El Papa bendice la imagen de san Josemaría Escrivá en el Vaticano

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14 de septiembre de 2005

Oración de Benedicto XVI en la bendición de la escultura de San Josemaría
“Oh Dios, que has elegido a san Josemaría, sacerdote, para anunciar la vocación universal a la santidad y al apostolado en la Iglesia, infunde tu bendición sobre esta imagen y haz que todos aquellos que la contemplen sean alentados a cumplir fielmente el trabajo cotidiano en el espíritu de Cristo y a servir con ardiente amor a la obra de la redención. Por Cristo nuestro Señor”.

Introducción

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Capítulo del dossier informativo “Libertad política de los fieles del Opus Dei durante el régimen de Franco”

Este dossier presenta de manera objetiva la relación entre el Opus Dei y el régimen del general Franco, que gobernó España desde 1939 a 1975.

Todavía se pueden encontrar artículos en obras de referencia en los que se afirma que el Opus Dei tuvo una influencia política en el gobierno de Franco, a través de los importantes puestos ocupados por sus miembros.

Los Estatutos del Opus Dei establecen que los fieles del Opus Dei “disfrutan de la misma libertad que todos los católicos en el ejercicio de su trabajo, su vida social, y en la política”, etc., y que “las autoridades de la Prelatura están obligadas a abstenerse por completo de dar indicaciones o consejos acerca de estos asuntos”. (Art. 88, § 3)

Este dossier es una pequeña recopilación de artículos extraídos de libros y prensa, que demuestran que el Opus Dei, una institución con fines exclusivamente espirituales, siempre ha actuado de acuerdo con sus Estatutos. No se ha involucrado en política, y mucho menos apoyó a Franco. Tampoco el Opus Dei en la época de Franco se involucró en las acciones políticas de sus fieles. Los que trabajaron en la política durante esa etapa siempre actuaron a título personal, sin recibir ninguna orientación.

El dossier no pretende ser exhaustivo. El énfasis está en los hechos que son menos accesibles para el público general. Es bien sabido que hubo miembros del Opus Dei que fueron ministros de Franco (ocho de un total de 116 ministros durante un período que abarca casi cuarenta años). Sin embargo, se escucha con menos frecuencia que otros miembros se encontraban en la oposición a Franco y que alguno tuvo que exiliarse en el extranjero. O se menciona sólo en contadas ocasiones que los ministros que pertenecían el Opus Dei a menudo tuvieron desacuerdos entre sí en relación con cuestiones políticas.

VI. EL APOSTOLADO: UN «MAR SIN ORILLAS»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

02 de diciembre de 2008

«Habéis de acercar las almas a Dios –escribía el Fundador en 1930– con la palabra conveniente, que despierta horizontes de apostolado; con el consejo discreto, que ayuda a enfocar cristianamente un problema; con la conversación amable, que enseña a vivir la caridad: mediante un apostolado que he llamado alguna vez de amistad y de confidencia. Pero habéis de atraer sobre todo con el ejemplo de la integridad de vuestras vidas, con la afirmación –humilde y audaz a un tiempo– de vivir cristianamente entre vuestros iguales, con una manera ordinaria, pero coherente, manifestando, en nuestras obras, nuestra fe: ésa será, con la ayuda de Dios, la razón de nuestra eficacia».

El principal apostolado del Opus Dei es el que realiza cada uno de sus miembros personalmente, en su propósito diario de dar a conocer –con el ejemplo de vida y con la palabra– la doctrina de Cristo. Como al Opus Dei pertenecen personas de todas las edades y condiciones sociales –célibes, casados, sacerdotes, obreros, empleados, campesinos, abogados, científicos, artistas, empleadas del hogar, amas de casa, funcionarios, comerciantes, militares, escritores, industriales, etc.– no es posible uña descripción de ese apostolado personal, a no ser narrando la vida de millares de personas en todo el mundo. Se trata, pues, de algo perfectamente incontrolable, como la vida misma, que nunca se dejará encerrar en unos esquemas férreos, ni en la frialdad de unas estadísticas o de unas gráficas. Al acercarse al Opus Dei, ninguna de estas personas inicia una vida distinta, ni da comienzo a una serie de actividades típicas. Al contrario, todas cumplen y realizan los mismos trabajos que harían si no fuesen de la Obra. El cambio radical está en que esas mismas cosas de siempre adquieren un nuevo sentido, una perspectiva nueva, por el compromiso contraído de hacer de toda circunstancia humana un encuentro con Dios, un servicio a los demás, un apostolado cristiano.

Mons. Escrivá de Balaguer desarrolló a fondo este punto en la entrevista publicada, en la primavera de 1968, enL’Osservatore delta Domenica.

«Querer alcanzar la santidad –a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos– significa esforzarse, con la gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vínculo de la perfección. La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que os habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existenciase entrecruza con la nuestra.

»Viviendo la caridad –el Amor– se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad y que no se pueden reducir a enumeraciones exhaustivas. La caridad exige que se viva la justicia, la solidaridad, la responsabilidad familiar y social, la pobreza, la alegría, la castidad, la amistad…

»Se ve en seguida que la práctica de estas virtudes lleva al apostolado. Es más: es ya apostolado. Porque, al procurar vivir así en medio del trabajo diario, la conducta cristiana se hace buen ejemplo, testimonio, ayuda concreta y eficaz; se aprende a seguir las huellas de Cristo que “coepit facere et docere” (Act. 1, 1), que empezó a hacer y a enseñar, uniendo al ejemplo la palabra. Por eso he llamado a este trabajo, desde hace cuarenta años, “apostolado de amistad y de confidencia”.

»Todos los miembros del Opus Dei tienen este mismo afán de santidad y de apostolado. Por eso, en la Obra, no hay grados o categorías de miembros. Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales –la situación que cada uno tiene en el mundo– a la que se acomoda la misma y única vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse personalmente, libremente y responsablemente, en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros.

»Como puede ver, el fenómeno pastoral del Opus Dei es algo que nace “desde abajo”, es decir, desde la vida corriente del cristiano que vive y trabaja junto a los demás hombres. No está en la línea de una “mundanización” –desacralización– de la vida monástica o religiosa; no es el último estadio del acercamiento de los religiosos al mundo.

»El que recibe la vocación al Opus Dei adquiere una nueva visión de las cosas que tiene alrededor: luces nuevas en sus relaciones sociales, en su profesión, en sus preocupaciones, en sus tristezas y en sus alegrías. Pero ni por un momento deja de vivir en medio de todo eso; y no cabe en modo alguno hablar de adaptación al mundo, o a la sociedad moderna: nadie se adapta a lo que tiene como propio; en lo que se tiene como propio “se está”. La vocación recibida es igual a la que surgía en el alma de aquellos pescadores, campesinos, comerciantes o soldados que sentados cerca de Jesucristo en Galilea, le oían decir: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat 5, 48)».

La tarea principal del Opus Dei consiste, por tanto, en la formación de sus miembros para que cada uno, individualmente, dé testimonio cristiano en el medio ambiente en el que desarrolla su trabajo profesional. Toda la libre iniciativa personal permanece activa en el espíritu apostólico del Opus Dei, porque la obra no dedica su tarea principal a este o aquel específico campo de apostolado, sino a estimular a los fieles dé la Prelatura para que cada uno, en su propio ambiente profesional y familiar, desarrolle una intensa labor apostólica de carácter personal.

Es América la esperanza para el nuevo milenio

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Laura Victoria // El Imparcial (México)


En el trajín del Hotel Presidente, que albergó a la mayoría de los obispos sinodales y cardenales venidos de toda América, el tema del Sínodo cobró mayúscula importancia. “Mientras está el Papa la voz de un obispo no tiene importancia”, comentó Bernardo Domínguez, encargado de atender a los periodistas para concertar citas con los obispos. “Ellos no tienen interés de hablar, lo que quieren es que oigamos al Santo Padre” afirmó. Pero algo habría que lograr finalizando el viaje del Papa.

Con una sonrisa serena, los ojos vivos y expresivos y el rostro ajado, huella de una vida de trabajo intensa, mons. Javier Echevarría Rodríguez, Prelado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei comenta, en exclusiva para El Imparcial, sus impresiones sobre Juan Pablo II, y los trabajos del Sínodo de América, en donde ha intervenido por expresa petición del Romano Pontífice.

Es la primera vez que un Papa convoca Sínodos de Obispos por cada uno de los continentes. ¿Cuál considera usted que es el motivo que explica esta iniciativa?

Como es evidente, todos los Sínodos, también los continentales, tienen una finalidad evangelizadora, y el Santo Padre – está bien a la vista – impulsa constantemente la evangelización. Pienso que este espíritu de llevar a Cristo a todos los sitios exige que se cuiden las facetas – de historia, cultura, tradiciones, etc. – propias de los distintos continentes.

Por eso, los Sínodos continentales sirven para identificar y emprender caminos de evangelización adecuados a cada tiempo y lugar; apropiados a las circunstancias. Son un instrumento de unidad y de renovación del espíritu apostólico que caracteriza a la Iglesia.

Para el caso del Sínodo de América, el Papa señaló tres finalidades principales: la nueva evangelización, la solidaridad entre las iglesias particulares, e iluminar cristianamente los problemas de la justicia y de las relaciones económicas entre las naciones de América.

Las sesiones celebradas en Roma en los meses de noviembre y diciembre de 1997 fueron un preludio que presagió intensos diálogos durante el año 1998. Los temas más acuciantes para América, que son de urgente importancia: las drogas, la corrupción, las sectas, ataques contra la familia, todos ellos preocupan porque afectan a la labor eclesial y al desarrollo de la espiritualidad, por tanto se habló ampliamente de “una nueva evangelización”. ¿Podría comentarnos “grosso modo”, en qué consistió su participación en las sesiones realizadas en Roma?

Durante las sesiones, los padres sinodales y los expertos reflexionan juntos sobre los temas propuestos. Se estudia, se atiende a las aportaciones de los demás, se reza (este aspecto es muy importante), y – cuando llega el momento – se interviene. En mi intervención procuré destacar la responsabilidad de los laicos en el cumplimiento de la misión de la Iglesia, a través de su trabajo profesional; sin olvidar su papel en la promoción de los más necesitados, no sólo a través de intervenciones asistenciales, sino sobre todo llevando a las estructuras de la sociedad la justicia y la caridad de Cristo.

¿Por qué asistió usted al Sínodo?

Era uno de los miembros de designación pontifica. El Opus Dei es – con palabras del beato Josemaría Escrivá – “una partecica de la Iglesia”. La Prelatura tiene al frente un obispo que, en unión con el Santo Padre y con sus hermanos en el Episcopado, procura ayudar a los fieles del Opus Dei a santificar la vida cotidiana y a realizar una amplia tarea apostólica en su ambiente familiar, profesional y social. Por otra parte, el Opus Dei está presente en América desde hace 50 años, y son muchos los fieles de la Prelatura en esta Tierra Nueva.

Entre los temas que se han tratado en las sesiones de trabajo se mencionan, entre otros, la propagación de las sectas, la devoción popular, la urbanización creciente, etc. El tratar esos temas ¿se debe a que en América es donde existen especialmente, o son problemas mundiales, presentes también en América?

Como usted dice, se trata de problemas mundiales presentes también en América. De todos modos, alguna de esas situaciones se dan particularmente en los países del continente americano.

Lo importante es encontrar soluciones adecuadas a la situación real: “soluciones americanas”, si me permite la expresión. Los americanos, trabajando juntos – con la oración de toda la Iglesia –, han de buscar remedios realistas, ajustados a las circunstancias, que nos interesan a todos, aunque vivamos en otros continentes. Por ejemplo, el problema de las sectas demuestra el hambre de Dios que hay en América. Cuando no presentamos adecuadamente la figura y la fuerza de Jesucristo, se buscan otras vías. En consecuencia, el Sínodo ha estimulado a los católicos americanos a proclamar a Cristo con más coraje. Cada día que pasa crece mi convencimiento de que en estos países la Iglesia tiene grandes motivos de esperanza.

Tengo entendido que el Papa participa en todas las asambleas de los sínodos. ¿En qué forma actúa el Papa en esas asambleas?

De muchas maneras. Pero destacaría una actividad: Juan Pablo II escucha. Durante esos días, el Papa oye con atención las intervenciones de los presentes. Y también reza – se nota – mientras escucha, y quiere a los que participan. Pienso que con frecuencia se olvida este aspecto de la actividad del Santo Padre: se habla sólo de sus escritos o de sus viajes,… Pero el Papa escucha, escucha mucho, se interesa sinceramente por las personas, por las naciones, por sus problemas y por sus alegrías, y reza por esas intenciones. Estoy seguro que durante los días de Sínodo acudió mucho a la “Virgen morenita”, gran protectora de América.

Los enfoques de solución ante el panorama americano, se concentraron con insistencia en la labor de la gente común, de los cristianos “comunes y corrientes” que son quienes están en las estructuras de la sociedad, y en los desafíos que retan el ámbito familiar.

¿Cuáles son los retos más grandes a los que se enfrenta la Iglesia en América, cara al próximo milenio?

Juan Pablo II, durante la homilía de la Misa que celebró el último día del Sínodo, señaló algunos de esos retos. Entre los temas que mencionó, recordaría su insistencia en la necesidad de una catequesis fiel al Evangelio y adecuada a las exigencias de los tiempos: todo lo que se refiere a la formación tiene gran trascendencia.

América es un continente con un gran patrimonio: sus gentes, sus recursos, su fe. En otros lugares del mundo, todavía no conocen a Jesucristo. Aquí la fe está arraigada y extendida. Pero hace falta profundizar: conocerla mejor, vivirla de forma más coherente, hacerla fructificar. Y, para lograrlo, la formación se convierte en una tarea clave. Esta es una obligación para todos los hijos de la Iglesia, aquí, en Europa, en Asia, en África y en Oceanía.

Periodísticamente, el Opus Dei, la institución de la Iglesia en la que usted hace cabeza, supone un fenómeno social sumamente interesante para cualquier periodista inquieto. Sabemos que esta institución de la Iglesia trabaja en varios países del continente americano. ¿Cuál es el papel del Opus Dei frente a las realidades afrontadas en el Sínodo?

El Opus Dei, como parte de la Iglesia, participa en los objetivos evangelizadores planteados en el Sínodo. Y desea sumarse plenamente a las conclusiones señaladas por el Santo Padre. En particular, los fieles del Opus Dei procurarán, unidos a los demás católicos, llevar esas conclusiones al extenso mundo del trabajo y de las profesiones. Como todos saben, los fieles del Opus Dei son cristianos corrientes que quieren santificar su trabajo profesional y su vida ordinaria.

El Opus Dei llegó a México en 1949, cuando Pedro Casiaro, sacerdote español, llegó al país para traer el mensaje que mons. Escrivá había recibido del cielo el 2 de octubre de 1928.
Sabemos que el fundador del Opus Dei, el beato Josemaría Escrivá, promovió el Opus Dei en México como el primer país de este continente americano. ¿Nos podría decir cuál fue el motivo de su elección?

En una elección de ese tipo concurren muchas circunstancias. Pienso que pesó mucho algunas cualidades de este país: la hospitalidad, la acogida cordial, la apertura ante un mensaje que era a la vez viejo y nuevo, la fe de los mexicanos.

Al informarse uno sobre los comienzos del Opus Dei en España, resulta que el fundador acudió a los pobres, a enfermos de hospitales de beneficencia, etc.,… Pero en México, ¿cómo comenzó el Opus Dei?

El Opus Dei, al estar constituido por comunes fieles cristianos, refleja la estructura social de los países donde está presente. México no es una excepción: pertenecen al Opus Dei mujeres y hombres campesinos, empresarios, profesores, empleados, etc. En el Opus Dei no se hace distinción de raza, nacionalidad, situación social, apellidos, títulos o estado de la cuenta corriente. Caben todos los que desean sinceramente vivir a fondo la vocación cristiana en su trabajo, cualquiera que sea.

Hay personas que entienden lo que es el Opus Dei. Otros, parece que no lo entienden tanto. ¿A qué se deben estas distintas apreciaciones?

Me parece un fenómeno del todo normal. Sería raro lo contrario: no conozco ninguna institución, ni tema, ni proyecto, que provoque opiniones unánimes. El Opus Dei es muy querido: es para mí una satisfacción percibir el aprecio de innumerables personas. Recibimos también, por supuesto, algunas críticas. Por nuestra parte, como los demás católicos, procuramos respetar a todos, sin distinción; y – me da alegría señalarlo – deseamos aprender también de todos.

Mons. Javier Echevarría fue elegido por unanimidad como sucesor de mons. Álvaro del Portillo, quien murió el 23 de marzo de 1994 y que fue el primer sucesor del fundador, Josemaría Escrivá, muerto en Roma el 26 de junio de 1975. En la personalidad de su predecesor, Mons. Alvaro del Portillo, como hijo de una mujer mexicana, ¿qué había de “mexicano” en su actuación, en su modo de ser o trabajar?

Más que un “rasgo mexicano”, pienso que se sentía mexicano. Era una herencia de la que estaba orgulloso. Los que convivíamos con él le oíamos recordar con gusto historias, canciones y oraciones mexicanas. Personalmente, pienso que eran muy “mexicanas” su alegría y su afabilidad: se estaba muy bien a su lado. Y, como detalle curioso y familiar, recordaba modos de decir de este país que usaba aquí, cuando vino, con espontaneidad.

La última pregunta: se le ve feliz… ¿Por qué se hizo del Opus Dei? ¿Cuál es su experiencia?

Su pregunta me evoca demasiadas cosas, y quizá demasiado personales. Me perdona si no me extiendo. Me incorporé al Opus Dei porque entendí que era el camino que Dios me había preparado, mi modo personal de vivir la vocación cristiana. Y mi experiencia,… ¡Me parece imposible resumirla! En síntesis: creo que no hay nada mejor que dedicar la vida a servir a Dios y a los demás, por el camino que el mismo Dios señala a cada uno; y que no basta una vida para pagar al Señor lo que nos da a cada uno de sus hijos.

El Opus Dei es la primera Prelatura Personal, una nueva figura jurídica dentro de la Iglesia, que abre a los cristianos amplios caminos para llegar a Dios forjando pilares de espiritualidad en el trabajo diario sea cual sea, sin importar la categoría, siempre y cuando sea un trabajo honesto.
Actualmente el Opus Dei trabaja en los cinco continentes. De los 82 mil miembros del Opus Dei en el mundo, la distribución por continentes es aproximadamente la siguiente: mil en Africa, 4 mil en Asia y Oceanía, 27 mil en América y 46 mil en Europa.

Juan Pablo II: un infatigable defensor de la verdad

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Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, aborda, entre otros temas, los veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, las raíces cristianas de Europa y la deseada paz en Tierra Santa. Entrevista de Paolo Cavallo publicada en “Il Secolo XIX” (Italia).

Opus Dei -

Elevado al honor de los altares el 6 de octubre del año pasado, el 26 de junio se celebra la fiesta canónica dedicada a San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Un santo de nuestros días, que ha querido la Obra como camino para dar sentido y dignidad al trabajo y a la vida cotidiana.

Su sucesor, monseñor Javier Echevarría, coordina la presencia y la actividad de la Obra en todo el mundo. Un “padre y madre” para centenares de miles de creyentes comprometidos en la andadura de ese camino de santificación cotidiana. Hombre cercano al Papa desde dentro de la Iglesia, en contacto con las personas clave del Vaticano, monseñor Echevarría es un testigo privilegiado de estos veinticinco años de pontificado de Juan Pablo II, de los desafíos que suponen para la Iglesia la paz, la dignidad del hombre y la salvaguardia de las raíces y de la cultura cristianas.

Veinticinco años de pontificado son veinticinco años de la historia del mundo. ¿Cuál es su juicio de la misión del Papa?

«La actividad del Papa es tan amplia, y su figura tan significativa a todos los niveles, que supera cualquier tipo de juicio. Juan Pablo II representa algo único en el actual momento histórico. Su autoridad moral es universalmente reconocida, su prestigio es tal que nadie puede ni siquiera fingir que ignora sus intervenciones a favor de la dignidad de la persona humana, del respeto de la vida, de la paz, de los pueblos pobres de nuestro planeta. El Papa ha mostrado de nuevo con los hechos, como sus predecesores, que es “el siervo de los siervos de Dios”, el infatigable defensor de la verdad, el abogado de todos los hombres y de todas las mujeres, en cuya dignidad cree con todas sus fuerzas. En realidad, en todo esto está en juego algo mucho más importante que el simple prestigio de su persona. En estos veinticinco años Juan Pablo II ha hecho presente a Cristo en nuestro tiempo, ha llevado a la humanidad a buscar en Jesús la respuesta a las preguntas de fondo sobre el sentido de la existencia humana. Éste es el motivo último de su autoridad».

Sin embargo, en realidad parece que se le sigue haciendo poco caso. ¿Por qué?

«Algunas intervenciones del Papa contrastan netamente con la mentalidad y la cultura dominantes y pueden parecer, por tanto, obligadas pero anacrónicas. Necesarias pero destinadas a sucumbir. Esta aparente asincronía no significa irrelevancia. Los maestros no se dejan encerrar en el tiempo. Estas intervenciones han de ser recibidas no según una óptica partidista, sino como actos de ejercicio del Magisterio. Indican una dirección que hay que seguir: una dirección difícil para todos, pero históricamente ineluctable, si de verdad queremos la salvación de nuestra civilización. Proponen valores sobre los que toda discusión ha de ser superada: la promoción de la paz, la defensa de la vida, la afirmación de la justicia, el ofrecimiento y la petición de perdón. Aquí está la dificultad: en la necesidad de no escoger uno para dejar el otro. El bien es indivisible».

Opus Dei -

¿El Opus Dei debe mucho a este Papa?

«El mensaje difundido por San Josemaría desde 1928, confirmado después por el Concilio Vaticano II, se muestra particularmente atractivo por el redescubrimiento de la extraordinaria belleza de la santidad cristiana, un ideal que hay que buscar y poner en práctica en todos los momentos de la vida: tanto en los de paz y serenidad como en los que se ven marcados por los problemas y por el dolor. Un ideal al alcance de todos. La vida ordinaria puede a veces parecer banal. Pero, si buscamos a Cristo, lo cotidiano se transforma en camino hacia Dios y hacia la felicidad. Estoy agradecido a todos los Papas, porque todos, desde Pío XII hasta hoy, han demostrado un gran afecto por el Opus Dei. Tenemos una particular deuda de gratitud con Juan Pablo II, porque durante su pontificado han tenido lugar algunos eventos de especial importancia para la historia de la Obra, como por ejemplo la canonización de San Josemaría».

¿Cómo secunda el Opus Dei el empeño del Papa? Por ejemplo, sobre la constitución europea y el reconocimiento de las raíces cristianas de Europa el Papa ha hecho oír su voz. ¿Cuál es el empeño de la Obra en este sentido?

«La misión y el empeño del Opus Dei es dar formación a los fieles de la Prelatura y a otras personas que lo deseen y lo pidan. Una formación espiritual coherente suscita la responsabilidad personal, el deseo de contribuir a la construcción de una sociedad más humana y más cristiana. Ignorar las raíces cristianas de Europa equivaldría a negar la misma realidad e historia europeas: es lo que ha puesto de relieve la Comisión de los Episcopados de la Unión Europea. En su labor, la Iglesia no persigue privilegios, sino que, por el contrario, procura situarse siempre en una dinámica de servicio y de apertura. Se trata de respetar la realidad, sin doblegarse a prejuicios anticlericales que pertenecen al pasado. De hecho, la cuna de Europa es el cristianismo. En este contexto, la Obra hace hincapié en la responsabilidad personal de cada uno, en particular de cada ciudadano cristiano, de contribuir a la evangelización de la cultura con el propio trabajo, con espíritu de iniciativa, yendo contra corriente si es necesario, abriendo caminos a las nuevas generaciones».

Pero parece que la Iglesia pretenda hegemonizar la Europa política…

«Junto al valor de la libertad, es preciso recordar también el del pluralismo. Nadie puede pensar que los católicos promueven un “modelo único” para Europa, ni en la vertiente cultural ni en la política. En el Viejo Continente conviven culturas que, a pesar de sus comunes raíces cristianas, son muy diversas entre sí, pero que nadie pretende uniformar. Respeto de la realidad y respeto de la historia, en definitiva, en un clima de libertad y pluralismo».

El valor de la libertad comunica con el de la paz. ¿Se podrá un día vivir en paz en Palestina?

«En Tierra Santa se combate por una tierra… Ésta es la verdad. Se combate por una cuestión de justicia. Entre palestinos e israelíes hay hombres y mujeres capaces de convivir fraternalmente. La paz es una bendición del cielo que necesita en la tierra hombres y mujeres de buena voluntad. Hay que construir la paz. La paz es un empeño humano. La paz auténtica, inseparable de la justicia, procede de una cordial comprensión entre las personas. Y esto requiere la buena disposición de comprender y perdonar, además del empeño de conocerse y estimarse. San Josemaría non se cansaba de repetir que sólo de la paz en las conciencias puede nacer la paz en los pueblos y entre los pueblos. Y añadía que la violencia no sirve nunca ni para vencer ni para convencer. Quien la usa sale siempre derrotado».

Opus Dei -

Muchas veces las guerras tienen su origen en situaciones dramáticas de pobreza, como sucede en África. El continente africano necesita ayuda. ¿El Opus Dei se ha comprometido a hacer algo por quienes en África se encuentran en una situación de mayor pobreza?

«Cuando el Papa hizo pública, el año pasado, su intención de canonizar a San Josemaría, se constituyó un comité organizador que, entre otras cosas, promovió la creación de un fondo de solidaridad con África a partir de donativos de los participantes en la canonización. Nacía así el proyecto Harambee 2002. En la constitución del fondo han participado, hasta ahora, varios entes e instituciones, junto a más de cien mil personas, en su mayor parte con pequeñas aportaciones. Los fondos recaudados servirán para ayudar a dieciocho proyectos educativos en el África subsahariana. Entre éstos se encuentra un centro para la reinserción social de niños obligados a combatir durante la guerra civil en Sierra Leona. Es sólo una gota en un mar de necesidades. Pero el Proyecto Harambee 2002 ha servido para canalizar, en el momento de la canonización, la natural alegría de quien ha recibido muchas gracias a través de San Josemaría hacia el deseo de recordar a quienes se encuentran en dificultad. Porque la vida está hecha de esto: alegría y dolor, salud y enfermedad, fuerza y debilidad. Viviremos siempre entre luces y sombras. Lo importante es poner la vida al servicio de los demás».

Testigo del Amor

Juan Pablo II  Tagged , , , , , No Comments »

«Juan Pablo II es un testigo creíble del Amor». Así definía el Prelado del Opus Dei al Santo Padre con motivo de su visita a España, hace ahora un año. Ofrecemos el artículo que Mons. Echevarría publicó entonces en “La Vanguardia” y una selección de frases pronunciadas por el Papa.

Opus Dei -

Hemos de agradecer a Juan, el joven discípulo de Jesús, que nos haya relatado al final de su evangelio el diálogo comprometedor entre Cristo resucitado y Pedro, que tiene lugar a orillas del lago Tiberíades, después de la pesca milagrosa. El Señor enciende un fuego y prepara un poco de pescado y de pan para esos siete discípulos suyos que han pasado la noche en la barca, dedicados a la dura faena de la pesca. Luego lleva aparte a Pedro y por tres veces le pregunta si le ama más que los otros. Simón contesta a las dos primeras interrogaciones diciendo simplemente que le ama. En la tercera ocasión, se entristece un poco y completa su respuesta: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”. A la confesión de amor responde Jesús encomendando a Pedro la misión de cuidar a los suyos.

Desde ese momento y hasta el final de la historia, la misión de los sucesores de Pedro ha quedado ligada a la gran paradoja de la existencia humana: nos sabemos portadores de las más altas aspiraciones y a la vez experimentamos nuestra personal pequeñez y debilidad. El Hijo de Dios ha pedido a Pedro por tres veces una confesión de Amor, porque sólo mediante ese Amor al Maestro los sucesores del pescador de Galilea podrán servir y confirmar a sus hermanos.

El quinto viaje de Juan Pablo II a España me lleva a evocar estas páginas del evangelio de Juan. En nuestra época, donde un gran progreso tecnológico contrasta con profundas dudas ante el misterio del ser humano, Juan Pablo II no deja de iluminar la dimensión más radical de nuestro existir: la vocación al Amor. Escribo esta palabra con mayúscula no sólo porque comprende principalmente el Amor de Dios, sino también para resaltar su grandeza en todas sus nobles manifestaciones.

Testigo creíble
Algunas personas han expresado su dificultad para comprender la coherencia entre los diversos registros de la palabra de Juan Pablo II. En ciertos casos, han percibido como divergentes estos dos aspectos: sus enseñanzas diáfanas sobre la natalidad, el aborto, la eutanasia y el respeto a la vida; y por otro lado sus fuertes llamadas a la justicia y a la solidaridad social. Sin embargo, la vida y la palabra del Papa revelan una profunda coherencia que yo resumiría con brevedad: Juan Pablo II es un testigo creíble del Amor.

Dios nos ha concedido un sucesor de Pedro que, también con su experiencia sacerdotal y con su vocación de literato y filósofo, ha ayudado a comprender mejor la grandeza de la llamada divina al Amor. En un clima de desconfianza y de temor, nos ha invitado a cruzar el umbral de la esperanza y a cultivar –con la ayuda divina– una caridad generosa, limpia, gratuita. Ha puesto de relieve la grandeza de la unión matrimonial, como un don concedido por Dios para el Amor y la transmisión de la vida; ha iluminado –sin temores nacidos de un falso espiritualismo– el carácter esponsal del cuerpo humano; y, desde su vivencia de la paternidad espiritual, ha mostrado tanto la belleza del matrimonio como la fecundidad espléndida del celibato, acogido libremente como don de Dios.

Opus Dei -

En la Jornada Mundial de la Juventud del Gran Jubileo del Año 2000, fuimos testigos de la respuesta positiva de innumerables jóvenes a un Papa, ya anciano, que afirmaba la existencia humana como ser-para-la-Vida, en lugar del nihilismo de un ser-para-la-muerte; que les hablaba con persuasivo convencimiento del amor generoso que lleva al sacrificio del propio yo.

Pienso que este hilo conductor explica por qué el Papa ha cuidado tanto a las familias y por qué las considera base del progreso verdaderamente humano. No hay un cambio de registro cuando Juan Pablo II afronta otra dimensión fundamental de nuestra existencia: el trabajo. También aquí lo más importante apunta al crecimiento de la persona mediante una actividad profesional al servicio de los demás. Quedarse en los meros aspectos económicos conduce a empequeñecer al individuo, a reducirlo a un engranaje del proceso productivo. Muchas veces es necesario atreverse a cambiar ciertas estructuras, que pueden parecer prácticas, o pragmáticas, pero que coartan el libre desarrollo de las personas. Bien lo entendía el poeta catalán Joan Maragall: “Esfuérzate en tu quehacer / como si de cada detalle que pienses, / de cada palabra que digas, / de cada pieza que pongas, / de cada golpe de martillo que des, / dependiese la salvación de la humanidad / porque en efecto depende, créelo”.

Resuena la misma vocación al Amor cuando Juan Pablo II quiere saludar a cada persona que se le acerca, cuando sonríe al tomar en sus brazos y bendecir a un niño pequeño, cuando juega con el bastón o canta en sus encuentros con gente joven, buscando el diálogo con cada uno, aun siendo muchos millares. Por eso, su tono se hace particularmente serio al defender los derechos del hombre, al dar voz a los más débiles, como es el caso de muchos países africanos que se sienten abandonados. Su insistencia en hablar del hombre no como algo general o colectivo, sino en su singularidad irrepetible, ha contribuido a que nos percatemos de que, en rigor, las criaturas humanas no se pueden numerar: cada una tiene una dignidad y un valor inconmensurables.

Defender el Amor

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Su constancia al recordar el deber moral de agotar con rectitud todos los medios posibles para resolver de modo pacífico los conflictos refleja igualmente su amor sin discriminaciones de ningún género. Por eso no deja de recordar aspectos de hondo calado: los dolores físicos y morales de la población civil, los resentimientos que agrían los corazones, las barreras que impiden la fraternidad. Si en ocasiones no se logra evitar el conflicto bélico, que es siempre una “derrota de la humanidad” (Discurso al Cuerpo diplomático, 13/01/2003), eso no significa que la palabra del Papa haya sido inútil. Quiere decir más bien que quizá no hemos buscado suficientemente la paz, en todas sus manifestaciones: la paz en las conciencias, en las familias, en el trabajo, en la vida pública.

Quisiera resaltar, por último, que Juan Pablo II defiende el Amor contra el más poderoso enemigo: el yo de cada uno, cuando se deja arrastrar por la debilidad y por el egoísmo. El Santo Padre logra entusiasmar, suscita decisiones profundas, facilita que los jóvenes descubran su vocación cristiana, porque su testimonio está respaldado por su vida, por su desgaste físico diario.

Desde hace 25 años es un testigo itinerante y creíble del Amor de Dios a cada ser humano. Más todavía en estos momentos, cuando su debilidad corporal permite ver mejor la fuerza de ese Amor divino en su vida. Muchas personas se remueven, especialmente en estos últimos tiempos, ante su entrega incondicional, que no es más que la intensificación de lo que viene practicando a lo largo de su pontificado: no se ahorra ningún esfuerzo, no se perdona ningún sacrificio. Si se emplean sólo criterios de eficacia no se pueden entender estas cosas de Dios.

La primera comunidad cristiana de Jerusalén ponía a los enfermos junto al camino de Pedro, para que al menos su sombra les tocase y quedasen curados. Pido a Dios que la sombra del paso de Juan Pablo II nos cure de nuestras dolencias y que sepamos aprender de este testigo creíble del Amor de Dios.

JAVIER ECHEVARRÍA, prelado del Opus Dei.

El prelado del Opus Dei viaja a Bari

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En 1954, san Josemaría rezó ante la tumba de san Nicolás, en Bari, para pedirle por la solución de los gravísimos problemas económicos que tenía que afrontar en aquel momento. Cincuenta años después, el actual prelado del Opus Dei ha querido volver a Bari.

Opus Dei -

La primera etapa del viaje de mons. Javier Echevarría fue la basílica de San Nicolás de Bari. Arrodillado ante la tumba del santo, rezó por las necesidades de la Iglesia y del Opus Dei en todo el mundo. Luego, en la Cripta, pudo saludar al rector de la basílica.

El mismo día, 13 de mayo, el Prelado estuvo en la Residencia Universitaria Levante, donde le esperaban un centenar de estudiantes. Les dirigió unas palabras y respondió a sus preguntas en una reunión que duró unos cuarenta minutos. En un cierto momento les habló de Juan Pablo II: “Os pido una oración particular por el Papa. Supongo que os habréis acordado que hoy es el aniversario del atentado que sufrió en 1981”. Recordó las palabras de perdón que pronunció el Papa en cuanto le fue posible: “perdono de corazón a este hermano que ha atentado contra mi vida”. No faltó un intermezzo musical: un estudiante de ingeniería, alumno también del conservatorio, interpretó magistralmente con su flauta una pieza de Mozart.

Mons. Javier Echevarría repitió en diversos momentos que había viajado a Bari para estar con sus hijos y con los amigos de sus hijos. Se trataba, por lo tanto, de una visita familiar y no de carácter oficial.

Al día siguiente, 14 de mayo, mons. Javier Echevarría estuvo por la mañana con el arzobispo, mons. Francesco Cacucci, y a continuación se dirigió al colegio Miralta, donde fue recibido calurosamente por alumnas, profesoras y personal no docente. Tuvo con personas relacionadas con la escuela una conversación familiar sobre temas educativos y apostólicos. Por la tarde, también en Miralta, estuvo de nuevo reunido, durante alrededor de una hora, con casi mil personas que le hicieron partícipe de diferentes historias e inquitudes y le dirigieron algunas preguntas. Referimos dos de ellas:

-Padre, ¿qué hacer para afrontar las dificultades?
-Si lees el Evangelio con calma, descubrirás que somos íntimos de Dios, hijos de Dios. Cristo, aun cuando está cansado, no se ahorra ningún esfuerzo por un alma. Si nosotros intentamos afrontar las dificultades con alegría, si buscamos aportar caridad, afecto, a todas las personas, veréis que a vuestro alrededor habrá mucha más paz, porque la tendréis en el corazón.

Opus Dei -

-Padre, estoy casada y el viernes próximo se cumplirá el sexto año de nuestro matrimonio.
-Felicidades.
-Gracias, Padre. ¿Qué puedo hacer para poner en la relación con Dios el mismo entusiasmo, la misma entrega, alegría y cuidado que me gusta tener con mi marido?
-Debes cuidar siempre más de tu marido, con más alegría, con más amabilidad, porque este amor que tienes hacia a él, y que él tiene por ti, es oración ante Dios. Por lo tanto, tienes que “cuidarlo”, para que se mantenga joven, y tú intenta también ser cada día más guapa por él, sabiendo sonreír como cuando erais novios, peinándote como sabes que le gusta a él, haciendo el plan que sabes que le gusta… Y después debéis saber que la Persona más importante en vuestra vida es Dios. Estadle muy cercano”.

El prelado del Opus Dei tuvo otros encuentros esa misma jornada, y al día siguiente, 15 de mayo, partió hacia Roma.

Homilía completa de la Jornada Mariana de la Familia.

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Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

Queridísimas familias:

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí –en “la casa de la Virgen” y envueltos en el entrañable recuerdo de san Josemaría Escrivá de Balaguer– como testigos del Evangelio de la familia y de la vida.

Estamos aquí con la gracia del Espíritu Santo para glorificar a Dios Padre por medio de Cristo, que renueva en la Santa Misa su Sacrificio redentor. Él es el Señor del cielo y de la tierra y actúa sin cesar en la historia humana por medio de la Iglesia, de la que formamos parte. En el salmo responsorial hemos ensalzado al Señor, con palabras de María, por sus “grandezas” en favor de los hombres . La mayor de todas ellas es, ciertamente, la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo, que se hace realmente presente en la Eucaristía: sacramento de su Cuerpo y su Sangre, que se nos dan como pan de vida y bebida de salvación “para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”; es decir, para que en medio del mundo “lleguemos a ser santos y fermento eficaz de santidad”.

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también “sacramentum magnum” : signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que “en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer –relación recíproca y total, única e indivisible– responde al proyecto primitivo de Dios”; un proyecto a menudo “ofuscado en la historia por la ‘dureza de corazón’, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’” para bien de la criatura.

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de “proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia” , tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues “son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia”, y que a veces llegan a desvirtuar “la idea misma de la familia” .

No se trata de lamentarse. Pero –como han puntualizado expresamente Juan Pablo II y los Obispos de España– bien a la vista están los signos de ese oscurecimiento de la dignidad del hombre y de la santidad del matrimonio en las conciencias de tantos conciudadanos nuestros.

Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: “la familia cristiana, esperanza del mundo”.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

No nos sentimos los cristianos mejores que los otros, ni más virtuosos. Pero –hoy, como siempre– estamos llamados por la gracia de Dios a ser sal y luz del mundo, fermento de la sociedad y, por tanto, a revitalizar con el amor y la verdad de Cristo los ambientes culturales y sociales. El Señor nos urge día a día a ser ejemplo para muchos que vacilan, a mostrarles la belleza y el atractivo de nuestra fe, el sentido divino del amor humano y, en consecuencia, del matrimonio fiel e indisoluble, la grandeza de la vocación matrimonial como camino de santidad, el gozo de la maternidad y de la paternidad como participación en la paternidad y maternidad de Dios, mediante las que Él enriquece y hace crecer a la familia humana. Y cuando Dios no envía hijos a un matrimonio que los desea vivamente, éste es otro modo de bendecir, para que estén especialmente abiertos a una paternidad y maternidad espiritual muy amplia.

No es éste –decía– momento para las lamentaciones, sino para la afirmación gozosa de la fe, para un compromiso apostólico constante y rebosante de optimismo. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, hemos escuchado en la primera Lectura. Esta profecía de Zacarías, que anuncia la salvación del género humano, se cumplió en un recóndito hogar de Nazaret, iluminado por Cristo y por la vida santamente ordinaria de María y de José. Y Él convirtió ese hogar –su hogar en la tierra– en modelo para todas las familias de todos los tiempos. Modelo de amor fiel, casto y fecundo, con una fecundidad espiritual que se extiende a todas las generaciones. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, repite hoy el Señor, recordándonos que quiere “habitar” también en nosotros y en todos los hogares para extender su misericordia a los fieles “de generación en generación” .

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas . Secundad la “luminaria de la fe y del Amor” , que nos habilita para dartestimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida –no tengáis miedo a la llegada de otros hijos-; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad… Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades –casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor– que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera “iglesia doméstica”: en cauce de santidad y apostolado.

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones:“A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios”.

Y, en otra ocasión, a un padre de familia le aconsejaba: “quiere mucho a tu mujer, con toda el alma: procura educar bien a los hijos; procura trabajar para ellos, por agradar a Dios y por hacer un bien a la Patria. Si lo haces así, merecerás ser llamado hombre leal y hombre cristiano. No hay ninguna contradicción entre esos dos deberes, porque se funden en uno solo, como se unen los distintos cabos de una cuerda que, entrelazados, forman una maroma”.

”¿De dónde a mi tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?”. Sí, queridos hermanos y hermanas e hijos míos, también nosotros, como santa Isabel, debemos admirarnos de que Nuestra Madre nos traiga a su Hijo. Porque a pesar de nuestras debilidades, errores y pecados, El ha bajado al mundo para salvarnos, “para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” de modo que “ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

Nuestra herencia es Cristo mismo y el Reino de santidad y de gracia que Él instauró con su venida al mundo. Abocados a las fuentes de esa gracia –especialmente, los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, junto a la oración–, y esforzándonos por adquirir la formación necesaria para “dar razón de nuestra esperanza”, cada uno de vuestros hogares vendrá a ser foco irradiador de caridad, de verdad y de paz en medio del mundo; cuna de hijos de Dios; semillero de vocaciones para el seguimiento de Cristo y para el servicio de la Iglesia en el celibato apostólico; tronco de nuevas familias cristianas que transmitan la vida y la fe a nuevas generaciones.

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una “descarada carga apostólica”, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.

Recemos y hagamos rezar por estos aspectos esenciales del amor humano, el matrimonio y la familia. A la vez, cada uno también debe considerar cómo puede influir positivamente en el ambiente en que se mueve mediante un apostolado capilar de amistad y confidencia –¡es otro modo de rezar!–; y, además difundamos ideas positivas, claras en la doctrina, y siempre serenas, con respeto a las personas que piensen de modo distinto porque la firmeza no está reñida con la caridad.

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, “comunidad de vida y de amor”, es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta –no deben ignorarlos– los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.

Terminamos invocando de nuevo a la Virgen Santa de Torreciudad. Sub tumm præsidium confúgimus… “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades”. Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar –muy unidos al Papa y todos los Pastores de la Iglesia– la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu seno.
ASI SEA.

El Prelado invita en Las Palmas a recibir “el abrazo de Dios” en la confesión

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En su visita a Las Palmas de Gran Canaria, Mons. Javier Echevarría recordó el valor ejemplar “del trabajo bien hecho” y la responsabilidad de construir “una sociedad que tenga en cuenta a los más necesitados”. Se ofrece información del viaje, a partir de un artículo publicado en ‘La Provincia’.

Opus Dei - El Prelado, charlando con quienes acudieron al colegio Guaydil.

El Prelado, charlando con quienes acudieron al colegio Guaydil.

En un ambiente familiar, el obispo Javier Echevarría habló a dos mil personas reunidas en el colegio Guaydil, de Tafira Baja, y con las que dialogó por espacio de una hora. Preguntas y respuestas sobre vida cristiana, que el prelado contestó con abundantes ejemplos y anécdotas.

La responsabilidad para ejercitar los propios deberes y derechos, “la necesidad de ser buenos ciudadanos y buenos cristianos”, o”la conveniencia de colaborar en un clima social de comprensión”, fueron algunos de los puntos destacados por el prelado, en la que ha sido su primera visita a Canarias.

Monseñor Echevarría pidió también “coherencia” para manifestar la fe en la conducta, “preocupándoos de la educación de los jóvenes: poned la semilla para las generaciones futuras”, dijo.

El sacramento de la Reconciliación: “un abrazo de Dios”

En otro momento, hizo hincapié en que “somos piedras vivas de la Iglesia, que procuran difundir el respeto a la dignidad humana, y que trabajan con sentido de responsabilidad”. Exhortó a vivir los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, “ese abrazo de Dios que nos llena de su paz y alegría”.
Opus Dei - Nacaray pregunta a Mons. Echevarría.

Nacaray pregunta a Mons. Echevarría.

Según sus palabras, esa coherencia“os llevará a ser ejemplares ante los miles de turistas que llegan a las islas afortunadas, para que aprendan de vuestro sentido cristiano”.

Animó también a “vivir y defender el pudor, contribuyendo a crear y difundir una moda que respete la dignidad, protestando ante imposiciones que no respeten los valores de una auténtica belleza”.

En su visita al Archipiélago, además de entrevistarse con los obispos de Tenerife y Canarias, ha mantenido numerosos encuentros con familias, fieles y Cooperadores de la Prelatura, en Tenerife y Las Palmas.

Un ambiente canario

Desde numerosos lugares de la isla, como Las Palmas, Telde, Arucas, Galdar, Guía o el sur, llegaron vecinos para escuchar al segundo sucesor de san Josemaría Escrivá. Un sacerdote que habló en un estrado adornado con buganvillas, calanchoes, próteas, gerberas y azucenas, y un repostero con una antigua representación de Las Palmas. Antes recibió el obsequio de las becas de los colegios Garoé y Guaydil, un cuchillo canario como los que usan los hombres del campo para cortar los racimos de plátano y una canción ofrecida por las alumnas de 1º y 2º de Primaria, ‘Un barquito de cáscara de nuez’.

Monseñor Echevarría escuchó, entre otras muchas, la pregunta de Nacaray, 11 años, de Schaman, enferma de epifisiolisis, y la de Rosa ‘la rusa’, que se convirtió al catolicismo recientemente. En las respuestas, un denominador común: “Haz lo que puedas y está en lo que haces, y no olvides que lo pequeño rebosa trascendencia si lo ofreces a Dios, que está siempre a tu lado”.

Prólogo del autor

GETSEMANÍ  Tagged , , , , , , No Comments »

Getsemaní. Horas de amargura humana para Jesús; horas de paz inefable en el hondón de su espíritu, porque cumple la Voluntad santa de su Padre. Unas horas éstas, las de la oración de Jesús en el Huerto, que llegan muy al fondo del alma del cristiano. El Maestro quiso rezar con los hombres y por los hombres en el momento culminante de su entrega a la obra redentora.

Opus Dei - Portada del libro.

Al sentirnos un personaje más en el Evangelio, como aconsejaba San Josemaría, detengámonos con sosiego en este pasaje, que nos muestra la fuerza divina del amor de Jesús a sus hermanos los hombres y, a la vez, hasta qué extremos asumió nuestra flaqueza y nuestra debilidad. Por eso, lo que haremos es sencillamente mirar a Jesús en Getsemaní y, en el trasfondo, a los Apóstoles. Cada detalle de esa noche memorable nos afecta: hemos de vernos en ese trance, para agradecer la bondad de Dios, para afrontar personalmente la Pasión y Muerte del Redentor y profundizar en este misterio. Así aprenderemos a amar y a rectificar nuestra vida. Vamos a proceder como Teresa de Jesús, que, al contemplar la vida de Cristo, hallábase mejor adonde le veía más «solo y afligido». «En especial —nos dice— me hallaba muy bien en la oración del Huerto. Allí era mi acompañarle. Pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido… Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor… Muchos años, las más noches antes que me durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto… Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era…» .

Vaya por delante esta doctrina clara: todos podemos rezar; con más exactitud, todos debemos rezar, porque hemos venido al mundo para amar a Dios, alabarle, servirle y luego, en la otra vida —aquí estamos de paso—, gozarle eternamente. ¿Y qué es rezar? Sencillamente, hablar con Dios, mediante oraciones vocales o en la meditación. No cabe la excusa de que no sabemos o nos cansamos. Hablar con Dios, para aprender de Él, consiste en mirarle, en contarle nuestra vida —trabajo, alegrías, penas, cansancios, reacciones, tentaciones—; si le escuchamos, oiremos que nos sugiere: deja aquello, sé más cordial, trabaja mejor, sirve a los demás, no pienses mal de nadie, habla con sinceridad y con educación… No despreciemos el tesoro de la oración, porque se ama como se reza, y se reza como se ama. De seguro que, al contemplar al Maestro en Getsemaní, se abrirá paso en nuestra mente la necesidad de orar, también cuando no resulta fácil.

La «agonía» de Getsemaní, como llama San Lucas al trance que vivió Jesús en aquel evento salvífico, posee una fuerza extraordinaria de interrogación: «Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

»Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,… fiat!».

Dispongámonos a recorrer paso a paso y palabra por palabra esos relatos evangélicos, y a desagraviar por las deficiencias de los hombres que allí se hacen patentes. Metidos en el Evangelio entenderemos que Jesús nos convoca, como a los discípulos, a la oración y nos fijaremos en la actitud que tuvieron, con el deseo sincero de que no se repita de nuestra parte aquella falta de atención y de solicitud por quien tanto nos ama.

Éste es el misterio: la Redención se ha cumplido ya —semel pro semper: de una vez por todas y para siempre— en la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor; pero se va realizando en las almas cada día, día a día. Y los cristianos —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, intelectuales y trabajadores manuales, solteros y casados— somos apóstoles: pero no apóstoles dormidos sino bien despiertos, portadores de Cristo, para conocerle y darle a conocer.


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