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	<title>Opus Dei Testimonios &#187; sinceridad</title>
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	<description>Testimonios sobre el Opus Dei y la vida cristiana</description>
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		<title>Con verdad y libertad</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Oct 2010 09:20:53 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[movimiento Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[ayudar a los demás]]></category>
		<category><![CDATA[Colegio Mayor Alcor]]></category>
		<category><![CDATA[firmeza]]></category>
		<category><![CDATA[Marqués de Lozoya]]></category>
		<category><![CDATA[sinceridad]]></category>
		<category><![CDATA[universidad de Navarra]]></category>
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		<description><![CDATA[“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei. «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.</h2>
<p>«Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. -¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?</p>
<p>Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores&#8230; » (11)</p>
<p>Un rasgo esencial del espíritu del Opus Dei es la valoración del trabajo profesional. Esa tarea que vincula al hombre con el mundo. La parcela de tierra y de historia en que los hombres y mujeres desarrollan sus virtualidades y entran en comunicación -comunión solidaria-, con los demás ciudadanos, en igualdad de circunstancias. De ahí la exigencia de que todos los miembros de la Obra trabajen y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo.</p>
<p>Porque, además, es en el desarrollo de las actividades cotidianas, en el modo de enfrentarse con el esfuerzo, con las situaciones favorables y adversas, con los triunfos y fracasos, donde los miembros de la Obra deben dar testimonio de la luz de su llamada y ayudar a los demás a conocer o redescubrir el amor de Cristo.</p>
<p>Esta necesidad de comunicar aquello que plenifica la propia vida, de ofrecer a los demás lo mejor y más clarividente de la existencia, es la dimensión apostólica del Opus Dei. Porque es preciso comunicar a los demás esta llamada de Dios que pende sobre la vida de tantos que aún ignoran que sus nombres están escritos para una misión de incomparable grandeza.</p>
<p>Al Fundador nada genuinamente humano le es ajeno. Llama, en nombre de Dios, en medio de las circunstancias del trabajo, en el cansancio, en la enfermedad, en la alegría y en el dolor. Rastrea en el oficio de cuantos se acercan a su palabra y abre para todos esa aspillera por la que puede escaparse el pensamiento y anclarse diariamente en el amor de Dios Padre.</p>
<p>Cuando señala a sus hijas e hijos los caminos del apostolado, de la amistad, no limita ni uno solo de los campos donde puede estrenarse el diálogo y la actividad humana de cada día:</p>
<p>«Oradores y conferenciantes, polemistas, productores de películas, escritores para la prensa y la radio, médicos y enfermeras con sentido cristiano de su misión profesional, especialistas de obras sociales (&#8230;).</p>
<p>Y en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por vuestra oración, por vuestros consejos, por vuestro ejemplo y por vuestro constante trabajo, serán también portadores de Dios en todos los ambientes de los hombres, según aquellas palabras de San Pablo: <em>glorificate et portate Deum in corpore vestro</em> (1 Cor VI, 20), glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros»(12).</p>
<p>En función de este apasionado amor al mundo se puede describir un templo natural, como él lo hizo, en octubre de 1967, al celebrar la Santa Misa sobre el Campus de la Universidad de Navarra:</p>
<p>«Nos encontramos en un templo singular; podría decirse que la nave es el campus universitario; el retablo, la Biblioteca de la Universidad; allá, la maquinaria que levanta nuevos edificios; y arriba, el cielo de Navarra&#8230;</p>
<p>¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de vuestra existencia cristiana? Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres»(13)</p>
<p>Y en verdad que los más variados oficios y profesiones vendrán a estar representados en la gran familia del Opus Dei. Ningún otro aglutinante más que la realidad de su espíritu y sus fines exclusivamente sobrenaturales podía reunir una tan abigarrada representación.</p>
<p>Un día, al regreso de un viaje de Pamplona a Madrid, en 1964, se acerca al Colegio Mayor <em>Alcor</em>, entonces todavía en construcción. Al llegar el Padre, un albañil cruza la puerta con la herramienta en la mano. Al verle, instintivamente se quita la boina y esconde las manos manchadas de cal. El Fundador, con una sonrisa, le coge las manos, le saluda y se las besa sin afectación alguna, con toda sinceridad:</p>
<p>-«Hijo mío, tus manos son las de Cristo y están ungidas por el trabajo. Merecen todo el respeto, y puedes hacerte santo. Yo trabajo como tú, aunque -le dijo sonriente- yo me mancho de tinta hasta aquí», y señaló el codo. Después, le da un abrazo(14)</p>
<p>De situaciones muy parecidas recoge, sin duda, su comentario el Marqués de Lozoya:</p>
<p>«Y entiendo también que en aquellas tertulias con miles de personas que Monseñor Escrivá de Balaguer tenía en todo el mundo y con todo el mundo, hiciera con frecuencia la señal de la cruz en la frente de tantos estudiantes e intelectuales, o dejara en las manos encallecidas de los trabajadores manuales un par de besos: esos besos que suelen quedar reservados para las manos consagradas de los sacerdotes» (15) .</p>
<p>En cualquier reunión, es un médico quien le aborda:</p>
<p>-«Padre, ¿cómo empujar a Dios a nuestros enfermos?».</p>
<p>-«Ten presencia de Dios. Invoca a la Madre de Dios, como ya lo haces. Ayer estuve con un enfermo al que quiero con todo mi corazón de Padre, y comprendo la gran labor sacerdotal que hacéis los médicos. Tienes que actualizar ese sacerdocio. Cuando te laves las manos, cuando te pongas la bata, cuando te metas los guantes, piensa en Dios y en ese sacerdocio real del que habla San Pedro. Entonces no tendrás rutina: harás bien a los cuerpos y a las almas»(16)</p>
<p>Y aquel hombretón, todavía joven, que le interpela, desde el fondo de un teatro lleno de gentes argentinas:</p>
<p>-«Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, con la barra del café; me convertí a los veinticinco años, y soy de los que dicen que tienen estaño. He conocido la Obra unos años después, y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, con este corazón de barro, y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de la calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor. ¿Cómo puedo hacer?».</p>
<p>-«Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden. Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. Háblales con su lengua, que es una lengua buena. Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios, déjala que se escape. Pero sé sincero, noblote como eres, valiente» (17) .</p>
<p>En otro momento, es una mujer empresaria que le pide un consejo para saber ejercitar a tiempo, y con justicia, la virtud de la firmeza en su trabajo:</p>
<p>-«Tienes que manifestar la fortaleza de un varón, pero con la delicadeza de una mujer (&#8230;). Te recomiendo la devoción a San José, el gran empresario de las cosas del alma y de las cosas del cuerpo, porque tuvo que sacar adelante a una familia divina con las fuerzas de un hombre, de un trabajador»(18).</p>
<p>Y ahora es un entrenador, a quien le gusta darle al balón y su mujer se queja porque les atiende poco: a ella y a los hijos. ¿Usted qué dice, Padre?</p>
<p>Y el Padre le anima, de modo divertido, a que haga partícipe a su esposa de las cosas de su trabajo:</p>
<p>-«Digo que, si dejamos hablar a tu mujer, te dirá que sí, que sigas; que lo único que quiere ella es hacer de árbitro alguna vez. Y si le dejas, lo hará maravillosamente » (19) Más tarde es un artista, que le pregunta cómo se puede santificar un trabajo absolutamente desordenado. No parece fácil.</p>
<p>-«Oí contar una vez que había un sacerdote muy fervoroso -hay muchos sacerdotes santos por ahí, gracias a Dios: los conozco en todos los países-, y estaba hablando a sus parroquianos. Les decía que todas las obras de Dios son perfectas: perfecto el mundo, perfecto aquello, perfecto lo otro&#8230; Y de pronto, un pobre parroquiano, que era giboso, se subió al presbiterio y le dijo: <em>señor cura, ¿y yo? Yo&#8230; ¿también soy perfecto?</em> El sacerdote le miró un poco y le dijo: <em>en el género de los gibosos, no he visto nada más perfecto.</em></p>
<p>Mirad&#8230; El Señor nuestro tiene unos pinceles más hermosos que los de Velázquez. Todos recordáis (&#8230;) la figura de aquel valido de Felipe IV, que era giboso: el Conde-Duque de Olivares. Y habéis visto su retrato en el Museo del Prado: un caballero formidable, maravilloso&#8230;; no se le ve la giba.</p>
<p>No hay ningún trabajo honesto, por desordenado que parezca, que no se pueda santificar. Nada tiene gibas»(20).</p>
<p>Un comentarista escribirá acerca de las tertulias con Monseñor Escrivá de Balaguer:</p>
<p>«Los oyentes ríen (&#8230;), se dejan llevar felizmente hacia lo alto. Pero, en realidad, él no ha subido ni bajado: él no se ha movido de ese punto donde lo divino y lo humano se encuentran, donde orar y trabajar son lo mismo, donde el buen humor terreno y la alegría de Dios se identifican»(21).</p>
<p>Los más diversos estados, oficios y actitudes se convierten en voz que interroga, con la seguridad de oír una respuesta afectuosa, chispeante, llena de trascendencia, pero también con el calor de lo humano, de lo profundamente enraizado en la cotidianeidad de la vida y del trabajo.</p>
<p>Un día se reúne con muchos hijos suyos, jóvenes. Les dice que tienen que ser santos, alegres, responsables de su profesión, donde Dios les ha puesto.</p>
<p>Y uno levanta el brazo preguntando si alguna profesión como la que él había practicado algún tiempo, la de carterista, podría ser superada con un trabajo digno de ser ofrecido a Dios.</p>
<p>El Padre, riendo, pero conmovido, le dice que a él lo que le ha robado ya es el corazón.</p>
<p>Unos años antes escribía:</p>
<p>«Hemos de conquistar para Cristo todo valor humano que sea noble: <em>estad atentos a cuanto existe de verdadero, de honorable, de justo, depuro, de amable, de virtuoso y digno de alabanza </em>(Phil IV, <img src='http://opusdeit.org/wp-includes/images/smilies/icon_cool.gif' alt='8)' class='wp-smiley' /> »(22).</p>
<p>En esta línea de afecto y hondura explica Peter Berglar, Profesor de Historia en la Universidad de Colonia (Alemania), cómo después de una larga y agitada vida -en cuyo centro está el día de su conversión a la fe católica con la búsqueda de Dios, el acercamiento a Cristo y la lucha por alcanzar la verdad-, el Opus Dei se ha convertido en su patria espiritual</p>
<p>Y el de un conocido deportista de nacionalidad argentina:</p>
<p>«Cierto día de junio de 1974, me enteré del arribo de Monseñor Escrivá a nuestras playas (&#8230;). Acudí a casi todas sus apariciones públicas, que tuvieron por marco el Colegio de Escribanos de Buenos Aires, los teatros General San Martín y Coliseo, abarrotados de público. Comprobé cómo, con sus primeras palabras, el Padre levantaba la temperatura de la sala, poniéndonos sin dilación frente a las realidades sobrenaturales. Realidades que, sin embargo, lejos de contraponerse a las terrenas, se amalgamaban con ellas, otorgándoles una dimensión diferente. Advertimos pronto que Dios andaba entre las butacas»(23).</p>
<p>Y el Profesor Jeróme Lejeune, profesor de Genética en la Universidad de París y miembro de la Academia Pontificia de Ciencias, que tiene ocasión de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer en Pamplona, en mayo de 1974, cuando le confiere el título de Doctor honoris causa de la Universidad de Navarra, de la que es Gran Canciller.</p>
<p>Lejeune se manifestará encantado de conocer a un hombre de sus años, con tanta vitalidad y, si pudiera definirse así, con una caridad gozosa que se trasluce en su calurosa acogida.</p>
<p>El Fundador, decía a un hijo suyo que había trabajado cerca de ambientes teatrales y cinematográficos en Roma:</p>
<p>«Es necesario trabajar con empeño y seriedad (&#8230;). Sé audaz. No te escandalices de nada. Procura conocer y tratar a las personas de este mundo con mucha comprensión y afecto. Muchos no saben lo que es una amistad verdadera, ni un afecto puro y desinteresado. Encomiéndate y encomienda a las personas que tratarás a la <em>Mater Pulchrae Dilectionis</em> -Madre del Amor Hermoso-. Tantas cosas pueden cambiar también en estos ambientes infiltrados de paganismos (&#8230;) si trabajamos con inteligencia y con fe (&#8230;).</p>
<p>No hay necesidad de hacer obras teatrales y cinematográficas de carácter hagiográfico o sacro para hacer discursos cristianos (&#8230;). Basta afrontar con garbo la vida, los temas de la vida común, con los problemas ordinarios del hombre, con sus dramas, con sus comedias&#8230; contando las cosas con cierto estilo y con cierto espíritu (&#8230;).</p>
<p>Sé audaz en el trato con las personas. Mira si puedes salvar alguna que está próxima a caer en las puertas del infierno (&#8230;). Lo importante es que tengas bien firmes los pies sobre la tierra sólida de tu fidelidad»(24).</p>
<p>En este amplio retablo, todos los miembros del Opus Dei tienen la más absoluta libertad y responsabilidad personales, en cuanto atañe a las múltiples opiniones humanas temporales. Su dispersión por los caminos del mundo es tan dispar como lo son las decisiones y dedicaciones de los hombres. Su único nexo, la necesidad de recalar en la doctrina católica y en el espíritu del Opus Dei. De esto es de lo que la Obra se hace responsable. Lo demás es campo abierto a la conciencia de cada uno.</p>
<p>Decía, una vez más, en el Campus de la Universidad de Navarra, en octubre de 1967:</p>
<p>«Interpretad, pues, mis palabras, como lo que son: una llamada a que ejerzáis -¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia -vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos -en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional-, asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde»(25).</p>
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		<title>11. Virtudes heroicas</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Oct 2010 17:24:15 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#8220;Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei&#8221;. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría –El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei&#8221;. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría</h2>
<p>–<strong><em>El 9 de abril de 1990, Juan Pablo II promulgó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por el sacerdote Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Se puede decir que no le gustaban los repertorios de virtudes, porque ningún elenco puede ser exhaustivo. Vivía y enseñaba &#8220;la unidad de vida&#8221;, es decir, la armonía del organismo sobrenatural construido sobre las virtudes humanas, que son su fundamento necesario. Le gustaba menos aún reducir la santidad al mero ejercicio de algunas virtudes típicas, casi estereotipos. Prefería, en cambio, subrayar el entrelazamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) con las virtudes morales (reconducibles a las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Sin pretensión de sistematicidad, quisiera preguntarle cómo vivía el Fundador algunas virtudes concretas.</em></strong></p>
<p>–Estoy firmemente persuadido de que practicó todas las virtudes de modo extraordinario, es decir, de una forma mucho más perfecta que las personas a las que generalmente consideramos buenas y virtuosas.</p>
<p>Desde los primeros años de su vida hasta que rindió el alma a Dios, nuestro Fundador ejercitó las virtudes en un &#8220;crescendo&#8221; de heroísmo: se hacían cada vez más plenas a medida que su unión con el Señor era más patente. Por los años que he pasado a su lado me considero un testigo privilegiado de la sinceridad con que vivió las virtudes. Los santos han practicado siempre lo que predicaban. En nuestro Padre la unidad de vida era evidente y constante: lo hacía todo con el pensamiento puesto en el Señor y le ofrecía todas sus actividades. Los que estaban a su alrededor advertían que estaba constantemente recogido en oración.</p>
<p>Actuó con perseverante heroísmo tanto en las situaciones fáciles y ordinarias como en las más arduas y extraordinarias, que ciertamente no faltaron en su vida: las afrontó con serenidad, con decisión y energía, con la conciencia de ser débil, pero de contar con la fuerza de Dios. Deseaba solamente servir al Señor, con toda el alma; por eso solía afirmar, como los hijos de Zebedeo: <strong><em>Possum!</em></strong> (cfr. Mt 20, 22), <strong>¡puedo!, no por mis fuerzas sino <em>in eo qui me confortat</em></strong> (Fil 4, 3), <strong>con la fuerza de Dios</strong>.</p>
<p>Comenzó desde muy joven a experimentar ardientes deseos de santidad, y el Señor le premió con frutos evidentes. Aún adolescente, ante los primeros indicios de su vocación divina, se grabó en su alma esta verdad: Dios ha llamado a todos los hombres <strong><em>ut essemus sancti in conspectu eius</em></strong> (Ef 1, 4). Decidió corresponder a esta invitación del Señor con una generosidad plena, hasta el fondo. El 2 de octubre de 1928, conocería con claridad el designio divino sobre su persona: desde entonces se entregó por completo, sin reservas, al servicio de esta misión, de la que fue instrumento fidelísimo.</p>
<p>Solía repetir que sólo tenía una receta: la santidad personal. Estaba persuadido de que el único y verdadero mal que sufre el hombre es el pecado; y que contra el pecado no hay otro remedio que la gracia divina y la participación en la santidad de Dios. Nos recordaba insistentemente que estábamos en la Obra para hacernos santos: <strong>Nuestra vocación exige una santidad heroica. Santidad heroica: es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Debemos ser santos de verdad, santos auténticos: si no, somos unos fracasados</strong>. Y añadía que, si algún hijo suyo no estaba decidido a ser santo, era mejor que se marchase de la Obra, porque el Señor nos ha llamado para ser santos <strong>de altar</strong>.</p>
<p>Su misión fundacional consitía en abrir el camino de la santidad en las actividades del mundo: hacer comprender a cada cristiano que el trabajo ordinario, realizado en la presencia de Dios y con perfección humana, en una sólida unidad de vida, puede convertirse en sacrificio grato al Señor. Enseñar que el trabajo puede transformarse en oración y en ocasión de un encuentro íntimo con Dios. Esta misión requería un heroísmo realmente singular, y el Padre se prodigó con el sacrificio de todo lo suyo: la salud, el bienestar material propio y –con el pleno consentimiento de los suyos– de la familia, el honor y la vida entera.</p>
<p>El Señor le colmó, no sólo de innumerables gracias para su santificación personal, sino también de talentos y dones excepcionales, que son otros tantos tesoros del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia; y le bendijo con una multitud de hijas e hijos, diseminados por la tierra, metidos en las entrañas del mundo, dispuestos a santificarlo y a servir a las almas.</p>
<p>Nos encontramos, pues, ante uno de los grandes Fundadores de la Iglesia, uno de aquellos instrumentos de los que el Espíritu Santo se sirve para renovar la faz de la tierra (cfr. Ps. 103, 30) y edificar la Iglesia en santidad.</p>
<p>–<strong><em>El Beato Josemaría apreció siempre y vivió la amistad, hasta el punto de calificar el apostolado de los miembros del Opus Dei como</em></strong> <strong>apostolado de amistad y de confidencia<em>. Hemos subrayado ya antes su gran capacidad de querer, su paternidad espiritual. ¿Podría indicarme cómo vivió la amistad con sus iguales, con sus colegas?</em></strong></p>
<p>–Se llenó de amargura un día que oyó a un eclesiástico una frase que le pareció aberrante: <strong><em>Homo homini lupus; mulier mulieri lupior; sacerdos sacerdoti lupissimus</em></strong>. Por su parte, sintió profundamente la fraternidad sacerdotal desde joven. Le he oído contar: <strong>Cuando yo era todavía seminarista, fui muy amigo del Vicepresidente del Seminario de San Carlos. Se llamaba don Antonio Moreno. Por amistad y especialmente por caridad –a mí no me gustaba nada–, alguna vez, cuando bajaba a su habitación, accedía a jugar al dominó con él. Recuerdo que tenía que dejarme ganar porque, si no, no se quedaba contento y hasta se molestaba. Para mí, que estaba decidido a aprender de los sacerdotes que gastaban su vida por el Señor, aquellos eran unos ratos muy agradables, porque ese sacerdote demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme</strong>.</p>
<p>Entre 1933 y 1936, don Pedro Poveda, Fundador de la Institución Teresiana, trató con mucha asiduidad al Padre. A petición de don Pedro, nuestro Fundador asistía espiritualmente de vez en cuando a algunas vocaciones de las Teresianas. También don Pedro solía acudir a nuestro Padre para hacerle confidencias espirituales. Le he oído contar varias veces la conversación que tuvo con don Pedro poco antes de estallar la guerra civil española, cuando parecía inminente el peligro de una persecución violenta contra la Iglesia. Hablaron de la eventualidad de que uno de los dos, o ambos, sufrieran martirio por ser sacerdotes. El Padre me contó que habían llegado a la firme conclusión de que la muerte no interrumpiría su amistad. Aunque uno de los dos muriera, continuaría en el Cielo siendo amigo del otro. La primera vez que me habló de esta conversación fue el 2 de octubre de 1936, cuando supo con certeza y abundancia de detalles que don Pedro había sido asesinado por odio a la fe: sólo porque era sacerdote y apóstol. Recuerdo cómo lloraba el Padre delante de mí por la muerte de su amigo, mientras me comunicaba la noticia y me describía aquel diálogo. Tuvo siempre la convicción de que la muerte no interrumpe la amistad: era una prueba evidente de fe y esperanza.</p>
<p>–<strong><em>¿Puede contar alguna anécdota sobre su modo de vivir la caridad con el prójimo?</em></strong></p>
<p>Era comprensivo y cordial con todos, y trataba afablemente incluso a personas molestas. He visto la delicadeza con que nuestro Fundador recibía a un chico psíquicamente anormal, cuyo comportamiento era causa de sufrimiento para él y para los demás. Vivía en una residencia para estudiantes y todos procuraban evitarlo. El Padre le acogía siempre que lo necesitaba y se entretenía mucho rato con él. Más de una vez me dijo que lo único que necesitaba aquel muchacho era desahogarse, sentirse escuchado por alguien; por eso, armado de una paciencia ejemplar, le dejaba que hablase a sus anchas. Mientras tanto, como su interlocutor no buscaba el diálogo, rezaba mentalmente varias partes del Santo Rosario pidiendo por aquel chico, que se iba, al final, contento y agradecido.</p>
<p>Recuerdo también el caso de un médico, que era un auténtico genio, pero muy raro; tanto que no tenía ni un amigo y vivía en la más completa soledad. El Padre le buscaba con relativa frecuencia y, en señal de afecto, le invitaba a comer de vez en cuando a nuestra casa. Era muy inteligente, pero no admitía ninguna opinión distinta de la suya. El Padre no le contradecía nunca. Me comentaba: <strong>A éste ya no le quiere nadie, le huyen, y tiene que encontrar el cariño en nosotros</strong>.</p>
<p>En los años 1935 y 1936, aunque pasaba graves apuros económicos y el mantenimiento de la residencia de estudiantes de la calle Ferraz, en Madrid, era un milagro diario, todos los miércoles invitaba a comer –y hacía que lo trajesen en taxi– a un sacerdote que se llamaba don Norberto. Era un hombre muy aislado a causa de su carácter, bastante difícil. Nuestro Fundador me contó que procuraba tratarle y honrarle como si fuera el mismo San José. Así mejoraba su devoción hacia el Santo Patriarca y vivía con finura heroica la caridad con don Norberto, que era mucho mayor que él, y le trataba realmente como si fuera su padre.</p>
<p>Me viene a la mente otro ejemplo. Hacia 1953, en Roma, en el período en el que padecía aún de diabetes, el Padre tenía que someterse con frecuencia a análisis de sangre. Iba en ayunas hacia las once de la mañana a la consulta de un médico que estaba en Via Nazionale. Yo le acompañaba siempre. Una mañana, como no podíamos ya regresar a casa, entramos en un bar de la Piazza Esedra para desayunar: pedí un café con leche, y un <strong><em>croissant</em></strong> para cada uno. Cuando nos habían servido se acercó una pordiosera a nuestro Fundador pidiéndole limosna. Le respondió inmediatamente: <strong>–No tengo dinero; lo único que tengo, porque me lo dan</strong> –dijo, porque pagaba yo– <strong>es este desayuno: tómelo y que Dios le bendiga</strong>. Me apresuré a ofrecerle el mío, añadiéndole que pediría otro, pero repuso: <strong>–No, no, está bien así, ya he desayunado</strong>. Entonces intervino la cajera: –&#8221;Tómese otro, a esa pobre mujer se lo paga la casa&#8221;. <strong>–No, no</strong> –insistió el Padre–, <strong>quédese tranquila, no necesito absolutamente nada</strong>.</p>
<p>Vivía la caridad con gran delicadeza. En los años cincuenta, durante los trabajos de reformas en la casa de retiros de Molinoviejo, cerca de Segovia, atracaron a uno de los obreros cuando hacía un viaje a Madrid en tren. Su mujer estaba esperando un niño. Le robaron todo lo que había ahorrado para pagar los gastos de la Clínica y el ajuar del recién nacido. Cuando nuestro Fundador se enteró, encargó a Fernando Delapuente que reembolsase a aquel obrero la suma que le habían robado, añadiendo además un generoso donativo.</p>
<p>Puedo relatar algún otro suceso conmovedor. Durante la guerra civil española, mientras atravesaban los Pirineos para alcanzar en un agotador viaje la zona liberada, pasando por Andorra, en un momento concreto en que se encontraban en alta montaña, los guías comunicaron a los fugitivos que no seguirían adelante si no recibían más dinero. Como ninguno tenía esa suma, el Padre se ofreció a regresar a Madrid para pedirla en préstamo: de esta forma los demás podían seguir adelante y él esperaría a otra expedición. Por suerte, todo se resolvió y no fue necesario que volviera a Barcelona y luego a Madrid. Humanamente aquel gesto era una locura: no habría podido llegar a su destino sin un guía que conociese perfectamente aquellos bosques y aquellas sierras llenas de milicianos. Le habrían fusilado. Además, nuestro Fundador estaba enfermo, extremadamente débil, y carecía de los documentos indispensables para afrontar semejante viaje. Fue una decisión verdaderamente heroica: ofrecer la propia vida por salvar la de los demás.</p>
<p>No hacía acepción de personas. En los años cincuenta pidió a un hijo suyo que ayudase a uno de los más encarnizados perseguidores de la Obra a resolver su propia situación en relación con la Iglesia y sus problemas profesionales: aquel hombre había abandonado su vocación religiosa y sacerdotal y había contraído matrimonio civil. Hechos semejantes se sucedieron con frecuencia: se comportó siempre de la misma manera, demostrando con los hechos que vivía la caridad con todos, y que estaba dispuesto no sólo a ayudar a cada uno, sino incluso a dar su vida, si era necesario.</p>
<p>–<strong><em>Algún aspecto de la caridad y la gratitud hacia aquellos que le ayudaron.</em></strong></p>
<p>–Entre las personas que recordaba con más agradecimiento y cariño estaban don Angel Malo, que le bautizó; el Padre Enrique Labrador, que le preparó para la primera confesión, y el Padre Manuel Laborda, para la primera Comunión, ambos escolapios. Me impresionó siempre que recordase sus nombres, porque no es habitual; he preguntado a muchas personas si se acordaban del nombre del sacerdote que les había administrado esos sacramentos y siempre he recibido una respuesta negativa. Pienso que esto es también una prueba, además de su gratitud, del gran amor que tenía nuestro Fundador desde pequeño por estos santos sacramentos.</p>
<p>Querría recordar también la gratitud que guardó durante toda su vida a don Daniel Alfaro, el capellán castrense que le prestó el dinero para las exequias de su padre. Rezó expresamente por él todos los días, durante más de cincuenta años.</p>
<p>Cuando la persecución contra el Opus Dei alcanzó su momento más álgido, y en 1941 el Obispo de Madrid decidió dar <strong><em>in scriptis</em></strong> la aprobación a la Obra, Mons. Eijo y Garay fue objeto de diversas críticas. Algunos comenzaron a decir, hasta desde el púlpito, que en la historia de la Iglesia muchas herejías habían sido promovidas incluso por obispos. A nuestro Fundador le pareció que Mons. Eijo se estaba arriesgando excesivamente, también porque había quedado vacante la sede primada de Toledo y corrían rumores de que tenía muchas posiblidades de ser nombrado. Por eso un día le dijo:</p>
<p>–<strong>Señor obispo, no me defienda más, abandóneme</strong>.</p>
<p>Don Leopoldo le preguntó sorprendido:</p>
<p>–¿Por qué me dice esto?</p>
<p>–<strong>Porque defendiendo al Opus Dei, se está jugando la mitra de Toledo</strong>.</p>
<p>El Obispo de Madrid le miró y repuso:</p>
<p>–Josemaría, me juego el alma. No puedo abandonarle ni a usted, ni al Opus Dei.</p>
<p>Me parece que aquella invitación de nuestro Padre denotó una caridad y un olvido propio verdaderamente extraordinarios. Sólo pensaba en el bien de las almas, y estaba convencido de que Mons. Eijo y Garay habría podido aportar grandes beneficios a la Iglesia de haber sido nombrado para la sede de Toledo.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador aprendió del ejemplo de sus padres a vivir la pobreza con gran dignidad: tras la quiebra de la empresa paterna, la familia Escrivá tuvo que reducir su tenor de vida. Esto no significó una mengua del señorío y del buen humor, y sacó de esta situación enseñanzas para su hijos espirituales</em></strong>.</p>
<p>–Desde que lo conocí, advertí que se refería muchas veces a la virtud de la pobreza con una expresión muy significativa: <strong>La pobreza, gran señora mía</strong>. La llamó así desde que tenía treinta y uno o treinta y dos años, hasta el final de su vida. No era simple privación, sino verdadero tesoro que conduce a la efectiva unión personal con Cristo, en la desnudez de Belén y del Calvario, y es condición de eficacia de todo apostolado. A ninguno de nosotros nos sorprendía la insistencia con que nuestro Fundador, al recomendar la práctica de la pobreza, ejemplificaba de modo bastante exigente, sus aplicaciones más concretas: <strong>No tener nada como propio; no tener nada superfluo; no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar los objetos que usamos; hacer buen uso del tiempo.</strong></p>
<p>La pobreza acompañó a la Obra desde sus primeros pasos y así será siempre. Uno de los primeros en pedir la admisión fue Luis Gordon, que gozaba de buena posición económica; nuestro Padre me contó más de una vez que había pensado que Luis sería un buen apoyo para las iniciativas apostólicas, también desde el punto de vista humano. Pero el Señor dispuso otra cosa: Luis se puso enfermo y murió muy joven. Al relatármelo, el Padre observaba: <strong>Fue providencial que se muriese Luis, porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén</strong>. Este absoluto desprendimiento de toda seguridad humana subraya la primacía de la esperanza teologal en la actitud del Padre hacia los bienes terrenos.</p>
<p>En Burgos, durante la guerra civil, supo que había muerto un miembro de la Obra, José Isasa, estudiante de arquitectura. Le dio la noticia su familia, que era muy buena, y como sucede con las familias de miembros del Opus Dei, estaba plenamente al corriente de la vocación de su hijo. Antes de morir, había expresado su voluntad de que todo lo que tenía fuese entregado a la Obra. Pero nuestro Fundador no quiso pedir nada, aunque eran bien patentes y graves las dificultades económicas, y la familia del difunto estaba muy bien dispuesta. Prefirió actuar de este modo, porque pensaba que al Señor le agradaría más su perseverancia en la pobreza.</p>
<p>Precisamente en aquellos momentos de extrema penuria el Padre decidió renunciar a los estipendios de las Misas. Como me contó más de una vez, ya en el seminario había pensado no aceptar estipendio alguno por su ministerio sacerdotal. Era un pensamiento que le venía a la cabeza constantemente. Decidió ponerlo en práctica justo en 1938. Un día, después de hacer la oración mental meditando las palabras del Espíritu Santo: <strong><em>Iacta super Dominum curam tuam et ipse te enutriet</em></strong> (Ps. 54, 23), ofreció al Señor la renuncia a recibir cualquier pago por su actividad sacerdotal, y efectivamente, de ahí en adelante ya no aceptó ninguna limosna más, bajo ningún concepto. Con el paso de los años, y después de haber meditado en la presencia de Dios, decidió que sus hijos sacerdotes Numerarios renunciasen también a cualquier compensación por su ministerio sacerdotal. En 1944, cuando fueron ordenados los tres primeros sacerdotes, siguieron esta misma norma, que se continúa viviendo.</p>
<p>Después de haber tomado esta decisión, el 27 de enero de 1938 escribió al Vicario de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán: <strong>El próximo sábado, salgo para Bilbao, León&#8230; y no sé si S. Sebastián. Después&#8230; Zaragoza y quizá Sevilla. Y todo, Padre, sin un céntimo: he hecho propósito serio –¿locura? bueno: pues, locura– de no recibir nunca estipendios para Misas, que eran la única entrada económica que podía tener ahora. Así puedo celebrar, con frecuencia, por mi Señor Obispo, y por mi D. Francisco, y por estos hijos de mi alma&#8230;, y por mí, Sacerdote pecador</strong>. Me parece conveniente precisar que, en aquel mismo periodo de tiempo, se esforzó por conseguir estipendios de Misas para sacerdotes necesitados, según se desprende también de su correspondencia con el Obispo de Avila.</p>
<p>Nuestro Fundador enfocaba los problemas económicos desde un punto de vista sobrenatural. En una carta dirigida a su querido amigo don Eliodoro Gil, fechada el 19 de enero de 1935, escribía: <strong>¿Sabes que San Nicolás de Bari es&#8230; nada menos que el Administrador General de la Obra de Dios? ¡Menuda le ha caído encima!</strong> Pocos días antes, en efecto, encontrándose en una situación económica apurada, nuestro Padre había tenido la inspiración de nombrar al santo Obispo de Bari, Intercesor del Opus Dei para las cuestiones económicas. En un primer momento pensó condicionar el nombramiento a la solución de un problema que le agobiaba; pero después, con una reacción profundamente sobrenatural, rectificó su postura y, dirigiéndose al santo, exclamó: <strong>Desde ahora te nombro Intercesor, independientemente de que me resuelvas esa dificultad</strong>.</p>
<p>Nuestro Fundador apeló siempre a la generosidad de los benefactores, en primer lugar, de los Cooperadores de la Obra, como se sigue haciendo. Para la instalación de la primera Residencia universitaria, la de la calle de Ferraz, fue decisiva la colaboración de la Condesa de Humanes, a la que el Padre fue a ver personalmente después de haber rezado mucho por el éxito de la visita. Era una mujer muy buena, y comprendió enseguida las razones expuestas por nuestro Fundador. Se conmovió, y como no disponía en aquel momento de dinero en efectivo –aunque tenía muchos bienes, vivía una rigurosa pobreza, sin que les faltase nada a las personas que trabajaban para ella–, abrió la caja fuerte donde guardaba sus joyas y se las dio a nuestro Fundador. A este episodio se refiere el punto 638 de <strong><em>Camino</em></strong>: <strong>¡Cúantos recursos santos tiene la pobreza! –¿Te acuerdas? Tú le diste en horas de agobio económico para aquella empresa apostólica, hasta el último céntimo de que disponías. </strong></p>
<p><strong>–Y te dijo –Sacerdote de Dios–: &#8220;yo te daré también todo lo que tengo&#8221;. –Tú de rodillas. Y&#8230; &#8220;la bendición de Dios Omnipontente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ti y permanezca siempre&#8221;, se oyó. </strong></p>
<p><strong>–Aún te dura la persuasión de que quedaste bien pagado.</strong></p>
<p>Con anterioridad, la Condesa de Humanes había regalado el primer reloj para la Academia de la calle Luchana. Tras muchos esfuerzos y humillaciones, el Padre había conseguido reunir en tres ocasiones el poco dinero necesario para comprar un reloj, pero siempre se presentaba una necesidad económica más imperiosa que se llevaba aquel dinero. Finalmente, la Condesa, al darse cuenta de la situación, le regaló un reloj. Era de caja cuadrada, sencillo y modesto; pero el Padre y los chicos que frecuentaban el Centro se pusieron tan contentos que le sacaron una fotografía, que custodiamos en nuestro archivo.</p>
<p>Hay una anécdota de la época de Burgos que denota, por una parte, la pobreza en que vivían y, por otra, la generosidad de nuestro Fundador. De vez en cuando iba a verle un profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el profesor Francisco Navarro Borrás, que era un matemático muy conocido. Un día, regalaron a nuestro Fundador un puro y, como sabía que el profesor Navarro Borrás fumaba mucho, lo guardó para regalárselo. También los dos miembros de la Obra que vivían con el Fundador fumaban, pero no tenían ni un céntimo para comprar tabaco, y se les ocurrió cortar un poco la punta del cigarro. Al cabo de unos días lo recortaron por el otro extremo, y así poco a poco&#8230; Cuando vino el profesor Navarro, el Padre le dijo: <strong>Le voy a dar el puro</strong>; se lo pidió a sus hijos, y le entregaron lo que quedaba: una colilla minúscula. El profesor se quedó atónito, y al Padre no dejó de divertirle aquella travesura.</p>
<p>En la primera Residencia, a pesar de las estrecheces, no faltaba el buen humor. El único personal de servicio era una cocinera y un empleado. Los residentes llamaban a la cocinera &#8220;doña Cupis&#8221;, porque decían que tenía &#8220;concupiscencia de la carne&#8221;: solía llevarse a casa, para su familia, parte de la carne que se compraba para los residentes. El empleado atendía la puerta y servía la mesa. Así que era el propio Padre quien se ocupaba de la limpieza de las habitaciones, y de hacer las camas de los casi veinte estudiantes que vivían allí; le ayudaba alguno de nosotros, sobre todo Ricardo Fernández Vallespín, arquitecto, que era el director de la residencia. Para sacar adelante estos trabajos domésticos aprovechaba las horas en que los residentes estaban en clase; el Padre prestaba este servicio a los demás con gran alegría.</p>
<p>Su generosidad era ilimitada. En 1942 murió el padre de un estudiante de arquitectura que vivía en la residencia DYA desde el curso 1935/36. La familia tuvo que enfrentarse a una situación económica difícil. Nuestro Padre le dijo a aquel estudiante y a su hermano que no se preocupasen: podían quedarse en la residencia, hasta terminar la carrera, sin pagar nada.</p>
<p>El Padre ponía todo su empeño en prestar estos servicios con la máxima discreción para evitar la más mínima humillación al interesado. Por ejemplo, de acuerdo con las indicaciones explícitas del Fundador, en las obras apostólicas del Opus Dei, los alumnos becarios, sin medios económicos, disfrutan de los mismos derechos, tratamiento y consideración que sus compañeros; es más, no es posible distinguirlos a unos de otros.</p>
<p>Otro rasgo de su espíritu de pobreza era el cuidado de las cosas materiales para evitar gastos superfluos. Nos enseñaba con su ejemplo a cuidar atentamente muchos detalles: desde la conservación de los edificios hasta el buen funcionamiento del instrumento de trabajo más pequeño. Repetía que cada objeto debía usarse para lo que ha sido hecho; si no, se estropea y hay que cambiarlo: por ejemplo, no se puede utilizar un cuchillo o unas tijeras para abrir una lata, ni un destornillador como martillo. Cuando se terminó el Aula Magna de Villa Tevere, nuestra Sede Central, sugirió a sus hijos la pequeña mortificación de no apoyar las manos sobre los brazos de los sillones, para no manchar ni estropear la tapicería.</p>
<p>Un día de 1959, el Padre visitaba las obras de Villa Tevere, como hacía a menudo para impulsar el desarrollo del trabajo y seguir de cerca los detalles. Mientras nos desplazábamos de una zona a otra, Jesús Alvarez Gazapo, el arquitecto que dirigía las obras, iba encendiendo y apagando las luces. Nuestro Fundador se dio cuenta de que ninguno de nosotros le ayudaba, quizá porque no sabíamos dónde estaban los interruptores. Después no dejó de reprendernos, explicándonos que debíamos haber ayudado a aquel hermano nuestro, porque la verdadera caridad lleva a no dejarse servir. Y añadió: <strong>Este es el espíritu de la Obra: no hacer el &#8220;señor&#8221;, consintiendo que los demás trabajen para nosotros. Yo cumpliré dentro de poco casi sesenta años, pero tengo verdaderas ganas de correr junto a él y ayudarle</strong>.</p>
<p>En otra ocasión, también durante las obras de Villa Tevere, desaparecieron unos adornos metálicos antiguos que había en la puerta del vestíbulo de entrada. En esa zona trabajaban varios obreros, que eran los únicos que podían acceder allí. El Padre los reunió, y con tono apacible les dijo que, como allí no entraba nadie más, todo hacía pensar que lo había cogido uno de ellos. Les invitó a no excusarse y a considerar que también él era pobre: de la venta de aquellos adornos, se sacaría poquísimo; y, en cambio, tendría que hacer un gasto considerable para reemplazarlos, y tenía poco dinero. Les aclaró que ya había perdonado; por tanto, no había que restituirle nada. Añadió después que si alguno atravesaba dificultades económicas podía acudir a él discretamente, y, en la medida de lo posible, procuraría ayudarle. Después, quiso mostrarles a todos su cariño y su perdón, y los abrazó uno a uno.</p>
<p>Vivía una sobriedad extrema en su ropa y objetos de uso personal. Se impuso estas normas concretas de espíritu de pobreza:</p>
<p>–<strong>no tener ni usar cosa alguna como propia</strong>; por ejemplo, nunca ponía su nombre en los libros que usaba, ni permitía que llamásemos &#8220;<strong><em>su</em></strong> oratorio&#8221; a la capilla en la que celebraba Misa cada día;.</p>
<p>–<strong>no tener cosa alguna superflua</strong>, hasta el punto de que, por ejemplo, en los últimos años se desprendió del reloj, porque dejaba organizar su horario a los <strong><em>Custodes</em></strong>, don Javier Echevarría y yo;</p>
<p>–<strong>no quejarse cuando falta lo necesario</strong>: en este aspecto llegó a un heroísmo extremo. No recuerdo, en los cuarenta años transcurridos a su lado, haberle oído una queja; no sólo por pobreza, sino porque evitaba hablar de sí mismo. Se lamentaba más bien de lo contrario: de que nos preocupábamos de él, y procuraba que no le faltase lo imprescindible, etc.;</p>
<p>–<strong>cuando se puede elegir, tomar para sí lo peor</strong>: ésta era su forma habitual de comportarse, cuando se servía la comida en la mesa y en cualquier otra ocasión;</p>
<p>–<strong>no crearse necesidades</strong>; recuerdo que tuvimos que insistir mucho para convencerle de que usase gafas de sol en verano, aunque sufría molestias en la vista. Le parecía que se trataba de una falsa necesidad; hasta que se las probó y de dio cuenta de que teníamos razón. Desde entonces nos estuvo inmensamente agradecido;</p>
<p>–<strong>no llevar nunca dinero en el bolsillo</strong>; así vivió durante los últimos treinta años: desde que llegó a Italia no llevó nunca ni una lira encima.</p>
<p>Otro aspecto de su espíritu de pobreza era aprovechar al máximo cada cosa, los instrumentos de trabajo o los objetos de uso personal. Por ejemplo, el Padre empleaba siempre hojas usadas por una cara para escribir por la otra apuntes o borradores; decía en broma que, si fuera posible, escribiría por el canto. Otro ejemplo: necesitaba desde 1940 hacerse unas gafas nuevas, pero consiguió que le durasen hasta 1970.</p>
<p>–<strong><em>Estos ejemplos muestran que el Beato Josemaría vivía la pobreza no sólo materialmente, sino también como desprendimiento interior</em></strong>.</p>
<p>–Llegaba a extremos verdaderamente heroicos. Cuando era seminarista y estudiaba en la Universidad Pontificia de Zaragoza, había anotado en un cuaderno, junto a los apuntes de las clases, algunas máximas de su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger. Le resultaban útiles por su contenido práctico y sus enfoques pastorales. Un día de 1926, en un momento en que tenía necesidad de una determinada gracia, pensó en ofrecer a Dios aquel cuaderno: <strong>Señor, si me haces esto, yo quemo ese cuaderno. Era una reacción</strong> –observaba el Fundador de la Obra– <strong>propia de un chico joven. Pero enseguida me entró el pensamiento de que era poco generoso y de que me había apegado demasiado a mis papeles, e inmediatamente quemé todos los apuntes</strong>.</p>
<p>En lo que se refiere a los regalos, su criterio era también muy severo: no sólo no aceptaba lo que no se permitiría un pobre, sino que rechazaba los objetos superfluos, aunque fuesen regalados. Nos enseñó también a no ceder en este campo, y disponer sólo de lo necesario. Con frase expresiva nos explicaba: <strong>Si nos regalan un elefante blanco, no lo meteremos en casa</strong>. El criterio era claro: vender los regalos superfluos y destinar lo que se sacase al apostolado.</p>
<p>Su desprendimiento era netamente espiritual. En diciembre de 1959 el Padre había encargado una copia, un poco más grande que el original, de la imagen del Niño Jesús que conserva la comunidad de las Agustinas recoletas del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, del que había sido capellán desde 1931 y rector desde 1934; es una imagen ligada a muchos recuerdos íntimos de su vida interior, a favores y gracias extraordinarias. Las buenas monjas lo llaman aún hoy &#8220;el Niño de don Josemaría&#8221;, y la M. San José, que entonces era la sacristana, recuerda haber visto muchas veces, cuando el Niño estaba en la sacristía de la iglesia durante el tiempo de Navidad, cómo don Josemaría le hablaba, le cantaba, le mecía, como si se tratase de un niño de verdad. Pues bien, tres días antes de la Navidad de 1959, nuestro Fundador entró en el estudio de arquitectos de Villa Tevere. Se sentó, cansado, insólitamente silencioso; estaba completamente inmerso en Dios. En eso llegó Manuel Caballero, que había modelado en barro la imagen de aquel Niño, de la que se había sacado la copia en madera, que llevaba envuelta en un paquete. Se sentó junto al Padre y con deliberada lentitud comenzó a abrirlo. Apenas nuestro Fundador vio que se trataba del Niño, lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho, y poco después, visiblemente emocionado, salió de la habitación.</p>
<p>Algún tiempo más tarde me dijo: <strong>Alvaro, he pensado regalar este Niño Jesús al Colegio Romano de la Santa Cruz; será la primera piedra de su sede definitiva</strong>. El Padre, apenas advirtió la emoción que le producía aquella imagen tan querida, rechazó inmediatamente cualquier apegamiento: no se concedió ni siquiera esta alegría, perfectamente legítima.</p>
<p>También en la dirección espiritual evitaba por todos los medios que las almas se apegasen a su persona. Quería conducirlas al Señor, ayudarlas a asumir sus propias responsabilidades delante de Dios; y deseaba permanecer en segundo plano, desaparecer, para dejar claro que la eficacia sacerdotal se basa <strong><em>in persona Christi</em></strong>. Desde que le conocí, aconsejaba de vez en cuando a los que se dirigían con él: <strong>Hoy, vete a confesar con otro</strong>.</p>
<p>Su desprendimiento llegaba a lo más &#8220;suyo&#8221;, el Opus Dei. En dos ocasiones, especialmente importantes, saboreó una intervención directa de Dios. Transcribiré dos documentos admirables: el primero es una anotación manuscrita que se refiere a un suceso del 22 de junio de 1933:</p>
<p><strong>El jueves, vísperas del Sagrado Corazón, por primera y única vez desde que conozco la Voluntad de Dios, sentí la prueba cruel que hace tiempo me anunciara el P. Postius (Cuando, al ser disuelta por el desgobierno actual la Compañía, perdí de vista al P. Sánchez una temporada y me atendió el P. Juan Postius): A solas, en una tribuna de esta iglesia del Perpetuo Socorro, trataba de hacer oración ante Jesús Sacramentado expuesto en la Custodia, cuando, por un instante y sin llegar a concretarse razón alguna –no las hay–, vino a mi consideración este pensamiento amarguísimo: &#8220;¿y si todo es mentira, ilusión tuya, y pierdes el tiempo&#8230;, y –lo que es peor– lo haces perder a tantos?&#8221; Fue cosa de segundos, pero ¡cómo se padece! Entonces, hablé a Jesús, diciéndole: &#8220;Señor (no, a la letra), si la Obra no es tuya, desbarátala ahora mismo, en este momento, de manera que yo lo sepa&#8221;. Inmediatamente, no sólo me sentí confirmado en la verdad de su Voluntad sobre su Obra, sino que vi con claridad un punto de la organización, que hasta entonces no sabía de ningún modo solucionar&#8221;.</strong></p>
<p>En otra ocasión, el 25 de septiembre de 1941, tuvo oportunidad de repetir aquel acto de supremo desprendimiento. La Obra y la persona de nuestro Fundador eran objeto de una serie increíble de calumnias y mentiras groseras; obstáculos muy serios se oponían al desarrollo de los apostolados. Era una prueba que permitía el Señor, y no pocos pensaban que estaba en peligro la misma supervivencia del Opus Dei. Aquel día me escribió una carta desde La Granja (Segovia) –es el segundo documento–, en la que me contó lo sucedido:</p>
<p><strong>Jesús te me guarde, Alvaro. </strong></p>
<p><strong>Llovizna, y nos hemos refugiado en el hotel. Es esta una vida de comodidad que me da verdadero fastidio. </strong></p>
<p><strong>Sin embargo, estoy seguro de que algunos ratos es muy fecunda: ayer celebré la Santa Misa por el Ordinario del lugar, y hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo lo del día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho <em>de verdad</em>: &#8220;Señor, si Tú lo quisieras, acepto <em>la injusticia</em>&#8220;. <em>La injusticia</em> ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la <em>labor de Dios</em>. </strong></p>
<p><strong>Sé que <em>le</em> agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo El sabe, hice otro tanto. </strong></p>
<p><strong>Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca <em>de verdad</em> (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos– sus fidelísimos, y nos bendiga! </strong></p>
<p><strong>Se me vienen ganas de gritar, sin importarme del qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal! </strong></p>
<p><strong>Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el <em>animalis homo</em> se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un &#8220;fiat&#8221; gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido</strong>.</p>
<p>–<strong><em>El episodio a que antes se ha referido de la llave arrojada a la alcantarilla en aquel Madrid asolado por el odio anticatólico, que costó al Fundador la renuncia a un refugio seguro por evitar una ocasión remota contra la pureza, ilustra por sí mismo la intransigente delicadeza con que el Padre vivía esta virtud.</em></strong></p>
<p>–El amor a la santa pureza le acompañó toda la vida, y se manifestó siempre en el cuidado delicadísimo de los medios indispensables para perseverar y crecer en esta virtud, de la que hablaba siempre en términos positivos, de Amor, de <strong>afirmación gozosa</strong>. Escribió en <strong><em>Camino</em></strong>: <strong>Nunca hables, ni para lamentarte de cosas o sucesos impuros. –Mira que es materia más pegajosa que la pez –Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma&#8221;</strong> (num. 131).</p>
<p>Durante su estancia en el Seminario vivió una mortificación de los sentidos cada día más constante y severa, guardando su cuerpo y sus afectos completamente para el Señor. Precisamente en Zaragoza, durante una temporada, algunas mujeres a las que no conocía comenzaron a provocarle: le esperaban con frecuencia en la calle con la intención manifiesta de inducirle a pecar. Le miraban descaradamente cuando pasaba con los demás seminaristas y le daban a entender, con frases o gestos claramente provocativos, que el único que les interesaba era él. Él no las miraba nunca y superó aquella persecución diabólica –que no podía evitar– poniéndose en manos de la Virgen. Desde el primer momento se lo dijo a los Superiores del Seminario y les mantuvo al corriente de todo lo que sucedía: sé que no dio nunca motivo alguno para la más pequeña censura de su comportamiento. Como la persecución no cesaba, reafirmó decididamente al Rector que prefería el sacerdocio a su propia vida.</p>
<p>Un día, don José Escrivá, oyó comentar en una barbería de Logroño –hasta allí se preocupó el diablo de difundir los rumores– que ciertas mujeres perseguían a su hijo. Procuró hablar con él lo antes posible, para decirle que era mejor ser un buen padre de familia que un mal sacerdote.</p>
<p>El joven Josemaría le explicó que, nada más advertir esas insidias, urdidas por mujeres desconocidas, sin haber dado ningún pie, se había apresurado a informar al Rector del Seminario; con esto, su padre se quedó tranquilo, al comprobar que nada enturbiaba la decisión de su hijo de ser sacerdote con todas las consecuencias santas de este Sacramento.</p>
<p>Uno de los compañeros de Seminario que le trató con mayor confianza, el P. Cubero, recuerda un detalle pequeño, pero significativo, de su delicadeza en esta materia. Un día, mientras iban como de costumbre a la Universidad Pontificia de Zaragoza para asistir a las clases, se cruzaron con dos chicas que se quedaron mirando a Josemaría, aunque él no les prestó ninguna atención. Al día siguiente, se las encontraron de nuevo en el mismo sitio, y lo mismo sucedió un día más; pero esta vez, al verle pasar, se dirigieron a él con tono de desafío: &#8220;¿Es que somos tan feas como para que no nos mires?&#8221; Josemaría, sin pararse, y sin mirarlas, replicó: <strong>¡Lo que sois es sinvergüenzas!</strong> Así acabó todo, y aquellas chicas no le molestaron más.</p>
<p>Después de la ordenación sacerdotal intensificó su lucha. Y cuando tuvo conciencia de la responsabilidad de almas que el Señor le confiaba con la fundación del Opus Dei, su empeño por dirigir a Dios todos su afectos se hizo aún más radical. Por ejemplo, desde que le conocí, he sido testigo de la heroicidad con que mortificaba la vista, imponiéndose renuncias concretas incluso en curiosidades legítimas: no se paraba delante de los escaparates y, en los viajes en coche, muchas veces decidía no mirar por la ventanilla, renunciando a gozar con la contemplación del paisaje.</p>
<p>Explicaba que es muy distinto &#8220;ver&#8221; que &#8220;mirar&#8221;: ver es algo fisiológico, indiferente; mirar, en cambio, consiste en aplicar la voluntad observando con atención –calibrando– los detalles. El Padre no miraba; y, a propósito de esto, quiero recordar una anécdota significativa, que sucedió en los años treinta, de la que fue protagonista un pintor. En una tertulia, en Ecuador, pedí a nuestro Padre que la contase despacio, y por eso puedo reproducir ahora sus palabras textuales:</p>
<p><strong>En los primeros años –ahora, más– mis amistades eran muy numerosas (&#8230;). Don Alvaro me habla de una vieja marquesa que ha muerto hace poco, con cerca de noventa años, pero que entonces era joven y, según decían, guapa. Yo coincidía con ella y con su marido en casa de unos amigos comunes, una vez a la semana, a almorzar. Un día se me acercó un artista, pintor –bastante bueno pero sin clientela, y lo pasaba muy mal económicamente–, a ver si le proporcionaba trabajo. Durante uno de aquellos almuerzos, se me ocurrió preguntar a la marquesa: </strong></p>
<p><strong>–¿Te vendría bien que te hicieran un retrato? Se trata de un pintor joven, sin nombre, pero de valía. Pintará un cuadro aceptable y además no te costará demasiado caro. Cuánto, no lo sé; pero no te costará mucho. </strong></p>
<p><strong>– Ah, sí, encantada; como quiera, me contestó. </strong></p>
<p><strong>– Muy bien. </strong></p>
<p><strong>Llamé al pintor, fue, y ella estuvo posando una hora. Después le dio un maletín con unos trajes de ella y le dijo: </strong></p>
<p><strong>– Márchese porque no deseo posar más. </strong></p>
<p><strong>Pasaron unos días. Vino el pintor a verme y me dijo: </strong></p>
<p><strong>– Bueno, yo necesitaría saber de qué color son los ojos de la señora Marquesa. </strong></p>
<p><strong>Y yo: </strong></p>
<p><strong>– Pues no lo sé. Hace años que somos amigos. Nos encontramos con mucha frecuencia y nos queremos, pero no se me ha ocurrido mirar nunca de qué color tiene los ojos. </strong></p>
<p><strong>¡Gracias a Dios, que no se me ocurría! </strong></p>
<p><strong>– Esto se arregla pronto, le aclaré. El jueves almuerzo con esta familia y otras familias amigas. Pregúntame por la noche. </strong></p>
<p><strong>Y por la noche no le pude contar más que una parte de lo sucedido, porque con ingenuidad comenté en la mesa: </strong></p>
<p><strong>– María, me ha pasado esto; me ha preguntado el pintor de qué color tienes los ojos y le he respondido que no lo sé. </strong></p>
<p><strong>– Pues míreme, Padre; tengo unos ojos de color verde, ¡estupendo! </strong></p>
<p><strong>– Ahora los miro menos, ¡majadera!</strong></p>
<p>Era un hábito que conservó toda la vida. Tampoco &#8220;miraba&#8221; a sus hijas, pero de un modo tan natural que no se notaba: no había nada raro o afectado en su persona. Muy a menudo le he oído preguntar con toda franqueza a mujeres que llevaban muchos años en el Opus Dei: <strong>¿Te conozco?</strong> En realidad no era un pregunta, sino casi una afirmación: <strong>No te conozco. ¿Cómo te llamas?</strong> Y ellas no se ofendían, porque sabían que el Fundador nunca las miraba.</p>
<p>–<strong><em>Cuando le preguntaban cuál era la virtud humana que más quería, respondía invariablemente, sin dudarlo: la sinceridad</em></strong>.</p>
<p>Sí, daba extraordinaria importancia a esta virtud, que le parecía indispensable para la perseverancia en la vocación. Solía hablar de <strong>tres demonios</strong>, tres modos de decir, que debíamos aborrecer: <strong>es que, creí que, pensé que</strong>; esto es, no teníamos que buscar excusas para justificar o disimular nuestros errores. Por su parte, jamás eludía el peso ni las consecuencias de sus responsabilidades.</p>
<p>Decía y defendía siempre la verdad, aun a costa de sufrir la hostilidad o las incomprensiones ajenas; no se plegaba a componendas, especialmente cuando se trataba de difundir con firmeza la doctrina de Cristo o de proclamar la auténtica naturaleza del Opus Dei y de sus apostolados.</p>
<p>Amó la verdad hasta tal punto que no toleraba ni la menor mentira. No quería que sus hijos mintieran a sus padres, ni siquiera con la excusa de conseguir permiso para participar en alguna actividad formativa. Yo estaba presente el verano de 1941 cuando corrigió a un miembro del Opus Dei que había recurrido a esta estratagema, para poder asistir a un curso de retiro espiritual predicado por nuestro Fundador. Sus padres se oponían a su vocación, también porque les habían influido varias calumnias contra el Opus Dei. No encontró otra solución que inventar una mentira y decirles que se iba al campo. En cuanto lo supo nuestro Fundador, le advirtió muy seriamente: <strong>En adelante, ¡no más mentiras! El amor a la verdad debe prevalecer sobre todo lo demás</strong>.</p>
<p>Exigía a sus colaboradores en el gobierno del Opus Dei claridad y precisión a la hora de presentar las informaciones y datos necesarios: aborrecía las aproximaciones, las exageraciones y los paños calientes. Esta claridad iba siempre acompañada de la máxima caridad, porque no confundía la objetividad con la crudeza en el trato a los demás.</p>
<p>Predicaba a los periodistas que el cristiano debe amar y defender audazmente la verdad, dispuesto siempre a pagar las consecuencias. Prefería que los católicos, en lugar de dedicarse a promover órganos confesionales, trabajasen, con auténtica competencia profesional, en los medios de comunicación ya existentes, defendiendo y propagando desde allí la doctrina de la Iglesia.</p>
<p>No le gustaban los secreteos ni los misterios. Una vez, un miembro de una familia real le manifestó, en el curso de una conversación, que deseaba contarle una cosa &#8220;bajo secreto de confesión&#8221;. Nuestro Fundador replicó inmediatamente: <strong>Alteza, está hablando con un sacerdote y con un hombre de honor, y eso debe bastarle: si me quiere decir alguna cosa en secreto de confesión, vamos a un confesonario, y tendré mucho gusto en recibir su confesión sacramental</strong>.</p>
<p>–<strong><em>A propósito de la obediencia, el Fundador decía que no le gustaba la obediencia</em></strong> perinde ac cadaver<strong><em>: quería una obediencia inteligente porque</em></strong> <strong>con los cadáveres no voy a ninguna parte; los cadáveres los entierro piadosamente<em>. Sin embargo, la obediencia debía ser auténtica:</em></strong> <strong>El enemigo: ¿obedecerás&#8230; hasta en ese detalle &#8220;ridículo&#8221;? –Tú, con la gracia de Dios: obedeceré&#8230; hasta en ese detalle &#8220;heroico&#8221;</strong> <strong><em>(</em></strong>Camino<strong><em>, num. 618).</em></strong></p>
<p>–Amaba la obediencia porque la contemplaba en conexión con las virtudes cristianas más importantes: desde la fe a la caridad, desde la humildad a la sencillez. Fue heroicamente ejemplar en su obediencia a las leyes generales de la Iglesia y a las disposiciones específicas relativas al Opus Dei: incluso en lo que se refiere a su itinerario jurídico, no dio paso alguno sin la explícita aprobación de la autoridad competente.</p>
<p>Vivió ejemplarmente la obediencia, yendo por delante en el cumplimiento de lo que había establecido para todos los miembros del Opus Dei. Estaba profundamente convencido de que quien ejercita la autoridad debe ser ejemplo de obediencia para los demás. Un día manifestó a los miembros del Consejo General: <strong>Hijos míos Directores: no os sintáis disculpados o no os justifiquéis innecesariamente, para no cumplir lo que está dispuesto. </strong></p>
<p><strong>¡Fieles!: porque dais el tono; porque marcáis el ritmo; porque la gracia de Dios, para vuestro buen gobierno, discurre por esos cauces que son las disposiciones recibidas de Dios, a través de nuestras normas y costumbres. </strong></p>
<p><strong>No puede ocurrir con vosotros lo que burlonamente comenta el pueblo romano, al explicar las posturas de esas dos figuras de piedra que, en la &#8220;gradinata&#8221; de la plaza de San Pedro, representan a los dos Apóstoles. </strong></p>
<p><strong>Yo no me atrevo a afirmarlo; es más, digo que se trata de una expresión maliciosa, pero el vulgo viene repitiendo, desde hace años, que esas esculturas confirmarían una realidad de la vida de la Iglesia: porque en Roma –dicen– se hacen las leyes que obligan a toda la Iglesia, pero en el Vaticano se ignoran. Por eso, Pedro, con su mano dirigida hacia el suelo, aclara: &#8220;aquí se dictan las leyes&#8221;. Y Pablo, con su brazo extendido hacia la ciudad, termina la frase: &#8220;y ahí se cumplen&#8221;. </strong></p>
<p><strong>Cuando hay una disposición o se da una norma que se refiere al modo de vivir cristiano, tenemos que cumplirla puntualmente los Directores. Aunque no nos vean los demás, esa fidelidad tiene su importancia, porque siendo fieles o no siéndolo, hacemos o no hacemos caso a la gracia de Dios, y damos o no damos la sangre arterial de este órgano central y vital del cuerpo a los demás miembros. </strong></p>
<p><strong>Por esto, en el Opus Dei, tanto los directores como los demás deben meditar y considerar en el examen de conciencia cómo cumplen esto que es de Dios y que expresamente Dios ha fijado en la Obra.</strong></p>
<p>No es ocioso recordar que la obediencia, en el Opus Dei, se refiere sólo al fin específico de la Prelatura, es decir, a la vida cristiana de sus miembros y al modo de hacer el apostolado, y que no interfiere ni siquiera mínimamente en sus actuaciones y opiniones profesionales, sociales, culturales, económicas, políticas: en todas las cuestiones temporales, los miembros del Opus Dei gozan de la misma libertad que cualquier católico, y trabajan con la responsabilidad propia de los cristianos fieles a la Jerarquía de la Iglesia.</p>
<p>La delicadeza del Padre llegaba a detalles muy pequeños. En 1958, el príncipe Carlo Pacelli me manifestó que el Santo Padre Pío XII deseaba que yo fuese Caballero de Honor y Devoción de la Orden de Malta. A mí la idea no me cayó bien: no me había atraído este título cuando era laico, y como sacerdote, me parecía fuera de lugar. Hablé de esto con el Padre, y me respondió: <strong>Si el príncipe Carlo Pacelli te lo vuelve a decir de parte del Santo Padre, debes obedecer</strong>. Así sucedió, y nuestro Fundador me mandó a España para preparar los documentos necesarios. Salí el 25 de mayo, acompañado de don Javier Echevarría. Y mientras la Orden de Malta estaba estudiando en España la documentación requerida, antes de enviarla a Roma al Gran Maestre de la Orden, murió Pío XII. Pero el Padre no quiso que yo retirase ya mi petición, y poco tiempo después me llegó el nombramiento.</p>
<p>Es un detalle de escasa entidad, pero precisamente en las cosas pequeñas se manifiesta la verdadera virtud. Cuando era seminarista en Zaragoza, el Padre compuso una poesía en latín, con el título <strong><em>Oboedientia tutior</em></strong>, para la fiesta que se celebró en honor del Presidente del Seminario, Mons. Díaz Gómara. Lo importante no es tanto el título de esta composición poética, que era precisamente el lema del obispo, sino el acto de obediencia que le supuso escribirla. De hecho, por su carácter no le agradaba aparecer como protagonista de nada, y no habría compuesto aquella poesía, ni mucho menos la habría leído en público, si sus superiores no se lo hubiesen mandado explicítamente.</p>
<p>–<strong><em>El Beato Josemaría practicó intensamente la mortificación corporal, y predicó su necesidad, como escribe en</em></strong> Camino<strong><em>:</em></strong> <strong>–No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos<em> (num. 181).</em></strong></p>
<p>Le gustaba repetir y subrayar, con el ejemplo de su vida, que la mejor mortificación consiste en el cumplimiento fiel, hasta los últimos detalles, de los deberes del propio estado. Pero se sometió también a duras penitencias corporales, sobre todo desde que supo con claridad lo que el Señor le pedía: todos los pasos de su actividad pastoral y apostólica iban precedidos y acompañados de fuertes mortificaciones.</p>
<p>El Padre comenzó a usar el cilicio y las disciplinas cuando era seminarista. Me consta que a partir de 1928 intensificó su mortificación corporal de modo muy notable. La madre y los hermanos de nuestro Fundador me contaron que, durante aquellos años de Madrid, cuando usaba las disciplinas se encerraba en el cuarto de baño del piso donde vivían, y abría los grifos del agua para disimular el ruido de los golpes. Pero era inevitable oírlos. Además, aunque luego limpiaba cuidadosamente las paredes y el suelo, su madre y su hermana descubrían después, consternadas, algunas manchas de sangre que el Padre no había advertido.</p>
<p>Vivía el plan de mortificaciones aprobado por su confesor, con gran espíritu de obediencia. Entre sus apuntes de conciencia, hemos encontrado esta nota:</p>
<p><strong>Desde el sábado, 17 de febrero de 1934, me ordena el P. S. este plan más suave: </strong></p>
<p><strong><em>Todos los días</em> sin excepción, menos los domingos: por la mañana, cuatro horas, dos cilicios. </strong></p>
<p><strong>Lunes – disciplina – 3 Miserere.</strong> (Cada disciplina duraba el tiempo que tardaba en recitar tres <strong><em>Miserere</em></strong>, tres <strong><em>Laudate</em></strong>, etc.)</p>
<p><strong>Martes – 3 Laudate. </strong></p>
<p><strong>Miércoles – 3 Benedictus. </strong></p>
<p><strong>Sábados – 3 Magnificat. </strong></p>
<p><strong>Los Viernes, disciplina, 3 Te Deum, 3 Magnificat y 3 Benedictus</strong></p>
<p>Además, tuvo siempre la prudencia de no comprometer directamente la salud, y sus consejos eran muy claros sobre este punto. En una carta del 22 de enero de 1940, por ejemplo, recomendaba: <strong>No me hagas mortificaciones que puedan perjudicar tu salud o agriar tu carácter: la mortificación <em>discreta</em> y la penitencia <em>discreta</em> son indudablemente necesarias: pero la piedra de toque es el Amor. Ten, para la penitencia, esta norma de conducta: nada sin permiso expreso</strong>.</p>
<p>Más aún que las penitencias corporales, el Fundador se esforzaba por vivir las pequeñas mortificaciones que le ayudaban a cumplir con delicadeza las diversas prácticas de piedad, su ministerio sacerdotal, el espíritu de servicio, la caridad fraterna, etc. Afirmaba que estas mortificaciones debían ser constantes, como <strong>el latir del corazón</strong>. Entre sus apuntes, hemos encontrado éste, fechado el 3 de noviembre de 1932:</p>
<p><strong>1/ No mirar ¡nunca! </strong></p>
<p><strong>2/ No hacer preguntas de curiosidad. </strong></p>
<p><strong>3/ No sentarme más que cuando sea indispensable, y siempre sin apoyar la espalda. </strong></p>
<p><strong>4/ No comer nada dulce. </strong></p>
<p><strong>5/ No beber más agua que la de las abluciones. </strong></p>
<p><strong>6/ Desde la comida o almuerzo del mediodía, no comer pan. </strong></p>
<p><strong>7/ No gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, <em>un pobre de pedir</em> no pudiera gastarlos. </strong></p>
<p><strong>8/ No quejarme de nada nunca con nadie, como no sea por buscar dirección. </strong></p>
<p><strong>9/ No alabar, no criticar. </strong></p>
<p><strong><em>Deo omnis gloria!</em></strong></p>
<p>A propósito de la mortificación de la vista: cuando se estableció en Burgos, en los primeros días de 1938, la ciudad no era aún muy grande y desde cualquier sitio se podía ver la espléndida catedral, una verdadera joya del arte gótico. Nuestro Fundador ofreció al Señor el sacrificio de dejar pasar un tiempo antes de visitarla: la primera vez que entró fue para rezar, y no para hacer turismo; sólo después fue a verla con calma.</p>
<p>Era muy exigente también en las mortificaciones de la comida. Cuando le conocí, uno de los detalles que me impresionaron fue una cajita de madera, de color claro, que estaba sobre su escritorio. Una vez le pregunté qué tenía dentro. Entonces la abrió y me la enseñó: era acíbar. Me invitó a tomar un poco con el dedo, y probarlo. Era una mortificación que hacía de vez en cuando. Recuerdo que, cuando nos refugiamos en la Legación de Honduras, entre los poquísimos objetos que se llevó allí, estaba esa cajita de acíbar.</p>
<p>Rechazaba cualquier trato de excepción cuando visitaba un Centro de la Obra, respetaba siempre sus planes y horario. Contaré solamente una anécdota pequeña, sucedida en 1945. Acabábamos de inaugurar en Bilbao la Residencia universitaria Abando, y el Padre fue a celebrar la primera Misa. Para festejar el acontecimiento, sus hijas encargadas de la administración doméstica de aquel Centro decidieron preparar una comida un poco especial. Nuestro Fundador observó que servían una botella de vino de marca, y preguntó si era normal en nuestras casas tomar en la mesa ese tipo de vino. Le acompañábamos tres o cuatro personas más. La doncella que servía la mesa respondió: &#8220;No, Padre, no lo servimos nunca&#8221;. Y nuestro Fundador exclamó, mientras se levantaba de la mesa: <strong>Entonces, tampoco me lo debéis dar a mí: me tratáis como si fuera un invitado y por esto dejo de comer. Hoy no como, así aprenderéis que no se actúa así, porque nuestra pobreza debemos vivirla siempre</strong>. A la chica le impresionó tanto, que al poco tiempo pidió la admisión en la Obra.</p>
<p>No obstante, dispuso que en nuestros Centros, con ocasión de alguna solemnidad litúrgica o de celebraciones propias del Opus Dei, sus hijas preparasen una comida mejor de lo ordinario. Pero, precisamente en esos días, el Padre comía menos. Recuerdo que una vez, durante las fiestas de Navidad, pusieron una fuente muy bien preparada; nuestro Fundador notó que uno de los comensales miraba el plato con cierta avidez. Entonces, con una excusa, se levantó de la mesa sin comer.</p>
<p>Un día, en 1949 ó 1950, el Marqués de Bisleti nos hizo llegar dos faisanes que había cazado en su finca de Salto di Fondi. El Padre no había comido nunca carne de faisán, y quiso ofrecer al Señor la mortificación de no probarla tampoco en aquella ocasión; decidió que aquellos faisanes fuesen para sus hijas de la administración.</p>
<p>Podría mencionar otros muchos aspectos del espíritu de mortificación y penitencia del Padre, como, por ejemplo, el cuidado de los objetos, el saber dominar las reacciones del propio carácter, la mortificación de callar, o de hablar, según los casos, etc. Pero, a mi juicio, el aspecto más importante de la penitencia heroica de nuestro Fundador fue su <strong>ocultarse y desaparecer</strong>, que constituyó el lema de su vida.</p>
<p><strong><em>–El Fundador afirmaba que prefería el holocausto al sacrificio. Quería, por eso, que las flores del Sagrario se pusiesen directamente sobre el altar, entre los candeleros, para que toda su lozanía se consumiese en honor del Señor. Es momento, quizá, de esbozar cómo vivió la virtud de la humildad.</em></strong></p>
<p>–Puedo afirmar que nuestro Fundador vivió durante toda su vida con un completo olvido de sí, y se tuvo en muy poca consideración: enderezaba cada pensamiento, palabra y acción a la gloria y al servicio de Dios. Desde joven repitió innumerables veces esta jaculatoria: <strong><em>Deo omnis gloria!</em></strong> Y en un punto de <strong><em>Consideraciones espirituales</em></strong>, que después sería el 780 de <strong><em>Camino</em></strong>, explicó:</p>
<p><strong>&#8220;Deo omnis gloria&#8221;. Para Dios toda la gloria. –Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada. </strong></p>
<p><strong>Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el &#8220;yo&#8221; no debe aparecer en ninguna parte</strong>.</p>
<p>El 4 de febrero de 1975 me encontraba con el Padre a bordo del avión que pronto despegaría del aeropuerto de Madrid rumbo a Venezuela. En un momento dado, con gran sorpresa por nuestra parte, entró en la cabina una hija suya, la periodista rhodesiana Lynden Parry Upton: había logrado llegar hasta allí con el firme propósito de darle las gracias por todo lo que la Obra había hecho por ella, conduciéndola primero a la conversión al catolicismo, y después a la vocación al Opus Dei. Nuestro Fundador contestó: <strong>Todos tenemos que agradecerle al Señor</strong>. Y como ella insistía en darle las gracias personalmente, el Padre la interrumpió con cariño, pero con decisión: <strong>A mí no. Dios escribe una carta, la mete dentro de un sobre. La carta se saca del sobre, y el sobre se tira a la basura</strong>.</p>
<p>Al mismo tiempo, era consciente de que el Señor quería su cooperación para obrar maravillas, y lo recordaba también a sus hijos: <strong>De nuestra santidad, de nuestra humildad depende que Dios dispense a manos llenas, a través de nosotros, su gracia</strong>. Pero no olvidaba que <strong>el monumento se erige al artista; el pincel se tira: ha cumplido su función obedeciendo a las manos del artista</strong>.</p>
<p>Rehusó siempre los honores y los cargos. Me parece particularmente significativa la siguiente anécdota. El 11 de febrero de 1933, Angel Herrera, nombrado poco antes Presidente de la Acción Católica española después de haber abandonado la dirección del periódico <strong><em>El Debate</em></strong> (más adelante sería ordenado sacerdote, y llegaría a ser obispo de Málaga y cardenal), quiso hablar con don Josemaría: le informó de la noticia, todavía no oficial, de su propio nombramiento, y le ofreció un cargo importante. De acuerdo con el Nuncio, Angel Herrera había proyectado la creación de un centro para la formación de sacerdotes que serían consiliarios de la Acción Católica en los diversos niveles, y propuso al Padre aceptar el nombramiento como director de ese centro. El Fundador de la Obra rechazó la propuesta. El presidente Herrera insistió, y le hizo notar que se trataba de un puesto clave, de gran responsabilidad, ya que en aquella casa se reunirían los mejores sacerdotes de España; el Padre le respondió que precisamente por eso no podía aceptar un puesto tan importante: <strong>Además</strong> –añadió– <strong>hay muchos otros que lo harán mejor que yo</strong>.</p>
<p>Deseo subrayar que estas palabras no eran una excusa cortés, educada; estaba plenamente convencido de que otros sacerdotes podrían, efectivamente, desarrollar mejor aquella actividad. Por su parte, pensaba que sólo sería eficaz cumpliendo lo que Dios le había encomendado, para lo que tenía un carisma específico, una particular gracia de Dios.</p>
<p>Después de la guerra civil española, fue creciendo el prestigio de nuestro Fundador. Ante la eventualidad, nada remota, de ser elevado al episcopado, pidió permiso a su confesor, don José María García Lahiguera, para hacer voto de no aceptar jamás la carga o dignidad episcopal. Don José María respondió que no se lo permitíría sin el consentimiento del obispo de Madrid. Por eso, durante una conversación con Mons. Leopoldo Eijo que tuvo lugar el 19 de marzo de 1941, el Padre se lo planteó. Después, anotó también esto entre los temas tratados con el Prelado: <strong>El Señor Obispo no me da el permiso. Y me disgusta de verdad</strong>.</p>
<p>Aborrecía las alabanzas, y explicaba con viveza que lo peor que puede sucederle a un hombre es recibir solamente elogios. En cambio, agradecía mucho las correcciones que recibía; precisamente por esto, planteó un &#8220;filial forcejeo&#8221; con la Santa Sede, para no privar al Presidente General del Opus Dei (como entonces se llamaba) de la corrección fraterna, que en la Obra es un medio de formación fundamental. Cuando presentó por primera vez a la autoridad eclesiástica nuestro <strong><em>Ius Peculiare</em></strong> –esto sucedería también después, en 1946 y en 1949– tuvo que superar las dificultades que le pusieron: le hicieron notar que, según una costumbre plurisecular, los Superiores mayores no pueden ser corregidos por sus súbditos. Pero nuestro Fundador no cedió, porque no quería verse privado de esta ayuda. Replicó: <strong>No es posible. Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad?</strong> Se aprobó finalmente la figura de los <strong><em>Custodes seu Admonitores</em></strong>, que viven junto al Presidente General –hoy, el Prelado–, y le ayudan con las observaciones que consideran oportunas.</p>
<p>Eludía con gran naturalidad las manifestaciones de gratitud, admiración o entusiasmo de los que le escuchaban, por ejemplo, con ocasión de los numerosos cursos de retiro espiritual que predicaba. En 1948 dirigió uno en Molinoviejo (Segovia) a un grupo de profesionales; en aquel tiempo yo me encontraba en Roma, pero poco después me lo contó el que fue principal testigo directo, don Amadeo de Fuenmayor. Los participantes habían dado ya algunas muestras de entusiasmo, y por eso el Padre les recordó más de una vez la necesidad de no romper el silencio acostumbrado; antes de la última meditación del retiro, para evitar ser objeto de sus manifestaciones de gratitud y elogio, indicó expresamente a don Amadeo que no pronunciase la acostumbrada jaculatoria final –<strong><em>Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae</em></strong>– hasta un rato después de que hubiese salido del oratorio, cuando oyera arrancar el coche que lo llevaba Madrid. De esta manera, al salir los participantes del oratorio, ya no estaba y no pudieron hacer nada, salvo encararse con don Amadeo por haberle dejado marchar. Soy testigo de que, gracias a <strong><em>trucos</em></strong> de este tipo, nuestro Fundador logró seguir hasta el último día el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret.</p>
<p>Al comienzo de los años cuarenta, una hermana de mi madre y su marido invitaron a comer a nuestro Fundador y a mí, junto con Manuel Aznar, un intelectual bastante conocido, al que se consideraba entonces el mejor periodista español, y que más tarde sería Embajador de España en los Estados Unidos. En un determinado momento, Aznar le dijo al Padre: &#8220;–¡Cómo me gustaría escribir su biografía!&#8221;. Y el Padre replicó: –<strong>Mi biografía te la doy hecha: en el Santo Evangelio se lee como un resumen de la biografía de la vida de infancia del Señor, que se condensa en tres palabras: <em>erat subditus illis</em>: Jesús obedecía a María y a José. Después, en los Hechos de los Apóstoles, se lee otra biografía de Nuestro Señor, esta vez en dos palabras: <em>pertransiit benefaciendo</em>. Pues para mí basta con una sola palabra: ¡pecador! Pero un pecador que ama mucho a Jesucristo</strong>.</p>
<p>Muchísimas veces –he sido testigo de esto a partir de 1935, pero sé que lo hacía ya muchos años antes–, rezaba prosternado en tierra e imploraba la gracia divina con la profunda convicción de que era su postura más adecuada, porque no tenía ningún mérito. Me confió que solía hacer oración postrado sobre el suelo, porque advertía la bajeza de su condición y la necesidad de pedir perdón al Señor y de implorar su ayuda, de acuerdo con su nulidad.</p>
<p>Podríamos detenernos mucho tiempo evocando otros sucesos edificantes, pero me parece que airearíamos su intimidad. Recordaré sólo un último detalle: un día, en los años cincuenta, durante las obras de construcción de la Sede Central, el Padre vio que, al desmontar los andamios, los obreros tiraban unos clavos grandes que habían servido para sujetar los tablones de madera. Nuestro Fundador se quedó pensando que sin aquellos clavos, que los obreros tiraban con indiferencia, no habría sido posible montar el andamiaje. Hizo recogerlos y envió muchos a las distintas Regiones, como símbolo de lo que debemos ser: un instrumento, en sí despreciable, del que se sirve el Señor para hacer su Obra.<a><br />
</a></p>
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		<title>Zaragoza 1939</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 10:43:58 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;La fundación del Opus Dei&#8221;. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.</h2>
<p>Zaragoza era otro lugar natural de expansión del Opus Dei: tenía una importante universidad y Escrivá conocía a gente desde sus días de seminario. Además, había reanudado viejas amistades en sus visitas a la ciudad durante la Guerra Civil. Albareda procedía de Caspe, localidad cercana a Zaragoza, y su hermano mayor, Manuel, era muy conocido en la ciudad.</p>
<p>A finales de noviembre de 1939, Albareda viajó a Zaragoza. Pasó por la Basílica del del Pilar para poner en manos de la Virgen el futuro del apostolado del Opus Dei en la ciudad y explicó a su hermano lo que la Obra quería hacer. Como el Opus Dei siempre desarrollaba sus actividades con la bendición del obispo local, también le pidió a su hermano que solicitara al arzobispo la autorización necesaria para empezar la labor apostólica en Zaragoza. En este primer viaje, Albareda se puso en contacto con varios estudiantes y les explicó brevemente los objetivos e ideales del Opus Dei.</p>
<p>Animados por los resultados de este primer viaje, Escrivá, del Portillo y Albareda salieron en coche hacia Zaragoza el 26 de diciembe de 1939. A pocos kilómetros de Madrid, el coche se averió y tuvo que ser remolcado. Escrivá, que tenía fiebre, volvió a Madrid con del Portillo, mientras que Albareda cogía un tren para Zaragoza. Dos días después, aunque Escrivá no estaba repuesto del todo, él y del Portillo también viajaron. Albareda, su hermano Manuel y Alvira, que había acompañado a Escrivá en el paso de los Pirineos, los recogieron en la estación y los llevaron a casa de Manuel.</p>
<p>Las primeras actividades en Zaragoza fueron similares a las de Valladolid: ponerse en contacto con estudiantes y jóvenes profesionales, amigos de otros amigos ya conocidos, y explicarles el ideal de santidad y apostolado en medio del mundo, mediante la santificación del trabajo y de las demás actividades cotidianas. También hablaron de abrir pronto una residencia en Zaragoza.</p>
<p>Hasta mediados de febrero de 1940, no se hicieron nuevos viajes a Zaragoza. Desde entonces hasta el final del año escolar, Múzquiz, del Portillo, Botella y Rodríguez Casado pasaban allí muchos fines de semana. Ni la casa de Manuel Albareda, donde se alojaron en algunas ocasiones, ni las habitaciones de un hotel les proporcionaban un sitio adecuado para mantener una conversación personal. A menudo se iban a pasear por la ciudad para hablar en privado.</p>
<p>Múzquiz, por ejemplo, explicó el Opus Dei a un joven estudiante de Navarra, José Javier López Jacoíste, mientras daban vueltas y más vueltas a la plaza principal de la ciudad. Era una tarde agradable y la plaza estaba llena de cadetes de la academia militar, soldados destinados en Zaragoza, familias y niñeras con críos que habían salido a pasear. Cuando Múzquiz terminó su explicación y mencionó que Jesús Arellano, otro estudiante navarro, había decidido entregar su vida a Dios en el Opus Dei, López Jacoíste respondió sobre la marcha, sin esperar ni siquiera a regresar al hotel, “yo también”. A Arellano y López Jacoíste se les unieron en los meses siguientes Javier Ayala y José Ramón Madurga.</p>
<p>Escrivá no pudo ir a Zaragoza en muchas ocasiones, ya que debía atender también la labor de Madrid, Valencia, Valladolid y Barcelona, y además predicar numerosos ejercicios espirituales a sacerdotes diocesanos. Cuando podía viajar a Zaragoza, les hablaba en grupo y también personalmente con cada uno. Uno de estos jóvenes recuerda su conversación con Escrivá: “¿Serás capaz de saltar el parapeto? La metáfora, expresada con enorme fuerza y vibración sobrenatural, estaba cargada de sentido. Aún estraba reciente la Guerra de España, en la que dar el asalto final a las trincheras enemigas –expresión de arrojo y bizarría—constituía el colofón de toda batalla.</p>
<p>El planteamiento de nuestro Padre, además del atractivo humano, tenía una irresistible fuerza sobrenatural. Se trataba de superar con la ayuda de Dios todas las dificultades –saltárselas mediante el impulso divino-, para llevar vida de enamoramiento al servicio del Señor, afrontando el trabajo y el estudio cotidianos con denuedo sobrenatural a fin de situar al Señor, mediante el esfuerzo constante, en la cima de todas las actividades humanas”<span>[1]</span>.</p>
<p>El 16 de marzo de 1940 Escrivá predicó a los miembros de la Obra una meditación que tenía por tema el texto del Evangelio “No me elegistéis a mí, sino que yo os he elgido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Juan 15:16). Más tarde, ese mismo mes, se reunió con ellos en un café. Como solía suceder en las reuniones informales que los miembros del Opus Dei designaban con el término genérico de tertulias, la conversación de Escrivá fluía con soltura y sin rupturas de una anécdota cómica a sucesos recientes y preguntas sobre los estudios de unos y otros y asuntos de vida interior y apostolado. En esta ocasión, uno de los participantes recuerda: “Nos habló de presencia de Dios, de múltiples industrias humanas para vivirla con estilo enamorado e intensidad siempre creciente. Muchas temporadas habría de constituir la materia del examen particular. De esta manera viviríamos vida de Fe, lo cual es vivir vida sobrenatural (&#8230;). Sólo así podríamos marchar adelante y ser contemplativos en medio de los absorbentes trabajos o del bullicio que pueda rodearnos a lo largo de la vida.</p>
<p>Seguidamente se refirió a la sinceridad. Nos pedía una sencillez total. Era el medio para vivir defendidos frente a toda insinuación del maligno. Particularmente esa sencillez es todavía más inexcusable en estas tres vertientes: fe, pureza, camino (&#8230;).</p>
<p>La explicación referente a los Ángeles Custodios fue profunda y especialmente atrayente: ‘Os harán mil servicios, os sacarán de muchas dificultades, viviréis siempre seguros con su protección y su continua asistencia’”<span>[2]</span>.</p>
<p>A principios del curso 1940-1941 el apostolado del Opus Dei en Zaragoza estaba bien asentado. Durante los dos años siguientes se continuarían los viajes desde Madrid. El primer centro se abrió en 1942 y se llamó Baltasar Gracián, que era el nombre de la calle donde estaba situado.</p>
<p><span>[1]</span> Ibid. p. 241</p>
<p><span>[2]</span> Ibid. p. 346<a><br />
</a></p>
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		<title>TEMA 37. El octavo mandamiento del Decálogo</title>
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		<pubDate>Sun, 02 May 2010 18:28:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad. «El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Las ofensas a la verdad, mediante palabras o acciones, expresan un rechazo a comprometerse con la rectitud moral» (Catecismo, 2464). 1. Vivir en la verdad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad.</h2>
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<p>«El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Las ofensas a la verdad, mediante palabras o acciones, expresan un rechazo a comprometerse con la rectitud moral» (<em>Catecismo</em>, 2464).</p>
<p><strong>1. Vivir en la verdad</strong></p>
<p>«Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas&#8230; se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad, y tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias».</p>
<p>La inclinación del hombre a conocer la verdad y a manifestarla de palabra y obra se ha torcido por el pecado, que ha herido la naturaleza con la ignorancia del intelecto y con la malicia de la voluntad. Como consecuencia del pecado, ha disminuido el amor a la verdad, y los hombres se engañan unos a otros, muchas veces por egoísmo y propio interés. Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad.</p>
<p>La virtud que inclina a decir siempre la verdad se llama <em>veracidad, sinceridad o franqueza</em> (cfr. <em>Catecismo</em>, 2468). Tres aspectos fundamentales de esta virtud:</p>
<p>— <em>sinceridad con uno mismo</em>: es reconocer la verdad sobre la propia conducta, externa e interna: intenciones, pensamientos, afectos, etc.; sin miedo a <em>agotar la verdad</em>, sin cerrar los ojos a la realidad.</p>
<p>— <em>sinceridad con los demás</em>: sería imposible la convivencia humana si los hombres no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se dijesen la verdad o no se comportasen, p. ej., respetando los contratos, o más en general los pactos, la palabra comprometida (cfr. <em>Catecismo</em>, 2469);</p>
<p>— <em>sinceridad con Dios</em>: Dios lo ve todo, pero como somos hijos suyos quiere que se lo manifestemos. «Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia».</p>
<p>La sinceridad en el Sacramento de la Confesión y en la dirección espiritual son medios de extraordinaria eficacia para crecer en vida interior: en sencillez, en humildad y en las demás virtudes. La sinceridad es esencial para perseverar en el seguimiento de Cristo, porque Cristo es la Verdad (cfr. <em>Jn</em> 14,6).</p>
<p><strong>2. Verdad y caridad</strong></p>
<p>La Sagrada Escritura enseña que es preciso decir la verdad con caridad (<em>Ef</em> 4, 15). La sinceridad, como todas las virtudes, se ha de vivir por amor y con amor (a Dios y a los hombres): con delicadeza y comprensión.</p>
<p><em>La corrección fraterna</em>: es la práctica evangélica (cfr. <em>Mt</em> 18,15) que consiste en advertir a otro de una falta que cometida o de un defecto, para que se corrija. Es una gran manifestación de amor a la verdad y de caridad. En ocasiones puede ser un deber grave.</p>
<p><em>La sencillez en el trato con los demás</em>. Hay sencillez cuando la intención se manifiesta con naturalidad en la conducta. La sencillez surge del amor a la verdad y del deseo de que ésta se refleje fielmente en los propios actos con naturalidad, sin afectación: esto es lo que también se conoce como <em>sinceridad de vida</em>. Como las demás virtudes morales, la sencillez y la sinceridad han de estar gobernadas por la prudencia, para que sean verdaderas virtudes.</p>
<p><em>Sinceridad y humildad</em>. La sinceridad es camino para crecer en humildad («caminar en la verdad» decía Santa Teresa de Jesús). La soberbia, que tan fácilmente ve las faltas ajenas —exagerándolas o incluso inventándolas—, no se da cuenta de las propias. El amor desordenado de la personal excelencia trata siempre de impedir que nos veamos tal como somos, con todas nuestras miserias.</p>
<p><strong>3. Dar testimonio de la verdad</strong></p>
<p>«El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad» (<em>Catecismo</em>, 2472). Los cristianos tienen el deber de dar testimonio de la Verdad que es Cristo. Por tanto, deben ser testigos del Evangelio, con claridad y coherencia, sin esconder la fe. Lo contrario –la simulación– sería avergonzarse de Cristo, que ha dicho: «el que me negare delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos» (<em>Mt</em> 10,33).</p>
<p>«El <em>martirio</em> es el supremo testimonio de la verdad de la fe: un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad» (<em>Catecismo</em>, 2473). Ante la alternativa entre negar la fe (de palabra o de obra) o perder la vida terrena, el cristiano debe estar dispuesto a dar la vida: «¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (<em>Mc</em> 8,36). Cristo fue condenado a muerte por dar testimonio de la verdad (cfr. <em>Mt</em> 26,63-66). Una multitud de cristianos han sido mártires por mantenerse fieles a Cristo, y «la sangre de los mártires se ha transformado en semilla de nuevos cristianos».</p>
<p>«Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña San Gregorio Magno— le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno” (<em>Moralia in Job</em>, 7,21,24)»</p>
<p><strong>4. Las ofensas a la verdad</strong></p>
<p>«”La <em>mentira</em> consiste en decir falsedad con intención de engañar” (San Agustín, <em>De mendacio</em>, 4, 5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “Vuestro padre es el diablo&#8230; porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (<em>Jn</em> 8,44)» (<em>Catecismo</em>, 2482).</p>
<p>«La <em>gravedad de la mentira</em> se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete y los daños padecidos por los perjudicados» (<em>Catecismo</em>, 2484). Puede ser materia de pecado mortal «cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad» (<em>ibidem</em>). Hablar con ligereza o <em>locuacidad</em> (cfr. <em>Mt</em> 12,36), puede llevar fácilmente a la mentira (apreciaciones inexactas o injustas, exageraciones, a veces calumnias).</p>
<p><em>Falso testimonio y perjurio</em>: «Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio. Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio» (<em>Catecismo</em>, 2476). Hay obligación de reparar el daño.</p>
<p>«El respeto a la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra que puedan causarles un daño injusto» (<em>Catecismo</em>, 2477). El derecho al honor y a la buena fama –tanto propio como ajeno– es un bien más precioso que las riquezas, y de gran importancia para la vida personal, familiar y social. <em>Pecados contra la buena fama del prójimo son</em>:</p>
<p>– el <em>juicio temerario</em>: se da cuando, sin suficiente fundamento, se admite como verdadera una supuesta culpa moral del prójimo (p. ej. juzgar que alguien ha obrado con mala intención, sin que conste así). «No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis, y no seréis condenados» (<em>Lc</em> 6,37) (cfr. <em>Catecismo</em>, 2477);</p>
<p>– la <em>difamación</em>: es cualquier atentado injusto contra la fama del prójimo. Puede ser de dos tipos: <em>la detracción o maledicencia (&#8220;decir mal&#8221;)</em>, que consiste en revelar pecados o defectos realmente existentes del prójimo, sin una razón proporcionadamente grave (se llama <em>murmuración</em> cuando se realiza a espaldas del acusado); y <em>la calumnia</em>, que consiste en atribuir al prójimo pecados o defectos falsos. La calumnia encierra una doble malicia: contra la veracidad y contra la justicia (tanto más grave cuanto mayor sea la calumnia y cuanto más se difunda).</p>
<p>Actualmente son frecuentes estas ofensas a la verdad o a la buena fama en los medios de comunicación. También por este motivo es necesario ejercitar un sano espíritu crítico al recibir noticias de los periódicos, revistas, TV, etc. Una actitud ingenua o &#8220;credulona&#8221; lleva a la formación de juicios falsos.</p>
<p>Siempre que se haya difamado (ya sea con la detracción o con la calumnia), existe obligación de poner los medios posibles para devolver al prójimo la buena fama que injustamente se ha lesionado.</p>
<p>Hay que evitar la cooperación en estos pecados. Cooperan a la difamación, aunque en distinto grado, el que oye con gusto al difamador y se goza en lo que dice; el superior que no impide la murmuración sobre el súbdito, y cualquiera que –aun desagradándole el pecado de detracción–, por temor, negligencia o vergüenza, no corrige o rechaza al difamador o al calumniador, y el que propala a la ligera insinuaciones de otras personas contra la fama de un tercero.</p>
<p>Atenta también contra la verdad «toda palabra o actitud que, por <em>halago, adulación o complacencia</em>, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas» (<em>Catecismo</em>, 2480).</p>
<p><strong>5. El respeto de la intimidad</strong></p>
<p>«El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla» (<em>Catecismo</em>, 2489). «El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional» (<em>Catecismo</em>, 2488).</p>
<p>«El <em>secreto del sacramento de la Reconciliación</em> es sagrado y no puede ser revelado bajo ningún pretexto. “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo” (CIC, 983, §1)» (<em>Catecismo</em>, 2490).</p>
<p>Se deben guardar los secretos profesionales y, generalmente, todo secreto natural. Revelar estos secretos representa una falta de respeto a la intimidad de las personas, y puede constituir un pecado contra la justicia.</p>
<p>Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de las personas. La ingerencia en la vida privada de personas comprometidas en una actividad política o pública, para divulgarla en los medios de información, es condenable en la medida en que atenta contra su intimidad y libertad (cfr. <em>Catecismo</em>, 2492).</p>
<p>Los medios de comunicación social ejercen una influencia determinante en la opinión pública. Son un campo importantísimo de apostolado para la defensa de la verdad y la cristianización de la sociedad.</p>
<p><em>Juan Ramón Areitio</em></p>
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		<title>TEMA 35. El sexto mandamiento del Decálogo</title>
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		<pubDate>Sun, 02 May 2010 18:16:12 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Dios es amor, y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la persona humana, asociando la generación a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer.</h2>
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<p><strong>1. Hombre y mujer los creó</strong></p>
<p>La llamada de Dios al hombre y a la mujer a «crecer y multiplicarse», ha de leerse siempre desde la perspectiva de la creación «a imagen y semejanza» de la Trinidad (cfr. Gn 1). Esto hace que la generación humana, dentro del contexto más amplio de la sexualidad, no sea algo «puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal» (<em>Catecismo</em>, 2361); y por tanto, es esencialmente distinta a la propia de la vida animal.</p>
<p>«Dios es amor» (1Jn 4, 8), y su amor es fecundo. De esta fecundidad ha querido que participe la criatura humana, asociando la generación de cada nueva persona a un específico acto de amor entre un hombre y una mujer.  Por esto, «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad».</p>
<p>Siendo el hombre un individuo compuesto de cuerpo y alma, el acto amoroso generativo exige la participación de todas las dimensiones de la persona: la corporeidad, los afectos, el espíritu<span> </span>.</p>
<p>El pecado original rompió la armonía del hombre consigo mismo y con los demás. Esta fractura ha tenido una repercusión particular en la capacidad de la persona de vivir racionalmente la sexualidad. De una parte, oscureciendo en la inteligencia el nexo inseparable que existe entre las dimensiones afectivas y generativas de la unión conyugal; de otra, dificultando el dominio que la voluntad ejerce sobre los dinamismos afectivos y corporales de la sexualidad.</p>
<p>La necesidad de purificación y maduración que exige la sexualidad en estas condiciones no supone en modo alguno su rechazo, o una consideración negativa de este don que el hombre y la mujer han recibido de Dios. Supone más bien la necesidad de “sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”. En esta tarea juega un papel fundamental la virtud de la castidad.</p>
<p><strong>2. La vocación a la castidad</strong></p>
<p>El Catecismo habla de vocación a la castidad porque esta virtud es condición y parte esencial de la vocación al amor, al don de sí, con el que Dios llama a cada persona. La castidad hace posible el amor en la corporeidad y a través de ella. De algún modo, se puede decir que la castidad es la virtud que habilita la persona humana y la conduce en el arte de vivir bien, en la benevolencia y paz interior con los demás hombres y mujeres y consigo misma; pues la sexualidad humana atraviesa todas las potencias, desde lo más físico y material, a lo más espiritual, coloreando las distintas facultades según lo masculino y lo femenino.</p>
<p>La virtud de la castidad no es, por tanto, simplemente un remedio contra el desorden que el pecado origina en la espera sexual, sino una afirmación gozosa, pues permite amar a Dios, y a través de Él a los demás hombres, con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30).</p>
<p>«La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza» (<em>Catecismo</em>, 2341) y «significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual» (<em>Catecismo</em>, 2337).</p>
<p>Es importante en la formación de las personas, sobre todo de los jóvenes, al hablar de la castidad, explicar la profunda y estrecha relación entre la capacidad de amar, la sexualidad y la procreación. De otro modo, podría parecer que se trata de una virtud negativa, pues ciertamente una buena parte de la lucha por vivir la castidad está caracterizada por el intento de dominar las pasiones, que en algunas circunstancias se dirigen a bienes particulares que no son ordenables racionalmente al bien de la persona considerada como un todo.</p>
<p>En el estado actual, el hombre no puede vivir la ley moral natural, y por tanto la castidad, sin la ayuda de la gracia. Esto no implica la imposibilidad de una virtud humana que sea capaz de conseguir un cierto control de las pasiones en este campo, sino la constatación de la magnitud de la herida producida por el pecado, que exige el auxilio divino para una perfecta reintegración de la persona.</p>
<p><strong>3. La educación a la castidad</strong></p>
<p>La castidad otorga el dominio de la concupiscencia, que es parte importante del dominio de sí. Este dominio es una tarea que dura toda la vida y supone un esfuerzo reiterado que puede ser especialmente intenso en algunas épocas. La castidad debe crecer siempre, con la gracia de Dios y la lucha ascética (cfr. <em>Catecismo</em>, 2342).</p>
<p>«La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo» (<em>Catecismo</em>, 2346).</p>
<p>La educación a la castidad es mucho más que lo que algunos reductivamente denominan educación sexual, y que se ocupa fundamentalmente de proporcionar información sobre los aspectos fisiológicos de la reproducción humana y los métodos anticonceptivos. La verdadera educación a la castidad no se conforma con informar sobre los aspectos biológicos, sino que ayuda a reflexionar sobre los valores personales y morales que entran en juego en lo relacionado con el nacimiento de la vida humana, y la maduración personal. A la vez, fomenta ideales grandes de amor a Dios y a los demás, a través del ejercicio de las virtudes de la generosidad, el don de sí, el pudor que protege la intimidad, etc., que ayudan a la persona a superar el egoísmo y la tentación de encerrarse en uno mismo.</p>
<p>En este empeño, los padres tienen una responsabilidad muy grande, pues son los primeros y principales maestros en la formación a la castidad de sus hijos.</p>
<p>En la lucha por vivir esta virtud son medios importantes:</p>
<p>a) la oración: pedir a Dios la virtud de la santa pureza; la frecuencia de sacramentos: son las medicinas de nuestra debilidad;</p>
<p>b) el trabajo intenso; evitar el ocio;</p>
<p>c) la moderación en la comida y bebida;</p>
<p>d) el cuidado de los detalles de pudor y de modestia, en el vestir, etc.;</p>
<p>e) desechar las lecturas de libros, revistas o diarios inconvenientes; y evitar espectáculos inmorales;</p>
<p>f) ser muy sinceros en la dirección espiritual;</p>
<p>g) olvidarse de sí mismo;</p>
<p>h) tener una gran devoción a María Santísima, <em>Mater pulchrae dilectionis.</em></p>
<p>La castidad es una virtud eminentemente personal. A la vez, «implica un <em>esfuerzo cultural</em>» (<em>Catecismo</em>, 2344), pues «el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad están mutuamente condicionados». El respeto de los derechos de la persona, reclama el respeto de la castidad; en particular, el derecho a «recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana» (<em>Catecismo</em>, 2344).</p>
<p>Las manifestaciones concretas con las que se configura y crece esta virtud serán distintas dependiendo de la vocación recibida. «Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia» (<em>Catecismo</em>, 2349).</p>
<p><strong>4. La castidad en el matrimonio</strong></p>
<p>La unión sexual «está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer» (<em>Catecismo</em>, 2360): es decir, «se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte».</p>
<p>La grandeza del acto por el que el hombre y la mujer cooperan libremente con la acción creadora de Dios exige unas estrictas condiciones morales, justamente por la importancia antropológica que tiene: la capacidad de generar una nueva vida humana llamada a la eternidad. Esta es la razón por la cual el hombre no debe separar voluntariamente las dimensiones unitiva y procreativa de dicho acto, como es el caso de la contracepción.</p>
<p>Los esposos castos sabrán descubrir los momentos más adecuados para vivir esta unión corporal, de modo que refleje siempre, en cada acto, el don de sí que significa.</p>
<p>A diferencia de la dimensión procreativa, que puede actualizarse de modo verdaderamente humano solamente a través del acto conyugal, la dimensión unitiva y afectiva propia de ese acto puede y debe manifestarse de muchos otros modos. Esto explica que si, por determinadas condiciones de salud o de otro tipo, los esposos no pueden realizar la unión conyugal; o deciden que es preferible abstenerse temporalmente (o definitivamente, en situaciones especialmente graves) del acto propio del matrimonio, pueden y deben continuar actualizando ese don de sí, que hace crecer el amor verdaderamente personal, del que la unión de los cuerpos es manifestación.</p>
<p><strong>5. La castidad en el celibato</strong></p>
<p>Dios llama a algunos a que vivan su vocación al amor de un modo particular, en el celibato apostólico.  El modo de vivir la vocación cristiana en el celibato apostólico supone la continencia. Esta exclusión del uso de la capacidad generativa no significa en ningún modo la exclusión del amor o de la afectividad. Al contrario, la donación que se hace libremente a Dios de una posible vida conyugal, capacita la persona para amar y donarse a muchos otros hombres y mujeres, ayudándoles a su vez a encontrar a Dios, que es la razón de dicho celibato.</p>
<p>Este modo de vida ha de ser considerado y vivido siempre como un don, pues nadie puede arrogarse la capacidad de ser fiel al Señor en este camino sin el auxilio de la gracia.</p>
<p><strong>6. Pecados contra la castidad</strong></p>
<p>A la castidad se opone la lujuria, que es «un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión» (<em>Catecismo</em> 2351).</p>
<p>Dado que la sexualidad ocupa una dimensión central en la vida humana, los pecados contra la castidad son siempre graves por su materia, y por tanto, hacen perder la herencia del Reino de Dios (cfr. Ef 5, 5). Pueden ser leves, sin embargo, cuando falta advertencia plena o perfecto consentimiento.</p>
<p>El vicio de la lujuria tiene muchas y graves consecuencias: la ceguera de la mente, por la que se oscurece nuestro fin y nuestro bien; la debilitación de la voluntad, que se hace casi incapaz de cualquier esfuerzo, llegando a la pasividad, a la desgana en el trabajo, en el servicio, etc.; el apego a los bienes terrenos que hace olvidar los eternos; y finalmente se puede llegar al odio a Dios, que aparece al lujurioso como el mayor obstáculo para satisfacer su sensualidad.</p>
<p>La masturbación es la «excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo» (<em>Catecismo</em>, 2352). «Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado». Por su misma naturaleza, la masturbación contradice el sentido cristiano de la sexualidad que está al servicio del amor. Al ser un ejercicio solitario y egoísta de la sexualidad, privado de la verdad del amor, deja insatisfecho y conduce al vacío y al disgusto.</p>
<p>«La <em>fornicación</em> es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos» (<em>Catecismo</em>, 2353).</p>
<p>El adulterio «designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio» (<em>Catecismo</em> 2380)</p>
<p>Asimismo son contrarias a la castidad las conversaciones, miradas, manifestaciones de afecto hacia otra persona, también entre novios, que se realizan con deseo libidinoso, o constituyen una ocasión próxima de pecado que se busca o no se rechaza.</p>
<p>La <em>pornografía</em> —exhibición del cuerpo humano como simple objeto de concupiscencia— y la <em>prostitución</em> —transformación del propio cuerpo en objeto de transacción financiera y de disfrute carnal— son faltas graves de desorden sexual, que, además de atentar a la dignidad de las personas que las ejercitan, constituyen una lacra social (cfr. <em>Catecismo</em>, 2355).</p>
<p>«La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (incesto) o de educadores con los niños que les están confiados» (<em>Catecismo</em>, 2356).</p>
<p>«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados», como ha declarado siempre la Tradición de la Iglesia. Esta neta valoración moral de las acciones no debe mínimamente prejuzgar a las personas que presentan tendencias homosexuales,  ya que no pocas veces su condición supone una difícil prueba.  También estas personas «están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (<em>Catecismo</em>, 2359).</p>
<p><em>Pablo Requena</em></p>
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		<title>TEMA 37. El octavo mandamiento del Decálogo</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Mar 2010 07:08:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad. «El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Las ofensas a la verdad, mediante palabras o acciones, expresan un rechazo a comprometerse con la rectitud moral» (Catecismo, 2464). 1. Vivir en la verdad [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad.</h2>
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<p>«El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Las ofensas a la verdad, mediante palabras o acciones, expresan un rechazo a comprometerse con la rectitud moral» (<em>Catecismo</em>, 2464).</p>
<p><strong>1. Vivir en la verdad</strong></p>
<p>«Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas&#8230; se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad, y tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias .</p>
<p>La inclinación del hombre a conocer la verdad y a manifestarla de palabra y obra se ha torcido por el pecado, que ha herido la naturaleza con la ignorancia del intelecto y con la malicia de la voluntad. Como consecuencia del pecado, ha disminuido el amor a la verdad, y los hombres se engañan unos a otros, muchas veces por egoísmo y propio interés. Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad.</p>
<p>La virtud que inclina a decir siempre la verdad se llama <em>veracidad, sinceridad o franqueza</em> (cfr. <em>Catecismo</em>, 2468). Tres aspectos fundamentales de esta virtud:</p>
<p>— <em>sinceridad con uno mismo</em>: es reconocer la verdad sobre la propia conducta, externa e interna: intenciones, pensamientos, afectos, etc.; sin miedo a <em>agotar la verdad</em>, sin cerrar los ojos a la realidad;</p>
<p>— <em>sinceridad con los demás</em>: sería imposible la convivencia humana si los hombres no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se dijesen la verdad o no se comportasen, p. ej., respetando los contratos, o más en general los pactos, la palabra comprometida (cfr. <em>Catecismo</em>, 2469);</p>
<p>— <em>sinceridad con Dios</em>: Dios lo ve todo, pero como somos hijos suyos quiere que se lo manifestemos. «Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia».</p>
<p>La sinceridad en el Sacramento de la Confesión y en la dirección espiritual son medios de extraordinaria eficacia para crecer en vida interior: en sencillez, en humildad y en las demás virtudes. La sinceridad es esencial para perseverar en el seguimiento de Cristo, porque Cristo es la Verdad (cfr. <em>Jn</em> 14,6).</p>
<p><strong>2. Verdad y caridad</strong></p>
<p>La Sagrada Escritura enseña que es preciso decir la verdad con caridad (<em>Ef</em> 4, 15). La sinceridad, como todas las virtudes, se ha de vivir por amor y con amor (a Dios y a los hombres): con delicadeza y comprensión.</p>
<p><em>La corrección fraterna</em>: es la práctica evangélica (cfr. <em>Mt</em> 18,15) que consiste en advertir a otro de una falta que cometida o de un defecto, para que se corrija. Es una gran manifestación de amor a la verdad y de caridad. En ocasiones puede ser un deber grave.</p>
<p><em>La sencillez en el trato con los demás</em>. Hay sencillez cuando la intención se manifiesta con naturalidad en la conducta. La sencillez surge del amor a la verdad y del deseo de que ésta se refleje fielmente en los propios actos con naturalidad, sin afectación: esto es lo que también se conoce como <em>sinceridad de vida</em>. Como las demás virtudes morales, la sencillez y la sinceridad han de estar gobernadas por la prudencia, para que sean verdaderas virtudes.</p>
<p><em>Sinceridad y humildad</em>. La sinceridad es camino para crecer en humildad («caminar en la verdad» decía Santa Teresa de Jesús). La soberbia, que tan fácilmente ve las faltas ajenas —exagerándolas o incluso inventándolas—, no se da cuenta de las propias. El amor desordenado de la personal excelencia trata siempre de impedir que nos veamos tal como somos, con todas nuestras miserias.</p>
<p><strong>3. Dar testimonio de la verdad</strong></p>
<p>«El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad» (<em>Catecismo</em>, 2472). Los cristianos tienen el deber de dar testimonio de la Verdad que es Cristo. Por tanto, deben ser testigos del Evangelio, con claridad y coherencia, sin esconder la fe. Lo contrario –la simulación– sería avergonzarse de Cristo, que ha dicho: «el que me negare delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos» (<em>Mt</em> 10,33).</p>
<p>«El <em>martirio</em> es el supremo testimonio de la verdad de la fe: un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad» (<em>Catecismo</em>, 2473). Ante la alternativa entre negar la fe (de palabra o de obra) o perder la vida terrena, el cristiano debe estar dispuesto a dar la vida: «¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (<em>Mc</em> 8,36). Cristo fue condenado a muerte por dar testimonio de la verdad (cfr. <em>Mt</em> 26,63-66). Una multitud de cristianos han sido mártires por mantenerse fieles a Cristo, y «la sangre de los mártires se ha transformado en semilla de nuevos cristianos».</p>
<p>«Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña San Gregorio Magno— le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno” (<em>Moralia in Job</em>, 7,21,24)».</p>
<p><strong>4. Las ofensas a la verdad</strong></p>
<p>«”La <em>mentira</em> consiste en decir falsedad con intención de engañar” (San Agustín, <em>De mendacio</em>, 4, 5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “Vuestro padre es el diablo&#8230; porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (<em>Jn</em> 8,44)» (<em>Catecismo</em>, 2482).</p>
<p>«La <em>gravedad de la mentira</em> se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete y los daños padecidos por los perjudicados» (<em>Catecismo</em>, 2484). Puede ser materia de pecado mortal «cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad» (<em>ibidem</em>). Hablar con ligereza o <em>locuacidad</em> (cfr. <em>Mt</em> 12,36), puede llevar fácilmente a la mentira (apreciaciones inexactas o injustas, exageraciones, a veces calumnias).</p>
<p><em>Falso testimonio y perjurio</em>: «Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio. Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio» (<em>Catecismo</em>, 2476). Hay obligación de reparar el daño.</p>
<p>«El respeto a la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra que puedan causarles un daño injusto» (<em>Catecismo</em>, 2477). El derecho al honor y a la buena fama –tanto propio como ajeno– es un bien más precioso que las riquezas, y de gran importancia para la vida personal, familiar y social. <em>Pecados contra la buena fama del prójimo son</em>:</p>
<p>– el <em>juicio temerario</em>: se da cuando, sin suficiente fundamento, se admite como verdadera una supuesta culpa moral del prójimo (p. ej. juzgar que alguien ha obrado con mala intención, sin que conste así). «No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis, y no seréis condenados» (<em>Lc</em> 6,37) (cfr. <em>Catecismo</em>, 2477);</p>
<p>– la <em>difamación</em>: es cualquier atentado injusto contra la fama del prójimo. Puede ser de dos tipos: <em>la detracción o maledicencia (&#8220;decir mal&#8221;)</em>, que consiste en revelar pecados o defectos realmente existentes del prójimo, sin una razón proporcionadamente grave (se llama <em>murmuración</em> cuando se realiza a espaldas del acusado); y <em>la calumnia</em>, que consiste en atribuir al prójimo pecados o defectos falsos. La calumnia encierra una doble malicia: contra la veracidad y contra la justicia (tanto más grave cuanto mayor sea la calumnia y cuanto más se difunda).</p>
<p>Actualmente son frecuentes estas ofensas a la verdad o a la buena fama en los medios de comunicación. También por este motivo es necesario ejercitar un sano espíritu crítico al recibir noticias de los periódicos, revistas, TV, etc. Una actitud ingenua o &#8220;credulona&#8221; lleva a la formación de juicios falso.</p>
<p>Siempre que se haya difamado (ya sea con la detracción o con la calumnia), existe obligación de poner los medios posibles para devolver al prójimo la buena fama que injustamente se ha lesionado.</p>
<p>Hay que evitar la cooperación en estos pecados. Cooperan a la difamación, aunque en distinto grado, el que oye con gusto al difamador y se goza en lo que dice; el superior que no impide la murmuración sobre el súbdito, y cualquiera que –aun desagradándole el pecado de detracción–, por temor, negligencia o vergüenza, no corrige o rechaza al difamador o al calumniador, y el que propala a la ligera insinuaciones de otras personas contra la fama de un tercero.</p>
<p>Atenta también contra la verdad «toda palabra o actitud que, por <em>halago, adulación o complacencia</em>, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas» (<em>Catecismo</em>, 2480).</p>
<p><strong>5. El respeto de la intimidad</strong></p>
<p>«El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla» (<em>Catecismo</em>, 2489). «El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional» (<em>Catecismo</em>, 2488).</p>
<p>«El <em>secreto del sacramento de la Reconciliación</em> es sagrado y no puede ser revelado bajo ningún pretexto. “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo” (CIC, 983, §1)» (<em>Catecismo</em>, 2490).</p>
<p>Se deben guardar los secretos profesionales y, generalmente, todo secreto natural. Revelar estos secretos representa una falta de respeto a la intimidad de las personas, y puede constituir un pecado contra la justicia.</p>
<p>Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de las personas. La ingerencia en la vida privada de personas comprometidas en una actividad política o pública, para divulgarla en los medios de información, es condenable en la medida en que atenta contra su intimidad y libertad (cfr. <em>Catecismo</em>, 2492).</p>
<p>Los medios de comunicación social ejercen una influencia determinante en la opinión pública. Son un campo importantísimo de apostolado para la defensa de la verdad y la cristianización de la sociedad.</p>
<p><em>Juan Ramón Areitio</em></p>
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		<title>4. Su formación</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Mar 2010 18:02:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>opusdeit</dc:creator>
				<category><![CDATA[fundador]]></category>
		<category><![CDATA[constancia y perseverancia]]></category>
		<category><![CDATA[Fundador del Opus Dei]]></category>
		<category><![CDATA[infancia espiritual]]></category>
		<category><![CDATA[San Francisco Javier]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8220;Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei&#8221;. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría 02 de diciembre de 2008 –El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2 style="text-align: center">&#8220;Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei&#8221;. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría</p>
<p>02 de diciembre de 2008</h2>
<p>–<strong><em>El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?</em></strong></p>
<p>–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: &#8220;Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche&#8221;.</p>
<p>Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.</p>
<p>A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: &#8220;¿A qué hora ha muerto el niño?&#8221; José Escrivá respondió: &#8220;No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?&#8221; El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.</p>
<p>A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.</p>
<p>Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.</p>
<p>–<strong><em>Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.</em></strong></p>
<p>–Hablando de sí mismo decía a veces: <strong>Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba &#8216;de la almendra&#8217;. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo. </strong></p>
<p><strong>Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la &#8216;almendra&#8217; de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la &#8216;almendra&#8217;. Y por eso doy gracias a Dios</strong>.</p>
<p>Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía &#8220;besos hechos&#8221;.</p>
<p>El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: &#8220;¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?&#8221;</p>
<p>Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.</p>
<p>El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.</p>
<p>–<strong><em>Es un detalle divertido y sintomático&#8230;</em></strong></p>
<p>–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.</p>
<p>Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.</p>
<p>–<strong><em>El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos</em></strong>.</p>
<p>–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con &#8220;b&#8221;, ya que en España la &#8220;b&#8221; y la &#8220;v&#8221; se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de <strong><em>los escribas</em></strong>, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.</em></strong></p>
<p>–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –&#8221;Sobresaliente con premio&#8221;, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.</p>
<p>Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería &#8220;un albañil distinguido&#8221;.</p>
<p>Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: &#8220;Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante&#8221;.</p>
<p>–<strong><em>Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso&#8230;</em></strong></p>
<p>–El Padre comenzó a <strong>barruntar el Amor</strong> –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.</p>
<p>Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, <strong><em>La Rioja</em></strong> –sustituido en los años cincuenta por otro diario, <strong><em>La Nueva Rioja</em></strong>–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: &#8220;Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?&#8221; Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: <strong><em>Domine, ut videam!</em></strong>, o bien, <strong><em>Domine, ut sit!</em></strong>; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: <strong><em>Domina, ut videam!, Domina, ut sit!</em></strong></p>
<p>Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.</p>
<p>–<strong><em>Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero &#8220;laical&#8221;, de la familia Escrivá.</em></strong></p>
<p>–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: <strong>¡El latín, para los curas!</strong> Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: <strong>Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, <em>legérem</em> sino <em>légerem</em></strong>.</p>
<p>Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, <strong>no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos</strong>.</p>
<p>Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: <strong>no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos</strong>.</p>
<p>Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: &#8220;Aquí viene el soñador&#8221;.</p>
<p>–<strong><em>En la Biblia </em></strong>(Gén. 37, 19)<strong><em>, así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.</em></strong></p>
<p>–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.</p>
<p>Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar <strong>a mi Madre</strong>, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle <strong><em>rosa mystica</em></strong>, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.</p>
<p>–<strong><em>De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.</em></strong></p>
<p>–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.</em></strong></p>
<p>–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.</p>
<p>El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor&#8230; Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las &#8220;fuerzas vivas&#8221; –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento&#8230;– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: <strong>nunca me he aburrido</strong>.</p>
<p>En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las &#8220;fuerzas vivas&#8221;, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.</p>
<p>En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para &#8220;castigar&#8221; el cuerpo, para mortificarse.</p>
<p>Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.</p>
<p>Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle &#8220;el místico&#8221;.</p>
<p>El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.</p>
<p>–<strong><em>El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?</em></strong></p>
<p>–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: <strong><em>Regnum Dei intra vos est</em></strong>. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.</p>
<p>Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar <strong>el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo</strong>; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.<a><br />
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