ITALIA El secreto del Opus Dei

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“El Opus Dei: Ficción y realidad”, es un libro de M.J.West

Roma, marzo de 1986. A pocas personas, en la Ciudad Eterna, debieron pasarles inadvertidas las acusaciones realizadas durante ese mes. Todos los periódicos del país dieron la noticia. Se acusaba al Opus Dei de ser una sociedad secreta. Se decía que los 80.000 miembros de la organización estaban gobernados por unos estatutos secretos, que el Opus Dei era la versión católica de la proscrita Logia Masónica P2. Una coalición de miembros anticlericales del Parlamento italiano exigía que el Gobierno declarase la organización fuera de la ley.

El caso se inició con una serie de acusaciones hechas en la revista radical L’Expresso. Otros diarios y revistas de parecida tendencia hicieron lo mismo. Para muchos observadores estaba claro que todo se reducía a una campaña de calumnias lanzadas desde la prensa. Las medidas que acto seguido tomó el Parlamento eran más serias. Se iniciaron con una serie de preguntas sobre la naturaleza del Opus Dei. La punta de lanzas de las imputaciones era que el Opus Dei tenía una oscura finalidad política, que sus “leyes secretas” exigían que sus miembros obedecieran en todo y mantuviesen oculta su pertenencia a la organización.

Hacía años que todo esto se venía fraguando. Algunos comentaristas venían utilizando, en sus artículos sobre el Opus Dei, una terminología propia de la intriga política y el espionaje internacional. Ahora bien, si se analizaban esos artículos y se prescindía de la retórica, no quedaba más que la afirmación gratuita de que el Opus Dei era una asociación secreta.

El Opus Dei no se cansaba de repetir que sus miembros podían tener la postura política que quisieran; que la Obra era una institución de la Iglesia de finalidad exclusivamente espiritual; que no tenía ninguna finalidad política, ni siquiera una doctrina propia; que seguía en todo las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Algunas personas aceptaban estas explicaciones; otras las rechazaban y seguían insistiendo en que el Opus Dei tenía un trasfondo político.

El sensacionalismo en torno al Opus Dei surgió poco después de que un joven sacerdote, don Josemaría Escrivá, lo fundase en España en el año 1928. Una de las primeras acusaciones, hechas ante un tribunal especial, era que el Opus Dei constituía una rama judaica de la masonería. Pero la imagen política no adquirió carta de naturaleza hasta finales de la década de los años cincuenta, cuando algunos miembros del Opus Dei se convirtieron en ministros del Gobierno español. En los años sesenta, los más prominentes fueron Gregorio López Bravo y Laureano López Rodó, conocidos como “los lopéces”. Ambos ocuparon diversas carteras ministeriales, aunque su labor fue especialmente importante en Industria y Planificación. Muchos les consideraban los principales artífices del milagro económico español y su labor les mereció la etiqueta de “tecnócratas”. Otro miembro del Opus Dei, Vicente Mortes, que llegó a ser ministro de la Vivienda, procedía, sin embargo, de las filas del falangismo.

Todos ellos mantuvieron siempre que sus motivaciones políticas eran personales y no tenían nada que ver con el Opus Dei; que en su vida profesional eran completamente libres y actuaban con plena independencia. A pesar de todo, se fue extendiendo la idea de que el Opus Dei pretendía hacerse con el poder en España. Lo curioso era que muchos miembros del Opus Dei se oponían al Gobierno. Algunos incluso llegaron a ser encarcelados por motivos políticos. Otros fueron expulsados de España, como Rafael Calvo Serer, editor del diario Madrid, periódico que fue suspendido por oponerse al Gobierno del que formaban parte López Bravo y López Rodó. Pero todo esto era mucho menos tenido en cuenta que el hecho de que varios miembros del Opus Dei estuviesen en el Gobierno.

El ataque desencadenado contra el Opus Dei en Roma, el año 1986, tenía otras características. Estaba claro que apuntaba más arriba. Prominentes figuras de la vida pública tomaban posiciones. Conocidos elementos anticlericales, personas que no habían recibido educación religiosa, eliminada de las escuelas italianas, atacaban al Opus Dei. Uno de los críticos era Franco Bassanini, que había sido líder de una asociación católica antes de alinearse en las filas de los enemigos de la Iglesia, y que ahora era también miembro del Parlamento.

Entre los que defendían al Opus Dei estaban Flaminio Piccoli, líder de los cristiano-demócratas, y Giuseppe Azzaro, vicepresidente de la Cámara Baja del Parlamento.

Era evidente que lo que habían publicado algunos periódicos había oscurecido la reputación del Opus Dei, por lo que algunos parlamentarios urgieron al Gobierno que tomara cartas en el asunto.

Así las cosas, el Gobierno decidió ocuparse seriamente del tema. El doctor Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior, juez y abogado, anunció que iba a abrirse una investigación y que se informaría con detalle al Parlamento. Por fin iban a ponerse sobre el tapete las acusaciones contra el Opus Dei.

Mientras esperaba el resultado de la encuesta, me dispuse a investigar por mi cuenta…

Al sudoeste de Roma, en un suburbio que pocos turistas se aventuran a visitar, unos cuantos chavales surgen de un inmueble medio en ruinas y empiezan a vagabundear por la calle. Uno de ellos arrima un montón de leña junto al muro y luego lo arroja contra una empalizada que hay encima. Otros dos se sientan en el quicio de una puerta; uno de ellos, más pequeño, llora; el otro tiene la mirada perdida en las pintadas y en los amarillentos carteles políticos que adornan las paredes. La ropa tendida cubre las fachadas de los sucios bloques de- viviendas humildes. En una bandera de confección casera puede leerse: Risanamento inmedi’ato! Risanamento totale! (¡Saneamiento ahora! ¡Saneamiento total!).

Así era el Tiburtino. Los pobres afluían a él procedentes del sur de Italia (de Sicilia, de Calabria, de los Abruzos) en busca de unas migajas de la prosperidad industrial. Algunos encontraban empleo y mejoraban sus condiciones de vida, pero la mayoría tenían que refugiarse en viviendas hediondas. Los chiquillos buscan un sitio entre los coches aparcados para jugar al fútbol. Otros, más mayores, buscan otras maneras de descargar sus tensiones… (En un bloque de apartamentos vi tres jeringuillas hipodérmicas arrojadas junto a la acera.)

Fue en este escenario donde el Opus Dei estableció el centro ELIS. Ahora, los campos de fútbol y de baloncesto del mismo están repletos de jóvenes. Alrededor se alza una residencia, una escuela de formación profesional, y un centro de formación de profesores para los países en vías de desarrollo, incluidos Nigeria, Etiopía y China. El centro femenino, SAFI (Scuola Alberghiera Femminile Internazíonale), consta de una residencia, un centro de formación hotelera, secretariado y ciencias domésticas, así como de un complejo deportivo y un club.

El barrio Tiburtino ha sido siempre un bastión comunista. Le pregunté a uno de los fundadores del ELIS, el doctor Bruno Picker, sí se había acusado al Opus Dei de hacer política en aquel centro.

“Cuando comenzamos nuestra labor -me dijo-, toda la vecindad pensaba que nos íbamos a dedicar a la propaganda política. Pero el Opus Dei nunca hace eso. Se limita a dar una formación cristiana: luego, cada cual es libre. Después de celebrarse dos o tres elecciones, cuando la gente vio que no hacíamos ningún tipo de propaganda política, muchos empezaron a aceptar que no teníamos ninguna finalidad de ese orden. Bastantes comunistas de la zona, qué es comunista en un 50 por 100 aproximadamente, comenzaron a valorar lo que estábamos haciendo. Se dieron cuenta de la importancia de ELIS desde el punto de vista profesional y de la ausencia de objetivos políticos. Ahora, los hijos de varios comunistas se forman aquí. Un anciano contratista de obras que era uno de los primeros comunistas de Italia vino a vernos. Dijo que estaba dispuesto a ayudarnos, pero que antes quería conocer de cerca nuestras actividades diarias y echar un vistazo a nuestros libros. El Centro ELIS, entonces, estaba sin acabar, en crecimiento, y cuando se puso al tanto de todo, nos dijo que quería acabar su vida ayudándonos a terminar el ELIS. Nos dio mucho dinero, insistiendo en que no quería que le diéramos las gracias.”

El doctor Picker se refirió también al interés que puso Moseñor Escrivá en el proyecto del ELIS. Me dijo que el fundador del Opus Dei quería que una de sus funciones fuese propagar la doctrina social de la Iglesia en cuestiones como la cooperación en la industria, el reparto de la propiedad privada y la familia. Pero Monseñor Escrivá insistía en que quería dejar muy claro que quienes trabajaban en el ELIS no estaban en contra de nadie; “no somos anti-nada ni anti-nadie”. “Estamos a favor de la gente; no tiramos piedras a los demás, sino que tratamos de elevarlos”.

La reputación del complejo del Centro ELIS no ha cesado de aumentar desde que se abrió en 1964. Tanto es así, que recibe ayuda económica del gobierno local, incluso cuando está en manos de los comunistas.

El 15 de enero de 1984, durante una visita al centro ELIS por el que habían pasado ya 18.000 jóvenes, el Papa Juan Pablo II comentó: “Este centro es un claro ejemplo del interés de la Iglesia por las clases trabajadoras”. Y citó unas palabras del Papa Pablo VI en el acto inaugural: “Ésta es una obra evangélica, no un mero hotel, un mero taller o una mera escuela; no es tan sólo un complejo deportivo, es un centro en el que la amistad, la confianza, la felicidad crean una clara atmósfera en la que la vida cobra dignidad, significado, esperanza; es la vida cristiana la que aquí se afirma y se pone en práctica…”. En esa misma visita pastoral, Juan Pablo II exhortó a los miembros del Opus Dei a “convertirse cada vez más en Opus Dei”; y añadió: “realizad el Opus Dei en todos los aspectos del mundo humano y de las cosas creadas”.

Era sábado y, en la plaza central, chiquillos de diversas edades jugaban bajo la mirada atenta de sus madres, que charlaban, sentadas en unos escalones. También había padres que habían venido a ver cómo sus hijos practicaban diversos deportes. El matrimonio Marchetti tenía un hijo de diez años, Maximiliano, que llevaba un año frecuentando el Club Deportivo del Centro Elis. Estaban convencidos de que allí le habían enseñado a poner en práctica una serie de, principios morales y a portarse bien. “Todos los meses ponen a los chicos una meta, como ser generosos o tener espíritu deportivo”, me explica la señora Marchetti. “En un barrio como éste, nadie enseña a los chavales esas cosas.” “Nuestro hijo tiene un preceptor -añadió el señor Marchetti- al que puede hablar de sus cosas y contarle sus problemas.” Y la señora Marchetti: “Ha descubierto que otros chicos tienen problemas parecidos, y tratan de resolverlos juntos. Desde que viene por aquí ha madurado mucho. Me he dado cuenta de que trata de ayudar a otros.”

El señor Nicola, por su parte, tiene un hijo de 15 años que juega al baloncesto. “Cuando vino, siempre quería ganar, ser el mejor. Ahora sabe que ésa no es forma de comportarse.”

Y otro padre comenta: “Enseñan a los chicos a convivir, a tener amigos, a ser diligentes en todo, no sólo en los deportes”. Unos esposos me dicen que su hijo ha aprendido a organizarse, a tener tiempo para estudiar y para jugar al fútbol. Y la señora Chiappini, viuda, comenta que sus tres hijos han aprendido a pensar en el futuro. “El centro Elis les ha ayudado a comprender que es muy difícil obtener un buen empleo en Italia, y que tienen que trabajar duro. El mayor, ahora, estudia aquí para mecánico. Si no fuera por eso, no sé lo que sería de él.” Otra madre me habló de dos nuevos programas del ELIS destinados a ayudar a encarar el problema del desempleo juvenil y el de las drogas, muy grave en la zona.

Uno de los entrenadores de baloncesto del Centro ELIS es Roberto Castellano. Antes había sido capitán del equipo del Banco di Roma (campeón en su categoría) y, según una revista deportiva, uno de los jugadores más populares de Italia. Poco antes de nuestra entrevista, Roberto había declinado un ofrecimiento que habría potenciado su carrera deportiva. Había dicho que no porque el equipo que quería ficharle no era de Roma y él quería seguir enseñando a jugar al baloncesto en el Centro ELIS. Decisión que a muchos compatriotas les pareció insólita. Un periodista llegó a preguntarse si tendría algún problema psicológico.

“El deporte es muy importante para la juventud -me dijo reflexivo-. Primero, para aprender a tener espíritu deportivo, que es mucho más importante que ganar… cosas como la generosidad, la honradez, el juego limpio… Si un chaval aprende a practicarlas en el deporte, luego podrá practicarlas en la vida. Cuando tenía 19 años tuve la suerte de conocer las enseñanzas de Monseñor Escrivá y el espíritu del Opus Dei, un espíritu de trabajo y de apostolado que me entusiasmo. El Opus Dei es algo nuevo y, explicárselo a los que no practican su fe, puede ser difícil. Mis amigos sólo comprenden lo que se palpa.

Por eso, procuro explicar el Opus Dei ante todo con mi vida y luego trato de que aquel a quien se lo explico se acerque a Jesucristo. El Opus Dei es, un camino de santidad en la Iglesia. Hay otros muchos, pero éste insiste en la santificación del trabajo. Muchos de mis amigos trabajan sólo por dinero, pero yo les digo que es fundamental que encuentren a Jesús en su vida. Muchos piensan que sólo se puede encontrar en la Iglesia, no fuera, en el trabajo o en otras cosas… Trato de explicarles que no pueden vivir sin Dios; que la razón de vivir, de todo lo que hacemos, es Dios mismo.

Pascua de Resurrección en Roma. Peregrinos de todo el mundo se agolpan en las calles. Entre ellos, miles de estudiantes que han venido para participar en el UNIV, un congreso universitario internacional que se celebra anualmente. Aunque el UNIV no es una actividad propia del Opus Dei, muchos de los que participan en él sí son miembros de la Obra. El Congreso lo organiza el Instituto para la Cooperación Universitaria (ICU), qué colabora con la Comunidad Económica Europea y con diversas organizaciones internacionales que forman profesionales en todos los países, especialmente en los subdesarrollados.

Unos 5.000 estudiantes de cuarenta países tomaban parte en el Congreso. Durante una alocución’ dirigida a los participantes, Juan Pablo II habló calurosamente del Opus Dei y de su. fundador. Los actos del Congreso eran una mezcla de sesiones de trabajo y conferencias celebradas en el Salón de Conferencias de la Biblioteca Nacional y de excursiones y visitas a los principales monumentos y lugares históricos de Roma.

Durante una de esas excursiones en autobús por los alrededores de Roma, Father Michael Barret, un joven sacerdote norteamericano procedente del Bronx neoyorkino, me habló de su relación con el Opus Dei. ¿Qué pensaba -le pregunté- de lo que se decía sobre los secretos del Opus Dei? “Pienso -me respondió- que es una tontería, pues es sencillísimo saber todo lo que se quiera del Opus Dei. No creo que uno solo de mis amigos, ni siquiera un conocido, ignorase que yo era del Opus Dei incluso antes de ordenarme sacerdote, o al menos que trataba de ser un buen católico en un ambiente en que no todos lo eran cuando yo trabajaba en los despachos de Wall Street, mis compañeros de trabajo, mis jefes, todos, sabían perfectamente que Barret era un tipo que trataba de vivir su fe. La mayoría descubrió el Opus Dei porque salía en la conversación.”

¿Los sacerdotes del Opus Dei hablan de política?, le pregunté. “Si hay algo de lo que procuro no hablar es de política. Lo cual a veces es difícil. Estoy acostumbrado a expresar mis opiniones personales, pues habiendo ejercido una profesión laical durante muchos años he estado implicado en política y conozco bien esos temas. Pero ahora me doy cuenta de que, manteniéndome al margen de decisiones políticas, soy mucho más útil a la gente que necesita el consejo o la orientación de un sacerdote. La gente espera que los sacerdotes les resuelvan problemas de conciencia realmente importantes, cosas a las que no puede responder cualquiera. Por eso, si se habla de política y se mantiene una determinada opinión, se pierde eficacia y prestigio; en el Opus Dei siempre se ha insistido en este punto. Un sacerdote debe ser un experto en teología, pero no en política. Si hablase de política, la gente podría creer que lo es. Por eso tiene que esforzarse por no abusar’ del poder que le confiere el sacerdocio hablando de política.”

Entonces, ¿qué enfoque daría a sus orientaciones espirituales un sacerdote del Opus Dei si viniera a pedirle consejo por ejemplo, un profesional de la política, un miembro del gobierno? “Le dará orientaciones útiles para su vida espiritual, para sus relaciones con Dios. Los consejos que le dé tendrán que ver únicamente con los principios éticos que mantiene la Iglesia. A él le corresponderá aplicarlos a su vida para procurar acercarse más a Dios mediante los sacramentos, la oración, la lectura espiritual, clases de formación, etcétera. En cuanto a los principios morales, corresponderá a su conciencia decidir el camino a seguir, pues los temas políticos casi siempre son opinables.. El estar a un lado de la valla o al otro, no tiene nada que ver con la moralidad, de ordinario. Los problemas se pueden abordar y resolver de maneras muy distintas. Cuando la moral está por medio, el sacerdote puede explicar cuál es la doctrina de la Iglesia, lo que ha enseñado en relación con algunas cuestiones sociales. Un sacerdote del Opus Dei nunca dirá qué propuesta política es la más adecuada, porque no lo sabe, ya que no es un político.”

¿Cómo conoció Father Barret el Opus Dei? “A través de un amigo mío que pertenecía a la Obra. Solíamos hacer muchas cosas juntos: ir a bailar, a alternar, y cosas así; a veces, tomando unas cervezas, hablábamos de cosas importantes para nosotros. Él me contaba lo que hacía como miembro del Opus Dei y, poco a poco, animado por él, empecé a hacer oración mental y lectura espiritual y a ir a Misa entre semana. Fui con él a un centro del Opus Dei y me gustó lo que vi; cómo una gente cordial, amable y alegre se tomaba en serio el trabajo y el estudio, y, sobre todo, su fe. Creo que empecé a tener vida interior, y luego un amigo me sugirió que tal vez pudiera tener vocación al Opus Dei, como él. No me pareció que fuera absurdo ni que se opusiera a mis intereses o a lo que pensaba hacer en la vida. Por entonces estaba estudiando pre-medicina en la Universidad de Columbia. Antes me había especializado en ciencias. La idea de la santificación en medio del mundo me había conmovido. Me parecía algo fantástico… Así que el Opus Dei era fantástico: ser médico o cualquier otra cosa y al mismo tiempo esforzarse por hacerse santo y ayudar a otros a llegar a serlo.

En febrero de 1972 pedí la admisión en el Opus Dei. Tras graduarme en Columbia me coloqué en la Gulf Oil Corporation, en Nueva York. Me fui a vivir a un apartamento con otros tres miembros de la Obra -un sacerdote y dos laicos- e iniciamos la labor en ese pequeño centro. Además de procurar ayudar a mis amigos y colegas a vivir mejor su fe, en aquel apartamento dábamos formación espiritual a personas de todas las edades.

“Mi trabajo profesional estaba relacionado con la industria petroquímica, y lo que había aprendido en el Opus Dei me ayudó mucho a ver el significado espiritual de mi trabajo profesional.”

A mí siempre me había fascinado Wall Street, aunque lo conocía muy poco. Pero la mejor manera de conocerlo mejor era trabajar allí, así que busqué un trabajo. Lo encontré con uno de los corredores de bolsa, Merrill Lynch. Yo diría que lo más importante era tratar de encontrar un motivo sobrenatural en lo que estaba haciendo, por,, vulgar y corriente que fuera, y procurar ayudar a mis colegas a ser consecuentes con la fe que profesaban. Trabajaba en un mismo despacho con cuatro personas. Uno era el director. Los demás éramos vendedores y muy buenos amigos. Trabajábamos y viajábamos juntos a menudo, por lo que podía hablar con ellos durante horas y horas. En nuestros viajes pasábamos juntos las veladas. Uno de ellos, católico, estaba casado y tenía varios hijos. Me hacía preguntas, porque no tenía las ideas claras. No estaba seguro de cómo debía comportarse, pero quería ser un buen católico. Nos hicimos muy amigos. Hablábamos mucho sobre temas de fe y procuré que la viviera de forma más correcta.

El otro era soltero y no practicaba. Se había alejado de la Iglesia. Nos hicimos también buenos amigos y yo procuré que volviera al seno de la Iglesia. Era algo que él siempre había deseado hacer, pero que no era capaz de hacer sin ayuda.

“Y luego estaban los clientes. Tras el almuerzo, después de hablar de negocios, abordábamos diversos temas. Hablábamos de deportes, de política, de religión, porque siempre se termina hablando de temas religiosos. Se quedaban impresionados cuando les decía que era posible vivir la propia fe en la vida ordinaria. Esto era lo que se llama un apostolado espontáneo, nada organizado. Mis amigos casi siempre terminaban yendo a confesarse o hablando con un sacerdote que les explicara cómo vivir su fe y les resolviera sus problemas personales.”

-Pero algunos dicen que eso es “instrumentalizar” la amistad, convertirla en un medio de captar gente para el Opus Dei. ¿Qué opina sobre esto?

-”Bueno, cada cual tiene su forma de ser, pero yo siempre he tenido muchos y buenos amigos. Algunos los considero casi como hermanos, y seguimos siendo amigos aunque han pasado los años y estamos lejos unos de otros. Hablábamos durante horas y horas sobre nuestros proyectos,

nuestros sueños,… y nos animábamos mutuamente diciendo: “¡Adelante! Tú puedes hacerlo”. Y cosas así. Y cuando me hice del Opus Dei seguí obrando de la misma manera, haciendo nuevos amigos y hablándoles con la misma franqueza. Les contaba mis cosas, y una de ellas era que ahora había puesto toda mi vida en manos del Opus Dei. No hablar de ello habría sido tan ridículo como no hablar de una chica fabulosa que uno ha conocido.

A veces, un amigo me preguntaba: “¿Por qué no te has casado?” O bien “¿Por qué gastas tanto tiempo en trabajar con los chavales y les organizas tantas cosas?”Y cuando yo les explico lo que me mueve a hacerlo, se alegran por mi vocación, lo mismo que yo me alegro cuando ellos, tras buscar una buena esposa o un buen trabajo, por fin lo encuentran.”

El autobús en que viajábamos acababa de llegar a Villa Tevere, sede central del Opus Dei. Está situada en el número 75 de la calle Bruno Buozzi, y en ella reside el Prelado del Opus Dei, Monseñor Alvaro del Portillo. En ella se encuentra también la iglesia prelaticia, Nuestra Señora de la Paz. En su cripta bajo una sencilla lápida de mármol verde oscuro, con una inscripción en letras doradas que dice simplemente EL PADRE, descansa el cuerpo de Monseñor Escrivá. Visitantes de todos los países rezan ante la tumba, adornada por rosas rojas,, y se arrodillan para besar la lápida y formular sus peticiones: padres, madres, abuelos, hijos, gentes de todas las clases sociales y géneros de vida. La cripta de Santa María de la Paz se ha convertido en un lugar de peregrinación no sólo para los miembros del Opus Dei, sino para otras muchas personas que veneran privadamente a Monseñor Escrivá.

El fundador del Opus Dei, en una entrevista concedida a un periódico (La revista Palabra. Entrevista realizada por Pedro Rodríguez. Madrid, octubre 1967) respondía así a la pregunta que el entrevistador le hacía sobre la supuesta influencia política de la Obra: “Es evidente que, siendo el Opus Dei una Asociación de fines espirituales, apostólicos, la naturaleza de su influjo -en España como en las demás naciones de los cinco continentes donde trabajamos- no puede ser sino de ese tipo: una influencia espiritual, apostólica. Lo mismo que la totalidad de la Iglesia -alma del mundo-, el influjo del Opus Dei en la sociedad civil no es de carácter temporal -social, político, económico, etc.-, aunque sí repercuta en los aspectos éticos de todas las actividades humanas, sino un influjo de orden diverso y superior, que se expresa con un verbo preciso: santificar.

Y esto nos lleva al tema de las personas del Opus Dei que usted llama influyentes. Para una Asociación cuyo fin sea hacer política, serán influyentes aquellos de sus miembros que ocupen un lugar en el Parlamento o en el Consejo de ministros. Si la Asociación es cultural, considerará influyentes a aquellos de sus miembros que sean filósofos de clara fama, o premios nacionales de literatura, etcétera. Si la Asociación, en cambio, lo que se propone es -como en el casó del Opus Dei- santificar el trabajo ordinario de los hombres, sea material o intelectual, es evidente que deberán considerarse influyentes todos sus miembros: porque todos trabajan -el general deber humano de trabajar tiene en la Obra especiales resonancias disciplinares y ascéticas-, y porque todos procuran realizar esa labor suya -cualquiera que sea- santamente, cristianamente, con deseo de perfección. Por eso, para mí tan influyente -tan importante, tan necesario- es el testimonio de un hijo mío minero entre sus compañeros de trabajo como el de un rector de universidad entre los demás profesores del claustro académico”.

Cuando tuve que abandonar Roma, el Gobierno italiano no había concluido todavía su investigación en torno al Opus Dei. La tarea iba a durar más de seis meses. El 25 de noviembre de 1986, cuando el ministro del Interior hizo públicas sus conclusiones, el diario La Stampa las resumía así en los titulares: El Opus Dei no es secreto. El deber de obediencia se refiere exclusivamente a temas espirituales. Informaciones similares aparecieron en l l Tempo y La Republica. El artículo de este último diario citaba unas palabras del ministro en las que decía que el Opus Dei no era una asociación secreta ni de hecho ni de derecho. Que aunque ninguna organización estaba obligada a hacer públicos los nombres de sus miembros, los de los directores del Opus Dei se conocían perfectamente, así como las direcciones y actividades de sus centros. Que sus miembros no sólo no trataban de ocultar su pertenencia a la Obra, sino que los Estatutos se lo prohibían. Unos Estatutos que se suponía eran secretos y que el ministro citaba con frecuencia… Y es que antes de que se empezase a hablar de que eran secretos, no se habían publicado, lo mismo que suele suceder con los de otras organizaciones de la Iglesia; sin embargo, para demostrar que no había nada que ocultar, el Prelado del Opus Dei pidió al Vaticano que se le permitiera publicarlos; y cuando el Vaticano autorizó su publicación, se pusieron ejemplares más que suficientes a disposición del público; sin embargo, ninguno de los que habían acusado al Opus Dei de secreto se tomó la molestia de examinarlos.

En relación con la cuestión de si el Opus Dei busca tener poder político, el ministro del Interior aludía a que sus miembros gozan de la misma libertad que los demás católicos en sus asuntos particulares. Para reafirmar este punto citaba el párrafo 3.2 del artículo 88 de los Estatutos, que dice que la Prelatura no hace suyas las actividades profesionales, sociales, políticas o económicas de ninguno de sus fieles y que “las autoridades de la Prelatura deben abstenerse por completo de darles consejo en esos temas”. Que esto refleja exactamente la forma de actuar del Opus Dei lo garantizaba la Santa Sede, que ponía de relieve .el hecho de que el Opus Dei, ahora, formaba parte de la estructura constitucional de la Iglesia.

Los argumentos que el ministro adujo en el Parlamento para apoyar su convicción de que el Opus Dei no era una sociedad secreta fueron prolijos y detallados. Los miembros anticatólicos del Parlamento no aportaron ningún argumento que contradijera los hechos. ¿Quería decir eso que el Opus Dei ya nunca volvería a ser considerado una sociedad secreta? La respuesta es por lo menos dudosa. En Australia, por ejemplo, las imputaciones contra el Opus Dei que condujeron a la investigación del Gobierno italiano tuvieron mucho eco en los medios de comunicación, pero, que yo sepa, ninguno informó de los resultados de la investigación.

¿Por qué es tan perdurable la imagen de sociedad secreta que, para algunos, ofrece el Opus Dei? Como ya he dicho antes, la publicidad que se dio en los años sesenta a los miembros del Opus Dei que formaban parte del Gobierno español contribuyó mucho a reforzar la idea de que el Opus Dei tenía una finalidad política. Esta creencia se ha visto también apoyada por la sospecha, más general, de que los católicos, cuando se asocian por su cuenta, fuera de los templos, lo hacen por motivos mundanos. Al fin y al cabo, abundan los precedentes.

En otros tiempos, diversos grupos de Acción Católica tenían por objeto estudiar cómo las enseñanzas de la Iglesia podían aplicarse a situaciones políticas concretas. Algunos católicos, sobre todo a principios de siglo en Francia y en Italia, constituyeron asociaciones para defenderse de grupos o partidos anticlericales y fundaron sindicatos, bancos y sociedades de crédito “católicos” ¿No es posible -dicen los escépticos- que estas actividades sean realizadas ahora, de manera subrepticia, por el Opus Dei? Además, si los católicos quieren tener ayuda espiritual, ¿por qué buscarla al margen de la propia parroquia? Por eso, cuando el Opus Dei asegura que sus fines son exclusivamente religiosos y que sus miembros gozan de completa libertad en todo lo demás, tales afirmaciones caen, para los escépticos, en saco roto. Dan por supuesto que el Opus Dei actúa por motivos políticos.

Quienes creen que eso es así, no es extraño que se pregunten: ¿Por qué el Opus Dei no da la cara? Al fin y al cabo, ningún político se declara miembro del Opus Dei, ni hay representantes del Opus Dei en las reuniones políticas, ni el Opus Dei como tal ofrece alternativas políticas… De donde concluyen, sin apelación posible, que el Opus Dei es una sociedad secreta. No hay que desdeñar, por otra parte, el apoyo que les prestan aquellos que se oponen por principio a la Iglesia Católica.

Los anticlericales, los anarquistas, etc., es lógico que se sientan amenazados por cualquier organización católica con gran número de miembros en todas las profesiones, en los medios de comunicación, en los negocios. Crean o no en lo que proclaman, les interesa fomentar el escándalo, sembrar dudas y sospechas sobre el Opus Dei, tanto entre los católicos como entre los no católicos.

Tal vez el lector se pregunte, al llegar a este punto, cuál es la relación del que escribe esto con el Opus Dei. La respuesta es que cuando inicié mi encuesta sobre el Opus Dei estaba considerando mi posible vocación, y había dado los primeros pasos para cerciorarme. Así pues, tenía poderosas razones para conocer la verdad, y decidí viajar por diversos países para entrevistarme con el mayor número posible de miembros y conocer las tareas que tenían entre manos.

En lo que sigue, he procurado no rebajar los ideales de sus miembros, su constante referirse a la búsqueda de la virtud y a la lucha por servir a Dios y a los hombres. Trato de proporcionar al lector un relato exacto de lo que he visto y oído.

Italia fue la segunda parada en mi viaje, un viaje que había empezado cuando partí de Australia en pleno verano, el mes de febrero de 1986, y llegué a Tokio horas después, en pleno invierno…

Isidoro Zorzano

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

La primera persona que perseveraría en el Opus Dei, Isidoro Zorzano, no apareció hasta casi dos años después de la fundación. Zorzano había nacido en Argentina, aunque sus padres regresaron a España cuando tenía tres años. Fue compañero de Escrivá en el instituto de Logroño y había estudiado Ingeniería Industrial, uno de los títulos más prestigiosos y difíciles de alcanzar en esa época. Tras graduarse, trabajó durante una breve temporada para una compañía que construía piezas para ferrocarriles. En diciembre de 1928 entró en una compañía ferroviaria de Málaga. Además de su trabajo para el ferrocarril, Zorzano dio clases nocturnas de matemáticas y de electricidad en la Escuela de Comercio de esa ciudad.

Con el paso de los años, Zorzano y Escrivá se habían visto unas cuantas veces y habían mantenido un esporádico contacto epistolar, pero no un trato habitual. Poco después de la fundación del Opus Dei, Escrivá comenzó a rezar más por Zorzano, como posible vocación. En agosto de 1930, le envió una postal en la que le invitaba a verle en su siguiente viaje a Madrid, a la vez que le prometía: “Tengo cosas muy interesantes que contarte”[1].

Cuando recibió la nota de Escrivá, Zorzano pasaba por una crisis espiritual. Le iba bien en lo profesional, pero se sentía insatisfecho. Se descubrió pensando con frecuencia que Dios quería de él una entrega completa. En su mente eso sólo podía significar una cosa: entrar en una orden religiosa. Sin embargo, amaba su profesión y le parecía inconcebible que Dios le pidiera dejarla. Deseaba armonizar su trabajo profesional con una completa dedicación a Dios, pero eso parecía imposible.

El 24 de agosto de 1930, fiesta de San Bartolomé, Zorzano se encontraba en Madrid por motivos profesionales. Aunque no se había citado con él, esperaba ver a Escrivá para averiguar qué eran esas “cosas muy interesantes” de las que le había hablado su amigo, y para ver si Escrivá le podía ayudar a resolver su crisis espiritual. Fue al Patronato de Enfermos, pero le dijeron que no estaba. Había acudido a visitar a José Romeo, quien, enfermo, guardaba cama.

En un escrito del día siguiente, Escrivá anotó: “Me sentí desasosegado –sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa don Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme, me dijo, le hizo volver por Nicasio Gallego”[2].

El mismo Escrivá normalmente no tomaba la calle Nicasio Gallego para regresar a casa, pero aquel día lo hizo y se encontraron. Apenas se saludaron Zorzano le dijo: “quiero entregarme a Dios, y no sé cómo ni dónde”[3]. Quedaron más tarde aquel día para charlar con calma. Aunque Escrivá no solía hablar con su director espiritual del apostolado del Opus Dei, en este caso le llamó por teléfono y le explicó lo sucedido: “Al preguntarle qué le parecía que debía hacer, me contestó: ¿qué ha de hacer? ¡Cogerlo!”[4].

Después de hablar de las inquietudes y aspiraciones de Zorzano, Escrivá le explicó que hacía poco había fundado una obra cuyo objetivo era precisamente la santidad en medio del mundo. Zorzano respondió inmediatamente que eso era lo que estaba buscando. Esa misma tarde Zorzano dejó Madrid para visitar a su madre en el norte de España y luego volver a Málaga. Pocos días después en una carta a Escrivá decía: “Siento la necesidad de estar juntos y orientarme definitivamente, con tu ayuda, en la nueva era que abriste a mis ojos, y que era precisamente el ideal que yo me había forjado y que creía irrealizable por tratarse de aunar factores de diversos matices, he pensado sobre ello y cada día me parece más hermoso, es mí única ilusion cooperar en dicho ideal para llevar a feliz término nuestra causa”[5].

Hasta 1936, el trabajo profesional de Zorzano le mantuvo en Málaga, así que una buena parte de su formación inicial en el Opus Dei se hizo por correo, y con algún viaje esporádico a Madrid. A pesar de sus deseos de servir a Dios, Zorzano no había recibido una educación religiosa profunda y no tenía la costumbre de dedicar mucho tiempo a la oración. Solía comulgar únicamente los domingos. Cuando iba de excursión con sus amigos, salían temprano de Málaga y oían Misa en el pueblo que fuera punto de partida de su viaje. Como en aquella época la Iglesia exigía para comulgar un ayuno total, también de agua, desde la medianoche anterior, eso significaba que Zorzano no comulgaba muchos domingos.

Al principio Zorzano sólo tenía una idea aproximada del espíritu del Opus Dei. No parece haber entendido del todo la idea del apostolado con amigos y compañeros a través del ejemplo y de la conversación personal. Al principio centró su dedicación a Dios en participar en organizaciones y actividades católicas. Se hizo miembro de los Caballeros del Pilar, se involucró en actividades sociales organizadas por grupos católicos, ayudó a la Casa del Niño Jesús y se incorporó al grupo de Acción Católica recién abierto en Malaga.

No contento con entrar en los grupos que ya existían, se dispuso a organizar una asociación de estudiantes católicos. En Málaga, como en el resto de España, la vida estudiantil estaba muy politizada. La principal organización estudiantil, la Federación de Estudiantes Españoles, era de izquierdas y anticatólica. Zorzano decidió organizar en Málaga una filial de la Federación de Estudiantes Católicos, que además de católica en su orientación era políticamente conservadora.

Dicha decisión le causaría algún problema. Zorzano, como no era estudiante, no podía ser miembro ni cargo en el grupo, pero en su asamblea constituyente fue nombrado presidente honorario. Cuando algunos de los estudiantes de la Escuela de Comercio donde daba clase se afiliaron a la Federación, miembros de la Federación de Estudiantes Españoles acusaron a Zorzano de favorecer injustamente en clase a los miembros del grupo católico. El director censuró oficialmente a Zorzano por activismo político y religioso en la escuela. Sin embargo, no aceptó su dimisión y a los pocos meses el incidente quedó prácticamente olvidado.

Desde el principio, Escrivá animó a Zorzano a construir, paulatinamente, una intensa vida interior de oración y sacrificio. En una carta fechada el 23 de noviembre de 1930 escribió: “Mira: Si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada, en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación, al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada”[6]. Paciente e insistentemente le urgía a frecuentar los sacramentos, y especialmente a recibir la comunión con mayor frecuencia, a diario si era posible. No le indicó a Zorzano que dejara las actividades de los diversos grupos a los que pertenecía, pero le ayudaba, poco a poco, a comprender que debían ocupar un lugar secundario, ya que debía centrarse en cultivar una vida de auténtica piedad y un apostolado más personal en el trabajo con amigos, compañeros y familiares.

[1] José Miguel Pero-Sanz. ISIDORO ZORZANO LEDESMA. Ediciones Palabra. Madrid, 1996 . p. 113

[2] Andrés Vázquez de Prada. Ob. cit. p. 447

[3] AGP, P01 1993 p. 1171

[4] Ibid. p. 1172

[5] Ibid. p. 1173

[6] José Miguel Pero-Sanz. Ob. cit . p. 120

Nuevos miembros

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Vargas no se limitó a asistir a los círculos; pronto solicitó pertenecer al Opus Dei. Le siguió Jenaro Lázaro, artista que se ganaba la vida trabajando para los ferrocarriles, a quién Escrivá había conocido a través de los Filipenses. Unas semanas más tarde José María González Barredo también pasó a formar parte del Opus Dei. Escrivá se había fijado en Barredo en 1931 cuando celebraba Misa en la iglesia del Patronato de Enfermos. Le había pedido que rezara por una intención suya. La intención era que Dios concediera a Barredo la vocación a la Obra. Cuando se conocieron, Barredo ya había terminado los estudios de Química y hacía el doctorado en la Universidad. Poco después aceptó un puesto de profesor de ciencias en un colegio de la provincia de Jaén, y Escrivá le perdió la pista.

En febrero de 1933 Barredo regresó a Madrid para trabajar en su tesis doctoral en el Rockefeller Institute. Un día vio a Escrivá por la calle e intentó evitar el encuentro; temía que le pidiera que participara en alguna actividad parroquial o algo no relacionado con su trabajo profesional. Él quería servir a Dios, pero deseaba también seguir con su profesión. Escrivá se acercó a saludarle e insistió en que debían hablar. Cuando se reunieron para charlar, esa misma tarde, Barredo se dio cuenta de que lo que Escrivá le decía sobre el Opus Dei, tal y como lo describía, era lo que él había estado buscando sin saberlo.

El joven químico se sintió fuertemente atraído por el Opus Dei, pero no quería tomar una decisión tan importante para su vida sin aconsejarse convenientemente, así que propuso consultar a un religioso que conocía; Escrivá aceptó de buen grado. Aquel buen sacerdote intentó disuadirle de formar parte de algo que apenas se estaba poniendo en marcha. “Después de todo”, le dijo, “es mejor trabajar en una biblioteca ya instalada que en una que acaba de abrirse”. Barredo ponderó el comentario y le pareció que no era una objeción de peso. Lo esencial era que la Obra fuera lo que Dios quería para él. También desde un punto de vista puramente humano, al organizar “la biblioteca” uno contribuía a la tarea de muchos que llegarían más tarde. Barredo volvió a visitar a Escrivá el 11 de febrero de 1933, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y pidió la admisión al Opus Dei.

En otoño de 1933 llegó otra vocación. Escrivá conoció a Ricardo Fernández Vallespín el 14 de mayo de 1933. Vallespín, brillante estudiante de Arquitectura, daba clases particulares a José Romeo en su casa un día en que Escrivá pasó a visitarle. Aunque aquel primer encuentro fue breve, dejó una profunda impresión en Vallespín, quien escribió en su diario: “hoy he conocido un sacerdote, muy joven, entusiasta y lleno de amor de Dios, que –no se por qué- pienso que va a tener una influencia grande en mi vida”[1].

Escrivá y Vallespín se volvieron a ver unas pocas semanas después. Dos de los hermanos de Vallespín estaban encarcelados por delitos políticos, así que le llamó la atención el hecho de que Escrivá hablara de “cosas del espíritu” y no de política. Antes de marcharse Escrivá le regaló un libro sobre la Pasión del Señor. En la página en blanco al comienzo del libro, escribió la dedicatoria: “Madrid. 29-V-33. Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”[2]. Aquel verano apenas pudieron verse ya que Vallespín estaba muy ocupado con otras cosas.

Hacia el final del verano Vallespín tuvo que guardar cama por un severo ataque de reuma. En cuanto se recuperó habló varias veces con Escrivá. El 4 de octubre Escrivá le explicó el Opus Dei, destacando su origen divino y el hecho de que no era una respuesta a la difícil situación de la Iglesia en España, sino algo llamado a cumplir una misión por todo el mundo y que duraría a través de los siglos. Para desempeñar esta misión, Escrivá insistía en que el Opus Dei necesitaba gente enamorada de Cristo que santificara su trabajo y se clavara en la cruz de Cristo en medio del mundo.

Vallespín era católico practicante, aunque no particularmente piadoso. En ningún momento de su vida había recibido la Sagrada Comunión tres días seguidos. Sin embargo, las palabras de Escrivá le afectaron profundamente. Hasta entonces nunca había pensado en entregarse del todo a Dios, pero ahora, como recordaría años después, se limitó a decir “yo quiero ser de eso”[3], ya que no recordaba el nombre de “Obra de Dios.” Vargas, Barredo y Vallespín perseveraron en el Opus Dei, y fueron -junto con Zorzano y el propio Escrivá- el núcleo inicial de la Obra en los años siguientes.

[1] AGP P01 1977 p. 731

[2] Ana Sastre. Ob. cit. p. 152

[3] Ibid. p. 155

«Las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios»

iglesia  Tagged , , , , , , , No Comments »

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Elvira acaba de guardar su bata blanca. La última consulta de la mañana ha terminado. Tiene aspecto juvenil pero hace ya unos años que dejó la Universidad. Desde entonces han cambiado unas cuantas cosas en su vida: se casó con un médico, ha tenido nueve hijos y ha ido perfilando su dedicación profesional dentro del campo de la medicina.

Al preguntarle por algún acontecimiento decisivo en estos años, me comenta con rapidez que ha sido su vocación al Opus Dei lo que ha dado un relieve nuevo a ese entramado de acontecimientos que han ido configurando su vida profesional y familiar.

–¿Cómo conoció usted el Opus Dei?

–Conocí la Obra cuando comenzaba mis estudios en la Universidad. A1 encontrarme en un ambiente diferente al del Colegio, me di cuenta de que debía reforzar mi formación espiritual de un modo semejante a como procuraba ir mejorando mi formación humana. A través de una amiga se me presentó la oportunidad de asistir a unas clases de Teología en un Centro del Opus Dei.

–¿Y de qué modo ha influido en su vida el Opus Dei?

–A través de la formación espiritual que recibo, he ido descubriendo que es posible tener una gran intimidad con Dios, aunque se esté metida de lleno en el trabajo profesional; y que las ilusiones humanas se armonizan muy bien con el deseo de servir a Dios. Cuando conocí mejor la Obra, yo estrenaba una familia, comenzaron a llegar mis primeros hijos. Me di cuenta de que debía vivir la vida ordinaria abnegadamente, cara a Dios. En mi caso, eso se traduce en esforzarme por sacar adelante una familia numerosa como la que Dios me ha dado. Gracias a las enseñanzas del Fundador del Opus Dei he descubierto la grandeza que encierra la vida matrimonial, y la trascendencia humana y sobrenatural que supone tener hijos y educarlos. Sé que a veces no es fácil. Mis hijos han nacido, uno tras otro, sin darme tiempo a pensar en otros proyectos profesionales que tenía. Pero del espíritu del Opus Dei he aprendido que la grandeza de un quehacer, lo que permite a una persona alcanzar su plenitud humana, es, con la gracia de Dios, lo mismo que le hace alcanzar la santidad: el convertir su vida en un servicio gustoso a Dios y a los demás.

–El Fundador del Opus Dei insiste mucho en la obligación que tienen los cristianos de preocuparse por acercar a Dios a sus colegas y amigos. ¿Le queda a usted tiempo para eso?

–Efectivamente, el espíritu de la Obra enseña que es deber de un buen cristiano no sólo encontrar a Dios a través de un trabajo honesto y bien hecho, sino preocuparse de acercar la gente a Dios. Pero ésa no es una labor al margen de la vida familiar y de la vida profesional. Se trata de compartir con los familiares, con los amigos, lo mejor que uno tiene: la formación cristiana. Mis hijos me brindan con frecuencia oportunidades estupendas de ayudar a la gente. Ellos son un tema fácil de conversación cuando me encuentro con las madres de sus amigos, en la puerta del colegio. Algunas personas se asombran al saber que tengo nueve hijos. Entonces procuro transmitir a esas amigas mías consideraciones que las animen también a descubrir la grandeza del matrimonio y a vivir conforme a los planes de Dios, con una lógica diferente a la que encierran a veces los planteamientos que nos hacemos de tejas abajo.

También en mi consulta surgen ocasiones de ayudar a las personas. A la vez que un consejo médico, cuántas veces puedo darles un consejo amistoso que les ayude a enfrentarse con una situación difícil, con más esperanza. Pero todo eso gracias a Dios.

–Usted conoció al Fundador del Opus Dei. ¿Recuerda algún rasgo de la personalidad de Monseñor Escrivá de Balaguer que le llamara especialmente la atención?

–Me llamó la atención su alegría. Advertí con gran claridad que era un sacerdote que estaba muy cerca de Dios, que era un hombre santo. La fuerza y el cariño con que hablaba de Dios, la esperanza que transmitía con sus comentarios removían el alma. Vi conmoverse a las personas que estaban a mi alrededor, en aquella reunión tan numerosa –en Tajamar–, donde el Padre hablaba como si estuviera a solas con cada uño. Le aseguro que me sentí removida interiormente y con un gran deseo de esforzarme en ser mejor. Al mismo tiempo, recuerdo que me inspiró–una gran confiañza. Desde que el Padre falleció me encomiendo a su intercesión con mucha frecuencia y le pido ayuda en tantas cosas. Sé que Monseñor Escrivá es un eficaz intercesor delante de Dios.

“Tan actual como hace 50 años”

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En el 50 aniversario del fallecimiento de Montse Grases, los relatos y recuerdos de sus amigos, su biógrafo y el alcalde de pueblo donde veraneaba hacen presente en Barcelona el ejemplo de la sierva de Dios.

Opus Dei -  Montse Grases (Barcelona 1941-1959)

Montse Grases (Barcelona 1941-1959)

El acto conmemorativo de este 50 aniversario, que se celebró en el Oratorio de Santa María de Bonaigua de Barcelona, reunió a más de doscientas personas. En primer lugar, una mesa redonda en la que los testimonios de Rosa Pantaleoni, amiga íntima de Montse; Jordi Suriol, compañero de excursiones; y José Miguel Cejas, escritor y biógrafo, hicieron viva la persona de una joven de 16 años que percibió la llamada a servir a Dios en la vida ordinaria y que a raíz de una grave enfermedad murió un 26 de marzo, jueves santo, de 1959.

¿Quién es Montse? “Es como una canción que no pasa de moda, que se transmite de generación en generación, porque hay mensajes que siempre guardan vigencia”, explicaba Cejas que la definió como “una joven de 16 años que hizo la cosa más importante: querer con toda el alma”.

Para Rosa Pantaleoni, Montse es “mi amiga de siempre: viví con ella antes y después de su enfermedad. Hasta el último momento lo desdramatizó todo, siempre con la Virgen de Montserrat cerca”.

“Cuando me encontré con Montse, empecé criticar a la Obra. Ella callaba y se cruzaba de brazos”, recuerda Jordi Suriol. “Después de escucharme con serenidad, me dijo: ¿por qué no miras las cosas desde otro punto de vista? Siempre lo ves de forma negativa. Mira en positivo”. Suriol, amigo de juventud de la sierva de Dios, afirmó que “Montse tenia cabeza para pensar, corazón para querer y voluntad para  permanecer”. Otro recuerdo vivo es el de cuando le dijeron a Montse que estaba enferma de gravedad, sin curación. “Su madre, Manolita, me comentó que después de decírselo les dio las buenas noches, se puso delante de la Virgen de Montserrat y le dijo lo que quieras, te serviré, y se fue a la cama”.

Opus Dei - Imagen de la Madre de Dios de Montserrat, que Montse  tenía en su habitación

Imagen de la Madre de Dios de Montserrat, que Montse tenía en su habitación

Finalmente Josep Palmerola, alcalde de Seva, lugar donde veraneaba Montse con su familia, recordó el día en que en el pueblo se comentó “la hija de los Grases tiene un mal feo”. Pero recuerdan la serenidad con qué lo vivieron.

Tras la mesa redonda se celebró una Misa en el Oratorio de Santa María de Bonaigua en sufragio por el alma de Montse Grases presidida por el vicario del Opus Dei en Barcelona, Dr. Antoni Pujals.

“La reina de la alegría”
Una de las iniciativas para celebrar este aniversario ha sido el concurso internacional sobre Montse en el que han participado jóvenes de 9 a 18 años de todo el mundo (Estados Unidos, Polonia, México, Austria, Filipinas, y otros países).

“La reina de la alegría” fue el título de uno  de los trabajos presentados. Resume, en opinión de les personas que la conocieron, una característica propia de Montse: “una alegría que le nacía del corazón”, recuerda Pantaleoni.

El jurado del concurso estaba formado por Carlota Goyta y Asunción Esteban, autoras de uno de los cómics infantiles más populares, TEO, por el escritor Carlos Pujol y por el publicista Xavier Roca. Los premios fueron para:

Modalidad CÓMIC
1er. Premio Zoe Marie Sánchez (Texas Houston)
2º. Premio Marta Gallostra Acín (Barcelona)

Modalidad NARRATIVA
1er. Premio (desierto)
2º. Premio Eulàlia Prats Vives (Igualada)

Modalidad AUDIOVISUAL
1er. Premio Núria Vergés (Vic)
2º. Premio Montse Bover (Igualada)

Calle Abades

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

El paseante sigue bajando por la calle de Embajadores hasta encontrarse con la calle de Abades, que recorre por entero hasta llegar a la calle Mesón de Paredes, donde estuvo el Fundador en 1927 ejerciendo su ministerio sacerdotal.

Un diálogo en Argentina

Opus Dei - Calle Abades

Calle Abades

San Josemaría evocó esta calle Abades durante su viaje de catequesis por Argentina en 1974. Una anciana le hizo una pregunta, diciéndole:

—Padre, soy de Madrid.

—Madrileña, ¿de Chamberí o de dónde? ¿En qué calle naciste?

— En los Abades..

—¡Eh…! Lo conozco…

—En el 126, para decirlo más claro, continuó la anciana.

—Cerca de Progreso, ¡anda!, muy bien. Maravilloso.

—Pero no vaya a creer Padre, que hace veinte años… ¡hace ochenta y cuatro!

— ¡Oye, la calle de Dos Hermanas, está allí al lado, ¡sigue, sigue…!

—Ochenta y cuatro años, Padre…. así que mire, ¿no es una dicha esto?

Opus Dei - Calle Mesón de Paredes

Calle Mesón de Paredes

— Sí… Es una dicha que tengas esa luz envidiable, que seas tan maja, que estés aquí con ese buen humor y que seas muy santa para ayudarnos a los demás a servir a Dios.

—Bueno…

— Que El te bendiga y nos pague la alegría de tenerte aquí.

—Muchas gracias, Padre.

El paseante tuerce a la derecha y continúa bajando por la calle Mesón de Paredes.

A la derecha dejará, primero, la calle del Oso —calle famosa en el hampa madrileña, que debe su nombre al animal del blasón del hidalgo Diego de Vera—; y más abajo, la calle de Cabestreros, también visitada por el Fundador por motivos pastorales.

Esta calle es una de las más castizas de Lavapiés y alude a los cordeleros de cáñamo que trabajaban en ella. Aquí tenía lugar “la romería de los gitanos” en la que lucían las mulas enjaezadas ante de recibir la bendición en la cercana iglesia de San Cayetano.

Calle Abades

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Recorrido histórico de los lugares fundamentales relacionados con la fundación del Opus Dei

El paseante sigue bajando por la calle de Embajadores hasta encontrarse con la calle de Abades, que recorre por entero hasta llegar a la calle Mesón de Paredes, donde estuvo el Fundador en 1927 ejerciendo su ministerio sacerdotal.

Un diálogo en Argentina

Opus Dei - Calle Abades

Calle Abades

San Josemaría evocó esta calle Abades durante su viaje de catequesis por Argentina en 1974. Una anciana le hizo una pregunta, diciéndole:

—Padre, soy de Madrid.

—Madrileña, ¿de Chamberí o de dónde? ¿En qué calle naciste?

— En los Abades..

—¡Eh…! Lo conozco…

—En el 126, para decirlo más claro, continuó la anciana.

—Cerca de Progreso, ¡anda!, muy bien. Maravilloso.

—Pero no vaya a creer Padre, que hace veinte años… ¡hace ochenta y cuatro!

— ¡Oye, la calle de Dos Hermanas, está allí al lado, ¡sigue, sigue…!

—Ochenta y cuatro años, Padre…. así que mire, ¿no es una dicha esto?

Opus Dei - Calle Mesón de Paredes

Calle Mesón de Paredes

— Sí… Es una dicha que tengas esa luz envidiable, que seas tan maja, que estés aquí con ese buen humor y que seas muy santa para ayudarnos a los demás a servir a Dios.

—Bueno…

— Que El te bendiga y nos pague la alegría de tenerte aquí.

—Muchas gracias, Padre.

El paseante tuerce a la derecha y continúa bajando por la calle Mesón de Paredes.

A la derecha dejará, primero, la calle del Oso —calle famosa en el hampa madrileña, que debe su nombre al animal del blasón del hidalgo Diego de Vera—; y más abajo, la calle de Cabestreros, también visitada por el Fundador por motivos pastorales.

Esta calle es una de las más castizas de Lavapiés y alude a los cordeleros de cáñamo que trabajaban en ella. Aquí tenía lugar “la romería de los gitanos” en la que lucían las mulas enjaezadas ante de recibir la bendición en la cercana iglesia de San Cayetano.


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