“Hay que buscar nuevos modos de comunicar el Evangelio”

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El obispo Anthony Muheria (Muranga, 1963), de la diócesis de Kitui (Kenia) ha pasado por Madrid de regreso a su país, procedente del Sínodo recién clausurado en Roma.

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Anthony Muheria es administrador apostólico de Embu, y fue consagrado obispo en enero de 2004. Pertenece al Opus Dei.

La diócesis de Kitui cuenta con un millón de habitantes, de los que un 22 por ciento son católicos. El pasado 30 de octubre mantuvo un encuentro con periodistas en la Oficina de Información del Opus Dei, en Madrid, del que seleccionamos algunas declaraciones:

Sínodo: “Ha sido un intercambio muy enriquecedor, he tratado pastores de todo el mundo, ha sido una oportunidad excelente para conocer objetivos, logros y retos de la Iglesia, lo que te ayuda también a dar la importancia adecuada a tus problemas. Creo decisivo llegar con la Palabra de Dios a más gente. Somos amplificadores de la Palabra, cables que transmiten sin que se note, sólo se repara en los cables cuando hay problemas de transmisión. Hay que buscar nuevos modos de comunicar, incluso cómics, dibujos o historias para niños. El arte es también vehículo de evangelización”.

Clero: “Tengo 60 sacerdotes, que trabajan mucho para atender a la gente, tan diseminada en el medio rural. Intentamos organizar actividades para monaguillos y jóvenes, de los que esperamos salgan futuros seminaristas. Organizamos actividades que fomentan el estudio, el deporte y los juegos. En 2007 reunimos a 400 monaguillos y recuerdo una de estas fiestas, donde dimos buena cuenta de cuatro cabras. Disfrutamos mucho”.

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Jóvenes, violencia: “La Iglesia busca la reconciliación y el perdón, y que la fe sea algo vivido. Me preocupa el riesgo de manipulación que tienen los jóvenes y que puede llevarles a la violencia. Hemos organizado festivales para la reconciliación y la paz, que incluyeron la posibilidad de vivir el sacramento de la confesión, destacando que primero hay que reconciliarse con Dios y con los otros”.

Opus Dei: “Trabaja en Kenia desde los años 50. Conocí la Obra en una de sus iniciativas educativas. La Obra colma la espiritualidad y la apertura de los kenianos, que son muy hospitalarios y que responden muy bien ante lo bueno y lo honesto. Esa es mi experiencia como ingeniero en una consultora, y después como sacerdote, atendiendo pastoralmente a mujeres sin recursos, entre otras tareas”.

Evangelización: “Admiro y valoro mucho el trabajo de los misioneros. Me bautizó un misionero de la Consolata. Cuidemos la familia para que salgan buenos ciudadanos y también sacerdotes. La formación del laicado es esencial, es lo que cambiará África. Irán africanos a evangelizar Europa, y entre todos contribuiremos a una nueva primavera en la Iglesia”.

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Europa: “Nos han dado la fe y ahora le pido oraciones y que nos dé buen ejemplo, como hermanos mayores que son. Y les pido ayuda material con mucha caridad, como ese pan recién salido del horno, oloroso, crujiente con la caridad de Cristo”.

Benedicto XVI: “Le he visto muy bien, ágil y muy atento en las sesiones del Sínodo. El Papa, sea quien sea, es siempre el vicario de Cristo. Hace poco, una anciana de una aldea estaba muy contenta con mi visita, porque era la primera vez, y tal vez la última, que veía a un obispo, representante del Señor. Tuve que aceptar el regalo de una de las cuatro cabras que tenía. Si esa veneración la tienen con un obispo, ¡qué amor tendrán hacia el Papa!”.

Viaje pastoral a África y Sínodo: “Estamos muy contentos porque en marzo Benedicto XVI viajará a Camerún y Angola y entregará el documento preparatorio del Sínodo para ese continente, que tratará sobre el papel de la Iglesia para la reconciliación y la paz”.

«Urge vivir la fe con la vitalidad de los comienzos»

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Del 1 al 23 de octubre de 1999 tiene lugar en Roma la Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos.

30 de septiembre de 1999

Alfa y Omega (Madrid)

¿Cuáles son las prioridades de la evangelización de Europa y qué papel jugará el Sínodo para Europa en este sentido?

Antes que nada, debo aclarar que no me corresponde señalar esas prioridades, así, en general. Los trabajos del Sínodo constituyen precisamente una ocasión para reflexionar sobre la evangelización de Europa: durante esos días rezaremos, trabajaremos, nos escucharemos los unos a los otros, con apertura de espíritu y deseos de aprender. Y siempre con la confianza de que el Espíritu Santo nos mostrará el camino para iluminar Europa con la luz de Cristo. En este sentido, el Sínodo no es sólo una experiencia viva de la comunión de la Iglesia, sino también una manifestación de fe: creemos que de la comunión y de la unidad surgirán luces para la tarea apostólica de los próximos años.

Después de esta aclaración, no tengo inconveniente en comentar algunos aspectos que – en mi opinión – es bueno afrontar, movidos por el deseo de que el espíritu cristiano renueve nuestro continente, como ha hecho siempre la Iglesia. Me parece muy importante la necesidad de practicar la fe con la vitalidad de los comienzos; también atraerá nuestra atención la dimensión multicultural de la evangelización, dentro de la unidad; y considero que no faltará el estudio sobre las responsabilidades de la mujer.

Como telón de fondo situaría la obligación de presentar nuestra fe de forma genuina, con la coherencia de vida y con el entusiasmo de aquellos inmediatos discípulos de Jesucristo. Hemos de poner en primer plano a Cristo, en quien creemos, a quien seguimos, y de quien estamos llamados a hablar. Los católicos de este continente no tenemos motivos para considerarnos de vuelta, como desencantados. Pero hemos de desempolvar nuestro modo de practicar la fe, purificarlo, conectando más a fondo con la fuente, el manantial, que es el Señor Jesús. Y Jesucristo es eternamente joven, es la perenne novedad. Como consecuencia, nuestra esperanza resultará fortalecida, recuperaremos y comunicaremos siempre con más fuerza y convencimiento la alegría de sabernos cristianos, hijos de Dios.

El Santo Padre, en un discurso al CELAM, en 1983, decía que la evangelización tenía que ser «nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión». Pienso que podemos aplicar muy bien a Europa ese requerimiento de novedad que lleva en sí el mensaje cristiano. Y, lo repito, la novedad es Jesucristo vivo, que sigue pasando a nuestro lado y llamándonos a participar de la gran novedad que es su Vida.

También estimo como una necesidad pastoral urgente, porque se plantea en muchos de nuestros países, la relacionada con los nuevos europeos que llegan de otras regiones del mundo castigadas por el hambre, la violencia y la miseria. Europa se encuentra de nuevo ante el reto de la integración. Un desafío que tiene una dimensión social, organizativa y económica, pero también una dimensión moral. Se trata ciertamente de una cuestión compleja, de difícil solución, que reclama capacidad de apertura ante el otro, ante lo diferente, ante lo inesperado.

En estas circunstancias, los cristianos – como tantas otras veces a lo largo de la historia – descubrimos una tarea exigente que cabría resumir en tres palabras: respetar, acoger, anunciar. Respetar – es decir, amar – a todas esas personas que van llegando a Europa por oleadas, muchas veces en condiciones materiales de extrema indigencia: su pobreza no disminuye su dignidad. Acoger, dejando que suene en nuestros oídos el eco de aquellas fórmulas que hemos de redescubrir: «dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento…». Y anunciar, porque muchos de esos nuevos europeos no han oído hablar de Jesucristo, y necesitan conocerlo; y a nosotros nos obliga el gozoso deber de darlo a conocer.

Pienso que a todos los pastores nos llena de gozo la posibilidad de detenerse en una reflexión pastoral específica acerca de lo que podríamos llamar las nuevas responsabilidades de la mujer en la Europa del futuro. Por decirlo brevemente y de forma gráfica, la mujer, en el siglo que ahora acaba, ha pasado de cumplir una función de presencia limitada en la vida pública de las naciones a ocupar puestos de gran categoría: la que a ellas les corresponde también. Se trata de un proceso de transformación muy profundo, que no ha terminado todavía. El cambio está resultando a veces complicado y doloroso, con luces y sombras. El hecho es que el ámbito de influencia de la mujer presenta nuevas incidencias bien positivas, y sus responsabilidades están reclamando esa reflexión madura que todos deseamos. En este contexto, la Iglesia tiene mucho que decir sobre la dignidad de la mujer y la grandeza de su misión en la sociedad, sobre la importancia de la paternidad y la maternidad, sobre el papel de la familia, etc. Y con la expresión «la Iglesia tiene mucho que decir», quiero referirme en particular a las mujeres católicas europeas: me atrevería a afirmar que de su talento y santidad depende en gran parte el futuro de todos.

¿Cómo percibe la situación de la Iglesia en España?

Vaya por delante que llevo ya 50 años fuera de España. De todos modos, me llegan abundantes noticias, tengo ocasión de conversar con muchos obispos españoles, sobre todo cuando vienen a Roma, y con frecuencia encuentro a personas o grupos de españoles.

Le diría que percibo – especialmente entre los jóvenes – un clima de optimismo y un deseo de participar en la tarea apostólica propia de la Iglesia. Quizá se debe a que resido en Roma, pero he notado que gran parte de esos españoles vibran sinceramente con la dimensión universal de la Iglesia, con los retos de la evangelización en África, en Asia, en países donde no se conoce a Jesucristo. No es, por supuesto, algo nuevo ni exclusivo de España: lo he notado también en otros países. Llego a la conclusión de que el Espíritu Santo está muy activo, mucho más de lo que propagan los datos de algunas estadísticas.

¿Cuál es la situación actual de la labor apostólica del Opus Dei, en el mundo, en Europa y en España?

Su pregunta me recuerda unas palabras que el beato Josemaría Escrivá usaba para referirse a los primeros pasos del Opus Dei: solía hablar de «aquel no parar de los primeros tiempos». Con la gracia de Dios, no se para. Han pasado ya 70 años y cada fiel de la Prelatura se siente tan urgido como durante las semanas que siguieron a los comienzos: surgen nuevas iniciativas aquí y allá, se empieza en nuevas naciones, aunque no se puede ir a todos los sitios desde donde los obispos llaman. La labor del Opus Dei se va desarrollando, y crecer supone, en cierto modo, volver a nacer. Por ejemplo, el día 12 de septiembre, he ordenado al primer sacerdote de Costa de Marfil y al primero de Trinidad y Tobago incardinados en la Prelatura. Como comprenderá, ha sido para mí motivo de particular alegría y una estupenda sensación de un nuevo comienzo.

En Europa, la realidad del Opus Dei está ya asentada desde hace muchos años, salvo en los países del Este. Más de la mitad de los fieles de la Prelatura están en Europa. En España nació el Opus Dei y el crecimiento ha sido grande, gracias a Dios. Pero tengo la convicción de que también en España – como en las demás naciones – estamos comenzando: hay tanto por hacer.

Le confieso que cuando hago balance sobre la marcha de la labor apostólica de la Prelatura, empleo otros instrumentos de medida: la Prelatura va bien cuando cada uno de sus fieles reza, trabaja y sirve a los demás en el lugar donde está, con deseos de ser buen hijo de la Iglesia, de sembrar la paz y de la alegría de Cristo en su familia y entre sus colegas y amigos. Son magnitudes difíciles de medir, pero son las que verdaderamente importan.

¿Qué criterios recomendaría para la actuación pública de los cristianos?

Sigo como norma, aprendida del beato Josemaría, abstenerme de dar consejos en estas materias, fuera de recordar las exigencias éticas y de obrar en coherencia y bajo la inspiración de nuestra fe cristiana. No se puede ocultar la luz debajo de la cama, por temor a chocar con el ambiente descristianizado o con lo que algunos quisieran imponer como políticamente correcto aunque carezca de la verdadera ética, o por conservar intereses personales egoístas. Por lo demás, los cristianos hemos de compartir con todos los ciudadanos de buena voluntad el deseo de servir al bien común de la sociedad.

El pasado día 17, Juan Pablo II recibió a los obispos lituanos que se encontraban en Roma para la visita «ad limina». Entre otras cosas, les recordó que «los laicos no pueden ser, en la Iglesia, sujetos pasivos». Esas palabras pueden servirnos para recordar un criterio básico para la actuación pública de los cristianos. Y es que el cristiano no puede ser sujeto pasivo en la vida pública de su país y del mundo: los cristianos somos ciudadanos de la sociedad en la que vivimos, y nos sentimos tan responsables como los demás – es decir, protagonistas, con los otros ciudadanos – de la vida política, cultural, económica, de la opinión pública, de todo lo que configura, transforma y hace progresar una comunidad humana.

El cristiano coherente no se inhibe, no se limita a lamentarse. Y, sobre todo, no considera que la plenitud de su vocación cristiana se realiza sólo en el ámbito individual, privado; es sensible ante los problemas, busca soluciones, procura ser generoso, se compromete. Cada uno, insisto, da paso a la fe en todo cuanto hace, con la libertad propia del hijo de Dios. El beato Josemaría dice en Surco que «si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos…». Una revolución de justicia, de caridad, de paz.

Es América la esperanza para el nuevo milenio

Prelado  Tagged , , , , , , , , No Comments »

Laura Victoria // El Imparcial (México)


En el trajín del Hotel Presidente, que albergó a la mayoría de los obispos sinodales y cardenales venidos de toda América, el tema del Sínodo cobró mayúscula importancia. “Mientras está el Papa la voz de un obispo no tiene importancia”, comentó Bernardo Domínguez, encargado de atender a los periodistas para concertar citas con los obispos. “Ellos no tienen interés de hablar, lo que quieren es que oigamos al Santo Padre” afirmó. Pero algo habría que lograr finalizando el viaje del Papa.

Con una sonrisa serena, los ojos vivos y expresivos y el rostro ajado, huella de una vida de trabajo intensa, mons. Javier Echevarría Rodríguez, Prelado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei comenta, en exclusiva para El Imparcial, sus impresiones sobre Juan Pablo II, y los trabajos del Sínodo de América, en donde ha intervenido por expresa petición del Romano Pontífice.

Es la primera vez que un Papa convoca Sínodos de Obispos por cada uno de los continentes. ¿Cuál considera usted que es el motivo que explica esta iniciativa?

Como es evidente, todos los Sínodos, también los continentales, tienen una finalidad evangelizadora, y el Santo Padre – está bien a la vista – impulsa constantemente la evangelización. Pienso que este espíritu de llevar a Cristo a todos los sitios exige que se cuiden las facetas – de historia, cultura, tradiciones, etc. – propias de los distintos continentes.

Por eso, los Sínodos continentales sirven para identificar y emprender caminos de evangelización adecuados a cada tiempo y lugar; apropiados a las circunstancias. Son un instrumento de unidad y de renovación del espíritu apostólico que caracteriza a la Iglesia.

Para el caso del Sínodo de América, el Papa señaló tres finalidades principales: la nueva evangelización, la solidaridad entre las iglesias particulares, e iluminar cristianamente los problemas de la justicia y de las relaciones económicas entre las naciones de América.

Las sesiones celebradas en Roma en los meses de noviembre y diciembre de 1997 fueron un preludio que presagió intensos diálogos durante el año 1998. Los temas más acuciantes para América, que son de urgente importancia: las drogas, la corrupción, las sectas, ataques contra la familia, todos ellos preocupan porque afectan a la labor eclesial y al desarrollo de la espiritualidad, por tanto se habló ampliamente de “una nueva evangelización”. ¿Podría comentarnos “grosso modo”, en qué consistió su participación en las sesiones realizadas en Roma?

Durante las sesiones, los padres sinodales y los expertos reflexionan juntos sobre los temas propuestos. Se estudia, se atiende a las aportaciones de los demás, se reza (este aspecto es muy importante), y – cuando llega el momento – se interviene. En mi intervención procuré destacar la responsabilidad de los laicos en el cumplimiento de la misión de la Iglesia, a través de su trabajo profesional; sin olvidar su papel en la promoción de los más necesitados, no sólo a través de intervenciones asistenciales, sino sobre todo llevando a las estructuras de la sociedad la justicia y la caridad de Cristo.

¿Por qué asistió usted al Sínodo?

Era uno de los miembros de designación pontifica. El Opus Dei es – con palabras del beato Josemaría Escrivá – “una partecica de la Iglesia”. La Prelatura tiene al frente un obispo que, en unión con el Santo Padre y con sus hermanos en el Episcopado, procura ayudar a los fieles del Opus Dei a santificar la vida cotidiana y a realizar una amplia tarea apostólica en su ambiente familiar, profesional y social. Por otra parte, el Opus Dei está presente en América desde hace 50 años, y son muchos los fieles de la Prelatura en esta Tierra Nueva.

Entre los temas que se han tratado en las sesiones de trabajo se mencionan, entre otros, la propagación de las sectas, la devoción popular, la urbanización creciente, etc. El tratar esos temas ¿se debe a que en América es donde existen especialmente, o son problemas mundiales, presentes también en América?

Como usted dice, se trata de problemas mundiales presentes también en América. De todos modos, alguna de esas situaciones se dan particularmente en los países del continente americano.

Lo importante es encontrar soluciones adecuadas a la situación real: “soluciones americanas”, si me permite la expresión. Los americanos, trabajando juntos – con la oración de toda la Iglesia –, han de buscar remedios realistas, ajustados a las circunstancias, que nos interesan a todos, aunque vivamos en otros continentes. Por ejemplo, el problema de las sectas demuestra el hambre de Dios que hay en América. Cuando no presentamos adecuadamente la figura y la fuerza de Jesucristo, se buscan otras vías. En consecuencia, el Sínodo ha estimulado a los católicos americanos a proclamar a Cristo con más coraje. Cada día que pasa crece mi convencimiento de que en estos países la Iglesia tiene grandes motivos de esperanza.

Tengo entendido que el Papa participa en todas las asambleas de los sínodos. ¿En qué forma actúa el Papa en esas asambleas?

De muchas maneras. Pero destacaría una actividad: Juan Pablo II escucha. Durante esos días, el Papa oye con atención las intervenciones de los presentes. Y también reza – se nota – mientras escucha, y quiere a los que participan. Pienso que con frecuencia se olvida este aspecto de la actividad del Santo Padre: se habla sólo de sus escritos o de sus viajes,… Pero el Papa escucha, escucha mucho, se interesa sinceramente por las personas, por las naciones, por sus problemas y por sus alegrías, y reza por esas intenciones. Estoy seguro que durante los días de Sínodo acudió mucho a la “Virgen morenita”, gran protectora de América.

Los enfoques de solución ante el panorama americano, se concentraron con insistencia en la labor de la gente común, de los cristianos “comunes y corrientes” que son quienes están en las estructuras de la sociedad, y en los desafíos que retan el ámbito familiar.

¿Cuáles son los retos más grandes a los que se enfrenta la Iglesia en América, cara al próximo milenio?

Juan Pablo II, durante la homilía de la Misa que celebró el último día del Sínodo, señaló algunos de esos retos. Entre los temas que mencionó, recordaría su insistencia en la necesidad de una catequesis fiel al Evangelio y adecuada a las exigencias de los tiempos: todo lo que se refiere a la formación tiene gran trascendencia.

América es un continente con un gran patrimonio: sus gentes, sus recursos, su fe. En otros lugares del mundo, todavía no conocen a Jesucristo. Aquí la fe está arraigada y extendida. Pero hace falta profundizar: conocerla mejor, vivirla de forma más coherente, hacerla fructificar. Y, para lograrlo, la formación se convierte en una tarea clave. Esta es una obligación para todos los hijos de la Iglesia, aquí, en Europa, en Asia, en África y en Oceanía.

Periodísticamente, el Opus Dei, la institución de la Iglesia en la que usted hace cabeza, supone un fenómeno social sumamente interesante para cualquier periodista inquieto. Sabemos que esta institución de la Iglesia trabaja en varios países del continente americano. ¿Cuál es el papel del Opus Dei frente a las realidades afrontadas en el Sínodo?

El Opus Dei, como parte de la Iglesia, participa en los objetivos evangelizadores planteados en el Sínodo. Y desea sumarse plenamente a las conclusiones señaladas por el Santo Padre. En particular, los fieles del Opus Dei procurarán, unidos a los demás católicos, llevar esas conclusiones al extenso mundo del trabajo y de las profesiones. Como todos saben, los fieles del Opus Dei son cristianos corrientes que quieren santificar su trabajo profesional y su vida ordinaria.

El Opus Dei llegó a México en 1949, cuando Pedro Casiaro, sacerdote español, llegó al país para traer el mensaje que mons. Escrivá había recibido del cielo el 2 de octubre de 1928.
Sabemos que el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, promovió el Opus Dei en México como el primer país de este continente americano. ¿Nos podría decir cuál fue el motivo de su elección?

En una elección de ese tipo concurren muchas circunstancias. Pienso que pesó mucho algunas cualidades de este país: la hospitalidad, la acogida cordial, la apertura ante un mensaje que era a la vez viejo y nuevo, la fe de los mexicanos.

Al informarse uno sobre los comienzos del Opus Dei en España, resulta que el fundador acudió a los pobres, a enfermos de hospitales de beneficencia, etc.,… Pero en México, ¿cómo comenzó el Opus Dei?

El Opus Dei, al estar constituido por comunes fieles cristianos, refleja la estructura social de los países donde está presente. México no es una excepción: pertenecen al Opus Dei mujeres y hombres campesinos, empresarios, profesores, empleados, etc. En el Opus Dei no se hace distinción de raza, nacionalidad, situación social, apellidos, títulos o estado de la cuenta corriente. Caben todos los que desean sinceramente vivir a fondo la vocación cristiana en su trabajo, cualquiera que sea.

Hay personas que entienden lo que es el Opus Dei. Otros, parece que no lo entienden tanto. ¿A qué se deben estas distintas apreciaciones?

Me parece un fenómeno del todo normal. Sería raro lo contrario: no conozco ninguna institución, ni tema, ni proyecto, que provoque opiniones unánimes. El Opus Dei es muy querido: es para mí una satisfacción percibir el aprecio de innumerables personas. Recibimos también, por supuesto, algunas críticas. Por nuestra parte, como los demás católicos, procuramos respetar a todos, sin distinción; y – me da alegría señalarlo – deseamos aprender también de todos.

Mons. Javier Echevarría fue elegido por unanimidad como sucesor de mons. Álvaro del Portillo, quien murió el 23 de marzo de 1994 y que fue el primer sucesor del fundador, Josemaría Escrivá, muerto en Roma el 26 de junio de 1975. En la personalidad de su predecesor, Mons. Alvaro del Portillo, como hijo de una mujer mexicana, ¿qué había de “mexicano” en su actuación, en su modo de ser o trabajar?

Más que un “rasgo mexicano”, pienso que se sentía mexicano. Era una herencia de la que estaba orgulloso. Los que convivíamos con él le oíamos recordar con gusto historias, canciones y oraciones mexicanas. Personalmente, pienso que eran muy “mexicanas” su alegría y su afabilidad: se estaba muy bien a su lado. Y, como detalle curioso y familiar, recordaba modos de decir de este país que usaba aquí, cuando vino, con espontaneidad.

La última pregunta: se le ve feliz… ¿Por qué se hizo del Opus Dei? ¿Cuál es su experiencia?

Su pregunta me evoca demasiadas cosas, y quizá demasiado personales. Me perdona si no me extiendo. Me incorporé al Opus Dei porque entendí que era el camino que Dios me había preparado, mi modo personal de vivir la vocación cristiana. Y mi experiencia,… ¡Me parece imposible resumirla! En síntesis: creo que no hay nada mejor que dedicar la vida a servir a Dios y a los demás, por el camino que el mismo Dios señala a cada uno; y que no basta una vida para pagar al Señor lo que nos da a cada uno de sus hijos.

El Opus Dei es la primera Prelatura Personal, una nueva figura jurídica dentro de la Iglesia, que abre a los cristianos amplios caminos para llegar a Dios forjando pilares de espiritualidad en el trabajo diario sea cual sea, sin importar la categoría, siempre y cuando sea un trabajo honesto.
Actualmente el Opus Dei trabaja en los cinco continentes. De los 82 mil miembros del Opus Dei en el mundo, la distribución por continentes es aproximadamente la siguiente: mil en Africa, 4 mil en Asia y Oceanía, 27 mil en América y 46 mil en Europa.

El trabajo ordinario, llevado al altar

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Ofrecemos el artículo que el Prelado del Opus Dei ha publicado en el periódico italiano ‘Avvenire’, con motivo de la clausura del Sínodo de la Eucaristía, en el que ha participado.

Opus Dei -

“Cualquier trabajo honrado puede ser un medio para unirnos espiritualmente al sacrificio de Cristo en la Santa Misa”

La Asamblea del Sínodo de Obispos que ahora concluye ha tenido un carácter particular. Fue convocada por Juan Pablo II, pero ha sido presidida por su sucesor, Benedicto XVI. Desde el punto de vista simbólico, representa como un “enlace” entre dos pontificados. No deja de resultar significativo que este Sínodo haya versado precisamente sobre la Eucaristía, fuente de la unidad de la Iglesia.

Al comenzar las sesiones,  Benedicto XVI pidió a los participantes que estudiáramos el modo de intensificar la conexión entre la Santa Misa y el quehacer cotidiano de los cristianos, de forma que no se desarrollen como dos ámbitos incomunicados. Como consecuencia, parte del trabajo de estos días ha consistido en la búsqueda de propuestas concretas para ayudar a los cristianos a comprender cada vez mejor que la Eucaristía debe informar su vida ordinaria.

En cuanto acción de culto, el Sacrificio eucarístico requiere un desarrollo lo más perfecto posible, pues su destinatario es Dios mismo. Cualquier acción humana bien realizada, con amor, con detalle y con delicadeza, se constituye como algo agradable a los demás y como muestra de interés y de respeto. Lógicamente, con mayor motivo, la ofrenda a Dios ha de tender a ser perfecta, y en esta dirección se han orientado muchas de las aportaciones formuladas en el Sínodo.

Al celebrar o al participar en la Santa Misa, sacerdotes y laicos han de actuar con piedad recia, doctrinal, y de forma amorosa, atenta, santamente apasionada. En la Eucaristía, donde tiempo y eternidad se encuentran, Cristo se ofrece al Padre y se nos entrega de nuevo a nosotros los hombres: merece evidentemente que correspondamos con todo el amor de que seamos capaces. Dios no nos pide solamente la entrega de un acto externo, sino que ante todo espera nuestro amor: sólo así la ofrenda puede ser perfecta, agradable a Dios.

Pero la presencia de la Eucaristía en la vida del cristiano no se limita al momento sublime de la Misa. Podemos presentar ante el altar también nuestras acciones corrientes; y buscar durante toda la jornada, en nuestros normales quehaceres, una continua referencia a Dios Eucaristía. Cualquier trabajo honrado puede ser un medio para unirnos espiritualmente al sacrificio de Cristo en la Santa Misa, si ofrecemos a Dios nuestras acciones ordinarias: la Eucaristía se convierte entonces en cumbre y fuente de toda nuestra existencia. De muchas formas se ha repetido esta idea en las sesiones del Sínodo, con la certeza compartida de que Cristo ha querido unir la Santa Misa a la salvación de sus hermanos los hombres.

Estas consideraciones han orientado mis reflexiones durante el Sínodo, y han dado forma a tres campos en los que el cristiano puede contribuir a que en toda la Iglesia florezca cada vez más la vida eucarística. El primero nos incumbe a los sacerdotes, que debemos saber celebrar la Eucaristía con la mayor delicadeza posible; se trata, con otras palabras, de promover el ars celebrandi, a través del cual se manifiesta la hermosura y la profundidad de la liturgia, vivida para la gloria de Dios y para nuestra edificación. En segundo lugar, es necesario suscitar en todos los fieles una participación aún más atenta en la Santa Misa, conscientes de que es un momento sublime para que el cristiano ejercite el arte de la oración, el ars orandi, del que habló Juan Pablo II con motivo del comienzo del nuevo milenio. Por último, necesitamos también redescubrir cada día los fuertes lazos que existen entre la Santa Misa y la vida diaria, aplicarnos cada vez más en el ars vivendi, el arte de gastar los días en unión espiritual con Jesús Eucaristía, y llegar así a reconocer en la existencia cotidiana un horizonte nuevo: la grandeza del encuentro con Dios.

El Santo Padre valorará las propuestas presentadas por los padres sinodales y tomará las decisiones que estime oportunas. Pero ya ahora experimentamos los efectos positivos del Sínodo: los obispos que hemos participado en él hemos profundizado en el infinito tesoro de la Eucaristía, en la que “se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y pan vivo” (Presbyterorum Ordinis, n. 5). Espero vivamente que esta toma de conciencia se difunda en círculos concéntricos, y que sus frutos se noten en la práctica cristiana de muchos católicos, especialmente en la participación en la Santa Misa. Después del trabajo y de la oración de estos días, deseo que asistamos a un nuevo momento de gracia para toda la Iglesia.

+ Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei


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