Una amistad de 43 años

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Testimonio de Mons. Pedro Altabella Canónigo de San Pedro de Roma, Doctor en Teología y Derecho Canónico
Capitulo de “Así le vieron”, libro que recoge testimonios sobre el Fundador del Opus Dei

El día 26 de junio de 1975, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer pasaba a mejor vida. En aquellos momentos nos fue dado estar junto a su cadáver –parecía que estaba dormido más que muerto, celebrar la Santa Misa de corpore insepulto y dar rienda suelta a nuestro afecto de amigo.

Hoy quisiera evocar siquiera algún rasgo de su rica personalidad sacerdotal. Creo que un trato frecuente que tuve con el a lo largo de 43 años me autoriza a intentarlo.

Conocí a Josemaría Escrivá de Balaguer apenas llegué al Semi­nario Conciliar de la Plaza de la Seo, el año 1925, en Zaragoza. Josemaría, que residía en el Seminario de San Carlos, venía como Superior del Seminario de San Francisco de Paula a acompañar a los seminaristas que venían a clase al Conciliar. Le veíamos vestido con man­teo –no llevaba beca porque era Superior- y con porte distinguido. Creo que en aquellas fechas había recibido sólo las Ordenes Menores.

Luego, circulaba por el Seminario nuestro la noticia de que Jose­maría estaba en Madrid. Allí terminaba sus estudios de Derecho Civil, y trabajaba en el apostolado entre universitarios. No sabía yo entonces más de él.

El año 1934, en enero, fui llamado por don Angel Herrera que pidió el permiso al señor arzobispo Domenech– a la casa del Con­siliario, en Madrid. Morábamos en la calle Villanueva, 15.

Fue precisamente en esa casa y en ese tiempo donde me saludó por primera vez don Josemaría Escrivá. Me lo presentó don Emilio Bellón, nuestro director, diciéndome: «Ven acá; vas a conocer a un paisano tuyo, gran sacerdote y apóstol». Bromeó don Emilio sobre mi persona al presentarme a don Josemaría y, en un fuerte abrazo que nos dimos, quedó fundida una amistad que nunca ya vino a menos.

Hablamos de nuestros ideales sacerdotales y apostólicos. Me invitó a visitar su academia DYA, que tenía en la calle Ferraz. Me impresionó en aquel momento el garbo y la alegría con que trataba a aquellos chicos y el gran afecto que le tenían. Pero, sobre todo, quedó grabado en mi alma el gran aprecio que ponía Josemaría Escrivá en la oración, y que supo transfundir en los espíritus de aquellos universitarios. La capilla estaba llena de jóvenes recogidos en oración. Eso, entonces, no era corriente.

Es ésta de la oración una nota fundamental de la personalidad de Escrivá de Balaguer. Diría yo que era para él la oración su fuerza, su refugio, su mejor quehacer, su hora de luz y de amor. Allí supo escuchar a su Dios y Señor, y prometió y cumplió seguirle fielmente hasta morir. ¡Cuántas veces le he oído que todo lo hablaba en la oración! Recuerdo que en los momentos más graves de su vida, que yo conocí o que le oí contarme, sea en las horas brillantes, sea en las amargas y oscuras, con fe intrépida, con gran decisión, con enorme poder de convicción, me decía: «Verás que todo lo resolverá el Señor de la mejor manera. Recemos sin desmayo».

Sugiero destacar, asimismo, otra nota para mi característica de su persona y de su acción. Se ha escrito y dicho reiteradamente que la idea central de su espiritualidad era y es que el cristiano común puede y debe santificar el trabajo y santificarse en el trabajo. Sea así. Pero creo que los diálogos de amistad que tuve con Jose­maría Escrivá me han dado a ver otra idea fuerte que quizá nos haga ver claro, y bajo la luz especial, el alcance de su vida y de su acción. En nuestras conversaciones, siempre destacaba con fuer­za la acción de Dios, de su gracia divina. La acción preponderante de Dios en nuestra santificación –sine me nihil–, pero, a su vez, la acción del hombre con toda su alma, con su entrega total, sin términos medios, con audacia moral. ¿No puso a su academia como lema Dios y Audacia? Pues bien, para mi quedó clara esta su postura espiritual un día en el que con entusiasmo inaudito me decía: «Me saca de quicio, Pedro, ese Cristo verus Deus et verus homo Cristo verdadero Dios y verdadero hombre–. La fuerza omnipotente de Dios, amasándose con el hombre al cual ha destinado a su Gloria».

Ahí está toda la luz de la teología aplicada a la vida nuestra: Cristo es el modelo. Las acciones de Cristo son tan divinas como humanas, tan humanas como divinas, theandricas dicen los teólogos. Nos parece que para comprender la ascética, la vida y los idea les apostólicos de Josemaría Escrivá, se debe partir de aquí. Sobre todo para conocer su Obra, el Opus Dei. Por eso Escrivá de Bala­guer quería a sus hijos muy santos y muy hombres. ¿No arranca de ahí la luz que ha transformado tantas conciencias en el mundo por medio del Opus Dei?

La claridad de esa idea le llevó a potenciar todo lo humano como don de Dios en un momento en que predominaba en los rasgos cristianos un «angelismo» deshumanizado. Pero esa misma luz nos puede aclarar hoy por qué no ha caído el Opus Dei en ese huma­nismo híbrido que ahora se predica desde tantos púlpitos y en el que Cristo –y, como consecuencia, el cristiano ya no tiene o no debe tener nada de divino. Hemos mutilado a Cristo: antes, por negar o no afirmar su humanidad benditísima; hoy, por reducirlo a un hombre, quizá un «superman», que nada hace ni dice de Dios.

Creo que aquí radicaba el arrastre de Josemaría Escrivá sobre las gentes. Su fuerza era de Dios, pero su humanidad se derramaba envuelta en lo divino.

Quizá a Josemaría Escrivá se le ha conocido en algunos ambien­tes a través de quienes lo presentaban como desencarnado, como «beatificado». Nada más contrario a la verdad. Era humano como pocos. Con un corazón que no se cansaba de amar: a su Dios y a sus hermanos. Para nosotros, el perfil sacerdotal y humano de Escrivá de Balaguer lo podríamos encontrar en aquellas palabras de San Pablo que Josemaría meditaba tantas veces: «Omnis pontifex ex hominibus assumptus, pro hominibus constituitur in iis quae sunt ad Deum»: Todo pontífice escogido de entre los hombres es cons­tituido para los hombres en las cosas que miran a Dios. No es apología fácil y gloriosa la nuestra. Josemaría Escrivá era todo un hom­bre, pero de Dios. Cuarenta y tres años de amistad nos autentizan a afirmar en conciencia que, como hombre, era un superdotado, pero que su fuerza la traía de Dios. Tenía para él y para sus hijos como gran exigencia el ser muy humanos. Pero enraizados en Dios. ¡Cuánto se podría hablar de este tema!

Pero, a su vez, para los hombres –pro hominibus constiluitur–. ¡Cómo le brillaban los ojos ante los hijos de Dios!– ¡Cómo era su verbo cálido, incisivo, directo, sacerdotal! Había yo sostenido muchas veces el bien que hacía al ponerse en contacto con aquellas muchedumbres que le escuchaban. Le oí más de una vez sus impre­siones sacerdotales después de un extenuante viaje apostólico. No se saciaba nunca. Y eso, a pesar de que nunca, en la historia de la Iglesia, Dios concedió a un Fundador, durante su estancia terre­na, ver tantas y tales multitudes de cristianos que le seguían en su aspiración a la santidad.

En las cosas que miran a Dios - in iis quae sunt ad Deum–. No quería saber otra cosa. El día que se escriba su vida, se verá cuán errados andaban quienes vieron en él aspiraciones terrenas, contar con poderes del mundo… Cada día se interiorizaba más y gemía por su amor al cielo. Escribimos de lo que hemos visto y oído, no por impresiones. Y decimos en conciencia lo que creemos era vida de su vida. La salvación de las almas. ¡De todas las almas! Ese era su ideal.

Hemos querido, a vuela pluma, evocar algunos de los recuerdos de nuestro trato con Josemaría Escrivá de Balaguer. Séame per­mitido terminar recordando dos cosas. La primera, que en el terre­no de la amistad conmigo fue siempre él el primero y más fiel. Quizá más de una vez hubiera tenido motivos para dejarme u olvidarse de mí. Todo lo contrario. Tengo mil testimonios profundamente indicativos de su lealtad de amigo. Y era quien era; y yo… ¿qué contaba ni cuento?

Quiero añadir una segunda cosa. Nunca vino de él una palabra directa o indirecta en que me invitara o siquiera me sugiriera per­tenecer a su Obra. No ya de sus íntimos, pero ni siquiera de entre los sacerdotes diocesanos. Y sabe muy bien el Señor que este tema de la santidad sacerdotal nos llevó muchos ratos de conversación. Quiero que se sepa porque ha habido quienes me han colocado en los rangos del Opus Dei. Era Josemaría Escrivá muy comprensivo. Sabía muy bien que la amistad es una cosa y que la llamada de Dios a una vida específicamente dedicada a Dios dentro de unas coor­denadas como las de su Obra es otra cosa muy distinta. Por eso, entre otras cosas, nos quisimos. Creo que su amistad fue un don de Dios para mí. Y seguimos cada uno el camino que nos trazó el Señor.

Zaragoza

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“La fundación del Opus Dei”. Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

Su padre le animó a compaginar los estudios sacerdotales con una licenciatura en Derecho, aunque no sabemos exactamente el porqué de ese consejo. Quizás previó la posibilidad de que su hijo mayor tuviera que contribuir en el futuro al sostenimiento de la economía familiar. Sea como fuere, Josemaría convino en que la idea era buena, pero no era posible estudiar esa carrera ni en Logroño ni en Calahorra, donde los seminaristas completaban el último ciclo de estudios eclesiásticos. La Facultad de Derecho más próxima se encontraba en Zaragoza. Tenía también la ventaja de que allí podría obtener el doctorado en Teología, algo prácticamente imposible si permanecía en Logroño. Escrivá, por tanto, solicitó y obtuvo el permiso oportuno para trasladarse a Zaragoza y recibir las órdenes sagradas en aquella diócesis.

Zaragoza era una de las más importantes y populosas ciudades del país. Tenía una universidad estatal con Facultad de Derecho, otra Universidad Pontificia y dos seminarios. Tras la Primera Guerra Mundial, la ciudad atravesaba un período difícil y turbulento. Se habían producido recientemente hechos sangrientos: asesinatos e insurrecciones anarquistas y diversos brotes de pistolerismo que provocaron la declaración del estado de guerra y la supresión de las libertades cívicas. Entre 1917 y 1923 la violencia política se cobró veintitrés vidas en aquella ciudad.

En el otoño de 1920, Escrivá ingresó en el Seminario de San Carlos, donde los alumnos vivían y recibían su formación espiritual; para las clases de teología tenían que trasladarse a la cercana Universidad Pontificia. Ésta es por tanto la primera vez que Escrivá vive –de hecho– en un seminario. Como el resto de sus compañeros, dispone de una pequeña habitación parcamente amueblada, sin cuarto de baño ni luz eléctrica. En todo el edificio no había ni una sola ducha o bañera; cada seminarista tenía una jofaina que podía llenar de agua fría en una pila ubicada al final del pasillo. La mayoría se contentaba con lavarse la manos y la cara puesto que el seminario no tenía calefacción, ni siquiera en los más crudos días del invierno. Los estudiantes se sorprendían de que Escrivá hiciera tantos viajes a la pila para conseguir el agua necesaria para lavarse de los pies a la cabeza. Algunos incluso llegaron a tildarle de melindroso y comentaban que tanta atención a la higiene personal no era lo más adecuado para un sacerdote. En una ocasión, un seminarista especialmente ordinario y que olía muy mal llegó a frotarle la cara con la manga empapada de sudor diciendo: “¡Hay que oler a hombre!”[1]. El joven Escrivá, que de naturaleza era bastante impulsivo, a duras penas pudo controlarse y se limitó a contestar: “No se es más hombre por ser más sucio”[2]

Pero no era sólo la pulcritud lo que motivaba que sus propios compañeros le tacharan de “señorito”[3]. Uno de los seminaristas que compartió sus años de alumno en el San Carlos recordaba más tarde: “Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces”[4].

La piedad de Escrivá también llamaba la atención. El régimen de vida del seminario incluía Misa, meditación, Rosario, lectura de un libro espiritual, visita al Santísimo Sacramento y examen de conciencia por la noche. Lo normal era que hasta los más piadosos se contentaran con cumplir estas observancias y demás actos de piedad establecidos; sin embargo, Josemaría hacía frecuentes visitas a la capilla del seminario durante el tiempo libre. Ahí, delante del Santísimo Sacramento, abría su corazón al Señor, a veces durante horas enteras y en ocasiones toda la noche, llenando el tiempo con actos de adoración a Cristo en la Eucaristía e implorando luces para ver la voluntad de Dios y obtener la gracia para llevarla a cabo. También adquirió la costumbre de acudir todos los días a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. En cierta ocasión, Escrivá consiguió el permiso necesario para permanecer en el interior del templo una vez cerrado al público y besar la imagen de la Virgen que ahí se venera, privilegio reservado sólo a los niños que se acercan a honrar a la Madre de Dios durante el tiempo en que la basílica mantiene sus puertas abiertas. En su habitación del seminario guardaba una pequeña reproducción en yeso de la Virgen del Pilar y en la base escribió con un clavo la jaculatoria, que tantas veces había formado parte de su oración habitual, “Domina, ut sit!” (Señora, ¡que sea!).

En esa ciudad aragonesa, la devoción a la Virgen que Escrivá aprendió de sus padres creció aún más en profundidad y fervor. Una y otra vez acudía a Ella suplicando su ayuda maternal y pidiéndole estar siempre cerca de su Hijo. “A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María”[5], escribió en 1934 como fruto de su propia experiencia.

Trató de ser discreto en lo referente a su piedad personal pero en vano. Era de esperar que Escrivá encontrara piedad en el lugar más lógico para eso: el seminario. Pero sus compañeros no tardaron mucho en hacer mofa de su devoción adjudicándole los motes de “Rosa Mística” y “Soñador”.

Motivado en parte por la postura recelosa de sus compañeros, el rector del seminario no miraba con buenos ojos a Escrivá. En la hoja de evaluación al final del primer curso le puso un “bien” en el apartado de piedad, pero sólo “aceptable” en diligencia y disciplina, a pesar de que Josemaría había alcanzado unas notas excelentes y resultó ser uno de los pocos alumnos que no fue castigado en todo el año. Describía el carácter de Escrivá como “inconstante y altivo, pero educado y atento”[6]. Y lo más curioso es que debajo del apartado “vocación” escribió como de mala gana “parece tenerla”[7]. De algunos comentarios de Escrivá se desprende que, muy al principio de su estancia en el seminario, el rector trató incluso de disuadirle de su deseo de ser sacerdote. En el segundo año, el rector solicitó a su homólogo del Seminario de Logroño un informe sobre las cualidades personales de Escrivá y su posible vocación. El informe favorable que recibió y un trato más personal y asiduo con el joven seminarista le hicieron cambiar de opinión y llegó a ser uno de los más fieles defensores de Escrivá.

En algún momento en el transcurso de su estancia en Zaragoza, parece que Escrivá sufrió una dura prueba o crisis. En sus apuntes de principios de los años 30 y dirigiéndose a Cristo dice: “Si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están…, y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!”[8]

Aunque la crisis puede haberse exacerbado por la dificultad de Escrivá en adaptarse al seminario y al trato un tanto difícil con alguno de los seminaristas, la nota nos sugiere que la raíz del asunto no está en eso, sino en lo que él describe como su “anticlericalismo”. Aquí hay que aclarar que en la España de los años 20, los políticos anticlericales pretendían eliminar la influencia de la Iglesia en la vida civil. Querían reducir la práctica de la religión al ámbito de lo privado como algo meramente personal, y borrar de la vida pública cualquier vestigio de religiosidad. El anticlericalismo de Escrivá era algo diametralmente distinto; se asentaba en el convencimiento de que el sacerdote está llamado a amar apasionadamente a Dios y a vivir una vida de servicio desinteresado como si fuera “otro Cristo, el mismo Cristo”. En este contexto, no hay, por consiguiente, hueco para que el sacerdote se involucre en el mundo de la política, o trate de manipular o controlar a los fieles con vistas a alcanzar sus propios objetivos. Con el paso del tiempo, Escrivá no tuvo sino palabras de elogio para los compañeros de seminario, la inmensa mayoría de los cuales trabajaron como buenos ministros de Cristo en sus parroquias y no pocos murieron mártires durante la Guerra Civil española. En los primeros años del seminario, sin embargo, le dolía la postura de algunos que pensaban que ser sacerdote era una forma de ganarse el sustento y prosperar en la vida. La idea de forjarse una carrera eclesiástica y la postura de sus compañeros que defendían el hecho de ordenarse sacerdotes porque no tenían otra forma mejor de ganarse la vida hicieron que llegara a preguntarse si no se habría equivocado, al pensar que el sacerdocio iba a satisfacer el deseo de amor que había llenado su corazón el mismo día en que vio aquellas pisadas sobre la nieve.

Las anotaciones de Escrivá no arrojan mucha luz ni sobre la duración de esa crisis ni el modo en que la superó. Lo más probable es que la respuesta a sus dudas y anhelos la encontrara en la oración, meditando en la presencia de Dios distintos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento y dialogando con Jesús, María y José sobre la vida y acontecimientos de la “Trinidad de la Tierra” y su propia vida. Un punto de “Camino” describe el estilo personal de su oración: “Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?” -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”[9].

Su oración era una conversación íntima, personal, incluso apasionada. Le decía a Jesús: “Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser –y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo”[10].

En ocasiones la oración no fluía tan fácilmente y entonces se aplicaba a sí mismo el consejo que luego daría a otros en “Camino”: “-Y, en mi meditación, se enciende el fuego. -A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz. Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera”[11].

En otros momentos era Dios quien tomaba la iniciativa y le llenaba de instantes de auténtica oración mística. Apenas sabemos nada de esas experiencias porque Escrivá quemó la libreta en que apuntaba todos esos detalles que el Señor había tenido con él, por temor, sobre todo, a que cualquiera que leyese la historia de las gracias extraordinarias recibidas en la oración pensara que era un santo cuando él se consideraba a sí mismo “un pecador que ama con locura a Jesucristo”[12]. Álvaro del Portillo, uno de los primeros miembros del Opus Dei que siempre estuvo a su lado y llegaría a ser su primer sucesor al frente de la Obra, comentaba al referirse a los años de Escrivá en Zaragoza: “Dios le ayudaba con muchas mociones, con muchas locuciones (…); el Señor habla, sin ruido de palabras, y sus frases quedan grabadas en el alma como si fuese a fuego”[13]. El propio Josemaría habló en alguna ocasión de las gracias especiales recibidas durante su estancia en la ciudad del Ebro: “Yo, no sabiendo cómo llamarlas, las llamaba gracias operativas, porque me ayudaban a trabajar, aunque fuese a contrapelo, sin que me costase esfuerzo alguno”[14]. Tras estudiar todas las pruebas existentes, el religioso dominico encargado por la Santa Sede para dirigir la causa de beatificación de Escrivá, resume sus conclusiones con las siguientes palabras: “El Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían ‘sentir’, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”[15].

[1] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 133

[2] ibid. p. 133

[3] ibid. p. 133

[4] ibid. p. 132

[5] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 495

[6] Andrés Vázquez de Prada. ob. cit. p. 137

[7] ibid. p. 137

[8] ibid. p. 136

[9] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 91

[10] AGP, P09 p. 117

[11] Josemaría Escrivá de Balaguer. ob. cit. n. 92

[12] José Orlandis. AÑOS DE JUVENTUD EN EL OPUS DEI. Ediciones Rialp. Madrid 1994. p. 178

[13] AGP, P01 1978 p. 1064

[14] ibid. p. 1064

[15] José Miguel Cejas. VIDA DEL BEATO JOSEMARÍA. Ediciones Rialp. Madrid 1993. p. 37-38

2. Los años de Zaragoza

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Extraído del libro “Apuntes” sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer, escrito por Salvador Bernal y editado por Rialp

Pasó el tiempo, y sucedieron muchas cosas duras, tremen­das, que no os digo porque a mí no me causan pena, pero a vosotros sí que os entristecerían. Eran hachazos de Dios Nuestro Señor, con el fin de preparar ‑de ese árbol‑ la viga que iba a servir, a pesar de su debilidad, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam!, Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder plenamente a la bondad de Dios, esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo. Adelante, sin cosas raras, trabajando sólo con mediana intensidad… Fueron los años de Zaragoza.

Josemaría comenzó en esta ciudad una vida muy diferente de la que había llevado hasta entonces, y que transcurriría entre el Seminario de San Carlos y la Universidad Pontificia de San Palero y San Braulio.

La Universidad Pontificia estaba en la plaza de la Seo, junto al Palacio Arzobispal. Allí se podían obtener la Licenciatura y el Doctorado en Filosofía, en Teología y en Derecho Canónico. Los seminaristas iban a clase a esta Universidad Pontificia, mientras que el resto de la formación sacerdotal ‑estudio, piedad, dis­ciplina‑ la recibían en los Seminarios en que se alojaban.

A finales de septiembre de 1920, Josemaría se incorporó al Seminario de San Francisco de Paula, que ocupaba un par de plantas en el edificio del Seminario Sacerdotal de San Carlos, pero tenía oratorio y comedor independientes. Los seminaristas vestían una túnica negra, sin mangas, y llevaban beca roja con escudo metálico: un sol y la palabra charitas. Desde San Carlos iban por el Coso a clase hasta la plaza de la Seo en dos filas, acompañados por un inspector. Antes de desayunar, hacían en San Carlos media hora dé meditación y asistían a la Santa Misa. A1 acabar las clases =ordinariamente tres‑ volvían al Seminario para la comida. Y por la tarde, de nuevo a la Universidad. Cuando regresaban, tenían recreo, estudio y rosario; cenaban y, antes de acostarse, rezaban unas preces y recibían una breve plá­tica, con los puntos para la meditación del día siguiente. Los jue­ves por la tarde iban de paseo, en filas, por lugares poco fre­cuentados, o por el campo. Los domingos podían salir los que tenían parientes en Zaragoza.

Una de las razones por las que Josemaría se trasladó desde Logroño fue la de poder estudiar también la carrera de Derecho, en la Universidad de Zaragoza. Como hemos visto poco antes, así lo comentaba su padre en Fonz durante el verano de 1919. Mien­tras Josemaría esperaba ver con claridad lo que Dios quería de él, pensaba que estaría en lo humano mejor dispuesto para cumplir la voluntad divina si tenía también un título civil. Don José, por su parte, le aconsejaba que hiciera la carrera de Derecho, a pesar de los sacrificios económicos que suponía el traslado del hijo.

En Zaragoza vivían varios parientes próximos y amigos ínti­mos de la familia. Entre ellos estaba un tío suyo, don Carlos Albás, que era Canónigo Arcediano en la Seo. Amigos de Jose­maría de aquella época hacen notar, sin embargo, que las rela­ciones entre don Carlos y la familia del sobrino no fueron espe­cialmente continuas, no por causa de los Escrivá. A1 parecer, el Arcediano de la Seo no apreciaba mucho a su cuñado, al que venía a acusar de ser responsable de su revés económico: “Era una tremenda injusticia ‑observa un testigo de aquella época, refiriéndose a la postura intransigente del Canónigo hacia el padre de Josemaría‑ no darse cuenta de la recta y honrada actuación que tuvo aquel hombre durante toda su vida, hasta el extremo de liquidar su negocio, pensando más en su limpia con­ciencia cristiana que en los intereses personales materiales”. Lo cierto es que don Carlos no fue a Logroño, en 1924, cuando murió don José, ni asistió luego a la primera Misa de Josemaría, en 1925.

No era fácil para Josemaría la vida en el Seminario. Debió ser dura su incorporación a aquella casa de San Carlos, pues había estado hasta entonces apartado de los cauces normales de la formación eclesiástica. El ambiente del Instituto o del Colegio de San Antonio en Logroño era muy distinto al que encontraba ahora entre los seminaristas de Zaragoza.

Un compañero de estudios en aquel Seminario, hoy notario en una ciudad española, ha descrito en términos precisos el clima que allí se respiraba. No lo hubiera hecho, si no se le hubiera preguntado expresamente. Y al volver sobre aquellos años, le duele pensar que se puedan interpretar mal sus palabras. Sólo quiere ‑notario es‑ remitirse a los hechos, muy justificables y razonables, con la conciencia clara que del Seminario salían hombres muy santos.

Buena parte de los alumnos llegaban a San Carlos con las tra­dicionales virtudes de los ambientes rurales aragoneses, pero también con algunos defectos notorios en aquella época: cultura demasiado elemental, cierto desprecio de las formas por una sinceridad mal entendida, descuido en el aseo personal, etc. Las virtudes cristianas suplían mucho. De hecho, el Fundador del Opus Dei, siempre que aludió a sus tiempos en el Seminario, expresaba que de y deseos de servir a la Iglesia sus compañeros no recordaba más que virtudes.

Desde el primer momento, algunos no entendieron el porte, el talante y los modales de Josemaría. Cuando fue nombrado superior del Seminario, tuvo como fámulo a José María Román Cuar­tero, que le veía siempre muy correcto, y más refinado que los otros seminaristas: refiere, por ejemplo, que todos los días se lavaba de pies a cabeza, cosa que no hacían los demás. Estos y otros detalles hicieron pensar a este muchacho que Josemaría no llegaría a ser sacerdote, porque le consideraba con posibilidades humanas para hacer carreras mejores. Otro condiscípulo, don Francisco Artal Luesma, glosa ese contraste de manera más posi­tiva: su estancia en el Seminario era manifestación clara de su correspondencia a la voluntad de Dios; su limpieza exterior y su corrección en el vestir, muestra de amor a la dignidad sacerdotal, reflejo de la finura de su alma y de su vida interior.

Lógicamente no todos enjuiciaban así las cosas. Algunos las interpretaron en términos bien contrarios. Pero las incomprensiones no le hicieron mella, como certifica otro compañero, que le oyó alguna vez: No creo que la suciedad sea virtud. Argumentaba “con gracia, sin acritud, con su característico sentido del humor”. Don Agustín Callejas Tello, párroco hoy de Magallón, se detiene en consideraciones semejantes: Josemaría era suma­mente humano y tenía gran sentido del humor; sacaba punta de todo, veía el lado divertido de las cosas; sabía muchos chistes y los contaba con gracia: “Nos producía gran admiración a sus amigos la agudeza de los comentarios que en epigramas, con una gran carga festiva o satírica, ponía por escrito. Estos epigramas nos sorprendían mucho, porque suponían un buen manejo de la lengua castellana, como consecuencia de su familiaridad con los autores clásicos”.

Por otra parte, las motivaciones que habían llevado a Josema­ría al Seminario eran, en cierta medida, distintas a las habituales en muchos: no quería hacer carrera y, por eso, el marco eclesiás­tico ‑tema frecuente de conversaciones‑ no era su única preo­cupación. Además ‑especialmente desde que fue nombrado superior‑ tenía facilidad para salir del Seminario, aunque ‑como sintetiza un condiscípulo‑ “salía poco y, cuando lo hacía, regresaba pronto, porque siempre le urgía hacer alguna cosa”. Pero esto dio pie a algún malentendido, a pesar de que Josemaría era atento con todos y buscaba la amistad de todos. Don Agustín Callejas lo califica “como un pionero y un adelan­tado, por la independencia y la libertad de espíritu que manifes­taba, que, en ocasiones, algunos, por deformación, no entendían e injustamente interpretaban como altivez”.

Incluso, un profesor se dejó llevar de esa impresión. Se con­servan unas notas escritas suyas, en que, con referencia al curso 1920‑21, define el carácter de Josemaría como “inconstante y altivo, pero educado y atento”. Este profesor observa que su piedad es buena, pero regular su aplicación y disciplina. A1 curso siguiente, anota ya un bien en estos dos conceptos. (De hecho, en el curso 1920‑21, Josemaría obtiene calificación de meritissimus en cuatro asignaturas y benemeritus, en otra; en los cursos si­guientes, consigue meritissimus en todas las asignaturas). Pero no cambia la calificación que le merece su carácter, aunque no concuerda con los resultados objetivos: no encaja la inconstancia con el máximo de puntuación en todas las asignaturas.

En ese manuscrito figura también una anotación marginal, desgraciadamente sin fecha. Refleja el momento que debió ser de máxima tensión. La nota dice literalmente: “Tuvo una reyerta con don Julio Cortés, y se le impuso el correspondiente castigo, tuya aceptación y cumplimiento fue una gloria para él, por haber sido a mi juicio su adversario quien primero y más le pegó, y profirió contra él ‑contra don Josemaría‑ palabras groseras e impropias de un clérigo, y en mi presencia le insultó en la Cate­dral de la Seo”. Nada más he podido averiguar con certeza acerca de este incidente. Sólo que mucho tiempo después, el 8 de octubre de 1952, de un modo que le honra, don Julio Cortés escribe al Fundador del Opus Dei desde Jaén ‑donde murió siendo capellán del Sanatorio antituberculoso “El Neveral”‑ pi­diéndole perdón, “arrepentido y de la manera más sumisa e in­condicional, ¡mea culpa…!”

Pudo ser el disgusto más importante, pero ni mucho menos el único. El alma de Josemaría se iba forjando para afrontar las contradicciones, bastante más graves, que sufriría a lo largo de su vida.

De lo que nadie dudó nunca fue de su vida de piedad intensa, simpática, alegre y atrayente, que no sólo era compatible, sino que fundamentaba su constante sentido del humor y su visión positiva de las cosas. No daba, sin embargo, importancia a lo que hacía, ni alardeaba de nada: con naturalidad, hacía lo posible para pasar inadvertido. Un día, un compañero encontró en su habitación un cilicio, y lo dijo a otros. Josemaría se puso esta vez serio, y les hizo ver que no era de buen gusto, ni prudente, con­vertir en habladurías la piedad de los demás.

Don Agustín Callejas admiraba su actitud durante la medita­ción diaria en el Seminario: recogimiento, concentración, oración intensa. Y la devoción con que comulgaba, sin hacer nada raro, “con las manos juntas sobre el pecho, el cuerpo erguido y el paso firme”.

En el curso 1922‑23, las relaciones con los compañeros adqui­rieron un tono distinto, pues fue nombrado Superior del Semi­nario. Algunos se acuerdan de que el Cardenal Soldevila ‑en­tonces Arzobispo de Zaragoza‑ le distinguía mucho. Cuando se encontraba con ellos en el Seminario, en la Catedral o en cualquier otro lugar, solía dirigirse a él delante de los demás y le preguntaba cómo se encontraba, cómo le iban los estudios. Alguna vez le indicaba: ‑Ven a verme cuando tengas un rato.

Don José López Sierra, que fue Rector del Seminario en aquel período, afirmó que el Cardenal había nombrado a Josemaría Superior de los seminaristas, “en atención a su ejemplar con­ducta, no menos que a su aplicación”. A juicio del Rector, se distinguía entre los demás seminaristas “por su esmerada educa­ción, afable y sencillo trato, notoria modestia”. Era ‑insiste­-“respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, muy estimado de los primeros y admirado de los segundos”.

Para ser Superior o Inspector ‑ambos términos se usan indis­tintamente en documentos oficiales‑ del Seminario, era preciso ser clérigo, haber recibido la tonsura. Por esta razón, el Cardenal Soldevila tonsuró a Josemaría el 28 de septiembre de 1922, a él sólo, en una capilla del Palacio Arzobispal de Zaragoza, hoy desaparecida.

Los directores ‑ o inspectores ‑ se elegían entre los alumnos más aventajados y piadosos. Su misión consistía en dirigir los estudios, cuidar la observancia de la disciplina y de los reglamen­tos, acompañar a los alumnos en sus salidas a clase o de pa­seo, etc. Aunque eran seminaristas, en el Reglamento se les con­sideraba superiores, y se les debía obediencia y respeto. Tenían también algunas distinciones externas: habitación individual algo mayor que los demás y un fámulo a su servicio. (Los fámulos eran seminaristas que tenían matrícula gratuita y se encargaban del aseo de las habitaciones de los superiores y de servir la mesa de todos: algo análogo a lo que se sigue haciendo en modernas Universidades de gran prestigio, como las americanas de Harvard y de Princeton). En San Carlos había dos inspectores: uno para humanistas y filósofos, y otro para teólogos. Su cometido ‑espe­cifica un antiguo seminarista‑ “resultaba difícil, porque los chicos menores solían armar el jaleo propio de la edad. Josemaría nunca se alteraba ni perdía la compostura; siempre se compor­taba con caridad, prudencia y educación”.

José María Román Cuartero, el fámulo que asignaron a Jose­maría al ser nombrado Inspector, rememora aquellos tiempos en que, entre otros servicios, le hacía la cama por las mañanas y atendía la mesa separada en que, en el comedor general, se sen­taban los superiores: siempre le impresionó “su bondad y su pa­ciencia en el trato”. Cuando Josemaría le veía enfadado, procuraba animarle con alguna frase cariñosa o gastándole bromas. Y compartía con él la comida, pues la de los directores era es­pecial. “Me doy cuenta ahora de que hacía estas mortificaciones sin que se notase, de manera natural”.

El Rector del Seminario, don José López Sierra, alabó siem­pre ‑hasta su muerte‑ el afán apostólico de Josemaría como di­rector de seminaristas: quería ganarlos a todos para Cristo, que todos fueran uno en Cristo, y lo conseguía con su recto proceder. No era partidario de castigos. Formaba a los jóvenes seminaristas con una “sencillez y suavidad encantadora”: “su mera presencia, siempre atrayente y simpática, contenía a los más indisciplina­dos; una sencilla sonrisa, acogedora, asomaba por sus labios cuando observaba en sus seminaristas algún acto edificante; una mirada discreta, penetrante, triste a veces, y muy compasiva, reprimía a los más díscolos”.

Así fueron discurriendo los años de Seminario. Sabemos tam­bién que pasaba muchas horas haciendo oración en la tribuna de la derecha (del lado de la epístola) arriba, en la iglesia de San Carlos.

Los períodos de vacaciones los pasaba en Logroño y segura­mente, como cuando era pequeño, iría por Fonz, donde vivía su tío, Mosén Teodoro. Algún verano estuvo una temporada en Villel (Teruel), con la familia de don Antonio Moreno, entonces vicepresidente del Seminario sacerdotal de San Carlos. Lo reseña Carmen Noailles, viuda de otro Antonio Moreno, sobrino del an­terior, más o menos de la edad de Josemaría, que estudiaba Medicina en la Universidad de Zaragoza. Su vida en ese pueblo era completamente normal: charlaban, paseaban, iban a pescar o a coger cangrejos, salían alguna vez de excursión. Carmen Noailles cita detalles diversos que expresan la finura con que Josema­ría practicaba la virtud de la pureza y el pudor.

Nunca salió allí con chicas. Sus maneras elegantes, el aspecto esbelto de su persona, su apariencia agradable en el trato, atraían a las chicas. Cuando Antonio o algún otro amigo le hacían llegar comentarios en este sentido, los cortaba, excla­mando algo así como: ‑Si me conocieran bien, por dentro, tal como soy… Y si alguien contaba chistes de mal gusto o cosas poco limpias, con afecto, pero con vigor, les dejaba cortados con contestaciones muy oportunas. “Nunca le vi hacer la más mínima concesión, y no admitía bromas o comentarios ligeros al res­pecto”.

Todos en aquella casa le apreciaban mucho, porque Josema­ría se hacía querer: “era muy comedido, discreto y prudente, pero afectuoso, y aparecía constantemente su natural y maravi­lloso sentido del humor”. Lo consideraban como un hijo más de la familia.

Estos recuerdos de Carmen Noailles corresponden a los ve­ranos de 1921 o de 1922. Quizá a ambos. Porque fue en el verano de 1923 cuando Josemaría comenzó a estudiar Derecho, para examinarse en septiembre de las primeras asignaturas. Era ya clérigo ‑por la simple tonsura‑ al matricularse en la Facultad para el curso 1922‑23. En octubre de 1922 comenzó cuarta de Teología. El 17 de diciembre recibió las órdenes menores del ostiariado y lectorado, y el 21 ‑también en el Palacio Arzobis­pal‑ el exorcistado y el acolitado, de manos del Cardenal Sol­devila, que moriría el 4 de junio de 1923, asesinado por un grupo anarquista.

Entretanto, Josemaría seguía sin vislumbrar esa otra cosa que atisbaba del amor de Dios. Estudiaba, rezaba, y se ponía en manos de la Virgen, en sus visitas diarias a Nuestra Señora del Pilar: La sigo tratando con amor filial ‑escribiría el 11 de oc­tubre de 1970 en El Noticiero de Zaragoza‑. Con la misma fe con que la invocaba por aquellos tiempos, en torno a los años veinte, cuando el Señor me hacía barruntar lo que esperaba de mí.

En sus manos ponía la solución de lo que se gestaba en su alma, sintiéndose ‑como aseguraba en otra ocasión‑ medio ciego, siempre esperando el porqué: ¿por qué me hago sacer­dote? El Señor quiere algo, ¿qué es? Y en un latín de baja latinidad, cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro.

Su oración de años se materializó en una imagen de la Vir­gen, que alguien encontró tiempo después:

Pasaron los años, muchos años, y una vez, estando ya en Roma, vino la Secretaria Central, y me dijo: Padre, ha llegado aquí una imagen de la Virgen del Pilar, que tenía usted en Za­ragoza. Le respondí: no, no me acuerdo. Y ella: sí, mírela; hay una cosa escrita por usted. Era una imagen tan horrible, que no me pareció posible que hubiese sido mía. Me la mostró y, debajo de la imagen, con un clavo, estaba escrito sobre el yeso: Domina, ut sit!, con una admiración, como suelo poner siempre las jacu­latorias que escribo en latín. ;Señora, que sea! Y una fecha: 24‑9‑924.

En junio de 1924 había terminado el quinto curso de Teolo­gía. El día 14 de aquel mes recibió el subdiaconado en la Iglesia del Seminario de San Carlos, de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, que le apreciaba mucho. Don Miguel era Presidente del Seminario de San Carlos, y solía escoger a Jose­maría para que le acompañara a actos que tenía que presidir, o a celebraciones litúrgicas con motivo de la administración de Sa­cramentos.

Durante el verano de 1924 estudió mucho, y en septiembre se examinó en la Facultad de Derecho de siete asignaturas. En junio anterior sólo se había presentado a Historia de España, asig­natura que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y por sus abundantes lecturas: siempre fue un apasionado, un ver­dadero erudito de la Historia. Aunque durante el curso estuvo centrado en su preparación sacerdotal ‑sólo en los meses de ve­rano se ocupaba de su carrera civil‑, se presentó a examen en junio, porque tenía una excelente formación histórica, a pesar, de que el catedrático le había hecho saber, por medio de amigos comunes, que no se presentara, pues le suspendería, porque no había asistido nunca a su clase, lo que consideraba el profesor como una afrenta personal. Josemaría se quedó admirado, pero, como tenía un alto sentido de la justicia y, siendo alumno libre, no tenía obligación de asistir a las clases y, además, conocía ma­ravillosamente la asignatura, se presentó. Y fue suspendido, sin dejarle hacer el examen.

En septiembre, el profesor reconoció noblemente la injusticia v, antes de los exámenes, le aseguró ‑a través de esos amigos ‑comunes‑ que estaba aprobado, con sólo ir al examen. También en esa convocatoria de septiembre Josemaría obtuvo Matrícula de Honor en Derecho Romano y Derecho Canónico; sobresaliente en Economía Política; notable en Derecho Natural y aprobado en Historia del Derecho y Derecho Civil I.

El curso académico siguiente, 1924‑25, fue prácticamente un año en blanco para los estudios civiles. Aunque se matriculó en cuatro asignaturas y aplicó a dos las matrículas de honor obtenidas en el curso precedente, sólo pudo presentarse al examen de Derecho Civil II. En ésta consiguió notable, pero no se examinó de más, ni en junio ni en septiembre.

No es extraño que fuese así, pues en ese curso 1924‑25 pasa­ron muchas cosas decisivas. El 27 de noviembre de’ 1924, murió en Logroño don José Escrivá. El 20 de diciembre Josemaría recibió el diaconado de manos de don Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la Iglesia del Seminario de San Carlos. El 28 de marzo de 1925, el propio don Miguel de los Santos, que había sido obispo auxiliar del Cardenal Soldevila, le confirió la ordena­ción sacerdotal. La primera Misa se celebró en el Pilar, en la Capilla de la Virgen, el día 30. Asistieron pocas personas ‑unas doce‑ a esta Misa, que el nuevo sacerdote ofreció en sufragio del alma de su padre. Era lunes de la Semana de Pasión, y al día siguiente don Josemaría estaba ya en un pueblecito ‑Perdi­guera‑, cuyo párroco se encontraba enfermo. Lo sustituyó hasta el 18 de mayo.

En el curso 1925‑26, aunque se había matriculado como alumno no oficial, frecuentó las clases de la Facultad de De­recho. En junio de 1926 se presentó a Derecho Internacional Público (Matrícula de Honor), Derecho Mercantil (notable), De­recho Político (notable) y Derecho Administrativo (aprobado). En la convocatoria de septiembre aprobó Derecho Penal, Hacienda Pública, y Procedimientos judiciales, y consiguió notable en De­recho internacional privado. Le quedaba sólo, para terminar la carrera, una asignatura, Práctica forense y redacción de instru­mentos públicos. Acogiéndose a la R.O. de 22 de diciembre de 1926, sobre exámenes extraordinarios para alumnos a quienes no faltasen más de dos asignaturas para acabar sus estudios, la aprobó en la convocatoria extraordinaria de enero de 1927. Obtuvo así el título de Licenciado en Derecho, pues entonces estaba vigente un R.D. de 10 de marzo de 1917, que había suprimido las reválidas y ejercicios para la obtención de títulos. Bastaba pagar los derechos ‑37,50 Ptas.‑, cosa que hizo el 15 de marzo de 1927, al mismo tiempo que solicitaba el traslado de expediente a Madrid, para cursar allí el doctorado.

David Mainar Pérez se acuerda bien de aquellos años, espe­cialmente del curso 1925‑26, en que don Josemaría, ya sacerdote, iba asiduamente a la Facultad. No se le ha olvidado el banco del patio de la Universidad en que pasaron tantos ratos entre clase y clase. Era “muy abierto en el trato con los demás”. Llegó a tener verdadera amistad incluso con alumnos que tenían muchas dudas de fe. Sabía acomodarse con gracia a las conversaciones de los estudiantes, que podían haber dado lugar a situaciones violentas para un sacerdote por los temas o el lenguaje. Pero ‑continúa Da­vid Mainar‑ “tenía un algo especial para salir airoso‑ con su per­sonal sentido del humor‑ de momentos embarazosos, sin perder la dignidad y haciéndose respetar delicadamente, sin violencia”.

Otro compañero, Juan Antonio Iranzo Torres, alude también a que, al principio, se le miraba con cierto reparo, pero la con­fianza y la llaneza con que se mostraba, hizo que todos le tra­tasen enseguida como uno más. Elogia su carácter llano y sencillo, nada engolado, ni que pudiese pensarse vanidoso. Do­mingo Fumanal remacha esta idea: “Alguien ha dicho que era vanidoso, y esto es absolutamente mentira: era todo lo contra­rio”; “era un hombre íntegro que, sonriendo, sabía mantener Sus principios”. Y agrega que ponía especial cuidado en el trato con mujeres.

Un día mencionó a Domingo Fumanal su posible marcha a Madrid. Le pareció lógico, porque “en Zaragoza no tenía campo, ni le ayudaban como merecía”, pensó Fumanal. Don Josemaría apuntó la posibilidad de colocarse como preceptor, y Fumanal le dio algunos consejos, con lenguaje vivo de estudiante, para que tratase a las mujeres de una manera distinta a como venía haciéndolo: por la delicadeza con que el joven sacerdote vivía la castidad, su amigo temía que no pudiera prosperar en ese tipo de trabajo.

Don Josemaría se había planteado salir de Zaragoza, porque, con su corazón dispuesto a secundar el querer divino, pensaba que eso que Dios le pedía ‑pero aún ignoraba‑ podría cum­plirlo más fácilmente en una ciudad como Madrid. No obstante, mientras esperaba nuevas luces de Dios, continuó su trabajo sacerdotal en la diócesis de Zaragoza.

A1 día siguiente de su primera Misa en la capilla del Pilar, había salido para Perdiguera, a 24 kilómetros de Zaragoza, en el extremo occidental de la comarca de los Monegros, entre la sierra de Alcubierre y el valle inferior del río Gállego. Durante e? tiempo que estuvo en ese pueblo, vivió con una familia de cam­pesinos, todos fallecidos ya: Saturnino Arruga; su mujer, Pru­dencia Escanero, y un hijo. En los dos meses que pasó allí, no ce­saron las inquietudes de su alma:

Me hospedé en casa de un campesino muy bueno. Tenía un hijo que todas las mañanas salía con sus cabras, y me daba pena ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comu­nión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.

Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimi­lando las lecciones:

‑Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

‑¿Qué es ser rico?, me contestó.

‑Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…

‑Y… ¿qué es un banco?

Se lo expliqué de un modo simple, y continué:

‑Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día… ¿Qué harías si fueras rico?

Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:

‑Me comería ;cada plato de sopas con vino!…

Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es cu­rioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.

Esto lo hizo la Sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa.

En Perdiguera trabajó ‑hasta el 18 de mayo de 1925‑ como un sacerdote ejemplar, según estima el entonces monaguillo, hoy sacristán de la parroquia, don Teodoro Murillo Escuer: tiempo de confesionario, Santa Misa, rosario por la tarde, hora santa los jueves, catequesis y primeras comuniones, preocupación especial por los enfermos. Los visitaba con frecuencia y, si les pedían sa­cramentos, siempre los facilitaba: “Por aquella época sólo se solía llevar la Sagrada Comunión a los enfermos graves, y en pro­cesión; él la llevaba a todos los enfermos que la pidiesen y en pri­vado”.

Teodoro Murillo sintió de veras su marcha. En tan poco tiem­po le había tomado gran afecto, porque era “alegre, con un humor excelente, muy educado, sencillo y cariñoso”.

Don Josemaría volvió a Zaragoza. Dedicó más horas que antes a terminar sus estudios civiles. Su madre y sus hermanos vivían con él en una casa de la calle de San Miguel ‑derribada años después‑, poco más allá del cruce con la de Santa Cata­lina. Dio clases de Derecho Romano y Canónico en el Instituto Amado, quizá para atenderlos económicamente.

Dirigía aquel centro, situado en la calle de Don Jaime 1, número 44, don Santiago Amado Lóriga, capitán de Infantería, Licenciado en Ciencias. Era una academia, como las que existían en las ciudades más importantes del país, en la que se podían estudiar el Bachillerato y los cursos preparatorios de algunas Fa­cultades. También se preparaban allí alumnos para el ingreso en las Escuelas de Ingenieros y en las Academias Militares, o para las conocidas oposiciones a Abogados del Estado, Judicatura, Notarías y Registros, o para otros muchos concursos a cuerpos del Estado. En el Instituto Amado se formaban además estu­diantes de Derecho, Letras, Ciencias, Comercio y Magisterio.

Debió ser un centro de prestigio ‑no pura academia prepa­ratoria de oposiciones‑, pues en 1927 comenzó a publicar una, revista mensual, en la que, junto a informaciones generales, se incluían ensayos especializados sobre Derecho, temas militares, o Ingeniería y Ciencias. Entre sus profesores figuraron personas que serían antes o después catedráticos de Universidad, o figuras conocidas en la vida española. En el número 3 de la revista, co­rrespondiente a marzo de 1927, aparece, por ejemplo, una nota de don Santiago Amado, director del Instituto, que explica la ausencia de la colaboración de un profesor del centro, don Luis Sancho Seral, porque acaba de ganar sus oposiciones a la cátedra de Derecho Civil en Zaragoza. Se publica también en ese número un artículo de don Josemaría Escrivá, sobre La forma del ma­trimonio en la actual legislación española: es el primer texto im­preso que se conoce del Fundador del Opus Dei.

En Zaragoza celebraba Misa por lo general en la iglesia de San Pedro Nolasco, de los PP. Jesuitas, que residían en las torres de San Ildefonso, pero iban a San Pedro para el culto (todos los Padres y Hermanos de aquella comunidad han fallecido). Acu­día, con gente joven, a varias catequesis, una en el barrio de Casablanca. En la Semana Santa de 1927 fue destinado a Fom­buena. En el archivo de la Notaría Mayor del Arzobispado de Zaragoza consta su nombramiento como regente auxiliar del señor párroco de Perdiguera (30 marzo de 1925), pero su nombre no vuelve a aparecer en ese archivo, hasta el 17 de marzo de 1927, en que se le concede permiso por dos años, para marchar a Madrid, con motivo de estudios.

Mientras esperaba confiadamente la definitiva luz de Dios, don Josemaría fue ‑como será toda su vida‑ un sacerdote cien por cien, entregado a su ministerio.

El Seminario de San Carlos

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Al filo de la llamada de Dios, Josemaría llega a Zaragoza el 28 de septiembre de 1920. Ha respondido afirmativamente, aunque desconoce los horizontes a que habrá de llevarle tal entrega. Sigue pensando que el sacerdocio le dispondrá mejor para el destino de amor que late inquieto dentro de su alma y, fiel a la Voluntad divina, dice una vez más: «Aquí estoy, porque me has llamado».

Le espera un tiempo de sacrificio y de gozo: una etapa llena de contradicciones, de generosidad, de lucha consigo mismo. Pero también le aguarda Dios, en una oferta de amor que le saldrá al encuentro cada vez que su luz interior parezca amortiguarse o que el entorno se vuelva trabajoso.

Hay una secuencia casi paralela entre su desplazamiento geográfico y las sendas interiores por donde habrá de caminar su alma hasta alcanzar lo que Dios ha previsto en su destino. Así como los ríos de su tierra pirenaica se despeñan en la roca para llegar hasta el volumen único del Ebro, así también su carácter habrá de encauzarse para dar lugar a la forma que se adapte a los planes divinos.

Todo su ser va a continuar forjándose en esta ciudad que vive al abrigo de devociones seculares, bajo el manto de la Virgen; aquí va a abrir su propio surco para dar cobijo a la semilla de un árbol gigantesco: un espíritu «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo»(1).

En 1920 hay en Zaragoza dos Seminarios para la formación de futuros sacerdotes: el de San Valero y San Braulio -llamado también Seminario Conciliar- y el de San Francisco de Paula. Todos los seminaristas tienen las clases comunes en el edificio del Conciliar, en la Plaza de la Seo. Aquí acuden diariamente los del San Francisco, cuya Sede se encuentra en las plantas superiores del caserón de San Carlos, un edificio que perteneció a los jesuitas y que les fue expropiado por Carlos III, para después pasar a la diócesis como propiedad. En las plantas inferiores tenía entonces su sede el Real Seminario Sacerdotal de San Carlos, una residencia de sacerdotes doctos que prestaban servicios especiales a la diócesis.

La espléndida iglesia del Seminario de San Carlos es del plateresco aragonés avanzado y conserva, como es típico en el arte de este tiempo, el sistema de bóvedas góticas con crucería, muy recargadas de nervios y adornadas con grandes florones de madera dorada.

Primitivamente decorada por un alto zócalo de azulejos, transformó su interior a partir de 1692, pasando a constituirse en uno de los más representativos monumentos barrocos de todo Aragón. El retablo se comenzó en 1725 y está concebido de un modo monumental y suntuoso, con un dorado deslumbrante que solamente se alivia en la policromía de las tallas. El centro está ocupado por un relieve que representa a María Inmaculada; en los intercolumnios sucesivos encontramos figuras, casi de tamaño natural: Santiago, San Miguel, San Joaquín, Santa Ana, el Angel Custodio y San Juan Evangelista. En el ático se entronizan las figuras de la Santísima Trinidad, custodiadas a ambos lados por dos majestuosas imágenes de San Pedro y San Pablo.

Sobre la mesa del altar se encuentra el tabernáculo que es, al mismo tiempo, manifestador. Se trata de un óvalo de grandes proporciones, de talla dorada, cubierto por un relieve que reproduce las figuras de la Sagrada Cena. Haciéndolo ascender, deja al descubierto un hueco con espléndido ostensorio de plata, al que rodean los ángeles en una bella gloria cincelada.

Hay que señalar especialmente la capilla de San José en el lado de la Epístola. El retablo, churrigueresco pero de realización estilizada, reúne varias tallas de escuela andaluza, entre las que destaca el San José que da nombre a la capilla. El movimiento y la gracia de esta policromía son extraordinarios.

En esta iglesia va a continuar Josemaría un diálogo de excepción con quienes permanecerán fielmente en su corazón a lo largo de su vida: la Santísima Trinidad, Jesucristo en la Eucaristía, la Virgen, San José y los Angeles Custodios. También varios Arcángeles y Santos mayores de la Iglesia serán sus aliados incondicionales durante este tiempo, para proteger y conducir su alma hacia la Obra a que Dios le tiene destinado: San Miguel, San Pedro, San Pablo, San Juan están representados en la iglesia de su Seminario.

No es de extrañar que algunos compañeros recuerden aún a Josemaría de rodillas, en la penumbra de la tarde, hablando largamente con Dios, en el silencio de la oración. Sin ostentación, sin alardes, con la íntima sinceridad de quien entrega su vida por entero. Inadvertido para todos, menos para quienes han detectado ya sus cualidades humanas y sobrenaturales(2) .

Agustín Callejas Tello, compañero y amigo, tiene presente todavía su actitud cuando, desde el oratorio del San Francisco de Paula, se trasladan los seminaristas hasta la iglesia del San Carlos; su devoción al comulgar y su porte erguido y digno.

Tiene el Seminario de San Francisco de Paula un reglamento editado en el año 1887 y que fue dispuesto por el Cardenal Benavides, Arzobispo de Zaragoza. En los setenta y tres artículos que lo integran se dan normas que hoy parecerían de extrema rigidez. Puede comprenderse si se contempla en el contexto de su tiempo.

Muchos de estos títulos reglamentarios existen cuando Josemaría llega a Zaragoza para cursar sus estudios eclesiásticos. Y su espíritu, fuerte, se pliega a una normativa que está poco de acuerdo con su talante, pero que le servirá para rendir su persona y su sensibilidad ante la Voluntad de Dios que le ha llamado.

Una gran parte de los alumnos del Seminario provienen de familias campesinas. Sus buenas cualidades interiores no impiden el que su aspecto y sus maneras adolezcan de la incuria en que, frecuentemente, se han desenvuelto en sus lugares de origen. Es lógico que el reducido grupo de alumnos de condicionamiento social mejor dotado destaque del conjunto.

Josemaría se comporta con todos de un modo cordial, abierto a la amistad connatural a su carácter. Muestra ante las más diversas circunstancias una actitud alegre y un agudo sentido del humor. No olvida nunca a su familia, que sigue allá, en Logroño, y el sacrificio que supone su presencia en Zaragoza. Resuelve las situaciones sonriendo, como en broma. Tiene el don de no agobiar a sus amigos y de alegrar su compañía con una tranquila serenidad. Todo ello infunde respeto y admiración.

Supera los estudios de este curso, su segundo año de Teología, sin gran dificultad, con brillantez. Es asiduo incansable de la biblioteca, donde se le encuentra muchas veces con un autor clásico en la mano: tomando notas, recogiendo bibliografía o ensayando el propio pensamiento en escritos y comentarios breves y certeros. Llega a conocer algunos escritores del Siglo de Oro español de memoria y empieza a forjar una sólida cultura.

Hay en él una distinción que se manifesta en el trato habitual con sus compañeros y con las familias de sus amigos. Es elegante en el vestir y en el quehacer cotidiano, sin perder la naturalidad. Desconoce por completo la envidia y la animadversión.

Ese modo de ser le granjea, involuntariamente, la incomprensión de ciertos seminaristas menos cultos y educados. Nunca le hacen mella las frases de doble sentido que alguno puede dejar caer inoportunamente.

-«No creo que la suciedad sea virtud»(3), responde, con tono amable, a un comentario acerca de la corrección habitual de su aspecto.

En este año, los Directores anotan en su expediente: «Parece tener vocación». Sin embargo, no se atreven a dar una opinión definitiva. Ellos mismos, en cursos sucesivos, declaran la rotunda y fiel seguridad que les inspira su entrega al sacerdocio.

El primer arco que abre el triforio sobre la nave de la iglesia de San Carlos forma una tribuna desde la que se domina el Altar Mayor. Aquí se arrodilla horas enteras, en la intimidad y el silencio, para dejarse llevar de la mano por Dios, como un niño. Como si la Sabiduría infinita jugara con él y le condujera, desde la oscuridad de los primeros barruntos, hasta la luz con que vería años más tarde. En la oración, empieza a encontrar la dulce exigencia de una vocación divina de sacrificio, de abnegación.

Muy pronto podrá decir a los seminaristas confiados a su cuidado -y a los sacerdotes, unos pocos años más tarde- que la entrega a Dios está anegada de Amor. Que ellos son los enamorados del Hacedor del Amor. Y que se equivocan quienes dicen que los sacerdotes están solos: están más acompañados que nadie, porque cuentan con la amistad del Señor, a quien tratan ininterrumpidamente.

Sus compañeros del Seminario llegan a comentar, alguna vez, las mortificaciones físicas y morales de Josemaría. Incluso abandonará la costumbre de fumar. Nada más llegar a Zaragoza, regala el tabaco y las pipas al portero del San Carlos. Pero en este terreno no tolera la broma ni traída de la mano de sus amigos: eso pertenece al terreno de Dios y no a la palabrería de los hombres. El dolor y el amor de los verdaderos enamorados no se ventilan en concurso público. No descartará nunca la penitencia para dominar su cuerpo y su carácter; pero dará preeminencia al esfuerzo de sonreír, cuando cuesta, por encima de otras mortificaciones.

A lo largo de tres años establece lazos de amistad que van a perdurar toda la vida. Aquellos que le han abierto las puertas de su confianza saben de la lealtad de Josemaría.

Comparte con sus compañeros el tiempo libre que le dejan los estudios. En los días de fiesta es habitual salir del Seminario después de oír la Santa Misa, y hasta media tarde. En ocasiones, alguno de sus amigos le invita a participar de su vida familiar, y pasará alegremente las veladas en su compañía.

Durante dos veranos, viaja con uno de los más allegados hasta un pueblecito de Teruel donde el padre de ese compañero de Seminario había ejercido como médico. Todos recuerdan aquellas semanas deliciosas en las que recorren de punta a cabo los contornos: pasan horas en el río espiando la captura de truchas o cangrejos. Forman parte de un grupo bullicioso., conocido en los lugares próximos, a los que se acercan tras largas y frecuentes caminatas.

Admira a sus amigos la coherencia en la vida de Josemaría. Jamás participa de un chiste poco limpio: corta esas conversaciones con ingenio y sabe dar un giro al tema. Vive con naturalidad la pureza. Nunca hace una concesión.

La familia de estos dos buenos amigos, Paco y Antonio, saluda la llegada anual de Josemaría con alegría. En esta casa es como un hijo más. Le insisten para que se quede más tiempo y, algunas veces, consigue marcharse sólo a cambio de llevar con él hasta Logroño a uno de los dos hermanos. El matrimonio Escrivá se vuelca con estos muchachos amigos de su hijo. Paco, el más asiduo, piensa que ha conocido pocas familias tan unidas. Todos los días va en busca de don José, al concluir la jornada de trabajo, y vuelve con él, por Portales y Sagasta, hasta su casa. Le encanta hablar con este hombre, tan lleno de señorío y afabilidad. Cuando llegan, juegan con Santiago. El pequeño ya corretea entre los muebles y sigue a su madre a todas partes, mientras ella, con el cuidado de costumbre, atiende a las tareas de la casa.

En el Seminario, encontrará también la amistad de otros muchos compañeros. Porque Josemaría no se limita a un grupo reducido. Más bien se empeña en buscar y aceptar la compañía de todos; su corazón tiene, desde el principio, una actitud abierta de par en par.


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