A través del Pirineo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Se les hacen largos los días de espera, porque siguen las dificultades para conectar con quienes se dedican a pasar refugiados por entre los bosques. El peligro multiplica su cerco cada jornada que pasa. Empiezan a caducar los salvoconductos de los más jóvenes. Han agotado las posibilidades económicas en concertar la huida, y no queda reserva alguna para prolongar la estancia en Barcelona.

El Padre aprovecha esta forzosa permanencia en la ciudad: celebra Misa diariamente en distintas casas, lleva la Comunión de uno a otro lado. Administra el Sacramento de la Penitencia. Habla y anima con su inalterable esperanza a todos cuantos Dios pone en su camino.

Además de esta dedicación continua y peligrosa, debe someterse al entrenamiento previsto para cuando llegue el momento de emprender la marcha hacia el Pirineo: se trata de largas caminatas por la ciudad para acostumbrarse a jornadas de brega y de cansancio. A todo ello se une la desnutrición inevitable: es un momento en el que escasean los alimentos más indispensables y el contrabando especula con precios prohibitivos. A pesar de estas circunstancias, el Padre no olvida sus mortificaciones habituales. Sabe privarse de cosas, con el mayor disimulo, para que el resto pueda cuidarse un poco más. Su estado de delgadez es alarmante.

Unos días antes han comprado seis impermeables baratos y fáciles de plegar. Logran -¡al fin!- establecer los enlaces. Parece que están en buenas manos y ya sólo queda esperar la señal de partida para la fecha que juzguen adecuada. El 16 de noviembre reciben instrucciones concretas: la marcha dará comienzo el 19(3). Ese día subirán al autobús que cubre el recorrido Barcelona-Seo de Urgel. El Padre lleva pantalones de pana ceñidos en los tobillos, camisa y jersey de algodón azul marino y una boina negra. Le han conseguido unas botas de badana color castaño que son de mala calidad, pero que tal vez faciliten la larga andadura por el bosque. El resto va calzado con alpargatas. Sólo el profesor Albareda tiene botas con suela de crepé, que adquirió en Alemania para sus excursiones científicas por la montaña. Unas cuantas bolsas y mochilas encierran el escasísimo equipaje. Una lleva el cargamento más preciado: una copa y un pequeño plato de cristal, una botella con vino para celebrar la Santa Misa, dos corporales y purificadores, así como un cuaderno manuscrito con las oraciones litúrgicas del Misal.

Ninguno está en condiciones físicas de emprender esta penosa e incierta marcha, y el Padre menos que nadie. Aún no se ha recuperado totalmente del último ataque de reúma que ha sufrido. En previsión de su posible falta de fuerzas, Juan se ha provisto de una bota de vino al que añade una gran cantidad de azúcar. Así espera poder combatir, momentáneamente, el agotamiento muscular, si es que llega a presentarse.

Los mayores pueden viajar hasta Oliana, más seguros por su documentación y por la edad, que les hace aparecer menos sospechosos; pero los que están en edad militar han de bajarse del autobús antes del control de Basella, que es muy riguroso. Por eso, Pedro, Paco y Miguel dejarán este medio de locomoción en Sanahuja y llegarán andando hasta la primera casa de refugio, que es un pajar junto a Peramola. Todo se lleva a cabo según el plan previsto. El primer grupo ha llegado ya al pajar de Peramola y espera impaciente a los más jóvenes. Este segundo grupo debe llegar hacia la medianoche. Pero pasan las horas y no aparecen. La quietud en el pajar es total, pero en vigilia. Los ratones corren a placer por entre los visitantes. No tienen más remedio que partir al amanecer. Don Josemaría deja una carta para los muchachos: está impaciente por reunirse con ellos. Un par de horas después llegarán a la masía de Vilaró. Veinticuatro horas más tarde les da alcance ¡al fin! el segundo grupo. Y así conocen su aventura. Al bajarse del autobús en Sanahuja llevan una consigna: buscar a un hombre que tiene un paraguas en la mano; decir la palabra «Pallarés», y seguir andando. Pero al llegar, el tiempo es lluvioso… ¡todo el mundo lleva paraguas!… Al fin, el propio guía les localiza. Pero luego se pierden todos en el bosque, y darán vueltas hasta encontrar el buen camino. Felizmente, el 21 de noviembre les reúne a todos en la Masía Vilaró.

Pere Sala, el dueño de esta Masía, habla poco y pasea, con vista de lince y la escopeta al hombro, en busca de ardillas que puedan servir como alimento. La noche del 21 de noviembre, les parece que el Padre está menos alegre que de ordinario: le notan preocupado y, en medio de su cansancio, no saben qué hacer para indagar lo que le perturba. Cuando llega la oscuridad, Pere les lleva hasta la antigua iglesia de Pallerols, muy cercana a Vilaró, que ha sido desvalijada. Aquí, «en Pere» les da instrucciones:

-«No abran la puerta a nadie».

Y les introduce en una estancia que parece un horno de pan con paja en el suelo, en el que caben apenas los seis. Deben encerrarse allí y mantenerse en riguroso silencio. Solamente les deja una candela por si precisan algo de luz dentro de aquel recinto.

A la llama de esta vela, cenarán un poco de embutido y pan que llevan en las mochilas. Luego, se acomodan don Josemaría, Juan, Pedro, Paco, José María Albareda y Miguel. Las horas de la noche empiezan a resbalar sobre el pequeño refugio sumido en el silencio. Hay un olor seco a arcilla, paja y humo. Por un ventanuco del techo apenas se vislumbra el cielo. Atravesando la densidad de las sombras, Pedro observa el rostro abatido del Padre. Jamás le ha visto así. También advierte que habla en tono apasionado y en voz baja con Juan.

Paco, que está cerca del Padre, le explica los motivos: el Padre quiere regresar a Madrid. Siente la obligación de volver con los que han quedado expuestos a un mayor peligro. Juan está intentando convencerle. Y de pronto, se oye una frase autoritaria y tajante:

«¡Usted va adelante, vivo o muerto!»(4).

Jamás ha hablado así al Padre. Todos respetan profundamente al Fundador, y se han apoyado siempre en su entereza, en su energía humana y sobrenatural. Pero esta vez, Juan ha tenido que echar mano de todas sus reservas para impedir que exponga la vida de modo irremediable. Tiene la certeza de que, en este viaje, lo que han de lograr entre todos es llevarle a una tierra donde pueda seguir cumpliendo su vocación.

Pedro se pone a rezar. Agotado y nervioso, aún alcanza a ver el llanto contenido del Padre antes de que le venza un sueño irresistible.

Más tarde sabrán que, esa noche, don Josemaría no durmió. Se acogió, con todo el amor y la disponibilidad de su corazón, a la Reina del Cielo. Y le pidió -nunca lo había hecho- una señal clara de la decisión que había de tomar al día siguiente.

En la mañana del 22 de noviembre se levantan todos al amanecer, como habían convenido, con la intención de preparar y asistir a la Santa Misa. El Padre sigue profundamente afectado. Abatido. Nadie sabe qué decirle. En medio del silencio sale del horno en que han pasado la noche y camina hacia la desvalijada iglesia. Seguramente va a rezar, a empezar su oración de cada día.

Rialp amanece por entre los pinos, con el frío húmedo de esta mañana otoñal. En la antigua iglesia, que tuvo fervor de pastores y campesinos, el Fundador espera una luz que reafirme su decisión de cruzar la frontera en busca de la libertad que necesita para continuar realizando el Opus Dei. Desde sus tiempos de seminarista de Zaragoza, le gusta invocar a la Virgen con un piropo que recoge la Letanía Lauretana: “Rosa Mystica”. Una rosa, la flor reina. Y mientras reza ve una rosa de madera estofada, tal vez desprendida de un altar antiguo. Intacta. A salvo de la inclemencia que ha destrozado cuanto le rodea. La toma en sus manos, y una paz infinita invade su corazón. Se deslíen las dudas amargas que le han asaltado desde hace muchos meses, y el sol, como un presagio de certeza, rompe la mañana y asoma por entre los bosques del Pirineo.

Le ven volver. Es un hombre distinto al que ha salido. Su rostro está radiante. Tiene una mirada que infunde, de nuevo, alegría y seguridad. Trae la rosa de madera apretada en las manos. Como un símbolo de amor. La rosa aparecerá muchas veces junto al sello de la Obra. Para perdurar el gesto con que la Reina del Cielo hizo saber al Fundador cuál era, en un momento arduo, su auténtico camino.

Inmediatamente después celebrará la Santa Misa. Luego, emprenderán con nuevo vigor la ruta que les ha de llevar cada vez más cerca de su destino.

Pere les conduce a través de la maleza para abordar una cabaña, en medio del bosque, al norte de Vilaró. Habrán de arreglarse con los víveres que este hombre les trae diariamente. El día 22 de noviembre, Manolo y Tomás, los últimos que faltaban por llegar, se incorporan a la expedición. Una vez todos reunidos, ponen un nombre al refugio: Cabaña de San Rafael, en memoria del Arcángel viajero. Y organizan allí la convivencia. No sobra un minuto. Diariamente el Padre les dirige la meditación, celebra Misa en un altar al aire libre levantado con piedras y troncos de pino. Mantienen en orden perfecto la cabaña, se parte leña, se preparan charlas culturales, se dibuja.

Todo contribuye a crear el clima de tranquilidad necesario para esperar cinco largos días hasta que puedan seguir adelante. Y lo harán sin apatías, impaciencias ni cansancios. Es más, el silencio del bosque va a influir en su ánimo con una paz ancha y honda que necesitan después de las zozobras de los últimos meses; que necesitarán en las próximas jornadas para superar las durísimas pruebas que se avecinan.

Al Padre se le presenta la oportunidad de llevar la esperanza a otros que están aislados y escondidos. El arcipreste de Pons está refugiado en el feudo de Vilaró y se acerca un día a la cabaña a ver al Padre. Desde ese momento no pierde ocasión de hablar con él. Para este hombre, el encuentro ha sido media vida. En otro escondrijo, a media hora de camino, hay dos sacerdotes más, emboscados desde el principio de la guerra: se trata del párroco de Peramola y un hermano. El Padre acude a verlos, pasa horas con ellos. Pero no solamente departe con los que están refugiados en los montes: desde el primer día establece contacto amistoso con quienes les ayudan en la travesía. Son hombres poco comunicativos. Acostumbrados a la dureza de su condición. Sin embargo, rompen su mutismo para simpatizar con este sacerdote.

El 27 de noviembre, a media tarde, llega «en Pere», anunciando que el tramo más duro del largo camino -más de 50 kilómetros de montaña, caminando siempre de noche y permaneciendo escondidos durante el día- va a dar comienzo inmediatamente. Hay que subir hacia el norte. Les presenta al guía, Antonio, un hombre fuerte, joven y capaz de trepar como un gamo por escarpaduras increíbles. Con un hermetismo silencioso que supera a todos los anteriores personajes.

Las dificultades en este momento se agigantan. El frío, la montaña, la carencia de ropa y alimentos. El sufrimiento fisico de largos meses de hambre y privaciones. Y la presencia de una vigilancia seria que cruza constantemente el valle y los pasos practicables. Sin embargo, ninguno tiene miedo; están llenos de confianza.

A lo largo de los recorridos nocturnos se irán añadiendo más fugitivos a la expedición: la mayoría son campesinos catalanes y algún estudiante. Después de una caminata durísima que concluye tras la primera noche, cruzando vegetación de pinar, llegarán a la base del monte Aubens. Cuando está cerca la Espluga de las Vacas el sol empieza a salir, marcando el amanecer del día 28. El Padre prepara lo necesario para celebrar la Misa. Al ver toda esta nueva gente que se les ha ido incorporando en el camino, no sabe qué actitud tomar. Teme alguna irreverencia. Pero como es domingo, se anuncia que un sacerdote oficiará el Santo Sacrificio. Y se acercan, poco a poco, cuantos componen esta heterogénea expedición de caminantes. El Padre recita con pausa y devoción las oraciones. Consagra el Pan y el Vino. Ante aquella manera de dirigirse a Dios, la emoción se apodera de este grupo que no ha vuelto a pisar una iglesia ni asistido a un acto religioso desde hace muchos meses.

Antonio Dalmases, un estudiante catalán que forma parte de la expedición, anotará en su diario: «nunca he oído Misa como hoy. No sé si por las circunstancias, o porque el sacerdote es un santo»(5). En la Consagración, cercados por el peligro que acecha entre los bosques y protegidos por la cúpula del cielo, se inclinan y doblan las rodillas en gesto de adoración.

La subida del Aubens resulta muy escarpada y es preciso hacerla antes de que cierre la noche. La pendiente es dura y hay que agarrarse fuerte a piedras y matorrales. En esta jornada, Tomás está a punto de desfallecer. El guía no ofrece opción y ordena abandonarle. No pueden arriesgarse a retrasar la marcha. El momento es tenso y grave. El Padre habrá de salvar la situación convenciendo al guía Antonio, y entre todos ayudan a Tomás. Al fin logran superar la escalada completa del Aubens, la carretera de Isona a Coll Nargó y el río Sepent. Es de noche y el guía está visiblemente nervioso porque la marcha se retrasa más de lo previsto. El Padre permanece a su lado y le tranquiliza en voz baja. Por último, llegan a la casa de Fenollet, donde pasarán el día. Es allí, tras aquella abrumadora marcha, jadeantes, en silencio, con el esfuerzo martilleándoles en las sienes, con la sombra del agotamiento detrás de cada paso, cuando algunos de la expedición calibran la talla moral del Padre. Antonio Dalmases deja escrita una frase que se refiere al modo de actuar de este sacerdote que va en aquella fila de emigrantes: «Da ánimos a todos. Su compañía inspira confianza a todos nosotros, pues parece como si Dios le hubiese mandado. Me ha impresionado profundísimamente»(6).

El lunes 29, ya de noche, salen de Fenollet. Han de dominar la montaña de Santa Fe, cruzar el río Cabó y subir el Ares con 1.500 metros de altura. En esta nueva caminata el que está a punto de acabar, rota su resistencia entera, es Albareda. Este hombre estudioso y aún joven, aparece extenuado por el hambre y el cansancio, y se convierte en un autómata incapaz de dar un paso. Nuevamente el Padre ha de convencer al guía para que no le abandone. Al fin, entre varios, consiguen ayudar a José María para que pueda incorporarse al grupo y seguir caminando.

El día se emplea en descansar en el Cortal de Baridá, a unos 1.200 metros de altura. También la noche del 30 será dura, con descensos por una barrancada en dirección al Segre hasta cruzar el río Pallerols. Después de atravesar la carretera de Seo de Urgel a Sort seguirán la marcha junto al río Arabell. Durante dos horas entrarán y saldrán del río, en inmersión constante. El frío es atroz. Absolutamente empapados, temen todos por el Padre, que, sin embargo, aguanta la nueva situación de prueba. Este día apenas podrán descansar escondidos entre piedras y matorrales. Por la tarde, el tiempo se pone gris y frío. Caen copos de nieve. Cuando la luz decrece, empieza la última jornada. Es miércoles, 1 de diciembre. Suben la sierra de Burbre y bajan la ladera opuesta, tropezando con piedras rodadas hasta llegar al barranco de Civis. Una pequeña luz brilla en una hondonada, a poca distancia. Es un control de carabineros que ha encendido hogueras para resguardarse del frío a unos metros de distancia de la casa. Hay perros que acompañan a los soldados y ladran insistentemente.

Casi arrastrándose, los fugitivos pasan cerca. Avanzan lentamente, en silencio total. Se cruza, al final, la zona batida por la guardia y, tras una subida corta y casi impracticable, pasan el arroyo de Argolell y llegan a Mas d’Alins. Es la primera casa de Andorra. El guía se detiene y anuncia que han cruzado la frontera. Por increíble que parezca, aquella pesadilla ha terminado. Se quedarán el resto de la noche alrededor de una hoguera de troncos y, al amanecer del día 2 de diciembre de 1937, llegarán a Sant Juliá de Loira. Parados en medio del camino, maltrechos pero alegres, los refugiados rezan la Salve para agradecer a la Madre de Dios este nuevo día sin miedos ni peligros. Ha empezado a nevar intensamente.

En el Hotel Palacín de Les Escaldes, toman conciencia del lastimoso estado en que se encuentran. El Padre tiene las manos hinchadas y doloridas. Parece una reactivación del reúma, pero un examen de Juan demuestra la existencia de incontables espinas incrustadas debajo de la piel. Hay que sacarlas con ayuda de una pinza, y desinfectar las múltiples heridas. Al día siguiente, su primera Misa con ornamentos litúrgicos, en Andorra, tendrá largos mementos en los que están presentes, uno por uno, cuantos ocupan su corazón y su pensamiento. A pesar de la nieve tiene impaciencia por llegar a Francia y acercarse a Lourdes: terminar esta aventura con el signo con que ha empezado. Con la mirada protectora de la Virgen, con la seguridad total de su luz y su acogida.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer escribirá en una de sus homilías:

«La devoción a la Virgen no es algo blando o poco recio: es consuelo y júbilo que llena el alma, precisamente en la medida en que supone un ejercicio hondo y entero de la fe, que nos hace salir de nosotros mismos y colocar nuestra esperanza en el Señor. Es Yavé mi pastor -canta uno de los salmos-, de nada careceré. Me hace descansar en frondosas praderas, junto a aguas sabrosas me conduce; me devuelve la vida, y me guía por caminos derechos, en virtud de su nombre. Aunque yo ande por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo (Ps XXII, 1-4)»(7).

Después de varios días en el Hotel y de gestiones con la policía francesa para entrar de nuevo en España por San Juan de Luz, esperan un coche que la familia Albareda -residente en Francia- envía para recogerlos. Pero el frío intenso cierra el puerto de Envalira. Algunos no pueden contener la impaciencia, a pesar de que el Padre acepta las dificultades con gran presencia de ánimo.

La nieve sigue cayendo sin descanso, y deben continuar su ruta. Al fin, deciden ir hasta San Juan en cualquier medio de locomoción. El 10 de diciembre montan en un camión provisto de cadenas que no llega a pasar de Soldeu: patina sin avanzar un metro más. Desde allí siguen a pie, calzados con alpargatas, por entre nieve de más de medio metro de altura. Catorce kilómetros hasta Hospitalet. Aquí, una vez terminados los trámites de frontera, pueden utilizar el coche que debía haber llegado hasta Escaldes para recogerles si la nieve no lo hubiera impedido. Es un viejo Citroén de alquiler, en el que se apiña todo el grupo. Están empapados y ateridos de frío. Van en silencio mientras el vehículo rueda por las carreteras de Francia: perseguidos por toda inclemente dificultad, elevan al Cielo su oración, afincados en la seguridad y la esperanza. Muy de noche ya, llegan a Saint Gaudens. Sólo conseguirán dejar de tiritar al abrigo de las mantas de una modesta pensión que les acoge.

El Padre traza el horario para el día siguiente: se levantarán muy temprano para salir en dirección a Lourdes y a la frontera. Hay unas dos horas y media de camino entre Saint Gaudens y el Santuario.

Llevan el mismo equipo de ropa y calzado con el que han cruzado el Pirineo. El Padre va con su jersey y pantalón de pana. Las botas están destrozadas, pero no han podido adquirir nada nuevo por falta de dinero. Ya en la sacristía, les cuesta trabajo convencer a los sacerdotes de Lourdes para que permitan celebrar al Padre la Santa Misa. Es preciso explicar la odisea para conseguir su asentimiento. Al fin, se reviste los ornamentos -alba y casulla blanca de corte francés- y ocupa el segundo altar lateral, a la derecha de la nave, cerca de la entrada a la Cripta. Pedro Casciaro se dispone a ayudarle mientras los demás se sitúan en bancos cercanos. Al iniciar don Josemaría la liturgia, cuando ya levanta la mano para hacer la señal de la Cruz, se vuelve ligeramente hacia Pedro y le dice en voz baja:

-«Supongo que ofrecerás la Misa por tu padre,… para que el Señor le dé muchos años de vida cristiana». -«Lo haré, Padre».

-«Hazlo, hijo mío; pídelo a la Virgen, y verás qué maravillas te concederá»(8).

Algunos, como José María Albareda, han reencontrado a su familia al huir de la zona dominada por el Gobierno de la República. Otros, como Pedro Casciaro, han dejado a la suya en una posición política antagónica.

Jamás el Fundador ha intervenido en este asunto. El respeto por personas y opciones temporales es algo que lleva enraizado en su íntima condición de cristiano. Pero, por la misma razón, exige libertad para las verdades que lleva en el alma. Por ellas -para ejercer con inmensa amplitud su ministerio sacerdotal- ha cruzado el Pirineo. Sólo por la llamada de Dios a una dedicación irrenunciable.

Años más tarde, en 1960, el padre de Pedro Casciaro morirá precisamente el 10 de febrero, víspera de la festividad de la Virgen de Lourdes, después de haber sufrido años de exilio, de regresar a su patria, de conocer y querer profundamente al Fundador del Opus Dei y, especialmente, de haber retomado al encuentro con Cristo.

Hacia las siete de la tarde, llegan en coche a San Juan de Luz, donde les espera, impaciente, Manolo Albareda. Momentos después, cruzarán a pie el puente internacional de Hendaya camino de San Sebastián. Ahora sí, han huido de la España comunista y llegan a la llamada zona nacional. No hay gritos de júbilo. Hay una gran fuerza que grita por dentro el agradecimiento a la Señora por una libertad que han puesto, entera, en sus manos. La mayor riqueza del hombre, comprada hoy con el amor, la pobreza, el hambre y el frío más desoladores.

Ahora comenzará la dispersión del grupo que ha vivido estas inolvidables jornadas junto al Padre. José María Albareda y Tomás Alvira salen para Zaragoza; Juan Jiménez Vargas se incorpora a un destino en Sanidad; Pedro y Paco son enrolados en Servicios Auxiliares en Pamplona.

Después de la partida, el Padre se queda físicamente solo. Tiene que empezar desde cero, sin apoyo alguno. Cuando despide a Pedro y a Paco en la estación de San Sebastián, les asegura que esta Navidad estará junto a ellos. Sólo quien tiene tal capacidad de afecto y ha experimentado y superado tanto aislamiento, es capaz de escribir estas palabras en «Camino»:

«No estás solo. -Lleva con alegría la tribulación. -No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. -Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? -No estás solo: María está junto a ti»(9).

A través de los montes

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El grupo caminó durante unos cuantos kilómetros y paró para esperar a los demás que debían unirse. Mientras estaban sentados en la oscuridad, a Escrivá le atormentaron de nuevo las dudas. Encontrar esa rosa estofada en Pallerols le había convencido de que no ofendía a Dios al escapar a la zona nacional, pero ahora sentía de nuevo un impulso poderoso de regresar a Madrid para compartir la suerte de quienes había dejado atrás. Jiménez Vargas le agarró por el hombro para obligarle a seguir caminando si era necesario. Sin embargo, cuando llegaron los fugitivos a quienes esperaban y se dio la voz de continuar, Escrivá comenzó a andar sin protestar.

Unas horas después, en una cueva que estaba a dos kilómetros al norte de Peramola, se encontraron con “Antonio”, un contrabandista de veintitrés años que les guiaría a Andorra. Antonio, cuyo verdadero nombre era Josep Cirera, se dirigió a los hombres sentados a sus pies a la luz de una vela: “Aquí mando yo, y los demás a hacerme caso. Andaremos en fila, de uno en uno. Y no hablar: no quiero nada de ruidos. Cuando yo tenga que avisar algo se lo diré a los primeros de la fila, y os lo iréis diciendo unos a otros. Que nadie se pare ni se detenga. Si alguno se pone malo y no puede seguir, se quedará en el camino. Si alguno quiere acompañarle, se quedará también”[1].

Más de uno tembló, temiendo lo que se avecinaba. Los de la Obra pensaron en Escrivá. Tenían plena confianza en que Dios les ayudaría, pero estaban convencidos de que su primera misión era asegurarse de que el fundador llegara a Andorra a salvo.

Dejaron la cueva y, en medio de una densa niebla, empezaron la ascensión como pudieron entre pinos y robles. A cada cruce de caminos, crecía la linea de fugitivos. Escrivá, que iba inmediatamente detrás de Cirera, consiguió pronto romper el silencio del guía y hacer buenas migas con él.

Llegaron a la cañada de Ribalera poco después de la salida del sol del domingo 28 de noviembre de 1937 y pasaron el día allí. En ese momento, el grupo había crecido hasta tener más de veinte miembros. A pesar de las maldiciones y blasfemias que se habían pronunciado durante la marcha de la noche anterior, Escrivá anunció: “Voy a decir Misa: el que no quiera estar respetuoso que no asista”[2].

Sirvieron de altar dos piedras pegadas a la pared del barranco puestas una encima de otra, pero estaban tan bajas que Escrivá tuvo que decir la Misa de rodillas. Antoni Dalmases, un estudiante catalán que se incorporó al grupo, anotó en su diario sus impresiones de esta Misa: “Sobre una roca y arrodillado, casi tendido en el suelo, un sacerdote que viene con nosotros dice la Misa. No reza como los otros sacerdotes de las iglesias. Habla las oraciones en voz alta, llora casi y nosotros le imitamos, unos tendidos, otros arrodillados, otros medio sentados, aquel de pie, agarrados a las piedras para no caernos. No se oye más que al Padre. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un santo”[3].

Hacia las cuatro de la tarde, después de tan sólo unas horas de descanso, Cirera dio la orden de partir. Normalmente prefería viajar de noche para no ser vistos por las patrullas de los milicianos, pero tenían por delante el Monte Aubens de 1.583 metros. La subida era muy pronunciada y traicionera, por lo que decidió que debían llegar a la cima antes del anochecer.

Alvira desfalleció al empezar la parte más dura del ascenso. Cirera dio la orden de abandonarle y de seguir subiendo para alcanzar la cima antes de la caída de la noche. El guía dijo que, aunque Alvira lograra coronar el Aubens, no podría resistir las largas marchas y ascensiones que les aguardaban. Escrivá cogió a Cirera por el brazo y se apartó con él unos pasos. Casciaro alcanzó a oír algunos retazos de su conversación, arrastrada por el viento: “Piense, Antonio, que se trata de un hombre muy valioso, de un verdadero sabio de fama internacional, que ha hecho mucho bien a su patria y aún le queda mucho por hacer; usted es hombre de corazón; tenga paciencia y deje que le ayudemos hasta escalar la cima del monte; yo le aseguro que se repondrá después, aprovechando el primer descanso que tengamos y podrá seguir caminando normalmente; usted tendrá la satisfacción el día de mañana de haber salvado la vida de un hombre excepcional…”[4].

Cirera, que años más tarde comentaría que Escrivá “era un hombre muy persuasivo”, cedió. Alvira se sentía incapaz de continuar, pero Escrivá le infundió ánimos. “No hagas caso. Tú seguirás con nosotros como los demás, hasta el final”[5].

Con ayuda del resto del grupo, Alvira se puso en pie dificultosamente. Alcanzaron la cima Aubens justo cuando la noche estaba cayendo. Después de un corto y frío descanso en la hierba, comenzaron el descenso por la cara norte de la montaña. El sendero era empinado y resbaladizo y tenían que agarrarse a los arbustos espinosos para no caer. En un momento determinado, Jiménez Vargas resbaló fuera del camino y comenzó a rodar pendiente abajo hacia el río que podía oirse al fondo. Uno del grupo corrió por la ladera para rescatarlo del río. Lo encontró sano y salvo.

Pasaron el resto de la noche del 28 de noviembre de 1937 caminando hacia Casa Fenollet, cerca del pueblo de Montanisell, donde pasarían las horas del día. Anduvieron trece kilómetros, durante los cuales subieron un total de 1.200 metros, badearon un río y cruzaron otro por un puente. Si hubiera aparecido un coche, habrían estado completamente expuestos.

En el granero de Casa Fenollet, Escrivá dio la Sagrada Comunión a los miembros del grupo, comieron muy frugalmente e intentaron descansar algo. De madrugada, dos milicianos preguntaron a los dueños si habían visto algo sospechoso. La mujer les sirvió jamón y varios vasos de vino, y los despidió convencidos de que les ayudaría a capturar a cualquier fugitivo.

Escrivá durmió más bien poco. Se dedicó a rezar y a alentar a quienes parecían especialmente desanimados o cansados. El estudiante catalán, Dalmases, lo describió en su diario: “Su compañía inspira confianza a todos nosotros, pues parece como si Dios le hubiese mandado”[6]. Casciaro relata que cuando se levantó y advirtió que Escrivá no estaba dormido se enojó: “Pensé para mis adentros que si él no aprovechaba esas horas de descanso luego no podría resistir”[7]. Hacia las dos de la tarde, sus anfitriones les sirvieron unas buenas raciones de judías con carnero, la única comida sustanciosa que tendrían hasta Andorra.

El grupo de Escrivá ya se había desecho de los objetos pesados durante el ascenso al Aubens. Antes de salir de Casa Fenollet, también dejaron la ropa de repuesto y otros objetos que podrían ser útiles más tarde, pero que en ese momento les entorpecían. Durmieron un poco más y partieron alrededor de las seis de la tarde.

El guía repartió por persona una hogaza de pan y un queso redondo de unos diez centímetros de diámetro y tres de grueso, con la advertencia de que era toda la comida disponible hasta que llegaran a Andorra. Para el asombro de todos, Sainz sacó de su bolsillo una pequeña regla y empezó a calcular el tamaño de la porción que podrían tomar en cada comida. Escrivá le siguió el juego, pero Botella y Casciaro reaccionaron devorando el queso y el pan al momento, arguyendo que tenía más sentido llevar la comida en sus estómagos que en sus morrales.

En contraste con sus escasas raciones, Dalmases tenía abundantes provisiones. Escrivá, viendo su cesta llena de alas de pollo fritas, bromeó diciendo que debía de haber descubierto un nuevo animal, un cruce entre el pollo y el ciempiés, el “ciempollo”. Los del grupo de Escrivá apodaron a Dalmases –cuyo nombre sólo conocieron más tarde – “el chico del ciempiés”.

Según avanzaban, estaban cada vez más exhaustos y débiles por el hambre. En medio de la oscuridad y el frío, llegaban a perder la noción del tiempo. Casciaro describe su experiencia: “A partir de ese momento perdí la noción del tiempo, hasta en su relación con los días y las noches. No sabría cómo explicarlo; fue una sensación semejante, pero infinitamente más angustiosa y radical, a la que se experimenta cuando se hace por primera vez un vuelo transoceánico de varios días. Contribuyó a esa confusión el hecho de que solíamos caminar de noche, para que no nos descubrieran, y descansábamos durante las horas más luminosas del día, en algún lugar de confianza para los guías. Pero esto fue muy relativo, porque hubo bastantes excepciones. Además, ninguno llevábamos reloj, salvo Manolo, y no hubo comidas que marcaran las etapas de cada jornada. El resultado es que acabé perdiendo el sentido del tiempo; no sabía en qué día estábamos, ni qué hora era; las caminatas nocturnas me parecían interminables; y el cansancio, el sueño y el hambre las alargaban desmesuradamente. Las alargaban también lo agreste del camino, porque nunca seguíamos propiamente una senda de montaña: no hacíamos más que trepar y trepar riscos, y abrirnos paso, a duras penas, entre la maleza del bosque”[8].

Durante la noche del 29 de noviembre de 1937 cubrieron otros 15 kilómetros y subieron un total de 900 metros. Después de dejar Casa Fenollet ascendieron el Monte Santa Fe, de unos 1.600 metros. A continuación comenzaron el pronunciado descenso entre rocas sueltas hacia un valle donde, alertados por el ladrido de unos perros, los milicianos habían ejecutado recientemente a toda una expedición. Consiguieron cruzar el valle sin problemas y atacaron el Monte Ares, también de 1.600 metros. La subida fue agotadora porque debían salvar un desnivel de cerca de 800 metros en un par de horas. La fuerte respiración y el pulso acelerado delataban que Escrivá se encontraba al borde del colapso. Los demás del grupo le escuchaban repetirse a sí mismo las palabras de Cristo en el Evangelio: “No he venido a ser servido, sino a servir”. A pesar de sus protestas, Botella y Fisac le llevaban en andas en ocasiones, de tal manera que sus pies no tocaran el suelo. Cuando caminaba por sí mismo, Escrivá tenía que agarrarse a los arbustos para impulsarse colina arriba. Finalmente alcanzaron la cima del Monte Ares. Tras media hora de descanso, Cirera ordenó de nuevo la marcha.

Poco tiempo después pararon otra vez y Cirera desapareció. El tiempo pasaba y los miembros de la expedición comenzaron a preocuparse. Algunos temieron que les hubiera abandonado. Finalmente regresó y les explicó que, al advertir que había desaparecido uno de ellos, volvió al último lugar donde habían descansado. Allí le encontró exhausto y sin querer continuar. Por miedo a que fuera un delator, le amenazó con su pistola y le obligó a seguir.

A pesar de que la parada no había sido larga, el frío y la humedad de la noche, combinados con la ansiedad por la ausencia del guía, habían surtido efecto. Poco después de que reiniciaran la marcha, Albareda sucumbió a la fatiga. Permanecía quieto y en silencio, sonriendo vagamente. Si alguno le tomaba de la mano, volvía a caminar, pero muy despacio. Tan pronto como le soltaban, se detenía y permanecía de pie sin oír nada de lo que se le decía. Afortunadamente, casi todo el camino era cuesta abajo y su destino no estaba lejos, así que con la ayuda de los demás, que también estaban al límite de sus fuerzas, Albareda consiguió alcanzar el granero de Baridá, donde pasaron las horas del día 30 de noviembre.

El grupo partió de nuevo tan pronto como el sol se ocultó ese día. Aquella noche no tenían que ascender ninguna montaña, pero durante los 15 kilómetros de marcha hasta Campmajor tuvieron que cruzar frecuentemente ríos helados y sus ropas pronto se empaparon. Un villancico pasaba por la cabeza de Casciaro una y otra vez. Cuando trataba de rezar el Rosario en silencio, perdía la cuenta a menudo y terminaba rezando misterios de veinte o treinta avemarías. Otros miembros del grupo tuvieron experiencias similares debido al extremo cansancio físico y mental. En medio de sus propios sufrimientos se preocupaban de Escrivá. Casciaro relata que, en su propio estado de confusión mental, solía pensar en cómo debía sentirse Escrivá si él se encontraba tan mal, teniendo en cuenta que había comenzado la aventura de Barcelona y el paso de los Pirineos en una forma física relativamente buena. En Torrevieja, Albacete y Valencia no había padecido el hambre que había pasado Escrivá durante un año en Madrid. Y además, tenía trece años menos que él y buena salud, mientras que él había sufrido periodos de fiebre alta con un prolongado ataque de reumatismo.

“Estas consideraciones me servían para hacer oración y encomendarle. Al mismo tiempo me irritaban algunas cosas que veía hacer al Padre: por ejemplo, no se protegía del frío, metiéndose periódicos entre la ropa, bajo el jersey, como hacíamos todos; procuraba comer menos para que a nosotros nos tocara más; apenas dormía cuando descansábamos en aquellos corrales y cuevas; y yo adivinaba que hacía todo aquello para mortificarse y para rezar más. Todo esto, al mismo tiempo que me conmovía, no acababa de entenderlo y, por el cariño que le tenía, hubiera querido impedirlo”[9].

Al amanecer del 1 de diciembre de 1937 pararon en un campo elevado donde las rocas y los arbustos proporcionaban un buen escondite. En un momento dado escucharon sonidos de cornetas y tambores, probablemente de un campo de milicianos cercano. Saber que estaban tan cerca les hizo temer, aunque Casciaro afirma que “en aquellos momentos -por lo menos a mí-, me importaba más el frío que el miedo a ser apresado. Era un frío terrible, un frío inmisericorde y cruel, que me calaba hasta los huesos, y me hacía estremecer en medio de aquel agotamiento físico y psíquico que arrastraba desde hacía varios días”[10]. Según Jiménez Vargas, Escrivá “conservó la paz y la alegría, pasara lo que pasara, aunque fuese a costa de repetir innumerables veces la jaculatoria ‘fiat’ (…). Y puedo asegurar que, hasta entonces, yo no había llegado a comprender bien lo que es la alegría, y concretamente lo que quiere decir la alegría del que se sabe hijo de Dios”[11].

Pasaron todo el día tumbados o sentados en el empinado y resbaladizo suelo, expuestos al viento que soplaba desde las montañas. En ocasiones salía el sol, pero a medida que el día avanzaba las nubes se hacían más gruesas y después de mediodía comenzó a nevar ligeramente. La nieve podría haber sido fatal en este último y más peligroso trayecto del viaje, pero afortunadamente no hubo más nevadas hasta que estuvieron a salvo en Andorra.

Antes de continuar el viaje, poco después de la puesta de sol del 1 de diciembre, el grupo de Escrivá rezó a Nuestra Señora y a los Ángeles Custodios. Comieron lo que les quedaba. El camino de aquella noche circulaba por zonas cercanas a la frontera, patrulladas constantemente por milicianos que tenían órdenes de disparar a cualquiera que pareciera sospechoso. Después de vencer un desnivel de 400 metros, descendieron lenta y penosamente entre rocas sueltas que, al desprenderse, hacían mucho ruido, con el consiguiente peligro de llamar la atención de los vigilantes. Al llegar a un riachuelo, el guía les ordenó guardar completo silencio porque había oído a una patrulla pasando cerca. Entonces empezó a rastrear la zona.

Calados hasta los huesos, los fugitivos se acurrucaron cerca del río, que estaba a una temperatura bajísima. Escrivá parecía haber llegado al límite. Temblaba incontroladamente y sus miembros estaban rígidos. A Jiménez Vargas ya no le quedaba nada del vino azucarado que les había administrado como estimulante en momentos críticos. Todo lo que pudo hacer fue frotar los miembros de Escrivá y cubrirle con más ropas húmedas. Escrivá no respondía, y Jiménez Vargas temía que no fuera capaz de moverse cuando regresara el guía.

Cirera volvió al cabo de dos horas. Escrivá apenas podía mantenerse en pie, pero, al ponerse en marcha, recobró la suficiente fuerza como para seguir el ritmo de los demás. Cirera indicó que estuvieran atentos a cualquier patrulla que pasara por el otro lado del río. Oyeron voces y pasos en el camino. Esperaron a que los milicianos se hubieran alejado para cruzar el riachuelo y atravesar el camino que corría paralelo a la orilla. Después de una ascensión muy pronunciada al paso de la Cabra Morta, se lanzaron a un descenso tan peligroso que muchos de ellos no lo habrían intentado a plena luz del día.

Poco después pararon de nuevo y estuvieron escondidos durante una hora. Retomaron la marcha cuando Cirera juzgó que había seguridad para encarar el último tramo hasta Andorra. Cuando llevaban quince minutos andado, oyeron detrás de ellos disparos de fusil. Sin embargo, en ese momento ya estaban fuera de alcance y a salvo en Andorra. Cirera esperó hasta que estuvieran a una distancia prudencial de la frontera para decirles que ya habían llegado. Los refugiados recibieron la noticia con gritos de júbilo. Escrivá empezó a rezar la Salve en agradecimiento a la Madre de Dios. Amanecía el 2 de diciembre de 1937.

[1] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 115

[2] AGP P03 1982 p. 241

[3] Ibid. p. 244

[4] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 118

[5] Ibid. p. 118

[6] AGP P03 1982 p. 340

[7] Pedro Casciaro. Ob. cit. p. 120

[8] Ibid. p. 116

[9] Ibid. p. 122

[10] Ibid. p. 122

[11] AGP P03 1982 p. 544

1. Como el grano de mostaza

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Más de sesenta mil personas le llamaban Padre: así tituló Il Giorno de Milán, el 26 de julio de 1975, el artículo de Giuseppe Corigliano sobre Mons. Escrivá de Balaguer, fallecido un mes antes en Roma. Se había producido un fenómeno sorprendente en la vida de la Iglesia: a la muerte de un Fundador, su Obra estaba extendida por los cinco continentes.

Ya he aludido en el capítulo quinto a la visión universal que desde el primer momento tuvo el Fundador del Opus Dei, y cómo desde 1935 abrigaba el proyecto de comenzar el trabajo apostó­lico en París. La guerra de España, y luego la mundial, retrasaron inevitablemente la extensión a otros países. A1 acabar el conflicto mundial, el Fundador tuvo que dedicar especiales esfuerzos para llegar a un reconocimiento jurídico de la Obra. La sede central de la Asociación, que estaba en Madrid, pasaría a Roma. Desde allí, en muy pocos años, se inició el apostolado en numerosos países.

No trato aquí de dar cuenta rendida de la expansión del Opus Dei por el mundo. Anotaré simplemente algunos momentos significativos. Lo que me interesa subrayar es el espíritu con que Mons. Escrivá de Balaguer vivió la difusión de su afán apostó­lico.

En 1940 se habían hecho los primeros viajes a Portugal, aunque hasta 1945 no puede hablarse en sentido estricto de un trabajo estable de la Asociación en aquel país. Algo semejante sucedió con Italia: en 1942 fueron a estudiar a Roma don José Orlandis y don Salvador Canals, pero el gran impulso se produjo en 1946, cuando fue nombrado Consiliario don Álvaro del Portillo y, poco después, el Fundador del Opus Dei fijó en Roma su residencia. Ese mismo año se inició la labor en Inglaterra, y en 1947, en Francia y en Irlanda. Para 1949 estaba previsto iniciar la tarea apostólica en un país de América, pero al final fueron dos: México y Estados Unidos. En 1950 se llegó a Argentina y a Chile…

Por estos años, parte del gobierno central del Opus Dei ‑Consejo general de la Sección de varones; Asesoría central de la Sección femenina‑ radicaba ya en Roma, donde poco a poco se habilitaron los edificios necesarios. De momento, en éstos se alojó también el Colegio Romano de la Santa Cruz (1948) y el Colegio Romano de Santa María (1953), que impulsaron, desde Roma, las actividades de formación de los socios y asociadas del Opus Dei cara a la expansión definitiva.

Necesariamente fue de España de donde salió la casi totalidad de personas que iniciaron el trabajo de la Asociación en tantos países. En 1951 llegaron los primeros a Venezuela y Colombia. En 1953, a Perú, Alemania y Guatemala. En 1954, al Ecuador. Poco antes, en 1952, Ismael Sánchez Bella volvió de Argentina, para poner en marcha la futura Universidad de Navarra.

Mons. Escrivá de Balaguer siguió desde Roma, con una ilimitada confianza en Dios, los pasos del Opus Dei por todo el mundo. Desde 1946 había viajado periódicamente a España y a Portugal, y visitó diversas ciudades italianas y de otros países europeos, haciendo la prehistoria de la tarea apostólica. En 1955 emprendió un nuevo largo viaje por Europa, para alentar a los que trabajaban ya en algunos países, y poner las bases de la futura labor en otros. Pasó por Alemania, Francia, Suiza, Holanda, Bélgica y Austria. Fue en Austria donde incorporó a su vida interior una nueva jaculatoria, Saneta María, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, después de celebrar la Misa en el altar de Hl. Marie Pótsch, en la catedral de Viena, el 3 de diciembre de aquel año.

Después de la última aprobación pontificia de 1950, la Asociación tuvo un Congreso general en la casa de retiros de Molinoviejo (cerca de Segovia, España). En 1956 se celebró otro en Einsiedeln (Suiza). Y siguió la expansión: ese mismo 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil y Austria; y comenzaron las actividades apostólicas en Yauyos ‑Perú‑, cuya Prelatura nullius encomendó la Santa Sede al Opus Dei. Poco después, se inició el trabajo en África ‑Kenya, 1958‑ y en Asia ‑Japón, 1959‑. Luego en Australia (1963) y Filipinas (1964).

Ante la realidad de está expansión vino muchas veces a la mente y al corazón del Fundador del Opus Dei la parábola evangélica del grano de mostaza, esa semilla menuda que se hace árbol, donde vienen a posarse las aves del cielo:

Sólo yo sé cómo hemos comenzado. Sin nada humano. No había más que gracia de Dios. Pero una vez más se ha cumplido la parábola; y hemos de llenarnos de agradecimiento a Dios Nuestro Señor.

Había germinado la pequeña semilla que Dios sembrara el 2 de octubre de 1928. La planta recién nacida superó los obstáculos. En más de una ocasión, humildemente, olvidándose de sí mismo, el Fundador diría que la Obra se había hecho con la vida santa de los primeros socios: Con aquella sonrisa continua, con la oración, con el trabajo, con el silencio. Así se ha hecho el Opus Dei, que ha tenido su cruz y su resurrección, sin ruido, pero maravillosa.

El arbusto se convirtió en árbol grande, porque Dios fortaleció sus raíces y extendió sus ramas. A Él iría el agradecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer, porque en el Opus Dei, como en una nueva Pentecostés, se oyen diversas lenguas, manifesta­ción del espíritu de Dios, de la catolicidad de nuestro espí­ritu.

Pero… ¿y los medios?, se preguntaba en 1934, en una de las Consideraciones Espirituales. La respuesta surgía inequívoca: ‑Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio. ‑¿Acaso te parecen pequeños?

Para dilatar el Reino de Dios, lo único necesario es confiar plenamente en la omnipotencia divina, vivir vida de fe, de esperanza y de amor. “No llevéis nada para el viaje, ni bastón, ni alforjas, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas” (Lc., IX, 3). En una ocasión, Jesús envía así a los discípulos, sin nada, para que adviertan gráficamente que no son suyos los éxitos; que no se deben a sus cualidades personales las conversiones, ni los milagros, ni la aceptación de la doctrina.

También el Opus Dei comenzó sin medios humanos, con el apoyo exclusivo de los recursos sobrenaturales: porque en estos primeros tiempos ‑escribió su Fundador en 1941‑, de la misma manera que el Señor envió a sus discípulos, envío yo a mis hijos a abrir nuevas obras de apostolado: tan pobres como los primeros discípulos, con la bendición que el Señor les da desde el cielo y la que yo les doy en la tierra.

Así sería durante muchos años. Don José Luis Múzquiz y don Salvador Martínez Ferigle, por ejemplo, marcharon a Estados Unidos en 1949, con la bendición del Fundador, y con un cuadro de la Santísima Virgen que había estado en una de las casas en que él vivió en Burgos: ‑No os puedo dar otra cosa, hijos míos.

Cabe pensar que, para el Fundador del Opus Dei, más importante que ese no tener medios materiales ‑estaba acostum­brado desde 1928‑, era prescindir de la colaboración cercana de personas maduras en el espíritu de la Obra. Al filo de 1950, los que podían haber sido directos colaboradores suyos, marcharon a un país o a otro. Realmente Mons. Escrivá de Balaguer pudo comentar con justicia que se quedaba más solo que la una. Valla la pena. El Fundador del Opus Dei estaba convencido de que aquella siembra a voleo en medio mundo sería para mucha gloria de Dios. Don Álvaro del Portillo, su más estrecho colaborador desde 1939, ‑seguiría a su lado en Roma, donde estaba desde 1946, como Procurador General y primer Consiliario Regional de Italia.

Por estos años, cuando abandonaron España socios del Opus Dei de verdadera categoría humana y destacado curriculum profesional ‑no sería correcto citar nombres‑, uno que ya ha fallecido comentó: “Los que quedamos somos como desecho de tienta”. Si Florentino Pérez‑Embid, autor de la comparación, catedrático de Historia, escritor fecundo y brillante, bien conocido en la vida pública española, se consideraba desecho, no­table debía ser la calidad humana ‑y espiritual‑ de aquellos que el Fundador envió por el mundo.

Muchos eran jovencísimos, pero habían madurado al filo de contradicción de los buenos a que he hecho referencia en el capítulo anterior. En una carta a los socios del Opus Dei lo subrayaría Mons. Escrivá de Balaguer:

En mi tierra, pinchan la primera florada de higos, que se llenan así de dulzura y sazonan antes. Dios Nuestro Señor, para hacernos más eficaces, nos ha bendecido con la Cruz.

En 1971, insistía con otras palabras en la misma idea:

¿Sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, le han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos, ha caído en todas las encrucijadas humanas donde hay corazones ham­brientos de Verdad, bien dispuestos, y ahora tenemos tantas vocaciones, y somos una familia numerosísima, y hay millones de almas que admiran y aman a la Obra, porque ven en ella una señal de la presencia de Dios entre los hombres, porque advierten esa misericordia divina que no se agota.

Las contrariedades habían hecho que sucediera lo que ocurre cuando se ponen obstáculos a la labor de Dios. Las aves del cielo y los insectos, en medio de los destrozos que ocasionan a las plantas con su voracidad, hacen una cosa fecunda: llevan la semilla lejos, lejos, pegada en sus patas. A donde quizá no hubié­ramos llegado nosotros tan pronto, hizo el Señor que llegáramos así, con el sufrimiento de la difamación: la semilla no se pierde.

sobrenatural de Mons. Escrivá de Bala­guer se acompasaba con su modo de ser en lo humano. Pero su amplia visión de los objetivos apostólicos no era fruto de su carácter, sino de la seguridad que tenía en la asistencia de Dios.

La Obra ha sido pobre desde sus comienzos, y lo será siem­pre, ya que el Señor no dejará nunca de pedirnos más labores apostólicas, más iniciativas, más gastos de dinero y de personas en su servicio. Nunca tendremos el dinero suficiente para dilatar la tarea con la rapidez que el Señor nos da a entender. ;Nos llaman de tantas partes, sin que por falta de medios eco­nómicos podamos ir enseguida! (…) Pero aprovecho la ocasión, que me proporciona lo que os acabo de decir, para dar gracias al Señor Dios Nuestro, porque la Obra será siempre pobre: siempre necesitará más de lo que tenga, si ha de cumplir sus fines apostólicos, por muy abundantes que parezcan nuestros me­dios a los extraños.

No le asustaron nunca las dificultades económicas. Ni en los comienzos, cuando puso en marcha aquella primera Academia en la calle Luchana, ni cuando ‑con los años‑ las obra apostólicas promovidas por el Opus Dei se multiplicaron por toda el mundo. Porque sólo le movía la gloria de Dios, no descansaba al disponer de un instrumento para el apostolado: enseguida pensaba en otro, que pudiera servir adecuadamente para esparcir la semilla del Evangelio. Lo manifestaba, medio en serio medie en broma, en diciembre de 1973:

‑¿Os acordáis de que, un día de éstos, hablábamos de que en la Obra siempre hay necesidades y realidades de pobreza? Os comentaba que siempre habrá Centros en donde lo estén pasando humanamente mal. Anteayer he recibido carta de un hijo mío que está en un país grande, donde es profesor ordinario de una universidad. Lleno de alegría, me cuenta que ya tienen casa en un sitio céntrico: es una casa de buen aspecto, pero sin un mueble, sin una cama. Dice que hacen camping dentro del piso, van a comer donde pueden, y están felices.

Le daba especial alegría comprobar que esas personas, en medio de las dificultades económicas, rezaban, trabajaban y hacían una intensa labor apostólica. Y como lo mismo sucedía en muchos sitios, aclaraba: es bueno que suceda.

Un capítulo decisivo de esta aventura humana y divina del Opus Dei lo constituye el Colegio Romano de la Santa Cruz. Merece la pena detenerse en él, en cuanto es modelo de cómo actuó el Fundador de la Obra para extenderla por la tierra.

El Colegio Romano fue erigido el 29 de junio de 1948. Comenzó en un viejo edificio del Parioli que había sido legación de Hungría ante la Santa Sede. Conseguir aquella casa fue autén­tica audacia, porque carecían de recursos económicos. Piden el importe en francos suizos ‑comentó Mons. Escrivá de Balaguer por aquellos días‑. Como no tenemos nada, ;qué más le da al Señor facilitarnos francos suizos que liras italianas! Y aparecie­ron las personas dispuestas a adquirir ese inmueble y a financiar las obras necesarias para instalar allí, no sólo el Colegio Romano ‑centro de formación para socios del Opus Dei de todo el mundo‑, sino la sede central de la Obra.

Don Álvaro del Portillo se ocupaba muy directamente de la marcha económica de todo aquello, y llevaba a cabo toda esa labor a pesar de encontrarse enfermo, con fiebres muy altas. Mons. Escrivá de Balaguer manifiesta con gracia que el mejor remedio para devolverle la salud sería ponerle un buen parche de muchos miles de dólares.

Fueron continuas las privaciones del Fundador del Opus Dei y de los que le rodeaban. Iban andando a las Universidades y Ateneos, porque no había dinero ni para el filobus o la circolare, y como no podían comprar ni el tabaco italiano más corriente muchos dejaron de fumar… Algunos años después, cuando dentro de la incomodidad persistente, habían pasado los más graves apuros, Mons. Escrivá de Balaguer ponderaría:

‑Aceptad estas circunstancias extraordinarias como un sa­crificio que podéis ofrecer a Nuestro Señor, y sabed que otras veces hemos estado mucho más incómodos de lo que podéis estar ahora vosotros. No tendréis de ningún modo las dificultades con que hemos vivido durante años (…). Al principio, hubo ocasiones en las que hacíamos una sola comida al día, y eso cuando era posible.

Y aquí, no había sitio para dormir: teníamos una sola cama, que era ocupada por el que se encontraba enfermo; los demás nos acostábamos donde podíamos, allá abajo, en aquella portería que ya ha desaparecido. Durante bastantes años, he estado su­biendo por los andamios, para dormir en una habitación como se podía. Nunca hemos estado bien.

Una anécdota refleja aquella estrechez económica. En 1951 se compró una Lambretta, para realizar las diversas y numerosas gestiones relacionadas con la marcha de las obras. Se usaba tanto, que muy pronto se hizo necesario sustituirla. La madre de uno de los alumnos proporcionó el dinero, pero hubo que utili­zarlo para pagar a los proveedores. La vieja Lambretta continuó corriendo por las calles de Roma cuatro años más.

A pesar de los agobios y de que en todas partes se necesitaban personas para llevar adelante los apostolados, estábamos siempre pensando ‑precisaba el Fundador de la Obra‑ en traer más gente al Colegio Romano, todos los posibles, porque convenía: para la gloria de Dios, para el servicio de la Iglesia, de las almas y de la Obra, para que ( …) aprendáis a amar a otras naciones, y a ver las cosas buenas y los defectos que hay en otras tierras como los hay en la de cada uno. Convenía, además, para recibir una formación recia, unitaria, en el buen espíritu de la Obra.

Al mismo tiempo, los alumnos del Colegio Romano estudia­ban en los Ateneos y Universidades pontificias para conseguir los títulos académicos que el Fundador había establecido. La primera tesis doctoral fue la de don Álvaro del Portillo. Con los años, serían centenares las tesis leídas por alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz: en teología, en derecho canónico, en filosofía.

Y con el trabajo intelectual, el manual. Los muros de aquellos edificios requerían una decoración adecuada. Entre las clases y la investigación, los alumnos del Colegio Romano dedicaron mu­chas horas a los botes de pintura, o a los sacos de cemento, alentados por Mons. Escrivá de Balaguer, que ‑como evoca uno de ellos‑ “corrige pequeños detalles, ve lo que nosotros muchas veces no vemos, nos habla y se nos van grabando sus palabras, que llevan además el vivo colorido del cariño y la oportunidad”.

Se entiende que, en una ocasión, aludiendo a esos muros, el Fundador del Opus Dei pudiera decir que parecen de piedra y son de amor. En medio de contradicciones, penuria económica e incomodidades sin cuento, soportadas con alegría, Mons. Escrivá de Balaguer vivía magnánimamente la falta de medios materiales: quería dejar a los que vinieran detrás un instrumento idóneo y duradero, en lo técnico y en lo estético. Las líneas constructivas enraizaban en los valores tradicionales de la arquitectura roma­na, para que tuvieran desde el primer momento sabor de madurez, y no corrieran el peligro de pasar de moda o de caer en el ridículo a los pocos años de su construcción. A la vez, el Fundador de la Obra y don Álvaro del Portillo aprovechaban todas las ocasiones para, a precios ridículos, en los puestos de

chamarileros, hacerse con mil cosas que servirían para dignificar la decoración de esas paredes: muebles, piedras viejas, fragmentos romanos antiguos, capiteles, molduras, bustos, pequeñas esculturas, cuadros, candeleros, lámparas, alfombras, arcones.

Mons. Escrivá de Balaguer recorría las obras con frecuencia, y los obreros se acostumbraron pronto a la presencia de Monsig­nore subiendo y bajando por los andamios y escaleras. En cuanto se terminaba una zona, entraban enseguida los alumnos del Colegio Romano, que remataban los detalles más minúsculos y

limpiaban todo a fondo. Fue ese cuidado por terminar bien las cosas hasta sus últimos detalles ‑especialmente vivido por las asociadas del Opus Dei que se iban ocupando de las tareas de administración doméstica‑, lo que hizo posible que en aquellos edificios, en que llegarían a alojarse cientos de personas, no se perdiese el carácter familiar, acogedor y alegre, propio del espíritu del Opus Dei.

La historia de la construcción del Colegio Romano encierra infinidad de lecciones prácticas para los socios de la Obra.

Tampoco pasaban inadvertidas a quienes iban a aquella casa, y se encontraban ‑como observó el Cardenal Baggio‑ con que aquello no tenía nada en común con los edificios eclesiásticos de tipo convencional. Era un edificio entonado con los demás del Parioli. Todo estaba limpio y cuidado. Aquel estilo ‑”para mí insólito”, reconoce el Cardenal‑ formaba parte de la espiritua­lidad laical del Opus Dei. Era novedad auténtica, que no dejaría de suscitar incomprensiones. Como en los viejos tiempos, el Fundador del Opus Dei tendría que explicar, con ocasión y sin ella, la radical diferencia que hay entre la falta de medios y la suciedad…

Era algo parecido a lo que le sucedió cuando quiso bendecir la última piedra de aquella casa. Todos sabían que él no era amigo de las primeras piedras, sino de las últimas, del trabajo acabado.

Cuando llegó el momento ‑el 9 de enero de 1960‑,fue a buscar en el Ritual la oración apropiada, y no encontró preces previstas para esa ocasión: Por lo tanto ‑decidió‑ vamos a hacer otra cosa. Comenzaré haciendo la señal de la Cruz, rezaremos el Te Deum, después la oración de acción de gracias, y luego la bendición signo crucis; y hemos terminado.

Por aquellos días de 1960 era ya una realidad gozosa el sueño que el Fundador del Opus Dei acariciaba desde finales de los años cuarenta:

De aquí, del Colegio Romano, saldrán centenares ‑milla­res‑ de sacerdotes y de laicos que extenderán la labor en los sitios en que se está trabajando; la comenzarán en otras muchas naciones que nos esperan; y pondrán en marcha Centros de formación, para hombres de todos los continentes y de todas las razas, en servicio de la Iglesia.

Sin embargo, el destino principal de aquellos edificios era servir como sede central de la Obra. Apenas terminados, el Fundador del Opus Dei pensó en abordar una nueva aventura: construir el Colegio Romano definitivo, en otro lugar de Roma. Dijo que sería la última locura de su vida:

En todo el mundo hemos comenzado a preparar instrumentos de trabajo sin dinero. Yo lo había hecho antes muchas veces; pero desde hace años tenía el propósito de no volver a obrar así. Sin embargo, pensando que el bien de la Iglesia y el bien de la Obra, para servicio de la Iglesia y de las almas, hace conveniente que muchos hijos míos pasen por Roma, hemos comenzado a construir con pocas liras. No quería repetir esa lo cura, pero ya la estamos haciendo.

Aquel planteamiento no había dejado de suscitar contradic­ciones. No faltaron personas ‑también eclesiásticos‑ que no lo entendían. Algunos se escandalizaban, como si fuese el Opus Dei la primera institución que en la historia de la Iglesia hubiera usado medios humanos lícitos para sus fines de apostolado:

Nadie puede extrañarse ‑había escrito el Fundador en 1954‑ de que el Opus Dei necesite medios materiales para su labor. Como realiza su tarea sobrenatural de santificación entre hombres y para hombres, ha de usar también ‑como las demás asociaciones sin excepción, sean del tipo que sean: artísticas, deportivas, culturales, religiosas, etc.‑ un mínimo de medios materiales.

En 1941 había previsto el problema, cuando decía: Natural­mente, cuanto más se extienda la Obra, más necesidad habrá de medios terrenos, que siempre trataremos de santificar. No hay en la tierra nadie que haga algo, y no emplee los medios humanos, por noble que sea el fin.

También Jesucristo, para cumplir su misión divina, se sirvió de cosas tan terrenas como los haberes de las pobres gentes que le seguían, unos cuantos panes y peces, un poca de barro… Le dejaron un borrico para entrar en Jerusalén. Y en una habitación también prestada celebró su última Pascua en la tierra.

Esa vida de Cristo es la que quiso imitar el Fundador del Opus Dei. Para sacar adelante sus proyectos apostólicos contó con el trabajo profesional de los socios de la Obra, pero tam­bién con la ayuda de muchas personas, conscientes de que esas tareas merecían su apoyo, porque contribuían al mejoramiento de los hombres.

En 1950, cuando se extendía la Asociación, y eran muchas las necesidades económicas que el crecimiento llevaba consigo, expresó que el Opus Dei y sus socios no necesitan dinero, porque trabajan, cada uno en su tarea profesional, y se sostienen sobradamente; pero, para nuestras obras corporativas, cuanto más nos ayuden, mejor serviremos a las almas.

Esta colaboración económica discurrió siempre por cauces civiles, lejos de todo confesionalismo. Ya se ha dicho que las obras apostólicas del Opus Dei son centros promovidos por ciudadanos corrientes, que ejercen en ellos libremente su actividad profesio­nal. No son, pues, labores católicas, ni menos eclesiásticas, aunque allí se siga con fidelidad la doctrina de la Iglesia. Se trata de tareas nacidas y dirigidas con mentalidad laical, dentro de las leyes de cada país, sin privilegio alguno, tampoco en lo económi­co. Resuelven sus problemas y responden de la gestión, en su caso, ante los organismos jurídicos establecidos en cada nación.

A veces, ante los propietarios de los edificios o instalaciones que los han cedido o alquilado y reciben su correspondiente retri­bución.

Este carácter laical ‑ni confesional, ni eclesiástico‑ de la,” iniciativas apostólicas del Opus Dei explica también la colabo­ración de los cooperadores no católicos a que se ha hecho referencia en el capítulo octavo. La experiencia de años muestra que, además, obtienen un inmenso beneficio espiritual, como encarecía el Fundador de la Obra: Solicitando de estas personas su ayuda económica y sus horas de trabajo profesional, en servicio de las empresas apostólicas que sostenemos ‑que siempre tienen, además, una eficacia humana‑, las colocamos en el corazón de nuestras labores, y les brindamos la posibilidad de ser brazo de Dios para realizar su Obra entre los hombres.

Un día de 1973, en Roma, un norteamericano contaba a Mons. Escrivá de Balaguer que habían regalado un piso en San Francisco, para organizar allí clases de formación cristiana. El Fundador del Opus Dei afirmó:

Nosotros no podríamos hacer nada sin la ayuda de tanta gente estupenda. Hay algunos, con un sentido sobrenatural tan maravilloso para ayudar en las cosas de Dios, que, cuando cooperan generosamente, ponen una sola condición: que no se sepa que han dado ni un céntimo. A veces son personas que no conozco.

En muchas ocasiones, citó emocionado el pasaje evangélico de la limosna de la viuda pobre, al pensar en las ayudas que el Opus Dei recibía de personas de escasos recursos:

Quizá ese esfuerzo constante es más desinteresado y liberal que el de todos los demás: seguramente no dan dé lo que les sobra, porque nada les sobra. Estoy cierto de que ante estas dádivas volverán a brillar, con cariño divino, los ojos del Señor.

En otra ocasión dibujaba los modos tan diversos de ayudar a las actividades apostólicas promovidas por la Asociación:

Me los ha enseñado a mí vuestra conducta generosa: desde aquella aristócrata, de la sangre y del espíritu, que supo ceder su propio palacio en épocas bien duras de calumnia y de persecu­ción, hasta los labriegos humildísimos, padres de una criadita, que venden su borriquillo y envían el dinero con alegría; desde aquel buen amigo americano del Sur, que tiene una de nuestras obras apostólicas, de acuerdo con su familia, como un socio más en los negocios ‑un socio que no está a las pérdidas‑, hasta los niños (…) que envían el dinero que recibieron como obsequio el día de su primera comunión; desde el que manda muebles, para poner una casa, hasta el que paga todos los gastos del pobre coche indispensable para la labor.

Pero nada es bastante cuando se trata de sostener lo iniciado y ampliar el horizonte apostólico para llegar a más almas. Por eso, el sentido de responsabilidad lleva a los socios del Opus Dei a trabajar muchas horas cada día, sintiendo ‑como han apren­dido de su Fundador‑ la urgencia de las necesidades, también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos. Nadie se considera descargado de este deber, inseparable de la propia vocación:

El carácter plenamente secular de nuestra dedicación a Dios en el mundo hace que la labor profesional sea también el medio ordinario de conseguir los necesarios recursos, para el sosteni­miento de cada uno de nosotros y de las labores apostólicas de la Obra.

Mons. Escrivá de Balaguer confió en los medios sobrenatura­les: todo depende de Dios. Pero, al mismo tiempo, no perdonó ningún recurso humano licito ‑especialmente, el trabajo‑, porque, aclaraba, no podemos tentar a Dios, exigiéndole que haga milagros, cuando se puede y se debe emplear el trabajo profesional, noble y limpio, para obtener los medios económicos necesarios.

Con la oración, con el trabajo, y con la ayuda de muchas personas pudo emprenderse en los cinco continentes ese gran mosaico de iniciativas apostólicas. El afán de acercar más personas a Dios es justamente garantía del desprendimiento de los bienes materiales: Siempre seremos pobres. Nunca tendremos los suficientes medios económicos para atender a todas las obras, porque aunque trabajemos mucho, los apostolados aumentan siempre, gracias a Dios, en proporción mayor: y esto sucederá siempre.

El Fundador comparó la Obra con una familia numerosa y pobre. Cada uno de sus socios debía sentir en su propia carne los agobios económicos de esa familia grande, que nunca acaba de salir de dificultades, y no por eso deja de hacer lo que tiene que hacer, en beneficio de las almas. Para resolver los problemas de dinero, comenzó a invocar a San Nicolás de Bar¡ en los años treinta, cuando desempeñaba su ministerio sacerdotal en el Patronato de Santa Isabel:

Iba a celebrar la Misa, y tenía unos apuros económicos tremendos; dije: como San Nicolás es el santo de las dificultades económicas, y el santo de casar las incasables… ¡si me sacas de esto, te nombro Intercesor! Pero antes de subir al altar, me arrepentí y añadí: y si no me sacas, te nombro igual.

Lo relataba el Domingo de Ramos de 1968, y alguien se animó entonces a preguntar si aquel problema se había resuelto. Mons. Escrivá de Balaguer continuó:

‑¡Dónde estaríamos tú y yo, si no! ;Debajo de una tienda de campaña y de unos trozos de hojalata! Pero yo no pido milagrerías; primero pido que trabajemos, que nos sostengamos con el trabajo y, cuando no llegamos, pedimos a Dios para que lleguemos. No soy carismático; hay que poner los medios humanos y a la vez los sobrenaturales, que siempre van juntos.

Así salió adelante la Academia DYA, y luego las primeras residencias universitarias, y al cabo de los años, esos cientos de obras apostólicas promovidas por el Opus De¡, que tratan de prestar un servicio cristiano a la sociedad, de ser instrumentos para corredimir con Cristo.

Sábado santo, día de silencio y de conversión

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“Cada uno de nosotros puede unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios”. Palabras de mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, emitidas por la cadena de Estados Unidos EWTN.

Opus Dei -

Hoy es un día de silencio en la Iglesia: Cristo yace en el sepulcro y la Iglesia medita, admirada, lo que ha hecho por nosotros este Señor nuestro. Guarda silencio para aprender del Maestro, al contemplar su cuerpo destrozado.

Cada uno de nosotros puede y debe unirse al silencio de la Iglesia. Y al considerar que somos responsables de esa muerte, nos esforzaremos para que guarden silencio nuestras pasiones, nuestras rebeldías, todo lo que nos aparte de Dios. Pero sin estar meramente pasivos: es una gracia que Dios nos concede cuando se la pedimos delante del Cuerpo muerto de su Hijo, cuando nos empeñamos por quitar de nuestra vida todo lo que nos aleje de Él.

El Sábado Santo no es una jornada triste. El Señor ha vencido al demonio y al pecado, y dentro de pocas horas vencerá también a la muerte con su gloriosa Resurrección. Nos ha reconciliado con el Padre celestial: ¡ya somos hijos de Dios! Es necesario que hagamos propósitos de agradecimiento, que tengamos la seguridad de que superaremos todos los obstáculos, sean del tipo que sean, si nos mantenemos bien unidos a Jesús por la oración y los sacramentos.

El mundo tiene hambre de Dios, aunque muchas veces no lo sabe. La gente está deseando que se le hable de esta realidad gozosa —el encuentro con el Señor—, y para eso estamos los cristianos. Tengamos la valentía de aquellos dos hombres —Nicodemo y José de Arimatea—, que durante la vida de Jesucristo mostraban respetos humanos, pero que en el momento definitivo se atreven a pedir a Pilatos el cuerpo muerto de Jesús, para darle sepultura. O la de aquellas mujeres santas que, cuando Cristo es ya un cadáver, compran aromas y acuden a embalsamarle, sin tener miedo de los soldados que custodian el sepulcro.

A la hora de la desbandada general, cuando todo el mundo se ha sentido con derecho a insultar, reírse y mofarse de Jesús, ellos van a decir: dadnos ese Cuerpo, que nos pertenece. ¡Con qué cuidado lo bajarían de la Cruz e irían mirando sus Llagas! Pidamos perdón y digamos, con palabras de san Josemaría Escriváyo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Se comprende que pusiesen el cuerpo muerto del Hijo en brazos de la Madre, antes de darle sepultura. María era la única criatura capaz de decirle que entiende perfectamente su Amor por los hombres, pues no ha sido Ella causa de esos dolores. La Virgen Purísima habla por nosotros; pero habla para hacernos reaccionar, para que experimentemos su dolor, hecho una sola cosa con el dolor de Cristo.

Saquemos propósitos de conversión y de apostolado, de identificarnos más con Cristo, de estar totalmente pendientes de las almas. Pidamos al Señor que nos transmita la eficacia salvadora de su Pasión y de su Muerte. Consideremos el panorama que se nos presenta por delante. La gente que nos rodea, espera que los cristianos les descubramos las maravillas del encuentro con Dios. Es necesario que esta Semana Santa —y luego todos los días— sea para nosotros un salto de calidad, un decirle al Señor que se meta totalmente en nuestras vidas. Es preciso comunicar a muchas personas la Vida nueva que Jesucristo nos ha conseguido con la Redención.

Acudamos a Santa María: Virgen de la Soledad, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos a comprender —como escribe San Josemaría— que es preciso hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas. Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una sola cosa con Él.
Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei.

El Papa a los Cardenales: ¡No dejéis de sostenerme!

firmes en la fe  Tagged , , , , , , , , No Comments »

El Santo Padre en un encuentro con los Cardenales el 25 de abril  de 2005 expresó su “más sentido agradecimiento por su solidaridad espiritual”.

Vatican Information Service.-

El Papa recibió a los cardenales presentes en Roma, a quienes aseguró: “A las intensas emociones vividas con ocasión de la muerte” de Juan Pablo II y “después durante el cónclave y sobre todo al final, se suman una íntima necesidad de silencio y un vivo deseo del corazón de dar gracias y un sentido de humana impotencia ante la gran tarea que me espera”.

“En primer lugar -afirmó- siento el deber de dar gracias a Dios, que me ha elegido, a pesar de mi fragilidad humana, como Sucesor del apóstol Pedro, y me ha confiado la tarea de regir y guiar a la Iglesia, para que sea en el mundo sacramento de unidad para todo el género humano”.

Benedicto XVI subrayó que “el primer encuentro con los fieles, el martes pasado en la Plaza de San Pedro, fue realmente emocionante: a todos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, jóvenes y ancianos, mi más sentido agradecimiento por su solidaridad espiritual”.

A todos los miembros del colegio cardenalicio, en especial al secretario de Estado, Angelo Sodano y al camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, dio las gracias por “su activa colaboración durante la administración de la Iglesia en el período de sede vacante. Saludo con particular afecto a los cardenales que por motivos de edad o enfermedad, no han participado en el cónclave”. 


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