Madrid, 17 de octubre de 1960

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

La basílica de San Miguel, en el corazón del viejo Madrid, está llena a rebosar. Cuando Mons. Escrivá sale de la sacristía para celebrar la Santa Misa, le embarga una gran emoción al contemplar la multitud de fieles, en su mayor parte miembros de la Obra y de edades y condiciones tan variadas como la sociedad misma.

Precisamente en esta misma iglesia había celebrado su primera Misa cuando se traslada definitivamente a la capital de España un día de la primavera de 1927, al llegar procedente de Zaragoza.

En la homilía que pronuncia después del Evangelio, evoca los años ya lejanos en los que completamente solo y lleno de aquellos barruntos divinos que desembocarían en la Fundación del Opus Dei, todavía estaba lejos de imaginar que vería esta iglesia llena de almas que aman tanto a Jesucristo.

La emoción, perceptible en su voz, se propaga como un eco en los corazones.

Una familia que crece

Una atmósfera similar se respiraba la víspera entre los grupos reducidos de personas que había recibido el Padre. Entre ellos, algunos empleados y obreros que venían viviendo desde hacía algún tiempo -meses o años- la vocación específica de la Obra en su trabajo ordinario, llevando a cabo un apostolado activo de presencia y testimonio en su propio ambiente.

Una voz se había alzado durante una de esas tertulias en las que el

Padre había hablado, como siempre, de la necesidad de santificarse en las ocupaciones habituales: “Padre, ¿y los que hemos sido carteristas?”

El que acababa de decir eso, provocando un estallido de risas entre los asistentes, era un antiguo ratero a quien el encuentro con un miembro del Opus Dei le había servido para “reconvertirse”. El Padre, impresionado, no le había dejado terminar: Hijo mío: a mí no me puedes robar la cartera, porque no la tengo; pero me has robado el corazón.

Dirigiéndose a todos los que se encuentran en la basílica de San Miguel, ha hecho una discreta alusión a esa anécdota del día anterior.

Sus palabras son las de siempre, pronunciadas con voz fuerte, como corresponde a las dimensiones de la iglesia: fidelidad a la vocación, renovada día a día; santificación del trabajo; continuo diálogo filial con el Señor; acción responsable en el mundo obrando siempre -según la expresión de San Pablo- con “la libertad de los hijos de Dios”; voluntad de vivir la vida cristiana en todas sus exigencias, sin miedo a basar en ese testimonio discreto y eficaz un apostolado activo y constante: que la vean vuestros parientes, vuestros colegas, vuestros vecinos, vuestros amigos. No hagáis nada raro, que no es propio de nuestra vida. Vivid como los demás, sobrenaturalizando cada instante de la jornada. Que contemplen vuestra alegría en el mundo.

Para ensanchar el afán apostólico de quienes le escuchan, el Padre les pide que recen y ofrezcan sus pequeños sacrificios diarios, así como su trabajo, por la fecundidad del apostolado en aquellos países donde la Obra está iniciando su labor. Piensa seguramente en Colombia, en Venezuela y en Chile, donde algunas hijas suyas acaban de establecerse para trabajar profesionalmente y ejercer el apostolado. Piensa también en el Uruguay, donde se ha iniciado la labor en 1956, y en Suiza -concretamente en Zurich-, donde trabajan desde ese mismo año un sacerdote que había ejercido antes como médico psiquiatra, don Juan Bautista Torelló, y un joven arquitecto, Pedro Turull. Y en Brasil, adonde han llegado los primeros en marzo de 1957; y en Austria, y en Canadá… Y en el Perú, donde otro médico, sacerdote desde 1951, don Ignacio Orbegozo, ha sido nombrado por el Santo Padre prelado nullius de un amplio territorio de 13.000 kilómetros cuadrados, en medio de los Andes, entre picachos de más de 5.000 metros de altitud… Y en Kenya, y en el Japón, donde hay hijos suyos desde 1958…

Por lo que se refiere a España, cuna de la Obra, el desarrollo es tan considerable que para procurar ver a todos sus hijos e hijas y decirles todo lo que les quiere decir ha recibido incansablemente grupos muy numerosos de personas.

En este mismo Madrid, donde el Padre abraza ahora a tantos hijos suyos, algunos de ellos habían fundado, hace cinco años, un club deportivo situado en aquel mismo barrio obrero de Vallecas que don Josemaría solía visitar, para ejercer su ministerio, antes de la guerra civil. El Club Tajamar no había tardado en convertirse en núcleo inicial de un Centro de enseñanza media y formación profesional que, provisionalmente, venía funcionando en unos barracones prefabricados de una antigua vaquería situada en terrenos baldíos. La influencia de este Centro en aquel barrio popular era ya considerable y con el tiempo lo sería mucho más…

En Zaragoza y en Pamplona

Este viaje a España de Mons. Escrivá de Balaguer está motivado, en realidad, por su deseo de asistir a la ceremonia en la que el Estudio General de Navarra va a ser erigido en universidad. Antes, sin embargo, tiene que detenerse en Zaragoza, pues el 21 de octubre va a ser investido doctor honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de esa ciudad…

El vasto paraninfo de la Facultad de Medicina, donde se celebra la ceremonia, resulta insuficiente para albergar a los invitados, procedentes no sólo de Zaragoza y otras ciudades próximas, sino de numerosas provincias españolas.

En su discurso de agradecimiento, el Padre evoca los tiempos lejanos en que era seminarista en el gran Seminario de Zaragoza y los años en los que cursaba sus estudios civiles en la Facultad de Derecho. Luego, se recrea en el recuerdo de algunas personalidades aragonesas que habían destacado en la historia de Aragón, de España y del mundo.

Terminada la ceremonia, tarda media hora en llegar a una sala contigua, pues tiene que abrirse camino, casi a viva fuerza, entre la muchedumbre que abarrota el paraninfo.

Al día siguiente, celebra la Santa Misa en la iglesia del Seminario de San Carlos; su emoción es grande al volver a pisar el templo donde había sido ordenado diácono y había dado la comunión a su madre por primera vez.

Y, por fin, Pamplona, objetivo principal de su viaje, la ciudad que, en 1952, había visto nacer la Universidad de Navarra, de manera modesta, pero con el propósito de llegar a convertirse en una institución de enseñanza superior muy fecunda.

A la inicial escuela de Derecho, convertida ahora en Facultad, han venido a unirse otras: la de Medicina, la de Filosofía y Letras, la de Ciencias, la de Derecho Canónico… Y una Escuela de Periodismo y otra de Enfermeras. Incorporados a la Universidad, funcionan también el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, radicado en Barcelona, y una Escuela de Ingenieros, sita en San Sebastián.

Como el Estado español tiene el monopolio de la enseñanza superior, la Santa Sede, utilizando por primera vez la facultad que le otorga el Concordato establecido en 1953, ha erigido el Estudio General de Navarra en Universidad de la Iglesia. El Fundador del Opus Dei, que iba a ser Gran Canciller de la Universidad, habría preferido que hubiese podido conservar su carácter civil, pero había aceptado de momento esta solución, porque así se lo pidieron expresamente en la Santa Sede.

La ceremonia de erección tiene lugar el 25 de octubre en una sala gótica contigua al claustro de la catedral de Pamplona y se inicia con la lectura del correspondiente decreto, fechado el 6 de agosto de 1960 y firmado por el Cardenal Pizzardo en nombre del Papa Juan XXIII. Una vez terminada la ceremonia, el Gran Canciller y el Claustro de profesores abandonan la sala, rodeados de una gran muchedumbre. Como en Zaragoza, Mons. Escrivá de Balaguer se pliega de buen grado a las exigencias del protocolo. Luego, en el nuevo Campus, situado en terrenos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, asiste a la bendición y colocación de la primera piedra de la Universidad.

Pero no han terminado con eso los actos oficiales, porque esa misma tarde, en el Ayuntamiento, recibe el título de hijo adoptivo de la ciudad.

Nuevo discurso en el que, tras evocar a grandes rasgos la variedad de las tierras de España, confiesa que siente “debilidad” por Navarra. Su tono es cordial, casi íntimo…

De la plaza donde se alza el Ayuntamiento llega el murmullo de la muchedumbre, congregada para aclamar al Padre, y el sonido de una música folklórica. Mons. Escrivá de Balaguer no tiene más remedio que asomarse a un balcón, rodeado de las autoridades allí presentes. Recogido en profundo silencio, contempla a la multitud, que le ovaciona calurosamente. Muchos agitan sus pañuelos y un grupo de bailarines ejecuta una danza regional.

No se trata, sin embargo, de uno de esos homenajes convencionales -mezcla de curiosidad y simpatía- que congregan grandes muchedumbres. Aquí se palpa una intensa corriente de afecto que une al Padre con esos hombres y mujeres de toda edad y condición, que han venido, en algunos casos, desde muy lejos, para testimoniarle su cariño y su reconocimiento.

El Fundador del Opus Dei contempla a todos largamente, profundamente conturbado, casi desconcertado, como si las aclamaciones no fueran con él. Y cuando algunos empiezan a gritar “¡Viva el Padre!”, él corta aquellos vítores proponiendo gritar: ¡Viva el Papa!, ¡Viva Navarra!.

El Nuncio apostólico, Mons. Antoniutti, que asiste a la ceremonia y contempla aquel espectáculo desde el balcón, al lado de Mons. Escrivá, no puede ocultar su emoción…

A1 día siguiente, a mediodía, el Padre celebra la Santa Misa en la catedral, llena también a rebosar. Como en Madrid, dirige algunas palabras a las cinco o seis mil personas allí reunidas, hablándoles de modo fraterno, paterno, materno, con el corazón, con la mente puesta en Dios.

Recordando el Evangelio, tan viejo y tan nuevo, y su propia vocación, sus treinta y tres años de vocación en el Opus Dei, se dirige a sus hijos, a sus hijas, y también a los padres y las madres de ellos, corona del Opus Dei, para pedirles que continúen ayudando a sus hijos, con sus oraciones, a perseverar en su camino.

Finalmente, tras la acción de gracias de la Misa, durante la cual vuelve a pronunciar unas palabras, recibe a centenares de personas en el claustro de la catedral.

No se pueden poner diques al mar…

La presencia de tantos hombres y mujeres -padres y madres de familia en su mayor parte- atestigua el desarrollo de la Obra en España, aunque no han faltado las dificultades, ni todavía faltan. Las antiguas calumnias han cambiado un poco y ahora hay quienes se empeñan en confundir al Opus Dei con un grupo político, basándose en que, desde 1957, dos miembros de la Obra, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad personales, han aceptado ser ministros del Gobierno en España.

Mons. Escrivá sufre con una calumnia -a veces, voceada sin mala fe- que niega uno de los aspectos más esenciales de la vocación al Opus Dei: la libertad de pensamiento y acción de que gozan todos y cada uno de sus miembros en las cuestiones temporales. En palabras suyas, la vinculación al Opus Dei es exclusivamente para recibir ayuda espiritual y formación cristiana, y para colaborar en las obras apostólicas de la Obra.

Por lo tanto, el Opus Dei no persigue ningún fin de carácter temporal, ni puede intervenir o solidarizarse con las actividades profesionales, sociales o políticas de sus miembros: son éstas, actividades puramente personales. Por consiguiente, un miembro del Opus Dei no tendrá otras limitaciones en su actuación temporal que las derivadas de los principios éticos comunes a todos los cristianos.

El pluralismo de pensamiento y de acción política de los miembros del Opus Dei -que proceden de países de los cinco continentes y pertenecen a los más diversos estamentos de la sociedad- lo comprenderá con facilidad quien crea sinceramente en la existencia de ideales religiosos y valores morales, capaces de hermanar a todos los hombres en una empresa común, que están por encima -muy por encima- de las divisiones políticas y sociales. Nunca lo entenderá, por el contrario, quien tenga una triste mentalidad intransigente o de partido único, dentro o fuera de la Iglesia. Quizás muchos ignoren que Mons. Escrivá, siendo fiel a la Voluntad

de Dios, por dos veces, en situaciones políticas muy diversas, se ha negado en redondo a fomentar la creación en España de un “partido católico”: en los años treinta, durante los tiempos turbulentos de la Segunda República, y diez años después, durante la posguerra. Lo que le interesa no es el éxito político o social, sino la santidad de sus hijos; si triunfan o no, es un problema suyo. Es lo que había respondido, con viveza, a un cardenal que quiso felicitarle por el nombramiento de un miembro de la Obra para un puesto relevante.

Todo está previsto para que el Opus Dei no se desvíe jamás de esta línea; sus fines son exclusivamente sobrenaturales, y se puede constatar, incluso en España, donde no están reconocidos por entonces los partidos políticos, la variedad de tendencias de aquellos miembros de la Obra que intervienen en la vida pública. Lo cual no quiere decir que no tenga que pasar algún tiempo antes de que las mentes de muchos estén dispuestas a admitir que los católicos puedan asociarse -y se asocien de hecho- para fines que no tienen nada que ver con la política…

Con todo, este deseo de dejar bien sentada la realidad de una característica esencial del Opus Dei no es una de las principales preocupaciones del Padre. Lo que verdaderamente le urge es la expansión de los apostolados por todo el mundo. Por eso, antes de regresar a Roma, se llega hasta París, para animar a sus hijos e hijas.

El Padre llega el 29 de octubre, muy cansado y, al mismo tiempo, muy contento por haber conocido y hablado con tantas personas en tan pocos días. A la primera tertulia con sus hijos, asisten tres franceses. Uno de ellos, que ha estado en Pamplona, le pregunta qué había pensado al ver la multitud que le rodeaba. El Padre responde que en su fe y en su cariño. ¡Qué fe la suya!, repite una y otra vez, refiriendo sólo a Dios aquellas manifestaciones de entusiasmo. Luego, divertido y admirado, cuenta algunas anécdotas acaecidas durante el viaje. Está claro que este encuentro con grupos numerosos de sus hijos le ha conmovido, haciéndole olvidar el sonrojo que ha experimentado al verse convertido en el protagonista, a pesar suyo.

Las anécdotas de su viaje a España se mezclan con relatos de su vida en Roma y con las noticias que le dan sus hijos sobre la marcha de la labor en Francia. El Padre se encuentra a gusto y, como siempre, lleva el peso de aquella reunión de familia.

De pronto, suena el teléfono. Llaman al Padre… Cuando vuelve, trae el rostro demudado: acaban de comunicarle que tres de sus hijos, de regreso de Pamplona, han resultado muertos en accidente de automóvil. Entre ellos, uno de los primeros chilenos, recién ordenado sacerdote.

El Padre se dirige al oratorio, donde reza un responso por el eterno descanso de sus almas; luego se queja filialmente, dolorosamente, como suele hacer en tales casos: Pero, Señor, ¿cómo te llevas a estos hijos? Con la falta que hacen… Tú sabes más. “Fíat, adimpleatur…”.

El tono de la reunión de familia cambia. El Padre habla del Cielo y pide a los que le rodean que acudan a la intercesión de esos tres hermanos suyos que están ya junto al Señor, para que les ayuden a sacar adelante sus apostolados en Francia.

Por la tarde, vuelve al piso del Boulevard Saint-Germain, luego de haber visitado, en los alrededores de París, una casa que puede ser apta para instalar una residencia. A pesar de los esfuerzos que hace por hablar de otras cosas, no se le van de la cabeza los tres hijos suyos que han volado al cielo. Piensa que han hallado la muerte con ocasión de su viaje a Pamplona y eso le hace sufrir mucho.

Nada más saber lo ocurrido, ha redactado una nota advirtiendo a los miembros de la Obra que tienen que viajar en automóvil que no dejen de tomar una serie de medidas de prudencia. Luego, por la tarde, pide que se haga lo necesario para que la familia de una de las víctimas reciba la ayuda económica a que tiene derecho.

Pronto, se advierte que no puede más, y se levanta para marcharse. Sus hijos quedan profundamente emocionados viendo el dolor del Padre y los esfuerzos que hace para dominarse y sacar hondas consecuencias sobrenaturales, aplicando a la letra una frase de San Pablo que suele citar a quienes sufren penas o contradicciones: “Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28).

Santificar el trabajo

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Un padre de familia le preguntaba cómo acercar a la Iglesia a los alejados de la fe; una mujer paralítica, en silla de ruedas desde hacía muchos años, le pedía sugerencias para influir cristianamente en la sociedad; un entrenador de fútbol juvenil, le manifestaba su preocupación por ayudar a los jóvenes de su equipo; un quiosquero le pedía consejo para hacer una sociedad más limpia.

Con ejemplos asequibles y plásticos, adecuados a las diversas mentalidades y culturas, hablaba de la necesidad de santificar el trabajo. Santificarlo significa realizarlo cara a Dios, con perfección humana y sobrenatural, con sentido de servicio a los demás

Escribía: Lo que he enseñado siempre —desde hace cuarenta años— es que todo trabajo humano honesto, intelectual o manual, debe ser realizado por el cristiano con la mayor perfección posible: con perfección humana (competencia profesional) y con perfección cristiana (por amor a la voluntad de Dios y en servicio de los hombres). Porque hecho así, ese trabajo humano, por humilde e insignificante que parezca la tarea, contribuye a ordenar cristianamente las realidades temporales –—manifestar su dimensión divina— y es asumido e integrado en la obra prodigiosa de la Creación y de la redención del mundo”.

Como una inyección intravenosa

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Sólo Dios puede observar con relieve de verdad lo que sucede en este planeta. Somos los hombres quienes no solemos dar importancia a lo corriente de la vida y, sin embargo, es por ahí por donde actúa cl Opus Dei, «como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad», en expresión de su Fundador. No hace falta reflexionar demasiado, en efecto, para comprender que se trata de una novedad tan vieja como la de los primeros cristianos, quienes, renovados por dentro y entusiasmados por la fe, propagaban con la palabra y con el ejemplo la buena nueva, recibida por gracia de Dios, con la misma naturalidad con que respiraban. Fue su misma vida ordinaria el lugar de encuentro con Jesucristo resucitado y la órbita en que se desarrolló acto seguido la acción profunda del Espíritu que habían recibido. Ni se segregaron, ni pensaron que eran distintos de los demás. Siguieron viviendo honradamente, cada uno en su sitio, y haciendo mejor lo que debían, para no tardar en darse cuenta de que, siendo de ayer, «lo llenaban todo», como pudo afirmar Tertuliano menos de dos siglos después de la muerte de Cristo en la Cruz.

Monseñor Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, explicó en una entrevista publicada en La Vanguardia (Barcelona, 1–X–78) esta característica del apostolado del Opus Dei:

–«Monseñor Escrivá no fue detrás del seglar para halagarle, sino que lo situó ante una fuerte responsabilidad: la de llevar en su vida ordinaria la cruz de Jesucristo, con la alegría de los hijos de Dios. De esta manera, el mensaje de Monseñor Escrivá arrastra con la fuerza ideal de la cruz de Cristo y, por esta razón, trasciende los tiempos a la vez que se enraíza en todos. Su labor se entronca con la vitalidad fuerte y fresca de los primeros fieles cristianos. Aunque el Opus Dei durará mientras haya hombres sobre la tierra, no deja de ser elocuente que, en una época de laxismo y de cansancio moral, una llamada tan exigente arrastre a millares de personas de toda condición y cultura ».

Los hombres y las mujeres del Opus Dei son los primeros en reconocer que están hechos de la misma pasta que todo el mundo –como no podía ser menos– y que han de luchar animosamente cada día, comenzando y recomenzando, sin tirar nunca la toalla, para corresponder a la gracia de Dios. Y es esta lucha precisamente la que amplía el horizonte de sus defectos –la humildad es la verdad– y les hace descubrir en su propia vida la desproporción de los medios al comprobar que en el centro de la vocación cristiana está la Omnipotencia de Dios.

Sin uniforme, sin etiquetas ni distintivos, y sin espectáculo, los cristianos del Opus Dei tratan de responder ahora –y aquí está su verdadera novedad con el mismo natural sentido de lo auténtico que aquellos primeros cristianos, al compromiso radical contraído en el bautismo. Hablan en nombre propio, con responsabilidad personal, sin utilizar el «nosotros», y se les puede encontrar en cualquier lugar, en toda profesión decente, en el mundo vivo de todos los días. ¿Cómo puede sorprender entonces que la gente del Opus Dei conviva desde el principio de su existencia con gentes que actúan como si Dios no existiese o que le buscan donde no está, y que traten de trabajar con todos, sin sentirse ajenos a nada, en los nobles afanes de la humanidad?… Lo asombroso es que esta realidad esencial de la vocación cristiana siga asombrando todavía, como el hecho de que cada caminante siga su camino.

–«Al pensar en estos años transcurridos –decía el Fundador del Opus Dei al semanario vaticano L ‘Osservatore della Domenica a mediados de 1968–, vienen a mi memoria muchos sucesos que me llenan de alegría: porque, entremezclándose con las dificultades y las penas que son en cierto modo la sal de la vida, me recuerdan la eficacia de la gracia de Dios y la entrega –sacrificada y alegre– de tantos hombres y mujeres que han sabido ser fieles. Porque quiero dejar bien claro que el apostolado esencial del Opus Dei es el que desarrolla individualmente cada miembro en el propio lugar de trabajo, con su familia, entre sus amigos. Una labor que no llama la atención, que no es fácil traducir en estadísticas, pero que produce frutos de santidad en millares de almas, que van siguiendo a Cristo, callada y eficazmente, en medio de la tarea profesional de todos los días.

Sobre este tema –añadía Mons. Escrivá de Balaguer– no cabe decir mucho más. Podría contarle la vida ejemplar de tantas personas, pero esto desnaturalizaría la hermosura humana y divina de esa labor, al quitarle intimidad. Reducirlo a números o estadísticas sería peor aún, porque equivaldría a querer catalogar en vano los frutos de la gracia en las almas».

Es la misma lógica utilizada en la vida corriente de todas las latitudes: la del sentido común. «No son un secreto los pájaros que surcan el cielo, y a nadie se le ocurre contarlos», solía decir Mons. Escrivá de Balaguer. A los cristianos del Opus Dei se les conoce donde están. Basta con abrir los ojos para comprobar que cada uno trata de vivir, a su modo la vocación cristiana en la sucesión de realidades concretas que es su jornada humana habitual. Las personas de la Obra tienen un solo denominador común: la formación cristiana permanente que recibe del Opus Dei y todo lo que esta formación trae consigo al convertirse, sobre la marcha, en vida. Y lo mismo en cualquier país, bajo todas las banderas, sin rarezas de ningún género.

–«Puedo hablarle –seguía diciendo Mons. Escrivá de Balaguer a ese mismo semanario– de las labores apostólicas que los miembros de la Obra dirigen en muchos países. Actividades con fines espirituales y apostólicos, en las que se procura trabajar con esmero y con perfección también humana, y en las que colaboran otras muchas personas que no son del Opus Dei, pero que comprenden el valor sobrenatural de ese trabajo, o que aprecian su valor humano, como es el caso de tantos no cristianos que nos ayudan eficazmente. Se trata siempre de labores laicales y seculares, promovidas por ciudadanos corrientes en el ejercicio de sus normales derechos cívicos, de acuerdo con las leyes de cada país, y llevada siempre adelante con criterio profesional. Es decir, son tareas que no aspiran a ningún tipo de privilegio o trato de favor».

No puede quedar más claro el sentido de estas labores apostólicas, que atraen la colaboración espontánea de millares de personas de toda ideología en los lugares más insospechados del mundo.

Mons. Alvaro del Portillo expresaba en 1978 la función social que cumplen estas iniciativas, al escribir que «el espíritu cristiano exige no limitarse a dar a cada uno lo suyo, sino que lleva además a hacerlo con respeto, con cariño, y a dar más de lo estrictamente debido: a entregarse uno mismo a los demás. En fin, la caridad es motor poderoso, que mueve a ejercitar la misma justicia, especialmente cuando esto supone heroísmo. Sólo así se obra en conformidad con la dignidad del hombre».

«Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir –subrayó Mons. Escrivá de Balaguer en Amigos de Dios–, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de la enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos, y, en primer término, a conocer y amar a Dios con plena libertad, porque la conciencia –si es recta– descubrirá las huellas del Creador en todas las cosas».

TEMA 13. Creo en la Comunión de los santos y en el perdón de los pecados

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La Iglesia es communio sanctorum: comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

1. La comunión de los Santos

La Iglesia es communio sanctorum: comunión de los santos, es decir, comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios, unidos a Cristo y llamados santos. Unos aún caminan en esta tierra, otros murieron y se purifican también con la ayuda de nuestras plegarias. Otros, en fin, gozan ya de la visión de Dios e interceden por nosotros. La comunión de los santos también quiere decir que todos los cristianos tenemos en común los dones santos, en cuyo centro está la Eucaristía, todos los demás sacramentos que a ella se ordenan, y todos los demás dones y carismas (cfr. Catecismo, 950).

Por la comunión de los santos, los méritos de Cristo y de todos los santos que nos han precedido en la tierra nos ayudan en la misión que el mismo Señor nos pide realizar en la Iglesia. Los santos que están en el Cielo no asisten con indiferencia a la vida de la Iglesia peregrinante: nos impulsan con su intercesión ante el Trono de Dios, y aguardan que la plenitud de la comunión de los santos se realice con la segunda venida del Señor, el juicio y la resurrección de los cuerpos. La vida concreta de la Iglesia peregrina y de cada uno de sus miembros; la fidelidad de cada bautizado tiene gran importancia para la realización de la misión de la Iglesia, para la purificación de muchas almas y para la conversión de otras.

La comunión de los santos está orgánicamente estructurada en la tierra, porque Cristo y el Espíritu la hicieron y hacen sacramento de la Salvación, es decir, medio y señal por la que Dios ofrece la Salvación a la humanidad. En su caminar terreno, la Iglesia también se estructura externamente en la comunión de las Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal y presididas cada una por su propio obispo; en esas iglesias particulares se da una comunión peculiar entre sus fieles, con sus patronos, sus fundadores y sus santos principales. Análogamente se da esta comunión en otras realidades eclesiales.

También estamos en cierta comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, hay incluso cierta unión en el Espíritu Santo con los cristianos que no pertenecen a la Iglesia Católica.

1.1. La Iglesia es comunión y sociedad. Los fieles: jerarquía, laicos y vida consagrada.

La Iglesia en la tierra es, a la vez, comunión y sociedad estructurada por el Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de los carismas. Por tanto, su estructura no se puede separar de su realidad comunional, no se puede sobreponer a ella ni puede entenderse como un modo de automantenerse y autogobernarse por sí misma después de un primer periodo de “carismático” fervor. Los mismos sacramentos que hacen la Iglesia son los que la estructuran para que sea en la tierra el sacramento universal de salvación. Concretamente, por los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden, los fieles participan –en formas diversas– de la misión sacerdotal de Cristo y, por tanto, de su sacerdocio. De la acción del Espíritu Santo en los sacramentos y a través de los carismas provienen las tres grandes posiciones históricas que se encuentran en la Iglesia: los fieles laicos, los ministros sagrados (que han recibido el sacramento del Orden y forman la jerarquía de la Iglesia) y los religiosos (cfr. Compendio, 178). Todos ellos tienen en común la condición de fieles, es decir, al ser «incorporados a Cristo mediante el Bautismo, han sido constituidos miembros del Pueblo de Dios; han sido hechos partícipes, cada uno según su propia condición, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios a la Iglesia. Entre ellos hay una verdadera igualdad en su dignidad de hijos de Dios» (Compendio, 177).

Cristo instituyó la jerarquía eclesiástica con la misión de hacer presente a Cristo a todos los fieles por medio de los sacramentos y a través de la predicación de la Palabra de Dios con autoridad en virtud del mandato recibido de Él. Los miembros de la jerarquía también recibieron la misión de guiar el Pueblo de Dios (cfr. Mt 28, 18-20). La jerarquía está formada por los ministros sagrados: obispos, presbíteros y diáconos. El ministerio de la Iglesia tiene una dimensión colegial, es decir, la unión de los miembros de la jerarquía eclesiástica está al servicio de la comunión de los fieles. Cada obispo ejerce su ministerio como miembro del colegio episcopal –el cual sucede al colegio apostólico– y en unión con su cabeza, que es el Papa, haciéndose partícipe con él y con los demás obispos de la solicitud por la Iglesia universal. Además, si le ha sido confiada una iglesia particular, la gobierna en nombre de Cristo con la autoridad que ha recibido, con potestad ordinaria, propia e inmediata, en comunión con toda la Iglesia y bajo el Santo Padre. El ministerio episcopal también tiene un carácter personal, porque cada uno es responsable ante Cristo, que lo ha llamado personalmente y le confirió la misión al recibir el sacramento del Orden en plenitud.

El Papa es el Obispo de Roma y sucesor de san Pedro; es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal. El colegio de los obispos, en comunión con el Papa y nunca sin él, ejerce también la potestad suprema y plena sobre la Iglesia. Los obispos han recibido la misión de enseñar como testigos auténticos de fa fe apostólica; de santificar dispensando la gracia de Cristo en el ministerio de la Palabra y de los sacramentos, en particular de la Eucaristía; y gobernar al pueblo de Dios en la tierra (cfr. Compendio, 184, 186 y ss.).

El Señor ha prometido que su Iglesia permanecerá siempre en la fe (cfr. Mt 16, 19) y la garantiza con su presencia en virtud del Espíritu Santo. Esta propiedad es poseída por la Iglesia en su totalidad (no en cada miembro). Por eso los fieles en su conjunto no se equivocan al adherir indefectiblemente a la fe guiados por el magisterio vivo de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo que guía unos y otros. La asistencia del Espíritu Santo a toda la Iglesia para que no se equivoque al creer se da también al magisterio para que enseñe fiel y auténticamente la Palabra de Dios. En algunos casos específicos esa asistencia del Espíritu garantiza que las intervenciones del magisterio no contienen error; por eso se suele decir que en tales casos el magisterio participa de la misma infalibilidad que el Señor ha prometido a su Iglesia. «La infalibilidad del Magisterio se ejerce cuando el Romano Pontífice, en virtud de su autoridad de Supremo Pastor de la Iglesia, o el colegio de los obispos en comunión con el Papa, sobre todo reunido en un Concilio Ecuménico, proclaman con acto definitivo una doctrina referente a la fe o a la moral; y también cuando el Papa y los obispos, en su Magisterio ordinario, concuerdan en proponer una doctrina como definitiva. Todo fiel debe adherirse a tales enseñanzas con el obsequio de la fe» (Compendio, 185).

Los laicos son aquellos fieles cuya misión es buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados. Puesto que participan del sacerdocio de Cristo, los laicos también se asocian a su misión santificadora, profética y real (cfr. Compendio, 189-191). Participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual, sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas sus obras. Participan en la misión profética cuando acogen en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra. Participan en la misión regia porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad.

De los fieles laicos y de la jerarquía provienen fieles que se consagran de modo especial a Dios por la profesión de los consejos evangélicos: castidad (en el celibato o virginidad), pobreza y obediencia. La vida consagrada es un estado de vida reconocido por la Iglesia, que participa en su misión mediante una plena entrega a Cristo y a los hermanos dando testimonio de la esperanza del Reino de los cielos (cfr. Compendio, 192 y ss.).

2.  Creo en el perdón de los pecados

Cristo tenía el poder de perdonar los pecados (cfr. Mc 2, 6-12). Lo dio a sus discípulos cuando les entregó el Espíritu Santo, les dio «el poder de las llaves» y les envió a bautizar y perdonar los pecados a todos: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). San Pedro concluye su primer discurso después de Pentecostés animando los judíos a la penitencia, «y que cada uno sea bautizado en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

La Iglesia conoce dos modos de perdonar los pecados. El Bautismo es el primero y principal sacramento por el que se nos perdonan los pecados. Para los pecados cometidos después del Bautismo, Cristo ha instituido el sacramento de la Penitencia, en el que el bautizado se reconcilia con Dios y con la Iglesia.

Cuando se perdonan los pecados, es Cristo y el Espíritu quienes actúan en y a través de la Iglesia. No hay ninguna falta que la Iglesia no pueda perdonar, porque Dios puede perdonar siempre y siempre lo ha querido hacer si el hombre se convierte y pide perdón (cfr. Catecismo, 982). La Iglesia es instrumento de santidad y santificación, actúa para que todos estemos más cerca de Cristo. El cristiano con su lucha por vivir santamente y con su palabra puede hacer que los demás estén más cerca de Cristo y se conviertan.

Miguel de Salis Amaral

Bibliografía básica

Catecismo de la Iglesia Católica, 976-987.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 200-201.

Discurso de Juan Pablo II en las jornadas de reflexión sobre la ‘Novo Millennio Ineunte’

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Prelatura del Opus Dei: todas las claves

El 28 de noviembre de 1982 Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal mediante la Constitución Apostólica “Ut sit”: ofrecemos varios vídeos y textos sobre su estructura jurídica y misión apostólica

Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los fieles del la Prelatura con motivo de unas jornadas de reflexión sobre la Carta Apostólica ‘Novo Millennio Ineunte’ (14-17 marzo 2001). El Santo Padre, a propósito del inicio del Tercer Milenio y los retos de la Iglesia, se refiere a la “cooperación orgánica” de sacerdotes y laicos en el Opus Dei, subrayando así su unidad.

Sábado 17 de marzo de 2001

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. ¡Bienvenidos! Os saludo cordialmente a cada uno de vosotros, sacerdotes y laicos, reunidos en Roma para participar en las jornadas de reflexión sobre la carta apostólica ‘Novo millennio ineunte’ y sobre las perspectivas que tracé en ella para el futuro de la evangelización. Y saludo especialmente a vuestro prelado, el obispo monseñor Javier Echevarría, que ha promovido este encuentro con el fin de potenciar el servicio que la Prelatura presta a las Iglesias particulares en las que se hallan presentes sus fieles.

Estáis aquí en representación de los diversos componentes con los que la Prelatura está orgánicamente estructurada, es decir, de los sacerdotes y los fieles laicos, hombres y mujeres, encabezados por su prelado. Esta naturaleza jerárquica del Opus Dei, establecida en la constitución apostólica con la que erigí la Prelatura (cf. Ut sit, 28 de noviembre de 1982), nos puede servir de punto de partida para consideraciones pastorales ricas en aplicaciones prácticas. Deseo subrayar, ante todo, que la pertenencia de los fieles laicos tanto a su Iglesia particular como a la Prelatura, a la que están incorporados, hace que la misión peculiar de la Prelatura confluya en el compromiso evangelizador de toda Iglesia particular, tal como previó el concilio Vaticano II al plantear la figura de las prelaturas personales.

La convergencia orgánica de sacerdotes y laicos es uno de los campos privilegiados en los que surgirá y se consolidará una pastoral centrada en el “dinamismo nuevo” (cf. Novo millennio ineunte, 15) al que todos nos sentimos impulsados después del gran jubileo. En este marco conviene recordar la importancia de la “espiritualidad de comunión” subrayada por la carta apostólica (cf. ib., 42-43).

2. Los laicos, en cuanto cristianos, están comprometidos a realizar un apostolado misionero. Sus competencias específicas en las diversas actividades humanas son, en primer lugar, un instrumento que Dios les ha confiado para hacer que “el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura” (ib., 29). Por consiguiente, es preciso estimularlos a poner efectivamente sus conocimientos al servicio de las “nuevas fronteras”, que se presentan como desafíos para la presencia salvífica de la Iglesia en el mundo.

Su testimonio directo en todos esos campos mostrará que sólo en Cristo los valores humanos más elevados alcanzan su plenitud. Con su celo apostólico, su amistad fraterna y su caridad solidaria podrán transformar las relaciones sociales diarias en ocasiones para suscitar en sus semejantes la sed de verdad que es la primera condición para el encuentro salvífico con Cristo.

Los sacerdotes, por su parte, desempeñan una función primaria insustituible: la de ayudar a las almas, una a una, por medio de los sacramentos, la predicación y la dirección espiritual, a abrirse al don de la gracia. Una espiritualidad de comunión valorará al máximo el papel de cada componente eclesial.

3. Queridos hermanos, os exhorto a no olvidar en todo vuestro trabajo el punto central de la experiencia jubilar: el encuentro con Cristo. El jubileo fue una continua e inolvidable contemplación del rostro de Cristo, Hijo eterno, Dios y hombre, crucificado y resucitado. Lo buscamos en la peregrinación hacia la Puerta que abre al hombre el camino del cielo. Experimentamos su dulzura en el acto humanísimo y divino de perdonar al pecador. Lo sentimos hermano de todos los hombres, guiados hacia la unidad por el don del amor que salva. Sólo Cristo puede apagar la sed de espiritualidad que se ha suscitado en nuestra sociedad.

“No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!” (ib., 29). Al mundo, a cada uno de nuestros hermanos los hombres, los cristianos debemos abrir el camino que lleva a Cristo. “Tu rostro busco, Señor” (Sal 27, 8). El beato Josemaría, hombre sediento de Dios, y por eso gran apóstol, solía repetir esa aspiración. Escribió: “En las intenciones sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo” (Camino, 271).

4. Es tiempo de dejar a un lado todo temor y lanzarnos hacia metas apostólicas audaces. Duc in altum! (Lc 5, 4): la invitación de Cristo nos estimula a remar mar adentro, a cultivar sueños ambiciosos de santidad personal y fecundidad apostólica. El apostolado siempre es el desbordamiento de la vida interior. Ciertamente, también es acción, pero sostenida por la caridad. Y la fuente de la caridad está siempre en la dimensión más íntima de la persona, donde se escucha la voz de Cristo que nos llama a remar con él mar adentro. Que cada uno de vosotros acoja esta invitación de Cristo a corresponderle con generosidad renovada cada día.

Con este deseo, a la vez que encomiendo a la intercesión de María vuestro compromiso de oración, de trabajo y de testimonio, os imparto con afecto mi bendición.


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