Confesión de un hijo de Dios

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Capítulo “San Josemaría Escrivá de Balaguer” del libro “Contemplativos”, escrito por José Asenjo Sedano

Cuando en junio de 1975 los periódicos traían la noticia del fallecimiento, en Roma, de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, nada significó esa noticia para mi. En nada me afectó. La muerte de Escrivá de Balaguer era un suceso de los muchos que se cuentan a diario, un comentario sensacionalista quizá. Lo que yo sabía del Opus Dei, como mucha gente, se refería a algo enigmático, una asociación especial poderosa e influyente, lejos de mi persona. Por lo que, como digo, no cambió mi cotidianidad para nada. ¿O sí?

Sin embargo, estando en Cádiz, un día pasé por una librería, mi parada habitual, y descubrí un librito de edición frágil, con un dibujo a color en la portada de la Sagrada Familia, el título, “Camino”. Me interesé por él, no sé por qué. El libro llevaba la firma de José María Escrivá de Balaguer, sacerdote discutido. Quizá por eso lo adquirí, pero no recuerdo si llegué a leerlo. Bastantes años antes, siendo muy joven, en Guadix, mi pueblo, un pariente nuestro, estudiante universitario de Químicas, venido de Granada, miembro del Opus Dei por los años cincuenta, quizá antes, me dio una estampa de Isidoro Zorzano, un ingeniero argentino en proceso de beatificación del que me habló con encomio.. Estampa que guardé sin más entre mis libros. O quizá le encomendara alguna cosa. Ahora no lo se. Estos son mis antecedentes, si pueden llamarse así, relacionados con la Obra, escasamente conocida en mis ámbitos. Una estampa y un libro. Dos hallazgos, como digo, sin importancia, como hojas que el viento se llena en su vuelo. Eso es lo que yo creía.

Pasaría el tiempo y, un 26 de junio como aquel de 1975, esta vez de 1983, fallecería mi madre en Guadix, lugar del que apenas había salido en su vida, salvo viajes esporádicos a Granada o Almería. Padres de diez hijos sacados adelante en tiempos difíciles, años de la posguerra, mi madre era mujer religiosa y sacrificada, siempre vestida de negro, ¡tantos sus familiares muertos! Valiente y tenaz en tiempo de guerra y en tiempo de paz, tuvo que habérselas pronto con un hijo, Paco, mi siguiente, con una esclerosis en placas que lo convirtió en un inválido prematuro, un producto quizá de la penuria, años atado a su cruz, siempre orante, mi primer contemplativo conocido en una casa de muchos niños y jaleo, escolar inteligente, que moriría joven, para mi, en loor de santidad. Le visitaban algunos sacerdotes atraídos por sus largas conversaciones sobre la misericordia divina, su tema favorito. No fue fácil su cruz con hechura de silla. Mi madre fue su consuelo permanente, siempre a su lado. Paco conoció con antelación el día de su fallecimiento, que sólo a mi madre reveló. Niño revoltoso ávido de juegos, al final de su vida se entregó por completo a la voluntad de Dios, su única esperanza. Y en manos de Dios falleció… Estos dos hechos, la muerte de mi hermano y la muerte de mi madre siempre con el rosario en la mano, marcarían mi vida con fuego indeleble. Siempre he tenido la certeza de que ambos han tenido mucho que ver con mi vocación al Opus Dei. Ellos desde el cielo, y aquellas dos semillas insignificantes en apariencia, (la estampa de Isidoro de una tarde de verano, y la adquisición del libro de “Camino”, otra tarde de Cádiz), marcarían los tiempos de mi vida futura, estoy seguro. Una mano oculta iba tejiendo, pese a nosotros, la urdimbre de un tapiz, nuestra vida cara a Dios.

Juventud

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

El fundador del Opus Dei nació el 9 de enero de 1902. Era hijo de José Escrivá, un joven comerciante de 33 años y Dolores Albás, de 23. Los Escrivá se casaron en 1898 y un año después nació la primogénita, María del Carmen. Al segundo hijo le pusieron cuatro nombres: José por su padre, María, por devoción a la Virgen María, Julián, por ser el santo del día en que fue bautizado, y Mariano, en honor a su padrino. Alrededor de 1935 y en consonancia con esa devoción a la Virgen que le inculcaron de pequeño, Escrivá unió los dos primeros nombres en uno solo –Josemaría–, pero de joven y durante sus primeros años de sacerdocio firmaba como José María Escrivá[1].

La familia Escrivá provenía de Barbastro (Huesca), población de unos 7.500 habitantes situada en las estribaciones de los Pirineos, a unos 70 kilómetros de la frontera francesa. Era el centro comercial de una zona eminentemente agrícola. Barbastro no tenía grandes industrias y los distintos negocios familiares prosperaban o caían, dependiendo de lo que ocurriera con las explotaciones agrícolas de la comarca. La ciudad no contaba, por tanto, con una clase alta y los miembros más destacados de la sociedad eran comerciantes y pequeños industriales de clase media.

Don José era socio de un comercio de tejidos y de una pequeña fábrica de chocolates. La familia vivía en un piso cuyos balcones daban a la calle principal del pueblo. Como era habitual en las familias acomodadas de esa época, los Escrivá contaban con cocinera, doncella, niñera y un mozo que iba algunas horas a ayudar en las tareas domésticas.

El único suceso de cierta importancia en la infancia de Escrivá fue la grave enfermedad padecida cuando tenía dos años. Por aquel entonces no había antibióticos y las infecciones eran con frecuencia fatales, de suerte que una tarde el médico de familia que atendía al pequeño predijo que no sobreviviría a esa noche. Su madre encomendó su curación a la Virgen, prometiendo que si sanaba iría con él en peregrinación a la cercana ermita de Torreciudad. A la mañana siguiente, cuando el médico se acercó a la casa de los Escrivá a preguntar la hora del fallecimiento, se encontró a la criatura totalmente recuperada dando brincos en la cuna.

Tal y como se desprende de la reacción de su madre ante la enfermedad del pequeño, los Escrivá eran fervientes católicos, y la devoción a la Virgen María tuvo siempre un papel importante en sus vidas. Aparte de asistir a Misa los domingos, la familia rezaba con frecuencia el Rosario en casa y los sábados por la tarde se acercaban a una iglesia próxima a recitar la Salve en honor de la Madre de Dios. Sus vidas estaban profundamente marcadas por la fe cristiana, plasmada con naturalidad en los quehaceres cotidianos. Por ejemplo, cuando el joven Escrivá mostraba alguna vez su timidez, la madre le decía: “Josémaría, vergüenza sólo para pecar”[2]. De todas formas, no sería ni mucho menos acertado concluir que los Escrivá pertenecieran a ese tipo de gente que mataba inútilmente las horas comentando los últimos chismorreos eclesiásticos como si fueran beatos. Se trataba más bien de una familia que, pasados los años, el propio Escrivá describiría como “gente que practicaba y vivía su fe”[3].

En el hogar de sus padres, el joven Josemaría aprendió las primeras oraciones que luego repetiría y enseñaría a otros a lo largo de su vida, como por ejemplo: “Tuyo soy, para Ti nací. Jesús ¿qué quieres de mí?” o “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿que será de mí? Ángel de la Guarda, ruega a Dios por mí”.

Cuando cumplió seis años, su madre le llevó a su confesor para que recibiera el sacramento de la penitencia por primera vez. Escrivá siempre mostró un gran amor y veneración a este sacramento y le gustaba recordar su primera confesión. Al terminar, el sacerdote le impuso como penitencia pedir a sus padres que le hicieran un huevo frito. Al volver a casa, doña Dolores supuso que el sacerdote le habría mandado recitar unos cuantos padrenuestros y avemarías y le preguntó si necesitaba ayuda para cumplir la penitencia. El pequeño le contó a su madre cuál había sido la penitencia impuesta y le aseguró que era capaz de cumplirla él solo… A partir de esa fecha, Escrivá se confesó de forma regular durante toda su vida y siempre afirmó que el sacramento de la penitencia, lejos de ser una experiencia traumática, como algunos sostienen, fue para él una fuente de paz y serenidad.

La infancia de Escrivá fue la de un niño feliz. La familia iba creciendo poco a poco: María Asunción nació en 1905 y María Dolores en 1907; dos años más tarde vino al mundo su hermana María del Rosario. Los negocios de don José prosperaban y la familia disfrutaba de una vida tranquila. El joven Escrivá sentía una gran admiración por su padre y disfrutaba yendo a pasear por los alrededores de Barbastro. Su padre se interesaba vivamente por todo lo relacionado con su hijo, los éxitos y fracasos de un niño, sus alegrías y tristezas. Sus padres siempre le dieron mucha libertad al tiempo que, lógicamente, estaban pendientes de lo que hacía, pues nunca descuidaron la educación de la prole. En el colegio, Escrivá destacó en dibujo y literatura, y pronto comenzó a disfrutar de los clásicos de la literatura española, un gusto que conservó toda su vida. Siendo apenas un muchacho, leyó el Quijote por primera vez en unos tomos llenos de ilustraciones que su padre guardaba en la biblioteca familiar.

Pero la alegría de los primeros años duraría bien poco. Su hermana más pequeña, Rosario, murió en 1910 con apenas nueve meses. Dos años después le seguiría a la tumba María de los Dolores a la edad de cinco años. Esas muertes entristecieron enormemente a Josemaría que no podía entender cómo un Dios bondadoso permitía que sus hermanas murieran tan niñas. Un buen día, cuando sus dos hermanas y unos amigos estaban construyendo un castillo de naipes, Escrivá entró en la habitación y de un manotazo echó abajo las cartas. Al preguntarle enfadadas el porqué de su actuación contestó que eso mismo era lo que hacía Dios con las personas: se construye un castillo y, cuando está casi terminado, Dios lo tira.

El dolor de Escrivá aumentó aún más –si cabe– en 1913 al ponerse gravemente enferma su hermana Asunción. Una tarde al regresar a casa preguntó a su madre cómo estaba evolucionando la enfermedad de su hermana; doña Dolores le contestó: “Ya está bien, ya está en el cielo”[4]. Pese a la fe y confianza en Dios con que sus padres aceptaron este nuevo y terrible golpe, la serie de muertes, una tras otra, dejó una huella tan profunda en la mente del pequeño Josemaría que llegó a comentar a su madre que el próximo año le tocaría a él. Dejó de decirlo al darse cuenta de que ella se entristecía mucho al oírlo. “No te preocupes –le decía doña Dolores– que tú estás ofrecido a la Virgen y ella te cuidará”.

Por si esto no fuera poco, al año siguiente, los Escrivá sufrieron un nuevo y serio contratiempo: la quiebra del negocio familiar. Los años previos a la Primera Guerra Mundial fueron especialmente difíciles para Aragón y en concreto para Barbastro. El comercio de la ciudad dependía en gran medida de la agricultura, y, cuando las cosechas no eran buenas, surgían dificultades y problemas de todo tipo, pues en la zona no había bancos importantes que concedieran a las pequeñas empresas los créditos necesarios para salir de apuros durante los años de depresión. Entre 1907 y 1914, el número de tiendas de tejidos en Barbastro pasó de once a cinco. Aparte de los problemas causados por la recesión generalizada, el negocio de don José tuvo algunas dificultadas añadidas por los pagos que debía abonar a sus antiguos socios. La situación se vio agravada todavía más porque el antiguo socio no quiso saldar las deudas pendientes y porque hubo de pagar las minutas del juicio celebrado para que se cumpliera el acuerdo. Durante casi todo el año 1914, don José trató de mantener a flote el negocio recortando los gastos del hogar, pero a finales del otoño no aguantó más y entró en bancarrota.

Además del negocio antes mencionado, la familia Escrivá era propietaria de la casa solariega y otros bienes sobre los cuales los acreedores no tenían derecho legal alguno. La venta de esos bienes habría permitido a la familia seguir disfrutando de una relativa comodidad a pesar de la quiebra, pero tras considerar el asunto detenidamente, don José decidió que lo más honroso sería liquidar todos los bienes y pagar a los acreedores, pese a que mucha gente le aseguraba que no tenía ninguna obligación de hacerlo. Esta medida hizo que la familia se encontrara de buenas a primeras en una situación extremadamente difícil.

En una localidad como Barbastro donde las familias acomodadas no eran muy numerosas, la noticia de la ruina económica de los Escrivá corrió como la pólvora, sobre todo entre los amigos y compañeros de clase del joven Josemaría. Se extendió el rumor de que su estado de pobreza era tal que, literalmente, “se morían de hambre”. Un amigo, con la lógica ingenuidad de un niño, recuerda haberse sorprendido en una ocasión al ver a Josemaría merendar un bocadillo de jamón, y le preguntó a su madre por qué la gente decía que los Escrivá no tenían dinero para comer cuando él le había visto tomar tan suculento manjar. No resulta difícil imaginar las pullas y mofas que el pequeño Josemaría habría de sufrir de boca de sus compañeros. Con los años llegó a decir que esos comentarios le enseñaron que los niños, en ocasiones, no tienen corazón, o cabeza, o las dos cosas.

A los escarnios de los compañeros de colegio, había que sumar los que venían de algunos parientes de doña Dolores, quienes no aplaudían la decisión de don José de pagar a los acreedores, cuando la ley no se lo exigía. Los que estaban en buena posición económica se negaron a ayudar y un tío suyo sacerdote, Carlos Albás, fue muy duro en sus críticas a su cuñado y le acusó de haber hundido a su familia en la miseria, pudiendo haber mantenido una buena posición económica.

La palabra miseria era, sin duda, una exageración, pero es cierto que la familia estaba atravesando momentos muy delicados y Barbastro era un sitio demasiado pequeño como para ofrecer perspectivas de recuperación. Don José, por tanto, comenzó a buscar trabajo en otros lugares y al final encontró un puesto de dependiente en una tienda de paños en Logroño. Y ahí se fue a primeros de 1915, dejando atrás a la familia hasta que acabara el curso académico. Después de pasar el verano en el pueblo de Fonz donde tenían parientes, los Escrivá se mudaron a Logroño en otoño de ese mismo año, cuando el joven Josemaría contaba 13 años.

Logroño era por aquel entonces una pequeña capital de provincia de unos 25.000 habitantes. Pese a que la ciudad y su comercio estaban en auge, los Escrivá pasaron años muy duros, sobre todo los primeros. Consiguieron un piso que carecía de ascensor y calefacción. Debido a que estaba en la última planta del edificio, era muy caluroso en verano y helador en invierno. La situación se hacía más dolorosa al no tener apenas parientes ni conocidos en la ciudad.

En un ambiente en el que las clases sociales estaban por aquel entonces claramente definidas, la posición que tuvieron en Logroño era muy distinta de la que gozaron en Barbastro. Allí los Escrivá pertenecían a la próspera clase media, y en su nueva ciudad de adopción don José dejó de ser propietario de un negocio, para convertirse en un empleado a las órdenes de un superior. La familia ya no pudo disfrutar de los habituales entretenimientos propios de la clase media, ni recibir visitas al estilo acostumbrado, ni tampoco tomar parte en los acontecimientos sociales de la ciudad. En una época en la que todas las familias de su clase tenían servicio, doña Dolores y su hija Carmen se encargaron de las tareas del hogar sin ayuda de nadie. Como tantas familias de entonces, atravesaron tiempos difíciles, pero, en la medida de lo posible, procuraron llevar una vida digna aunque no les fue fácil. Trataron de mantener el interés que siempre habían tenido por la literatura y la cultura en general, pero no podían compartir sus gustos con los nuevos amigos y conocidos de procedencia menos cultivada. Don José y doña Dolores no se quejaban y se esforzaron para que el ambiente en el hogar fuera digno, agradable y tranquilo. No obstante, al echar la vista atrás y recordar los años de Logroño, Escrivá los definió como “tiempos muy duros”[5].

Con el tiempo, supo ver las dificultades familiares como algo inherente al plan que Dios le tenía reservado como fundador del Opus Dei. En Logroño aprendió a vivir la pobreza cristiana con buen humor y dignidad. Siempre se acordó del consejo que su padre daba a toda la familia: “Tenemos que actuar con responsabilidad en todo, porque no podemos permitirnos el lujo de gastar lo que no tenemos, pero hemos de sobrellevar la pobreza con dignidad, aunque sea humillante para nosotros, sin que lo noten los que no son de la familia y sin darla a conocer”. En los últimos años de su vida Escrivá recordaba: “A mi padre no le fue nada bien en los negocios. Y doy gracias a Dios porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido”[6].

De la paciencia y buen humor de su padre en la adversidad, Escrivá aprendió a vivir muchas virtudes como la fortaleza y la alegría que tanto le ayudarían en su vida. “No le recuerdo jamás con un gesto severo: le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años. Le debo mi vocación”[7]. “Vi a mi padre como la personificación de Job. Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque despues he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro”[8].

El joven Escrivá ingresó en el instituto de Logroño donde se impartían las clases desde primeras horas de la mañana hasta el mediodía. A principios del siglo XX no eran muchos los que cursaban todo el bachillerato, dado que el nivel académico era alto. Los exámenes resultaban duros y, por ese motivo, muchos alumnos iban también a escuelas privadas donde recibían clases complementarias para poder así dominar las asignaturas que se impartían en el instituto. Por las tardes, Josemaría Escrivá asistía a clases en el colegio de San Antonio. Era un alumno aplicado y sacaba buenas notas, sobre todo en literatura. Leía mucho; libros que le mandaban en la escuela y otros por interés propio, como los clásicos españoles del Siglo de Oro. Seguía también muy de cerca los acontecimientos internacionales, como la evolución de la Primera Guerra Mundial o la lucha irlandesa por alcanzar la tan ansiada libertad religiosa.

Cuando tuvo que decidir la rama del bachillerato que seguiría, Escrivá –que había mostrado durante años gran habilidad en dibujo y matemáticas– resolvió estudiar Arquitectura. Aunque huelga decir que se tomaba en serio lo referente a la religión y rezaba con sincera piedad las oraciones aprendidas de niño, no mostró nunca una predisposición especial hacia el sacerdocio o la vida religiosa y eran frecuentes sus protestas por tener que estudiar latín, idioma que consideraba como algo exclusivo de curas y frailes.

[1] En 1940 la familia Escrivá cambió el apellido por Escrivá de Balaguer para indicar la rama de la familia a la que pertenecían. De ahí que su nombre completo fuera Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás.

[2] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 33

[3] ibid. p. 13

[4] ibid. p. 56

[5] ibid. p. 72

[6] Manuel Garrido. EL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ Y BARBASTRO. Ayuntamiento de Barbastro 1995. p. 56

[7] ibid. p. 57

[8] José Luis Illanes. ob. cit. p. 62-63

Su formación

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El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.

Universidad de Navarra

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Desde su fundación, en 1952, la Universidad de Navarra, se ha ido desarrollando gradualmente hasta contar con veinte facultades, escuelas e institutos, en los que cursan estudios más de diez mil alumnos en cursos regulares, y seis mil quinientos en programas de perfeccionamiento. El sistema de enseñanza y de vida universitaria, inspirado en el criterio de la responsabilidad personal y de la solidaridad entre todos los que trabajan allí, se ha demostrado eficaz y constituye una experiencia muy positiva en la actual situación mundial de los estudios superiores. De ella salen hombres y mujeres bien preparados para construir, si quieren, una sociedad más justa.

Esta Universidad, que acoge también a numerosos estudiantes afroasiáticos y latinoamericanos, fue puesta en marcha –con el impulso y la oración constantes de Mons. Escrivá de Balaguer– por un grupo de profesores procedentes de otras universidades, y ha servido para dar cauce a la ayuda de numerosas personas que ven en los estudios universitarios una base fundamental del progreso del país, cuando están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales sean sus recursos económicos.

La mitad, aproximadamente, de los alumnos, son navarros. De ellos, en 1985, el 44% procedía del sector social de rentas inferiores, mientras que el 45% provenía de niveles de rentas medias. Sólo el 9% correspondía a las familias de rentas más elevadas.

Esta realidad ha sido posible gracias al esfuerzo de la Universidad en la provisión de becas –en 1985, el 40% de los alumnos tuvieron becas–, y en el asesoramiento a los estudiantes sobre las convocatorias públicas y privadas de ayudas a las que pueden acogerse.

Por otra parte, los estudiantes tienen acceso al sistema de crédito educativo, por el que diversas instituciones bancarias financian sin intereses el coste de los estudios, sin exigir la devolución del préstamo hasta varios años después de que el beneficiario haya encontrado un empleo fijo.

«La vida de este centro universitario –ha dicho Mons. Escrivá de Balaguer– se debe principalmente a la dedicación, a la ilusión y al trabajo que profesores, alumnos, empleados, bedeles, estas benditas y queridísimas mujeres navarras que hacen la limpieza, todos, han puesto en la Universidad. Si no fuese por esto, la Universidad no hubiera podido sostenerse».

Y, efectivamente, es esta colaboración plural y constante la que explica el funcionamiento, el desarrollo, el rápido prestigio alcanzado en pocos años y sus estrechas relaciones con Universidades históricas como la Sorbona, Coimbra, Munich, Lovaina, Harvard, etc.

Económicamente la Universidad se financia con las matrículas de sus alumnos y con la ayuda de diversas instituciones. El Ayuntamiento de Pamplona concedió una parte de los terrenos. La Diputación Foral colabora en algunos gastos de sostenimiento. El Estado español dio las subvenciones previstas por la ley para la creación de nuevos puestos escolares. Las corporaciones guipuzcoanas colaboran en el sostenimiento de la Escuela de Ingenieros Industriales, cuyo instrumental científico procede de un donativo de los Estados Unidos. La obra asistencial alemana Misereor contribuyó a la financiación del plan de los nuevos edificios. La Fundación Huarte ha aportado recursos para la investigación sobre el cáncer que se realiza en la Universidad. También la Fundación Gulbenkian y numerosas empresas se interesan y cooperan en las tareas de investigación… Y sin embargo, la ayuda más agradecida es la de la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra, formada por miles de personas, españoles y extranjeros, de todas las clases sociales, muchas de ellas de escasos recursos económicos, que colaboran, en la medida de sus posibilidades, a sostener esta tarea de servicio y de promoción social, de la que son un claro exponente los más de veinte mil alumnos que se han formado en sus aulas.

«Entusiasmarlas con este trabajo»

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

A mí me parece –dice Salomé, la empleada del hogar– que para que haya amistad, a las personas las tiene que unir algo, y, por supuesto lo que más nos puede unir es el trabajo. Por eso las amigas que tengo son también empleadas del hogar, como yo. Lo primero que hago es entusiasmar a mis amigas con este trabajo… No les puedo hablar de que lo santifiquen sino les gusta, si no lo quieren… Hay que empezar por la base y explicarles la importancia y la dignidad que tiene dentro de la familia. Les insisto mucho en el sentido de que traten de especializarse. El prestigio no nos lo va a dar nadie si no nos lo damos nosotras mismas… Luego les explico las alegrías que pueden dar en una casa, lo felices que pueden hacer a la gente que allí vive, les enseño lo que he aprendido… Entiendo la amistad así, como un lazo muy fuerte. Les hablo de que con el trabajo que ellas tienen y que hacen todos los días, pueden ser santas. Les explico que hay que procurar hacer este trabajo con la mayor perfección posible para poder de esta manera ofrecérselo a Dios…

En general –añade Salomé– suelen entender bien el Opus Dei. Muchas amigas mías que no pertenecen al Opus Dei se parten la cara por defenderlo. Una vez les comenté que después de conocer el Opus Dei tan bien como ellas lo conocían, después de conocer los fines sobrenaturales y la sencillez de su espíritu, que no es más que vivir bien las enseñanzas del Evangelio, no podían consentir algunas barbaridades que se oyen a veces por ahí, sin darse cuenta del dado que pueden hacer… Pues una amiga mía de diecisietc años estaba sirviendo la mesa. Sus señores tenían gente para cenar y empezaron a hablar del Opus Dei. Comentaban que todos eran banqueros, políticos, y que .sólo les importaba el dinero y la política. Entonces esta chica les dijo que eso no era verdad, que ella asistía a una Escuela de Hogar y Cultura y que conocía a montones de chicas del Opus Dei que eran empleadas del hogar y que lo único que les importaba era la vida interior, la formación. Luego me comentaba que ni sus señores ni sus amigos volvieron a hablar para nada de esté tema. “Yo me acordaba de todo lo que tú nos habías dicho, y ¿cómo me iba a quedar callada?”… Mis amigas descubren unos horizontes infinitos. Les suele impresionar mucho cuando les hablo de filiación divina. Les explico que a Dios hay que hablarle como a un Padre, y tratar de portarnos bien, no por miedo a que nos vaya a castigar, sino porque le queremos… Generalmente les llama la atención el interés que demuestra el Opus Dei en ayudarles espiritualmente.

De los de arriba y de los de abajo

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Salomé, navarra, es empleada del hogar en una residencia femenina y profesora de Tintorería en una Escuela de Hogar y Cultura de Pamplona. Ahora se está especializando también en Repostería…

–¿Qué es lo que más le impresionó del Opus Dei?

–A1 principio me atraía la parte humana del Opus Dei… Y al mismo tiempo lo veía tan de Dios, tan de Dios… No entiendo cómo con tan pocos años podía darme cuenta de esto. Me gustaba el corazón grande que tenían, que era universal, que se preocupaban lo mismo de los de arriba que de los de abajo, de los blancos que de los negros… Me daba yo mucha cuenta de toda la gente que conocía del Opus Dei, lo unidos que estaban y el cariño que se tenían. Me daba mucha cuenta… Cuando me hablaron de apostolado me entusiasmé… Como soy muy sociable y tengo siempre muchísimas amigas, entendí muy bien que el apostolado se basara en la amistad y que había que ser amiga de verdad de la gente. Pensaba: «Justo, es lo mío… ». Y pedí la admisión en el Opus Dei. Al poco tiempo conocí a Mons. Escrivá de Balaguer y me parece a mí que desde entonces crecí más de prisa. Porque me causó una impresión enorme las cosas que dijo. Entre tanta gente, se fijó en mí, no sé si es que me vio muy pequeña, y me dijo que si quería ser fiel al Opus Dei, que fuera siempre muy sincera… No se me olvidará nunca.

El trabajo en CAMINO.

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12 Rafael Alvira

He leído Camino desde mi niñez. Fue el primer escrito que conocí del Fundador del Opus Dei, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Luego, he tenido ocasión de leer otros muchos textos suyos, de muy diferentes estilos, y tuve también la oportunidad de escucharle múltiples veces. La doctrina del Siervo de Dios Mons. Escrivá de Balaguer acerca del trabajo, tan profunda y universal, aparece ya —en lo esencial— condensada a lo largo de las páginas de ese libro, hoy ya un clásico.

Si para entender a cualquier autor —y cualquier texto— es preciso vibrar al menos mínimamente con él —la simpatía— y encuadrar cada afirmación en el conjunto de su doctrina —el arte interpretativo—, esto se aplica particularmente con Camino, por ser su forma de dirigirse al lector muy directa y sus desarrollos explicativos breves. La obra pretende suscitar acciones y hábitos que enraícen profundamente, mediante el método de incitar a un inmediato examen de conciencia y a un no menos inmediato encuentro con Dios. Por ello, no despliega sistemáticamente una doctrina, pero la presupone. En concreto, y como ya he apuntado, es de una gran riqueza en lo referente al trabajo, tema al que dedico estas breves consideraciones.

La particular insistencia de Mons. Escrivá de Balaguer en el valor del trabajo tiene una profunda relación con su apasionado amor al mundo y con la consiguiente afirmación de la necesidad de santificarlo.

¿Qué significa amar al mundo? Si es común en los clásicos decir que en el hombre anida un desiderium Dei, un deseo de Dios, ello se debe a que aún no se ha identificado con El. Se desea lo que no se tiene. Desear es señal de distancia. Esa distancia, desde el punto de vista de la acción, significa que ha de realizar un trabajo, una acción prolongada para alcanzar el fin. La acción prolongada hacia algo se mide por un tiempo. Hay una conexión entre el deseo y el tiempo, que se realiza a través del trabajo. Un deseo que no fuese eficaz, que no llevase a cabo acciones, o que las llevase a cabo en forma que no alcanzase el fin, sería en cuanto tal intemporal o, mejor, habría «matado el tiempo».

El deseo quiere la unión. El deseo de Dios, la unión con Él. El deseo del mundo, la unión con el mundo. Así como es característico de los religiosos el fomentar el deseo de Dios, y el negar el deseo del mundo —aunque vivan en él—, es lo característico de la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer el aceptar ambos deseos. Como consecuencia, acepta los trabajos y los tiempos correspondientes. De ahí que cuando se refiera a la santificación del trabajo, añada muchas veces el adjetivo ordinario —trabajo ordinario—, pues se trata del trabajo relativo a las cosas de este mundo. Y de ahí también la importancia —cualitativa y cuantitativa— concedida al tiempo de trabajo ordinario.

Si el mundo es sólo lo que me distrae de Dios, desearlo sería pecado, y Dios lo habría creado sólo para que el hombre se endureciese en la renuncia. Si no es así, si el mundo puede ser deseado, esto se puede interpretar al menos de dos maneras. Una consiste en sostener que lo puedo desear mientras no ofenda a Dios. Desde esta perspectiva se desarrolla una moral del «hasta dónde puedo llegar», moral casuística y probabilística, que con facilidad abre el paso al laxismo o a los escrúpulos. Otra, que es la sostenida por Mons. Escrivá, consiste en afirmar que —puesto que es de Dios y para nuestro bien lo ha creado— el mundo ha de ser plenamente deseado y amado con el amor de Dios. Esto último me parece la clave, pues es la esencia de la santificación (es el amor de Dios lo que santifica) de la vida ordinaria, «leit motiv» de la predicación de Mons. Escrivá.

Como es sabido, lo paradójico del amor está en que para poseer hay que renunciar. Sólo el que no quiere dominar tiene un amigo. El más alto amor —que trae la más alta felicidad y la más alta unión— presupone la más alta renuncia. Es el sentido de la cruz: la renuncia total nos unió con Dios. Pues bien, aplicando esto al mundo, resulta que, si queremos poseer de verdad al mundo, hemos de renunciar no a él, sino a poseerlo. Ése es el sentido característico de la pobreza esencial, otra de las claves de la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer (cfr. Camino, nn. 631 y 636). El resultado de esa pobreza —he ahí la paradoja— es la posesión verdadera, el ser —y no sólo el estar— en el mundo, sin ser mundanos (el mundano es el que no renuncia). Al poseer correctamente el mundo, se verifica lo que indica San Pablo: «todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». El deseo del mundo se perfecciona, pues, en amar al mundo, y ese amar, al ser puro ejercicio de amar, es inmediatamente amor de Dios, es hacer presente a Dios en el deseo del mundo. Hacer presente, hacer aparecer, eso es lo que los clásicos llamaban glorificar. Y a este punto quería llegar.

Si he dicho al principio que hay una conexión básica entre el deseo, el trabajo y el tiempo, ahora se ve bien por qué para Mons. Escrivá de Balaguer el tiempo no es primariamente una duración en la que deseamos a Dios mientras esperamos la unión definitiva, ni tampoco es dinero —«time is money»—, sino que «el tiempo es gloria» (Camino, n. 355). Precisamente por ello, no sólo es impensable perder el tiempo, sino que, además, el tiempo ha de ser «exprimido», «vivido con intensidad», pues es lo propio del amor el intensificar y el intensificar cada instante. Cada instante es para el amor un encuentro. Este punto tiene también una gran importancia. La unión amorosa no es una mera unión, identidad, sino que es más bien un encuentro, un diálogo. Si lo propio de este mundo es el esfuerzo —trabajo— por la unión con lo que deseamos, el trabajo es lo que nos facilita esa unión, ese diálogo: más aún, él mismo es diálogo. Trabajar —actuar con esfuerzo amoroso— continuamente en lo ordinario —en la profesión, en la familia, en la vida social— es, de este modo, dialogar continuamente con Dios («sine intermissione orate») en y a través de esas acciones cotidianas. Por eso, es característico de Mons. Escrivá el afirmar la indistinción entre trabajo y oración (cfr. Camino, nn. 335, 359, etc.). Esto no ha de ser entendido como una invitación a no desarrollar una oración en forma de «rezo», como si, al ser el trabajo ordinario oración, ya no hiciera falta rezar. No. El recto deseo del mundo va unido al deseo de Dios, y eso significa que se busca igualmente un tiempo —con el trabajo esforzado correspondiente— para hablar «inmediatamente» con Dios. No se trata, en resumen, de convertir la oración en trabajo —dejando así de rezar—, sino —justamente al contrario— de convertir el trabajo en oración. Lo primero es materialismo, recubierto con la etiqueta de «progresismo social». Lo segundo es consagración del mundo.

El sentido del mundo tiene una unión muy profunda con el sentido de la humanidad. Porque el mundo no es sólo para el hombre, en general, sino para la humanidad. Mientras dura el mundo, hay un tiempo para que la humanidad crezca, cualitativa y cuantitativamente, y dirija todo lo creado al Creador. Por eso, la parte principal del amar al mundo apasionadamente(1) va dirigida al amor a los hombres. El deseo de unión con ellos, convertido en amor de Dios, se transforma en la anticipación de la comunión de los santos. Si, repito de nuevo, el cumplimiento de todo deseo conlleva un trabajo, «hacer sociedad» es un trabajo. Y efectivamente lo es. Hacer sociedad cuesta un esfuerzo y, primariamente, el de superar el propio egoísmo. Son muchos los textos de Camino en que se ve cómo superar el egoísmo es un paso fundamental (cfr. nn. 31, 32, 784, 788, 789) cuyo resultado es la citada anticipación en este mundo de la comunión de los santos (cfr. n. 545). Si este mundo no es todo lo bello y bueno que debería ser —dado que ha salido de las manos de Dios—, se debe a 9ue no hacemos aparecer en él una verdadera sociedad —comunión de los santos—, que es la manera más propia de hacer presente a Dios —donde están dos o tres reunidos en mi nombre… (Mt 18, 20)—, y precisamente por eso «estas crisis mundiales son crisis de santos» (cfr. n. 301).

Como el amor es, por esencia, inventivo, se deja a la libertad personal de cada uno el desarrollar el trabajo de hacer sociedad de la manera concreta que le parezca mejor. Por eso Camino no es un código particular de doctrina social, ni lo pretende ser. En la aceptación incondicional del magisterio de la Iglesia, más aún, en el amor a ella que Mons. Escrivá pide (cfr. nn. 576, 582, 518, 519, 573) va implícito el cumplimiento de los principios básicos de la doctrina social católica. Pero no se ofrece un modo concreto particular de plantear el orden social porque ello iría contra la citada libertad. Los que identifican el amor al prójimo con un proyecto sociopolítico particular concreto rebajan la doctrina eterna de la Iglesia a ser una doctrina culturalmente útil en un momento y un lugar histórico determinados y, lo que es más grave, la rebajan a ser una opinión (la de los que la sustentan).

Un posible deslizamiento desde considerarse alguien «la voz oficial de la Iglesia» hasta enfrentarse con la jerarquía, para pasar a ser agitador político, es el que se evita en Camino mediante la clara insistencia en la libertad y responsabilidad personales, en el amor y obediencia a la Jerarquía y al Magisterio, y en el amor, en fin, a todos los seres humanos.

Para un cristiano corriente, en la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer, importa, pues, sobre todo, hacer todo aquello a lo que se siente inclinado y llamado, con la más plena vitalidad, pues el amor es vida y se trata siempre de amor de Dios. El amor es vital, pero no ruidoso. El amor es libertad, pero precisamente por ello, oído atento —obediencia— a la persona que me da esa libertad. Por ello, la imagen del cristiano corriente es la de aquel que en todos los sectores de su vida —familia, profesión (cfr. n. 359), relaciones sociales, etc.— trabaja al tiempo con plena vitalidad y con plena sencillez (cfr. n. 379), con alegría (cfr. nn. 657-666) y sin ruido (cfr. n. 835), con libertad y con obediencia. Cada uno procura encontrar sus papeles en la vida, y ve en ellos la voluntad de Dios, que le dio unas inclinaciones y le deparó unas circunstancias.

Aceptar el propio lugar en la vida corriente (cfr. nn. 799, 832) (ser hombre o mujer, casado o soltero, médico o mecanógrafo, etc.) es aceptar la voluntad concreta de Dios, y, por tanto, ha de acogerse humildemente. No trabajar con alegría y con intensidad en el propio papel, supondría un menosprecio a la oferta de Dios.

No sabemos por qué se le hace a cada uno esta o aquella oferta, ni cuál será el premio en la otra vida para cada cual. Sabemos que todas son voluntad infinitamente amable de Dios. Da igual ser futbolista o torero, del Estado Mayor o de la tropa: lo único que importa y que hay que hacer es seguir la propia vocación, la voluntad de Dios.

No entender esta idea tan clara es no entender tampoco que, sin distinción de funciones, el trabajo no podría ser servicio y que una buena sociedad —civil o eclesiástica— es un sistema de servicios mutuos. Tanto sirve el que manda como el que obedece. Esta idea se ha retenido siempre en la Iglesia, contra los igualitarismos utópicos —y antiserviciales— hoy de nuevo en boga. Mons. Escrivá de Balaguer veía muy profundamente en este punto y lo mostraba desde la atalaya de su identificación del trabajo con el sacrificio y el diálogo amoroso. Amar es servir, trabajar es servir. El trabajo hecho por amor de Dios, hecho, pues, amor de Dios, transfunde ese amor en todo aquello y en todos aquellos para los que ese trabajo va dedicado. Cada pieza hecha, cada acción materializada, es una parte de mi espíritu que en ella queda transfundido. Cada acción hecha para otro, entra en ese ser, con tal de que él no se resista a aceptarlo. Pues bien, si ese trabajo está hecho por amor de Dios, es el amor mismo de Dios el que en esa acción se transfunde y a esa persona llega. Por eso también el trabajo ofrecido es sangre arterial que llega a los demás (cfr. nn. 544, 545).

Santa Teresa decía a sus monjas que no tenía que animarlas a quererse, pues esperaba en ellas la virtud, y la virtud es inmediatamente amable. Algo parecido podría decir Mons. Escrivá en lo que se refiere a la buena organización social. Alguien que ha predicado una doctrina del trabajo como la suya espera que las consecuencias sociales —en el modo concreto que la libertad prodiga— sean una auténtica explosión de mejora en todos los niveles y aspectos de la sociedad.

La alegría es lo propio de la fiesta. Para estar alegres es preciso despreocuparse de sí mismo y aceptar la vida como me ha sido dada, ver en cada detalle de ella todo el amor de Dios que oculamente me espera. Sólo en la respuesta eficaz a ese amor aparece la alegría. Si Mons. Escrivá de Balaguer vio el trabajo cotidiano como un amoroso diálogo, supo ver por ello cómo podría convertirse en fiesta cada minuto de una existencia que, desde fuera, un crítico llamaría prosaica.

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113.

En el Corazón de Cristo

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

La Obra se hace extensa. Y empieza a sonar su eco en los trabajos profesionales. No todos van a comprender la dedicación de cada uno de los miembros del Opus Dei a las tareas de su tiempo. El Padre vuelve a sufrir la crítica de minorías que no aciertan a entender la libertad de actuación que tienen los miembros de la Obra, como todos los cristianos, en el orden temporal. En 1952 parecen confabularse las dificultades. De una parte las de orden material, ya que en Roma siguen construyéndose los edificios de la Sede Central, y los apuros económicos son constantes.

Pero, sobre todo, existen otros obstáculos. El Opus Dei se abre camino fatigosamente, y determinadas personas calumnian constantemente a la Obra y al Padre. Nadie pierde la serenidad, pero parte del esfuerzo que necesitan para la expansión que les urge ha de emplearse en aventar «cortinas de humo» que impiden la visión clara del espíritu que viven.

El Padre recomienda a todos que pidan a Dios, muchas veces al día, la paz. Primero la paz interior, la paz del alma, que es el don prometido aquí en la tierra a los hombres de buena voluntad. Luego, la paz exterior, para que la Obra, superadas todas las incomprensiones, marche con paso firme, largo y seguro, por los caminos de Dios. También la paz económica, porque es constante la preocupación por las necesidades de toda índole a que deben hacer frente. Y, finalmente, la paz del mundo.

Recurre nuevamente a la protección del Cielo. Es su única respuesta. La mejor dialéctica que conoce y que practica: rezar, para conseguir la luz a los que andan a oscuras y la seguridad confiada a los que han sido elegidos por Dios. Esta vez llama en su ayuda al Corazón de Cristo. A este Dios que en el mundo de los hombres paseó su amor y su mirada por los trigos y los mares, por los quehaceres y zozobras de la existencia cotidiana, por los oficios y afanes de cuantos se cruzaron con El por los caminos de la tierra. Jesús de Nazaret, que escuchó de Pedro los azares de la pesca; de Juan, los deseos de una adolescencia limpia; de Mateo, los problemas del cambio y del impuesto; de la fiesta de bodas, la desilusión de un vino escaso… Jesús de Nazaret, que convivió las nimias grandezas del trabajo y de la tierra, será el mejor escudo para cubrir los afanes de la Obra, su quehacer habitual por todo el mundo.

«Me acordé de que, cuando estaba de director en San Carlos, había un altar lateral con una imagen del Corazón de Jesús, mística pero humana, que invitaba a rezar. Escribí al obispo auxiliar -se hallaba la sede vacante-, pidiéndole unas fotografías, y me las enviaron enseguida. Se las enseñé a un hermano vuestro, y le comenté: mira, quiero una cosa de este estilo. Puedes hacer las variaciones que creas convenientes.

Me sentaba a su lado mientras él pintaba, ¡cuántas jaculatorias rezaba ya, invocando la protección omnipotente y la paz que Dios concede a sus hijos! Quedó una imagen muy agradable: un corazón envuelto en llamas, rodeado por la corona de espinas y rematado por la Cruz; y unos Angeles con los instrumentos de la Pasión en sus manos. Es una representación agradable y devota, que mueve a la piedad»(35).

No se ha terminado de construir Villa Tevere, cuyos muros aparecen aún cubiertos de andamios. Pero el cuadro se cuelga en un oratorio en la fiesta de Cristo Rey, 26 de octubre de 1952. De pie, porque no es fácil arrodillarse en aquel recinto en obras, suena la voz firme del Padre:

«Al consagrarte nuestra Obra, con todas sus labores apostólicas, te consagramos también nuestras almas con todas sus facultades; nuestros sentidos; nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones; nuestros trabajos y nuestras alegrías. Especialmente te consagramos nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor» (36).

Desde ese día repetirá, ante dificultades de todo tipo: Cor Iesu Sacratissimum, dona nobis pacem!; Corazón Sacratísimo de Jesús, danos la paz. La paz y el amor. «Para que nos dejen trabajar tranquilos», añadirá después con buen humor, «y para que sepamos dar esa paz a las personas que se nos acerquen en nuestra labor»(37).

En familia

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Las actividades de Jenner transcurren en un grato ambiente de familia. Doña Dolores y Carmen lo hacen todo posible. Se han hecho cargo del servicio, al que adiestran y dirigen. También se ocupan de las compras y gastos de la Residencia en un momento crucial: es la etapa del hambre, después de que la guerra civil arrasó el país entero; por añadidura, el conflicto mundial empeora la situación europea. Los alimentos son de mala calidad y están severamente racionados. Pero ellas hacen prodigios con su cariño y dedicación: todo estará siempre bien, puntual, agradable.

Doña Dolores permanece habitualmente en el primer piso de Jenner. Su papel, como madre del Fundador, no es fácil. Y sólo su tacto excepcional podrá hacer compatibles el cariño, la discreción y apoyo sin interferencias. Pasa la mayor parte del día trabajando en alguna tarea útil. Y con un corazón que se hace grande a la medida que requiere el crecimiento de la Obra de Dios. Siente por todos un gran cariño, aunque con algunas predilecciones: en particular por Alvaro. También quiere con especial ternura al más joven, y justifica ese cuidado diciendo:

-Está en muy mala edad, tiene poco apetito y no está fuerte.

Es capaz de volcarse en atenciones con alguno que ve más cansado o preocupado. Y con paciencia inalterable se refiere a las distracciones de otro:

-Como va para sabio…(7).

El Padre, hablando en una ocasión de justicia y caridad, hace alusión a la justeza de las madres buenas, que tratan desigualmente a los hijos desiguales. También esto lo habrá aprendido de doña Dolores.

Hay un paralelismo, por su dedicación incondicional, entre su vida y la de aquella gran mujer llamada Margarita Occhiena, madre de don Bosco. Cuando su hijo va a buscarla al pequeño pueblo italiano de 1 Becchi, donde parece haber concluido ya su etapa de trabajo y renuncias, no duda un momento en abandonar su bien merecido descanso y lanzarse a la aventura agotadora que le pide Dios a través de su hijo sacerdote.

En una ocasión, el Fundador del Opus Dei regaló a doña Dolores una vida de San Juan Bosco. Y al llegar al capítulo en que el santo relata la colaboración de su madre, interpela a su hijo Josemaría:

-«¿Qué quieres? ¿Que haga como la madre de don Bosco? ¡Ni hablar! »

Y afectuosamente, el Fundador le contesta:

-«¡Pero si lo estás haciendo ya!»(8).

Muchos recuerdos entrañables de la vida del Padre se han podido conocer y conservar, porque doña Dolores habló de ellos con los primeros de la Obra. Alvaro, Pedro, Paco… bajan frecuentemente al primer piso para ver a la Abuela. Le cuentan cualquier anécdota, la divierten, le piden un favor. Y, sobre todo, le hacen un rato de compañía en las constantes ausencias de don Josemaría.

El Fundador está entregado a las tareas de Dios y se sabe respaldado por la generosidad de su familia, que ha perdido toda independencia, que sólo vive para cooperar a lo que, por Voluntad de Dios, él está realizando.

Durante esta etapa el Padre desarrolla, en verdad, una actividad increíble. Lleva en el corazón las almas, una por una, sin abandonos ni olvidos. El cansancio no le hace perder el recio humor que le caracteriza, aun en las situaciones más difíciles. Y no cesa de urgir a ese Cielo del que depende toda eficacia. Los miembros de la Obra recuerdan momentos irrepetibles, junto al Padre, en este pobre pero digno oratorio de “jenner”, cuando eran testigos de su ejemplo permanente. No resulta extraño que entre los residentes y amigos cunda este viento cristiano, que la vida que se respira en este ambiente desmonte ambiciones personales y lleve a muchos a engrosar el número de los incondicionales de Dios.

Los primeros del Opus Dei

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1930, Isidoro Zorzano ha decidido dedicar su vida a hacer el Opus Dei en la tierra. Las circunstancias que rodean este hecho manifiestan una Providencia muy particular de Dios.

El 24 de agosto don Josemaría se encuentra en casa de Pepe Romeo, uno de los chicos que le acompañan en las visitas a los hospitales. Ha ido para hacerle un rato de compañía, porque está enfermo. De improviso, siente una inquietud especial y decide regresar a su residencia, en la calle de José Marañón. Se despide amablemente de Pepe y de su madre, que no aciertan a comprender por qué se va tan pronto(1).

Se encuentra extrañamente urgido y no sabe a qué atribuirlo.

Sale hacia su casa. Camina por la calle de Santa Engracia y avanza hasta la esquina con Nicasio Gallego. Allí se encuentra con Isidoro Zorzano.

Han sido condiscípulos durante los tres últimos años de Bachillerato en el Instituto de Logroño. Don Josemaría le recuerda como un muchacho serio, buen cristiano. Varias veces ha pensado en él desde que Dios le ha abierto el horizonte del Opus Dei, y hace meses que está pidiendo intensamente la vocación de Isidoro. Conoce su itinerario profesional: sabe que trabaja como ingeniero en los Ferrocarriles Andaluces y que está destinado en Málaga.

Han mantenido alguna relación por correspondencia en los últimos años y en este día de agosto, ¡aquí está Isidoro Zorzano!

Le explica que ha ido a verle aprovechando su paso por Madrid pero, al no dar con él, iba a coger un tranvía que le llevara hasta Sol. Pensaba comer en un restaurante y marcharse luego al tren, porque su familia está ya veraneando en Logroño.

Llegan hasta la calle de José Marañón y entran en la casa para charlar un rato. Antes de que don Josemaría pueda abordar el tema que quiere plantearle, Isidoro le dice directamente que quiere hablarle de su inquietud espiritual. Don Josemaría se queda sorprendido por la sencillez y claridad de los planteamientos de Isidoro.

Entonces le habla de la Obra, de la pasión que Dios ha puesto en su alma y de su actividad apostólica desde 1928. Isidoro se muestra inmediatamente decidido; sin embargo, don Josemaría quiere que lo piense bien. Que tenga tiempo para meditar una decisión de tanta trascendencia. Se reúnen de nuevo después de almorzar. Pero la tarde ya no es más que una confirmación generosa.

Diez días más tarde, el 5 de septiembre de 1930, Isidoro le escribirá desde Málaga:

«El tema de nuestra última conversación me satisfizo muchísimo ya que me sugirió nuevas ideas y me hizo concebir nuevas esperanzas (…). Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable (…): he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso; es mi única ilusión cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa. Procura contestarme pronto, pues tus cartas me hacen ver que estoy acompañado en esta soledad de Málaga».

Y el 14 de septiembre contesta a una carta de don Josemaría:

«Me dices que tu carta era larga, a mí me pareció muy corta; la he leído varias veces (…). Me encuentro ahora completamente confortado, mi espíritu lo encuentro ahora invadido de un bienestar, de una paz, que no había sentido hasta ahora; todo lo debo a la Obra de Dios».

A partir de este momento, Isidoro, de la misma edad que el Fundador, se entregará sin límites(2). Es un hombre muy competente en su trabajo de ingeniero, con prestigio profesional y virtudes humanas, con deseos de ir al encuentro de Dios. Don Josemaría le expone un plan de vida espiritual que vaya ayudándole a ser, poco a poco, una persona del Opus Dei.

Con frecuencia se acercará a Madrid. Esto le cuesta pasar dos noches en el tren: una de llegada y otra de regreso. En Málaga habrá de trabajar fuerte. Pero en todos los terrenos responderá como un buen hijo de Dios. Su presencia será inestimable durante los acontecimientos de la guerra civil española. La nacionalidad argentina de Isidoro Zorzano le otorgará condiciones de inmunidad diplomática que serán de gran ayuda en aquellas difíciles circunstancias.

Con optimismo sobrenatural, pudo decir don Josemaría Escrivá de Balaguer aquella tarde calurosa del agosto madrileño de 1930: «Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios » (3).

Entre los primeros miembros del Opus Dei que perseveraron junto al Fundador se cuenta también Juan Jiménez Vargas. En los comienzos de 1932, cuando todavía es un estudiante de Medicina, conoce a don Josemaría. Más tarde le oye hablar de la Obra: de cómo supo la misión que había de cumplir, y de cómo había pasado muchos años rezando para conocer la Voluntad de Dios que presentía, pero que no veía con claridad. Le transmite su preocupación por hacer realidad aquel deseo divino que ha constituido la coordenada de toda su existencia.

Juan le escucha y comprende rápidamente la Obra, con un conocimiento y una adhesión al espíritu sobrenatural que la inspira difíciles de explicar. Pedirá su admisión a principios de 1933 y, desde entonces, don Josemaría contará con él para siempre. Y tiene tal confianza en la fidelidad de estos primeros que van a seguirle que, un día de 1934, en la iglesia de Santa Isabel, al otro lado de la Facultad de Medicina, habla con Juan y le pregunta:

-«En caso de que yo faltara, tú ¿seguirías?… »(4).

Sabe el Fundador que la Obra es de Dios. Que está por encima y más allá de su persona. Por eso, no se cree indispensable. Ha oído en su oración, en la intimidad de su corazón, la promesa inconfundible de Jesucristo:

«A través de los montes, las aguas pasarán»(5).

Y quiere dar, a sus hijos, la seguridad sobrenatural de que la Obra ha nacido universal y permanente.


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