Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

Artículo publicado en EL NOTICIERO

2.3. Zaragoza

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -”una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos”-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres… También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

Una difícil adaptación
Seminario
Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -”rosa mística”- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. “¿Me comprende usted, Escrivá?” -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

Sacerdote… ¿por qué?

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: “Obedecer es lo más seguro.” Tal era el lema del obispo…

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura

A1 comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

Dolorosos acontecimientos

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito…

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

Ordenado sacerdote

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum… Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo…

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella”.

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba…

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres… Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros…

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: “¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo.”

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis…

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones…

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches…

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa…

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las “fuerzas vivas” del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento… Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban “el místico”, lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados…

Retorno a Zaragoza

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda… ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro… Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

Intervención del Prelado en el Seminario de Logroño

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“Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal”. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño.

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor -más aún, veneración- que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

Identidad del sacerdote

Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también -y quizá más especialmente- a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes. En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres -que eso somos todos delante del Señor- son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4, l). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.

Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice- han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de barruntos, los calificaba- de que el Señor le llamaba para algo que no sabia lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años.

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era -dejadme que insista- la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

Don y tarea

Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. Entendemos, con toda la tradición eclesiástica -escribía en 1945-, que el sacerdocio pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi , he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y participes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» .

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida.

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

La santidad sacerdotal como don

Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos -sacerdotes y seglares- estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado.

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat.

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1).

«En contacto continuo con la santidad de Dios -ha escrito Juan Pablo II-, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» . Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad».

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría -porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental .

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

Desde que percibió la Ramada al sacerdocio, y mas explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su “necesidad” de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio».

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser . Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (…): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo.

La santidad sacerdotal como tarea

La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. Una grandeza prestada -comentaba San Josemaría Escrivá-, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor -añadía- que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor .

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su especifica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad multicultural y multireligiosa- tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta -la unión con Dios- y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación especifica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17, 19).

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

Virtudes humanas del sacerdote

Utilizando la metáfora de la construcción -imagen de raíces bíblicas-, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

«Comprende esta formación -escribe Mons. Alvaro del Portillo- el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad -ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado» . Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado».

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía “Virtudes humanas”, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad la lealtad, el optimismo, la alegría.

Sobre el fundamento de la humildad

La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia , escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal -como predicó con su conducta y con sus enseñanzas- se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel “andar en verdad” de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. Ser humildes -predicaba en una ocasión- no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad .

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad . Y acudía a una comparación clásica: no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos -que el Señor transforma en realidades- de servir a Dios y pasar inadvertidos .

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta -como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10, 42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe?.Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe -escribe el Papa-, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios».

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, l). Y es «en la orac-ión perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (…) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» . En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Alvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo -Modelo para todos-, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye».

Caridad pastoral

Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5, 4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5, 14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar -porque lo he contemplado con mis ojos- que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas -en un sentido particularmente profundo- las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a si mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2, 14).

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana -por justa y noble que fuese- que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato- a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres».

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso…. Por El, con El, en El, para El y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva .

Fraternidad sacerdotal

Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega -tantas veces heroica- y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terríble prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio .

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18, 19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán -pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario-, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta especifica llamada divina.

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente en Logroño- recibió la llamada al sacerdocio.

Misa de mons. Javier Echevarría en Santa María la Mayor

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El día 22 de septiembre, Mons. Javier Echevarría concelebrará una Misa solemne, con algunos sacerdotes de la Prelatura, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con ocasión de sus cincuenta años de sacerdocio. La Misa tendrá lugar a las 17.30.

El Prelado del Opus Dei fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1955, en Madrid. En 1995, poco después de su elección y nombramiento como Prelado, fue consagrado Obispo por Juan Pablo II.

En una homilía pronunciada en Torreciudad el día 4 de este mes, Mons. Echevarría se ha referido a la vocación sacerdotal con estas palabras: “Os pido que recéis por los sacerdotes, para que seamos dignos ministros de Nuestro Señor: hombres de oración, amantes del sacrificio, encendidos de celo por la salvación de las almas. Recemos ante todo por el Papa Benedicto XVI, que con tanta entrega y docilidad a Dios ha recibido la carga del Sumo Pontificado, para que el Señor le haga muy santo y llene de eficacia su labor en servicio de la Iglesia y de la humanidad. Rezad también por el Obispo de esta diócesis y por su seminario; por mí, que necesito de vuestras plegarias; y por todos los Obispos”. En otro momento de la homilía, el Prelado del Opus Dei encareció a los asistentes que pidieran a Dios que “conceda la vocación sacerdotal a muchos hombres en el mundo entero, y que los llamados correspondan con total generosidad”.


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