Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima

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Testimonio de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Con ocasión del primer aniversario de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, es para mí motivo de gran alegría destacar una de las muchas facetas de su espiritualidad: la devoción a Nuestra Señora. Vivió su amor a la Virgen, amor de enamorado, con la profundidad de un teólogo y la sencillez de un niño.

Ya antes de su ordenación percibió que el Señor le pedía algo, que él no sabía concretar ni definir. Pero tenía el deseo ardiente de hacer la voluntad de Dios y, por eso, como el ciego del Evangelio, suplicaba constantemente: «Señor, que vea», y añadía « ¡Que sea! ».

Desde muy pronto confió a Nuestra Señora la fidelidad total a su vocación. En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, en 1924, (todavía no era sacerdote), grabó en la peana de una imagen de la Virgen del Pilar esta pe4ueña jaculatoria: Domina ut sit –«¡Se­ñora, que sea!».

Los cimientos de la Obra, que hoy se llama Opus Dei y cuenta con más de 60.000 asociados de ochenta nacionalidades, se apoyan en la roca viva de la entrañable devoción a Nuestra Señora que tenía su fundador. Más tarde escribiría con un saber, fruto de una experiencia intensamente vivida: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (Camino, núm. 505).

El Opus Dei está marcado con esta señal desde sus inicios. Y siempre su fundador recorrió los difíciles caminos de la fidelidad mecido en los brazos amorosos de la Madre de Dios y Madre de los hombres.

Para Monseñor Escrivá, las peregrinaciones a los santuarios marianos eran una de las expresiones más bellas de su devoción tierna y fuerte a Nuestra Señora. Le gustaba hacerlas solo o en pequeños grupos, en un clima de recogimiento e intimidad. ¡Con qué encanto nos habla de aquella peregrinación a la que asistieron tan sólo tres personas al santuario de Sonsoles, en los alrededores de Ávila! ¡Y las de Loreto o Lourdes repetidas tantas veces!

En la década de los cuarenta hizo las primeras visitas a Portugal para poner los cimientos del Opus Dei en nuestra patria, que él amaba entrañablemente y a la que le gustaba llamar «Tierra de San­ta María». Para él, venir a Portugal era lo mismo que ir a Fátima. Y fue allí, en la Cova de Iria, donde entregó las primicias de la Obra, destinada a producir frutos maravillosos entre las gentes portugue­sas de todas las condiciones. En Tuy visitó a la hermana Lucía, entonces religiosa dorotea, que comprendió admirablemente el espíritu del Opus Dei: santificación en la vida corriente y ordinaria, contemplación en medio del mundo. Para un socio del Opus Dei su celda es la calle. Una anécdota curiosa: fue Lucía la que intervino en la solución de las dificultades burocráticas para que Monseñor Escrivá pudiese entrar en Portugal en aquel momento. Siendo car­melita en Coimbra, recibió en diversas ocasiones al fundador del Opus Dei, que amaba ardientemente la vida religiosa y en especial a las órdenes contemplativas. El Carmelo de Santa Teresa en Coim­bra y la Cova de Iria en Fátima eran escalas obligatorias para Monseñor Escrivá, profundamente contemplativo y mariano.

El fundador del Opus Dei amaba con locura al Romano Pontífice y a los obispos de la Santa Iglesia. Por eso no hacia nada sin su aprobación.

Habló varias veces con el obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, que apoyó con brazos y corazón abiertos, el arranque en aquella ciudad de la Obra, que entonces daba los primeros pasos.

Trató muy de cerca al obispo de Nuestra Señora, don José Alves Correia da Silva, a quien visitaba cuando hacia sus peregrinaciones a la Cova de Iría. Vivía y enseñaba a vivir aquella norma tan antigua:

Nihil sine Episcopo -nada sin el obispo-. Tenía un particular afecto hacia don José, manifestado en muestras evidentes de cariño, como el regalo de unas preciosas sacras para la capilla de la Casa Epis­copal y un expresivo telegrama que encontré en el archivo.

En mayo de 1967, días antes de la peregrinación del Santo Padre, Monseñor Escrivá se hizo también peregrino del Santuario de Fátima, con aquella devoción filial, afectuosa y tierna de la que era capaz su alma de sacerdote, que siempre quiso ser sacerdote, y sólo sacerdote; sacerdote que amaba apasionadamente a Jesús y a su Madre. Al cruzarse en las carreteras de Portugal con los milla­res de peregrinos, que a pie se dirigían rumbo a Fátima, exclamaba emocionado: « ¡Que Dios os bendiga por el amor que tenéis a su Madre!».

En otra peregrinación, en el año 1970, el fundador del Opus Dei vino a implorar la protección de la Virgen para la Iglesia Santa, herida por el desamor y por los ataques de sus propios hijos. Yo pude verle emocionado recorrer descalzo la última etapa de su pere­grinación, rezando con recogimiento el Santo Rosario acompañado por un pequeño grupo de sus hijos espirituales. ¡Monseñor Escrivá, gran teólogo y canonista, confundido con la gente sencilla de nues­tra tierra, con viejecitas piadosas y buenas desgranando las cuentas de su rosario cargado de medallas! Así era el rosario de Monseñor Escrivá, adornado con muchas medallas que él besaba devotamente con la ternura y emoción con que besamos el retrato de nuestras madres. Comprendí entonces cómo la ciencia de un teólogo se pue­de aliar perfectamente a la piedad de un niño. Pensé en los pas­torcitos de Aljustrel que vieron a Nuestra Señora y recibieron de ella el gran mensaje de salvación para el mundo de hoy, y pensé también en los pequeños y sencillos del Evangelio a los cuales el Señor prometió el Reino de los Cielos.

La última peregrinación de Monseñor Escrivá al santuario de Fátima fue en otoño de 1972. Centenares de personas de las más variadas procedencias se unieron a él para rezar devotamente el rosario y para recibir el saludable influjo de su fuerte personalidad humana y sobrenatural. Lo que más destacaba en este hombre de Dios era el ansia incontenida del mismo Jesucristo de salvar a todos.

En aquella ocasión llevó a cabo en Portugal una gran catequesis, sencilla y profunda al mismo tiempo. Millares de personas, en Lisboa y en Oporto, principalmente jóvenes y sacerdotes, pudieron oír encantadas la palabra evangélica que él sembraba a manos lle­nas, en diálogo familiar y comunicativo. Las palabras le brotaban de un corazón ardiente; por eso convencía y arrastraba.

En el amor a la Virgen Santa, Madre de la Iglesia y Madre de la Humanidad entera; en el amor a la Sagrada Familia, a la que le gustaba llamar la Trinidad de la Tierra; en el amor a la Trinidad del Cielo, aprendió él a amar a todos los hombres de todas las razas y condiciones, culturas y religiones. Con el buen humor que le carac­terizaba dijo un día al Papa Juan XXIII que no había aprendido de él el ecumenismo, ya que hacía mucho tiempo que lo vivía.

El siervo de Dios se dio enteramente a los hombres; amó apa­sionadamente el mundo que salió maravilloso de las manos de Dios Creador. Llegó incluso a hablar de «materialismo cristiano» para dar a entender que las realidades terrenas y temporales, todas las tareas honestas de los hombres, son el lugar y el camino de santidad para los hijos de Dios. Esta es su misión: «hacer divinos todos los caminos de la tierra», bajo la protección de la Virgen Santa María, que encarnó la mayor santidad de cualquier criatura a través de la vida ordinaria de cada día.

Que por la intercesión del fundador del Opus Dei sea finalmente vencida esta gran crisis mundial que es una crisis de santos.

En salud y enfermedad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde 1944, Monseñor Escrivá de Balaguer está diagnosticado de diabetes mellitus. Probablemente la enfermedad existe con anterioridad a esta fecha, ya que han sido muchas las jornadas en las que ha acudido a cumplir sus compromisos de trabajo con infecciones que tardan en curar, fiebre y malestar intenso. Pero se manifiesta la causa con toda certeza a raíz de unos ejercicios espirituales que debe impartir a la Comunidad de frailes Agustinos de El Escorial. Es el mes de septiembre de 1944. El Padre amanece con treinta y nueve grados de fiebre. A pesar de todo, piensa en los cien religiosos que le están esperando y emprende el camino. Siempre el fuego del amor de Dios arrastrará su cuerpo, muchas veces vencido por la inclemencia de la enfermedad, del cansancio, y, por ello, habla durante estos días con el mismo ímpetu de siempre. Muchos de aquellos religiosos que le escuchan recordarán, treinta años después, la fe, la convicción y la entrega de aquel sacerdote. Predica en el coro de la iglesia y tiene que forzar la voz para que resulte audible a todos. Lo consigue: llega hasta cada uno con claridad, con exigencia amable. A los pocos días de estancia en el Monasterio es preciso practicar un análisis que objetiva la elevada cifra de glucosa en sangre.

Desde ese día ha de ponerse en tratamiento. Controla su enfermedad el doctor Pardo Urdapilleta, que prescribe un régimen dietético difícil de llevar, y también insulina.

Es precisamente en una etapa de difícil control de su enfermedad, en 1946, cuando don Álvaro le llama desde Roma. Resulta imprescindible que el Padre vaya para abrir el horizonte jurídico de la Obra. Desde que llega a Italia se pondrá en manos del doctor Faelli, que ha de ser médico y amigo durante ocho años de tratamiento. Cada quince días se somete a pruebas analíticas. Va con don Álvaro a la Via Nazionale, hacia las once de la mañana, para cumplir estrictamente los postulados del doctor. Pero la glucemia sube, y la cantidad de insulina que ha de inyectarse varias veces al día va en aumento. Llega a precisar más de cien unidades diarias.

Uno de los días en que va a practicarse los análisis, en ayunas como de ordinario, don Álvaro le lleva a la Piazza Esedra a desayunar. Piden un «capuccino» y un bollo. En Italia llaman «capuccino» a un café muy cargado al que se añade un poco de crema. Cuando el Padre se dispone a beberlo, se acerca una mujer pobre pidiendo limosna. Sin dudarlo un momento, le contesta:

-«Dinero no tengo; lo único de que dispongo, porque me lo dan es esto: tómeselo usted, y que Dios la bendiga».

Don Álvaro se apresura a ofrecer su desayuno al Padre. Pero él, vuelve a intervenir:

-«No, no, ya está bien, ya he desayunado».

Y repite la misma afirmación a la encargada del bar, que quiere regalarle un café en sustitución del que ha dado a la mujer. -«No, no, quédese usted tranquila, que yo ya he desayunado»”.

Quedarse sin comer no supone una novedad para el Padre, porque desde muy joven está acostumbrado a buscar también ahí la penitencia. La realidad es que durante toda su vida muchas veces ha pasado hambre. Primero, por exigencias de su trabajo sacerdotal y porque no tenía dinero, se alimentaba poco aunque continuara trabajando sin tregua de un lado a otro. Después, en la época de la guerra española, el hambre será general y sobreañadida a la persecución. A partir de 1940, la Obra comienza su crecimiento y las necesidades se multiplican. Y tras la guerra mundial, que ha empobrecido las posibilidades de todos los países de Europa, le diagnostican de diabetes mellitus. La terapéutica en esta época es drástica: se emplean regímenes de hambre, con exclusión de los carbohidratos. Desde 1966, padecerá además una secuela ligada al síndrome diabético: la insuficiencia renal, que va a condicionar extremadamente el tipo de alimentos que debe ingerir en cantidad y calidad.

En Roma, el doctor Faelli sabe que es un paciente disciplinado y cumplidor. Pero no puede impedir que se exponga al cansancio constante. No duerme lo necesario. El Fundador sonríe ante la enfermedad y sigue brindando su cuerpo a la insulina, que don Álvaro se encarga de inyectar habitualmente.

En 1949 sufre una grave infección en la boca. En un solo día se remueven todas las piezas dentarias y han de extraérselas. El encargado de esta operación será el doctor Hruska. Es un hombre fuerte, con grandes manos. Mientras actúa sobre el paciente, habla con una sintaxis muy particular que traiciona su origen extranjero y que al Padre le hace mucha gracia. Nunca oirá una queja de Monseñor Escrivá de Balaguer. Tampoco sus hijos podrán detectar, a lo largo de la jornada, un gesto de desaliento, algo que denote el mal estado en que se encuentra.

Sin embargo, la evolución de la diabetes es tan grave que piensa que puede morir en cualquier momento.

«Llegaba la noche, y pensaba: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracias por la vida que me concedas, y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia. Por la mañana, al despertarme, el primer pensamiento era el mismo» (45) El día 27 de abril de 1954, diez minutos antes de la una de la tarde, don Álvaro inyecta una nueva marca de insulina retardada que ha recetado el médico. Inmediatamente después, bajan al comedor para almorzar. Están los dos solos, frente a frente, en la mesa. Y, de pronto, el Padre dice:

-Álvaro, dame la absolución.

-Pero, Padre, ¿qué dice?

-¡La absolución!

Y el Padre comienza a recitar en voz alta la fórmula ego te absolvo… Instantes después, pierde el conocimiento y cae sobre un lado. El color se le ha mudado: pasa del rojo intenso a la palidez terrosa; la respiración se hace imperceptible y el pulso desaparece…

Don Álvaro, después de administrar la absolución, intenta darle azúcar, recordando la posibilidad de una hipoglucemia grave y avisa con toda rapidez a un médico. El Padre permanece de diez a doce minutos sin que su estado se modifique y, luego, lentamente, empieza a recobrarse. Cuando llega el doctor diagnostica un shock anafiláctico y se sorprende ante la regresión espontánea de todo el cuadro. Todavía, durante varias horas, el Padre permanecerá ciego. Luego, también recuperará la vista por completo. Cuando se, puede levantar de la cama ve su rostro reflejado en un espejo y comenta:

-Álvaro, hijo mío, ya sé qué aspecto tendré cuando me muera.

-No, Padre, necesitaría haberse visto hace cinco o seis horas. En comparación a como estaba antes, ahora se encuentra usted como un clavel…

Después recordará Monseñor Escrivá:

-«Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, en cosa de pocos segundos, el Señor me hizo ver mi vida como si fuera una película; me llené de vergüenza por tantos errores, y pedí perdón al Señor. Más no se puede pasar. Es como si me hubiera muerto » (46)

Ese mismo día hablará también con sus hijas, que se han asustado ante el accidente, para devolverles la serenidad.

-«Estaba muy tranquilo, aunque me daba pena irme de vosotras. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, El os ha oído y me concede una nueva etapa fecunda (47).

Y haciendo una demostración de bienestar, comienza a hablar de nuevos planes de trabajo para los que pide colaboración. Salpica los proyectos de seguridad y alegría. Su confianza es una lección más de abandono en manos de Dios que sus hijos no podrán olvidar.

A partir de ese día, fiesta de Nuestra Señora de Montserrat, los análisis se reiteran completamente normales. Los doctores suspenden la medicación, incluida la insulina, y nunca más vuelve a precisar de tratamiento alguno de la diabetes. El mismo nota la desaparición de los síntomas clínicos. Desde hace años sufría intensas cefaleas, que cesan hoy de un modo súbito.

-«Llevaba tantos años con dolor de cabeza, que el hecho de no tenerlo me resulta extraño: estoy como si hubiese salido de una cárcel»(48).

Pero nadie aprecia la diferencia entre salud y enfermedad. Ha desplegado una actividad intensísima con un estado físico precario, pero con un gran deseo de aceptar la cruz en su propio cuerpo y nadie, a excepción de los más próximos, se han dado cuenta de la gravedad.

Veinte años más tarde, un hijo suyo venezolano le aborda durante uno de sus viajes al Nuevo Continente:

-Padre… Estudio en la Universidad de Zulia, en Maracaibo. Desde niño tengo diabetes y me han dicho que usted también la tuvo.

-Yo la tuve durante diez años. Una diabetes morrocotuda.

-Quería darle las gracias a usted y a la Obra porque la enfermedad se ha convertido para mí en un medio de santificación, y no me ha hecho perder la alegría.

-De eso tienes que dar las gracias a Dios, no a mí ni a la Obra (…). Es justo que quieras al Padre y a tus hermanos, pero nuestro agradecimiento va todo derecho a Dios, Señor Nuestro, que nos concede todas estas alegrías y todos estos medios, para que no nos entristezcan las contradicciones de la vida (49)

Es su modo de poner sencillez a lo heroico, naturalidad a las actitudes sobrenaturales. Conoce el dolor. Ha experimentado la oscuridad. Por eso puede alumbrar a sus hijos con la exigencia y la paz de su entrega a la Voluntad de Dios.

La muerte de su padre

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Mientras tanto, allá en Logroño, en el pequeño piso de Sagasta, la familia Escrivá sigue moviéndose al ritmo de la tranquila vida local. Carmen ha terminado sus estudios de Magisterio, y Santiago va creciendo entre el cariño y la protección que todos brindan al pequeño. De acuerdo con el deseo que un día elevara a Dios Josemaría, el último hijo se ha convertido en la alegría que llena el hueco inevitable del mayor.

El día 27 de noviembre de 1924, en «La Gran Ciudad de Londres», Garrigosa y el resto de los empleados están perplejos. Pasan veinte minutos de la hora de entrada mañanera y don José no ha aparecido. En los años que lleva en el comercio es la primera vez que ocurre. Resulta tan anormal la circunstancia que todos coinciden en que algo importante ha debido sucederle. Y envían a preguntar.

En efecto: hace apenas una hora, don José se ha levantado con el ánimo de llegar puntual; desayuna, reza una breve oración junto a una imagen de la Milagrosa y juega un rato con el pequeño Santiago, que ya está despierto. De pronto, se siente mal. Intenta llegar hasta su habitación, pero se apoya en el quicio de la puerta y cae al suelo. Doña Dolores acude a recogerle, y lo único que puede hacer, ayudada por Carmen, es tenderle en la cama y avisar urgentemente a un médico.

Cuando llegan los empleados de Garrigosa le encuentran en estado agónico, en el que se mantendrá unas horas todavía. Agotado por el esfuerzo y los avatares de su vida, su corazón dejará de latir irremediablemente. Tiene sólo cincuenta y siete años. Manuel Ceniceros pone un telegrama urgente a Zaragoza.

Aunque las líneas no hablan de muerte, dejan traslucir la gravedad de la situación. Josemaría llegará en el exprés Barcelona-Bilbao cuando ya se hace de noche. Manuel, que le espera en el andén, no le comunica aún la verdad. Caminan con rapidez, cruzando el paseo del Espolón. Pero, al acercarse a Portales, no tiene más remedio que anunciarle esta muerte que ha llegado como un rayo.

Esa noche, un grupo de amigos velará el cadáver y rezará el Rosario dirigido por Josemaría. Doña Dolores se acoge a la presencia de su hijo mayor, que tiene ahora veintidós años. Allí, en un descanso apacible, está la figura de don José Escrivá. Dios no ha querido que conozca en la tierra la especial llamada de su hijo, ni que asista a su ordenación sacerdotal. Sin embargo, nadie hasta entonces ha ayudado tanto en la vida de Josemaría a la realización de los planes divinos como sus padres. Don José ha hecho su entorno profundamente cristiano, con una fe viva y auténtica; ha respetado su libertad enseñándole a administrarla bien; inculcó en su hijo un gran amor a la verdad, a la sencillez, a la naturalidad; le dio ejemplo de laboriosidad gastándose incansablemente, día tras día, sin regatear ningún esfuerzo. Fue una lección de alegría y de cariño hacia quienes trabajaron con él y para él. Jamás las contradicciones le hicieron impaciente o le quitaron el humor. Murió agotado, pero sereno, paciente y con valor. Josemaría recordará el señorío con que su padre encajó el zarpazo de la pérdida económica, la incomprensión y el desafecto por parte de personas que le debían tanto. Nunca olvidará la manera digna y valiente de afrontar sus deberes y dificultades. Y el amor con que aceptó la decisión al sacerdocio de su hijo, cuando sus planes, seguramente, se habían proyectado muy lejos de esta entrega.

Al día siguiente Josemaría regresa del cementerio, cruzando el Puente de Hierro camino de la calle de Sagasta. Se queda un momento parado con los ojos fijos en el agua que pasa sin descanso. Tiene en sus manos la llave que guarda, en el féretro, los restos que acaban de enterrarse. Quisiera abrazarlos una vez más y no apartarse de ellos. Con un gesto de desprendimiento, pone en manos de Dios hasta sus más hondos sentimientos, y deja caer en el río esta llave que custodia el recuerdo de su padre.

Es tan grave la carencia de medios económicos, que un sacerdote le prestará la suma necesaria para hacer frente a los gastos del entierro; se preocupará de devolver el dinero lo antes posible y no olvidará jamás esta generosidad. Hasta el último día de su vida pondrá el nombre de este amigo entre las intenciones de su Misa, donde reza por los vivos y los muertos. Por aquellos que lleva en el recuerdo imborrable de su corazón.

En medio de la soledad que la muerte le ha dejado, doña Dolores sabe que Josemaría debe abandonarles de nuevo para volver a sus estudios. La vida de la casa ha de proseguir normalmente hasta que puedan reunirse con él en Zaragoza; nada les retiene ya en Logroño. La incansable decisión de esta mujer se impone desde el primer día.

No ha transcurrido todavía un mes cuando Josemaría recibe el diaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, también en la iglesia del Seminario de San Carlos (14). Aquí, junto a la bella policromía de sus altares, tendrá el nuevo diácono la alegría de dar, por primera vez, la Sagrada Comunión a su madre, con una emoción que le hace temblar las manos. Será un acontecimiento sencillo, casi íntimo, en el que están presentes, no obstante, tantos recuerdos del pasado y tantas promesas abiertas al futuro.

Desde enero de 1925, la familia Escrivá vive en Zaragoza. Los pisos que Josemaría alquila, primero en la calle Urrea y después en la de Rufas, son de modesta condición. Se trata de dos estrechas bocacalles que van a dar al Coso, escalonadas por balcones de hierro en desnivel, cubiertos de geranios. Ropa tendida de uno al otro extremo y pequeños establecimientos comerciales completan el perfil de estos rincones inmersos en el centro de la ciudad aragonesa. Un poco más adelante ocuparán una casa, mejor acondicionada, en la calle San Miguel.

El joven diácono ha tomado sobre sí la responsabilidad de la familia. De ahora en adelante el camino de doña Dolores, Carmen y Santiago, irá unido a una exigente transhumancia que Dios ha querido para Josemaría.

Raices de la alegría.

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11 Rafael Gómez Pérez

Como el mundo no puede vivir sin cristianismo —tan fuertes son las consecuencias históricas de la realidad del Verbo hecho hombre—, en muchas épocas una parte de ese mundo se ha dedicado a denigrarlo: literalmente, a pintarlo de tintes oscuros, negros. Los hombres de talante dionisíaco, según la terminología de Nietzsche, han acusado al cristianismo de predicar la muerte, la renuncia, la tristeza, el abandono del mundo. Y, al contrario, cuando por cualquier motivo la historia entra en una época de desesperanza, el optimismo resulta molesto: ¿por qué son felices esos cristianos, por qué no dudan siempre, por qué no la angustia perpetua? ¿No será frivolidad, superficialidad ese confiar en un final feliz? Tenemos así que, como casi era de esperar, el cristiano ha sido tachado de triste y de alegre, de sombrío y de descaradamente luminoso, de derrotista y de triunfalista. ¿Que el canto sagrado se hace complejo, polifónico, rico? «Se ha perdido la primitiva austeridad.» ¿Que se vuelve sobrio? «Son cantos de muerte y no de vida.»

Cuando suceden estos ataques simultáneos y contrarios, se puede decir que los que acusan no han entendido el «escándalo» y la «locura» cristianos. Chesterton escribía en Enormes minucias: «El verdadero resultado de toda experiencia y el verdadero fundamento de toda religión es éste: que las cuatro o cinco verdades cuyo conocimiento es más prácticamente esencial para el hombre pertenecen todas ellas a la categoría que la gente denomina paradoja.» También la alegría del cristiano se expresa en paradojas. Paradójico es que Cristo aconseje, cuando se ayune, estar alegre, perfumarse, mostrarse lejos de cualquier tristeza. Naturalmente, un ayunador alegre puede verse expuesto fácilmente a la acusación de hipocresía. Pero es el acusador el que no habrá entendido la paradoja.

Conviene dar siempre una oportunidad al que ataca. Conviene siempre intentar entender el motivo de la acusación. Puede pensarse, por eso, que el hombre inteligente ama la complejidad, porque casi nada está escrito de un solo color o trazado con ausencia de matices. Pregonar con voz estentórea que «todo es sencillo» molesta a los temperamentos que temen que lo diáfano se convierta en velo de la superficialidad. Así, ante la afirmación «el cristiano es alegre», se notarán gestos de insatisfacción: no puede ser tan sencillo.

Y no lo es. El hecho de que el cristianismo haya sido atacado desde flancos diversos y opuestos demuestra, al menos, que la realidad cristiana es difícil de abarcar en una sola mirada. Sencillo no es lo mismo que simple. Dar sencillez no es simplificar: sencillo es lo que no se oculta, pero eso que no se oculta puede ser una realidad compleja. Precisamente eso ocurre en el cristianismo. Y en la alegría del cristiano de forma singular.

La palabra clásica para alegría es gozo, el gaudium de los latinos. Gaudium traduce prácticamente siempre, en la Vulgata, el xáQtg griego, y este término griego sirve también para regalo, premio, limosna y gracia. Gracia es lo que se obtiene sin esfuerzo por parte del que lo recibe; por eso, dar gracias o dar las gracias es reconocer esa gratuidad. El gozo, la alegría, es el resultado de poseer un bien, y precisamente un bien grande, que sólo gratuitamente puede recibirse. Entre todos estos bienes, hay uno de calidad superior, el amor. El arquetipo del bien gratuitamente recibido es el amor. Por eso el enamorado, si ama y es amado, si da y es objeto del don, está alegre, goza, canta. Por eso también en los niños se da la alegría de una manera particular: porque su vida es recibir siempre, ser objeto de amor, singularmente por parte de los padres, pero también de casi todos, que miran con benevolencia (volendo bene, dice aún el italiano) a los niños.

Camino, alimentado en la raíz cristiana, no podría estar lejos de esta trama rica de la alegría. En el punto 268 puede leerse: «Dale gracias por todo, porque todo es bueno.» Éste me parece el texto fundamental sobre la alegría. De este dar gracias por todo se obtiene un gozo grande, como gusta decir el Evangelio: los ángeles anuncian, en el Nacimiento de Cristo, un gozo grande (Lc 2, 10); los discípulos, confortados por la bendición de Cristo, que ha vuelto con el Padre, experimentan un gozo grande (Lc 24, 50-52).

Por todo esto el cristiano tiene que ser definitivamente alegre. El optimismo del cristiano está basado en que se le ha abierto un camino real hacia lo Óptimo, y lo Óptimo es Dios. Por eso no puede ser cristiano un talante desesperado definitivamente. Pensar que todo está tan mal, que el corazón humano está tan corrompido que «ni Dios puede salvarlo» es sólo una forma de la soberbia, es decir, de la mítica adoración al propio yo. Un reflejo de esa soberbia se da también en las relaciones humanas: el triste crónico es alguien que no se deja ayudar, que le parece que su «complejidad» es tal que nadie podrá nunca resolverla. Y, al contrario: nada más placentero que el carácter de la persona que se deja ayudar, no servilmente sino llanamente: «Mira, esto no lo sé, enséñamelo tú.»

Por otro lado, lo que han intuido más o menos oscuramente pensadores como Kierkegaard o Unamuno, y todos aquellos que de una forma o de otra han hablado del «sentimiento trágico de la vida», es que, en esta historia, en este tiempo, la alegría del hombre no puede nunca ser completa. El gozo es consecuencia de la obtención de un bien; de un bien, además, gratuito, dado por pura liberalidad. Pero en la historia no hay, para ser gozado, ningún bien eterno (entre las creaciones de los hombres o los bienes de la naturaleza); y el único bien eterno, Dios, no puede ser «visto» ni, por tanto, gozado completamente en esta vida. Nos estamos acercando a la paradoja, una vez más. Y en este caso la paradoja fue señalada muchas veces por Mons. Escrivá de Balaguer con la frase «la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz»(1).

Para llegar a entender mejor esto hay que unir algunas ideas que ya han aparecido. Por ejemplo, la conexión entre alegría e infancia. No tiene nada de extraño, ahora, que en Camino la raíz de la alegría esté en ese saberse hijos de Dios, conectado con los dos capítulos en los que se trata de la «infancia espiritual». Es posible leer el punto 659 a la luz del 860. «La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios.» «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides.»

En Camino, la alegría está conectada con la aceptación de la voluntad de Dios, pero no con una fría pasividad. Esa voluntad es la de un Padre, y ya se sabe hasta qué punto, en cierto modo, en la medida de lo bueno para el hijo, el padre más que a mandar se siente inclinado a complacer. En la medida de lo bueno para el hijo: ésta es la clave. El hombre se siente continuamente inclinado a fabricarse un mundo sólo a su gusto, el ámbito gris del egoísmo. Por eso no consigue darse cuenta del verdadero estatuto de la alegría en esta tierra, ese que en Camino queda reflejado con trazos claros: «La alegría de los pobrecitos hombres, aunque tenga motivo sobrenatural, siempre deja un regusto de amargura. —¿Qué creías? —Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida» (n. 203). Y, desde otro punto de vista, la penitencia es «alegría, aunque trabajosa» (n. 548). Por eso hay que recibir la tribulación con entereza: «Si recibes la tribulación con ánimo encogido pierdes la alegría y la paz (…)» (n. 696).

Poco a poco va apareciendo la íntima e inseparable relación entre la alegría y la Cruz, sobre todo teniendo en cuenta que en otras obras de Mons. Escrivá de Balaguer se señala, con profundidad teológica, la conveniencia de dejar el término Cruz para la única Cruz, la de Cristo. Este tema se anuncia en muchos textos de Camino: «Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz» (n. 658). Para alcanzar quizá su punto más alto en el capítulo La voluntad de Dios: «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada» (n. 758). ¿Por qué? Porque el primero que acepta hasta el fondo la Voluntad del Padre es Cristo, y esa aceptación le lleva a la muerte y muerte de Cruz. Él, el Hijo, el Verbo. Por tanto, el cristiano, hijo de Dios en el Hijo de Dios, necesita pasar por la Cruz para darse cuenta de las raíces de la alegría; entonces se advierte que el yugo no es yugo, que la carga no es carga, sin dejar de ser carga y yugo. Y necesariamente hemos de recordar de nuevo la fuerza de la paradoja.

Como no es posible mantener simultáneamente todos los hilos de la visión cristiana de la vida, al referirnos antes a la conexión filiación divina-Cruz no se hacía referencia a otra realidad inseparable: el amor. Sólo el amor hace posible la aceptación de la Cruz. Como escribe Santa Teresa en las Fundaciones: «Esta fuerza tiene el amor, si es perfecto: que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos.» Es la antigua experiencia humana, que no tiene por qué cambiar en el amor divino. Monseñor Escrivá de Balaguer gustaba de aquella canción de Juan del Enzina, que suena: «más vale trocar/ placer por dolores/ que estar sin amores». El amor no está nunca tranquilo, porque el corazón vigila siempre, según se lee en el Cantar de los Cantares, al que Fray Luis de León hacía esta bella glosa: «Es el cuidado de amor tan grande y está tan en vela en lo que desea, que de mil pasos lo siente, entre sueños lo oye y tras los muros lo ve.»

El amor humano es realidad cierta y, a la vez, figura o analogía del amor divino. Quizá para entender la alegría cristiana hay que tener en cuenta la alegría del enamorado, no a pesar de los dolores, sino precisamente en los dolores, en la inquietud, en la continua vigilancia. Se trata, por tanto, de una alegría lejana a la superficialidad, de un contento que nada tiene que ver con la frivolidad; es un gozo sentido, un cuidado en el que se realiza la persona.

Ahora se ve mejor, quizá, por qué una presentación triste del cristianismo es falsear la realidad sobrenatural de la fe. «La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre» (n. 657), es decir, con la alegría que viene de amar, porque sólo es amable el que ama. En otro lugar del libro se habla de los ojos «del mirar amabilísimo» de Cristo. Por eso se entiende lo siguiente: «Caras largas…, modales bruscos…, facha ridícula…, aire antipático: ¿Así esperas animar a los demás a seguir a Cristo?» (n. 661). 0 en otro lugar: «No estés triste. —Ten una visión más… “nuestra” —más cristiana— de las cosas» (n. 664).

Camino, como todos los grandes libros de espiritualidad que han glosado la realidad cristiana, no se deja enmarcar en la fácil dicotomía optimismo-pesimismo, en las simplificaciones del «mejor de los mundos posibles» (Leibniz) o «el peor de los mundos posibles» (Schopenhauer). En este mundo se ha dado y se da, con extraña eficacia, el pecado, la ofensa a Dios que se traduce en una despiadada utilización de las criaturas. Pero el pecado no es lo último, ni lo definitivo. Lo último es por la Cruz, la Resurrección; el supremo dolor redentor que da paso a la alegría, ahora como anuncio, después como perfecta posesión. El trabajo de la Cruz es una victoria, laboriosa victoria que se continúa a lo largo de la historia, en el claroscuro de la libertad humana, que es el mismo claroscuro de la alegría.

(1) Expresión muy corriente en la predicación del Fundador del Opus Dei; puede verse recogida en Es Cristo que pasa, n. 43.

2. Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.

Creo que conocí a un santo

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Testimonio de Mons. William Gordon Wheeler, Obispo de Leeds
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Donde conocí por primera vez a un miembro del Opus Dei fue aquí, en Inglaterra, hace ya más de treinta años. Se llamaba Juan Galarraga, por entonces un seglar que estudiaba en la Universidad de Londres. Coincidimos en varias ocasiones en el Newman Center, de Portland Square. Cuando me hicieron capellán de la Universidad de Londres le veía con asiduidad y aprendí mucho de él sobre cl Opus Dei.

De modo que cuando la Netherhall, una residencia para estu­diantes, entró en funcionamiento, yo se la recomendaba a los alum­nos. Este fue mi primer contacto con el Opus Dei, y desde entonces he visitado residencias del Opus Dei en todo el mundo.

Creo que estoy en una posición única para hablar sobre lo que se podría llamar la universalidad del espíritu del Opus Dei, ya que he podido comprobar su labor en todo el mundo. Hace algunos años, estando yo en Perú, visité la residencia de la Obra en Lima. Tenía mucho interés en conocer cómo había logrado penetrar en lugares tan remotos y echar raíces en pueblos de orígenes tan dife­rentes. Creo que todo ello fue posible gracias a la genialidad de su fundador Monseñor Escrivá de Balaguer.

Lo que siempre me ha maravillado de las residencias del Opus Dei es su espíritu de civilización; una civilización correcta. No había en ellas gran lujo, sino una modestia con buen gusto; el auténtico cristianismo dentro de la civilización de nuestra era. Todas las residencias son muestra de algo a lo que el Cristianismo, y el Catolicismo en particular, debe aspirar.

Lo que se percibía era un espíritu de familia. Algo que también me maravillaba. Es un espíritu de gran disciplina e integridad per­sonal. El fundador del Opus Dei alcanzó un equilibrio que, a mi modo de ver, es la clase de ejemplo que todos deberían de seguir.

Aún guardo como un tesoro la copia de su libro Camino, que el propio Monseñor Escrivá de Balaguer me dedicó. Me lo regaló a finales de los años 50, aunque, por supuesto, yo ya conocía Camino con anterioridad. Siempre he admirado su sencillez.

Una de las cosas que irradiaba Monseñor Escrivá de Balaguer era una enorme estima por la vida espiritual. Su gran deseo era guiar a las personas de una forma recta y sencilla –de manera bíbli­ca–. En eso se había anticipado a su época.

También se adelantó a su tiempo en cuanto al Concilio Vati­cano II; él postulaba un laicado que participara plenamente en la vida de la Iglesia, siendo contemplativo en la vida privada.

Tenía el espíritu del Vaticano II, y en el difícil período post–conciliar, cuando muchos en la Iglesia atravesaron una etapa de incertidumbre, el Opus Dei reaccionó de una manera que debería servirnos a todos de ejemplo.

Creo que ello se debió a que encontró el equilibrio adecuado entre «aggiornamento» y tradición, siempre con la vista puesta en la trayectoria del mundo actual, con lo que su contribución a la vida de la Iglesia fue enorme. Cuando se escriba la historia de ese período, este hecho deberá ser mencionado, sin duda alguna.

Lo que más recuerdo de Monseñor Escrivá de Balaguer es su alegría. Era un compañero maravilloso. Recuerdo cuando, con oca­sión de una comida, algunos obispos trataron de discutirle algunos puntos y él desarmó todos los argumentos simplemente con la bon­dad que emanaba de su persona. Daba la sensación de querer a todo el mundo y uno no podía evitar corresponder.

Tengo la impresión de haber conocido a una persona muy santa y muy humana. Después de todo, la auténtica santidad se elabora desde la naturaleza que nos ha sido dada por Dios. Dios le engran­deció en todos los aspectos.

Un día, en Roma, me regaló un pequeño y sonriente borriquito, diciéndome: «Ponlo en una repisa de tu estudio. y cada vez que lo mires acuérdate de rezar por mí». Aun lo tengo. Allí está, per­manentemente, en la repisa, y cuando las cosas se complican lo miro y me reconforta.

El burro tenía un significado muy especial para Monseñor Escri­vá de Balaguer; solía llamarse a si mismo «una bestia de carga de Nuestro Señor».

El apostolado que el Opus Dei efectuaba entre los estudiantes universitarios es algo que yo, personalmente, conocí bastante bien. Aunque también he podido comprobar su obra en otras esferas. Por ejemplo Peter Scott y su familia, viejos conocidos de Oxford. Es extraordinario comprobar cómo, en la época actual, cuando la mayoría de las familias padecen el impacto de una sociedad dema­siado permisiva en toda Europa, personas como éstas hayan encon­trado estimulo y fuerza en la Obra del Opus Dei.

Según mi propia experiencia, existe un gran paralelismo entre los miembros de la Obra y los primeros cristianos –personas de diferentes esferas sociales imbuidos por un mismo espíritu y tra­tando de santificar sus distintas actividades–. Era en esto en donde más hincapié hacia Monseñor Escrivá de Balaguer. La noción de apostolado del laicado fue recogida, siguiendo este modelo, en uno de los Decretos del Concilio Vaticano.

Cuando en el futuro alguien reflexione sobre Monseñor Escrivá de Balaguer y su obra, será capaz de valorarlo mucho mejor de lo que podamos hacerlo ahora nosotros. Creo que a través de sus escritos y memorias emergerá la figura de un hombre que tuvo un gran impacto entre todos los cristianos.

Después de su muerte escribí al Santo Padre sobre todo ello. Me gusta pensar que conocí a un santo.

Monseñor Escrivá, peregrino de Fátima

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Testimonio de Mons. Alberto Cosme do Amaral, Obispo de Leiria
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

Con ocasión del primer aniversario de la muerte de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, es para mí motivo de gran alegría destacar una de las muchas facetas de su espiritualidad: la devoción a Nuestra Señora. Vivió su amor a la Virgen, amor de enamorado, con la profundidad de un teólogo y la sencillez de un niño.

Ya antes de su ordenación percibió que el Señor le pedía algo, que él no sabía concretar ni definir. Pero tenía el deseo ardiente de hacer la voluntad de Dios y, por eso, como el ciego del Evangelio, suplicaba constantemente: «Señor, que vea», y añadía « ¡Que sea! ».

Desde muy pronto confió a Nuestra Señora la fidelidad total a su vocación. En la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, en 1924, (todavía no era sacerdote), grabó en la peana de una imagen de la Virgen del Pilar esta pe4ueña jaculatoria: Domina ut sit –«¡Se­ñora, que sea!».

Los cimientos de la Obra, que hoy se llama Opus Dei y cuenta con más de 60.000 asociados de ochenta nacionalidades, se apoyan en la roca viva de la entrañable devoción a Nuestra Señora que tenía su fundador. Más tarde escribiría con un saber, fruto de una experiencia intensamente vivida: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (Camino, núm. 505).

El Opus Dei está marcado con esta señal desde sus inicios. Y siempre su fundador recorrió los difíciles caminos de la fidelidad mecido en los brazos amorosos de la Madre de Dios y Madre de los hombres.

Para Monseñor Escrivá, las peregrinaciones a los santuarios marianos eran una de las expresiones más bellas de su devoción tierna y fuerte a Nuestra Señora. Le gustaba hacerlas solo o en pequeños grupos, en un clima de recogimiento e intimidad. ¡Con qué encanto nos habla de aquella peregrinación a la que asistieron tan sólo tres personas al santuario de Sonsoles, en los alrededores de Ávila! ¡Y las de Loreto o Lourdes repetidas tantas veces!

En la década de los cuarenta hizo las primeras visitas a Portugal para poner los cimientos del Opus Dei en nuestra patria, que él amaba entrañablemente y a la que le gustaba llamar «Tierra de San­ta María». Para él, venir a Portugal era lo mismo que ir a Fátima. Y fue allí, en la Cova de Iria, donde entregó las primicias de la Obra, destinada a producir frutos maravillosos entre las gentes portugue­sas de todas las condiciones. En Tuy visitó a la hermana Lucía, entonces religiosa dorotea, que comprendió admirablemente el espíritu del Opus Dei: santificación en la vida corriente y ordinaria, contemplación en medio del mundo. Para un socio del Opus Dei su celda es la calle. Una anécdota curiosa: fue Lucía la que intervino en la solución de las dificultades burocráticas para que Monseñor Escrivá pudiese entrar en Portugal en aquel momento. Siendo car­melita en Coimbra, recibió en diversas ocasiones al fundador del Opus Dei, que amaba ardientemente la vida religiosa y en especial a las órdenes contemplativas. El Carmelo de Santa Teresa en Coim­bra y la Cova de Iria en Fátima eran escalas obligatorias para Monseñor Escrivá, profundamente contemplativo y mariano.

El fundador del Opus Dei amaba con locura al Romano Pontífice y a los obispos de la Santa Iglesia. Por eso no hacia nada sin su aprobación.

Habló varias veces con el obispo de Coimbra, don Antonio Antunes, que apoyó con brazos y corazón abiertos, el arranque en aquella ciudad de la Obra, que entonces daba los primeros pasos.

Trató muy de cerca al obispo de Nuestra Señora, don José Alves Correia da Silva, a quien visitaba cuando hacia sus peregrinaciones a la Cova de Iría. Vivía y enseñaba a vivir aquella norma tan antigua:

Nihil sine Episcopo -nada sin el obispo-. Tenía un particular afecto hacia don José, manifestado en muestras evidentes de cariño, como el regalo de unas preciosas sacras para la capilla de la Casa Epis­copal y un expresivo telegrama que encontré en el archivo.

En mayo de 1967, días antes de la peregrinación del Santo Padre, Monseñor Escrivá se hizo también peregrino del Santuario de Fátima, con aquella devoción filial, afectuosa y tierna de la que era capaz su alma de sacerdote, que siempre quiso ser sacerdote, y sólo sacerdote; sacerdote que amaba apasionadamente a Jesús y a su Madre. Al cruzarse en las carreteras de Portugal con los milla­res de peregrinos, que a pie se dirigían rumbo a Fátima, exclamaba emocionado: « ¡Que Dios os bendiga por el amor que tenéis a su Madre!».

En otra peregrinación, en el año 1970, el fundador del Opus Dei vino a implorar la protección de la Virgen para la Iglesia Santa, herida por el desamor y por los ataques de sus propios hijos. Yo pude verle emocionado recorrer descalzo la última etapa de su pere­grinación, rezando con recogimiento el Santo Rosario acompañado por un pequeño grupo de sus hijos espirituales. ¡Monseñor Escrivá, gran teólogo y canonista, confundido con la gente sencilla de nues­tra tierra, con viejecitas piadosas y buenas desgranando las cuentas de su rosario cargado de medallas! Así era el rosario de Monseñor Escrivá, adornado con muchas medallas que él besaba devotamente con la ternura y emoción con que besamos el retrato de nuestras madres. Comprendí entonces cómo la ciencia de un teólogo se pue­de aliar perfectamente a la piedad de un niño. Pensé en los pas­torcitos de Aljustrel que vieron a Nuestra Señora y recibieron de ella el gran mensaje de salvación para el mundo de hoy, y pensé también en los pequeños y sencillos del Evangelio a los cuales el Señor prometió el Reino de los Cielos.

La última peregrinación de Monseñor Escrivá al santuario de Fátima fue en otoño de 1972. Centenares de personas de las más variadas procedencias se unieron a él para rezar devotamente el rosario y para recibir el saludable influjo de su fuerte personalidad humana y sobrenatural. Lo que más destacaba en este hombre de Dios era el ansia incontenida del mismo Jesucristo de salvar a todos.

En aquella ocasión llevó a cabo en Portugal una gran catequesis, sencilla y profunda al mismo tiempo. Millares de personas, en Lisboa y en Oporto, principalmente jóvenes y sacerdotes, pudieron oír encantadas la palabra evangélica que él sembraba a manos lle­nas, en diálogo familiar y comunicativo. Las palabras le brotaban de un corazón ardiente; por eso convencía y arrastraba.

En el amor a la Virgen Santa, Madre de la Iglesia y Madre de la Humanidad entera; en el amor a la Sagrada Familia, a la que le gustaba llamar la Trinidad de la Tierra; en el amor a la Trinidad del Cielo, aprendió él a amar a todos los hombres de todas las razas y condiciones, culturas y religiones. Con el buen humor que le carac­terizaba dijo un día al Papa Juan XXIII que no había aprendido de él el ecumenismo, ya que hacía mucho tiempo que lo vivía.

El siervo de Dios se dio enteramente a los hombres; amó apa­sionadamente el mundo que salió maravilloso de las manos de Dios Creador. Llegó incluso a hablar de «materialismo cristiano» para dar a entender que las realidades terrenas y temporales, todas las tareas honestas de los hombres, son el lugar y el camino de santidad para los hijos de Dios. Esta es su misión: «hacer divinos todos los caminos de la tierra», bajo la protección de la Virgen Santa María, que encarnó la mayor santidad de cualquier criatura a través de la vida ordinaria de cada día.

Que por la intercesión del fundador del Opus Dei sea finalmente vencida esta gran crisis mundial que es una crisis de santos.

Artículo publicado en A Voz Do Domingo

Presentación

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

El 26 de junio de 1975, al filo del mediodía, falleció en Roma Monseñor Escrivá de Balaguer. Horas más tarde sus restos mor­tales reposaban sobre el pavimento del Oratorio dedicado a Santa María, en la sede central de Opus Dei. Don Álvaro del Portillo, entonces Secretario general de la Obra, depositó unas rosas rojas sobre los pies del Fundador, mientras repetía el verso de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangeli­zantium bona! (Rom., X, 15), ¡qué hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio de la paz, de los que anuncian cosas buenas!

Hubiera sido un espléndido epitafio. Cuantos le han conocido y tratado ‑aun por breves instantes‑ coinciden con clara una­nimidad en destacar su alegría. Su mirada serena y limpia resul­taba cordialmente acogedora. Era un hombre de Dios, que des­bordaba simpatía y humanidad: infundía paz, alegría, serenidad, contento, deseo de servir a los demás.

“No recuerdo a nadie ‑escribió don Manuel Aznar pocos días después‑ que, con tanta espontaneidad, con naturalidad tan admirable, uniera en un solo haz lo natural y lo sobrenatural; Dios y el hombre; el hombre y Dios. Esa dificilísima empresa de tener presentes las inspiraciones sobrenaturales en medio de las más menguadas trivialidades de la humana existencia, se cum­plía en el Fundador del Opus Dei sin la menor apariencia de esfuerzo, sin rechinamientos a la hora de ajustar las inquietudes del más allá con las realidades del más acá “.

Vivió para Dios, y fue maravillosamente humano. Para reali­zar la Obra que el Señor le pedía, recibió dones que le hicieron persona atrayente en lo humano. Y, a la vez, sorprendente, por­que ante un fundador suele buscarse siempre algo raro, distinto. “Yo estaba haciendo actos de fe, para pensar que me encontraba ante el Fundador del Opus Dei, de lo sencillo y cordial que es‑‑‑, comentaba un sacerdote de Jaén, cuando le conoció en Pozo­albero (Jerez de la Frontera) un día de noviembre de 1972. Otro se fijó en “la naturalidad con que oculta su gran contenido so­brenatural‑ . Pero ‑añadía‑ “se le desborda. No puede ocultar su carga de Dios.

Por eso, no es fácil explicar cómo fue y qué hizo. Son muchas y muy ricas las facetas de su personalidad y de su doctrina. Están, de otra parte, tan trabadas en su unidad de vida sencilla y fuerte, que se resisten al análisis: no se puede despiezar esa existencia tan cargada de sentido humano y divino hasta en detalles mínimos.

He tratado, sin embargo, de apuntar en este libro algunas manifestaciones de su personalidad enteriza, porque, como digo, me resulta francamente dificultoso describir la imagen de pleni­tud que guardo desde que le conocí personalmente el 8 de sep­tiembre de 1960. Fue en el pequeño jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, junto a más de cien estudiantes, que le acosamos a preguntas durante casi una hora. Aprendí bastante aquella tarde. Quedé removido por dentro. Me sorprendió su sentido del humor. Todos reímos mucho. Tuve la convicción de estar muy cerca de Dios. Y además, quizá como síntesis de todo esto, lo pasé en grande: fue una hora deliciosa.

No imaginaba yo que Mons. Escrivá de Balaguer tuviese tal simpatía, tal capacidad de meterse en el bolsillo a los universi­tarios: conocía a fondo nuestras inquietudes, hablaba ‑hasta con giros castizos‑ nuestro lenguaje, y se servía de ese don para exigirnos mucho, para empujarnos hacia arriba, haciéndonos salir de la poltronería. (Siete años después, viví en Vallecas una reacción semejante, cuando un obrero, que tenía a sus hijos como alumnos de Tajamar, me comentaba: ‑A este cura sí que se le entiende; habla igual que nosotros… ).

Pero nada tenía que ver su facilidad connatural para hacerse entender, su rapidez en las respuestas, su gracia y simpatía humanas con un hacerse el simpático. Todo era recio, espon­táneo, verdadero. Como era auténtica su confianza en nosotros ‑en aquel verano de 1960 estaba yo a la mitad de mi carrera‑, al abrirnos el corazón contándonos cosas de mucha intimidad. Manifestaba también así su ilimitada capacidad de querer, que desde lo más grande ‑el trato con Dios, el amor a Santa María, la dilatación de la Iglesia por países de Asia y África‑, llegaba hasta lo más pequeño: la reconvención por el descuido de haber dejado abierta una contraventana ‑se veía desde el jardín‑ que exponía los muebles de la habitación al fuerte sol del mediodía; el afecto hacia ese brazo escayolado, que rara vez falta en un grupo numeroso de gente joven… Y todo, salpicado de anécdotas francamente divertidas.

La vida del Fundador del Opus Dei rompe casi todos los es­quemas: no probaba los licores, pero bromeando con la marca de un conocido coñac‑ se refería a sí mismo diciendo que, para fundador bueno, el

que venía embotellado… Porque se conside­raba, en su humildad, Fundador sin fundamento.

Tiene razón José Ortego, catedrático de Derecho Penal, que respondía así a una encuesta periodística de urgencia el 26 de junio de 1975: ` He leído una biografía de don Josemarfa Escrivá. Luego, he pensado en el hombre; y he llegado a la conclusión de que don Josemaría no es biografiable. Su recia personalidad des­borda cualquier intento de contarnos cómo fue. Por muchos y ordenados que sean los datos, por significativas que sean las anécdotas, se escapará siempre una vida, tan intensa y tan com­pleja, que sólo el conocimiento directo puede alcanzar”.

Afortunadamente se han podido filmar ‑después de vencer su resistencia personal durante años‑ muchas escenas de la última etapa de su vida. Pienso que media hora de imágenes del Fundador del Opus Dei, hablando de Dios y contestando a pre­guntas de personas muy distintas, facilita más ese conocimiento directo, que cuanto aquí se dirá.

Y están también sus libros, que han alcanzado enorme difu­sión en el mundo entero. Y sus escritos inéditos: porque, como dijo muchas veces jugando con su apellido, Escrivá escribe. En esos textos puede encontrarse ‑más que en estas páginas‑ la verdadera dimensión y la profundidad de su vida.

Sin embargo, me parecía urgente hacer una aproximación de la figura de este sacerdote de Dios. Había que correr el riesgo de ofrecer la visión parcial de una realidad plena de sentido. Y casi de un tirón, con prisa, después de dedicar unas semanas a docu­mentarme, escribí estas páginas entre noviembre y diciembre de 1975. Me parecieron pobres, llenas de lagunas, y decidí comple­tarlas con más calma, aunque el editor con quien había comen­tado el proyecto quería enviarlas ya a la imprenta, pues pensaba que podían servir. He retocado algunos detalles a lo largo de 1976, sin apenas añadir nada, conservando prácticamente el enfoque, la estructura y la distribución iniciales.

No espere, pues, el lector una biografía cerrada. En sus manos tiene un perfil, unas impresiones que, aunque se basan en hechos y datos históricos, no siguen un orden cronológico. Suce­sos y escritos de épocas diversas se aproximan y entremezclan con libertad, para apuntar en rápidos trazos los rasgos del Fundador del Opus Dei que, en cada caso, pretendo destacar. Quien le haya conocido personalmente ‑en la vida, en sus escritos, o en películas filmadas‑ comprobará que hay muchas cosas impor­tantes que no aparecen aquí.

Quizá estos apuntes ayuden, sin embargo, a repensar lo vivido, a meditar de nuevo los escritos del Fundador del Opus Dei. Se habrá cumplido entonces el propósito que buscaba este relato: dar a conocer un poco más la gran personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer, que gustaba de pasar inadvertido, según el lema de su vida: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca.

Hace muchos años, un periodista del londinense The Times comentaba en una semblanza: ` Su característica más sorpren­dente es, en cualquier caso, su absoluta normalidad. En su modo de ser no hay nada fanático o dominador, ninguno de esos rasgos chocantes que la gente espera encontrar en un gran fundador o en un líder. Podría fácilmente pasar inadvertida la fuerza de su magnetismo, de su energía espiritual. Su estatura y su peso son normales; su cara, pálida y más bien redonda, sonríe casi siempre. Hay calor ‑cariño‑ en la expresión de sus ojos castaños. La rapidez de sus respuestas y los gestos que acompañan sus palabras revelan una inquietud enérgica. Ataca los asuntos de modo directo y personal, y va al fondo, sin perderse en lo anecdótico. Aborda los problemas en toda su amplitud y con audacia. Conga en los demás y delega fácilmente. Queda siempre subrayada la independencia y la responsabilidad individuales de los socios de la Obra. Deja la impresión perdurable de una per­sona muy humana, feliz, que hubiese tenido mucho en común con sir Tomás Moro, a quien, por cierto, ha escogido como uno de los santos intercesores de su Asociación “.

Aquel periodista subrayó un rasgo decisivo: la impresión de normalidad que reflejaba la extraordinaria personalidad del Fun­dador del Opus Dei. Es quizá éste uno de sus más preciosos legados: para ser muy divinos, hay que ser muy humanos. En­señó a miles de personas del mundo entero a imitar la natura­lidad de la vida corriente de Jesucristo ‑Perfecto Dios, Perfecto Hombre‑, en sus años de trabajo oculto. Cristo fue siempre el único Modelo para buscar la santidad ‑santidad auténtica, sin eufemismos‑ en las ocupaciones y circunstancias ordinarias de la vida. Mal hubiera podido difundir ese mensaje Mons. Escrivá de Balaguer si Dios no le hubiera hecho profundamente humano, cordial y sencillo. Aunque a veces sufrió, porque no le entendían o no se esforzaban por entenderle, y tenía que hacerse perdonar lo raro de no ser raro. Y es que existe una acusada tendencia a valorar lo aparatoso, lo artificial, lo extraordinario, sin calar la hondura ‑humana y divina‑ de lo cotidiano. Alguna vez, para explicar mejor el problema, aludiría al comentario que algunos hacen ante el primor de unas rosas frescas, de pétalos finos y bien perfilados ‑¡parecen de trapo!‑, porque prefieren lo ar­tificial.

En su vida y en su doctrina, lo humano y lo divino se funden de tal manera, que no es nada fácil distinguir en muchos mo­mentos si estamos ante un rasgo de su carácter, o ante un fruto de la gracia de Dios, que actúa de modo aparentemente natural. Lo ha visto bien el P. Sancho, O.P., cuando afirma con rigor teológico: “La impresión que yo tengo de él es la de un hombre de muchísima virtud, que, en su sencillez, no exhibía. No puedo destacar ningún detalle concreto de su profunda humildad, porque su sencillez llenaba su vida de naturalidad. No sorprendía nada, porque la constante suya era ésta: sobrenaturalizarlo todo sencillamente, y además alegremente, que es lo más difícil”.

Así actúa siempre la gracia de Dios en los hombres. Hace sobrenatural su vida, sin aniquilar ni desquiciar lo humano. Efectivamente, sólo quien es fiel a la gracia de Dios, puede ser plenamente hombre.

TEMA 37. El octavo mandamiento del Decálogo

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Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad.

«El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Las ofensas a la verdad, mediante palabras o acciones, expresan un rechazo a comprometerse con la rectitud moral» (Catecismo, 2464).

1. Vivir en la verdad

«Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas… se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad, y tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo con respecto a la verdad religiosa. Están obligados a adherirse a la verdad una vez que la han conocido y a ordenar toda su vida según sus exigencias .

La inclinación del hombre a conocer la verdad y a manifestarla de palabra y obra se ha torcido por el pecado, que ha herido la naturaleza con la ignorancia del intelecto y con la malicia de la voluntad. Como consecuencia del pecado, ha disminuido el amor a la verdad, y los hombres se engañan unos a otros, muchas veces por egoísmo y propio interés. Con la gracia de Cristo el cristiano puede hacer que su vida esté gobernada por la verdad.

La virtud que inclina a decir siempre la verdad se llama veracidad, sinceridad o franqueza (cfr. Catecismo, 2468). Tres aspectos fundamentales de esta virtud:

sinceridad con uno mismo: es reconocer la verdad sobre la propia conducta, externa e interna: intenciones, pensamientos, afectos, etc.; sin miedo a agotar la verdad, sin cerrar los ojos a la realidad;

sinceridad con los demás: sería imposible la convivencia humana si los hombres no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se dijesen la verdad o no se comportasen, p. ej., respetando los contratos, o más en general los pactos, la palabra comprometida (cfr. Catecismo, 2469);

sinceridad con Dios: Dios lo ve todo, pero como somos hijos suyos quiere que se lo manifestemos. «Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a Él, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia».

La sinceridad en el Sacramento de la Confesión y en la dirección espiritual son medios de extraordinaria eficacia para crecer en vida interior: en sencillez, en humildad y en las demás virtudes. La sinceridad es esencial para perseverar en el seguimiento de Cristo, porque Cristo es la Verdad (cfr. Jn 14,6).

2. Verdad y caridad

La Sagrada Escritura enseña que es preciso decir la verdad con caridad (Ef 4, 15). La sinceridad, como todas las virtudes, se ha de vivir por amor y con amor (a Dios y a los hombres): con delicadeza y comprensión.

La corrección fraterna: es la práctica evangélica (cfr. Mt 18,15) que consiste en advertir a otro de una falta que cometida o de un defecto, para que se corrija. Es una gran manifestación de amor a la verdad y de caridad. En ocasiones puede ser un deber grave.

La sencillez en el trato con los demás. Hay sencillez cuando la intención se manifiesta con naturalidad en la conducta. La sencillez surge del amor a la verdad y del deseo de que ésta se refleje fielmente en los propios actos con naturalidad, sin afectación: esto es lo que también se conoce como sinceridad de vida. Como las demás virtudes morales, la sencillez y la sinceridad han de estar gobernadas por la prudencia, para que sean verdaderas virtudes.

Sinceridad y humildad. La sinceridad es camino para crecer en humildad («caminar en la verdad» decía Santa Teresa de Jesús). La soberbia, que tan fácilmente ve las faltas ajenas —exagerándolas o incluso inventándolas—, no se da cuenta de las propias. El amor desordenado de la personal excelencia trata siempre de impedir que nos veamos tal como somos, con todas nuestras miserias.

3. Dar testimonio de la verdad

«El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad» (Catecismo, 2472). Los cristianos tienen el deber de dar testimonio de la Verdad que es Cristo. Por tanto, deben ser testigos del Evangelio, con claridad y coherencia, sin esconder la fe. Lo contrario –la simulación– sería avergonzarse de Cristo, que ha dicho: «el que me negare delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos» (Mt 10,33).

«El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe: un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad» (Catecismo, 2473). Ante la alternativa entre negar la fe (de palabra o de obra) o perder la vida terrena, el cristiano debe estar dispuesto a dar la vida: «¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mc 8,36). Cristo fue condenado a muerte por dar testimonio de la verdad (cfr. Mt 26,63-66). Una multitud de cristianos han sido mártires por mantenerse fieles a Cristo, y «la sangre de los mártires se ha transformado en semilla de nuevos cristianos».

«Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña San Gregorio Magno— le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno” (Moralia in Job, 7,21,24)».

4. Las ofensas a la verdad

«”La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (San Agustín, De mendacio, 4, 5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “Vuestro padre es el diablo… porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44)» (Catecismo, 2482).

«La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete y los daños padecidos por los perjudicados» (Catecismo, 2484). Puede ser materia de pecado mortal «cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad» (ibidem). Hablar con ligereza o locuacidad (cfr. Mt 12,36), puede llevar fácilmente a la mentira (apreciaciones inexactas o injustas, exageraciones, a veces calumnias).

Falso testimonio y perjurio: «Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio. Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio» (Catecismo, 2476). Hay obligación de reparar el daño.

«El respeto a la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra que puedan causarles un daño injusto» (Catecismo, 2477). El derecho al honor y a la buena fama –tanto propio como ajeno– es un bien más precioso que las riquezas, y de gran importancia para la vida personal, familiar y social. Pecados contra la buena fama del prójimo son:

– el juicio temerario: se da cuando, sin suficiente fundamento, se admite como verdadera una supuesta culpa moral del prójimo (p. ej. juzgar que alguien ha obrado con mala intención, sin que conste así). «No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis, y no seréis condenados» (Lc 6,37) (cfr. Catecismo, 2477);

– la difamación: es cualquier atentado injusto contra la fama del prójimo. Puede ser de dos tipos: la detracción o maledicencia (“decir mal”), que consiste en revelar pecados o defectos realmente existentes del prójimo, sin una razón proporcionadamente grave (se llama murmuración cuando se realiza a espaldas del acusado); y la calumnia, que consiste en atribuir al prójimo pecados o defectos falsos. La calumnia encierra una doble malicia: contra la veracidad y contra la justicia (tanto más grave cuanto mayor sea la calumnia y cuanto más se difunda).

Actualmente son frecuentes estas ofensas a la verdad o a la buena fama en los medios de comunicación. También por este motivo es necesario ejercitar un sano espíritu crítico al recibir noticias de los periódicos, revistas, TV, etc. Una actitud ingenua o “credulona” lleva a la formación de juicios falso.

Siempre que se haya difamado (ya sea con la detracción o con la calumnia), existe obligación de poner los medios posibles para devolver al prójimo la buena fama que injustamente se ha lesionado.

Hay que evitar la cooperación en estos pecados. Cooperan a la difamación, aunque en distinto grado, el que oye con gusto al difamador y se goza en lo que dice; el superior que no impide la murmuración sobre el súbdito, y cualquiera que –aun desagradándole el pecado de detracción–, por temor, negligencia o vergüenza, no corrige o rechaza al difamador o al calumniador, y el que propala a la ligera insinuaciones de otras personas contra la fama de un tercero.

Atenta también contra la verdad «toda palabra o actitud que, por halago, adulación o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y en la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar un servicio o la amistad no justifica una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea hacerse grato, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas» (Catecismo, 2480).

5. El respeto de la intimidad

«El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla» (Catecismo, 2489). «El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional» (Catecismo, 2488).

«El secreto del sacramento de la Reconciliación es sagrado y no puede ser revelado bajo ningún pretexto. “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo” (CIC, 983, §1)» (Catecismo, 2490).

Se deben guardar los secretos profesionales y, generalmente, todo secreto natural. Revelar estos secretos representa una falta de respeto a la intimidad de las personas, y puede constituir un pecado contra la justicia.

Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de las personas. La ingerencia en la vida privada de personas comprometidas en una actividad política o pública, para divulgarla en los medios de información, es condenable en la medida en que atenta contra su intimidad y libertad (cfr. Catecismo, 2492).

Los medios de comunicación social ejercen una influencia determinante en la opinión pública. Son un campo importantísimo de apostolado para la defensa de la verdad y la cristianización de la sociedad.

Juan Ramón Areitio

La muerte de un gran aragonés

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Testimonio de José María Zaldívar, periodista

Escribo, todavía sorprendido por la noticia. Siento que escribo con mi dolor aragonés. La figura de Josemaría Escrivá de Balaguer está, y estuvo siempre, por encima de ciertas mezquindades de los hombres; los que gustan de enjuiciar lo ajeno con su propia impotencia de no saber amar. La trayectoria del barbastrino no tiene otro motivo en sus años vitales que una sed ardiente de volar con los brazos abiertos a una suma capacidad de comprensión, de acer camiento al prójimo, de existir, sabiéndose en la existencia de los demás.

Acertó a vivir nuestra hora confusa con los ojos iluminados por la fe. Como un almogávar abrió fronteras; como un José Pignatelli dio lecciones de fidelidades romanas; cinceló homilías con la elegancia argensolesca en los sonetos; y el fuego lo transmitió a su Obra con las propias brasas que, como a San Lorenzo, manos aviesas, si no a su carne sí a su corazón, aplicaron con injusticia de sayones.

Nada hay más óptimo en la vida que recorrer caminos llevando un acicate de promisión. Él supo de ese júbilo caminante. Y lo hizo acertando a no cambiar de bastón. El que recibió a su ministerio, el que no precisa de permutas peligrosas. Hoy, que tantos bordones quiebran y desfloran, qué beatitud continuar renovándose como la vara bíblica, sin perder el perfume ni la flor.

Yo no he pertenecido a su Obra. Pero, como católico, toda obra hacia Dios merece mi respeto, mi apoyo y mi lealtad. Hay quien murmura por ahí, juzgando por hechos muy personales la totalidad espléndida de la Obra del aragonés. También yo podría testimoniar que en mi propia vida me he encontrado con hombres del Opus Dei, ejemplos ciertos de una cosecha espiritual del sembrador. Y, entre todos los hallados, él.

Cuando Josemaría Escrivá viene a Zaragoza, en octubre de 1960, para tomar la investidura en la universidad, yo llevaba unos días sin poder acercarme a los micrófonos en mi diaria emisión. Un gran dolor íntimo -la inesperada muerte de mi hermano- me tenía en un hundimiento total. Acudí aquella mañana a la fiesta en el Paraninfo de Medicina. Jamás vi en actos similares mayor concurrencia, entusiasmo, recepción de gentes que de toda España habían llegado a acompañar a Monseñor. Él entró –lo recuerdo-, sencillo, abstraído de toda vanidad humana; sonriendo familiar. Comprendí, al verle cruzar aquella vía académica, que él nos demos traba –autor de Camino- su propio camino y su peculiar forma de caminar. La sencillez, la que engendra la paz en diafanidad de criterios; la rigurosidad suave que se puede crucificar con sonrisas. La mejor forma a estos días del mundo, de poder estar en él sin perder por ello nuestra legitimidad.

Tanto me conmovió que, alzando ánimos, aquel mediodía volví a ser voz en la radio, a base de olvidar mis penas, contando la alegría del altoaragonés. Él, que lo supo, mandó a buscarme. Me hallaron y a toda prisa acudí a la cita privada con él.

El diálogo entre ambos lo he conservado para mí solo. Recuerdo bien su abrazo y su ánimo en mí. Me dio su bendición y su encargo para siempre. Y lo guardo, por él escrito, en el pequeño ejemplar de Camino, en férvido latín. «Todo sea para bien». Me ha correspondido en la vida, como a todo mortal, sufrir desde 1960 tantas cosas que pocos sabrán… Pero ahí estaban las palabras de Josemaría Escrivá de Balaguer, como lección.

Ha venido a morir súbitamente. Pero todavía le quedaba el regusto de aquella jornada en su ciudad de origen. ¡Qué bien hizo Barbastro no cejando en la celebración del homenaje! Hubiese sido penoso, que esta muerte nos hubiese impedido ser, por muy pocas veces, agradecidos a los que no se olvidan de su propio solar. Y su ciudad sí supo serlo. Ahí queda, entre las alturas y los fondos de los remansos de las aguas, la soberbia perspectiva de Torreciu dad. Una obra que se asienta, para acoger al mundo espiritual, en nuestra propia tierra de Aragón.

A Monseñor podrá discutírsele, pero no afrentándolo. Se podrá discrepar, pero, asimismo, reconocer los méritos que sus años de empresa religiosa han dado a su trascendente menester. Sus actos ahí quedan -como él mismo me contó aquel día- intentando abrasar el mundo con el fuego de Cristo. Porque para su concepto, había que pegar el fuego de Cristo a todos, olvidándonos nosotros, sus portadores, de nuestra comodidad.

Monseñor ha muerto de pie; caminando le sorprendió la muerte. Caminando ya sin los pies en tierra, a estas horas en que escribo, yo bien sé que sus pasos habrán remontado Cinca arriba, buscando esa imagen amada, ¡su Virgen altoaragonesa de Torreciudad!


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