me ayuda mucho en esta tarea.

En el Opus Dei también he aprendido a ser consciente de una realidad que supera todo lo imaginable: ¡Soy hija de Dios! Esa certeza influye en mi trabajo. Las cosas que escribo, que transmito en el escenario, la cámara o el micrófono, adquieren una dimensión distinta, cuando consigo verlas desde esa perspectiva. Sin dogmatizar, sin imponer, sólo proponiendo. Me pregunto ¿Qué es el hombre? ¿Cómo actúa Dios en él? ¿Cuáles son sus deseos y anhelos más íntimos? La respuesta sólo puede ser una: AMOR. Amar con toda el alma: a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso procuro comenzar siempre todas mis actividades profesionales desde el respeto al otro. El arte puede dar muchas respuestas al ser humano. Yo trato de encontrarlas y exponerlas. Por eso soy responsable (en último término) de todos los guiones que representamos en la compañía. Todo esto, que puede parecer complicado de transmitir, muchas veces se traduce en un simple gesto o una idea que se esboza.

Un día cualquiera para mí comienza a las 7 de la mañana. Después de llevar los niños al colegio, hago un rato de oración, si es posible, frente al sagrario, y voy a Misa. Luego miro la agenda y veo qué toca: “Hoy dos actuaciones en un colegio; mañana, una pase de prensa de una película y escribir la crítica, que ya tengo el cierre encima; pasado, una grabación en la televisión; al otro, el estreno de nuestra última obra de teatro, o la reposición de alguna de las ya estrenadas “¡qué nervios! ¿Saldrá bien?”… Tengo suerte, porque mi trabajo, cada día, es una aventura diferente… También tiene sus cruces: inestabilidad económica, jornadas, a veces, sin término, pero la verdad, no podría hacer otra cosa. No estoy hecha para horarios fijos.

Por las tardes me dedico a los niños y, aunque alguien pueda pensar otra cosa, nada de teatro con ellos. “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Soy muy seria con la educación de mis hijos y, aunque fomento la creatividad y la imaginación en sus pequeñas cabecitas, no soy nada “payasa” con ellos. En este caso, el “papel” lo representa mi marido. Otro rato de oración por la tarde, y algún que otro rezo, me acompañan siempre. Finalmente cuando los pequeños están en la cama, aprovecho para hablar con mi marido. Luego suelo sentarme en el ordenador a escribir un rato. Siempre tengo alguna historia que desarrollar. A las 11:00 (los días que puedo) un repaso, y a dormir…

Hace algunos años grabé una autopromoción de una cadena de televisión católica, que hacía ver los beneficios de una cadena como esa. El anuncio lo dirigía un sacerdote, buen amigo mío. Junto a mí, otra actriz protagonizaba el spot. Ella no estaba cerca de Dios, pero comenzó a mantener conversaciones con el sacerdote. Hoy esa chica es monja de clausura. Con el tiempo me enteré de que aquella grabación le hizo replantearse algunos conceptos sobre el cristianismo y por eso comenzó a hablar con el sacerdote… Lo gracioso es que yo no recuerdo haber hecho nada especial aquel día…”.

Entre marionetas

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Sheila Michel es argentina pero reside en Madrid desde hace años, junto a su marido y sus cinco hijos, con edades entre 17 y 23 años. Es propietaria de un teatro ambulante de marionetas y supernumeraria del Opus Dei.

Sheila nació en Buenos Aires donde trabajó como profesora de Literatura. Cuando llegó a España, decidió cambiar las aulas por el aire libre: actualmente ejerce una profesión no muy corriente: tiene un teatro de marionetas en el conocido parque madrileño del Retiro. Allí se gana la vida los fines de semana y días festivos, representando funciones durante horas con intervalos para descansar un poco.

No es la única de su familia que trabaja en este entretenido, aunque también duro, espectáculo: Daniel, su marido y 4 de sus hijos le acompañan.

Como ella misma señala, no ha desconectado de su anterior profesión “sigo en contacto con los niños y con la literatura; de las 10 obras que representamos, 8 son nuestras”,  Además, los muñecos con los que trabajan son de fabricación propia, es decir, auténtica artesanía.

Sheila conoció el Opus Dei en Argentina, donde asistía a un club juvenil, pero perdió todo contacto hasta muchos años después. Al llegar a España, se establecieron en un pueblo de Ávila y, al crecer los niños, vieron la necesidad de darles buena educación y formación. Sheila acudió a un sacerdote uruguayo, del Opus Dei, amigo de su familia, quien le orientó acerca de colegios, por lo que se trasladaron a vivir a Madrid.

“Quería darles  a mis hijos lo que yo había recibido de mi familia, somos 12 hermanos y mis padres se preocuparon de darnos una buena formación cristiana y humana”, afirma Sheila.

Precisamente fue a través de los hijos como volvió a tener contacto con el Opus Dei.

Cuando se le pregunta qué es lo que más le llama la atención del Opus Dei afirma que es la posibilidad de llegar a Dios a través de las ocupaciones diarias: “Lo que más me enganchó del Opus Dei fue la santificación del trabajo, el poder santificar este trabajo que hago con gusto y agradecimiento a Dios. Adoro mi profesión. Y por supuesto, me encanta ver disfrutar a los niños”.

En el parque del Retiro se queda Sheila haciendo felices a niños y adultos y con ilusión de asistir próximamente a un concurso de títeres “Titiricuenca”, que se celebrará en la ciudad de las “casas colgadas”.

Un combate por la santidad en medio del Ejército

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Desde Kosovo MªJosé Martínez Torres, Fiscal Jurídico Militar y supernumeraria del Opus Dei, nos relata su vocación y como ésta le ayuda a trabajar con alegría y a vivir las virtudes cristianas.

La manera en que conocí el Opus Dei es muy peculiar. Al menos a mí, desde la distancia, me lo parece. Todo empezó en mi Parroquia –San Pío X de Madrid- cuando llegó en el año 1993, aproximadamente, un seminarista, ahora ya sacerdote, que me regaló un “Camino” de bolsillo, para que rezara. Yo lo abrí y lo primero que me encontré fue un punto del capítulo “Carácter”, que viene a decir que ampararse en el mal carácter de uno para justificarnos acerca de nuestros errores es, precisamente, falta de carácter. Aquel punto me pareció tan lleno de sentido común que me dije que ese libro encerraba sabiduría. Y a partir de entonces, de vez en cuando, tomaba el librito para rezar o para orientarme.

Tiempo después, al aprobar la oposición en el año 1994, e ingresar en las Fuerzas Armadas, conocí a un compañero del Cuerpo de Ingenieros, con el que coincidía en Misa todos los días, mientras estuvimos en Zaragoza, y entablamos buena amistad. Yo pensaba que él era del Opus Dei, pero no le pregunté nada, hasta que la Providencia, una vez terminado el ciclo formativo, me llevó a Sevilla destinada y coincidí con él. Entonces me dijo que era supernumerario. A mí me ayudaba con su ejemplo: veía su tesón en el trabajo, la paciencia que tenía con todo y con todos, la constancia en ir a Misa a diario…

En Sevilla comprendí, tras un período de frivolidad, que necesitaba reencontrarme con el Señor y hablarle cara a cara. Quería que Dios  volviera a centrar mi vida, porque había abandonado mi trato con Él. Hablando con ese compañero, le dije que necesitaba un poco de silencio, hacer unos ejercicios espirituales o algo parecido. El me dijo que podría ir a un curso de retiro para mujeres, que hablaría con un sacerdote del Opus Dei y que ya se pondrían en contacto conmigo.

Así fue. Asistí al curso de retiro y, como el Señor sabe más y mejor que nosotros, al poco me fui destinada a la Guardia Civil en el País Vasco. En Logroño, pedí la admisión en el Opus Dei, donde he aprendido que mi campo de trabajo no se reduce a mi profesión únicamente, sino a todo lugar y persona que se me acerca.

Actualmente trabajo en una Fiscalía Jurídico Militar, donde me esfuerzo por trabajar con alegría viviendo las virtudes cristianas. Porque uno no es perfecto por el hecho de haberse entregado a Dios; al contrario, parece que el Señor ahora  me deja ver más los defectos y las asperezas que hay que limar, para que pueda ir puliéndolas. Es como un aporte extra de luz en esos momentos en los que te enfadas o pierdes la paciencia.

También intento crear buen ambiente entre mis compañeros y compañeras de trabajo, y  aprovechando que el Señor me ha dado alegría, procuro repartirla entre ellos. Para mi es muy importante saber que cada  persona vale la sangre de Cristo y que merece, sea cual sea su circunstancia, un trato de cariño, atención y respeto. Digo esto porque en un mundo como el de la Justicia, tan frío, es necesario transmitir algo de calor; al menos hacer ver  a cada persona en concreto que su problema cuenta, que se le escucha.

Ahora estoy de misión en Kosovo, como Asesor Jurídico.  Terminamos en julio, si Dios quiere. Es una experiencia profesional interesante y en ocasiones dura, pero cuando se trabaja con ánimo y en presencia de Dios, todo se saca adelante. Nos levantamos a toque de diana a las siete de la mañana –excepto los sábados y domingos que es a las ocho- y a partir de ahí, Santa Misa, el desayuno y comienzo de la jornada de trabajo, hasta las once de la noche que tocan silencio.

Mi trabajo como Asesor es muy variado: hago informes jurídicos sobre diversas materias; realizo tareas de enlace con las autoridades y con el personal civil que trabaja en Kosovo; ayudo a la sección de cooperación cívico-militar en las labores con la población civil, sobre todo en la enseñanza de español, etc. También colaboro con el Pater (como se llama cariñosamente al sacerdote dentro de las Fuerzas Armadas) en las catequesis de Confirmación.

Lo sorprendente de esta misión, además de la experiencia que supone para mi trabajo, es descubrir cada día que las personas, sin importar raza o religión o lengua, entienden perfectamente el lenguaje del amor, pero Amor con mayúsculas: Si repartes cariño, atención, respeto, recibes lo mismo, elevado a cien. Esto mismo experimento yo cada día, a pesar de las equivocaciones que todos tenemos: recibo más de lo que doy.

Una historia verdadera

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Irene Kalpas conoció el Opus Dei a los 90 años en Polonia, concretamente el 26 de junio de 2002, aniversario de la marcha al cielo de San Josemaría.

En un barrio de Varsovia

“Por una casualidad, me encontré en la calle Filtrova, donde viví durante la guerra (desde septiembre del 39 hasta noviembre del 44), frente a la que fue mi casa familiar. De esta casa salimos mi madre, mi padre, mi tía –dueña de la casa- y yo cuando nos detuvieron y nos mandaron a un campo de concentración. Mi tía murió en Ravensbrück (campo de concentración de los nazis), mi padre murió en Oranienburg, y yo volví sola con mi madre de ese campo de concentración. Eso sí, nuestra casa había sido requisada. Desde entonces no había vuelto nunca a la calle Filtrova. Intentaba evitarlo, había  demasiados recuerdos dolorosos…

Y este 26 de junio entré en la calle Filtrova desde el lado de la plaza de Nautowich. Caminaba y caminaba. No sé porqué, hasta ahora no me lo he explicado. Así que llegué a nuestra casa en Filtrova 27. Desde fuera se notaba que todo estaba bien arreglado, el jardín y la entrada luminosa y bonita, restaurada. Me dije ‘Dios mío, el garaje está como antes’. Y me pregunté: ‘¿y cómo estará el jardín de atrás?’ Y puse la mano en la manilla de la puerta…, aunque tengo que decir que no pertenezco al tipo de gente que entra en cualquier lugar y buscan no sé qué. Apreté la manilla, entré en el jardín para ver si el jardín era el mismo. Aunque todo lo que hacía era como sin darme cuenta. Y pensé: ‘puede haber un perro’,  y di unos pasos atrás.

Observé entonces que la escalera estaba puesta de otro modo, y el escalón de la entrada también había cambiado. Subí este escalón, había un timbre, y no sé porque, toqué el timbre. La puerta se abrió y salió un hombre joven con apariencia simpática, me parece que con gafas. Yo estaba muy impresionada y me dijo: ‘Dígame usted’. Le respondí que sólo quería ver el jardín y él me animó a entrar. Le comenté que en ese lugar había una terraza. Él se extrañó y le dije que ese lugar había sido mi casa familiar, en la que yo había vivido durante la guerra. Me dejó entrar en la casa. Me encontré en el recibidor. No reconocía casi nada. Pasé un pasillo que daba a la antigua sala de estar donde nos detuvieron en 1944. Sin embargo, esa sala de estar había desaparecido, ahora había una capilla en la que un sacerdote que estaba rezando me sonrió al verme. Yo me despedí amablemente. Tenía demasiadas cosas en mi cabeza.

Sucede que en esa casa, 50 años después, había un centro del Opus Dei. No sabía nada del Opus Dei ni de su Fundador. ¿Por qué había llegado yo hasta allí? Y a partir de ese momento, inesperado para mí, conocí el Opus Dei. Y comenzaron grandes cambios, el principal en mi vida interior. Ahora soy supernumeraria del Opus Dei y estoy enormemente agradecida a Dios y a San Josemaría que me ha elegido a mí, una persona desconocida, que no se lo merece.

Cuento esto porque acabo de cumplir noventa años y quiero decir a toda la gente que es mayor, enfermos o desanimados en la vida, que no hay ningún límite, nunca se sabe cuándo nos puede tocar la gracia de Dios. Naturalmente que yo vivía con Dios desde el principio, desde el momento, se puede decir, del Bautismo. Pero toda mi vida, aún con Dios, era tibia. Y ahora he empezado a tener una vida interior más fuerte, intentando profundizar en ella cada día. Y por eso agradezco a Dios de todo corazón que al final de mi vida me haya permitido empezar algo nuevo que vale la pena.

La familia… y cuatro más

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Rosa Ciriquián y Alberto Portilla ya tenían doce hijos cuando decidieron adoptar… a cuatro niñas indias. Rosa, es supernumeraria del Opus Dei, y además de madre, ha sido puericultora, directora de conservatorio y profesora.

“Cuando nos casamos yo no era de la Obra -dice Rosa-, pero Alberto y yo vivimos la llegada de los hijos con alegría y naturalidad, como un matrimonio cristiano. Durante los primeros diecisiete años me dediqué a la casa. Más o menos cada año llegaba un nuevo hijo. Cuando cumplí veintidós nació el primero y cuando tenía treinta y cinco, el undécimo. La última de mis hijas nació cinco años después”.

En ese tiempo, la familia cambió varias veces de ciudad. Al nacer la sexta, se trasladaron a Huelva. “Allí descubrí que tenía ratos libres. Es curioso: cuantos más niños tenía, más sencilla se volvía la vida. A partir del tercero me empezó a sobrar tiempo y esperando el octavo me matriculé en Peritaje Mercantil”.

“Lo de Perito Mercantil tiene su gracia –recuerda Rosa-. Surgió de una apuesta con uno de mis hijos. Un día me comentó que no valía para estudiar, y yo, para animarlo, le dije que hasta su madre podía hacer sus estudios. Hicimos una apuesta y me matriculé. Aprobé el primer año y acabé los estudios al nacer nuestro undécimo hijo. Cuando uno se complica la vida –reflexiona- se da cuenta de hasta dónde puede llegar y aprende a aprovechar el tiempo”.

En Huelva no había conservatorio de música y estaban buscando profesores. A Rosa le ilusionaba promover entre los jóvenes el amor a la música y se unió al grupo promotor. Lo que empezó casi como una broma terminó en Conservatorio. “Comenzamos con diez alumnos y el piano de la abuela, y acabamos con seiscientos. Además, se abrieron otros conservatorios en la provincia. Permanecí diez años como directora del Conservatorio”.

Fue en esa ciudad andaluza donde Rosa descubrió su vocación. “Pedí la admisión como supernumeraria cuando esperaba a la duodécima. Pero había oído hablar de la Obra desde la adolescencia”. Al preguntarle en qué ha cambiado su vida, Rosa contesta: “Hago lo mismo que antes pero con más paz interior, especialmente consciente de que soy hija de Dios y de que nada de lo que me pasa le resulta ajeno. No puedo decir que la vocación a la Obra haya añadido nada particular a mi vocación cristiana: es sólo una forma de subrayar los compromisos del Bautismo”.

Y eso a pesar de los apuros económicos. “Cuando no hay dinero –afirma- no te preocupas de lo superfluo; te conformas con lo esencial: que los niños vayan aseados, que tengan una buena educación. Nosotros no podíamos llevarlos a colegios privados, pero nos preocupamos de integrarnos en el APA para influir en su formación. Por otra parte, no sé qué tenía nuestra casa que tanto atraía a los amigos de mis hijos. Para aprovechar la comida, yo solía hacer puré con legumbres, verduras, pequeños restos que no quería desaprovechar. Nuestros purés se hicieron famosos. A los que venían además les llamaba la atención que en casa cenáramos todos juntos y sentados a la mesa. No hacíamos cosas extraordinarias, pero lo pasábamos muy bien”.

Cuando los mayores empezaron sus estudios universitarios se trasladaron a Sevilla. Allí a Rosa le surgió la oportunidad de impartir clases en Entreolivos, un colegio cuya atención espiritual está encomendada a la Prelatura del Opus Dei, y eso le permitió matricular a sus hijas. En ese colegio permaneció quince años, hasta su jubilación.

Desde la India

La última locura de los Portilla fue la adopción de Shobba, Mamata, Yuneshia y Mónica, que tras su catequesis y bautismo se convertirían en Amparo, Macarena, Carmen y Pilar; cuatro hermanas indias, que han incrementado la familia. “Por esa época –recuerda Rosa- pensé que ya no podía tener más hijos, pero que aún tenía mucho amor de madre que dar. Planteé el tema de la adopción a Alberto y a los niños. Y como todos estamos un poco locos nos gustó la idea, sobre todo a María, la pequeña. La adopción fue un proceso duro y largo. Al cabo de dos años de trámites nos contestaron que teníamos dos niñas preasignadas. Pero cuando fuimos a por ellas vieron que teníamos muchos hijos y pasamos a una lista de espera. La verdad es que regresamos a España apenados y dimos por perdida la adopción”.

Poco después entraron en contacto con la presidenta de una ONG que iba a India para recoger a su hija. A los pocos días les llamó para comunicarles que en su orfanato había cuatro hermanas a las que nadie quería adoptar. Tras estudiar el asunto en “cumbre familiar” concluyeron que donde cabían dos, cabían cuatro.

“Estas hijas han sido un regalo de San Josemaría y de la Virgen. Partieron de India un 2 de octubre (fecha del aniversario de la Fundación del Opus Dei) y aterrizaron en Sevilla el día de Nuestra Sra. del Rosario. Nos han abierto una perspectiva inmensa de generosidad. Han sacado lo mejor de todos, en especial de los hijos. La gente dice que han tenido mucha suerte. Yo digo que la suerte es para nuestra familia”.

Alberto y Rosa tienen quince nietos, uno en el Cielo desde hace un mes. Ahora esperan otros dos. “En ellos vemos la futura juventud. Nos han llenado la casa otra vez de risas y nos enternece oírles preguntar: Abuela, ¿me cuentas un cuento? La verdad es que nos gusta eso de ser abuelos”.

10 maravillosos años que agradecer a Dios

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Caroline Sawney es madre de 3 niños. Vive en Singapur y es supernumeraria. Pertenece al Opus Dei desde hace 10 años. “Diez años maravillosos años para agradecerlos a Dios…”.

Caroline Sawney con su familia.

“Mamáááá, ¿puedo coger otra uva?”.

Me ocurrió hace poco. Aneish, nuestro niño de tres años, me pedía ese capricho desde hacía 20 minutos… una y otra vez. Estaba a punto de perder la paciencia, cuando recordé que podía santificar ese momento. La forma en cómo respondería a mi hijo sería algo que podría ofrecer a Dios.

Esto es lo que el Opus Dei hace por mí: enseñarme a procurar que cada instante de mi vida ordinaria esté compuesto de pequeñas cosas bien hechas. Conociéndome, no sé cómo actuaría actualmente si no hubiera encontrado el camino del Opus Dei.

En el mes de agosto, he cumplido 10 años como supernumeraria del Opus Dei. Me considero muy afortunada, pese a mis defectos, por haber conocido la Obra.

Lo que me atrajo de esta institución -además de las sorprendentes, novedosas e inspiradas enseñanzas de san Josemaría- fue que me aseguraba que podía seguir haciendo mi trabajo y mi papel de madre y, además, enamorarme de Dios.

“Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”, dijo nuestro Fundador. Esta frase, tan sencilla y profunda a la vez, es el resumen de su mensaje principal.

En la vida de san Josemaría he encontrado muchos ejemplos sobre cómo vivir mi vida ordinaria, y cuando me enfrento a algo ante lo que no sé cómo responder, me pregunto: “¿Cómo hubiera actuado él?”. Y así, la lucha continúa.

La formación cristiana que recibo en el Opus Dei Opus Dei me ha dado un camino sólido para buscar la felicidad junto a Dios, pero a la vez me anima a mantener la lucha para seguir ese camino. Con victorias y derrotas, siempre estoy contenta porque tengo claro cuál es el objetivo y Quién me sostiene.

El pasado agosto, di gracias a Dios por estos diez años… y Aneish, mi hijo pequeño, también porque la lucha interior de su madre termina… ¡con una uva y una sonrisa!


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