Con los ojos de la fe

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D. Julián Díez-Antoñanzas pertenece a la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz y es párroco de San Valero en Zaragoza. Hace unas semanas acompañó a un grupo de personas ciegas en peregrinación a Tierra Santa. Ahora cuenta algunas de sus experiencias.

D. Julián, ¿puede una persona ciega aprovechar una peregrinación religiosa a Tierra Santa, cuando parece que todo se basa en poder “ver” los distintos lugares en los que se desarrolló la vida de Jesús?

Opus Dei -

A los ciegos les gusta viajar, incluso “ver” películas (así se expresan ellos). A través del sonido se hacen una idea bastante real de las cosas. Están acostumbrados a pasar por los lugares sin especiales indicaciones. Por eso creo que para un ciego es más fácil “conectar” con la tierra de Jesús que para alguien que ve, porque no le distraen los edificios modernos, los coches, los postes de la luz… El ciego siente la geografía, paladea el clima, asocia los sonidos naturales a los que escuchó Nuestro Señor… Saben que están en un lugar santo, los guías y acompañantes les describen las cosas, y eso les ayuda mucho. Tocan, palpan la piedra, porque para ellos el sentido del tacto es esencial. Y con su imaginación completan el cuadro.

¿Tuvieron algún problema en la entrada al país?
Desde el propio viaje en avión en una aerolínea israelí hasta la llegada al aeropuerto fuimos tratados de modo excelente por las autoridades de Israel. Pusieron todo tipo de facilidades y amablemente agilizaron los trámites.

Jesucristo curó a varios ciegos a lo largo de su vida. ¿Se ha producido también algún milagro estos días?

Opus Dei -

Al llegar a Jerusalén varios empezaron a pedir en tono de broma “llévenos a Siloé, que para eso hemos venido…”. No se podía ir al lugar donde el Señor curó al ciego de nacimiento, pero entonces advertí que los ciegos tienen mucho sentido del humor, que les gusta hacer bromas relacionadas con su limitación.

Y lo cierto es que ellos iban a ver con los ojos de la fe, y creo que han cumplido sobradamente su deseo. Han regresado muy removidos religiosamente, y todos con la convicción de que habían “visto” la tierra del Señor.

Uno de los peregrinos ha dejado escrito: “Junto al Cenáculo pudimos tocar el relieve en bronce que representa al colegio apostólico, acariciando la figura del Señor que hace de puerta del Sagrario”. ¿La fe necesita de los sentidos?
Sí. La Encarnación y los Sacramentos son la materialización del amor de Dios para que podamos palparlo con los dedos. Junto al Cenáculo recorrieron un gran retablo en bronce con las figuras de los apóstoles y de Jesús en la Última Cena. Pudieron palpar la gruta de la Encarnación, que está cerrada para los peregrinos, pero a ellos les dejaron. Nos impresionó mucho, cuando cerraron la Basílica, cómo en silencio uno por uno entraban para tocar las paredes, la estrella donde indica que el Verbo se hizo carne…

Les impactó poder mojar sus manos con el agua del Jordán, y también tuvieron el privilegio de tocar uno de los olivos más antiguos de Getsemaní, porque el hermano franciscano custodio del lugar les permitió pisar el jardín con la condición de que no arrancaran ninguna hoja. Se abrazaban al olivo centenario y salían emocionados. Esa noche hicieron una hora de adoración ante el Santísimo delante de la roca de la agonía, y también pudieron confesarse. Fue uno de los momentos más impresionantes.

“Ellos iban a ver con los ojos de la fe, y creo que han cumplido sobradamente su deseo”

¿Cómo se vive el espíritu del Opus Dei, tan unido a la vida ordinaria, en una ocasión extraordinaria como ha sido esta peregrinación?
Es muy fácil vivirlo en una peregrinación a Tierra Santa. En realidad, vivir las normas del plan de vida y el espíritu de servicio es lo ordinario, y más con estas personas. Y hay que tener en cuenta que el espíritu de peregrinación también es ordinario, porque es espíritu de vigilancia, de conversión, de estar en camino hacia Dios… Eso puede vivirse en cualquier circunstancia.

¿Qué ha aprendido de estas personas ciegas?


Opus Dei -

A mirar con más profundidad las cosas, a contemplar, a captar aspectos que el bullicio de la vida en ocasiones no deja ver con claridad. Ellos perciben con todo su ser, porque cuando uno no puede ver con los ojos se esfuerza con el resto de su persona.

Además, los ciegos son personas muy organizadas, necesitan tener siempre cada cosa en su sitio, y son muy puntuales, facilitaron la peregrinación al máximo; diez minutos antes de cada cita ya estaban todos preparados.

Supieron prescindir de las comodidades de los hoteles para estar en las residencias de los franciscanos, junto a los lugares sagrados, y poder emplear el tiempo libre en pasar (siempre acompañados) a los lugares sagrados. Y también era muy contagiosa su alegría, su sentido del humor; rebosaban felicidad.

Luces de Dios

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Tras aquella iluminación sobre toda la Obra del 2 de octubre de 1928, Dios le fue dando nuevas luces y mociones interiores: eran certezas inefables y sobrenaturales, que fueron perfilando en su alma la fisonomía espiritual de aquel querer divino. El 14 de febrero de 1930, mientras celebraba la Eucaristía en una casa particular de Madrid, comprendió que debía poner en marcha la labor del Opus Dei con las mujeres.

Meses después, el 7 de agosto de 1931, durante la Consagración, en la iglesia del Patronato de Enfermos, entendió que serán los hombres y las mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana.

Y un mes más tarde, el 16 de octubre de 1931, durante un viaje en tranvía por las calles de Madrid supo que Dios quería que el sentido de la filiación divina debía ser fundamento del espíritu del Opus Dei. Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater!

Junto con estas y otras mociones, fue viendo, a medida que crecía la labor apostólica, que necesitaba sacerdotes con su mismo carisma para llevar a cabo este fenómeno ascético y apostólico. No era sencillo encontrar una solución: el marco jurídico y canónico de la Iglesia de aquel tiempo no contemplaba todavía esta nueva realidad eclesial y pastoral, constituida por laicos y sacerdotes que trabajan en mutua cooperación, con unidad de espíritu y de régimen.

Estudió el asunto, se asesoró, solicitó consejo y rezó intensamente, pidiendo luces a Dios. Y cuando todos los caminos parecían cerrados, el 14 de febrero de 1943, de nuevo mientras celebraba la Eucaristía, comprendió la solución: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Fue un nuevo don. Otra manifestación del querer de Dios, que tiene sus propios tiempos. Después de buscar y no encontrar la solución jurídica —escribía— el Señor quiso dármela, precisa y clara.

El Padre Escrivá

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Testimonio de José A. Giménez–Arnáu, Embajador de España
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Cuando San Silvestre se acostaba el 31 de diciembre de 1928, tenía yo la convicción de que ese año sería difícilmente olvidable para mi. En él, en efecto, mi «anciano» padre –con cincuenta y tres años a la espalda– le había hecho un quite a la muerte mientras que mi fuerte hermano primogénito, de veintidós años, se había rendido, sumiso y sereno, a la Desnarigada. Ignoraba, en cambio, que aún un hecho importante iba a acompañar a ese año que hoy recobra actualidad. Pero a esto tornaremos más tarde. Que por todas partes se va a Roma y- en Roma precisamente termina esta triste y, a un tiempo, alegre historia.

Catorce años después, yo ya asomándome a la treintena, tomé la resolución de casarme. Mi ausencia de España, desde el fin de la guerra fratricida, me había hecho olvidar a amigos y conocidos de los que anduviera ya separado los casi tres años de la contienda. Recurrí a quien, hacía muchos años, acudiera en los casos nece­sarios: a mi hermano Enrique, aquel que tomara el puesto de pri­mogénito cuando el tifus se llevó a mi hermano Faustino. «Enrique, me quiero casar y no tengo cura que lo haga». Sonrió mi hermano como indicando que problemas como ése eran de fácil solución. «No te preocupes. Tengo el sacerdote indicado». « ¿Por qué indicado?». «Pues mira, era muy amigo de tu padre, condiscípulo y amigo de nuestro hermano Faustino y fue también condiscípulo y amigo mío. Por si necesitas más, es un hombre extraordinario». Quedé yo silencioso, sorprendido de que existiera un ser de las características descritas y totalmente desconocido para mí. « ¿Quién es?». «Estoy hablando del padre Escrivá». No me dijo nada el nom­bre. Provocó Enrique un encuentro y pocos días más tarde almorcé con el sacerdote en casa de mi hermano. Nada sabía de sus pro­yectos evangélicos, nada sabía de su historia pasada, pero al dejarle aquella primera vez comprendí que aquel futuro oficiante de mí matrimonio tenía Gracia, gracia con mayúscula, que sólo reparte la tercera persona de la Trinidad.

Lo conocí mejor el día de la boda en que, al confesarme con él, tuve que relatar el penoso y grotesco incidente de un frustrado duelo ante el que reaccionó con una energía que no convenía con su usual afabilidad. « ¿Qué estoy oyendo? ¿Será posible que seas tan pollino como para creer que con una espada o una pistola se puede lavar eso que tú, seguramente, llamarás pomposamente honor?». Había en su tono duro una buena dosis de tristeza. Nada podía yo hacer, sobre todo teniendo en cuenta que estaba total­mente de acuerdo con lo que decía. Y horas más tarde bendecía mi matrimonio con quien iba a ser la madre de mis seis hijos.

Con el tiempo, aquel desconocido presbítero fue siendo familiar a muchos, a unos que le reverenciaban y a otros que lo denigraban. Yo, en mi ruta diplomática, recordaba su perfil humano, su simpatía contagiosa y su afabilidad constante. Volví a oír de ~ –no cuando prosperaba la semilla insignificante que iba constantemente aumen­tando de dimensión–, sino cuando supe que también él había casa­do por poderes a mi hermano Ricardo. Mi Dioscuro que también en esto se emparejaba conmigo.

Tardaron en llegarme noticias del Opus Dei, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de Camino, de la gran cosecha. Recorrí el mundo y fui tropezando con jóvenes que me pedían –realmente pedían a mi mujer– que se les comprase unas camas, una batería de cocina, una vajilla, que se les buscase un piso… Yo no dejaba puntualmente de repetir mi cantilena: «Yo os ayudo encantado, pero me parece conveniente que sepáis que yo no soy del Opus». Y efectivamente, nada tenía que ver, por más que me lloviera alguna vez algún varapalo de mal informados alcaldes, que castigaban a quien tenía muchos motivos de castigo, pero no ciertamente el que erróneamente me atribuían.

Yo seguía distinguiendo al sacerdote virtuoso, al aragonés ami­go del día de mi boda, al hombre atractivo y generoso de una obra que iba aumentando como ese minúsculo pedazo de nieve que se desgaja de una cumbre y acaba convirtiéndose en un alud y una avalancha.

Nos carteamos con parsimonia y casi siempre en razón de esta contradictoria situación, mi amistad con él y mi inhibición frente a la Obra. Nos vimos en España, en Portugal, en Italia. Casi siempre acabábamos hablando de Aragón y hablando de los míos, que él bien generosamente elogiaba con calor. Comprobé así que mi padre, que tuvo siempre la coincidencia con mosén Escrivá –así decimos en Aragón– de que la santificación se «fabrica día a día» y se «fabrica» en el permanente quehacer profesional. Me emocionaba y enorgullecía oírle hablar de Faustino, mi hermano primogénito, y de Enrique, por quien él profesaba verdadera amistad. Uno puede pensar que todo está preparado. Que hay un cierto tea­tro en lo que ve. Pero, de repente, surge una ocasión en que se juega con cartas descubiertas y en que se comprueba que la verdad es la verdad. Podía estar, sí, preparada la reacción de sus colaboradores cuando, oyendo mis apellidos, comentaban « ¡cómo se les quiere aquí!»; pero ya era más difícil que el 26 de junio de 1975, minutos después de su muerte, de su envidiable muerte, me llegase un mensaje telefónico dándome cuenta de su fallecimiento al que seguían estas palabras: «Se telefoneó al Santo Padre y luego al emba­jador de España, Giménez–Arnáu». Esto, después de mi imperti­nente reiteración sobre el «Ya sabes que no soy del Opus» que acabó mereciendo una dura réplica: «Eres un tozudo aragonés y estoy cansado de oírte siempre lo mismo. Me da igual que seas de la Obra o del Real Madrid. Lo que me interesa es otra cosa. ¿Tú eres mi amigo?». « ¡Claro!». «Bueno, pues eso liquida la cuestión».

Recordé luego – ¿quién me lo había dicho?, ¿lo había intuido yo?– que su última oración del día era no para sus enemigos –que él no los tenía–, sino para los que le atacaban. La máxima de San Pablo él no la repetía, él la practicaba: «Sol non accidat super iracundiam vestram». Minutos más tarde, después de la noticia, junto a Monseñor Álvaro del Portillo lloraba yo al amigo muerto. Lloraba mi egoísmo. Don Alvaro no lloraba. Ni él, ni los suyos. Y no lloraban porque el padre Escrivá seguía junto a ellos ayudándoles, animán­doles, acompañándoles…

Por eso al empezar hablaba de triste y alegre historia. Triste para mí, para los egoístas. Alegre para otros que lo tenían y lo tienen clavado allá arriba.

El clamor que seguía a su muerte compensaba un poco de cuan­tos grandes y pequeños agravios habían acompañado su vida. Ape­nas unos días más tarde otro gran amigo mío también, el cardenal Sebastián Baggio, publicaba un admirable artículo en II Resto del Carlino, de mi vieja y querida Bolonia, y tras él seguían otros pur­purados y otras gentes inesperadas componiendo un rosario que culminó con la visita que, en víspera de su elección, le hiciera el Papa Juan Pablo I (q. S. G. h.).

Yo pensaba en mi amigo que en dos ocasiones quiso comer en la Embajada de España a condición de que yo devolviese mi visita y comiera con él en el Bruno Buozzi y a condición –este acuerdo fue tácito– de que jamás se hablase de política: ni española, ni ita­liana, ni de ningún rincón del mundo.

En el primer aniversario asistía a un funeral sobrecogedor de gentes que tampoco lloraban: dialogaban simplemente con él. Nun­ca he visto nada parecido. Tras unas palabras de Monseñor Alvaro del Portillo una muchedumbre de fieles. en medio de un silencio sepulcral, se acercó a la Eucaristía.

El Opus Dei fue creado en 1928. Aquel año en que mi hermano Faustino, sumiso y sereno, entregaba su alma a Dios. Aquel en que mi «anciano» padre –tenía cincuenta y tres años– hiciera un quite a la muerte. Aquel en que un cura aragonés fundó una Obra que cuenta con miles y miles de hijos.

Fue exactamente el día 2 de octubre. fiesta de los Ángeles Custodios.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 13 de julio de 1975, el Cardenal Casariego confería en Barcelona la ordenación sacerdotal a 54 profesionales, socios del Opus Dei. Con ellos, sumaban ya casi un millar los socios laicos de la Obra que habían sido llamados al sacerdocio, desde que fueron ordenados por don Leopoldo Eijo y Garay los tres primeros ‑don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz‑, en Madrid el 25 de junio de 1944.

Fue ésta una fecha importante, que quedó grabada para siempre en el corazón del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión comentaría que esa primera ordenación de sacer­dotes le causó a la vez mucha alegría y mucha tristeza:

Amo de tal manera la condición laical de nuestra Obra, que sentía hacerlos clérigos, con un verdadero dolor; y, por otra parte, la necesidad del sacerdocio era tan clara, que tenía que ser grato a Dios Nuestro Señor que llegaran al altar esos hijos míos.

La Obra necesitaba sacerdotes que, junto a la preparación y virtudes de todos los buenos sacerdotes, tuvieran una experiencia personal y un conocimiento bien vivido del espíritu del Opus Dei, para servir con su ministerio a los socios y asociadas de la Obra y para colaborar con el apostolado de los laicos: porque éstos, aunque a través del trato con sus iguales hacen una labor eficaz de ayuda espiritual, acaban por toparse necesariamente con lo que Mons. Escrivá de Balaguer llamaba muy gráficamente muro sacramental.

Necesitamos ‑ponderaba en 1945‑ sacerdotes con nuestro espíritu: que estén bien preparados; que sean alegres, operativos y eficaces; que tengan un ánimo deportivo ante la vida; que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas.

Y, recordando la ordenación de los tres primeros, agradecía las sinceras congratulaciones que había recibido de personas de todos los ambientes, subrayando este nuevo fenómeno pastoral que se verifica dentro de la Obra de Dios: hombres jóvenes que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas ‑especialmente a las de sus hermanos‑ y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual.

Efectivamente, había surgido así en la vida de la Iglesia un nuevo fenómeno pastoral, pero también jurídico. Pues en el Opus Dei no cambia la llamada de Dios al cumplimiento perfecto de la vocación cristiana por el hecho de ser sacerdote. Aunque el sacerdocio es lo más grande que Dios puede dar a un alma, queda también claro en la mente del Fundador del Opus Dei que para nosotros el sacerdocio es una circunstancia, un accidente, porque ‑dentro de la Obra‑ la vocación de sacerdotes y de seglares es la misma.

En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando.

No es el momento de profundizar en la novedad y en la riqueza ascética y teológica de este fenómeno pastoral, ahora tan difundido. Lo resumió muy bien el Cardenal Frings, el 27 de agosto de 1972, con ocasión de la primera Misa solemne de un sacerdote del Opus Dei en Colonia: “Ha sido voluntad de

Jesucristo, que fundó la Iglesia y le dio su régimen, que los santos sacramentos en su mayoría sólo puedan ser administrados por aquellos que han recibido la ordenación sacerdotal. Y por eso también esta Asociación necesita sacerdotes, los cuales, sin embargo, no ostentan en general cargos dentro de la Asociación; esto es cosa de los laicos. Pero cuando se trata de celebrar la Santa Misa o de administrar los sacramentos, especialmente de la Penitencia, del Altar, o de dar dirección espiritual personal a cada uno, el sacerdote no puede faltar. Es una actividad discreta, sin brillo, la que asume el sacerdote del Opus Dei. Por tanto, tiene que ser consciente, desde el primer momento, de que no le esperan honores, sino una tarea de servicio a los laicos que en la Iglesia de Cristo se esfuerzan por seguir su camino para alcanzar la santidad. Ésta es la tesis que Mons. Escrivá de Balaguer ha predicado desde hace tanto tiempo y que el Concilio Vaticano II ha hecho suya”.

Es de justicia observar que esto, que hoy parece normal a millares y millares de personas en todo el mundo ‑porque lo han visto hecho vida en cientos de sacerdotes del Opus Dei‑, requirió del Fundador mucha oración y mucha penitencia. En un escrito de 1956, Mons. Escrivá de Balaguer hacía ver a los socios de la Obra que había rezado con confianza e ilusión, durante tantos años, por los primeros sacerdotes, y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración.

Tenía la certeza sobrenatural de que los sacerdotes debían proceder de los seglares de la propia Obra, pero no sabía cómo resolver los graves problemas jurídicos que esto planteaba. Su oración de años fue escuchada:

El 14 de febrero de 1943, después de buscar y de no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa, clara. Al acabar de celebrar la Santa Misa en un Centro de la Sección femenina (…), pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Aquel Centro estaba en el chalet, hoy desaparecido, de la calle Jorge Manrique, de Madrid, en el que la Sección de mujeres de la Obra pudo tener al Señor en el Sagrario.

Antes del 14 de febrero de 1943, aun sin estar todavía resuelto el problema, con gran fe en la Providencia divina, el Fundador del Opus Dei había hecho comenzar ‑con anticipación de años los estudios sacerdotales a un grupo de socios de la Obra. Con la aprobación del Obispo de Madrid, buscó un cuadro de profesores verdaderamente excepcional. Entre ellos estaban algunos domi­nicos de gran prestigio, que enseñaban en el “Angelicum” de Roma y no habían podido regresar por causa de la guerra mundial, como el P. Muñiz, que les explicó Teología Dogmática, o el P. Severino Álvarez, profesor de Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, hoy Cardenal de Sevilla, les explicó Teología Moral. El actual arzobispo castrense, Fray José López Ortiz, era profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, O.P., que había trabajado muchos años en el Instituto Bíblico de Jerusalén, les enseñaba Sagrada Escritura. También fueron profe­sores suyos Fray Justo Pérez de Urbel, especialista en Liturgia, don Máximo Yurramendi, después obispo de Ciudad Rodrigo, don Joaquín Blázquez, actual Director del Instituto de Teología Francisco Suárez, del Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas, el P. Permuy, C.M.S., etc.

Años después, el 25 de junio de 1969, Mons. Escrivá de Balaguer quiso celebrar en Roma las bodas de plata sacerdotales de los primeros. Ese día los recuerdos se hicieron más vivos:

Cuando se iban a ordenar estos tres primeros, estudiaron apasionadamente y tuvieron el mejor profesorado que pude encontrar, porque he tenido siempre el orgullo de la preparación científica de mis hilos como base de su actuación apostólica. Estudiaron mucho, mucho, mucho… Yo os doy las gracias, porque me habéis dado el orgullo santo ‑que no ofende a Dios‑ de poder decir que habéis tenido una preparación eclesiástica maravillosa.

Puso gran empeño en su preparación. Les hizo estudiar sin prisas, sin correr, pero, al mismo tiempo, sin ningún periodo de vacaciones.

Tenían las clases en la casa de la calle Diego de León, y también allí se examinaban, ante un tribunal formado por tres de aquellos profesores. Mientras fue necesario, pasaron los exámenes de los cinco años de latín y del bienio filosófico en el Seminario Conciliar de Madrid.

Pero no se dedicaban exclusivamente al estudio. Alternaban las clases con el trabajo y con la atención de las actividades apostólicas. Estaban realmente ocupados, sobre todo, don Álvaro del Portillo, que era ya Secretario general del Opus Dei y ayudaba al Fundador de un modo especial. Sacaban tiempo ‑del día y de la noche‑ para estudiar, y lo hacían a fondo. Eran conscientes de que debían combinar la seriedad científica con la disponibilidad más completa, pues aumentaban los socios y las tareas apostólicas, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía siendo el único sacerdote.

Por eso, cuando tenían unas cuantas asignaturas cursadas ‑con las mismas horas de clase que se exigían en una Universidad Pontificia‑, pendientes sólo del examen, se iban de Madrid, generalmente a El Escorial, y se centraban en el estudio y preparación próxima de las pruebas finales.

El Fundador del Opus Dei siguió muy de cerca sus estudios. Y quiso encargarse directamente de la formación espiritual, pastoral y apostólica, de aquellos futuros sacerdotes. Es don José Luis Múzquiz quien rememora, con agradecimiento, los paseos que algunas veces daban por las carreteras de los alrededores de Madrid. Y, también, durante las épocas de preparación para los exámenes ‑en El Escorial o en El Encantiño, una pensión cerca de Torrelodones‑, las visitas que les hacia, al atardecer, para hablar con ellos, pasear un rato, e irles formando en el mejor modo de servir a la Iglesia, al Papa, a las almas todas, a la Obra, con su inmediata labor sacerdotal: “Todo esto lo hacia el Padre sin darle importancia, como si no supusiese ningún esfuerzo. Pero era un esfuerzo añadido a toda la carga que llevaba encima: la dirección de la Obra, ser el único sacerdote con un trabajo incesante y agotador; y, además, las calumnias e incomprensio­nes que pesaban sobre sus hombros”.

Años más tarde, en 1956, se refería en estos formación de aquellos tres sacerdotes:

Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré ‑si cabe‑ su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón ‑puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba‑, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma.

Desde entonces, periódicamente, con toda naturalidad y senci­llez, se ha ido repitiendo esa leva de sacerdotes, que ofrece un balance extraordinario. Como dijo el Cardenal Casariego en 1975, “por primera vez en la historia de la Iglesia, un sacerdote, mientras vivió, ha llevado al sacerdocio cerca de un millar de profesionales, especialistas en muchas ciencias humanas y nativos de los cinco continentes”. Aunque no hubiera hecho otra cosa ‑comentó por aquellos días un sacerdote sevillano‑ “ya habría hecho algo realmente admirable”.

Sin embargo, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no quedó completa, por decirla así, hasta que pudieron incorporarse también sacerdotes que no habían sido del Opus Dei antes de su ordenación. Al Fundador le sucedió ‑ante estos sacerdotes diocesanos‑ algo semejante a lo que habla experimentado con la ordenación de los primeros socios de la Obra. Tenía clara la idea, pero no encontraba el modo jurídico de llevarla a la práctica, pues no había ningún camino abierto en el Derecho canónico entonces vigente.

Desde el punto de vista teológico, la vocación al Opus Dei era la misma para los laicos y para los sacerdotes diocesanos: el mismo fenómeno teológico vocacional, solía decir el Fundador. Pero no vela la solución jurídica (como con tantos otros problemas, que hoy parecen fáciles y elementales, porque están resueltos).

Llegó a decidirse a abandonar el Opus Dei, para dedicarse a una nueva fundación para sacerdotes diocesanos: por amor vuestro, que es amor a Jesucristo, aseguraría con palabras emocionadas el 14 de noviembre de 1972 en La Lloma (Valencia) a un grupo numeroso de sacerdotes. Lo comunicó a los directores y directo­ras del Opus Dei. Se pusieron tristes, y alegres, porque comprendían la necesidad apostólica. Avisó a su hermana Carmen y a su hermano Santiago de que si comenzaban otra vez las calumnias, no se preocupasen: ‑Es esto. Antes había informado a la Santa Sede, que le dio su visto bueno.

Había sacerdotes que estaban esperando la solución del problema, algunos desde que habían conocido al Fundador de la Obra. Desde entonces le habían manifestado sus deseos de formar parte del Opus Dei. Él tenía que hacerles esperar.

Pero, en un momento dado, el Señor le hizo comprender que no era necesaria una nueva fundación y que, por tanto, no debía abandonar la Obra.

Como expondría luego muchas veces, Dios arregla las cosa muy bien, y como todos ‑sacerdotes y laicos‑ tienen la misma vocación, también jurídicamente han cabido en el Opus Dei los sacerdotes diocesanos. Muchos años después, en 1972, en Islabe (Derio, Vizcaya), confesaba a un buen grupo de ellos:

Agradezco a Nuestro Señor que vosotros seáis hermanos de vuestros hermanos, y que no haya habido necesidad de escindir un corazón de padre y de madre.

Epílogo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La inspiración que recibió Escrivá el 14 de febrero de 1943 le ayudó a encontrar una solución temporal a la necesidad de tener sacerdotes al servicio del Opus Dei. Una parte de la Obra, compuesta por sacerdotes y laicos que se preparaban para la ordenación, formaría una sociedad de vida común sin votos que sería conocida como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei era algo bien distinto de lo que comúnmente se entendía por sociedades de vida común. Por un lado, una sociedad de vida común no tiene a la vez miembros varones y mujeres. En cualquier caso, el Código de Derecho Canónico establecía expresamente que los miembros de estas sociedades de vida común no eran religiosos. Por eso, el uso de esta vía para el objetivo concreto de ordenar sacerdotes no era incompatible con el carácter del Opus Dei ni con la llamada divina que recibían sus miembros.

En octubre de 1943, la Santa Sede concedió el nihil obstat a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y el 8 de diciembre de ese mismo año la erigió el obispo de Madrid. Seis meses después, el 25 de junio de 1944, fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres eran ingenieros. Del Portillo continuó siendo el colaborador más estrecho de Escrivá y sería después su primer sucesor al frente de la Obra. Hernández de Garnica contribuyó decisivamente al desarrollo del Opus Dei en Alemania y Europa Central. Múzquiz fue el primer sacerdote de la Obra que marchó a los Estados Unidos de América. En 1946, otros seis fieles del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes, y desde entonces se han sucedido las ordenaciones ininterrumpidamente. Actualmente, pertenecen a la Obra más de 80.000 personas, de las que alrededor de 1800 son sacerdotes. La ventaja de tener presbíteros que conocieran bien el espíritu del Opus Dei y lo incorporaran a sus vidas fue determinante para el desarrollo de la Obra. En 1946, había unos 250 hombres y 30 mujeres.

La Segunda Guerra Mundial retrasó la expansión a otros países. Sólo unos pocos miembros de la Obra estudiaron en Italia en los primeros años de la década de 1940. El fin de las hostilidades en Europa permitió que comenzara la largamente deseada expansión internacional. Además de en España, a final de 1946 ya había gente del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 se empezó en Irlanda y Francia.

El crecimiento de la Obra en España y en otras partes puso de manifiesto la insuficiencia de la figura de la pía unión, aprobada por el obispo de Madrid. Si el Opus Dei seguía en su desarrollo, era precisa una aprobación de la Santa Sede. Además, la experiencia dejaba clara la necesidad de una situación canónica más acorde con el carácter laical y secular de la Obra.

En 1945, Escrivá envió a del Portillo a Roma para solicitar esa aprobación. En 1946 fue el mismo Escrivá quien se trasladó y ya permaneció allí hasta su muerte en 1975. En 1947, el Papa Pío XII aprobó el Opus Dei como instituto secular, una nueva figura canónica en la Iglesia. Y tres años más tarde le dio la aprobación definitiva. Se trataba de un nuevo traje jurídico que todavía no encajaba a la medida, pero que por el momento servía.

El 2 de octubre de 1928 Escrivá también vio a los casados dentro del Opus Dei. Como poco desde 1940, a algunos hombres y mujeres casados les habló de que tenían vocación a la Obra, pero que debían esperar. Esta espera acabó cuando el Opus Dei recibió la aprobación de Pío XII. También esta aprobación hizo posible que los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que reciben ayuda para su vida espiritual sin dejar de pertenecer plenamente a su propia diócesis.

El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma. Muchos de los hombres y mujeres que empezarían la labor de la Obra por todo el mundo pasarían antes varios años en Roma. Y no sólo adquirirían allí un grado académico y un conocimiento más profundo del espíritu del Opus Dei, sino también la visión universal y el amor a la Iglesia y al Papa, que Escrivá deseaba para todos los miembros.

Desde 1950, fieles del Opus Dei en colaboración con otras personas pusieron en marcha una amplia gama de labores de apostolado corporativo que respondían a diversas necesidades generales o del lugar donde vivían. Estas iniciativas tienen un carácter muy variado y van desde una universidad a un centro de capacitación profesional para trabajadores del campo, desde una escuela secundaria a un dispensario médico en zonas deprimidas. A pesar de su diversidad, todas comparten algunos rasgos comunes: están abiertas a personas de todas las razas y religiones; les mueve el espíritu cristiano de servicio y de amor a la libertad; procuran educar en el trabajo bien hecho; y ofrecen a quienes lo desean la oportunidad de profundizar en su formación religiosa y espiritual.

Durante la década de 1960 la Obra continuó su expansión y se abrieron nuevos centros en Australia, Filipinas, Nigeria, Puerto Rico, Paraguay y Bélgica. Este crecimiento vino de la mano del Concilio Vaticano II, que eliminó cualquier duda sobre la ortodoxia del mensaje del Opus Dei. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”, el Concilio hizo oficial en la Iglesia la doctrina sobre la llamada universal a la santidad, que muchos habían considerado sospechosa cuando Escrivá comenzó a predicarla en 1928.

El Concilio Vaticano II también abrió el camino para la creación de prelaturas personales, una nueva figura jurídica que se acomodaba perfectamente a las características pastorales del Opus Dei. En 1969, se reunió en Roma un congreso general especial para estudiar el cambio de estructura jurídica.

Escrivá falleció en Roma el 26 de junio de 1975. El congreso general electivo designó a del Portillo como su sucesor al frente del Opus Dei. Del Portillo aseguró a las 60.000 personas que formaban parte de la Obra en aquel momento que su labor como cabeza del Opus Dei era mantener la fidelidad al carisma fundacional y al espíritu entregado por Escrivá.

Del Portillo continuó con los trabajos del fundador para transformar al Opus Dei en prelatura personal. Los esfuerzos culminaron el 28 de noviembre de 1982, fecha en que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei y nombró prelado a del Portillo. En 1991 le ordenó obispo.

Un año más tarde, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatificó a Escrivá en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas. En su homilía afirmó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. ‘Todas las cosas de la tierra –enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios’ (…).

La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y la obra de Josemaría Escrivá (…)”

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA «UT SIT»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

(Documento Pontificio de erección del Opus Dei en Prelatura personal)

JUAN PABLO OBISPO

Siervo de los Siervos de Dios

Para perpetua memoria

Con grandísima esperanza, la Iglesia dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei, que –por inspiración divina– el Siervo de Dios Josemaría Eserivá de Balaguer fundó en Madrid el 2 de octubre de 1928, con el fin de que siempre sea un instrumento apto y eficaz de la misión salvífica que la Iglesia lleva a cabo para la vida del mundo.

Desde sus comienzos, en efecto, esta Institución se ha esforzado, no sólo en iluminar con luces nuevas la misión de los laicos en la iglesia y en la sociedad humana, sino también en ponerla por obra; se ha esforzado igualmente en llevar a la práctica la doctrina de la llamada universal a la santidad, y en promover entre todas las clases sociales la santificación del trabajo profesional y por medio del trabajo profesional. Además, mediante la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, ha procurado ayudar a los sacerdotes diocesanos a vivir la misma doctrina, en el ejercicio de su sagrado ministerio.

Habiendo crecido el Opus Dei, con la ayuda de la gracia divina, hasta el punto de que se ha difundido y trabaja en gran número de diócesis de todo el mundo, como un organismo apostólico compuesto de sacerdotes y de laicos, tanto hombres como mujeres, que es al mismo tiempo orgánico e indiviso –es decir, como una institución dotada de una unidad de espíritu, de fin, de régimen y de formación–, se ha hecho necesario conferirle una configuración jurídica adecuada a sus características peculiares. Fue el mismo Fundador del Opus Dei, en el año 1962, quien pidió a la Santa Sede, con humilde y confiada súplica, que teniendo presente la naturaleza teológica y genuína de la Institución, y con vistas a su mayor eficacia apostólica, le fuese concedida una configuración eclesial apropiada.

Desde que el Concilio Ecuménico Vaticano II introdujo en el ordenamiento de la Iglesia, por medio del Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 10 –hecho ejecutivo mediante el Motu proprio Ecclesiae Sanctae, 1, n. 4– la figura de las Prelaturas personales para la realización de peculiares tareas pastorales, se vio con claridad que tal figura jurídica se adaptaba perfectamente al Opus Dei. Por eso, en el año 1969, Nuestro Predecesor Pablo VI, de gratísima memoria, acogiendo benignamente la petición del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, le autorizó para convocar un Congreso General especial que, bajo su dirección, se ocupase de iniciar el estudio para una transformación del Opus Dei, de acuerdo con su naturaleza y con las normas del Concilio Vaticano Il.

Nos mismo ordenamos expresamente que se prosiguiera tal estudio, y en el año 1979 dimos mandato a la Sagrada Congregación para los Obispos, a la que por su naturaleza competía el asunto, para que, después de haber considerado atentamente todos los datos, tanto de derecho como de hecho, sometiera a examen la petición formal que había sido presentada por el Opus Dei.

Cumpliendo el encargo recibido, la Sagrada Congregación examinó cuidadosamente la cuestión que le había sido encomendada, y lo hizo tomando en consideración tanto el aspecto histórico, como el jurídico y el pastoral. De tal modo, quedando plenamente excluida cualquier duda acerca del fundamento, la posibilidad y el modo concreto de acceder a la petición, se puso plenamente de manifiesto la oportunidad y la utilidad de la deseada transformación del Opus Dei en Prelatura personal.

Por tanto, Nos con la plenitud de Nuestra potestad apostólica, después de aceptar el parecer que Nos había dado Nuestro Venerable Hermano el Eminentísimo y Reverendísimo Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, y supliendo, en la medida en que sea necesario, el consentimiento de quienes tengan o consideren tener algún interés propio en esta materia, mandamos y queremos que se lleve a la práctica cuanto sigue.

I

Queda erigido el Opus Dei como Prelatura personal de ámbito internacional, con el nombre de la Santa Cruz y Opus Dei o, en forma abreviada, Opus Dei. Queda erigida a la vez la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, como Asociación de clérigos intrínsecamente unida a la Prelatura.

II

La Prelatura se rige por las normas del derecho general y de esta Constitución, así como por sus propios Estatutos, que reciben el nombre de «Código de derecho particular del Opus Dei».

III

La jurisdicción de la Prelatura personal se extiende a los clérigos en ella incardinados, así como también –sólo en lo referente al cumplimiento de las obligaciones peculiares asumidas por el vínculo jurídico, mediante convención con la Prelatura– a los laicos que se dedican a las tareas apostólicas de la Prelatura: unos y otros, clérigos y laicos, dependen de la autoridad del Prelado para la realización de la tarea pastoral de la Prelatura, a tenor de lo establecido en el artículo precedente.

IV

E1 Ordinario propio de la Prelatura del Opus Dei es su Prelado, cuya elección, que ha de hacerse de acuerdo con lo que establece el derecho general y particular, ha de ser confirmada por el Romano Pontífice.

V

La Prelatura depende de la Sagrada Congregación para los Obispos y, según la materia de que se trate, gestionará los asuntos correspondientes ante los demás Dicasterios de la Curia Romana.

VI

Cada cinco años, el Prelado presentará al Romano Pontífice, a través de la Sagrada Congregación para los Obispos, un informe acerca de la situación de la Prelatura y del desarrollo de su trabajo apostólico.

VII

El Gobierno central de la Prelatura tiene su sede en Roma. Queda erigido, como iglesia prelaticia, el Oratorio de Santa María de la Paz, que se encuentra en la sede central de la Prelatura.

Asimismo, el Reverendísimo Monseñor Álvaro del Portillo, canónicamente elegido Presidente General del Opus Dei el 15 de septiembre de 1975, queda confirmado y es nombrado Prelado de la Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei, que se ha erigido.

Finalmente, para la oportuna ejecución de todo lo que antecede, Nos designamos al Venerable Hermano Romolo Carboni, Arzobispo titular de Sidone y Nuncio Apostólico en Italia, a quien conferimos las necesarias y oportunas facultades, también la de subdelegar –en la materia de que se trata– en cualquier dignatario eclesiástico, con la obligación de enviar cuanto antes a la Sagrada Congregación para los Obispos un ejemplar auténtico del acta en la que se dé fe de la ejecución del mandato.

Sin que obste cualquier cosa en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 28 del mes de noviembre del año 1982, quinto de Nuestro Pontificado.

AUGUSTINUS Card. CASAROLI +SEBASTIANUS Card. BAGGIO

Secretario de Estado   Prefecto de la Sagrada

Congregación para los Obispos

Iosephus Del Ton, Protonotario Apostólico Marcellus Rossetti, Protonotario Apostólico

V. LA GENTE DEL OPUS DEI

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Los miembros del Opus Dei son, como se puede ver, personas corrientes que desean llevar una vida plenamente cristiana, buscando la santidad y ejerciendo el apostolado, en su propio estado y en su propio trabajo en medio de la sociedad civil.

En el fondo la cosa no puede ser más sencilla. Cada persona del Opus Dei se compromete en concreto a practicar las virtudes cristianas propias de su condición en el mundo, y a ejercer el apostolado en la medida de sus posibilidades y según su situación personal. Como es lógico, esa diversidad de situaciones personales trae consigo una variedad de participación en las labores apostólicas según que puedan dedicar más o menos tiempo, según que puedan desarrollar una u otra actividad, etc. La mayoría de los miembros de la Obra son personas casadas, que procuran vivir seriamente el cristianismo en el seno de su hogar. Otros, en cambio, deciden permanecer célibes, con el fin de dedicar más tiempo a las tareas de formación de los demás miembros y a las diversas actividades apostólicas. Y en correspondencia a esa dedicación de sus miembros, la Obra se compromete a su vez a darles ayuda espiritual y orientación para sostener e incrementar su vida interior, al mismo tiempo que les estimula para que en su acción apostólica puedan servir a todas las almas. Por tratarse de cristianos corrientes, en el Opus Dei se da la misma variedad de personas que en cualquier sociedad: hombres y mujeres, ,jóvenes y viejos, solteros y casados, sanos y enfermos; y hay en, la Obra personas de cualquier condición social y de cualquier profesión. «Para formar parte del Opus Dei –ha escrito Mons. Escrivá de Balaguer– se necesita sólo la buena voluntad de corresponder a la vocación divina, que invita a buscar la perfección cristiana en el propio estado y en el ejercicio de la propia profesión u oficio en el mundo, según el espíritu del Opus Dei. Precisamente por eso pertenecen a la Obra hombres y mujeres de las más diversas condiciones: porque la vocación la da Dios y… porque para Dios no hay acepción de personas».

A esa multiplicidad de situaciones personales corresponde precisamente una forma personalísima de actuar la misma vocación que cada uno ha recibido, porque, como me decía uno de ellos, «en el Opus Dei cada uno se organiza como le da la gana». Unos pocos residen en centros de la Obra con el fin de estar más disponibles para trabajar en la dirección espiritual y doctrinal de las tareas de formación, pero la mayoría viven con su familia o en aquellos lugares donde los lleva a permanecer el desempeño de su labor profesional.

Del Opus Dei forman parte además sacerdotes, que se ordenan cuando ya pertenecen a la Prelatura y se dedican principalmente –aunque no de manera exclusiva– a la atención espiritual de los demás miembros de la Obra y son, por vocación, sacerdotes seculares en cualquier diócesis donde se encuentren.

Otros, después de haber recibido las sagradas órdenes, se asocian, para mejorar su vida espiritual, en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, Asociación inseparablemente unida a la Prelatura, sin que esto disminuya –lógicamente– en modo alguno su condición de sacerdotes diocesanos ni su plena dependencia del propio Ordinario, como ya hemos visto.

En resumen, pues, se puede decir que en el Opus Dei hay laicos y sacerdotes seculares; que entre los laicos, hay personas casadas y otras que permanecen célibes; y que, tanto entre los casados como entre los célibes, hay personas de todas las profesiones y ambientes sociales.

Y existen también Cooperadores –muchos de ellos no católicos– que, sin ser propiamente miembros de la Obra, colaboran en las actividades apostólicas con su oración,  sus limosnas o su trabajo.

Epílogo

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La inspiración que recibió Escrivá el 14 de febrero de 1943 le ayudó a encontrar una solución temporal a la necesidad de tener sacerdotes al servicio del Opus Dei. Una parte de la Obra, compuesta por sacerdotes y laicos que se preparaban para la ordenación, formaría una sociedad de vida común sin votos que sería conocida como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. El Opus Dei era algo bien distinto de lo que comúnmente se entendía por sociedades de vida común. Por un lado, una sociedad de vida común no tiene a la vez miembros varones y mujeres. En cualquier caso, el Código de Derecho Canónico establecía expresamente que los miembros de estas sociedades de vida común no eran religiosos. Por eso, el uso de esta vía para el objetivo concreto de ordenar sacerdotes no era incompatible con el carácter del Opus Dei ni con la llamada divina que recibían sus miembros.

En octubre de 1943, la Santa Sede concedió el nihil obstat a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, y el 8 de diciembre de ese mismo año la erigió el obispo de Madrid. Seis meses después, el 25 de junio de 1944, fueron ordenados los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Los tres eran ingenieros. Del Portillo continuó siendo el colaborador más estrecho de Escrivá y sería después su primer sucesor al frente de la Obra. Hernández de Garnica contribuyó decisivamente al desarrollo del Opus Dei en Alemania y Europa Central. Múzquiz fue el primer sacerdote de la Obra que marchó a los Estados Unidos de América. En 1946, otros seis fieles del Opus Dei fueron ordenados sacerdotes, y desde entonces se han sucedido las ordenaciones ininterrumpidamente. Actualmente, pertenecen a la Obra más de 80.000 personas, de las que alrededor de 1800 son sacerdotes. La ventaja de tener presbíteros que conocieran bien el espíritu del Opus Dei y lo incorporaran a sus vidas fue determinante para el desarrollo de la Obra. En 1946, había unos 250 hombres y 30 mujeres.

La Segunda Guerra Mundial retrasó la expansión a otros países. Sólo unos pocos miembros de la Obra estudiaron en Italia en los primeros años de la década de 1940. El fin de las hostilidades en Europa permitió que comenzara la largamente deseada expansión internacional. Además de en España, a final de 1946 ya había gente del Opus Dei en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 se empezó en Irlanda y Francia.

El crecimiento de la Obra en España y en otras partes puso de manifiesto la insuficiencia de la figura de la pía unión, aprobada por el obispo de Madrid. Si el Opus Dei seguía en su desarrollo, era precisa una aprobación de la Santa Sede. Además, la experiencia dejaba clara la necesidad de una situación canónica más acorde con el carácter laical y secular de la Obra.

En 1945, Escrivá envió a del Portillo a Roma para solicitar esa aprobación. En 1946 fue el mismo Escrivá quien se trasladó y ya permaneció allí hasta su muerte en 1975. En 1947, el Papa Pío XII aprobó el Opus Dei como instituto secular, una nueva figura canónica en la Iglesia. Y tres años más tarde le dio la aprobación definitiva. Se trataba de un nuevo traje jurídico que todavía no encajaba a la medida, pero que por el momento servía.

El 2 de octubre de 1928 Escrivá también vio a los casados dentro del Opus Dei. Como poco desde 1940, a algunos hombres y mujeres casados les habló de que tenían vocación a la Obra, pero que debían esperar. Esta espera acabó cuando el Opus Dei recibió la aprobación de Pío XII. También esta aprobación hizo posible que los sacerdotes diocesanos pudieran formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que reciben ayuda para su vida espiritual sin dejar de pertenecer plenamente a su propia diócesis.

El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma. Muchos de los hombres y mujeres que empezarían la labor de la Obra por todo el mundo pasarían antes varios años en Roma. Y no sólo adquirirían allí un grado académico y un conocimiento más profundo del espíritu del Opus Dei, sino también la visión universal y el amor a la Iglesia y al Papa, que Escrivá deseaba para todos los miembros.

Desde 1950, fieles del Opus Dei en colaboración con otras personas pusieron en marcha una amplia gama de labores de apostolado corporativo que respondían a diversas necesidades generales o del lugar donde vivían. Estas iniciativas tienen un carácter muy variado y van desde una universidad a un centro de capacitación profesional para trabajadores del campo, desde una escuela secundaria a un dispensario médico en zonas deprimidas. A pesar de su diversidad, todas comparten algunos rasgos comunes: están abiertas a personas de todas las razas y religiones; les mueve el espíritu cristiano de servicio y de amor a la libertad; procuran educar en el trabajo bien hecho; y ofrecen a quienes lo desean la oportunidad de profundizar en su formación religiosa y espiritual.

Durante la década de 1960 la Obra continuó su expansión y se abrieron nuevos centros en Australia, Filipinas, Nigeria, Puerto Rico, Paraguay y Bélgica. Este crecimiento vino de la mano del Concilio Vaticano II, que eliminó cualquier duda sobre la ortodoxia del mensaje del Opus Dei. En la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen gentium”, el Concilio hizo oficial en la Iglesia la doctrina sobre la llamada universal a la santidad, que muchos habían considerado sospechosa cuando Escrivá comenzó a predicarla en 1928.

El Concilio Vaticano II también abrió el camino para la creación de prelaturas personales, una nueva figura jurídica que se acomodaba perfectamente a las características pastorales del Opus Dei. En 1969, se reunió en Roma un congreso general especial para estudiar el cambio de estructura jurídica.

Escrivá falleció en Roma el 26 de junio de 1975. El congreso general electivo designó a del Portillo como su sucesor al frente del Opus Dei. Del Portillo aseguró a las 60.000 personas que formaban parte de la Obra en aquel momento que su labor como cabeza del Opus Dei era mantener la fidelidad al carisma fundacional y al espíritu entregado por Escrivá.

Del Portillo continuó con los trabajos del fundador para transformar al Opus Dei en prelatura personal. Los esfuerzos culminaron el 28 de noviembre de 1982, fecha en que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura Personal de la Santa Cruz y Opus Dei y nombró prelado a del Portillo. En 1991 le ordenó obispo.

Un año más tarde, el 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatificó a Escrivá en la plaza de San Pedro ante más de 300.000 personas. En su homilía afirmó: “Con sobrenatural intuición, el beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por ello, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo. ‘Todas las cosas de la tierra –enseñaba-, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios’ (…).

La actualidad y trascendencia de su mensaje espiritual, profundamente enraizado en el Evangelio, son evidentes, como lo muestra también la fecundidad con la que Dios ha bendecido la vida y la obra de Josemaría Escrivá (…)”[1].

[1] Beatificación de Josemaría Escrivá. Crónica y homilías. Ediciones Palabra. Madrid, 1992. pág. 19-20

Un proyecto de renovación en el corazón del mundo contemporáneo

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Testimonio de Cardenal Franz Konig, Arzobispo de Viena
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El próximo mes de octubre habrán transcurrido cincuenta y sie­te años desde que el sacerdote español Josemaría Escrivá de Bala­guer fundara el Opus Dei, el 2 de octubre de 1928. Un año y medio después se añade la sección femenina, y, en febrero de 1943, en plena Guerra Mundial, surge la «Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz» en el seno de la Obra. La intención del fundador era desde el primer momento mostrar a los cristianos que existen en el mundo nuevos caminos para profundizar e interiorizar la propia vida reli­giosa. Circunstancias externas –y para ser exactos la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial– hicieron que esta fun­dación estuviese limitada, en sus inicios, a España y Portugal.

El Opus Dei cuenta actualmente –basándome en los datos de que dispongo con aproximadamente unos 73.000 miembros. De ellos, 1.400 aproximadamente son sacerdotes; el resto, es decir, la enorme mayoría, son laicos. El Opus Dei cuenta con centros o miembros en Europa occidental, Estados Unidos, Canadá. Austra­lia, México, América del Sur, así como en varios Estados africanos y en Hong Kong… En total son 87 países. Este nuevo tipo de comu­nidad cristiana, constituido, actualmente, como prelatura personal según el derecho canónico, se ha propagado muy rápidamente y en poco tiempo.

Con frecuencia, formas y empresas nuevas deben afrontar, incluso en el seno de la Iglesia, criticas y debates. No escapó a esta experiencia el fundador, fallecido en 1975, hace diez años, ni tam­poco su– sucesor, el español Álvaro del Portillo. En noviembre de 1 982 el Opus Dei se erige como primera prelatura personal de con­formidad con las normas del derecho canónico. Con esto, el Opus Dei ha encontrado, después de larga reflexión, la forma jurídica que le corresponde dentro de la Iglesia. Este hecho ha provocado recientemente un debate sobre este camino y sobre el lugar que ocupa en la Iglesia.

Algunos temen que el Opus Dei pueda llegar a convertirse en una Iglesia dentro de la Iglesia. El antiguo derecho canónico reco­nocía el papel de las prelaturas territoriales, es decir, zonas más o menos independientes del obispo ordinario del lugar. Pero el Con–cilio Vaticano II ha abierto el camino para un nuevo tipo de pre­laturas, que no se rigen por el principio territorial, sino por el per­sonal. En estas prelaturas personales lo que se establece es el cum­plimiento de deberes particulares y objetivos pastorales, que deben ser compatibles con los derechos del obispo ordinario del lugar y que, por tanto, no tratan de conseguir plena autonomía frente a él. El Opus Dei existía ya desde 1947 como institución de derecho pontificio. Desde entonces – y, por tanto, durante el pontificado de varios Papas–, el Opus Dei poseía una dirección central con la independencia interna necesaria y con potestad de régimen.

El Opus Dei no es una orden. A diferencia de las órdenes, deno­minadas en otro tiempo en la Iglesia «estado de perfección» y en la actualidad «vida consagrada a Dios», el Opus Dei intenta subra­yar una idea de la que se ha ocupado con esmero el último Concilio: los laicos pueden y deben buscar la perfección y la santidad, en el mundo y en el propio trabajo, y pueden hacerlo sin abandonar la profesión civil, ni la familia. No se trata de un camino mejor que el de las órdenes religiosas, sino sencillamente distinto. Esta nueva idea, y este nuevo camino de la Iglesia, permiten comprender también la rápida expansión de esta forma de apostolado laico. También por parte del Opus Dei mismo se resalta que su historia también capacitado para eso, como representante del apostolado laico del que habla el Concilio, en virtud del espíritu sacerdotal que llamados ala plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad… por lo que todos los fieles serán hoy en día más santi­ficados en sus condiciones de vida, en sus obligaciones o en sus circunstancias… Todos los fieles, por tanto, son invitados y anima­dos a buscar la santidad y la perfección de su propio estado».

Con razón pueden reseñar actualmente los miembros del Opus Dei que su fundador ya había expresado ideas similares en 1928, cuando escribió: todo bautizado está llamado a la plenitud de la vida cristiana y a la participación plena en la obra de la salvación. Esta vocación se desarrolla dentro de una «unidad de vida», o sea, la actividad en el mundo y la unión con Dios no se excluyen mutua­mente, sino que pueden y deben formar un conjunto armónico: el cristiano busca una relación personal con Dios en la oración y en los sacramentos: de este modo, se va transformando cada vez más en Cristo, y así se dedica con todo empeño al cumplimiento de las tareas terrenales que le corresponden en el mundo. De este modo. goza de libertad y responsabilidad personales, mientras escucha continua y atentamente la voz de la conciencia bien formada, que le hace reconocer la llamada de Dios, o sea, la voluntad divina para cada uno, por medio de las circunstancias de la vida.

Desde este punto de vista, la misión del laico no consiste sim­plemente en «ayudar» al clero: sino que él mismo es Iglesia, en la medida en que es miembro vivo del Pueblo de Dios en la tierra, con la huella del sacerdocio universal de Cristo recibida por la gracia del Bautismo, que le hace capaz de cooperar de forma directa en la obra de la salvación, gracias a una oración constante y a una vida que es también contemplativa en medio de la tempestuosa rea­lidad cotidiana, en la que el trabajo se efectúa en presencia de Dios y para su gloria, y así puede convertirse en oración.

De esta manera, el trabajo diario puede ser el lugar donde el fiel sencillo encuentra a su prójimo: donde, con toda sencillez y debi­do a la amistad y al trato personales, intenta comunicarle algo de la luz de la doctrina de Cristo; donde les ayuda a encontrar el camino que va a Dios. Donde ya no se escucha el sermón del sacerdote, ahí se puede escuchar la voz de un amigo que da la mano a su amigo, y le ayuda con tesón a acercarse al calor de la fe. Aquel que es capaz de llevar a cabo el apostolado personal de una manera tan espontánea y en cualquier situación, llevado por un impulso interior, está también capacitado para eso, como representante del apostolado laico del que habla el Concilio, en virtud del espíritu sacerdotal que tiene todo bautizado mediante la viva relación con Dios. Por eso, en el Opus Dei el sacerdocio universal de los fieles debe ser una realidad hecha viva. El sacerdocio universal es, en su esencia, distinto del ministerial o sacramental, tal como subraya el Concilio, los miembros del Concilio imitando las enseñanzas de su Fundador Escrivá, ven en el sacerdocio universal de los fieles y en el sacerdocio ministerial y sacramental dos cosas totalmente diversas, pero que entre ellas tienen una conexión orgánica, tal como se indica, por ejemplo, en el Canon 296 del nuevo Código de Derecho Canónico sobre las prelaturas personales. Es decir, que el apostolado personal de los laicos tiene sus propios límites ahí donde empieza la barrera sacramental, y es necesario el sacerdote para perdonar los pecados de los hombres en nombre de Dios, para celebrar el Sacrificio de la Misa, y para distribuir las gracias sacramentales que Cristo ha confiado a su Iglesia.

En el orden establecido por el nuevo Código de Derecho Canónico, el Opus Dei no desea una detracción de la jurisdicción episcopal. Los sacerdotes del Opus Dei son – como también dijeron los directores centrales de la Obra- sacerdotes seculares al cien por cien, en virtud de su formación, de su espíritu, de su mentalidad y del modo en que realizan su ministerio. Por eso mismo, sus directores les exhortan a vivir y fomentar la unidad fraterna con los otros sacerdotes, con el respectivo presbiterio diocesano. En primer plano, están la enorme mayoría de los laicos los cuales llevan a cabo una actividad apostólica. Su dependencia con respecto al Prelado del Opus Dei se remite a los deberes ascéticos, apostólicos y educativos que han asumido al vincularse a la prelatura. En cuanto a los demás son animados a trabajar en sus diócesis según sus deberes de cristianos y de ciudadanos católicos. Con su testimonio cristiano, con su intensa vida de fe y con el prestigio de su propia profesión pueden reforzar el apostolado laico de la diócesis.

El nuevo Código de Derecho Canónico (canon 225, parte1), con referencia a los derechos y deberes de los laicos dice: Los laicos, desde el momento en que como todos los fieles son elegidos por Dios para el apostolado mediante el bautismo y la confirmación …tienen el deber de colaborar para que el mensaje de la salvación sea conocido y acogido por todo hombre y en todo lugar.

La Obra, a la que Monseñor Escrivá de Balaguer dedicó hasta el último instante de su vida, se ha mostrado, antes y después del Concilio, como modelo pastoral vivo y eficaz para la cooperación apostólica entre sacerdotes y laicos: ha ofrecido un ejemplo tangible del vínculo que existe entre los sacerdocios universal y ministerial sin desfigurar las distintas funciones y tareas de ambos. De este modo, puede servir a la Iglesia como verdadero instrumento de Dios.

5. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 13 de julio de 1975, el Cardenal Casariego confería en Barcelona la ordenación sacerdotal a 54 profesionales, socios del Opus Dei. Con ellos, sumaban ya casi un millar los socios laicos de la Obra que habían sido llamados al sacerdocio, desde que fueron ordenados por don Leopoldo Eijo y Garay los tres primeros ‑don Álvaro del Portillo, don José María Hernández de Garnica y don José Luis Múzquiz‑, en Madrid el 25 de junio de 1944.

Fue ésta una fecha importante, que quedó grabada para siempre en el corazón del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión comentaría que esa primera ordenación de sacer­dotes le causó a la vez mucha alegría y mucha tristeza:

Amo de tal manera la condición laical de nuestra Obra, que sentía hacerlos clérigos, con un verdadero dolor; y, por otra parte, la necesidad del sacerdocio era tan clara, que tenía que ser grato a Dios Nuestro Señor que llegaran al altar esos hijos míos.

La Obra necesitaba sacerdotes que, junto a la preparación y virtudes de todos los buenos sacerdotes, tuvieran una experiencia personal y un conocimiento bien vivido del espíritu del Opus Dei, para servir con su ministerio a los socios y asociadas de la Obra y para colaborar con el apostolado de los laicos: porque éstos, aunque a través del trato con sus iguales hacen una labor eficaz de ayuda espiritual, acaban por toparse necesariamente con lo que Mons. Escrivá de Balaguer llamaba muy gráficamente muro sacramental.

Necesitamos ‑ponderaba en 1945‑ sacerdotes con nuestro espíritu: que estén bien preparados; que sean alegres, operativos y eficaces; que tengan un ánimo deportivo ante la vida; que se sacrifiquen gustosos por sus hermanos, sin sentirse víctimas.

Y, recordando la ordenación de los tres primeros, agradecía las sinceras congratulaciones que había recibido de personas de todos los ambientes, subrayando este nuevo fenómeno pastoral que se verifica dentro de la Obra de Dios: hombres jóvenes que ejercen una profesión universitaria, con la vida humanamente abierta para hacer libremente su voluntad, que van a servir, sin estipendio alguno, a todas las almas ‑especialmente a las de sus hermanos‑ y a trabajar duramente, porque las horas del día serán pocas para su tarea espiritual.

Efectivamente, había surgido así en la vida de la Iglesia un nuevo fenómeno pastoral, pero también jurídico. Pues en el Opus Dei no cambia la llamada de Dios al cumplimiento perfecto de la vocación cristiana por el hecho de ser sacerdote. Aunque el sacerdocio es lo más grande que Dios puede dar a un alma, queda también claro en la mente del Fundador del Opus Dei que para nosotros el sacerdocio es una circunstancia, un accidente, porque ‑dentro de la Obra‑ la vocación de sacerdotes y de seglares es la misma.

En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando.

No es el momento de profundizar en la novedad y en la riqueza ascética y teológica de este fenómeno pastoral, ahora tan difundido. Lo resumió muy bien el Cardenal Frings, el 27 de agosto de 1972, con ocasión de la primera Misa solemne de un sacerdote del Opus Dei en Colonia: “Ha sido voluntad deJesucristo, que fundó la Iglesia y le dio su régimen, que los santos sacramentos en su mayoría sólo puedan ser administrados por aquellos que han recibido la ordenación sacerdotal. Y por eso también esta Asociación necesita sacerdotes, los cuales, sin embargo, no ostentan en general cargos dentro de la Asociación; esto es cosa de los laicos. Pero cuando se trata de celebrar la Santa Misa o de administrar los sacramentos, especialmente de la Penitencia, del Altar, o de dar dirección espiritual personal a cada uno, el sacerdote no puede faltar. Es una actividad discreta, sin brillo, la que asume el sacerdote del Opus Dei. Por tanto, tiene que ser consciente, desde el primer momento, de que no le esperan honores, sino una tarea de servicio a los laicos que en la Iglesia de Cristo se esfuerzan por seguir su camino para alcanzar la santidad. Ésta es la tesis que Mons. Escrivá de Balaguer ha predicado desde hace tanto tiempo y que el Concilio Vaticano II ha hecho suya”.

Es de justicia observar que esto, que hoy parece normal a millares y millares de personas en todo el mundo ‑porque lo han visto hecho vida en cientos de sacerdotes del Opus Dei‑, requirió del Fundador mucha oración y mucha penitencia. En un escrito de 1956, Mons. Escrivá de Balaguer hacía ver a los socios de la Obra que había rezado con confianza e ilusión, durante tantos años, por los primeros sacerdotes, y por los que más tarde seguirían su camino; y recé tanto, que puedo afirmar que todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración.

Tenía la certeza sobrenatural de que los sacerdotes debían proceder de los seglares de la propia Obra, pero no sabía cómo resolver los graves problemas jurídicos que esto planteaba. Su oración de años fue escuchada:

El 14 de febrero de 1943, después de buscar y de no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa, clara. Al acabar de celebrar la Santa Misa en un Centro de la Sección femenina (…), pude hablar de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Aquel Centro estaba en el chalet, hoy desaparecido, de la calle Jorge Manrique, de Madrid, en el que la Sección de mujeres de la Obra pudo tener al Señor en el Sagrario.

Antes del 14 de febrero de 1943, aun sin estar todavía resuelto el problema, con gran fe en la Providencia divina, el Fundador del Opus Dei había hecho comenzar ‑con anticipación de años los estudios sacerdotales a un grupo de socios de la Obra. Con la aprobación del Obispo de Madrid, buscó un cuadro de profesores verdaderamente excepcional. Entre ellos estaban algunos domi­nicos de gran prestigio, que enseñaban en el “Angelicum” de Roma y no habían podido regresar por causa de la guerra mundial, como el P. Muñiz, que les explicó Teología Dogmática, o el P. Severino Álvarez, profesor de Derecho Canónico. Don José María Bueno Monreal, hoy Cardenal de Sevilla, les explicó Teología Moral. El actual arzobispo castrense, Fray José López Ortiz, era profesor de Historia de la Iglesia. El P. Celada, O.P., que había trabajado muchos años en el Instituto Bíblico de Jerusalén, les enseñaba Sagrada Escritura. También fueron profe­sores suyos Fray Justo Pérez de Urbel, especialista en Liturgia, don Máximo Yurramendi, después obispo de Ciudad Rodrigo, don Joaquín Blázquez, actual Director del Instituto de Teología Francisco Suárez, del Consejo Superior de Investigaciones Cientí­ficas, el P. Permuy, C.M.S., etc.

Años después, el 25 de junio de 1969, Mons. Escrivá de Balaguer quiso celebrar en Roma las bodas de plata sacerdotales de los primeros. Ese día los recuerdos se hicieron más vivos:

Cuando se iban a ordenar estos tres primeros, estudiaron apasionadamente y tuvieron el mejor profesorado que pude encontrar, porque he tenido siempre el orgullo de la preparación científica de mis hilos como base de su actuación apostólica. Estudiaron mucho, mucho, mucho… Yo os doy las gracias, porque me habéis dado el orgullo santo ‑que no ofende a Dios‑ de poder decir que habéis tenido una preparación eclesiástica maravillosa.

Puso gran empeño en su preparación. Les hizo estudiar sin prisas, sin correr, pero, al mismo tiempo, sin ningún periodo de vacaciones.

Tenían las clases en la casa de la calle Diego de León, y también allí se examinaban, ante un tribunal formado por tres de aquellos profesores. Mientras fue necesario, pasaron los exámenes de los cinco años de latín y del bienio filosófico en el Seminario Conciliar de Madrid.

Pero no se dedicaban exclusivamente al estudio. Alternaban las clases con el trabajo y con la atención de las actividades apostólicas. Estaban realmente ocupados, sobre todo, don Álvaro del Portillo, que era ya Secretario general del Opus Dei y ayudaba al Fundador de un modo especial. Sacaban tiempo ‑del día y de la noche‑ para estudiar, y lo hacían a fondo. Eran conscientes de que debían combinar la seriedad científica con la disponibilidad más completa, pues aumentaban los socios y las tareas apostólicas, y Mons. Escrivá de Balaguer seguía siendo el único sacerdote.

Por eso, cuando tenían unas cuantas asignaturas cursadas ‑con las mismas horas de clase que se exigían en una Universidad Pontificia‑, pendientes sólo del examen, se iban de Madrid, generalmente a El Escorial, y se centraban en el estudio y preparación próxima de las pruebas finales.

El Fundador del Opus Dei siguió muy de cerca sus estudios. Y quiso encargarse directamente de la formación espiritual, pastoral y apostólica, de aquellos futuros sacerdotes. Es don José Luis Múzquiz quien rememora, con agradecimiento, los paseos que algunas veces daban por las carreteras de los alrededores de Madrid. Y, también, durante las épocas de preparación para los exámenes ‑en El Escorial o en El Encantiño, una pensión cerca de Torrelodones‑, las visitas que les hacia, al atardecer, para hablar con ellos, pasear un rato, e irles formando en el mejor modo de servir a la Iglesia, al Papa, a las almas todas, a la Obra, con su inmediata labor sacerdotal: “Todo esto lo hacia el Padre sin darle importancia, como si no supusiese ningún esfuerzo. Pero era un esfuerzo añadido a toda la carga que llevaba encima: la dirección de la Obra, ser el único sacerdote con un trabajo incesante y agotador; y, además, las calumnias e incomprensio­nes que pesaban sobre sus hombros”.

Años más tarde, en 1956, se refería en estos formación de aquellos tres sacerdotes:

Desde que preparé a los primeros sacerdotes de la Obra, exageré ‑si cabe‑ su formación filosófica y teológica, por muchas razones: la segunda, por agradar a Dios; la tercera, porque había muchos ojos llenos de cariño puestos en nosotros, y no se podía defraudar a esas almas; la cuarta, porque había gente que no nos quería, y buscaba una ocasión para atacar; después, porque en la vida profesional he exigido siempre a mis hijos la mejor formación, y no iba a ser menos en la formación religiosa. Y la primera razón ‑puesto que yo me puedo morir de un momento a otro, pensaba‑, porque tengo que dar cuenta a Dios de lo que he hecho, y deseo ardientemente salvar mi alma.

Desde entonces, periódicamente, con toda naturalidad y senci­llez, se ha ido repitiendo esa leva de sacerdotes, que ofrece un balance extraordinario. Como dijo el Cardenal Casariego en 1975, “por primera vez en la historia de la Iglesia, un sacerdote, mientras vivió, ha llevado al sacerdocio cerca de un millar de profesionales, especialistas en muchas ciencias humanas y nativos de los cinco continentes”. Aunque no hubiera hecho otra cosa ‑comentó por aquellos días un sacerdote sevillano‑ “ya habría hecho algo realmente admirable”.

Sin embargo, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no quedó completa, por decirla así, hasta que pudieron incorporarse también sacerdotes que no habían sido del Opus Dei antes de su ordenación. Al Fundador le sucedió ‑ante estos sacerdotes diocesanos‑ algo semejante a lo que habla experimentado con la ordenación de los primeros socios de la Obra. Tenía clara la idea, pero no encontraba el modo jurídico de llevarla a la práctica, pues no había ningún camino abierto en el Derecho canónico entonces vigente.

Desde el punto de vista teológico, la vocación al Opus Dei era la misma para los laicos y para los sacerdotes diocesanos: el mismo fenómeno teológico vocacional, solía decir el Fundador. Pero no vela la solución jurídica (como con tantos otros problemas, que hoy parecen fáciles y elementales, porque están resueltos).

Llegó a decidirse a abandonar el Opus Dei, para dedicarse a una nueva fundación para sacerdotes diocesanos: por amor vuestro, que es amor a Jesucristo, aseguraría con palabras emocionadas el 14 de noviembre de 1972 en La Lloma (Valencia) a un grupo numeroso de sacerdotes. Lo comunicó a los directores y directo­ras del Opus Dei. Se pusieron tristes, y alegres, porque comprendían la necesidad apostólica. Avisó a su hermana Carmen y a su hermano Santiago de que si comenzaban otra vez las calumnias, no se preocupasen: ‑Es esto. Antes había informado a la Santa Sede, que le dio su visto bueno.

Había sacerdotes que estaban esperando la solución del problema, algunos desde que habían conocido al Fundador de la Obra. Desde entonces le habían manifestado sus deseos de formar parte del Opus Dei. Él tenía que hacerles esperar.

Pero, en un momento dado, el Señor le hizo comprender que no era necesaria una nueva fundación y que, por tanto, no debía abandonar la Obra.

Como expondría luego muchas veces, Dios arregla las cosa muy bien, y como todos ‑sacerdotes y laicos‑ tienen la misma vocación, también jurídicamente han cabido en el Opus Dei los sacerdotes diocesanos. Muchos años después, en 1972, en Islabe (Derio, Vizcaya), confesaba a un buen grupo de ellos:

Agradezco a Nuestro Señor que vosotros seáis hermanos de vuestros hermanos, y que no haya habido necesidad de escindir un corazón de padre y de madre.


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